4.1.16

Lo frágil es la cáscara, por Esteban Castromán


PENE


¿Acaso existe algo más perturbador
que el dibujo de un pene sobre un banco de plaza,
junto a la frase:
“Te estaba esperando”?


THE BLACKOUT


Antes del ahora no hay nada.
Antes del antes,
una postal borrosa
que se va desintegrando de a poco.

Intento recomponer el sentido,
aproximarme a una idea vaga
de memoria.
Pero es inútil.

Horas, quizás días,
suicidadas
por el terror de situaciones
que probablemente nunca hayan ocurrido.


UNA TARDE COMO ÉSTA


Doblaron por Avenida Callao
y él atinó a entrar a Zivals
a comprar un disco de jazz.
Pero si entraba sabía que su hija
suspiraría con cierto fastidio.
Para remediarlo, debería llevarla
a comer hamburguesas.

Mauricio prefirió seguir caminando
en dirección al Congreso;
un paseo sin historia
porque con tan solo seis años, ella
desconocía la densidad simbólica del edificio.

Avanzaban tomados de la mano.
Cuando cruzaron Sarmiento ella le preguntó a él,
una vez más,
por qué se había separado de Amanda,
por qué los tres ya no podían ser una familia
como las que tenían sus amiguitas.

Bueno, no todas son así,
dijo él para calmarla y buscar el momento adecuado
para dar un giro en la conversación,
algo que lo salvara del embotellamiento.

Pero ella insistía y opinaba que debía apurarse,
que su madre había conocido a un hombre
que le traía regalos y le compraba globos hermosos,
durante sus largas caminatas,
los sábados por la tarde.

También era sábado y Mauricio sintió
una patada triple X en su orgullo.
Le dijo a su hija que él también podía comprarle
regalos hermosos y globos,
como el nuevo amigo de su mamá,
pero que había cosas más importantes que eso.

Entonces dedicó media cuadra a hablarle
sobre la importancia del amor.

Cruzaron Perón.

Ella le dijo que no entendía y le preguntó
por qué la gente que se quiere tiene que alejarse.
Le dijo que estaba confundida
y que ya no sabía a quién decirle papá.

Él le dijo, levantando la voz,
que ella no debería tener duda alguna
acerca de quién era su padre.

Luego se agachó mirándola a los ojos,
le besó la frente
y la abrazó enérgicamente.

Ella dijo, papá me duele, y él sonrió,
aunque no quería que pensara que sólo debía
respetarlo por una cuestión de contrastes
de fuerza y poder.

Volvió a besarla y su mirada se topó con un kiosco
cerca del cruce con Bartolomé Mitre,
justo enfrente de un puesto de diarios.

Entonces la tomó suavemente de su campera,
le acomodó la bufanda y le preguntó
si quería comer caramelos de goma.

Ella se exaltó de alegría,
lo abrazó
y le dijo papito te quiero mucho.
Yo también, vamos, tomá dos pesos, comprate lo que quieras.

Se acercaron y él aprovechó el tiempo muerto
en la caminata
para echar un vistazo a las revistas.

Ella no se decidió fácilmente,
miró los chocolates,
luego los caramelos masticables
y los Sugus confitados.

Pidió un paquete de Mogul,
un chupetín Pop´s Evolution de manzana
y “lo que me alcance de chicles de frutilla”.

El kiosquero le preguntó dónde estaba su mamá.
Ella le dijo que en su casa, con su otro papá.
El kiosquero le preguntó con quién había venido,
si estaba sola y que no parecía una chica de la calle.

Ella señaló en dirección al puesto de diarios,
y le dijo con mi papá.

Mauricio pagó con diez pesos
y ocultó un ejemplar
de la revista Sexy zoo
dentro de su sobretodo,
sosteniéndola a través del bolsillo
con su mano derecha.
Luego se acercó al kiosco y agarró a su hija
(que cargaba una bolsa de nylon llena de golosinas)
con la mano opuesta.

Entonces le dijo que la tarde
estaba demasiado fría
y que era momento de llevarla a su casa,
con Amanda.

Ella, al principió, lo dudó
pero le pareció divertido
que al fin y al cabo ambos papás se conocieran
de una vez por todas.

Vamos, te llevo a tu casa, dijo él.
Ella no respondió y comenzó a masticar un chicle.

En la esquina de Rivadavia se subieron a un taxi.
Durante el viaje, ninguno de los dos pronunció palabra alguna.
Era un atardecer de sábado,
frío y húmedo,
con probabilidad de precipitaciones.

El conductor encendió un cigarrillo
y subió el volumen de la radio.
Estaban pasando A night like this de The Cure.


PULEX IRRITANS LINEO


 “¿Y después?”
nos preguntamos silenciosamente,
fumando un cigarrillo compartido
sobre una cama que picaba.

Picaba por pulgas
o por algún animal aún no conocido.
Quizás, gusanos caníbales.
Quizás, el germen de mil asesinos seriales en potencia.

Mientras, no hicimos los distraídos.
Y formamos unos cuantos
círculos de humo
en el aire.



SÍNCOPE

Cierta música recorre mi protuberancia occipital.

A veces,
una cresta drum´n´bass aparece durante el día
y se repliega en un surco deep house
al caer la tarde.

Se osifica el hip hop
mientras me baño
y una membrana free jazz articula las partes
cuando espero se haga la hora.

El punk bordea el bulbo raquídeo si alguien llama.
Se vuelve pop si el que llama soy yo.

No estoy seguro si es noise o industrial,
gotik o after algo cuando despierto de resaca.

Sí sé que es folk almorzar con mis padres
un domingo cualquiera
con vino Toro y tango,
por más que en verdad
esté sonando
thrash metal.



P

Pupé era linda, alta, flaca,
y le faltaba un brazo.

Ese detalle no dejaba de perturbarme
pero al mismo tiempo la hacía sensual.

Cuando nos revolcábamos sobre la colchoneta,
ella giraba más rápido.

Y las noches siempre terminaban antes.


PAPÁ


Papa vomita sangre.
Mamá dice que nos durmamos y vuelve al baño.
Cierra la puerta con llave.

Escuchamos arcadas
y palabras amortiguadoras,
a través de las paredes.

Intentamos dormir.
Intentamos pensar en otro cosa.
En que todo seguirá siendo igual.


MARCELINO

Le pegábamos porque era un pelotudo.
Pero, también, Marcelino era el instrumento
que nos permitía discriminar de qué lado de la vida
uno se encontraba.
En los recreos corríamos tras él
para molestarlo.
“Tu mamá es una puta”,
le decíamos todo el tiempo.
Marcelino se escondía, corría y
se hacía amigo de las chicas.
Nosotros le bajábamos los pantalones
delante de ellas.
Mientras lloraba le pegábamos.
Y temíamos ser Marcelino.


EL FUTURO BAJO TIERRA


Suena el teléfono móvil.

Mi cuerpo es un electrón estático
en la masa atómica formada por cuerpos
apiñados que se lubrican entre sí mediante
transpiración y vaho, en un vagón del subterráneo.

Arriba,
el atardecer.

Atiendo.

Es ella.

Llorando, me dice que el mundo está llegando a su fin
y que me ama
y que no me preocupe por nada
y que no sufra.

Tiemblo.

La comunicación se corta
antes de que pueda
responderle que yo
también.

Antes
del
leve
e
irreversible
fade
out
de
la
existencia.