23.4.17

Palabras renacuajas, por Marisel Calvo




El griego

Una mujer con cabeza se cubre el rostro de los mosquitos con un pañuelo verde musgo. Ve la luna con los ojos cerrados. De tanto en tanto los abre para espiar estrellas. Nota que cada vez son menos, porque la luna cada vez es más. Se siente vieja. Vieja  y bella. A punto de sucederle cualquier cosa... si se animara... Apoya el peso de su mandíbula en la mano derecha. Tal vez piense. Tal vez duerma. No muy lejos suena la voz de un hombre griego, habla español. Eso la erotiza. O eso parece porque pinta sus labios con la lengua reiteradas veces, pero no abre los ojos. No lo espera. Descansa. Confía. O, eso parece porque su pecho está abierto, desde aquí puede verse la rajadura en el centro de su plexo que le sangra, pero no le duele. O, eso parece, porque no la toca. La deja chorrear. Chorrear y chorrear, chorrear y chorr.
Algo la hace girar y abrir los ojos. Y desaparece.



Pesada tarea

La piedra; un buen trono para el trabajo. Ante mí, las hojas en blanco y la lapicera encapuchada. Todo espera. Yo también... Yo también me siento como una piedra lista para recibir al que quiera venir a sentarse a realizar esta pesada tarea de escribir.
Que venga y lo haga sobre mi lomo, mis piernas, mi nuca. Mi nuca que percibe el  aire en movimiento y al sol ardiendo
Vení árbol, escribime tu historia, tallala en mi piel si queres. Apoyate con tus raíces sobre mis vértebras. Ponete cómodo. Entregame tu peso ancestro y dame un poco de sombra en algún mediodía de enero.
Vení árbol, contame tu pena, dejá llover tus hojas sobre mis ojos cerrados. Soltá tus frutos sobre mis rodillas. Vení a desparramar tu soledad puneña sobre mi ausencia porteña. Llename de tu pena árbol, para que las mías pierdan sentido. De tu tronco mis hojas. En mi tronco tu llanto.
Vení árbol, sentate en la piedra a podar las penas y que así, florezcan cuentos y cantos. 


Manifiesto batracio

No quiero usar palabras de otros. Quiero las mías.
Quiero que emerjan de mí como renacuajos entre las piedras;
Veloces ondulantes juguetones atrapables.
Negros asquerosos diminutos transparentes.
Quiero mis palabras renacuajas liberadas al agua como un enjambre de especies.
Que no nombren pero vibren.
Que no espanten pero muevan.
Renacuajas mis palabras, serpentean en lo hondo,
Las quiero. Broten.
Las quiero. Soy su retoño.


Abvuelo

Caen gotitas saladas de mis ojos color tierra seca; misterioso origen y profundo silencio.
Crines morenas de espeso tacto me llueven los hombros; un soporte de palabras de viento.
La ansiedad se me escapa por los dedos cardón y la flor se deposita en este pecho abierto de tanto cielo.
Mi columna de nudos, desnuda se bambolea entregada al viento; wayra jujeño.
Duerme el cerebro de pensamientos pasajeros, entre los colores del ensueño.
Descanso en silencio de aire. En sol.
Despierto. Abro los faroles ásperos de alumbrar adentro y afuera aparece;
un búfalo
un escorpión
y cientos de caras kollas en nubes pájaros que adentran los cerros.
Ellos viven en el cosmos.
Yo vivo en el centro.
Se desprende mi alma niña por estos brazos que son de hierro.
Vuela alma. Todo esto es tu casa. Ya no este cuerpo.
Y vuelo.



17.4.17

Cuestionario Marcel Proust a Joaquín Franco



¿Cuál es el colmo de la miseria?
La sensación de soledad.

¿Que virtud valora más en las personas?
La empatía.

¿Que es lo que más le gusta hacer?
Coger.

¿Donde querría usted vivir?
En algún país nórdico donde las cosas funcionen bien, en una Utopía. Pero me gusta vivir donde vivo.

¿Con qué errores tiene la mayor indulgencia?
Imposible generalizar. Cada caso, cada contexto. 

¿Cuál es su personaje favorito de ficción?
Roland Deschain o Hari Seldon.

¿Cuáles son sus heroínas favoritas de la vida real?
No tengo.

¿Su pintor favorito?
A veces Dalí, a veces Botero, a veces Guayasamil.

¿Su músico favorito?
Lejos, Trent Reznor.

¿Su cualidad favorita de los hombres?
La sinceridad.

¿Su cualidad favorita de las mujeres?
No veo porqué debería ser diferente a la de los hombres. 

¿Su virtud preferida?
Otra vez, la empatía.

¿Cuál es su ocupación preferida?
La que me dé más placer en el momento. Hay varias en diferentes circunstancias.

¿Cuál es tu idea de la felicidad perfecta?
Ninguna. Pero hacia allá voy.

¿Cuál es su miedo más grande?
El paso del tiempo.

¿Cuál es el rasgo que más deplora de sí mismo?
La falta de equilibrio.

¿Cuál ha sido su mayor atrevimiento en la vida?
Cada día tratar de hacer cosas que disfrute hacer. 

¿Cuál considera que es actualmente la virtud más sobrevalorada?
El remate de media distancia.

¿Que es lo que más le disgusta de su apariencia?
No ser flaco y alto. 

¿Cuáles son las palabras que más usa?
Un, dos, tres, cuá. 

¿Qué es de lo que más se arrepiente?
De haber desperdiciado tiempo. Y también de haberle dado demasiada importancia a eso. 

¿Quién habría amado ser?
Yo mismo, optimizado. 

¿El rasgo principal de su carácter?
La vehemencia. 

¿Su sueño de felicidad?
Nsnc.

¿Cuál sería su mayor desgracia?
Llegar al final de mi vida lleno de arrepentimientos. 

¿Su principal defecto?
La pérdida veloz de la tranquilidad. 

¿Eso que querría ser?
Dios, y poder entender todo. 

¿El color que prefiere?
El violeta. 

¿La flor que más le gusta?
La del Aloe vera.

¿El ave que prefiere?
Me gusta el pollo.

¿Sus héroes en la vida real?
No tengo. Si tuviera que elegir uno obligatoriamente, Riquelme. 

¿Sus nombres favoritos?
Joaquín y Franco. 

¿Dónde y cuándo es feliz?
En un escenario, casi siempre. 

¿Cuándo miente?
Cuando me hace falta. 

¿Cuál es su idea de la muerte?
La muerte está muy presente en mi vida. Pienso mucho en ella. Pienso que condiciona todo. Pienso que solo es oscuridad. 

¿Qué no perdonarías?
Podría perdonar casi todo. 

¿Cuál considera que ha sido su mayor logro?
La convicción. 

¿Para usted qué es un buen insulto?
El que pegue donde más lastime. Hay uno diferente para cada uno. 

¿Cuál es su idea de la fidelidad?
Qué hay muchos tipos. Y que en todos los casos, es muy escasa. 

¿Que cosas detesta por encima de todo?
No entender por qué la gente hace lo que hace cuando me molesta lo que hace. 

¿Personajes históricos que más detesta?
Muchos. Ninguno en especial. Precisaría más información. 

¿El hecho militar que más admira?
Esta pregunta es un oxímoron. 

¿El don de la naturaleza que quisiera tener?
La inmunidad.

¿Como le gustaría morir?
Vigente. 

¿Estado presente de su espíritu?
Correcto.

¿Cuál es su frase favorita?
No me rompas las pelotas. 


13.4.17

Benjamin Clementine - Condolence




I swear, that you’ve seen me
Yes, you’ve seen me here before, before
And so don’t tell it, don’t tell it otherwise

This voice, this particular voice
Yes, you’ve heard it before, before
And so don’t you dare tell it
Don’t you dare tell it otherwise

No wonder, why the road seems so long
Cause I had done it all before
And I won

You felt this feeling, tell me don’t be ashamed
You felt it before, before
And so don’t tell me
Don’t tell me otherwise

I almost forgot, foolish me, I almost forgot, forgot
That where I am from we see the rain
Before the rain even starts to rain

No wonder why you’ve been buggering me
This walk, it's a previous journey
And I won

Before I was born there was a storm
Before that storm there was fire
Burning everywhere, everywhere
And everything became nothing again
And then out of nothing
Out of absolutely nothing, I, Benjamin, I was born
So that when I become someone one day
I will always remember that I came from nothing

No wonder, why you’ve been buggering me
Cause this walk, it’s a previous journey
And no wonder why the road seems so long
Cause I had done it all before
And I won

I’m sending my condolence
I’m sending my condolence to fear
I’m sending my condolence
I’m sending my condolence to insecurities

You should know by now
You should know by now
That I just don’t care
For what you might say
Might bring someone downhill

I’m sending my condolence
I’m sending my condolence to fear
I’m sending my condolence
I’m sending my condolence to insecurities

6.4.17

Una elocuencia arrolladora, por Gabriela Franco


(Sobre La barrera del sonido, de Marcelo Arias, Modesto Rimba, 2016)


Leí los relatos de Arias por primera vez cuando aún no tenían un título que los cobijara, y vuelvo a leerlos ahora que se han convertido en La barrera del sonido. Entre una lectura y otra, hay variaciones, simetrías, leves anacronismos. Más allá de los cambios de palabras, títulos, recortes, también es otra la lectura que se hace cuando los cuentos se han vuelto libro. Es otro el placer y es otro el hallazgo al poder subrayar una frase en un volumen que ya forma parte de mi biblioteca. Subrayo, por ejemplo: “el azar es un dios neutral. Por eso provoca espanto. Porque la neutralidad es un estado que los hombres no le podemos permitir a un dios”. Subrayo: “Me gustan los bares; me gusta dialogar con la gente que frecuenta los bares. Calculo que allí se computa, incluso, una cifra no menor de lo que llamaré mi identidad.”

Frases, iluminaciones, anécdotas. Los cuentos que integran este volumen tienen una fibra común, un tono, una línea de diálogo abierta. Conforman entre sí una suerte de constelación, hay brillos que guiñan de un cuento a otro. Y al mismo tiempo ofrecen una riquísima variedad de temas, recursos y humores.

Hay, por ejemplo, varios viajes que enhebran un itinerario entre relatos. Un viaje a El Chaltén, un viaje en el colectivo 44, la hoja de ruta de un cadete en pleno centro porteño, la planificación de un viaje al mar, una inquietante conversación en el vagón comedor de un tren en un viaje de regreso. Los modos de viajar son, de alguna manera, decisivos: “A internarme vine en colectivo. Me cuesta creer que vaya a abandonar la clínica en la ambulancia de la morgue si, para llegar hasta aquí, me tomé el 76.”

Ese otro viaje, el de la salud y sus límites, es motivo de dos cuentos. El que acabo de citar, “Intimidad”, y otro cuyo sugerente título es “¿Sabe cómo le dicen al arquero de su equipo?” En ambos aparece la figura del doctor Muñoz, que controla las “peripecias del organismo” del protagonista, y en ambos el humor y la paradoja iluminan los grandes temas. El narrador se pregunta: “¿La única alternativa para no morir prematuramente es vivir una vida en la que me quiera matar?” El narrador observa: “mi terror no lo provocan las maneras de morir que la ciencia contempla, sino los modos de vivir que sobrevuelan el consultorio”.

Y el epígrafe de Baudelaire, en el cuento siguiente, no sólo da pie al nuevo relato sino que también dialoga con el anterior: “y que, ebrios de su sangre, preferían, en suma, el dolor a la muerte y el infierno a la nada”. Y viene bien citar las citas, porque otro de los hilos invisibles que engarzan un cuento con otro es la lectura. Están las 1023 páginas de Anna Karenina envueltas en una trama de objetos perdidos; están los mensajes de texto que se leen con el rabillo del ojo al compañero de asiento en un viaje en el transporte público.

Hay más. Hay diálogos fabulosos que capturan no sólo modos de hablar de un tiempo particular sino la forma de la percepción del tiempo y sus distorsiones. O registros implacables de la paranoia urbana. O retratos de la incomunicación en plena era de las comunicaciones.

Un rasgo común a todos los cuentos es, sin duda, su riqueza expresiva. A contrapelo de la escritura más bien llana que suele abundar en la narrativa actual, este libro ofrece una elocuencia arrolladora. También es llamativo el predominio de la narración en presente, como quien intenta tornar vívido y palpable cada acontecimiento.

Los nueve cuentos que componen La barrera del sonido confirman que Arias es un contador de fábulas, un perfeccionista de anécdotas, un juglar que rescata historias y las pule hasta volverlas literatura. En otras palabras, Arias es un narrador nato.

1.4.17

Pellejo de Luna, por Santiago Armando



Voy a buscar las Memorias de Ultratumba a la librería del departamento en Hipólito Yrigoyen y Avenida La Plata, y veo a un colifa acostado en la vereda, apenas pasa los cuarenta, acostado en el suelo, con pocos reflejos, empuña un rosario. El kiosquero habituado a verlo en el piso le dice Guillermo, te dije que no vinieras a tirarte acá en la puerta... nadie se acerca, todos pasan rápido, y yo, como si estuviera apurado por buscar el libro, y llego temprano y espero, llueven chorros de luz curva, lluvia blanca y rosada bigote de gato, y la ciudad en un espejismo azul, a esta hora todos van al baño a aliviarse la cena, la ciudad se asienta, pasa una máquina de pavimento. Me da el libro una mujer pálida, o transparentada por el mate, seguro que tiene cistitis y anda entre gatos, y vuelvo y el croto había sacado la cabeza, dejado este mundo, muerto en la mañana, violines y arpas lo reciben en el cielo, acéptenlo boludos, él entra y nosotros no. Cuando volví al subte vi dos canas y un patrullero en la puerta del kiosco, el kiosquero lo lloraba, ya se había encariñado.
Crótalo volvió al hospicio de eternidad, hospital de lectores, donde siempre hubo grandes bibliotecas curvas, montañas retorcidas de libros como conos de iglesia rusa o helados de vainilla, entre nubes traspasadas de oro, con bibliotecarios solícitos, cómo no, enfermeros bibliotecarios por siempre. De este lado no, te enchufan a los del partido obrero, a los kirchneristas, que vienen a dar charlas sin traer ni un sanguchito de miga, algo de yerba, ni un cigarro, sólo los voluntarios de la huerta aportan algo.
Por el valle viene subiendo, arrastrándose, montaraz. Le canta en falsete la llaga del edema pulmonar. Con las últimas sales en los ojos tiene visión que lo destrona de los sentidos, ve los ascensores brillantes como a dos cuadras, para subir a la ciudad, o tumbarse a esperar la ambulancia divina. Un fraile rengo lo apuraba cansado, dormitaba sin descansar. Lo esperaban.
Un chorro de agua plateada cae del cielo y croto de luna asciende en su lecho barroco sobre un floripondio blanco rodeado de cucumelos vecinos, con todos sus perros amados resucitados y una vaca lechera junto al cucumelo, morada, morada mía... veo algunos rojos con pintas blancas... y grandes praderas donde espera el pueblo.
Y un amor nuevo, un libro relojeado que estaba ahí, una risa, un comentario de Belén, una caricia, fueron sus últimos ropajes.
Y se acaba el último pucho y reza, reza por una oración pía (la red del pescador no te salvará, te comerá el come oblea, el come oblea digital pasa por los eunucos que traban las santidades, las fofas santidades impares de los cógitos de barras sólo resultaban agradables al águila, no hay forma de escapar sólo de ser más sabroso al ave), y viene el verano glorioso del alma y el sol se toma revancha en mis jardines, y pompas tornasol limpian las grasas del espíritu, y Punta del Este está preciosa para escribir con el punto final delante, ya los frutos cuelgan jugosos, duraznos priscos, fríos en el verano de playa. Y todo vuelve a la cadencia suave de los calamares plácidos de Domingo Di Nubila. Y todavía podía manosear el teclado, y en el bosque de cuarzo fue vívora de tapa de disco de Yes.



26.3.17

Mal a bar, por Mauro Césari

(Sobre La pasión del Varela, de Manuel Alemian; La Carretilla Roja 2017)


1/

Embridado entre signos Manuel Alemian come puré ante la Esfinge.

Al costado de su mano, -el primate monista del ojo/ bamboleado en un domo prismático- flota en el temblor de un halo marronáceo un nuevo libro: La pasión del Varela.

Viñetas, grafismos situacionales de humor autista, líneas in-tensivas sobre un grumo liso de gelatina.

Uno en particular, me llama a la tensión: precisamente, la secuencia “casi” (que sucede en el libro a un dibujo titulado: “Stress”). Son 5 movimientos.

1: Se balancea

2: Cuelga de los pies

3: Se sienta en la barra

4: Se hamaca cual acróbata

5: pero cae.

El acróbata es un punto casi, sobre la barra fabrica el mal a bar, con una gracia en la tensión que recuerda los poemas tipográficos animados de Ana María Uribe, o la fábula tecleante del acróbata y la pulga.

1: Se balancea

2: Cuelga de los pies

3: Se sienta en la barra

4: pide un café

5: Pero cae.


2 /

Es un ácaro casi transparente, microscópico, va cruzando la página en bisectriz. Deja un murmurio en el polvo, huellas de simulácaro crecen a su paso.

“La duración -la más simple- es el paso de un corte a otro. El paso de un estado a otro no es un estado. La duración es el paso vivído de un estado a otro, irreductible”. Lo que pasa entre dos cortes, envuelve la afección. El afecto de paso. Ni ahí, ni acá, en el vaho de lo que se hace pasar. Así, transvasado de eco va afectado nuestro ácaro.

Va tarareando:

“Cómo estraga el amor los cuerpos, amiguito! Qué de dibujos traza la huella mientras se aleja, en el humo de lo audible su canción que canto, el manto sacro de un ácaro mecánico:

… Dame guerra, Señor. Prepárame.
Soy el soldado nadie, fijo en su móvil

perdido en la espesura
y perdiendo el espesor …

20.3.17

La locura de existir, por Mirta Nicolás


Sobre Un erudito en problemas, de Ruy Krygier (Mansalva, 2016)


En una entrevista reciente, César Aira dijo: “Para el gran público, la novela comercial sigue siendo la vieja novela decimonónica. Luego hay esa pequeña minoría de los que queremos innovar, y una pequeñísima minoría de lectores a los que les puede atraer eso.” En este sentido, Un erudito en problemas, de Ruy Kryger (Mansalva, 2016) propone algo nuevo. Como otrora Faulkner en el distrito de Yoknapatawpha, Krygier despliega en Wepeyenso City un imaginario excéntrico y cosmopolita. Escrita en el lenguaje distanciado de las traducciones, una ciudad o la alegoría de una ciudad que nos recuerda que vivimos en una sociedad postcapitalista, apocalíptica y pornográfica. Los desadvertidos que busquen alguna forma del realismo convencional en su novela van a encontrar, no obstante, retazos de storybord, policial negro, novela de aventuras, folletín, bricollage, cine trash y la velocidad en ascenso de una historieta a la que no le falta la fuerza erótica de Milo Manara. Barroca, hilvanada a través de relatos sueltos que arman una trama donde conviven el exotismo, la extrañificación, el delirio futurista y extranjerizante, la exageración, las muertes, las drogas, el imaginario del desastre, el rarismo y el humor negro. Su trama hiperbólica, escurridiza y cambiante da cuenta de una época actual, aunque no haya fechas que precisen un calendario. ¿Cuáles son los problemas en los que el protagonista, Arturo Crush, es experto o se especializa? ¿Las drogas, el dinero, los contactos, el know how de un ambiente? Hay mucha burla al mundo del arte: “Me deprime la gente sin talento. (…) ¡Los artistas! No me gustan cómo hablan, cómo son, los mataría si no fuese porque vivo de ellos.” A la vez, el libro de Krygier enarbola una reflexión sobre la experiencia de las drogas, que para algunos puede resultar inenarrable: “Necesitaba rayar una piedra como si fuera su cerebro hasta el amanecer junto a un vaso de whisky del tamaño de un balde.” Hay en este libro una hilaridad premeditada en el montaje de las escenas y en los diálogos, así como una mirada irónica para mostrar el mundo de los emporios económicos, con la intensidad de una caricatura: “Dinero, dinero, siempre fue lo único que te interesó. Sos como un yonky de la guita”, le dice Arturo Crush a Erica. El dinero como símbolo de libertad o como su contracara nefasta sobrevuela el libro como el fantasma del comunismo en el manifiesto de Marx y Engels. Pero lo raro y lo excéntrico no son lo central del estilo de Krygier sino la manera impredecible en la que se hilvana la trama, sus largos títulos. Sinuosos, raros, sus personajes parecen salidos de un cómic. “Droga. Escalofríos. Chuchos. Nervios. Fajos. Cheques. Transas. (…) Diseño. Arquitectura. Vómitos. Autos. Caviar.” La enumeración refleja, en parte, el tono del libro. La novela de Ruy Kryger está mal escrita, en el sentido en que Roberto Arlt, en el prólogo de Los lanzallamas, concibe su propia “mala” escritura: “se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de su familia.” Un erudito en problemas confirma la intuición que propone que para escribir algo novedoso no se necesita reproducir o imitar modelos previos, es uno de los casos en los que la originalidad es un mérito que sale de lo raro y lo poco predecible.

11.3.17

Profetas del cauce, por Adrián Minzi




Manifiesto

Convidá un cigarrito más y te cuento una historia
escondida como paquete de radicheta mal estacionado.
Emisiones futuristas surgirán del vegetal
mutando desde tu tercer ojo hasta el melocotón del coccis.
¿Sos suficiente guacho para tatuarte la verdad?

Tengo todavía sangre coagulada del profeta.
Esa noche cortaron la luz
y quedó un sólo reflejo: su cara.

Decía
mientras la voz fluía entre gotas de Suter.
Una moneda púa eran sus dedos,
cubiertos de chorros rojos,
impregnando las cuerdas criollas
(cuando unión y libertad
desaparecían).

Su vista blanca estrábica en un punto fijo
esperaba a un nuevo sol,
por encima de peleas orgiásticas
en cuartos contiguos, 
sin distorsiones 
ni sirenas vecinas que lo opacaran.

Decía,
poseído por algún Cachirú riojano
con nuestro Calisto revolcándose en el suelo
sucio, baile que sembraba serias dudas
¿poses de alabanza, o más bien
desequilibrio ebrio? 

Decía:
“¡Arrendemos al Etano todopoderoso a pasear un rato fuera de la realidad
aburrida, no
creativa y poco original!”

Decía:
“La puta madre si existe alguien capaz de hacer lo que hicieron”
Decía:
“Este es mi tributo a los dioses del Punk”
y mientras tanto, parecía en altamar
arriba de una carabela pirata
batalla contra las olas de la racionalidad.
Ese día nacimos.

Convidá otro cigarrito que la noche está en pañales
aflojame la boca, recarguemos las garrafas.
¿Cómo pinto un cuadro sin acuarelas?
Demostrame que sos digno y
abran los ojos, escupan las verdades.

Si no mentís con lo del puchero
podremos disfrutar una velada más de confesiones
pintarrajea: barroco en desequilibrio;
la fina línea fucsia entre los hechos y lo que nos decimos.
¡Despertemos las asociaciones encriptadas!

Todavía tengo a mi gran héroe Punk
escondido en un rincón,
en silencio
mientras los herejes se apoderan de la fiesta carnal.
Un libro no es un libro sino una bomba de hidrógeno a punto de estallar
aunque tengas miedo, va a fragmentar tu raquídeo bulbo.

Recibimos al correo
interrumpen la historia
esta vez nuestros mayores nos convocan.
Si queremos ser, vamos a tener que estar.

Fiesta en ph chorizo
asistirán los hijos Lamborgh:
la refundación de un país.

Algunas copas más mientras el frío, aburrido, copa la parada.
Atención: escenario central
el profeta va a cantar, desafina:
“Ustedes son el futuro, nos debemos a la historia”

Ahora entendemos
la condena ha sido proferida en el campo de lo satírico
deberemos ser.


Fantasma

Otra copia en una botella, ¿entendés, Carnacha?
Dejá de comprar esos virus
de autoayuda.
Siempre me gustó más la sincera:
Ron, whisky, caña, ginebra,
¿O no, Yacaré?

Las luces de la calle prenden y apagan
imitando al primer mundo de Tijuana.
Hacia allá vamos, muchachos, estación terminal.
Aunque primero te dedico la entrada:
¡Devuélvanme lo verde!
¡Devuélvanme de sus entrañas!
¿Trajiste tu cacerola, mamá?
Hoy: estofado de paloma
a la vienesa y sin salar.

Viajo en el tren fantasma
y nadie de la tevé me acompaña;
pasame un puchito, amigo,
tengo frío.
Mejor que donar es ignorar
ando sin monedas
soy de la Hawaian Tropic Banana Company.
No sé, Yacaré, este granizo mundial
me ha dejado bastante mal.
Espero que sigan podando el sueldo así lo resuelve.
¿Y esa golondrina verde? ¡Me está robando, Yacaré!
Los olores rancios exquisitos
nos siguen en nuestro camino;
me repugnan
pero mi panza resuena, Fantasma.
Los roedores cadavéricos toman sol
sin protección.
Las calles que corren con las vías están saturadas
casitas de cartón corrugadas.
Por izquierda la Iglesia
nuestra señora la carnicera.
¿La vés? Ahí
al lado del cementerio.
El cura,  previo monaguillo
peca por nosotros pecadores
y regala redenciones cuando te arrodillas a rezarle
de espaldas.
Si no decís nada, ofrece boletos
al paraíso.

Chevrolet Doncan vino a hacer una película
sobre los ideales norteamericanos.
Acá entre estas dos estaciones:
acá es más barato.
Por un papel pelean para darle a la hermana
¡Hagamos colecta de Caritas, Yacaré!
¿Te acordás del actor de cuarta?
Ya aceptó ser la propaganda.
Necesita algo de efectivo, lo buscan para pagar
la sentencia por estupro.
¿Y si bailamos en el tren, Mademoiselle?

A Jorge le cortaron el dedo.
El juez Laragoz aplicó su ley y lo indultó.
Si vuele a pisar el barrio,
la boleta se la mandan a la vieja.
Yo que él ni el tren fantasma me tomaría.

Suena de fondo la nueva banda.
Reverdes.
Papi(fi)stas.
Usan blusa de caucho natural
mientras sus ritmos me fuerzan a mover el bazo
que sigue chorreando un líquido negro
viscoso
vicioso.

Reparten entradas sin papel por toda la ciudad
a través de la cherokee de papá.
La gira hasta Fiorito sin parada.
¿El problema? Los yuyos legales
y las ballenas franco australes.
Pará, Yacaré, siento la lengua agria.
Dame un mate pero ponele una dosis extra
de mataburro.
Hoy a la noche
juega la lepra.

Waldo está de vuelta.
Fue a comprar fruta
al médico.
La lombriz en la sandía le secreteó
el Hiv es verso mandarín,
lo único
que hace bien: la lechuga.
Yo lo vi, estaba en el boleto:
descuento para otra sesión y a hacer deporte:
dos veces por semana;
comprar la máquina para correr,
la vida sana y hojas de laurel
para los pibes de mañana.
Mirá tu boleto si no me creés;
aparece la cara de Jesús
el verdulero.
Sería bueno ver un médico,
mándenlos a las villas, a los asentamientos
que suban al tren fantasma.

Los perros cruzan la calle sin preguntar.
A veces ladran, cuando te ven la cara de hijo de puta.
Hay mucha agua para tomar
en la cloaca.
Un muro fluye separando las dos Argentinas.
No puedo volver a casa, Yacaré
venció mi pasaporte.
Decile a las chicas que no llego para comer.