Cierto
europeo, con un mote abrasador de plenitud, es el perfecto ejemplo de la
perfección. Se llama Badajoz, o Gutiérrez, o Ruiz, Aragón, Colón. Son apellidos
de una cualidad magnética, como si se tratase de mártires inmortales de los
académicos, de los libros puramente occidentales que dialogan sobre la
historia, agarrados entre todos ellos de sus nobles crines, galopando y
haciendo galopar la historia de ellos, de ella, de mí y de todos. De todos.
Cierto
europeo de tez blanca, y no sé por qué nunca morena, no habla de tórridos
descensos a la locura, no en cánones de un ritual rítmico. Lo hace al compás de
una melodía pragmática, blanca y celestial. Lo hace al compás de un dios que
impulsa a que conquiste y haga conquistar las generaciones venideras, en pos de
un beneficio nacional. Lo hace diciendo que la muerte no existe, que solo
existe en un plano físico y que quien piense en ello como un simple fin
existencial será condenado a vivir a latigazos punzantes, aceptados como
algo comunal.
Cierto negro,
más bien de tez morena, filosofa de formas extrañísimas y probablemente
erróneas sobre un dios que nadie nunca antes había creado. Filosofa en rituales
satánicos. Filosofa sobre alguien que no conoce, pues nunca ha estado en un
formato académico. Filosofa sin tener nombre de filósofo. Y filosofa mejor que
muchos otros.
Cierto negro,
más bien de tez morena, no conoce a Badajoz y no sabe que Badajoz, Colón, Gutiérrez
o Rodríguez, es más imponente que él, es más capaz que él y merece la vida
muchísimo más que él. La realidad es que este negro, creo yo, no quiere conocer
a Badajoz o a Colón. ¿De qué le serviría conocer a un hombre blanco? Quizá para
saber lo inferior que es. Quizás por algo. Quizás por nada.
El blanco,
llamémosle Colón, nunca pensó en el negro ni sabe que existe. Aun así, de una
forma extraña, el blanco tiene un plan para con el negro, un negro que no
conoce y que nada le ha hecho. El plan es rotundamente hábil: busca salvarlos.
Salvarlos de una rasa cultura que transitan, una rasa comunidad que nada sabe
sobre sables y corsos y uniformes reales. Que no sabe de los diccionarios en
castellano. No lo sabe porque tiene su propio idioma y sabe que habla el idioma
que le pertenece. Lo que aún no sabe, es que el idioma que le pertenece ya no
le pertenecerá más; pasará a pertencerle a terratenientes de miles de
hectáreas, a presidentes del futuro, a los hijos blancos de los blancos hijos y
a naciones que nada tienen que ver con sus naciones y nada nunca tendrán que
ver.
El negro aún
no sabe que bajo el comando de un régimen voraz y feroz, derrotarán a sus
padres, carcomerán sus pieles y harán de sus huesos meros trofeos de
escritorio. El negro aún no sabe que será un esclavo generacional, que le
quitarán su apellido y violarán sus derechos. El negro aún no sabe que negro no
será más.
Cientos de
naves van a desplegarse sobre sus tierras con un fervor inesperado y se las
apropiarán. Cientos de naves que ni siquiera saben si eso es una exploración
marítima, una misión de amor, una guerra o una reclutación laboral. Una palabra
las incluye y las denomina: masacre.
Es hoy que el
blanco ha aterrizado sobre las tierras del negro y lo ha obligado a ser un
blanco más.
Es hoy que el
negro habla castellano, le reza a un Dios que no comprende y ha dejado sus
rituales de lado.
Es hoy y
siempre que el blanco hablará del negro a través de sus libros de memoriosa
historia, como un animal, una herramienta y un elemento saqueable.
Hoy y siempre
el negro sabrá que es negro porque lo es, y nada ni nadie era mejor que él. Hoy
y siempre, el negro será el negro, por más profanaciones que sufra, y el blanco
siempre será el blanco, porque en él está la sangre de un pueblo subyugado en
pos de un desarrollo material, cada día más banal, cada día más disuelto en
promesas a futuro.
Para siempre
el negro será negro, porque negro es lo que es.