2.2.22

Figuras sin Forma, por Theo Guggiana Bravi

 

Parecía estar esperando. Tenía la cabeza entrecana, imperturbable con la gomina y la grasa de la ciudad. Le cruzaban la frente dos cejas pobladas, crispadas de dolor. Estaba cruzado de brazos, golpeando el anillo robusto de su mano contra el techo del auto. El ritmo era nervioso, desacompasado. La frente apoyaba contra el metal; el sol estaba golpeando. Del costado le regaba un tiro una mancha punzó.

 

Te vas, Augusto, te vas al diablo y se acabó. A los tiros como de pibe, con la mano extendida y los dos dedos apuntando a la fantasía. “¿Vamos a cuidar la casa de los malos que están viniendo?”. De los malos que venían, decías. De noche no se distinguen los malos de los buenos, Mechi; de día tampoco. Nos rompíamos contra las paredes, la casa se venía abajo y qué con esas cosas… porque en la cabeza a un niño le crece una flor. Se venía abajo y no supimos nada de eso. Y un día lo vi en tus dos ojos enormes, nos vi ahí tirados bajo la mesa, desnudos, con el día blanco; y era inminente sobre las baldosas frías, blancas de la cocina, y con el horno que tenía el vidrio engrasado con el reflejo. Ahora estoy roto yo y de esas cosas no creía ni acordarme. Mamá y papá se rompieron también y con los pedazos no hicimos nada. Mamá se va y se está yendo por la puerta ahora y allá se la lleva la hora y agosto terrible, y nos quedamos solos, pero no sé por qué me acuerdo.

 

Del lado opuesto al auto seguía estático el otro con el brazo extendido, mirando, mirando, apretando bien los dientes.

 

Ahora él estaba de rodillas, abrazando trabajosamente su propio cuerpo. El anillo disparaba un brillo intenso al sol.

 

El otro siente secársele los ojos, y luego una lágrima que no comprende. Así que matar es así de fácil y el resto es estar parado, bien quieto, a verla ocurrir, que es una cosa que no parece llegar nunca, se sigue aplazando y de algún modo un dedo torpe que es la ínfima parte de la vida tiene algo que ver con el cuerpo que se está olvidando ahí. Pero no lo pensó.

 

El Torino estaba detenido en el medio de la calle con la puerta del conductor abierta. No se escuchaba nada. No se escucha nada, ni un pájaro, y él está ahí atrás, pero no está. La muerte está adentro, no es el alma, es la muerte che, que por un agujerito se abre paso. Se mira las manos. Dando discursos quince años, entre garzos y el cuello de la camisa que jode, y los compañeros que sí, secretario, que Viva Perón, secretario. En la punta del edificio de Azopardo se ve la veta del río gris al fondo, atrás de Madero y el olor a prostíbulo y a palazos y a bolsos con la guita fresca. Ahí no hay ideas, no hay nada que piense las cosas de la calle. Antes sí se escuchaban cosas, en los tambores había ruido y había quince millones de ojos detrás del humo, todos negros eran, cantando con las gargantas cocinadas. Caían bombas antes y no había ideas tampoco. Maté unos cuantos, los maté, los mató el teléfono y las manos con los fierros. A la noche los veo con la boca contraída, cada ojo en alguna parte del cielo y ninguno me mira, nadie me mira, están tirados todos juntos, triturados a balazos. Es por la patria y por Perón. Y la pe es de duda, pe de nada. Están todos muertos, uno, cuatro, seis, doce, veintidós, treinta y seis. ¿Hola? Hacelos callar. La unidad gremial. Por el aparato me enteraba de todo. Un cable negro, una vena unida a los cuerpos de todos, a las casas de todos, a los hijos de puta del gobierno, llevando y trayendo las órdenes, fumando y fumando y a esperar que por todos lados se muere gente. Así me llegaban a veces llantos partidos, nada más, llantos de alguno rogando piedad, que Perón somos todos, y yo de la bronca pisaba con un dedo las letras del legajo de esos infinitos que tenía sobre el escritorio, borroneaba bien todo y me miraba el pulgar, con la tinta todavía tibia que escupía de a litros la tipógrafa. Augusto Timoteo… Secretario General… movilización… Sin Perón… váyanse a la mierda. A veces, eran los gritos, la carraspera, el timbre rojo, te vas a morir, lobito, te vamos a matar a vos y a toda tu familia. Perón me mira de frente, él me está mirando en Madrid, me ve que me muero. Las conquistas, compañeros, la lucha salarial, a resistir y alambre de fardo. Y me cortaron como a un diente de león, sí, como a un cardo de esos del pago que se pisan con todo el perfume del mundo, me cortaron. Este tiempo sin ninguna idea. Antes también se lloró raspando la cabeza contra el cemento de la pared, si no hay pendejos metidos coimeados de ideal que se les escuchan los mocos en la nariz, la respiración pesada y el último grito contra el veterano vendado que lo mira sin ver nada diciéndole 'cerrá el pico, pibe; no te va a doler', con certeza de extremaunción y la vocecita aflautada del cura, y el fusilado no vive porque se mea encima y agarra olor a mierda antes de que lo baleen. No hay ideas en los paredones. Estábamos lejos de las ideas, bajo el sol, ¿te acordás? Te quemabas de lo lindo y me mirabas cerrando un ojito. Andá al lago, Eli, hacete un chapuzón que hace calor y hasta los álamos son bravos los kilómetros. Te estoy amando. Pisabas la arena y yo con una oreja escuchaba… escuchaba los pasos, los pasos, los pasos, y la apretaba fuerte en la palma antes de soltarla entre los dedos. Me quema la piel y te amo. Salís con el pelo revuelto y lo echás todo para atrás. Para mirarme te ponés la mano en la cintura, Eli, no me mires así, con las piernas en el agua. Se respira fácil lejos, que fácil ser acá. Cuando recordaba me reventaba la emoción y no podía hablar. Todas las imágenes de mi vida no las veo, ni ahora. Los de la escolta del sindicato te miraban también para que después los pusiera a cada uno en su lugar, que a mi reina no la mira un cualquiera, que no hay democracia gremial con mi reina y la puta que los parió que no los agarre mirando. Nos balearon toda la casa con una MAC. Rompieron el florero de tu vieja. Los agujeros de plomo estaban pintados con un patrón que me dió risa y te dije “Mano de artista, corazón”. No me pueden matar, te decía, al lobo no lo mata un cuatro de copas a horcajadas de una MAC, van a tener que venir con el diablo y tal vez con Onganía mismo a ver si me encuentran estos pendejos hijos de puta. Te fuiste al mes. Y ya no estabas, yo con toda la casa baleada y un fardo de recuerdos que me mataba mirar. Vos, bien lejos. Di vuelta todos los marcos de las fotos. Si me vieras, tan bravo como me decías que era, sos bravo, sos lobo vos. Alcanzame la vida. Es un punto de luz y estás solo. Ninguno, no hay nadie. No hice nada, nunca.

Quedó tirado contra el auto. Abrió bien los ojos.

 

El otro bajó el arma, bajo la vista, había matado. Salió corriendo. Dejó tirado el fusil. Se corría el pelo de la cara. Miró varias veces hacia dónde correr. Hay que correr.

 

–Por la patria y por Perón, gorila inmundo–  gritó.

 

Estaba llorando.