16.1.17

La vida de Kafka no puede considerarse “kafkiana”, por Carlos Correas


Carlos Correas prefiere apropiarse de su breve biografía a través de las cartas a sus novias y amigos. En ellas se evidencian categorías pasionales: el amor, el detalle, la soledad, la lucha, el deseo, la prostitución, la clarividencia y la enajenación.

Les voy a presentar una serie de categorías para nuestra apropiación de Kafka. Con esto también se constituirá un intento de mostrarles a ustedes mi itinerario en la frecuentación de Kafka.

La primera categoría es el amor, y el deseo adosado a él. De inmediato una pregunta: ¿Qué hombre más amable en la historia de la literatura que Franz Kafka? Yo amo a Kafka, y este amor hacia él no ocurre sólo a partir de sus obras, sino más bien de su biografía. El pilar biográfico acerca de Kafka es la biografía de Max Brod, su amigo personal, su albacea, el que prefirió rescatar los manuscritos de Kafka antes de la invasión nazi a Checoslovaquia en vez de rescatar sus propios manuscritos. Max Brod es un factotum insoslayable en toda biografía acerca de Kafka. Su amigo personal, amigo también de la familia, es una fuente insoslayable, pero insuficiente. Por lo menos en la primera edición de su biografía tuvo que omitir detalles por consideración a los familiares sobrevivientes de Kafka. La primera edición de su biografía en alemán es de 1937. Kafka ya había muerto, pero aún vivían sus hermanas, los cuñados y los sobrinos, que luego morirían asesinados por los nazis en los campos de concentración. Ya antes habían muerto los padres de Kafka pero, como dije, aun vivían sus tres hermanas. Brod suprimió muchos pasajes bastante iracundos del propio Kafka acerca de su familia. En biografías más recientes este obstáculo ya no existe. Les recomiendo las biografías de Klaus Wagenbach, La juventud de Franz Kafka y Franz Kafka. Últimamente han surgido varios estudios acerca de Kafka, que también tocan el aspecto biográfico; entre ellos, un estudio muy inspirado de Elías Canetti, algunas páginas muy sutiles de Walter Benjamin y un libro de Pietro Citati, del cual hay una traducción inglesa que sigue un género tradicional, de aparición reciente, llamado psicobiografía.

¿A qué se debe esta profusión, incluso excesiva, de estudios sobre Kafka? A la edición correlativamente reciente de un texto inédito de Kafka, las Cartas a Felice, y otra correspondencia de la época del noviazgo: un título característicamente alemán, por lo gravoso. Se trata de las cartas a Felice Bauer, la joven berlinesa con la cual Kafka estuvo de novio durante cinco años; con la cual se comprometió dos veces, y con la cual dos veces rompió el compromiso.  

Estas cartas fueron publicadas en castellano en 1978. Recuerden ustedes las categorías de amor y deseo. La biografía de Brod me hizo amar a Kafka por los detalles de su vida. Ya lo conocíamos por sus obras: las primeras traducciones de Kafka al castellano son de la década del ‘30. Por lo menos La metamorfosis, que aparentemente figura como traducción de Borges, es de 1938. El propio Borges, en reportajes, ha dicho que esa traducción no le pertenece, pero la Editorial Losada la sigue editando como traducción de Borges. Hay detalles en la traducción misma que indican que no es el estilo de Borges. Incluso Borges ha dicho que no le hubiera puesto La metamorfosis; éste es un mal recuerdo de Ovidio, sino que le hubiera puesto La transformación.

Max Brod nos daba los detalles de la vida de Kafka; de la vida de oficina, de la relación con los padres, de la conversión de Kafka al vegetarianismo. Con una amiga, Kafka concurre al acuario de Berlín, se detienen frente a una piscina iluminada, con peces. Y para gran horror de la dama que lo acompaña, Kafka les dice a los peces: “Ahora os puedo mirar tranquilo, ya no los comeré más”. La dama le cuenta esta anécdota a Max Brod, y éste la registra en su biografía.

El detalle de Kafka, el amor y el deseo dirigidos hacia el detalle. Amamos y deseamos los detalles. El detalle es otra categoría.

Las cartas a Felice son aproximadamente 500, enviadas durante esos cinco años de noviazgo. Las cartas de Felice a Kafka se han perdido. Probablemente Kafka las tiró, o las quemó, o Max Brod no se preocupó por rescatarlas. Quinientas cartas a través de cinco años de noviazgo. Al comienzo de la relación, las cartas de Kafka son muy frecuentes; tanto, que llegan hasta tres por día. Cartas que llegan, el algunos casos, hasta las 30 páginas. ¿Qué demanda Kafka en ellas?: demanda detalles. Le dice a Felice: “Quiero saciarme en los detalles”, y le pide a ella que le escriba por lo menos una carta por día y que le dé detalles. Kafka está en Praga y Felice en Berlín.

¿Qué detalles? Kafka trabaja en una compañía de seguros contra accidentes de trabajo. Felice trabaja también, en la oficina de una empresa de la cual llegará después a dirigente. Será una gran y exitosa empresaria. Detalles de la vida familiar de Felice, sobre todo acerca de la comida de Felice, acerca de su salud, de los compañeros de trabajo, de los amigos, sobre todo de los amigos intelectuales de Berlín, acerca de los que Kafka confiesa que está celoso de antemano. Detalles acerca de qué está haciendo Felice, en el momento en que recibe sus cartas. Qué estaba haciendo, cómo recibe las cartas, cómo estaba vestida, si es que estaba vestida; cómo abre el sobre, cómo extrae el papel de adentro del sobre, cuántas veces la lee, dónde se ubica para leer la carta, qué hace después con la carta, cuándo decide contestarla, cómo está vestida cuando la contesta, cuánto le lleva escribir la carta, etcétera. Felice no le contesta ni con la frecuencia ni con los pormenores, con la minuciosidad que le pide Kafka. La relación en la correspondencia continúa, y llega a un punto en que Kafka entra en dependencia de sus propias exigencias, y le pide a Felice que, o se corte la correspondencia, o se interrumpa por un tiempo.

Curioso procedimiento de Kafka. Ustedes dirán: “Es Kafka”. Pero se trata justamente de reflexionar sobre ello. Le manda una carta a Felice donde comienza diciéndole: “Felice, te lo advierto. Te lo dije ya el otro día: ésta es una de esas cartas que debes dejar de leer a la tercera o cuarta frase. Ya, Felice, rompe esta carta! Ahora, rómpela!”

Curioso tratamiento del género epistolar, porque, o bien nuestro silencio es la respuesta cuando nos mandan una carta, o bien no tomamos la iniciativa de mandar una carta. Pero comenzar una carta intimándole al destinatario a que la rompa y no la siga leyendo es singular. ¿Cómo interpretar esto? La carta se ha conservado, lo que significa que Felice no la rompió, y seguramente si nosotros recibimos una carta con ese encabezamiento, seguiremos leyéndola, al menos para saber por qué tenemos que romperla.

Si obedecemos al mandato, la rompemos, qué contestamos: he roto la carta, no puedo contestarte más porque ignoro el resto del contenido. Felice la siguió leyendo. Curioso tratamiento del género epistolar. Por otra parte, ¿creería Kafka en serio que Felice rompería la carta? No será tal vez que él le expresaba de alguna manera que quería romper la correspondencia, y por lo tanto romper una relación? Un año después de iniciada la correspondencia, Kafka le propone matrimonio a Felice en una carta muy turbulenta, en la cual, como si fuera un libro de debe y haber, pone las ganancias y las pérdidas. Le dice: “Contigo yo perdería mi soledad”. Amor, deseo, detalle, soledad, ésta es otra categoría para la apropiación de Kafka. “... soledad que la mayoría de las veces es horrible. Y en cambio, te ganaría a tí, que eres el ser que más quiero en la vida. Pero tú, ¿qué perderías?: perderías tu vida en Berlín, tus amigos, que te son tan queridos, perderían tu vida placentera, perderían la posibilidad de casarte con un hombre sano y tener hijos sanos. ¿Y qué ganarías? Me ganarías a mí. ¿Y yo qué soy?: un hombre infantil, débil, enfermizo, taciturno, insociable, triste, rígido, y desprovisto de esperanzas”. El matrimonio no se  consumó.

Las cartas prosiguen, ya con un tono más quejumbroso, e incluso Kafka le dice que esas cartas le quitan tiempo. En un viaje que hace Max Brod a Berlín, se entrevista con Felice, quien le dice: “No sé por qué, pero el caso es que Franz me escribe bastante, pero sin embargo, sus cartas no logran tener sentido. No sé de qué se trata”.

Si leemos en el Diario de Kafka, con respecto a la literatura podemos hallar frases tales como “El deseo de representar mi fantástica vida interior ha desplazado todo lo demás. Ninguna otra cosa podría conformarme” (...) “El mundo prodigioso que tengo en la cabeza. Pero, ¿cómo liberarlo y liberarme sin destrozarme? Y sin embargo, preferiría mil veces destrozarme antes que retenerme”.

Las veces en que Felice y Kafka se han encontrado no han sido muy felices para Kafka, ni siquiera por semejanza fonética. Felice le reprocha constantemente, por ejemplo, que Kafka lleve su reloj pulsera adelantado una hora y media durante tres meses. Felice se lo pone en hora. Felice le reprocha que tenga las uñas afiladas y largas, le pide que se las corte, que se las lime, que se las limpie. Felice le reprocha errores en la dicción del alemán, pues Kafka era bilingüe, checo y alemán; Felice era berlinesa. Felice le reprocha el color de las corbatas, la falta de elegancia; en fin, podemos decir que Felice representa la moral del cuidado de sí, y Kafka la del descuido de sí. Felice le pide a Kafka mesura, y un límite. Kafka le responde que cualquier límite y mesura en literatura serían suicidas, él no los puede aceptar, y se debate en lucha entre la literatura y el casamiento.

Lucha es otra categoría que agregamos al amor, al deseo, al detalle, a la soledad. Kafka le ha escrito a Felice: “Creo que nadie en el mundo ha luchado jamás por una mujer como yo he luchado por ti. Desde el comienzo, siempre cada vez, y quizá para siempre”. Si tomamos el Diario, también leeremos de Kafka: “En épocas de paz no adelantas nada; en épocas de guerra, avanzas desangrándote”. Kafka eligió la época de guerra, y así avanzó.

En el Diario, refiriéndose a Felice, cuando la conoce en la casa de Max Brod, el mismo día en que la conoce, en agosto de 1912, escribe en el Diario acerca de ella: “Un rostro vacío que exhibe abiertamente su vaciedad”. Repite esta frase con variantes en el Diario en sus cinco años de noviazgo. No es una frase aplicable a un rostro amado. Pero es una excelente muestra del estilo kafkiano. Un rostro lleno de nada, pero por eso mismo capaz de llenarse con todo el amor de Kafka.  Y como ocurre casi siempre, la consistencia, la integralidad, la vida propia de Dulcinea del Toboso se cumplen en las alucinaciones y en los fantasmas de Don Quijote. El nombre real será Aldonza Lorenzo, la misma que le dice a Max Brod, después de cinco años de noviazgo y de 500 cartas: “No sé de qué se trata”. Y se trata de Kafka.

Un poco más atemperada será la relación de Kafka con Milena, la joven checa, de la cual también se han conservado las Cartas a Milena, y no las cartas de Milena a Kafka, que se han perdido, o se han roto. En estas cartas encontramos a un Kafka más calmado, más transido. Con Felice se muestra muy celoso; con Milena, no. O sí, pero no tan celoso. Precisamente en un momento de la correspondencia con Milena, ella le dice que él está celoso y que eso la mortifica, que él lo hace a propósito para mortificarla. Kafka le responde que él no está celoso, en base a la siguiente argumentación: El mundo, Milena, es tan diminuto, y tú y yo somos tan gigantescos, que no hay nadie más. Entonces, de quién podría estar celoso?” Pero más adelante, Kafka se muestra celoso. Él mismo se lo dice: “¡Pobre Milena!, éste es el que no era celoso. Ya ves, me vas conociendo”.

Soledad era una de nuestras categorías. En una carta a Brod, Kafka le dice: “Ayer, de pura soledad, me llevé a una prostituta a un hotel. Era demasiado vieja para seguir siendo melancólica. Y sólo le apenaba que los hombres no fueran tan cariñosos con las prostitutas como lo son con sus amantes. Y no la consolé porque ella tampoco me consoló”. Soledad, y búsqueda de las prostitutas. Las prostitutas no solamente eran buscadas por Kafka y Brod cuando se iban de viaje, a París, a Suiza, al norte de Italia o a Weimar, cuando fueron a visitar la casa de Goethe; también en Praga, y en las calles frecuentadas por las prostitutas. Kafka en ocasiones se llevaba a una prostituta a un hotel, y en ocasiones simplemente la contemplaba. Creo que la prostitución habrá de ser también otra categoría para nuestra concepción de Kafka.

En cuanto a la prostitución en relación a la soledad, se ha observado justamente que la relación con figuras femeninas que aparecen en las obras que Kafka llamaba historias, está hecha como si las mujeres fueran prostitutas, y que tienen una función respecto del héroe. En El proceso, Leni, enfermera, enfermerita del abogado al que debe consultar Josef K., es una suerte de prostituta. Y sobre todo en El castillo, Frieda, la mesonera. Son mujeres toscas, arrabaleras, embrutecidas y compulsivas, y, con expresión de Kafka, “que siempre están pensando en los pequeños horrores del momento”, y de las que emana, en la descripción de Kafka, “un olor amargo y excitante, como de pimienta.”

Frieda, desde luego, es Milena. Todos ustedes conocen la importancia de los nombres propios en Kafka. Hay que descifrarlos. Milena y Frieda. Frieda es Milena; tienen la misma cantidad de vocales, la misma cantidad de consonantes, y el orden de las vocales en estos dos nombres es el mismo. Esto fue corroborado por Brod y por Wagenbach.

Además, el nombre Frieda evoca paz y quietud; se relaciona con el alemán Friede: paz y quietud. Y Kafka ya le ha dicho a Milena que ella es fuente de paz y quietud para él.

Estas relaciones con mujeres presentadas como prostitutas, constituyen por lo común para el héroe un obstáculo. Parecen ofrecer ayuda, pero finalmente constituyen un estorbo, una dificultad, un motivo de angustia, de desdicha y de frustración para las metas que por el momento se propone el protagonista. Leni es la enfermerita del abogado, y por acostarse con Leni, Josef K. pierde la oportunidad de entrevistarse con el abogado que podría ayudarlo en su proceso. Frieda es la amante del poderoso señor Klamm. El nombre en alemán es “rígido”, “estrecho”, y evoca deliberadamente al marido de Milena. Cuando Kafka y Milena se conocen, él tenía 38 años y ella 24. Milena residía en Viena. La correspondencia es entre Merano, una colonia naturista -a Kafka ya se le ha diagnosticado la tuberculosis- y Viene, donde reside Milena. El marido de Milena se llamaba Ernst, palabra que en alemán significa “seriedad”, “gravedad”. Así que se emparenta con el nombre del señor Klamm, del cual Frieda era servidora. La relación de K en El castillo con Frieda se realiza en un estado de inconciencia, o de semi-conciencia: ruedan por el suelo, en donde permanecen horas abrazados. Es una especie de seducción en lugares extraños. Es precisamente una relación con prostitutas. Una de las ayudas que busca Josef K en El proceso se la puede brindar un sacerdote. Josef K se entrevista con el sacerdote, quien le cuenta la famosa leyenda “Ante la Ley”, que Kafka retomará en Un médico rural. Hay variantes en ese capítulo de El proceso de la leyenda “Ante la Ley”, y finalmente, el sacerdote lo despide sin proporcionarle la ayuda que Josef K espera, y el sacerdote le dice: “La justicia nada quiere de tí. Te toma cuando vienes, y te deja cuando te vas”. La justicia es una especie de prostituta.

La leyenda “Ante la Ley” es la del campesino que pretende entrar en la ley, o sea legalizarse, reglamentarse. El campesino pretende entrar en la ley. Diríamos que ésa es la meta a la que aspiran todos los protagonistas de las historias de Kafka. Pero hay metas? Sí, según Kafka hay metas. Según la frase de Kafka en el Diario: “Hay metas; lo que no hay son caminos. Llamamos caminos a nuestras vacilaciones”.

En 1911, Kafka tiene una entrevista con el entonces itinerante teósofo y antropósofo Rudolph Steiner, que está en Praga dando una de sus ocasionales conferencias. Kafka se entrevista con Steiner y le habla contándole sus propias experiencias. Kafka le dice que tiene momentos en que experimenta una gran clarividencia, en los que se siente que no sólo llega a los extremos de sí mismo, sino también a los extremos de la humanidad. Clarividencia será otra categoría que agregaremos a nuestra comprensión, a nuestra apropiación de Kafka. Aquí enlazo clarividencia con su opuesto, enajenación. Amor, deseo, detalle; y el amor y el deseo dirigidos en el detalle. Deseamos los detalles, amamos los detalles; saciar, colmar nuestro deseo en los detalles. Y lucha, soledad, prostitución, clarividencia y enajenación.

Milena ha correspondido a esto, a esta clarividencia de Kafka. Se dice que Milena es la mujer que mejor llegó a conocerlo; se dice que Felice no lo entendió en absoluto. De todas maneras, algo debe haber entendido Felice. Luego de la separación definitiva con Kafka, Felice, en 1917, al cabo de un año se casa, tiene hijos, es una exitosa esposa, una exitosa madre, y una exitosa empresaria. Culmina su carrera de empresaria justamente vendiendo las 500 cartas que conservó, a un editor neoyorquino por una corpulenta cantidad de dólares en 1958. Diez años tardaron los dos redactores, cuidadores, como se dice en alemán, los preparadores alemanes, en ordenar el material. Muchas cartas no tenían fecha. Diez años tardaron en preparar para la imprenta esa edición de las cartas a Felice, y recién en 1968 salen las ediciones inglesa y alemana, y en 1978, sale la traducción castellana.

Milena, la mujer que mejor llegó a comprenderlo. También podemos leer en el Diario la siguiente frase: “Si tuviera alguien que me comprendiera, si tuviera una mujer que me comprendiera, eso sería tenerlo todo; tener a Dios”.

Amor y deseo por los detalles. Los detalles son lo circunstancial, lo patético. Son el contenido también. Para quien desee tener una muestra clara del interjuego entre el deseo y los detalles, puede releer el cuentecillo “Una confusión cotidiana”, de una fuerza humorística irresistible. Milena en una carta a Brod le dice: “Todos nosotros tenemos, al menos en apariencia, un refugio en y con el cual protegernos. Sea una mentira, sea el pesimismo, sea el optimismo, sea una convicción, o cualquier otra cosa. Pero él (Kafka), no tiene refugio alguno. Vive en el mayor desamparo. Es tan incapaz de mentir como de  emborracharse. Su ascetismo no tiene nada de heroico, lo que lo hace más grande y elevado. Todo heroísmo es cobardía y mentira. No es un hombre que usa su ascetismo como un medio para un fin. No, es un hombre al que su terrible clarividencia, su pureza y su rechazo de toda impostura lo llevan al ascetismo”.

Kafka le dice a Brod, hablando de Milena: “Es un fuego vivo, como jamás he visto, pero a la vez, delicadísima, graciosa, y todo lo arroja en el sacrificio; o mejor dicho, todo lo ha adquirido por medio del sacrificio”.

Clarividencia y enajenación. Leemos en el Diario de Kafka: “ Nada me falta. Sólo me falto a mí mismo”. ¿Qué falta será ésta? ¿La falta de ser tal vez? ¿Esta faltancia de sí mismo será quizás lo que podemos llamar, lo que yo propuse, como pareja de opuestos de clarividencia-enajenación?

Volvamos a la lucha, así introducimos otra categoría: el mundo. Con respecto a la lucha, habíamos dicho que nadie jamás había luchado por una mujer, como Kafka por Felice; que en épocas de guerra avanzada desangrándose y en épocas de paz no adelanta nada. En una reflexión de sus Reflexiones sobre pecado, sufrimiento, esperanza y el camino verdadero, leemos: “En la lucha entre tú y el mundo, apoya al mundo”. También a Felice, en una carta le dice: “Mi obligación sería salir fuera de mí mismo, unirme a tí, y combatir contra mí.” Si en la lucha entre tú y el mundo, hay que apoyar al mundo, entonces hay que luchar contra mí mismo. Hagámoslo un poco más complejo, que creo que lo merece. Es luchar a la vez por y contra el mundo. Kafka realiza esta lucha a través del lenguaje. Una de las últimas amistades de Kafka es un joven llamado Gustav Janouch, quien en 1920 tiene 18 años y visita a Kafka en la oficina. Años después publica un libro de recuerdos titulado Conversaciones con Franz Kafka. En una de esas conversaciones, Kafka le dice: “El lenguaje es nuestra eterna bienamada”; yo, Correas, agrego: no “nuestra eterna bienamante”. Y agrego también que el lenguaje es nuestra eterna biendeseada, aporte mío que probablemente Kafka..., en fin, no sé qué haría Kafka. Y si tomamos el deseo por los detalles, acá tendremos entonces un vínculo que nos permite ver desde otra perspectiva, algo que siempre se ha observado sobre Kafka; la extraordinaria capacidad de Kafka para verter el detalle; su observación y actualización del detalle a través de la palabra. El lenguaje es nuestra eterna bienamada, biendeseada; pero no nuestra eterna amante, ni deseante. Es un amor no correspondido. Y un deseo que se enrosca, más bien en crispación, sobre sí mismo.

Acerca del amor, Kafka ha dicho que es el constante deseo de morir y a la vez el constante deseo de seguir resistiendo. Como si el amor fuese constituido por estos dos deseos: el constante deseo de morir, pero que por sí solo no puede bastar para constituir el amor, sino que es el deseo constante de morir y a la vez el deseo constante de seguir resistiendo. Esos dos deseos, íntimamente vinculados, constituyen el amor. Detengámonos en la categoría del amor; después volveremos a clarividencia y enajenación. Dice Kafka en el Diario: “El gesto de rechazo que por siempre ha suscitado no es el que se expresa diciendo ‘No te amo’, sino el que se expresa diciendo ‘No puedes amarme por más que quieras. Solamente puedes amar el amor que sientes por mí, pero el amor que sientes por mí no te ama’”. El rechazo que inspira Kafka, según él, no es el que se expresa diciendo “No te amo”, sino que es como si le hubieran dicho “No puedes amarme porque solamente puedes amar el amor que sientes por mí, pero amor no te ama”. Ese amor, entiendo yo, es el del lenguaje. Es el amor que construye, el amor-verdad por Felice, que construye o inventa. Y el lenguaje es nuestra eterna bienamada, pero nuestra eterna bienamada no nos ama. Así es el lenguaje. Es amor. Pero, ¿qué más fuerte y qué más débil, y qué más sospechoso que el amor?

¿Qué otra función puede tener el lenguaje en esa actualización que hace Kafka del detalle y del gesto? Y en todos los casos sin perder el asombro que provoca la extrañeza del estilo kafkiano.

En la lucha entre tú y el mundo, hay que apoyar al mundo para que más allá de las apariencias logremos desentrañar al mundo en lo que el mundo es, como tal. En una famosa declaración de noviembre de 1917 dice Kafka: “Todavía puedo encontrar una satisfacción momentánea en obras como Un médico rural”. Es un libro dedicado al padre, del que aún no hablamos. El padre que, como de costumbre completa sus veladas de trabajo jugando a las cartas con la madre, cuando su hijo le entrega el libro le dice: “Dejálo en la mesita de luz”. Seguimos con la declaración de Kafka: “Todavía puedo encontrar una satisfacción momentánea en obras como Un médico rural, pero felicidad, sólo podría encontrarla si escribiendo, logro elevar el mundo hasta lo puro, lo verdadero, lo inmutable”. Elevar el mundo a través de la escritura hacia lo puro, lo verdadero, lo inmutable, es la meta. No hay caminos “lo que llamamos caminos son nuestras vacilaciones”. El mundo tiene máscaras y hay que elevarlo a través de la literatura a lo puro, lo verdadero, lo inmutable. Uno de sus aforismo sobre el pecado, el sufrimiento, la esperanza y el camino verdadero, dice: “No es necesario que salgas de tu casa, quédate en tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera simplemente. Ni siquiera esperes, quédate totalmente quieto y solo. Entonces el mundo te ofrecerá desenmascararse ante ti. No puede evitarlo: extasiado, se retorcerá en tu presencia”. Mundo tiene que ser otra categoría que agregaremos a nuestra lista. “El mundo te ofrecerá desenmascararse ante ti”: ésta es la tarea del intelectual, del escritor. Así lo podemos interpretar en una tentativa.

Clarividencia y enajenación. Algunas narraciones de Kafka, o algunos momentos de las narraciones de Kafka, ocurren en un día domingo. Por ejemplo a Josef K, en El proceso, se lo cita a una audiencia en un tribunal, se le indica el lugar, pero no el día ni la hora. Así es como Josef K decide presentarse por su cuenta, y elige un domingo. El tribunal no es el palacio de justicia; es una casa de inquilinato que está situada en las afueras de la ciudad, y donde la presumible sala de audiencias tiene un techo tan bajo que los que van para estar en ella, llevan un almohadón para no golpearse la cabeza contra el techo. Esta es una estructura onírica. Ocurre en un día domingo. La condena, que termina con el suicidio del protagonista, ocurre en un día domingo. El domingo es un día de pausa, de recogimiento, ideal para volverse sobre uno mismo. Pero como está comprimido entre días de trabajo, se hace patente, por lo menos para el domingo de Kafka, el desorden de la vida interior y el desorden de la vida de aquel a quien el tiempo no le pertenece: enajenación. Digo, a quien no le pertenece el tiempo, y no el ser o la vida, etc., porque estamos hablando de domingo, de días, de períodos de tiempo. Hay una pesadilla del domingo. Algunos de nosotros la conocemos: vivimos ese instante de respiro como si fuera una pesadilla. Otra pesadilla relacionada con la del domingo es la del despertar. Tenemos clarividencia y enajenación, y el domingo y el despertar. Recuerden conmigo el comienzo de La metamorfosis: “Al despertar, Gregorio Samsa, una mañana, tras un sueño inquieto, se encontró en su cama, convertido en un monstruoso insecto”. La prosa es muy clara. Jamás encontraremos una palabra rebuscada o extravagante en Kafka, en absoluto; ni un sólo neologismo. Kafka trabaja en alemán con palabras vulgares, simples; la estructura, la sintaxis es cristalina. Algo nos inquieta, desde luego: despertarse convertido en un monstruoso insecto, pero más profundamente, la inquietud del despertar: “Al despertar, Gregorio Samsa...”. La frase sigue, y ese despertar quedó ahí. El despertar: ¿qué ocurre en ese tránsito entre el sueño y la vigilia?; como si la realidad del sueño, la realidad onírica se fuera disolviendo al mismo tiempo que la realidad material o física se va constituyendo, pero está todavía en fragmentos, que se superponen, se transponen unos a otros. Son los momentos en que todo es posible, incluso la metamorfosis. El encontrarse convertidos en un monstruoso insecto. ¿Qué ocurrirá si damos otra vuelta de tuerca y hablamos del despertar de un domingo? Entonces tendremos una pesadilla por partida doble. Los despertares del domingo; momento de horror, que puede desembocar en el suicidio, como en La condena.

Hemos compartido frases de Kafka, compartamos ahora un cuento breve: “El buitre”; la traducción esta vez sí, es de Borges.

“Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado las botas y las medias, y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo. Volaba en círculos inquietos alrededor, y luego proseguía la obra. Pasó un señor, nos miró un rato, y me preguntó por qué toleraba yo al buitre. 
Estoy indefenso le dijevino y comenzó a picotearme. Yo quise espantarlo, y hasta pensé en torcerle el pescuezo. Pero estos animales son muy fuertes, y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies, que ahora están casi hechos pedazos.
No se deje atormentar dijo el señor, un tiro y se acabó el buitre.
¿Le parece? Pregunté, quiere encargarse usted del asunto?
Encantado dijo el señor; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, puede usted esperar media hora más?
No sé le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí: Por favor, pruebe de todos modos.
Bueno dijo el señor, voy a apurarme.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora ví que lo había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y, como un atleta que arroja la jabalina, encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba”. 


Tomado de : LA CAJA N nº5, septiembre/octubre, 1993.
El texto es una desgrabación de la conferencia que el autor dió en el Colegio Argentino de Filosofía (CAF).



9.1.17

Hoguera vestida de indiferencia, por Pablo Ingberg



Sobre Eunoe, de Luis Thonis (Ediciones Último Reino, 1991)

Al final del Purgatorio, Dante arriba al paraíso terrenal. Allí se nos habla de dos ríos: al Leteo griego, el río del olvido que atraviesan las almas de los muertos, se agrega el Eunoe, cuya etimología, también griega, nos dice que es el río de los buenos pensamientos. Así le es explicado a Dante: uno quita la memoria del pecado, el otro devuelve la de toda buena acción, y deben ser gustados en ese orden por quienes habrán de ascender al paraíso celestial.

Eunoe, sonoro, el río de los buenos pensamientos, el que devuelve la memoria de toda buena acción, último peldaño en el ascenso al paraíso celestial, es el nombre que Luis Thonis ha dado a su segundo libro. Y si en el anterior, Siglo de manos y la criatura (1987), nos decía que “las cosas empezaron a andar mal desde que todos quisieron ser amados a cualquier precio”, ahora nos recuerda en unas palabras preliminares, por si era necesario, que la advertencia de Dante acerca del Paraíso, a principios del canto II, antes de introducirnos definitivamente en su recorrido, nos impide confundirlo con una arcadia desplazada, un lugar plácido. Como en Dante, su paraíso no será bucólico. El Leteo no implica un mero olvido: el olvido implica la necesidad de un duelo, y el duelo implica dolor.

Así, entre las aguas de tal doble vertiente, fluye este libro. “¿… un relato un poema una fábula?”, pregunta por ahí uno de esos textos extensos que oscilan entre la canción con rima asonante irregular, el verso suelto y la prosa ritmada con ejes narrativos más o menos nítidos según los casos. En esta variedad de registros se reconocen, sin embargo, distintos intentos de abordar el mismo barco, aquel de la advertencia de Dante cuando se apresta a “navegar” el paraíso. Pero no sólo no se trata de un lugar plácido, sino que ni siquiera se trata de un lugar físico que pueda ser descrito. Se trata del ámbito oscuro y demasiado a menudo soslayado en el que se lucha contra el mal del que cada uno es culpable; el que está en su propio interior. Sin arrostrar este combate, el duelo es imposible. Por este río se conduce y nos conduce Thonis, enfrentándonos con las miserias que nos rodean como pan cotidiano: los seres famélicos, sí, pero también el canibalismo en que nos sumergimos en los distintos mercados, desde el de la esquina hasta el de las letras. Y todo esto lo hace en carne viva; desvistiendo con ironía la hipocresía que nos cubre cada vez que despertamos; poniéndonos, con un tono fabulesco, y casi pesadillesco, que recuerda a veces ciertas narraciones de Gombrowicz y Osvaldo Lamborghini, ante un espejo en que no cualquiera tolera mirarse. Con ciertos recursos que entre nosotros remiten demasiado ligeramente al patrimonio borgeano: el manuscrito fuente, el héroe narrador que termina delatándose traidor camuflado de traicionado. De la delación a la traición, puntos cruciales de toda elaboración, travestismo hipócrita hasta que se revela la diferencia fundamental: el traidor se reconoce y firma, da su nombre y asume su culpa.

Un discurrir difícil, arduo, diferente, personal, erudito, inteligente, sólido y, sobre todo, valiente. Textos para gustos variados: alguien preferirá unos; otro, otros; pero los muchos no tolerarán verse reflejados en un paraíso que no los incluirá a menos que se reconozcan a sí mismos, y hablarán secretamente de algo excéntrico, inaccesible. En nuestra época, a los que incitan a pensar pretenden sepultarlos en la hoguera de la indiferencia.


Tomado de: La Capital, Mar del Plata, 23.08.1992 y Diferencia 3, Quilmes, 1992
Republicado en: www.pabloingberg.com.ar


2.1.17

Plan de operaciones, por Vicente Luy


Yo lo vi arrugar al Diego.
Puedo errar, pero 8 de 10 que estoy en lo cierto
Fue al final de su carrera.
Venía de errar 3 o 4 penales seguidos
y contra Central, allá, hubo otra oportunidad.
Y pidió la pelota.
Eligió un palo; el arquero fue para ahí, y la contuvo
pero dando rebote. Y ahí, cuando la tenía para empujarla
al Diego le tembló la pera.
Busquen el video.
Estudien el lenguaje corporal.
Una rareza, como que el ahora entrenador haya perdonado a Verón
después que éste, siendo compañeros de pieza, en Boca,
lo mandara en cana.
Salió a decir que el 10 desaparecía un rato todas las noches
y que volvía muy excitado, como fuera de sí.
Botón .-



Tomado de: Vicente Luy, Plan de operaciones / La única manera de vivir a gusto es estando poseído, Crack-Up, 2012.

27.12.16

La idea del norte, por Marco Castagna



Mi padre

Ayer por la tarde me asomé por la ventana y vi a mi padre, en medio de la lluvia, arreglando el auto. Del hombre enfundado en su piloto azul oscuro queda poco del hombre que conocí. Este hombre es otro, alguien que quiere seguir el río hasta alcanzar el mar. Ahora manipula cables, usa una tenaza y le cambia el aceite al auto. Desde mi ventana no alcanzo a verle la cara, solo escucho su voz cuando mi madre le abre la puerta. A esta hora los rieles del tren parpadean distinto, en un brillo intermitente que combina el azul con el plateado. Un brillo apagado como el de los poemas de Robert Lowell. Me pregunto si el día en que se muera, mi padre, también, lacónico y casi descompuesto, se tumbará en la cama a esquivar eso que no puede ser esquivado.


Lorelei

Una noche de verano fuimos a una restaurante chino a festejar tu cumpleaños.  Nosotros dos delante de una torta que trajo una asiática de expresión laxa por un pasillo angosto. A determinada hora llamaste a tu madre desde un teléfono público, y pude escuchar tu voz a punto de quebrarse, mientras yo veía un gusano blanco retorciéndose en el interior de un cuenco mal colgado de la pared, sombras chinas que bailaban en un biombo de segunda mano, y un libro rojo con la portada de un dragón dorado procesando una experiencia demasiado antigua. Esa noche terminamos tirados en el jardín abandonado de una iglesia, como barajando un terror con la expectación fría de los condenados, sabiendo que todo iba a derrumbarse pronto, sin embargo seguimos, obstinados, y a los tumbos, con miedo y confiando en un futuro que ya tenía mucho de souvenir.


Llueve

En el lavadero trabaja un ruido extraño como de camión de basuras al comprimir bolsas de plástico. La gata se asusta y va a la terraza. Los geranios abandonados, acostumbrados. Llueve sin método, solo un rumor acuoso cae del cielo. Me gusta estar acá, visitando amigos con el pensamiento. A veces las cosas bajan por la pendiente equivocada. Leo y dibujo puentes en el borde del diario. Sobre la mesa: un llavero de un hombrecito de barba e impermeable naranja que parece a un escritor famoso. Llueve y salís a la calle con el amuleto. Dejas una moneda y un lápiz enano sobre la mesa. Saludas a la gata como a una nenita que te cae bien.


La vida

Llueve: los árboles en el fondo de la casa: parece que están ahí desde hace un millón de años. Pasa el tren nocturno y hace vibrar la tierra. En la casa de la esquina las persianas siguen bajas, no se escuchan voces ni el piano de huesos electrificados. Un perro hurga en el césped en busca de una señal antigua. Una alarma suena en la cuadra, y nadie abandona la zona confortable de sus habitaciones. La gente que alquilaba el lote de la esquina ya no está y empiezan a llegar cartas, cuentas, reclamos ocasionales en forma de papel. La vida en suspenso anida rápido en cualquier lugar.


El pájaro canta una mañana

Me desperté este día de mierda pensando en Z. En cómo el tiempo se había llevado los colores pintados en tu cara hacia otro lugar, hace mucho tiempo. Una amnesia repentina me embarró la cancha demasiado pronto. Neblinoso tiempo de desamor: una persona que se despierta tarde, se encorva sentada sobre la cama, reniega posibilidades. Otra corre por avenidas ruidosas en el vértigo del día. Busca algo que comprarle a su madre, un reloj cucú de mano o un ungüento caro, demasiado caro, para embadurnarle la cara triste y como momificada. Ahora quedan arrebatos de furia confusa, estallidos de una alegría que esconde una depresión crónica por no poder correr más rápido, por no poder ponerse los pantalones de una puta vez. Un estallido quiebra los vidrios del ventanal. Miras afuera, un pájaro canta una melodía agridulce. Es un canto, al fin y al cabo, no? Tiene el pelo desparejo, y parece un punk con su cresta verde algo embarrada por la mañana fría y lluviosa. Está ahí, delante tuyo pidiéndote con su canto que testifiques, que des todo de vos de una puta vez, que lo hagas y ya… hacelo, te susurra… No tengas miedo, entrega tu corazón y tu verdad. Grítala al viento y al sol hasta que este se vuelva cuadrado. El pájaro ya no puede cantar, la garganta se le hizo un nudo con una pelotita marrón de comida que le robo a un animal doméstico de su recipiente. Eso ya no tiene importancia, algo late dentro tuyo. ¿Lo vas a dejar salir o morir así  nomás?


16.12.16

La alegría brasilera, por Santiago Erausquin

A Leo Bertolotto, con afecto

“Baila comigo, como se baila na tribo
baila comigo, lá no meu esconderijo, ay ay ay”
Rita Lee

La primera vez que entré a ver en el cine una película prohibida para menores de dieciocho fue cuando apenas pasaron unas semanas de haber cumplido los quince. Falté a la clase de gimnasia y me fui al centro en tren, como un fugitivo, con unos anteojos negros y ropa común hecha un bollo en la mochila que me pondría en el baño del Pumper Nic de Lavalle, la peatonal de los cines. Los preparativos fueron intensos: la elección de la ropa, el peinado, la práctica de caminar para simular más altura y hasta la modulación de la voz, todo fue premeditadamente estudiado para lograr un aspecto que no correspondía al que tenía. Y esta estrategia, la de parecer lo que no se es, fue lo que intenté durante muchos años en mi vida para encontrarme sólo con frustraciones.
Antes de entrar al cine verifiqué que no hubiese policías cerca, ubiqué las salidas de emergencia y la boca de subte más adecuada en caso de un imprevisto. También di varias vueltas a la manzana.
Finalmente, después de pagar la entrada, a la sala pasé lo más bien. El vendedor de la boletería no reparó ni un segundo en mi actuación que fue genial. Sí lo hizo el acomodador que cortaba las entradas, que me miró desconfiado por un instante. Creí que me iba a echar a patadas, pero no, lo único que esperaba era una propina.
La película fue un desastre. Complicada sin necesidad alguna, aburrida por momentos bastantes extensos y con diálogos totalmente superfluos. Era un policial con un reconocido galán norteamericano que hacía de un agente secreto que, después de todo, aunque no estoy muy seguro, debía aniquilarse a sí mismo, porque también hacía de su propio enemigo. No la entendí en lo más mínimo. Yo había quedado interpelado por el afiche que había salido en el diario que compraban en casa. Debajo del título un cartel igual de grande aclaraba que era prohibida para menores de dieciocho, y más abajo, el actor, con su camisa desabrochada y el resto de su vestimenta en desorden, abrazaba a una señorita que aún estaba vestida. Esa imagen se fundía con otras muy variadas. Dos helicópteros, un submarino, un revólver y hasta un reloj de arena eran parte de lo que prometía el film. También recuerdo claramente un jeep en una playa brasilera. Pero la parte más importante por su tamaño era la del actor con el torso descubierto. Por eso deduje que buena parte de la película trataría ese tema. Ochenta, ochenta y cinco por ciento, calculé. Casi noventa. Así que una vez en la butaca me relajé y no me detuve a leer los subtítulos esperando las escenas calientes, pero fue un grave error porque esa escena en particular del afiche jamás apareció, nunca se vio al actor desnudo, apenas si se mostró haciéndose el nudo de la corbata. Cuando quise ponerme al día con los diálogos ya era demasiado tarde: no sabía bien quién era Jack, John o Jameson. Hacia el final de la historia, resignado a no ver sin ropa al actor que me gustaba, traté de dormir un poco. Cuando estuve por lograrlo me sobresaltaron unos tiros a todo volumen. Salí del cine bastante nervioso y enojado conmigo mismo. ¿Qué tenía de prohibido para menores esa historia? En una parte mencionaban al presidente de los Estados Unidos. Debía ser eso. Tendría que haber elegido la película que pasaban en el cine de al lado. Era sobre una madre humillada que, presa injustamente, intenta todo para recuperar la tenencia de su hijita predilecta, y cuando lo logra la hija ya es una adolescente drogadicta y pandillera. Apta para todo público.
En el tren de vuelta recordé la escena en la que el protagonista viajaba a Brasil, y en una fiesta en la playa dialogaba con el barman, que resultaba ser como él otro agente secreto. También recordé el jeep del afiche que me lo debí haber perdido, porque eso seguro no recordaba haberlo visto. “¡Qué víctima del engaño publicitario resulté ser!”, pensé indignado. “Pero ni piensen que voy a caer otra vez”, aseguré determinante. Enseguida volví a la película y me tranquilicé. En esa fiesta brasilera se vivían libertades que eran imposibles de imaginarse en Buenos Aires. Las brasileras, con peinados voluminosos y ultramaquilladas, tenían unos tops diminutos, y los negros, con las camisas anudadas a la altura del ombligo, bailaban la samba o algo similar con una sensualidad salvaje y delirante. Entre todos se hacían gestos obscenos y señas excitantes. Cuando el protagonista cruzó la pista hizo unos pasos de baile muy a tono con el lugar pero sin abandonar la cultura civilizada a la que pertenecía.
Cuando llegué a casa ya había oscurecido. Dejé la mochila por ahí. Mi mamá no estaba y mi hermano se estaba preparando una leche con muchísimas cucharadas colmadas de Nesquick.
―Con tanto chocolate vas a quedar negro como un brasilero.
―No, ―me dijo― porque ahora le pongo varias de azúcar y compenso.
Mientras mi hermano tomaba religiosamente su poción de la tarde, y sabiendo que se demoraría un buen rato echado en el sillón viendo tele, me fui al cuarto. Me saqué las zapatillas así nomás y después busqué, en el fondo del placard, una caja de madera que un tío nos había regalado para guardar los elementos necesarios para lustrar nuestros zapatos. En la parte superior tenía una horma de pie para apoyar el zapato y lustrarlo. El equipo incluía de todo: pomadas, cepillos y franelas que únicamente utilizábamos bajo la amenaza de nuestra mamá. Pero mi hermano guardaba ahí unas revistas porno que debió comprar clandestinamente en algún kiosco del barrio. No tenía muchas pero había una brasilera que me interpelaba en particular. Se llamaba Inferno anal y en la portada una carioca, de espaldas y mirado a la cámara, mostraba una gran sandía a la altura de su culo enorme.
En el interior no abundaban las fotos. Tenía una fotonovela audaz en la que una maestra era seducida por varios alumnos de un instituto para adultos y cuando terminaban, ya en la dirección para hacer la denuncia, el director también abusaba de ella. “Eu sou um professor de línguas” decía ella en un globito. Yo lo tomaba casi como un documental de no ser por los ambientes que resultaban extraños. Con un planisferio pegado en la pared, sillas en vez de pupitres y actores de distintas edades les alcanzaba para lograr el clima estudiantil y en realidad quedaba más como un sketch del Chavo del Ocho. En algún momento planeé escribir una queja a la revista sugiriendo un verdadero ambiente escolar basado en una descripción detallada de mi aula y de la oficina del rector, que por las amonestaciones que tenía conocía muy bien. También pensé en describir minuciosamente a la profesora de matemática que, según me habían dicho, solía ir a dar clase sin corpiño y al hermano mayor de un compañero mío que estaba muy fuerte de tanto deporte que practicaba. Pero suponía también que por esa misma descripción reconocerían mi colegio, llamarían a la policía y en mi casa mi mamá haría un escándalo tremendo. Además, la revista ya era algo vieja y era imposible saber si aún se publicaba. Lo único exótico en la fotonovela eran los protagonistas que eran negros ―incluso la que hacía de maestra― porque después, de ese Brasil exuberante, sus playas, palmeras y vegetación abundante, no aparecía ni una hojita.
Tal vez fue por esa revista que se formó en mí la idea de que Brasil era una nación supersexual. Lo digo en un sentido absoluto, como que tener relaciones sexuales era lo único que se podía hacer allí, sin importar el momento del día, ni dónde ni con quién. Ningún Pão de Açúcar, ni Minas Gerais, ni Brasilia. No, todo era carnaval, calor y desenfreno sexual. En el Parlamento, en las escuelas, en los supermercados, en las calles y hasta en las iglesias, todos desnudos y alzados. Encima, Federico, un compañero del colegio de mi hermano que había conocido Río en sus vacaciones, me había dicho que en Brasil coger no era algo prohibido. Y que él lo había hecho con su prima de allá, que aunque tuvieron momentos de tensión porque creía haberla embarazado, todo había salido bien y hasta lo habían felicitado, pero que acá no era así y que no dijera ni una palabra, obligándome a jurar silencio total. Yo le creía todo y durante varias noches no dejaba de pensar en esa prima suya que imaginaba negra, caderona, salvaje y ultramaquillada, como la maestra de la fotonovela, teniendo sexo con Federico, con el papá de Federico y hasta con su mamá.
La revista tenía notas y relatos que eran imposibles de comprender porque estaban en portugués pero las publicidades de sex-shops y lencería eran mucho más familiares.
Sin embargo lo que no podía dejar de leer una y otra vez eran los avisos clasificados. Todo un país se condensaba en esa página de contactos de Inferno anal. Hacía esfuerzos sobrehumanos por traducirlos y enterarme de qué iban. Y lo que no entendía, lo suponía con una dosis altísima de delirio. Deduje que la gente brasilera estaba dividida en dos grupos claramente diferenciados, como peronistas y radicales acá. Por un lado figuraban aquellos que se ofrecían como objeto sexual para satisfacer cualquier demanda y por otro aquellos insatisfechos que buscaban nuevas experiencias sexuales. Todos sonaban terriblemente desesperados y no podía creer lo fácil que resultaba trazar con flechas las correspondencias. Me preguntaba si era posible que no se hayan encontrado en esa página, porque de haberlo hecho ya serían felices. Qué suerte, pensaba, que en Brasil siempre hay un roto para un descocido. Por lo que ofrecía, la mulata de enormes tetas congeniaba con el lampiño hiperactivo de Bahía o las mellizas viciosas de no-sé-dónde con un doctor experto en puntos hipersensibles del aparato sexual femenino. También estaban los travestis, los transexuales y operados que incluso ofrecían charlas explicativas de sus experiencias. ¿A quién podría escribirle yo?
Mi mamá, que recién había llegado me llamó a cenar con un grito.
―¡Ya voy!
Antes de guardar la revista volví a un aviso que era mi favorito. Caio, un chico superdotado ofrecía sus virtudes a cualquier persona que lo solicitase, sin importarle el género ni la edad. Decía tener buena presencia y amplia disponibilidad de horarios. Estaba en São Paulo y cerraba solicitando equis cantidad de cruzeiros. ¿Cuánto valía un cruzeiro? Podría escribirle y pedirle una entrevista y ver si esas medidas eran ciertas, porque no quería ser víctima de un engaño más. Habría que ver si esas medidas se referían cuando estaba normal o con su miembro erecto, si se dejaba tocar o no. Pero también quería preguntarle si tenía familia, si estudiaba, si estaba siendo explotado o si necesitaba ayuda. ¿Sería muy religioso Caio? Le escribiría usando un seudónimo, para que acá no me descubrieran. Zezé podría ser, como el chico de la planta de naranja lima. En Brasil debería ser un nombre común. A Caio podría caerle bien y gustarle, y a su vez yo seguro me enamoraría de él, de su virilidad y tez oscura, de su sonrisa que imaginaba blanca y perfecta y rescatarlo de ese ambiente lúgubre para traerlo a Buenos Aires escondido en un micro de larga distancia. Acá terminaríamos juntos la secundaria, noviando a escondidas, dándonos besos en la boca y apretando constantemente. Mi mamá podría hacer los trámites necesarios para adoptarlo y mi hermano colaboraría enseñándole las cosas de nuestro país. Podríamos ducharnos juntos, hacer ejercicio, aprender inglés y a los veintiuno viajar a los Estados Unidos. Allí podríamos casarnos, estudiar para policías y luchar contra el crimen organizado de la ciudad de San Francisco; ser expertos en artes marciales y danzas de salón. Con el tiempo sería lindo volvernos agentes secretos del FBI, frustrar algún atentado contra el presidente y finalmente, luego de ser condecorados con medallas doradas y plateadas, protagonizar películas de espionaje, acción, y tiros que por supuesto, sean prohibidas para menores de dieciocho.


Mar del Plata, julio 2016

9.12.16

Poemas – Xu Lizhi


Tragué una luna de hierro
Tragué una luna de hierro,
que llaman tornillo.
Tragué vertidos industriales y formularios de paro,
me incliné ante las máquinas, ¡qué pronto mueren nuestros jóvenes!
Tragué trabajo, tragué pobreza,
tragué puentes peatonales, tragué toda está vida oxidada.
Ya no puedo tragar nada más.
Todo lo que trago se atraganta en mi garganta.
Hago llegar a todo mi país
este poema de vergüenza.

Un  nuevo día
Quiero volver a ver el océano
para contemplar la inmensidad de media vida de lágrimas.
Quiero volver a subir una montaña alta
para intentar encontrar mi alma perdida.
Quiero acostarme en una pradera
y pasar las páginas de la biblia de mi madre.
Quiero tocar el cielo
y acariciar su envoltorio azul celeste.
Pero nada de esto puedo hacer,
así que abandonaré este mundo.
Nadie que me conozca
se sorprenderá de mi partida.
Sin suspiros, sin penas innecesarias:
llegué en el momento oportuno
y me voy también en el momento preciso.

Sé que llegará un día
Sé que llegará un día
cuando los que conozco y los que no
entren en mi cuarto
para recoger mis restos
y limpien las manchas de sangre ennegrecidas que he derramado en el suelo,
pongan en su sitio la mesa y las sillas volcadas,
barran la basura enmohecida,
descuelguen la ropa colgada en el balcón…
Alguien me ayudará a terminar un poema inconcluso,
alguien me ayudará a terminar el libro interrumpido,
alguien me ayudará a encender la vela apagada,
y al final, las cortinas tantos años cerradas,
alguien me ayudará a correrlas, para que la luz entre un rato.
Después, las cerrarán otra vez, sin rendijas…
Todo el proceso habrá sido ordenado y solemne
y cuando todo este limpio
saldrán en fila, uno tras otro,
y alguien me ayudará a cerrar con cuidado la puerta.

El ejercito de terracota de la cadena de montaje
En la cadena están:
Xia Qiu
Zhang Zifeng
Xiao Peng
Li Xiaoding
Tang Xiumeng
Lei Lanjiao
Xu Lizhi
Zhu Zhengwu
Pan Xia
Lian Xuemei.
Obreros que trabajan día y noche,
que visten
ropa antiestática,
gorras antiestáticas,
zapatos antiestáticos,
guantes antiestáticos,
muñequeras antiestáticas.
Todos listos
esperando órdenes
y que suene la sirena
que les lleve de nuevo a la dinastía Qin.

Meditación
Después de terminar este poema,
iré a meditar al bosque de sauces.
Contemplaré el cielo sobre las montañas y, mientras cae el sol,
que el canto de las cigarras y el agua del lago
limpien el mundo de los mortales, y el corazón del visitante.
Y en la oscuridad mormuraré perdón, olvido,
absolución, compasión …

Río / Orilla
Estoy de pie, observando al borde del camino
el continuo flujo de peatones y coches.
Bajo un árbol y una parada de autobús,
observando el flujo constante de agua,
el constante flujo de sangre y deseo.
Estoy de pie, observando al borde del camino el flujo constante de gente
que están en el camino observando mi constante flujo:
ellos en el río, yo en la orilla.
Luchan, solo con sus brazos, para mantenerse a flote.
La escena me fascina,
y dudo si deseo sumergirme en el río
y luchar con ellos,  apretar los dientes de rabia con ellos.
Y dudo hasta que el sol se pone en las montañas.

Esperar en fila
La multitud en esta ciudad
sube y baja por las calles,
sube y baja los puentes peatonales, hacia el metro
sube y baja esta tierra,
y cada vuelta es una vida.
Esta especie impulsada y consumida por el fuego,
tan ocupada desde que nace hasta que muere.
Solo cuando llega la muerte dejan de saltarse la fila,
bajan la cabeza, ordenadamente
y vuelven a hacer una madriguera en el vientre de su madre .

Menú de un solo plato: carne recalentada
Carne recalentada con ajo
Carne recalentada con melón amargo
Carne recalentada con pimientos verdes
Carne recalentada con tofu seco
Carne recalentada con patatas
Carne recalentada con col
Carne recalentada con brotes de bambú
Carne recalentada con brotes de loto
Carne recalentada con cebolla
Carne recalentada con tofu ahumado
Carne recalentada con lechuga china
Carne recalentada con apio
Carne recalentada con zanahoria
Carne recalentada con brotes de soja
Carne recalentada con judías verdes
Carne recalentada con judías en escabeche
La carne recalentada de Xu Lizhi.

Obituario para un cacahuete
Nombre del producto: mantequilla de cacahuete.
Ingredientes: cacahuetes, maltosa, azúcar, aceite vegetal, sal, aditivos (sorbato de potasio).
Número del producto: QB / T1733.4
Método de consumo: Listo para consumo tras abrir el paquete.
Método de almacenamiento: Antes de abrir el paquete, mantenerlo en lugar seco, lejos de la luz del sol. Refrigerar después de abrir.
Fabricante: Compañía de Alimentación de la Marca Oso de la ciudad de Shantou, LLC.
Dirección del fabricante: Fábrica B2, Polígono Industria Extremo Oriente, Aldea del Arroyo, Lago del Dragón, Ciudad de Shantou.
Teléfono: 0754-86203278, 85769568
Fax: 0754-86203060
Periodo de consumo: 18 meses
Lugar de fabricación: Shantou, Provincia de Cantón.
Web: stxiongjil.com
Fecha de fabricación: 8.10.2013

Habitación de alquiler
Pequeña, húmeda, sin luz,
aquí como, duermo, cago, pienso,
toso, me duele la cabeza, envejezco, enfermo pero no muero,
una y otra vez bajo la lámpara tenue miro sin ver,
río tontamente,
me muevo de un lado a otro, canto por lo bajo, leo, escribo poemas…
Cada vez que abro la ventana o la puerta que chirría
soy como un muerto
que despacio abre la tapa de su ataúd.

Mi amigo Fa
Siempre con las manos en el lomo,
¡un hombre tan joven!
Pero los otros obreros te ven
como una embarazada en su décimo mes.
Ahora que ya sabes lo que es la vida del obrero emigrante
cuando hablas del pasado, siempre sonríes,
sin que esa sonrisa haga desaparecer las dificultades ni la miseria.
Llegaste solo hace siete años
a esta parte de Shenzhen,
lleno de ánimo, pleno de fe.
Y lo que te encontraste fue hielo,
noches en blanco, permisos de residencia temporales, refugios provisionales…
Después de tantos comienzos en falso,
 llegaste a la mayor fábrica de maquinaria del mundo
y comenzaron las horas de pie, apretar tornillos, las horas extras,
el turno de noche, pintar, acabar, pulir, abrillantar,
empaquetar y volver a empaquetar, mover las mercancías terminadas,
agacharse y estirarse mil veces cada día,
arrastrar pilas como montañas de mercancías por la fábrica.
Plantaste la semilla de la enfermedad sin saberlo,
hasta que el dolor te arrastró al hospital
y fue la primera vez que oíste
las nuevas palabras: “fisura de vértebra lumbar”
y cada vez que sonríes cuando hablas del dolor y del pasado
nos arrastra tu optimismo,
hasta que en la fiesta de Año Nuevo, borracho
cogiste una botella de licor con la mano derecha
y levantaste tres dedos con la izquierda,
sollozaste y dijiste:
-“Todavía no he cumplido treinta,
nunca he tenido novia,
ni me he casado, ni tengo una carrera:
Y toda mi vida se ha terminado”.



 Traducción: Enrique García 
Tomado de: www.clb.org.hk/en/content/obituary-peanut-creatively-cynical-world-worker-poet-xu-lizhi

La versión original en chino de los poemas: www.clb.org.hk/sites/default/files/archive/en/File/xu%20lizhi%20poems.pdf