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28.10.26

Festejos de carnaval, por Cecilia Bainotto

  

¿Con cuántos saludos nos deja colgados la vida? Serios, sonrientes, tontos. A ver antes del clic ¿por qué no cometer y acometer con la distorsión del tiempo? Después el hipérbaton y el recurso de la ironía u otras analogías ante la huida o la indiferencia. Cuando la mañana cabe en un pocillo de café y acordamos la tregua que tiene la carcoma, la primavera, una luz de bengala o una vuelta en campana.

¿Listos para la foto? A ver ¿y cómo hacemos un   sabotaje a los relojes para que el final del juego no perturbe cuando quedamos fuera del próximo cuadro?

 

*

 

Soñé que estábamos vos y yo cuando ocurrió el primer milagro de la avenida Corrientes. Las marcas en las muñecas y tobillos no eran cuerdas humanas. Eran rastros de los grillos invisibles con los que el Subterráneo encadena a sus deidades.  El hombre, que minutos antes estaba tirado sobre el asfalto rodeado de patrulleros y forenses, se puso de pie con la lentitud de quien despierta de una  siesta a medianoche. La sonrisa que desconcertó a la policía ahora iluminaba el asfalto. Los vecinos, amontonados detrás de las cintas rojas y blancas dejaron caer sus teléfonos, las bolsas de compras y se postraron de rodillas sobre las baldosas. El oficial a cargo no alcanzó a desenfundar su arma.  El magnetismo de los ojos del resucitado lo obligó a imitar el ruego de la multitud, mientras los semáforos de la esquina comenzaban a titilar caóticos. El oficial no fue el único en ceder. A lo largo de tres cuadras, el sonido sordo de los motores apagándose en seco fueron el primer acorde del festejo. Las radios de los taxis atrapados en el embotellamiento dejaron de emitir noticias para transmitir un pulso de tambores que nadie había oído jamás.

El resucitado dio el primer paso y el invierno de Buenos Aires retrocedió. De las alcantarillas y bocas de tormenta del Subte no brotó vapor sino un aire caliente con olor a pólvora y a carne. Una vecina de setenta años, todavía de rodillas, comenzó a reír con llanto mientras se arrancaba el tapado de lana, revelando una piel que brillaba con escarcha de purpurina. La locura corrió como un fusible quemado: los taxistas saltaron sobre los techos de sus autos y bailaban a un ritmo frenético, los forenses arrojaron sus guantes de látex al aire como si fuesen papel picado y las luces de los teatros de la avenida se encendieron proyectando sombras de gigantes que danzaban en las fachadas. Corrientes ya no pertenecía al orden de los hombres; la deidad de los túneles había despertado, y la orden invisible era que la ciudad bailara hasta extenuarse en cinta de Moebius hasta la próxima vuelta.

Vos y yo, mirando como Fanny y Alexander desde la ventanita de un subsuelo —que era una ranura a ras de la vereda—, cuando dijiste, con ese patrón tuyo que se repite de querer trepanarnos las cabezas y que estaría presente mientras durara el carnaval “las historias desaforadas no nos pertenecen”. Algo atragantado bajaba hacia las piernas para que nos quedáramos quietos, y a la medianoche me diste un beso angélico en la frente.

De la murga callejera y el alboroto quedaron restos en la calle y gente durmiendo en los autos, despatarrados como gatos. El resucitado dejó un aliento raro tendido sobre la arteria, con la cabeza apoyada en el Bajo y los pies en Chacarita. Regresé a casa con ganas de hablar, pero no te encontré. Peor aún, no te vi más, y eso no es sueño.

Habíamos entrado en la Cuaresma, y te imaginé con una guirnalda de olivo bailando el hula-hula o un reguetón en un pub para cien personas. Siempre a destiempo, o serán los sueños nomás que en el prefacio nos ponían en lugares diferentes.

 

COMUNIÓN

 

El humo de los cigarrillos se pegaba a la lona del techo como una gasa gris. El bar olía a desinfectante y cerveza rancia. Sentirlo raspaba la garganta. Hoy había caído en ese lugar remoto. Era necesario reiniciar el tiempo. Volver a rayar vitrales de iglesias para tener una comunión menos vergonzosa.

El crujido de la puerta fue una fricción con chispas. El aire de la calle olía mejor. Caminé con las manos en los bolsillos y sentía el peso muerto del buril. También llevaba un marcador grueso desde hacía meses, esperando el momento exacto de asfixia.

La parroquia de San Judas erguía la cúpula como un puño de piedra contra el cielo nocturno que se veía desde varias manzanas a la redonda. No buscaba perdón, ni agachar la cabeza. Necesitaba estirarme para tocar el techo. Escalar la reja lateral fue un acto mecánico aprendido en los juegos con Tommy y Raulito cuando saltábamos la verja de las casas para jugar con las chicas del barrio.

Al llegar a la cornisa, el gran vitral quedó a la altura de mis ojos. Desde adentro, una luz mortecina de velas teñía el vidrio de un azul puro. En el centro, la silueta de un santo de mirada severa parecía juzgar la calle. No escapé a mi imagen tomando por primera vez la hostia dulce. En verdad la mastiqué como un caramelo. El cura Roberto me observaba y después me dio un baile adentro del confesionario. Recuerdo que corrí desesperado a casa con las piernas ardidas y lloré en mi cuarto. Por un tiempo estuve al borde de salir con una rosa en la boca.

Viejas historias que hoy quiero sepultar con una segunda comunión, pero a mi modo. Apoyé la punta del marcador contra los pliegues de la túnica de vidrio del santo. El trazo chirrió rompiendo el silencio sagrado. Dibujé grietas sobre las líneas de plomo. Rayé venas sobre la piel translúcida del mártir. La santidad pulcra se había transformado en algo herido y terrestre.

Tomé mi segunda comunión cuando el marcador se gastó y usé el buril para tallar el vidrio. Quedaron cicatrices blancas que la luz del sol, horas más tarde, obligaba a verlas con una mirada más religiosa. No había necesidad de confesionarios.

25.9.26

La importancia de algunos insectos, por Cecilia Bainotto

  

Un poema en inglés:

Puede una hoja que cae golpear  una libélula? (Desconoce el autor) 

Francisco Leal

 

 

Años replicando el mito con piedras en el zapato. Sube y baja igual que la nuez de Adán en el cuello. Llega a su casa con esfuerzo heroico y por el bien de todos cierra la boca. “Los domingos al atardecer nos ponemos Zen” dice esperando ganarle a un corazón rabioso. La oscilación se detiene en la voz callada donde unas vacas colonizadas sueñan de pie. Es de noche cuando desciende un ejército ordenado, pero son las rocas que adquieren vida en el silencio de las montañas. Un olor residual de afrecho mezclado con el perfume de los primeros jazmines lo envolvió en una nube que lo bajó al suelo sobre almohadones de plumas. El olfato lograba una transportación inmediata. Sintió un cosquilleo. Era una lengua transparente que chupaba la flor en la que había anclado su cabeza. El cosquilleo creciente le provocaba placer y la prominencia del cuello ahora se movía por la risa. Estaba excitado, el diafragma respondía a una respiración más rápida y sintió que los ojos giraban hasta llegar al éxtasis abrazado con pasión por dos alas. Cuando despertó el lunes de madrugada su mujer dormía con un gesto de sonrisa luminosa como el reflejo de sus cabellos castaños. Era la pose de un ángel rebelde pero adorable con la boca entreabierta que dejaba ver sus dientes. Para no incomodarla, no quiso preguntarle cómo había descansado. No estaba seguro si había sido el causante del gesto, si ella la causante de su éxtasis o fue un sueño con el cosquilleo de una abeja melosa de lengua inquieta que volaba de noche. Tendido en la frontera entre la curiosidad y el secreto prefirió quedarse con lo último y esperar el próximo domingo. Trataría de ser cauto durante la semana. Trataría de no espiarla a ella para no despertar sospechas o preguntas que pudieran romper el hechizo al menos por siete noches En su vida activa había vivido algunas historias con bichitos hembra que le devoraron la cabeza.

 

UN PERFUME EN EL AIRE

 

Asaltar el cielo por la ventana, un imposible o

asaltar Silicon Valley, otro imposible

Construir ciudades azules como imaginó Tesla

o infiernos y cielos como los sueños de El Bosco

Vamos, vamos con la rebaja de dos cambios

y descendamos a la tierra

De las raíces nacen árboles con nidos de pájaros.

El rocío son gotas transparentes resbalosas  

Por las mañanas, entre hilos de telarañas y

debajo de la sombra, todavía podemos hacer algo

Ayer un avión fumigó las hojas. La estela en el

aire hacía círculos, rectas y era ¡tan bonita!

Vamos, vamos, ¿pero a dónde?

No exageremos tanto porque al final 

del día la industria nos cobra el protocolo

Avisaba nomás, por si acaso descubrís

mariposas muertas sobre el tinglado opaco

de una telaraña también muerta

Además, mirá el remolque de insectos

que horas antes respiraban como nosotros.

 

 

CONFECCIÓN DEL PARTE DIARIO

 

Un hombre está acostado

con los ojos abiertos

¿está descansando?

¿está pensando?

¿está enfermo?

¿está triste?

¿está contento?

¿está preocupado?

¿tiene un dolor físico?

¿tiene que tomar algo?

¿tiene poco dinero en el Banco?

¿tiene que buscar trabajo?

¿tiene un día de franco?

¿tiene una reunión a la noche?

¿Es descanso corto o prolongado?

¿Qué le pasa al hombre

que está acostado?

¿Será un zángano? 

13.8.26

Nosotros y las circunstancias, por Cecilia Bainotto

  

…y que todo esto no es nada nuevo/ y que la vida es preciosa/y que eso es todo/lo sabemos/lo sabemos/lo sabemos perfectamente bien/ y que lo sabemos perfectamente bien/eso también lo sabemos

Hans Magnus Enzensberger

 

 

ESPERANZA

La espera aovillada sobre la silla a la que hay que enmendarle una o más patas. Está de frente, de costado, avergonzada, malhumorada, animada, secreta, caliente, templada en la fragua. Según la esperanza todo es posible. Todo es posible que nunca ocurra. Que lo que ocurra no sea lo esperado. Que lo posible no se cumpla. Que lo que se cumpla sea a medias. Que las medias sean cuartos. Que los cuartos sean tercios. Una dimensión aurea sería la apropiada. Al final las partes se reconcilian. Se visibiliza lo que se espera con equilibrio entre los elementos. La tierra, el cielo, el tiempo. Yo, tú, ella/él.  Nosotros y las circunstancias.

 

 

INUNDACIÓN EN EL TRÓPICO

Lo tendría que haber dicho. No esperar a que la lluvia inundara las galerías, la cocina, los cuartos, más la destrucción de los artefactos y los libros. Lo tendría que haber dicho porque antes de la tormenta le hizo marcas en las muñecas para salvarla. Solo pudo rescatar –por necesidad de época– el dispositivo móvil con mensajes que interpretó ayudado por Freud y Lacan. Las mariposas atrapadas entre las hojas. Las moscas verdes en la basura. Los vidrios rotos flotando. Los pájaros emplumados con su soledad. Lo tendría que haber dicho, pero el silencio era un océano de cosas en desuso.

 

 

FELICES VACACIONES

La vida sigue. El mundo sigue desde que te desenchufaste. A grandes rasgos o a vuelo de pájaro; la guerra Ucrania–Rusia se reavivó. Los bombardeos entre Irán y Estados Unidos siguen iluminando el cielo de Teherán. Gaza en crisis humanitaria y sin agua. Cuba cada vez peor. Por aquí ni te cuento los proyectos del apátrida, pero estuvimos liados con acusaciones de ser país “racista”. Bueno, ante todos los males que nos aquejan y los males del mundo sería tema de poca importancia devenido de alborotos algorítmicos. ¿Ya te conté lo de mis ex compañeros de trabajo bolivianos que eran racistas con los “cholos”? Si así no fuera lo contaré en otra oportunidad. No quiero estropearte tus vacaciones en la nieve. Aunque todos nos merecemos un descanso. Un cambio. Llegar con la mirada y con lo que hay detrás. Vaciarnos y construir algo. Tal vez olvide algún conflicto, alguna buena noticia. Siempre recuerdo aquella frase “Entre todas las pestes, el “amor” es la peste menor”, ¡qué pensador que sos! Sí, sé que no te referías al amor universal, a la ayuda al necesitado. A la meneada empatía. No soy tan tonta. ¡Ah! quizá cuando recibas lo que cuento en las primeras líneas, todo puede ser diferente.

 

 

LA QUEMA

Los paisajes destrozados con los ríos, los árboles, los senderos, las flores, las piedras y los pájaros. La vida de las personas con los amores, las infidelidades, los robos, las injusticias, las casas, las hipotecas, las enfermedades y las muertes. Una porción en un valle pequeño que es réplica de otro más grande. Enciende un cigarrillo y tira el fósforo. Con avance Pirro ejerce el dominio sobre sus creaciones. Intuía algo cuando veía los borradores en prolijas carpetas al lado de la Salamandra. Pudo adivinar que, cuando escribía a mano, con la punta del bolígrafo extraía espinas alojadas debajo de las uñas. Saltaba sangre y si alguien de su entorno intimo lo veía en el acicalado doloroso, no dudaba de echarlo a las puteadas. Hoy a la distancia admira su serenidad de monje. Aquellos borradores quemados son de un valor incalculable.

 

 

REFLEJOS DORADOS

¿Cómo era el tiempo anterior a este? No te lo preguntás porque responderías que fue igual a la tiranía del insomnio durante las noches. La mesa estaba puesta. La vida retozaba los domingos. Había tardes de mirar vidrieras en shoppings y complacer con la tarjeta de crédito. Una vuelta en la que viajaban todos juntos en la nave azul o en la catramina blanca. No había una vez una mariposa que volaba gentil. Un cuento. Abrís el aparador por sí está la botella de whisky para olvidar que soñaste con una nena que no encontraba a su mamá.  “Mi corazón alborotado necesita un descanso” pensás cuando el líquido dorado mezclado con saliva ácida, tiene un sabor diferente. El ruido del motor te ha despertado, “el descanso puede esperar” y sentís que tu pie libre sobre el acelerador se desprendió del gancho. Los carteles a orillas del camino son un desafìo que no reverencia los recuerdos. La cinta gris del asfalto es el mapa de una isla nueva que se aparta del continente. La luz cegadora de frente la esquivabas a los volantazos y, a pesar de la urgencia de tu vejiga, no parabas. Solo lo hiciste de madrugada en el piedemonte de la montaña. Estabas mojado e impresentable, aunque igual, locos de amor.

26.5.26

Un viaje al mar en otoño, por Cecilia Bainotto

  

Un camino para llegar a alguna parte. Estaba pensado, visto, planeado y llegar. Quedar unos días para acomodar papeles, clasificar cartas y cambiar las direcciones que hicieran falta. No sé qué pasó con tu reloj o fue el mío que atrasó y no pudimos coincidir. Dejé pasar la hora entretenida con una Vaquita de San Antonio y leyendo unos ensayos “¿Qué sucedió con la puntualidad?”, adiviné tu sinsabor en la pregunta. Esos insectos me encantan, y los ensayos eran necesarios, no lo negaré nunca. Lo cierto es que al vernos vos estabas en un extremo de la explanada de salida y yo en el otro. Quise saber la razón de la ubicación por tus argumentos existencialistas. Pero parecíamos dos estatuas con mueca de pelea esculpida en las bocas.

 

La rareza de uno de mis ojos de estatua era que miraba un tiempo que se fue. Sentí que desde mi otro ojo rodaba una gota por una distancia oceánica. Lo más raro fue no saber bien por qué los labios eran una ranura sellada, con la sal del mar, que balbuceaban pocas palabras. Estoy adentro de la estatua vestida de piedra. Desde ahí viajo a un lugar entre verdes y dorados, ladridos de perros, trote de caballos y siesta. Desde una ventana con las montañas de fondo, el vuelo de los pájaros es más alto. La sensación de reparo se sentía, desde los primeros momentos, como el ropaje sólido que hoy me protege del viento.

 

Lo único era la compensación intangible. Observar con cuatro ojos algunas cosas. Lástima que no se pudiera comprender que hay sueños sensuales que no son eróticos. Que los nombres pudieran ser Manuel, Moisés, Mirta, Carlos o Cristina o Silvia por la importancia. Esos nombres sonaban bien en mi cabeza. Puedo querer a un perro, a una gata, gustar de una torta de cumpleaños, amar una música y al rocío o contemplar la belleza de un volcán en erupción desde lejos. Esto último es contradicción, lo sé. Es un horror por sus efectos desastrosos. Ya ves, la lava del volcán me hizo roca.

 

Quizá fue un sueño osado. Volver la cabeza hacia atrás y querer un paisaje de mar, de nieve, de arenas blancas, de montañas y bosques. Como si toda la geografía de la tierra pudiera concentrarse en un punto. Un Aleph es imposible.

 

Vamos a lo concreto. En cientos de páginas habrás leído lo ideal que precede en este escrito. Todo pasa y nos pasa hasta rompernos como vidrio.

 

No perdimos tiempo. Nosotros nos perdimos en el tiempo y lo mismo da para serendipias en tanto hay espacios que confluyen.

¿Te gusta mi teoría? “Somos nosotros que nos perdemos en el tiempo”.

Buen viaje y a ese mar lo siento próximo aunque no pueda verlo.

Bueno, no quiero ser tan larga. Debo volver a mi condición de estatua. Debo ingresar a la boca de la noche por los pliegues de la piedra y dormir parada. El ruido del tránsito se oye a pocos metros, pero duermo sin escucharlos, y por ahora, sin taparme las orejas.

 

A la mañana siguiente una estatua fue removida de la explanada por entorpecer el tránsito.

 

Siempre

quiero irme

¿Adónde?

“Sigamos, viene fácil la cosa”

Pudo haber pensado M.C. Escher mientras dibujaba sus estructuras imposibles

 

Los caminos, los aeropuertos, las rutas, las vías de trenes que se cruzan, ejercen una fascinación que atribuyo a nuestra memoria ancestral de nómadas. Como direcciones hacia lugares alejados y exóticos pero también tienen el encanto de que alguna de ellas es el regreso a tu casa.

Entre todos ellos, los aeropuertos son la medida de tu insignificancia. Quizá por ser más artificiales. Grandes cubos divididos en otros cubos, escaleras mecánicas, corredores, pantallas, altavoces que vienen de cualquier lado, las largas filas ante los mostradores de las aerolíneas, y desde las ventanas, solo ves pistas de aterrizajes. No hay más que imaginar la inquietud de estar en un aeropuerto y sin el fetiche que es tu teléfono.

17.4.26

Patios, por Cecilia Bainotto

  

Voy al patio

 

El lugar donde termina la casa o el lugar que rodea a la casa. A la mañana, a la tarde o a la noche, el patio cambia por efecto de la luz. En ese lugar el afuera se concentra entre las medianeras.

 

¿Habrá patios que se parecen por las plantas, por las macetas, por las puertas y ventanas que dan a él? Sí. Pero hay una disposición de las cosas en ese espacio que contará cosas diferentes.

 

Tuve un patio que era el “otro patio”. La  casa tenía uno más chico y arreglado, pero ese otro tenía un limonero, un ciruelo, una higuera, un olivo, una covacha al costado en la que jugábamos a la casita y un palomar. Mi padre amaba las palomas mensajeras y la madera y dibujar con carbonilla.

 

Luego tuve otro patio en el sur de Argentina. La medianera estaba bordeada de álamos que, con el viento y a la noche, parecían traer voces del más allá, “buenas noches, dormí tranquila” me decía vaya a saber qué finada o finado que jamás conocí en vida. Durante el día la cosa cambiaba. Varios corderos comimos allí “asado, con chapa arriba y con chapa abajo”. Una exquisitez compartida con mis vecinos de apellido Redl que habían llegado de Puerto Montt. Los alemanes y los criollos juntos son muy divertidos. Parecían reuniones en Baviera.

 

Tiempos de viajes con las valijas más o menos listas.

 

También tuve un patio en Temperley que era compartido con una vecina. Ella había sido Miss Reina de belleza de no sé cuál concurso. El título le quedaba grande en ese momento pero insistía y creía que una era súbdita en el arreglo del patio. Al poco tiempo me fui y olvidable lo que antojaba bonito. Tiempos en los que hacía entrevistas y vendía avisos notables y de reunión en reunión.

 

Aunque Temperley era hermoso visto desde el balcón. Un lujo ese departamento en el que mi compañero puso mano en detalles decorativos. No faltaba la sierra, el destornillador, la perforadora y los pinceles, hasta que un martillazo mal dado, rompió su reloj pulsera. Dijo: ¡Basta! Desde allí fuimos hacia otro patio con todos los bártulos. Tiempos de derroche menemista y comprar lo que querías en Easy o Carrefour.

 

El patio estaba en El Trébol, un lugar magnífico en Ezeiza. El campo de Golf a pocos metros y más allá se construía la autopista hacia el Aeropuerto. Era enorme ese patio con una elevación al fondo cubierta de lavandas, al costado una pileta. En uno de los lados del terreno, Carlos levantó una casita de estilo nórdico para los dos perros blancos. Tenía un quincho rústico con piso de ladrillos y techo de paja. Una mesa de algarrobo y bancos de la misma madera. Los cercos eran de ligustrina. Recuerdo que en ese lugar recibí un mensaje escueto que decía: “Papá está muy grave, no creo que sobreviva”.

 

Entre los patios hubo balcones y terrazas antes de llegar a los patios finales. Corríamos por pasillos de Facultades. El país transitaba ficciones que no acabaron bien. Tiempos de viajes con los perros de la nieve hacia la nieve. Bellos viajes pero regresábamos agotados.

 

Uno de los últimos patios estaba ubicado en pleno centro de la ciudad en la que vivo actualmente. Lo incómodo es que a un costado había un paso para automóviles porque funcionaba como cochera. Fue muy complicado ese patio con un pedazo de calle tan cerca y era deprimente por horas con el ajetreo. “Buen día, soy Hugo. ¿Hay lugar disponible?” Esa monserga se repetía y pasar 7 horas en un trabajo cómodo podía hasta resultar   beneficioso. La tranquilidad menguaba en pos del negocio.

 

Muchas noches escuché partes de diálogos, sin querer, de la gente que dejaba el automóvil. Hasta alguna amenaza de un hombre a su mujer por la que no dormí tranquila. La alarma se disparaba. La de los automóviles y las de las conversaciones detrás de las ventanas. No fue un patio que disfruté. Mamá murió inesperadamente. Gozaba de una buena salud.

 

La mudanza nos llevó a otro. Un patio selvático con un gallinero al fondo como muestra de que ex dueños recogían huevos frescos y tenían dedos verdes asombrosos por ese vergel tan variado. Lo bueno fue que el río estaba cerca, y a la noche, pileta en el patio con un trago de colores. Nunca estuve tan bronceada y la remera dejaba ver los hombros, los vestidos las piernas, y las ojotas los pies que no le iban en saga al bronceado del resto. Tiempos en los que podía competir con Mercedes en el color de la piel y en los atuendos de colores.

 

Del patio selvático pasamos a este, en el que vivo hoy. Hubo que hacer muchas reformas. Trabajamos como artesanos sin serlo. Sacamos divisoria de rejas para que el espacio resultara más grande, las rejas fueron soporte para una glorieta, el piso se cubrió de baldosas rojas, las paredes de color bermellón resaltaban las aberturas blancas y el farol del mismo color. Las luces cálidas aportaban encanto. Terminamos agotados y esa extenuación fue definitiva.

 

No obstante, es un placer estar en el patio. Ha pasado gente. Escuchamos música en vivo durante los carnavales. Hubo juegos de mesas, conversaciones y planes de viajes mientras las gramíneas decorativas crecían como olas con los vientos.

 

Entre los patios que tuve, ¿cuántos patios me separan de aquellos? ¿Cuántos patios me separan del tuyo, del patio de él, de los patios de ellos y los de ellas? Incalculables distancias que se concentran en un punto imaginario. Senderos de contornos más o menos definidos por los que la vida transita. Los recuerdos, los olvidos, las omisiones, los imposibles y los posibles, merecen estar en esos patios así sean plegados y doblados como una tela sobre la silla. Si después de todo y con justicia, los soliloquios eran por donde el día decantaba en ese rincón de la casa.

 

 

Dilemas

 

–Entrabas…

–No. Lo que vos dejabas entrar.

Eterno dilema

debajo de las sábanas.

 

 

Siempre

 

Lo único que sabíamos que éramos sosias de una hermosa casa. Entre conversaciones y mates, al atardecer, recostados sobre el Yin, nos defendíamos. Con una inyección en la vena y un orificio oculto de intolerancia despertamos primitivos. El desacato fue descomunal y apareció el moderador con precisas advertencias. El olor a madera quemada, restos de cenizas en el aire y el piso cubierto de polvo imposible andar descalzos. Algo se movía con bronca en el lugar más susceptible de cada uno. Todos los vidrios de las ventanas filtraron la noche. Siempre se espera que la concreción de las cosas suceda dentro de años y la realidad nos sorprendió en un cerrar y abrir de ojos. Después fue lo de tu padre, y el disparo de nuestras muestras de laboratorio. El mundo como nunca se quedó sin ojos. Todos quedamos medio tuertos pero te vi en el Café Montaigne “Al atardecer recostados sobre el Yin nos seguimos defendiendo. No lo olvides Aniuska porque es verdadero”

 

 

 

Estuve allí

 

Fue ese abismo

Con rocas ásperas

de volcán

inactivo

Podía arrojar lava

en cualquier momento

En esa isla estábamos advertidos.

Comenzamos a comer todo

de lo poco

para no morir

de hambre

En esa isla imaginaria

estábamos advertidos (también)

que la historia podía

no ser cierta

Quizá fue una de las historias

más verdaderas

Fui musgo o alga

o parecida

¿Tuve miedo?

¿Qué tuve y qué no?

De lo primero

un sueño

durante la noche

con olas encrespadas

sobre arrecife

de templo deformado

Un faro de

Intensa luz

en el océano oscuro

Nada malo podía pasar

en la isla arcaica

a tientas

a punto de rompientes

sin coser cuerpos descompuestos

sin sacros puntos de reverencias

con un poema a medio terminar

hoja de papel

sobre el verde

pegado a la roca

Estuve ahí.

 

 

18.3.26

Entre moros y muros, por Cecilia Bainotto

 

Te cuento lo que pasa desde que te fuiste a cuidar campos. Al atardecer, pienso que regresas al pub porque te gusta ese chill out citadino del After Office.

Todo sigue igual y… no. Llegó la IA más escandalosa de que la que viste antes de abandonar la red. Mi grupo es restringido en el pequeño negocio.

Estos son los contactos; serios, divertidos, poetas, escritores –algunos reconocidos– y fotógrafos. Es más, mucha gente que antes pasaba por el negocio se mudó a otros barrios. Así nombro a los muros. Te muestro fotos, escritos, poesías y reels con capturas.

–¿Tu desconfianza por las redes está latente? Antes te movías como pez en aguas profundas.

Detrás de los muros veo que en unos y en otros se congrega gente de acuerdo a gustos y se reencuentran en otros muros parecidos.

Los comentarios o las charlas se entrecruzan en el transporte de material para el propio. Son iglesias en las que se convalidan las creencias.

Es más o menos decir “Dios los crea y ellos se juntan” y no escapamos de ese apotegma.

¡Ah! Aquel del teléfono y luego el otro... Me habían dicho que gustaban de las playas y buscaban las perlas en las conchas. Las abrían, las olían, pasaban sus lenguas hasta quedar exhaustos. Escupían el bivalvo si estaba en etapa reproductiva. Solo la perla era el valor del collar que se colgaban para la foto.

No los vi nunca más.

A uno de ellos lo recuerdo mucho. Supe organizarme alrededor de su contorno. Tengo la mirada verde mar y su aliento pegados en la nuca. Una brisa en el núcleo imprime la mueca de gozo primitivo en mi cara, inesperadamente, clavando el reloj a la misma hora.

El que trabajaba en el parque de diversiones, y vendía las anillas de latas de bebidas al odontólogo parece haberse perdido en el tren fantasma. Pregunté a Daniel, el buscador de autores en las librerías de viejos. 

–Desconozco –respondió.

El parquero era muy preciso en las lecturas y también en las devoluciones. Por él empecé a leer con interés a Di Benedetto y lo prefería a Saer. Nos pasábamos recetas de cocina también. Una amiga se fue de este enjambre siguiendo lo que muchos hacen: tomarse vacaciones con otros trabajos.

Al ajedrecista lo encontré y no pierdo la esperanza de retomar clases de ajedrez.

Una amiga hermosa murió y a veces nos consolamos con Tom, con quien la despedimos en un abrazo de congoja justo el día de la madre.

–Dale, contame, qué es de tu vida.

–¿Cómo fue tu día de caminata, lo de las ocupaciones, el descuido del agua y el bonito paisaje?

Entiendo, con esa gente resulta difícil tratar. Muy metidos en proyectos que le van como anillo al dedo, y encima, sobornables.

–¿La señora tragasables sigue con el atragantamiento en el Ayuntamiento?

Lanzás una carcajada mientras mostrás tu sable de esgrima calificado, datado College, clase burguesa alta.

Te decía que nada diferente en el negocio. No obstante, pasan cosas. Más con la guerra entre Irán y USA. Es un video juego de Battlefield casi. Igual con Malvinas y los Sea Harrier que mirábamos por tevé. Después, la guerra contra el terror en el Golfo, después la captura de Gadafi, después Ucrania y Rusia...

Las redes arden con imágenes que se repiten y hasta el aparato es alcanzado por el dispositivo de propulsión. Se tilda cada tanto.

Los misiles son enormes supositorios u otra forma más fálica, si se te ocurre. Es un espectáculo dantesco. Cada explosión es grito, llantos, muerte, destrucción y el silencio que llora un perro aterrorizado acurrucado en un resto de pared. El bombardeo virtual trepana las cabezas al igual que los relumbrantes proyectiles transforman todo en escombros; cuerpos y poblaciones.

¡Cuánta disonancia entre los que están en la guerra y nosotros aquí, tan cools y para el culo! Contás tu impotencia que es el moscardón de tu hamacada angustia.

–La historia está entretejida con traiciones –reflexionás medio filosófico.

Te veo apurar el mate y chupar ansiosamente. Más serio, decís que existe un gen que nos predispone a la traición.

¿La epigenética no cuenta?

–Sí –respondés.

Suena el celular y lo apagás rápido. En el mío entra un audio con un comentario favorable por algo que hice. Lo comparto para que lo escuches. Decís algo y percibo cierta molestia de tu parte.

Una sensación de desconfianza con forma de diablo quisquilloso nació entre nosotros.

De ahí en más, no sé con certeza cuál es la proporción en cada uno del mecanismo de defensa. El tono de la voz lo refleja y empezamos una guerra.

No deja de ser pena que la cosa se resquebraje. Aún sin ser pareja, amigos con sus vidas respectivas, parece que a veces nos cuidamos para no perdernos el uno al otro. Coincidimos en esto.

Bien, otro día seguiré con el relato si me abandona el dolor de cabeza y a vos la angustia. O si aprendemos a pilotear con turbulencias.

–¿Qué podemos hacer? –te envío telepáticamente la pregunta con intención de aliviar un peso. También sacudirnos polvillo de molestias.

Al terminar de escribir esto, llega un mensaje en mi teléfono. Es tuyo. Una foto de advertencias sobre egolatrías y validaciones:

–¿Te gusta?

–¡Ja!

 

 

 

Un viaje de jubilados (incómodo)

 

 

“Un poema es poca cosa...”

¿Es tan poca cosa? 

¿Cómo puedo decir lo que siento 

cuándo una Hilux impresionante

corre a un perro para matarlo en la ruta?

¿Cómo puedo decir que a un niño en el tren

lo transforman en vendedor? 

No tiene más de cinco años 

Un viejo lascivo le mira la entrepierna 

¡Son todos mis niños!

Lo invita a comer una porción de pizza

y después un helado

Así quiero chiquito, ¡así!

“Un poema es poca cosa…”

¿Cuándo un colibrí provoca tormenta en las hojas?

Ahí ascienden los versos 

pero no se premian esos versos

¿Está de moda la angustia?

Si nada importa…

¡Vamos que nos vamos!

dice el chófer del bondi

El último que subió está en el filo del estribo

a un minuto de caer sobre la calle

parece un perro medio asustado

y pasa una Hilux impresionante 

Es oscura, 

igual que la mirada

estrellándose contra el asfalto 

“El bosque urbano alberga   intenciones aviesas

que no se encuentran en el bosque natural”

piensa alguien detrás de la vidriera de un bar

de Rivadavia y Medrano.

La vida tiene un cuchillo que pasa

de mano en mano

son pocos los que no tienen  

un oculto cuchillo mezquino

La vida es física pura 

y una cosa lleva a la otra:

a una acción un resultado.

–¿Jugamos a ser mariposas?

–¡No te olvides de su aleteo!

–Querido … ¿será posible olvidar

lo inacabable? 

Vamos, debo lavar la ropa.