24.9.15

Mi Cliente: una guerra entre el cuerpo y el lenguaje, por Luis Thonis

En mí moraba el alma de la meretrizde la santa de la sanguinaria y de la farisea.
Muchos le dieron nombre a mi modo de ser
y sólo fui una histérica.
Alda Merini, Vacío de amor


(Sobre Mi cliente, de Sofía González Bonorino, Editores Argentinos, 2015)


Mi Cliente puede leerse una interrogación límite acerca del deseo femenino “hoy”.

Lo que Balzac llamaba la “sublime lucidez” del novelista reside hoy en saber que se rechaza siempre la verdad –o al desmentido de lo que aparece como tal– y sólo se quiere ganar tiempo aunque más no sea para sostener este rechazo. El arte de narrar todavía existe y el contratiempo es su principal oficiante. Se puede afirmar que existe cuando en una obra cada nota suena otra vez de una manera diferente. Terminé de leer Mi Cliente de Sofía González Bonorino que culmina un ciclo de descarnadas novelas iniciado en Las cruces. Me dejó mudo, me alejé del mundanal ruido. Las lecturas no sólo valen por lo que se lee en ellas sino por los libros que dan a leer. Entendí el motivo de los elogios que recibió de lectores de fuste, que señalaron los valores estéticos de la obra. No tiene nada que ver con novelas chatas que denuncian los femicidios pero omiten el proceso que lo desencadena con personajes estereotipados que parecen figuritas.

“Con una elegancia y un tacto únicos, González Bonorino cuenta una historia asombrosa e imposible de contar”, dijo el escritor Luis Chitarroni sobre la novela. Imposible de contar: esto plantea una disyunción en abismo entre la historia –los hechos– y los giros narrativos. La belleza coexiste con los mundos más sórdidos y bajo una  apariencia de normalidad sus personajes registran una grave crisis de identidad.

Bonorino tiene como referencia a Proust, que escribió: “El mundo no es sino el reflejo de lo que pasa en el amor”. No siempre es una historia color de rosa. La analepsis –figura de repetición que interrumpe el orden cronológico– escande un tiempo muerto donde aparece la relación entre la protagonista y su cliente, subrayada en bastardillas a lo largo del texto: “Asegura que soy la mujer más hermosa que vio en su vida. Y yo me río: mujer, lo que se dice mujer, no soy, y  en todo me parezco al hombre, que me ha moldeado a su gusto.”
Su padre fue el modelo a imitar y su deseo se sitúa en el límite de la triangulación. Sólo desea si antes es deseada por otro a partir de su relación erótica con el abuelo. “Hace una hora que mi cliente está conmigo, su sexo caído entre las piernas, como un objeto inservible. Por qué, pienso, por qué no me desea.”
La relación padre–abuelo–ella, es el triángulo de origen a los cinco años. Y se pregunta si acaso ese hombre que la contrata para escucharla no le propone otro destino que no es otra cosa que un afuera de las tramas triangulares donde está capturada y recorren la sucesión de los hechos. El cliente es una voz exterior al conjunto de los conjuntos de todas las historias: la irrupción de algo irrepetible en su vida. El amor puede pensarse como la trasmisión de un rasgo. Él no tiene ninguno de entre todos los hombres que conoció. Tal vez vea un eco del padre, el único al que oscuramente amó.

La indiferencia sexual del cliente despierta un deseo que desconocía y otra identidad que es volverse la promesa de lo único que va ocupando al cliente: escribirla: “Él me lee lo que va escribiendo. Cómo llegué a ser lo que soy es la promesa de su relato. Que la novela la escriba otro, la verdadera razón por la cual mi deseo se pone en movimiento”. 
Se trata de una guerra entre el cuerpo y el lenguaje, entre historia y narración, llevada al extremo donde siempre vence el primero hasta la llegada del cliente, que abre un arco de suspenso y conmueve su frigidez. No se escribe “sobre” el deseo femenino sino “desde” él: la aventura del personaje es la búsqueda de otro cuerpo que el propio. El cliente es el lugar de un corte–vínculo que separa a la mujer concreta de La Mujer: no soy los otros –corte– y podés no ser siempre la misma: vínculo. A eso los humanos lo llaman amor.

La novela tiene como protagonistas al cuerpo y al lenguaje más allá de los personajes: ella no tiene nombre y el del cliente es un nombre genérico. Ella ejerce la prostitución como el último madero que encontró para aferrarse. Su belleza siempre estuvo en la cumbre del esplendor: no sólo es requerida por hombres sino también por mujeres. Un vacío “lleno” la invade y la hace vomitar con frecuencia: “El cuerpo, de pronto, ya no soportó más ese lugar protagónico que mi belleza y la ocasión le deparaban”. Es la fantasía de expulsar el cuerpo y borrar las huellas de una memoria insoportable: “No podía parar de vomitar. Una rara felicidad me embriagó. ¿Sería posible expulsar el cuerpo entero? ¿Sería posible que la dureza y rigidez del cuerpo cedieran al fin, perdiendo su consistencia, disgregándose en una masa biliosa?”

El vomitarlo todo coexiste como el día y la noche con engullirlo todo. Los rituales del cuerpo se describen hasta en lo mínimos detalles: “La delgadez tiene que ver con la intangibilidad de lo sagrado. Para ocupar el lugar que me corresponde, vivo prisionera de atormentadoras dietas”. El cuerpo escapa a su control como un caballo desbocado y la angustia multiplica las imágenes de su despedazamiento. Amaba a su padre pero el abuso que sufrió de su abuelo, al que ella cree haber seducido a los cinco años, inicia posteriormente una cadena de estragos, como si no pudiera nunca salir de una trama incestuosa.
Ella sólo desea impersonalmente a partir de que es deseada por otro: el abuelo o, cuando es apenas adolescente, Roberto, un amigo del padre, que la mira con lujuria. Hasta que aparece su futuro marido, Alfredo, con el que se siente segura. La angustia permanece y no tiene mejor idea que encontrar un amante que la mantiene todo el tiempo angustiada. Se hace entonces una cirugía en los senos como si pudiera encontrar otro cuerpo: “Despertaba al lenguaje del cuerpo, que pedía con palabras nuevas, luminosas, los deleites y los goces que le correspondían. Cierta música me tomaba entera, llenándome de tristeza. Busqué, desesperada, una explicación a la rara melancolía que me habitaba. Pronto creía descubrirla. Necesitaba sentirme deseada. Esta falta en mi pecho es la razón de mi desdicha, pensé. Una nada carnal sólo corregida por la cirugía.” Las prótesis se adaptan perfectamente pero no pueden abolir el pasado. La experiencia de ser madre también la decepciona: “El amor que creía sentir hacia mis hijos resultó falso, o al menos no tan intenso y abnegado como yo había creído. Ellos dejaron de ser lo más importante de mi vida. Me desesperaba más encontrar un atisbo de celulitis en mis piernas que los trastornos que no podía dejar de percibir en ellos, abandonados a su suerte. No se puede ser mujer y madre al mismo tiempo. Al menos yo no puedo.” 

Ni el marido formal ni el amante canalla, el Negro, pueden arrancarla de algo que viene de una compleja trama familiar marcada por el incesto, y donde ella pasa del matrimonio a la prostitución: “Comencé de la mano de Silvina, en aquel momento mi amiga. Qué iba a imaginarme yo que trabajaba de puta. Parecía tan seria, tan educada”. También a esto la impulsa el deseo de otro, pero en el oficio se estabiliza: “Desde que me consagré a los hombres, se acabaron mis conflictos. De pronto todo adquirió sentido, orden y claridad”.  A su amiga Lucrecia le sucede lo mismo al consagrarse a la religión: “Elegir ser monja es, como decidirse a ser puta, un movimiento ajeno a la libertad. Es un destino”.
El cliente es solamente una voz: tímida, atenuada y débil, pero le basta eso para que le descubra otra dimensión de la palabra donde no está en juego el cuerpo que cada uno tiene y que los va transformando a los dos. El cliente, que cita a Wilkock, por un momento hace pensar en "Y yo gusto tanto de ella que no sé cómo desearla" (Pessoa), otras veces en un pequeño perverso. Lo cierto es que comienza a novelarla.

Volver a enamorarse no le es suficiente: “La vida de una mujer, si está enamorada, puede llegar a convertirse en un infierno”. Se enamora por el deseo que el otro, el Negro, tiene de ella, y al final no sabe quién fue ese hombre,  ni si le importó: “El Negro nunca me importó realmente. Lo supe después, cuando habiendo tomado la decisión de dejarlo, lo olvidé en unos pocos días. ¿Ése fue mi gran amor? Lo único real, entonces como hoy, era mi cuerpo”. 

La tarotista, que por un tiempo le maneja la vida, y el Negro que la traiciona, conforman un triángulo más, que continúa la sufrida saga que comenzó con el padre y el abuelo.
En la guerra que libra prevalece el cuerpo donde nadie puede dejar la impronta de una huella.
Como si se viera a sí misma una virgen en el espejo luego de cada historia, luego de tantos hombres que se reducen al mismo. El hombre para ella tiene el valor de los billetes que paga. Con el cliente hace una excepción porque no la desea: “Cuando mayor es el deseo del hombre, más me enfrío yo, más lo desprecio.”

“Si por algo le he tomado afecto a mi cliente es por su indiferencia profunda hacia la relación sexual. Como si no creyera en ella. Porque, como me dice, él no sabe qué cosa extraña soy. Al hablarme, me mira con desconfianza, y sus largos dedos de artista se enroscan a mi pelo.
Lo dejo soñar, imaginarme.
Soy su obra- dice-, su personaje.”

Y luego:

“En la imposibilidad de mi cliente, está su poder.”

El cliente se interesa en cada detalle de su vida y se va volviendo su novelista. “Desenredar mis pensamientos, enmarañados, confusos: él me promete claridad.” Incluso por un magistral truco histereológico –en una novela donde abundan las analepsis de tipo proustiano– no sabemos si acaso no ha escrito la novela que estamos leyendo.

“Todo en él va hacia donde no sé de mí”,  dice ella.

Hay un tono nocturno donde el personaje toma la palabra:

“Mi vida está marcada por peligros y humillaciones y, al mismo tiempo, anclada en la fijeza, la repetición, y la monotonía.”

Y es que, si bien nada es impredecible en este oficio, las variantes son múltiples y hay que estar preparada para lo que se me ordena.

En la noche ficticia y ardorosa, soy la esclava que tiene el poder de hacer existir al hombre que paga la factura.
Hacerlo existir.
Sin reparos.

El amo busca ser rebajado.
Atar, estrangular, azotar, pisotear
soy la Dominadora de la noche.

Mi cliente escribe
(espío, rápida, en su libreta abierta):
“Lo erótico, el sexo, son la pantalla, el disfraz.
Detrás: ese silencio inmóvil que…”
Me persigo en su letra retorcida, apenas descifrable.

Sale del baño.
Se tira en mi cama, envuelto en una toalla, su cuerpo
tranquilo, húmedo, fuera de lugar.

Mi mundo se distancia de la vida.
Niego la carne y sus peligros.
No tengo alternativa.”

Esa forma de vida coexiste en el mismo personaje: un tono diurno que asume la narración y otra voz en un tiempo propiamente diegético. La dominadora de la noche, durante el día vomita todo el tiempo. 
Tiene la esperanza de poder vomitarlo todo, noche y día incluido.
Vaciarse totalmente es imposible porque reproduce la misma trama que la lleva a vomitar: el estar capturada en el fantasma de los otros que ahora tiene hasta un cliente que no alimenta ese fantasma por el hecho de no desearla.
Oscila entre la voracidad y el ayuno. “Me despertaba durante la noche para engullir frascos de dulce de leche devorados a cucharadas, puñados de almendras, pasas de uvas, semillas de girasol, sándwiches de pollo con mayonesa, trozos de gelatina, todo lo que pudiera comerse, mezclado de tal manera, que los sabores se anulaban al contacto de uno con otro.”

Adelgaza y engorda, engorda y adelgaza, sin poder salir de la trama circular que viene desde la infancia. El deseo capturado en triángulos de triángulos –no necesariamente los personajes están presentes.

Bárbara, la pintora, es su mejor amiga: “Cuando Bárbara pintó esa serie de cuadros llamados Tangueras, me usaba como modelo, yo era su mejor modelo, decía a veces con un cigarrillo en la boca, mientras embadurnaba el pincel con óleo para después pintar la tela con sus trazos inconfundibles. Le apasionaba la música. En su taller, confortable a pesar del desorden, siempre se escuchaba una sonata de Janáček. Pintaba a la noche, con luz artificial. Modifiqué mis horarios. Sin embargo, no me resultaba un sacrificio posar para mi amiga. Al contrario, todo lo que sé lo aprendí de ella, durante interminables horas de inmovilidad. Procuré tener la mente abierta, en movimiento, mientras los músculos, relajados, obtenían la   quietud necesaria para que mi cuerpo pudiera ser apresado por la mirada de Bárbara, por su mano, por sus pinceladas intensas. Había noches en que ella hablaba sin parar, de sus lecturas, de los paseos por la ciudad. Juntas, recorríamos San Telmo. Conocía a los anticuarios, era amiga de todos.  A veces, parecía hundirse en la melancolía. No  soporto estar en el mundo, me dijo un día. Me resulta imposible inventarme una vida.
¿Qué le faltaba a Bárbara?
De pronto me siento mal, quiero salir del estudio, respirar aire fresco.
Nos vamos a una milonga del Abasto.”

Nótese que la instancia narrativa –diégesis– cuenta una mímesis –la pintora que pinta un cuadro y siente que sus manos la tocan a lo que se suma la música del gran compositor checo y que el cliente sea admirador de lo que pinta Bárbara– y el personaje aprende “todo lo que sabe” de su inmovilidad y luego las dos se van a bailar tangos que dan lugar a otras representaciones y así interminablemente para conjurar la asfixia que irrumpe a través de las relaciones de los personajes, sean leales o perversas siempre queda idéntica a sí misma. 

El suicidio de su amiga Bárbara la deja literalmente sola, con la excepción del cliente. No puede ser una puta respetuosa porque para esto tendría que salir de sí misma. El cliente es una puerta semicerrada hacia afuera: tal vez ese otro cuerpo suyo sea propiciado no por cirugías sino por otro lenguaje.

Descubre que entre “tanto despilfarro, sexo, y maltratos” nunca ha sido amada, separada de sí. Esta novela trata de una catástrofe contemporánea que incumple al lenguaje y al sacerdocio fetichista posmoderno: esa ilusión de ilusiones que cree poder conjugar el nombre con el cuerpo, llevada al extremo por la autora: el personaje no tiene nombre y queda reducida a su cuerpo.
Esta paralepsis habla en su retrospectiva de una prolepsis: de entrada el infinito ha sido excluido. No me refiero a lo ilimitado sino a un narcisismo que coloniza las relaciones y convierte a los sujetos en sonámbulos. Ella por un lado va hacia el mar en busca de aire –abundan las descripciones impresionistas y proustianas de los mares del sur– y, también, buscando conjurar todo lo vivido a través de un singular contrato con alguien que se convierte en su cliente y le da un nuevo estatuto al fetiche: su impotencia la arranca de la frigidez en que se ha refugiado. Ella ha encontrado un nuevo lugar de la palabra.

El personaje  tiene todos los elementos que configuran una artista. La escritura sería una salida para ella, pero este lugar es asumido por el cliente que se convierte en el narrador de su historia. Ella le paga a quien la escribe “como si quisiera, con sus palabras, arrancar algo imposible de mi cuerpo”. Así, comienza a escribir una novela que es la misma que leemos.


22.9.15

Cuando no importaba, por Mariana Rodríguez



Arrodillada de cara al inodoro con su canastita verde desinfectante, Mariela aplasta fuerte la lengua y  sumerge los dedos índice y mayor en el túnel de la garganta como otras veces. Las arcadas son anzuelos de lágrimas que saltan involuntarias al pantano oscuro de sus ojos y la saliva se vuelve espesa como la voligoma que usa en el colegio. Un esfuerzo más y eso empieza a subir: lo siente en la contracción del abdomen, en el sudor que le empaña las axilas, en el tucutún pavoroso del corazón  que golpea las puertas del miedo y lo deja entrar. Pero un esfuerzo más y ya se hace indetenible, corrosivo, ácido y azufre que derrite el esófago, los dientes, las encías y empieza a brotar en borbollones de fideos con crema, de dulces, de impulsos estúpidos masticados sin control. Y en ese picadillo inmundo que se va ahogando en chapoteos con espuma, Mariela ve la cara envidiosa de sus amigas, los ojos anhelantes del chico que desea, el cuerpo que debe caber en el top que va a estrenar esta noche, y hasta las mariposas que se volaron en la infancia cuando no importaba el espejo. Cuando el espejo no importaba.


Si…

Si ella se hubiera levantado fresca y reposada. Si hubiera sentido que el martes era una hoja en blanco con un poema nuevo por escribirse. Si hubiera sido capaz de sonreír a su reflejo cansado. Si se hubiera sentido joven o hermosa a pesar de ese reflejo cansado. Si  hubiera perdonado al espejo.

Si el agua de la ducha hubiera salido caliente. Si no se hubiera erizado hasta las falanges mismas de su noción de frío. Si hubiera podido quitarse la escarcha de los huesos con la bata de plush o con el secador de pelo. Si hubiera encontrado algo deslumbrante para ponerse. Si hubiera sentido que no importaba.

Si hubiera podido desayunar sus seis mates felices frente a la computadora mientras se hacía la hora de irse. Si hubiera salido temprano al trabajo. Si le hubiera parado el primer colectivo. Si hubiera llegado a horario esta vez. Si le hubieran dicho buenos días, si alguien la hubiera besado en la mejilla o susurrado un tibio, de compromiso,  qué linda que estás. Si hubiera recibido algún mensaje, si hubiera mirado por la ventana y hubiera visto que el sol y las ramas jugaban a las sombras chinescas y hubiera adivinado un león o un dromedario.

Si hubiera olvidado por un rato el vacío del estómago o la culebra inquieta removiéndose incómoda en la garganta. Si hubiera podido respirar pausado y hondo como le habían malenseñado. Si hubiera podido quitarse el hormigueo del brazo como una costra reseca, con ese placer casi orgásmico de la uña. Si hubiera podido retorcerle el cogote sin miedo al pájaro negro, frenético, que se retorcía tan cerca de su pezón izquierdo.

Si hubiera contenido el impulso ciego de atravesar corriendo el ventanal de la oficina, tercer piso a la calle.

Si hubiera tenido alas.


12.9.15

El amor en Melito, por Mirta Nicolás


(Para el viejo aquel…, de Melito; Belleza y Felicidad, 2014)

El placer es como el nacimiento o la muerte, sólo nos sucede una vez, pero del nacimiento uno se olvida, y a la muerte se la ignora; el placer, en cambio, es ese instante único del éxtasis cuyo recuerdo o cuya ilusión nos mantiene en vida. Sólo una vez nos ocurre, pero el resto de la existencia, antes o después, no es más que una reflexión sobre el tema. Es ridículo, pero es así, tanto para las locas como para cualquier otro. Creemos amar a una sola persona, pero en realidad amamos tan solo ese destello de placer.
Copi. La guerra de las mariquitas
Melito evoca la gerontofilia en un poema de seis cantos entonados en la dicción de una música del siglo XIX. A su vez, conecta con esa parte Carlos Correas del amor entre un viejo y un chongo, tópico preciado en lo mejor de la literatura argentina. En Melito, el abismo de la tercera edad se funde con la pasión lumpen.

En Bernal hay un bar donde regalan droga
y ahí cuando vas te volvés directo,
tenso, musculoso y extático
como un perro en sus mejores días.

Visiones por fuera de todo efecto de miserabilización. Porque no hay moral de la pobreza en este poemario sino, muy por el contrario, una estética de condiciones de vida precarias que aportan una mirada luminosa, nueva, enamorada, casual y fresca por fuera de toda queja demagógica.  


Se abrieron las puertas del tren eléctrico
y entraste con tu mochila rota.
Te dije: “cerrala, te pueden robar”
y me contestaste: “yo te voy a robar
algo que no podrás recuperar…”
(…) Frenó el tren y te caíste encima de mí.
Sentí algo recorriendo mi cuerpo, 
eran tus manos, buscando mi billetera.
Soy jubilado y pensionado: no tengo un mango.
Pero mi hacha todavía está bien filosa.
Y te cortaste las manos.

Desde la cita de Salvador Novo, hasta su punto final, el poema despliega todas las formas del amor y del suplicio; lo arcaico y lo moderno conviven en estos poemas de manera singular. Para el viejo aquel… es una novela de aprendizaje en verso. Porque quizás sea un error de perspectiva dividir prosa y poesía. ¿Esa separación no será para que los libreros y los bibliotecarios puedan acomodar sin tropiezos los libros en los anaqueles? Porque en la experiencia real de lectura, todo entra en un mismo cajón desordenado de percepciones. Y esa cuestión de si estrofa o párrafo, de si narrador o yo lírico, es humo que venden en lata los profesionales de la no lectura. ¿Odisea no es una novela en verso sobre las aventuras de Ulises para volver a Itaca? Y los libros de Néstor Sánchez, ¿no están hechos de párrafos que siguen el aliento de un largo y mismo poema?

Soñé con vos, habían callosidades
en tus manos y eso me gustó.
Porque me di cuenta que eras un hombre
de trabajo. Yo abrí la heladera buscando
pan. Un viejo duro, eso sos vos, siempre lo supe.
En el recontraempaque de tus útiles de niño,
ya había un viejo esperándome,
acorazado bajo una mueca de tristeza…
Yo nací para la hoja ajada del libro,
me gustan los anticuarios,
soy un erudito de lo gastado,
busco aprender y aprenderme,
aunque la pija siempre es joven.
Me gustaría sacarme un ojo
para que me garches por ahí,
porque no puedo dejar de alucinarme al verte.
Te lo digo siempre, encarajinado y solo,
paqueado y sin amigos,
vos sos mi cama, mi lecho
y mi leche. Tengo mil formas de verte,
pero me quiero rendir al tacto de abrazarte.

Para el viejo aquel… puede hacer serie con algunos de esos relatos y crónicas que retratan marginalidades fugitivas desde sensibilidades únicas como “Él y ella” de Carlos Correas, “Algunos bares de Baltimore” de John Waters, “Reflexiones espeluznantes sobre la nafta, la locura y la música” de Hunter S. Thompson o “Secuelas de una larguísima nota de rechazo” de Bukowski.


8.9.15

Entre escombros de fuego, por Isaac Castro



Un western del frío, el último libro de Carlos Battilana, propone incertidumbre desde el mismo título y sin leer una sola página. Pero ese enigma, que te invita a pensar varias hipótesis afortunadamente derrumbadas por el propio peso de los poemas –aunque yo me aferre a la idea de la película invernal, de la epopeya de lo cotidiano congelada en un fotograma perpetuo–, no es el único acertijo. Hay una obsesión que se desdobla en cada verso devenido  interrogante y confesión

Así, lo que surge es la pregunta acerca del amor, pero de ese que poco y nada tiene que ver con el romanticismo, y que se refiere, en cambio, al de los afectos cercanos, la estirpe y la amistad. Un sentimiento que para Battilana es, de todos modos,  insuficiente y escaso: "amo/ con pobreza/ como pude". Una afirmación categórica, que cobra otra dimensión al poner al descubierto sus imperfecciones mediante un yo que toma el riesgo de pensar en voz alta.

Por otra  parte, lo que aparece en este texto es la cuestión de la escritura y las palabras, cuya recurrencia las convierte en una suerte de refugio ante el inevitable paso del tiempo y la fugacidad de la vida. Si en Narración –la anterior publicación de este poeta descomunal– ya se ponía de manifiesto el poder de la literatura concebida como una intensa forma paralela de existencia, es en Un western del frío donde esa necesidad imperante de elegir las letras se convierte acaso en un refugio y, a su vez, en la única alternativa capaz de darle sentido a la ficción de nuestra permanencia: "las palabras nuevas/ son también cosas/ pequeñas balsas/ adonde estar un rato/ adonde tender el cuerpo" o "¿qué extraña mutación/ qué rara metamorfosis/ contienen/ las leyes del lenguaje?/acosados/ por narraciones y palabras".

Si las mejores preguntas son las que no tienen respuesta, entonces Carlos Battilana asegura su supervivencia en un cotidianidad confusa donde son sus pasiones literarias lo que alivian el vacío de las interrogantes. Mientras tanto, y con una precisión asombrosa y un estilo minimalista, casi de orfebre,  Un western del frío se las ingenia para relatar de manera genuina  –sin solemnidad, arrogancia ni lugares comunes– la madurez biológica,  los hijos, los recuerdos cada vez menos claros, el hogar más íntimo, la falta de certezas, y diversos paisajes que, en silencio y para siempre, dejaron de ser lo que alguna vez han sido.


4.9.15

Acre etéreo, por Dante Milano


Se sentó como cada día, al filo de su ventana, un cigarrillo entre los dedos y un vaso de cristal con licor irlandés, tres cuartos lleno. Disfrutaba de esa parte de la vida que se vuelve cotidiana pero no está impuesta, contemplaba el cielo y los colores de su jardín. Sabía de lo especial de ese día.
Para muchos supondría el caos, ansiedad o nostalgia, pero él se encontraba en un estado de serenidad total. Sentía esa leve corriente de aire acariciando constantemente su rostro.
Apreció cada segundo, cada sensación, cada sentido y cada pensamiento de la tranquilidad de la tarde en la que estaba inmerso.
No tenía quejas al respecto y de alguna manera padecía felicidad al estar presente ese día el cual solo unas cuantas generaciones de seres humanos tendrían la posibilidad de apreciar, o sufrir.
Después de todo, el tiempo había tomado protagonismo y él había tenido una vida aceptable.
No le agradaba la idea de continuar mucho más en la realidad con la que convivía, y tampoco deseaba seguir escapando a la infinidad de ficciones con las que usualmente se relacionaba.
Era una corta espera, el sol se reflejaba en las nubes, pero a pesar del imponente color fuego etéreo, no se podía notar ninguna anomalía.
Permaneció con el mentón en alto y la mirada hacia arriba, aunque de vez en cuando sus ojos se desviaban al reloj que llevaba en la muñeca izquierda.
Despertó una voz áspera desde su interior, y una sonrisa, más profunda todavía que su voz. Con esta imagen susurró sus dos últimas palabras. “Es hora”.
Sin precedentes el cielo mutó de una forma inesperada, su color naranja se transformó gradualmente en un rojo apago que poco a poco iba avanzando a lo largo de toda la atmósfera. Las nubes comenzaron a moverse, deformándose, creando una vorágine de tonalidades oscuras que permitían ver figuras en el aire con aspecto de enfurecidas llamas, no había estrellas, no había sol o luna, solo una capa de aire muy densa que parecía avanzar sobre la tierra.
Mientras bebía un poco de Baileys, notó un terrible escozor en su piel y en sus pulmones, además de su respiración, que se asemejaba lentamente al estertor de quienes saben dejar atrás ciertas cosas.


23.8.15

Lo impecable, por Alberto Fernández San Juan





Mi madre es una fuente inagotable de grandes conocimientos domésticos. Sabe muchas recetas, pero no de cocina. A mi madre no le gusta cocinar porque cocinar ensucia mucho la casa. Pero conoce  todos los secretos y formas de la limpieza. Y te pasa todas las fórmulas y sistemas para que el blanco sea transparente y las suciedades, invisibles. La mugre, el qué dirán  y el demonio han sido siempre sus tres principales enemigos. Por eso ella es catequista, discreta y prolija. Enarbola el bidón de lavandina Enarbola el bidón de lavandina con misma maestría con que maneja el rosario. 
Ella te puede enseñar a ser limpio de varias maneras. La más práctica la conocimos de chicos, mis hermanos y yo, primos y hasta allegados mugrientos. Consistía en refregarnos enérgicamente el cogote, los sobacos, las rodillas y las orejas con una esponja áspera y más pinchuda que una tía bigotuda. Las clases teóricas han sido y pueden ser a pedido o por desesperación. Desesperación de ella, digo, si por ejemplo pasa por tu casa y ve tu rejilla roñosa tirada sobre la mesada, con manchas de mate o café con leche, o platos y vasos sin lavar y todos percudidos.
Y si hay una cosa que le gusta mucho a mí mamá, es la lavandina. Mi madre adora la lavandina, la considera el principio del fin de todos los males. Y no solo la adora, sabe usarla como nadie. Porque no es tan fácil, si la medida y el modo utilizados no son suficientes,  no sirve de nada. Si, en cambio, uno se excede, no hay ropa blanca ni rejilla que aguante. Blanco pero como nuevito, podría ser su lema. Y esa blancura, asociada a su sonrisa, a la disponibilidad de su auto para trasladar a cuanta vieja de la iglesia necesite ser trasladada, a su disposición para cuidar enfermos, ha sellado para siempre la fama de mi madre. Las viejas del pueblo me lo dicen, si caigo de vez en cuando de visita: 
–Ay, qué suerte la tuya con esa madre que te tocó, querido, siempre limpiando o rezando, una santa hecha y derecha. 
Y se van alabándola, deslumbradas por el resplandor impecable que irradia el santísimo aura de mi madre, y olvidándose de preguntar qué tal, querido, cómo te ha ido en todos estos años que no nos hemos visto. La impresión que causa mi madre en las grandes devotas del pueblo es tan grande y profunda que se les hace imposible ver a otro que no sea la santa madre que me tocó.

Mi mamá empezó a limpiar desde muy chiquita y no por necesidad, sino por vocación. Parece que aprovechó el último parto de mi abuela, que además fueron mellizos, para desplegar sus talentos en cocinas, baños y comedores. Mi abuela andaba medio distraída con tanto muchacho dando vuelta por la casa o prendidos a sus tetas, así que, cómo no le iban a permitir a esa muñequita hacendosa que ayudara en las rudas batallas contra el Mal de la Roña y los Dañinos Olores. Y encima era tan fina y delicada que daba gusto verla, tan chiquita y tan decidida, enjuagando trapos de piso, baldeando patios enormes y barriendo la casa para que se pudieran hacer las fiestas familiares o los velorios de los parientes más viejos que ya empezaban a morirse. Y ahí se conoció una nueva destreza de mi precoz madre, una suprema habilidad y organización para lavar, orear y almidonar los tremendos manteles de las bóvedas familiares. Esa tarea llevaba casi un mes y comenzaba en octubre. Así, para el día de los muertos y de los santos inocentes, los dos primeros días de noviembre ya estaba todo listo para enfilar hacia el cementerio a llorar y rezar a gusto y en familia,  con los manteles listos para la competencia con las bóvedas vecinas y aledañas. Los parientes venían desde Buenos Aires, Bahía Blanca, Bragado y otros pueblos más cercanos. Iban llegando y las mujeres de la familia se iban juntando en lo de mi abuela por el asunto de los manteles. Asunto más que serio el de los manteles bordados. Antes del día de todos los santos y el de los fieles difuntos esos manteles tenían que haber pasado por todo el proceso de purificación, limpieza y planchado que la tradición, la iglesia y el honor familiar exigían.
Hoy en día, mi madre es una catadora profesional de desinfectantes de ambiente en aerosol. Experta mundial en recuperación de trapos viejos pero limpios, de esos que son muy útiles para limpiar los vidrios. Y en cuanto a la limpieza de los vidrios y cristales, ya que estamos, se la ha escuchado avivar a más de una de sus nueras o sobrinas:
–Yo no uso limpiavidrios, uso vinagre y papel de diario, no vas a comparar como te deja los ventiluces de la cocina.

Claro que mi madre, con el tiempo y los hijos y los nietos, para que su santa limpieza perdurara, también fue perdiendo esos moditos tan dulces, esa apariencia de princesita delicada y frágil, al menos dentro de casa:
–Los calzoncillos con estas manchas blancas o con palomitas los tiro, desde ya les aviso, tengan respeto por su madre, qué tanto joder. Y hagan adentro o tiren lavandina después de mear. Son peores que su padre.
Y acá aparece la madre del borrego. No es fácil mantener durante años una casa y a toda una familia impecable. Y encima había que hacerse tiempo para ir a supervisar la casa y el estado general de mi abuelo, que por algo la llamaba La Gerenta. Y así fue que, con el correr del tiempo, a la obsesión de mi santa madre por la higiene absoluta y la blancura perfecta le fue apareciendo un duro obstáculo: mi padre.
Después de treinta y pico de años de vivir juntos y con la mayoría de los hijos ya grandes e independizados, se podía oír desde el patio después de un almuerzo, algo como esto:
–Y vos no jodas más, siempre metido acá en el medio de la cocina, no me dejás hacer las cosas de la casa, correte, querés.
–Siempre tan cariñosa vos. Fregá tranquila, que este cuerpito se va a poner horizontal…
–Andá a bañarte primero, estuviste en el campo todo el día, mirate la facha… Andá al baño y dejame toda esa ropa para lavar. Y correte que voy a baldear.
–Y pensar que eras tan fina y delicada cuando te conocí.
–Sí, como si para mantener esta casa sirviera de algo ser fina y delicada… ¡Y encima todos hombres alrededor mío!
–Me voy a dormir la siesta y después, capaz que me baño…
–No me deshagas la cama grande que ya está hecha, acostate en la cama de la pieza del fondo que está sin hacer. Ah, y lavate bien las patas antes de acostarte que después me percudís todas las sábanas.
–Después no me andes llorando en la tumba cuando te falte.
–Llorar, no, qué voy a llorar, voy a tener todo bien limpito, sin que nadie me ande enchastrando todo. Y a vos también te voy a tener impecable, más que en vida, mirá.

Y mi padre se murió nomás. Y parece cosa de mandinga, pero en realidad debe haber sido un arreglito de mi madre con ese dios al que ella siempre le hizo tantos favores. Porque mi viejo se murió mientras se estaba duchando, así que ella solo tuvo que ocuparse de qué ropa ponerle, porque ya salió limpito y derecho para el cementerio.
A mi padre lo metieron en una bóveda de la familia que nos prestaron hasta que terminaran de construir el nicho para él. A mi madre se le metió en la cabeza que tenía que ser trasladado a su lugar definitivo antes de que se terminara el año en que había muerto, y que en ese acto teníamos que estar los cuatro hijos presentes. Para su tranquilidad todos le dijimos que sí, y el último día del año se logró que todos, hijos y nicho terminado, coincidiéramos en el cementerio para el famoso traslado. A mí y a mis hermanos, lo mismo que a mi viejo, nos conmovían poco esos rituales, y no nos importaba demasiado el destino final de nuestros huesos. “A mí métanme en un cajón de manzanas, no anden gastando al pedo”, decía siempre mi viejo. Pero no pudimos darle el gusto: mi madre tramaba otro final para su bajada de telón.
Ese día, cuando mi madre llegó a la bóveda, estábamos todos esperando. Ella había querido ir sola en su auto, había llegado temprano y se demoró en la tumba de la tía, en el nicho de la prima, en las bóvedas de fulano y mengano. Nos hizo estar a todos a las once, pero ella se fue sola a hacer sociales con los finados de la familia hasta las once y media. Y después llegó adonde la esperábamos todos con una bolsita de nylon blanca colgando del brazo. Yo, en cuanto la vi, pensé: “Quiero creer que en esa bolsa no trae lo que yo sospecho que trae.”
Mientras se hacía la que saludaba a todos, comprobó disimuladamente que todos los parientes que prometieron acompañar el traspaso del cuerpo al nicho estuvieran presentes. Eran más de cincuenta. Aparentemente estaban todos, apiñados al otro lado de la veredita principal del cementerio. Y después, de reojo, nos pasa revista a nosotros cuatro. Y acá estamos, para que entierre este muerto de una buena vez. Hace una señal apenas perceptible y los empleados del cementerio sacan de allá adentro el ataúd, rodando sobre un aparejo metálico. Otra imperceptible orden de mamá hace que el catafalco se detenga en seco. Respiración contenida de los cincuenta y pico de parientes. Mi madre se dirige muy digna hasta el cajón.
Yo, que me tiento en los cementerios, tuve que esconderme detrás de una tumba destartalada, adornada con unas flores de plástico, grandes y feas. Ya no sospechaba, estaba totalmente seguro de la que se venía.
Ella se besó la mano derecha y luego tocó ceremonialmente el ataúd, trasladándole el beso a la madera como si fuera la frente de mi padre. Enseguida, sin mirar a nadie, abrió la bolsa blanca. En tres segundos sacó un plumerito, dos franelas y dos tubos de lustramuebles. Sin que nos percatemos cómo, todos mis tíos ya estaban al lado de ella. Mi tío más grande se plumereó el féretro en menos que canta un gallo, mientras que mamá, imponente, iba rociando el lustramuebles sobre la madera brillante de modo metódico, de los pies a la cabeza. Los mellizos aplicaban la franela con fervor, uno por encima y el otro tirado en el piso bajo las ruedas del catafalco. Mamá coordinaba la acción de cada uno casi sin mirarlos. Mi tía se había ubicado al costado de ella y le iba señalando con el dedo los puntos que aún estaban sucios o partes que faltaban rociar con el lustramuebles.
Desde atrás de la tumba observé que finalmente el cortejo se ponía en marcha. Me uní discretamente. Mamá iba caminando al lado del cajón, ajustando algún detalle con la franela y el aerosol. Eran apenas unos cuarenta metros los que había que recorrer, pero se hicieron como si hubieran sido mil. Y a cada metro, un plumerazo al cajón.

Los sepultureros hicieron rápido, por suerte. Metieron el féretro en el hueco del nicho sin muchas contemplaciones. A continuación, arrodillados en el piso, se abocaron a colocar la tapa de granito, desentendiéndose de todos nosotros.
Creo que a uno de ellos le cayó mal cuando ella le empapó la botamanga del pantalón con el primer baldazo de agua con lavandina que tiró sobre la lápida recién estrenada.
Te voy a tener impecable, había prometido.







16.8.15

Ropa vieja, por Romina Ramos


el problema es justamente la esperanza,
y todavía pienso que podría ser todo distinto.
hago balances de fin de año
(la que se fue y ya no hay cómo llamar, ni cómo dejar de llamar;
la valija que pude deshacer
después de dos años;
el deja vu; el vaivén; los espejos.
me niego a decir
que los momentos más hermosos
hayan sido de películas o música.
me niego a decir que estuve sola
tratando de buscar dónde ponerme
todo el tiempo.
me niego a decirte lo que había en el mundo
después del fin del mundo,
que en todo el mundo no había más
que el fin del mundo, no lo voy a decir.
tengo esperanza).
todavía no sé
en qué se transforma
lo que se pierde.
de chica bailaba y cantaba a los gritos.
en qué parte eso en este tararear,
susurrar las mismas partes de memoria.
el ser sin rodeos, dónde.
querías vivir en una isla, sola,
"plenamente sola,"
pero la plenitud siempre fue algo diferente,
no se queda quieta,
vas a buscarla,
llegás tarde,
le pisás los talones,
quedás varado ahí.
tu vagón se suelta, estás en el centro
de un círculo en la tierra que dejó la carpa de un circo
que ahora estará llegando a otro país,
nadie supo bien qué nos pasó.
no podríamos decirlo, fue una sucesión de cosas.
el tiempo.
su trabajo, no el mío.
me desvelé a los 25, 20 años,
creo que no volví a descansar nunca.
ahora la sensación de desajuste
es más real, pero todavía podría ir a buscarla.
salir de nuevo, traslasierra,
esperar que amaine,
otra mudanza,
sembrar en el patio,
que la gata aprenda a cazar las perdices,
que las comamos juntas,
o dejar que me toques
hasta erizarme
y volver a creer
que el futuro es algo que funciona,
inevitablemente,
entre tomar la mano que se estira
o seguir mirando la intemperie
como a la espera de una flauta que se toca sola
con el viento,
y que eso sea todo
-y también lo demás.
el milagro
acaso es una decisión,
no un darse cuenta.
tiro la monedas: "la verdad interior."
cuando abrí las manos no había nada.
no sé lo que quería yo
además de las ventanas,
que el viento me tocara como a un instrumento
de belleza.
cantar a los gritos.
"el deseo es la recarga de una huella
de una supuesta satisfacción original".
ya no sé
cuántas veces pedí disculpas.
todavía pienso en vos
como mi única casa,
pero no era de vos que quería irme.
quería soltarme como si bastara
para rebasar el límite que no se puede rebasar,
el mar parecía una cosa tibia y tan maravillosa,
pero también el mar era mentira.
qué vamos a hacer ahora.
no sé si hay cómo restaurarle lo real.
cuando pienso en volver
me refiero a volver a una circunstancia anterior
a que se empezaran a manchar todas las cosas.
ya no hay naturaleza virgen.
cada centímetro cúbico de aire,
de tierra, de agua, todavía
guarda la marca
de nuestra tosca huella.

*

lo que dejan las olas: un ligero
amor por Neville, morirse de ternura
de todo lo que él ama
sin tocar –unos muchachos
riendo en la cubierta
de algún barco, el viaje de Percival–
si pudiéramos nosotros
desear así la India en equilibrio, amar el tronco
de su torso suave,
“suave y pulido como un gato”, Neville.

nadie merece lo que sueña
(“prefiero ser amado”): dejar caer el libro,
acariciarse hasta la súplica,
que él no te quiera.
¿se puede tener celos de alguien que no existe?

los fantasmas se sienten
como un viento o más suave
o más huracanado
que el mismísimo amor
soltado al aire, como un globo
de helio, con una notita
para el hombre de la luna. despertarse
es a esperar una respuesta.

*


¿Notás que a veces suena el corazón un poco a hueco?
Nada le sorprende, nada le choca.
Se tiene la impresión de que ha pasado por un túnel
y ha salido algo húmedo, algo ajado, como un hombre
que ha pasado la noche entera en un velorio. Y era falso
que hubiera una soledad donde encontrarse. Al final
siempre está el otro, prohibido siempre:
escuchar hablar a alguien en sueños, entrar a ver su cine mudo:
si hubiera cómo abrir la puerta hasta ese limbo. No la hay.
Y todo lo demás es la impostura (cada uno
reproduce al infinito su propio mecanismo.
-¿me decís cuál es el mío?)
¿Empezamos a callarnos por vergüenza
de empezar a repetirnos?
Si pudiera elegir dar o no dar con esa llave, y abrir.
Yo te abriría. Yo tomaría mi vida
y la pondría entera en tus manos, te diría:
"tomá, esta es mi vida.”

8.8.15

¿Qué es un no músico?, por Leandro Ribot


(Sobre Los peligros que nos rodean de Nicolás Moguilevsky, Buenos Aires, Metamúsica.TV, 2015)


Lo importante es que creo que hay que empezar dando con la manera de enfrentarse a un instrumento sin pensar que el instrumento plantea una serie de problemas táctiles. Estos problemas existen, por supuesto, pero hay que reducirlos a su mínima expresión. El problema radica en si tenemos la suficiente intuición o vivencia extratáctil de la música para que nada de lo que pueda suceder por culpa del piano se convierta en un obstáculo.
Glenn Gould. Conversaciones con Jonathan Cott


El piano de Los peligros que nos rodean, de Nicolás Moguilevsky, nos lleva a un estado de inocencia. Hay una delicadeza en su manera de ejecutar el instrumento como especulando sonoridades por detrás de las teclas sin saber con exactitud hacia dónde van las melodías que parecen ser tan efímeras e irrepetibles como instantáneas. Algo rompe el silencio, algo que no se sabe bien qué es, aparece y se desarma en una progresión de sonidos cautos que transmiten un poco de fragilidad, como si alguien caminara a tientas en lo oscuro. Artero, el pianista improvisa. Es posible que la idea de experimentación esté sobrevaluada. Ya lo dijo el poeta: no hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil. Pero en el caso de Los peligros que nos rodean las melodías destejen lo no escrito. Arbitrario, exultante, audaz, el disco muestra que todo hombre es un artista. ¿Qué es un no músico y qué ventajas tiene?, parece querer preguntar, siempre entre líneas, Los peligros que nos rodean. ¿Algo de Keith Jarret sobrevuela en este disco producido por Ulises Conti? Sí, y también algo de Cassavettes en la manera de aprovechar los pocos recursos. Moguilevsky, como si fuera un dibujo para escuchar, usa el espacio sin titubeos.

Sus composiciones son tan breves como inquietantes y parecen no resolverse en acordes esperables sino que abren hacia lo incierto de las disonancias. ¿De dónde surge ese flujo continuo de notas? Una de las fortalezas más sobresalientes del disco es su originalidad. Las composiciones de Moguilevsky recuerdan esa aguafuerte, “El idioma de los argentinos”, donde Arlt apuntala: “Los pueblos bestias se perpetúan en su idioma, como que, no teniendo ideas nuevas que expresar, no necesitan palabras nuevas o giros extraños; pero, en cambio, los pueblos que, como el nuestro, están en una continua evolución, sacan palabras de todos los ángulos, palabras que indignan a los profesores, como lo indigna a un profesor de boxeo europeo el hecho inconcebible de que un muchacho que boxea mal le rompa el alma a un alumno suyo que, técnicamente, es un perfecto pugilista.” La metáfora de Arlt extrapolada del boxeo sirve para pensar en Los peligros que nos rodean. Moguilevsky saca notas de su mente en una libre asosiación de hemisferios, de cualquier parte, sin importarle si lo que toca es pentanónico, dórico, de una escala mayor o menor. Es posible que su osadía genere envidia o indignación en los que pasaron su vida estudiando música, obedientes, sin poder dar con la modesta felicidad de descubrir algo propio. Profesores capados de solfeo, absternerse. Moguilevsky toca lo que siente y le dicta, como en un flujo de escritura automática, su nervio auditivo. El autor sigue el pálpito de una intuición.

Los treinta minutos que duran las trece sugerentes composiciones de Nicolás Moguilevsky fueron grabados en La orquesta de cristal durante tres jornadas del mes de julio del año 2014.



3.8.15

Poemas sobre el amor, por F. Derrey



VINCENNES

Soñé que dormíamos en la negrura del bosque de Vincennes
entre los lagos congelados de enero –nuestros sueños
desnudos bajo la lluvia invisible, bajo el haz invisible del tiempo,
y nuestras manos una con otra, hasta el amanecer blanco–.
Sí: Maia y yo entre las tapias heladas donde entraba mi sueño
durmiendo a salvo en la esperanza de estar lejos.
En Vincennes soñé a su vez con la negrura y la esperanza
de la primera noche en ese hotel de la calle Río de Janeiro
donde acercaste un beso deliberado pero con algo de miedo
o segura de hacer lo definitivo (era vernos para siempre
en medio de los empinados años, dudando
de nuestras fuerzas, entre el abismo y las arrogancias del arte
o bajo el cielo glacial de Vincennes, dudando
juntamente de todo
menos de estar juntos).


LA CIUDAD

La escena de mi cuerpo inmerso
en la coraza de tus ojos
o la ciudad temblando como un atardecer
en el agua agitada.
La mejor ciudad es la ciudad del amor.
Caminamos sus teatros, su rambla, sus playas
como un alunizaje incompleto
al fondo de mi memoria.
Todo lo que perdimos o dejamos pasar
se olvida más allá de este paisaje.

*

Quiero besar el secreto de esta melancolía
como labios en mi cuerpo por primera vez.


ECOS

cuando dejo de tañer mi contrabajo –a medianoche
o en los últimos instantes de luz– el reloj
pulsera que me dio mi viejo tras echarme
a llantos de su casa y más sutilmente
de su vida –si es que el invierno y mi desnudez
son breves ejemplos de lo sutil– ese reloj
de acero, pesado y oscuro, recorre mi brazo izquierdo
como si hubiera más bien tañídome el cuerpo
hasta perder el peso de mi respiración
o de un recuerdo borroso, fugaz
quizás deje algo mío perecer ahí, quizás mi repentina
delgadez es la secuela de un esfuerzo mayor
pues eso ocurre con las formas ulteriores de la soledad
–al crecer súbitamente el río
muchos pueblos desaparecen o perdura
apenas un campanario en la inmensidad del agua–
quizás es mi respiración que va creciendo
como un río sin mesura
ajena a las tenues dimensiones de la oscuridad
& solo entonces no temo perderme
ni que mi brazo izquierdo mis ojos cesen como los años
al pensar en ellos, solo entonces
pervivo Yo como el campanario
o el peso del alma
o tu respiración.


AMIGOS

(ils ne peuvent plus que m'aider à vivre)

la esperanza, esa película trillada que nunca
alcanzo a terminar sino apagándolo todo
-pero el amor es neuronal, dice Mathilde
y los poemas de mis amigos son mi pócima: una invención
nocturna de cuartos cerrados, otra solitaria mañana
atrapada en un domingo permanente hacia las 6.


JULIO 2014

Quise decir te extraño
estos últimos meses o el gradual
congelamiento de la esperanza
hasta volverme un granizo endeble
que el viento arrastra con desgano e intensidad.
Ahora, soy la presa inútil de una ciudad que palidece
como un horizonte comprimido
en un espejo retrovisor. Las avenidas desiertas,
las plazas grises, la diminuta escena
de una soledad que no logro mensurar.
Al comienzo del invierno,
como veleros en puertos silenciosos,
como el granizo que el viento arrastra
lejos de las cenizas
de esta furiosa historia.



Tomados de: F. Derrey. 20 poemas sobre el amor ( & una historia desesperada)