Mostrando entradas con la etiqueta sergio rienzi. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sergio rienzi. Mostrar todas las entradas

14.2.26

Free jazz Savino, por Sergio Rienzi

  

Vamos, ya todos sabemos lo que pasó. Hugo Savino se fue alejando de sí mismo. No se trata de esencias ni existencialismos. Se trata más bien de una coordenada, o de una no coordenada que designa el lugar de varias pérdidas fundamentales. ¿Se habla de la pérdida del sentido o del relato o de cierto hilo conductor? Creo que Savino nunca tuvo que soportar esas cruces o se las desembarazó rápido como para seguir con su ritmo. Su ritmo lo volvió recóndito. Y lo recóndito lo hizo alejarse más de sí mismo y ya no puede volver sobre sus pasos. Gris al Fondo nos muestra un esbozo de esta pérdida, y cierto rescate por volver sobre sus pasos arma el paisaje de Gris, y articula su free jazz. Es el jazz libre de Savino el recóndito.

Destierro: acción y efecto de desterrar o desterrarse. O también, según la Real Academia Española: pena que consiste en expulsar a alguien de un lugar o de un territorio determinado, para que temporal o perpetuamente resida fuera de él.

Savino se desterró a fuerza de jazz y de tango, bajo fuego cruzado. Fue un destierro gradual, lento, llevado a cabo por él mismo en secreto pero a plena luz del día. Gris al Fondo de un paisaje que sigue existiendo y que ya no existe, tensión eléctrica por pulso y pulsación, se trata del gato de Schrodinger del famoso experimento de la caja: vivo y muerto a la vez. Gris al fondo con sus paisajes que existen y que ya no existen a la vez, nos atrapa en sus paradojas de espacio-tiempo, y nos lleva a pensar fuera de la caja a la que se expulsó Savino, hasta el bucle de tiempo y un pliegue que se repliega contra el lenguaje de remaches y remiendos y fragmentos entrecortados.

Geografía recurrente: Avellaneda, Barracas: como boomerangs soltados al tiempo que vuelven una y otra vez y te golpean durante la lectura. Otras geografías y territorialidades del Jazz-Savino: Visiones de Cody de Kerouac, el Finnegans de Joyce. Puntos cardinales precisos. Este y Oeste. Norte y Sur, y una brújula rota que apunta a todos lados y a ninguno al mismo tiempo. El magnetismo del texto rompe la brújula, y los resultados de la pérdida. Los corolarios de la pérdida. Las huellas fueron borradas del terreno adrede. Un cazador sabe que puede ser cazado por otros cazadores o por los animales que está tratando de cazar.

El hilo conductor de Gris al fondo es una puerta cancel atrancada, anulada. No hay por dónde pasar. Cartografías y geografías oscuras trazadas a espaldas de los codos y los recodos del tiempo. Free Jazz-Savino ramificador, rizomático, obsesivo, escrito a contraluz y a resolana, expulsado de su propio espacio y tiempo, se hace carne el texto en uno, como eco de que hizo carne en Savino. ¿Es el destierro un hecho relacionado con el tiempo? Sí y no. En la dimensión Savino del Free Jazz, el destierro afecta al tiempo, el fraseo del free jazz deshace espacios.

En Gris al Fondo no hay Cielo, ni Infierno, ni posibilidades de futuro: sólo el pasado como constante cosmológica refractándose en los ríos de un presente continuo ramificado. Tiempo y destierro en el Free Jazz-Savino conforman una nueva figura: el destiempo.

La música Savino se volvió un dialecto más libre y salvaje. Sonidos feroces, oscuros, mordaces, lanzados a un vacío desde un vacío, que se repliegan hacia dentro y no se dejan reproducir o imitar. Como si de Gris al Fondo sonaran a la par en una misma caja de resonancias Coltrane, Aníbal Troilo y Thelonious Monk. Los sonidos del Free Jazz se entreveran con el tango dando lugar a una fusión imposible, desfiguración improbable, en donde coexisten y me mezclan en un solo tejido el sonido del afilador de cuchillos que pasa por el barrio con el sonido del tren traído por el viento. Amasijo de música. Resaca del silencio interceptado por comentarios secos de Roque Juan o de Celia, como al pasar de algo que los nombres propios dicen y se retienen para siempre, como al pasar de algún paso a nivel, o tren de carga, o el paisaje Avellaneda atropellándose a sí mismo y ahogando las voces que no se pueden ahogar en los Cuadernos de Cardoso.

Caja de resonancias, cajita musical rota que sigue sonando. El ritmo de la ecuación Jazz y el algoritmo Tango es de tugurio, de sótano trash de bajo fondo, de zapada improvisada, y toda esa música elude a la crítica literaria, no se deja atrapar, encasillar. Este ritmo Savino desmantela lo dado, pone las cosas patas para arriba. Molesta. Patas arriba las leyes naturales que gobiernan el canon literario. Savino no cree en los personajes porque lo único que tiene son nombres propios, con caras propias que no fueron desfiguradas por el paso del tiempo, y ademanes que lo mismo, y palabras que conjuran las caras con nombres con fechas con calles y coordenadas, que rubrican todo lo dado y lo exponen. Se arriesga la caja musical a caer al precipicio. ¿Acaso no ve el precipicio? Son los nombres propios de la lejanía, cantando la música del sótano.

Savino tampoco cree en la trama porque el jazz salvaje y el tango se llevaron todo puesto. Métrica rizomática, pura expansión y contracción enredada. Música de enredaderas y de patios. La materia de Gris al fondo es de las Enamoradas del muro, Ampelopsis. Avanzan hasta comerse las medianeras de la literatura, ese punto de inflexión en donde nada puede quedar encasillado en algo.  Texto-enredadera.

“Un rizoma como tallo subterráneo se distingue radicalmente de las raíces y de las raicillas.

Los bulbos, los tubérculos, son rizomas. Pero hay plantas con raíz o raicilla, que desde otros puntos de vista también pueden ser consideradas rizomorfas. Cabría, pues, preguntarse si la botánica, en su especificidad, no es enteramente rizomorfa. Hasta los animales lo son cuando van en manada, las ratas son rizomas. Las madrigueras lo son en todas sus funciones de hábitat, de provisión, de desplazamiento, de guarida y de ruptura. En sí mismo, el rizoma tiene formas muy diversas, desde su extensión superficial ramificada en todos los sentidos hasta sus concreciones en bulbos y tubérculos: cuando las ratas corren unas encimas de otras.” (Gilles Deleuze, Félix Guattari, Mil mesetas - Rizoma)

 

El Free Jazz-Savino es rizomático. Subterráneo, subcutáneo, salta de sótano a altillo, de lectura a contraluz a calle y multitud y paso a nivel, y tren de carga. Se mueve salvaje como el jazz libre y se ramifica, se expande, se repliega sobre sí mismo en movimientos rápidos de reptil agazapado.

 

¿Libros? Básicamente tenía libros prohibidos. (20 de septiembre)
(Gris al fondo, Hugo Savino)

 

Así, lanzado y arrojado al vacío, sin fecha precisa, solo un 20 de septiembre. Hablando sobre libros prohibidos. Gris al fondo lo es. Es un libro que no se deja, que se aleja. Fechas imprecisas pero tan nítidas, con ritmo y fraseo corto de largo alcance. Caras borroneadas. Nombres propios superluminosos. Ahora bien, es necesario hablar de sabotaje. El lector en el fondo busca siempre algo a cambio: algo con qué llenar un vacío de invierno o un vacío de verano, o la incomprensión de su pareja, o un dolor lejano, o una pérdida insustituible, o tan solo el aburrimiento de la monotonía de sus días. Savino y su jazz son contrafácticos: no trabajan para compensar penas ni aburrimientos de lectores, ni para darles cierto sentido a sus existencias. Y ese es el verdadero sabotaje: escribir para nadie. Eso es lo inadmisible.

El lenguaje Savino es bergsoniano, lo cual implica ya de por sí otro sabotaje indirecto, intrínseco.  Nos lleva a multiplicidades, a ramificaciones en continuo. Dialectos en clave de cifrado. Algoritmos de pasados ramificados que viajan al futuro en presente continuo. Trabaja con conjuntos en bloques de multiplicidad como Bergson: memoria-materia, duración espacio, recuerdo-percepción. Las dualidades devienen en multiplicidades que comportan un trabajo en la estructura de la escritura y cuando la estructura trabaja fricciona y genera movimientos geológicos en el lenguaje y en el canon de la literatura.

Multiplicidades en palabras devenidas en fraseos al ritmo del jazz y del tango, estallando las palabras en mil fragmentos más como una copa de cristal que cae de una mesa al piso y salen disparados hacia todas partes. Así se incrusta el texto en quien se arriesga. Eso lo vuelve código morse, cifrado extremo. El cifrado es una clave saboteando literatura.

“Siempre está esa tirantez en la mesa de la conversación: todo quiere llevarte a las reglas de la sintaxis.

Cuaderno de Luis Cardoso. Elia le contó su desdicha berreta y de lluvia neurótica y el hijo de puta pensó que le pedía plata y cambió de tema mientras comía su arroz de serpiente de restaurante caro. Elia no mide la confesión. Pierde el hilo del compartimento estanco.”
(Gris al fondo, Hugo Savino)

 

Savino conversa con su pasado en clave jazz, tango, rap. Dialoga con fantasmas en carne y hueso, carne viva, se hace carne en ellos. Me corrijo: no dialoga, conversa. “Parla”, como los italianos inmigrantes que no se alejaron nunca de la palabra parla, y la parla es para ellos una conversación entrecortada, interceptada, que empieza de día y se interrumpe y sigue de tarde, de noche, de madrugada, y es un ciclo interrumpido y lleno de intromisiones de terceros cercanos,  incesante, fragmentado y continuo. Y hay que dar gracias por la luz matinal con resolana de este Free Jazz-Savino. Le gusta la parla, la parla de las conversaciones de patios de inquilinato, de calle afuera, de viejas comadronas en reposera en la puerta que espían todo, y los nombres propios de Savino yendo y viniendo, entrando y saliendo como a través de una puerta giratoria gigantesca que los vive expulsando y atrayendo con el magnetismo del barrio, siempre el barrio. La parla está en el universo del “Gossip”, el secreto a secreto, a voces, de esas comadrejas astutas y escurridizas que forman parte del tango Jazz-Savino.

Se dicen secretos, se escuchan secretos de otros, se pide y se reclama que las confesiones queden a salvo, como en la parroquia de barrio. Y así sucedió. Están a salvo. Pertenecen a esta catedral llamada Gris al Fondo. La Orden del Canon Literario aborrece este tipo de catedrales. Este tipo de catedral posee dialectos que la Orden no habla. Esa vieja Medusa no sabe hablar: solo convertir en piedra a los que día a día intentan pertenecer y se amontonan tratando de entrar en la gran maquinaria del mercado de pases que implica. Lo cierto es que la Orden del Canon Literario no habla estos dialectos, le dan pánico, porque no solo no puede hablarlos, sino que tampoco puede oírlos.

Savino recuerda de a fragmentos que los incrusta en letras, palabras, texto. Son injertos. El Gossip cifrado extremo: es una operación invertida desde los recovecos caracolescos, circulares, esféricos y pasillescos de los tímpanos, de los oídos, de todo aquello que fue pasando en la parla Savino, en las cosas dichas y que se dijeron por ahí. Y desde esas cavernas laterales y oblicuas y sinuosas se escucharon las palabras que hoy nos retuercen y que la Orden no puede escuchar apenas más que algo parecido a un sonido gutural, como un ladrido afónico de perro de la calle: es el trabajo de excavación con el oído, que sabotea al Canon de la Orden Literaria con fechas precisas pero no dichas del todo, con nombres propias concretos pero sin rostros, con situaciones consabidas y secuencias claras pero que se pintan al óleo adrede.

Letra por letra, palabra por palabra, el sabotaje de la lengua materna que queda atorada entre cavidades, pliegues y bucles del espacio-tiempo, replegada sobre sí misma, desbordada por un río de palabras que la transforma en un dialecto secreto.

20.9.17

Cuchillo Savino, por Sergio Rienzi


1/ Relación Fantasmagórica a distancia

El pasado es una habitación olvidada llena de bártulos, trastos, personas y fantasmas.

Si abrís una puerta y te metés adentro, te empezás a golpear con esas cosas, y si tratás de adentrarte, se te van incrustando en el cuerpo, hasta dejar marcas.

Savino anduvo merodeando el pasado y lo transformó en otra cosa: una especie de presente continuo del pasado a través del tamiz de La mañana sol de limón. Pero ese mismo tamiz por el que pasó varias cosas, no opera como reducto, sino como un artefacto que es como tener en la mano algo más que un libro: un cubo mágico que hay que ponerse a girar combinando los colores hasta que encastre. El problema con el libro de Savino es que no encastra en ningún lado.

Bendita palabra y maldita a la vez: porque el resultado de eso es algo mágico, una anomalía, una singularidad en el espacio-tiempo de nuestra época.

El pasado y sus bártulos. Están ahí, ya estaban, pero no estaban hasta que te ponés a hacer las nomenclaturas, y hay cosas que se inventan en esos inventarios infinitos. Hacer eso es salir de una reclusión, es sacar al pasado y ponerlo en órbita presente continuo, una órbita que es un dialecto más que un lenguaje.

Einstein negaba que las partículas separadas pudieran estar tan conectadas y entrelazadas que, al medir una partícula, la otra se viera influida al instante, independientemente de la distancia. Formuló en base a esto dos ideas. Una, la famosa frase que es axioma de esto: que Dios no podía haber jugado a los dados con el universo. La segunda, es que la teoría cuántica necesitaba una Relación Fantasmagórica a distancia para funcionar.

Años más tarde, experimentos como el gato de Shrodinger vivo y muerto a la vez antes de abrir la caja, o el patrón de interferencia entre electrones y partículas, que implica que una partícula puede estar en dos lugares al mismo tiempo, desmitificarían las hipótesis de Einstein.

Savino y sus bártulos a la distancia. Savino que hace años que articuló su éxodo sutil de guantes blancos ensuciados por desalojos y mudanzas. Savino nunca dejó de estar en Barracas, en Avellaneda, en el Café Turin de Boedo, en Buenos Aires. Savino está y no está al mismo tiempo.

La mañana sol de limón es un artefacto para viajar en el espacio-tiempo, y es un experimento tan lúcido como luminoso, que no se puede mirar de frente por las refracciones.

Savino también anduvo aplicando su física de correspondencia con fantasmas. Su edad se lo permite. Pero mientras otros escritores con experiencia (la mayoría de ellos) se envuelve en un manto de piedad parecido a la nostalgia y la melancolía, pedorreos de los que no pueden desembarazarse, Savino esquiva el bulto poniendo  este terrible manifiesto arriba de la mesa, lleno de luz diurna, calles, colores, que es este libro.

Apropiarse – Desprecisar – Desvalijarse, como dice Savino en su ensayo sobre Marina Tsvetáieva, del Cuaderno 14. Habrá que desvalijarse, a través de los dialectos de La Mañana sol de limón y las incrustaciones del pasado como forma de desvalijarse, de desalojarse: no como si escribiera con melancolías berretas algún escritor prefabricado con ganas de mostrar su experiencia de vida desde la edad madura.

Este libro de Savino es la historia de un éxodo contado en modo desalojo. Ninguna parafernalia  literaria, nada de adornos sintácticos ni rellenos. Eso a secas. Pocos adjetivos. Mucho verbo. Cambiar de piel y mandarse a mudar: eso es desalojo en el dialecto Mañana sol de limón.

Así de crudo como un viejo jazz, o como el viento blizzard.

2/ Dialectos y cuchillos

El cuchillo de bolsillo del lenguaje Savino. Todavía nos lo estamos tratando de sacar por alguno de los dos flancos, izquierdo o derecho, ahí entre el estómago y las costillas.

Como suele decirse, pero muy mal aplicado al caso: el cadáver todavía está fresco. Digo, con esta cosa morbosa de casi mal gusto: el cadáver de nosotros todavía está fresco. Terminamos de leer el libro y todavía no sabemos bien qué es lo que nos pasó por encima: nos queremos sacar el cuchillo que nos clavó La mañana sol de limón pero hacer esto resulta una operación tan ingenua como prematura e inútil. Habría que haber consultado con algún especialista, haber ido a algún hospital. Hubiera sido mejor que otro nos ayudara a sacarlo. Un clavo saca otro clavo, pero un cuchillo no saca otro cuchillo. No. Menos cuando no abundan los libros-cuchillos.

El libro-cuchillo es un artefacto letal, único, casi una anomalía en nuestros tiempos. Savino no tiene la culpa de haber escrito un libro-cuchillo. Ahora el elemento punzante lo llevamos adentro.

Como le gusta decir a él o no puede evitar poner de otro modo, se nos incrustó. Con suerte, quedará incrustado. Y esa herida sangrará a borbotones si intentamos quitarnos el cuchillo clavado de golpe. Mejor dejarlo ahí, que habite las entrañas, que se haga amigo del vientre, que habite la piel y se mimetice, que haga una especie de fotosíntesis post epidermis, un cuchillo subcutáneo para siempre, un libro-cuchillo bisagra.

Cuchillo-Savino cortó y se metió en las profundidades oscuras. Sí, con La Mañana sol de limón solapadamente, con el sol del mediodía en cuclillas, tan justiciero el sol que no pareciera que.

Y a plena luz del día cometió el crimen, entre cafés  de Barracas y Avellaneda, entre el hoyuelo de Lola y su libreta de notas clandestina, entre un canto de teros que no deberían haber cantado jamás, y tilos que no deberían emanar tanto perfume a tilo. Ahí, a plena luz del día, como salido de un poema-Mastronardi, Savino inventó lo que siempre estuvo ahí pero no estaba: La mañana sol de limón.

Y ahora que nos clavó ese cuchillazo, el lenguaje de él se transformó en dialecto.

¿Justicia cósmica?

No lo creo. Eso es para poetas pulcros. No me hagas reír, me digo.

Sí, Barracas; Sí, Avellaneda. Sí a todo eso, estamos de acuerdo. Lo que no se anda diciendo del todo porque no está inventado: es que el lenguaje de Savino es un dialecto, arista que se termina de poner de manifiesto y catalizar del todo este último golpe de Cuchillo-Savino.

Ese es el cuchillo que nadie vio venir. Todo ese dialecto codificado entre las ensoñaciones de una libreta de notas o de varias.

El viejo Pacheco, con toda su fama y reputación, tampoco vio venir a Velázquez en ninguna de las dos vías: ni como el pintor más grande de su tiempo, ni como su yerno.

De todas maneras, lo acogió en su estudio, y le enseño a Velázquez su axioma máximo, su gran poder, resumido en estas palabras: “la imagen debe salir del cuadro, de adentro del cuadro, no a la inversa”.

Eso ya era una revolución Copernicana. La imagen saliendo del cuadro. Quién lo hubiera pensado antes. Velázquez llevó eso al extremo. En Las Meninas se ve un ejemplo de esto.

Pero detrás de esas miradas cruzadas, intervenidas, detrás de ese juego macabro y dulce a la vez de espejos, de dobles, de pliegues, de contornos a punto de desmoronarse, siempre la imagen da la sensación de estar hablando desde las oscuridades y los infiernos más íntimos y profundos de ella misma. No siendo ventrílocuo del afuera.

Lo mismo sucede cuando uno termina de leer La mañana sol de limón. Insolencia ponerle el verbo terminar, a ese camino de ida.

3/Pasaje Ensoñación

La mañana sol de limón es un cuadro pintado desde dentro de la mañana. Como si fuera algo nacido, creado y escrito, desde la mañana, para la mañana de Savino y su pasado en presente continuo. Las ensoñaciones del libro, me generan lo mismo que me produce ver el cuadro de Velázquez: las escenas naciendo del libro, pero anteriores a la concepción y la escritura del mismo: como si todo el entramado de ensoñaciones hubieran atravesado la línea del tiempo y capturado la mano de Hugo para tomarla de rehén hasta que terminara de escribir ese toco. Como dice él, ese toco del pasado.

Pero es en sus libretas de notas en donde se fue armando el entramado de la tríada: ensoñación- libreta-dialecto.

El resultado de la traída no es una fantasmagoría o un caminante triste hablando sobre ciudades y lugares perdidos al estilo Modiano: no. El resultado de la tríada es el cuchillo-Savino.

Como los boxeadores, que se ganan un apodo en alguna pelea legendaria, o en los Westerns, que épicamente sucede algo análogo, en La mañana sol de limón Savino nos logra incrustar su cuchillo a través. Yo no soy quién para ponerle un apodo a alguien. Pero no puedo evitar sentirlo de otra manera. Cuchillo-Savino entró por la puerta de atrás, por el backyard, como un ladrón en la noche: un ladrón que con su dialecto propio se apropió de todo un lenguaje, y de su pasado.

Un ladrón que a fuerza de ensoñaciones recuperó su pasado y lo transformó en un dialecto presente continuo.

Recuerdo bien la primera vez que leí Viento del noroeste. La lectura de aquel libro fue de una violencia extrema, como si fuera una extensión de la naturaleza, un alud, una avalancha, cargada de venganza fina y locuaz.

Pero lo de La mañana sol de limón ya no tiene ese gusto a venganza. Al contrario, la superación es producto de que el sabor agridulce que deja es el de la redención, una redención que sucede a plena luz del día: esa hora sublime en donde pasan las cosas más invisibles y rutinarias, entre las ocho de la mañana y las doce y media del mediodía.

Gaston Bachelard tiene todo un tratado sobre ensoñaciones, pero Savino y su cubo mágico tampoco encajan ahí. Estuve buscándolo, releyéndolo, para demostrarme que me equivocaba, que sí podía hacerlo encajar, pero no funcionó. No encaja. Me dije que es en vano hacer encajar en teorías literarias, en críticos, en filósofos de reputación erigida, a algo/alguien que no puede encajar.

Me dije: hay que dejarlo solo en esa cavidad, solo como él hubiera querido quedarse.

Porque La mañana sol de limón es una escritura sin guiones ni montajes: puro paisaje de ensoñación, pura incrustación de lo real en el cuerpo y en el tamiz del lenguaje haciendo devenir dialecto. Deseo puro de lecturas y escritura, de trayectos, de coordenadas, de logística de libros clandestinos transportados debajo del sobaco, como se debe y como le gusta a él.

Entre las coordenadas sutiles que nos desglosa Savino, se encuentran Florentino Ameghino, Palaá, Sarandí, el jazz de Sunny Murray, o el anhelo de algún pasaje de Mastronardi: deseo de deseo yéndose del pasado al presente, contado por intervalos, por frases cortas, un fraseo de fragmentos interrumpidos por otros fragmentos, pedacitos de pedacitos, miguitas de pan para palomas de barrio, detritus sutil en un espacio sideral imposible de recorrer.

A simple vista, algunos de esos fragmentos parecen anotaciones en servilletas de papel de bares, de cafeterías pasajeras o habitúes algunas veces, esas servilletitas buenas para nada, solo para decorar las viejas mesas de madera, porque por la misma porosidad son incapaces de absorber ningún liquido que llegara a derramarse, ni tampoco llegan a limpiar la grasitud en las bocas y las comisuras. Pero si son aptas para escribirles frases cortas listas para transpolar a la libreta de notas más tarde.

Cuchillo-Savino, pasaje-ensoñación: la constelación de La mañana sol de limón para armar daguerrotipos y siluetas, con la liviandad que tiene Lola, por ejemplo, siempre tan desplazable, tan sutil y ligera como una pluma que va y viene por el aire. Pequeñas pinceladas cortantes, pequeñas puñaladas imperceptibles del pasaje- Ensoñación a través del cuchillo-Savino.

4/ En el final está el principio del Exódo 

Cartapacio o cuaderno, libreta de notas y libro debajo del brazo, y a andar. A poner en movimiento un sistema nervioso ya movilizado de antemano por tanto traqueteo y desalojo.

Entonces habrá que avivar el fuego mítico. Derribar los tótems, descabezarlos. La narración es la peste; el realismo, otra peste. Savino lo supo desde siempre.

Desde su éxodo Savino le escapa a las pestes, las esquiva como un torero, con el oficio que aprendió de las márgenes del tiempo. La mañana sol de limón representa su alejamiento póstumo sublime, escrito en los márgenes mismo del tiempo, en esos bordes no cosificados, en donde todo está por nombrarse todavía. Lejos de las catarsis de los escritores establecidos y maduros, lejos de las chocheras, lejos de las pedorreadas melancólicas, lejos de las sintaxis normalizadores y normalizantes, lejos de las vigilancia sintácticas.

Escuchar el pasado, como dice él. Ponerse en órbita y escuchar los dialectos, y dejar entrar la luz de la mañana y del mediodía, y que los fantasmas alegres y felices bailen en la sala.

Los perros-perdidos de Savino, los perros sin dueño que andan sueltos en su novela, que se preguntan si tendrán dueño, pero pasan de largo, pasan a través, siguen hacia su derrotero.

Sus fantasmas tampoco tienen dueño: ni siquiera él les busca poner dueño, nombre, correa, espacio. Más bien diría que el texto demarca una especie de topología, pero me abstendría de decirlo porque los lacaneanos que lo lean se van a hacer un festín cuando quieran ir a buscar la referencia a algo que se hace carne solo a veces (si el escrito te corta, y se te incrusta).

En el camino del éxodo y la ensoñación, todo puede ser de todos, pero nada es de nadie realmente. Por eso Cuchillo-Savino corta por el lado más grueso, se hunde casi pacíficamente, lentamente, como la hora de la siesta, con la luz entrando de refilón por los ojitos de ese tipo de persiana. Ensoñación y Éxodo en este caso: formas y reformas de establecer una correspondencia de guerra vigente: entre pasado y presente, al estilo Nadesha Mandelstam, señales codificadas, guerra de guerrilla solapada. Donde Hugo cortó líneas de abastecimiento personal, donde lleva a cabo su guerra por otros medios, a la inversa de la inversa de Clausewitz.

Donde ya nada es venganza, sino cuchillo lento de cuchillero sutil en su dialecto, redención y ensoñación, y pasar a través de pequeños éxodos con imágenes por cartografiar.

No se redunda en remilgos: las palabras punzantes cortan y dan estocadas entre frases fragmentadas mínimas. Desalojo a secas, sin adjetivos remolones o pelotudos, así, como en la página 153: “éxodo sin gloria, sin épica, chato, marrano. Desbande. Desalojo”.

El Éxodo como vía de escape, de eludición con elegancia. Éxodo a los procedimientos literarios de salón, de manual, éxodo a los lobistas de la literatura argentina, éxodo  de los profesores universitarios que enseñan a escribir con método y narrativas claras, con hilos conductores, éxodo del realismo bravucón, éxodo de la narración, éxodo de la melancolía, éxodo del éxodo. El éxodo como forma final de encontrar un principio, de perder el poco hilo que queda, de terminar de cortarlo. Éxodo de Barracas a Avellaneda, ida y vuelta si querés, en camión, Ford del 38´ y sin vuelta por venir.

Un éxodo ligero, colorpoemaMastronardi, como si todo eso pudiera ser una mezcla de amarillo dulzón, naranja o ámbar, todo junto. Qué estúpido, otra vez no vi venir al cuchillo: la noción ya estaba inventada, para todo eso junto. Se trata de La mañana sol de limón, la redención del éxodo, el canto del éxodo entre la mañana y el mediodía, con el color más nítido posible de la mañana con sus formas y reformas,  texturas, olor a café,  colores y sonidos.

Un libro es genial cuando es letal. Y un libro es letal, cuando ocasiona que los otros hablen más sobre el libro que sobre el autor. Creo que no tengo nada más que decir al respecto.

Y el tero Banfileño cantará entre medianeras infinitas, en una mañana concéntrica.



4.7.15

Dromedarios, por Sergio Rienzi



//
 Debajo del árbol frondoso de la noche  
dromedaria
nadie le acaricia las hojas
porque nadie llega tan arriba
ya nadie trepa árboles
y en los árboles ya no se hacen casas
pero una noche de estas podríamos esbozar una
quién pudiera
ponerle una peca
una escama
a esta noche
como un pedazo de madera vieja.

//
 Es el flanco izquierdo
de un ojo dromedario
cíclope
herido por el sol en retaguardia
que da de lleno en la nuca
en parte de la espalda
y en el pino de Murgiondo
a tan solo unos cuarenta metros
del otro lado de la tarde y de la calle,
vereda de enfrente,
como suele decirse cuando
algo-alguien está en una posición enfrentada a uno
y ese pino
está ahí
yace ahí
está ahí en terreno baldío
y sigue creciendo,
sobrevive,
nos sobrevive sabiendo
y recibiendo lluvias
y tempestades
y soles austeros
y otros violentos
con tal de que un ojo herido
se regocije
en él
pero a él qué le importa:
si no conoce laderas montañosas
ni medianeras del corazón
ni lo que es derramar un poco
con cada sorbo de café
con cada azúcar-partícula
que se cae y se pierde en una mesa
y si el pino-Murgiondo
fuera alfil
ya hubiera atravesado
la diagonal del ojo
cíclope
para siempre
pero no es alfil:
es solo un pino alegre,
inmenso.

//
 Es la resistencia
del árbol
luminoso
de la vida
al asecho del otoño
y esas hojas verdes carnosas, pulposas,
se aferran
a las ramas dromedarias
como si escaparan
de un naufragio.

//
 Afuera
anochece
pero nada se marchita,
nada puede marchitarse
todavía
el mundo es demasiado joven
demasiado dromedario
para nosotros
y esta noche
es una víspera.


1.3.15

Dromedarios, por Sergio Rienzi



//
 Cadenas montañosas de nubes pasajeras
dromedarias,
día gris en el Bajo Flores,
el Vendedor Ambulante de flores y plantas
no vino hoy a su esquina de trabajo,
yo vine puntual a las ocho treinta pero él
no se dio a conocer.
La mañana mientras va acomodando sus elementos
de a poco
signo a signo
cosa a cosa
cara a calle
y a paso de hombre-circunvalación.

//
 Las facciones
del tiempo,
las facciones de los árboles
en la calle,
las facciones de las caras
y sus líneas.

//
 El ámbar del cielo, el café desfibrilador
en contra de la quietud de enero
y de la pena de muerte en vida,
la contraluz,
el contrafrente
y la sombra mansa
y de la yugular
el cartapacio,
libreta de notas de investigaciones estúpidas.

//
 Nubes postradas
sobre el cielo raso
y afuera un pino inmóvil
moviéndose a babor
del viento dromedario,
bitácora, cartapacio, libreta de notas,
diarios:
variaciones de cómo medir
el paso de los días.

//
 Los azúcares
pegados como péndulos
como partículas blancas
en las comisuras de la taza dromedaria
y los autos encandilando la noche
pasando por el costado de la ruta.

//
 En la inesperada vida
hay intervalos de vida
y de muerte,
hay bajo los árboles de lo matutino
la frondosa vida dromedario,
y atardece
es anochece
en la inesperada vida,
y el ámbar es una cicatriz que casi
cruza el cielo,
y diapasón es nota de color
y la línea de fuga
del horizonte no tiene donde fugarse,
se dilata en la línea del,
porque tiene una pupila
donde dilatarse,
donde hacerse tarde,
porque atardece
es anochece
y esta hora es ámbar
en la inesperada vida dromedaria.

//
 Y cualquier sol
puede ser tu último sol
así que más te vale
enseñarle a tus ojos
el sattori dulce
de mirar
que duele,
y poner el ojo en el ojo
y reemplazar preposiciones.

//
 Hay en este bar
una vieja cafetera
juguetona que escupe vapor en intervalos
de quince minutos,
y uno aprende a bautizarla
con amor ¨ la máquina de vapor de café ¨,
porque hay que ponerle nombres nuevos
a las viejas cosas
para reeditarlas.

//
 Abrir
la llave de paso dromedaria
y dejar entrar el día
en el día. 

19.7.14

Dromedarios, por Sergio Rienzi




//
Intersticios.
Parapetos.
Construir diques que se puedan derrumbar,
noches enjutas, deshilachadas, cejijuntas.
Nubes como manchas de humedad,
nubes como hematomas o moretones de lo azul del cielo,
incrustaciones.
Nubes cetáceas.
Arribeños al 1355: esperar que llueva, bajo techo.


//
Y decía ese cineasta
italiano fracasado y perdido,
que “cuando tenemos
un cuerpo queremos escribir
en cualquier lado menos en la piel” –


//

ZONA DE CAZA:
el plegamiento
de las ramas en la periferia,
calle Gavilán de la corteza cerebral
de los árboles insiste, tiene que insistir:
la escoliosis en el núcleo,
la falta de sol,
las protuberancias en el centro ,
los espejismos de luz:
esos árboles levantan las ramas
como brazos,
como tentáculos del cielo,
viven allá arriba,
son mutaciones del paisaje,
errores sutiles de la naturaleza de ayer,
es un volver el pasado al futuro
de un tirón,
calle Gavilán escuchame un segundo mas:
acá en esta cuadra nació un tal Savino,
y ahora habrá que hacerse una casa
arriba de ese árbol oblicuo:
te paso la dirección exacta, escuchame bien:
Gavilán al 15, cualquiera de esos dos de ahí.

Entonces las ramas
se enredan a veces como rulos de mujer
no se pueden plegar, mundo animal,
el poema no se puede plegar
TAMPOCO
se resiste a la moda del haiku matinal,
se hace espeso,
follaje espeso
duro hueso el roer,
uno se adensa ahí,
uno se construye
la casa tibia en el árbol
ahí
porque se es invierno:
la línea de fuga
y el ángulo de tiro
no existen
ahí
arriba en la casa del árbol por venir,
pensar que ahí nació un Savino,
y alguien escribe la serie de árboles Dromedarios.


//
Un pliegue y otro pliegue
Y la cosa
se va descascarando sola.


//
Nubarrones negros como mechones oscuros
se acomodan
en las butacas libres del cielo,
mientras el sol hace su descargo en la tarde.
Merodean mosquitos y moscardones
de colores,
suena una guitarra
que se perdió en el tiempo.


//
El revistero, el pan de campo,
la luz del día entrando
al bar tan oblicua que es imposible
que sean las diez de la mañana:
contorsionismo de la luz.


//
La proa
de un edificio
con el hocico del sol por atrás
le da ese aire de maqueta tibia anti-sismos.


//
Detrás mío retaguardia de bar:
una heladera murmura cosas
en lenguaje-heladera:
cronología fría,
anuario de las horas,
nueve y media de la noche
misma
en bar de Medrano al.
Ventanales a la calle de hoynoche
sin mazmorras
y sin pliegues,
sin la aguja filosa del tiempo:
cortado jarrito, noche longeva, sonajero de café.


//
Paloma aletea temprano
en la calle transpirada por la humedad,
salta el cordón de la vereda
como si fuera un tranquera.


Junio 2014