11.8.19

Postal de navidad de un puto en Merlo*, por Ioshua


Che, Emanuel, estoy rehabilitado y viviendo en la calle nueve junto al negocio de libros porno en la avenida del centro. Sí, paré con la falopa y dejé de tomar whisky y mi tipo toca la guitarra y trabaja manejando una camioneta. Dice que me quiere y me regaló un anillo que era de su madre y me lleva a recitales cada sábado a la noche y che, Emanuel, siempre pienso en vos cuando paso por la estación Once y paso por la esquina del departamento de ese tipo con el que solías vivir y yo todavía tengo ese disco de los Redonditos de ricota pero alguien me robó el tocadiscos, qué te parece eso?
Che, Emanuel, casi me vuelvo loco cuando atraparon a Rodri así que volví al Tigre a vivir con los míos pero todos aquellos que conocía estaban muertos o presos así que volví a Merlo y creo que esta vez me voy a quedar.
Che, Emanuel, creo que estoy feliz por primera vez desde mi "accidente" y desearía tener toda la guita que solía gastar en falopa. Compraría una tienda de discos usados y no tendría que vender ninguno, tan sólo escucharía un disco distintos cada día dependiendo de cómo me sintiera.
Che, Emanuel, por amor de Dios ¿querés saber la verdad? No tengo un marido, él no toca la guitarra y necesito dinero prestado para pagarle al dealer y che, Emanuel, voy a estar libre este sábado a la noche, por favor venía a verme.




* Adaptación del poema POSTAL DE NAVIDAD DE UNA PUTA EN MINNEAPOLIS de Tom Waits

Tomado de: Ioshua, Guarda bien este secreto, Subpoesía, 2015.-

5.8.19

Tierra sin mal (fragmento), por Tina Quintana




Tadeo empezó a dormir en un sillón de la casa de Pablo y Esther, aunque durante el día no estaba casi nunca y algunas noches tampoco. Era una casita con fotos familiares cuyos escasos metros cuadrados no causaban tensiones sino una sensación de calidez, algo que él nunca había experimentado. Esther llamaba a su hijo “mi vida”, Pablo contestaba con “mami” y él se sentía fuera de lugar, por lo que trataba de no pasar demasiado tiempo ahí.
Evidentemente no había mucho que compartiera con su supuesto gran amigo. El mayor hobby de él además de jugar al fútbol era ir a bailar, pero ¿qué podía tener de divertido encerrarse en un espacio oscuro y lleno de gente? Conocer chicas, decía Pablo, pero a él el sexo le resultaba incomprensible.
A la única persona que visitaba con asiduidad era al Viejo, pero solo porque era viejo y le hablaba de asuntos para él muy lejanos: política, sobre todo. El problema era que el Viejo, entusiasmado de más por las conversaciones, a veces le ofrecía asistir a las reuniones de la Junta Vecinal, aunque fuera para ser testigo de la dinámica del grupo y ponerse al día con los temas concernientes al barrio. Él se negaba, a riesgo de parecer un ingrato, porque no creía tener nada que aportar.
Lo que más necesitaba era encontrar un trabajo. Su experiencia laboral era nula: solo había pasado por una cantina, donde Pablo imaginó que estaría cómodo porque el negocio era manejado por paraguayos, y no duró más de una semana batiendo sangría en un lavarropas. Es que tan poco sentido tenían el vino, la fruta y el hielo en una máquina centrífuga desvencijada como lo tenían los partidos de fútbol con bolsas de basura en canchitas improvisadas y sin embargo ahí, cruzando la Avenida Rawson, todo sentido parecía perderse.
Caminando por el centro, en el subsuelo de una galería, encontró un cartel con una búsqueda laboral. El local era una santería y se llamaba Santa Rita. Estatuillas de la virgen se rozaban con las del Gauchito Gil mientras que en otros estantes se vendían libros de autoayuda, de religión oriental o de autores con nombres como Blavatsky o Gurdjieff. Nada atraía a tantos curiosos, sin embargo, como las letras de acrílico en la vidriera donde se promocionaban servicios de «Control mental», «Oraciones milagrosas» y «Conjuros a distancia». Todo lo religioso le causaba rechazo pero el dueño del local aceptó emplearlo, quizás por el bajo sueldo que él pretendía, y se incorporó al día siguiente.
Con el pasar de las horas se fue dando cuenta de que no había tantos clientes. La gente paseaba por la galería pero para comprar celulares, lencería barata o sacar documentos clandestinos. No tenía nada para hacer y tampoco podía salir, por lo que cuando se cansaba de barrer y sacar las telarañas hojeaba un poco los libros. Mientras tanto por un ventanal que daba a la calle podía ver a los árboles sacudirse como a través de la ventana del instituto, indicando que la realidad no era más que una apariencia.
Cansado de sentirse una carga para Pablo y su familia, juntó el dinero necesario para mudarse a la pensión «Five Star», justo enfrente de la plaza principal. Acomodaba sus pocas cosas en el cuarto cuando entraron dos chicos que tiraron sus mochilas en el piso.
–¡Es una malcogida esa profesora! Eso es lo que le pasa...
–Che, ¿qué tal? – dijo el otro – Yo soy Julián.
–Yo Ricardo.
–Un gusto – mintió él.
Los estudiantes se desplomaron sobre sus camas para estudiar en voz alta. A él no le molestó, lo superaba el alivio de no estar de prestado en ninguna parte. Aun así no le interesaba interactuar con esos individuos y tampoco era agradable ver a las ratas pasear, por lo que agradeció tener un trabajo que le permitiese estar afuera casi todo el día.
Con las semanas se fue instalando la rutina: se levantaba a las seis de la mañana, con suerte pasaba por la ducha compartida, tomaba unas líneas de cocaína en el baño y salía para esperar el colectivo. Entonces el cielo estaba oscuro y la plaza casi desierta excepto por algún vagabundo que dormía y por los folletos y las bolsas que daban vueltas con el aire matinal. Él no corría la mirada del suelo hasta que el vehículo arrancaba su marcha y entonces los kilómetros empezaban a sucederse a través del vidrio, la más delgada de las transparencias que lo separaban de la vida.
Cuando volvía a la plaza al final de la jornada el panorama era distinto. Por lo general había pastores con o sin megáfonos. Alguna que otra vez se quedaba a escucharlos para hacer tiempo, más del que ya había hecho en el trabajo, pero nunca consideró que hubiera verdad en sus palabras; pensaba que debían ser estafadores aunque más mentirosa era su propia rutina, una repetición maquinal de fragmentos que ni siquiera eran fragmentos sino pedazos rotos de un despedazamiento original e imposible de arreglar.
–Dame velas – le dijo un cliente una tarde.
–A ver si quedaron.
–Dale, rápido, que no tengo todo el día.
Él abrió un paquete de velas aromáticas y sacó un encendedor de su bolsillo para prender una. Después dejó, sin expresión alguna, que las gotas de cebo rojo cayeran sobre su brazo sin importarle el dolor que le causaban. El cliente no le quitaba los ojos de encima, y él sonrió de satisfacción.
–Loco de mierda – dijo el hombre, y salió indignado del local.
Esa noche subió por la escalera de la pensión y se detuvo ante un cuarto cualquiera porque un libro que había hojeado en la santería le había despertado una leve esperanza de que algunas cosas fuesen por algo, de que marcando un número aleatorio pudiera darse con alguien importante en la vida de uno, de que todavía hubiera sorpresas. Entonces se apoyó sobre la puerta con todo el peso de su cuerpo y se imaginó del otro lado a todas las cosas buenas que pudieran existir, no solo a sus escasos recuerdos felices sino también a los futuros que imaginaba de niño, tan brillantes como los cielos que los atestiguaban.
–No hay nadie ahí – dijo alguien al pasar.
Él no se sorprendió y volvió a la habitación, donde trató de dormir a pesar de la luz blanca de tungsteno que iluminaba desde el techo.
Se despertó de un entresueño absurdo, en el que se deslizaban por su mente conjuntos de palabras e imágenes sin sentido ni coherencia, por un golpeteo en su hombro.
–Abajo preguntan por vos.
–¿Quién?
–Pablo, dice que es tu amigo – le dijo Julián.
Es que Pablo a veces pasaba por la pensión para saludarlo cuando estaba por ir a un boliche que quedaba a pocas cuadras de ahí. Por supuesto, siempre lo invitaba y él siempre decía que no. Esta vez aceptó por primera vez la propuesta porque no se le ocurría ninguna excusa; al fin y al cabo tampoco podía rechazar con tanta vehemencia algo que no había experimentado.
En la puerta del baile Pablo se reencontró con sus amigos. Esperando su turno con el patovica los jóvenes empezaron a fumar, a reír y a hablar sobre asuntos comprensibles solo para ellos. Él apoyó su peso contra la pared, sintiendo un vértigo extraño que lo paralizó. Pensó en irse pero los hicieron pasar y por inercia siguió a los demás.
–Hoy tocan Los Palmeras – le dijo Pablo.
Él no le contestó, ni siquiera reaccionó, y dejó caer su cuerpo contra la barra. Su amigo se alejó entusiasmado mientras que él se entretuvo por una pelea entre dos borrachos que se había suscitado al lado de las escaleras. A él nunca le había gustado el alcohol, pero necesitaba algo para sacarse esa horrible sensación que lo envolvía, como de mierda recorriéndole las venas.
Subió al baño, tomó unas rayas en un cubículo, miró su cara en el espejo y la sintió como la de alguien más. Su piel estaba entre blanca y amarilla mientras que sus ojos negros expresaban una mirada distinta, como encendida y apagada alternativamente. No se parecía demasiado a su madre; debía parecerse a su progenitor desconocido, lo cual no significaba demasiado. Como le decían en la calle: debe estar bueno robar con vos porque tu cara es muy común.
Bajó con la intención de irse cuando se topó con un hombre al que encontró familiar, y cuyos rasgos eran mucho más distinguibles que los de él.
–Yolanda, te lo dije mil veces, yo con vos no salgo más.
La chica miró a su amigo abrirse paso entre la gente y atinó a seguirlo con un pequeño movimiento de las manos, pero finalmente no lo hizo. Todo en ella era vistoso y colorido: los labios fucsias, la sombra celeste, el pelo rubio oxigenado que caía sobre la remera plateada. Como se le quedó mirando, ella le dijo:
–¿Pasa algo?
–Perdón, le veía cara conocida.
–¿Qué? ¿A mí?
–No, a tu amigo – dijo él, y es que no se discernían muy bien las palabras por el volumen de la música.
–Capaz le compraste en la verdulería.
Entonces él se acordó.
–Lucas, ¿no?
–Claro.
–Le molesta que otros chabones me hablen, ¿podés creer? Es buen pibe, pero viste, es muy celoso. ¡Somos amigos, con qué derecho! En fin, ahora me quedé sola. ¿Cómo te llamás?
–Tadeo, ¿vos?
–A mí me pusieron Flavia Yolanda, pero me dicen Yolanda. ¡Flavia no me gusta!
Él se disculpó para ir al baño, donde tomó otra línea de cocaína: era lo mínimo que necesitaba para poder seguir con la conversación. Cuando volvió ella seguía ahí contra todo pronóstico, y él se dispuso a tomar sus palabras como un reconfortante, aunque en parte incomprensible, ruido de fondo.
–¡O sea que sos de escorpio! Son de carácter fuerte, saben lo que quieren.
–Mirá vos – dijo él, que no se reconocía con ninguna de esas características.
La acompañó a tomar el colectivo porque ella decía que le daba miedo esperar sola, que siempre lo esperaba con Lucas.
Empezaba a amanecer y las franjas rosadas desplazaban a la oscuridad de la madrugada. Él se detuvo a mirar los edificios, pegados al cielo como cartulinas blancas, y sintió otra vez ese vértigo que parecía desprender halos de los objetos, de su propia cabeza, como una fiebre que no era fiebre. El corazón le latía fuerte y no en el buen sentido.
–Es divertido ser peluquera, te hacés amigos, sos un poco psicóloga también. ¿Vos qué hacés?
–Atiendo una santería.
–Qué interesante. Yo hace mucho no le doy bola a Dios... Lo dejé un poco de lado, es que no entiendo cómo permite tantas cosas feas.
–¿Qué cosas?
–No sé, maldades. Por ejemplo, tengo un vecino que es un psicópata, mezcla vidrio con carne picada y lo deja en la calle para matar a los animalitos. ¿Podés creer?
–Qué feo – dijo él.
–¿Tenés mascotas?
–No.
–¡Ah! Yo tengo a Charly, mi gordito divino. Es un gatito siamés. Me hace mucha compañía.
En ese momento llegó el colectivo. Yolanda no se despidió, mas bien subió y lo miró como invitándolo a hacer lo mismo.
Bajaron en la estación de trenes, el final del recorrido. Empezaba a salir el sol con más fuerza pero sin borrar la evidencia de la noche, el olor a alcohol y el olor a cigarrillos. Ella dijo que tenía hambre y le compró unos churros a un vendedor ambulante; él no aceptó ninguno. Después caminaron unas cuadras hasta llegar a un barrio arbolado, en apariencia tranquilo. En efecto, enfrente de la casa de ella estaba el cartel de «Lucas».
–Bueno, gracias por acompañarme hasta acá.
–De nada – dijo él, que nunca había hablado tanto con una mujer.
En el frente de la casa de Yolanda había un jardín que era pura maleza, y las paredes estaban cubiertas de musgo. Ella hurgó en un bolsillo, buscando las llaves, y se alivió cuando las encontró. Una vez atrás del portón lo invitó a pasar, él supuso que por compromiso.
–No, gracias.
–Dale, vení, tomamos unos mates.
En la sala los sillones estaban rajados, las persianas rotas, el piso levemente sucio. Se sentaron en un sillón y ella pidió perdón por el estado de la casa; es que estaba viviendo sola por primera vez, y no sabía manejarlo. Lo más triste del mundo era pasar sola las fiestas, los cumpleaños, o invitar a cualquier desconocido después de ir al baile con el solo propósito de no dormir sola.
Entonces le cayeron unas lágrimas por las mejillas. Él no supo qué hacer ni cómo reaccionar, y solo atinó a buscar un rollo de cocina que estaba sobre la mesa. Ella se secó las lágrimas y se sonó la nariz.
–Disculpame, seguro buscabas otra cosa.
–No, la verdad es que no.
Y es que era verdad: realmente la había acompañado a su casa con la única intención de acompañarla. En el barrio todos hablaban continuamente de “buscar minitas” y eso le daba urticaria, sobre todo considerando el que había sido el oficio de su madre.
Un rato más tarde ella le había contado toda su historia de vida, bastante normal y sin sobresaltos, sin preguntarle nada a cambio. A él le gustó, le pareció reconfortante poder hundirse en los problemas de otra persona, dejar de pensar en él mismo y así, tal vez, soportar un poco más.


30.7.19

Virginie Despentes: Tenientas corruptas (fragmento)



Escribo desde acá, desde las invendibles, las torcidas, las que tienen la cabeza rapada, las que no saben qué ropa usar, las que tienen miedo de tener mal olor, las que tienen los dientes podridos, las que no saben cómo hacerlo, esas a las que los hombres no les hacen regalos, esas que cogerían con cualquiera que quisiera hacerlo con ellas, las más turras, las putitas, las mujeres que siempre tienen la concha seca, las que tienen el vientre abultado, las que querrían ser hombres, las que se creen hombres, las que sueñan con ser actrices porno, a las que les dan igual los hombres pero le interesan sus amigas, las que tienen el culo gordo, las que tienen el vello duro y negro que no se depilan, las mujeres torpes, ruidosas, las que lo rompen todo cuando pasan, a las que no les gustan las perfumerías, las que llevan los labios demasiado rojos, las que están demasiado mal hechas como para poder vestirse como perritas calentonas pero que se mueren de ganas, las que quieren vestirse como hombres y llevar barba por la calle, las que quieren mostrarlo todo, las que son púdicas porque están acomplejadas, las que no saben decir que no, a las que encierran para poder domesticar, las que dan miedo, las que dan pena, las que no dan ganas, las que tienen la piel flácida, la cara llena de arrugas, las que sueñan con hacerse un lifting, una liposucción, con cambiar de nariz pero que no tienen dinero para hacerlo, las que están desgastadas, las que no tienen a nadie que las cuide excepto ellas mismas, las que no saben cuidar, esas a las que sus hijos les dan igual, esas a las que les gusta tomar hasta caerse al piso, las que no saben guardar las apariencias; pero también escribo para los hombres que no tienen ganas de cuidar a nadie, para los que querrían hacerlo pero no saben cómo, los que no saben pelearse, los que lloran fácil, los que no son ambiciosos, ni competitivos, los que no la tienen grande, ni son agresivos, los que tienen miedo, los que son tímidos, los que son vulnerables, los que prefieren ocuparse de la casa antes que ir a trabajar, los que son delicados, pelados, demasiado pobres como para gustar, los que tienen ganas de que se los cojan por el culo, los que no quieren que nadie cuente con ellos, los que tienen miedo por la noche cuando están solos.


Tomado de: Virginie Despentes, King Kong Théorie, Éditiones Grasset & Fasquelle, París, 2006. 

Traducción: Mirta Nicolás.

24.7.19

Seis poemas, por Pedro Spinelli




¿Y AL SOL?

¿y al sol?
los lagartos y las margaritas

pero es lo mismo porque todos quieren ser de agua
y la razón es que, peltre o fritolin, todos son de agua




A MOE SZYSLAK

Moe a veces invita rondas enteras

Moe es bueno con los morosos incobrables

Moe es bueno

Moe es leal

Y todos sus amores terminan mal

Moe, qué es la legalidad

Moe, tus Playboy duras,
Ciertas pastillas que te recetó Dr. Hibbert,

Tu piel ceniza huele a mueble de aglomerado,
Tu primera mojarra pescada en el lago Michigan

Vamos, Moe, No juegues a ese rifle,
Mañana tal vez sea distinto

Pero, decime, ¿qué música escuchás, Moe, para desgarrarte o soñar?

Contá de tus grandes años, Moe.
¿Qué fueron?
¿Quién congeló?
¿Fue tiempo?

Con vos, Moe, no habrá ley seca

Cierto hastío ¿Cierto hastío? Cierto béisbol

Guardás el recorte de una foto familiar que no es la tuya,
debajo de tu cama,
tres tablitas con una feta de salame encima
Y jugás con la luz apagada a que tenías otra vida

Moe a veces invita rondas enteras

Moe bueno con los morosos incobrables
Moe bueno
Moe leal
Moe amores terminan mal




ACASO LA RUINDAD

acaso la ruindad
fue al principio
un tierno llamado
desde el lado
del agua




AVENIDA BELMONT

Un monje enseñó
al que quisiera escuchar
Se necesitan
Una mesa vieja como el aglomerado
Una silla nueva como el perdón
La birome, las hojas
y la cosa con sabor a éxtasis
una vez a cada tanto




EPITAFIO ESCRITO CON RESINA

Ignoró el mundo
Salvo la miel
Sobre la herida




LINIERS

La reina nos recibe con palco oficial
Para la última pelea de la noche

En la esquina roja un cuello flamante de Brahma
En la esquina azul una ninja pierna derecha

Brahma aspira a sostener el título de la paz de su puesto de comida
y todo el resto en el barrio bolivariano de Liniers

La pierna protege su cinturón de locura, sería su defensa número 19

Fulgen los metales

El armisticio tarda en llegar cuatro segundos

Y cada uno camina para su lado diciendo cagón


23.7.19

De gira, por Tálata Rodriguez


Porro y champán en Zárate
Porro y champán en Campana
Porro y champán en Valencia
Porro y champán en Zaragoza
Porro y champán en Baradero
Porro y champán en Cariló
Porro y champán en Medellín
Porro y champán en Roma
Porro y champán en Tapiales
Porro y champán en San Martín
Porro y champán en Aschwitz
Porro y champán en Beijing
Porro y champán en Mataderos
Porro y champán en Solano
Porro y champán en Bogotá
Porro y champán en Milano
Porro y champán en Esquel
Porro y champán en Posadas
Porro y champán en Casbas
Porro y champán en Cali
Porro y champán en Barcelona
Porro y champán en Siberia
Porro y champán en Catamarca
Porro y champán en Australia
Porro y champán en Trenquelauquen
Porro y champán en Necochea
Porro y champán en Mardel
Porro y champán en Resistencia
Porro y champán en Valladolid
Porro y champán en La Plata
Porro y champán en Fiorito
Porro y champán en Amberes
Porro y champán en Berlín
Porro y champán en Amsterdam
Porro y champán en Lima
Porro y champán en Flores
pero en tu casa:
agua


Tomado de: Tálata Rodriguez, Soy tu perro y otros poemas de grupi, Belleza y felicidad, 2016.-

3.7.19

Cambiarlo todo, por José Fraguas



(Sobre Apuntes para las militancias. Feminismos: promesas y combates, de María Pía López)


El libro Apuntes para las militancias. Feminismos: promesas y combates de María Pía López fue publicado en febrero de este año por la editorial Estructura Mental a las Estrellas, un sello independiente de La Plata, y forma parte de la colección que lleva el morenista nombre de Plan de Operaciones y que, como explicita una nota editorial, se propone reunir ensayos sobre cultura latinoamericana que aborden y sean ellos mismos formas de desafío a la gramática de los poderosos concibiendo a la escritura tanto una vía de pensamiento como una práctica emancipatoria. Creo que el libro de María Pía encarna muy bien esa idea de escribir como una forma de pensar y un modo de intervenir porque es una reflexión sobre feminismos contemporáneos que es también manifiesto y arenga.


El análisis se contamina del entusiasmo y la energía del surgimiento de un nuevo sujeto político que dice “basta” como una de sus primeras palabras. La autora propone: “Pidamos a la palabra que se abra para ver qué arrastra, qué bolsa de significados tiene la tan escueta, qué quiere decir en su altisonancia y en su secreto”. El discurso de María Pía explora la fuerza de ese “basta” como término performativo, palabra que dice y hace al mismo tiempo, y en esa búsqueda extrema las posibilidades que brinda el estilo acercando el registro ensayístico al de la poesía. Esa confluencia genérica parece mostrar mejor la urgencia, la fuerza vital, la contagiosa vibración que transmite esa palabra fundamental que es el basta. La llama entre otras cosas “trazo tajante”, “nuestro ábrete sésamo”, “brasa incandescente”.

Y lo del lenguaje no es algo menor en todo esto porque los  feminismos vinieron a desestabilizar también el sentido de muchos términos. La misma palabra mujeres está en cuestión, no puede dejar de verse como construcción política que incluye lesbianas, travestis y trans. Como señala la autora son los feminismos trans los que mejor mostraron que el cuerpo es construcción política y que solo asumiendo ese carácter y deconstruyéndolo se puede asumir y construir auténticamente la propia identidad. Las discusiones en torno a la organización de un paro de mujeres obligó a pensar en las concepciones del trabajo y la necesidad de que sus formas contemporáneas tengan modos propios de representación y participación.

El texto es autorreflexivo. Dice de sí mismo: “Este es un libro que no quiere ser libro, sino material de agitación”. Y da cuenta del pasaje mismo de la experiencia a la escritura, de la vivencia a la idea, y la visión de los entretelones de ese ir haciéndose transmite inmediatez y autenticidad: “Estas páginas son panfleto urgido y esfuerzo de traducción, apuesta política y cajita de herramientas. Mis propios balbuceos intentando nacer como argumentos…”. Como escritura viva no reniega de los momentos de conciencia de la dificultad y el esfuerzo que demandan tareas como la invención política. Dice: “anoto esto mientras sé que no es fácil, que es laboriosísima construcción de lo que adviene. ¡Uf!”

Esa misma preocupación por no restarle vitalidad a la reflexión hace que se evite el academicismo, la abstracción o el mero juego teórico. Cuando afirma por ejemplo que la irrupción de este nuevo sujeto político no es azarosa sino que hay condiciones de posibilidad amasadas históricamente pide disculpas por tanta sociología. Pero sin embargo es necesario pensar y tratar de comprender esas condiciones y los catalizadores de estos acontecimientos. María Pía señala entre otras cosas la permanente labor de activistas, la educación sexual integral en las escuelas, los proyectos educativos, los libros y los programas alentados por un clima cultural y político democrático y expansivo que vivió nuestro país muy diferente al desalentador y represivo que venimos padeciendo desde finales del 2015.

Entiende que como todo sujeto político los feminismos no puede estar exento de conflictos o disidencias. Su fuerza y lucidez se juega en su capacidad de atender esa conflictividad, de asumir la opacidad y densidad propias de lo común. El desafío es, dice la autora, construir hospitalidad para la querella. Celebra la irrupción del movimiento, trata de mostrar su particularidad sin dejar de vincular lo a otras respuestas frente a la opresión, otras rebeliones y luchas. Y esa es justamente una de las promesas que como señala el subtítulo del libro llegan con estos feminismos, el movimiento traería también una nueva capacidad de comprender el padecimiento y el legado de otras, las brujas, las indias, las africanas, las obreras. La autora señala la importancia del carácter popular de estos feminismos, la necesidad de que sean efectivamente plurinacionales, conventilleros, inquilinos, que se recuerden afros e indios, cabecitas y migrantes, provincianos y portuarios.

María Pía señala es cierto que parece demasiado lo que se le pide a los feminismos pero hay que asumir lo que implica afirmar como posible y necesaria una transformación que nos acerque a la justicia social. Y los feminismos populares de hoy tienen un proyecto radical, se proponen cambiarlo todo. De modo que hay infinitas y urgentes tareas por delante. Una de las cuales es narrar la historia de lo ninguneado,  de lo negado, y aunque se recuperen nombres y acciones no se trata de hacer un panteón de figuras notables sino una historia del silenciamiento y de sus quiebres: “narrar la ruptura, el vínculo entre movilización social, aparición de sujetos colectivos y modificación de los campos del conocimiento y de la producción estética”.

Pensar el quiebre que suponen los feminismos que están insurgiendo es precisamente lo que hace este libro que recupera también el legado de otros libros como el de Flora Tristán que en 1843 señaló el lugar clave que tiene la opresión de género en la desigualdad. Retomando esa certeza nuestra autora afirma hoy: un proyecto de emancipación no puede desoír las prácticas y saberes que encarnan los feminismos.

8.6.19

Lift, el descenso a la adultez, por Laura Salino



No nos sorprende que Radiohead sepa hacer con las metáforas del mismo modo que Thom Yorke hace con la voz.

El video de Lift comienza en el piso 18, lugar adonde los adultos hemos llegado alguna vez y que debimos atravesar, solos, con nuestras pequeñas bolsitas y los compañeros de viaje ocasionales de cada momento vital.

La puerta del ascensor se abre y entran dos jóvenes con aire despreocupado y adolescente que, al descender, generan y encuentran desorden: la más joven apoya su palma abierta y deja marcados todos los pisos ante la sorpresa molesta de Yorke, que ahora deberá detenerse en cada piso; la otra encuentra una planta en el suelo. Juventud, divino desorden.

A continuación, una anciana con un carro de la compra (lleva más cosas que los otros) deja atrás más macetas en el suelo, entra y mira con desconfianza, aferrada a su carrito. Otro curioso pasajero, a medias entre yuppie y homeless entra y desciende en un piso derruido y caótico.

You've been stuck in a lift
We've been trying to reach you, Thom

La anciana atraviesa la puerta en el piso 13, donde todo está patas arriba, la música se tensa, el escenario vuelve a mutar.

Hombres con trajes y corbatas apretadas, sin pelo, encierran a Thom en el centro del cubículo, ahora la cámara es aérea, toda la escena se ve desde arriba, las calvas lustrosas se mueven y discuten con papeles en las manos.

The smell of air-conditioning
The fish are belly-up
Empty all your pockets
'Cause it's time to come home

La música vuelve a calmarse cuando la tropa de calvos desciende y Yorke queda solo con uno de ellos, que baja directamente en un cuarto de baño cuyo mingitorio lo recibe apenas cruza la puerta.

Nuestro hombre sigue bajando solo y la puerta vuelve a abrirse, esta vez en el interior de un comedor donde una pareja mayor reunida en la mesa, mira y es mirada hacia y desde el ascensor.

La música vuelve a tensarse mientras muestra a nuestro personaje impaciente, la puerta vuelve a abrirse: un anciano camina con bastón por un largo pasillo hacia el ascensor cuya puerta se cierra antes de que pueda alcanzarlo.

Otra vez la vista aérea y un niño juega con un coche de juguete, otro joven bebe el agua de la pecera con los peces dentro, un perro, mujeres en corro que piden ser miradas y una foto para la ocasión, un técnico que desmonta el cielorraso, alguien trapea el suelo.

Yorke se disminuye ante un enorme negro que come y ambos observan el espacio de una mujer que descansa rodeada de libros y discos, el hombre negro y enorme desciende en un contraste de luz.

Nuestro personaje vuelve a quedarse solo.

Estamos ya casi al final del recorrido. Piso 01. La puerta se abre y vemos la duplicación de nuestro personaje tras ella, de espaldas. El mismo atuendo, las mismas bolsas.

Thom va al encuentro de “su otro yo”, digamos. Le toca el hombro. Lo desenmascara: es un calvo. Pero el otro yo de Thom mira a la vez hacia atrás donde nuestro personaje sigue ahí, nunca se movió de su lugar. 

Today is the first day of the rest of your days
So lighten up, squirt.

La puerta se cierra.




Lift, dirigido por Oscar Hudson.

25.5.19

Diseño editorial, por Emilio Jurado Naón




El juego de la edición hogareña: una visita la casa editorial Fadel&Fadel

Para reconocer la casa de un editor artesanal hay que mirar los timbres: si el número del departamento está impreso sobre la pared con una tipografía antigua, entonces estás en el lugar correcto. Este es el caso de la editorial Fadel&Fadel, un espacio híbrido entre casa e imprenta de poesía. Al fondo del pasillo, en el último departamento de un PH en Chacarita, un recibidor junta cajas de vino mendocino (un rubro complementario del editor Tomás Fadel, oriundo de Tunuyán) y abre a una sala de techos altos donde los estantes repletos de libros y las herramientas de trabajo respiran con tranquilidad. Hay impresoras, prensas, un telar para el cosido a mano, un revelador de fotopolímeros, una abrochadora de pie de 1940 y, más arriba, en la terraza, una máquina de imprenta con tipos móviles para las confección de portadas.

El cuidado que muestra Fadel al manejar las máquinas y contar la historia de cada una de ellas convive con una fruición notable por los materiales de trabajo: los distintos tipos de papel que acumula para libros futuros, serigrafías sobre cartón y elementos sólidos poco frecuentes para las encuadernaciones. “Yo hago libros-joya”, formula Tomás mientras arma un cigarrillo. “Se habla de los libros-objeto, pero un objeto es una cosa cualquiera, una piedra. No, a mí me gusta hablar de libros-joya”.

Su primer contacto con el quehacer editorial fue en la Escuela de Poesía y Edición de Daniel Durand. En los años de formación en escritura, lectura y armado de libros, Tomás Fadel trabó amistad con Durand y terminó formando parte, junto a Matías Heer, del equipo editorial de Ediciones Chapita. En el aspecto del diseño, lo que caracterizó a esos proyectos editoriales, según Fadel, fue la libertad que proporcionaba no depender de las normas que imponen las imprentas. “Ahora existe la impresión por demanda, pero en esa época tenías que depender de que te hicieran tantos libros mínimo, de que tal cartón sí tal cartón no... esto sí, esto no... Entonces la idea de la editorial independiente de los noventa era poder hacer lo que uno quería”, sintetiza Tomás mientras me muestra las plaquetas de Ediciones Chapita, brillantes, mate, coloridas y siempre con una distintiva chapita de botella incrustada en la portada. Cada libro tiene un diseño distinto, incluso varios ejemplares del mismo título; un rasgo que le brinda singularidad a cada volumen, sí, pero también un rastro de que cada libro nuevo es una oportunidad de hacer lo mismo de otra manera. Lo que nos diferencia de otras editoriales es la cosa lúdica, porque para nosotros es medio un juego tener una editorial. Sacamos plata para ir de viaje, hacer más libros, nos damos gustos, pero ninguno de nosotros vive estrictamente de esto”. 

La necesidad de ampliar más y más las posibilidades del juego los llevó, en un momento, a querer expandir su taller casero. “¿Qué es lo que queríamos hacer?”, piensa Fadel en voz alta cuando retoma los que fueron sus primeros años de creación conjunta con Matías Heer y Daniel Durand, “Ya hacíamos serigrafía, ya sabíamos imprimir libros, pegarlos... pum, queríamos aprender algo nuevo. ¿Qué queríamos aprender? Letterpress, que es impresión con tipografía de plomo, con pintura sobre cartones. Ya habíamos empezado a jugar con los gofrados: huecos con formas que se le hacen al cartón, formas que sacábamos de impresoras viejas, de la calle, de cualquier lado. Cualquier metal que encontrásemos, lo mandábamos. Entonces dijimos 'vamos a comprar una máquina que imprima tipografía'”. Así se inició un período intenso en el que dieron cacería a máquinas viejas, fueron adquiriéndolas mes a mes, las repararon y se pusieron a jugar. “Empezamos a experimentar con las impresiones y dejamos de hacer tantos libros. Fue encerrarse a aprender a usar las máquinas”, recuerda Tomás, como el fin de una etapa y el comienzo de otra. “Dejamos de hacer Chapita; en 2014, yo empecé con Fadel&Fadel; en 2015, Dani se fue a Filipinas, y de a poco me fui trayendo sus máquinas a mi casa”.

La formación intensiva y la incorporación de las máquinas de imprenta que habían ido acopiando fue el combo potente que dio inicio a un sello propio: Fadel&Fadel, editorial que reúne varias colecciones (poesía argentina contemporánea, traducciones, ensayos de poetas sobre pintores y libros de fotografía) y que lleva adelante con la ayuda de Guadalupe Alfaro y Aldo Giacometti. Pero, a diferencia de Chapita, en la editorial actual de Tomás Fadel el colorinche no es la línea; más bien rige una estética minimalista, prolija y elegante que deja lucir los variados materiales (distintos tipos de papel, cartón y tinta) adaptados a cada libro. “Las decisiones de diseño juegan para el texto; así tiendo a pensar el diseño yo. Si el diseño se impone, es que está jugando para él mismo y sólo quiere verse bien diseñado (lo que sí puede servir para crear una colección distintiva dentro de la editorial). Nosotros editamos poesía, literatura, así que nos importa que el diseño juegue para el contenido”.

Pero, ¿qué significa pensar el diseño para que juegue a favor del texto? Un ejemplo sería la serie de textos conceptuales The text is silence que “reúne textos silentes, experimentales, en donde el que habla y les da sentido finalmente es el lector. Todos fueron impresos en tipografías de plomo y madera para darles una onda corpórea, una onda sólida, maciza, material a textos que, si no, serían puramente conceptuales”. La materialidad subrayada que les brindan la máquina Minerva y sus piezas de plomo es un recurso para justificar que estos textos migren del plano efímero de Internet o el archivo en PDF al soporte físico del libro.

Así como cada libro requiere un diseño propio, también es fruto de una etapa de toma de decisiones. Tomás habla de esa instancia como la de un diálogo que se entabla con el autor del libro. “Por ejemplo el último que hicimos es el de Léonce Lupette, Äkste & Änkste denxte. Este libro lo hicimos todo junto con él: elegimos la tipografía, la impresión a calor de la tapa, sumamos unos grabados de un amigo suyo para separar las partes del libro, lo armamos y lo imprimimos. Él me ayudó a armarlo también. Eso facilitó mucho el trabajo. La idea de la editorial es que, si el autor quiere, puede sumarse al proceso de armado”. Y así cierra, con otra escena lúdica (un juego de a dos), el proceso de diseño y edición hogareña en la casa Fadel&Fadel.



17.5.19

Cómo matar al Presidente, por Mirta Nicolás





Es muy fácil, con una Smith Wesson de aluminio
con un cargador con tambor de cinco balas
con un caño galvanizado de dos centímetros
con cuatro piedras en las puntas rellanas
de pólvora casera, con una bomba molotov.
Pensaba matar al Presidente y, para festejar,
encargué sanguches de jamón y queso,
los quería bien fresquitos. Mientras
rezaba por el descenso del Presidente
a los infiernos y lamentaba
las aciagas consecuencias
de su endémica idiotez.
Recé y recé y también pedí perdón
por tanto odio acumulado
pero no pasó nada.
Argentina era y es el teatro
de los atropellos más groseros
y de los acuerdos más impunes
para privilegiar a los ricos
y hambrear a los pobres.
El imbécil del Presidente
en la mesa chica de su trama delictiva
cómplice de los males propios
de nuestra sociedad patriarcal
espectatular y anclada
en la inane simbología del deporte.
el estúpido del Presidente, digo,
se reía. ¿De qué se reía? ¿Por qué?
“La Patria dejará de ser colonia
o la bandera flameará sobre sus ruinas”.
María, la madre de Dios, también
le deseaba la muerte
al Presidente argentino.


Tomado de: Mirta Nicolás, Los detalles de una borracha, Avatar, Buenos Aires, 2019.-

14.5.19

Una narrativa del descontento, por Javier Fernández Paupy




Sobre Barricada (Ediciones del Trinche, 2019), de Gustavo Calandra

En su último libro, Gustavo Calandra muestra una época, la nuestra, de manera oblicua y esquinada. Son las condiciones materiales de nuestro tiempo. Su literatura es un espejo de tinta. El autor refleja un mundo hostil en el que muchxs temen y otrxs miran. En este libro hay un enemigo menos claro y más difícil de identificar que el que aparece en Lxs lo que luchan (Palabras Amarillas, 2016). Son libros que hacen serie, escritos en el tono de una denuncia recitada. Con escenarios confusos que desorientan a personajes extraviados. Un cruce entre el diario de viaje y la crónica social enmarca este catálogo de vicios y defectos que también muestra posibilidades de vida, muchas veces fallidas, o manifestaciones erróneas. Armados de crítica y grotesco, estos relatos levantan el escudo por excelencia de las revueltas populares, la barricada. Un freno para el avance de una energía hostil. Son relatos de ficción que postulan una realidad que no impugna otros tipos de pensamiento. Son posibilidades de vida. Es ficción. Pero no es un invento. Néstor Sánchez: «Cuando la escritura se pone al servicio de una ideología política, me da miedo que se confundan una y otra». (El drama sin atenuantes. Conversaciones con Carlos Riccardo). En Calandra la escritura no está al servicio de ninguna ideología partidaria. Es pensamiento y política vueltos ficción. Roberto Arlt, en el prólogo de Los lanzallamas, escribió: «¡Cuántas veces he deseado trabajar una novela que, como las de Flaubert, se compusiera de panorámicos lienzos…! Pero hoy, entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no es posible pensar en bordados». Los relatos de Calandra hablan de ese desmoronamiento social y presentan caminos laberínticos que en algún momento se topan con una barricada final. Ya en el 2011 Calandra había vislumbrado, en la novela gráfica Malón Mestizo, la muerte de altos funcionarios de turno y de otros idiotas de la sociedad del espectáculo. Guy Debord sabía que el espectáculo es una droga para esclavos. En Calandra se mezclan Boris Wladimirovich, Kurt Wilckens, la Revolución Mexicana, los descamisados,  la tercera posición, el anarcoperonismo, Leopoldo Marechal y Samuel Tesler con una frase que aparece en Adán Buenosayres: «Buenos Aires, la perra que se come a sus cachorros para crecer». ¿Postulan los relatos de Barricada la convicción de que solo la violencia puede barrer la injusticia social? Algo queda deliberadamente sin decir. ¿Hay confianza en los fusiles como si fueran la mejor política para denunciar los atropellos? Este libro mata fascistas. La frase podría aparecer en la solapa de Barricada. Arrebatos de exaltación permanente. Sin miserabilismos ni patetismos ni chantajes. Excepto que neguemos el terror que todavía se ejerce contra la mayoría explotada.
  


Reminiscencias, por Luis Thonis



Que el ruiseñor o cualquier pájaro más próximo
a ser lejano se atreva
nada puede hacer con la que amonedó los libros
muy en vano buscas la página
que no señale, miente, revele
la vieja virgen loca donde todo canto ronronea



DE: Luis Thonis, Siglo de manos y la criatura, Ediciones Último Reino, Buenos Aires, 1987.-

10.5.19

Bichos raros a propósito de Bichos raros de Nadia Gómez, por Paula Labeur


Bichos raros, Nadia Gómez. Ilustraciones de Muriel Bellini (Buenos Aires, Palabras amarillas, 2018)

Muriel Bellini

Cuando los teléfonos eran fijos y no dependían de los datos, algunes hablantes desarrollaron  mejor o peor la habilidad de dibujar con birome bic finita todas las superficies de papel en blanco que estuvieran al alcance de la mano  y / o el cable. Los dibujos en cuestión proliferaban  -sin un plan demasiado prefijado-  al ritmo de la charla y en relación inversa al turno de habla. Escuchar, parece, incentivaba las ganas de dibujar en ilustraciones que iban tomando toda la superficie disponible para converger o sobre todo divergir libremente del asunto de las largas charlas amarradas a la mesita del teléfono.

Quizás no es  birome finita lo que usó Muriel Bellini, pero es en lo que me hicieron pensar las ilustraciones que hacen de Bichos raros un delicado librito álbum no mucho más grande que un celular. Las ilustraciones , como portadilla de cada texto o como un resumen cuando llegaste al final del capítulo preparan para el desconcierto, acompañan la incomodidad, renuevan la inquietud en la que se mueven los textos,  invitan a releer cuando la  birome finita fue para donde ni nos imaginábamos que podía ir y resulta entonces una encantadora lectura multimodal seguir los recorridos de Muriel en la escritura de Nadia y la escritura de Nadia en la leve y punzante ilustración de Muriel que en los blancos del blanco y negro sugiere incluso la posibilidad de pintar (con las otras biromes finitas, la roja, la azul, la verde) mientras se puede seguir pensando y viendo en cómo dialogan textos e ilustraciones y si combinan o no combinan nada  como los zapatos justos para un casamiento al que  una ni siquiera quiere ir como el que cierra la taxonomía de Bichos raros.


El profesor Revillod

El rasiberado, un gracioso animalillo cubierto de pelo del celeste imperio,  es un animal con cabeza de rata, un cuerpo parecido al de cualquier lomo con pelos que puede ir de un perra grande a una búfala, de una leona de cierta edad a una vaca y una cola despampanante de pez tropical de acuario o de mantel individual de plástico de los polirrubros  chinos  o de documental de Jacques Cousteau.  Difiere levemente del rasibedillo , un gracioso animalillo cubierto de pelo de la región del Orinoco, que no cuenta con la magnificencia de semejante cola pero luce en sus ubres, siempre, un perro pequeño, quizás un cachorro,  que encaramado a un banquito chupa sus ubres con insistencia saltarina.

Como un libro álbum de bichos raro, el primer libro de Nadia Gómez viene a hilvanarse en una larga tradición de literatura infantil y no tanto que propone mezclar lo que la realidad o la lógica occidental o las buenas costumbres tienden a separar. Así como Fabuloso animalario del profesor Revillod de Javier Sáez Castán y Miguel Murugarren nos permite descubrir la friolera de 4096 animales con solo ordenar pacientemente las tres partes de sus 17 páginas ilustradas, el Bichos raros de Nadia nos lleva de la mano de una a otra situación, situaciones que chirrían como los cortes de Revillod, situaciones que se pegan por el capricho de la autora. O de les lectores si deciden hacer caso omiso a la voz delirante del narrador y se pegan las vueltas como quieran dentro de la materialidad de un libro que de última empieza y termina en cualquier parte. Como todos, si depende del lector, claro;  pero en este esa desmesura está instalada en la misma decisión autoral. Pero podría ocurrir que les lectores se mostraran dispuestos a seguir la voz ordenadora del narrador y entonces se encontraría, en el orden elegido por Nadia, con las  mismas ágiles anécdotas que podrían sucederle a cualquiera que habite lo previsible del mundo atento y dispuesto  a su imprevisibilidad. Y que acepte que lo grave es leve y lo leve, grave según como vengan barajadas las cartas y quién sea la mano.

Ema Wolf

Ema Wolf cuenta que la idea de hacer un libro sobre animales extraños le vino de una costumbre de sus hijos que, cada vez que un documental de televisión mostraba un bicho raro, la llamaban a los gritos para que lo viera. En esa familia, saber que un escarabajo del desierto de Namib refrigera su cuerpo con la misma ventilación que la de los autos Volswagen resulta tan importante que no importa  tener que refregar las ollas porque la comida se pegó cuando la atención se desplazó de las hornallas a la tele. En el prólogo de su libro, Wolf se ve en la necesidad de aclarar que los zoólogos que escucharon sus dudas insisten en que los animales extravagantes no existen, que solo es una manera de mirarlos. “Sucede que yo los miro de esa manera”, aclara Wolf por si a alguien le quedara alguna duda en un libro que se llama Qué animales.

Un viaje en auto, un encuentro de taller, un congreso en Mar del Plata, una clase de la escuela primaria no nos llamarían en primera instancia a dejar todo quemándose en la cocina para ir a ver qué sucede y sin embargo, en  la obligación de detenernos a mirar eso que se vuelve extravagante solo porque alguien lo cuenta mirándolo en la supuesta objetividad del registro documental y con cara impávida, tienen en el Bichos raros de Nadia el hipnotismo envolvente de cualquier cocción que requiere su tiempo y se acelera inesperadamente.

Quienes se dedican a estudiar Letras

A cualquiera que estudia Letras le enseñan tempranamente que no debe preguntar por la biografía del autor/a en el texto, que el texto es el texto y su mundo ficcional es autorreferente. Cualquiera, estudie o no Letras y quienes estudian Letras cada vez que no tienen que caretearla, se pregunta indefectiblemente por qué de la vida real aparece en eso que ahora es texto sobre todo si tiene algún tipo de relación con quien se ha animado a mostrarlo que es mostrarse y develar cuánto de raro hay en su percepción del mundo que al fin y al cabo es lo que hay. Hurgar en la propia vida y sus circunstancias para volverla texto resulta en el Bichos raros de Nadia tan peligroso como correr con unas tijeritas cerca de la lengua sobre todo cuando una se da cuenta de que ha sido vuelta personaja y teme haber hecho aquello que mejor no y suspira aliviada si le ha tocado un lugar más o menos tranqui en el escenario delirante de las aventuras de Nadia Gómez en el papel y en la vida.

Alcira Bas

Cuando Alcira Bas nos comparte -entusiasta como es- sus experiencias de escritura en los primeros talleres de Grafein –y lo ha hecho y lo hace en clases, congresos, jornadas, viajes en auto y tomando un café- siempre nos recuerda que para les participantes de Grafein la única condición de “bueno” de un texto es que invite a escribir, a seguir escribiendo, que genere nuevas escrituras que se descuelgan como continuidades de ese texto primero que resulta, en su evaluación de “bueno” de un  pretexto para todos los que le sigan.   Qué bueno es entonces el Bichos raros de Nadia que desde la levedad de una escritura que vuelve posible la idea de remedarla y desde una perspectiva para mirar el mundo que lo vuelve extraordinario en su misma cotidianeidad nos invita y desafía a volver a mirar para encontrar esos otros bichos raros que sí o sí seguramente andan por ahí.


1.5.19

Gelatina, por Denise Koziura Trofa



Nunca me gustó la gelatina.
Ahora comprendo que siempre comí gelatina light. Quizás tendría que posar mis palabras en otras bocas y sólo entonces hacerlas salir al campo. Bocas gozosas de azúcar. Yo no puedo. Siempre está el fantasma de la diabetes. Aunque me acosan otros fantasmas. Están los pasados y los peores: los existenciales. A esos les temo a sobremanera, les disparo con pastillas de colores. Confites que me inflaman el vientre, las piernas, los brazos. Y en la huída, mis carnes danzan. Se mueven como un todo amorfo. Como el bollo que aspira a ser pizza y está levando. Mucha levadura también hace mal. Crece la masa hasta que rebalsa el bowl. Se grilla. Explota. Salta el botón. El jean me lastima la piel. Lo abandono. Me hago amiga del jogging y corro con mis brazos que flamean como banderas. Me apuro dejando atrás la angustia que ante el más mínimo traspié me abraza. Me envuelve. Me contiene. Y de buena que es me llena la boca mientras me tiende la mano. Me resigno y le acepto el gesto. Corremos juntas a lo Heidi. Vuela el bollo hasta que cae con fuerza sobre la mesada. Es casi todo grumos. Pero le insisten. Le piden que crezca, que se ponga más lindo, que vaya a la universidad. Él ya sabe que le espera el horno. Se calienta y cambia su estructura. Ya nada es como lo era. Todo está teñido de rojo. La mozzarella se diluye y burbujea. Lúbrica. Esa salsa también combina bien con los fideos. Que son como sogas. Sogas como las que adornaban el cuarto de los tíos de Luján. Sogas de esas gruesas que tienen como pelitos. Pelitos como los que Fabián tenía en el pecho. Llega la pizza y todos la engullen. Yo no porque ahora me recuerda a los pelos y se me revuelve la panza. En el ejercicio de mirarse el ombligo, puede uno, ante la oquedad, toparse con el infinito todo. Apelo a mis confites amargos. Como el postre para pasar el trago. No repito porque los otros ya me miran mal. Seguro que el flan se te aloja en la cadera, porque ya sos todo cadera. Venís a ser un Koinor. Premio al transformismo. Y sus miradas me ensanchan. Y mi cuerpo abarca la habitación toda. Contengo la respiración para no inhalarlos. Para no tragármelos a ellos también. Alguien tiene la lucidez de abrir una ventana. Algunos parten y otros se asoman al balcón. Aprovecho mi soledad para coquetear con el flan que me guiña el ojo. Yo hago que lo ignoro pero me somete. Ante el menor gesto de debilidad me aprieta las manos. Pero mamá oye me quejido y me rescata. Echa fuera el flan mientras me explica por qué no me conviene. La diabetes, me recuerda. Y me acerca un pote con gelatina.