16.2.19

Secuelas, por Natalia Lenart




Tati

Es casi imposible no fruncir la nariz. Aprieto los dientes con una mordida despareja. Su rostro está plagado de verrugas. Una mujer con la cara cubierta de protuberancias. La pareja de mi madre. Miro por la ventana, no hay nubes. El cielo celeste como el repasador que está sobre la mesada. Un poco desteñido por la lavandina. No quiero voltear la cabeza. Le hablo y la escucho de costado. Ella me mira muy  cómoda desde la silla que está frente al televisor. Igual las puedo ver. Son demasiado grandes. Hago la respiración de yoga. Inflo el abdomen. Suelto el aire despacio. Un poquito por una narina. Otro poco por la otra.
–Estaría bueno que vengas –me dice.
–¿A dónde? Perdón, sí, sí, voy a ir. Me distraje con los pájaros.
Sin pensarlo mis ojos están otra vez clavados en ella. Nunca está cuando vengo a la casa de mi madre. Apoya las manos sobre la mesa. Por Dios, están llenas de verrugas. Me tapo la boca con la mano. Siento que lo hace a propósito. Me levanto y busco un vaso. Me sirvo agua y le ofrezco. Cuando la pregunta ya había llegado a sus oídos, veo mi vaso y el de ella sobre la mesa con agua. Nuestras miradas se encuentran. Arquea las cejas. La frente se frunce. Las verrugas se agrupan y forman una gigante. Me siento cada vez peor. Me voy al patio. Respiro, respiro, respiro. La puerta está abierta pero la cortina plástica de colores, me tapa. Regreso con un limón que encontré cerca de la pileta. Lo corto a la mitad y luego en gajos. Me llevo uno a la boca. Como cuando era chica que convertía mi dentadura en un solo color, sonrisa naranja. Esta vez con un limón. Aprieto los ojos y el gajo contra mis dientes. Mi cara se deforma. Abro y cierro los ojos rítmicamente. Abro la boca y saco la lengua. Ella me mira, qué horror dice. Peor es tu cara tengo ganas de decirle. Pobre, lo mío es transitorio. No quiero tratarla mal. Es buena, soy yo, no lo puedo evitar. Ella me fue a buscar cuando hubo paro de transporte. Era de noche y me dormí durante el viaje. Me dejó en mi casa y siguió. El sonido de unos aplausos nos hace dejar de mirarnos con asco. Es el vecino que necesita que saque el auto del garaje. Está un poco nervioso. Su voz se propaga con cierto olor a vino tinto. Cuando regreso ella no está en la cocina. Me alivia que se haya ido al cuarto. Lavo los vasos. Guardo la otra mitad del limón en la heladera y los gajos también. Enciendo el televisor y me quedo dormida con el mentón incrustado en el pecho, los brazos cruzados sobre mi panza. Abro los ojos y ella me está mirando.
–Te quedaste dormida.
Me acomodo en la silla. Me refriego los ojos. Con la mano siento algo húmedo cerca de la boca.
–Te babeaste. Me dice y se da la vuelta, moviendo la cabeza.
–Tomá una servilleta. La agarro y me voy al baño.
–Tu mamá ya debe estar por llegar. ¿Te vas a bañar?
–estúpida
El baño se llenó de vapor, prendo el extractor y hago un círculo con la mano para verme. En el costado izquierdo empañado escribo “verruga maldita”. Mientras me voy secando el cuerpo me observo en él. Me acerco, giro la cabeza. Perfil derecho. Perfil izquierdo. De frente estiro el cuello y enfrento mi rostro con mi doble. Tengo uñas muy pequeñas. Para nada parecidas a las de ella. Escucho que están hablando en el comedor. Dejo de mirarme y comienzo a vestirme rápido.
–Abril, ¿llegó Tati? Es la voz de mi madre.
–¡Hola, Félix! Pará, no me empujes. Yo también te extraño.
–¡Félix afuera!
–Dejalo Abril. No me molesta. Vamos, afuera, Félix. Me siento en un banco que es un tronco. Él se acomoda con sus cuatro patas, se  desparrama al lado mío. Lo acaricio y le revuelvo el pelo.
Tac, tac, tac, tac. Mamá está viniendo con nosotros. Me levanto y la guío hasta el otro tronco. Pliega el bastón. Félix se va al lado de ella. Perro comprometido como ninguno. No quiero llorar. Aunque ella no me ve. Mi voz me delataría. No acepto que por la diabetes haya quedado así. Ella pareciera que sí, hasta se enamoró. Tuvo suerte Abril.
–¿Cómo estás, Tati?
–Bien, ma. Encojo los hombros. A ella sí le miro la cara. Es bella. Piel morena, boca grande, nariz pequeña. Su cabello, el marco de la cara, hasta los hombros con las puntas sanas. Cada vez que estamos juntas le pregunto cómo me recuerda. Hace diez años que no me ve. Tengo veinte. Me recuerda con zapatos ortopédicos, una trenza cocida. Peinado que me lo siguió repitiendo hasta los doce. Yo le decía que ahora le salía mejor que antes. Se ponía tan feliz. Horrible me quedaba. En la escuela se reían y me cargaban. Yo los ignoraba. No entendían nada. Hay que hacer una trenza cocida. Me la hizo una ciega les decía. Boludos.
–¡Vamos, chicas! ¿Ya están listas?
–¡Sí, amor! ¿Vamos, Tati?
–Tati, te olvidaste de colgar la toalla y de limpiar el espejo. Me quedé quieta en el lugar. Ya fue.
Le tomo la mano a mamá y la pongo sobre mi hombro. Mientras tanto con la otra despliega el bastón. Félix nos sigue. Entramos al comedor. Agarro mi mochila y guardo todo lo que había traído el día anterior. Después del teatro me voy a mi casa. Elevo mis hombros, miro a Abril y le digo, vamos. Desde que ella descubrió teatro leído, una vez por mes lleva a mamá. Es la primera vez que las acompaño. Mi auto es de tres puertas. Abril atrás. Mamá al lado mío. Ya tiene los movimientos bien calculados. Sabe cuándo tiene que agacharse.
Ella le posa la mano sobre el hombro. Mamá  la toma y la besa. Sus labios tocan todos esos bultos carnosos. Temblores en mis piernas. Tengo seca la boca. No produzco saliva. Los mismos síntomas de siempre. Esta vez respiro profundo, profundo. Hago pausas de cuatro segundos en cada exhalación.
A veces tengo ganas de decirle que se está aprovechando de mi madre. Pongo un cd de cumbia.
–Tati, ¿no hay otra música? A Abril no le gusta.
–No, solo escucho cumbia. La radio no funciona.
Llegamos. La cara de traste de Abril me hace sentir mejor. Las dejo en la entrada y busco estacionamiento. Vuelvo con paso ligero, casi al trote. El auto quedó a ocho cuadras. No quiero mirarlas. Mamá le acaricia la cara. Ella le zampa un beso en la boca. El flaco que está en frente las mira con cara de espanto. Tira el cigarrillo y escupe al piso. Qué idiota. Mi vieja está enamorada y cuál es el problema.
–¿Entramos?
–Tomá las entradas, Tati.
–Gracias, Abril. Abrazo a mi madre. No me importa nada.
Se apagan las luces del teatro. Se enciende el escenario. La obra comienza. La miro, sonrío levemente y cierro los ojos.
                                                                                                                                                                                                                                                     
Inimputables

Ya está. Desciende de a poco, sobre las dos sogas gruesas, secas y deshilachadas en las puntas, a un metro y medio de profundidad. Se choca con las paredes del pozo. Toca el fondo. Los que se animan toman un poco de tierra y se la arrojan. Mutismo absoluto, sonido de las chicharras y de narices moqueando. Después de un rato, dos de los municipales comienzan a palear con seriedad, son el centro de atención. Luego clavan las palas al costado, agarran las tres coronas y las tiran sobre el pozo ya cubierto (una sobre la otra). Ahora sí está bajo tierra, más fresco que nosotros. Juana llora, se seca las mejillas con las dos manos, saborea los mocos líquidos con la lengua. Mi primo, “el ruso”, la abraza y fija su mirada a las  coronas (sobrinos, hijo, compañeros). Tiene los ojos colorados y la cara también, esta vez por el sol. Es alcohólico: cuando se emborracha, el color es un rojo un poco más morado. El rojo de ahora es tirando más a rosado. El abuelo se acerca a nosotras, comienza a despedir gases (pedos). Lo miramos y se escapa una risotada de nuestras bocas. Es el momento más tétrico (creo) nunca más íbamos a ver al tío. Y el abuelo nos hace esto.
–Me hicieron mal los sándwich –lo dice de costado con una sonrisita y remata–. No hay una puta sombra.
–No podés –le dijo mi hermana moviendo la cabeza.
El olor es lo peor de todo, osamenta varada, dijo Mica (mi hermana) por lo bajo. Estábamos al costado, ni tan cerca ni tan lejos de la fosa. No creo que la baranda se haya dispersado, hay poco viento. La carcajada sí se explayó un poco más, hasta donde está la tía, que nos mira fijo sin pestañar y  se deja caer. Flexiona las piernas y las rodillas se estampan sobre la tierra fresca.
–Qué voy hacer, qué voy hacer. 
Otra vez, el ruso, entra en acción. Atraviesa  su brazo por debajo de la axila y trata de levantarla. Ella pone resistencia. Él, cada vez más colorado. Su madre se había hecho un bypass gástrico hacía más de un mes. Las manos del ruso desaparecen entre los colgajos. Está a punto de putearla (lo conozco a mi primo).
Entre los presentes, un vecino se acerca y la toma por debajo de la otra axila.
–Vamos, Juanita, arriba –la gordita está clavada.
Uuuh, empezó a manotear tierra, llena la palma, cierra el puño, y la vuelve a tirar sin fuerza. El ruso cada vez más colorado e hinchado.
–Circo puro –susurra Micaela.
–Basta vieja, carajo –le dice mi primo.
–Vamos tía –me mira, tiene la mirada midriática. Me hizo recordar a mi primo cuando lo encontré en la plaza con unos amigos y mi hermana.
Micaela sigue al lado mío, me codea.
–Está fuera de foco –me dice por lo bajo.
Con velocidad giro la cabeza y le dedico a mi hermana una mirada virulenta. Respiro hondo.
Los ajenos al entierro participan del espectáculo mientras riegan el pasto amarillo. Otros, arrodillados, que arrancan con las manos el yuyo crecido de sus muertos (no parecen conmovidos).
Uno de la funeraria se nos arrima (chofer).
–En cinco minutos salimos. No sé quién vuelve con nosotros.
–Ella, ella –dice Micaela. Se acerca al ruso y le dice al oído:
–Aprovechemos ahora que logró pararse.
Juana empieza a caminar con un paso descoordinado. Se flamea todo su cuerpo, como un flan, servido en un platito de cerámica. Se sostiene del antebrazo del vecino y con el antebrazo del hijo. El chofer le abre la puerta. De culata sube al auto, por la otra puerta se sube la hermana. El ruso va adelante, antes nos pide que vayamos a su casa con el abuelo.
–Allá está el viejo, echando humo, dónde habrá conseguido puchos.
–No importa, Micaela, ahora eso.
–Mirá cómo le mira el culo a esa chica.
Recién ahora nos ve (o se hacía que no nos veía) hace seña con el brazo, como saludándonos.
–¿Cómo estás, abuelo?
–Bien, bien. ¿Vamos?
–Abuelo, ¿tenés un pucho? Le pregunta Micaela.
–No.
 El auto está cerca de la capilla, es un tramo largo. En el trayecto vamos en silencio. Hay bastante gente en el cementerio por ser martes. Se ve que están esperando algunos más, hay tres pozos recién cavados. Nacemos para morir escuché una vez decir en la radio a un filósofo. El abuelo se detiene y me pregunta si es acá donde está enterrada la abuela. Con el seño fruncido me mira Micaela haciendo montoncito con los dedos. Apoyo disimuladamente mi dedo índice sobre mis labios.
–¡Qué suerte! El auto estuvo a la sombra. Abuelo, vení adelante, es más fácil para subir.
Bajamos las ventanillas, ayudo al abuelo a ponerse el cinturón.

La tía está picando cebolla, el aceite en la sartén se calienta. Estela (mi otra tía) está sentada a la punta de la mesa, tomando mate amargo con un pedazo de pan. La pava está destapada y larga  vapor. El abuelo se sienta al lado de ella. Llega el ruso. Saca de la bolsa dos cajas de vino, dos cervezas y una soda.
–¿Hay algo para picar, Juana? Se da vuelta y lo mira. No le contesta.
De fondo se escucha, Julio, Julio.
–Sí, abuelo. Le contesta el ruso.
La cebolla comienza a crepitar. Otra vez, empieza a llorar, se sienta y apoya su cabeza sobre el borde de la mesa, los brazos colgando al costado de su cuerpo. El ruso ya se clavó la cerveza y el abuelo tiene el vaso lleno.
–Hay que jugarle al muerto. ¿Sabés qué número salió hoy a la nacional del medio día, Estela?
Nos miramos. Uno a uno nos fuimos preparando, menos Juana, que seguía con la frente planchada a la mesa.
–¿Cuántos años tenía Julio? –pregunta el abuelo.
–Hay que jugarle los años y hacer redoblona con el día que murió. Acota el ruso.
–No, mejor la fecha de nacimiento y el día de la muerte.
–Basta, viejo boludo –dice Juana mientras levanta la cabeza, apoya las dos manos a la mesa, empuja la silla hacia atrás. Las patas de la silla rechinan.
Julio, Julio, Julio.
Micaela me hace seña con los dedos como si tuviera un cigarrillo entre ellos. Con la mano le digo que espere.
Se toma de un solo trago la cerveza y apoya el vaso, el sonido del vidrio con el vidrio es fuerte. Pide que le sirva más. Damián (el ruso) saca de la heladera el tetrabrik blanco y la soda.  No le gusta compartir la cerveza.
–Sin soda, puro me gusta.
–Tía se te va a quemar la cebolla. Titubea Micaela.
Julio, Julio.
–Que se queme. Contesta inmóvil desde la silla (tildada).
Estela se levanta, toma la pava, el mate y las migas. Acomoda todo en la mesada, abre el cajón del aparador y saca el mantel. Apaga el fuego. La tía va al baño, su trasero se bambolea para un lado y para el otro. El abuelo se lo observa, con una ceja levantada y la otra en su lugar (no sé cómo lo hace). Cierra la puerta del baño, el golpe repercute en los vidrios.
Desde la cocina escuchamos el llanto.
–Te desubicaste, abuelo.
–Pasame el vino.
De fondo Julio, Julio, Julio.
–Qué loro de mierda –dice  Estela  y le revolea por la ventana una cebolla. Buenos reflejos del loro. El cebollazo rozó el aro. Ahora el pajarraco se hamaca.
Sigo a Micaela y nos sentamos sobre el tapial de la vecina. Ella tiene un porro en una mano y en la otra un cigarrillo común. Me da a elegir. Amago que voy por el porrito, pero sabe que no me gusta (me da miedo fumar marihuana). Lo fuma con tantas ganas, lo disfruta y comienza hablar del tío. Trato de escucharla, pero el olor me incomoda, aunque ese aroma dulzón me atrae. Pasa la señora de Neveu por la vereda de enfrente y nos saluda. Creo que no se anima a cruzar, no la vi en el cementerio. Micaela me codea y le da la última pitada. Yo voy un poco más por la mitad.
–¿Le pido al ruso un vaso de cerveza, Paula?
–No, paso.
–Sos un embole.
–¡¡¡Hola, chicas!!! –aparece el ruso, en cuero, con su pecho lampiño y blanco. La panza prominente como las piñatas de cumpleaños, bien redonda, tirante. De esas que te dan ganas de reventar. Piernas muy flacas y largas. En su mano derecha el porrón empañado, lleno, con unos maníes flotando entre la espuma. Soba su barriga, de forma circular. Si estuviera embarazado (es una panza de siete meses, por lo menos) le hubiera dicho que dejara de hacer eso. Micaela le mira el vaso, su lengua se desparrama  entre sus labios.
–Ruso, ¿me convidás un trago? –Micaela le dice extendiendo el brazo.
–Sí, un traguito, eh –la espera con el brazo estirado (por la dudas).
–Dale, dale.
–Pará que agarro unos maníes –la lengua de Micaela no atrapa ninguno, mete dos dedos (índice y mayor), no puede, se manda otro trago. Damián se lo arrebata a lo ruso y vuelca un poco de cerveza. Mira el vaso (le quedaba menos de la mitad), la putea.
–Bueno, che, tenía sed. Se limpia la boca con la mano.
–¿Cómo están adentro? Le pregunto. Está tan caliente que no me contesta. Me asomo y todo parece muy tranquilo.
–El abuelo sigue sentado, mirando televisión (el sorteo de las quinielas), la tía Estela está terminando de cocinar y mi vieja se acostó –Me contesta después de un rato mientras gira el vaso para un lado y para el otro.
–¡Qué bajón! dice Micaela.
–Y sí, se murió el tío, es un bajón. Le respondo mientras contemplo una hilera de hormigas negras apuradas, que llevan insignificantes pedazos de hojas. Se deben sentir robustas, “super poderosas”.
–Sí, estamos de duelo, loca. Afirma el ruso.
Nos quedamos callados los tres. De fondo (bastante más del fondo), Julio, Julio. Comenzamos a reírnos,  con discreción, entre las risas, eructo soprano del ruso. Ahora sí, son carcajadas, horribles, escandalosas, frenéticas. Exorcismo. Los cuerpos se sacuden, “irrespetuosos epilépticos”. Nos tapamos las bocas con las dos manos (menos el ruso) para controlarnos, los ojos achinados (loquísimos).  Poco a poco va disminuyendo el frenesí. Nos calmamos. Percibo el sonido de una amoladora, no muy lejos de nosotros, me deprime ese ruido. Cuando encontré inconsciente a Clavito (perro cocker de mi infancia) en el patio, papá estaba usando una.
–¿Tenés? –le pregunta el ruso a Mica uniendo el dedo pulgar e índice cerca de la boca. Entre el espacio de esos dedos se forma algo parecido a un triángulo romboide.
–Obvio.
–¡Drogones! –les digo y me voy para adentro.
–Amarga. Me gritan (a dúo), cómplices se  ríen. Igual los quiero.
El abuelo se durmió sentado. Estela está en el fondo hablando con el loro. Juana tiene toda la cama para ella. Entorno la puerta de su dormitorio, pobre tío, podría haber muerto aplastado.

25.1.19

Vicente Luy - Vicente habla al pueblo




Apenas pasa la tormenta
los riachos de montaña embrutecen
y retumban
arrastrando árboles, gente
y algunos amores.
Yo una tarde
perdí un par de zapatillas
y vi pasar una señora
rebotando río abajo contra las piedras
sin oponer resistencia.
Y me tenté, pero no me tiré.
Todo ese día fui el que no se tiró.
La lluvia de ayer, tarde
y noche,
fue mayúscula;
y si bien en casa otra vez hay goteras
y yo estoy sufriendo
mi susto fue lejano.
En el barrio ya no quedan montañas
y las diagonales sólo dan remansos.
Pero un día después, hoy, aún húmedas
las puertas,
siento pánico y violencia.
¿Será el amor que se aleja?
No, no dije tristeza; dije pánico y violencia.
Vos quizás te acuerdes; yo soy
el chico que perdió las zapatillas
y la parrilla y una remera
y trepó, presa del pánico,
justo a tiempo para ver pasar a una señora
que ya no era una señora
rebotando río abajo,
a pasos de Icho Cruz. Y se tentó
pero no se tiró
–todo el día fue el que no se tiró–.
Y hoy, mucho tiempo después,
un día después de una tormenta
siente pánico y violencia.
¿Será el amor que se aleja?


Tomado de: Vicente Luy, Vicente habla al pueblo, Córdoba, Llantomudo, 2007.-


17.1.19

Viaje al Noroeste de RA, por Gustavo Calandra






De Damián a Clauro
Mensaje de texto: Luca muerde a Ángela
                                                Negro no viaja
                               Leer?

HABÍAMOS planeado el viaje hacía una semana. En diez días debíamos recorrer dos provincias. En un principio fuimos tres. Sin embargo, la compleja psiquis canina cortocircuitó en dos neuronas a la altura de los celos y el perro del Negro atacó a su vieja, a la del Negro, ¿no?, pues, aunque quisiera, Luca, así se llama el perro, como homenaje al Tano, claro, cantante de Sumo, buena banda, bueno, este Luca, el pichicho, no conoce ni a su vieja ni a Luca Prodan, pero al verse abandonado por su amigo, una fría sensación le recorre el cuero, se para, olfatea una mochila bordó y, con los ojos inyectados en sangre, arremete contra Ángela.

De Clauro a Damián
Mensaje de texto:           Que garrón, pobr
                                               Negro
                Leer?

Así empieza el viaje al noroeste de RA. Parece contener, todo esto, cierto tinte misterioso, ¿no es cierto?, pero nada más alejado que la fantasía, los hechos son reales. En definitiva, nuestros destinos están fijados en San Juan y La Rioja, y uno, solo adoba el relato con algo de aventura.  ¿Por qué RA sin puntos que separen las iniciales del país? Simplemente por un chiste de uno de los tantos personajes que aparecerán aquí. Un chiste que se burla de la longevidad de otro personaje, de Víctor Hugo, que más adelante engullirá kilos de vaca, litros de Viñas Riojanas. Como era el más viejo en su grupo, le decían “contale a los chicos cómo se construyeron las pirámides”. Los chicos somos nosotros, mi hermano Damián y yo; el Negro no viajó. De ahí viene, de un desplazamiento de campo semántico que más que campo es baldío por el desorden lexical con el árbol de Saussure secándose en el centro. Otro chiste: “es tan viejo que conoció al mar muerto cuando todavía estaba enfermo.”
 Volvamos al comienzo. Estamos por salir. Uno se queda. Son 8:10 y el bondi, es un TAC, sale a las 9: 00 de la noche, de Liniers. Paseo la mirada perdida por la casa, busco a mi hermano, me paro, olfateo la mochila bordó..., no, perdón, ése era el perro. Es un lunes 26 de febrero y el anochecer sanguinolento transpira su humedad veraniega. “Otra mala señal”, pienso. Y no es la única: ayer domingo, como todos los domingos, deslizaron el diario por debajo de la puerta. Yo saliendo del baño. Espío los titulares. “Paro docente”, “Ganó Boca”, “Otro micro que vuelca”. Abrir en esa página y ver la foto de un TAC tumbado sobre la ruta fueron dos actos reflejos instantáneos, de los cuáles podría concluirse que muy dentro de mí esperaba ver esa foto. Luego, el desvelo. Lo comento, por la tarde, con alguno de los pibes y me ayuda a desexorcisar la idea a costa de bromas, y uno, hasta me sugiere recortar la foto del diario y pegarla con cinta en la tele de nuestro bondi.
 ¿Dónde quedaron esos dos puntos que hurtamos al título? Susto y sangre: Ángela los encontrará en el hospital y se los llevará en la mano.
 ¿Qué hacer? Poner humor. Hasta es cacofónico pensarlo.
 La joda no prospera. El Negro no arranca. Compremos vino. Medio faso. En ´30 sale el bondi. No da más la murga de los renegados. Pido la bendición por teléfono. Remis, moto y en qué milonga nos metimos, no llegamos ni en pedo, pero... 9:10, Liniers galpón infernal de chapas hirvientes y sin asientos. Presente el diablo. El TAC, con demora desde Retiro.
 Sudor y ansiedad. Locutorio de la terminal de ómnibus. “Hola Negro. ¿Qué hacés? No lo podés creer, ¿no? Que parece una película, sí, pero si realmente tu perro percibió con alguna fibra de la que nosotros carecemos, si él intuyó la muerte, ¿no estaría salvándote la vida?, ¿y si este TAC también vuelca? En ese caso, no te quedaría otra que volverte loco e irte a vivir a Chilecito, en lo alto de una montaña, con tu perro Luca, alejado, hacer crecer tu barba negra y contar miles de veces esta historia a todo aquél que te halle.”

De Damián a Clauro
Mensaje de texto: Micr se bambolea
                                     los pibes duros de miedo
                Leer?

 Y qué te digo si los choferes son dos pibes de 18 a 19 años. Magras siluetas ceñidas en uniforme de la empresa. Camisa blanca empapada y pantalón azul. “El aire no funciona” nos informa una cara cuya geografía presenta todos los accidentes conocidos: volcanes, arroyos, vallecitos.
 Abajo. Asientos 44 y 45. El Negro tenía el 43. Viejo suertudo del 42, vas a poder estirar las patas. Si, vos, dejá de sorber el sorbete, pajita.
 –Disculpen que ocupamos sus lugares; queremos estar todos juntos, ¿no les molesta?
 Familia tipo, dos hijas chicas, que mierda le vamos a decir. Habrá que subir y conformarse con lo que haiga, sí viejo del 42, con lo que haiga. Chau.
 Igualmente, si uno llegara a descorchar un vino, frente a ellos, se armaría gran revuelo. Ni hablar de un monedazo. Y si eso ocurriera, el bus se detendría en un costado de la banquina y seríamos convidados a descender, por medio de patadas hostiles e indignación colectiva (qué raro, el word acepta esta palabra sajona, bus, pero no acepta su propio nombre: word, word, word).
 Estornuda un viejo de bigote blanco, sentado junto a su mujer, ocupada en desenvolver el celofán de un caramelo que, habrá tenido el tino de elegir entre todos: un mediahora.
 Lo hace muy lentamente. L-e-n-t-a-m-e-n-t-e. Parece adivinar el largo viaje que nos espera. No hay aire. No había aire. El micro será zarandeado por el pampero o algún otro viento que frecuente las rutas del centro del país y del cual yo desconozco su nombre y, por ende, su existencia.
 Arriba podemos tomar tranquilo. ¿Este micro va para el valle de la frula?
 Lo único que sé, es que si vuelca, los primeros en palmar somos nosotros, servidores. Palmar de Entre Ríos, las papeleras, no hay mas vento, fray.
 Retrocedemos al jueves pasado. El Negro –no viaja porque su perro y todo eso, aunque aún él no lo sepa– y yo habíamos ido a sacar pasaje.
 Yo: Hola
 Vendedora de pasajes: Hola.
 Yo (simpático como siempre): Tres a Córdoba.
 Ella (distraída): ¿Arriba o abajo?
 Yo (risueño, chistoso): ¿Quiénes mueren primero en un accidente?, (qué chistoso)
 Ella (aún distraída, chequeando un mensajito de texto): Los de arriba.
 Yo (rematando): Entón, dame abajo.
 Todos: Risas. (qué grande que soy, siento que me la gané, tres o cuatro viajes más que haga a Córdoba y..., qué grande)
 Ella (ahora enérgica): Tomá idiota, te olvidás el vuelto.
  Un chiste, simple jueguito, no más de 30 a 45 segundos, viene en auxilio del incremento de esa sensación esquizo-paranoide, de una búsqueda, que al mismo tiempo es huida, de cierta meta, de un objeto que se aleja en su persecución, dando esa seguridad tantálica –y falsa– de eternidad pospuesta.
 El viaje sigue. La ruta, una sola. Se bifurca, vuelve a hacerse una, se extravía o regresa.
 Ojos ciegos bien abiertos. ¿Cuánto hace que miro por la ventanilla? ¿Siempre?
 He aprendido algo: No desenvuelvo un caramelo pero convierto cada acto, antes de ser ejecutado, en una ceremonia secreta, cuyos ritos solo yo conozco, desde bajar la mochila de la baulera, sacar la petaca, abrirla girando su tapita de metal, darle unos besos, después otros, hasta cruzar las piernas y reclinarme, haciendo la plancha en un mar interior de ginebra. Mitología de la ansiedad. Necesidad de colmar, en lo posible, los vacíos y el aburrimiento, a fin de roer unos cuantos minutos más, espaciar los movimientos de la mandíbula y olvidar así la fatiga anticipada del número de horas que faltan para llegar.
TENÍA NADA ENCIMA VACIO: MI VIAJE SERÁ CARO

De mamá a Damián
Mensaje de texto: Aque hora l
                                               llegan?
                Leer?

 Afino el lápiz. Hago cuentas. Cuento lo que hago.
 ¿Qué está fazendo, você? ¿Está faseando? Debe haber algún brasuca. Pero igual hay que esperar para pitar. Esperaresperaresperar. Rosario ahí vamos. ROSARIO. “Dale Damián”, pero no se levanta. Duerme con el cachete adherido a la felpita. “Dale”. Tarde. No hay tiempo. Habrá que esperar tres horas más, hasta llegar a Villa María. Que no es lo mismo que Jesús María, viejo shome del 42. Porque cuando el micro se detenga en Villa María, vos levantarás tu culo precipitadamente del asiento, como impulsado por algún resorte equívoco, hijo de tu ansiedad, te abrigarás con el sweter verde mientras se abre la puerta del micro, descargan tus bultos, luego, casi a saltitos, entrarás al bar de la estación, acomodándote en una mesa junto a la ventana que da a la calle y le preguntarás, excitado, al mozo:
 –Dígame, amigo, ¿a qué hora empieza el festival?
 –¿Qué festival, señor?
 –¿Cómo? ¿Usted dónde vive, en Florianópolis?
 –No, señor, aquí, en Villa María.
 –¿Cómo? ¿Villa María? Eh...
 –¿Le pasa algo?
 –¿Cuánto le debo?
 Luego de ese papelón, una vez que hayas garpado, viejo del 42, vas a correr tras el bondi, que ya no para hasta Córdoba capital, y solo mi hermano te ve y le avisa a los choferes.
  Hacía unos minutos, uno de ellos, de los conductores, el que sufría acné, se había dirigido a nosotros, justo cuando regresábamos de comprar una gaseosa, gualicho para exorcizar la papa en la boca: “¿No tendrían una tuca?”

De mamá a Damián
Mensaje de texto: cuando llegan?
             Leer?

Al fin.  Llegamos. Córdoba capital. Lugar de paso. ¿Cuántas veces he pasado, repasado por aquí? No se. No tengo el dibujo del mapa de Argentina, pero para mí, Córdoba es el centro, desde allí, aunque ahora debería decir desde aquí, desde la dopta, se puede ir para cualquier lugar.
 –No puede ser.
 –Pará un poco.
 –Si es un idiota, yo me voy a quejar cuanto llegue.
 –Cortala.
 El viejo y la vieja de enfrente pelean. Al chofer le gusta Castaneda y toda esa onda mística del vuelo. Ahora, frente a la subida de la terminal, no puede.
 ¿Debe subir en primera? No sé. Tercer intento. Una mujer policía, pito en boca, corta el tránsito de la avenida. Peyote, ayahuasca, paco. Al final lo logra. Aplausos del público. No morimos. No muerte. A-muerte. A-mort. Amor. Amorymuerte.

De mamá a Damián
Mensaje de texto: llegaron? xq no contestan?
                Leer?

 Chilecito suele tener clima seco. Hoy no, está húmedo y llovizna. Son 20:30. De noche y el camping lejos. Nos quedamos en un predio municipal y tolís.
 Armamos la carpa en el medio. Medio oscuro este parque y, por ahora, silencioso. Nos lavamos en una canilla. La fricción del dynamo resplandece con su ojo de vidrio.
 Sobacomanocarasobacomanocaracaracaramanosobaco....
 “Prendemo´ un fueguito y hacemos unas hamburguesas en ese costadito, ¿no?”.
 ¡Qué grande la parrilla de papá!, te salva en estas situaciones.
 Que grande yo que la traje. No mentira, en realidad la lleva Damián.
 Seguro ustedes no lo entienden porque viven acá, pero nosotros, mi hermano y yo, hace casi un día que viajamos, y transpiramos la camiseta en el micro (yo jugué pegado a la raya ), lo único que queremos y necesitamos es esto: lavarnos en cuero, exhibiendo tatuajes y aros, mear los árboles, fumar un fasito, hacer un fueguito, comer unos patys, tomar unos vinos, erutar, uno que otro dope, gritar, reírnos, molestar a la gente que pasa, no se qué es lo que los sorprende. Uno viene con la mejor de las intenciones, ¿no es cierto?, y se encuentra con miradas escrutadoras que parecen no compartir los hábitos tan bonitos que nos han legado.
 Será mejor que nos vayamos a dormir y nos despertemos, temprano, por la mañana, tomemos una combi a Santa Florentina, un lugar apartado de Chilecito y, ahí, levantemos nuestro pequeño iglú.

De Damián a Dany
 Mensaje de texto: Acá tamos en el asado
                                     + largo de la historia
                               Leer?

 Sí, en algún momento de la tarde nos invitan a comer unos chori, un sanguchito de nerca. Y al vesre porque está cerca. Porque en Chilecito, también, hay locos que les falta una tuerca. Porque estamos en Santa Florentina.
 Mediodía. Caminata. Curioso río amarillo. Un hilo vivo entre las rocas. Sedimentos arcillosos.
 Alrededor de las 15, antes de emprender nuestra marcha exploratoria por las afueras del pueblo, nos disponemos a tomar unos mates. Llegan un Renault 12 y una moto. Bajan hombres y cajas de vino. El silencio es herido por el cuartetazo. Guarden un poco de batería, muchachos, yo sé lo que les digo. De madrugada, cuando esté lloviendo, cuando el viejito Norberto haya cortado la luz del camping, cuando todas las bebidas ya han sido bebidas, cuando tengan que empujar, duros y ebrios, el auto, en la subidita, ahí, ahí te quiero ver.
 Hubo partidos de truco en una cantidad imposible de calcular. Los reyes, confundidos perdían sus coronas: los caballos vomitaban y la sota, extraviada, no reconocía su sexo y le guiñaba el ancho de basto al comodín. Hubo música, asado, alcohol. Hubo una escapada en moto. Sus nombres no los recuerdo. A nosotros nos invitaron a su mesa, ya tarde en la noche. Risas. Confraternidad interprovincial. Ellos, asesores del hermano de M…m.

De mamá a Damián
Mensaje de texto: que tal el tiempo
                                     ahí, acamanecio lluvia
                Leer?

 Acá no. El día pinta despejado. A la madrugada sí nos sorprendió una tormenta aunque, previsores, nosotros, ya estábamos dentro del iglú.
 De Chilecito hay que ir a Pagansillo. Solo desde allí se va a Talampaya, una de las curiosidades del viaje, un paisaje rocoso que, por azar, descubriera en la tapa de un cuaderno de ésos que usan algunos universitarios y guardan en el morral, junto al tabaco para armar, la armónica y una tapita de cerveza tomada en un recital gratuito en Plaza de Mayo y a favor de los derechos humanos.
 ¿Hay que subir qué? Hay que subir la Cuesta de Miranda. ¿Y eso que será? Tenía registrado el nombre, de haberlo leído en el mapa. La Cuesta de Miranda. Y cuesta. Porque el colectivo es un 1.11.14 destartalado, negro despintado. Y se le hace cuesta arriba al chofer, subir ese camino de cornisa. ¿Cuánto vale la vida? ¿La vida cuesta? Todos los días, esta gente hace semejante camino de ripio que semejante a una serpiente se enrosca en la montaña, desafiando al precipicio.
 Entre todo eso, un pueblo de albinos, que no recuerdo su nombre. La historia pasaba por un español albino. Al pan pan, albino vino. Este vino y se garchó a todas las minas que vivían ahí. No paraba de garchar. Esta licencia lexical, porque garchar queda feo, ¿no?, la tomo, solo porque me gusta tomar, si bien podría pensar en un lector, pero la verdad, la verdá, me chupa un huevo, un guevo, un buevo. Que vengan a este micro de mierda, que se pongan a escribir acá arriba. La cosa es que este gallego hijo de puta estaba meta garche. Le daba matraca a la cuñada, a la vecina, a la hija del dueño del bar donde se emborrachaba para después garchar, a la amiga de la hija. Bueno, hasta acá llegamos. El bondi retoma una ruta horizontal, normal. Podría decirse que la turbulencia interior amaina.

De Clauro a Damián
Mensaje de texto: y esta bueno fagancillo?
                Leer?
*aclaración: nuestro amigo está en Buenos Aires y por te. entendió cualquiera
De Damián a Clauro
Mensaje de texto: no nohay nada es el desierto
                Leer?

 Y en el desierto
                                                                                                                             paramos
un día.
 Es jueves, 6 AM y no hay radio. Hace frío, hace viento, es de noche y no parece quedar nadie vivo. A la ruta. Hay que esperar una trafic que te lleva y que te cobra. Talampaya es un flash. Visite Talampaya y si va de pepa, mejor. Secretaría de turismo de la provincia del garca con patillas. Vale la pena venir. También vale matar a todos los garcas que perjudican al pueblo.
Primero es necesario conocerlos y luego...
 Durante estos días existen conflictos, en Talampaya, ¿no es cierto?, entre una empresa privatizadora y los guías de la zona que trabajan haciendo excursiones. Sería bueno chequear dentro de un tiempo quién ganó esa pulseada. Obvio, ¿no? Imagino la callosa mano del guía, mano experimentada, escaladora, roja y de piedra como los farallones, contra la mano fofa del empresario blanca pocos pelos pecas y uñas comidas de ansiedades neuróticas. ¿Quién obtiene la victoria? Volver a Talampaya. Está bueno, nada más.

De mamá a Damián
Mensaje de texto: están comiendo bien?

 Sí, sánguches de mila y vino, en un pueblito camino al Valle de la Luna. ¿Cómo llegamos? No se, la pepa, bicicleta. Tomamos el Facundo. Llegamos a Los Baldecitos.
 Noto que con los años el cinturón del abdomen se ensancha si como como como. Si no como ni duermo puedo vivir en otra región –cerebral. La relación con el cuerpo es todo un tema. Si fumo fumo. Si no tomo, cuento los días, marco la pared con las garras que me crecen, como carne cruda. De la manera en que lo haría un recluso, cuento los días de libertad y anhelo esa prisión siniestra y egoísta. Egoína.
 La vida. La naturaleza. El amor. Los amigos. Sustantivos abstracto o colectivos. Parada chofer. Bajamos en Los Baldecitos.
 Pasaremos la noche. Nos llevarán unas chicas que trabajan en el museo de Ichigualasto. Apréndanse bien este nombre porque no lo repito. Pero cuando asomó, por esa ruta solitaria, un minibús, naciendo del crepúsculo, en paralelo a la luna, casi llena, un cuarto que de tan creciente ya nadie entraba, cuando el vehículo avanzó con lentitud hacia nosotros, se detuvo y del lado del acompañante, suavemente se bajó un vidrio polarizado… TODO PODÍA CAMBIAR TODO

 La visita al Valle de la Luna te deja con las ganas.
 Y yo prendido a las ganas de unos ojos en la luna de Valencia.




3.1.19

Otro lobo suelto, por Mara Pedrazzoli





¿A quién no le gustaría escribir como Manuel Alemian? Al menos un poquito así, sin pretensiones. Que el caudal de pretensiones logre adormilarse en el momento de la escritura a través de la voluble voluntad. El libro La confusión, seguido de Diario de un limbo mental (publicó Letra Viva, 2018 y previamente La confusión por Los proyectos, 2014) de Alemian aborda un tema nada crucial: la locura, pero es un libro que trata sobre las formas. En cuanto al “tema”, por su trascendencia, recuerda a otro de su autoría: Emoticón en Bragado (Belleza y Felicidad, 2014) que trata sobre el amor.

La confusión se compone de relatos breves cuyos personajes son los enfermos o internados en un nosocomio y trasluce la simpleza de los razonamientos de quienes están de algún modo ausentes, absorbidos por lo otro. Entonces habla de las formas o de la ausencia de formas a la hora de entablar una relación con eso otro. Claro que cada persona o personaje del libro tiene su estilo o personalidad, pero el autor no parece encontrar en ello algo trascendente (quizá porque la identidad de los internados se vea abatida por el consumo de altas dosis de droga). Lo esencial del lenguaje de los locos parece ser su simpleza, a veces cargada de ingenuidad y a veces de violencia: de capricho y ansiedad. La escritura de Alemian replica ese lenguaje simple, humilde, con el que a su vez consigue transmitir la crudeza de la locura. La certidumbre. Por la que todos transitamos hasta empezar a agudizar la mirada y observar pautas que nos dicen por dónde vamos bien y por dónde vamos mal. (Que no es lo que está bien y lo que está mal).

En medio de la madeja que trama un nosocomio que, como la sociedad, enferma a la vez que tranquiliza, lo que importa son las formas. Dios quiera pudiera uno empastillarse menos para vivir en este mundo; un comienzo es alejarse de los vicios, que no nos dejan incolúmes como a los personajes sadianos. En el nosocomio los locos son forzados a alejarse de algunos vicios, no ocurre por voluntad propia, ni siquiera por medio del rechazo.

Diario de un limbo mental
aparece como la salida del nosocomio. El texto prosigue al de los internados y es curioso porque el protagonista tambalea y duda, sigue tambaleando y sigue dudando pero en una configuración de mundo más “familiar” o humana: con amigos, libros y chocolates. Es un final de libro que incorpora: al texto anterior, a la rutina y sobre todo a la conciencia, que duda pero está allí. Incorpora aciertos, ya no certezas, tampoco éxitos. Es un buen final, podría ser una conversación telefónica, como de esas que le transcribieron a Warhol.

Pienso que en los relatos escritos por poetas no hay Tiempo, o al menos no es el rasgo que prima, a diferencia de la novela en donde el transcurrir debe ser narrado, o de algunos cuentos que necesitan una pausa en la escritura y es en ese reposo donde por lo general encuentran su trance más hermoso. Los poetas eluden al Tiempo para no dar lugar a lo fatuo del lenguaje. Importa la palabra más allá del concepto, que se forma con los años. Manuel Alemian es poeta. Un colega, Damián Ríos, eligió su libro Emoticón en Bragado –que es un poema largo- como el mejor del año 2014. Allí asevera: “Nosotros no imitamos/ pues elegimos/ la innovación,/ cada día,/ algo distinto. / Eso sí,/ siempre el beso/ y la caricia/ más que la declaración.” Porque las declaraciones las más de las veces, también, son fatuas.

Alemian escribió en 2015 una comedia teatral titulada Otto y Sebastián (publicó La Carretilla Roja) que fue interpretada con notable gracia por Pablo Gasloli y equipo, con visuales de Adela Pantin, dirigida y mostrada por Piro Jaramillo en su pequeño taller. Es un texto precioso y preciso que habla del miedo al amor. Un loro impiadoso se burla de todos nosotros, los que tememos a un nuevo fracaso en el amor o la escritura.


18.12.18

Chan, por José Fraguas



Cuando el señor Li tuvo a su primera hija se entristeció un poco porque deseaba tener un varón. De todos modos le puso un nombre poético: Chan Chan, “susurro”. Pero fue un presente griego porque cuando, algunos años después la familia Li emigró a Argentina en busca de mejorar su economía, el delicado nombre de su hija se convertiría en una herramienta de tortura en manos de sus nuevos compañeritos de colegio que no paraban de llamarla “chan chan” imitando el sonido de los últimos acordes de los tangos.
El señor Li encargó la carta astral lunar de Chan y leyó con agrado que los astros auguraban que su hija podía hacer prosperar la fábrica de fideos familiar. Pero desde muy chica, Chan sentía que su mundo no era el de los negocios. Disfrutaba dos cosas: cuidar niños y acompañar a su abuela a ceremonias religiosas. Cuando muchos años después descubrió que en la época en que ella nació los relojes habían sido adelantados por el horario de verano, volvió a hacerse la carta y se sintió confirmada cuando supo que Júpiter la inclinaba más bien a lo espiritual e inmaterial.
Chan tomaba con extrema seriedad el cuidado de sus numerosos primos, a quienes se pasaba cambiando y transportando aunque fueran apenas un poco más chicos que ella. Se ocupaba también de su hermanito, que nació dos años después que ella para alegría de sus padres que le pusieron Shaiming, “luz del sol”. Aunque estaban casi todo el tiempo en la fábrica, el señor y la señora Li seguían muy de cerca el crecimiento de su hijo y destacaban la capacidad de Chan para cuidarse sola.
Los hermanos terminaron la escuela primaria y cursaron la secundaria en Argentina. A Chan le iba mejor pero los logros de su hermano eran siempre la noticia.  Antes de que terminaran el señor Li pensando en el progreso de la empresa ya tenía decidido qué carreras iban a seguir. Chan tuvo que estudiar Técnica en alimentos en la universidad pública y su hermano Comercio internacional en una privada. Como también se vio obligada a trabajar en la empresa familiar, Chan intentó conciliarlo con por lo menos una de sus vocaciones: “Voy a ser la mamá de esta empresa”, pensó. Pero aunque se esforzaba las ventajas de las que gozaba su hermano la desalentaban. El padre le decía a su hijo: —Si conseguís un descuento te quedás con la diferencia. Y a Chang: —Si llego a pagar un centavo de más te lo descuento de tu sueldo.

Un día que parecía como cualquier otro, Esteban, el encargado de la distribución de los productos de la fábrica del señor Li, apareció con su hijo. Apenas Chan lo vio quedó fascinada. ¿Quién era ese chico? Valentín, el hijo de Esteban, no era una respuesta que la satisfacía. El nene hizo un dibujo y se lo regaló. Chan pensó: “¿Por qué hizo este dibujo? ¿por qué me lo regaló a mí? Esto es rarísimo.”
Cuando llegó a su casa pegó el dibujo de Valentín en su habitación de manera que pudiera observarlo desde su cama. Lo estudió durante varios días como si esos garabatos pudieran explicarle qué le estaba sucediendo. Lloraba, no podía dormir, se deprimía y estaba contenta al mismo tiempo. Recordó que una amiga de la colectividad  la había invitado “casualmente” a  que consultara a una especialista en vidas pasadas. Y con la ayuda de la mujer pudo reconstruir la historia.
En realidad, las señales o, como ahora entendía, los “recuerdos”, habían comenzado antes, cuando Chan era muy chica. Soñaba todo el tiempo con explosiones y con la cara de un bebé. Cuando despertaba seguía su vida de niña. Pero el bebé volvía a aparecer una y otra vez. Llegó un momento en el que dijo: — ¡basta de esa cara de nene! La hacía sentir cruel porque tenía ganas de ahorcarlo. Ahora sabía que se trataba de un hijo que había tenido en otra vida. Su alma había vivido en el cuerpo de una vietnamita que en la época de la guerra tuvo un hijo con un militar francés. Como no podían irse los tres, le pidió a su marido que se lo llevara, para que el bebé tuviera una vida mejor. Pero justo cuando estaban decidiendo eso, cayó una bomba y murieron los tres. Ahora el alma del bebé vietnamita vivía en Valentín.
Chan se sintió aliviada pero en seguida comenzó a atormentarla una nueva duda: “¿se acordará de mí como me acuerdo yo?” Sólo había visto a Valentín una vez, y aunque no pretendía que la reconociera conscientemente, necesitaba volver a verlo para preguntarle. Sintió que la proximidad del año nuevo chino tampoco era casual. Decidió, para sorpresa de sus padres, festejarlo “con amigos”. Invitó entonces a los padres de Valentín a su casa y, para despistar, a otras cuatro parejas. 
Chan no veía la hora de que fueran a la casa pero antes estuvieron en la calle Montañeses viendo pasar el enorme dragón de tela. La madre “de esta vida” de Valentín, que era bastante petisita, tuvo que hacer un esfuerzo extra para tocarlo. Chan dijo: —Es increíble que la gente crea que va a tener suerte por tocar el dragón.
Finalmente fueron para la casa. Chan ya había preparado la mesa. Cuando lo hacía pensó: “es pedirle demasiado a la vida que Valentín se siente a mi lado”. Así ocurrió pero además tuvo la suerte de quedar en un momento a solas con el nene en la cocina. Era la oportunidad que ella estaba esperando, le preguntó:
Valentín, hijo mío, ¿te acordás de quién soy? El nene la observaba atentamente y cuando pestañeó Chan sintió que respondía afirmativamente. Entonces continuó: —Quiero decirte que no puedo volver a verte en esta vida, pero no te preocupes, voy a estar bien.
Valentín volvió a la mesa. Y esa noche, cuando todos se fueron, Chan rompió en mil pedazos el dibujo del chico.  
Unos días después, cuando estuvo más tranquila, Chan le contó todo a su casi única amiga occidental, Jésica, quien muy probablemente había sido su hermana en otra vida, y le explicó: “Esto me pasa por haberle dicho al padre que se lo lleve. A veces los chicos prefieren el cariño de una madre al bienestar material”.

Poco después, Chan comenzó a establecer un intenso y ambiguo vínculo con Roberto uno de los proveedores de la empresa. Él era bastante más grande y un día dijo al pasar que qué afortunado sería el que tuviera una esposa tan trabajadora como ella. Esas palabras quedaron grabadas a fuego en la mente de Chan que analizó infinitas veces ese enunciado. Como él no hablaba de su familia, cosa que le resultaba por otro lado bastante sospechosa, Chan no sabía si la estaba comparando con una esposa real o lo decía como alguien que realmente andaba necesitando una.
Cuando se lo contaba, a Jésica todo le parecía muy impreciso y se impacientaba: — ¿Cómo es el trato?, le preguntó.
—El trato es cordial, es semanal, contestó Chan.
— ¿Pero están de novios o no?
—Creo que no, respondió.
Más allá de lo que pasara, Chan intuía que se amaban pero que algo que no tenía que ver con ellos interfería y volvía imposible la relación. Decidió entonces acudir nuevamente a la especialista en vidas pasadas. Ésta se sintió desconcertada al ver que Chan estaba mucho más convencida que ella de lo que le había dicho y decidió derivarla. Le dijo: —Yo no puedo con tantas vidas, te recomiendo a una colega. Con la nueva mentalista lograron remontarse hasta el 1500. En esa época Chan era la única hija de la esposa principal del hermano del emperador. Uno de sus primos, cuya alma vivía ahora en Roberto, estaba perdidamente enamorado de ella. Chan lo rechazó y él quedó tan desconsolado que su tía ideó una estratagema para ayudarlo. Unos ninjas atacaron a Chan y, aunque solo la hirieron, su primo creyó que ella había muerto. Fue un dolor muy grande pero menor que el del rechazo.  
Ahora podía entender por qué, aunque querían, no podían estar juntos. Pero increíblemente unos días después de la consulta, Roberto la invitó a salir. Fueron a tomar algo después del trabajo y él, antes de ni siquiera haberse dado nunca un beso, le propuso matrimonio.  Chan respondió que quería pensarlo y cuando unos días después iba a responderle afirmativamente, él le dijo que mejor lo dejaran así. Chan pensó: “No puedo culparlo, es más fuerte que él.”
Dejaron de verse porque Roberto cambió de trabajo y a Chan le llegó el rumor de que lo habían visto mucho en el bingo.  Pero a veces él la llamaba por teléfono a la madrugada y le decía que estaba desesperado: —Voy a morir esta noche, vení por favor a cerrarme los ojos. Otra noche le dijo: —Tengo el celular en la mano, si me muero te llamo.

Chan creía que ella sabía mejor que él por qué estaba tan desasosegado. Roberto se sentía tan mal porque había “despertado”, empezaba a “recordar” aunque aún no era del todo consciente que ella había sido la mujer que tanto lo había hecho sufrir en otra vida. Y aunque la tratara bruscamente, Chan esperaba ansiosa sus llamados. Después de hablar con él quedaba bastante perturbada pero la excitaba saber que a través de Roberto estaba hablando por teléfono con una conciencia del siglo XVI.
Pero un día dejó de llamarla. Chan entonces lo llamó para pedirle un dinero que le había prestado. Él se lo había pedido diciéndole que lo necesitaba para pagarle al médico que atendía a la madre. Otro día le dijo que en realidad lo había usado para reponer una plata que había faltado en la empresa y que si se descubría lo culparían a él. Chan le dijo: —Está bien, podés devolvérmelo en cuotas. —Me querés volver loco, le contestó Roberto.
Aunque Chan creía que ningún sufrimiento era inútil y que toda esta situación seguramente le estaba enseñando mucho, aceptó por fin la sugerencia de su amiga Jésica y fue un tiempo a un psicólogo occidental. Él hablaba muy poco y no emitía ningún tipo de opinión acerca de las historias de vidas pasadas. Solo mostró un poco de asombro el primer día cuando luego de presentarse Chan le dijo: —No sé por dónde empezar, es una historia que dura mil años.
Pero las cosas que le decía el psicólogo no la convencían para nada. De todos modos estaba segura de que por alguna razón ella había terminado ahí así que luego de dos meses abandonó la terapia decidida a llevar a la práctica algo que como una suerte de consejo deslizó más de una vez el analista: “poné la energía en otra cosa”.
Pensó que era mejor ocuparse de algo concreto y cercano, se abocó entonces a la casa y a la empresa familiar. Competía con Bety, la señora que hacía la limpieza, que casi siempre encontraba parte de su trabajo hecho.   —La tengo cortita, decía Chan.  Dejaba que se ocupara del cuarto en el que tenían el altar porque a Bety le gustaba ordenarlo y prenderle sahumerios a Buda. Chan pensaba que toda acción es una oportunidad para aprender. Recordaba las palabras de su abuela sobre el cuidado con el que hay que tratar todas las cosas. —Si uno lava mal un plato le está faltando el respeto, decía.
También se hizo cargo del cuidado de las mascotas. Le gustaban mucho los animales excepto las palomas que le generaban un temor descontrolado. Aunque no lo tenía muy claro, sospechaba que ese terror venía de haber sido cazadora en otra vida, probablemente en Inglaterra. Pero se llevaba muy bien con la gata y los dos perros que tenían. Ponía tanto empeño en la tarea que una de las perras llegó a vivir 28 años. Cuando murió, ella y Shaiming, su hermano, fueron los encargados de enterrarla. En el momento en que su hermano intentó mover el cuerpo para ponerlo en la fosa que habían cavado en el jardín se dieron cuenta que estaba durísimo. Chan leyó entonces un sutra y rogó para que el alma del animal eligiera un buen camino. Luego dirigiéndose al cuerpo del animal dijo: —Por favor, necesitamos tocarte. La gata y el otro perro presenciaron inmóviles toda la ceremonia. Cuando terminaron Chan pensó: “Sé que el día de mañana me lo va agradecer”. Y esa idea le dio ánimo y un poco de temor.        
El momento de esparcimiento llegaba a la tarde cuando veía las telenovelas que pasaban los canales taiwaneses que emitía la televisión satelital. Más que la trama le interesaba el vestuario de época que usaban los personajes femeninos en las series ambientadas en diferentes períodos de la historia de China. Además de disfrutarlo, le parecía útil porque cuando se le presentaban imágenes de alguna de sus vidas anteriores podía determinar el momento histórico por el peinado o la ropa que llevaba. Sentía una clara predilección por la moda de la dinastía Song, polleras largas y chaquetas con mangas largas y cerradas hasta el cuello. No le gustaba para nada el estilo de la época Tang con escotes y transparencias. Chan usaba generalmente la misma ropa semiformal y oscura, aunque de vez en cuando se ponía un pullover de un rabioso color coral. Ella no tardaba mucho tiempo como sabía que hacían otras chicas para decidir qué ponerse para salir pero pasaba largas horas pensando cómo habría estado vestida en sus otras vidas.
Seguía además religiosamente una telenovela budista ambientada en la actualidad. El budismo aparecía en que el protagonista, un médico con dos esposas, una propia y una heredada de un hermano que murió joven, trabajaba en un hospital dirigido por monjes budistas. Por momentos Chan pensaba que debía dejar de verla porque pensaba mucho en los personajes y le era casi imposible aquietar las emociones. Un día se descubrió preocupadísima por la situación en la que había quedado el protagonista la última escena del capítulo del día anterior. “Dos mujeres que lo dejan, hijos llorando, es demasiado” pensaba Chan. Admiraba particularmente a una de las actrices, Hen Xian. Le parecía que tenía una belleza creíble y lograba mantener un perfil bajo aun siendo protagonista de una de los programas más vistos en todo Asia. Sentía que tenía cosas en común con ella, hasta se encontraba un poco parecida físicamente. 
También puso mucha energía en la empresa. A diferencia de sus padres Chan además de hablar chino tenía un español casi perfecto de modo que podía negociar con chinos y argentinos. Diseñó y redactó un prolijo y elegante catálogo con los productos de la fábrica y se interiorizó en las tendencias del mercado de pastas secas. Aunque lo pensaba no decía que ellos producían los mejores fideos. Cuando alguien comparaba sus productos con los de otra empresa de la colectividad simplemente señalaba: —Ellos privilegian el precio, nosotros, la calidad.
Pero aunque trabajaba mucho, las relaciones con el señor Li no mejoraban. Tenía que descubrir por qué se llevaban tan mal. “Seguramente en otra vida él fue soldado y yo capitana”, pensaba. Ponía en práctica estrategias para tratarlo bien. Imaginaba que era el padre de otro. O intentaba conmoverse pensando que el padre era instrumento de las fuerzas del universo que fueron las que realmente decidieron que él emigrara Argentina porque ella, aunque todavía no sabía bien por qué, tenía que estar en Buenos Aires. El señor Li no reconocía sus esfuerzos y Chan tenía que luchar para cobrar algo de sueldo. —¿Para qué querés plata, le preguntaba, si vos no tenés deseos? Las cosas se agravaron aún más un sábado a la tarde. Chan se había quedado con otro empleado para preparar unos pedidos para la semana siguiente. A las cinco de la tarde apareció su madre y le dijo: —¿Para qué hacés tanto esfuerzo? ¿no sabés que todo esto va a quedar para tu hermano?
Chan no pudo escuchar lo que dijo la señora Li después de esa frase. Quedó anonadada y solo después de un rato le empezaron a doler esas palabras. Se fue a su casa y estuvo todo el domingo devanándose infructuosamente los sesos en qué podía hacer. Pero el lunes a la mañana le llegó de algún lado un recuerdo que le fue de muchísima utilidad.  Alguien le había comentado que se podía ingresar a un monasterio budista que quedaba en Almagro. Recordó también un sueño que había tenido muchas veces. Estaba en un lugar montañoso y aunque no podía decir en cuál, sabía que en lo alto de una montaña había un templo en el que vivía un monje que la estaba esperando. Quizá todas las dificultades habían sido la encrespada montaña que había tenido que ascender y ahora solo le quedaba golpear las puertas del templo.

Sus padres no hicieron mucho por retenerla y su lugar en la empresa fue rápidamente ocupado por la novia de su hermano. El monasterio budista estaba organizado por una fundación internacional y aunque las autoridades dudaron bastante antes de admitirla vieron con agrado que Chan aunque era algo extraña sabía hacer las cosas rápida y eficazmente. Como las otras aspirantes debía ocuparse de la limpieza del edificio que tenía varios pisos y muchos recovecos. No pudo evitar pensar si no le habría convenido quedarse en su casa. Encima cuando la abadesa pasaba a revisar nunca quedaba conforme. Chan comenzó pronto a desanimarse aunque se consoló un poco cuando anunciaron que les repartirían unos trajes para que usaran en las ceremonias. Cuando finalmente se lo pudo probar estaba exultante. Quizás porque era nuevo pero le pareció hermoso. Era largo, tenía una pequeña cola y sentía que le quedaba perfecto, que misteriosamente había sido confeccionado a medida. Chan no quería sacárselo y también le costaba doblarlo. Sus compañeras tomaban esa torpeza para estimular sus creencias acerca de un pasado noble. —En tus otras vidas debiste tener mucha gente que hiciera las cosas por vos, le decían.
Una noche Chan oyó ruidos en el piso de arriba como si estuvieran buscando cosas en los muebles. Allí estaban las habitaciones en las que dormían algunas de sus compañeras así que al día siguiente les preguntó qué habían estado haciendo. Las chicas la miraron sorprendida hasta que una de ellas dijo: —Pero claro ¿no se acuerdan que empezó el mes siete? Se abrieron las puertas del infierno. Durante todo el mes los fantasmas hambrientos, almas errantes ni tan malas para ir al infierno ni lo suficientemente buenas para renacer, iban a circular por todo el edificio excepto en el templo al que tenían prohibido el ingreso. Ahora Chan entendía también de dónde venía el olor desagradable que había sentido esos días. “Limpio los pisos con Poett, repaso los muebles con Blem ¿por qué hay ese olor a podredumbre?” pensaba Chan. Eran ellos, habían comenzado, como les gustaba hacerlo, a instalarse en los rincones.
Cuando Chan ingresó al monasterio se postuló como aspirante a monja y durante las primeras semanas estuvo prácticamente convencida de que era lo que tenía que ser en esta vida. Pero nunca dejó de tener dudas. Pensaba que qué grave sería que se estuviera equivocando y renunciase a reencontrarse con su verdadero amor, el que había sido su esposo y padre de su hijo. Además, cada vez encontraba más semejanzas entre la fundación y la empresa de su padre y su relación con la abadesa empeoraba. Decidió que lo mejor sería que se convirtiera simplemente en una estudiosa de los sutras, las palabras de Buda, una Bodhisattva laica que podía perfectamente casarse y tener hijos. Cuando comenzó a vincularse con Lucas, el diseñador gráfico que trabajaba en el monasterio, ya no tuvo dudas que ése era claramente el camino que se le estaba señalando.
Un día Lucas se ofreció a llevarla en su auto hasta el banco donde Chan tenía que hacer unos trámites que le había encargado la abadesa. En el camino él le comentó que una vez había tenido el proyecto de estudiar chino pero que se desalentó cuando le dijeron que tendría que dedicarle aproximadamente veinte años. Chan se sintió tan distendida en el auto que empezó a sospechar que no era la primera vez que viajaban juntos y empezó a visualizar un antiguo carruaje. En el banco tuvo que hacer una larga fila y cuando salió la sorprendió gratamente que Lucas seguía ahí. Él no se imaginaba que iba a tardar tanto y se arrepintió cuando vio que tardaba pero por alguna razón esperó y le dijo además que la podía llevarla de vuelta porque el monasterio le quedaba camino a su casa. Esa tarde Chan estuvo particularmente abstraída, solo quería que la dejaran a solas con sus pensamientos.
Unos días después Chan apareció en la oficina en la que trabajaba Lucas. Le entregó un cd que contenía un curso básico de chino. Lucas quedó desconcertado. Tardó un poco en acordarse que le había comentado a Chan que una vez había querido estudiarlo. Además ahora veía ese proyecto como algo completamente ajeno pero trató de mostrarse agradecido. Chan aprovechó la ocasión para estudiar su escritorio, en particular una foto que tenía en un pequeño portarretratos. Solo logró ver un par de amplias sonrisas.
También comenzó a llevarle al mediodía comida de la que cocinaban para los monjes. Lucas dudaba un poco, pensaba si no estaría generando una deuda que no iba a ser capaz de pagar. Pero la comida estaba tan rica que no solo se devoraba las porciones, se tomaba también el termo entero con té verde que le traía. Chan le aclaraba que ella lo hacía desinteresadamente, como una buena acción ofrecida al universo.
Poco después Chan cumplió años y cuando le avisaron a Lucas que le estaban organizando un pequeño festejo no sintió ganas sólo la obligación de pasar un momento para retribuir de algún modo todas las atenciones que le había hecho ella. Buscó en su casa algo para llevarle y encontró una lata de galletitas danesas que le habían regalado para navidad. Se fijó que no estuvieran vencidas y aunque la lata tenía un Papá Noel le pareció que no estaba tan mal. Cuando se las entregó Chan le dijo: —En Taiwán, estas galletitas las regala el novio cuando va a la casa de la novia a pedir su mano. Lucas tragó saliva y las compañeras de Chan entraron con la torta cantando el feliz cumpleaños. Ella les pidió medio bruscamente que hicieran silencio y estuvo casi cinco minutos pensando los deseos antes de apagar la vela.
Chan se regaló a sí misma una visita a la especialista en vidas pasadas. Como suponía, no era la primera vez que se cruzaba con el alma que vivía en Lucas. Por intermedio de la mentalista descubrió que aproximadamente en el 1100, una época muy convulsionada, en medio de luchas y saqueos, ella estaba yendo con su nodriza y una doncella a la casa de la familia materna. Fueron atacadas y sus acompañantes fueron capturadas pero ella logró escapar gracias a la ayuda de un joven licenciado. Tuvieron que correr y ella se torció un tobillo entonces él tuvo que cargarla. Por esa razón cuando lograron refugiarse en una ermita debieron casarse porque así lo ordenaba la ley en esa época cuando un hombre entraba en contacto físico con una mujer. Se quedaron a vivir  bastante tiempo en ese templo y el monje que los casó les enseñó también medicina y cocina vegetariana.
Chan sólo se lo contó a su amiga Jésica a quien volvió a ver después de mucho tiempo. Luego de escuchar su relato, le dijo:
—¿Pero vos no tuviste ninguna vida tranquila, común y corriente?
—Si la tuve no la recuerdo, le contestó Chan.
—¿Y dónde estuvo tu alma entre esa vida y la del 1500?, le preguntó Jésica.
—Eso me gustaría saber a mí, respondió.

Pero Lucas no solo no parecía acordarse de nada sino que estaba cada vez más huidizo. Cuando lograba verlo Chan intentaba mirarlo fijo porque sabía que era el modo en que las almas que estuvieron juntas en otras vidas se reconocen. Él se inhibía y ella interpretaba ese gesto como una prueba confirmatoria. Un día Chan entró a la oficina cuando Lucas le estaba comentando a un compañero que por estar tanto tiempo frente a la computadora le dolía mucho la espalda. Ella se ofreció de inmediato a hacerle un masaje en la mano. A él le pareció muy descortés negarse y se la dio. Ella apretó con mucha fuerza en algunos puntos clave, él sintió un dolor insoportable.
Poco a poco Chan fue renunciando a la esperanza de que él finalmente la reconociera y se fueran juntos del monasterio. Hablaba de vez en cuando por teléfono con su madre y ésta la invitaba a que volviera. Estaba casi decidida a irse pero la abadesa se adelantó y le pidió que se fuera. Le dijo que era muy orgullosa y que se llevaba demasiado bien con el personal administrativo. “Mejor estudio los sutras en mi casa” pensó Chan.  Poco tiempo después el monasterio se incendió. A Chan, como a algunas de sus ahora ex compañeras, no la convenció la explicación de que había sido provocado por un desperfecto eléctrico. Sabían que el origen de las llamas era la ira desatada de la abadesa.

Chan volvió a la casa familiar y pronto consiguió trabajo en un colegio de la colectividad para darle clases de chino a los chicos. Le tocaron los de seis años. Comenzó con mucho entusiasmo. Las clases eran los sábados a la mañana y los viernes se iba a acostar temprano porque quería estar espléndida. Los niños le decían: —Seño, te reamo y —Sos mi mamá. Otros solo le abrazaban la cintura.  Chan pensaba: “Posiblemente las maestras de primer grado somos el primer gran amor de estas criaturas”. Algunos se quejaban, decían: —Seño ¿por qué hablás tanto? Y antes de irse a sus casas los chicos se agolpaban en el escritorio para que ella les pusiera el sellito de “premio” en la mano. Chan quedaba tan agotada que a veces se confundía y usaba el que decía “esfuérzate más”.
No se llevaba bien con las otras maestras. A sus compañeras les caía mal que insistiera con que sus alumnos estaban muy adelantados. Chan prefería no indagar qué tipo de relación había tenido con ellas en sus otras vidas. Con los padres de los niños tampoco se llevaba muy bien. A ellos le parecía demasiado exigente y para Chan no acompañaban como era debido el aprendizaje de sus hijos.
Los padres no estaban muy conformes con el trabajo de Chan y los preocupaba que siguiera soltera. Ella les había prohibido intervenir, les dijo: —Si me arreglan un casamiento van a tener que casarse ustedes. Pero la madre no perdía la oportunidad y cuando muy de vez en cuando su hija iba a la casa con algún amigo hablaba de unas tierras que la abuela le había dejado a Chan en Taiwán.   
Un sábado a la noche, luego de una larga siesta, Chan se despertó con un ánimo inmejorable. Pensó que hasta ahora se había encontrado con hombres con los que tuvo relaciones complicadas aquí y en sus otras vidas. Lo de Vietnam había sido demasiado trágico. Con el joven licenciado del siglo XII no había podido tener hijos. Posiblemente había enviudado y conocido luego a su verdadero amor con el que tuvieron en esa oportunidad poco tiempo para estar juntos. Pero se reencontraron en el 1500 y fueron felices aunque debieron esconderse por temor a su primo que la creía muerta. Se sintió optimista y tuvo la absoluta certeza de que pronto se volverían a ver en esta vida. Decidió entonces escribirle una carta:

Querida alma compañera, quien quiera que seas, hola. Cada uno de nosotros ha experimentado muchas cosas en sus vidas por separado desde la última vez que nos vimos, hace quinientos años. No te preocupes, fue necesario para nuestro crecimiento personal. Cuando nos reencontremos te contaré que recordé que ya habíamos vivido otra vida antes de la que pasamos juntos. Sigo aprendiendo de las enseñanzas del maestro Buda y te aseguro que he sido muy valiente durante todos estos años. Quisiera contarte todo lo que me pasó en estas vidas, pero dejaré que me cuentes primero. ¿Cómo vamos a saber que somos nosotros? Mirándonos a los ojos profundamente para recordar la manera en que nos mirábamos antes. Nuestros corazones latirán fuertemente y entonces lo sabremos ¿Hacemos así?