21.10.26

Masacre, por Bautista Pileggi



Cierto europeo, con un mote abrasador de plenitud, es el perfecto ejemplo de la perfección. Se llama Badajoz, o Gutiérrez, o Ruiz, Aragón, Colón. Son apellidos de una cualidad magnética, como si se tratase de mártires inmortales de los académicos, de los libros puramente occidentales que dialogan sobre la historia, agarrados entre todos ellos de sus nobles crines, galopando y haciendo galopar la historia de ellos, de ella, de mí y de todos. De todos. 

 

Cierto europeo de tez blanca, y no sé por qué nunca morena, no habla de tórridos descensos a la locura, no en cánones de un ritual rítmico. Lo hace al compás de una melodía pragmática, blanca y celestial. Lo hace al compás de un dios que impulsa a que conquiste y haga conquistar las generaciones venideras, en pos de un beneficio nacional. Lo hace diciendo que la muerte no existe, que solo existe en un plano físico y que quien piense en ello  como un simple fin existencial será condenado a vivir a latigazos punzantes,  aceptados como algo comunal. 

 

Cierto negro, más bien de tez morena, filosofa de formas extrañísimas y probablemente erróneas sobre un dios que nadie nunca antes había creado. Filosofa en rituales satánicos. Filosofa sobre alguien que no conoce, pues nunca ha estado en un formato académico. Filosofa sin tener nombre de filósofo. Y filosofa mejor que muchos otros. 

 

Cierto negro, más bien de tez morena, no conoce a Badajoz y no sabe que Badajoz, Colón, Gutiérrez o Rodríguez, es más imponente que él, es más capaz que él y merece la vida muchísimo más que él. La realidad es que este negro, creo yo, no quiere conocer a Badajoz o a Colón. ¿De qué le serviría conocer a un hombre blanco? Quizá para saber lo inferior que es. Quizás por algo. Quizás por nada. 

 

El blanco, llamémosle Colón, nunca pensó en el negro ni sabe que existe. Aun así, de una forma extraña, el blanco tiene un plan para con el negro, un negro que no conoce y que nada le ha hecho. El plan es rotundamente hábil: busca salvarlos. Salvarlos de una rasa cultura que transitan, una rasa comunidad que nada sabe sobre sables y corsos y uniformes reales. Que no sabe de los diccionarios en castellano. No lo sabe porque tiene su propio idioma y sabe que habla el idioma que le pertenece. Lo que aún no sabe, es que el idioma que le pertenece ya no le pertenecerá más; pasará a pertencerle a terratenientes de miles de hectáreas, a presidentes del futuro, a los hijos blancos de los blancos hijos y a naciones que nada tienen que ver con sus naciones y nada nunca tendrán que ver. 

 

El negro aún no sabe que bajo el comando de un régimen voraz y feroz, derrotarán a sus padres, carcomerán sus pieles y harán de sus huesos meros trofeos de escritorio. El negro aún no sabe que será un esclavo generacional, que le quitarán su apellido y violarán sus derechos. El negro aún no sabe que negro no será más. 

 

Cientos de naves van a desplegarse sobre sus tierras con un fervor inesperado y se las apropiarán. Cientos de naves que ni siquiera saben si eso es una exploración marítima, una misión de amor, una guerra o una reclutación laboral. Una palabra las incluye y las denomina: masacre. 

 

Es hoy que el blanco ha aterrizado sobre las tierras del negro y lo ha obligado a ser un blanco más. 

 

Es hoy que el negro habla castellano, le reza a un Dios que no comprende y ha dejado sus rituales de lado. 

 

Es hoy y siempre que el blanco hablará del negro a través de sus libros de memoriosa historia, como un animal, una herramienta y un elemento saqueable.

 

Hoy y siempre el negro sabrá que es negro porque lo es, y nada ni nadie era mejor que él. Hoy y siempre, el negro será el negro, por más profanaciones que sufra, y el blanco siempre será el blanco, porque en él está la sangre de un pueblo subyugado en pos de un desarrollo material, cada día más banal, cada día más disuelto en promesas a futuro. 

 

Para siempre el negro será negro, porque negro es lo que es.