20.6.17

Los ruidos, por Javier Fernández Paupy


Cambian como el sonido de una época, como la línea fina entre el plástico y el vidrio, como las costumbres, el papel fotográfico, la música o las drogas. Podría dar vueltas por la casa escuchándolos todo el día, dejándome llevar. Como una imagen arrastrándose por las calles. Kilos y kilos de narrativa barata lo ignoran pero yo lo sé. Sentimiento y falta de sentido práctico, ahí está todo. Sí, la queja es vulgar. Y la mente madura o se pudre. ¿Y si se pudre? Entonces estamos perdidos. Nuestros actuales políticos parecen funcionarios de otras naciones, como virreyes anacrónicos que trabajan para monarquías ilustradas. ¿Y? No hay política, hay políticos. Entonces, ¿voy a poder, sin alcohol, aislarme para pensar en papeles manuscritos y hojas mecanografiadas? Sentimientos no perecederos, cosas buenas, busco eso. Porque no hay adultos; hay, sí, una Compañía General de Grandes Clichés (la imagen es de Simon Leys), donde ciertas personas hunden sus patas hasta las rodillas. Leo para darme cuenta que estoy solo. Yo quería comparar eso para entender que entre los libros y las personas hay relaciones. Tienen en común las palabras y el tiempo encapsulado. Porque la madurez se termina midiendo por parámetros de mercado. Por ejemplo, Frank Zappa, su música es medio descerebrada y transmite una vibración nerviosa. Puede ser inflamable en algún punto. Mi madre no la entendería. Estoy hablando de los ruidos. Ansiedad, ataques de indiferencia, fobia, irritación, trastorno obsesivo, ira, furia, rabia, estrés, sueño, fatiga. Leí todas esas palabras en un folleto que me dieron en un hospital. Porque todo me llama la atención cuando me concentro. Pero perdí la concentración. El interés por la vida carece de base. ¿Quién fue que dijo eso? Como darse cuenta del abuso del adjetivo «nuevo» en las revistas: nuevos salvajes, neo-figuración, nueva pintura, new wawe, nouvelle vague. O como entender que toda persona es ilusionista o comediante. Incluso, si dejáramos salir al boceto interior, seguiría siendo solo una apariencia. Por ejemplo, A, que habla sin decir nada. B lo escucha (su ruidosa nada) y C lo repite (la fotocopia de esa nada). Decir que esto es obvio no pretende minimizar su complejidad. Te invito, lector, a que expliques la diferencia entre «por lo tanto» y «por consiguiente». Porque el lenguaje es un aspecto de la conducta. Si pudiera vivir, no escribiría. Siempre sentí que la literatura era todo. Ahora lo vivo como una tragedia. Nada es todo. Debería haber puesto más interés en otra cosa. Formar una comunidad de animales, por ejemplo. Se llamaría La asamblea de los sabios. ¿Quién fue que dijo: «Los animales se parecen tanto a las personas que a veces es imposible distinguirlos»? En lo que refiere a los asuntos humanos –escribió alguien–, no reír, no llorar, no indignarse, sino entender. Estoy tratando de entender. Pero todavía no entiendo. Supongo que hay nebulosos y flatulentos poetas, faltos de vida, indolentes, detrás de esta idea. Y está ahí, como un pedazo de cielo, la locura de atender a cada pensamiento como si fuera real. Ahí están los ruidos. Los míos. Son muchos y no los entiendo. ¿Qué quieren de mí? No sé, pero creo que no me quieren a mí. Hay un proverbio que dice: «Encontramos al enemigo, éramos nosotros mismos». Son estos pies planos sobre un mundo resbaladizo. Es la lluvia vista desde un balcón. Alejandro me dijo sobre Luis: «Era un gran lector. Si hubiese tenido que trabajar, habría sido un gran escritor.» ¿Qué dirá de mí Alejandro cuando no estoy? ¿Qué decía Luis, sobre mí, ahora que no puedo preguntárselo? Sepulté hace años la ambición ingenua de iniciarme en que las cosas no me aturdan. La sensación de no pertenecer, de confiar, de agradecer o de hacer, ¿es real o es irreal? Mucha nada y tanto para decir. Todo esto es confesamente autobiográfico. Como el stencil en la esquina de Gral. Juan Lavalle que dice: «Al patriarcado hagámoslo concha.» Mi chamán me mandó un mensaje. Las cosas no se aclaran. Estoy cansado. Todo lo hago sin saber por qué. Quizás no pueda tomar control sobre mi comportamiento ni ser dueño de mi vida porque no puedo dar un paso atrás de lo que siento y mirarlo con neutralidad. Todo pasa. Esa es su irrealidad. El viento lo sabía. Yo estaba acelerado. El reloj se detuvo a las 12:45. ¿Por qué? Si fuera sabio de verdad viviría siempre feliz. Yo quería prestarle atención a eso. Nadie está mal mucho tiempo más que por su propia voluntad. ¿Quién fue que dijo: «Podemos afirmarnos en calidad de fruta, maduramos»? ¿Y quién fue que dijo: «Cada minuto es un minuto menos»? Imagino un amor para nada complicado con la propia vida. Como los propios dientes. Recuerdo los pañuelos de tela que mi padre lavaba a mano y dejaba secar, pegándolos en los azulejos del baño. Recuerdo el vaso en el que diluía una aspirina con azúcar y lo tomaba de un trago. Escuché cómo hablaba, estudié sus gestos, leí algunos de sus libros. La manera que tenía de caminar y de reír. Sus cigarrillos. Su manera de roncar y de enojarse.