28.11.19

El precio del amor es su fin, por Sebastián Schillaci




El médico jefe de terapia intensiva le explica a mi mamá la situación de mi padre internado. Usa un montón de tecnicismos y palabras difíciles. Ella lo escucha con las manos juntas y los dedos entrelazados. Le falta el rosario. El doctor habla unos minutos frente a los ojos de huevo duro de mi mamá que trata de encontrar la idea escondida entre las palabras de que mi papá se va a salvar. Busca, tal vez piensa que el médico no sabe explicar bien el procedimiento que van a hacer ahora para que mi papá no se muera en dos días. Termina de hablar. Hay un silencio. Mi mamá mira a mi tía que le indica telepáticamente lo obvio. Se va a morir y pronto, muy pronto. Yo me siento anestesiado por la noticia. Pasamos cada dos o tres horas a verlo. Entramos y lloramos desconsolados mi mamá y yo durante unos quince minutos. Mi papá ya está enchufado a varias máquinas que lo mantienen vivo. Si es cierto que reencarnamos después de morir, y que nuestra última mente es la primer mente de la siguiente vida, pienso que mi papa va a renacer en una nave espacial o en un locutorio. Nos indican amablemente que salgamos que terminó el rato de llorar. Salimos. Fumamos. Fumamos. Fumamos. Nos avisan cada tanto que viene otro round de lágrimas, y pasamos al locutorio y lloramos y lloramos. Mi mamá me dice que me vaya, se van a quedar ellas. Las chicas. Mi mamá y mi tía. Hermanas. Que me vaya descansar y vuelva mañana. Por supuesto es una posibilidad que muera en esas horas y yo no esté. Acepto. Me voy a casa. Fumo porro. Me duermo. Me llama mi tía. Se murió. Es de noche, son las 11 creo. Me levanto y subo al auto, me doy cuenta que estoy yendo rápido. ¿A dónde voy apurado? Ya se murió. ¿Para qué voy a cien por hora? Me relajo, empiezo a sentirme bien, recuerdo que tengo un tucón en el auto y lo prendo. Llego sintiéndome muy bien. Estoy listo. Entramos mi mamá y yo y hacemos un round de lágrimas más, pero uno muy especial. La habitación está sin una sola de las máquinas y mi papá está sin cables ni tubos ni nada. Recostado prolijamente boca arriba, con las manos pegaditas al cuerpo. Parece como si acabara de terminar una clase de yoga. Todo muy blanco. Me doy cuenta que extraño que haya máquinas. Eran cálidas y ruidosas y acompañaban. Con el cuerpo todavía tibio, le decimos cosas dramáticas. Alguien nos indica, con rudeza, que terminó el momento de llorar. Salimos. Fumamos a morir en la puerta del sanatorio. Ahora hay con nosotros bastantes familiares de esos que uno no ve nunca. Fumamos. Me doy cuenta que tengo que hacer un montón de cosas para la muerte de papá. Lo primero es conseguir el cajón y dónde velarlo, esa será el trabajo de la noche, a la mañana tengo que ir al sanatorio a reconocer el cuerpo y firmar papeles. Por lo general te venden las dos cosas, cajón y servicio, pero yo conseguí mejor precio comprando el cajón en un lugar y velándolo en otro. Me hago una pasada por casa y busco toda la plata que tenía. Esto me va  a fundir. Mi viejo muere mal de guita y yo no estaba precisamente dedicándome a una profesión muy redituable. El lugar que tiene el cajón más barato está en Juan B. Justo y algo. Mis tíos que nunca veo me acompañan. José se parece a mi papá y me da impresión. El otro parece directamente un militar fuera de servicio. Hay un pequeño regateo entre el tipo del local de cajones y yo. Acordamos un precio. El más barato es un robo pero hay que tener cajón, no voy a ponerme a hacerlo ahora. Pago. Mis tíos no me ayudan con un mango. Es obvio que lo necesito. Hablan de cosas como el país y la guita con el de los cajones. Mientras busco la plata y la cuento, estos tres se empiezan a entender y la pasan bien. La casa velatoria la consigo a la vuelta, en Juan B. Justo y Aguirre, creo. Son las 4 a.m. Me tengo que ir a dormir ya porque mañana es todo el baile. Voy a casafumoporromeduermomelevanto. A la mañana temprano llego al sanatorio para reconocer el cuerpo. Me dicen que ya lo están bajando por el ascensor al subsuelo de donde sale el vehículo para la sala velatoria. Bajo rápido. El subsuelo está lleno de objetos desordenados. Es un lugar grande y en el centro está el ascensor. Es muy grande. Bajando la escalera veo que la puerta del ascensor se trabó y dos tipos bien grandotes forcejean tratatando de pasar una camilla con alguien adentro en una bolsa negra. Se dan maña para pasarlo poniendo de costado la camilla. El cuerpo no se cae porque está bien agarrado. Uno de los tipos me ve. Me dice: Pibe, ¿vos tenés que reconocerlo? Y con la camilla con una mitad adentro del ascensor y la otra afuera, atorada y de costado contra la puerta del ascensor que se trabó, abre la bolsa en la punta y veo la cabeza de mi viejo, más blanca y fría que ayer. ¿Y, está bien?, me dice el tipo. Creo que dije: ssss.. El grandote que estaba todavía adentro del ascensor da un empujón final y salen. Me voy a la sala velatoria. Lo velamos. Cuando veo a mi viejo ya colocado en el cajón mas económico en medio de la habitación donde la gente toma café, me doy cuenta porqué me preguntaron a la noche tardísimo si era cristiano. Está vestido como un monaguillo. Con una ropita blanca con transparencias y un moñito con dos lazos blancos y una cruz diminuta adornando su pecho. Le pusieron las manos juntas. Parece que anoche respondí que sí, que era cristiano, y los visten así. Me doy cuenta que hubiese estado bien representar un poco su vida y vestirlo de tenista amateur. Ya es tarde, es un monaguillo. Tomamos café y fumamos unas horas ahí. Luego la caravana a Chacarita. Voy con mi primo en el Volskwagen 1500 de mi abuelo que se va a morir en unos meses. Fumamos las tucas del auto y hablamos alegremente. El día está cristalino, límpido, un poco frío, despejado y soleado. Llegamos a Chacarita. Mientras lo bajamos del auto empiezo a apuntar hacia el lugar donde iba a ser colocado, cuando un cura me agarra y me dice que hay que pasar por la capilla antes. ¿Cómo lo vas a poner bajo tierra así nomás sin la bendición y las palabras correspondientes? Hay un pequeño forcejeo, ni mi mamá ni yo queremos pero estamos cansados y vulnerables. El cura se gana su momento de fama. Entramos a la capilla, nos ponemos alrededor del cajón económico y el cura dice unas palabras vacías. Lloramos. Salimos y nos dirijimos al lugar donde va a quedar el cajón. No es bajo tierra. Es en una parte del cementerio que hay como una especie de gran biblioteca, donde cada libro es una puertita que se abre y guarda un cajón. El de mi papá está muy alto. Usamos una escalera. El momento de cerrar para siempre es emotivo. El cura no nos acompañó hasta acá. Lloramos. Veo que escribieron bien el apellido. Eso me tranquiliza. Pienso que el lugar es ideal para venir a fumar. Finalmente podemos dispersarnos. Había mucha gente cuando puedo observar mejor la situación. Muchos amigos míos. Qué hermosos. Vinieron muchos y son muy hermosos. Nos vamos a lo de mi amigo Juaco. Me despido de mi vieja, pienso que no voy a querer verla mucho en el futuro. Juaco vive a dos cuadras de Chacarita, siempre andábamos ahí tocando y fumando. Es un PH típico. Mientras recorro el pasillo y pienso que terminó todo suena el teléfono. Es Yolanda. Una bruja amiga que me guiaba en ocasiones por aquellos tiempos. Me dice qué pasó Sebastián? Me doy cuenta que ya sabe y pienso que siempre me sorprende esta mujer. Le digo que se murió mi papá. Me explica que ahora mi papá ya no es más mi papá, que me olvide de eso. Que ahora es como una luz. Lloro muchísimo y le agradezco. Me explica unas cosas más y colgamos. Ahora sí va terminando. Recorro lo que queda de pasillo. Adentro ya hay música, huelo porro y escucho risas. El día está hermoso y el sol pega sobre el pasillo y los patios del PH. Me siento en el patio y me pasan varios porros. Pienso que amo a mis amigos y que amo a la gente y que amar más a uno que a otro no tiene sentido. Pienso que mi papá tendría que haber cambiado su vida cuando se enteró que tenía cáncer. Tendría que haber ido hondo en verdad.  No hacer el tratamiento. Pienso en algo que me dijeron, que más gente vive del cáncer de la que muere por él. Pienso que nos estafaron y nos mataron los putos de los políticos y los médicos y la tele. Juaco me dice qué pensás, man? Nada. Dale, qué pensás? Que me voy a casa a dormir, no doy más. No, pará, juguemos unos Konamis. Bueno, dale. Jugamos unos partidos. Pienso que mi amigo es verdadero, y que todos los que son verdaderos pero están heridos suelen ser gordos. Elijo al Barça. No porque quiera usar al mejor equipo sino porque a mi viejo le gustaba. Pierdo un partido y gano el otro. Me parece bien. Además estoy desconcentrado, voy a perder si jugamos uno más. Jugamos uno más. Pierdo. Me voy vieja, gracias. Aguante, pasate estos días. Sí, de una, gracias. Me voy a casa, vivo a unas cuadras de ahí. El día está hermoso. En casa fumo porro y me acuesto. Deben ser las 11 o las 12 del mediodía. Pienso que no le dejé plata a Juaco para que me compre faso cuando pase el Negro. Esto me deprime un poco. Me duermo.


Tomado de: Sebastián Schillaci, Lo que más me gusta de mí es la i, Ascasubi, 2016.-