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19.4.23

La ruta de la edición: CENCERRO

Preguntas a editorxs

Hoy responden José Fraguas y Santiago Erausquin de Cencerro



¿En qué año arrancó la editorial? ¿Cuántos títulos llevan publicados desde entonces? ¿Quiénes son lxs editores?

JF: El nombre de la editorial dice mucho sobre su identidad y se vincula a varias cosas. Es una cita de un diálogo de la película La flor de mi secreto de Almodóvar en la que la madre de la protagonista le dice a su hija que acaba de separarse de su marido que se ha quedado “como vaca sin cencerro”. En 2003 yo me encontraba un poco así porque estaba recién separado pero la metáfora es de todos modos reveladora de una situación existencial humana básica, la de estar desorientado, sin rumbo, sin ritmo, etc. En ese momento fundar el sello fue un intento más intuitivo que consciente de orientar los esfuerzos, la creatividad, el deseo a través de un proyecto colectivo. El cencerro, palabra que tiene de por sí un sonido muy particular, es también un instrumento musical y la editorial empezó publicando poesía. Además está vinculado a un animal del paisaje argentino, la vaca, que es al mismo tiempo una suerte de arquetipo universal asociado a la fertilidad, la generosidad, la vida y la serenidad.

Cencerro nació en 2003 inspirado en las plaquettes que editaban Vox y B&F pero también en la primera autora que publicamos, la artista visual Lulú Jankilevich, que creaba con muy pocos elementos, tules y luces sobre todo, un ambiente de fantasía en su casa y compartía sus poemas y fotos en copias que uno podía encontrar desparramados por ahí y llevarse. Fue muy importante también encontrar espacios apropiados y amigables para hacer las presentaciones que fue primero el club Mantis de Beto Fabbiani que estaba en la esquina de la calle Pringles y el pasaje Obrero Nuñez, construido sobre el solar en el que funcionó una calesita durante por muchos años, y luego el Multiespacio Pasco que funciona en un viejo caserón en el barrio de Balvanera.  El diseño de las tapas lo realizó Diego Jankilevich hasta que en 2005 se sumó Santiago Erausquin que además de ser editor se ocupa desde ese momento de todo el diseño interior y el arte de los libritos. Hemos publicado trece libros de poesía, quince de narrativa, tres obras de teatro, siete clásicos, un ensayo y dos antologías. Desde el principio apostamos por la potencia de lo micro que se manifiesta tanto el tipo de fabricación artesanal del libro como en las tiradas pequeñas y el precio accesible de los ejemplares. 

SE: Cencerro tiene muchos aspectos hermosos, pero uno de los más interesantes es que se trata, estrictamente, de un proyecto sin fines de lucro, que no intenta poner en circulación grandes cantidades de ejemplares, ni tener una distribución convencional. Pero sí pone el acento en el mimo, en el afecto con el que se confeccionan los libritos, la celebración de poder presentarlos, la alegría de que se agoten.

Para mí Cencerro es José Fraguas. Y fue conocerlo a él y entrar en mundo Cencerro. Yo no dejo de hacer presente al sello editorial de la vaquita con ojos desorbitados en cualquier emprendimiento que realice: videos o registros audiovisuales de muestras de pintura, presentaciones, lo que sea, Cencerro está en los créditos acompañándome, porque me acompaña siempre Jóse.

 

¿Qué están leyendo?

JF: Estoy leyendo Huaco retrato de Gabriela Wiener, Nadja de André Breton y La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica de Mario Praz. Increíblemente también un texto que aborda específicamente el tema de la ruta de la edición: El libro en movimiento. La política autónoma y la ciudad letrada subterránea de Magalí Rabasa, editado por Tinta Limón en 2021. La autora propone entre otras cosas pensar al libro de edición independiente como un fenómeno vivo, indisociable del modo en que se fabrica, los contenidos que hace circular, las redes alternativas que establece, etc. 

SE: Claus y Lucas, de Agota Kristof. Tiene varios asuntos que me interpelan últimamente: guerra, niños, adolescentes, hermanos gemelos, madres abandónicas, abuelas desalmadas, cementerios, soldados, amistad, humor, locura, lugares extraños y amenazantes, cuartos de hotel, trenes… y desde la forma las diferentes voces en primera persona, la prosa limpia y directa, cierta amabalidad para el lector.

También estuve leyendo un libro sobre la vida y obra de Thomas Eakins, un pintor estadounidense de fines de siglo XIX, famoso por sus clases de dibujo con modelo vivo y desnudo, que parece que protagonizó más de un escándalo. Lo sigo hace bastante por sus trabajos que no son muchos, lamentablemente.


¿Cuáles son esos autores a los que siempre vuelven?

JF: Marosa Di Giorgio, Hebe Uhart, Mario Levrero, Felisberto Hernández, Héctor Viel Temperley, Aurora Venturini. Cuando estoy desconectado, angustiado, escéptico o no sé bien qué leer, recurro a El final de la historia de Lydia Davis, una novela que sin ser afectada ni literatosa habla, entre muchas otras cosas, de la escritura, la lectura y la memoria y santo remedio.     

SE: La casa de Bernarda Alba y la poesía de Federico García Lorca; Los miserables de Victor Hugo; Rosaura a las diez de Marco Denevi; Guan tu fak de Alejandro Lopez; las crónicas y cuentos de Alejandro Dolina.

 
¿Cómo es el proceso de lectura de un manuscrito?

C: Casi todo lo que nos llega está casi listo para ser publicado. Lo revisamos para que no tenga erratas y vamos pensando en prólogo, contratapa, tapa. El manuscrito se va transformando así en libro y en el proceso nos comunicamos con otros escritores y artistas que colaboran en la edición y/o en la presentación que consideramos una oportunidad también para el encuentro y la fiesta.

 

¿Qué tiene que tener un libro para que les interese publicarlo?

C: No pensamos en un autor ni en un lector abstracto, la edición está atravesada por afectos, diferentes tipos y grados de empatías y afinidades, historias compartidas. Todo comenzó en parte como un juego y nos gusta que los autores no se tomen demasiado en serio a sí mismos, que no los devore el rol o la pose de escritor. Eso no quiere decir que sean personajes o hagan un personaje como parte de su propuesta estética. Si hay alguna solemnidad o seriedad es la que requiere la entrega y el amor al juego.

 

¿Cuánto intervienen en los textos que publican?

JF: Al principio la torpeza, la inexperiencia y la soberbia juvenil hacían que me metiera demasiado. Con el tiempo comprendí que está muy bueno cuidar y curar lo que se publica pero en un proceso en el que se aúnan esfuerzos del autor y el editor para que quede “objetivamente” lo mejor posible. Tratar de evitar entonces en lo posible el capricho personal, el perfeccionismo insensible, el detallismo improductivo, la corrección vinculada a la obsesión inconducente.

SE: Agregamos a veces prólogo e ilustraciones y una contratapa.  Hay que tomar decisiones en función del espacio, la distribución del texto en las páginas, la articulación con las ilustraciones si las tiene.

 

¿Qué relación buscan entre el arte de tapa y el texto que presenta?

 JF: Uf, es un tema que nos interesa de los pies a la cabeza. La tapa es el rostro del libro y uno desea que sea siempre la mejor posible. Como en muchas otras cosas demanda alcanzar un delicado equilibrio: tiene que relacionarse con el contenido sin ser demasiado obvio, responder a la poética de la obra, decir algo por sí misma. A todo esto la experiencia enseña que muchas veces aparece medio involuntariamente.  

SE: Tratamos de ponerle onda. Hemos realizado con la técnica de grabado y el esténcil tres tapas logradísimas. Me refiero al proceso de hacer esas tapas que fue muy lindo, que es clave en Cencerro. Los libros de poemas presentan los desafíos más atractivos: tratamos de buscar imágenes que no sean literales, pero que ambienten el relato, que le aporte, que funcione como un paratexto que habilite la interpretación.

 

¿Qué consejos le darían a lxs escritorxs que buscan publicar sus obras?

JF: Que conciban la tarea de escribir como una artesanía que requiere tiempo, concentración y que tiene sentido en sí misma. Es importante también trabajar el vínculo propio con la palabra que es un bien social, comprender cómo y para que se la usa, percibir la relación con la oralidad, con lo inconsciente. Es una tarea infinita y enriquecedora. Y desarrollar conciencia y sensibilidad sobre eso es una vía indirecta para que las cosas que se producen “sin querer queriendo” estén listas para compartirse. Nos ha ocurrido varias veces cuando quisimos publicar un texto que el autor se negara por juzgarlo poca cosa. “Esperen que escriba algo mejor”, dijo alguien que había escrito unos monólogos divertidísimos. Hay que ser crítico con lo que uno hace pero nunca dejar de mirarlo con buenos ojos. Ponerse en el lugar de juez implacable como en muchos ámbitos de la vida no lleva a buen puerto.


SE: Les diría que lo hagan, que tengan en cuenta las distintas alternativas pero que no pierdan esa magia de la creatividad, ese regodeo en el proceso más esencial del vínculo con la escritura, ese carácter de artesanía que mencionaba José. Cencerro tiene eso. Y celebrar la publicación, porque publicar es poner al servicio del otre un discurso, una manera otra de ser y leer al mundo.

27.5.18

Semana Santa, por Santiago Erausquin





“A los insectos no les atrae la llama de las velas, sino la luz que está más allá del fuego. Sin embargo se consumen en un chisporroteo por su ansiedad de llegar al otro lado”
Michael Cunningham, Cuando cae la noche, 2010. 


Me casé y me divorcié demasiado joven. A los 23 ya estaba pegado a Claudia y esperando hijos. Claudia ―ahora mi ex― estaba embarazada de mellizos. La conocí en el secundario y fuimos novios desde entonces. Fuimos prolijos y constantes. Con ella egresé del colegio, con ella me salvé de la colimba, con ella me convertí en historiador y con ella fui el autor de dos pequeños delincuentes. No lo digo en broma. Con ella conocí Nueva York y armamos una casita por Temperley, con kichenette, patio trasero y un perro al que llamamos Iván, porque destrozó todo lo que tuvo a su alcance. Tuvimos amigos en común que finalmente se quedaron de su lado y que no tardé mucho en dejar de extrañar. Tampoco extrañé a mis suegros que, como era previsible, acabaron por odiarme. Ella, aunque se tentó por incursionar en otras profesiones (medicina, abogacía, administración de empresas), terminó recibiéndose de psicoanalista y enganchándose con su terapeuta. Tuvo suerte. Con la mía sólo conseguí acumular deudas y culpar a todo lo que me rodeaba de mis propias limitaciones. Abandoné el tratamiento cuando me sugirió una psiquiatra equis y una batería de antidepresivos. Me separé en mi mejor momento: 1) el bigote me quedaba fantástico. 2) Los chicos, saludables y prometedores, empezaban su primer grado. 3) En el instituto donde trabajaba me habían ascendido a coordinador de área y 4) contaba con un pequeño excedente de dinero que me habían dado mis padres. Habían vendido la casa en donde crecí y se instalaron en un chalecito mucho más modesto en Bahía Blanca, cerca de una de mis hermanas. Pero esos logros los disfruté, por decirlo de alguna manera, a solas: me mudé a un departamento de dos ambientes en el centro y mis ahorros y mi sueldo fueron para que Claudia educara, alimentara y vistiera a Juan y Martín, los mellizos. Eso según ella, porque los chicos, ya van a ver, carecieron de esos tres principios ―y de otros. Uno de los cuartos iba a ser para ellos, pero se fue llenando de otras cosas, como por ejemplo un ventilador chueco y ruidoso, una tele que había que reparar, sillas plegables que no usaba, una valija con ropa, una bici desinflada y un inflador retro entre otros objetos que eran todos promesas incumplidas. A los chicos los vi muy poco porque Claudia acaparó la tenencia durante mucho tiempo. Me perdí toda su primaria y buena parte del secundario. Hoy ya cumplieron los quince y están terminando tercero. En rigor están tratando de terminar tercero por segunda vez porque repitieron. Son todo un caso, o mejor dicho, dos. Fui a alguna que otra reunión de padres o ceremonia de fin de año, pero como pasaba desapercibido, dejé de ir. Pero en fin, hablo con mucho encono al respecto, y me lo permito, porque nunca quedaron bien las cosas con los chicos, con Claudia, ni con Matías, el terapeuta con el que se volvió a casar. La perversa me mandó la invitación por correo con el claro pedido de que no vaya. En ese casamiento tocaron Los Pericos, un grupo que según tenía entendido, Claudia detestaba. Como notarán, descubrí mucho en esos años. Pero hay más. Durante esos diez años viví una vida chata y mediocre. Ni siquiera común, porque común o normal implicaría un tipo de convencimiento, cosa que en mi caso no sucedió. No hasta mucho tiempo después. En esa época no tenía ganas de nada y ni siquiera tuve la iniciativa de poner cable en el departamento. Viví distanciado de todo y en una nube errante que no hacía más que aislarme de lo que me rodeaba. Me dejé la barba y cuando se volvió insoportable me la corté a tijeretazos limpios. En el trabajo puse el automático y fui cumplidor sin llamar la atención. Si Claudia o Matías me traían a Juan y Martín era porque irremediablemente ellos no podían cuidarlos durante alguna salida y conmigo los pobres se aburrían tanto que al rato estaban pidiéndome irse a la casa con excusas absurdas, como que tenían que hacer el entrenamiento o los deberes para el colegio, algo absolutamente inverosímil, porque todos sabíamos lo mal que les iba por ese lado. Una vez, haciéndome el interesado, les pedí el cuaderno de comunicaciones y como me lo negaban esperé a que se distrajeran para robárselo de sus mochilas. Los desgraciados venían falsificando mi firma desde abril. ¿Cómo Claudia no se había dado cuenta? El hecho es que los vi muy poco y fueron demasiado crueles conmigo, no sólo por lo de las firmas. Los turros vendieron por Internet los juguetes que les había comprado para Navidad o el cumpleaños. Operación, El Estanciero, el Simon, unas cartas Tope y Quartet, los temerarios, todo, absolutamente todo lo hicieron plata. Ellos me lo contaban con cierto orgullo, como que era algo que habían aprendido con Matías y los hijos que Matías había aportado al nuevo hogar. Decían que generaban sus propios recursos. “¿Y qué hacen con lo que juntan?” pregunté. “Nada” dijo primero Juan. “Compramos boludeces, ¿no?” agregó Martín cómplice. “Sí, pero de las buenas”. También era frecuente que se olvidaran de mi cumpleaños y del día del padre. Me llamaban a los dos días sin disimular en lo más mínimo que “mamá nos pidió que te llamáramos”. Los mellizos tuvieron que adaptarse a una nueva dinámica familiar, con medio hermanos, hermanas y una nueva figura paterna que nada tenía que ver conmigo, llena de estrategias y propuestas lúdicas que toleraba fracasos escolares y conductas cuestionables. No puedo juzgar a Matías, no sé qué hubiese tenido que hacer yo si hubiera figurado más. Claudia y Matías dejaron de mandarme a los chicos cuando se enteraron que tenía porro guardado en la heladera, dentro de una cajita de madera hermosa, tallada a mano, que había comprado con ella, en un viaje que habíamos hecho a El Bolsón, para guardar cualquier otra cosa menos porro. Fueron mis propios hijos los que me delataron, la sangre de mi sangre, la carne de mi carne, ellos que eran más adictos que Bob Marley a la marihuana, y que se notaba a la legua que ya habían probado el éxtasis y el MDA. ¡Las veces que habrán venido con los ojos afrutillados y colgados en una nube de risas absurdas! Por eso se redujeron aun más nuestros encuentros y se estableció un vínculo muy raro que volvió  todo forzado y denso. Me miraban como si estuvieran delante de una fotografía con el retrato de un pariente lejano que tiene algún parecido acá o allá, pero cuestionable, frío, irreal. La de ellos era una curiosidad efímera, fácilmente reemplazable por la tele, la Play o cualquier celular con el Candycrush instalado. Me debían algo de respeto, y lo manifestaban pálidamente, aunque enseguida pasaban a cualquier otra cosa. Nos veíamos a la salida del colegio cuando los iba a buscar para llevarlos a una terapia de grupo que les aconsejó la psicóloga que los atendía y a las mil y una actividades extraescolares que Claudia y Matías los habían inscrito para tenerlos aturdidos y ocupados. Claudia no hacía más que complicarme la agenda para liberar la suya y entonces cuando le venía bien me mandaba un mensaje para estuviera a su disposición como un esclavo de la colonia. No crean que pude aprovechar para acercarme a los chicos y recuperar la relación. Yo también lo creía así, pero nada que ver. Nunca estuvieron más distantes. En cada encuentro les descubría un tatuaje nuevo, un piercing más o un corte de pelo extraño, con mechones coloreados de fucsia o azul metálico que se negaban a comentar. Se vestían como linyeras y hasta emanaban un olor nauseabundo. Hablábamos muy poco y si lo hacían era porque querían algo de dinero para cambiar el celular o que los ayude a faltar a esas actividades insoportables. En eso era lo único en que estábamos de acuerdo. Supe que a Juan le interpelaban los juegos electrónicos y que alguna vez aventuró un futuro por ese lado, en cambio Martín era más proclive a lo artístico y me parece que se quiso comprar, en algún momento, una Fender. Nada más. Nunca acerté con ellos. Cuando les regalé una chomba a cada uno me miraron con una desilusión que me partió el alma. Y cuando sugerí comprarles un skate dijeron casi al unísono “como al pelotudo de Nahuel”. No sabía bien qué corno hacer cuando estaba con ellos. En el trabajo no me iba mucho mejor. Lo único que esperaban de mí era una eficacia mínima para repartir aulas, programas, recursos y horarios. Aproveché todas las licencias posibles y hasta mentí más de una vez para extenderlas. Ser coordinador no era nada complicado. Me habían ofrecido alguna suplencia en los seminarios, cosa que rechacé de plano por no salir de esa comodidad a la que me había acostumbrado. Cumplía mi horario apoltronado en mi escritorio. Vi cambiar varias autoridades de turno y personal temporario. Viví la mudanza del edificio y el cambio de reglamentos. También despedí a quienes se jubilaron con cierta envidia. No muy convencido, llegué a salir con alguna bedel que estaría aburrida esperando de mí a un seductor escondido, pero no pasó nada. O sí: terminé siendo señalado además de como un coordinador inepto como un impotente. Qué años grises, estancados, eternos sino fuera por la aparición divina de Sebastián. Somos pareja desde hace dos años. Entró al instituto en el área de archivos y enseguida reparó en mi estado deplorable. Con la excusa de cambiar horarios y facilidades se metía en la oficina y me hablaba de cualquier cosa. Me desafiaba haciéndose el cancherito con su simpatía tan adecuada. Sebastián es sociólogo y vino para llevar adelante una investigación sobre la pobreza en algún cordón de la provincia de Buenos Aires. Se la pasaba diseñando encuestas, mapas y estadísticas. Armaba equipo con otra gente y a veces salían a hacer estudios de campo. Sebastián era gay desde chiquito y aunque siempre fue muy discreto, había algo que lo delataba. Igual, eso no lo preocupaba en lo más mínimo. Era diplomático, educado y muy cortés. Usaba perfume y no decía malas palabras. Aunque teníamos la misma edad parecía más chico porque se vestía muy bien. Sabía combinar colores y texturas, como decía él. Estaba en forma pero tenía la cabeza rapada porque prácticamente se estaba quedando pelado. Yo no, tenía en ese entonces una porra abundante y enmarañada. Sebastián me tiró onda al toque y empezamos a salir. No tengo muy claro cómo se dio ese proceso, pero se dio de manera clara y ascendente y un día, quiero decir, una noche, en el cine nos dimos la mano y terminamos a los besos en el ascensor de su edificio. En un punto me rescató, me salvó y agradezco que aún no cambie de parecer. Tiene auto, le gusta salir a acampar y fuimos varias veces a Chascomús, a Entre Ríos y a Corrientes porque es fanático del agua, de los esteros y de los animales. Yo sigo siendo un gruñón, un acomplejado y sólo puedo admitir que me encanta estar con él, porque no sólo no me causa ningún problema sino que todo lo que genera son fantasías para que las cosas, las que sean, fluyan y circulen. Me emborracha con licores caseros, me deja fumar como un empedernido y hasta me está por convencer de empezar un postítulo. Pero ni loco. Gracias a él descubrí que tengo un oído casi arruinado y que pronto voy a tener que adaptarme a un audífono. Toma cualquier circunstancia con naturalidad y tiene la manía de celebrarlo todo. “Brindemos por tu oído sano” dijo en esa oportunidad. Sebastián me cuida con una obsesión tolerante, le interesa lo que soy y lo que fui. Está particularmente desesperado por conocer a los mellizos y estoy seguro que con ese don que tiene y su capacidad innata podría motivarlos y pulirlos hasta que brillen. Claudia y Matías no saben que estoy con él y la verdad, a esta altura, no me importa. Que espabilen. Por eso esta Semana Santa decidí llevar a Juan y a Martín de campamento al Palmar y pasar allá, los tres, sin Sebastián ni acompañantes, un fin de semana sólo para nosotros, relajado y tranquilo, con el único plan de resolver en el momento lo que haya que resolver según nuestras ganas, dependiendo de lo que vaya surgiendo. Voy a dejar que hagan lo que quieran. Y de última, si no da, nos volvemos. Les compré una carpa iglú que si quieren se la van a poder quedar y unas bolsas de dormir que son de una tecnología sublime que parecen sarcófagos egipcios, súper acolchados y a prueba de balas. Voy a esperar el momento adecuado para contarles que estoy con Sebastián, que el auto es de él, que quisiéramos vivir juntos y que si lo desean pueden venirse con nosotros. Que sólo tendríamos que respetar algunas normas comunes porque Sebastián es recontra ordenado y es un gay de pura cepa, y que yo estoy todavía aprendiendo, pero que no lo dejaría por nada del mundo. Los invité por msn y le pidieron permiso a Claudia, que supongo que harta de estos adolescentes inadaptados, y con mil cosas que hacer en la casa, asintió complacida. Los chicos también aceptaron la salida lo más bien, con la condición de que los dejara manejar en la ruta. Les dije que sí, pero que como el auto no era mío sólo lo podrían hacer en algún lugar muy descampado y seguro. Me pusieron una carita triste pero al toque escribieron “Bueno, está bien” y ayer se aparecieron con sus mochilas escolares Stronghorse negras, escritas con biromes y liquid paper prácticamente vacías o sin lo mínimo para el campamento. Entraron cansados (Juan tiene esa manía de arrastrar los pies como si tuviese mil años y Martín bosteza con la discreción de un hipopótamo) y fueron directo a tirarse en mi cama a ver tele. Ponen esos programas de crímenes y asesinatos que después no los dejan dormir. Les llevé los regalos. Los agradecieron con algo de escepticismo tal como era de esperar. “¿Qué van a llevarse?” pregunté desde lejos. Me señalaron desde la cama sus celulares, cargadores y auriculares que habían desplegado sobre el acolchado. Me pareció muy bien porque así podrían hacer lo que quisieran sin molestar a nadie. Después pedimos un par de pizzas y los dejé tomar un poco de cerveza. Hablaban entre ellos de cosas que no entendía nada pero no me preocupé. Utilizaron un argot típico de ellos, indescifrable, que adquirieron desde hacía tiempo y compartían con algunos compañeros. Supuse que serían cuestiones del colegio o de alguna serie que verían en la tele. Ya me enteraría. Se levantaron de la mesa para tirarse en mi cuarto y seguir viendo tele otra vez. Les advertí que saldríamos al día siguiente muy temprano y no comprendí qué dijeron, si “Ufa” o “Dale”. Me vibró el celu. Sebastián me acababa de mandar un mensajito por whatsapp recordándome no olvidar el tupper que había dejado en la heladera con unos sánguches de miga caídos del cielo ni de las cosas que dejó empaquetadas en el baño con shampoo, jabón y otros artículos muy oportunos. “Y el repelente” puso entre signos de admiración. Un santo. Cerró el diálogo virtual con unos labios y un corazón lanza-destellos. Yo también. Los chicos apagaron la tele y se quedaron dormidos; mientras, yo me quedé terminando de armar los bolsos en el comedor y cuando tuve todo listo me acerqué a la ventana y me prendí un cigarrillo. Ya era tarde y estaba todo en calma, detenido, húmedo. Confundí una estrella fugaz con un avión. Después me tiré en el futón y dormí profundamente. Soñé con Iván, el perro que tuvimos con Claudia antes que nacieran los mellizos y con Damián, el hermano menor de Claudia, o sea, mi ex cuñado, que, después de bastante terapia, lo entendí como un antecedente de lo que vino después con Sebastián. Me ignoraba de una manera grosera y yo, sin embargo, hacía hasta lo imposible por caerle bien. Nunca supe qué fue de él desde que viajó a España. Tendría que preguntarles a los chicos. En el sueño estaban, además, unos niños mirando por la ventanilla del 130, porque íbamos en un colectivo por Libertador. No eran ni Juan ni Martín, eran otros. Se ve que era Navidad y uno le decía a otro mientras señalaba a un Papá Noel enorme que aparecía en una publicidad “Ahí está el viejo otra vez, haciendo de modelo, ¿viste?” “En esta época trabaja un montón” razonaba el otro. Me desperté justo un minuto antes de que sonara el despertador del celular. Me incorporé y preparé un desayuno abundante antes de salir. Afuera apenas había luz. Repasé los hechos y me excitó suponer cómo reaccionarían los chicos con todo el asunto de Sebastián, qué cara pondrían, qué preguntas harían o cómo se lo tomarían. ¿Los angustiaría? A lo mejor no les importaría en absoluto y demostrarían su indiferencia una vez más, quién podría saberlo. Terminé de hacer el café y me vestí. Pero esa mañana el consternado fui yo. Porque cuando los fui a despertar, los encontré abrazados, haciendo cucharita, completamente dormidos y en paz. Me quedé helado. Juan abrazaba a Martín como si estuviera protegiéndolo de algo, de algo que no se sabe, que podría estar por venir en cualquier momento. Y Martín sostenía la mano de su hermano como si estuviera soldado a ella o besando un rosario. No me atreví a interrumpirlos. Los observé un poco más. Respiraban con el apuro de un caracol. Parecían eso, caracoles. Cerré despacito y me fui a la cocina sin hacer ruido. Después de esperar unos minutos los llamé por sus nombres de manera clara y nítida, con una voz limpia y nueva, prometiéndoles un fin de semana espectacular.  

Mar del Plata, diciembre 2017

3.10.17

El arte, por Santiago Erausquin


“Arte es todo lo que los hombres llaman arte”
José Jiménez, Teoría del arte. Tecnos, Madrid, 2002.

Lo que me llevó a dedicarme al arte, tanto en su dimensión práctica como teórica, fue un proceso complejo, tan difícil de determinar como el término mismo.
Que el arte no es lo que supuestamente es lo aprendí con mi abuela cuando me llevó al centro a ver una obra de teatro al General San Martín. Creo que fue la primera vez que fui al teatro de verdad, porque intuía que las representaciones que se hacían en el jardín de infantes o en los actos escolares eran simulacros de simulacros, copias de otras copias que sonaban a pretensión, a falso o sustitución. Sentía lo mismo que al encontrarme con el Hombre Araña en un cumpleaños o al observar los personajes de Disney pintados en la calesita de la plaza. Sin embargo debo reconocer que las funciones esas me entretenían con locura y las disfrutaba de principio a fin. Es más: solía aplaudirlas con una euforia desbordante y la señorita me tenía que pedir que me calmara. La obra que íbamos a ver era un sainete español aclamado por la crítica y con reconocidos actores de la época. Entre ellos estaba un galán que ya había protagonizado varias telenovelas y unas cuantas películas. Yo tendría ocho años y mi hermano mayor, que estaba enfermo, no pudo ir. Antes de salir, mi mamá y mi abuela conversaban en la cocina. En un momento escuché que mi mamá dijo “Vayan a ver esa obra de arte”. Así que desde el vamos supe que veríamos una obra de arte y esa frase, que pareció haberse dicho con letras mayúsculas, determinó por un tiempo qué era una obra de arte.
Estuve de la mano de mi abuela todo el tiempo. No nos separamos nunca; ni cuando caminamos hasta la estación ni cuando tomamos el tren. Mi abuela era muy conversadora. Hablaba conmigo, con los vecinos que aparecían en el camino, con el boletero y con cualquier pasajero que estuviera cerca. No repetía siempre lo mismo, abría distintos tipos de diálogos que de alguna manera resultaban interesantes aunque prolongados para mi capacidad de atención. Para lograr que terminara y se despidiera le tironeaba del abrigo o de la cartera colgándome literalmente de ella. Y a ella le causaba gracia mi fastidio.
Hablaba de cualquier cosa. Un libro, una película o un programa en la radio bastaban para el inicio. Pero su tema favorito eran los familiares, sus destinos y estados de salud. Nunca dejaba de comentar las características que tenían la última vez que los había visto. En este sentido, el familiar favorito para su conversación era su propio hermano, un reconocido escenógrafo a quien ella admiraba mucho. El escenógrafo, que ya había fallecido, ocupaba el noventa y cinco por ciento de sus charlas. Y como había sido un escenógrafo socialista, que había vivido en distintos países y que además había dado importantes clases, todo respecto a él sonaba fantástico, heroico e irrepetible. De hecho, la obra de arte que íbamos a ver tenía el diseño escenográfico, el vestuario y la puesta de luces realizadas por él, antes de morir, claro. Y por eso mi abuela la había elegido.
Llegamos al teatro ansiosos, excitados y muy sobre la hora. El hall era enorme, moderno, muy distinto a los que imaginaba a partir de lo que veía en la tele. Nada de cortinados bordó, candelabros de plata o arabescos dorados. Todo era geométrico, de vidrio o de mármol. En una ventanilla lateral sacamos las entradas como si fuésemos a viajar en avión y fuimos a tomar un ascensor.
Me encantó el ascensor. Era plateado, enorme y lo manejaba un empleado muy bien vestido. Que íbamos a ver algo importante tenía que ver con ese ascensor. Estaba clarísimo. Nos elevamos, subimos, ascendimos a un piso que evidentemente estaba más allá del mundo terrenal. Un vértigo me hizo sentir el ombligo a la altura de la nariz. El arte, fue mi primera deducción, era algo que no tiene que ver con el mundo común. Mi abuela confirmaba mi intuición con su sonrisa y la mirada clavada en los números luminosos que indicaron, cuando se detuvo, el piso dos.
Pero al salir del ascensor se quedó helada en el vestíbulo al reconocer en las paredes una exposición completísima de los dibujos y acuarelas que su hermano había realizado para esa y otras tantas obras de teatro. “¿Y ésto?” balbuceó. Yo miré su cara de asombro, su boca entre abierta y sus ojitos que no podían creer tremendo homenaje a su hermano. Pensé que me iba a soltar, pero nada que ver. Por el contrario, apretó aún con más fuerza mi mano como si fuese lo único que la anclaba a la realidad. Se puso los anteojos. Ella solía decirme que tenía tres pares de anteojos: “uno para ver de cerca, otro para ver de lejos y finalmente uno para encontrar los otros dos”. Pero esta vez no dijo nada. Estaba en otra. Mientras los últimos de la fila entraban a la sala, nos pusimos a ver uno por uno los papeles prolijamente enmarcados en la pared. Eran cuadritos que mostraban el diseño del vestuario de un polichinela, de un posadero, de un hada del bosque o de un campesino. Había de todo. Parecían expuestos como los muñequitos que venían adentro de unos chocolatines. En la página de una revista infantil que comprábamos en casa la propaganda publicaba toda la colección, y se formaba así un mundo ideal, maravilloso y coherente. Esto era igual. Un bombero antiguo, un doctor, unos niños que eran “del Tirol” según mi abuela. Un carro lechero, un vagón de tren y hasta una jirafa. Todos estaban realizados con lápiz negro e iluminados con vivos colores. Se indicaban medidas, costuras, hebillas, calzados y otros accesorios como moños para peinados, gorros y sombreros.
“Señora, ¿van a entrar?” preguntó un muchacho de bigotes vestido como un mozo que estaba a punto de cerrar la cortina que daba a la sala. Mi abuela no respondió. Siguió absorta y sonriente con el rostro pegado a los dibujos. A lo lejos una voz grabada de mujer decía claramente y con un énfasis exagerado “El Teatro General San Martín les da la bienvenida…”
Mi abuela ignoró la obra de teatro y como si nunca hubiese existido el plan de verla se quedó en el vestíbulo pasando por todo lo exhibía la exposición. Yo me quedé a su lado, pero sentía la mirada distraída y distante del muchacho bigotudo.
Además de los dibujos vimos mil cosas más: los planos de escenarios, diseños de bambalinas, cortinados y hasta programas de las obras. En una vitrina habían puesto tres maquetas de cartón y madera con las escenografías en miniatura. Eran una fantasía total. Mi abuela me contaba y explicaba detalles. “Este escenario era giratorio”; “Por esta trampa entraba el actor volando”. Todo era obsesivo, detallado y minucioso. Entre sus explicaciones los aplausos se escuchaban a lo lejos. Parecían celebrar sus comentarios.
En un sector habían puesto su biografía. Mi abuela la examinó como si estuviera ante una radiografía. Al fin se puso contenta y señalando una oración exclamó “¡Acá estoy yo, acá estoy yo!”
La frase decía “1916: Nace en Buenos Aires y es el mayor de tres hermanos.”
En unos paneles pegaron unos textos escritos a máquina. “A ver… Éstas deben ser sus conferencias” y ahí mi abuela se demoró un buen rato. Se leyó todo. “Son todos dramaturgos rusos” dijo. Y después fuimos a ver varios maniquíes con el vestuario original de una obra que tenía que ver con reinas y princesas, porque eran vestidos acampanados, pasteles, con tules transparentes y diamantes pegados. Mi abuela los examinaba como si se los fuera a comprar. Medía la calidad de la tela tocándola con energía o llevándosela a la mejilla. Yo me detuve en el de un príncipe. El traje era muy parecido a los uniformes de los héroes de la patria que aparecían en mi libro de lecturas. Pero éste tenía más brillo, más oro y firulete. “Debe ser la ropa que usaron para hacer de San Martín” deduje por el lugar en el que estábamos.
Finalmente mi abuela suspiró. Se dirigió despacito al centro del vestíbulo y se quedó parada ahí. Se acomodó el abrigo, los anteojos y miró todo por última vez como si estuviera sacando una foto. Me dijo que nos teníamos que ir. “¿Podemos ir en ascensor?” pregunté. Sonrió.
Fuimos a la confitería de la esquina. Pidió un café con leche para cada uno y compartimos un tostado. Veía a mi abuela contenta y eso me animaba. De la obra que no vimos no se habló. Charlamos de otras cosas, como de los paisajes de España y los planetas pero, no sé cómo, terminamos hablando de su hermano. El mozo que nos atendió parecía ser familiar del que estaba en la sala apurándonos a pasar. Tenía la misma ropa. Se lo comenté a mi abuela y lo miró sin disimulo cuando atendía otra mesa. “Me parece que es el mismo” me dijo. Volví a mirar. Sí, mi abuela tenía razón: seguro que era el mismo. Cuando terminaba allá debía ir a trabajar al bar.

***

A la noche mi hermano estaba mejor. Mi abuela le había comprado unas historietas y después de cenar todos juntos se fue a su casa. Me puse el piyama y me metí en mi cama, que estaba ubicada formando un ángulo con la de mi hermano. Él también se acostó y apagó la luz. Antes de dormirnos me preguntó de qué se trataba la obra que habíamos visto.
“No sé” dije. “Vimos otra cosa”
“¿Qué cosa?”
Recordé lo que se había hablado antes de salir, el éxtasis en el que había caído mi abuela y las fantasías realizadas por su hermano.
“La obra de arte” dije con determinación.
Pero la certeza duró poco. La siguiente turbación la tuve unos meses después, cuando mi mamá y mi tía, la que vivía en Bahía Blanca, reconocieron en la tele al actor que protagonizaba la obra de teatro que deberíamos haber visto en el teatro con mi abuela. El actor aparecía seductor, fumando y apoyado en una súper moto. Tenía puestas unas botas negras y su camiseta musculosa dejaba ver su físico trabajado. Sin notar mi presencia ni la de mi hermano que tomábamos la leche, las dos pusieron la misma cara que mi abuela frente a los dibujos de su hermano y dejaron salir, casi al unísono, una frase que me interpelaría buena parte de mi vida: “¡Ay, nena, por Dios! ¡Qué obra de arte!”
Buenos Aires, 2016




Tomado de:  Santiago Erausquin. Paisaje y otros relatos. Editorial Cencerro / Ascasubi, 2016.

2.8.17

Ávida, por Santiago Erausquin


A Dani Leber, con afecto.

“Y de pronto te alza, te lanza, te quema
hace luz en tu alma, hace fuego en tus venas
y te hace gritar al sentir que te quemas
te disuelve, te evapora, te destruye, te crea...”
El amor, Massiel.

Querido Simón. Ya sé, ya sé. Me estoy adelantando a los hechos. Y bueno, es también para que me vayas conociendo. Este aspecto es parte fundamental de mi personalidad, que se entienda bien, fundamental. Soy atolondrado, ansiosa... pero no una histérica cualquiera (sí, con a, después te explico). No confundamos. Ávido de algo es una cosa; no saber de qué, es otra. Yo sé lo que quiero, sé todo lo que puedo llegar a querer a alguien y también lo que necesito. Soy muy ávida. En un antro al que iba cuando empecé con todo esto que soy ahora, una amiga mía se hacía llamar María Ávida. “Ávida María, para usté”, decía ella trágica cuando alguien le dirigía la palabra con mala energía. Yo pensaba que ella era así todo el día y no sólo cuando se subía a la tarima. Que iba a hacer las compras así, con vestido de noche, y cuando le decían “Gracias, señorita” ella respondía a los gritos “Ávida María, para usté”. Pero qué va. ¿Qué sería hoy de la vida de María? Ni idea. El sueño de ella era ser, también, aeromoza. Me la imagino por los cielos, uniformada con el trajecito azul de dos piezas, culona, de rodete, empujando con gracia ese carrito compacto lleno de viandas entre los pasillos de un avión de una línea caribeña. Porque para eso sí que tenía el physique du rôle ella—se escribe así, dice Google. Una diva, la veo. ¿Ves como soy? El delirio éste que tengo no tiene comienzo ni va a tener final, porque también, sabelo, deliro un poco. Y por eso, antes que avancemos, necesitás saber todo lo que tengo que advertirte. No te asustes, no va a ser larga la cosa. A veces pienso qué hubiese sido de nosotros si me conocías en esa época de antes, cuando hacía otro tipo de espectáculos, con más tacón, corsé y peluca. A vos te imagino de figurante, de bailarín de show, haciendo los números que hacés en la calle pero con María Ávida, La Rimel o Gran Gút, hoy todas en el más allá. Y pienso que nos cruzábamos en los pasillos yendo al camarín. Bueno, camarín lo que se dice camarín, no, porque esos lugares no tienen, pero en el baño, ponele, que se transforma, como todo lo de ahí, en algo que no es, pero con onda y fantasía. No sé si me hubieras avanzado como lo hiciste hace un rato en la calle, la verdad. Porque ahí una estrella como vos y otra como yo no se atraen en lo más mínimo, al revés, sacan chispa, viste. Así que mejor no pensar por ese lado. Pero te figuro de bailarín, algo así. ¿Puede ser? Seguro que bailás bárbaro.
Vos pensarás que no te conozco. Es verdad, pero en parte, nomás. Te veo y al toque te saco la ficha. Tengo una práctica que podría dar cátedra. Es verdad que me equivoqué fiero algunas veces. Y es cierto que esas veces que me equivoqué fueron muy importantes, porque pensé que esa gente era para toda la vida, pero después, para todo lo demás, nunca fallé. Pero ahora, con distancia, entiendo que era una negada: que no quería ver los indicios de lo efímero que podían resultar esas personas, que claro, prometieron amor para toda la vida y, se sabe, cuanto más prometen, menos cumplen. No me prometas nada vos, eh. Nada de futuro en tus labios, Simón. Si habré llorado, mirá. Lo que habré gastado en colirio, nene. Seca estoy. Me pasó con el hijo de una amiga de mi mamá a los 12, con un compañero del secundario a los 16, con el que hacía la colimba, ¿cómo se llamaba? Bueno, con el colimba ese. También con el sonidista del Pozo Voluptuoso, y con el hijo de la boletera de Pecado’s. Ah, me faltaba con el chico del 8º, cuando vivía en Caballito. Me dijo que era soltero y nada que ver. Cuatro críos tenía ya el desgraciado. Igualitos al padre, por suerte. La que me señalaba como su hermana terminó siendo la mujer. Un monstruo ella. Bueno, él también, pero qué fuerte que estaba. Yo notaba algo raro en ese vínculo. Con razón. El asunto es que con todos esos me enganché súper mal, pero en fin, si supieras la actitud que tuvieron al principio. Reyes. Cualquiera se engancha así. Regalos, agasajos, pizza en Banchero y bingo. Y eso que, por ejemplo, el soldadito no me gustaba casi nada al principio, eh. No fue amor a primera vista. Ni ahí. La remó y mucho la trabajó para que terminara enganchándome. Pero al final... flor de atorrantes todos. Vos no vayas por ese lado, eh. Que enseguida me gustaste. Me encantó esa forma en que me encaraste, tan directo y sincero que casi no reacciono. Un shock. Menos mal que la neurona se activó y me hizo sonreír ante tu piropo, que estuvo muy bien por cierto. ¿De dónde lo sacaste? En general son guarangadas los piropos. El tuyo no. Un poema resultó. Fue lo primero que me dijiste. ¿Te acordás? ¡Qué te vas acordar! Desmemoriado. Ves: ahí tenés una. Yo voy a vivir, entendelo bien, voy a vivir de esos gestos tuyos. Y voy a construir castillos con eso que me digas o me des a entender. Así que ojo con el pico de acá para adelante, nene, porque me podés hacer re-mal si no te medís conmigo. Controlate, eh. Podés dar rienda suelta a la imaginación, sí. Pero mirá que soy muy sensible. Y más con la edad.
Ya con los malabares que te vi hacer ahí en la senda peatonal, querido, te ganaste el billete. Muy bueno, en serio. Un Cirque du Soleil. Mirá que yo conozco algo al respecto. Qué agilidad en la perfomance. Ah, pero lo que vino después, cuando te viniste a la ventanilla. “Con vos estoy muy enojado” me dijiste. Yo debo haber puesto una cara. Nene, qué manera de empezar. “Sí, con vos”, seguiste apuntándome con el dedo. “Anoche, en la caja de bombones que tengo en mi mesita de luz, en vez de una docena, sólo encontré 11”. Pensé que me ibas a acusar de haberme afanado un bombón. Un loco. Pero no. El remate fue otro: “¿Quién te dio permiso para salir?” Y ahí reaccioné, por suerte. Te confieso que casi no lo entiendo y me lo pierdo, porque soy un despiste, pero como te decía, reaccioné con esa sonrisa que heredé de mi mamá que sé que es pura gracia y mueve montañas. Y entonces, de la nada, sacaste la flor. Atrevido. Qué caballero. “Hágase cargo de lo que dice, saltimbanqui” dije agarrándome la flor con un entusiasmo de colegial. Vos seguías sonriendo. ¿Te la esperabas? Eso lo aprendí en teatro de improvisación, que hice mucho cuando era más joven. Hay que ser rápido, viste; ingenioso, ocurrente, enseguida ponerle chispa. Yo tengo eso. No sé si te lo imaginabas. No creo. Frunciste la boca, como que me ibas a decir algo y te quedaste mudo. Pichón. Por suerte te ayudé a salir del apuro preguntando “¿Te puedo tutear?” Y antes de que el semáforo se ponga verde, me dijiste que sí y que te llamabas Simón.
Ay, te hubiese dado la billetera entera si era por mí. Pero los documentos, el carné, la tarjeta del súper... Ya perdí mil veces todas esas cosas y tengo que prestar más atención con las pertenencias, porque después vivo haciendo duplicados. “Pará que me acerco a la vereda y busco algo.” La verdad, te lo habías ganado. Te di plata, la estampita de la Guadalupe y hasta la granadina que me había comprado para mí. Todo es poco. Te hice reír, ¿no? Es que soy así: pura bondad cuando me tratan con afecto. Una lassie.
Las cosas buenas son como las malas: vienen así, de golpe. Por eso hay que estar espabilado y no perderse la oportunidad de que un día cualquiera sea el día. Y vos apareciste de repente en ese semáforo que ya es para mí más importante que el obelisco.
Te aclaro ya mismo que el auto no es mío, eh. En el momento tuve que mentirte, diculpame. Es que ante tu pregunta, bueno, salió lo que salió. “El coche, la ruta y el destino me pertenecen, niño”. Es una mentira chiquita, piadosa. Vos me entendés. A la gente le encanta que uno tenga auto. La verdad es que no tengo ni pienso tener. Bastante me costó sacar el registro. El auto es de mi hermano. ¿Tenés familia? Tengo un hermano más grande que se llama Alberto. Ojo. En realidad me parece que es medio hermano. Digo yo, bah. Nada que ver conmigo. Cero arte él. Pero es bueno tanto como puede. Debe ser la culpa. De chico era malo, malísimo. Esta marca que tengo acá en el brazo me la hizo él cuando éramos pibes. Estábamos jugando. Me dijo que iba hacerme un tatuaje con una birome. Un Bart Simpson me iba a dibujar. Yo estaba feliz con la idea. Y de pronto sentí un dolor agudo y entré a los gritos pelados. Cuando miro me había clavado la bic. Dios mío, qué bestia salvaje mi hermano. Casi me desangra. Imaginate la locura que tenía. Los celos, pobre, lo hicieron así. Después se calmó. ¿Sos celoso vos? Ojalá que no, porque los celos carcomen el alma y se sufre muchísimo. Mirá mi hermano. Vos sos chico todavía... bueno, no tanto. Ya tenés pelo en todos lados, ¿no? Apenas menos que yo debés tener. Igual no importa. A lo que voy es que los chicos de ahora no son celosos. Por suerte son más evolucionados en todo. Están re-avivados. No tienen prejuicio. Yo soy algo chapado a la antigua. Me gusta que me celen un poco. Un poco, insisto. Ser celoso es como querer poseer todo. Alberto era así. Ahora no. Cambió. La mujer y las nenas lo cambiaron. Tengo dos sobrinas que son dos soles, te juro. Es lo mejor que hizo Alberto en toda su vida. Mi mamá estaría orgullosa de él. A veces, cuando tengo que llevar las cosas para un número, me presta esa nave que tiene en la que me viste. Pongo los bártulos en el baúl y listo. Voy de acá para allá y de allá para acá. Estoy armando un número en El Averno, ¿conocés? Bernardo de Irigoyen y Brasil, antes de pasar la autopista. Bernardo, ojo, no Hipólito; no te vayas a equivocar. Bernardo, como el de Bernardo y Bianca o Bernardo el del Zorro. Fijalo. Yo hago así. Fijo relacionando cosas que nada que ver pero que se tocan en un punto. Ponele: para acordarme de comprar yogur pienso por separado: yo - gur. Gurú, pienso. Entonces, en el súper, como gurú es una palabra especial, rara de olvidar, la digo, y al toque me viene el Yo y armo yo-gur. Ahora si es de vainilla, bebible o de otra índole es más complicado. Es cuestión de práctica. Funciona. Cuando me pases tus datos, te hago entrar gratis al Averno. Seguro que te va a encantar. Es algo nuevo lo que estoy preparando. Ah, sorpresa. Pero avisame cuando vengas, así le pongo una sobredosis de fantasía al show y te mando algo para tomar a la mesa y te miro un poco. A lo mejor hasta te dedico un tema. Podríamos armar algo juntos, ¿no? Vos con tus piruetas y malabares, yo con mis payasadas. ¿Sos de ensayar? Yo soy muy constante, te aviso. Y enérgico. A la mañana, apenas me levanto, entro a los gritos “¡Al ensayo, vamos todos al ensayo!” Me lo digo a mí mismo, pero es para tomar coraje y arrancar el día de buen humor y con actividades. Si no, me agarra una fiaca brutal y me quedo entre las sábanas hasta las tres de la tarde. Pero si empiezo así, nada. Energía pura soy. ¿Te imaginás despertándonos juntos vos y yo? ¿Y preparando un número? Te confieso que ese es mi sueño. Tener un novio que sea mi novio para todo. Ya sé que es un imposible, pero bueno ché, no puedo dejar de soñarlo. Además, quién sabe, ¿no? A lo mejor es un sueño tuyo también. Ahora que lo sabés, te animás y agarrás viaje. ¿Vos sabés manejar?
Ya te habrás dado cuenta que soy artista. Actor de varieté, para ser exactos. Desde los diecinueve. A lo mejor oíste hablar de mí o me viste alguna vez. En una época me hacía llamar Maxi Max. Pero el dueño de un kiosco me dijo que no podía usar ese nombre artístico porque él ya lo tenía en su local desde hacía varios años. Y que lo perjudicaba, que a lo mejor le decían que lo habían visto a la noche, actuando por ahí. La gente es tremenda. Hago playback, stand-up, mímica... Hasta salí en la tele. Estuve en el Videomatch con Tinelli y después con la Roccasalvo. Es verdad que no gané nada, pero vieras todo el trabajo que tuve después de eso. Cena-show, cumpleaños de quince y despedidas de soltero. Vos sabés de qué va el asunto, porque lo tuyo es del ramo también. ¿Sos clown? ¿Hacés telas? Acrobacia con telas, digo, ¿sabés? Yo hice un año entero cuando tenía 22, pero no era lo mío. No puedo mantener el eje. Me salgo. Para la muestra de telas tuve que hacer el tirabuzón y no sé por qué se aceleró la cosa, no pude regular y chau, me mareé y lancé todo. Un asco. No sabés cómo quedó la tela. Igual que no me digan nada porque eso suele pasar. Nunca lo dicen. Pero soy el único que confiesa siempre. Seguí haciendo unos meses más, pero sólo me dejaban correr haciendo ochos, sosteniendo la tela bien arriba a modo de cinta larguísima que no tenía que tocar el piso. Igual lo hice para explorar. Siempre hago una capacitación. Estudio mucho yo. Ahora estoy en un taller de poesía. Me tengo que expresar constantemente, ¿entendés? ¿Te gusta leer? Te digo la verdad, no leo mucho. Pero leo cosas importantes que cultivan la mente. Antes era Dolina. Ahora me encanta Rolón y retomé a Luisa Delfino, que era la favorita de mi vieja. De ahí saco personajes para mis números. Algunos son mujeres y me maquillo. Vieras con qué arte. Por eso se me pegó una manera de hablar y ya ves, no distingo género. Como que me da lo mismo. Además, aprendí que hay algunas palabras que suenan mejor en femenino y otras con o de varón. A ver, te tiro ejemplos... Rubia va con a, siempre. A mí sale: “El chabón de ahí es rubia” o “ese policía es rubia”. En cambio, guacho va siempre así en masculino. La mujer de la panadería, que siempre se queda con el cambio, “es guacho”. Oscuro también, va siempre con o final, más allá de lo que aluda. Y al referirme a mí mismo hago igual. Soy histérica (con a) y un loco (con o) al mismo tiempo. Después me van a salir más casos. Te juro que enseguida te acostumbrás.
Podía hacer un número pensando en vos, a lo mejor, Simón. Podría imitarte. Hago buenas imitaciones, guarda. En una época y en ciertos ámbitos era lo que más me pedían que haga. Pero en general eran personajes con energía negrísima los que más pedían, por eso, de a poco, dejé de hacerlos. Ahora busco más en las publicidades de la tele o en los diarios, o en las revistas que traigo de la peluquería. Por ejemplo, ahí recorté una nota que dice que en Miami está de moda hacerse un corte de pelo con la forma de la cara de tu personaje favorito. Y hay una foto de uno que se hizo, en la nuca, la cara de Michael Jackson. Entonces es como que va por ahí con dos caras: la suya adelante y la de su ídolo en la nuca. A mí me asombran esas cosas. Yo no sé cuál me haría. Marilyn, puede ser. O Laura Ingalls. ¿Vos?
Igual hay que buscar mucho. Y leer cosas serias, también. Porque a lo mejor un día te surge un número de algo trágico, como una vez que leí Azabache. ¿Lo leíste? Es larguísimo. Pero bueno, de todo puede salir algo, ¿no?
A vos te leería lo que quieras. Tengo excelente declamación. Eso lo digo con orgullo. Te recito cualquier cosa. De chiquito leía muy bien. Bueno, en realidad ese es mi fuerte. La memoria y la declamación. Los números los armo a base de esas dos cosas. Busco letras de canciones y las leo en voz alta sin la melodía y entonces les encuentro otro sentido. Todo es según la entonación que le dé. Yo empecé con la doble cassetera armándome pistas para actuarlas encima. Ahora lo hago con la computadora. Ésta que tengo ahora la compré en Garbarino hace unos años, con lo saqué de una publicidad que hice para Argencard —ya te voy a contar esa aventura. Te la presto cuando quieras. Tengo Netflix en la compu. Podemos ver una película nueva ahí. Venite un día a mi casa y vemos qué hay. Prendo la sanguchera que me regalaron para mi cumple y hacemos unos tostados de queso y vemos Netflix. ¿Cómo te manejás con la tecnología? Vos tenés un flor de celular, turro. Te lo ví. Alto celu te conseguiste, eh. ¿Es de la NASA? Tiene de todo ese modelito. Cuidalo. Que no te lo rompan las clavas. El mío es de 1810. Ni whatsapp tiene. No importa, mi sobrina me dijo que se le puede instalar el Candycrush, al que soy adicta y experta. Si jugamos, te gano. ¿Qué apostás?
¿En serio va eso que te gustaría conocerme? Bueno, más te vale. No lo puedo creer pero sé que es verdad. Empezaste vos, eh. Remember. Además, ya es tarde. Yo estoy volando por las nubes de Beirut. En una tarjeta aparte te anoté todos mis datos, con letra bien chiquita pero clarísima. Urgente vas y te lo plastificás, nene, así no los perdés. Ponela con la SUBE. Viste la fecha de nacimiento, ¿no? Soy de escorpio. Obvio. Me parece que vos también. Me juego la cabeza a que sos escorpiano, Simón. Simón-Simón, el escorpión. Te va. Ay, ya me duele la mano de tanto que va escrito. Se me tuerce la letra y vas a pensar que tengo un problema de dislexia. Un horror.
Ah, antes de devolverle el auto a mi hermano me voy a sacar los lentes de contacto. Así me ves de mi color verdadero. Esa es la prueba de fuego. Los verdes me quedan mortal, ya sé. Los uso siempre, hasta para dormir. Pero mi abuela, que Dios la tenga en la gloria, me dijo que mis ojos son más hermosos que cualquier par de zafiros, que son dulces e intensos como los caramelos media hora, que no los reniegue y que con ellos, si quiero, el mundo es mío. Dios lo quiera. Ya es hora.
Y listo. Ahora que ya está todo dicho, pongo esto en un sobre con tu nombre y me mando de vuelta a esa esquina donde nos conocimos, rogando que todavía estés ahí, radiante como te vi hace un rato, para dártelo y que sepas, de puño y letra mía, como soy y todo lo que podríamos llegar a ser si salís conmigo.



Buenos Aires, abril 2017 

16.12.16

La alegría brasilera, por Santiago Erausquin

A Leo Bertolotto, con afecto

“Baila comigo, como se baila na tribo
baila comigo, lá no meu esconderijo, ay ay ay”
Rita Lee

La primera vez que entré a ver en el cine una película prohibida para menores de dieciocho fue cuando apenas pasaron unas semanas de haber cumplido los quince. Falté a la clase de gimnasia y me fui al centro en tren, como un fugitivo, con unos anteojos negros y ropa común hecha un bollo en la mochila que me pondría en el baño del Pumper Nic de Lavalle, la peatonal de los cines. Los preparativos fueron intensos: la elección de la ropa, el peinado, la práctica de caminar para simular más altura y hasta la modulación de la voz, todo fue premeditadamente estudiado para lograr un aspecto que no correspondía al que tenía. Y esta estrategia, la de parecer lo que no se es, fue lo que intenté durante muchos años en mi vida para encontrarme sólo con frustraciones.
Antes de entrar al cine verifiqué que no hubiese policías cerca, ubiqué las salidas de emergencia y la boca de subte más adecuada en caso de un imprevisto. También di varias vueltas a la manzana.
Finalmente, después de pagar la entrada, a la sala pasé lo más bien. El vendedor de la boletería no reparó ni un segundo en mi actuación que fue genial. Sí lo hizo el acomodador que cortaba las entradas, que me miró desconfiado por un instante. Creí que me iba a echar a patadas, pero no, lo único que esperaba era una propina.
La película fue un desastre. Complicada sin necesidad alguna, aburrida por momentos bastantes extensos y con diálogos totalmente superfluos. Era un policial con un reconocido galán norteamericano que hacía de un agente secreto que, después de todo, aunque no estoy muy seguro, debía aniquilarse a sí mismo, porque también hacía de su propio enemigo. No la entendí en lo más mínimo. Yo había quedado interpelado por el afiche que había salido en el diario que compraban en casa. Debajo del título un cartel igual de grande aclaraba que era prohibida para menores de dieciocho, y más abajo, el actor, con su camisa desabrochada y el resto de su vestimenta en desorden, abrazaba a una señorita que aún estaba vestida. Esa imagen se fundía con otras muy variadas. Dos helicópteros, un submarino, un revólver y hasta un reloj de arena eran parte de lo que prometía el film. También recuerdo claramente un jeep en una playa brasilera. Pero la parte más importante por su tamaño era la del actor con el torso descubierto. Por eso deduje que buena parte de la película trataría ese tema. Ochenta, ochenta y cinco por ciento, calculé. Casi noventa. Así que una vez en la butaca me relajé y no me detuve a leer los subtítulos esperando las escenas calientes, pero fue un grave error porque esa escena en particular del afiche jamás apareció, nunca se vio al actor desnudo, apenas si se mostró haciéndose el nudo de la corbata. Cuando quise ponerme al día con los diálogos ya era demasiado tarde: no sabía bien quién era Jack, John o Jameson. Hacia el final de la historia, resignado a no ver sin ropa al actor que me gustaba, traté de dormir un poco. Cuando estuve por lograrlo me sobresaltaron unos tiros a todo volumen. Salí del cine bastante nervioso y enojado conmigo mismo. ¿Qué tenía de prohibido para menores esa historia? En una parte mencionaban al presidente de los Estados Unidos. Debía ser eso. Tendría que haber elegido la película que pasaban en el cine de al lado. Era sobre una madre humillada que, presa injustamente, intenta todo para recuperar la tenencia de su hijita predilecta, y cuando lo logra la hija ya es una adolescente drogadicta y pandillera. Apta para todo público.
En el tren de vuelta recordé la escena en la que el protagonista viajaba a Brasil, y en una fiesta en la playa dialogaba con el barman, que resultaba ser como él otro agente secreto. También recordé el jeep del afiche que me lo debí haber perdido, porque eso seguro no recordaba haberlo visto. “¡Qué víctima del engaño publicitario resulté ser!”, pensé indignado. “Pero ni piensen que voy a caer otra vez”, aseguré determinante. Enseguida volví a la película y me tranquilicé. En esa fiesta brasilera se vivían libertades que eran imposibles de imaginarse en Buenos Aires. Las brasileras, con peinados voluminosos y ultramaquilladas, tenían unos tops diminutos, y los negros, con las camisas anudadas a la altura del ombligo, bailaban la samba o algo similar con una sensualidad salvaje y delirante. Entre todos se hacían gestos obscenos y señas excitantes. Cuando el protagonista cruzó la pista hizo unos pasos de baile muy a tono con el lugar pero sin abandonar la cultura civilizada a la que pertenecía.
Cuando llegué a casa ya había oscurecido. Dejé la mochila por ahí. Mi mamá no estaba y mi hermano se estaba preparando una leche con muchísimas cucharadas colmadas de Nesquick.
―Con tanto chocolate vas a quedar negro como un brasilero.
―No, ―me dijo― porque ahora le pongo varias de azúcar y compenso.
Mientras mi hermano tomaba religiosamente su poción de la tarde, y sabiendo que se demoraría un buen rato echado en el sillón viendo tele, me fui al cuarto. Me saqué las zapatillas así nomás y después busqué, en el fondo del placard, una caja de madera que un tío nos había regalado para guardar los elementos necesarios para lustrar nuestros zapatos. En la parte superior tenía una horma de pie para apoyar el zapato y lustrarlo. El equipo incluía de todo: pomadas, cepillos y franelas que únicamente utilizábamos bajo la amenaza de nuestra mamá. Pero mi hermano guardaba ahí unas revistas porno que debió comprar clandestinamente en algún kiosco del barrio. No tenía muchas pero había una brasilera que me interpelaba en particular. Se llamaba Inferno anal y en la portada una carioca, de espaldas y mirado a la cámara, mostraba una gran sandía a la altura de su culo enorme.
En el interior no abundaban las fotos. Tenía una fotonovela audaz en la que una maestra era seducida por varios alumnos de un instituto para adultos y cuando terminaban, ya en la dirección para hacer la denuncia, el director también abusaba de ella. “Eu sou um professor de línguas” decía ella en un globito. Yo lo tomaba casi como un documental de no ser por los ambientes que resultaban extraños. Con un planisferio pegado en la pared, sillas en vez de pupitres y actores de distintas edades les alcanzaba para lograr el clima estudiantil y en realidad quedaba más como un sketch del Chavo del Ocho. En algún momento planeé escribir una queja a la revista sugiriendo un verdadero ambiente escolar basado en una descripción detallada de mi aula y de la oficina del rector, que por las amonestaciones que tenía conocía muy bien. También pensé en describir minuciosamente a la profesora de matemática que, según me habían dicho, solía ir a dar clase sin corpiño y al hermano mayor de un compañero mío que estaba muy fuerte de tanto deporte que practicaba. Pero suponía también que por esa misma descripción reconocerían mi colegio, llamarían a la policía y en mi casa mi mamá haría un escándalo tremendo. Además, la revista ya era algo vieja y era imposible saber si aún se publicaba. Lo único exótico en la fotonovela eran los protagonistas que eran negros ―incluso la que hacía de maestra― porque después, de ese Brasil exuberante, sus playas, palmeras y vegetación abundante, no aparecía ni una hojita.
Tal vez fue por esa revista que se formó en mí la idea de que Brasil era una nación supersexual. Lo digo en un sentido absoluto, como que tener relaciones sexuales era lo único que se podía hacer allí, sin importar el momento del día, ni dónde ni con quién. Ningún Pão de Açúcar, ni Minas Gerais, ni Brasilia. No, todo era carnaval, calor y desenfreno sexual. En el Parlamento, en las escuelas, en los supermercados, en las calles y hasta en las iglesias, todos desnudos y alzados. Encima, Federico, un compañero del colegio de mi hermano que había conocido Río en sus vacaciones, me había dicho que en Brasil coger no era algo prohibido. Y que él lo había hecho con su prima de allá, que aunque tuvieron momentos de tensión porque creía haberla embarazado, todo había salido bien y hasta lo habían felicitado, pero que acá no era así y que no dijera ni una palabra, obligándome a jurar silencio total. Yo le creía todo y durante varias noches no dejaba de pensar en esa prima suya que imaginaba negra, caderona, salvaje y ultramaquillada, como la maestra de la fotonovela, teniendo sexo con Federico, con el papá de Federico y hasta con su mamá.
La revista tenía notas y relatos que eran imposibles de comprender porque estaban en portugués pero las publicidades de sex-shops y lencería eran mucho más familiares.
Sin embargo lo que no podía dejar de leer una y otra vez eran los avisos clasificados. Todo un país se condensaba en esa página de contactos de Inferno anal. Hacía esfuerzos sobrehumanos por traducirlos y enterarme de qué iban. Y lo que no entendía, lo suponía con una dosis altísima de delirio. Deduje que la gente brasilera estaba dividida en dos grupos claramente diferenciados, como peronistas y radicales acá. Por un lado figuraban aquellos que se ofrecían como objeto sexual para satisfacer cualquier demanda y por otro aquellos insatisfechos que buscaban nuevas experiencias sexuales. Todos sonaban terriblemente desesperados y no podía creer lo fácil que resultaba trazar con flechas las correspondencias. Me preguntaba si era posible que no se hayan encontrado en esa página, porque de haberlo hecho ya serían felices. Qué suerte, pensaba, que en Brasil siempre hay un roto para un descocido. Por lo que ofrecía, la mulata de enormes tetas congeniaba con el lampiño hiperactivo de Bahía o las mellizas viciosas de no-sé-dónde con un doctor experto en puntos hipersensibles del aparato sexual femenino. También estaban los travestis, los transexuales y operados que incluso ofrecían charlas explicativas de sus experiencias. ¿A quién podría escribirle yo?
Mi mamá, que recién había llegado me llamó a cenar con un grito.
―¡Ya voy!
Antes de guardar la revista volví a un aviso que era mi favorito. Caio, un chico superdotado ofrecía sus virtudes a cualquier persona que lo solicitase, sin importarle el género ni la edad. Decía tener buena presencia y amplia disponibilidad de horarios. Estaba en São Paulo y cerraba solicitando equis cantidad de cruzeiros. ¿Cuánto valía un cruzeiro? Podría escribirle y pedirle una entrevista y ver si esas medidas eran ciertas, porque no quería ser víctima de un engaño más. Habría que ver si esas medidas se referían cuando estaba normal o con su miembro erecto, si se dejaba tocar o no. Pero también quería preguntarle si tenía familia, si estudiaba, si estaba siendo explotado o si necesitaba ayuda. ¿Sería muy religioso Caio? Le escribiría usando un seudónimo, para que acá no me descubrieran. Zezé podría ser, como el chico de la planta de naranja lima. En Brasil debería ser un nombre común. A Caio podría caerle bien y gustarle, y a su vez yo seguro me enamoraría de él, de su virilidad y tez oscura, de su sonrisa que imaginaba blanca y perfecta y rescatarlo de ese ambiente lúgubre para traerlo a Buenos Aires escondido en un micro de larga distancia. Acá terminaríamos juntos la secundaria, noviando a escondidas, dándonos besos en la boca y apretando constantemente. Mi mamá podría hacer los trámites necesarios para adoptarlo y mi hermano colaboraría enseñándole las cosas de nuestro país. Podríamos ducharnos juntos, hacer ejercicio, aprender inglés y a los veintiuno viajar a los Estados Unidos. Allí podríamos casarnos, estudiar para policías y luchar contra el crimen organizado de la ciudad de San Francisco; ser expertos en artes marciales y danzas de salón. Con el tiempo sería lindo volvernos agentes secretos del FBI, frustrar algún atentado contra el presidente y finalmente, luego de ser condecorados con medallas doradas y plateadas, protagonizar películas de espionaje, acción, y tiros que por supuesto, sean prohibidas para menores de dieciocho.


Mar del Plata, julio 2016

6.8.12

Arroz con monstruos, por Walter Romero

(Sobre Señora grande, de José Fraguas. Buenos Aires, Casa Nova Editores, 2011.)



Animales, tejidos, iglesias, jardines (y estatuas de jardín): son formas todas –en lo autotélico de sus intenciones– de una realidad que se resiste a ser embalsamada por los regímenes de la literatura, para perdurar, por el contrario –nuevas y frescas– en lo anodino del gesto, en el cuadro que no llega a cristalizar ningún folklore. Señora grande es una antología de cuentos indefinibles, de un realismo indirecto o no eufórico que no apela a ninguna representación “con molde”, a ningún “efecto de realidad”: El mundo, “como lo conocemos”, no es, en verdad, ni supernumerario ni “en mosaico”, sino, más bien, infinitamente sencillo; los textos verdaderos son sólo aquellos que no está sobrecodificados; la más actual de las operaciones literarias consistiría en destonalizar el tono y su mensaje; para contar una historia no es necesario ninguna historia segunda, paralela o en filigrana que doble la acción principal. Es éste el modo en que su autor, José Fraguas, elige para revelar, con parsimoniosa constatación, la verdad que, sin ambages, postula: una “literatura sin atributos” es posible.

La forma en que hace germinar estas “historias” tiene algo de arborescente (“mientras tanto, los árboles seguían creciendo vigorosos”) pero sin copa o remate, casi como si cada una de estas “historias” fueran ramas infinitas que, como el lenguaje, tienden sólo a la proliferación, no importa hacia dónde o hasta dónde.

Como en una imposible “espiral plana”, el texto crece y se imbrica a modo de realidades “sumadas”, que se van agregando, como si se tratase de una operación que le suma realidad a la realidad, para dejarnos atónitos o acaso improcedentes, sin avalar ni esperar ningún avance narrativo, ningún “cierre” o clausura de estos relatos: una literatura de superficie, sin relieves, con una ingenuidad que asombra: desde la guerra total que le presenta a cualquier peripecia, desde los títulos blancos (Manuela, Susana, Árbol, Zoo) o desde las dos ilustraciones de Santiago Erausquin, que abren y cierran el bello volumen, donde un personaje –siempre muy curioso, orejón, y de ojos enormes– se parapeta detrás de una Señora, a quien nunca le vemos la cara, y que bien podría ser la realidad en su mismidad toda, en su contundente y decapitada presencia.

El marco de esta serie de secuencias narrativas se desprende de los epígrafes de Marosa Di Giorgio y de Hebe Uhart que son el incipit ceremonial del libro: una suerte de gótico –acaso costumbrista– que anidaría en toda realidad, y que campea en todos los textos. Ya no “arroz con leche”, sino “arroz con monstruos”, dirá la cita que Fraguas extrae de la poeta (y sibila) uruguaya: es decir, realidad que desprende –sin quererlo– sus enrevesadas y pasmosas quimeras no siempre aladas, casi nunca con garras, más bien quietas o hieráticas, deformes como si de una “realidad fija” se tratase, de un punto de inmovilidad que no se atreve a activar ni el más mínimo de los desplazamientos: Acaso, junto a Jacques Rancière, agregaríamos: “Ninguna singularidad heroica recubre lo que la banalidad misma contiene de potencia poética escondida (…) Es necesario que la vida supuestamente ´muda´ sea dotada de una palabra propia, que no se expresa por las vías del discurso articulado y la retórica sino que se encuentra inscripta sobre el cuerpo mismo de las cosas.”


Tomado de la revista BOCA DE SAPO, de octubre de 2011.