17.8.17

Breve historia de la guerra intergaláctica, por Luciano Alonso



 Lo que nos pertenece

Lo que nos pertenece y lo que no nos pertenece. Lo que anhelamos.
Los susurros en la noche, como el batir de alas de pájaros en agonía.
No es voluntaria esta necesidad de asistirnos. Es inevitable y continua.
Es la materia voluble e invisible que sostienen las vigas de lo cotidiano.

La distancia es una canción de cuna grabada en nuestro inconsciente.
Ecosistemas superpuestos. Abundancia, insuficiencia. Bipolaridades.
Todo se vuelve relativo. Volátil. Vivimos una utopía esculpida en hielo.
Desde aquí, una historia comienza y una historia termina. Una vez más.

Lo que nos pertenece y lo que no nos pertenece. Lo que nos subyuga.
Todos los instantes se comprimen en uno solo. El único instante-deseo.
A nuestro alrededor las cosas se modifican despacio. ¿Lo percibimos?
¿Somos capaces de darnos cuenta de la reestructuración de la materia?

Dejaste tu perfume esparcido en las sábanas. Me recuesto sobre ellas.
Tu presencia es un fantasma que abrazo. Simulando un teatro de amor.
Acaricio el recuerdo de mis sensaciones. Beso tus labios de ectoplasma.
La realidad es un libro escrito con tinta invisible. Bienvenido, naufragio.



 Por ahora quedémonos así

Por ahora quedémonos así. Exactamente donde estamos. Después vemos.
Quedémonos suspendidos en el filo de la noche. En el borde del acantilado.
Después vemos qué hacemos. Cómo resolvemos esta experiencia sensible.
Tenemos tiempo para pensarlo. Todo el tiempo del mundo, que es mucho.

Por ahora, quedémonos así. En el minuto anterior a que las cosas sucedan.
Justo en el instante anterior a que suceda todo y nada. Un segundo antes.
En ese instante que media entre un suceso y otro. Ese instante tremendo.
Luego soñaremos cosas complejas y raras, que olvidaremos sin remedio.

Entonces simularemos alguna interacción cotidiana, residual y fantasmagórica.
Bajo este cielo surcado por misiles teledirigidos a distancia y bombas de fuego.
Lo cierto es que quisiéramos derramarnos en el otro, pero estamos asustados.
Estamos rodeados por esta angustia de sabernos incapacitados para el diálogo.

Todo esto que queremos y somos. Las aspiraciones que tenemos y guardamos.
Lo irremediable de uno mismo. La sombra que al fin lo disuelve todo en bruma.
La sensibilidad propia y la sensibilidad ajena, que nos atraviesa de lado a lado.
Un lobo hambriento en busca de su presa. En el bosque. A la noche. Al acecho.



 Si pudiéramos

Si pudiéramos salirnos de nosotros. Abandonar nuestros cuerpos cansados.
Salirnos hacia fuera de nosotros mismos, como quien parte rumbo al Espacio.
Si pudiéramos hacerlo, no dudo que lo haríamos sin darle demasiadas vueltas.
Simplemente nos saldríamos de una. Chau, hasta luego, nos vemos la próxima.

Saldríamos catapultados desde adentro de nosotros, directo hacia la vía láctea.
Si te he visto, no me acuerdo, diríamos, mientras nos retiramos silbando bajo.
Pero, claro, no podemos prescindir de nosotros mismos y de todas estas cosas.
No podemos ignorar que existen el sol, la luna y las estrellas. No funciona así.

¿Será por eso que tenemos que soportar el estigma de continuar encerrados?
Nos pesa la certeza sensible de continuar pese a todo, fieles a nosotros mismos.
¿Pero es que acaso podemos evitarlo? ¿Es que tenemos alguna otra alternativa?
No podemos hacer otra cosa que continuar día a día creyendo nuestras mentiras.

Somos autores y protagonistas de esta historia inverosímil que nos representa.
Todos somos responsables de este argumento, involucrados en la misma trama.
Este sentimiento de angustia nos hace sentir el peso de la soledad y la ausencia.
Vos y yo somos como flores que habremos de robar del paraíso nunca recobrado.



 Todas nuestras convicciones

Todas nuestras convicciones colapsan, dando lugar a estas mitologías.
Todo lo que me dijiste y lo que yo te dije, argumentos destemplados.
El amor es algo así como un animal absurdo, bello, salvaje, enigmático.
Y todo lo que yo tengo para ofrecerte, me lo dejé olvidado en algún lado.

Ya no te pido nada y no te exijo nada. Pero me gusta cuando pasan cosas.
Me gusta cuando el color del cielo se desarma despacio, sobre mi cabeza.
Me gusta cuando ríes y lloras, mientras yo te susurro mis poemas al oído.
Me gusta cuando hacemos juntos todas esas cosas que no podemos decir.

Me decís que el amor no tiene límites y yo te digo que eso quizás es cierto.
Me decís que, por lo tanto, cualquier amor te viene bien. Y yo consiento.
Sin embargo no es materialmente posible la coincidencia de dos lugares.
Estamos limitados y condicionados por la geografía, el tiempo y el espacio.

El amor libre me parece bien, pero no podemos tener tanto amor ahora.
Podemos tener un amor hecho de agendas y planificaciones particulares.
Un amor reglamentario, hecho de salidas específicas y cenas planificadas.
Podemos abrazar la certeza de que nuestras convicciones han colapsado.



 Nuestro mundo

Nuestro mundo es pequeño. Pero suceden muchas cosas.
Hablamos de música, de cine, de nuestros libros favoritos.
De nuestras salidas y de nuestras parejas y nuestros amigos.
No hay mucho más para declarar. Trabajo, carrera, familia.

Sin embargo, todo el universo parece comprimirse en esto.
Lo que te digo y lo que me dijiste y lo que queremos decir.
Lo que escuchamos y lo que queremos escuchar. Palabras.
Básicamente, todo el universo se estructura sobre palabras.

¿Será por eso que sentimos el impulso de escribir poemas?
¿Será por eso que sentimos esta sed por escuchar promesas?
Todo es vano al fin. Juramentos. Palabras de amor y de odio.
Todo lo sólido se desvanece en el aire, escribió Karl Marx.

Nuestro mundo es pequeño. Pero está colmado de sensaciones.
Sufrimos y gozamos y tratamos de darle un sentido a las cosas.
A veces creemos vislumbrar algo de lo que hay detrás del límite.
Pero de lo que hay detrás del límite no sabemos decir más nada.



 Supimos tener diecinueve años
  
Supimos tener diecinueve años y el corazón lleno de preguntas.
Nos quedábamos hasta la madrugada y cantábamos canciones.
No importaba que no entendiéramos nada, estábamos iluminados.
Componíamos melodías pegadizas con tres acordes en octavas.

No nos importaba arribar a ningún puerto seguro, daba lo mismo.
Sólo nos importaba beber vino tinto y sentirnos apacibles y locos.
Ninguno tenía formación académica, pero igual lo intentábamos.
Nuestras guitarras supieron guiarnos por el camino de la sabiduría.

La noche era un material precioso, que modelábamos como arcilla.
Llenábamos cuadernos y cuadernos con poesías y plegarias cyborg.
Algún día grabaríamos un disco y nos volveríamos ricos y famosos.
En realidad nos burlábamos del éxito y estábamos orgullosos de eso.

Si pudiera volver el tiempo atrás, insistiría con la materia dispersa.
Confundidos entre la gente, alcanzaría con repetir la vieja fórmula.
Bajo el cielo azul nos volveríamos profetas de un idioma increado.
Nuestro lecho de muerte sustituido por una nave sin timón ni destino.


Tomado de: Luciano Alonso. Breve historia de la guerra intergaláctica, Milena Caserola, 2017.-



2.8.17

Ávida, por Santiago Erausquin


A Dani Leber, con afecto.

“Y de pronto te alza, te lanza, te quema
hace luz en tu alma, hace fuego en tus venas
y te hace gritar al sentir que te quemas
te disuelve, te evapora, te destruye, te crea...”
El amor, Massiel.

Querido Simón. Ya sé, ya sé. Me estoy adelantando a los hechos. Y bueno, es también para que me vayas conociendo. Este aspecto es parte fundamental de mi personalidad, que se entienda bien, fundamental. Soy atolondrado, ansiosa... pero no una histérica cualquiera (sí, con a, después te explico). No confundamos. Ávido de algo es una cosa; no saber de qué, es otra. Yo sé lo que quiero, sé todo lo que puedo llegar a querer a alguien y también lo que necesito. Soy muy ávida. En un antro al que iba cuando empecé con todo esto que soy ahora, una amiga mía se hacía llamar María Ávida. “Ávida María, para usté”, decía ella trágica cuando alguien le dirigía la palabra con mala energía. Yo pensaba que ella era así todo el día y no sólo cuando se subía a la tarima. Que iba a hacer las compras así, con vestido de noche, y cuando le decían “Gracias, señorita” ella respondía a los gritos “Ávida María, para usté”. Pero qué va. ¿Qué sería hoy de la vida de María? Ni idea. El sueño de ella era ser, también, aeromoza. Me la imagino por los cielos, uniformada con el trajecito azul de dos piezas, culona, de rodete, empujando con gracia ese carrito compacto lleno de viandas entre los pasillos de un avión de una línea caribeña. Porque para eso sí que tenía el physique du rôle ella—se escribe así, dice Google. Una diva, la veo. ¿Ves como soy? El delirio éste que tengo no tiene comienzo ni va a tener final, porque también, sabelo, deliro un poco. Y por eso, antes que avancemos, necesitás saber todo lo que tengo que advertirte. No te asustes, no va a ser larga la cosa. A veces pienso qué hubiese sido de nosotros si me conocías en esa época de antes, cuando hacía otro tipo de espectáculos, con más tacón, corsé y peluca. A vos te imagino de figurante, de bailarín de show, haciendo los números que hacés en la calle pero con María Ávida, La Rimel o Gran Gút, hoy todas en el más allá. Y pienso que nos cruzábamos en los pasillos yendo al camarín. Bueno, camarín lo que se dice camarín, no, porque esos lugares no tienen, pero en el baño, ponele, que se transforma, como todo lo de ahí, en algo que no es, pero con onda y fantasía. No sé si me hubieras avanzado como lo hiciste hace un rato en la calle, la verdad. Porque ahí una estrella como vos y otra como yo no se atraen en lo más mínimo, al revés, sacan chispa, viste. Así que mejor no pensar por ese lado. Pero te figuro de bailarín, algo así. ¿Puede ser? Seguro que bailás bárbaro.
Vos pensarás que no te conozco. Es verdad, pero en parte, nomás. Te veo y al toque te saco la ficha. Tengo una práctica que podría dar cátedra. Es verdad que me equivoqué fiero algunas veces. Y es cierto que esas veces que me equivoqué fueron muy importantes, porque pensé que esa gente era para toda la vida, pero después, para todo lo demás, nunca fallé. Pero ahora, con distancia, entiendo que era una negada: que no quería ver los indicios de lo efímero que podían resultar esas personas, que claro, prometieron amor para toda la vida y, se sabe, cuanto más prometen, menos cumplen. No me prometas nada vos, eh. Nada de futuro en tus labios, Simón. Si habré llorado, mirá. Lo que habré gastado en colirio, nene. Seca estoy. Me pasó con el hijo de una amiga de mi mamá a los 12, con un compañero del secundario a los 16, con el que hacía la colimba, ¿cómo se llamaba? Bueno, con el colimba ese. También con el sonidista del Pozo Voluptuoso, y con el hijo de la boletera de Pecado’s. Ah, me faltaba con el chico del 8º, cuando vivía en Caballito. Me dijo que era soltero y nada que ver. Cuatro críos tenía ya el desgraciado. Igualitos al padre, por suerte. La que me señalaba como su hermana terminó siendo la mujer. Un monstruo ella. Bueno, él también, pero qué fuerte que estaba. Yo notaba algo raro en ese vínculo. Con razón. El asunto es que con todos esos me enganché súper mal, pero en fin, si supieras la actitud que tuvieron al principio. Reyes. Cualquiera se engancha así. Regalos, agasajos, pizza en Banchero y bingo. Y eso que, por ejemplo, el soldadito no me gustaba casi nada al principio, eh. No fue amor a primera vista. Ni ahí. La remó y mucho la trabajó para que terminara enganchándome. Pero al final... flor de atorrantes todos. Vos no vayas por ese lado, eh. Que enseguida me gustaste. Me encantó esa forma en que me encaraste, tan directo y sincero que casi no reacciono. Un shock. Menos mal que la neurona se activó y me hizo sonreír ante tu piropo, que estuvo muy bien por cierto. ¿De dónde lo sacaste? En general son guarangadas los piropos. El tuyo no. Un poema resultó. Fue lo primero que me dijiste. ¿Te acordás? ¡Qué te vas acordar! Desmemoriado. Ves: ahí tenés una. Yo voy a vivir, entendelo bien, voy a vivir de esos gestos tuyos. Y voy a construir castillos con eso que me digas o me des a entender. Así que ojo con el pico de acá para adelante, nene, porque me podés hacer re-mal si no te medís conmigo. Controlate, eh. Podés dar rienda suelta a la imaginación, sí. Pero mirá que soy muy sensible. Y más con la edad.
Ya con los malabares que te vi hacer ahí en la senda peatonal, querido, te ganaste el billete. Muy bueno, en serio. Un Cirque du Soleil. Mirá que yo conozco algo al respecto. Qué agilidad en la perfomance. Ah, pero lo que vino después, cuando te viniste a la ventanilla. “Con vos estoy muy enojado” me dijiste. Yo debo haber puesto una cara. Nene, qué manera de empezar. “Sí, con vos”, seguiste apuntándome con el dedo. “Anoche, en la caja de bombones que tengo en mi mesita de luz, en vez de una docena, sólo encontré 11”. Pensé que me ibas a acusar de haberme afanado un bombón. Un loco. Pero no. El remate fue otro: “¿Quién te dio permiso para salir?” Y ahí reaccioné, por suerte. Te confieso que casi no lo entiendo y me lo pierdo, porque soy un despiste, pero como te decía, reaccioné con esa sonrisa que heredé de mi mamá que sé que es pura gracia y mueve montañas. Y entonces, de la nada, sacaste la flor. Atrevido. Qué caballero. “Hágase cargo de lo que dice, saltimbanqui” dije agarrándome la flor con un entusiasmo de colegial. Vos seguías sonriendo. ¿Te la esperabas? Eso lo aprendí en teatro de improvisación, que hice mucho cuando era más joven. Hay que ser rápido, viste; ingenioso, ocurrente, enseguida ponerle chispa. Yo tengo eso. No sé si te lo imaginabas. No creo. Frunciste la boca, como que me ibas a decir algo y te quedaste mudo. Pichón. Por suerte te ayudé a salir del apuro preguntando “¿Te puedo tutear?” Y antes de que el semáforo se ponga verde, me dijiste que sí y que te llamabas Simón.
Ay, te hubiese dado la billetera entera si era por mí. Pero los documentos, el carné, la tarjeta del súper... Ya perdí mil veces todas esas cosas y tengo que prestar más atención con las pertenencias, porque después vivo haciendo duplicados. “Pará que me acerco a la vereda y busco algo.” La verdad, te lo habías ganado. Te di plata, la estampita de la Guadalupe y hasta la granadina que me había comprado para mí. Todo es poco. Te hice reír, ¿no? Es que soy así: pura bondad cuando me tratan con afecto. Una lassie.
Las cosas buenas son como las malas: vienen así, de golpe. Por eso hay que estar espabilado y no perderse la oportunidad de que un día cualquiera sea el día. Y vos apareciste de repente en ese semáforo que ya es para mí más importante que el obelisco.
Te aclaro ya mismo que el auto no es mío, eh. En el momento tuve que mentirte, diculpame. Es que ante tu pregunta, bueno, salió lo que salió. “El coche, la ruta y el destino me pertenecen, niño”. Es una mentira chiquita, piadosa. Vos me entendés. A la gente le encanta que uno tenga auto. La verdad es que no tengo ni pienso tener. Bastante me costó sacar el registro. El auto es de mi hermano. ¿Tenés familia? Tengo un hermano más grande que se llama Alberto. Ojo. En realidad me parece que es medio hermano. Digo yo, bah. Nada que ver conmigo. Cero arte él. Pero es bueno tanto como puede. Debe ser la culpa. De chico era malo, malísimo. Esta marca que tengo acá en el brazo me la hizo él cuando éramos pibes. Estábamos jugando. Me dijo que iba hacerme un tatuaje con una birome. Un Bart Simpson me iba a dibujar. Yo estaba feliz con la idea. Y de pronto sentí un dolor agudo y entré a los gritos pelados. Cuando miro me había clavado la bic. Dios mío, qué bestia salvaje mi hermano. Casi me desangra. Imaginate la locura que tenía. Los celos, pobre, lo hicieron así. Después se calmó. ¿Sos celoso vos? Ojalá que no, porque los celos carcomen el alma y se sufre muchísimo. Mirá mi hermano. Vos sos chico todavía... bueno, no tanto. Ya tenés pelo en todos lados, ¿no? Apenas menos que yo debés tener. Igual no importa. A lo que voy es que los chicos de ahora no son celosos. Por suerte son más evolucionados en todo. Están re-avivados. No tienen prejuicio. Yo soy algo chapado a la antigua. Me gusta que me celen un poco. Un poco, insisto. Ser celoso es como querer poseer todo. Alberto era así. Ahora no. Cambió. La mujer y las nenas lo cambiaron. Tengo dos sobrinas que son dos soles, te juro. Es lo mejor que hizo Alberto en toda su vida. Mi mamá estaría orgullosa de él. A veces, cuando tengo que llevar las cosas para un número, me presta esa nave que tiene en la que me viste. Pongo los bártulos en el baúl y listo. Voy de acá para allá y de allá para acá. Estoy armando un número en El Averno, ¿conocés? Bernardo de Irigoyen y Brasil, antes de pasar la autopista. Bernardo, ojo, no Hipólito; no te vayas a equivocar. Bernardo, como el de Bernardo y Bianca o Bernardo el del Zorro. Fijalo. Yo hago así. Fijo relacionando cosas que nada que ver pero que se tocan en un punto. Ponele: para acordarme de comprar yogur pienso por separado: yo - gur. Gurú, pienso. Entonces, en el súper, como gurú es una palabra especial, rara de olvidar, la digo, y al toque me viene el Yo y armo yo-gur. Ahora si es de vainilla, bebible o de otra índole es más complicado. Es cuestión de práctica. Funciona. Cuando me pases tus datos, te hago entrar gratis al Averno. Seguro que te va a encantar. Es algo nuevo lo que estoy preparando. Ah, sorpresa. Pero avisame cuando vengas, así le pongo una sobredosis de fantasía al show y te mando algo para tomar a la mesa y te miro un poco. A lo mejor hasta te dedico un tema. Podríamos armar algo juntos, ¿no? Vos con tus piruetas y malabares, yo con mis payasadas. ¿Sos de ensayar? Yo soy muy constante, te aviso. Y enérgico. A la mañana, apenas me levanto, entro a los gritos “¡Al ensayo, vamos todos al ensayo!” Me lo digo a mí mismo, pero es para tomar coraje y arrancar el día de buen humor y con actividades. Si no, me agarra una fiaca brutal y me quedo entre las sábanas hasta las tres de la tarde. Pero si empiezo así, nada. Energía pura soy. ¿Te imaginás despertándonos juntos vos y yo? ¿Y preparando un número? Te confieso que ese es mi sueño. Tener un novio que sea mi novio para todo. Ya sé que es un imposible, pero bueno ché, no puedo dejar de soñarlo. Además, quién sabe, ¿no? A lo mejor es un sueño tuyo también. Ahora que lo sabés, te animás y agarrás viaje. ¿Vos sabés manejar?
Ya te habrás dado cuenta que soy artista. Actor de varieté, para ser exactos. Desde los diecinueve. A lo mejor oíste hablar de mí o me viste alguna vez. En una época me hacía llamar Maxi Max. Pero el dueño de un kiosco me dijo que no podía usar ese nombre artístico porque él ya lo tenía en su local desde hacía varios años. Y que lo perjudicaba, que a lo mejor le decían que lo habían visto a la noche, actuando por ahí. La gente es tremenda. Hago playback, stand-up, mímica... Hasta salí en la tele. Estuve en el Videomatch con Tinelli y después con la Roccasalvo. Es verdad que no gané nada, pero vieras todo el trabajo que tuve después de eso. Cena-show, cumpleaños de quince y despedidas de soltero. Vos sabés de qué va el asunto, porque lo tuyo es del ramo también. ¿Sos clown? ¿Hacés telas? Acrobacia con telas, digo, ¿sabés? Yo hice un año entero cuando tenía 22, pero no era lo mío. No puedo mantener el eje. Me salgo. Para la muestra de telas tuve que hacer el tirabuzón y no sé por qué se aceleró la cosa, no pude regular y chau, me mareé y lancé todo. Un asco. No sabés cómo quedó la tela. Igual que no me digan nada porque eso suele pasar. Nunca lo dicen. Pero soy el único que confiesa siempre. Seguí haciendo unos meses más, pero sólo me dejaban correr haciendo ochos, sosteniendo la tela bien arriba a modo de cinta larguísima que no tenía que tocar el piso. Igual lo hice para explorar. Siempre hago una capacitación. Estudio mucho yo. Ahora estoy en un taller de poesía. Me tengo que expresar constantemente, ¿entendés? ¿Te gusta leer? Te digo la verdad, no leo mucho. Pero leo cosas importantes que cultivan la mente. Antes era Dolina. Ahora me encanta Rolón y retomé a Luisa Delfino, que era la favorita de mi vieja. De ahí saco personajes para mis números. Algunos son mujeres y me maquillo. Vieras con qué arte. Por eso se me pegó una manera de hablar y ya ves, no distingo género. Como que me da lo mismo. Además, aprendí que hay algunas palabras que suenan mejor en femenino y otras con o de varón. A ver, te tiro ejemplos... Rubia va con a, siempre. A mí sale: “El chabón de ahí es rubia” o “ese policía es rubia”. En cambio, guacho va siempre así en masculino. La mujer de la panadería, que siempre se queda con el cambio, “es guacho”. Oscuro también, va siempre con o final, más allá de lo que aluda. Y al referirme a mí mismo hago igual. Soy histérica (con a) y un loco (con o) al mismo tiempo. Después me van a salir más casos. Te juro que enseguida te acostumbrás.
Podía hacer un número pensando en vos, a lo mejor, Simón. Podría imitarte. Hago buenas imitaciones, guarda. En una época y en ciertos ámbitos era lo que más me pedían que haga. Pero en general eran personajes con energía negrísima los que más pedían, por eso, de a poco, dejé de hacerlos. Ahora busco más en las publicidades de la tele o en los diarios, o en las revistas que traigo de la peluquería. Por ejemplo, ahí recorté una nota que dice que en Miami está de moda hacerse un corte de pelo con la forma de la cara de tu personaje favorito. Y hay una foto de uno que se hizo, en la nuca, la cara de Michael Jackson. Entonces es como que va por ahí con dos caras: la suya adelante y la de su ídolo en la nuca. A mí me asombran esas cosas. Yo no sé cuál me haría. Marilyn, puede ser. O Laura Ingalls. ¿Vos?
Igual hay que buscar mucho. Y leer cosas serias, también. Porque a lo mejor un día te surge un número de algo trágico, como una vez que leí Azabache. ¿Lo leíste? Es larguísimo. Pero bueno, de todo puede salir algo, ¿no?
A vos te leería lo que quieras. Tengo excelente declamación. Eso lo digo con orgullo. Te recito cualquier cosa. De chiquito leía muy bien. Bueno, en realidad ese es mi fuerte. La memoria y la declamación. Los números los armo a base de esas dos cosas. Busco letras de canciones y las leo en voz alta sin la melodía y entonces les encuentro otro sentido. Todo es según la entonación que le dé. Yo empecé con la doble cassetera armándome pistas para actuarlas encima. Ahora lo hago con la computadora. Ésta que tengo ahora la compré en Garbarino hace unos años, con lo saqué de una publicidad que hice para Argencard —ya te voy a contar esa aventura. Te la presto cuando quieras. Tengo Netflix en la compu. Podemos ver una película nueva ahí. Venite un día a mi casa y vemos qué hay. Prendo la sanguchera que me regalaron para mi cumple y hacemos unos tostados de queso y vemos Netflix. ¿Cómo te manejás con la tecnología? Vos tenés un flor de celular, turro. Te lo ví. Alto celu te conseguiste, eh. ¿Es de la NASA? Tiene de todo ese modelito. Cuidalo. Que no te lo rompan las clavas. El mío es de 1810. Ni whatsapp tiene. No importa, mi sobrina me dijo que se le puede instalar el Candycrush, al que soy adicta y experta. Si jugamos, te gano. ¿Qué apostás?
¿En serio va eso que te gustaría conocerme? Bueno, más te vale. No lo puedo creer pero sé que es verdad. Empezaste vos, eh. Remember. Además, ya es tarde. Yo estoy volando por las nubes de Beirut. En una tarjeta aparte te anoté todos mis datos, con letra bien chiquita pero clarísima. Urgente vas y te lo plastificás, nene, así no los perdés. Ponela con la SUBE. Viste la fecha de nacimiento, ¿no? Soy de escorpio. Obvio. Me parece que vos también. Me juego la cabeza a que sos escorpiano, Simón. Simón-Simón, el escorpión. Te va. Ay, ya me duele la mano de tanto que va escrito. Se me tuerce la letra y vas a pensar que tengo un problema de dislexia. Un horror.
Ah, antes de devolverle el auto a mi hermano me voy a sacar los lentes de contacto. Así me ves de mi color verdadero. Esa es la prueba de fuego. Los verdes me quedan mortal, ya sé. Los uso siempre, hasta para dormir. Pero mi abuela, que Dios la tenga en la gloria, me dijo que mis ojos son más hermosos que cualquier par de zafiros, que son dulces e intensos como los caramelos media hora, que no los reniegue y que con ellos, si quiero, el mundo es mío. Dios lo quiera. Ya es hora.
Y listo. Ahora que ya está todo dicho, pongo esto en un sobre con tu nombre y me mando de vuelta a esa esquina donde nos conocimos, rogando que todavía estés ahí, radiante como te vi hace un rato, para dártelo y que sepas, de puño y letra mía, como soy y todo lo que podríamos llegar a ser si salís conmigo.



Buenos Aires, abril 2017