10.2.17

Esa última serenidad, por Milton Rodríguez



C A L L E

La calle murmura.
El polvo es
como un levantarse de brisas.

Las hojas
acostumbradas a tanto
se juntan en el cordón
empujando y mezclando arenas
semillas
pedazos de piel.

El vino se hace acuoso
al baldear
mezclado con rayos
y el ruido
de una persona
que llora.
     
Cincuenta metros
setecientas baldosas.

¿Será el tiempo
otra vez
arruinando el fracaso? 



S A N    N I C O L Á S

Un gato manso
me mira
con ojos estrellados.
Me sigue por el salón grande
hacia las mesas.

Me siento
y se endereza
apoyándose
en mi pierna.
Lo acaricio
y cuando dejo de hacerlo
me pide más
con la mirada.

Al no usar el lenguaje
pide afecto
de otro modo
quizás sin darse cuenta.

¿Adónde irás cuando seas polvo de hueso escalonado en la tierra?



L O B O S

Hay un hombre
un pedazo de fuego
que devora la madera.

El frente del edificio
se desmorona;
la gente empujada por los bomberos
y la manguera que pide espacio.

Humo azufrado
calentando con el reflejo.
Corridas entre pedazos de telas.

El cielo baja a las cenizas. 



N A V A R R O

En el viento del pueblo
ya ni la gente cree
en lo que se dice
en las historias
que siempre cuentan.

Violencia de tierra destajada.
Árboles apechugados
que caen
un zumbar de golondrina
que se pierde.



Y O G A

No soy más que uno en sí.
El mí mismo que trata
de meditar en el fondo del salón.

Se trata de hacer una asana
de un olvido de la conciencia
del cesar.

En la contienda de los pueblos
todavía hay gente que cree en la paz.

Cuando mucho se destroza
aparece un color naranja
un mantra
para ver si después del exterminio
Buda sigue sentado.



L A   C A S A   Q U E   F U E


¿ Dónde están las luces
los recuerdos
el libro de Enrique
del estante quebrado?

¿A qué silencio
se llevaron el tedio
los pedidos?

¿Qué pudo haber pasado
así
que por ir buscando su voz
en la hondura
la maldita sombra
terminó llorando?



P  A  R  E  J  A

Era la mudez que
de pronto
los dejó paralizados.

Cada uno recordando su historia
viviendo del pasado.
Ahora no hay nada.

Ni emoción
ni suavidad;
siquiera el brazo extendido
hacia el anhelo.

No quiere vivir su agonía.



E S E   L U G A R

El vino pregunta en la sombra
de la bodega.
En el estirado espacio que
llega hasta el fondo.

Entre tanto
la gente camina
y se mezclan
las estaciones del tinto.

El mosto lo había ayudado a crecer.

Antes
como el fantasma que va hilando por las hileras
desconociendo el destino que le podía llegar a tocar
si en la mesa del domingo
o sobre el mostrador del boliche
acompañando la pena.

Peregrinó de un lugar a otro
igual que su padre.


Es una mezcla de tiempos.  

1.2.17

Literatura de ensueños, por Sergio Rienzi

Sanguijuelas, hiedras venenosas, psiquiatras y otras enredaderas

Sobre Diario de sueños & prosas breves, de Santiago Armando (Ascasubi, 2016)

Sanguijuelas

Las cosas buenas simplemente fluyen, inspiran y te ponen en movimiento. Primera noción al respecto. Por eso me resulta tan fluido y tan ligero escribir sobre lo que escribió Santiago Armando en Diario de sueños. Me digo a mi mismo: lo único que tengo que hacer realmente, más que escribir al respecto, es traducir mis ideas, darles un ordenamiento lógico para que se entiendan, para que se luzcan y si logro hacer eso y que las ideas se luzcan y se ordenen con nitidez, el texto de Santiago Armando va a adquirir más luz, algo en lo que vengo trabajando estructuralmente en mis escritos, en mi cabeza, últimamente, el tema de la luz.

Entonces pienso a priori que debería empezar con las sanguijuelas. Wikipedia, que muchas veces miente, dice que las sanguijuelas son hirudíneos, una clase de filo anélido, conocidos popularmente como sanguijuelas. Las hay marinas, terrestres, arborícolas. Pero la gran mayoría son especies de agua dulce. Dice también que son capaces de tragarse una lombriz grande como ellos, gusanos, crustáceos, todo tipo de insectos, renacuajos. Y que son depredadores.

Sí, dice todo eso. Wikipedia habla del sistema nervioso de las sanguijuelas, tiene todo un apartado acerca del sistema nervioso, e inevitablemente me acuerdo de Hugo Savino y su insistencia al respecto de la escritura: hay que tener un sistema nervioso. Mejor dicho: es algo que se tiene o es algo que no se tiene. Las sanguijuelas lo tienen, por ejemplo, y uno muy desarrollado, porque la cabeza posee formaciones nerviosos y órganos sensoriales que alcanzan a la vista, al olfato y al tacto. Y un cuerpo tiene órganos, al carajo con la basura de Deleuze y Guattari sobre el cuerpo sin órganos. A todos les gusta repetir eso, porque queda muy lindo, especialmente en Puán, pero nadie se pone a cuestionarlo.

Creo en los cuerpos con órganos y creo en los escritores con sistema nervioso. El sistema nervioso de Santiago Armando me remite a las sanguijuelas. Pero me pregunto esto: ¿por qué asocio a Santiago Armando con las sanguijuelas? Es una pregunta válida. Porque son parecidos. Eso me disparó el primer sueño descrito en Diario de Sueños & prosas breves, en el que Armando declara: “Era cierto, beber la sangre de las personas que matamos con nuestras propias manos da una fuerza sobrehumana”.

Claro, ahí estaba. No es un pensamiento mágico, había una correlatividad, una pista, un algo. Las sanguijuelas aman la sangre. Son depredadores, ya lo dijo Wikipedia y ya lo sabemos por experiencias o documentales. La sangre puede llegar a ser una infusión vital extremadamente necesaria  para ciertas criaturas oscuras, vampiros, valquirias, sanguijuelas, algunos insectos y Santiago Armando.

A lo que iba. En Diario de Sueños corre sangre. Y si lo leés bien, detenidamente, saboreando cada palabra, cada frase, entrás de lleno desde el vamos en esa cadencia lenta de palabras, saliva y sangre. No hace falta predisponerse, no hace falta demasiado. Es abrir el libro y hacer la gran Laura Estrin que nunca falla, como si fuera la tercera ley de la termodinámica: “Te das cuenta que un libro es bueno cuando lo abrís aleatoriamente en cualquier parte, y si leés esa parte inconexa, aleatoria, y está bueno y está bien y flota, entonces el cuerpo entero que es el libro flota también. Obviamente, si no flota, es malo y el libro entero se hunde”. Seguro que la estoy citando mal a Estrin, pero solo la memoria se puede dar esos gustos. Abrís el libro de Santiago Armando y te metés de lleno en un universo lleno de universos paralelos e inconexos entre sí.

Hiedras venenosas y otras enredaderas

Los sueños a veces pueden ser pesadillas. Las pesadillas a veces hacen trueques impunes con los sueños. Estamos en el universo de Santiago Armando y él nos cuenta sus sueños y sus pesadillas, un universo de hiedras venenosas y enredaderas y mujeres como plantas carnívoras. Te tenés que acercar despacio, mirándolo todo alrededor, para no perderte de nada y sabiendo que en algún momento, en algún paso en falso, en algún intersticio vas a ser mordido por un elemento de ese mundo que nunca tiende a la entropía sino al caos.

Son sueños y pesadillas lúcidas, a contraluz, tenues algunas, de extrema nitidez otras. Son preciosas y detallistas y caprichosas y crueles a la vez. Duelen y abruman y si las leés con el detenimiento que se merecen, te van a doler y te van a abrumar como me pasó a mí al leerlas. Un consuelo: no se trata de pesadillas y de sueños amorfos, inventados: se trata de restos fósiles: de los desprendimientos genuinos de un cartapacio o una libreta de notas bien pegada al borde de la mesita de luz, ahí donde las cosas se desbordan o están por caer, y se deben caer, ahí está la libreta de sueños y pesadillas de Santiago Armando, cajita de Pandora es igual a cajita musical.

Psiquiatras, viva el fútbol

Sí, que viva el buen fútbol, la buena literatura como esta, y que se vayan a cagar todos los psiquiatras, que se mueran atragantados con sus propias teorías y en sus propios medicamentos que recetan para los laboratorios que les pagan por recetar y experimentar , eso parece exclamar el texto de Santiago Armando. Lo exclama y lo declama, en más de una ocasión.

Santiago Armando muestra en un sueño cómo asesina a su psiquiatra, o a varios de ellos, como si fueran un ejército o legión, no importa. En otro sueño, con otro psiquiatra, también aparece la fantasía del asesinato, del estrangulamiento, de que el psiquiatra quede atrapado en su lógica siempre tan racional y binaria. Lo mismo da. Su sed de venganza se ve aplacada sueño tras sueño cuando logra hacerles una maldad, sea cual sea. Ahí se aplaca la sed, al menos un rato, se compensa, se restablece un orden, se establece una especie de justicia cósmica pero a través de la justicia del escrito o del sueño, o del Diario de un sueño. Justicia por mano propia se llama esto, como en el sueño que escribe “Asesino de dos mundos” o en “Jaralambides” donde llega a un boliche en Moscú, todo oscuro y subterráneo en el que vendían absenta y termina pegándole a alguien en la boca con sus nudillos.

Nada de amnistías baratas, nada de sortilegios ni de alto el fuego ni de treguas. Nada de nada. Es una literatura no apta para impresionables o para lectores de verano. Me recorto un poco más: literatura hermosa, no apta. Literatura de viajes en el espacio-tiempo: de Moscú a Puerto Madero, de descampado a barrio cerrado, de camino del Buen Ayre a ningún lado, de Márquez Fondo de la Legua a Primera Junta o Cabildo,  de consultorio a cuarto oblicuo plegado para pesadilla ambulante de  bolsillo.

Literatura de ensueños. Inventario de pesadillas, listado de sueños. Cartografía lenta y sutil de mapas urbanos reales e imaginarios, de ciudades invisibles y personas vívidas. Santiago Armando nos deja señuelos y trampas tendidas por todas partes, para que nos caigamos con él, como él cayó en ellas. Y ahí cumple su venganza fina, sutil.


¿Cierre?

Un sueño se vive actualizando en el libro, por la forma en que Armando lo escribe. Como es el caso de “Sueño de anteanoche”. El sueño de anteanoche se duplica amorfo noche tras noche, hasta el infinito, en una secuencia que no podrá terminar jamás para el que agarre el libro. Siempre podés estar viviendo un sueño de anteanoche, pero en otra noche, en otro sueño. 

Lo primero que me pregunté cuando terminé de leer el libro, es si este libro daba un batacazo en la literatura argentina, si venía  a patear cierto tablero de ajedrez de lo establecido, del canon, o si se trataba solo de un libro-punta-de-iceberg. La respuesta apareció al segundo, como implícita: se trata de las dos cosas al mismo tiempo. Porque si un libro logra ponerte en movimiento, como lo logra Diario de Sueños solo lo hace a condición de que el escritor es el que ya fue puesto en movimiento, el que ya está en un movimiento inevitable y desconocido al que no puede ceder.

Hace un tiempo que vengo pensando que los genuinos y buenos escritores de verdad son los que logran desarrollar una especie de locura semicontrolada o casi controlada, que por momentos se interrumpe por intervalos, se desborda, como el cauce de un río, para después restituirse a cierta aparente normalidad. Pero la normalidad absoluta, la normalidad aburrida, es para los escritores de novelas. Se la podemos regalar a ellos y a ellas para siempre. Y le seguiremos haciendo un gran favor al mundo.

No se puede escribir bien si no se está un poco loco, y Santiago Armando sabe que esto es verdad y más que nadie puede dar fe. Santiago Armando es un original, no es una réplica, y acaba de demostrarlo.

Armando dejó abrir el grifo del inconsciente, levantó las inhibiciones y la tranquera de los sueños y las pesadillas y en esa canilla abierta emanó agua dulce mezclada con agua de mar y con sangre. Abrió sus pasos fronterizos y ahí nos muestra la clandestinidad de sus fantasmas, de sus coartadas, de sus móviles, sus plantas exóticas y flores de ensueño, su fútbol, sus psiquiatras cinematográficos, sus mujeres, de Verónica a Laura, y la tranquera del pasado en el que dejó pastando las cosas y las moscas.

Barricadas, empalizadas, puertas sin salida, encrucijadas, picaportes falsos, dobles, personas conocidas que en los sueños son perfectos desconocidos, contornos, perfiles a contraluz, todos en un tren fantasma proveniente de las tierras oscuras del inconsciente de Armando. Habrá que aventurarse y dejarse arrastrar por los sedimentos de estos sueños y pesadillas y ver dónde desembocan. Todo parece indicar que Santiago Armando va a misa. Pero no sé si eso será suficiente para algo. Esto no debería terminar así, y sin embargo sí. 

23.1.17

El Gigante, por Gustavo Calandra


“dándole mi vida a ese paravalanchas”
ANDRÉS CALAMARO

Me quedé duro al ver al gigante. Estadio Azteca. ¿Cómo llegué? Una especie de combi bondi en Tlalpan. Llueve con todo. Y bueno, si total estoy re loco. La excusa de un par de tacos en un puestito en la lleca se agota. Hay que salir y ponerle pecho al clima. Otra Corona para el rey de este juego.
  Esta avenida es bastante importante, más adelante aprenderé que es la línea fronteriza de Coyoacán, barrio que me propuse conocer cueste lo que cueste, recrearme con la bohemia pintoresca. Frida. Trotsky. Panqueques de Nutella desbordante. Churros. También habrá lluvia, un taxi y el bochorno en aquel momento: ni un alojamiento… excepto uno, en Tlalpan, partida al medio por un tren metro repleto todo el tiempo.
  Una fotito para inmortalizarme con la cancha atrás. ¡Que brille el neón! Amarillo rojo azul tiñen la escena, flamean banderas bombo bombo dale al bombo el eco en la boca de entrada del bombo la junta el eco los pibes el bombo.
  ¿Cuánto cuesta entrar? Hablá con los de la barra, ellos siempre tienen la solución. Y es tan solo exponerme como posible espectador simpatizante del América que hoy juega con Jaguares de Chiapas.
  Trotecitos adrenalínicos, las gotas en las chapas, los gritos.
  Cincuenta metros antes, nace una especie de feria. Camisetas, gorritos, pelotas, bebidas y hasta choripán argentino.
  Argentino, ¿entrada? Sí, ¿Cuánto? Cien. Ok. Mira que a los chilenos les cobramos 150. Bueno pero yo no soy chileno, soy porteño, de Villa Crespo.
  El ticket es de cortesía: 0 peso. Así y todo me hubiese gustado conservarlo. También me dieron un carné con la foto de un pibe de 18 que nadie se molesta en corroborar su autenticidad. Un recuerdo –lo mismo le expondré a un par de la hinchada luego– que representa el mundial 86. Imposible no alucinar con el Diego una vez adentro. Ubicar esa imagen de la tele en su escenario real. La mano de D10S. Imposible no guantear virtualmente contra los hooligans en el estacionamiento y aplicar la piña nacionalista.
  Y no será posible llevarme una entrada, pienso… y uno se copa  y me trae un souvenir que atesoro en el bolsillo. De pronto, me encuentro en medio de un grupo de hinchas “caracterizados” hablando o intentando vincularme. ¿Vos sos de Atlanta? me pregunta el Robert, obvio que aún no sabía su nombre, pero por una cuestión de prolijidad, en algunas situaciones, la cancha de tablones, una vez que pasé,  yo aún no me había presentado ni siquiera en el texto, posición que me define entonces y evita confusiones.
  ¿Quiere un pucho? Lo toma directamente de la boca de cualquiera mientras se pasea por la tribuna sin siquiera pedir permiso. A nadie se le ocurriría oponerse. El bostero de “los virulos del bostero” de Bersuit es Robert, quien sin alardear de su fama saca unos miniziploc, que reparte a sus compinches un gordo gigante de musculosa. Ronda de birra. Venden birra, sí. Agite. Llegan los barramaras de caras tatuadas y completan un cuadro difícil de entender fuera de este círculo dantesco.
  Una noche cerrada presenta laberintos en el barrio de Santa Úrsula y los alrededores picantes de la cancha a la salida. No pude ver los goles por quedar dentro del “consejo” y la amistad duradera se forja con diálogos no siempre muy coherentes y excursiones al kioskito del vicio latita de jack y coca preparada y el que atiende enfierrado martillando el arma como chiste al distraído, por las dudas no te distraigas, consejo.
  Habrá que volver amanesimio por el Eje Central hasta Chapultepec, a la colonia Juárez, acompañado por dos o tres bravos de la manada y con la promesa de seguir la confraternización el domingo, en el Arena México, donde se dan cita los luchadores pero sin antes pasar por el colosal mercado de Tepito, no delante donde venden ropa trucha de marca o baratijas inservibles sino más atrás, donde hay unos pibitos que…
  Escuchá qué bien Manu Chao en el Zócalo... “yo vengo del hoyo Tepito Fayuca… yo vengo del hoyo de la gran ciudad”.

16.1.17

La vida de Kafka no puede considerarse “kafkiana”, por Carlos Correas


Carlos Correas prefiere apropiarse de su breve biografía a través de las cartas a sus novias y amigos. En ellas se evidencian categorías pasionales: el amor, el detalle, la soledad, la lucha, el deseo, la prostitución, la clarividencia y la enajenación.

Les voy a presentar una serie de categorías para nuestra apropiación de Kafka. Con esto también se constituirá un intento de mostrarles a ustedes mi itinerario en la frecuentación de Kafka.

La primera categoría es el amor, y el deseo adosado a él. De inmediato una pregunta: ¿Qué hombre más amable en la historia de la literatura que Franz Kafka? Yo amo a Kafka, y este amor hacia él no ocurre sólo a partir de sus obras, sino más bien de su biografía. El pilar biográfico acerca de Kafka es la biografía de Max Brod, su amigo personal, su albacea, el que prefirió rescatar los manuscritos de Kafka antes de la invasión nazi a Checoslovaquia en vez de rescatar sus propios manuscritos. Max Brod es un factotum insoslayable en toda biografía acerca de Kafka. Su amigo personal, amigo también de la familia, es una fuente insoslayable, pero insuficiente. Por lo menos en la primera edición de su biografía tuvo que omitir detalles por consideración a los familiares sobrevivientes de Kafka. La primera edición de su biografía en alemán es de 1937. Kafka ya había muerto, pero aún vivían sus hermanas, los cuñados y los sobrinos, que luego morirían asesinados por los nazis en los campos de concentración. Ya antes habían muerto los padres de Kafka pero, como dije, aun vivían sus tres hermanas. Brod suprimió muchos pasajes bastante iracundos del propio Kafka acerca de su familia. En biografías más recientes este obstáculo ya no existe. Les recomiendo las biografías de Klaus Wagenbach, La juventud de Franz Kafka y Franz Kafka. Últimamente han surgido varios estudios acerca de Kafka, que también tocan el aspecto biográfico; entre ellos, un estudio muy inspirado de Elías Canetti, algunas páginas muy sutiles de Walter Benjamin y un libro de Pietro Citati, del cual hay una traducción inglesa que sigue un género tradicional, de aparición reciente, llamado psicobiografía.

¿A qué se debe esta profusión, incluso excesiva, de estudios sobre Kafka? A la edición correlativamente reciente de un texto inédito de Kafka, las Cartas a Felice, y otra correspondencia de la época del noviazgo: un título característicamente alemán, por lo gravoso. Se trata de las cartas a Felice Bauer, la joven berlinesa con la cual Kafka estuvo de novio durante cinco años; con la cual se comprometió dos veces, y con la cual dos veces rompió el compromiso.  

Estas cartas fueron publicadas en castellano en 1978. Recuerden ustedes las categorías de amor y deseo. La biografía de Brod me hizo amar a Kafka por los detalles de su vida. Ya lo conocíamos por sus obras: las primeras traducciones de Kafka al castellano son de la década del ‘30. Por lo menos La metamorfosis, que aparentemente figura como traducción de Borges, es de 1938. El propio Borges, en reportajes, ha dicho que esa traducción no le pertenece, pero la Editorial Losada la sigue editando como traducción de Borges. Hay detalles en la traducción misma que indican que no es el estilo de Borges. Incluso Borges ha dicho que no le hubiera puesto La metamorfosis; éste es un mal recuerdo de Ovidio, sino que le hubiera puesto La transformación.

Max Brod nos daba los detalles de la vida de Kafka; de la vida de oficina, de la relación con los padres, de la conversión de Kafka al vegetarianismo. Con una amiga, Kafka concurre al acuario de Berlín, se detienen frente a una piscina iluminada, con peces. Y para gran horror de la dama que lo acompaña, Kafka les dice a los peces: “Ahora os puedo mirar tranquilo, ya no los comeré más”. La dama le cuenta esta anécdota a Max Brod, y éste la registra en su biografía.

El detalle de Kafka, el amor y el deseo dirigidos hacia el detalle. Amamos y deseamos los detalles. El detalle es otra categoría.

Las cartas a Felice son aproximadamente 500, enviadas durante esos cinco años de noviazgo. Las cartas de Felice a Kafka se han perdido. Probablemente Kafka las tiró, o las quemó, o Max Brod no se preocupó por rescatarlas. Quinientas cartas a través de cinco años de noviazgo. Al comienzo de la relación, las cartas de Kafka son muy frecuentes; tanto, que llegan hasta tres por día. Cartas que llegan, el algunos casos, hasta las 30 páginas. ¿Qué demanda Kafka en ellas?: demanda detalles. Le dice a Felice: “Quiero saciarme en los detalles”, y le pide a ella que le escriba por lo menos una carta por día y que le dé detalles. Kafka está en Praga y Felice en Berlín.

¿Qué detalles? Kafka trabaja en una compañía de seguros contra accidentes de trabajo. Felice trabaja también, en la oficina de una empresa de la cual llegará después a dirigente. Será una gran y exitosa empresaria. Detalles de la vida familiar de Felice, sobre todo acerca de la comida de Felice, acerca de su salud, de los compañeros de trabajo, de los amigos, sobre todo de los amigos intelectuales de Berlín, acerca de los que Kafka confiesa que está celoso de antemano. Detalles acerca de qué está haciendo Felice, en el momento en que recibe sus cartas. Qué estaba haciendo, cómo recibe las cartas, cómo estaba vestida, si es que estaba vestida; cómo abre el sobre, cómo extrae el papel de adentro del sobre, cuántas veces la lee, dónde se ubica para leer la carta, qué hace después con la carta, cuándo decide contestarla, cómo está vestida cuando la contesta, cuánto le lleva escribir la carta, etcétera. Felice no le contesta ni con la frecuencia ni con los pormenores, con la minuciosidad que le pide Kafka. La relación en la correspondencia continúa, y llega a un punto en que Kafka entra en dependencia de sus propias exigencias, y le pide a Felice que, o se corte la correspondencia, o se interrumpa por un tiempo.

Curioso procedimiento de Kafka. Ustedes dirán: “Es Kafka”. Pero se trata justamente de reflexionar sobre ello. Le manda una carta a Felice donde comienza diciéndole: “Felice, te lo advierto. Te lo dije ya el otro día: ésta es una de esas cartas que debes dejar de leer a la tercera o cuarta frase. Ya, Felice, rompe esta carta! Ahora, rómpela!”

Curioso tratamiento del género epistolar, porque, o bien nuestro silencio es la respuesta cuando nos mandan una carta, o bien no tomamos la iniciativa de mandar una carta. Pero comenzar una carta intimándole al destinatario a que la rompa y no la siga leyendo es singular. ¿Cómo interpretar esto? La carta se ha conservado, lo que significa que Felice no la rompió, y seguramente si nosotros recibimos una carta con ese encabezamiento, seguiremos leyéndola, al menos para saber por qué tenemos que romperla.

Si obedecemos al mandato, la rompemos, qué contestamos: he roto la carta, no puedo contestarte más porque ignoro el resto del contenido. Felice la siguió leyendo. Curioso tratamiento del género epistolar. Por otra parte, ¿creería Kafka en serio que Felice rompería la carta? No será tal vez que él le expresaba de alguna manera que quería romper la correspondencia, y por lo tanto romper una relación? Un año después de iniciada la correspondencia, Kafka le propone matrimonio a Felice en una carta muy turbulenta, en la cual, como si fuera un libro de debe y haber, pone las ganancias y las pérdidas. Le dice: “Contigo yo perdería mi soledad”. Amor, deseo, detalle, soledad, ésta es otra categoría para la apropiación de Kafka. “... soledad que la mayoría de las veces es horrible. Y en cambio, te ganaría a tí, que eres el ser que más quiero en la vida. Pero tú, ¿qué perderías?: perderías tu vida en Berlín, tus amigos, que te son tan queridos, perderían tu vida placentera, perderían la posibilidad de casarte con un hombre sano y tener hijos sanos. ¿Y qué ganarías? Me ganarías a mí. ¿Y yo qué soy?: un hombre infantil, débil, enfermizo, taciturno, insociable, triste, rígido, y desprovisto de esperanzas”. El matrimonio no se  consumó.

Las cartas prosiguen, ya con un tono más quejumbroso, e incluso Kafka le dice que esas cartas le quitan tiempo. En un viaje que hace Max Brod a Berlín, se entrevista con Felice, quien le dice: “No sé por qué, pero el caso es que Franz me escribe bastante, pero sin embargo, sus cartas no logran tener sentido. No sé de qué se trata”.

Si leemos en el Diario de Kafka, con respecto a la literatura podemos hallar frases tales como “El deseo de representar mi fantástica vida interior ha desplazado todo lo demás. Ninguna otra cosa podría conformarme” (...) “El mundo prodigioso que tengo en la cabeza. Pero, ¿cómo liberarlo y liberarme sin destrozarme? Y sin embargo, preferiría mil veces destrozarme antes que retenerme”.

Las veces en que Felice y Kafka se han encontrado no han sido muy felices para Kafka, ni siquiera por semejanza fonética. Felice le reprocha constantemente, por ejemplo, que Kafka lleve su reloj pulsera adelantado una hora y media durante tres meses. Felice se lo pone en hora. Felice le reprocha que tenga las uñas afiladas y largas, le pide que se las corte, que se las lime, que se las limpie. Felice le reprocha errores en la dicción del alemán, pues Kafka era bilingüe, checo y alemán; Felice era berlinesa. Felice le reprocha el color de las corbatas, la falta de elegancia; en fin, podemos decir que Felice representa la moral del cuidado de sí, y Kafka la del descuido de sí. Felice le pide a Kafka mesura, y un límite. Kafka le responde que cualquier límite y mesura en literatura serían suicidas, él no los puede aceptar, y se debate en lucha entre la literatura y el casamiento.

Lucha es otra categoría que agregamos al amor, al deseo, al detalle, a la soledad. Kafka le ha escrito a Felice: “Creo que nadie en el mundo ha luchado jamás por una mujer como yo he luchado por ti. Desde el comienzo, siempre cada vez, y quizá para siempre”. Si tomamos el Diario, también leeremos de Kafka: “En épocas de paz no adelantas nada; en épocas de guerra, avanzas desangrándote”. Kafka eligió la época de guerra, y así avanzó.

En el Diario, refiriéndose a Felice, cuando la conoce en la casa de Max Brod, el mismo día en que la conoce, en agosto de 1912, escribe en el Diario acerca de ella: “Un rostro vacío que exhibe abiertamente su vaciedad”. Repite esta frase con variantes en el Diario en sus cinco años de noviazgo. No es una frase aplicable a un rostro amado. Pero es una excelente muestra del estilo kafkiano. Un rostro lleno de nada, pero por eso mismo capaz de llenarse con todo el amor de Kafka.  Y como ocurre casi siempre, la consistencia, la integralidad, la vida propia de Dulcinea del Toboso se cumplen en las alucinaciones y en los fantasmas de Don Quijote. El nombre real será Aldonza Lorenzo, la misma que le dice a Max Brod, después de cinco años de noviazgo y de 500 cartas: “No sé de qué se trata”. Y se trata de Kafka.

Un poco más atemperada será la relación de Kafka con Milena, la joven checa, de la cual también se han conservado las Cartas a Milena, y no las cartas de Milena a Kafka, que se han perdido, o se han roto. En estas cartas encontramos a un Kafka más calmado, más transido. Con Felice se muestra muy celoso; con Milena, no. O sí, pero no tan celoso. Precisamente en un momento de la correspondencia con Milena, ella le dice que él está celoso y que eso la mortifica, que él lo hace a propósito para mortificarla. Kafka le responde que él no está celoso, en base a la siguiente argumentación: El mundo, Milena, es tan diminuto, y tú y yo somos tan gigantescos, que no hay nadie más. Entonces, de quién podría estar celoso?” Pero más adelante, Kafka se muestra celoso. Él mismo se lo dice: “¡Pobre Milena!, éste es el que no era celoso. Ya ves, me vas conociendo”.

Soledad era una de nuestras categorías. En una carta a Brod, Kafka le dice: “Ayer, de pura soledad, me llevé a una prostituta a un hotel. Era demasiado vieja para seguir siendo melancólica. Y sólo le apenaba que los hombres no fueran tan cariñosos con las prostitutas como lo son con sus amantes. Y no la consolé porque ella tampoco me consoló”. Soledad, y búsqueda de las prostitutas. Las prostitutas no solamente eran buscadas por Kafka y Brod cuando se iban de viaje, a París, a Suiza, al norte de Italia o a Weimar, cuando fueron a visitar la casa de Goethe; también en Praga, y en las calles frecuentadas por las prostitutas. Kafka en ocasiones se llevaba a una prostituta a un hotel, y en ocasiones simplemente la contemplaba. Creo que la prostitución habrá de ser también otra categoría para nuestra concepción de Kafka.

En cuanto a la prostitución en relación a la soledad, se ha observado justamente que la relación con figuras femeninas que aparecen en las obras que Kafka llamaba historias, está hecha como si las mujeres fueran prostitutas, y que tienen una función respecto del héroe. En El proceso, Leni, enfermera, enfermerita del abogado al que debe consultar Josef K., es una suerte de prostituta. Y sobre todo en El castillo, Frieda, la mesonera. Son mujeres toscas, arrabaleras, embrutecidas y compulsivas, y, con expresión de Kafka, “que siempre están pensando en los pequeños horrores del momento”, y de las que emana, en la descripción de Kafka, “un olor amargo y excitante, como de pimienta.”

Frieda, desde luego, es Milena. Todos ustedes conocen la importancia de los nombres propios en Kafka. Hay que descifrarlos. Milena y Frieda. Frieda es Milena; tienen la misma cantidad de vocales, la misma cantidad de consonantes, y el orden de las vocales en estos dos nombres es el mismo. Esto fue corroborado por Brod y por Wagenbach.

Además, el nombre Frieda evoca paz y quietud; se relaciona con el alemán Friede: paz y quietud. Y Kafka ya le ha dicho a Milena que ella es fuente de paz y quietud para él.

Estas relaciones con mujeres presentadas como prostitutas, constituyen por lo común para el héroe un obstáculo. Parecen ofrecer ayuda, pero finalmente constituyen un estorbo, una dificultad, un motivo de angustia, de desdicha y de frustración para las metas que por el momento se propone el protagonista. Leni es la enfermerita del abogado, y por acostarse con Leni, Josef K. pierde la oportunidad de entrevistarse con el abogado que podría ayudarlo en su proceso. Frieda es la amante del poderoso señor Klamm. El nombre en alemán es “rígido”, “estrecho”, y evoca deliberadamente al marido de Milena. Cuando Kafka y Milena se conocen, él tenía 38 años y ella 24. Milena residía en Viena. La correspondencia es entre Merano, una colonia naturista -a Kafka ya se le ha diagnosticado la tuberculosis- y Viene, donde reside Milena. El marido de Milena se llamaba Ernst, palabra que en alemán significa “seriedad”, “gravedad”. Así que se emparenta con el nombre del señor Klamm, del cual Frieda era servidora. La relación de K en El castillo con Frieda se realiza en un estado de inconciencia, o de semi-conciencia: ruedan por el suelo, en donde permanecen horas abrazados. Es una especie de seducción en lugares extraños. Es precisamente una relación con prostitutas. Una de las ayudas que busca Josef K en El proceso se la puede brindar un sacerdote. Josef K se entrevista con el sacerdote, quien le cuenta la famosa leyenda “Ante la Ley”, que Kafka retomará en Un médico rural. Hay variantes en ese capítulo de El proceso de la leyenda “Ante la Ley”, y finalmente, el sacerdote lo despide sin proporcionarle la ayuda que Josef K espera, y el sacerdote le dice: “La justicia nada quiere de tí. Te toma cuando vienes, y te deja cuando te vas”. La justicia es una especie de prostituta.

La leyenda “Ante la Ley” es la del campesino que pretende entrar en la ley, o sea legalizarse, reglamentarse. El campesino pretende entrar en la ley. Diríamos que ésa es la meta a la que aspiran todos los protagonistas de las historias de Kafka. Pero hay metas? Sí, según Kafka hay metas. Según la frase de Kafka en el Diario: “Hay metas; lo que no hay son caminos. Llamamos caminos a nuestras vacilaciones”.

En 1911, Kafka tiene una entrevista con el entonces itinerante teósofo y antropósofo Rudolph Steiner, que está en Praga dando una de sus ocasionales conferencias. Kafka se entrevista con Steiner y le habla contándole sus propias experiencias. Kafka le dice que tiene momentos en que experimenta una gran clarividencia, en los que se siente que no sólo llega a los extremos de sí mismo, sino también a los extremos de la humanidad. Clarividencia será otra categoría que agregaremos a nuestra comprensión, a nuestra apropiación de Kafka. Aquí enlazo clarividencia con su opuesto, enajenación. Amor, deseo, detalle; y el amor y el deseo dirigidos en el detalle. Deseamos los detalles, amamos los detalles; saciar, colmar nuestro deseo en los detalles. Y lucha, soledad, prostitución, clarividencia y enajenación.

Milena ha correspondido a esto, a esta clarividencia de Kafka. Se dice que Milena es la mujer que mejor llegó a conocerlo; se dice que Felice no lo entendió en absoluto. De todas maneras, algo debe haber entendido Felice. Luego de la separación definitiva con Kafka, Felice, en 1917, al cabo de un año se casa, tiene hijos, es una exitosa esposa, una exitosa madre, y una exitosa empresaria. Culmina su carrera de empresaria justamente vendiendo las 500 cartas que conservó, a un editor neoyorquino por una corpulenta cantidad de dólares en 1958. Diez años tardaron los dos redactores, cuidadores, como se dice en alemán, los preparadores alemanes, en ordenar el material. Muchas cartas no tenían fecha. Diez años tardaron en preparar para la imprenta esa edición de las cartas a Felice, y recién en 1968 salen las ediciones inglesa y alemana, y en 1978, sale la traducción castellana.

Milena, la mujer que mejor llegó a comprenderlo. También podemos leer en el Diario la siguiente frase: “Si tuviera alguien que me comprendiera, si tuviera una mujer que me comprendiera, eso sería tenerlo todo; tener a Dios”.

Amor y deseo por los detalles. Los detalles son lo circunstancial, lo patético. Son el contenido también. Para quien desee tener una muestra clara del interjuego entre el deseo y los detalles, puede releer el cuentecillo “Una confusión cotidiana”, de una fuerza humorística irresistible. Milena en una carta a Brod le dice: “Todos nosotros tenemos, al menos en apariencia, un refugio en y con el cual protegernos. Sea una mentira, sea el pesimismo, sea el optimismo, sea una convicción, o cualquier otra cosa. Pero él (Kafka), no tiene refugio alguno. Vive en el mayor desamparo. Es tan incapaz de mentir como de  emborracharse. Su ascetismo no tiene nada de heroico, lo que lo hace más grande y elevado. Todo heroísmo es cobardía y mentira. No es un hombre que usa su ascetismo como un medio para un fin. No, es un hombre al que su terrible clarividencia, su pureza y su rechazo de toda impostura lo llevan al ascetismo”.

Kafka le dice a Brod, hablando de Milena: “Es un fuego vivo, como jamás he visto, pero a la vez, delicadísima, graciosa, y todo lo arroja en el sacrificio; o mejor dicho, todo lo ha adquirido por medio del sacrificio”.

Clarividencia y enajenación. Leemos en el Diario de Kafka: “ Nada me falta. Sólo me falto a mí mismo”. ¿Qué falta será ésta? ¿La falta de ser tal vez? ¿Esta faltancia de sí mismo será quizás lo que podemos llamar, lo que yo propuse, como pareja de opuestos de clarividencia-enajenación?

Volvamos a la lucha, así introducimos otra categoría: el mundo. Con respecto a la lucha, habíamos dicho que nadie jamás había luchado por una mujer, como Kafka por Felice; que en épocas de guerra avanzada desangrándose y en épocas de paz no adelanta nada. En una reflexión de sus Reflexiones sobre pecado, sufrimiento, esperanza y el camino verdadero, leemos: “En la lucha entre tú y el mundo, apoya al mundo”. También a Felice, en una carta le dice: “Mi obligación sería salir fuera de mí mismo, unirme a tí, y combatir contra mí.” Si en la lucha entre tú y el mundo, hay que apoyar al mundo, entonces hay que luchar contra mí mismo. Hagámoslo un poco más complejo, que creo que lo merece. Es luchar a la vez por y contra el mundo. Kafka realiza esta lucha a través del lenguaje. Una de las últimas amistades de Kafka es un joven llamado Gustav Janouch, quien en 1920 tiene 18 años y visita a Kafka en la oficina. Años después publica un libro de recuerdos titulado Conversaciones con Franz Kafka. En una de esas conversaciones, Kafka le dice: “El lenguaje es nuestra eterna bienamada”; yo, Correas, agrego: no “nuestra eterna bienamante”. Y agrego también que el lenguaje es nuestra eterna biendeseada, aporte mío que probablemente Kafka..., en fin, no sé qué haría Kafka. Y si tomamos el deseo por los detalles, acá tendremos entonces un vínculo que nos permite ver desde otra perspectiva, algo que siempre se ha observado sobre Kafka; la extraordinaria capacidad de Kafka para verter el detalle; su observación y actualización del detalle a través de la palabra. El lenguaje es nuestra eterna bienamada, biendeseada; pero no nuestra eterna amante, ni deseante. Es un amor no correspondido. Y un deseo que se enrosca, más bien en crispación, sobre sí mismo.

Acerca del amor, Kafka ha dicho que es el constante deseo de morir y a la vez el constante deseo de seguir resistiendo. Como si el amor fuese constituido por estos dos deseos: el constante deseo de morir, pero que por sí solo no puede bastar para constituir el amor, sino que es el deseo constante de morir y a la vez el deseo constante de seguir resistiendo. Esos dos deseos, íntimamente vinculados, constituyen el amor. Detengámonos en la categoría del amor; después volveremos a clarividencia y enajenación. Dice Kafka en el Diario: “El gesto de rechazo que por siempre ha suscitado no es el que se expresa diciendo ‘No te amo’, sino el que se expresa diciendo ‘No puedes amarme por más que quieras. Solamente puedes amar el amor que sientes por mí, pero el amor que sientes por mí no te ama’”. El rechazo que inspira Kafka, según él, no es el que se expresa diciendo “No te amo”, sino que es como si le hubieran dicho “No puedes amarme porque solamente puedes amar el amor que sientes por mí, pero amor no te ama”. Ese amor, entiendo yo, es el del lenguaje. Es el amor que construye, el amor-verdad por Felice, que construye o inventa. Y el lenguaje es nuestra eterna bienamada, pero nuestra eterna bienamada no nos ama. Así es el lenguaje. Es amor. Pero, ¿qué más fuerte y qué más débil, y qué más sospechoso que el amor?

¿Qué otra función puede tener el lenguaje en esa actualización que hace Kafka del detalle y del gesto? Y en todos los casos sin perder el asombro que provoca la extrañeza del estilo kafkiano.

En la lucha entre tú y el mundo, hay que apoyar al mundo para que más allá de las apariencias logremos desentrañar al mundo en lo que el mundo es, como tal. En una famosa declaración de noviembre de 1917 dice Kafka: “Todavía puedo encontrar una satisfacción momentánea en obras como Un médico rural”. Es un libro dedicado al padre, del que aún no hablamos. El padre que, como de costumbre completa sus veladas de trabajo jugando a las cartas con la madre, cuando su hijo le entrega el libro le dice: “Dejálo en la mesita de luz”. Seguimos con la declaración de Kafka: “Todavía puedo encontrar una satisfacción momentánea en obras como Un médico rural, pero felicidad, sólo podría encontrarla si escribiendo, logro elevar el mundo hasta lo puro, lo verdadero, lo inmutable”. Elevar el mundo a través de la escritura hacia lo puro, lo verdadero, lo inmutable, es la meta. No hay caminos “lo que llamamos caminos son nuestras vacilaciones”. El mundo tiene máscaras y hay que elevarlo a través de la literatura a lo puro, lo verdadero, lo inmutable. Uno de sus aforismo sobre el pecado, el sufrimiento, la esperanza y el camino verdadero, dice: “No es necesario que salgas de tu casa, quédate en tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera simplemente. Ni siquiera esperes, quédate totalmente quieto y solo. Entonces el mundo te ofrecerá desenmascararse ante ti. No puede evitarlo: extasiado, se retorcerá en tu presencia”. Mundo tiene que ser otra categoría que agregaremos a nuestra lista. “El mundo te ofrecerá desenmascararse ante ti”: ésta es la tarea del intelectual, del escritor. Así lo podemos interpretar en una tentativa.

Clarividencia y enajenación. Algunas narraciones de Kafka, o algunos momentos de las narraciones de Kafka, ocurren en un día domingo. Por ejemplo a Josef K, en El proceso, se lo cita a una audiencia en un tribunal, se le indica el lugar, pero no el día ni la hora. Así es como Josef K decide presentarse por su cuenta, y elige un domingo. El tribunal no es el palacio de justicia; es una casa de inquilinato que está situada en las afueras de la ciudad, y donde la presumible sala de audiencias tiene un techo tan bajo que los que van para estar en ella, llevan un almohadón para no golpearse la cabeza contra el techo. Esta es una estructura onírica. Ocurre en un día domingo. La condena, que termina con el suicidio del protagonista, ocurre en un día domingo. El domingo es un día de pausa, de recogimiento, ideal para volverse sobre uno mismo. Pero como está comprimido entre días de trabajo, se hace patente, por lo menos para el domingo de Kafka, el desorden de la vida interior y el desorden de la vida de aquel a quien el tiempo no le pertenece: enajenación. Digo, a quien no le pertenece el tiempo, y no el ser o la vida, etc., porque estamos hablando de domingo, de días, de períodos de tiempo. Hay una pesadilla del domingo. Algunos de nosotros la conocemos: vivimos ese instante de respiro como si fuera una pesadilla. Otra pesadilla relacionada con la del domingo es la del despertar. Tenemos clarividencia y enajenación, y el domingo y el despertar. Recuerden conmigo el comienzo de La metamorfosis: “Al despertar, Gregorio Samsa, una mañana, tras un sueño inquieto, se encontró en su cama, convertido en un monstruoso insecto”. La prosa es muy clara. Jamás encontraremos una palabra rebuscada o extravagante en Kafka, en absoluto; ni un sólo neologismo. Kafka trabaja en alemán con palabras vulgares, simples; la estructura, la sintaxis es cristalina. Algo nos inquieta, desde luego: despertarse convertido en un monstruoso insecto, pero más profundamente, la inquietud del despertar: “Al despertar, Gregorio Samsa...”. La frase sigue, y ese despertar quedó ahí. El despertar: ¿qué ocurre en ese tránsito entre el sueño y la vigilia?; como si la realidad del sueño, la realidad onírica se fuera disolviendo al mismo tiempo que la realidad material o física se va constituyendo, pero está todavía en fragmentos, que se superponen, se transponen unos a otros. Son los momentos en que todo es posible, incluso la metamorfosis. El encontrarse convertidos en un monstruoso insecto. ¿Qué ocurrirá si damos otra vuelta de tuerca y hablamos del despertar de un domingo? Entonces tendremos una pesadilla por partida doble. Los despertares del domingo; momento de horror, que puede desembocar en el suicidio, como en La condena.

Hemos compartido frases de Kafka, compartamos ahora un cuento breve: “El buitre”; la traducción esta vez sí, es de Borges.

“Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado las botas y las medias, y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo. Volaba en círculos inquietos alrededor, y luego proseguía la obra. Pasó un señor, nos miró un rato, y me preguntó por qué toleraba yo al buitre. 
Estoy indefenso le dijevino y comenzó a picotearme. Yo quise espantarlo, y hasta pensé en torcerle el pescuezo. Pero estos animales son muy fuertes, y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies, que ahora están casi hechos pedazos.
No se deje atormentar dijo el señor, un tiro y se acabó el buitre.
¿Le parece? Pregunté, quiere encargarse usted del asunto?
Encantado dijo el señor; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, puede usted esperar media hora más?
No sé le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí: Por favor, pruebe de todos modos.
Bueno dijo el señor, voy a apurarme.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora ví que lo había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y, como un atleta que arroja la jabalina, encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba”. 


Tomado de : LA CAJA N nº5, septiembre/octubre, 1993.
El texto es una desgrabación de la conferencia que el autor dió en el Colegio Argentino de Filosofía (CAF).