17.11.17

En resumidas cuentas, por Pablo Ingberg



 Anagnórisis

Como en sueño, madre de sus hijos, de ventana a ventana camina.
Afuera la llovizna y la neblina son de un mismo color inmaterial.
Coincidiendo, en la luz del cristal, transparencia y reflejo,
un trazo bastaría para atravesarlo, pero ella
habla como en sueño. Qué color el del aire que atraviesa mi voz.
Conjugar, dice, el sueño: soñar, esa imagen adelante,
si yo fuera el soñado, si hubiera tercero sin tres,
éter terciando entre dos, yo, una sentencia en el aire, y ella,
como un sueño, cuando hablo, lluvia o niebla (la calle brillaba)
conviviendo.
Dos cuerpos no podrían ocupar el mismo espacio, pero dos palabras
pueden ocupar el mismo aire, fundirse, rodear dos cuerpos
con el mismo aire, y siempre habrá dos sueños. Entretanto
ella, en mi sueño, quiere decirme somos uno. Qué diría en el suyo
si tuviera la palabra. Nunca supe quién hablaba. Madre
o mujer, alfombra, falda del reposo. Era yo
quien caminaba de rodillas por la alfombra de diamantes. ¿No ves
el placer de mis lágrimas, la lluvia
y el sopor de la niebla?

(de Camino a Damasco, 1995)


 Otro recuerdo en que posar los ojos

Y el cuerpo en llamas caía y caía
En el aire sin ningún asidero
Donde la tierra es una meta
Distante que se acerca
Indeseada en esa forma de atracción
La gravedad
Que apagará la llama
Y las otras imágenes que afluyen
Son aire en el aire
Sin ningún asidero

(de Nadie atiende los llamados, 2010)


 Epifanía

En el final del túnel siempre hay luz:
hay que clavar los ojos en el centro
de la tiniebla con fervor creyente
y a la larga a lo lejos va a aflorar un fulgor
como refulge en toda ruta un espejismo


 Arte poética

Más vale un pájaro volando
que cien en mano

(de Conjuraciones, inédito)


Perdido en el nevado, por Francisco Garamona


QUÉ GANAS DE ESTAR CON UN PARIENTE
verlo llegar caminando en el pasto.
El cielo se pone claro, las nubes parecen barcos.
Qué lindo oírlo contar las mismas cosas,
doble corazón luminoso, doble penacho.
Cuando oscurece se prende la luz del rancho,
y es el pariente que busca lo que ha dejado.
Están sus ojos brillantes, mira a lo lejos.
Él también quiere que lo acompañen.


EL SOLDADO CARRASCO TOMA CERVEZA
con su novia muerta y las puertas
del cielo se entrecierran para otorgarle
cierta intimidad a esa cita.
La espuma de los vasos se derrama,
los labios de la novia son azules,
claro, está muerta.
Carrasco le cabecea al mozo y pide otra
y el mozo la trae prestamente.
En una mesa cercana dos esqueletos
chamuyan de pavadas y alardean.
El mozo pasa un trapo por la barra
y ya otra vez la cerveza está escaseando.
¡Hace calor!
La novia se recuesta sobre uno de sus brazos.
Carrasco está embolado,
piensa en cuando fue soldado,
piensa en su féretro.
El mozo hace un ademán
y saluda a unos muchachos recién llegados:
“Éstos están fresquitos”, dice,
y mientras saca brillo a unos vasos
silba una melodía pegajosa que se queda en el aire
flotando, unos segundos.


TE PUSISTE
oscurito
amiguito,
(te pusiste
oscureli
amigueli)
te ocultaste
del cedro
y fuiste
hacia
la roca,
mirando
por la
ventana,
triste.


QUÉ TRISTE LA VIDA DEL TRISTE,
qué tonta la vida del tonto,
qué simple la vida del simple,
qué parca la vida del parco,
qué sola la vida del solo,
y qué huraña la naturaleza
(entre la maleza pasa reptando una yarará,
y su estructura se consume
en el animal que pronto va a picar).


Tomado de: Francisco Garamona , Perdido en el nevado, México, Juan malasuerte, 2017.-

30.10.17

Filtraciones internas, por Gustavo Calandra



El infiltrado suele ser una figura traicionera. Desde un principio miente y, de alguna manera, se inmola, pues mancha su alma vilmente para convertirse en el instrumento con el cual su grupo puede vulnerar al rival, al otro.
  Últimamente se ha hablado mucho de gente que se hace pasar por lo que no es, SEMBRANDO paranoia y en algunos casos recogiendo una cosecha de estereotipos negativos.
  En este caso: los encapuchados.
  Es el arquetipo de manifestante que más cómodo le queda al infiltrado, pues en primer lugar le evita mostrar su cara.
  Y obvio que esa estética se asocia con el sector más bravo de una manifestación.  Siempre la capucha y el pañuelo están presentes en los disturbios de todo el mundo y siempre, siempre…
SIEMPRE SON LXS QUE ESTÁN DE NUESTRO LADO
  Es un viernes a la noche.
  ¿Dónde está Santiago Maldonado?
  Está acá, en la morgue.  En Junín y Córdoba.
  Poco a poco la gente se asoma. A medianoche no llegamos a doscientas personas. Un santuario de fotos y velas. Tristeza colectiva. Cánticos reclamando justicia y renuncias (no “que se vayan todos”, esa la quisimos cantar pero no prendió, se ve que trae reminiscencias del 2001) y muchas promesas de solidaridad entre la gente.
  Otros grupos deciden, movidos vaya a saber por qué resorte o mecanismo, desplazarse a la Plaza de Mayo. Tanto preguntarnos…
  Está acá. El duelo más doloroso de elaborar.
SIEMPRE SON LXS QUE ESTÁN DE NUESTRO LADO
  En algún momento aparece un puñado de adolescentes de entre 15 y 16 años, muchxs de ellxs participan de la coordinadora que nuclea a los centros de estudiantes de colegios secundarios de la capital. Su look: visten de negro, usan piercing, cortes exóticos bajo la capucha.
  Generan desconfianza las banderas con la A y la del pueblo mapuche.
  Y de golpe toda esa gente conmovida se vuelve hostil.
  Toda esa gente que pide recato y no reacciona ante diversas provocaciones de vecinos, automovilistas y hasta de policías que escuchan cumbia entre risas.
  Esa gente que si la yuta no corta la calle no se anima ni a poner bolsas de basura para hacerlo. Esa gente que incómoda aún tolera que un borracho que nada entiende se siente obstaculizando y diciendo pavadas en la puerta del edificio donde están haciendo la autopsia, sin siquiera tener el coraje de solicitarle que vaya a tomar vino a otro lado. Esa misma gente que seguro prefiere creerle al bufón de midachi que luego los traicionaría y no a las nuevas generaciones que un viernes a la noche se hacen presentes para expresar sus convicciones, se compartan o no.
  Necesitará muy poco esa masa para torcer su discurso “pacifista” en violencia verbal.
  Bastará que un chico grite que Santiago es anarquista.
  Hostigamiento. Amedrentamiento. La turba rodea lxs jóvenes y lxs acusa de venir a hacer quilombo, de ser servicios, de ser policías...
  SIEMPRE SON LXS QUE ESTÁN DE NUESTRO LADO
Afrenta dolorosa para un guacho rebelde que te etiqueten de ortiba. ¿Qué onda? ¿Todavía no aprendiste a discernir? ¿Y si mañana se despierta y se hace ortiba de verdad? Porque lo están matando injustamente. Acordate de La naranja mecánica.
  Este cronista que hacía horas compartía la calle con aquél grupo heterogéneo de ciudadanos no puede entender qué razonamiento los motoriza a pensar con las mismas herramientas del enemigo.
  ¿Quiénes son los infiltrados?
  SIEMPRE SON LXS QUE ESTÁN DE NUESTRO LADO
  ¿Realmente piensan que esos chicxs son infiltradxs o policías a los 15 años? ¿O es que ese grupo que ahora intenta pasar a la acción pertenece al típico burgués aggiornado que no está tan dispuesto a arriesgarlo todo? ¿Molesta, genera celos, envidia, el coraje ajeno?
  También se me ocurre que el adoctrinamiento religioso propone convidar la otra mejilla antes que descender a un estadio de barbarie e igualarse con el violento.
  Y sin embargo, ahora se contradicen y son más que violentos y obligan a los anarquistas a replegarse en la esquina. Los insultos redoblan.
  Ese ciudadano clase media con pretensiones de activista quiere agredir a un eventual compañero.
  Trato de frenarlos. Mi cercanía ideológica y espiritual con esxs chicxs, me compromete a hablar con ellxs y pedirles que no les den argumentos a todos esos tarados que, cuesta entenderlo, después de haber compartido horas previas tan tristes, ahora buscan al enemigo interno
  SIEMPRE SON LXS QUE ESTÁN DE NUESTRO LADO
  A la gente débil o con menos herramientas intelectuales y menos recorrido militante, los dispositivos de coerción se les adhieren como un chip. Esto no les permite decodificar las señales para reconocer común a quien tienen al lado.
  Esto no les permite entonces formar comunidad.
  Esto no nos permite pensar en una Revolución total del Pueblo.
  Silvio Astier sigue traicionando al Rengo, su único y legítimo amigo criollo.
  Error de códigos.
  Debemos imaginar otro tipo de organización social que neutralice a tibios y egoístas, con los cuales parece que no hay comunión posible.
  Y hasta acá llego, pues espero una cantidad de lectores heterogéneos y como dice el tango: “No me gusta avivar giles que después se vuelven contra”.




13.10.17

Producto interno bruto, por Ismael Velázquez Juárez



PALOMAS Y DINAMITA



la vida es ciega
tira y tira
del pelo
que no eres
su mano inquieta se posa
y te rasca un pie
o aplasta de golpe a tus gallinas
abre y cierra sus fauces
y se va
por la víscera del cielo
por la ventana negra del día
se va


ciudades bajo la lluvia
suicidas a galope
todo eso está bien
para los poemas
pero yo no estoy bien
para ningún poema
hablemos de eso
de la vida larga y fría
de su costal de ubres oxidadas
de que estoy quieto y mudo
de que tengo un martillo
en cada mano
y espero
hablemos de que no hay tregua
ni nada
hablemos de eso


OXIDACIONES


soy un hotel
con una mujer sola
mirando borracha la televisión
soy la parte más oscura
de un zoológico vacío
instalándose poco a poco
dentro de ti
soy la sombra filosa
del ciclista
no me preguntes nunca
hacia dónde voy


agujero helado
te verías muy solo
sentado en calzoncillos
en ese sillón que es
como un agujero helado
en la memoria
intentando convencerte
a ti mismo
de que tu mano izquierda
es una solterona amable
que se ocupa de ti
y le pone nombre
a tus estornudos
te verías muy solo
sentado así
a la espera de una
familia de canguros
que pudiera amarte
sin hablar
tratando de subirte
por el pecho
un cierre
que sabes bien
no termina nunca


COMBUSTIBLES


emborráchate
divierte al perro
duerme siempre
más de la cuenta
no eres más
que un hombre


todas las canciones
tratan de una sola
y misma cosa:
cantar mientras
todo termina


HUESOS


maneras en las que mi madre no me golpeaba

huía
y no regresaba
hasta que ella iba
y me atraía
con un dulce y un arma
reventaba a los animales
a palos
y ella
me daba leche tibia
de sus senos
destrozaba los muebles
y mordía las flores
de sus maceteros
y ella
lavaba mis manos
y mi ropa
me dejaba rezar
pegado a sus muslos
antes de dormir
luego
decidía
no golpearme


Tomado de: Ismael Velázquez Juárez, Producto interno bruto, La Carretilla Roja, 2017.

3.10.17

El arte, por Santiago Erausquin


“Arte es todo lo que los hombres llaman arte”
José Jiménez, Teoría del arte. Tecnos, Madrid, 2002.

Lo que me llevó a dedicarme al arte, tanto en su dimensión práctica como teórica, fue un proceso complejo, tan difícil de determinar como el término mismo.
Que el arte no es lo que supuestamente es lo aprendí con mi abuela cuando me llevó al centro a ver una obra de teatro al General San Martín. Creo que fue la primera vez que fui al teatro de verdad, porque intuía que las representaciones que se hacían en el jardín de infantes o en los actos escolares eran simulacros de simulacros, copias de otras copias que sonaban a pretensión, a falso o sustitución. Sentía lo mismo que al encontrarme con el Hombre Araña en un cumpleaños o al observar los personajes de Disney pintados en la calesita de la plaza. Sin embargo debo reconocer que las funciones esas me entretenían con locura y las disfrutaba de principio a fin. Es más: solía aplaudirlas con una euforia desbordante y la señorita me tenía que pedir que me calmara. La obra que íbamos a ver era un sainete español aclamado por la crítica y con reconocidos actores de la época. Entre ellos estaba un galán que ya había protagonizado varias telenovelas y unas cuantas películas. Yo tendría ocho años y mi hermano mayor, que estaba enfermo, no pudo ir. Antes de salir, mi mamá y mi abuela conversaban en la cocina. En un momento escuché que mi mamá dijo “Vayan a ver esa obra de arte”. Así que desde el vamos supe que veríamos una obra de arte y esa frase, que pareció haberse dicho con letras mayúsculas, determinó por un tiempo qué era una obra de arte.
Estuve de la mano de mi abuela todo el tiempo. No nos separamos nunca; ni cuando caminamos hasta la estación ni cuando tomamos el tren. Mi abuela era muy conversadora. Hablaba conmigo, con los vecinos que aparecían en el camino, con el boletero y con cualquier pasajero que estuviera cerca. No repetía siempre lo mismo, abría distintos tipos de diálogos que de alguna manera resultaban interesantes aunque prolongados para mi capacidad de atención. Para lograr que terminara y se despidiera le tironeaba del abrigo o de la cartera colgándome literalmente de ella. Y a ella le causaba gracia mi fastidio.
Hablaba de cualquier cosa. Un libro, una película o un programa en la radio bastaban para el inicio. Pero su tema favorito eran los familiares, sus destinos y estados de salud. Nunca dejaba de comentar las características que tenían la última vez que los había visto. En este sentido, el familiar favorito para su conversación era su propio hermano, un reconocido escenógrafo a quien ella admiraba mucho. El escenógrafo, que ya había fallecido, ocupaba el noventa y cinco por ciento de sus charlas. Y como había sido un escenógrafo socialista, que había vivido en distintos países y que además había dado importantes clases, todo respecto a él sonaba fantástico, heroico e irrepetible. De hecho, la obra de arte que íbamos a ver tenía el diseño escenográfico, el vestuario y la puesta de luces realizadas por él, antes de morir, claro. Y por eso mi abuela la había elegido.
Llegamos al teatro ansiosos, excitados y muy sobre la hora. El hall era enorme, moderno, muy distinto a los que imaginaba a partir de lo que veía en la tele. Nada de cortinados bordó, candelabros de plata o arabescos dorados. Todo era geométrico, de vidrio o de mármol. En una ventanilla lateral sacamos las entradas como si fuésemos a viajar en avión y fuimos a tomar un ascensor.
Me encantó el ascensor. Era plateado, enorme y lo manejaba un empleado muy bien vestido. Que íbamos a ver algo importante tenía que ver con ese ascensor. Estaba clarísimo. Nos elevamos, subimos, ascendimos a un piso que evidentemente estaba más allá del mundo terrenal. Un vértigo me hizo sentir el ombligo a la altura de la nariz. El arte, fue mi primera deducción, era algo que no tiene que ver con el mundo común. Mi abuela confirmaba mi intuición con su sonrisa y la mirada clavada en los números luminosos que indicaron, cuando se detuvo, el piso dos.
Pero al salir del ascensor se quedó helada en el vestíbulo al reconocer en las paredes una exposición completísima de los dibujos y acuarelas que su hermano había realizado para esa y otras tantas obras de teatro. “¿Y ésto?” balbuceó. Yo miré su cara de asombro, su boca entre abierta y sus ojitos que no podían creer tremendo homenaje a su hermano. Pensé que me iba a soltar, pero nada que ver. Por el contrario, apretó aún con más fuerza mi mano como si fuese lo único que la anclaba a la realidad. Se puso los anteojos. Ella solía decirme que tenía tres pares de anteojos: “uno para ver de cerca, otro para ver de lejos y finalmente uno para encontrar los otros dos”. Pero esta vez no dijo nada. Estaba en otra. Mientras los últimos de la fila entraban a la sala, nos pusimos a ver uno por uno los papeles prolijamente enmarcados en la pared. Eran cuadritos que mostraban el diseño del vestuario de un polichinela, de un posadero, de un hada del bosque o de un campesino. Había de todo. Parecían expuestos como los muñequitos que venían adentro de unos chocolatines. En la página de una revista infantil que comprábamos en casa la propaganda publicaba toda la colección, y se formaba así un mundo ideal, maravilloso y coherente. Esto era igual. Un bombero antiguo, un doctor, unos niños que eran “del Tirol” según mi abuela. Un carro lechero, un vagón de tren y hasta una jirafa. Todos estaban realizados con lápiz negro e iluminados con vivos colores. Se indicaban medidas, costuras, hebillas, calzados y otros accesorios como moños para peinados, gorros y sombreros.
“Señora, ¿van a entrar?” preguntó un muchacho de bigotes vestido como un mozo que estaba a punto de cerrar la cortina que daba a la sala. Mi abuela no respondió. Siguió absorta y sonriente con el rostro pegado a los dibujos. A lo lejos una voz grabada de mujer decía claramente y con un énfasis exagerado “El Teatro General San Martín les da la bienvenida…”
Mi abuela ignoró la obra de teatro y como si nunca hubiese existido el plan de verla se quedó en el vestíbulo pasando por todo lo exhibía la exposición. Yo me quedé a su lado, pero sentía la mirada distraída y distante del muchacho bigotudo.
Además de los dibujos vimos mil cosas más: los planos de escenarios, diseños de bambalinas, cortinados y hasta programas de las obras. En una vitrina habían puesto tres maquetas de cartón y madera con las escenografías en miniatura. Eran una fantasía total. Mi abuela me contaba y explicaba detalles. “Este escenario era giratorio”; “Por esta trampa entraba el actor volando”. Todo era obsesivo, detallado y minucioso. Entre sus explicaciones los aplausos se escuchaban a lo lejos. Parecían celebrar sus comentarios.
En un sector habían puesto su biografía. Mi abuela la examinó como si estuviera ante una radiografía. Al fin se puso contenta y señalando una oración exclamó “¡Acá estoy yo, acá estoy yo!”
La frase decía “1916: Nace en Buenos Aires y es el mayor de tres hermanos.”
En unos paneles pegaron unos textos escritos a máquina. “A ver… Éstas deben ser sus conferencias” y ahí mi abuela se demoró un buen rato. Se leyó todo. “Son todos dramaturgos rusos” dijo. Y después fuimos a ver varios maniquíes con el vestuario original de una obra que tenía que ver con reinas y princesas, porque eran vestidos acampanados, pasteles, con tules transparentes y diamantes pegados. Mi abuela los examinaba como si se los fuera a comprar. Medía la calidad de la tela tocándola con energía o llevándosela a la mejilla. Yo me detuve en el de un príncipe. El traje era muy parecido a los uniformes de los héroes de la patria que aparecían en mi libro de lecturas. Pero éste tenía más brillo, más oro y firulete. “Debe ser la ropa que usaron para hacer de San Martín” deduje por el lugar en el que estábamos.
Finalmente mi abuela suspiró. Se dirigió despacito al centro del vestíbulo y se quedó parada ahí. Se acomodó el abrigo, los anteojos y miró todo por última vez como si estuviera sacando una foto. Me dijo que nos teníamos que ir. “¿Podemos ir en ascensor?” pregunté. Sonrió.
Fuimos a la confitería de la esquina. Pidió un café con leche para cada uno y compartimos un tostado. Veía a mi abuela contenta y eso me animaba. De la obra que no vimos no se habló. Charlamos de otras cosas, como de los paisajes de España y los planetas pero, no sé cómo, terminamos hablando de su hermano. El mozo que nos atendió parecía ser familiar del que estaba en la sala apurándonos a pasar. Tenía la misma ropa. Se lo comenté a mi abuela y lo miró sin disimulo cuando atendía otra mesa. “Me parece que es el mismo” me dijo. Volví a mirar. Sí, mi abuela tenía razón: seguro que era el mismo. Cuando terminaba allá debía ir a trabajar al bar.

***

A la noche mi hermano estaba mejor. Mi abuela le había comprado unas historietas y después de cenar todos juntos se fue a su casa. Me puse el piyama y me metí en mi cama, que estaba ubicada formando un ángulo con la de mi hermano. Él también se acostó y apagó la luz. Antes de dormirnos me preguntó de qué se trataba la obra que habíamos visto.
“No sé” dije. “Vimos otra cosa”
“¿Qué cosa?”
Recordé lo que se había hablado antes de salir, el éxtasis en el que había caído mi abuela y las fantasías realizadas por su hermano.
“La obra de arte” dije con determinación.
Pero la certeza duró poco. La siguiente turbación la tuve unos meses después, cuando mi mamá y mi tía, la que vivía en Bahía Blanca, reconocieron en la tele al actor que protagonizaba la obra de teatro que deberíamos haber visto en el teatro con mi abuela. El actor aparecía seductor, fumando y apoyado en una súper moto. Tenía puestas unas botas negras y su camiseta musculosa dejaba ver su físico trabajado. Sin notar mi presencia ni la de mi hermano que tomábamos la leche, las dos pusieron la misma cara que mi abuela frente a los dibujos de su hermano y dejaron salir, casi al unísono, una frase que me interpelaría buena parte de mi vida: “¡Ay, nena, por Dios! ¡Qué obra de arte!”
Buenos Aires, 2016




Tomado de:  Santiago Erausquin. Paisaje y otros relatos. Editorial Cencerro / Ascasubi, 2016.

20.9.17

Cuchillo Savino, por Sergio Rienzi


1/ Relación Fantasmagórica a distancia

El pasado es una habitación olvidada llena de bártulos, trastos, personas y fantasmas.

Si abrís una puerta y te metés adentro, te empezás a golpear con esas cosas, y si tratás de adentrarte, se te van incrustando en el cuerpo, hasta dejar marcas.

Savino anduvo merodeando el pasado y lo transformó en otra cosa: una especie de presente continuo del pasado a través del tamiz de La mañana sol de limón. Pero ese mismo tamiz por el que pasó varias cosas, no opera como reducto, sino como un artefacto que es como tener en la mano algo más que un libro: un cubo mágico que hay que ponerse a girar combinando los colores hasta que encastre. El problema con el libro de Savino es que no encastra en ningún lado.

Bendita palabra y maldita a la vez: porque el resultado de eso es algo mágico, una anomalía, una singularidad en el espacio-tiempo de nuestra época.

El pasado y sus bártulos. Están ahí, ya estaban, pero no estaban hasta que te ponés a hacer las nomenclaturas, y hay cosas que se inventan en esos inventarios infinitos. Hacer eso es salir de una reclusión, es sacar al pasado y ponerlo en órbita presente continuo, una órbita que es un dialecto más que un lenguaje.

Einstein negaba que las partículas separadas pudieran estar tan conectadas y entrelazadas que, al medir una partícula, la otra se viera influida al instante, independientemente de la distancia. Formuló en base a esto dos ideas. Una, la famosa frase que es axioma de esto: que Dios no podía haber jugado a los dados con el universo. La segunda, es que la teoría cuántica necesitaba una Relación Fantasmagórica a distancia para funcionar.

Años más tarde, experimentos como el gato de Shrodinger vivo y muerto a la vez antes de abrir la caja, o el patrón de interferencia entre electrones y partículas, que implica que una partícula puede estar en dos lugares al mismo tiempo, desmitificarían las hipótesis de Einstein.

Savino y sus bártulos a la distancia. Savino que hace años que articuló su éxodo sutil de guantes blancos ensuciados por desalojos y mudanzas. Savino nunca dejó de estar en Barracas, en Avellaneda, en el Café Turin de Boedo, en Buenos Aires. Savino está y no está al mismo tiempo.

La mañana sol de limón es un artefacto para viajar en el espacio-tiempo, y es un experimento tan lúcido como luminoso, que no se puede mirar de frente por las refracciones.

Savino también anduvo aplicando su física de correspondencia con fantasmas. Su edad se lo permite. Pero mientras otros escritores con experiencia (la mayoría de ellos) se envuelve en un manto de piedad parecido a la nostalgia y la melancolía, pedorreos de los que no pueden desembarazarse, Savino esquiva el bulto poniendo  este terrible manifiesto arriba de la mesa, lleno de luz diurna, calles, colores, que es este libro.

Apropiarse – Desprecisar – Desvalijarse, como dice Savino en su ensayo sobre Marina Tsvetáieva, del Cuaderno 14. Habrá que desvalijarse, a través de los dialectos de La Mañana sol de limón y las incrustaciones del pasado como forma de desvalijarse, de desalojarse: no como si escribiera con melancolías berretas algún escritor prefabricado con ganas de mostrar su experiencia de vida desde la edad madura.

Este libro de Savino es la historia de un éxodo contado en modo desalojo. Ninguna parafernalia  literaria, nada de adornos sintácticos ni rellenos. Eso a secas. Pocos adjetivos. Mucho verbo. Cambiar de piel y mandarse a mudar: eso es desalojo en el dialecto Mañana sol de limón.

Así de crudo como un viejo jazz, o como el viento blizzard.

2/ Dialectos y cuchillos

El cuchillo de bolsillo del lenguaje Savino. Todavía nos lo estamos tratando de sacar por alguno de los dos flancos, izquierdo o derecho, ahí entre el estómago y las costillas.

Como suele decirse, pero muy mal aplicado al caso: el cadáver todavía está fresco. Digo, con esta cosa morbosa de casi mal gusto: el cadáver de nosotros todavía está fresco. Terminamos de leer el libro y todavía no sabemos bien qué es lo que nos pasó por encima: nos queremos sacar el cuchillo que nos clavó La mañana sol de limón pero hacer esto resulta una operación tan ingenua como prematura e inútil. Habría que haber consultado con algún especialista, haber ido a algún hospital. Hubiera sido mejor que otro nos ayudara a sacarlo. Un clavo saca otro clavo, pero un cuchillo no saca otro cuchillo. No. Menos cuando no abundan los libros-cuchillos.

El libro-cuchillo es un artefacto letal, único, casi una anomalía en nuestros tiempos. Savino no tiene la culpa de haber escrito un libro-cuchillo. Ahora el elemento punzante lo llevamos adentro.

Como le gusta decir a él o no puede evitar poner de otro modo, se nos incrustó. Con suerte, quedará incrustado. Y esa herida sangrará a borbotones si intentamos quitarnos el cuchillo clavado de golpe. Mejor dejarlo ahí, que habite las entrañas, que se haga amigo del vientre, que habite la piel y se mimetice, que haga una especie de fotosíntesis post epidermis, un cuchillo subcutáneo para siempre, un libro-cuchillo bisagra.

Cuchillo-Savino cortó y se metió en las profundidades oscuras. Sí, con La Mañana sol de limón solapadamente, con el sol del mediodía en cuclillas, tan justiciero el sol que no pareciera que.

Y a plena luz del día cometió el crimen, entre cafés  de Barracas y Avellaneda, entre el hoyuelo de Lola y su libreta de notas clandestina, entre un canto de teros que no deberían haber cantado jamás, y tilos que no deberían emanar tanto perfume a tilo. Ahí, a plena luz del día, como salido de un poema-Mastronardi, Savino inventó lo que siempre estuvo ahí pero no estaba: La mañana sol de limón.

Y ahora que nos clavó ese cuchillazo, el lenguaje de él se transformó en dialecto.

¿Justicia cósmica?

No lo creo. Eso es para poetas pulcros. No me hagas reír, me digo.

Sí, Barracas; Sí, Avellaneda. Sí a todo eso, estamos de acuerdo. Lo que no se anda diciendo del todo porque no está inventado: es que el lenguaje de Savino es un dialecto, arista que se termina de poner de manifiesto y catalizar del todo este último golpe de Cuchillo-Savino.

Ese es el cuchillo que nadie vio venir. Todo ese dialecto codificado entre las ensoñaciones de una libreta de notas o de varias.

El viejo Pacheco, con toda su fama y reputación, tampoco vio venir a Velázquez en ninguna de las dos vías: ni como el pintor más grande de su tiempo, ni como su yerno.

De todas maneras, lo acogió en su estudio, y le enseño a Velázquez su axioma máximo, su gran poder, resumido en estas palabras: “la imagen debe salir del cuadro, de adentro del cuadro, no a la inversa”.

Eso ya era una revolución Copernicana. La imagen saliendo del cuadro. Quién lo hubiera pensado antes. Velázquez llevó eso al extremo. En Las Meninas se ve un ejemplo de esto.

Pero detrás de esas miradas cruzadas, intervenidas, detrás de ese juego macabro y dulce a la vez de espejos, de dobles, de pliegues, de contornos a punto de desmoronarse, siempre la imagen da la sensación de estar hablando desde las oscuridades y los infiernos más íntimos y profundos de ella misma. No siendo ventrílocuo del afuera.

Lo mismo sucede cuando uno termina de leer La mañana sol de limón. Insolencia ponerle el verbo terminar, a ese camino de ida.

3/Pasaje Ensoñación

La mañana sol de limón es un cuadro pintado desde dentro de la mañana. Como si fuera algo nacido, creado y escrito, desde la mañana, para la mañana de Savino y su pasado en presente continuo. Las ensoñaciones del libro, me generan lo mismo que me produce ver el cuadro de Velázquez: las escenas naciendo del libro, pero anteriores a la concepción y la escritura del mismo: como si todo el entramado de ensoñaciones hubieran atravesado la línea del tiempo y capturado la mano de Hugo para tomarla de rehén hasta que terminara de escribir ese toco. Como dice él, ese toco del pasado.

Pero es en sus libretas de notas en donde se fue armando el entramado de la tríada: ensoñación- libreta-dialecto.

El resultado de la traída no es una fantasmagoría o un caminante triste hablando sobre ciudades y lugares perdidos al estilo Modiano: no. El resultado de la tríada es el cuchillo-Savino.

Como los boxeadores, que se ganan un apodo en alguna pelea legendaria, o en los Westerns, que épicamente sucede algo análogo, en La mañana sol de limón Savino nos logra incrustar su cuchillo a través. Yo no soy quién para ponerle un apodo a alguien. Pero no puedo evitar sentirlo de otra manera. Cuchillo-Savino entró por la puerta de atrás, por el backyard, como un ladrón en la noche: un ladrón que con su dialecto propio se apropió de todo un lenguaje, y de su pasado.

Un ladrón que a fuerza de ensoñaciones recuperó su pasado y lo transformó en un dialecto presente continuo.

Recuerdo bien la primera vez que leí Viento del noroeste. La lectura de aquel libro fue de una violencia extrema, como si fuera una extensión de la naturaleza, un alud, una avalancha, cargada de venganza fina y locuaz.

Pero lo de La mañana sol de limón ya no tiene ese gusto a venganza. Al contrario, la superación es producto de que el sabor agridulce que deja es el de la redención, una redención que sucede a plena luz del día: esa hora sublime en donde pasan las cosas más invisibles y rutinarias, entre las ocho de la mañana y las doce y media del mediodía.

Gaston Bachelard tiene todo un tratado sobre ensoñaciones, pero Savino y su cubo mágico tampoco encajan ahí. Estuve buscándolo, releyéndolo, para demostrarme que me equivocaba, que sí podía hacerlo encajar, pero no funcionó. No encaja. Me dije que es en vano hacer encajar en teorías literarias, en críticos, en filósofos de reputación erigida, a algo/alguien que no puede encajar.

Me dije: hay que dejarlo solo en esa cavidad, solo como él hubiera querido quedarse.

Porque La mañana sol de limón es una escritura sin guiones ni montajes: puro paisaje de ensoñación, pura incrustación de lo real en el cuerpo y en el tamiz del lenguaje haciendo devenir dialecto. Deseo puro de lecturas y escritura, de trayectos, de coordenadas, de logística de libros clandestinos transportados debajo del sobaco, como se debe y como le gusta a él.

Entre las coordenadas sutiles que nos desglosa Savino, se encuentran Florentino Ameghino, Palaá, Sarandí, el jazz de Sunny Murray, o el anhelo de algún pasaje de Mastronardi: deseo de deseo yéndose del pasado al presente, contado por intervalos, por frases cortas, un fraseo de fragmentos interrumpidos por otros fragmentos, pedacitos de pedacitos, miguitas de pan para palomas de barrio, detritus sutil en un espacio sideral imposible de recorrer.

A simple vista, algunos de esos fragmentos parecen anotaciones en servilletas de papel de bares, de cafeterías pasajeras o habitúes algunas veces, esas servilletitas buenas para nada, solo para decorar las viejas mesas de madera, porque por la misma porosidad son incapaces de absorber ningún liquido que llegara a derramarse, ni tampoco llegan a limpiar la grasitud en las bocas y las comisuras. Pero si son aptas para escribirles frases cortas listas para transpolar a la libreta de notas más tarde.

Cuchillo-Savino, pasaje-ensoñación: la constelación de La mañana sol de limón para armar daguerrotipos y siluetas, con la liviandad que tiene Lola, por ejemplo, siempre tan desplazable, tan sutil y ligera como una pluma que va y viene por el aire. Pequeñas pinceladas cortantes, pequeñas puñaladas imperceptibles del pasaje- Ensoñación a través del cuchillo-Savino.

4/ En el final está el principio del Exódo 

Cartapacio o cuaderno, libreta de notas y libro debajo del brazo, y a andar. A poner en movimiento un sistema nervioso ya movilizado de antemano por tanto traqueteo y desalojo.

Entonces habrá que avivar el fuego mítico. Derribar los tótems, descabezarlos. La narración es la peste; el realismo, otra peste. Savino lo supo desde siempre.

Desde su éxodo Savino le escapa a las pestes, las esquiva como un torero, con el oficio que aprendió de las márgenes del tiempo. La mañana sol de limón representa su alejamiento póstumo sublime, escrito en los márgenes mismo del tiempo, en esos bordes no cosificados, en donde todo está por nombrarse todavía. Lejos de las catarsis de los escritores establecidos y maduros, lejos de las chocheras, lejos de las pedorreadas melancólicas, lejos de las sintaxis normalizadores y normalizantes, lejos de las vigilancia sintácticas.

Escuchar el pasado, como dice él. Ponerse en órbita y escuchar los dialectos, y dejar entrar la luz de la mañana y del mediodía, y que los fantasmas alegres y felices bailen en la sala.

Los perros-perdidos de Savino, los perros sin dueño que andan sueltos en su novela, que se preguntan si tendrán dueño, pero pasan de largo, pasan a través, siguen hacia su derrotero.

Sus fantasmas tampoco tienen dueño: ni siquiera él les busca poner dueño, nombre, correa, espacio. Más bien diría que el texto demarca una especie de topología, pero me abstendría de decirlo porque los lacaneanos que lo lean se van a hacer un festín cuando quieran ir a buscar la referencia a algo que se hace carne solo a veces (si el escrito te corta, y se te incrusta).

En el camino del éxodo y la ensoñación, todo puede ser de todos, pero nada es de nadie realmente. Por eso Cuchillo-Savino corta por el lado más grueso, se hunde casi pacíficamente, lentamente, como la hora de la siesta, con la luz entrando de refilón por los ojitos de ese tipo de persiana. Ensoñación y Éxodo en este caso: formas y reformas de establecer una correspondencia de guerra vigente: entre pasado y presente, al estilo Nadesha Mandelstam, señales codificadas, guerra de guerrilla solapada. Donde Hugo cortó líneas de abastecimiento personal, donde lleva a cabo su guerra por otros medios, a la inversa de la inversa de Clausewitz.

Donde ya nada es venganza, sino cuchillo lento de cuchillero sutil en su dialecto, redención y ensoñación, y pasar a través de pequeños éxodos con imágenes por cartografiar.

No se redunda en remilgos: las palabras punzantes cortan y dan estocadas entre frases fragmentadas mínimas. Desalojo a secas, sin adjetivos remolones o pelotudos, así, como en la página 153: “éxodo sin gloria, sin épica, chato, marrano. Desbande. Desalojo”.

El Éxodo como vía de escape, de eludición con elegancia. Éxodo a los procedimientos literarios de salón, de manual, éxodo a los lobistas de la literatura argentina, éxodo  de los profesores universitarios que enseñan a escribir con método y narrativas claras, con hilos conductores, éxodo del realismo bravucón, éxodo de la narración, éxodo de la melancolía, éxodo del éxodo. El éxodo como forma final de encontrar un principio, de perder el poco hilo que queda, de terminar de cortarlo. Éxodo de Barracas a Avellaneda, ida y vuelta si querés, en camión, Ford del 38´ y sin vuelta por venir.

Un éxodo ligero, colorpoemaMastronardi, como si todo eso pudiera ser una mezcla de amarillo dulzón, naranja o ámbar, todo junto. Qué estúpido, otra vez no vi venir al cuchillo: la noción ya estaba inventada, para todo eso junto. Se trata de La mañana sol de limón, la redención del éxodo, el canto del éxodo entre la mañana y el mediodía, con el color más nítido posible de la mañana con sus formas y reformas,  texturas, olor a café,  colores y sonidos.

Un libro es genial cuando es letal. Y un libro es letal, cuando ocasiona que los otros hablen más sobre el libro que sobre el autor. Creo que no tengo nada más que decir al respecto.

Y el tero Banfileño cantará entre medianeras infinitas, en una mañana concéntrica.



15.9.17

Libro de lluvia, de Ezequiel Villarroel



abstracción

suele suceder que
la lluvia cae en forma de recuerdos
de animales que no existen
de personas que nunca estuvieron

pero están.

la lluvia es así:

abstracta cuando cae.

no cuando cayó.



cómo

las palomas encuentran
agua
en las grietas de una calle
en las sombras de sus plumas.

del pico les sale un lenguaje suave
una imitación del silencio.

y cómo es el silencio?
Preguntaron los que habían nacido
en épocas de manifestación
en medio de saqueos
de carnaval
de gobierno democrático.

todos hacían ruido.

en los hospitales había mucho ruido
en las escuelas y adentro de la gente.

estaban demoliendo el mundo.

y cómo es el silencio?
preguntaron los que no lo conocieron.

con el corazón en la cabeza.



historias

recién este año
cuando la muerte toca los libros
me doy cuenta de que esa mujer
se desnuda más cuando se viste.

estoy triste porque ha muerto un poeta
dijo
qué triste
me muero un poquito.

porque para ella todo era así
el silencio la lucha el miedo el dolor.

su nombre empezaba con A y terminaba en A
y entonces era como llegar a ningún lado.

convivían por entonces
climas calurosos noches frías mañanas escarchadas
épocas de pestes.

extrañamente nunca nos llovió en cada encuentro
llovió después y mucho.

su nombre comenzaba con A pero a veces terminaba con E
y la vida ya no era tan dura.

y no se moría tanta gente por dos o tres minutos
que era el tiempo que podíamos quererla.

otras veces
andábamos muy preocupados
mientras el país gritaba gol
y dios completaba cada gol
pesándole la camiseta.

una tarde en que desentonábamos el himno nacional
encontramos en los anaqueles de la memoria
su último nombre que
comenzaba en A y terminaba en U

de manera que tomamos nuestra historia
con los rastros de ausencia.



disconformidades

la gente duerme
porque el amor es poco
o duerme
porque el amor es mucho
y es enorme la distancia que existe
entre uno y otro accionar.

y distintas las ciudades.

y distintos los viajantes que
leen el diario
y lo cambian en la próxima estación.

vos que siempre estás viajando
en el momento que despiertan
la rabia las ganas la poesía.

qué se puede hacer para no leer
para no escribir?



restauración

en la vieja  estación de trenes
un vagón abandonado
quiere demostrar que todavía sirve.

con cada línea de agua
se le filtra por el techo
una ciudad distinta
un viaje repetido.

como la vida misma.

también la lluvia tiene su estación.




laguna

a veces sueño con flamencos
en madrugada de un periodo gris que se termina.

ya no están rondando nuestra casa
(abandonada)

de eso se trata
de vaciarnos por completo?



charcos de agua

de repente
el cielo está a tus pies
(el mundo
sigue de cabeza)



Tomado de: Ezequiel Villarroel, Libro de lluvia, Fondo editorial de la Secretaría de Cultura de Jujuy, 2015

1.9.17

El mal amor de José Sbarra, por Javier Fernández Paupy


Abrir un libro
¡qué síntoma inequívoco de que se está solo!
El mal amor

No, doña Paloma, no sé fingir, no quiero o no puedo. Yo quiero una felicidad que sea cierta o nada.
Aleana

Esperábamos este libro. Los lectores de Sbarra sabíamos que antes o después íbamos a leer sus textos inéditos. El mal amor (Dagas del Sur, 2017), en una cuidada edición encuadernada a mano, ya circula por las librerías para que podamos completar las piezas sueltas que quedan por descubrir de este autor genial. El libro incluye facsimilares y fotografías, así como un posfacio de Nadia Sol Caramella donde, con mucha claridad y amor manifiesto por la obra de Sbarra, aparecen desplegados momentos centrales de su biografía y las implicancias con sus libros. Vida y obra en una misma reflexión.

Un proverbio chino sirve para pensar la obra de José Sbarra: “Un idealista que se ha sobrepasado en su idealismo es un peligro para la sociedad, pero un cínico que se ha sobrepasado en su cinismo es una de las personas más bondadosas sobre la tierra”. En la contratapa de Cielito dice: “Ya tengo más de treinta años, por eso algunos me dicen: “José, comportate como un adulto”. Yo les respondo: “Voy a intentarlo”. Pero por dentro pienso: “Ni lo sueñen”. Para ustedes, que no me dicen tonterías como esas, escribí Cielito, el personaje que más quiero y que más se parece a mí”. Hay algo entre infantil y marginal en la obra de Sbarra. Entre Billiken y Playboy. La primera edición de Marc la sucia rata se llamó Los pro y los contra de hacer dedo. Era una edición de autor, con el sello de fantasía La rata ediciones, de 1988. El mismo sello con el que en 1992 editaría Plástico Cruel. En la contratapa de esa primera edición se lee: “LA RATA ediciones subterráneas. LA RATA no tiene editor responsable ni tampoco registro de la propiedad intelectual. Los libros de LA RATA no se venden en librerías, se consiguen en nuestros puestos clandestinos o se roban en las casas de la gente que pagó 10 dólares el ejemplar”. En 1991 la editorial Torres Agüero publica la novela con su nombre definitivo y ya mítico.  La obra de Sbarra durante décadas circuló como samizdat, como tesoros clandestinos, y una legión de lectores devotos se encargó de mantener vivo el fraseo de su voz. Es una alegría saber que la editorial Dagas del Sur va a encargarse de reeditar sus obras completas y que finalmente vamos a poder leer Bang! Bang!

De las contratapa de alguno de sus libros: “José Sbarra sostenía que divertirse con el miedo era una actividad saludable. No estaba de acuerdo con que encerraran animales en jaulas, ni en zoológicos, ni en acuarios, ya que el lugar de los pájaros es el aire libre y el de los animales marinos, el mar abierto”.

La escritura sincrónica, en mosaico, con racimos de historias escalonadas que presenta Sbarra y eso que inventa con el diálogo caracteriza su estilo rápido, ligero, con historias en montaje. El mal amor participa del tono de sus otros libros. Con desesperación e inocencia, escribió una obra donde la orfandad y el amor parecen instancias de mismo movimiento. El tono del libro recuerda el de Obsesión de vivir, una narración en verso o poema novelado del que se lamentaba Sbarra desde la guarda: “Lo terminé hace muy poco y sin embargo ya lo escribiría de una manera completamente distinta. Lo que me fastidia más es su falta de optimismo, de humor. Es un libro triste, demasiado triste”. Anecdótico y emocional, autorreferencial hasta la médula, José Sbarra en El mal amor muestra la cara más desesperada del amor.  

¿Vos sabés la cantidad de pendejos que andan con mi libro? A esos pibes nadie les habla, no tienen interlocutor ¿Sabés lo que debe ser que encuentren un libro de alguien que fue igual que ellos? Para ese pibe de 14 o 15 años, mi libro está vivo. De los 30 años para arriba, no me interesan los lectores.
(Entrevista con Enrique Symms, revista El cazador, nº 1, octubre 1992.)

Los libros de Sbarra trafican aventuras, peligro y buen humor. Transitan distintas formas: novela, cuento, informe, poema, teatro, guión radial y televisivo, relatos infantiles, historieta. ¿De dónde viene esa fuerza? Avanza; no describe, escribe cinematográficamente historias yuxtapuestas. Su obra es un arco que se tiende en la biblioteca argentina. José Sbarra inventa algo en forma de diálogo. Intercala un teatro de historias en caleidoscopio de voces. Integrados, apocalípticos, esperanzados, optimistas, cínicos, enamorados que obedecen y desobedecen, perdidos y apasionados, víctimas, sabios, delincuentes, prostitutas, drogadictos. Imbuidos en la perturbación del afecto, sus personajes están atravesados por el deseo, siempre motor de las acciones y movimiento de las pasiones, a veces brutales, a veces fatales, siempre matizadas por una obsesión en letra de molde.