25.10.11

Cuestionario Marcel Proust… a Ricardo Iorio





¿Cuál es el colmo de la miseria?
Perder la vergüenza.

¿Dónde querría usted vivir?
Donde vivo.

¿Cuál es su ideal de la felicidad terrestre?
Cada lechón en su teta es el modo de mamar.

¿Con qué errores tiene la mayor indulgencia?
Con el vicio escapista.

¿Cuáles son los héroes de novela que prefiere?
Los épicos.

¿Cuál es su personaje favorito de ficción?
El Zorro.

¿Cuáles son sus heroínas favoritas de la vida real?
Eva Perón.

¿Su pintor favorito?
Quinquela Martín.

¿Su músico favorito?
Edmundo Rivero.

¿Su cualidad preferida de los hombres?
La solidaridad.

¿Su cualidad preferida de las mujeres?
El amor maternal.

¿Su virtud preferida?
Paso.

¿Cuál es su ocupación preferida?
Conductor de automóviles.

¿Quién habría amado ser?
Juan Manuel de Rosas.

¿El rasgo principal de su carácter?
Perseverancia.

¿Su sueño de felicidad?
Navegar en la razón.

¿Cuál sería su mayor desgracia?
El exilio.

¿Eso que querría ser?
Quien soy.

¿El color que prefiere?
El naranja.

¿La flor que más le gusta?
La colza.

¿El ave que prefiere?
El hornero.

¿Sus héroes en la vida real?
José Ignacio Rucci.

¿Sus heroínas en la historia?
Juana Azurduy.

¿Sus nombres favoritos?
Luán, Hultracán y Atreucó.

¿Qué cosas detesta por encima de todo?
La traición.

¿Personajes históricos que más desprecia?
Stalin.

¿El hecho militar que más admira?
La Vuelta de Obligado.

¿La reforma que más admira?
No sabe no contesta.

¿El don de la naturaleza que quisiera tener?
El de la calma y la paciencia.

¿Cómo le gustaría morir?
Haciendo lo que quiero.

¿Estado presente de su espíritu?
Alerta.

¿Cuál es su lema?
Piensa mal y acertarás.

23.10.11

El tomate se siembra en septiembre, por Santiago Blanco






Escuché Hermética por primera vez cuando tenía 14 años, en la casa de mi amigo Patricio Figueroa, el tema Otro día para ser me enfervorizó en ese mismo instante, después me pasó lo mismo con la banda entera. Pero ya eran sus últimos tiempos. Conocí a Ricardo Iorio cuando se mudó al campo, enfrente de donde por entonces me fui a vivir. Mi padre me presentó como un fanático suyo o como el fanático tuyo de mis hijos, creo que fue esa la expresión y el loco me dijo que después pase por su casa a tomar algo, lo hice y desde entonces se creó una fuerte amistad. Me acuerdo de una vez que llevó 100 km a una pareja que hacía dedo en la ruta, pero en dirección contraria a la que él iba, eso no lo hacen muchos; o de encontrarse con gente humilde y llenarles el auto (llenar literalmente) de fideos, salchichas, pan o golosinas, para esos chicos que en toda su vida comieron como mucho tres caramelos. No sé si es grandeza la palabra, pero en esos momentos me pregunté por qué nunca lo hice yo o qué bueno sería si uno se propusiera realmente hacer cosas así.

Dependiendo del día, Ricardo Iorio encaja mejor en el perfil de anarquista ingobernable o en el de predicador cristiano. Tres adjetivos que creo lo describen en su justa medida: dadivoso, leal y carismático. Sé que detesta la mentira, la falta de lealtad en la amistad y a los que anteponen el dinero o el amor por los animales antes que el amor por las personas. Porque hay gente que si te ve pateando un perro te hace una denuncia pero cuando una madre en una esquina hace trabajar a sus hijos de dos, tres, cuatro o cinco años, miran para otro lado y no hacen nada o suben el vidrio y dicen que ya les dieron a los de la cuadra anterior, como si los pobres fuesen una organización y al que le diste dos cuadras atrás fuera a compartirlo.

No lo llamaría un hombre de campo, diría que es un criollo, porque criollo es tanto el que planta un alambrado, bolea un potro o planta semilla como el que escribe un verso con criolla conciencia, porque hombre de campo es cualquiera que se compra un campo y lo que valoro de un gaucho o un criollo es que reúnen muchas cualidades que una persona que vive lejos de sus vivencias no logra valorar o percibir, como el hecho de dar la mano sin esperar nada a cambio, o trabajar para el amigo que precisa, solo por el asado, el vino y un rato compartido.

Creo que Ricardo Iorio es representante del metal pesado argentino, sin dudas. Para mí es el número uno, porque armó la primer banda de heavy –V8–, la más popular del heavy nacional –Hermética– y hoy en día están más que vigentes con Almafuerte, que de no ser porque mantienen una discográfica independiente y confrontan muchas veces con quienes son los dueños de las radios, por ejemplo, y otras gentes que no gustan de sus verdades, serían mucho más populares. No creo que la temática de sus letras sea ecologista, sí nativista, porque mantiene la memoria de la matanza del indígena o la falta de educación que le dan a los nativos que sobrevivieron a esa matanza y hoy escuchan reggaeton o cumbia en un barrio del conurbano, sin saber que tal vez sean descendientes directos de caciques importantísimos. También creo que si sos una persona a la que muchos escuchan o leen, es muy importante que tu mensaje signifique algo, que podés mandar un mensaje de respeto hacia vos mismo, sobre la revalorización de la identidad nacional o simplemente que el tomate se siembra en septiembre y se traslada en noviembre, en un metro cuadrado en el jardín de tu casa y que con esa planta come toda la familia. Lo que sea pero útil. Creo que la proliferación del “menea niña” y del “de reversa mami de reversa”, es intencional por parte de las personas que quieren mantener en la ignorancia a una nación para concretar con eso planes que no deben ser nada buenos porque si lo quisieran pasarían música con un mensaje más positivo. Creo que un autor tiene que ser claro para que lo entienda hasta el más ignorante, o al menos, pintar una realidad, que aunque mala, sirva para algo bueno.

Gracias a Ricardo llegué a José Larralde y no encuentro un tema de Larralde que lo haya hecho en vano, sin un mensaje o una enseñanza. Me parece que Herencia para un hijo gaucho es más importante que el Martín Fierro y que deberían hacerlo conocer en las escuelas en lugar de hacer cantar un tema de un cubano exiliado en Europa diciendo que perdió un unicornio o que se quedaron sin falopa y ninguno se anima a ir a comprarla.

15.10.11

Bukowski - Notes of a Dirty Old Man

"Dear Mr. Bukowski:
You say you began writing at 35. what were you doing before then?

E.R."



"Dear E.R.
Not writing."




Charles Bukowski. Notes of a Dirty Old Man. 1969.

9.10.11

Entrevista a Henri Meschonnic realizada por Antoine Jockey

Las entrevistas a Henri Meschonnic son pequeños poemas sueltos que habría que ir reuniendo. Ponerlas en un libro y dejarlas andar. Son un fragmento de su obra. Que vamos poniendo en PALABRAS AMARILLAS. Publicarlas es un gesto. Traducirlas también. Nunca dejaremos de insistir: traducir Meschonnic es un trabajo en curso, un hacer. En tiempos de "mantenimiento del orden" literario sus entrevistas, sus artículos sueltos, nos permiten respirar. En el bosque del lugar común, de la convención, de las consignas devotas de los especialistas, estas incursiones son perlas que ningún mar se tragará. Como diría Macedonio Fernández: "Trabajan en abierto misterio."
HS



Aparecida en la revista Missives
en Junio del 2007



¿La elección del título de su ensayo, Celebración de la poesía, no es irónico en la medida en que, para usted, la poesía en lugar de ser un acto de celebración, como muchos poetas lo piensan, es un acto de transformación de nuestra relación con el mundo y por consiguiente con la vida misma, por la gracia del ritmo?

Henri Meschonnic: Desde luego que es un título irónico, pero es más que eso, es una reflexión sobre las relaciones entre escribir un poema, leer un poema y toda la historia de la poesía. También, me di cuenta de que cuando pronunciamos la palabra poesía, no nos damos cuenta de que decimos cinco incluso diez cosas diferentes a la vez. Es una verdadera cacofonía inaudible. Hay un conocimiento histórico de la poesía, porque está la poesía en el sentido de “stock”, es decir toda la historia de la poesía, de las poesías, de la poesía en cada cultura con toda su historia. Pero el problema del poema por escribirse es que es un poema que no puede mirar hacia la historia de la poesía, porque si lo hace, se convierte en amor a la poesía, lo que inevitablemente lleva a repetir la poesía ya escrita. Por eso digo, y parece un juego de palabras pero es mucho más que un juego de palabras, que el amor al arte es la muerte del arte. El poema por leerse y el poema por escribirse tienen dos enemigos: la poesía misma, en el sentido de la poesía del pasado, y la filosofía a causa de su concepción del lenguaje. Desde que se escriben poemas, los poemas fueron siempre los que reinventaron la poesía. La poesía nunca dejó de ser inventada por los poemas. Pero cuando miramos la poesía con amor, se produce un efecto perverso, nos ponemos a escribir sobre la poesía, admirando la poesía y la celebramos. Es lo peor que le puede ocurrir a un poema, tal como lo defino y que no tiene nada que ver con algo formal, las formas fijas, los metros, las rimas. La historia de la poesía no es la misma en todas partes. En la antigua poesía china no hay ninguna oposición entre la métrica y la prosa, y esta oposición es una cosa que también tuve que criticar, porque la definición de la poesía por la métrica es definir la poesía por la forma, por el verso, y ya Aristóteles sabía que los versos no son la poesía. Entonces ¿qué es la poesía?

O más bien ¿qué hace que un poema sea un poema? Y cuál es la razón principal, según usted, que hizo que una cohorte de grandes poetas franceses (Yves Bonnefoy, André du Bouchet, Jacques Roubaud, Michel Deguy, Emmanuel Hocquart, Christian Pringet, Jean Michel Maulpoix, André Velter…) pasaran de largo, tal como usted lo expone en este ensayo?
H.M.: Bonnefoy y los poetas que giran alrededor de su órbita se conforman con nombrar las emociones, y el Oulipo y los poetas experimentales apostaron a la coacción formal. Pero las dos tendencias se parecen a la poesía y corren detrás de ella, porque cada una separa forma de vida y forma de lenguaje. Ahora bien, el poema sólo tiene oportunidad de producirse si es la transformación de una forma de lenguaje por una forma de vida, y la transformación de una forma de vida por una forma de lenguaje. Ahí es donde lucho contra la oposición entre el lenguaje y la vida. No nos damos cuenta de que al oponer el lenguaje a la vida, según la tradición filosófica, oponemos una representación del lenguaje a una representación de la vida. Pensar, es transformar el pensamiento, es intervenir en el pensamiento, de lo contrario, y es una expresión que me queda de la guerra de Argelia, es “el mantenimiento del orden”. Mi definición es anti-formal, la poesía para mí es la actividad de un poema. Y definí el poema como la transformación recíproca del lenguaje y de la vida. El poema transforma la vida, es decir la visión de la vida, la concepción de la vida y por consiguiente la concepción de la ética y de la sociedad. Es por eso que un poema, para mí, no es en primer lugar un acto poético sino un acto ético, es decir un acto que me transforma, a mí como sujeto, pero que también debe tener, si es un acto que me transformó como sujeto, un efecto de continuidad en el lector y transformarlo a su vez. Un verdadero poema transforma al lector. No es un criterio simple, fácil o formal para hacer la diferencia entre un poema y algo que es una imitación de la poesía. Pienso en Reverdy que hacía una diferencia entre los medios y los procedimientos, los medios son los que transforman al arte mientras que los procedimientos son los que imitan al arte. En un poema hay que hacer la diferencia, como en cualquier obra de arte, entre algo que nunca fue hecho y que es esta transformación mutua de la obra y la vida, y lo que ya ha sido hecho.

Una gran parte de las figuras poéticas que acabo de citarle, y que representan a casi todas las tendencias del paisaje poético francés, son maltratadas en este ensayo porque esas figuras, según usted, no llegaron o pasaron de largo respecto a su definición de la poesía o de lo que según usted hace un poema. ¿Un poeta, puede, él solo, apropiarse la verdad de la poesía y expulsar a los otros poetas a su periferia sin caer en el exceso?
H.M.: Lo que yo digo no es la verdad de la poesía, es una estrategia de lectura y de escritura, es decir una manera de reflexionar y de actuar que trata de reconocer los funcionamientos del lenguaje y de situarse, de diversas maneras, históricamente en el lenguaje y en la sociedad. Lo que implica volver a pensar eso a lo que llamamos lenguaje. A la vez, llego a una crítica de eso que llamo la heterogeneidad de las categorías de la razón. Ahí, me sitúo en la historia del pensamiento también, en referencia a lo que se llama la Escuela de Frankfurt (Horkheimer, Adorno), gente que pensó algo nuevo. Es verdad que ellos se pretendían neo-marxistas, pero opusieron a la teoría tradicional una tradición crítica que implica una interacción entre todas las categorías del pensamiento mientras que la teoría tradicional consistía en una regionalización de las categorías del pensamiento que están representadas exactamente en nuestras disciplinas universitarias, es decir el lenguaje para los lingüistas, la literatura para los especialistas de la literatura, la filosofía para los especialistas de la filosofía, con sub-especialidades técnicas que, en sí mismas, son perfectamente admisibles y necesarias. Lo que critico desde hace décadas es esta autonomía o separación entre las disciplinas y sus sub-categorías. Es creer que el pensamiento es una cómoda donde cada categoría está ordenada en un cajón. Ahora bien ¿qué da eso? El estudio de un poema según esta teoría consiste en abrir el cajón de la métrica con el fin de estudiar la métrica, luego en cerrar el cajón, después en abrir el cajón del léxico y mirar las palabras, luego en cerrar el cajón, etc. Para mí, eso es un horror absoluto. En filosofía es lo mismo, están los especialistas de la Ética que se ocupan únicamente de la Ética, están los especialistas de la Estética… Todas estas especialidades tienen una historia, una necesidad, pero también límites, y el problema cada vez es la regionalización del pensamiento. Eso es la teoría de Horkheimer y de Adorno. Pero hago la crítica de esa teoría también, porque hay algo que está completamente ausente de lo que pretendía ser una teoría crítica, y es la teoría del lenguaje. Planteo que es necesario volver a pensar las relaciones entre el lenguaje, el arte, todas las artes, pero en principio las artes del lenguaje (o los géneros literarios) y la ética, la política y lo político. Lo que llamo teoría del lenguaje –expresión que saco de Saussurre– cabe enteramente en la noción de interacción, y tomo la noción de interacción de Guillaume de Humboldt. Esta teoría se apoya en la interacción entre el lenguaje, el arte, la ética y lo político de tal manera que invierto completamente las oposiciones tradicionales, como entre lenguaje poético y lenguaje ordinario. Para mí, el lenguaje poético no existe, sólo existe el lenguaje a secas. Lo que cuenta en una obra de lenguaje, mucho más de lo que ella dice, es lo que ella le hace al lenguaje y a la vida, pero de tal manera que ambos se vuelvan inseparables. Lo que ella dice es inseparable de su manera de hacerlo de lo contrario sencillamente no habría lo que se llama literatura, no habría obra.

¿Qué le molesta en poetas como Bonnefoy, Deguy…?

H.M.: Mi crítica no es masiva. En los poetas que usted cota critico ciertas cosas. En la poesía de Yves Bonnefoy, por ejemplo, hay cosas bellas pero desde el comienzo, aunque me gustaron sus primeras rimas poéticas, me dije: es curioso, tengo la impresión de haber leído esto en alguna parte, y era en Pierre-Jean Jouve. Hay una influencia muy grande de este poeta en la poesía de Bonnefoy. Jouve es un creador que inventó sus poemas, igual que Reverdy y muchos otros. En cuanto a Michel Deguy, de él también me gustaron mucho sus primeros poemas, hice el prefacio en 1973 de una de sus recopilaciones de poemas. Éramos amigos, pero nos alejamos mutuamente, él se volvió cada vez más heideggeriano. Y conozco el peligro de este filósofo sobre el cual hice un libro que llamé El lenguaje Heidegger, y eso equivale en él a una poesía de la poesía, es decir a una esencialización de la poesía…

En efecto, usted también critica en este ensayo la permanencia de una gran parte de la poesía francesa en el discurso heideggeriano acerca del habitar poético del mundo y sus metáforas espaciales y visuales que nos llevan a una esencialización de la poesía y a su facultad nominativa… Ahora bien, “El poema lo hacen la escucha y la oralidad como forma-sujeto. No es la visión. No es lo visible” Pero ¿no pueden aparecer las dos dimensiones conjuntamente en el poema?
H.M.: Contrariamente a Paul Claudel que dijo: “El ojo escucha”, yo digo, en la poesía, es el oído el que ve. Tomo como punto de partida una observación que me parece muy hermosa, de la Guía de los perplejos de Maimónides. Éste saca dos ejemplos de los profetas bíblicos, uno en Amos y el otro en Jeremías y dice: leo en Amos: “Veo una cesta de frutos de verano, quiere decir que el fin de los tiempos va a llegar”. Ahora bien, Maimónides hace notar que una cesta de frutos de verano se acerca fonéticamente en hebreo a la palabra que significa fin de los tiempos. Por consiguiente, es puramente auditivo. Es una palabra que hace pensar en otra palabra. Eso se presenta en el discurso del profeta como una visión, pero en realidad es una audición entre las palabras. El otro ejemplo, es: “Veo una rama de almendro”, quiere decir que estoy velando. ¿Cuál es la relación? La relación es que la rama de almendro, una vez más, se acerca fonéticamente en hebreo a la palabra que significa vigilia. Maimónides vio, en estos dos ejemplos, cómo funcionaba la profecía. Eso se presenta como una visión pero en realidad es una relación entre las palabras que hace que una palabra llame a otra palabra que se le parece. Las dos palabras se hacen eco, y una hace pensar en la otra. De alguna manera, creo que se podría decir que hay, aunque la poesía no es la profecía, algo análogo en el funcionamiento del poema. Mallarmé dijo, en 1891, en su respuesta al cuestionario literario de Jules Huret: “La poesía no consiste en nombrar sino en sugerir.” Fue uno de los conflictos poéticos que tuve con Deguy, porque para él eso es antigualla “simbolarda”. Para mí se trata de la intuición de un universal de la poesía, quiero decir que esto, aun sin que los poetas lo sepan, y tampoco aquellos que reflexionan sobre la poesía y que leen y aman la poesía, es algo que funciona siempre y en todas partes, aun cuando se lo ignore. Así pues, para mí, la diferencia entre nombrar y sugerir es capital. Todo aquello que describe es del orden del nombrar. Pero eso que describe, eso que cuenta no es un poema. Puede haber en los poemas elementos narrativos, pero una vez más es preciso que eso se tome en un conjunto que es mucho más que una narración simple o un relato o una descripción. Eso me conduce a hacer una crítica de lo que se llama el sujeto. Desde hace algunos años hay en francés una expresión de moda, bajo la influencia de los psicoanalistas, la cuestión del sujeto. Entonces, un poco en broma, porque siempre hace falta un poco de humor en la reflexión, yo pregunto ¿de qué sujeto se trata? Porque en materia sujetos cuento una docena, y ninguno escribió un poema, ni el sujeto filosófico, ni el sujeto psicológico, ni el de la ciencia, ni el de la técnica, ni el el de la etnología, tampoco el sujeto que inventó Diderot, el de la felicidad. Y es importante poner en esta lista al sujeto de la felicidad sobre todo cuando se piensa en Heidegger que reduce toda la cuestión del sujeto al psicologismo, porque se ve en todos los sujetos que enumeré, que hay muchas cosas más que el psicologismo. Dicho de otra manera, hay una reducción simplificadora y extremadamente abusiva de la cuestión del sujeto en Heidegger. Y además, hay un sujeto capital que no debemos olvidar, es el del derecho, sobre todo cuando uno piensa en la reducción al sujeto como dominador que hace Heidegger. El sujeto del derecho es el artículo 1° de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 1789: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales ante la ley en derechos”. Pero los hombres de 1789 sabían muy bien que no es verdad (risas). Entonces, ¿qué enunciaban? Enunciaban un principio que tendría que existir en el plano ético, y que, de cierta manera, existe pero en un plano puramente abstracto como un universal. Es también interesante porque eso permite entender la diferencia entre lo universal y la universalización. Es lo singular que está en todos lados lo que es universal, que no hay que confundir con la universalización de un modelo occidental. Lo universal se confunde a menudo con la universalización del modelo occidental, por ejemplo en el Japón donde se propuso, a partir de 1868, no imitar a Occidente, sino superar la modernidad. Era el eslogan japonés. Entonces, cuando se trata de construir locomotoras o todo lo que es técnico, sí, por supuesto. Pero eso no puede aplicarse al arte. Los novelistas japoneses pensaron que para hacer novelas era absolutamente necesario haber leído a Balzac, a Dostoievski, a Tolstoi, y volvieron a hacer un poco la misma cosa, así como los pintores chinos rehacen desde hace cierto tiempo la pintura impresionista y la de los Fauves. Llegamos a otro par de sujetos: el sujeto locutor de la lengua y el sujeto del discurso. Es muy importante distinguirlos, porque todavía son pocos los lingüistas que hacen esta distinción. El sujeto locutor lo inventa de alguna manera Saussure. Todos los seres vivos son locutores de su lengua sin saber cómo funciona, y sin tener necesidad de saberlo. Un niño de tres años habla su lengua sin saber que habla esta o aquella lengua o cómo funciona tal como podría explicarlo un lingüista, o un gramático o un lexicólogo. Todos los adultos normales en todas las lenguas del mundo son exactamente como un niño de tres años, es decir que no tienen necesidad de saber cómo funciona su lengua para hablarla. Así pues, también ahí hay una forma de inconsciente del lenguaje, de la lengua. En cuanto al sujeto del discurso, noción que también existe en Saussure, el que la inventó y divulgó fue Émile Benveniste. ¿Qué es el discurso Benveniste? Es la manera en la que aquel que habla, escribe, o enuncia algo, se sitúa en su propio lenguaje. Ahora bien todos somos sujetos del discurso. Es por eso que el discurso es algo distinto a la lengua. El discurso es la manera de inscribirse en el lenguaje. El último sujeto es el sujeto freudiano, o el del psicoanálisis, es decir el inconsciente. Pero todos somos sujetos freudianos. Hay muchos profesores o estudiantes de letras que utilizan el psicoanálisis y sus conceptos para intentar comentar, reflexionar sobre un texto literario sin darse cuenta de que al importar, es decir al trasplantar conceptos que vienen del psicoanálisis a un texto literario, no hacen más que volver a encontrar lo que ellos ponen ahí. Se pueden encontrar prácticamente todos los sujetos en cualquier texto literario, incluso el sujeto freudiano, pero no porque se encuentren conceptos psicoanalíticos éstos hacen el poema o la página de prosa. Entonces, hice una lista de todos estos sujetos, no hay ninguno que haya escrito un poema. Todos estos sujetos están muy bien, son funciones del individuo, todos nosotros tenemos estos doce sujetos en nosotros mismos, pero también está lo que llamo el sujeto del poema, que no es el autor, porque eso nos llevaría al sujeto psicológico, o sociológico o incluso ético. Es una banalidad saber o decir quién escribió el poema. El sujeto del poema es la subjetivación radical del discurso…

Usted dice: “El hombre vive semióticamente en esta tierra.” Con relación al decir de Hörlderlin…
H.M.: En efecto, este famoso pasaje de Hölderlin fue muy citado, sobre a través de la interpretación de Heidegger. Yo digo que es todo lo contrario, es el problema heideggeriano del habitar poético. Critiqué a algunos poetas contemporáneos franceses no solamente por sus poemas sino por su ideología de la poesía y por la “heideggerianización” de su pensamiento acerca de la poesía: la poesía como una esencia, la lengua como una esencia. La poesía tiene dos enemigos: la poesía y la filosofía. El enemigo mayor del pensamiento del lenguaje, del pensamiento de la poesía, del pensamiento de la literatura, es la concepción del lenguaje que reina universalmente, pero sobre todo en Occidente, desde Platón, y que se apoya en eso que los lingüistas llaman el signo, o sea el dualismo interno de la noción de lenguaje y de la lengua que hace que palabra sea la unidad, pero la palabra es también sonido y sentido. El sentido y la manera en la que la palabra se compone fonéticamente no guardan relación entre ellos y tampoco ninguna relación con la cosa designada. Ahora bien, este dualismo interno no es solamente un dualismo, es una heterogeneidad radical entre los dos componentes, es decir que está la forma y está el contenido, y de ahí sale toda una serie de dualismo y heterogeneidad de las categorías. La heterogeneidad entre la forma y el contenido es catastrófica para pensar un poema. Pero es lo que reina en la estilística por ejemplo y en la manera tradicional y escolar de leer y analizar poemas: está el sentido, o el contenido, luego está la forma. La consecuencia de esta heterogeneidad es la misma que hay entre la carne y el espíritu, entre la voz y el escrito, la letra muerta y la letra que mata (risa), el individuo y la sociedad, el lenguaje y la vida…
El signo entonces no sólo es el modelo lingüístico de la oposición entre el sentido y el sonido, entre la forma y el contenido, es el lugar de una serie de dualismos que tienen una forma lingüística, una forma filosófica (la oposición entre la palabra y la cosa), una forma teológica, una forma sociológica, política y por consiguiente ética. Y es por eso que, para mí, el lenguaje no pertenece a los lingüistas. Se vive semióticamente en la tierra porque lo que reina es el signo, es el dualismo generalizado, inclusive en los modelos democráticos. Mi enemigo mayor es el signo. Hice una crítica del signo y de toda la declinación que eso supone, y por consiguiente de la separación entre el lenguaje, la política y la ética. Eso me llevó también a hacer la diferencia entre lo sagrado y lo divino.

Hablando de lo sagrado, usted se subleva contra “todo lo sagrado del continuo entre las palabras y las cosas” presente en el discurso de Bonnefoy. ¿Pero la poesía de este último no se da por tarea ininterrumpida la interrogación de la ausencia de las cosas en las palabras, lo que nos lleva al “sugerir” de Mallarmé?
H.M.: No pienso que la poesía de Bonnefoy se interese en interrogar la ausencia de las cosas en las palabras. Él cree que habla de la poesía, y no se da cuenta que habla del signo, porque lo que él llama esta ausencia de las cosas en las palabras es exactamente la definición del signo para los lingüistas. Eso pasa por la representación del lenguaje en Hegel. Yo decía que tenemos la concepción del lenguaje que viene de Platón, así como la concepción del ritmo, y hay una relación entre las dos, entre la noción tradicional de ritmo, que es un binario también entre un tiempo fuerte y un tiempo débil, y la noción binaria del signo que es una forma y un contenido. Tampoco hay que olvidar todo lo que los filósofos contemporáneos le deben a Hegel para su concepción del lenguaje. En su Fenomenología del espíritu Hegel define la palabra no solamente como la ausencia de la cosa, sino como el asesinato de la cosa en la conciencia. Para pensar como Hegel, es necesario no solamente que la cosa esté ausente, sino que en la conciencia se haya matado a la cosa. También allí se trata exactamente del signo, y es lo que critico en un cierto número de poetas: ellos creen que hablan de la poesía, pero no se dan cuenta que están hablando del signo.

Usted ubica a Bonnefoy y a Deguy entre los imitadores de la poesía, entre aquellos que la tergiversan porque substituyen una fábula (lo sagrado) a la historicidad radical del lenguaje, de los discursos, de los poemas. Ahora bien, para usted, lo sagrado es una aniquilación del lenguaje, del sujeto y de la poesía…

H.M.: Es por eso que sacralizan la poesía, que la esencializan y que implican la esencialización del lenguaje que hay en Heidegger, porque, a la vez, ya no hay sujeto. Y efectivamente, Heidegger se saca al poeta de encima, analiza el poema pero diciendo a la vez que el sujeto es la lengua. Hay una frase de Heidegger que reúne todo lo que dicen un buen número de poetas franceses que hacen de ella su moneda corriente: “La lengua habla. El hombre habla solamente cuando le responde a la lengua”. Lo que quiere decir que la lengua es el sujeto. Ahora bien, la lengua no tiene sujeto, es una abstracción. La única realidad es el discurso. Dicho de otra manera, de la lengua sólo conocemos discursos. También es hacer la diferencia entre el lenguaje, que es la manera de expresarse, y la lengua que es el sistema social de expresión del lenguaje de una nación o de un grupo humano. Lo malo para la poesía es creer que se habla de de la poesía mientras que se habla de la lengua, es decir que no se piensa la noción del sujeto del poema. Llamé a uno de mis libros Heidegger o el nacional-esencialismo porque lo notable en él es una esencialización de la poesía, una esencialización de la lengua alemana tal como sólo la lengua alemana, en la descendencia directa del griego antiguo, es la lengua de la filosofía, y sobre todo una esencialización del nacional-esencialismo o del nazismo. Dicho de otra manera, Heidegger tiene acerca de la ideología de Hitler una posición que en relación a Hitler mismo es hiper-radical, de tal manera que se distanció a la vez que continuó pagando su cuota al partido hasta 1945. Esencializó la germanidad. Desde este punto de vista, considero a Heidegger como un expresionista alemán, como se dice para los artistas alemanes de los años 20. El expresionismo alemán también es una manera de reaccionar contra el desamparo extremo que el tratado de Versalles de 1918 le infligió a Alemania. La desdicha en la que se sumergió a esta nación fue el punto de partida de esta actitud revanchista. El expresionismo alemán partió de un sufrimiento extremo que se expresa de una manera soberbia en los poetas alemanes de esa época. Son los poetas los que expresaron un sufrimiento extraordinario pero que también pensaron el ritmo, y ahí hay una gran diferencia con el dadaísmo y el surrealismo francés, ya que el surrealismo sólo pensó la imagen. Por consiguiente, pienso que este sufrimiento está en el origen de la esencialización extrema y en cadena que hace Heidegger. Hay una sola esencialización que falta en Heidegger, es la ética.

Se le da una gran importancia a la proximidad entre poesía y filosofía, a través de la obra de Bonnefoy, de Jacottet, de Deguy. Ahora bien, usted dice “la filosofía devora a la poesía. Se la incorpora. De esta manera, a la vez que a veces la adora, también la anula, como Heidegger (…) ya que no es únicamente una forma y una parte de la hermenéutica (que no ve más que cuestiones de sentido y de oscuridad).”

H.M.: Tengo ahí un ejemplo patente, ante mis ojos y mis oídos, es Derrida. En Francia es un filósofo extremadamente admirado, extremadamente globalizado, en los Estados Unidos es el único que existe. Ahora bien, leí mucho a Derrida y leí mucho a Heidegger. No estoy para nada de acuerdo con Jean-Emmanuel Faye que al final de su libro dice que no hay que leer más a Heidegger. Por lo contario yo digo: hay que leerlo de otra manera, a través del criterio de la oposición entre realismo y nominalismo, porque eso cambia todo: la concepción y la visión del poema, de la lengua, del lenguaje, de la ética y de la política. Derrida para mí está muy influido por Heidegger y lo demostré hace mucho tiempo en un libro que llamé El signo y el poema. Es Heidegger pero sin las comillas. Me detendré solamente en una frase de Derrida que no le perdono, dice: “un poema es filosofema”, es decir ¡un poema es un fragmento de la filosofía! Y lo que critico en algunos poetas franceses es una imbibición de Heidegger que ellos reconocen a duras pena. En los años setenta, Deguy me decía: “¡Como sabés, me alejé mucho de Heidegger!” De hecho, se acercó cada vez más. Y es triste porque eso influencia no solamente su manera de pensar sino también su manera de escribir. En lugar de ir hacia su propia sencillez, como una suerte de depuración, él va hacia una mayor complicación, incluso de su gramática, inventa una gran cantidad de palabras y no termina las frases.

Usted dice: “hoy la tarea de pensar el poema sería la de pensar Humboldt, quiero decir de ese modo pensar la interacción entre lengua y pensamiento, pensar el continuo –cuerpo-lenguaje, lengua-obra. Esta tarea es poética, ética y política.” En dos palabras…

H.M.: Lo que reina en la representación del lenguaje universalmente es el discontinuo del signo con toda su declinación sociológica, política, etc. Lo que llamo el continuo es algo que no está prácticamente pensado. Mis colegas lingüistas no se dan cuenta de que no son saussurianos sino estructuralistas. Siempre critiqué el estructuralismo que es un encadenamiento de contrasentidos sobre Saussure. Ahora bien, este último dijo: “sobre el lenguaje no hay más que puntos de vista”. El signo no es la naturaleza del lenguaje, es solamente una representación, una representación que oculta que es una representación pero que se enseña en los departamentos de lingüística en la universidad como si fuera la naturaleza y la verdad del lenguaje. Es lo que hace que el continuo sea difícil de pensar. El continuo hace que yo parta del poema para pensar todo lenguaje, en lugar de oponer el lenguaje poético al lenguaje ordinario. ¿Por qué parto del poema? Porque lo definí como la transformación de una forma de vida por una forma de lenguaje y viceversa, como una relación de interacción entre el lenguaje y la vida, en el lado opuesto a todo lo que hacen los filósofos y toda la tradición filosófica. Es el continuo entre el lenguaje y la vida, pero eso quiere decir también que es el continuo entre el cuerpo y el lenguaje. Hay que pensar la relación entre el cuerpo y el lenguaje. Esta relación se conoce perfectamente en cuanto a la palabra hablada. Los sociólogos del comportamiento saben muy bien que uno habla con las manos, que uno habla con todo el cuerpo, que la manera de sonreír no tiene el mismo sentido en el Japón y en Europa, que hay una física corporal del lenguaje. Nos expresamos con el cuerpo. Pero ¿qué queda del cuerpo en un poema? En un poema, no hay carne, no hay neuronas. Uno no puede biologizar el lenguaje como lo hacen las ciencias cognitivas actuales. En el lenguaje escrito, el cuerpo no puede ser más que la rítmica. El ritmo es el representante de la física de la expresión en lo escrito. Pero no el ritmo en el sentido tradicional de la oposición dual entre lo pleno y lo vacío, entre un tiempo fuerte y un tiempo débil, no. Redefino el ritmo como la organización del movimiento de la palabra en el lenguaje. Por otra parte eso incluye la métrica. Y desde este punto de vista, vuelvo a encontrar a Aristóteles que dijo: “los metros son partes de los ritmos.” Pero eso incluye todos los otros ritmos: el ritmo de ataque consonántico, el ritmo de oposición (si es la primera palabra de una frase o la última), el ritmo sintáctico, prosódico. Todos esos ritmos hacen un continuo que es la subjetivización del sujeto del poema en un sistema de discurso. El sujeto del poema es la subjetivización de todo eso. Hay una frase corta y muy simple de Péguy que lo dice maravillosamente: “De lo que escribí, todo es signo.” Es una manera de decir que se reconoce un fragmento de Proust, de Éluard… Evidentemente, eso supone una cultura poética, una cultura literaria pero también un volver a pensar el lenguaje.

En lugar de definir la modernidad poética como una ruptura y una transgresión de los academicismos, usted sostiene que ella no se opone al pasado y que más bien ella es la capacidad de continuar actuando en el presente de toda situación histórica.

H.M.: Escribí un libro que apareció en 1988 con el título de Modernité, modernité. Repetir en este título la palabra “modernidad” era una manera irónica de decir que desde que se dice la misma palabra una segunda vez no se dice exactamente la misma cosa. En este libro hice una crítica de toda una serie de confusiones entre la modernidad filosófica, es decir el reconocimiento de que hay un sujeto del pensamiento y un objeto del pensamiento (con Descartes), y la modernidad artística, dicho de otra manera la modernidad en Baudelaire que es algo distinto a la modernidad filosófica según Descartes. Baudelaire tiene una forma magnífica, para él la modernidad es “sacar lo eterno de lo transitorio”. Lo que me hace decir, que en arte, el primero en haber pensado la modernidad fue Baudelaire. Esta modernidad no tiene nada que ver con la modernidad científica y tecnológica o la modernización de la vida social. Critiqué también una concepción que ya Octavio Paz criticaba, la confusión entre lo moderno, por un lado, y lo nuevo que envejece con el tiempo. Y lo que tomé de Baudelaire es una definición de la modernidad como una actividad. Y ahí me refiero de nuevo a Humboldt que opone actividad y producto. La mayor parte de las obras de una época son productos de la época, y en tanto que tales, mueren con la época, mientras que la actividad continúa siendo activa en el presente. En ese sentido, diré que Homero todavía es moderno porque continúa siendo activo. El éxito contemporáneo, o incluso la indiferencia, no significan nada. El olvido de la posteridad tampoco prueba nada. Des luego, cada obra tiene su historicidad y pertenece a su época, a su cultura y a su lengua, pero un pequeño poema del siglo VIII, por ejemplo, incluso traducido, puede seguir siendo bello y activo.

¿Qué responde a la crítica de una doctorante que se asombra de que con una visión tan exigente de la poesía, usted no encontró cómo respirar en los blancos de Du Bouchet? Ahí donde usted no ve más que vacío asfixiante, ella siente el aliento del poeta.

H.M.: (se ríe): Hay que mirar la sintaxis. Lo que pasa con Du Bouchet o con otros es el efecto del “Golpe de dados” de Mallarmé, es decir el papel de los blancos para aislar palabras y dar una importancia propia a cada grupo separado al punto que a veces hay muy pocas palabras sobre una página. El problema es que el “Golpe de dados” de Mallarmé es la obra de alguien, lo dijo él mismo, “sintaxiado”, está construido “sintácticamente”. Ahora bien, en los poemas de Du Bouchet los blancos desempeñan un papel de esencialización del poema. Se trata de palabras aisladas sintácticamente y que, a la vez, para mí, caen totalmente en la categoría del “nombrar”. No hay más “sugerir”, es decir que hay palabras tomadas, cada una, absolutamente, y que por siguiente no son más que una nominación.

Interesante el otro aspecto paradójico de celebración de la poesía, el de la poesía, como forma o como coacción, métrica o no métrica (Roubaud, después el Oulipo), al que usted describe como caricaturalmente neoclásico en el momento en que esta forma se instala como una de las más representativas de lo contemporáneo, que se cree la modernidad.

H.M.: La prueba de la paradoja es la representación del ritmo que hay en Roubaud. Escribe en un libro llamado Poésie etcetera: ménage, que no hay ritmo en la prosa. Dicho de otra manera, para él, el ritmo es únicamente métrico. Está metido totalmente en esa confusión que se remonta a Platón, y hace lo contrario de lo que decía Aristóteles (los metros son partes de los ritmos; se pueden escribir versos y no es poesía). La oposición que se puede tomar por una cosa evidente, concreta e indiscutible, la oposición entre el verso y la prosa hace mucho tiempo que fue definida por la etimología misma de las palabras: el verso en latín es versus que también quiere decir el surco trazado por el campesino que sube y desciende, luego vuelve a subir y a descender. Dicho de otra manera, el verso es lo que se reproduce indefinidamente igual, mientras que la prosa en latín es prosa, es decir el discurso que avanza. Ahora bien, es falso porque ya en los oradores griegos del siglo V antes de nuestra era, había una métrica de prosa, es decir una organización del final de fraseo que era ritmada. En latín, es un poco parecido. Ya en ellos, no existía esta oposición tan absoluta que la tradición ve entre verso y prosa.
También esta oposición determinó la idea de que el verso es el dominio mismo del ritmo, que no hay ritmo sino en los versos, y que la prosa está desprovista de ritmo. Es lo que repite Jacques Roubaud. Ya, los especialistas franceses del siglo XVIII sabían que hay ritmo en la prosa. Y cuando uno mira en la enciclopedia de Diderot y D´Alembert, el artículo sobre el ritmo muestra bien que es la organización del soplo en la frase. Y Roubaud continúa creyendo que no hay ritmo más que en el verso.
Por último, de esta oposición entre verso y prosa se pasó a la oposición entre poesía y prosa, lo que ya suponía que se confundían los versos con la prosa, con una definición sólo formal de la poesía. Esta oposición entre la poesía y la prosa, que pudo funcionar durante siglos, recién fue problematizada en el siglo XIX a partir del poema en prosa.
Hay un texto que me gusta mucho del poeta Shelley, es un ensayo que escribió en 1817 con el título de Defensa de la poesía y en el cual dice: “Es un error vulgar oponer escritores en verso a escritores en prosa”, lo escribió incluso antes del nacimiento del poema en prosa.




Traducción: Hugo Savino

1.10.11

Apollinaire - La cave de M. Vollard

El sótano de M. Vollard




Cerca del bulevard, en la calle Laffitte 8, había, antes de la guerra, una boutique, un verdadero agujero donde se apilaban los cuadros de pintores contemporáneos y el polvo reinaba por todos lados.

Durante la guerra, cerró. M. Vollar, probablemente, renunció a su comercio para abandonarse completamente a la fantasía de ser escritor y a la redacción de sus recuerdos sobre los pintores y autores que frecuentó. No se olvidará de hablar de su sótano, que fue famoso de 1900 a 1908, época durante la cual renunciaba a comer en "su sótano de la calle Laffitte" porque se había vuelto muy húmedo.

Todo el mundo escuchó hablar de este famoso hipogeo. Era tan bueno ser invitado a almorzar como a cenar allí. Asistí, por mi parte, a algunas de esas comidas. Con las paredes revestidas con azulejos y totalmente blancas, el sótano parecía un pequeño comedor monástico.

La cocina era simple, pero sabrosa; manjares preparados según los principios de la vieja cocina francesa, todavía vigente en las colonias, platos de cocción larga, a fuego lento y condimentados con aderezos exóticos.

Podemos citar, entre los asistentes a estos ágapes subterráneos, en primer lugar, a una gran cantidad de mujeres bellas, y luego a M. Léon Dierx, príncipe de los poetas; el príncipe de los dibujantes, M. Forain; Alfred Jarry, Odilon Redon, Maurice Denis, Maurice De Vlaminck, José-Maria Sert, Vuillard, Bonnard, K. X. Roussel, Aristide Maillol, Picasso, Émile Bernard, Derain, Marius-Ary Leblond, Claude Terasse, etc., etc.

Bonnard pintó un cuadro que representa el sótano y, ahora que lo recuerdo, Odilon Redon figura en él.



Léon Dierx estuvo en casi todas esas comidas. Fue allí que aprendí a conocerlo. Su visión ya era débil. Aquellos que lo vieron en la calle o en las ceremonias poéticas que presidía con tan majestuosa serenidad no tienen idea del buen humor del viejo poeta.

Su alegría no disminuía, salvo cuando recitabamos sus versos y había, casi siempre, algún joven que, levantándose repentinamente, le soltaba, en la cara, una de sus poesías.

Una noche, Mme Berthe Raynold había recitado uno de sus poemas y lo había hecho tan bien que el príncipe de los poetas no se había enojado. Pero cuando uno de los comensales, que pretendía, sin embargo, saberlo todo al dedillo sobre Paris y la poesía de su tiempo, preguntó en voz alta: "¿Es de Lamartine o de Victor Hugo?", hizo falta que M.Vollard contara veinte historias sobre la naturaleza de Zanzibar para que M. Dierx se decidiera al volver a sonreir.

Léon Dierx contaba, con complacencia, historias de la época en la que estaba en el ministerio. Hacía su trabajo pensando en la poesía. Una vez, debía escribirle a un archivista de subprefectura y, en lugar de Estimado Archivista, escribió Estimado Anarquista, lo que causó un gran escándalo en la subprefectura.

Los pintores preferidos de Léon Dierx eran Corot, Monticelli y Forain.

Una noche que salíamos del sótano de M. Vollard, el Principle de los Poetas me invitó a encontrarnos en su casa de Batignolles. Me recibió con amabilidad.

En las paredes, los Decamerones pintados por Monticelli están al lado de los croquis de Forain, y los personajes antiguos y diversos de uno parecían fusionarse con las siluetas modernas y espirituales del otro para formar una corte extraña y lírica para este príncipe casi ciego de la aristocrática República de las letras.

Parnasiano, era indulgente hacia los poetas de todas las escuelas (es así como lo nombraron las personas del país de la poesía).

"Todas las teorías pueden ser buenas –decía–, pero sólo las obras cuentan".

Se expresaba con reserva sobre las letras contemporáneas, pero si le sucedía pronunciar el nombre de Moréas, su voz se elevaba, y adivinábamos que una preferencia secreta determinaba su elección, si es que había que elegir un soberano.

También me dijo:

"Nuestra época de prosa y de ciencia conoció a los poetas más líricos. Su vida, sus aventuras constituyen la parte más extraña de la historia de nuestro tiempo.

"Gérard de Nerval se mató por escapar de las miserias de la existencia, y el misterio que rodea su muerte todavía no fue explicado.

"Baudelaire murió loco, ese Baudelaire del que conocemos tan poco de su vida, independientemente de las biografías y de los editores epistolares. ¿No hemos hablado de sus vicios y sus amantes? Ahora aseguramos que, en sus Memorias, Nadar se esforzó por demostrar que Baudelaire murió virgen.

"En este mismo momento, un poeta de primer orden, un poeta loco deambula por el mundo... Germain Nouveau dejó un día el liceo donde profesaba el dibujo y se hizo mendigo, para seguir el ejemplo de San Benito Labre. Fue luego a Italia, donde pintaba y vivía de la venta de sus cuadros. Ahora, sigue las peregrinaciones, y supe que había pasado por Bruselas, Lourdes, África. Loco, es mucho decir, Germain Nouveau es consciente de su estado. Este místico no quiere que lo llamemos Loco ni Poverello lírico, quiere que, en su presencia, no utilicemos otra palabra que Demente.

"Ciertos amigos publicaron algunos de sus poemas; como él había renunciado a su nombre, pusieron en el libro esta indicación mística como un nombre de religión: P. N. Humilis. Pero su humildad se vería afectada por dicha publicación, si la conociera".
Léon Dierx volvió a encender su pipa de espuma. Agitó su bella cabeza de larga cabellera blanca.

"Germain Nouveau todavía puede pintar –dijo–, no ya no puedo hacerlo. Mi vista disminuyó al punto que estoy casi ciego. Ya no puedo leer los libros que me envían. Antes, me distraía pintando. Y no conozco nada más feliz que la vida de un paisajista...".

Este príncipe que venía de las islas a hacerle lugar a otro príncipe de los poetas, Paul Fort, apenas mayor que nosotros.



Fue en el sótano de la calle Laffitte que se compuso el Gran Almanaque Ilustrado. Todo el mundo sabe que los autores son Alfred Jarrey en el texto, Bonnard en las ilustraciones y Claude Terrasse en la música. En cuanto a la canción, pertenece a M. Ambroise Vollard. Todo el mundo lo sabe y, sin embargo, nadie parece haber notado que Gran Almanaque Ilustrado fue publicado sin nombres de autores ni de editor.

La noche en la que imaginó casi todo lo que compone esta obra digna de Rabelais, Jarry aterrorizó a aquellos que no lo conocían pidiendo, después de cenar, el tarro de pickles que comió con glotonería.

Numerosos comensales ancianos añorarán este pintoresco rincón de París, la bóveda blanda de este sótano donde, cerca del boulevard, disfrutábamos de una gran tranquilidad y sin ningún cuadro en las paredes.




Guillaume Apollinaire, "La cave de M. Vollard" en Le flâneur des deux rives, 1928.


Traducción: Flavia Cogliano Jalabert.

24.9.11

Cuestionario Marcel Proust… a Toto Nievas





¿Cuál es el colmo de la miseria?
Contestar este tipo de preguntas.

¿Dónde querría usted vivir?
En la ladera de una montaña con toda la tecnología disponible a mi alcance.

¿Cuál es su ideal de la felicidad terrestre?
La libertad.

¿Con qué errores tiene la mayor indulgencia?
Aquellos originados en la pasión.

¿Cuáles son los héroes de novela que prefiere?
Los vengativos.

¿Cuál es su personaje favorito de ficción?
El Conde de Montecristo.

¿Cuáles son sus heroínas favoritas de la vida real?
Las madres que crían a sus hijos, cocinan para sus maridos y apenas viven sus vidas.

¿Su pintor favorito?
Renoir.

¿Su músico favorito?
Mozart.

¿Su cualidad preferida de los hombres?
La inocencia.

¿Su cualidad preferida de las mujeres?
La perseverancia.

¿Su virtud preferida?
La paciencia.

¿Cuál es su ocupación preferida?
Ser nadie.

¿Quién habría amado ser?
Atila.

¿El rasgo principal de su carácter?
Intolerante.

¿Su sueño de felicidad?
Poder tolerar.

¿Cuál sería su mayor desgracia?
Que se corte la luz.

¿Eso que querría ser?
Granjero.

¿El color que prefiere?
El que da el sol cuando amanece, y el que da el sol cuando anochece.

¿La flor que más le gusta?
Jazmín.

¿El ave que prefiere?
El águila.

¿Sus autores favoritos en prosa?
Sidney Sheldon.

¿Sus poetas preferidos?
Jorge L. Borges, Alfonsina Storni, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Antonio Machado.

¿Sus héroes en la vida real?
Las madres de familia.

¿Sus heroínas en la historia?
Todas las mujeres que existieron por haber soportado la esclavitud a la que fueron sometidas por los hombres.

¿Sus nombres favoritos?
Juan y María.

¿Qué cosas detesta por encima de todo?
La falta de entendimiento. El abuso de la inteligencia de unos para lograr objetivos sobre la ignorancia de otros.

¿Personajes históricos que más desprecia?
Todos aquellos que en nombre de causas nobles abusaron de su poder y sometieron a torturas y muerte a millones de inocentes.

¿El hecho militar que más admira?
La firma de la paz.

¿La reforma que más admira?
Todavía no la he visto.

¿El don de la naturaleza que quisiera tener?
El de la simplicidad.

¿Cómo le gustaría morir?
Drogado.

¿Estado presente de su espíritu?
Decepcionado.

¿Cuál es su lema?
Seguir aquello que uno no entiende.

18.9.11

Una chica Adicta, por Mirta Nicolás






Para Hans Yegros


¿Dónde está esa chica que pretendía ser moderna entre recetas robadas de clonazepam y discos de Siouxsie and the Banshees? ¿Qué será de esa que conoció a los Adicta allá por el ‘99 en Buenos Aires y los siguió a Niceto, Alternativa, Cemento? Cuando Toto hacía de telonero para Babasónicos salía con medias de red, botas rojas y lentejuelas rosas. Me acuerdo de una musculosa que tenía blister de Bayaspirina cocidos. Innovaba. Iba a ver a Toto porque era un show visual. Bailaba sobre el escenario como una odalisca en trance. Le decían Toto Manson porque era pura autodestrucción y no le importaba nada. Cuando presentaron Miedo, ocho años atrás, tiraron plumas al final del recital. Nieve de plumas de boa. Después vino el cuero. Ahora se cumplen diez años. Rudie dice: Matame si creés que hago algo que ya escuchaste de mí. El poema de sus canciones. Traerás un huracán a despertarme, la lluvia sabe de mí y sabe la verdad. Porque no se repiten mientras otras bandas encontraron la maquinita de hacer hits y entendieron cómo pegarla en la radio. Adicta sufre los defectos de sus virtudes. La idea es de Jean Cocteau. Yo era una chica adicta a los discos de Richard Helll & The Voidoids, The New York Dolls, las drogas sintéticas y el champagne importado. Pasó mucho tiempo. Sigo escuchando Adicta. Toto ahora sale con saco y corbata negra, camisa blanca y anteojos de sol. Los rulos le quedan muy bien. Fui a verlos al Rojas, al N/D Ateneo, a Devoto, Ramos y Lomas de Zamora. Están por salir de gira por todo el país. Toto-bailarina-pavo-real acaricia con agudos mis oídos. Ahí están sus canciones para siempre. Estuve loca con Adictism, electrónico, bailable. El disco ganó un premio importante. Pero eso no debería importarle a nadie más que a ellos. Si mañana viniera a mi casa un extraterrestre, y yo, desde mi más plena, desolada y adulterada subjetividad, tuviera que explicarle qué clase de libros se escriben en mi país, orgullosa, le daría a leer Melodías argentinas de Milita Molina. ¡Eso es literatura! Y si me preguntara por el rock vernáculo, le daría sin dudarlo Una década adicta. ¡Eso es rock! Temas nuevos, originales, remezclados y regrabados. Es la mejor banda argentina de los últimos quince años. No sé dónde estará esa que pretendió ser libre y desprejuiciada entre recetas falsas y cd’s de los Cure y los Kinks, pero esa chica sigue escuchando Adicta.

14.9.11

No vas a ser astronauta, por Mariano Massone






Sobre No vas a ser astrounauta, de Ariel Idez, Pánico el pánico, (2010)



El cuerpo siempre es potencial, virtualizable. También, es un objeto sintomático. Las circulaciones y procesos que produce nuestro cuerpo (el yodo y la sal del mar, las achuras, la eyaculación) muestran un todo orgánico total.

No vas a ser astronauta de Ariel Idez es un recorrido clínico por el cuerpo. A través de sus cinco cuentos –como si fuesen nuestros cinco sentidos– entramos a un mundo de cuerpos potenciales, virtualizables pero también sintomáticos.

El primer cuento "La falla" nos muestra un hipocondriaco sadomasoquista que es cooptado por el síntoma. Este se le vuelve cuerpo. Rellena y virtualiza su cuerpo a través de arneses. Su autoflagelación pasa "los beneficios del corsé, posteriormente reforzado con arneses de acero". La zona activa de la enfermedad (el ano) lo coopta por completo y no hay solución para ese problema.

El segundo cuento "Modus Operandi" ofrece una secta de peatones suicidas que se brindan a los automóviles para que su cuerpo sea elevado por los aires. La ofrenda de esta secta es inexplicable. Es tan inexplicable que el Estado genera todo un mecanismo del horror, una bioética para que las personas no salgan de sus casas y se queden en sus guaridas temiendo cualquier "movimiento sospechoso" de este grupo de subversivos- peatones suicidas.

El tercer cuento "No vas a ser astronauta" produce una masturbación mirando películas pornográficas en internet, el cuento es una oda a la soledad de lunes a la noche, cuando tu esposa se fue a una fiesta y vos quedaste solo. Así, en segunda persona, como los libros Elige tu propia aventura, está escrito este cuentito, breve, de tres hojitas.

El cuarto cuento y el más largo del libro: "Carne" nos sumerge de lleno en una bioética de la carne -la comestible, la vacuna- y sus transformaciones según los momentos sociales de la historia Argentina. Cuenta la historia de Manfreddi, un cocinero-matarife que de buenas a primeras se ve trabajando en el Instituto Di Tella. Su material es la carne pero la carne en su contexto socio-ecónomico, en la Argentina de 1960-1970. Su crítica social pasa por para quiénes es dirigida la carne que se produce en la Argentina en esa etapa. ¿Será realmente para los obreros? ¿Quién se queda con el dinero de su producción? Manfreddi termina inmolándose.

Su última obra se produce de la siguiente manera: lo faenan a él. 1976.

El quinto cuento, también breve, cuenta el tránsito a nado por el mar. El cuerpo físico en su pura transparencia de sal y yodo. El mar infinito y dos cuerpos hermanos (el cuento se llama "Hermanos") nadando hasta el infinito y más allá. Siempre más y más.

Estos cinco cuentos muestran un recorrido por diferentes cuerpos que se van metamorfoseando según la situación socio-histórica en la que viven o el tránsito que causan, es decir, estos cuerpos se orientan hacia la virtualidad de su organismo. Todo sólido se desvanece en el aire y nuestros órganos no están excluidos de esa disolución con el tiempo pero tampoco nuestros órganos están excluidos de su potencialidad, el espacio del poder ser: poder ser sadomasoquista, poder ser suicida, poder ser masturbado, poder ser nadador, poder ser faenado. Es necesario tener memoria para recordar a Manfreddi y operar a veces de manera suicida como los peatones, nadar juntos a la par con un hermano o volverse sintomático como al que le falta porque no le encuentra la vuelta, como le decía un paciente a nuestro querido Jacques Lacan. Sin embargo, todo sadomasoquismo, por suerte, tiene una safe word, esa palabra que usan los que lo ejercitan, que sirve para decirle al otro que ya es demasiado golpe bajo.

7.9.11

Serguei Dovlatov - La camisa de poplín

Fuera de la propia lengua se pierde la posibilidad de ironizar y de bromear –dice Doblatov en un relato. Serguei Dovlatov es un escritor ruso emigrado en los 80's a E.E.U.U. que escribió obras como Los nuestros, muchos cuentos y el registro singular de su exilio en El oficio. Todos ellos nos tocan, nos sacuden, silenciosos y fuertes, de modo semejante a como lo hace Chejov. Bajo una superficie de aparente simpleza, leemos el horror. Presentar y explicar a Doblatov es inútil, que lo entienda el que pueda –como escribió un autor argentino. Un frío, blanco, terrible realismo es imposible de mostrar con otras palabras que con las del propio autor. Esta traducción de Irina Bogdachevski es parte de un proyecto mayor que incluye la edición del libro El oficio del mismo Dovlatov y un ensayo de J. Brodsky a la muerte del autor.

Laura Estrin




Mi mujer dice:
–Es una locura – vivir con un hombre que no se va sólo porque tiene pereza... Mi mujer siempre exagera las cosas. Aunque es cierto que yo trato de evitar las preocupaciones innecesarias. Prefiero comer cualquier cosa. Me corto el pelo sólo cuando pierdo el aspecto humano. Pero me lo corto al ras, para no tener que cortarme por otros tres meses.
Hablando bien y pronto, no tengo ganas de salir de casa. Quiero que me dejen tranquilo...
Tuve en mi infancia una niñera, Luisa Genrijovna. Ella hacía todo sin prestarle mucha atención, porque tenía miedo de ser arrestada. Una vez Luisa Genrijovna me puso pantalones cortos y metió mis dos piernas en el mismo pernil. Como resultado, anduve de esa manera todo un día.
Tenía cuatro años y recuerdo bien este caso. Yo sabía que no me vistieron correctamente. Pero me quedé callado. No quería cambiarme de ropa.
Ahora tampoco lo quiero.
Recuerdo muchas historias parecidas. Desde mi niñez soy capaz de aguantar cualquier cosa con tal de evitar trajines inútiles…
Hubo épocas en que bebía bastante. Y por eso vagaba por los lugares más insólitos. Eso hacía pensar a mucha gente que era muy comunicativo. Pero bastaba que me pusiera sobrio para que se esfumara toda mi sociabilidad.
Con todo esto, tampoco quiero vivir solo. No recuerdo dónde quedan guardadas las cuentas de luz. No sé lavar ni planchar. Y lo más importante, – estoy ganando poco.
Prefiero estar solo, pero al lado de alguien…
Mi mujer siempre exagera todo:
–Ya sé por qué sigues viviendo conmigo. ¿Lo digo?
–Y bueno, ¿por qué?
–¡Te da pereza, simplemente, salir a comprar un catre!
Como respuesta, yo podría alegar:
–¿Y tú? ¿Por qué no te compraste un catre? ¿Por qué no me has abandonado en los momentos más duros? ¡Tú, – la que sabe zurcir, lavar, aguantar a la gente desconocida, y lo más importante – ganarte el sueldo!...
Nos conocimos veinte años atrás. Hasta recuerdo que era un domingo. El dieciocho de febrero. El día de las elecciones.
Los propagandistas visitaban las casas. Trataban de convencer a los habitantes de ir a votar lo más temprano posible. Yo no me apuraba. En realidad, no había votado más que unas tres veces. Además, no fue por razones de disidencia. Más bien, por el odio a las actividades sin sentido.
Y de pronto se oye el timbre. En el umbral aparece una joven mujer vestida de campera. Con el aspecto de una maestra escolar, es decir, – un poco de solterona. Es cierto, que sin los lentes, pero con un cuaderno de tapas duras en la mano.
Ella miró en el cuaderno y pronunció mi apellido. Yo dije:
–Entre. Caliéntese un poco. Tome el té.
Me deprimían mis pies que se asomaban por debajo de la bata. En nuestra familia esta es la parte menos expresiva del cuerpo. Además, la bata estaba llena de manchas.
–Elena Borisovna –se presentó la muchacha– vuestra propagandista. Usted no ha votado todavía…
Esto no era mera pregunta, sino un discreto reproche.
Yo repetí:
–¿Quiere tomar un té?
Agregando por razones de decencia:
–Allí está mi mamá…
Mi madre estaba acostada, tenía una fuerte jaqueca. Lo que no le impidió dar un grito bastante alto:
–¡No se atrevan a comer mi turrón!
Yo dije:
–Tenemos aún tiempo para votar.
Y he aquí que Elena Borisovna pronunció un discurso totalmente inesperado:
–Yo sé que esta votación es una absoluta profanación. Pero, ¿qué puedo hacer? Debo llevarlos a su puesto de votación. Si no, no me dejarán irme a casa.
–Está claro, –dije– pero tenga cuidado. No la van a felicitar por semejantes palabras.
–Se puede confiar en usted. Yo lo entendí en seguida. Ni bien vi el retrato de Solzhenitzin.
–Es Dostoievski. Pero a Solzhenitzin también lo respeto.
Después desayunamos modestamente. Mamá de todos modos nos cortó un pedazo de turrón.
La conversación, naturalmente, tocó el tema de literatura. Si Elena nombraba al escritor Gladilin, yo repreguntaba:
–¿Tolia Gladilin?
Si se hablaba de Shukshin, yo especificaba:
–¿Vasia Shukshin?
Y cuando se habló de Ajmadulina, exclamé no muy alto:
–¡Bellochka!
Luego salimos a la calle. Los edificios estaban adornados con banderas. En la nieve se encontraban tirados los envoltorios de los caramelos. El portero Grisha se lucía con su sobretodo de paño.
Yo no quería votar. Y no porque tenía pereza, sino porque me gustaba Elena Borisovna. Ni bien terminemos todos de votar, la van a dejar volver a casa.
Fuimos al cine, a ver “La Infancia de Iván”. La película era suficientemente buena como para que yo reaccionara con condescendencia.
En aquella época yo alababa sólo películas detectivescas. Porque ellas me permitían aflojar mis tensiones.
Y a las películas de Tarkovski las elogiaba con indulgencia. Además, haciendo entender que Tarkovski ya hace como seis años espera de mí un guión nuevo.
Desde el cine nos dirigimos a la Casa del Literato. Estaba seguro que me encontraría con alguna celebridad. Podía contar con el amistoso saludo de Goryshin. Y con los abrazos ebrios de Wolf. Con las palabras pasajeras de Efimov o de Konetski. Si yo era, así llamado, “escritor joven”. Hasta Granin me conocía de cara.
Hubo tiempos en que en Leningrado había muchas celebridades. Por ejemplo: Chukovski, Oleinikov, Zoshchenko, Harms. etc. Después de la guerra quedaron pocos. Algunos fueron fusilados por algo, otros se mudaron a Moscú…
Subimos al restaurante. Pedimos vino, sandwiches, masas. Pensaba pedir un omelette, pero cambié de idea… Mi hermano mayor me decía siempre:
“Tú no sabes comer comida multicolor”…
Conté el dinero sin sacar la mano del bolsillo.
La sala estaba casi vacía. Sólo cerca de la puerta estaba sentado el condecorado Reshetov leyendo un libro. Por su aspecto tan fascinado se deducía que esta era su propia novela. Podría apostar que el título de la novela era: “¡Voy hacia vosotros, gente!”
Tomamos una copa, conté tres anécdotas de la vida de Evtushenko, que sucedieron, literalmente, ante mis ojos.
Sin embargo, las celebridades no aparecían. Aunque había cada vez mayor cantidad de visitantes. Se dirigió hacia la ventana el novelista Gorianski, crujiendo con sus prótesis. En el mostrador del bar se ubicaron los poetas Chikin y Steinberg. Chikin decía:
–Lo que mejor te sale, Boris, son tus agregados filosóficos.
–Y a ti, Dimitri, tus monólogos interiores, –reaccionaba Steinberg…
Ambos, Chikin y Steinberg, no pertenecían a las celebridades. Gorianski se hizo famoso por haber ahorcado a un guardia en el campo de concentración alemán.
Pasó cerca de nosotros el crítico Jalupovich, bastante famoso. Él estuvo observándome largo rato, y luego dijo:
–Disculpe, lo he tomado por Leva Melinder…
Pedimos doscientos gramos de coñac. Quedaba poco dinero, pero las celebridades no aparecían.
Parecía que Elena Borisovna no se enteraría al final de que soy un literato prometedor.
Y he aquí que se asomó al restaurante el escritor Danchkovski. Con ciertas reservas se le podría llamar celebridad.
Hace años vinieron a Leningrado desde Shklov dos hermanos, que se llamaban Saveli y Leonidas Danchikovski. Ellos empezaron a probar sus fuerzas en trabajos literarios, inventaban canciones, cuplés, intermedios.
Al principio escribían juntos. Después, cada uno por separado.
En un año sus caminos se separaron más radicalmente aún.
El hermano menor decidió acortar su apellido. Ahora él firmaba Danch, pero seguía siendo un judío.
El mayor actuó de otro modo. Él también acortó su apellido, pero sólo por una letra – la “i”, firmando ahora como Danchkovski. Pero en lugar de ser judío, se transformó en un polaco rusificado.
Poco a poco entre los hermanos surgió una fuerte desavenencia nacional. Ellos peleaban ahora a cada rato como consecuencia de su hostilidad racial.
–¡Apóstata! –gritaba Leonidas– ¡vagabundo, goy!
–¡Cierra el pico, jeta de judío inmundo!– respondía Saveli.
Pronto comenzó la persecución de los cosmopolitas, arrestaron a Leonidas. Para esa época Saveli terminó sus estudios en la Facultad de Marxismo-Leninismo.
Él empezó a publicar sus trabajos en gordas revistas literarias. Salió su primer libro. Los críticos comenzaron a hablar de él.
Poco a poco se transformó en un “leninista”. Es decir, se hizo creador de una interminable, incontenible saga “leniniana”.
Primero escribió el libro “La infancia de Volodia”, después un relato: “El muchacho de Simbirsk”. Luego publicó en dos tomos la novela “La juventud ardiente”. Y finalmente una trilogía: “¡Levántate, marcado por la maldición!”
Después de haber agotado la biografía de Lenin, Danchkovski se dedicó a temas cercanos. Escribió el libro “Lenin y los niños”. Luego “Lenin y la Música”, “Lenin y la Pintura”, y también “Lenin y la Agricultura”. Todos estos libros fueron traducidos a muchos idiomas.
Danchkovski se enriqueció, recibió la condecoración “Distinción de Honor”. Para esta época su hermano había recibido ya su rehabilitación póstuma.
Danchkovski me conocía muy bien, porque durante más de un año dirigía nuestra asociación literaria.
Y era él, quien apareció en el restaurante.
Yo, bajando la voz, le susurré a Elena Borisovna:
–Preste atención, es Danchkvski en propia persona. Un éxito rabioso. Candidato al premio de Lenin…
Danchkovski se dirigió hacia el rincón alejado de la caja automática musical.
Pasándonos, él aminoró su marcha. Yo con familiaridad levanté mi copa.
Danchkovski sin saludar pronunció con claridad:
–Leí su humorada en “Aurora”. Según mi opinión, es una mierda.
Nos quedamos en el restaurante hasta las once. El colegio electoral ya se había retirado hacía tiempo. Después se cerró el restaurante. Mamá seguía acostada con su jaqueca. Nosotros paseábamos aún por la costanera de la Fontanka.
Elena Borisovna me asombraba con su sumisa resignación. Más bien no con resignación, sino con indiferencia con respecto al lado real de la vida. Como si todo lo que sucedía, transcurriera fugazmente en una pantalla.
Ella se olvidó de su sección electoral. Trató con desdén sus obligaciones. Como se aclaró luego, tampoco había votado.
¿Y todo esto por qué? A causa de unas poco claras relaciones con un hombre que escribe no muy logradas humoradas.
Yo, evidentemente, tampoco voté. Yo también menosprecié mis obligaciones civiles. Pero en general soy un hombre especial. ¿Pues, acaso, nosotros dos nos parecemos?
A nuestras espaldas están los veinte años de matrimonio. Veinte años de mutuo aislamiento e indolencia con respecto a la vida.
Con todo esto, yo tengo el estímulo, la meta, la ilusión, la esperanza. ¿Y que tiene ella? Tiene sólo una hija y su indiferencia.
No recuerdo que Lena objetara algo o se pusiera a discutir. No creo que haya dicho alguna vez un “sí” sonoro y seguro, o un pesado y severo “no”.
Su vida transcurría como en la pantalla del televisor. Cambiaban los personajes, los rostros, las voces; el bien y el mal corrían en el mismo enganche. Pero mi amada, mirando de vez en cuando hacia lugar donde se encontraba la pantalla, se ocupaba de las cosas más importantes…
Pensando que mi madre ya se había dormido, me dirigí a mi casa. Hasta no le dije a Elena Borisovna: “Vamos a mi casa”. Tampoco la tomé de la mano.
Simplemente, nos encontramos en mi domicilio. Esto sucedió hace veinte años.
En estos años se enamoraban, se casaban y se divorciaban nuestros amigos. Ellos escribían sobre estos temas versos y novelas. Se mudaban de una república a la otra. Cambiaban toda clase de ocupaciones, costumbres, convicciones. Se transformaban en disidentes, o en alcohólicos. Atentaban contra los bienes ajenos, o en contra de su propia vida.
Alrededor surgían y se caían con estrépito bellos, misteriosos mundos. Como cuerdas tensadas al máximo se rompían las relaciones humanas. Nuestros amigos renacían y volvían a morir buscando la felicidad.
¿Y nosotros? A todas las tentaciones, a todos los horrores de la vida nosotros contraponíamos nuestro único don – la indolencia. Uno se pregunta – ¿qué puede ser más perenne que un castillo edificado en la arena? ¿Qué es más sólido y firme en la vida familiar que la mutua falta de carácter? ¿Qué puede ser más afortunado para dos países en pugna, que ser incapaces de defenderse?...
Yo trabajaba en un diario de gran tiraje. Cobraba unos cien rublos mensuales.
Como plus, recibía unos pequeños cobros adicionales. Así recuerdo los cuatro rublos mensuales extra “por la adquisición de los métodos más perfectos de administrar la economía”.
Como la mayoría de los periodistas, soñaba con escribir una novela. Y sin parecerme a la mayoría de los periodistas, me dedicaba al trabajo literario.
Pero mis manuscritos fueron rechazados por las revistas literarias más progresistas.
Ahora esto me tiene que alegrar solamente. Gracias a la censura mi aprendizaje se prolongó hasta los diecisiete años. Los cuentos que quise publicar en aquellos años me parecen ahora totalmente desvalidos. Ya es lo suficiente que uno de los cuentos llevara el título de “El Destino de Faína”.
Lena no leía mis cuentos. Yo tampoco se los ofrecía. Y ella no quería mostrar la iniciativa.
Tres cosas puede hacer la mujer por un escritor ruso. Ella puede nutrirlo. Ella puede creer sinceramente en su genialidad. Y finalmente, ella puede dejarlo en paz. A propósito, lo tercero no excluye la presencia de lo primero y de lo segundo.
Lena no se interesaba por mis cuentos. No estoy seguro de que ella se diera bien cuenta dónde yo estaba trabajando. Sabía sólo que estaba escribiendo.
Sobre ella mis conocimientos estaban igualmente limitados. Al principio mi mujer trabajaba en una peluquería. Después de la historia con las elecciones la dejaron cesante. Entonces se hizo correctora literaria. Después, inesperadamente para mí, terminó los estudios en el Instituto Poligráfico Nacional. Se empleó, si no me equivoco, en una Editorial de Deportes. Ganaba dos veces más que yo.
Es difícil entender qué era lo que nos unía. Conversábamos casi siempre de asuntos pendientes. Cada uno tenía sus propios amigos. Y hasta leíamos libros diferentes.
Mi mujer abría siempre el libro que se encontraba más cerca de ella. Y empezaba a leer desde cualquier página.
Al principio esto me hacía rabiar. Luego me convencí que le tocaban siempre buenos libros. No como a mí. Si yo abro cualquier libro, este va a ser seguro “Tierra virgen arada” de Sholojov...
¿Qué era lo que nos unía? ¿Y cómo, en general, nace la cercanía entre dos seres? Todo esto no es tan simple.
Yo tengo, por ejemplo, tres primos. Los tres son borrachos y canallitas. A uno lo quiero, el segundo me es indiferente, al tercero directamente lo desconozco.
Así vivíamos nosotros. Uno al lado del otro, pero por separado. Intercambiábamos regalos en casos muy aislados. A veces yo decía:
–Habría que regalarte, para la risa, algunas flores.
Lena contestaba:
–Yo tengo todo.
Yo tampoco esperaba regalos. A mí esto me convenía.
Si no, yo conocía una familia, donde el marido trabajaba desde la mañana hasta la noche. La esposa miraba la televisión e iba de compras. Diciendo:
“Le compré a Marik para su cumpleaños una cortinas de tul –¡como para desmayarse!”
Así vivimos cuatro años. Luego nació nuestra hija –Katia. En esto se percibía la inesperada seriedad y la sensación de un milagro. Éramos dos, y de pronto apareció otra persona, –caprichosa, ruidosa, exigiendo atenciones.
A nuestra hija casi no la educamos, sólo la amábamos. Con mayor razón, porque ella se enfermaba a menudo, desde sus cinco meses.
En una palabra, después del nacimiento de nuestra hija se hizo evidente que estábamos casados. Katia sustituyó con su presencia el certificado de casamiento.
Recuerdo que fui una vez con el cochecito a la redacción de la revista “Aurora”. Me correspondía allí un pequeño pago. La empleada abrió la lista:
–Firme aquí.
Y agregó:
–Dieciséis rublos hemos restado por la falta de hijos.
–Pero –dije– yo tengo una hija.
–Debe usted presentar la documentación correspondiente.
–Sírvase.
Saqué del cochecito el paquete rosado. Lo coloqué cuidadosamente en la mesa del contador principal. De esta manera conservé los dieciséis rublos...
Las relaciones con mi mujer no han cambiado. Más bien, casi no han cambiado. Ahora a nuestra indolencia personal se contraponían las preocupaciones comunes. Por ejemplo, bañábamos juntos a nuestra hija… Una vez Lena se fue al trabajo. Y yo me demoré en casa, empecé, como siempre, a buscar los papeles necesarios. Si no me equivoco, la copia del contrato con la editorial.
Revolvía los armarios, abría uno tras otro los cajones del escritorio. Hasta me metí dentro de la mesita de luz.
Allí, debajo de un montón de libros, revistas, viejas cartas, encontré un álbum. Era un pequeño álbum de fotos, casi de bolsillo. Unas quince páginas de grueso cartón con la imagen en relieve de una paloma en la tapa.
Lo abrí. Las primeras fotografías eran amarillentas, con fisuras. Algunas sin las puntas. En una – la pequeña niña acariciaba al perro, más bien, lo rozaba apenas. El perro peludo apretaba las orejas En otra – la niña de unos seis años abrazaba una muñeca de fabricación casera. Ambas tenían un aspecto triste y perplejo.
Después vi una foto familiar: la madre, el padre y la hija. El padre vestía un largo capote y un sombrero de paja. De las mangas se asomaban apenas las puntas de los dedos. Su mujer vestía un saco de abrigo con hombreras altas, tenía rulos y una chalina de gasa. La niña se dio vuelta tan bruscamente al costado, que volaron los faldones de su abrigo de otoño. Algo que estaba fuera de foco había llamado su atención. Quizás algún perro vagabundo.
Detrás, entre los árboles se veía la fachada del Liceo de Tsarskoie Selo. Luego había fotos de los parientes con sonrisas forzadas y falsas. Un hombre entrado en años, con el uniforme del ferroviario, una señora al lado del busto de Lenin, un joven en motocicleta. Luego apareció un marino, más bien un cadete. Hasta en la foto se podía observar con qué esmero él se había afeitado. Al cadete lo miraba fijamente a la cara una señorita con el ramito de muguets en la mano.
Toda una hoja ocupaba la gran fotografía colegial, muy lustrosa. Cuatro filas de asustadas, tensas fisionomías congeladas. Ni un alegre rostro infantil.
En el centro – un grupo de maestros. Dos de ellos con condecoraciones, eran posiblemente ex–combatientes de la guerra. Entre otros estaba la instructora de la clase, que era fácil de reconocer. Ella abrazaba a dos alumnas de sonrisas afectadas. A la izquierda, en la tercera fila, estaba mi mujer. La única que no miraba al aparato fotográfico.
Yo la reconocí en todas las fotos. En una pequeña entre el grupo de esquiadores. En una microscópica foto hecha al lado de la biblioteca aldeana. Y hasta en la demasiado expuesta foto, en la muchedumbre, entre los apenas distinguibles participantes del coro juvenil.
Yo reconocía la ceñuda muchacha con zapatos de tacones torcidos, una turbada señorita de traje de baño barato debajo de una atrevida inscripción “Evpatoria”. A la estudiante con un pañuelo en la cabeza, al lado de la biblioteca aldeana. Y en todas partes mi esposa parecía la más triste de todos.
Hojeé unas cuantas páginas más. Vi a un muchacho joven con una gorra hexaédrica, a una anciana que se tapaba los ojos con la mano, a una bailarina desconocida.
Encontré la foto del actor Iakovlev. Exactamente, una tarjeta con su imagen. Abajo, con una escritura caligráfica, estaba escrito: “¡Lena! Se necesita toda la persona, entera, para servirle al arte. Rafik Abdullaiev.”
Abrí la última página. Y de pronto, se me cortó la respiración. Realmente no sé qué fue lo que me asombró tanto. Pero sentí cómo se enrojecían mis mejillas.
Vi una fotografía cuadrada, un poco más grande que una estampilla. Una frente angosta, la barba descuidada, el aspecto de un matador que ha perdido su capacidad profesional.
Era mi fotografía. Si no me equivoco, sacada de la tarjeta de identidad del año pasado. En el ángulo blanco se veían las huellas del sello de la fábrica, en cuyo diario yo trabajé.
Quedé inmóvil por unos tres minutos. En el pasillo de entrada se oía el tic-tac del reloj. Detrás de la ventana se oía el rumor del compresor del aire acondicionado. Se distinguía el tintineo del ascensor. Y yo seguía sentado sin moverme.
Aunque, si lo analizamos, ¿qué ha sucedido? Pues, nada especial. La esposa colocó en su álbum la foto de su esposo. Era algo normal.
Pero, no sé por qué yo experimenté una inquietud enfermiza. Me resultaba difícil concentrarme para aclarar las causas de esta inquietud. Quiero decir que todo lo que sucedía era muy en serio. Si yo lo sentí recién por primera vez, ¿entonces cuánto amor he perdido durante estos largos años?
No me alcanzaban las fuerzas para reconsiderar lo que estaba sucediendo. Yo no sabía que el amor podía alcanzar este pico de potencia y agudeza.
Yo pensé: “¿Si ahora me tiemblan así las manos, qué es lo que pasará más tarde?”
Finalmente, me preparé y me fui a trabajar...
Pasaron unos seis años. Comenzó la emigración. Los judíos empezaron a discutir sobre su patria histórica.
Antes, a un hombre cabal le hacían falta sólo la pelliza de cuero curtido y el rango de profesor. Ahora se le agregó la invitación a Israel.
Con ella soñaba todo intelectual. Aunque no estuviera dispuesto a emigrar.
Quería tener por si acaso una citación así.
Primero se iban los judíos auténticos. Tras ellos se iban los ciudadanos de origen dudoso. Un año más tarde empezaron a dar el permiso de emigrar a los rusos. Entre ellos con documentos israelíes se ha ido un conocido nuestro, el padre Mauricio Rykunov.
Y he aquí que mi mujer decidió emigrar. Y yo decidí quedarme.
Es difícil explicar por qué he decidido quedarme. Aparentemente es porque no he llegado aún al límite fatal. Todavía quería agotar ciertos indeterminados recursos. O quizás, inconscientemente aspiraba a la represión. Cosas así suceden. Poco valor tiene el intelectual ruso que no ha pasado por una cárcel…
Me asombraba la firme decisión de ella. Si Lena parecía tan dependiente y sumisa. Y de repente tan seria, de categórica firmeza.
Aparecieron entre sus cosas unos papeles del extranjero con sellos rojos. La visitaban los severos, barbudos renunciantes. Dejaban las instrucciones escritas en papelitos de seda. Miraban hacia mi lado con desconfianza.
Pero yo no creía en todo esto hasta el último momento. Todo parecía demasiado inverosímil. Como un viaje a Marte.
Juro, que no lo creí hasta el último minuto. Sabía, pero no creía. Así sucede la mayoría de las veces.
Y ha llegado este maldito momento. Los documentos estaban legalizados, la visa recibida. La hija Katia repartió entre sus amigas pequeños presentes y estampillas. Quedaba sólo comprar los pasajes de avión.
Mi madre lloraba. Lena estaba enfrascada en trajines necesarios. Me habían apartado hacia el último plano.
Tampoco antes tapaba yo a nadie los horizontes. Pero ahora ella no tenía simplemente tiempo para mí.
Y he aquí, que Lena se había ido a buscar los pasajes. Volvió trayendo una caja.
Se acercó a mí y me dijo:
–Me quedó algo de dinero. Esto es para ti.
En la caja había una camisa de poplín importada. Si no me equivoco, made in Rumania.
–Bueno, pues, gracias –le dije. –Es una camisa modesta y de buena calidad.
¡Que viva el camarada Chauchescu!
Sólo que ¿adónde iría vestido con esta camisa? ¡Realmente, ¿adónde?!




Serguei Dovlatov. De La valija.

Traducción: Irina Bogdaschevski.

1.9.11

La mañana sol de limón (III), por Hugo Savino






Rasco, apenas rasco lo archisabido, no rasco en el silencio de las cosas, no, si no dicen nada, y aparecen sorpresas, es como la mirada perdida en la higuera de Sarandí. O el paseo por los Siete Puentes. O Mimi la Rusa mirando ropa. Elige collar de fantasía, caro. Camisa de saldo. O el regusto del café. O el pico de una botella. Uno mira. Y ya no estoy sordo. No. O no me dejo ensordecer. Es como una verdad definitiva: nada como triunfar en la vida. Todo te será aceptado. Escribir bien y todo te será perdonado. No, no es tan así. Triunfar en la vida y todo te será aceptado, eso sí. Pero hay que elegir. Triunfar en la vida o escribir cada vez peor. Pido trabajo a pesitos la hora. Changas que no me pagan. Changas de la cultura, pero no me las pagan. Escucho consejos mientras miro por la ventana. La cultura te invita a un micro-cine de butacas afelpadas. No. No voy. Me pongo el traje color crema regalo Lalo ― me queda grande de hombros ― y me voy a Monte Grande. ¿A qué? Voy. A monedas, voy a buscar monedas. Libros en la bolsa: dos biografías de músicos de jazz. Es lo único que me interesa ahora. Memorias. Tipos que tengan “las notas y el swing.” Estoy harto de la gente que corrige palabras y no entiende nada del fraseo. Mucho policía oliendo trabajo ajeno. Es una vieja queja. La mía. Como hubo un viejo restaurante una vez, donde se comía pan negro con salchichón y mostaza, la mesa terminaba llena de migas y el mantel con manchas de cerveza. Mis visiones. Estaba bajando el puente Pueyrredón del lado de Barracas. Parada del colectivo 12 a cincuenta metros. Me falta la pintura argentina. Esos cuadros sublimes que me cuentan los recuerdos. Eso me falta. Evocaciones de narices rojas. Para mí eso es la historia. No esos relatos sentimentales con hazañas de vida de santos. Me voy por Alsina y Paláa y entro en el café hecho a rústico. Nuevísimo de madera oscura con mesas de campo. Sandwich de pollo y tomate. Miro por la ventana a los viejos fantasmones. La moza tiene ojos azules, limpia la mesa, formulismo, me sonríe. Viene de ayer. Piba de blusa negra, jean, zapatillas naranjas. Le pido. El mostrador reluce plata. La mesa está limpia. Es todo nuevo. Los vasos cuelgan boca abajo arriba del mostrador y se reflejan en el espejo. El mostrador de madera recubierto de níquel plateado. Dos empleados de oficina en mangas de camisa leen el diario en la misma mesa, ya comieron. Es un otoño medio primavera. No estoy muy abrigado. Estoy en plena evocación. Quiero parar y no puedo. La moza habla con los ojos azules. ¿Estudia? Piba de ahí nomás, ahora se puso el delantal. Trabaja, ya trabaja. Esa es la marca maldita. Para siempre. Una raya de tiza que divide el mundo. No es fácil verla. Lleva un tiempo. Están las ilusiones. Terreno prohibido para almas bellas. Evoco el presente de los saltos. Ahora hay dos que miran mis movimientos. Se agregó la moza del mostrador. ¿El libro que pongo sobre la mesa? Sí, miran eso. Y me esperan. Dejan que me acomode. May también miraba así. Pero ella nunca trabajó. No importa. Salía del café y corrió para saludarme. Me abrazó y le brillaban los ojos. Estábamos cerca del mar. Un febrero. Y ya no está con nosotros. Pintaba la arena de las playas. Iba de una a otra. Y pintaba. ¿Qué buscaba? O laqueaba muebles. Se hizo una casa para poner sus cosas. No quiero pensar en la desdicha. No quiero. La puta madre a la desdicha. Pero me acuerdo que se casó en una carpa en el jardín de Lomas de Zamora. Jardín de una noche. Mis visiones. O mis ensoñaciones. Soy un fanático de la ensoñación. Me llegan con los vientos de las estaciones. Miro por la ventana el colegio de ladrillos rojos, ¿industrial? ¿normal?, colegios, te deforman para la vida. Te meten en la fila del yugo. La horrenda responsabilidad, palabra, hay un tipo que come una hamburguesa, ido, a-responsable, desertor de algún lado. Está en la mesa de la ventana. No habla. Yo no hablo. Los empleados no hablan, siguen en su diario. Las mozas no hablan. Una pone unas revistas en la mesa rinconera. Vuelve a mirarme. Espera. Pido. Música muy bajita. Me gusta lo que pasan. Algo melódico. Canciones pegajosas del mediodía. Para mí. Uno de mis libros: memorias. Músico solitario. Tiene el don. Maldito don si uno lo piensa bien. Siempre ando con tipos que hablan poco. Y que tienen algún don. Abro, leo: tengo tiempo. Estamos todos bien. Acá. Me gusta cuando dice que escoraba a la derecha. Pienso que yo ya no escoro en política. Me importa un carajo. Sigue y dice que primero aprendés los palotes: escalas y después un tono. Un poquito de escuela. No mucho. Sí, pero para seguir hay que hacer que se convierta en forma de vida. Y ahí: son pocos. Quedan pocos. La piba viene, quiere saber si me gustó el sandwich. Sí. Lo comí. En realidad si escoro, escoro a solitario, no lo puedo evitar. Mira el libro. Quiere preguntar. Pero yo a ella: ¿le gusta leer? Dice: sí. Era claro. Le muestro la tapa: Art Pepper. Entra una solterona de guantes blanco, pollera azul, elegante de Maricastaña, sigue un engominado, con traje. Otro empleado. Todos juntos y cada uno por su lado. El engominado se sienta solo. Ella se sienta sola. El otro se sienta solo. Se va llenando. Mejor. No me gustan los restaurantes con poca gente. Anoto una frase, la modifico un poco: mejor no integrarse si uno tiene que pasar por cosas así. Un gordo te lleva de las narices porque está aburrido en la casa. Te invita. Te cargosea. Acá: el sol entra por la ventana y se pone a brillar a la una del mediodía. Y todos de buen humor. Casi levantamos la cabeza al mismo tiempo, los Gavilanes de España tocando Granada, Salta y Avenida de Mayo. Me viene así, como una cosa del recuerdo. Único acto social en este café. Nos mirábamos de chucho a chucho. Vuelvo a las Memorias de Art Pepper. Por la calle pasa un lánguido de los viejos tiempos. No me ve. No lo veo. El novelista de temas se fue quedando sordo. El de la novela familiar corta la ligustrina, y el pasto del jardín, y se deja llamar maestro en las capitales europeas, escribe novelas con estancieros malos y fatalmente explotadores. El tema volvió de la mano de las pibas gallaretas. Nos dan clase, se burlan de lo que escribimos, “correveidiles del carajo”. Te acusan de construir volteretas líricas. Transmiten los rumores de veneno a veneno de dime a diretes. Pibas profesoras. Hago un movimiento mínimo. Una frase que parece una reliquia de Héctor Pacheco. La anoto. Siempre anoto. Es verdad: la lectura arruina a las personas. Se abre la puerta de nuevo para la grandota inclemente con una valija de rueditas ¿qué trae ahí? saluda a todos saludo me saluda sonríe se sienta saca las carpetas se pone a escribir ¿abogada de los tribunales? copa de vino blanco hay que creerlo. Es Avellaneda. Un poco de realismo mientras todos siguen mirando el despliegue. Se mete en las carpetas y escribe. Entra el tipo de camisa blanca, bajo, saco azul, jean también, agenda en la mano, la saluda mientras le agarra la mano, se inclina, simula beso, pero no, ella se entrega. Y le sonríe. Ganó. Ocupa otra mesa, abre la agenda. Se concentra. Café y coñac. Visiones de la confidencia: ella, esta Magnolia del misterio metida en sus papeles me evoca la figura del drama de ayer: Andá nomás le dijo esa otra hace unos días. Me lo contó ayer. Clavado en baldosa. Se quedó con la pena. El perfume que se le fue para siempre. Resbalón del amor. Brisa del dolor. La ilusión asesinada. Comimos en Barracas, a la bajada del puente, noche de verano y en patio hablamos de perros obispos lo sagrado lo divino del neón en los fast-food de las valijas de cuero del viento del “humus de la ignorancia” de los bichos colorados de los trajes cruzados de los tipos engominados de las rubias con bucles renacentistas de las mujeres que salen a las cinco de la oficina y el viento las despeina locas de infidelidad de la edición de las obras completas de Carlos Mastronardi larga conversación de mesa a sobremesa. La ventana de la panadería está en diagonal. Una treintona a cuarenta chueca como Lola de América compra pan y todos la miran enamorados. Se acabó la desdicha, la tragedia, el salmo, la poesía, todo se lo lleva ella hasta que dobla la esquina – ¿ se fue adónde fue por qué la cuadra es tan corta? ausencia de ella y listo hasta mañana para los que vuelvan aquí al amor de ráfaga de la ensoñación de la pausa

cita: “el relato, es todo lo que parece saber lo literario.”

voz: No se comparte. Se cuida en discreción. Se entrega a los amigos que la cuidan, que no la regalan en traiciones de saloncito, en dobleces de teléfono. Voz con voces de voces propias. Voz de uno y que cambia y que escucho. Y me envuelvo en las voces que amo. Y escucho voces distintas. Y en los nombres. Odio la voz de los furiosos, de los jetones desaforados, esa voz estridente de los que maltratan, toda esa gente que vio a los padres mandar. Sumisos de padres que mandan. Esos padres horribles. Me leo en voz alta, escribo con el oído, padre que te educa el oído qué bendición se le perdona todo se le perdona todo el fracaso padres del turf padres benditos

la calle: se pone como un paisaje: se ilumina divina calle soleada del mediodía no te la saca nadie la rememoración de las visiones como las pasiones secretas las lecturas de la mañana o la que cosía toda la tarde mientras miraba el tiempo lo miraba pasar

cita: “Y todo el pueblo ellos ven las voces”

no leer: el que no lee está protegido mirará con desprecio a ese arruinado de la lectura manco social lo acabo de leer en un cuento el que lee escucha ruidos hace cuaderno de notas se cree Saint-Simon vive dramas sensuales el que no lee mira el mundo de las burbujas vive en la campana doméstica se deja contar fábulas edificantes contra el que lee ese pobre adicto de la anti-ilusión la arrogancia de la no lectura

Una noche de verano zaguán puerta cancel pico de botella jardín calle larga atardecer tardes de siesta acordeón perro reo silbar Tonio que se murió May que se murió otra vez la puta madre porque esos son los nombres también desaparecidos de la noche amiga de todas las noches el hilo de cristal

La piba de las zapatillas naranjas trae el pan del rostro falta un candelabro y hacemos viernes lo trae en una canastita de mimbre desoye alguna orden toda la bondad le pasa por la cara una cebolla asada en un rincón del plato resuena al sandwich de pollo con papas y tomate crudo una servilleta de papel un vaso agua una taza descascarada para el café

Por suerte tengo mis dos libros acá me acompañan en la visión Lola dejó toda su ausencia en los pocos metros de la vitrina de la panadería a la esquina porque eso hizo premeditadamente regusto de la ausencia a regusto de café ahora nos comemos la vitrina con los ojos esto ya lo viví en un cuento de Carlo Emilio Gadda

Mona Lisa uñas

Se terminaron los restaurantes a dos centavos tiempo remoto las comidas sórdidas lentejón con papas banana de postre las pensiones poligriyas acá se terminaron las corrieron abajo de la alfombra ¿los pobres? pateados a su noche intimísima