20.9.17

Cuchillo Savino, por Sergio Rienzi


1/ Relación Fantasmagórica a distancia

El pasado es una habitación olvidada llena de bártulos, trastos, personas y fantasmas.

Si abrís una puerta y te metés adentro, te empezás a golpear con esas cosas, y si tratás de adentrarte, se te van incrustando en el cuerpo, hasta dejar marcas.

Savino anduvo merodeando el pasado y lo transformó en otra cosa: una especie de presente continuo del pasado a través del tamiz de La mañana sol de limón. Pero ese mismo tamiz por el que pasó varias cosas, no opera como reducto, sino como un artefacto que es como tener en la mano algo más que un libro: un cubo mágico que hay que ponerse a girar combinando los colores hasta que encastre. El problema con el libro de Savino es que no encastra en ningún lado.

Bendita palabra y maldita a la vez: porque el resultado de eso es algo mágico, una anomalía, una singularidad en el espacio-tiempo de nuestra época.

El pasado y sus bártulos. Están ahí, ya estaban, pero no estaban hasta que te ponés a hacer las nomenclaturas, y hay cosas que se inventan en esos inventarios infinitos. Hacer eso es salir de una reclusión, es sacar al pasado y ponerlo en órbita presente continuo, una órbita que es un dialecto más que un lenguaje.

Einstein negaba que las partículas separadas pudieran estar tan conectadas y entrelazadas que, al medir una partícula, la otra se viera influida al instante, independientemente de la distancia. Formuló en base a esto dos ideas. Una, la famosa frase que es axioma de esto: que Dios no podía haber jugado a los dados con el universo. La segunda, es que la teoría cuántica necesitaba una Relación Fantasmagórica a distancia para funcionar.

Años más tarde, experimentos como el gato de Shrodinger vivo y muerto a la vez antes de abrir la caja, o el patrón de interferencia entre electrones y partículas, que implica que una partícula puede estar en dos lugares al mismo tiempo, desmitificarían las hipótesis de Einstein.

Savino y sus bártulos a la distancia. Savino que hace años que articuló su éxodo sutil de guantes blancos ensuciados por desalojos y mudanzas. Savino nunca dejó de estar en Barracas, en Avellaneda, en el Café Turin de Boedo, en Buenos Aires. Savino está y no está al mismo tiempo.

La mañana sol de limón es un artefacto para viajar en el espacio-tiempo, y es un experimento tan lúcido como luminoso, que no se puede mirar de frente por las refracciones.

Savino también anduvo aplicando su física de correspondencia con fantasmas. Su edad se lo permite. Pero mientras otros escritores con experiencia (la mayoría de ellos) se envuelve en un manto de piedad parecido a la nostalgia y la melancolía, pedorreos de los que no pueden desembarazarse, Savino esquiva el bulto poniendo  este terrible manifiesto arriba de la mesa, lleno de luz diurna, calles, colores, que es este libro.

Apropiarse – Desprecisar – Desvalijarse, como dice Savino en su ensayo sobre Marina Tsvetáieva, del Cuaderno 14. Habrá que desvalijarse, a través de los dialectos de La Mañana sol de limón y las incrustaciones del pasado como forma de desvalijarse, de desalojarse: no como si escribiera con melancolías berretas algún escritor prefabricado con ganas de mostrar su experiencia de vida desde la edad madura.

Este libro de Savino es la historia de un éxodo contado en modo desalojo. Ninguna parafernalia  literaria, nada de adornos sintácticos ni rellenos. Eso a secas. Pocos adjetivos. Mucho verbo. Cambiar de piel y mandarse a mudar: eso es desalojo en el dialecto Mañana sol de limón.

Así de crudo como un viejo jazz, o como el viento blizzard.

2/ Dialectos y cuchillos

El cuchillo de bolsillo del lenguaje Savino. Todavía nos lo estamos tratando de sacar por alguno de los dos flancos, izquierdo o derecho, ahí entre el estómago y las costillas.

Como suele decirse, pero muy mal aplicado al caso: el cadáver todavía está fresco. Digo, con esta cosa morbosa de casi mal gusto: el cadáver de nosotros todavía está fresco. Terminamos de leer el libro y todavía no sabemos bien qué es lo que nos pasó por encima: nos queremos sacar el cuchillo que nos clavó La mañana sol de limón pero hacer esto resulta una operación tan ingenua como prematura e inútil. Habría que haber consultado con algún especialista, haber ido a algún hospital. Hubiera sido mejor que otro nos ayudara a sacarlo. Un clavo saca otro clavo, pero un cuchillo no saca otro cuchillo. No. Menos cuando no abundan los libros-cuchillos.

El libro-cuchillo es un artefacto letal, único, casi una anomalía en nuestros tiempos. Savino no tiene la culpa de haber escrito un libro-cuchillo. Ahora el elemento punzante lo llevamos adentro.

Como le gusta decir a él o no puede evitar poner de otro modo, se nos incrustó. Con suerte, quedará incrustado. Y esa herida sangrará a borbotones si intentamos quitarnos el cuchillo clavado de golpe. Mejor dejarlo ahí, que habite las entrañas, que se haga amigo del vientre, que habite la piel y se mimetice, que haga una especie de fotosíntesis post epidermis, un cuchillo subcutáneo para siempre, un libro-cuchillo bisagra.

Cuchillo-Savino cortó y se metió en las profundidades oscuras. Sí, con La Mañana sol de limón solapadamente, con el sol del mediodía en cuclillas, tan justiciero el sol que no pareciera que.

Y a plena luz del día cometió el crimen, entre cafés  de Barracas y Avellaneda, entre el hoyuelo de Lola y su libreta de notas clandestina, entre un canto de teros que no deberían haber cantado jamás, y tilos que no deberían emanar tanto perfume a tilo. Ahí, a plena luz del día, como salido de un poema-Mastronardi, Savino inventó lo que siempre estuvo ahí pero no estaba: La mañana sol de limón.

Y ahora que nos clavó ese cuchillazo, el lenguaje de él se transformó en dialecto.

¿Justicia cósmica?

No lo creo. Eso es para poetas pulcros. No me hagas reír, me digo.

Sí, Barracas; Sí, Avellaneda. Sí a todo eso, estamos de acuerdo. Lo que no se anda diciendo del todo porque no está inventado: es que el lenguaje de Savino es un dialecto, arista que se termina de poner de manifiesto y catalizar del todo este último golpe de Cuchillo-Savino.

Ese es el cuchillo que nadie vio venir. Todo ese dialecto codificado entre las ensoñaciones de una libreta de notas o de varias.

El viejo Pacheco, con toda su fama y reputación, tampoco vio venir a Velázquez en ninguna de las dos vías: ni como el pintor más grande de su tiempo, ni como su yerno.

De todas maneras, lo acogió en su estudio, y le enseño a Velázquez su axioma máximo, su gran poder, resumido en estas palabras: “la imagen debe salir del cuadro, de adentro del cuadro, no a la inversa”.

Eso ya era una revolución Copernicana. La imagen saliendo del cuadro. Quién lo hubiera pensado antes. Velázquez llevó eso al extremo. En Las Meninas se ve un ejemplo de esto.

Pero detrás de esas miradas cruzadas, intervenidas, detrás de ese juego macabro y dulce a la vez de espejos, de dobles, de pliegues, de contornos a punto de desmoronarse, siempre la imagen da la sensación de estar hablando desde las oscuridades y los infiernos más íntimos y profundos de ella misma. No siendo ventrílocuo del afuera.

Lo mismo sucede cuando uno termina de leer La mañana sol de limón. Insolencia ponerle el verbo terminar, a ese camino de ida.

3/Pasaje Ensoñación

La mañana sol de limón es un cuadro pintado desde dentro de la mañana. Como si fuera algo nacido, creado y escrito, desde la mañana, para la mañana de Savino y su pasado en presente continuo. Las ensoñaciones del libro, me generan lo mismo que me produce ver el cuadro de Velázquez: las escenas naciendo del libro, pero anteriores a la concepción y la escritura del mismo: como si todo el entramado de ensoñaciones hubieran atravesado la línea del tiempo y capturado la mano de Hugo para tomarla de rehén hasta que terminara de escribir ese toco. Como dice él, ese toco del pasado.

Pero es en sus libretas de notas en donde se fue armando el entramado de la tríada: ensoñación- libreta-dialecto.

El resultado de la traída no es una fantasmagoría o un caminante triste hablando sobre ciudades y lugares perdidos al estilo Modiano: no. El resultado de la tríada es el cuchillo-Savino.

Como los boxeadores, que se ganan un apodo en alguna pelea legendaria, o en los Westerns, que épicamente sucede algo análogo, en La mañana sol de limón Savino nos logra incrustar su cuchillo a través. Yo no soy quién para ponerle un apodo a alguien. Pero no puedo evitar sentirlo de otra manera. Cuchillo-Savino entró por la puerta de atrás, por el backyard, como un ladrón en la noche: un ladrón que con su dialecto propio se apropió de todo un lenguaje, y de su pasado.

Un ladrón que a fuerza de ensoñaciones recuperó su pasado y lo transformó en un dialecto presente continuo.

Recuerdo bien la primera vez que leí Viento del noroeste. La lectura de aquel libro fue de una violencia extrema, como si fuera una extensión de la naturaleza, un alud, una avalancha, cargada de venganza fina y locuaz.

Pero lo de La mañana sol de limón ya no tiene ese gusto a venganza. Al contrario, la superación es producto de que el sabor agridulce que deja es el de la redención, una redención que sucede a plena luz del día: esa hora sublime en donde pasan las cosas más invisibles y rutinarias, entre las ocho de la mañana y las doce y media del mediodía.

Gaston Bachelard tiene todo un tratado sobre ensoñaciones, pero Savino y su cubo mágico tampoco encajan ahí. Estuve buscándolo, releyéndolo, para demostrarme que me equivocaba, que sí podía hacerlo encajar, pero no funcionó. No encaja. Me dije que es en vano hacer encajar en teorías literarias, en críticos, en filósofos de reputación erigida, a algo/alguien que no puede encajar.

Me dije: hay que dejarlo solo en esa cavidad, solo como él hubiera querido quedarse.

Porque La mañana sol de limón es una escritura sin guiones ni montajes: puro paisaje de ensoñación, pura incrustación de lo real en el cuerpo y en el tamiz del lenguaje haciendo devenir dialecto. Deseo puro de lecturas y escritura, de trayectos, de coordenadas, de logística de libros clandestinos transportados debajo del sobaco, como se debe y como le gusta a él.

Entre las coordenadas sutiles que nos desglosa Savino, se encuentran Florentino Ameghino, Palaá, Sarandí, el jazz de Sunny Murray, o el anhelo de algún pasaje de Mastronardi: deseo de deseo yéndose del pasado al presente, contado por intervalos, por frases cortas, un fraseo de fragmentos interrumpidos por otros fragmentos, pedacitos de pedacitos, miguitas de pan para palomas de barrio, detritus sutil en un espacio sideral imposible de recorrer.

A simple vista, algunos de esos fragmentos parecen anotaciones en servilletas de papel de bares, de cafeterías pasajeras o habitúes algunas veces, esas servilletitas buenas para nada, solo para decorar las viejas mesas de madera, porque por la misma porosidad son incapaces de absorber ningún liquido que llegara a derramarse, ni tampoco llegan a limpiar la grasitud en las bocas y las comisuras. Pero si son aptas para escribirles frases cortas listas para transpolar a la libreta de notas más tarde.

Cuchillo-Savino, pasaje-ensoñación: la constelación de La mañana sol de limón para armar daguerrotipos y siluetas, con la liviandad que tiene Lola, por ejemplo, siempre tan desplazable, tan sutil y ligera como una pluma que va y viene por el aire. Pequeñas pinceladas cortantes, pequeñas puñaladas imperceptibles del pasaje- Ensoñación a través del cuchillo-Savino.

4/ En el final está el principio del Exódo 

Cartapacio o cuaderno, libreta de notas y libro debajo del brazo, y a andar. A poner en movimiento un sistema nervioso ya movilizado de antemano por tanto traqueteo y desalojo.

Entonces habrá que avivar el fuego mítico. Derribar los tótems, descabezarlos. La narración es la peste; el realismo, otra peste. Savino lo supo desde siempre.

Desde su éxodo Savino le escapa a las pestes, las esquiva como un torero, con el oficio que aprendió de las márgenes del tiempo. La mañana sol de limón representa su alejamiento póstumo sublime, escrito en los márgenes mismo del tiempo, en esos bordes no cosificados, en donde todo está por nombrarse todavía. Lejos de las catarsis de los escritores establecidos y maduros, lejos de las chocheras, lejos de las pedorreadas melancólicas, lejos de las sintaxis normalizadores y normalizantes, lejos de las vigilancia sintácticas.

Escuchar el pasado, como dice él. Ponerse en órbita y escuchar los dialectos, y dejar entrar la luz de la mañana y del mediodía, y que los fantasmas alegres y felices bailen en la sala.

Los perros-perdidos de Savino, los perros sin dueño que andan sueltos en su novela, que se preguntan si tendrán dueño, pero pasan de largo, pasan a través, siguen hacia su derrotero.

Sus fantasmas tampoco tienen dueño: ni siquiera él les busca poner dueño, nombre, correa, espacio. Más bien diría que el texto demarca una especie de topología, pero me abstendría de decirlo porque los lacaneanos que lo lean se van a hacer un festín cuando quieran ir a buscar la referencia a algo que se hace carne solo a veces (si el escrito te corta, y se te incrusta).

En el camino del éxodo y la ensoñación, todo puede ser de todos, pero nada es de nadie realmente. Por eso Cuchillo-Savino corta por el lado más grueso, se hunde casi pacíficamente, lentamente, como la hora de la siesta, con la luz entrando de refilón por los ojitos de ese tipo de persiana. Ensoñación y Éxodo en este caso: formas y reformas de establecer una correspondencia de guerra vigente: entre pasado y presente, al estilo Nadesha Mandelstam, señales codificadas, guerra de guerrilla solapada. Donde Hugo cortó líneas de abastecimiento personal, donde lleva a cabo su guerra por otros medios, a la inversa de la inversa de Clausewitz.

Donde ya nada es venganza, sino cuchillo lento de cuchillero sutil en su dialecto, redención y ensoñación, y pasar a través de pequeños éxodos con imágenes por cartografiar.

No se redunda en remilgos: las palabras punzantes cortan y dan estocadas entre frases fragmentadas mínimas. Desalojo a secas, sin adjetivos remolones o pelotudos, así, como en la página 153: “éxodo sin gloria, sin épica, chato, marrano. Desbande. Desalojo”.

El Éxodo como vía de escape, de eludición con elegancia. Éxodo a los procedimientos literarios de salón, de manual, éxodo a los lobistas de la literatura argentina, éxodo  de los profesores universitarios que enseñan a escribir con método y narrativas claras, con hilos conductores, éxodo del realismo bravucón, éxodo de la narración, éxodo de la melancolía, éxodo del éxodo. El éxodo como forma final de encontrar un principio, de perder el poco hilo que queda, de terminar de cortarlo. Éxodo de Barracas a Avellaneda, ida y vuelta si querés, en camión, Ford del 38´ y sin vuelta por venir.

Un éxodo ligero, colorpoemaMastronardi, como si todo eso pudiera ser una mezcla de amarillo dulzón, naranja o ámbar, todo junto. Qué estúpido, otra vez no vi venir al cuchillo: la noción ya estaba inventada, para todo eso junto. Se trata de La mañana sol de limón, la redención del éxodo, el canto del éxodo entre la mañana y el mediodía, con el color más nítido posible de la mañana con sus formas y reformas,  texturas, olor a café,  colores y sonidos.

Un libro es genial cuando es letal. Y un libro es letal, cuando ocasiona que los otros hablen más sobre el libro que sobre el autor. Creo que no tengo nada más que decir al respecto.

Y el tero Banfileño cantará entre medianeras infinitas, en una mañana concéntrica.



15.9.17

Libro de lluvia, de Ezequiel Villarroel



abstracción

suele suceder que
la lluvia cae en forma de recuerdos
de animales que no existen
de personas que nunca estuvieron

pero están.

la lluvia es así:

abstracta cuando cae.

no cuando cayó.



cómo

las palomas encuentran
agua
en las grietas de una calle
en las sombras de sus plumas.

del pico les sale un lenguaje suave
una imitación del silencio.

y cómo es el silencio?
Preguntaron los que habían nacido
en épocas de manifestación
en medio de saqueos
de carnaval
de gobierno democrático.

todos hacían ruido.

en los hospitales había mucho ruido
en las escuelas y adentro de la gente.

estaban demoliendo el mundo.

y cómo es el silencio?
preguntaron los que no lo conocieron.

con el corazón en la cabeza.



historias

recién este año
cuando la muerte toca los libros
me doy cuenta de que esa mujer
se desnuda más cuando se viste.

estoy triste porque ha muerto un poeta
dijo
qué triste
me muero un poquito.

porque para ella todo era así
el silencio la lucha el miedo el dolor.

su nombre empezaba con A y terminaba en A
y entonces era como llegar a ningún lado.

convivían por entonces
climas calurosos noches frías mañanas escarchadas
épocas de pestes.

extrañamente nunca nos llovió en cada encuentro
llovió después y mucho.

su nombre comenzaba con A pero a veces terminaba con E
y la vida ya no era tan dura.

y no se moría tanta gente por dos o tres minutos
que era el tiempo que podíamos quererla.

otras veces
andábamos muy preocupados
mientras el país gritaba gol
y dios completaba cada gol
pesándole la camiseta.

una tarde en que desentonábamos el himno nacional
encontramos en los anaqueles de la memoria
su último nombre que
comenzaba en A y terminaba en U

de manera que tomamos nuestra historia
con los rastros de ausencia.



disconformidades

la gente duerme
porque el amor es poco
o duerme
porque el amor es mucho
y es enorme la distancia que existe
entre uno y otro accionar.

y distintas las ciudades.

y distintos los viajantes que
leen el diario
y lo cambian en la próxima estación.

vos que siempre estás viajando
en el momento que despiertan
la rabia las ganas la poesía.

qué se puede hacer para no leer
para no escribir?



restauración

en la vieja  estación de trenes
un vagón abandonado
quiere demostrar que todavía sirve.

con cada línea de agua
se le filtra por el techo
una ciudad distinta
un viaje repetido.

como la vida misma.

también la lluvia tiene su estación.




laguna

a veces sueño con flamencos
en madrugada de un periodo gris que se termina.

ya no están rondando nuestra casa
(abandonada)

de eso se trata
de vaciarnos por completo?



charcos de agua

de repente
el cielo está a tus pies
(el mundo
sigue de cabeza)



Tomado de: Ezequiel Villarroel, Libro de lluvia, Fondo editorial de la Secretaría de Cultura de Jujuy, 2015

1.9.17

El mal amor de José Sbarra, por Javier Fernández Paupy


Abrir un libro
¡qué síntoma inequívoco de que se está solo!
El mal amor

No, doña Paloma, no sé fingir, no quiero o no puedo. Yo quiero una felicidad que sea cierta o nada.
Aleana

Esperábamos este libro. Los lectores de Sbarra sabíamos que antes o después íbamos a leer sus textos inéditos. El mal amor (Dagas del Sur, 2017), en una cuidada edición encuadernada a mano, ya circula por las librerías para que podamos completar las piezas sueltas que quedan por descubrir de este autor genial. El libro incluye facsimilares y fotografías, así como un posfacio de Nadia Sol Caramella donde, con mucha claridad y amor manifiesto por la obra de Sbarra, aparecen desplegados momentos centrales de su biografía y las implicancias con sus libros. Vida y obra en una misma reflexión.

Un proverbio chino sirve para pensar la obra de José Sbarra: “Un idealista que se ha sobrepasado en su idealismo es un peligro para la sociedad, pero un cínico que se ha sobrepasado en su cinismo es una de las personas más bondadosas sobre la tierra”. En la contratapa de Cielito dice: “Ya tengo más de treinta años, por eso algunos me dicen: “José, comportate como un adulto”. Yo les respondo: “Voy a intentarlo”. Pero por dentro pienso: “Ni lo sueñen”. Para ustedes, que no me dicen tonterías como esas, escribí Cielito, el personaje que más quiero y que más se parece a mí”. Hay algo entre infantil y marginal en la obra de Sbarra. Entre Billiken y Playboy. La primera edición de Marc la sucia rata se llamó Los pro y los contra de hacer dedo. Era una edición de autor, con el sello de fantasía La rata ediciones, de 1988. El mismo sello con el que en 1992 editaría Plástico Cruel. En la contratapa de esa primera edición se lee: “LA RATA ediciones subterráneas. LA RATA no tiene editor responsable ni tampoco registro de la propiedad intelectual. Los libros de LA RATA no se venden en librerías, se consiguen en nuestros puestos clandestinos o se roban en las casas de la gente que pagó 10 dólares el ejemplar”. En 1991 la editorial Torres Agüero publica la novela con su nombre definitivo y ya mítico.  La obra de Sbarra durante décadas circuló como samizdat, como tesoros clandestinos, y una legión de lectores devotos se encargó de mantener vivo el fraseo de su voz. Es una alegría saber que la editorial Dagas del Sur va a encargarse de reeditar sus obras completas y que finalmente vamos a poder leer Bang! Bang!

De las contratapa de alguno de sus libros: “José Sbarra sostenía que divertirse con el miedo era una actividad saludable. No estaba de acuerdo con que encerraran animales en jaulas, ni en zoológicos, ni en acuarios, ya que el lugar de los pájaros es el aire libre y el de los animales marinos, el mar abierto”.

La escritura sincrónica, en mosaico, con racimos de historias escalonadas que presenta Sbarra y eso que inventa con el diálogo caracteriza su estilo rápido, ligero, con historias en montaje. El mal amor participa del tono de sus otros libros. Con desesperación e inocencia, escribió una obra donde la orfandad y el amor parecen instancias de mismo movimiento. El tono del libro recuerda el de Obsesión de vivir, una narración en verso o poema novelado del que se lamentaba Sbarra desde la guarda: “Lo terminé hace muy poco y sin embargo ya lo escribiría de una manera completamente distinta. Lo que me fastidia más es su falta de optimismo, de humor. Es un libro triste, demasiado triste”. Anecdótico y emocional, autorreferencial hasta la médula, José Sbarra en El mal amor muestra la cara más desesperada del amor.  

¿Vos sabés la cantidad de pendejos que andan con mi libro? A esos pibes nadie les habla, no tienen interlocutor ¿Sabés lo que debe ser que encuentren un libro de alguien que fue igual que ellos? Para ese pibe de 14 o 15 años, mi libro está vivo. De los 30 años para arriba, no me interesan los lectores.
(Entrevista con Enrique Symms, revista El cazador, nº 1, octubre 1992.)

Los libros de Sbarra trafican aventuras, peligro y buen humor. Transitan distintas formas: novela, cuento, informe, poema, teatro, guión radial y televisivo, relatos infantiles, historieta. ¿De dónde viene esa fuerza? Avanza; no describe, escribe cinematográficamente historias yuxtapuestas. Su obra es un arco que se tiende en la biblioteca argentina. José Sbarra inventa algo en forma de diálogo. Intercala un teatro de historias en caleidoscopio de voces. Integrados, apocalípticos, esperanzados, optimistas, cínicos, enamorados que obedecen y desobedecen, perdidos y apasionados, víctimas, sabios, delincuentes, prostitutas, drogadictos. Imbuidos en la perturbación del afecto, sus personajes están atravesados por el deseo, siempre motor de las acciones y movimiento de las pasiones, a veces brutales, a veces fatales, siempre matizadas por una obsesión en letra de molde.


22.8.17

Sucesos orilleros, por Guillermo Neo



 Parte 2


uno

El calor en esta selva
hace que todo el tiempo tengas la piel mojada,
resbalosa y caliente.

Hay muchos ríos barrosos y tibios para bañarse
pero uno, nunca termina de enfriarse.

Los riachos están secos,
mejor dicho, son un camino de fango marrón.

Con el calor
viene la bajante.

Del barro surge un olor ácido y penetrante,
el lecho queda al descubierto:
quedan a la vista los restos de una vida submarina
y la mosquitada inquieta.

Como la mayoría de las veces,
estos calores terminan con un tormentón
que entra por el sur.



dos

Un grupo de perros desparejos
surgen de todos los rincones.
Corren a los botes, las bicicletas,
y entre las patas de los caballos.
Ladran a todo tipo de motores.
Nunca imaginé que hubiera tanto perro.

La manchita, 
la rubia,
bigote,
renguito,
lobo,
un pequinés mezcladito
y una salchicha marrón
Comen las cabezas de las bogas muertas en el barro.



tres

Un yate 
cruza veloz el río.

El casco blanco
destella al sol.

En cubierta dos jóvenes mujeres
se asolean
entornan los ojos como si durmieran
se auto convencen
de su estado general
de satisfacción.



cuatro

El río se te viene.
Se te viene despacito.
Sin que te des cuenta.

Si después de las diez sigue creciendo…
prepárate
que seguro se anega todo.
Levantá los muebles,
llevá los animales al monte,
apagá la heladera.

Vas a ver,
el viento irrita los ojos
el ambiente se electrifica
los vecinos se alteran
los perros ladran largo.

Cuando la tarde parece que se cierra por completo,
las nubes se abrirán
dejando pasar una luz verdosa y un viento frío
esa
es
la sudestada

El agua transita las pendientes del arenal
en el desaguadero
desbordan las canaletas
llega hasta nosotros el barro del lecho.



cinco

El arroyo lo cruzamos a pie
por la parte más angosta.
Piedras bajo el agua.
Brillan.
Como ágatas
como amatistas pulidas por el río.

Sumerjo las piernas.
No me veo los pies.
Los peces escapan veloces.

Cuánto más profunda
más fría es el agua.
Un tronco hundido
duerme en el fondo arenoso

Un ancla de madera
bajo el estero
un bosque incendiado
un bosque inundado.

La tierra se ha endurecido
cubierta por una capa de ceniza.
Está seca como los ojos de un muerto.

Más tarde o más temprano
la lluvia hará barro del polvo
Y los cipreses germinarán entre juncales.



seis

El más cachorro de los perros del barrio
viene mordiendo el fuselaje de alas
de una gran ave muerta que encontró en el río. 
Juega con ese pedazo deforme y descompuesto entre los dientes.

Un vecino me advierte que se puede enfermar
por lo que con un palo agarro el cuerpo despedazado
y lo tiro al rio.



siete

Con el fin de la tarde
entra el viento húmedo de la costa.

Trae el olor del puerto

La sal se mezcla
con el olor de las refinerías.

El pueblo se reúne en la orilla del canal.
Un grupo de gente se baña en un mar aplanado.

Tres jóvenes caminan hacia la principal
van tomando de una botella de plástico.

Dos chicas pasan en bicicleta.
Los chicos, gritan algo que no llego a escuchar.

Una pareja de ancianos sentados en la costanera:
escuchan las noticias en la radio portátil
ella deshuesa una naranja con manos y dientes.



ocho

Doña Mirta llevó una bolsa de carbón.
Dijo que paga mañana.

Un hombre pasa en bicicleta
no pedalea
aprovecha la pendiente                                                  
se deja caer calle abajo.





Tomado de: Guillermo Neo. Sucesos orilleros. Poesía reunida 1993-2015, Neutrinos, Rosario, 2015.- 

17.8.17

Breve historia de la guerra intergaláctica, por Luciano Alonso



 Lo que nos pertenece

Lo que nos pertenece y lo que no nos pertenece. Lo que anhelamos.
Los susurros en la noche, como el batir de alas de pájaros en agonía.
No es voluntaria esta necesidad de asistirnos. Es inevitable y continua.
Es la materia voluble e invisible que sostienen las vigas de lo cotidiano.

La distancia es una canción de cuna grabada en nuestro inconsciente.
Ecosistemas superpuestos. Abundancia, insuficiencia. Bipolaridades.
Todo se vuelve relativo. Volátil. Vivimos una utopía esculpida en hielo.
Desde aquí, una historia comienza y una historia termina. Una vez más.

Lo que nos pertenece y lo que no nos pertenece. Lo que nos subyuga.
Todos los instantes se comprimen en uno solo. El único instante-deseo.
A nuestro alrededor las cosas se modifican despacio. ¿Lo percibimos?
¿Somos capaces de darnos cuenta de la reestructuración de la materia?

Dejaste tu perfume esparcido en las sábanas. Me recuesto sobre ellas.
Tu presencia es un fantasma que abrazo. Simulando un teatro de amor.
Acaricio el recuerdo de mis sensaciones. Beso tus labios de ectoplasma.
La realidad es un libro escrito con tinta invisible. Bienvenido, naufragio.



 Por ahora quedémonos así

Por ahora quedémonos así. Exactamente donde estamos. Después vemos.
Quedémonos suspendidos en el filo de la noche. En el borde del acantilado.
Después vemos qué hacemos. Cómo resolvemos esta experiencia sensible.
Tenemos tiempo para pensarlo. Todo el tiempo del mundo, que es mucho.

Por ahora, quedémonos así. En el minuto anterior a que las cosas sucedan.
Justo en el instante anterior a que suceda todo y nada. Un segundo antes.
En ese instante que media entre un suceso y otro. Ese instante tremendo.
Luego soñaremos cosas complejas y raras, que olvidaremos sin remedio.

Entonces simularemos alguna interacción cotidiana, residual y fantasmagórica.
Bajo este cielo surcado por misiles teledirigidos a distancia y bombas de fuego.
Lo cierto es que quisiéramos derramarnos en el otro, pero estamos asustados.
Estamos rodeados por esta angustia de sabernos incapacitados para el diálogo.

Todo esto que queremos y somos. Las aspiraciones que tenemos y guardamos.
Lo irremediable de uno mismo. La sombra que al fin lo disuelve todo en bruma.
La sensibilidad propia y la sensibilidad ajena, que nos atraviesa de lado a lado.
Un lobo hambriento en busca de su presa. En el bosque. A la noche. Al acecho.



 Si pudiéramos

Si pudiéramos salirnos de nosotros. Abandonar nuestros cuerpos cansados.
Salirnos hacia fuera de nosotros mismos, como quien parte rumbo al Espacio.
Si pudiéramos hacerlo, no dudo que lo haríamos sin darle demasiadas vueltas.
Simplemente nos saldríamos de una. Chau, hasta luego, nos vemos la próxima.

Saldríamos catapultados desde adentro de nosotros, directo hacia la vía láctea.
Si te he visto, no me acuerdo, diríamos, mientras nos retiramos silbando bajo.
Pero, claro, no podemos prescindir de nosotros mismos y de todas estas cosas.
No podemos ignorar que existen el sol, la luna y las estrellas. No funciona así.

¿Será por eso que tenemos que soportar el estigma de continuar encerrados?
Nos pesa la certeza sensible de continuar pese a todo, fieles a nosotros mismos.
¿Pero es que acaso podemos evitarlo? ¿Es que tenemos alguna otra alternativa?
No podemos hacer otra cosa que continuar día a día creyendo nuestras mentiras.

Somos autores y protagonistas de esta historia inverosímil que nos representa.
Todos somos responsables de este argumento, involucrados en la misma trama.
Este sentimiento de angustia nos hace sentir el peso de la soledad y la ausencia.
Vos y yo somos como flores que habremos de robar del paraíso nunca recobrado.



 Todas nuestras convicciones

Todas nuestras convicciones colapsan, dando lugar a estas mitologías.
Todo lo que me dijiste y lo que yo te dije, argumentos destemplados.
El amor es algo así como un animal absurdo, bello, salvaje, enigmático.
Y todo lo que yo tengo para ofrecerte, me lo dejé olvidado en algún lado.

Ya no te pido nada y no te exijo nada. Pero me gusta cuando pasan cosas.
Me gusta cuando el color del cielo se desarma despacio, sobre mi cabeza.
Me gusta cuando ríes y lloras, mientras yo te susurro mis poemas al oído.
Me gusta cuando hacemos juntos todas esas cosas que no podemos decir.

Me decís que el amor no tiene límites y yo te digo que eso quizás es cierto.
Me decís que, por lo tanto, cualquier amor te viene bien. Y yo consiento.
Sin embargo no es materialmente posible la coincidencia de dos lugares.
Estamos limitados y condicionados por la geografía, el tiempo y el espacio.

El amor libre me parece bien, pero no podemos tener tanto amor ahora.
Podemos tener un amor hecho de agendas y planificaciones particulares.
Un amor reglamentario, hecho de salidas específicas y cenas planificadas.
Podemos abrazar la certeza de que nuestras convicciones han colapsado.



 Nuestro mundo

Nuestro mundo es pequeño. Pero suceden muchas cosas.
Hablamos de música, de cine, de nuestros libros favoritos.
De nuestras salidas y de nuestras parejas y nuestros amigos.
No hay mucho más para declarar. Trabajo, carrera, familia.

Sin embargo, todo el universo parece comprimirse en esto.
Lo que te digo y lo que me dijiste y lo que queremos decir.
Lo que escuchamos y lo que queremos escuchar. Palabras.
Básicamente, todo el universo se estructura sobre palabras.

¿Será por eso que sentimos el impulso de escribir poemas?
¿Será por eso que sentimos esta sed por escuchar promesas?
Todo es vano al fin. Juramentos. Palabras de amor y de odio.
Todo lo sólido se desvanece en el aire, escribió Karl Marx.

Nuestro mundo es pequeño. Pero está colmado de sensaciones.
Sufrimos y gozamos y tratamos de darle un sentido a las cosas.
A veces creemos vislumbrar algo de lo que hay detrás del límite.
Pero de lo que hay detrás del límite no sabemos decir más nada.



 Supimos tener diecinueve años
  
Supimos tener diecinueve años y el corazón lleno de preguntas.
Nos quedábamos hasta la madrugada y cantábamos canciones.
No importaba que no entendiéramos nada, estábamos iluminados.
Componíamos melodías pegadizas con tres acordes en octavas.

No nos importaba arribar a ningún puerto seguro, daba lo mismo.
Sólo nos importaba beber vino tinto y sentirnos apacibles y locos.
Ninguno tenía formación académica, pero igual lo intentábamos.
Nuestras guitarras supieron guiarnos por el camino de la sabiduría.

La noche era un material precioso, que modelábamos como arcilla.
Llenábamos cuadernos y cuadernos con poesías y plegarias cyborg.
Algún día grabaríamos un disco y nos volveríamos ricos y famosos.
En realidad nos burlábamos del éxito y estábamos orgullosos de eso.

Si pudiera volver el tiempo atrás, insistiría con la materia dispersa.
Confundidos entre la gente, alcanzaría con repetir la vieja fórmula.
Bajo el cielo azul nos volveríamos profetas de un idioma increado.
Nuestro lecho de muerte sustituido por una nave sin timón ni destino.


Tomado de: Luciano Alonso. Breve historia de la guerra intergaláctica, Milena Caserola, 2017.-



2.8.17

Ávida, por Santiago Erausquin


A Dani Leber, con afecto.

“Y de pronto te alza, te lanza, te quema
hace luz en tu alma, hace fuego en tus venas
y te hace gritar al sentir que te quemas
te disuelve, te evapora, te destruye, te crea...”
El amor, Massiel.

Querido Simón. Ya sé, ya sé. Me estoy adelantando a los hechos. Y bueno, es también para que me vayas conociendo. Este aspecto es parte fundamental de mi personalidad, que se entienda bien, fundamental. Soy atolondrado, ansiosa... pero no una histérica cualquiera (sí, con a, después te explico). No confundamos. Ávido de algo es una cosa; no saber de qué, es otra. Yo sé lo que quiero, sé todo lo que puedo llegar a querer a alguien y también lo que necesito. Soy muy ávida. En un antro al que iba cuando empecé con todo esto que soy ahora, una amiga mía se hacía llamar María Ávida. “Ávida María, para usté”, decía ella trágica cuando alguien le dirigía la palabra con mala energía. Yo pensaba que ella era así todo el día y no sólo cuando se subía a la tarima. Que iba a hacer las compras así, con vestido de noche, y cuando le decían “Gracias, señorita” ella respondía a los gritos “Ávida María, para usté”. Pero qué va. ¿Qué sería hoy de la vida de María? Ni idea. El sueño de ella era ser, también, aeromoza. Me la imagino por los cielos, uniformada con el trajecito azul de dos piezas, culona, de rodete, empujando con gracia ese carrito compacto lleno de viandas entre los pasillos de un avión de una línea caribeña. Porque para eso sí que tenía el physique du rôle ella—se escribe así, dice Google. Una diva, la veo. ¿Ves como soy? El delirio éste que tengo no tiene comienzo ni va a tener final, porque también, sabelo, deliro un poco. Y por eso, antes que avancemos, necesitás saber todo lo que tengo que advertirte. No te asustes, no va a ser larga la cosa. A veces pienso qué hubiese sido de nosotros si me conocías en esa época de antes, cuando hacía otro tipo de espectáculos, con más tacón, corsé y peluca. A vos te imagino de figurante, de bailarín de show, haciendo los números que hacés en la calle pero con María Ávida, La Rimel o Gran Gút, hoy todas en el más allá. Y pienso que nos cruzábamos en los pasillos yendo al camarín. Bueno, camarín lo que se dice camarín, no, porque esos lugares no tienen, pero en el baño, ponele, que se transforma, como todo lo de ahí, en algo que no es, pero con onda y fantasía. No sé si me hubieras avanzado como lo hiciste hace un rato en la calle, la verdad. Porque ahí una estrella como vos y otra como yo no se atraen en lo más mínimo, al revés, sacan chispa, viste. Así que mejor no pensar por ese lado. Pero te figuro de bailarín, algo así. ¿Puede ser? Seguro que bailás bárbaro.
Vos pensarás que no te conozco. Es verdad, pero en parte, nomás. Te veo y al toque te saco la ficha. Tengo una práctica que podría dar cátedra. Es verdad que me equivoqué fiero algunas veces. Y es cierto que esas veces que me equivoqué fueron muy importantes, porque pensé que esa gente era para toda la vida, pero después, para todo lo demás, nunca fallé. Pero ahora, con distancia, entiendo que era una negada: que no quería ver los indicios de lo efímero que podían resultar esas personas, que claro, prometieron amor para toda la vida y, se sabe, cuanto más prometen, menos cumplen. No me prometas nada vos, eh. Nada de futuro en tus labios, Simón. Si habré llorado, mirá. Lo que habré gastado en colirio, nene. Seca estoy. Me pasó con el hijo de una amiga de mi mamá a los 12, con un compañero del secundario a los 16, con el que hacía la colimba, ¿cómo se llamaba? Bueno, con el colimba ese. También con el sonidista del Pozo Voluptuoso, y con el hijo de la boletera de Pecado’s. Ah, me faltaba con el chico del 8º, cuando vivía en Caballito. Me dijo que era soltero y nada que ver. Cuatro críos tenía ya el desgraciado. Igualitos al padre, por suerte. La que me señalaba como su hermana terminó siendo la mujer. Un monstruo ella. Bueno, él también, pero qué fuerte que estaba. Yo notaba algo raro en ese vínculo. Con razón. El asunto es que con todos esos me enganché súper mal, pero en fin, si supieras la actitud que tuvieron al principio. Reyes. Cualquiera se engancha así. Regalos, agasajos, pizza en Banchero y bingo. Y eso que, por ejemplo, el soldadito no me gustaba casi nada al principio, eh. No fue amor a primera vista. Ni ahí. La remó y mucho la trabajó para que terminara enganchándome. Pero al final... flor de atorrantes todos. Vos no vayas por ese lado, eh. Que enseguida me gustaste. Me encantó esa forma en que me encaraste, tan directo y sincero que casi no reacciono. Un shock. Menos mal que la neurona se activó y me hizo sonreír ante tu piropo, que estuvo muy bien por cierto. ¿De dónde lo sacaste? En general son guarangadas los piropos. El tuyo no. Un poema resultó. Fue lo primero que me dijiste. ¿Te acordás? ¡Qué te vas acordar! Desmemoriado. Ves: ahí tenés una. Yo voy a vivir, entendelo bien, voy a vivir de esos gestos tuyos. Y voy a construir castillos con eso que me digas o me des a entender. Así que ojo con el pico de acá para adelante, nene, porque me podés hacer re-mal si no te medís conmigo. Controlate, eh. Podés dar rienda suelta a la imaginación, sí. Pero mirá que soy muy sensible. Y más con la edad.
Ya con los malabares que te vi hacer ahí en la senda peatonal, querido, te ganaste el billete. Muy bueno, en serio. Un Cirque du Soleil. Mirá que yo conozco algo al respecto. Qué agilidad en la perfomance. Ah, pero lo que vino después, cuando te viniste a la ventanilla. “Con vos estoy muy enojado” me dijiste. Yo debo haber puesto una cara. Nene, qué manera de empezar. “Sí, con vos”, seguiste apuntándome con el dedo. “Anoche, en la caja de bombones que tengo en mi mesita de luz, en vez de una docena, sólo encontré 11”. Pensé que me ibas a acusar de haberme afanado un bombón. Un loco. Pero no. El remate fue otro: “¿Quién te dio permiso para salir?” Y ahí reaccioné, por suerte. Te confieso que casi no lo entiendo y me lo pierdo, porque soy un despiste, pero como te decía, reaccioné con esa sonrisa que heredé de mi mamá que sé que es pura gracia y mueve montañas. Y entonces, de la nada, sacaste la flor. Atrevido. Qué caballero. “Hágase cargo de lo que dice, saltimbanqui” dije agarrándome la flor con un entusiasmo de colegial. Vos seguías sonriendo. ¿Te la esperabas? Eso lo aprendí en teatro de improvisación, que hice mucho cuando era más joven. Hay que ser rápido, viste; ingenioso, ocurrente, enseguida ponerle chispa. Yo tengo eso. No sé si te lo imaginabas. No creo. Frunciste la boca, como que me ibas a decir algo y te quedaste mudo. Pichón. Por suerte te ayudé a salir del apuro preguntando “¿Te puedo tutear?” Y antes de que el semáforo se ponga verde, me dijiste que sí y que te llamabas Simón.
Ay, te hubiese dado la billetera entera si era por mí. Pero los documentos, el carné, la tarjeta del súper... Ya perdí mil veces todas esas cosas y tengo que prestar más atención con las pertenencias, porque después vivo haciendo duplicados. “Pará que me acerco a la vereda y busco algo.” La verdad, te lo habías ganado. Te di plata, la estampita de la Guadalupe y hasta la granadina que me había comprado para mí. Todo es poco. Te hice reír, ¿no? Es que soy así: pura bondad cuando me tratan con afecto. Una lassie.
Las cosas buenas son como las malas: vienen así, de golpe. Por eso hay que estar espabilado y no perderse la oportunidad de que un día cualquiera sea el día. Y vos apareciste de repente en ese semáforo que ya es para mí más importante que el obelisco.
Te aclaro ya mismo que el auto no es mío, eh. En el momento tuve que mentirte, diculpame. Es que ante tu pregunta, bueno, salió lo que salió. “El coche, la ruta y el destino me pertenecen, niño”. Es una mentira chiquita, piadosa. Vos me entendés. A la gente le encanta que uno tenga auto. La verdad es que no tengo ni pienso tener. Bastante me costó sacar el registro. El auto es de mi hermano. ¿Tenés familia? Tengo un hermano más grande que se llama Alberto. Ojo. En realidad me parece que es medio hermano. Digo yo, bah. Nada que ver conmigo. Cero arte él. Pero es bueno tanto como puede. Debe ser la culpa. De chico era malo, malísimo. Esta marca que tengo acá en el brazo me la hizo él cuando éramos pibes. Estábamos jugando. Me dijo que iba hacerme un tatuaje con una birome. Un Bart Simpson me iba a dibujar. Yo estaba feliz con la idea. Y de pronto sentí un dolor agudo y entré a los gritos pelados. Cuando miro me había clavado la bic. Dios mío, qué bestia salvaje mi hermano. Casi me desangra. Imaginate la locura que tenía. Los celos, pobre, lo hicieron así. Después se calmó. ¿Sos celoso vos? Ojalá que no, porque los celos carcomen el alma y se sufre muchísimo. Mirá mi hermano. Vos sos chico todavía... bueno, no tanto. Ya tenés pelo en todos lados, ¿no? Apenas menos que yo debés tener. Igual no importa. A lo que voy es que los chicos de ahora no son celosos. Por suerte son más evolucionados en todo. Están re-avivados. No tienen prejuicio. Yo soy algo chapado a la antigua. Me gusta que me celen un poco. Un poco, insisto. Ser celoso es como querer poseer todo. Alberto era así. Ahora no. Cambió. La mujer y las nenas lo cambiaron. Tengo dos sobrinas que son dos soles, te juro. Es lo mejor que hizo Alberto en toda su vida. Mi mamá estaría orgullosa de él. A veces, cuando tengo que llevar las cosas para un número, me presta esa nave que tiene en la que me viste. Pongo los bártulos en el baúl y listo. Voy de acá para allá y de allá para acá. Estoy armando un número en El Averno, ¿conocés? Bernardo de Irigoyen y Brasil, antes de pasar la autopista. Bernardo, ojo, no Hipólito; no te vayas a equivocar. Bernardo, como el de Bernardo y Bianca o Bernardo el del Zorro. Fijalo. Yo hago así. Fijo relacionando cosas que nada que ver pero que se tocan en un punto. Ponele: para acordarme de comprar yogur pienso por separado: yo - gur. Gurú, pienso. Entonces, en el súper, como gurú es una palabra especial, rara de olvidar, la digo, y al toque me viene el Yo y armo yo-gur. Ahora si es de vainilla, bebible o de otra índole es más complicado. Es cuestión de práctica. Funciona. Cuando me pases tus datos, te hago entrar gratis al Averno. Seguro que te va a encantar. Es algo nuevo lo que estoy preparando. Ah, sorpresa. Pero avisame cuando vengas, así le pongo una sobredosis de fantasía al show y te mando algo para tomar a la mesa y te miro un poco. A lo mejor hasta te dedico un tema. Podríamos armar algo juntos, ¿no? Vos con tus piruetas y malabares, yo con mis payasadas. ¿Sos de ensayar? Yo soy muy constante, te aviso. Y enérgico. A la mañana, apenas me levanto, entro a los gritos “¡Al ensayo, vamos todos al ensayo!” Me lo digo a mí mismo, pero es para tomar coraje y arrancar el día de buen humor y con actividades. Si no, me agarra una fiaca brutal y me quedo entre las sábanas hasta las tres de la tarde. Pero si empiezo así, nada. Energía pura soy. ¿Te imaginás despertándonos juntos vos y yo? ¿Y preparando un número? Te confieso que ese es mi sueño. Tener un novio que sea mi novio para todo. Ya sé que es un imposible, pero bueno ché, no puedo dejar de soñarlo. Además, quién sabe, ¿no? A lo mejor es un sueño tuyo también. Ahora que lo sabés, te animás y agarrás viaje. ¿Vos sabés manejar?
Ya te habrás dado cuenta que soy artista. Actor de varieté, para ser exactos. Desde los diecinueve. A lo mejor oíste hablar de mí o me viste alguna vez. En una época me hacía llamar Maxi Max. Pero el dueño de un kiosco me dijo que no podía usar ese nombre artístico porque él ya lo tenía en su local desde hacía varios años. Y que lo perjudicaba, que a lo mejor le decían que lo habían visto a la noche, actuando por ahí. La gente es tremenda. Hago playback, stand-up, mímica... Hasta salí en la tele. Estuve en el Videomatch con Tinelli y después con la Roccasalvo. Es verdad que no gané nada, pero vieras todo el trabajo que tuve después de eso. Cena-show, cumpleaños de quince y despedidas de soltero. Vos sabés de qué va el asunto, porque lo tuyo es del ramo también. ¿Sos clown? ¿Hacés telas? Acrobacia con telas, digo, ¿sabés? Yo hice un año entero cuando tenía 22, pero no era lo mío. No puedo mantener el eje. Me salgo. Para la muestra de telas tuve que hacer el tirabuzón y no sé por qué se aceleró la cosa, no pude regular y chau, me mareé y lancé todo. Un asco. No sabés cómo quedó la tela. Igual que no me digan nada porque eso suele pasar. Nunca lo dicen. Pero soy el único que confiesa siempre. Seguí haciendo unos meses más, pero sólo me dejaban correr haciendo ochos, sosteniendo la tela bien arriba a modo de cinta larguísima que no tenía que tocar el piso. Igual lo hice para explorar. Siempre hago una capacitación. Estudio mucho yo. Ahora estoy en un taller de poesía. Me tengo que expresar constantemente, ¿entendés? ¿Te gusta leer? Te digo la verdad, no leo mucho. Pero leo cosas importantes que cultivan la mente. Antes era Dolina. Ahora me encanta Rolón y retomé a Luisa Delfino, que era la favorita de mi vieja. De ahí saco personajes para mis números. Algunos son mujeres y me maquillo. Vieras con qué arte. Por eso se me pegó una manera de hablar y ya ves, no distingo género. Como que me da lo mismo. Además, aprendí que hay algunas palabras que suenan mejor en femenino y otras con o de varón. A ver, te tiro ejemplos... Rubia va con a, siempre. A mí sale: “El chabón de ahí es rubia” o “ese policía es rubia”. En cambio, guacho va siempre así en masculino. La mujer de la panadería, que siempre se queda con el cambio, “es guacho”. Oscuro también, va siempre con o final, más allá de lo que aluda. Y al referirme a mí mismo hago igual. Soy histérica (con a) y un loco (con o) al mismo tiempo. Después me van a salir más casos. Te juro que enseguida te acostumbrás.
Podía hacer un número pensando en vos, a lo mejor, Simón. Podría imitarte. Hago buenas imitaciones, guarda. En una época y en ciertos ámbitos era lo que más me pedían que haga. Pero en general eran personajes con energía negrísima los que más pedían, por eso, de a poco, dejé de hacerlos. Ahora busco más en las publicidades de la tele o en los diarios, o en las revistas que traigo de la peluquería. Por ejemplo, ahí recorté una nota que dice que en Miami está de moda hacerse un corte de pelo con la forma de la cara de tu personaje favorito. Y hay una foto de uno que se hizo, en la nuca, la cara de Michael Jackson. Entonces es como que va por ahí con dos caras: la suya adelante y la de su ídolo en la nuca. A mí me asombran esas cosas. Yo no sé cuál me haría. Marilyn, puede ser. O Laura Ingalls. ¿Vos?
Igual hay que buscar mucho. Y leer cosas serias, también. Porque a lo mejor un día te surge un número de algo trágico, como una vez que leí Azabache. ¿Lo leíste? Es larguísimo. Pero bueno, de todo puede salir algo, ¿no?
A vos te leería lo que quieras. Tengo excelente declamación. Eso lo digo con orgullo. Te recito cualquier cosa. De chiquito leía muy bien. Bueno, en realidad ese es mi fuerte. La memoria y la declamación. Los números los armo a base de esas dos cosas. Busco letras de canciones y las leo en voz alta sin la melodía y entonces les encuentro otro sentido. Todo es según la entonación que le dé. Yo empecé con la doble cassetera armándome pistas para actuarlas encima. Ahora lo hago con la computadora. Ésta que tengo ahora la compré en Garbarino hace unos años, con lo saqué de una publicidad que hice para Argencard —ya te voy a contar esa aventura. Te la presto cuando quieras. Tengo Netflix en la compu. Podemos ver una película nueva ahí. Venite un día a mi casa y vemos qué hay. Prendo la sanguchera que me regalaron para mi cumple y hacemos unos tostados de queso y vemos Netflix. ¿Cómo te manejás con la tecnología? Vos tenés un flor de celular, turro. Te lo ví. Alto celu te conseguiste, eh. ¿Es de la NASA? Tiene de todo ese modelito. Cuidalo. Que no te lo rompan las clavas. El mío es de 1810. Ni whatsapp tiene. No importa, mi sobrina me dijo que se le puede instalar el Candycrush, al que soy adicta y experta. Si jugamos, te gano. ¿Qué apostás?
¿En serio va eso que te gustaría conocerme? Bueno, más te vale. No lo puedo creer pero sé que es verdad. Empezaste vos, eh. Remember. Además, ya es tarde. Yo estoy volando por las nubes de Beirut. En una tarjeta aparte te anoté todos mis datos, con letra bien chiquita pero clarísima. Urgente vas y te lo plastificás, nene, así no los perdés. Ponela con la SUBE. Viste la fecha de nacimiento, ¿no? Soy de escorpio. Obvio. Me parece que vos también. Me juego la cabeza a que sos escorpiano, Simón. Simón-Simón, el escorpión. Te va. Ay, ya me duele la mano de tanto que va escrito. Se me tuerce la letra y vas a pensar que tengo un problema de dislexia. Un horror.
Ah, antes de devolverle el auto a mi hermano me voy a sacar los lentes de contacto. Así me ves de mi color verdadero. Esa es la prueba de fuego. Los verdes me quedan mortal, ya sé. Los uso siempre, hasta para dormir. Pero mi abuela, que Dios la tenga en la gloria, me dijo que mis ojos son más hermosos que cualquier par de zafiros, que son dulces e intensos como los caramelos media hora, que no los reniegue y que con ellos, si quiero, el mundo es mío. Dios lo quiera. Ya es hora.
Y listo. Ahora que ya está todo dicho, pongo esto en un sobre con tu nombre y me mando de vuelta a esa esquina donde nos conocimos, rogando que todavía estés ahí, radiante como te vi hace un rato, para dártelo y que sepas, de puño y letra mía, como soy y todo lo que podríamos llegar a ser si salís conmigo.



Buenos Aires, abril 2017