20.3.17

La locura de existir, por Mirta Nicolás


Sobre Un erudito en problemas, de Ruy Krygier (Mansalva, 2016)


En una entrevista reciente, César Aira dijo: “Para el gran público, la novela comercial sigue siendo la vieja novela decimonónica. Luego hay esa pequeña minoría de los que queremos innovar, y una pequeñísima minoría de lectores a los que les puede atraer eso.” En este sentido, Un erudito en problemas, de Ruy Kryger (Mansalva, 2016) propone algo nuevo. Como otrora Faulkner en el distrito de Yoknapatawpha, Krygier despliega en Wepeyenso City un imaginario excéntrico y cosmopolita. Escrita en el lenguaje distanciado de las traducciones, una ciudad o la alegoría de una ciudad que nos recuerda que vivimos en una sociedad postcapitalista, apocalíptica y pornográfica. Los desadvertidos que busquen alguna forma del realismo convencional en su novela van a encontrar, no obstante, retazos de storybord, policial negro, novela de aventuras, folletín, bricollage, cine trash y la velocidad en ascenso de una historieta a la que no le falta la fuerza erótica de Milo Manara. Barroca, hilvanada a través de relatos sueltos que arman una trama donde conviven el exotismo, la extrañificación, el delirio futurista y extranjerizante, la exageración, las muertes, las drogas, el imaginario del desastre, el rarismo y el humor negro. Su trama hiperbólica, escurridiza y cambiante da cuenta de una época actual, aunque no haya fechas que precisen un calendario. ¿Cuáles son los problemas en los que el protagonista, Arturo Crush, es experto o se especializa? ¿Las drogas, el dinero, los contactos, el know how de un ambiente? Hay mucha burla al mundo del arte: “Me deprime la gente sin talento. (…) ¡Los artistas! No me gustan cómo hablan, cómo son, los mataría si no fuese porque vivo de ellos.” A la vez, el libro de Krygier enarbola una reflexión sobre la experiencia de las drogas, que para algunos puede resultar inenarrable: “Necesitaba rayar una piedra como si fuera su cerebro hasta el amanecer junto a un vaso de whisky del tamaño de un balde.” Hay en este libro una hilaridad premeditada en el montaje de las escenas y en los diálogos, así como una mirada irónica para mostrar el mundo de los emporios económicos, con la intensidad de una caricatura: “Dinero, dinero, siempre fue lo único que te interesó. Sos como un yonky de la guita”, le dice Arturo Crush a Erica. El dinero como símbolo de libertad o como su contracara nefasta sobrevuela el libro como el fantasma del comunismo en el manifiesto de Marx y Engels. Pero lo raro y lo excéntrico no son lo central del estilo de Krygier sino la manera impredecible en la que se hilvana la trama, sus largos títulos. Sinuosos, raros, sus personajes parecen salidos de un cómic. “Droga. Escalofríos. Chuchos. Nervios. Fajos. Cheques. Transas. (…) Diseño. Arquitectura. Vómitos. Autos. Caviar.” La enumeración refleja, en parte, el tono del libro. La novela de Ruy Kryger está mal escrita, en el sentido en que Roberto Arlt, en el prólogo de Los lanzallamas, concibe su propia “mala” escritura: “se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de su familia.” Un erudito en problemas confirma la intuición que propone que para escribir algo novedoso no se necesita reproducir o imitar modelos previos, es uno de los casos en lo que la originalidad es un mérito que sale de lo raro y lo poco predecible.

11.3.17

Profetas del cauce, por Adrián Minzi




Manifiesto

Convidá un cigarrito más y te cuento una historia
escondida como paquete de radicheta mal estacionado.
Emisiones futuristas surgirán del vegetal
mutando desde tu tercer ojo hasta el melocotón del coccis.
¿Sos suficiente guacho para tatuarte la verdad?

Tengo todavía sangre coagulada del profeta.
Esa noche cortaron la luz
y quedó un sólo reflejo: su cara.

Decía
mientras la voz fluía entre gotas de Suter.
Una moneda púa eran sus dedos,
cubiertos de chorros rojos,
impregnando las cuerdas criollas
(cuando unión y libertad
desaparecían).

Su vista blanca estrábica en un punto fijo
esperaba a un nuevo sol,
por encima de peleas orgiásticas
en cuartos contiguos, 
sin distorsiones 
ni sirenas vecinas que lo opacaran.

Decía,
poseído por algún Cachirú riojano
con nuestro Calisto revolcándose en el suelo
sucio, baile que sembraba serias dudas
¿poses de alabanza, o más bien
desequilibrio ebrio? 

Decía:
“¡Arrendemos al Etano todopoderoso a pasear un rato fuera de la realidad
aburrida, no
creativa y poco original!”

Decía:
“La puta madre si existe alguien capaz de hacer lo que hicieron”
Decía:
“Este es mi tributo a los dioses del Punk”
y mientras tanto, parecía en altamar
arriba de una carabela pirata
batalla contra las olas de la racionalidad.
Ese día nacimos.

Convidá otro cigarrito que la noche está en pañales
aflojame la boca, recarguemos las garrafas.
¿Cómo pinto un cuadro sin acuarelas?
Demostrame que sos digno y
abran los ojos, escupan las verdades.

Si no mentís con lo del puchero
podremos disfrutar una velada más de confesiones
pintarrajea: barroco en desequilibrio;
la fina línea fucsia entre los hechos y lo que nos decimos.
¡Despertemos las asociaciones encriptadas!

Todavía tengo a mi gran héroe Punk
escondido en un rincón,
en silencio
mientras los herejes se apoderan de la fiesta carnal.
Un libro no es un libro sino una bomba de hidrógeno a punto de estallar
aunque tengas miedo, va a fragmentar tu raquídeo bulbo.

Recibimos al correo
interrumpen la historia
esta vez nuestros mayores nos convocan.
Si queremos ser, vamos a tener que estar.

Fiesta en ph chorizo
asistirán los hijos Lamborgh:
la refundación de un país.

Algunas copas más mientras el frío, aburrido, copa la parada.
Atención: escenario central
el profeta va a cantar, desafina:
“Ustedes son el futuro, nos debemos a la historia”

Ahora entendemos
la condena ha sido proferida en el campo de lo satírico
deberemos ser.


Fantasma

Otra copia en una botella, ¿entendés, Carnacha?
Dejá de comprar esos virus
de autoayuda.
Siempre me gustó más la sincera:
Ron, whisky, caña, ginebra,
¿O no, Yacaré?

Las luces de la calle prenden y apagan
imitando al primer mundo de Tijuana.
Hacia allá vamos, muchachos, estación terminal.
Aunque primero te dedico la entrada:
¡Devuélvanme lo verde!
¡Devuélvanme de sus entrañas!
¿Trajiste tu cacerola, mamá?
Hoy: estofado de paloma
a la vienesa y sin salar.

Viajo en el tren fantasma
y nadie de la tevé me acompaña;
pasame un puchito, amigo,
tengo frío.
Mejor que donar es ignorar
ando sin monedas
soy de la Hawaian Tropic Banana Company.
No sé, Yacaré, este granizo mundial
me ha dejado bastante mal.
Espero que sigan podando el sueldo así lo resuelve.
¿Y esa golondrina verde? ¡Me está robando, Yacaré!
Los olores rancios exquisitos
nos siguen en nuestro camino;
me repugnan
pero mi panza resuena, Fantasma.
Los roedores cadavéricos toman sol
sin protección.
Las calles que corren con las vías están saturadas
casitas de cartón corrugadas.
Por izquierda la Iglesia
nuestra señora la carnicera.
¿La vés? Ahí
al lado del cementerio.
El cura,  previo monaguillo
peca por nosotros pecadores
y regala redenciones cuando te arrodillas a rezarle
de espaldas.
Si no decís nada, ofrece boletos
al paraíso.

Chevrolet Doncan vino a hacer una película
sobre los ideales norteamericanos.
Acá entre estas dos estaciones:
acá es más barato.
Por un papel pelean para darle a la hermana
¡Hagamos colecta de Caritas, Yacaré!
¿Te acordás del actor de cuarta?
Ya aceptó ser la propaganda.
Necesita algo de efectivo, lo buscan para pagar
la sentencia por estupro.
¿Y si bailamos en el tren, Mademoiselle?

A Jorge le cortaron el dedo.
El juez Laragoz aplicó su ley y lo indultó.
Si vuele a pisar el barrio,
la boleta se la mandan a la vieja.
Yo que él ni el tren fantasma me tomaría.

Suena de fondo la nueva banda.
Reverdes.
Papi(fi)stas.
Usan blusa de caucho natural
mientras sus ritmos me fuerzan a mover el bazo
que sigue chorreando un líquido negro
viscoso
vicioso.

Reparten entradas sin papel por toda la ciudad
a través de la cherokee de papá.
La gira hasta Fiorito sin parada.
¿El problema? Los yuyos legales
y las ballenas franco australes.
Pará, Yacaré, siento la lengua agria.
Dame un mate pero ponele una dosis extra
de mataburro.
Hoy a la noche
juega la lepra.

Waldo está de vuelta.
Fue a comprar fruta
al médico.
La lombriz en la sandía le secreteó
el Hiv es verso mandarín,
lo único
que hace bien: la lechuga.
Yo lo vi, estaba en el boleto:
descuento para otra sesión y a hacer deporte:
dos veces por semana;
comprar la máquina para correr,
la vida sana y hojas de laurel
para los pibes de mañana.
Mirá tu boleto si no me creés;
aparece la cara de Jesús
el verdulero.
Sería bueno ver un médico,
mándenlos a las villas, a los asentamientos
que suban al tren fantasma.

Los perros cruzan la calle sin preguntar.
A veces ladran, cuando te ven la cara de hijo de puta.
Hay mucha agua para tomar
en la cloaca.
Un muro fluye separando las dos Argentinas.
No puedo volver a casa, Yacaré
venció mi pasaporte.
Decile a las chicas que no llego para comer.

2.3.17

Zelarayán y el cuestionamiento del ser, por José Fraguas


La de Ricardo Zelarayán es una voz franca y vivificante en la literatura argentina. No hace falta ser un experto para reconocer cuando es su música la que está sonando. Y al mismo tiempo en ella se distinguen nítidamente las frases, los refranes, los giros que remiten a la creación oral, colectiva y anónima, “el lenguaje que se escucha a cada rato” y que constituye una cantera disponible e inagotable. Por eso su literatura, y en forma explícita las reflexiones que escribió alrededor de sus libros y las que ensayó en las entrevistas que le hicieron, brindan una suerte de definición ostensiva y sin rodeos del ahí de la poesía.

Zelarayán dice que escribe para tener donde agarrarse, para no perderse, para no disiparse que en un punto es decir que escribe para encontrarse, que existe si escribe. Pero en lo que escribe hay mucho de lo que dicen los otros. Y es lo primero que le viene a la cabeza cuando tiene que empezar a hablar: “No sé cómo empezar pero empiezo nomás. Hoy estaba almorzando en una pizzería y oí una conversación telefónica del cajero que estaba detrás del mostrador…”

De modo que la posibilidad de inventar y escribir mantiene una estrecha relación con el desarrollo de la facultad de registro. Se trata entonces de un inquietante devenir, el del poeta en pura oreja, grabador casi: “Un conocido escritor me decía, por ejemplo, que temía al grabador porque sentía que era un poco él. Es decir que el temor al grabador era un poco el temor de sí mismo.”

Zelarayán afirmará repetidas veces “no soy escritor”. Rechaza así la solemnidad del rol y las relaciones con un mundillo “para las que nunca estuvo preparado y además no tiene ropa ni ganas”. Porque para ser lo que convencionalmente se entiende por “escritor” habría que ajustar el ritmo de la producción a cierto estándar. Y éste le abre la puerta a lo planificado, lo útil y lo necesario, enemigo del deseo, motor legítimo de la escritura. Como dice rimbaudianamente uno de sus poemas:
“A veces hay que hacerse el otro,
o el oso…”  

Pero ese rechazo tiene que ver también con que Zelarayán,  como el filósofo argentino Luis Juan Guerrero, considera que la obra de arte se revela por su propio poder de mostración y apuesta al “ser operatorio” de las obras. Lata peinada es una novela imposible, se resiste a ser escrita. El título es más la expresión de un deseo que algo realizado. En “las inútiles reflexiones” que acompañan a la novela se dice que ésta es una lata que no se deja peinar, que es una balada o un canto que su autor no logra terminar de compaginar. Es una novela arisca, un conjunto de cabos que se escapan cuando se los quiere atar, un texto que se le va de las manos, que se le empaca como una mula. Libros como Roña criolla, en cambio, se escriben de súbito. Mientras otros caen por un borde y se pierden definitivamente. No así sus títulos que perduran alimentando para siempre la fantasía de sus huérfanos lectores: Apodos & apariciones, Una madrugada o Después del almuerzo es otra cosa.

Es la rebeldía y la libertad de los escritos zelarayianos. Su superficie es como la piel movediza del caballo que conocen bien tanto el pajarito que la surfea como el boyero que se sienta largas horas sobre ella. Textura sísmica, oscilante, en flujo y reflujo “mandada a hacer para espantar las moscas”. Para librarse del vínculo con la gauchesca que le endilgaron, Zelarayán aclara en una entrevista que a él no le interesan los caballos tal como aparecen en esa tradición literaria sino sólo su piel espantamoscas, imagen que lo acompaña desde niño.

¿Qué moscas espanta la escritura de Zelarayán? Lo demasiado consciente, lo literatoso, lo que chirríe de tan prolijamente escrito: “Palabras que no se escuchen, las mejores”. Por eso se entiende que las lecturas literarias no hayan ejercido una influencia determinante en su obra. Lo ha dicho muchas veces: la clave está en el oído, en una escucha de la oralidad cotidiana callejera que, sospechamos, tiene que ser bastante azarosa e involuntaria para que sea fecunda. No todas las frases serán la semilla de un poema.

Si cuando era estudiante de medicina Zelarayán se identificaba con los pacientes, cuando escribe son los otros quienes llevan la voz cantante y el carácter coral es principio constructivo de sus textos. Los que hacen y mueven el mundo zelarayiano son casi siempre “buscavidas, delincuentes, pobres”, figuras invisibilizadas o cosificadas como instrumento de distinción por la sensibilidad convencional de la clase media urbana porteña pegada a la ‘alta burguesía’.

La de nuestro autor tampoco es una mirada paternalista ni miserabilista, es la potencia del brío y la vivacidad de las voces de peluqueros, mozos y suboficiales la que se impone por sí misma. Según Zelarayán, los que se llaman a sí mismos poetas y se creen dueños de lo que nombran son como moscas que revolotean en torno de una canilla seca. Más sabio parece el decidido paso de las hormigas hacia lo dulce:

“Hasta se me hace que las hormigas
buscan la miel de la guitarra,
de la guitarra de Hermenegildo.”

Se paladean los nombres, apodos y alias de los personajes: Jeta ‘e Bagre, Don Natividad, la Alcirita. Mientras que el propio nombre se convierte casi en un obstáculo cuando de lo que se trata es ser vector o conducto de la literaturidad circulante y efectiva de la que sólo es dueña el habla colectiva. La despersonalización resulta entonces una prometedora invitación:

“me ofreció su pase libre para viajar por todo el país.
Total, me dijo, es un pase innominado,
cualquiera lo puede usar…
si se lo presto.
El pase sin nombre me deslumbró”


Esto se refleja también en otro plano cuando se entusiasma ante la propuesta de sólo aparecer en la lista de colaboradores de Literal y no firmar los textos de diversos géneros que publicaba la revista y participar además en la redacción entre todos de una novela colectiva.

Zelarayán es también un estudioso de los apodos a los que considera un género literario oral precioso. Los utiliza en sus novelas para dar nombre a los personajes y también teoriza sobre el género. El apodo es pariente de las coplas, los chistes y los cantitos de las manifestaciones. Es una creación de los sectores de menores ingresos y menos letrados. Y una de sus particularidades es no depender de la voluntad de su autor que existe aunque permanezca anónimo. Su eficacia depende de la aceptación de los otros, que se lo apropian y lo intervienen libremente. Los apodos, subraya Zelarayán, se graban como un tatuaje. Para el que lo recibe puede ser un regalo o una maldición. Pero aún en ese último caso el dueño del mote puede llegar a extrañarlo si por alguna razón los demás dejan de usarlo, como si lo abandonado fuera él mismo o algo que, mal que le pese, lo significa.

Zelarayán no descree de las particularidades que pueden compartir los habitantes de una región y sus textos abundan en gentilicios y en descripciones de modos de ser: “Estaban también dos morochos nuevos, muy sosegados, que sonreían siempre y decían lo justo. ¿Serían santiagueños?” . Pero frente a los usos empobrecedores y reificantes, utiliza los gentilicios para efectuar cruces tan insólitos como convincentes: “me acusan de ‘hacerme el Rulfo’, el gran escritor jujeño… ¡perdón!, mexicano”.

Zelarayán no está muy de acuerdo con lo que han señalado varios críticos acerca de la casi ausencia del yo poético en sus poemas y afirma que se puede ver bastante de su drama interno en poemas de amor como “Tal vez no importe tanto”, “Distancia” o en el que dice:

…y a veces un poco deslumbrados
nos vamos por ahí…tambaleantes.
Pero la cosa recomienza, y siempre volvemos
a ser lo que éramos.

Pero sin duda es la sonoridad, “el problema tímbrico”, el principio estructurante de su escritura más que la remisión a una subjetividad como núcleo. Lo decisivo es la cadencia poética que constituye, según sus palabras, una corriente que circula en el texto, un circuito al que no se le puede cambiar una palabra sin que se venga abajo, una tensión anclada en los sonidos de un idioma que casi inevitablemente se diluiría al llevarla a otro. También “el cholo Vallejo” se ha referido a esta dimensión que pone a los textos que tienen respiración poética al borde de la intraducibilidad. Para el autor de Trilce pueden trasladarse las ideas pero no “los grandes movimientos animales, los grandes números del alma, las oscuras nebulosas de la vida, que residen en un giro del lenguaje, en una tournure, en fin, en los imponderables del verbo
.”

Zelarayán fue asumiendo, a lo largo de su vida, diversos roles: aspirante a médico, corrector, redactor creativo, traductor, periodista, escritor para chicos, poeta. Reflejos de cada una de estas actividades pueden vislumbrase en la superficie de sus textos. Se reconoce la intención de darle lugar al azar y a lo inconsciente que convive con su inclinación a versionar, a mostrar la búsqueda misma y a cuestionar también de algún modo la hipóstasis de un texto definitivo e inmutable.

En sus escritos pueden encontrarse también los giros habituales que se utilizan para ganar la atención del interlocutor pero con un énfasis y un carácter contestatario de manifiesto: “¡Atención a los colados que pueden ser más importantes que los invitados!” . Es una apuesta por lo lúdico, lo gratuito, lo desinteresado y otros aspectos de la discursividad dejados de lado como sinsentidos desde un criterio racional y utilitario estrecho.

Expertos en quebrar las imposiciones de la necesidad, los niños ocupan un lugar clave en la poética zelarayiana: “A todos los chicos nos gusta caminar hacia atrás o con los ojos cerrados” De la propia infancia entrerriana del autor provienen imágenes vigorosas como la de la piel sísmica del caballo y escribirá además un libro “apto para todo público” en el que la voz cantante la tienen los objetos, un paraguas que se queja de vivir encerrado, por ejemplo.

Pero si bien Zelarayán afirmará que el fondo de la cosa está cerca del fondo de su casa de Paraná, no es el entrerriano el único paisaje que explora. Como dice el cubano Lezama Lima, cuando el hombre se vincula con el mundo exterior “precisa” un paisaje. El paisaje es la naturaleza puesta a la altura del hombre, una forma de dominio pero también de diálogo. Para el autor de Paradiso, el paisaje americano, la feracidad de su extensión, lo vuelven un espacio gnóstico, “que no es espacio mirado, sino el que busca los ojos del hombre como justificación”. Además, la potencia de ese espacio licua hasta la más poderosa pulsión mimética de lo europeo y “conversamos con él siquiera sea en el sueño”.

Zelarayán rechaza las operaciones aminorantes de la crítica: el “invento unitario” de la literatura regional, la reducción de todo escritor provinciano a un hombre de campo y la manía de ver en todo escritor argentino “un copión y un colonizado”. Y los paisajes que él explora, los del noroeste argentino sobre todo en donde el silencio se mide en leguas, no son un marco externo sino el espacio con la acústica adecuada para el sonido que busca su poesía.

“La Gran Salina” es el corazón blanco de esa geografía y de la poética zelarayiana:

“Habría que reemplazar la palabra misterio
(al menos por hoy, al menos por este
‘poema’)
por lo que yo siento cuando pienso en los
trenes de carga
que pasan de noche por la Gran Salina.”

Hay un eco macedoniano en este señalamiento del carácter intransferible de la sensación de inexplicable misterio “que siembra el tren” al atravesar la salada inmensidad. Como Zelarayán mismo lo ha señalado, más que su estilo es la filosofía de Macedonio Fernández y en particular su concepción del Ser y de la identidad personal las que han tenido un impacto perdurable en él. Se sabe que según la sugestiva teoría macedoniana todo lo que existe es el Ser o alma ayoica que no es sino el sentir actual mío pero en tanto “místico sentir de nadie”. Y esa marejada de sensaciones, sentimientos e imágenes en continuo, pleno y único flujo no fue causada ni depende de algo exterior u objetivo. En sintonía con esto, Zelarayán propondrá en las reflexiones paralelas a la elaboración de Lata peinada: “Sueño, pensamiento y acción, siempre juntos”.

Para nuestro autor la identidad es algo perdido y que se busca aún sin abandonar la sospecha de que quizás nunca existió. Como ante otras concepciones rígidas y aminorantes, frente a la cuestión de la identidad personal y colectiva, Zelarayán adquiere una actitud lúdicamente crítica. En un inédito libro de fragmentos en el que trabajaba a principios de 2000 anotó: “El ser: ‘Lo saludé y no era. A mí también a veces me saludan y no soy’”.



Tomado de: Zelarayán, compilado por Jorge Quiroga, Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2015.

28.2.17

Envejece un hombre, por Xi Chuan



Envejece un hombre –entre vista y elocuencia,
entre pepinos y hojas de té–
como humo que sube, como el descenso del agua. Se acerca la
oscuridad.
Dentro de ella hay cabello que encanece, la pérdida de los dientes.
Como una anécdota de los viejos tiempos
y como un extra en una obra de teatro. Envejece un hombre.

¡¿La cortina del otoño cae con un ruido sordo?!
El rocío está fresco. Sin embargo, perdura la música.
Él ve un ganso que se quedó atrás, un fuego extinguido,
un talento ordinario, una máquina inmóvil, un retrato incompleto,
cuando los amantes jóvenes salen a caminar, un hombre envejece
y las aves cambian de mirada.

Ha tenido suficientes experiencias como para juzgar lo bueno y lo malo,
pero disminuyen las oportunidades, como arena
que se escapa por entre los dedos, mientras se cierra una puerta.
Un hombre joven vive dentro de él;
su habla es el alma en el cuerpo,
y el viajero que él arrebata es un espantapájaros.

Algunos construyen casas, otros bordan y otros más apuestan.
El spiritus mundi sopla en el viento de la vida,
y sólo un anciano puede ver la destrucción que siembra.

Más voces se apiñan en sus oídos
igual que su cuerpo se ha de apiñar en un cajón de madera;
es el final de una secuencia de juegos:
esconde los éxitos y esconde los fracasos.
En los travesaños, en el hueco de un árbol, ha ido escondiendo
tiras de papel, cubiertas de frases sobre el amor y el dolor.

Para él, ya no es posible cosechar.
Para él, ser libre ya no es posible.
Envejece un hombre, y vuelve al instante de su juventud
antes de morir como un animal. Sus huesos
están lo suficientemente duros como para soportar la historia
y ser tallados con las irrelevantes amonestaciones de generaciones
venideras.



Traducción: Françoise Roy
Tomado de: Poesía china contemporánea. Abriendo alas hasta el infinito. Antología bilingüe, Leviatán, Buenos Aires, 2016.

23.2.17

El pastichacho de la calle Cabezón, por Pablo Ingberg


(fantasía sobre Néstor Sánchez inspirada en hechos irreales)


Vacía el mate de yerba reusada tras secarse al sol sobre un papel de diario. Vacía sobre el mismo diario escrito y sobrescrito de escrituras de tinta y yerba y sol secante. El mate lleno se ha vaciado y revaciado y escribió sobre lo escrito y escribió una y otra vez esa masa verdosa de manchas que nada significan pero algo dirán, un mapa explayado de un mate por dentro, vaciado. Mira las letras y las manchas en busca de un sentido no escrito, imposible de escribir pero tentado. Se deja deambular por esas escrituras superpuestas en busca irrenunciable de un sentido en fuga, que siempre se escapó, por más entrenamiento y ansia y combates y viajes. Aquiles ha dejado de pelear. Ulises ha dejado de viajar. Y sin embargo se mueve. La mancha verdosa se extiende todavía por un papel ya escrito y rescrito pero ávido aún de aguas o tintas porque el sol lo seca una y otra y otra vez. Incluso involuntaria es escritura. Es la escritura involuntaria que acomete todavía a diario. Un diario que se escribe y sobrescribe rescribiendo una escritura imposible aunque anhelada de toda anhelación desnihilizante. El mate vaciado de infelices ilusiones que mañana y mañana y mañana habrá de rellenarse de yerbas reusadas y por reusar.

Amorosamente, ceremoniosamente hace un bollo o rollo el papel, un sudario a la yerba escritora. Lo deposita como de costumbre, aunque como de costumbre rechazando lo costúmbrico del caso, en el tacho inexorable de basura. Se queda unos inmóviles minutos mirando esa tapa negra de tumba presagiante de descomposición. En los reflejos de luz irregular sobre la tapa se recuerda lejano trazando unos pasos de tango sobre un suelo ya escrito y aún por escribirse, aunque ahora la música agoniza en un cuarto lejano del recuerdo. Se recuerda lejano caminando y caminando y caminando lejos hacia todas partes adonde no se llega y donde siempre se está. En la tapa hay una tapa, negra, plástica, siempre una y la misma para ojos que no miran, pero para el que mira contra la costumbre en los reflejos de la luz hay movimiento. Y en ese movimiento hay movimientos y sonidos evocados, algo ya escrito y sobrescrito y sin embargo tal vez por escribirse: la posibilidad siempre latente de heroicizar en rito toda fuga concebible de la rutina radical nadificante. Entonces vuelve al fin hasta la pava siempre a mano, leal, la llena de agua corriente y común, la pone a calentar y mientras tanto llena una vez más el mate. Ahora toca yerba nueva.

02/03/2015

10.2.17

Esa última serenidad, por Milton Rodríguez



C A L L E

La calle murmura.
El polvo es
como un levantarse de brisas.

Las hojas
acostumbradas a tanto
se juntan en el cordón
empujando y mezclando arenas
semillas
pedazos de piel.

El vino se hace acuoso
al baldear
mezclado con rayos
y el ruido
de una persona
que llora.
     
Cincuenta metros
setecientas baldosas.

¿Será el tiempo
otra vez
arruinando el fracaso? 



S A N    N I C O L Á S

Un gato manso
me mira
con ojos estrellados.
Me sigue por el salón grande
hacia las mesas.

Me siento
y se endereza
apoyándose
en mi pierna.
Lo acaricio
y cuando dejo de hacerlo
me pide más
con la mirada.

Al no usar el lenguaje
pide afecto
de otro modo
quizás sin darse cuenta.

¿Adónde irás cuando seas polvo de hueso escalonado en la tierra?



L O B O S

Hay un hombre
un pedazo de fuego
que devora la madera.

El frente del edificio
se desmorona;
la gente empujada por los bomberos
y la manguera que pide espacio.

Humo azufrado
calentando con el reflejo.
Corridas entre pedazos de telas.

El cielo baja a las cenizas. 



N A V A R R O

En el viento del pueblo
ya ni la gente cree
en lo que se dice
en las historias
que siempre cuentan.

Violencia de tierra destajada.
Árboles apechugados
que caen
un zumbar de golondrina
que se pierde.



Y O G A

No soy más que uno en sí.
El mí mismo que trata
de meditar en el fondo del salón.

Se trata de hacer una asana
de un olvido de la conciencia
del cesar.

En la contienda de los pueblos
todavía hay gente que cree en la paz.

Cuando mucho se destroza
aparece un color naranja
un mantra
para ver si después del exterminio
Buda sigue sentado.



L A   C A S A   Q U E   F U E


¿ Dónde están las luces
los recuerdos
el libro de Enrique
del estante quebrado?

¿A qué silencio
se llevaron el tedio
los pedidos?

¿Qué pudo haber pasado
así
que por ir buscando su voz
en la hondura
la maldita sombra
terminó llorando?



P  A  R  E  J  A

Era la mudez que
de pronto
los dejó paralizados.

Cada uno recordando su historia
viviendo del pasado.
Ahora no hay nada.

Ni emoción
ni suavidad;
siquiera el brazo extendido
hacia el anhelo.

No quiere vivir su agonía.



E S E   L U G A R

El vino pregunta en la sombra
de la bodega.
En el estirado espacio que
llega hasta el fondo.

Entre tanto
la gente camina
y se mezclan
las estaciones del tinto.

El mosto lo había ayudado a crecer.

Antes
como el fantasma que va hilando por las hileras
desconociendo el destino que le podía llegar a tocar
si en la mesa del domingo
o sobre el mostrador del boliche
acompañando la pena.

Peregrinó de un lugar a otro
igual que su padre.


Es una mezcla de tiempos.  

1.2.17

Literatura de ensueños, por Sergio Rienzi

Sanguijuelas, hiedras venenosas, psiquiatras y otras enredaderas

Sobre Diario de sueños & prosas breves, de Santiago Armando (Ascasubi, 2016)

Sanguijuelas

Las cosas buenas simplemente fluyen, inspiran y te ponen en movimiento. Primera noción al respecto. Por eso me resulta tan fluido y tan ligero escribir sobre lo que escribió Santiago Armando en Diario de sueños. Me digo a mi mismo: lo único que tengo que hacer realmente, más que escribir al respecto, es traducir mis ideas, darles un ordenamiento lógico para que se entiendan, para que se luzcan y si logro hacer eso y que las ideas se luzcan y se ordenen con nitidez, el texto de Santiago Armando va a adquirir más luz, algo en lo que vengo trabajando estructuralmente en mis escritos, en mi cabeza, últimamente, el tema de la luz.

Entonces pienso a priori que debería empezar con las sanguijuelas. Wikipedia, que muchas veces miente, dice que las sanguijuelas son hirudíneos, una clase de filo anélido, conocidos popularmente como sanguijuelas. Las hay marinas, terrestres, arborícolas. Pero la gran mayoría son especies de agua dulce. Dice también que son capaces de tragarse una lombriz grande como ellos, gusanos, crustáceos, todo tipo de insectos, renacuajos. Y que son depredadores.

Sí, dice todo eso. Wikipedia habla del sistema nervioso de las sanguijuelas, tiene todo un apartado acerca del sistema nervioso, e inevitablemente me acuerdo de Hugo Savino y su insistencia al respecto de la escritura: hay que tener un sistema nervioso. Mejor dicho: es algo que se tiene o es algo que no se tiene. Las sanguijuelas lo tienen, por ejemplo, y uno muy desarrollado, porque la cabeza posee formaciones nerviosos y órganos sensoriales que alcanzan a la vista, al olfato y al tacto. Y un cuerpo tiene órganos, al carajo con la basura de Deleuze y Guattari sobre el cuerpo sin órganos. A todos les gusta repetir eso, porque queda muy lindo, especialmente en Puán, pero nadie se pone a cuestionarlo.

Creo en los cuerpos con órganos y creo en los escritores con sistema nervioso. El sistema nervioso de Santiago Armando me remite a las sanguijuelas. Pero me pregunto esto: ¿por qué asocio a Santiago Armando con las sanguijuelas? Es una pregunta válida. Porque son parecidos. Eso me disparó el primer sueño descrito en Diario de Sueños & prosas breves, en el que Armando declara: “Era cierto, beber la sangre de las personas que matamos con nuestras propias manos da una fuerza sobrehumana”.

Claro, ahí estaba. No es un pensamiento mágico, había una correlatividad, una pista, un algo. Las sanguijuelas aman la sangre. Son depredadores, ya lo dijo Wikipedia y ya lo sabemos por experiencias o documentales. La sangre puede llegar a ser una infusión vital extremadamente necesaria  para ciertas criaturas oscuras, vampiros, valquirias, sanguijuelas, algunos insectos y Santiago Armando.

A lo que iba. En Diario de Sueños corre sangre. Y si lo leés bien, detenidamente, saboreando cada palabra, cada frase, entrás de lleno desde el vamos en esa cadencia lenta de palabras, saliva y sangre. No hace falta predisponerse, no hace falta demasiado. Es abrir el libro y hacer la gran Laura Estrin que nunca falla, como si fuera la tercera ley de la termodinámica: “Te das cuenta que un libro es bueno cuando lo abrís aleatoriamente en cualquier parte, y si leés esa parte inconexa, aleatoria, y está bueno y está bien y flota, entonces el cuerpo entero que es el libro flota también. Obviamente, si no flota, es malo y el libro entero se hunde”. Seguro que la estoy citando mal a Estrin, pero solo la memoria se puede dar esos gustos. Abrís el libro de Santiago Armando y te metés de lleno en un universo lleno de universos paralelos e inconexos entre sí.

Hiedras venenosas y otras enredaderas

Los sueños a veces pueden ser pesadillas. Las pesadillas a veces hacen trueques impunes con los sueños. Estamos en el universo de Santiago Armando y él nos cuenta sus sueños y sus pesadillas, un universo de hiedras venenosas y enredaderas y mujeres como plantas carnívoras. Te tenés que acercar despacio, mirándolo todo alrededor, para no perderte de nada y sabiendo que en algún momento, en algún paso en falso, en algún intersticio vas a ser mordido por un elemento de ese mundo que nunca tiende a la entropía sino al caos.

Son sueños y pesadillas lúcidas, a contraluz, tenues algunas, de extrema nitidez otras. Son preciosas y detallistas y caprichosas y crueles a la vez. Duelen y abruman y si las leés con el detenimiento que se merecen, te van a doler y te van a abrumar como me pasó a mí al leerlas. Un consuelo: no se trata de pesadillas y de sueños amorfos, inventados: se trata de restos fósiles: de los desprendimientos genuinos de un cartapacio o una libreta de notas bien pegada al borde de la mesita de luz, ahí donde las cosas se desbordan o están por caer, y se deben caer, ahí está la libreta de sueños y pesadillas de Santiago Armando, cajita de Pandora es igual a cajita musical.

Psiquiatras, viva el fútbol

Sí, que viva el buen fútbol, la buena literatura como esta, y que se vayan a cagar todos los psiquiatras, que se mueran atragantados con sus propias teorías y en sus propios medicamentos que recetan para los laboratorios que les pagan por recetar y experimentar , eso parece exclamar el texto de Santiago Armando. Lo exclama y lo declama, en más de una ocasión.

Santiago Armando muestra en un sueño cómo asesina a su psiquiatra, o a varios de ellos, como si fueran un ejército o legión, no importa. En otro sueño, con otro psiquiatra, también aparece la fantasía del asesinato, del estrangulamiento, de que el psiquiatra quede atrapado en su lógica siempre tan racional y binaria. Lo mismo da. Su sed de venganza se ve aplacada sueño tras sueño cuando logra hacerles una maldad, sea cual sea. Ahí se aplaca la sed, al menos un rato, se compensa, se restablece un orden, se establece una especie de justicia cósmica pero a través de la justicia del escrito o del sueño, o del Diario de un sueño. Justicia por mano propia se llama esto, como en el sueño que escribe “Asesino de dos mundos” o en “Jaralambides” donde llega a un boliche en Moscú, todo oscuro y subterráneo en el que vendían absenta y termina pegándole a alguien en la boca con sus nudillos.

Nada de amnistías baratas, nada de sortilegios ni de alto el fuego ni de treguas. Nada de nada. Es una literatura no apta para impresionables o para lectores de verano. Me recorto un poco más: literatura hermosa, no apta. Literatura de viajes en el espacio-tiempo: de Moscú a Puerto Madero, de descampado a barrio cerrado, de camino del Buen Ayre a ningún lado, de Márquez Fondo de la Legua a Primera Junta o Cabildo,  de consultorio a cuarto oblicuo plegado para pesadilla ambulante de  bolsillo.

Literatura de ensueños. Inventario de pesadillas, listado de sueños. Cartografía lenta y sutil de mapas urbanos reales e imaginarios, de ciudades invisibles y personas vívidas. Santiago Armando nos deja señuelos y trampas tendidas por todas partes, para que nos caigamos con él, como él cayó en ellas. Y ahí cumple su venganza fina, sutil.


¿Cierre?

Un sueño se vive actualizando en el libro, por la forma en que Armando lo escribe. Como es el caso de “Sueño de anteanoche”. El sueño de anteanoche se duplica amorfo noche tras noche, hasta el infinito, en una secuencia que no podrá terminar jamás para el que agarre el libro. Siempre podés estar viviendo un sueño de anteanoche, pero en otra noche, en otro sueño. 

Lo primero que me pregunté cuando terminé de leer el libro, es si este libro daba un batacazo en la literatura argentina, si venía  a patear cierto tablero de ajedrez de lo establecido, del canon, o si se trataba solo de un libro-punta-de-iceberg. La respuesta apareció al segundo, como implícita: se trata de las dos cosas al mismo tiempo. Porque si un libro logra ponerte en movimiento, como lo logra Diario de Sueños solo lo hace a condición de que el escritor es el que ya fue puesto en movimiento, el que ya está en un movimiento inevitable y desconocido al que no puede ceder.

Hace un tiempo que vengo pensando que los genuinos y buenos escritores de verdad son los que logran desarrollar una especie de locura semicontrolada o casi controlada, que por momentos se interrumpe por intervalos, se desborda, como el cauce de un río, para después restituirse a cierta aparente normalidad. Pero la normalidad absoluta, la normalidad aburrida, es para los escritores de novelas. Se la podemos regalar a ellos y a ellas para siempre. Y le seguiremos haciendo un gran favor al mundo.

No se puede escribir bien si no se está un poco loco, y Santiago Armando sabe que esto es verdad y más que nadie puede dar fe. Santiago Armando es un original, no es una réplica, y acaba de demostrarlo.

Armando dejó abrir el grifo del inconsciente, levantó las inhibiciones y la tranquera de los sueños y las pesadillas y en esa canilla abierta emanó agua dulce mezclada con agua de mar y con sangre. Abrió sus pasos fronterizos y ahí nos muestra la clandestinidad de sus fantasmas, de sus coartadas, de sus móviles, sus plantas exóticas y flores de ensueño, su fútbol, sus psiquiatras cinematográficos, sus mujeres, de Verónica a Laura, y la tranquera del pasado en el que dejó pastando las cosas y las moscas.

Barricadas, empalizadas, puertas sin salida, encrucijadas, picaportes falsos, dobles, personas conocidas que en los sueños son perfectos desconocidos, contornos, perfiles a contraluz, todos en un tren fantasma proveniente de las tierras oscuras del inconsciente de Armando. Habrá que aventurarse y dejarse arrastrar por los sedimentos de estos sueños y pesadillas y ver dónde desembocan. Todo parece indicar que Santiago Armando va a misa. Pero no sé si eso será suficiente para algo. Esto no debería terminar así, y sin embargo sí.