A la
flaca
Tuviste tu oportunidad, y me hablaste… de Maradona
Verónica
La mujer, esa limosna del diablo.
Leopoldo María Panero
Aparecí con mi hermano en la casa de Verónica,
la Flaca, Verónica
tenía una hermana
que no era como Inés sino petisa y panzona y morocha de pelo
corto que se puso a charlar animadamente con él. Y yo con la Flaca, que no me huía
tanto y estaba de buen
humor con esa mirada huidiza y brillante
con ritmo de cubo mágico, y la sonrisa venía fácil.
Íbamos y veníamos por la
casa que nada que ver con
de calle Bufano en Castelar,
más bien como una casa chorizo hecha a
los ponchazos con sobretechos plegables de chapa armada
y baldosas y color de pintura
vieja y luminosa de mañana como la de mi tío
Fito en Martínez.
Se sentía la presencia de la madre pero no apareció. Voy a un cuarto donde estaban mi hermano y la hermana
y todavía tenía todas
mis cosas, mi plata, ochenta pesos
en billetes viejos conté en
un reborde bajo la ventana
y vuelvo a la galería y la alzo
y me miraba y le acaricié la panza y le vi el comienzo
de un tatuaje igual a la remera
que tenía puesta
con gatos blancos y una inscripción
de esas de amor incondicional que tienen las chicas
por los gatos en el Facebook y esas tetas hermosas que apenas le descubrí, y estaba tan ligera al cargarla y fluía en mis brazos por
siempre mi diosa la flaca como cerezo su boca más que nunca irresistible, la llevo un
poco y escucho unas guitarras eléctricas perder el pitch y deformar todo horriblemente como una pesadilla vomitiva y despierto.
Hoy de nuevo Verónica, ya ni los anoto, la sigo como siempre, a veces me ama, a veces huye, a veces aparece su novio de pija enorme y yo colgando de un comentario. Estábamos sentados ante un piano, ella aprendiendo una partitura académica, yo del pentagrama con un soprano tentaba las primeras figuras de la melodía de My Favourite Things, para mi persona favorita, la persona que más me ha gustado en la vida fue mi novia, me gustaba más que Prince, más que Miles, y antes, antes era una rubia rumdiary, sentada espalda al piano, cuando era rubia, cuando yo le había robado sus giros de cubo mágico de la vista, en el propósito de lo humano.
Verónica.
La encuentro por los trenes y le recuerdo que también en sueños que para ir a
un telo por su casa tuvimos que hacer
una combinación de trenes, en otro sueño. La había seguido hasta un hospital o ido a buscarla parece, porque no
tuve que dar muchas vueltas para que
se quede conmigo esta vez, y parecía que yo recordaba otros sueños donde habíamos
vuelto a hacer el amor y yo había hecho papelones bizarros
reprochando cosas del pasado, después de ponérsela. Pero
esta vez del brazo bajamos por una estación del tren de la costa en el bajo y me hablaba de Misiones, montones de misioneros la querían
de entre sus formoseños, y me habla de uno que le hacía fiestas y me lo señala,
un señor mayor, y cruzamos la pared de una ciudad
amurallada, un barrio
cerrado precioso, algo así
como un Neverland y le digo: “Eduardo
murió, y El Polaco se murió” y me contesta dos
veces “Qué hijo de puta”. El sonido de sus palabras me entra por el oído
y me queda en la boca. Me aprieta el brazo
con una campera azul y sentí la piel
de sus suaves mejillas.
Era como un palacio, o como la estación de tren del video de Cream de Prince que se perdía en una costa del río más oscura y entramos caminando con Verónica donde están mis cosas, era mi cuarto y mi hermano parece que también paraba ahí estando casado y todo, vistiéndose, buscando cosas, quizás las únicas personas que amo, aquella novia de hace casi veinte años e Ignacio, con él seguíamos discutiendo al vernos en bolas con la flaca que justo se tapa las tetas cuando la miro de reojo, con la flaca era todo como en el comienzo, agradezco a Dios este sueño que me deja verla desnuda y vestida a esta edad, no como la vi en una foto de diario formoseño, acá me gusta más, sé que este sueño es una gentileza de Dios, un poco rellenita, un poco aniñada, extrañada, se tapa con la toalla verde y vamos a pagar, era como un telo palaciego también, era todo mío, todas mis cosas desperdigadas, una cama enorme, sábanas blancas, larguísimas, en un sillón ella se tapa, mi hermano llega a cambiarse, me enojo pero no vale la pena, olvido momentos preciosos, olvido nuestros tiernos diálogos, pero todo juega para mí, la flaca se cambia vamos al mostrador, unas señoras sonríen, ella les da dinero y nos dan otro turno hay tiempo, dándole la espalda me doy vuelta y la veo, algo me dice su hermana casada, su hermano no está pero lo siento, la veo esperarme, frunciendo el ceño otra vez, pero ya no huye, nos entendemos, vestida de barrio, somos de barrio y está hermosa, tiene más culo, ya me voy yendo, en vez de abrazarnos nos tomamos de la mano y de nuevo comparo la diferencia de altura, ella 1,72, yo 1,67-68 centímetros, ella está bien, es independiente, economía estable, ha viajado bastante, estudió mucho y no necesita de nadie, me alivio. Doy gracias. Rezo.
En Castelar. Voy a ver a Verónica con 300 pesos y entro en el edificio más parecido a uno de Recoleta, de granito viejo y amarillento, me mando. Hay cola para el ascensor y noto en unos anaqueles iluminados dos libros de Néstor Sánchez, Siberia Blues y Cómico de la Lengua, pero más gruesos, ediciones comentadas por universitarios, junto al ascensor, veo que hay bastante gente y sospecho que es un edificio de burócratas y me voy.
Te encuentro. Bajamos unas escaleras, largas escaleras de colegio quebradas en el futuro de Misiones, estanques, irupés, nenúfares. Guerrera blanca. Apareces en mis juegos de sueño.
¿Necesito conquistarla para salir de él? Blanca, de blanco, ruina de escaleras y selva, estanque, juegos, hacerla interesar. Ella está ahí, en el juego, delante o detrás mío: sensualidad infinita. Un poquito más. Todo lo que pudiera interesarme, o querer, la vieja fascinación en idilio de sueño. Hay una historia en silencio, aparte del juego: del que salgo, como empujando una puerta bruscamente o acelerando. Ese jueguito de todos que nunca quise jugar, me aburre, es muy fácil, pero, un poquito más. Y me rajo, todo es muy lento. Me levanto, traigo soda y anoto Verónica, otra vez.
Bajo de esa diagonal ferroviaria donde siempre empieza una ciudad universitaria y veo empedrado y un atrio y una iglesia pintada de celeste con rebordes o molduras blancas, enfrente una plazoleta con forma de escuadra de colegio y las viejas baldosas y Verónica vestida de mucama, le pregunto si leyó La Hija de Kheops de Laiseca y me dice que sí y pone cara de desentendida cuando le inquiero si le gustó, Verónica se había ido junto a otra mucama fortachona sin atender la conversación que le proponía y cambia de forma a la de un rabino de como sesenta años parecido a mi profesor particular de matemática de adolescencia que tampoco contesta mis preguntas y me mira con evidente desprecio. Sigo por el empedrado atrás del tipo, me estaba haciendo pis y entro en un baño público lleno de mosaicos con el cubo de Metatrón en venecitas de colores, sentí un olor de mierda antiquísima y no entendía bien como eran los muebles para hacer las necesidades y entonces meo por un agujero de una rotura que en realidad daba a una pileta como de yacuzi con esas venecitas hipergeométricas, entonces aparece un joven que me dice en inglés que él es el encargado de limpiar mi meada. El baño y la iglesia tenían la misma forma, abovedados y pintados de celeste pastel antiguo, el baño público estaba cruzando la calle empedrada a la izquierda donde seguí al rabino que se metió por un pasillo del Subte.
La Junction Universitaria daba a Brasil, paisajes de Rio de Janeiro sin favelas en los morros, despoblada. Brasil a veces aparece en el occidente del continente, en el lugar de Perú o Ecuador. Y voy bordeando toda la costa virgen con sus pueblos balnearios de aguas azules con juncos. Rio de Janeiro tiene una pátina dorada y Verónica es mi empleadora, doy saltos geográficos y duermo en una villa porteña o cuartos de alquiler en Los Ángeles, California, y Verónica me busca y me lleva a su local de comida digital, unos aparatos blancos en la pared, veo su teléfono en una pared y me queda el 626 seguido de un guion y otros números más que no retengo.
En la Junction laburando, la familia de Verónica tiene un despacho y voy a comprar un paquete de Van Haasen, mostrador enrejado, me atiende el hermano de Verónica y la madre. El hermano es un joven carilindo. Laburo. Ando de acá para allá en los trenes, todo metido adentro de la ciudad y por los barrios del sur de la Capital, todos apretujados. Me lo cruzo a Alberto Fernández acomodando un cajón o enterrándolo en algo que parece una tumba y le digo “Ahora que cerraron lenguas clásicas, ponele a mi amiga lingüista una cátedra de lenguas sudamericanas”, y aparece La Flaca hermosa sonriéndome en silencio. Sus parientes ya me habían avisado que estaba en pareja y había tenido un hijo, pero igual, me mostraba el cuello, su largo cuello florentino que le quise meter un picotazo pero por respeto a su investidura de señora no lo efectué.
Estoy saliendo de la Junction con Verónica charlando lo más bien, vamos conversando caminando sobre semiesferas geométricas de plaza con gran facilidad, yo estaba parando en un hostel y le hablaba de unos gringos y de la encargada que no molestaba para nada y encarábamos para allí.
Vamos cayendo a lo de Verónica, la única, ella ya es madre y vive con un filósofo marxista y viajan por el mundo, ella es una lingüista mundialmente reconocida, tuvieron un hijo, me odia Verónica en la vida real, pero yo sigo soñando con ella después de 21 años. Le caímos y se fue llenando la casa de amigos míos y ella me atendía, juntaba mis pedacitos de faso en una latita, Ato Seghezzo y Tomás Gortari leían mis sueños en su living, no sé qué pasaba, pero ella se mostraba vagamente receptiva, incluso conversamos sobre colegios para su hijo, y teníamos visiones de nuestros barrios bajo autopistas elevadas que unían en poco tiempo todo el conurbano, había una pizarra donde Ato leía un pasaje que decía "en los huevos de un Dios muerto" y se reía.
Era Cataratas. La oficina de la empresa que hace los paseos náuticos donde trabajé se venía abajo. Los yaguaretés ya eran familiares pero con respeto. Se notaba toda la decadencia y el olor del viejo centro. Nacho me decía con impaciencia que pronto refaccionarían todo. Estaba muy cansado. Lucas de la Torre estaba en un cuarto ahí nomás, enfermo, le pasé un libro no recuerdo de quién y otro de Camille Paglia, dudando. Los dos eran en inglés. Y aparece Verónica con el marido. Y de pronto como quién no quiere la cosa cruzamos algunas palabras y otras más hasta que me empiezan a seguir, el dorima atrás, como comprendiendo, buen pibe, buena sonrisa. Nos cruzamos con unos jaguaretés enormes dentro de la construcción, uno junto a la cama de Lucas. Estaba Miguel, el operador, o me pareció verlo un segundo. Christian no estaba. Nos vamos los tres a España como si cruzáramos a cataratas brasileras, al sur de España, y nos metemos en un sótano donde tocarían flamenco y servirían tapas pero no nos atienden y nos vamos. Siempre hablando con La Flaca por otros boliches hasta que me agarra la mano, y el marido nada. Todo divino, y su voz tímida y dulce. No podía creer tener su mano en la mía.
Estaba en el techo del colegio San Nicolás de calle Alsina donde fui el año 90’ cuando me fui del San Juan, ambos ya no existen más, estaba con De La Serna, el techo estaba cerrado con alambre tejido de gallinero y había un entrepiso y estábamos con dos pibes, era como un presidio y éramos una bandita de rock y jodiendo íbamos tarareando una melodía y yo fui armando un temita y apareció Charly García con auriculares y bufanda y empieza a despejar el tema y era Me siento mucho mejor, y la termino cantando con él y me despierto pensando en que es brujo, que ese tema lo ponían ese año y si, el disco es del 90’ y me marcó, y pongo Filosofía Barata y Zapatos de Goma y era ese año tal cual, y después voy al Unplugged, a No Soy un Extraño y el compactito de Serú, que me lleva de Iguazú a lo de La Flaca en Castelar. Y nunca me sentí más débil y en bolas que sin mis verdaderos amores: Mamá y La Flaca. Pero todavía no estoy verdaderamente en bolas en la calle, está mamá todavía, pero siento que pronto voy a tener que luchar con eso o quizás me deje morir.
Estábamos con mamá en un cuarto en Egipto. Una suerte de Egipto porque era todo de adoquín empolvado o con óxido, pero con los problemas nacionales argentinos. Afuera la Junction. En el cuarto de al lado Verónica con el marido. Se amaban. Yo escuchaba todo. Ellos sabían que yo estaba en la habitación de al lado y no les importaba. Lo escuchaba a él describirle a Verónica cuando vio cómo la habían subido al patrullero a macanazos. Yo vi como la golpeaban y no podía hacer nada. A él se lo había llevado otra policía política más benévola. Ella era como un Pablo Moyano del CONICET. Yo quería fumar hachís y le pedía a los pibitos, en eso me desaparecen las botas Caterpillar de mi finado hermano, regalo de mi cuñada, y me meto en el cuarto de Verónica y me fijo en sus pertenencias ordenadas debajo de la cama y no estaban. Yo al pibito del hash le daba consejos como de que tratara de mantenerse del lado de la ciudad de adoquín sin polvo, donde las piedras eran azuladas y estaba todo lustrado.
En la máquina de escribir con pantallita hablamos, yo le hago chistes y ella me contesta con comentarios pesados, que tiene que ir a devolver la balanza de pesar pañales a la ORGA. Le digo que trabajo en el astillero de Metatrones, para salir a pelear por mar con los ingleses, única forma de cortejar a una kirchnerista del CONICET, recién parida y casada, a la que llevo en mi sangre por siempre, y el papel de la máquina de escribir se acaba y lo arranco y suena prrrfff! por la pantallita, y sale una suelta de emoticones, y mirarla es más dificil que una ecografía borrosa, pero yo contento, será hasta la próxima.
Yo estaba al
oriente
del nuevo choriducto asfaltado
lado uruguayo
era un aeropuerto
con cuevas donde llegó Léon Bloy
había una policía
autoridad el buen Müller
yo estaba con
mi libro de Israel Celestial recién salido
descartado de
librerías y bibliotecas
y llegó ella
con el
guardapeluca y su cría
la vi
llegar y crucé la pista del otrora choriducto
ahora asfaltado
sabiendo
que me jugaba la vida al ofrecerle
mi corazón
de bienvenida mirándola a los ojos compasivamente
porque ya
todo pasó, todo eso que destruimos
finalmente colapsó
la civilización
y llegaba
un nuevo siglo de escritura en los hawks
y crucé a recibirla
porque todavía
amaba la letra
y me
denunció con Müller
una
denuncia que desestimó al presentarme
la mujer de
Müller era india
y yo era como
un Amish del zanjón
un Amish
del choriducto
con Léon Bloy
y me odiaba
y su marido
el guardapeluca la comprendía
sentí que
don Geniol conmigo no tenía inquina
pero Verónica
renovaba su desprecio y seguía y seguía odiándome
con todo lo
que tenía mientras tuviera vida
hasta que tuve
que rendirme
y volver a mi
enramada en la zanja del otro lado de la pista
y veía todo
de nuevo ahí enfrente
ella siempre
me odiaría
Estaba
de guardia en un puesto, mi hermano occiso estaba y no estaba, era su negocio,
la entrada a un bosque que estaba
siendo desmontado y revocado en sus pozos de tierra clara, aparecían mis viejos con mi cuñada,
había diálogos y expresiones típicas de la familia, bromas, que olvidé. Era todo de ellos, y yo era un empleado pero
siempre excitado en movimiento, o
todo se movía alrededor mío, yendo y viniendo, y más allá lo negro y la autopista, yo a un costado, en una bajada,
en la garita, nunca estaba, me metía en ese desmonte
con pozos y revoque fino y les avisaba ché a los de mi familia, ché, están
revocando los pozos. Pero después se
fueron llenando con una ciudad y un ministerio o secretaría, en una avenida
como la Mitre de Sarandí, un Ministerio, y a dos edificios trabajaba La Flaca,
y había un concierto de música,
marchitas del Imperio Austro-Húngaro, y yo tocaba la trompeta y estaba al horno porque dejé de practicar
hace diez años, y había un pibe con una trompeta Brauer alemana acostada y le dije que se la cambiaba y aceptó y
pude tocar esas marchitas perfectas, y los balcones estaban llenos, y aplaudían
con ganas, y La Flaca con Inés y
su cochecito con un bebe se me acercaron, porque enterado de que estaban
cerca habían mandado un chasqui para avisar, y de pronto estaba desnudo y me tapé con la campana de la trompeta y La
Flaca me dijo algo del pirulín y le contesté si quería soplar. Nos quedamos conversando y desperté, y al rato,
ya de día, con las primeras luces
bajé los black-outs y me dormí, y ahora en una oficina de color Nescafé
revuelto con gotas de agua, marrón,
en una vieja la oficina del estado nos encontrábamos, ¿o era un Ministerio?, parecía un almacén debajo de
un Tennement y yo ya era poeta
oficial en La Corea Dorada parece,
porque no sé que hacía tanto por los edificios públicos que ella barría, nos mandamos Whatsapps, que me costaba
horrores escribir, el telefonito de mierda para atrás, pero quedamos en vernos
para una entrevista breve en ese negocio del gobierno, ahora pasaba el trapo de piso, y pudimos charlar, ya estaba casada con un hijo, y yo ya no
tengo intenciones de levante que no sean explícitas y pícaras al hueso, nada de
franela, la conversación es aparte,
pero si tengo erección la confieso. Y así charlamos como con una mina más
y no fue tan grave al final, y hasta
agradable darle charla en su
tarea de limpieza, aunque de
esas he tenido mejores con la mucama que limpia mi cuarto, aunque La Flaca sea La
Flaca, mi Verónica de este libro.
Llego a zona sur en tren, a la casa de Verónica. Paso a su
cuarto y charlamos, nos contamos, salimos a un parque, hay sol, tiene un
vestido blanco. Verónica es morocha alta y flaca de piel blanca. Hablamos cosas
de actualidad. El marido y el hijo no están. De pronto me encuentro en bolas
acostado y llegan dos amigos, conversamos todos y me dice que está viniendo su
marido para buscarla a una fiesta, yo había dejado mi ropa en el piso, y salto
en bolas, tomo el pantalón y me cuesta mucho ponérmelo, como si hubiera
engordado. Le pregunto si me puede dejar en algún lado y contesta, “Sí, obvio”.
Y me dejan en el playón de una estación de tren con escaleras metálicas
arbolada.
Tres
avenidas empedradas
con
estación de tren daban
a la
morgue de la universidad.
Otra
vez allí siguiéndola,
me
perdía entre otros cursos
por
las escaleras,
salas
de lectura de apuntes
de
paredes blancas, y volvía
a la
avenida repavimentada
con el
tranvía
a ver
los negocios viejos
de
cotillón, los carteles, el polvo,
la
gente escuálida, enjuta,
la
sombra poquísima.
El
viaje de siempre.
Verónica duerme en mi cuarto con el marido, yo busco el celular y uso unas chinelas que náuticas azules y grises, me presta el teléfono viejo del marido pero no lo entiendo y le pregunto a mamá si vio el mio y me lo señala. Increíble discapacidad o torpeza para manejar los teléfonos.
Es Reyes y persigo a Verónica por su casa de ladrillo entre dos palos borrachos, todos la ensucian jugando, están jugando a ensuciarse con hollín, con hielo, con champagne, el marido sabe, no importa, nunca se la robaría, ¡sobran las palabras! Le meto un picotazo hermoso en un sillón ya está lista para salir se va preparando la demoran con hollín, con agua, gente habla en francés en el chateau precioso, salimos a la Junction. Locura de felicidad. Agradezco.