Había un fondo y un agua tibia. En el espacio de
afuera (porque el fondo y el agua tibia eran una especie de unidad con el
cuerpo), sonaba el piano desenfrenado de Keith Jarret en el concierto en
Colonia. Entonces, ya sumergida (y la inmersión en el baño y en el sueño van
juntas), hago jugar la música con el agua: hundo una oreja mientras la otra
recibe el afuera, después las alterno, luego las hundo a las dos. Entonces, el
concierto bajo el agua es otro: está lleno de ruidos orgánicos donde juegan los
cuatro elementos: como si elefantes y felinos corrieran por alguna enorme
planicie en busca de agua después de una lúgubre sequía; como si monumentales
cigüeñas surcaran cielos lejanísimos, incluso el sonido de látigo manso que
deja en el aire una ardilla cuando pasa de un árbol a otro; después un crepitar
rápido y sonoro como de leños al fuego en una chimenea antigua en una casa de
techos muy altos.
Después cierro los puños y ahueco las manos en el
centro. Semisumergidas, parecen dos montañas enfrentadas y en centro, la sombra
de los huecos que he creado, en los que en otro tiempo me sumergía para
quedarme en lo oscuro, ahora semejan cuevas profundas en las que el agua ha ido
formando cristales que, entre los reflejos del agua y la luz de las velas,
estoy segura de ver.
Entonces me interrumpe la gente, que en el
concierto de Jarret lo aplaude con merecido fervor, y recuerdo que antes, una
bocina que oficiaba de alarma de un auto (mil veces maldito), estuvo sonando
durante una hora y media sin parar, mi pobre humanidad pidiendo amparo en la
locura que me falta.
Entonces recuerdo el paisaje de un loco: un campo
de Van Gogh con todos los verdes posibles que es exactamente el lugar por donde
quiero retozar, revolcarme ahora, entre el pasto y ese olor húmedo y lleno de
verdes como el cuadro de Van Gogh. O el paisaje del único cuadro de Gauguin que
me gusta, Martinica; plumajes
psicodélicos, colores y luces imposibles que creí haber leído en el libro del
mismo nombre de André Bretón y el pintor surrealista André Masson. Demasiado
color adentro y afuera las velas que danzan según el aire que las roce.
Todo
eso ve el cuerpo que flota. Pienso que alguien fue capaz de sostener alguna vez
todas mis alegrías tienen una coartada.
También lo sostengo: a veces como un ensayo, otras (las mejores) en carne viva.
Cada vez mientras sea.