4.7.15

Dromedarios, por Sergio Rienzi



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 Debajo del árbol frondoso de la noche  
dromedaria
nadie le acaricia las hojas
porque nadie llega tan arriba
ya nadie trepa árboles
y en los árboles ya no se hacen casas
pero una noche de estas podríamos esbozar una
quién pudiera
ponerle una peca
una escama
a esta noche
como un pedazo de madera vieja.

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 Es el flanco izquierdo
de un ojo dromedario
cíclope
herido por el sol en retaguardia
que da de lleno en la nuca
en parte de la espalda
y en el pino de Murgiondo
a tan solo unos cuarenta metros
del otro lado de la tarde y de la calle,
vereda de enfrente,
como suele decirse cuando
algo-alguien está en una posición enfrentada a uno
y ese pino
está ahí
yace ahí
está ahí en terreno baldío
y sigue creciendo,
sobrevive,
nos sobrevive sabiendo
y recibiendo lluvias
y tempestades
y soles austeros
y otros violentos
con tal de que un ojo herido
se regocije
en él
pero a él qué le importa:
si no conoce laderas montañosas
ni medianeras del corazón
ni lo que es derramar un poco
con cada sorbo de café
con cada azúcar-partícula
que se cae y se pierde en una mesa
y si el pino-Murgiondo
fuera alfil
ya hubiera atravesado
la diagonal del ojo
cíclope
para siempre
pero no es alfil:
es solo un pino alegre,
inmenso.

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 Es la resistencia
del árbol
luminoso
de la vida
al asecho del otoño
y esas hojas verdes carnosas, pulposas,
se aferran
a las ramas dromedarias
como si escaparan
de un naufragio.

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 Afuera
anochece
pero nada se marchita,
nada puede marchitarse
todavía
el mundo es demasiado joven
demasiado dromedario
para nosotros
y esta noche
es una víspera.