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7.8.26

Una cosa, por Mariano Fiszman

 

Una cosa que me gusta de mi heladera es que nunca tiene mal olor.

 

 

Una cosa que me empezó a pasar a partir de cierta edad es que se me intensificó el sentido del olfato. Por qué, no sé. Tener el olfato más fino puede ser causa de burlas por melindroso o de reproche incluso, como si fingiera oler lo que aparentemente solo yo huelo para obtener una ventaja en una situación equis: un cambio de ropa, la limpieza de un objeto, que abran una ventana, un tragaluz aunque sea, caprichos que justificaría con la excusa del olor.

 

 

Una cosa así puede ser causa de hostigamiento también. Las diferencias de percepciones exasperan a algunas personas.

 

 

Una cosa como esta me hace pensar en otras características, inclinaciones y hasta dolencias que llegan o se van sin explicación.

 

 

Una cosa o algo.

 

 

Una cosa por ejemplo que empecé a tener en un momento de mi vida, otro momento, es asma. Yo siempre digo que me hice asmático por Proust, puede ser una simple fórmula con pretensiones de gracia o puede ser verdad. Lo concreto es que por esos años estaba leyendo La recherche.

 

 

Una cosa quería decir: es tarde, me voy a acostar.

 

 

Una cosa más: durante mucho tiempo me fui a acostar temprano.

 

 

Una cosa que extraño de cuando era chico son las sillas en la vereda. Hay gente que todavía lo hace, muy poca, sacar una silla a la vereda y sentarse a tomar fresco. Tengo varios puntos en el barrio para sentarme a veredear: umbrales, bancos improvisados, las vías. Aunque las vías ya no porque las sacaron para hacer ese tren elevado horrible. Era mi lugar preferido. Alrededor había escombros, pasto, pintadas, y de tarde, al fondo, según la época del año, se veía la puesta de sol. Con esos caños para sentarse arriba y apoyar los pies abajo que resultaba en una postura muy cómoda. Cuando pasaba el tren, retumbón y arrastrando el viento, había que agarrarse fuerte como en un precipicio, por miedo a caerse o a querer tirarse abajo.

 

 

Una cosa que siempre hago cuando paso adelante de alguien sentado en una vereda es saludar. Y siempre me devuelven el saludo, sin falta.

 

 

Una cosa que estoy pensando hace tiempo es comprarme una silla de playa plegable amarilla de aluminio y sacarla a la vereda para sentarme al solcito en invierno y de noche en verano. Dejar de pasar y ser el quieto que devuelve el saludo.

 

 

Una cosa es una cosa es una cosa es una cosa.

 

 

Una cosa no nace, se hace.

 

 

Una cosa, dice la vecina sin sacar la cadenita de la puerta, es que se me pase medio minuto el pollo, y otra que haya que abrir todas las ventanas de todos los pasillos del edificio, hasta la puerta de la terraza, porque hay un poco, un poco, dice más alto, de olor.

 

 

Una cosa trae la otra.

 

 

Una cosa que nunca le contaste a nadie.

 

 

Una cosa sucia, inmóvil y ovillada en el umbral, que a medida que me acercaba iba cambiando de sentidos posibles: caja descuajeringada, hatajo de ropa vieja, montículo de restos de comida en mal estado, linyera durmiendo la mona, entrevero de ramas y hojas de una poda, mastín muerto, encomienda sin destinatario ni remitente y varias cosas más.

 

 

Una cosa estética es tétrica.

 

 

Una cosa: un caso: un caos.

 

 

Una cosa, una casa, un ocaso, un escaso, uno cose, una caza, un acaso, un casi, un acá sí, un acá se acosa, acusa, acuosa, uno saca un saco, una sota, una seca, un saque, un queso, uno cata una tuca, una seta, una única uña uncida, torcida, uno ha sido un asco, un asceta, casto, una costra, un castor, una torcaza, una orca, un ahorcado, una roca, una rata, un toro, una tara, un rata, una rana, una máscara cara, una col, una coz, un coso, un corso, un acodo, un ácaro, un actor, una canta, uno acecha un coche, una cucha, uno escucha, uno acata, uno acaba una cosa.

19.3.25

tomar cuerpo, por Ghérasim Luca

  

 

Yo te flora

tú me fauna

 

 

 

Yo te piel

yo te puerta

y te ventana

tú me hueso

tú me océano

tú me osadía

tú me meteorito

 

 

 

Yo te llave de oro

yo te extraordinario

tú me paroxismo

 

 

Tú me paroxismo

y me paradoja

yo te clavecín

tú me silenciosamente

tú me espejo

yo te vidriera

 

 

 

 

Tú me espejismo

tú me oasis

tú me pájaro

tú me insecto

tú me catarata

 

 

 

 

Yo te luna

tú me nube

tú me marea alta

Yo te transparente

tú me penumbra

tú me translúcido

tú me castillo vacío

y me laberinto

Tú me paralaje

y me parábola

tú me parado

y acostado

tú me oblicuo

 

 

Yo te equinoccio

yo te poeta

tú me danza

yo te particular

tú me perpendicular

y buhardilla

 

 

 

 

Tú me visible

tú me silueta

tú me infinitamente

tú me indivisible

tú me ironía

 

 

 

 

Yo te frágil

yo te ardiente

yo te fonéticamente

tú me jeroglífico

Tú me espacio

tú me cascada

yo te cascada

a mi turno pero tú

 

 

 

 

tú me fluido

 

 

 

 

tú me estrella fugaz

 

tú me volcánica

 

nosotros nos pulverizable

Nosotros nos escandalosamente

día y noche

nosotros nos hoy mismo

tú me tangente

yo te concéntrico

 

 

 

Tú me soluble

tú me insoluble

tú me asfixiante

y me liberadora

tú me pulsadora

 

 

 

 

Tú me vértigo

tú me éxtasis

tú me apasionadamente

tú me absoluto

yo te abstraído

tú me absurdo

 

 

 

 

Traducción: Mariano Fiszman

Tomado de: El fin del mundo, Ghérasim Luca, Ascasubi, 2024.-

2.6.20

Cabezón 2915, por Mariano Fiszman




                                                               “…no rescato nunca hechos significativos…”
                                                                                                                             N. S.

Estoy por tocar el timbre de la casa de Néstor Sánchez por primera vez. Es el año 92 o principios del 93, lo que me acuerdo bien es la hora por su manera de decir “a las doce” en el teléfono haciendo sonar todas las consonantes a fondo y la o profunda, un poco a lo Riverito. La casa, baja, la primera desde la esquina, tiene un frente de mármol claro, puerta de chapa con un rectángulo vertical de vidrio oscuro en el centro y dos ventanas a los costados, las celosías cerradas siempre. El timbre suena fuerte, se enciende una luz a través del vidrio, el cuerpo atrás de la puerta lo oscurece, abre. Néstor es alto y corpulento, usa la ropa de los viejos del barrio, alpargatas con suela de goma, pantalón de tela liviana con elástico y camisa. Nos damos la mano, me hace pasar, nos sentamos alrededor de una mesa baja, carpeta tejida, en los sillones del juego de madera oscura, de estilo, duros, con apoyabrazos, cada uno ocupa el lugar que va a mantener después durante años, yo a la izquierda de la puerta, frente a la pared descascarada y el cuadro que le regaló Gorriarena y él a mi derecha, enfrente de una biblioteca también de madera oscura con tres puertas de vidrio y cortinitas que no dejan ver adentro, él a mitad de camino entre la puerta de entrada y otra, la que esconde el resto de la casa sin terminar de filtrar las voces de mujeres, los tangos de radio, el olor del bife o las milanesas cocinándose. A sus espaldas enmarcada la foto infantil. Hablamos de literatura, del barrio y sus personajes, que conozco bien porque viví casi toda la vida en esta misma manzana, justo a la vuelta, sin saber que esta era la casa de Néstor Sánchez, al lado de la pescadería que para nosotros sigue siendo la farmacia aunque cerró hace quince años, y cuando más adelante me presente a su madre la voy a conocer de haberla visto barrer la vereda. Pero si en la charla hay entusiasmo es mío, y es mudo. Néstor se sienta erguido y saca cigarros del bolsillo de la camisa, Particulares 30, fuma en silencio. Su cara es redonda y grande, como sus ojos, y la boca ancha. Tiene una sonrisa enorme, contagiosa, se ríe con toda la cara, asintiendo, y los ojos le brillan intensamente. Otras veces la mirada se opaca, apagada, el contraste es grande. Me veo obligado a llevar adelante la conversación, no es mi juego y lo hago torpe, pregunto por ejemplo si esa foto que se ve es de la nieta y me dice que no, que es el hijo, o pregunto fechas, tratando de situar su viaje en el tiempo, y me dice ah, no sé, yo de años no sé nada, meneando la cabeza con los ojos cerrados, como si lamentara no poder ayudarme. Le pregunto qué lee. Casi nada, dice, con la misma desolación, Joyce, “Estoy preso en esta escena ardiente”, cita y se le ilumina la cara. De Claude Simon hay un libro que está bien, El viento, una edición de Fabril, de tapas duras. No lo conozco. En el silencio, se pasa las palmas por los muslos, cruza los brazos, mira fijo la biblioteca, respira pausado y de pronto hondo y suelta todo el aire con un soplido fuerte. Tiene el mismo pelo con el que aparece en las fotos de joven, sin canas, ondulado, bien peinado, y un gesto repetido de alisárselo con la palma, no a los costados, no por coquetería, sino la parte de arriba, unas palmadas, como achatándolo. En cambio la dentadura es postiza, parece que le molesta, todo el tiempo la acomoda y corrige con la yema del pulgar. Cuando su reloj de malla negra y agujas sobre un fondo blanco marca una menos cuarto me dice que se tiene que ir a comer. Llamame, dice. Nos volvemos a dar la mano y salgo.
Ese esquema de visitas se repite un par de años, siempre día de semana, siempre a las doce y hasta la una menos cuarto. Néstor no ve a casi nadie, no lo llaman. Dice que es traductor de inglés, italiano y francés pero que no le dan trabajo, es una mafia. ¿Escribe? Ya no. Estoy seco, dice, sin expresión, sólo confirmando el hecho. No escribe porque no tiene una épica. Antes tenía una épica, una épica de vida, y esa vida se volcaba en la literatura. ¿Ahora de qué voy a escribir, de la vejez? Le dejo una copia de algún cuento que estoy escribiendo, él la hojea y la guarda en esa biblioteca que me empieza a intrigar con sus cortinas. Lee y llama enseguida, no es complaciente ni jodido, ninguna pretensión. Hablando de un cuento que le pasé, dice que le pareció parte de una novela, y yo a partir de ahí arranco mi primera novela, como si me hubiera dado permiso o hecho creer que estaba en condiciones. Como estoy por irme a Francia por un tiempo, le pregunto si hay alguien a quien pueda ir a ver. No. Estaba Beckett, lástima que murió. Después no pasa nada, y repite el gesto desolado.
Cuando nos volvemos a ver nos reímos de los parisinos y del clima, de París no. En la biblioteca del Pompidour encontré sus libros traducidos y editados por Gallimard en los setenta. Estaba Cómico de la lengua pero prefiero esperar a leerlo en castellano. No tengo ninguno, dice Néstor, se perdió todo. Sí leí El viento y también encontré, medio de casualidad, a un lingüista argentino con el que cenamos un par de veces en la rue Dunois, fuimos a bares y a la presentación de un libro de poesía en idisch en una librería del boulevard Saint-Michel con buen vino y comida y un borracho gritón con su perro al que nadie se animaba a echar, y cuando el lingüista me pregunta a quién leo le digo, para desalentarlo, Néstor Sánchez, entonces el tipo se ahoga con el bordeaux y dice que Néstor lo inició en la literatura a los quince años, era novio de la hermana de uno de sus amigos, educó a toda la barra, nunca más lo vio, me pregunta o me dice, como se dicen esas cosas, si no estaba internado. Esa noche somos dos personajes de Néstor Sánchez buscando a nuestro autor.
En Cabezón y Nazca, a las doce, cada uno vuelve a su silloncito. Un día aparece recién levantado, en pijama celeste de pantalones cortos y camisa con botones blancos, solapas y un bolsillo para los Particulares, y chancletas con dos tiras de cuero en equis, como otros vecinos de esta cuadra no hace tanto, a lo Siberia. Las novelas las escribió en un año, catorce meses cada una, no más. Era como un ciclo. El tiempo siempre presente, la fecha de escritura de la novela al final, su rúbrica. Escribía ocho horas diarias todos los días. Cuando se escribe la novela es todo el día y toda la noche, hasta en los sueños. Antes que los personajes envejezcan, dice. El tiempo y la muerte. Cuando le pregunto por el barrio, dice muchos muertos. ¿Ruido? ¿El 90 que pasa por la puerta? No, muertos, se está muriendo mucha gente. Pregunta por Martini Real, de qué murió. Me avisa que murieron Burroughs y Ginsberg, dudo si es reciente o pasó hace mucho y me olvidé o si ya me lo dijo. Sigo dejándole mis textos. Aparece en La ballena blanca un viejo artículo suyo sobre la novela y le pregunto, buscando las palabras, por algo que él dice ahí, si entonces ya contemplaba la posibilidad de dejar de escribir. Sí, asiente con la cabeza, ya la contemplaba, y me queda mirando. Ahora había empezado una novela pero la abandonó. Setenta páginas. No le gustaba. Me muestra una antología de Perfil en la que aparece Adagio. Están Macedonio, Lamborghini, Gusmán. Al día siguiente le dan 300 pesos, le da risa, es lo que se paga en las antologías. Leo la reseña, el libro de cuentos es del 88, ¿tanto? Yo también pensé que era menos, dice con la mano derecha sobre el pelo y ojos muy abiertos. ¿El personaje de Adagio es su padre? No, es Juan L. Ortiz. Es el relato de una visita a Juan L. Ortiz, aunque no pasó nada de lo que se cuenta, sonríe. Iban a verlo a Paraná con Hugo Gola. Su poesía le gustaba, pero hablaba mucho, tenía logorrea. Tomaba mate todo el día y anfetaminas. Vivía con un montón de animales, no se acuerda si perros o gatos. Era alto y flaco, y las plumas que usaba para escribir y la bombilla del mate y su boquilla, todo era fino y alargado. Voy rearmando su itinerario. Perú, ya metido en Gurdjieff, Venezuela, Monte Ávila, la traducción de Muerte a Crédito, con eso se pagó los pasajes a Europa, Italia, España, en esa época andaba bien, llegué a tener auto y todo, después París siete años y Estados Unidos ocho, en total veinte años afuera. Lo invito a cenar alguna vez a mi casa. Queda en pensarlo. Al centro no voy, dice. A todo lo que está más allá de Chacarita, en Villa Pueyrredón se le dice el centro.
Empiezo a verlo afuera, en un café de esa frontera que es Chacarita, adonde se reúne los sábados, a las cinco de la tarde, con Raschella, Hugo Savino y Pablo Ingberg. Hasta acá Néstor viene de zapatos y jeans, y ahora nos saludamos con ese abrazo porteño con choque de mejillas. Entre otros recupero un poco mi silencio, se habla de tango y de jazz, de escritores que no conocía, José Agustín, El oro, de Cendrars, Kerouac, “Y yo me vuelvo a casa, habiendo perdido su amor. Y escribo este libro”, cita Néstor y le brillan los ojos, cuenta cuando fue a Big Sur ilusionado, creyendo que lo iba a recibir una colonia de artistas pero no había dónde quedarse ni cómo volver, un desastre, se entusiasma con Molina, “Bañándome en el río Túmbez un cholo me enseñó a lavar la ropa”, si alguien nombra a Saramago él pregunta quién es, de Borges le gustan Historia universal de la infamia, El Aleph y Otras inquisiciones, lo entrevistó en la Biblioteca antes de irse, la secretaria tres veces interrumpe “Borges, teléfono”, y el viejo “Le dije que aparentara que era un hombre ocupado pero creo que está exagerando”, y el sábado que estaba en la cama antes de ir al bar y se le apareció un recuerdo olvidado de esa entrevista, un flash, él dale con Gurdjieff y con Ouspensky hasta que Borges lo interrumpe “¿Usted es teósofo?”, la risa de Néstor nos hace felices, escritura en estado de gracia, como cuando escribía, a veces estaba escribiendo un capítulo y se le armaban los seis siguientes, anotaba, después del seis al doce, la novela se iba armando sobre la marcha, un esqueleto después la escritura, para los personajes nombres de jugadores de primera C, Orsinis se iba a llamar La juntidad espeluznante, Cómico por los cómicos de la legua, trashumantes que recorrían América, además en esa época como una manera socarrona de dirigirse, “qué hacés, cómico”, o “éste es un cómico”, escrito en Barcelona algunas partes que salían directas a máquina otras a mano, anotaciones en papeles sueltos, con letra grande, a veces escribía “con trago”, de noche, en un bar vacío, el dueño un fantasma, de mañana las pasaba a máquina, Chicago vista un sólo día, el viaje en auto ida y vuelta desde el aburrimiento profundo de la residencia para escritores de Iowa, la gente que escribe “temas” y la imposibilidad de escribir una novela con personajes que no tengan nada que ver con uno, como un militar, qué se yo cómo es un militar, para eso hay que ser novelista (peyorativo).
Cuando muere la madre queda solo, la casa se me abre, de la sala pasamos al comedor que corresponde a la otra celosía que da a la calle, juego de mesa y sillas tapizadas y vajillero, la cama de Néstor, pastillas sobre la cómoda, atados de Particulares, monedas, páginas de cuaderno llenas de su letra cursiva, de ahí a la pieza que era de la madre adonde están el teléfono y el televisor y un diploma que imita un pergamino con caligrafía cuidada y muchas firmas. Los muebles, artefactos, cuadros, adornos, todo es de hace treinta años, todo mantiene su lugar. Lo desperté. Se peina y tomamos mate en la cocina oscura, uno a cada lado de la mesa, yo de espaldas a la heladera, él cerca de la hornalla encendida a mínimo, un reloj cuadrado de fórmica imitación madera clara y la inscripción Aconcagua nos vigila. Néstor es muy puntual. Se acuesta temprano, se levanta tarde, duerme siesta. Me aburro, como no escribo me aburro. Sin dientes se parece un poco a Benedetti. Querían meterme en el boom y yo me fui a la mierda. Se ríe de Vargas Llosa, “la luz entró en el cuarto como un cuchillo en la carne”, de Carlos Fuentes codeándose con presidentes y embajadores. ¿Hoy pasa el basurero? Tiene que sacar ramas a la calle, a la mañana estuvo el jardinero. También la chica que limpia. Se nota, ¿no? Igual vos sos ordenado. Si, soy ordenado. La cocina da al jardín por una puerta de alambre tejido. Salimos. El contraste con la casa golpea. El jardín es una isla de claridad. El pasto, las enredaderas sobre las paredes, muchas variedades de plantas y flores, a un costado hasta un banco de madera, todo crece fuerte, cuidado, alegre, mágico.
Aparece lo de la computadora, dice que sí y en el café nos ilusionamos, ¿y si empieza a escribir de vuelta? Un sábado al mediodía llego a Villa Pueyrredón en remise y me está esperando en la puerta de su casa. Bajamos la máquina del baúl y dejamos todo sobre la mesa del comedor. Preparó bifes y una ensalada de lechuga bien condimentada, hay pan lactal, fruta, tomamos cervezas hablando de Alberto el almacenero, de Fanego, salimos a buscar una ferretería abierta por el barrio para comprar una zapatilla, el nombre del artefacto lo hace reír, caminamos por Cuenca abajo del sol, le gusta caminar, las calles están vacías, mantiene la espalda recta, el paso un poco rígido pero elegante. Empezó a escribir de chico, en el colegio, tenía aptitud. Redacciones, cartas. A los dieciocho años un maestro le dijo que escribiera. ¿Un maestro de escuela? No, un maestro, un tipo. No había terminado la secundaria, a los dieciséis años estudiaba en el Normal Mariano Acosta cuando murió el padre, dejó la escuela y fue a trabajar. Al ferrocarril. Retiro. El padre y el tío eran ferroviarios. Tiene un hermano ocho años menor que vive en Italia y también escribe. El padre parece que escribía también, era muy lector, a Néstor le quería poner Florencio, Florencio Sánchez, se ríe, por suerte después lo convencieron. Primero escribía poesía, después dejó. No se me da la poesía, me pongo filosófico, me voy por las ramas. En cambio, creó esta escritura que llama poemática. Pero sus relaciones siempre fueron con poetas, no con narradores. Era amigo de Aguirre, Bayley, Madariaga, Molina, Ortiz, Gola, Alonso. Le gusta mucho Molina, más que Girondo. Es más denso, Girondo no es un gran poeta. Cuando él lo conoció, a través de Madariaga, Girondo andaba en silla de ruedas, lo había atropellado una moto por Florida. Era muy mujeriego, hacía grandes fiestas. De Bayley dice que necesitaba la murga, y que él se fue, no lo soportó. Fueron los primeros lectores de Nosotros dos, a la novela no le dieron el premio en el concurso de Primera Plana porque dijeron que tenía influencia de Cortazar. A Cortazar no lo conocía, le había enviado la novela a Paris y él escribió una carta fuerte de recomendación para Sudamericana, y discutiendo lo de su influencia. Así entró a publicar. ¿Cortazar? Le había pegado mucho Rayuela. También Marechal, Adán, pero más todavía El banquete.
Cada dos o tres sábados en el café, con Pablo, Hugo y Roberto, ahora algunos asados, otra noche en una pizzería brindando por los libros que aparecen y la perspectiva de que por primera vez se va a editar Cómico de la lengua en Argentina, ese fin de año todos juntos en la casa de María Teresa, pero al mismo tiempo en el comedor oscuro clases de computación que los dos queremos que terminen rápido para ir al bar de Mosconi, a cinco cuadras, adonde va todas las tardes. Entrando, levanta el brazo derecho y muestra la palma de la mano junto a su cara y cabecea apenas. Alfredo, el mozo, le trae un sifón y dos vasos, uno lo llena hasta el borde de vino Toro que Néstor va estirando, cuando se le termina el mozo se acerca y le vuelve a servir. La reacción rápida, sin necesidad de palabras, la precisión de cada gesto. Pregunto por las drogas. En esa época en Buenos Aires había droga por todas partes, estaba a la orden del día. Tomó eso que estaba dando vueltas para Orsinis, pero él no la usaba. Una sola vez fumó y le hizo mal, se separó en cinco, no sabía donde estaba. El verbo como en inglés, usar marihuana, usar cocaína. En el televisor pasan un amistoso Holanda-Brasil, le causa gracia que conozca los nombres de los jugadores. Desprecia el fútbol a favor del turf, aristocrático, aunque es de River y los domingos en la casa escucha los partidos por radio. Le divierte mucho el apodo Muñeco, de Gallardo, por la cara que tiene. Atrás de las mesas juegan al billar. Jugaba de chico, de prohibido, después ya no. Lo que sí le gustaban eran las carreras, y la quiniela. Ahora es imposible, hay carreras todos los días, y sorteos, lotería, quini, loto, raspadita, provincia, nacional, uf, sopla a través de los dientes. Para jugar a las carreras hay que estudiar, hay que leerse la revista. Una tarde en el café de Chacarita, hablando de las carreras, dice ese fue mí vía crucis. Y que en París trabajaba de mañana en Gallimard y a la tarde iba a las carreras. ¡Tres mil quinientos dólares en Boulogne! Además estaban Saint-Cloud, Auteuil, que era de vallas. Y también el póker, con Mariani y Juan Carlos Martelli. O en vez de ir al bar de Mosconi compró dos botellas de cerveza y yo traje una de whisky y cuando salgo de su casa es de noche, es invierno, necesito mucho caminar, las frases se agolpan, ¿un Gorriarena puede valer 40 pesos?, meo en los pastos de una vía por Monroe, en Triunvirato y Olazábal subo a un 127 y me despierto en Boedo e Independencia, salto al viento frío, a un taxi, cuando se lo cuente va a sonreír con la punta de la lengua entre los dientes y los ojos muy abiertos brillándole.
La casa es alquilada de toda la vida, ahora por el hijo del antiguo dueño. Solo, le queda grande, y piensa buscarse otra más chica o una pieza. Le da vueltas al asunto. Una de las últimas tardes que voy me dice que si se muda va a tener que desprenderse de los muebles, también de la biblioteca, y que elija qué libros me quiero llevar. Abre las puertas. Veo uno o dos estantes con libros. El único que quiere conservar, además de los suyos, es la antología del surrealismo creo que de Pelegrini, un volumen gordo de Fabril, por el poema de Daumal Hechos memorables. Me lo hace leer, “Acuérdate de tu guardián”. El texto está marcado con algunos puntos negros al margen, tiene correcciones a la traducción, algunos yo tachados. Resaltan tres Cómicos, y un Nous deux del 74 que le mandó a la madre desde Paris, con una dedicatoria cariñosa de tono tanguero. Son los únicos ejemplares que tengo. Después, el resto, libros de conocidos, curiosidades, un Alambres dedicado con devoción por Perlongher. Abochornado, al final elijo El conocimiento silencioso, de Castaneda. Hablamos de Castaneda, le pregunto por Gurdjieff, dice que es muy complicado, que no quiere saber nada con eso. A mí me llevó a la locura. Un mal camino. Sí, asiente, un mal camino.
Lo seguimos encontrando cada mes en el café de Chacarita. El cinco de abril lo vemos ahí, en algún momento de la charla pide si alguien le puede conseguir un almanaque grande, que se vean bien los números. Dos semanas más tarde me estiro hasta Villa Pueyrredón por última vez, es un lindo domingo de otoño, bajo del 90 por adelante y las piernas me llevan solas, paran frente a la puerta de chapa pintada de beige, acá quisiera que me dejen, al sol, con un pie sobre el umbral de mármol y a punto de apretar el botón de bronce mudo, mirando la chapa 2915 blanca, su borde de óxido que avanza, detenerme antes de ir al kiosco de a la vuelta, antes que salga la mujer se ponga una mano sobre la boca y diga que era tan correcto, un señor, que a los vecinos les extrañó no verlo, uno notó que la llave estaba puesta, habrán entrado, más tarde voy a entrar yo a una estación de servicio y voy a hacer los llamados, mañana en la comisaría 47, en Judiciales, el sargento primero Méndez, todas son escenas y nombres de una novela cómica escrita por él, pero ahora, en este instante, lo que yo quiero es parar el tiempo, que nada de esto pase, quiero tocar el timbre y que suene, que la luz no esté desconectada, que no haya este silencio, se abra la puerta y aparezca Néstor Sánchez.






Este texto apareció publicado por primera vez en el nro. 1 de la revista Zélema, Buenos Aires, 2010. Forma parte de Visiones de Sánchez, recopilación de testimonios de escritores que conocieron a Néstor Sánchez. Pertenece al libro inédito Tres encuentros.


11.3.19

Tras los pasos de Ghérasim Luca, por Mariano Fiszman





Desparramadas sobre una mesa sin patas, las tres o cuatro imágenes que ayudarían a presentar a Gherasim Luca, poeta, se resisten a ofrecer un orden. Está su poesía, cincuenta años de trabajo, "somos 50 poemas", y el mismo Luca al recitarla, totalmente vestido de negro, sobre el fondo blanco que iguala paredes, piso y techo, como otro signo. Están Paris, la herida del río, el cero, la pasión por decir o no poder dejar de decir y su cabeza, calva, y la cara que corre atrás de las palabras que acaban de brotar de su boca. Sólo se sabe con certeza cuál irá última, la de la noche de su muerte. Todo va a terminar en la Isla Saint Louis, corazón de Paris, primero en el mostrador de uno de los oscuros bares de la isla, bar y venta de tabaco, adonde Luca escribe, hacia la medianoche, en una carta, "este mundo en el que los poetas ya no tienen lugar", más tarde, cuando el frío, la llovizna y la hora aseguren que no habrá testigos, o cuando la espera bajo esos focos amarillentos, su haz de humo en el aire, haya madurado, o después del punto final a su carta, o simplemente caído el fruto de la decisión Luca va a asomarse a la baranda del Pont Marie, sobre el Sena, y a saltar. Es el 9 de febrero de 1994. Su cuerpo aparece el 6 de marzo. Luca ya no va a describir su último intento de suicidio.

Gherasim Luca nació en Bucarest en 1913, y a principios de los años cincuenta se instaló en Paris. Desde entonces, como su compatriota Tzara y tantos otros, produjo su obra en francés.

A "El inventor del amor", publicado en Bucarest en 1945, le sigue, en 1953, "Héros-limite" (Héroe límite). La temática y la escritura de estos primeros libros van a marcar toda su obra. Son los primeros pasos de un largo recorrido circular alrededor de un punto, para decirlo mejor un agujero, un estilo. La marcha es vacilante, insólita, llena de desvíos, detenciones y vueltas a empezar, como la de un Molloy. Como Beckett, como Celine y Artaud, la poesía de Luca va hacia el límite de la lengua. De la logorrea al balbuceo para terminar en el grito. Física, más obscena que sensual, se adueña de la boca del lector: poesía de lengua, de saliva, de labio.

En la lengua considerada como un sistema en desequilibrio, dice Deleuze, leyendo a Luca, "las disyunciones se vuelven inclusas, inclusivas, y las conexiones reflexivas (...). Cada palabra se divide pero en sí misma (pas-rats, passions-rations) y se combina, pero consigo misma (pas-passe-passion). Es como si el lenguaje entero se pusiese a rodar, a derecha e izquierda, y a bambolearse, para adelante y para atrás: los dos tartamudeos".

Los poemas de Luca traen ecos de Tzara y Breton, de Artaud, de Raymond Roussel ("...sur un plat de compote de porc, sur le plan du compor, du comportement..."). Su humor siempre está muy cerca del espanto y muy lejos de la gracia. Ningún dios. A lo sumo aparecerá el Papa, entre "la pipa de papá" y "piyen en masa". En "Passionement" (Apasionadamente), partiendo de las tres primeras letras: pas (paso-no), y después de 104 versos balbuceantes, el poeta logra pronunciar la frase Te amo apasionadamente.

El mundo en el que el poeta tiene lugar es su lengua.  El arma de trabajo de Luca, su instrumento musical, es un martillo percutor. Con atención, se alcanza a oir al mundo entrando en el poeta, y en la muerte la vida. La muerte muerta, la vida viva. Dice Deleuze: "...cuando se crea otra lengua en la lengua, todo el lenguaje tiende hacia un límite "asintáctico", "agramatical", o que comunica con su propio afuera."
 

La lengua
 
"Su cuerpo leve deslizandose entre mis labios
es el fin del mundo?"
(...)
"Sea lo que sea es delicioso
algo  pasa
es un error
deslizando entre mis labios
su cuerpo leve"
                        (la fin du monde, de Paralipomenes)
 
"Mi lengua chupa la contraseña
bajo el paladar de tu boca
mi lengua se desliza"
(...)
"Mi a-lengua."
                      (Zero coup de feu, de La proie s'ombre).

La lengua parece un juego de dados en movimiento perpetuo. El sinsentido está afuera, en el mundo. En otro poema, "Le triple" (El triple) la letra aislada vale como palabra, por lo fónico. La homofonía es una clave de esta escritura. En otro, "Comment s'en sortir sans sortir", la pregunta "cómo salir de ésta/sin salir" queda resuelta o más bien disuelta, con los dos terminos, aparentemente opuestos, igualados por su pronunciación (s'en sortir= sans sortir).  Todas las palabras parecen surgir de la misma, como el punto negro del dado que se multiplica en otros números. Pero a ese punto le falta un agujero.
 
Héros-limite, texto fundamental de la obra de Luca, está escrito en prosa A los largo de sus diez páginas aparecen muchos elementos temáticos que van a volver en otros libros. Héros-limite es el relato de la contrucción de 16 objetos. Está fechado: "Yo digo yo yo juego jueves siete de mayo, mas, es decir digo oh, digo día y si, día y no noche lo digo, que sí hoy jueves siete de mayo..", y la construcción de estos objetos tiene, para el narrador, a su manera, una finalidad bien definida, luchar "(...) contra la muerte o, para decirlo mejor, por la muerte de la muerte o (...) por una vida en la vida". "Hemos hecho, perfecto, perfectamente hecho y deshecho como desafío, hemos hecho los, dejenlos dejenlos los 16 objetos, hemos definido los 16 objetos de la paz que nacerá, de la penetrá, de la penetración vida vida universal y muerte muerte mordaz, de la penetración unida universal." "Los 16 objetos penetran la paz, la penetrante."

La muerte, o para decirlo mejor, la muerte de la muerte, ya era su musa. Contra aquellos "...fríos mirones mentales que mienten ante la vida...", carentes de "virginal obscenidad", y para quienes el mundo es "una bola redonda, pulida", "sin fisuras", "sin modo de penetrar en ella", contra quienes no encuentran nada que violar ni perforar, el narrador lanza su desafío, y se lanza como un bólido contra "...el gran simbolismo mítico del agujero, contra, contra el todo, contra toda la nada del todo, para nada, de ese gran todo a perforar".

Hace así: agarra ciento ochenta y cuatro placas metálicas de cobre, finas y flexibles, rectangulares, brillantes. En cada una de estas hojas de metal hace doscientos ochenta y ocho agujeros. En total, cincuenta y dos mil novecientos noventa y dos agujeros. Con esas ciento ochenta y cuatro hojas de cobre y con los cincuenta y dos mil novecientos noventa y dos agujeros construye los 16 objetos. "Cada objeto poro porta el nombre del número de agujeros que han servido, vida, vida, la vida, por la vida, contra la muerte, por una vida, vida, vida, por una vida en la vida, por, poro, poro, porta el nombre del número de agujeros que han servido para su confección." Los nombres exactos de esos objetos son:

                                     I            4320
                                     II           4896
                                     III         4608
                                     IV         4032
                                     V           2880
                                     VI         1152
                                     VII        1728
                                     VIII      1440
                                     IX          2016
                                     X            2304
                                     XI          3168
                                     XII        2592
                                     XIII       5184
                                     XIV       3456
                                     XV         9216
                                     XVI        0

"Nota : El cero, ese cénit redondo de las cifras, siendo el, siendo el cero la cifra del agujero absoluto, (...) no ha sido construido como los otros, (...) sino con todos los agujeros del mi, del mundo, reunidos en un todo..."

"Isla, isla, este objeto es como una isla única, círculo, círculo infinito y único, isla, isla, y la única, el único objeto metafísico de mi colección de agujeros rodeados de un contorno metálico y, pese a su gran defecto (...) falso de no ser nada, sigue siendo el objeto pre, el objeto preferido de mi colección."

"El objeto desnudo nudo número 16 es un héroe-límite."
 
 
La pregunta por la muerte y una de sus formas, el suicidio, estuvo siempre (Cómo salir de ésta sin salir). "La muerte muerta" relata su victoria, el fracaso de cinco tentativas de suicidio: por estrangulación, con revólver, con cuchillo, por envenenamiento y por asfixia. Después de cada intento fallido, algunas "anotaciones inmediatas". Ya en el poema, lo vemos llevarse las manos a la garganta, probablemente para impedir la estrangulación, y observar:

"... hace como ocho años que no usaba corbata". 

En "Heros-limite" también aparece como suicida resurrecto, "...la reconciliación entre suicidarse y ser suicidado...", "...soy el dado que tiran...". 

Cincuenta años después de aquellos intentos, la muerte triunfa, la muerta. Como Paul Celan en 1970, Luca se va a matar tirándose al Sena. Isla, ¿esta Isla Saint-Louis es la misma por la que caminaba Baudelaire, desalojado por décima vez, guiando un carro con sus pertenencias? Isla sin él, según la máquina Luca, isla sangre, él sin él o él sin sí: Île Saint-Louis. Isla única rodeada por la trampa del río, "...cero abierto como un cuello, como un cuchillo, como un cuchillo infinito hundido en un cuello infinito, abierto como un agujero infinito, su cero abierto como una trampa infinita bajo el círculo de los agujeros infinitos, golpea al gran todo en pleno corazón".
 
                        
Bibliografía incompleta de Ghérasim Luca:

"Héros-limite" Ed. Le soleil noir, 1953
"Le chant de la carpe" Ed. Le soleil noir, 1973
"Paralipomènes" Ed. Le soleil noir, 1976
"La proie s'ombre" Ed José Corti 1991
"L'inventeur de l'amour, suivi de la mort morte" Ed. José Corti, 1994
La mayoría de sus libros están editados o reeditados por José Corti.
Desconocemos traducciones de sus libros al español. Un poema del libro "Heros-limite", traducido por A. Pellegrini bajo el título "Hermeticamente abierta", integra la antología "La poesía surrealista" del Centro Editor de América Latina.


AUTODETERMINACIÓN

la manera de
la manera de mi de mamá
la manera de mamá de sentarse
su manía de sentarse sin mí
su manía de seda su manera de oca
oca oca oca acá
de sentarse de tarde sin mí
la manía de la manera en mamá
la manía de sí
de tarde acá
de sentarse acá
de sentarse sí! de sentarse no! de tarde acá
acá donde la manera de sentarse en sí sin mí
sentarse a la manera de
a la manera de una oca de seda
ella es la seda en sí si! si y no!
la manía y la manera de mamá de sentarse en sí
sin mí
sentarse en sí querida! en sí y sola querida!
de tarde a la manera de un caballo
sentarse a la manera de un caballo y un lobo
de un chal-lobo oh querida!
oh mi chalupa de seda! oh! si! sentarse no!
sentarse de tarde y sola en sí oh! no y no!
manera de sentarse sin mí en sí
sin mí sin qué oh querida!
es una manera querida!
una manía de
una manía de la manera de
manera de sentarse en sí sin silla
sentarse sentarse sin silla es eso!
es una manera de sentarse sin silla

APASIONADAMENTE                            

paso paso paspaspas paso
pasppaso ppaso paso paspaso
el paso paso el paso en falso el paso
paspaspaso el paso el mal
el malva el mal paso
paspaso paso el paso el papá
el papá malo el malva el paso
paspaso pase paspaspasa
pase pase él pasa él no paso
él pasa el paso del no del Papa
del Papa sobre el Papa del paso del pase
pasepase pasi el sobre el
el paso el pasi pasi pasi piyen sobre
el Papa sobre papá sobre el  sobre la  sobre
la pipa del papá del Papa piyan en masa
pasa pase pasi pasepasi la pasa
la baja pasi pasepasi la
pasio pasiobajo lo de abajo
el paso pasión el bajo y
y no el bajo do paso
paspaso de pase pasiopasión do
nada do no domi no pasi no dominan
nada dominan sus pasiones pasivas no
nada dominó sus pasio sus sus
ssis sus pasio no noni sus
sus dominós de oro
es doldoloroso do dodor
do no paso nada domi
no paspase pasio
sus pasos no do nada no dominan
sus pases pasiones sus pasos sus
sus pasos deve devoradores no do
no dominan sus ratas
sus ratas no
no do devoradores nada no dominan
sus ratas sus raciones sus ratas raciones no no
no dominan sus sus pasiones raciones sus
no dominan sus no sus no di do
minan minen sus naciones mi mas do
minen no do no mi paso paso sus ratas
sus apasionantes raciones de ratas de no
no pase pasio minen no
no minen sus pasiones sus
sus racionantes guisos de ratas devo
devorenlos deve desdo do domi
no dominen esta a este aviso
del guiso de no de paso de
pasi de pasigrafía gra fifí
grafía fía de fía
fifía fena fenakiki
fenakisti coco
fenakistiscopio fifí
fofo fifí foto do do
dominen do foto imiten fifí
fotomicrografíen sus gustos
esos piojos coreográficos fifí
de sus asquerosos de sus estragados pasos
paso eso pasio pasión de ga
coco kistico ga los estragados pasos
los pasos no pasiopaso pasión
pasión apasionada nada nada
nacida de la ne
de la nega ga de la nega
de la negación pasión gra gar
gargajeen gra gargajean sobre sus naciones gra
de la nieve ha nacido ha
apasionado nada ha nacido
a nado rabiosamente él
ha nacido a na a necronado gra rabia él
él ha nacido de la na de la nega
nega ga gar gargajean de la na
de la ga no nega negación pasión
apasionado nariz apasionadam yo
te tengo te amo yo
yo yo tiro yo te a tiren
te amo apasionadam te amo
te amo yo yo juego pasión amo
apasionado aa am amer
emerger amar yo yo amo
amer emerger a a paso
pasi pasi aaaa am
ami emisión pasión
apasionado a yo
yo te tengo te amo yo te amo
pase pasio oh pasio
pasio oh mi gr
mi gra gar gargajean sobre las raciones
mi gran mi gra mi te
mi te ma gra
mi gran mi te
mi terrible pasión apasionada
te tengo yo terri terrible pasio yo
yo yo te amo
te amo te tengo yo
te amo amo amo yo te amo
apasionada a amo yo
te amo apasionadam
te amo
apasionadamente amante yo
te amo yo te amo apasionadamente
yo te tengo yo te amo apasionado nacido
te amo apasionado
te amo apasionadamente te amo
te amo pasio apasionadamente


SUSPIRO CON TRAMPAS
 
la mano invisible descansa sobre un león invisible
el león flota en una pieza invisible
perfectamente súbitamente invisible
el aire de esta pieza es un cuchillo invisible
insensiblemente respirado por el león esencialmente invisible
para el cuchillo invisible
la mano no es más que un impertinente apenas visible
pero es él el cuchillo quien es inocentemente
suavemente claramente invisible
porque el impertinente no es más que la superficie de la mano
la superficie espejeante y sensible
del agua de un lago
del más allá de un lago somnoliento
y ausente y fácil y pasivamente invisible
pasivamente invisible la mano invisible
agarra el cuchillo pasivamente sustancial
y lo hunde lo hunde lo hunde
profundamente
en el agua locamente invisible
particularmente invisible silenciosamente invisible
de tu piel simultáneamente nube
nube playa
visible irreconocible indivisible
invisible playa nube playa playa irreconocible
 
 
 
INICIACION ESPONTÁNEA
 
el peine tentacular
y
espectral
de mi nombre tetragrama
peina
la linda cabellera
terminológica
crecida
sobre el cuerpo
de
Olga
 
 
así como
la famosa posición
erótica
denominada “el caballo”
peina la cabellera de la
nada
el peine hipotético
de mi signo nominal
peina
la cabellera espectral
de
Olga
 
 
peina sangra
cabalga
día y noche
la linda cabellera
telepática
desencadenada
sobre
el nombre
fatal
sobre el nombre oval
de
Olga
 
 
en un cuerpo a cuerpo
telepático
telepático espléndido
y
complementario
peinamos sangramos cabalgamos
día y noche
el cara a cara antitético
de
esos dos tetragramas
espectrales
 
 
así como
el famoso caballero erótico
se identifica
mitológicamente
con
su caballo
mi nombre
telemétrico
Luca
se identifica
fisiológicamente
con
Olga
 
 
se identifica
con la espléndida cabellera
homógrafa
de
Olga
cuya
g
específica
se disuelve
tautológicamente
en el océano del vértigo relámpago caballo
caligráfico
de
mi
L
inicial
inicial primordial y triangular
como una erupción síntesis
en la fijeza de la nada