27.11.10

La música de Hugo Savino, por Javier Fernández



Y uno habla con gente que no tiene ni idea de estas cosas: tener ganas de escribir: y boyar de un café al otro, con una libreta en la mano: pescando lo que se puede. La libreta como un carromato: meto todo ahí.

Hugo Savino. Salto de mata.


La lengua es algo del orden de la experiencia. Hugo Savino lo sabe y arremete contra todos esos representantes del cansancio bibliográfico en Salto de mata (Letranómada, 2010). 160 páginas de pura música. Porque la lengua es algo del orden de los sentidos. No una jerga de periodistas culturales, ni el andamiaje policial de educadores a sueldo, burócratas de las humanidades o legisladores universitarios. Tampoco pedantes y aburridos trabalenguas hegelianos-estructuralistas-semióticos-lacanianos-marxistas. Las teorías son esos conocimientos inútiles a toda aplicación. Porque un autor es un autor. Y un teórico, en cambio, es ese que repite ideas inertes y se esfuerza y consuela por aplicarlas a tal o cual obra. Un trabajo forzado, el de éste; empedernido labor de libertad, pasión y asombro, el de aquel. Hay que leer Salto de mata: estilos de traducción y traducción de estilos. Savino, amante de las palabras, hace de los retratos poema. Hace el poema en el retrato. Un libro de una libertad inaudita, tristemente desacostumbrada, que escandaliza el prolijo aburrimiento y el amparo de la cita de autoridad, ese lugar privilegiado del narcisismo onanista intelectual. Más que para reseñadores matriculados, para lectores voraces capaces de cruzar obras y estéticas, “sin pedirle permiso” a nadie. Ritmo y oído. Ni “autoridades sugeridoras” ni “representantes institucionales”. Tonos y música. Elogio de la lectura y del lector ingobernable cuya única guisa es el gusto. Sus páginas reivindican –vindican, se vengan y se burlan de, toman por asalto– el placer de la lectura, actividad que al leer sus páginas no nos parece en vías de extinción. Voz de un autor que se llama Hugo Savino. Porque un autor vale por sus obras. Por la cadencia de su fraseo. Lo que escribe y publica es su diario personal, su más cara libreta de notas, su cuaderno de guerra. Nos van a ver reír en este réquiem, leyendo Salto de mata, conmovidos por el elogio –inusual, agradecido, potentísimo– de un lector: porque no sólo el lenguaje sino también la lectura es algo del orden de la experiencia. En Salto de mata la lectura es una experiencia de los sentidos. Un libro para escuchar. La sintaxis de Savino es desprejuiciada. Si como traductor evita “las trampas de la exactitud”, como autor combate los espejismos de una domesticación lectora. Para los que todavía creen en la capacidad de los libros –cuando verdaderos, objetos peligrosos– de cambiar vidas y delinear destinos. Nada del culturalismo que nos impide sentir y pensar libremente. En Salto de mata hay humor, desenfado, sabor, pasión, placer de lectura. Hay también del enojo hacia una sordera imperante y de moda. Allá las modas. Un clásico es otra cosa. Una huída constante hacia el gusto. Hugo Savino recupera un tono que parecía perdido de la causerie argentina. Nos van a ver leer Salto de mata en este réquiem, entre risas.

18.11.10

Crónica de una crónica: Entrerrianos de Damián Ríos o “Damián atendeme…”, por Laura Estrin






Esa escritura hablaba de las cosas que se dan, de las que se reciben y de las que se pierden; yo después, con el tiempo, leí muchos libros, y los mejores realmente se limitan a hablar de eso; a veces para olvidarlo, pero siempre de eso.

(Entrerrianos)


“Damián atendeme”, le decía el papá enseñándole a contar juntando piedritas… Mi papá, cuando íbamos a dar examen nos repetía: “Escribí y dejá escrito eso primero que te sale”…

¿Qué pasa cuando uno lee, uno descubre, como yo hace algunos años, un autor, una obra, de la propia ciudad, del mismo tiempo, de Concepción y de Uruguay, para que entiendan los porteños, como dice Zelarayán?

¿Qué hace uno con lo que es tan cercano y tan bueno?

La de Damián Ríos es una lengua lisa, tranquila, real, sin barroco y sin manierismos inverosímiles. Una obra clara. Es ese Entre Ríos donde se dice “el Germán o la Mónica”. Entre Ríos o Concepción, ese lugar de dichos, pero dichos propios: “parecía un loro cansado” o “viento del este, lluvia como peste”. Y la escuela Bessi donde fui hasta segundo grado y Damián hasta que se fue a vivir con la abuela Carmen. Escuela Bessi por las hermanas Bessi, no lo sabía, Damián me lo cuenta y regala con su libro. Con ese patio de tierra y gusanos que los chicos nos ponían en el guardapolvo… Fantasmas de la infancia.

Y ahora, recién, veo la parte Uhart de Damián Ríos, de su escribir… él lo dice en la página inicial del libro… y aquí lo encuentro: “barrer la parte sombreada de la vereda”. Y veo las palabras de época y tal vez de zona –como dije para Zelarayán–, como “el hacer tanto espamento”. Las crecientes que yo vi del otro lado de la ciudad, porque vivía del lado del Ministerio donde el agua no llegaba pero alguna vez trepó hasta dos cuadras atrás de mi casa. Y Damián vivía en y con otras marcas, “el puentecito de Suipacha”, la zanja. Pero la creciente, “medio triste”, era cosa de ver para todos.

Damián sabe “escribir una novela con comprobaciones”. Pasar por detrás del Colegio del Uruguay, donde fui yo, porque Damián fue a la Industrial, adonde fueron mis amigos hoy tan lejanos: Dito y Fabio. Y él pone tan bien esas luces azules que suben y bajan los frentes de las casas, una memoria de reflejos. Y Damián atesora saberes de pueblo: saña y gente, que no se duerme a la mañana, “observaciones verdaderas” –dice el libro y escribe: “Narra el que sabe y se escribe para saber”.

Hebe Uhart aseguraba estos días en un reportaje que no sabe por qué la literatura argentina no hace buenos diálogos. D. Ríos hace perfectos cruces:

“-Está pescando, dijo Picho.
Y otro contestaba:
-Y estaba solo.”

La zanja, el arroyo de las Ánimas, extramuros para mí que vivía más cerca de la plaza Ramírez, y venir a descubrir literatura ahí, allá... Pero algo más que lo que yo siento y reconozco debe haber en Entrerrianos y en toda la obra de D. Ríos. Como Bernardo, esos locos que mandaban a “Surco”, un chiste que en casa se repetía, y que era un colegio para discapacitados “y que lo entienda el que pueda” –como dice Aira–. Y ahora no sé si Damián trasviste los nombres… Me parece que no… “el Damián” es Damián… Nosotros, yo, todos damos a leer nuestras cosas a algunos en Concepción y aunque la “Rys” sea la Rys, no se lee… casi nada… No todos están obligados a leer y la curiosidad es sólo avidez de pocos, la literatura –por suerte- no es obligatoria… Hay gente inmutable que ni siquiera se ve a sí misma cuando queda retratada y tengo miles de casos…

Pero los chicos, los primos, de Entrerrianos esperan la lluvia y la creciente. Parecido y muy diferente a Wernicke. Y no inventan casi nada. La lengua la conocen, la tienen. Es una sola, la lengua de la infancia, donde está casi todo… Pero a eso hay que entenderlo… es como cuando uno dice “todos escriben”… y sabe que “no todos escriben, sólo algunos entre todos”… Y esa fuerza, el encuentro de esa fuerza, de lo que verdaderamente se tiene y por eso sale así escrita, como el grito del gurí entrerriano que encontré en Zelarayán es lo que se puede llamar “retratar la propia lengua”: “La lluvia, dijo después, con ganas de decir algo”. La propia inundación, la llamé hace años.

Retratar es retratar un parroquiano que mira la tormenta y los apellidos de allá que reconozco: Don Caire, el muerto por la creciente, los Sandoval… Los nombres, los apellidos, no son los mismos en todo nuestro país. Las inmigraciones fueron otras. Así lo pensé en “El viaje del provinciano”. En Entre Ríos hay más apellidos judíos que árabes, me parece, lo contrario de lo que sucede en el norte.

Y el retrato es nítido, como el sol con la creciente. Y hay muchas cosas, transpuestas, recordadas: la vuelta a la plaza, los camiones de la municipalidad, la línea 4 de colectivos (creo que no había más de dos o tres cuando con Damián éramos chicos), la Terminal de ómnibus ya hoy envejecida pero que en los ´70-´80 era un edificio de los nuevos, con Hotel y todo. Aunque la Esso que estaba frente al playón siga estando…

Y el retrato se sabe retrato, lo más difícil que hay, un rostro, el retrato es un rostro literario: “Todo el tiempo parece que va a pasar algo en esas cuadras, pero a estas horas no puede pasar nada”. Y yo sé, por eso siento fuerte cuando lo leo, que la repetidora de canal 7 empezaba a transmitir a las 7 de la tarde, antes, a la tarde, había que conformarse con el 3 de Paysandú y el 12 de Fray Bentos... pero si había tormenta… Canal 9 aparecía entre rayas grises y negras…

Y siempre inevitable, hay un ensayo sobre la memoria y el olvido en estos relatos: “Primero me llega el olvido de los ruidos, después el de las palabras. El olvido que me viene es redondo, blanco, poroso, infinito: está hecho así para que uno pueda llenarlo con carradas de ruidos nuevos, mentiras. Me quedan, entonces, imágenes mudas, colores sin nombre; después les pongo el ruido y los olores que quiero, como si escribiera en un membrete”. Y contrasta en parte con “cosas ciertas que vienen de adentro de algo” y lo que media será entonces: contar una historia que no se sabe si es lo importante o si lo es el paisaje… así lo dice Entrerrianos.

Y el hospitalito donde finalmente quedó el consultorio de mi papá, donde empezó a irse la abuela de Damián; el balneario, adonde iban algunas maestras solteras y peinadas, y esas otras cosas que recordaba la abuela de Damián para él: saber, mirar, sentir, y de eso hablaban porque “Sólo ahí se empieza a escribir, para mí: lo demás es un tanteo”.

El interior creció hasta los ´50, eso leí en una antología de poetas del norte y es cierto, sino Damián Ríos en los ´80 y ´90 no podría hablar como un viejo: “Es el día de hoy que…”. El del interior es siempre un relato tiempo pasado.
Y está el registro de venirse a Bs.As. en colectivo, la maniobra de cómo sale el colectivo de la Terminal, una precisión de la mirada que asalta el corazón: “Eso, contar eso. Porque uno va sabiendo que al volver no va a ser lo mismo”… como me dijo la moza marplatense del café de Melo, un día, caminando por Las Heras… “cuando nos venimos envejecemos 2 o 3 años” y ella sólo tenía 21!

Y aparecen El Club Rivadavia y la calle Lorenzo Sartorio y pocas fechas… No tengo más que alegría y tristeza nostálgica por el tiempo del alma de allá cuando leo los recuerdos de Damián, su novela, lo único que los poetas pueden escribir, una morada desasida: “Qué mierda es acordarse. Tengo que escribir lo primero que me venga a la cabeza, si me tocó llegar hasta acá no lo puedo errar. Tengo que ser preciso, jugar bien”.

Yo nunca pensé, nunca quise volver a vivir ahí… pero lo recuerdo todo… Como Damián que ve clarito “el cielo bien limpito” que se enreda con los recuerdos de esos amores lindos, tibios, de ahí y la mención de pueblos que, creo, sólo pocos reconocemos: Villa Mantero, a la que le dicen “Mantero”, o el camino viejo a Colón… frases que uno reconoce como propias de esos tiempos de allá, acá nunca las nombramos. Y no son misterios, es experiencia, es visión y poesía honesta: “Pero para mí no hay destreza que valga, a mí me interesa la honestidad. Ser honesto es infinitamente más difícil que ser diestro” –dice Damián Ríos.

Por último recorro un poco algunas de sus frases porque “Alguien viene y dice su historia”… porque “La memoria es plana, no tiene manera de representar otra cosa que imágenes: apenas las acompaña con algo así como el ruido de un proyector de fondo, un colchón”…

Damián Ríos escribe, selecciona: “Lo que llaman inspiración en general se puede entender como acatamiento de órdenes (…) La memoria advierte lo del chirrido, pero no lo representa. Hay sol.” Ríos va por la lírica mejor, la justa, justo tuvo una radio Noblex como la que había también en casa. Damián retrata lo que le queda dando vueltas en el cuerpo: “qué hace Damián, nada, estoy contando la historia de todos nosotros, de lo que hacíamos”.

Una vez hablamos con Damián de cómo podíamos hablar cuando volvíamos a Concepción y conveníamos que uno nunca vuelve del todo… aunque vaya y salude 14 años después a la dorada noviecita de la escuela Bessi… porque también en Bs.As. está “Caserito (que) era como yo, nada más que se había quedado un tiempo más en Entre Ríos y leía muy poco…”

Y mi último subrayado es también algo que yo podría decirle a mi hermana que hace poco volvió a Concepción, a encontrarse con compañeros de la infancia: “bueno, hermana, no estoy hablando del pasado, estoy hablando de las marcas del pasado en una voz que ahora es mía”.

17.11.10

Hervé Guibert: el ocaso del cuerpo del escritor, por Pablo Moreno






La irrupción del sida produce en Francia un auge temático en la narrativa. Se calcula que entre 1985 y 1993 se publicaron más de 40 libros (testimoniales o de ficción) en torno a la enfermedad. La obra que se destaca por sobre el resto de esta irrupción fue la del otrora enfant terrible de las letras francesas: Hervé Guibert.

A veces, la inmediatez de la tragedia puede ser contraproducente a la inmediatez de la escritura. Entonces el “escándalo” oscurece la finalidad de la experiencia de la escritura. La agonía de Foucault y hacer pública la causa de su muerte (lo que relata Guibert en Al amigo que no me salvó la vida), fue un gesto casi imperdonable para los “apóstoles” de Foucault. Es por eso que hay que desligar la contemporaneidad de los acontecimientos que se relatan en primer lugar (que es la urgencia de la crónica), para restituir a la obra de Guibert su condición literaria, y en segundo lugar, para justificar el delicado equilibrio que hay entre la ficción autobiográfica y la memoria, es decir, cuando el espacio de la literatura es “fronterizo”.

Guibert irrumpe en la literatura francesa con su primer libro La mort propagande (1977) cuando sólo tenía 22 años, marcando un trazo que siempre iba a continuar a lo largo de su obra: la construcción de la autobiografía a través de la ficción. La crítica de su país entendió por ficción como mitomanía. Guibert se deslizó por todo el abanico que comprende la literatura del yo: diarios, novelas autobiográficas, correspondencia, textos autobiográficos ilustrados con fotografías de su propia producción. Su figura deja de ser de “culto” en la literatura gala cuando en el año 1984 gana el César al mejor guión por el film El hombre herido, dirigido por Patrice Chereaú.

En el año 1990 el mundo literario francés es sacudido por la aparición de Al amigo que no me ha salvó la vida que iniciaría el ciclo de obras alrededor del sida (enfermedad que fue la causa de su muerte) y que continuarían con El protocolo compasivo (1991), L´homme au chapeau rouge (1992, inédita en castellano) y el diario editado póstumamente Citomegalovirus.

La controversia que genera la obra de Guibert es la de todo relato autobiográfico: que se relata o qué se omite, cuál es límite de este tipo de relatos (lo público y lo privado) y cuál es el criterio de utilización de la materia prima de estos tipos de narraciones, que no es otra que la vida misma.

Indudablemente el espacio literario se fractura “topográficamente” cuando la novela autobiográfica se transforma en confesión. A la ausencia de privacidad, toda la vida puede ser narrada. La propia y la ajena. Y cuando la amistad es “traicionada” (hablamos de revelar la causa de la muerte de Foucault), la obra se desdibuja y se produce el acontecimiento, el escándalo. Insistimos con el uso de esta palabra. Revelar ser portador de HIV genera escándalo y precede a la “muerte social” del sujeto. Es un cuerpo que contagia y que es portador de muerte y que revelaría “prácticas sexuales no convencionales”. Predomina el discurso de la muerte.

“…En última instancia, en el sida esta predominando un discurso de la muerte y se está olvidando que el deseo no es una cosa tan fácilmente controlable. Hay peligro, pero tampoco en nombre del peligro vas a decir “Dejemos de vivir”, que es el gran mensaje de la medicina.” Néstor Perlongher, entrevista en Papeles insumisos.

Centrarnos únicamente en el “caso Foucault” sería acotar los alcances de la escritura de Guibert. En todo caso, una de las funciones de su prosa es la de perpetuar la memoria. Un acto de urgencia para los ausentes y para la propia y futura desaparición. Aunque a veces no se es partícipe de esos recuerdos:

"(Christine Ockrent) pasó un corto extracto que yo no me hubiera perdido por nada del mundo durante su telediario de la noche de la muerte de Muzil, en junio de 1984. Christine Ockrent, a la que él, exultante, llamaba con frecuencia ma petite o ma grande chèrie, no emitió en realidad más que una inmensa e interminable carcajada, filmada durante esa emisión de variedades, de un Muzil vestido con traje y corbata, imágenes en la que él se retorcía literalmente de risa en un momento en el que se esperaba de él que estuviese serio como un papa para glorificar uno de los reglamentos de esa historia de los comportamientos cuyas bases destruía, y esa carcajada me reconfortó en un momento en que me sentía helado, cuando puse la televisión en casa de Jules y Berthe, donde me había refugiado la noche de su muerte para ver cómo iban a tratar su necrológica en el telediario. Esa fue para mí la última aparición visual animada de Muzil que consentí recibir de él; deseé entonces no he querido, por miedo a sufrir, luchar contra ningún simulacro de su presencia, salvo con lo de los sueños, y esa carcajada tan formidable, tan impetuosa, tan luminosa, justo en una época anterior a nuestra amistad." Al amigo que no me salvó la vida.

Restituir la ausencia, porque el olvido es un tormento. De ahí la necesidad de recuperar la memoria, perpetuarla, fotografiarla, conjurar el ritual de la desaparición:

"En cuatro meses el tormento de la ausencia había tenido tiempo de depositarse sobre las cosas como un polvo imposible de quitar otra vez, las cosas se habían vuelto intocables, de ahí que hubiera que fotografiarlas, antes de que nuevos desórdenes las cubrieran." Al amigo que no me salvó la vida.

Si las funciones de la memoria serían la de perpetuar el recuerdo, la novela autobiográfica se sigue escribiendo mientras la enfermedad sigue su curso, minando las fuerzas. En Guibert es constante la lucha contra el tiempo. La autobiografía es la biografía del cuerpo consumiéndose. A lo largo de este ciclo de obras de Guibert, la forma narrativa muta de novela a bitácora, en donde se deja asentado los retrocesos y avances de la enfermedad. No podemos denominarlo diario (a excepción de Citomegalovirus). El Diario es la materia prima de la ficción autobiográfica en Guibert, de lo ahí se extrae se transforma en ficción novelesca.

“La memoria da sin duda un salto y yo no tengo ganas de seguir refiriéndome a ese diario para evitar hoy, cinco años después, la tristeza de lo que, reproduciendo con demasiada exactitud lo que sucedió, lo restituye con malevolencia…” Al amigo que no me salvó la vida.

No se registran fechas, se registra la progresión de la obra:

"El libro lucha contra la fatiga que produce la lucha del cuerpo contra los asaltos del virus. Solo dispongo de cuatro horas de validez al día, tras levantar las inmensas persianas de la cristalera, que son el potenciómetro de mi aliento que se debilita, para volver a hallar la luz del día y ponerme a trabajar de nuevo."

O contrariamente se registra el fracaso de la empresa, el cuerpo es el vector de la escritura. La experiencia de la escritura es la guerra contra el abatimiento, la ficción se desarrolla en consonancia con la respuesta del cuerpo, el cuerpo materializa la forma narrativa o más precisamente la dinámica de la escritura señala el principio y el fin, lo imprevisto o solución de continuidad de la obra:

"…antes de ayer me sentí un poco mejor desde la mañana y emprendí este relato que, aun siendo siniestro, me parecía presentar cierta alegría, ya que no viveza, que se debe a la dinámica de la escritura y a lo mucho que en ella pueda haber de improviso. No hay libro sin estructura inesperada, que se perfila con los azares de la escritura. Pero ayer volví a verlo todo negro y no escribí una línea." El protocolo compasivo.

La tolerancia de la medicación es la que puede seguir produciendo el relato:

"Sigo sintiéndome tan mal y estoy esperando el alivio de este medicamento, que, en realidad, llevo cinco días tomando, sin sentir otro efecto que la producción de este relato." El protocolo compasivo.

La escritura del Diario también sufrirá los vaivenes de la resistencia del cuerpo. La continuidad de la vida origina la escritura y hace progresar la narración. La supervivencia genera el relato y el plan de la obra. El cuerpo se encuentra en “guerra” contra el virus que avanza, Guibert se pregunta por la extensión de la obra:

"El Diario de Guerra de Babel: si pierdo mi ojo es uno de los últimos libros que yo habré abierto.
Este diario debe ser también un diario de guerra. (…)
Este diario, que debería durar quince días, pude detenerse de un día para otro debido al desaliento absoluto. (…)
Mi médico paso a verme hace un rato. Me anunció que, si la colocación del porta-catch transcurría normalmente bajo anestesia local en el quirófano, pondrían en marcha los trámites administrativos que me permitirían ser trasladado a mi domicilio lo más rápidamente posible y más pronto de lo previsto (pensé a la vez Genial, y ¡Mierda! Mi diario no va a durar quince días)." Citomegalovirus.

Así como Severo Sarduy construyó el relato autobiográfico a través de la arqueología del cuerpo, Guibert escribe acerca de la belleza de los cuerpos, de la plenitud y del ocaso de los mismos. Toda construcción autobiográfica necesita del escritor ese compromiso con el cuerpo. El cuerpo es la experiencia de la escritura en el que se narra la vida y también puede ser narrado con una cámara:

"Al dejar la cámara en su bolsa bajo la piel de pantera del sillón de escritorio, fui al instante a acariciar, ante los ojos de la asistente polaca, ese intersticio de carne tan suave entre los dos senos de mi tía abuela. Una carne joven y erótica pese a sus noventa y cinco años. No siento ninguna repugnancia hacia esa carne, a veces fofa, de mujer muy anciana, sino, al contrario, una gran ternura cercana hacia la atracción, una atracción gozosa, no viciosa. Suzanne debe de notar que a mí me da tanto placer como a ella frotar mi nariz contra la suya en nuestro beso esquimal., desde que no podemos hablarnos, acariciar su frente con un gesto repetido en el sujetador de los cabellos, estrechar su mano en la mía, somos dos enfermos moribundos que buscamos aún un poco de voluptuosidad en esta tierra antes de volver a encontrarnos en el infierno." El protocolo compasivo.

En junio de 1992, Guibert se filmó en video en distintas situaciones cotidianas, registrando su enfermedad, con sus familiares, en su rehabilitación, con sus amigos, desnudo. El montaje final de ese film, emitido póstumamente se llamó La pudeur ou l´impudeur (El pudor o el impudor), titulo por demás emblemático que refleja los parámetros en que se desarrollo toda su obra.

Evitando el ocaso final de su cuerpo, Guibert se suicida en Paris, en diciembre de 1991.

11.11.10

Parranda, por Hugo Savino






Sobre Parranda, de Gabriela Goldberg (Vox, 2010)


En la guerra de la poesía, en la celebración de la poesía, tan organizada, con sus poetas oficiales, con sus poetas rebeldes subvencionados, con sus líricos transidos, con sus directores, sus malditos, cada tanto cae un libro escrito. Que no entra en esas categorías. Un libro que no le habla a la poesía, un libro que hace poemas. Un libro solo, que “en el embrollo” sorprende porque no viene del estilo, no, y no se sabe bien de dónde viene. No sabemos el origen. ¿Y para qué? Los libros que no vienen del estilo tardan un tiempo en ser leídos. No están en el código. Parranda viene con sus líneas de “flecos flores”. Gabriela Goldberg pone el poema en la línea, enrosca las frases en canto, trae “los encantos más queridos”, a veces rotos, a veces vienen en preguntas, hilachas /a/ la luz”, pequeñas bellezas de la línea. El hallazgo de una línea que lleva a otra línea y que uno se lee en voz alta: “en chuzas / la despeinaron / al fondo de las hojas / el cuerpo la vira / mancha”. Parranda tiene una violencia de escenas, de detalles: “envidia torva”, la rozadura del “rencor que se anilla”, es también una evocación del tiempo perdido: “acaso vuelquen las frases apiladas / o granice / sobre la mesa puesta una charla sosa / de pobre”. Es un libro de la acrobacia de la vida. Acá todos “empilchamos con lo puesto”. Del humor de la retrospectiva: “¡clo clo! traición!”. Ninguna teoría del humor, ni de la evocación ni de la violencia. Es un transitar en las líneas. Por eso es un libro anti-celebratorio de la poesía. Muchos creen romper todo y no hacen más que servirle al filósofo un poema de la poesía. Hay mucho kitsch poético envasado en forma de ruptura. Parranda no viene de ningún lugar no va a ningún lugar, es un poema refractario porque no imita nada. Leo estos poemas como anotaciones de sueños, o viñetas del paisaje. Momentos desparramados que se juntan en la lectura. Se hilan. Y me cuento una fábula. Los poemas no me cuentan nada, me sugieren una narración desflecada. Son poemas escritos con la realidad, poemas que sugieren el presente de lo vivido y que rascan en la “flaca memoria”. Me traen una visión. Veo y escucho lo que leo. El mundo Parranda se pone a potrear, en un perder el tiempo de “cazar mariposas”, de sombreos y mediodías: “potrear la tarde / al sol / hacer paisaje”, destino de vagabundeo por el sólo hecho de una vida privada. Parranda tiene algo de asocial, de incitación a apartarse. De movimiento para no dejarse atrapar. No predica lo amuchado, no predica nada. Son “dedos que repasan las batallas”, pequeñas incrustaciones de rabia crujida, sonoridades. Batahola que hace poema.

6.11.10

Si algo se va, la literatura queda: El puente suburbano de Jorge Quiroga, por Laura Estrin






(Apuntes de lectura para el programa Litertango, FM La Tribu, Domingo 24 de octubre 2010)

El puente suburbano de Jorge Quiroga es un libro hermoso. Lo bueno, lo fuerte, me habla directo a mí –como dice Hugo Savino–, me agarra del cogote: “y ese verano es un paso que no podemos dar”… Después, más adelante anota: “Una planicie blanca, interminable, iluminando un verano que nadie sabía que iba a ceder”.

En El puente suburbano, el tiempo, el paisaje me son cercanos: “El viento ataca, golpea, llega”… o la escena 24: “El día y la noche son dos momentos en los que se habla, y nadie vuelve atrás, pasando por el campo sembrado, mirándolo, con las piedras que cubren el tiempo (sólo una presencia) que elige entre la ingenuidad y la desdicha”… La literatura queda, como quedan las piedras en los cementerios judíos… porque “la vida no es cruzar un campo” –como marcó Babel que hizo muchas veces fulgurar la vida en los lindes del cementerio.

También muy cerca tengo el retrato de la 45: “A cierta hora de la noche, la vida y la inquietud crecen dentro nuestro. Los papeles están cambiados, donde había una calle, ahora un hombre se equivoca….” De noche no hay mucha diferencia entre la enfermedad y la salud… eso escribí en A maroma.

Y Quiroga sabe bien que “El tiempo atesora lo verdadero que hay en las palabras dichas”…. Y el libro acierta cuando dice: “No le perdonan deambular por la memoria…”. Resonancias, lo que queda: “El que recuerda elige lo que trae, para que le crean, y así pensar que comienza otro día, en el que se reencontrará con los amigos, alentados por la voz, nada de eso puede ser cierto”.

“Hay que cambiar las cosas de lugar, en el corazón de la noche”… El puente suburbano de Quiroga es enigmático si uno busca algo… Pero para leer estos libros hay que olvidarlo todo, empezar de nuevo pero con lo que nos queda... No hay proyecto para escribir ni para leer, sólo hay una experiencia corta, como la cola de un gorrión, como dijo de sus cuentos el mismo Babel, un ruso triste pero certero que no dudó en contradecirse afirmando que un hombre alegre siempre tiene razón. Y en Quiroga… que tal vez porque leyó algunos buenos naturalistas argentinos en Boedo, el grupo que leyó a los rusos, supo poner en sus escritos una poesía-relato más o menos oculta, oscura, subrepticia… Lo digo mejor: hermética, cerrada: estamos condenados a lo hermético, una transposición justa. Una totalidad que sabe que es sólo buen fragmento. Como en Las otras historias, Quiroga hizo retratos, trató escenas, es decir, puso marcas propias en marcos justos. Y dijo: “Un resplandor escapa a la trama”. Hay escritores que quieren iluminar, a otros les basta seguir un incierto resplandor.

Entonces los suyos no son poemas sino estampas. Atisbos de narración. Algo sucedió pero lo que se cuenta está después, en lo que de ello queda. Y eso hace que haya grumos de narración, misterio –dirá él mismo recordando la poesía de Montale. Lo cotidiano, también está ahí, dice Quiroga, Saba. Italianos que lee.

Entonces, entre la historia y el autor, una voz, la subjetividad como mayor objetividad. Pero en este nuevo libro de Jorge Quiroga la historia es más liviana. Y también, “Parece que hablo de mí pero hablo de otros, de ellos”– se aclara él mismo después.

Raschella en el prólogo dice que el destino a veces coincide con el origen, ese mar que reaparece en el libro. Supongo que eso pasa, en parte, porque es una “escritura por ráfagas, que implica una tremenda desprotección, porque encierra como un arribo, donde está expresado, en evidencia, un lenguaje terminal, implica la soledad y la búsqueda implacable, como rasgo que la particulariza”. Eso escribió Quiroga sobre Zelarayán en la revista “La otra”. Escrituras que son como un viento, sin proyecto, sin cierre, entonces lo que se es, aparece, está ahí. Y me gusta mucho cuando bien dice después: “La memoria modifica lo real, es un ensayo, entra como una pregunta y, como la existencia, no es un lecho de rosas. Y es mejor emprender la fuga a un Bs.As. imantado”. Y sigue de cerca de Zelarayán en Lata peinada cuando supone: “ojo con las vidas derrumbadas. Este lenguaje de desplantes, de diálogos interiores y de preguntas, es el idioma de la pasión”. Citas que no aceptan ninguna dualidad, la ambigüedad es mejor, puede ser como una respiración que nos viene desde siempre.

Y sigue Quiroga: “la literatura tiene que estar atenta a ese rumor insospechado que proviene de los seres y de los hechos, de las infracciones que trae lo oral, que es la fuente unívoca de lo efímero y de la poesía. El escritor sólo tiene que tender su mano ante eso que es denso, rico y siniestro al mismo tiempo. El comienzo de la literatura es ese subterfugio”…

La literatura para nosotros es un arte del escuchar y del mirar, autores del ojo y de la oreja, ese sentido de lo real –como decía Zola–. En unos versos de Jorge Quiroga, de Madres, él anotaba: “Uno se da cuenta que necesita mirar,/( por la ventanilla el paseo es de todos)”. Y en El puente suburbano, en la genial estampa 42 amplía: “Renunciamos a la vida, nos silenciamos, y lo vivido se entrelaza, entonces se trata de prestar atención a aquello que es el ademán. En la madrugada es la claridad la que ciega.
La ciudad es repetida de pocas maneras, ella está para hacernos recordar, desgarrar, morder de cuajo, arrepentirse, ver a los otros como lo que son”.

El puente es el barrio, del que uno se va y al que vuelve. Un paso. “Mi alegría sería que esto se lea como poesía escrita en Bs.As” –dice Jorge Quiroga–. La ciudad, la imagen que una y otra vez aparece en todas sus historias.

Y cuando escribe sobre Néstor Sanchez es claro: “El mundo mantiene una relación imposible con lo que sucede, y la única manera que encontró Sánchez es apostar a su encuentro. Vigilar lo que no se conoce, narrar aquello que tenemos, es decir, contar ese proceso, contraponiendo las resonancias”. Sabemos: la literatura es un encuentro. La literatura es el milagro del encuentro, además del encuentro de entreperdidos saberes, esa experiencia inútil que queda cuando no queda nada: “Nos encontramos, ella guarda los hechos para que la historia no culmine, atraviesa la estación sin detenerse”. Quiroga tal vez sabe que las mujeres no olvidan y los poetas, tampoco.

La literatura es encuentro y es guerra –repetimos a Mandelstam–, y Quiroga escribió una frase genial en el prólogo a una antología de Nicolás Olivari: “El poema, se sabe, indica una distancia, y una buena defensa”.


Confirmo con cada libro de Jorge Quiroga que su poesía me gusta. Este libro aparta incluso ese paso de historia o de pasado argentino que en los otros libros está más fuerte y del que acá se aleja, un poco. Raschella dijo que hay siempre algo de “escribir la generación a la que uno pertenece”… Un aire del tiempo electivo, si aceptamos que los encuentros, cuando son lo que queda, lo son… Por eso, “Jorge Quiroga me inspira confianza. Sabe ver la época” –tal como dijo Hugo Savino.

1.11.10

En torno a Salto de mata de Hugo Savino, por Mariano Dupont






¡no tengo ideas, yo!… ¡ninguna! ¡y considero que nada es más vulgar, más común, más repugnante que las ideas! ¡las bibliotecas están llenas de ideas! ¡y las terrazas de los cafés!… ¡todos los impotentes rebalsan de ideas!… ¡y los filósofos!… ¡su industria son las ideas!… ¡con ellas agobian a la juventud!… ¡la prostituyen!… la juventud, usted lo sabe, está siempre lista para tragarse cualquier cosa…
Céline


Salto de mata no es un libro para los oficiosos de la cultura. Para los lectores con manual, los amantes del casillero, de las jerarquías, de las ideas. Para la sordera organizada, militante. La sordera que lee desde el pasado. Que sabe cómo deben ser los libros, cómo tienen que escribirse. Bien/mal, así no/así sí. La sordera que rechaza el gusto, lo libertario del gusto. Salto de mata es una pared que la sordera no puede atravesar. Se queda del otro lado. Y putea, se enoja, descalifica, interpreta. Desespera. Y para salir de la desesperación, teje impugnaciones, murmura. Invoca la santa protección del coronel Adorno, el presidente del Tribunal de la Estética. O de quien sea. Espíritus blindados del aparataje teórico. La Panzerdivision del tedio policíaco. Muertos que pensaron la literatura (o el arte) hace miles de años. El pasado. Y no hay manera: Salto de mata sigue allá adelante, inalcanzable, se va. Los sordos no pueden con Salto de mata, no lo pueden leer. Piden coherencia, respeto, sobre todo respeto; piden argumentaciones bien fundadas, como en los libros de verdad que a ellos les gustan. Fruncen el ceño, serios, preocupados… ¡pensantes! Porque la sordera piensa. ¡Y cómo! No para de pensar. Todo el día pensando, pensando. Y luego reconviene desde la cárcel del pensamiento, de la estética (un cuartito miserable, apestoso, ya lo conocemos). Son los estúpidos que sólo ven lo bello en las cosas bellas, como dijo Arthur Cravan. ¡Los conceptos! ¡La sacrosanta ideología! ¡Filósofos del arte! El pasado, sí. Lo podrido al cubo. Y claro, no alcanza, por supuesto. Qué va a alcanzar.

Para entrar en Salto de mata hay que tirar toda esa mierda a la basura. No es fácil. Primero hay que escuchar, escucharse, sobre todo escucharse. Pero nacieron con el oído tapado. Sordos de nacimiento. Por eso se dedican a la estética… ¡al rizoma!… ¡al noúmeno!… ¡al ser!… ¡al yo!… ¡al yo lírico!… ¡al himen!… ¡al desierto!… ¡a la identidad!… ¡al cine!… ¡a la novela!… ¡al argumento!… ¡a Rodolfo Walsh!… ¡a César Aira!… ¡a Kuitca!… ¡a Duchamp!… ¡a América latina!… Especulaciones. Il faut cultiver son jardin. Un quiosquito acá, otro allá, uno acullá. La cultura provee. Siempre. Para todos los gustos. Como en la heladería, hay para elegir, no hay problema. ¿Y pagan en los quiosquitos? ¡Qué van a pagar! Ni eso. ¡Para que empiece a entrar un mango hay que hacer cola durante años, romperse el culo junto a miles de piojos! Limpiar muchos baños, mucha caca de reyes pegada a los inodoros. Mucha lavandina. Meta trapo. Franela y franela. ¿Llamó usted? Dormir con el plumero debajo de la almohada, por las dudas, nunca se sabe. Abanicar, eso es clave. Zapatear un malambo. Lustrar mucha platería, también, mucho abotinado de gallego nuevo rico filisteo. Algunos mueren en la cola, otros pierden ahí los mejores años de sus vidas, chupan frío o se insolan, dependiendo de la estación, con la esperanza de llegar a tomar algún día un café con alguno de los cuatro o cinco faraones que llegaron a Barcelona. ¡Eternos segundones! ¡Eternos perdedores! ¡Sigan haciendo fila, gilastros! ¡Todo llega en la vida! ¡No pierdan las esperanzas! ¡Nunca se sabe! ¡Los milagros existen! ¡Confianza!… Avanti, sempre avanti!… La pirámide de la cultura, o sea. Más vieja que la roña. Los de abajo sostienen y sostienen, escoltan, se compran el uniforme, las botas Pampero, se arrodillan, baldean, manguerean, piden perdón por no saber escribir. Los pederastas de arriba, viejos sádicos, les corren la zanahoria… les mueven la banana, se la esconden. ¡Una y otra vez! Y los jóvenes no llegan nunca… ¡Desesperan por llegar pero no llegan! ¡Pobres infelices! O algún talentoso llega, es verdad, sí, alguno llega. Con un poco de talento, ojete y mucho cálculo, escribe la novela que justo ese día reclamaba Barcelona. Viudas, pileteros, crímenes invisibles, enigmas indisolubles, historias del pelo de concha, historias de la poronga, historias del escroto. ¡Memoria!… ¡política!… ¡exilio!… ¡militancia!… ¡compromiso!… ¡otra vez el compromiso!… ¡vuelve el compromiso!… ¡el compromiso nunca muere!… ¡siempre rinde! Estar a la izquierda, a no confundir, eh, nada de Sartre, ese pelotudo, Andrés Rivera hay uno solo, por suerte. Es decir: cotizar en bolsa con “la derecha avanza”, poniendo cara de “Mauricio Macri es un hijo de puta”. Y por supuesto: neoperonismo, neomalditismo, neovanguardismo, neoargumentismo, neopelotudismo, neopajerismo. Lo neo es un golazo, un clásico de clásicos: siempre funciona.

¿Y Savino a todo esto? Está en su casa, tomando mate. Sábado a la tarde. Lee a Marina Tsvietáieva, que de estas cosas sabía. O a Kerouac, que también sabía. O traduce a Henri Meschonnic, que pedía una historicidad radical. Lo contrario de la Historia (y sus tenazas). Escucha a Troilo, Savino. O a Albert Ayler. O a Armando Manzanero. Se dedica al gusto. Nada que ver con el arte. Garabatea en sus cuadernos: La línea del tiempo o Viento del Noroeste. Poemas, versos no oficiales. “Cositas” (Osvaldo Lamborghini). Cada tanto levanta la cabeza. O mejor: pone la oreja. Pone la oreja para escuchar en qué anda la época. Escucha para ver. Al revés de la sordera, que ve para escuchar, para ver si puede escuchar algo (pero no escucha un carajo). Escuchar para ver qué es lo que hay del otro lado del lenguaje (Beckett). Sismógrafo del poema, Savino. Registros de voz. Nada más. Una escritura del sonido. En primer lugar, la música. O el baile (Céline). Así, lo que dice Salto de mata (sobre literatura, sobre música, sobre lo que sea) es lo de menos. Los sordos eso no pueden entenderlo. Las ideas son mejores que cualquier tapón de silicona, doy fe. Salto de mata no dice, hace. Cosas al lenguaje. Ése es el trabajo de todos los libros de Savino: hacerle cosas al lenguaje. Savino sabe perfectamente que a esta altura ya se ha dicho demasiado, aflojen un poco, la puta madre, ya es hora, tenemos los huevos al plato con todo lo que se viene diciendo desde Gilgamesh. Queda sin embargo mucho por hacer (Coltrane).

La estética finge: indiferencia, aburrimiento, nonchalance. Suficiencia. Posa. Posa para que los giles crean que no acecha. Pero sí: acecha. Es incansable, voraz: quiere interpretar lo que dice Salto de mata. (El sentido no duerme.) Quiere valorar un libro que se caga en sus valores (los valores de la estética). Que sigan con lo suyo, dice Savino entre mate y mate, allá ellos, yo sigo con mis cositas: el poema, etc. La libertad. Cada vez más libertad: por ahí va Savino. Rasgando la tela (Sánchez). Pone este disco: hay mucho por hacer todavía, mucho que desmontar, el horizonte está en la muerte, allá, no antes, a ver si se entiende de una vez por todas: ¡nunca se llega! Savino habla solo, como Ayler. El que llega (el que cree que llega) cagó. Mucho por hacer, entonces. Un trabajo enorme que los indolentes estetizados no van a hacer en la puta vida. ¿Para qué? ¿Para perder lo poco que tengo? ¡Ni en pedo! Ante todo el uso de los frutos. Eso es muy importante: no dejar que los frutos se pudran. Así, con los valores se arman un tingladito, se protegen ahí, se dan calor unos a otros, como los pingüinos, se alimentan entre ellos, a cuchara, con la sopa ideológica. Se estimulan, se alientan: muy bueno tu libro, me encantó, me lo devoré, se lo regalé a mi mamá para el día de la madre. Son feligreses de la Iglesia de los valores asesinos. Se odian (incluso a ellos mismos). Se matan sin darse cuenta. Siempre por la espalda, si no, no tiene gracia. Ponen cara de felices, de lamas tibetanos, de sabios.

¿Y Savino a todo esto? Por el lado de Claudel, de Kerouac. Acompaña a Kerouac, a Claudel. Savino en Claudel: “para leerlo hay que acompañarlo hasta ahí”. Nadie acompaña. O muy pocos, seamos justos. La mayoría prefiere levantar el dedito como las abuelas del siglo veinte, censurar, cosa fácil, cualquiera censura, la especialidad de los profesores de letras, de los mancos. Acompañar en cambio es otra cosa, no es tan fácil acompañar. No es fácil seguir la veleidad del otro, sus devaneos, sus contradicciones, su gusto; no es fácil no retroceder ante el gusto del otro. Un gusto genuino es un gusto imperfecto, decía Eliot, el de La tierra baldía. El gusto de Savino es genuino, imperfecto, no hace un culto de las ficciones del canon (cualesquiera sean). Nada que ver. Por el lado de Claudel, de Kerouac, entonces. Del amor, sí, digámoslo, seamos cursis, me chupa un huevo. En las antípodas del valor. Por el lado de Murena, de Cerretani, que no están en Salto de mata pero están: son de Hugo Savino (y de sus cómplices de oído). Son de su gusto. Un gusto que no ofrece respuestas, como dice Savino de Meschonnic en el “ensayo” “Henri Meschonnic: el poema en la libreta”. Porque Salto de mata no trae conclusiones. No dice: esto es buena literatura, esto no, tengo la posta, esto está caduco, esto es actual, esto no, esto sí, mejor el argumento, mejor falta de argumento, etc. Y menos que menos busca hacer pie en los andamios de la buena factura. Vade retro. La buena factura es la peste (me lo dijo Savino). Ningún intento de incrustarse en alguna fachada al tanto por ciento. La de Savino es una voz solitaria. Punto. Ningún club. No lo acompaña el comité de ninguna revista. Lejos del género, lejos del ensayo. Lejos de la tesis, sobre todo de la tesis. A años luz de la postración de los chupamedias. Del pasmo de los alcahuetes. Del espíritu rebañego. “Devotos: abstenerse.” Cerca del poema, del poema en la libreta, como escribe Savino (como pocos; ni bien ni mal: como pocos). Abierto a lo que no conoce, como Claudel. A la bartola, rápido, a saltos de sintaxis. Toco y me voy. ¿Adónde? ¡Qué sé yo! Una esgrima de cervato chiflado. Y así se mete en zonas complicadas. Se manda. Saca a relucir frases hinchapelotas para hacer saltar a los jodidos por la estética (magister dixit).

La estética carece de humor, se sabe. Se toma todo en serio, es obediente, limpia, disciplinada, olfa, lee al pie de la letra lo que dice Salto de mata. Su pasión es educar. De vuelta: bien/mal, así no/así sí, aprobado/desaprobado. La estética quiere ideas… ¡ideas!… ¡ideas!… ¡ideas!… ¡más ideas!… Una muestra de que vamos bien. No puede escuchar que en lenguaje Savino las ideas no existen. No hay ideas en Savino. Quien busque ideas en Salto de mata caerá en un pozo ciego. Ahí, en la oscuridad, con el agua al cuello, lo que encontrará, sí, es mucha culpa. Mirará a los costados, se volverá paranoico. Se molestará, sobre todo se molestará. Querrá encerrar a Savino en una bolsa de arpillera, amordazarlo, pegarle algunos puntinazos (pero sin lastimarlo, ojo). Darle un escarmiento, una lección. La comisión directiva de Unione e Benevolenza propone el aceite de ricino, una purga, como en la época del Duce. A ver si se calla de una vez por todas. Le habían pedido distancia crítica. ¡Pero el díscolo no hace caso! ¡Rebelde! ¡El educando no se deja educar! ¡Se niega! Los “cosos de dar lecciones” no saben qué hacer con Savino. Entre molleja y molleja, lo desguazan, a libro abierto. El alumno es porfiado, no quiere crecer, ¡no aporta! ¡Adhiere al desacato! ¿Quién se cree? ¿De qué la va? Se empecina en ir por donde no hay que ir. ¡Escribe lo que no hay que escribir! Como el irreivindicable Murena. ¿A qué? ¿Por qué? ¿Es que a Savino le gusta flagelarse?, ¿es masoquista, Savino? ¿No se da cuenta de que así se hunde? ¿Qué busca, inmolarse? ¡Hombre grande! Lacan. Porque Freud no alcanza. Así que llega Lacan. Toda una garantía. El mejor comodín: sirve para todo, Lacan. ¡Aún hoy! ¡Lacan o muerte! Sacan de la billetera la estampita del santo del moñito, le rezan, lo vuelven a leer por milésima vez, le ponen velas, inciensos. ¡Adorno y Lacan! Bouvard y Pécuchet. El santuario ortopédico. La máquina de hacer chorizos. Que no para de hacer ruido, de joder. ¡Noche y día! Toda una generación. “La cofradía de los mediocres que se reúnen (en cada época) para demostrarse a sí mismos que tienen talento y excluir al hombre libre” (Dominique de Roux). Siguen los nietos, ahora, se multiplican como hormigas culonas, ya se subieron a la tarima para reemplazar a la parálisis gagá.

La decisión es unánime: hay que operar. El dictum de la época, que es igual a las pasadas, no nos engañemos. Así que a no quejarse, no caer en la tentación. La lagrimita es lo peor. ¡El mercado! ¡Todo es culpa del mercado! ¡El mercado! ¡Nadie lee! ¡Ay, ay, ay! ¡Culpa del mercado! ¡El mercado! ¡La industria cultural! ¡Maldito mercado! ¡70 ejemplares en 3 años! ¿Hay derecho? ¿Eh? La comedia es implacable, impecable. La vida es una fiesta, sorditos. ¡No olvidar! ¡Jamás! ¡Es la única memoria que importa! Por más operaciones que quieran arruinarla. El verdadero espíritu no se deja atrapar. Está y no está. Hace un paso al costado: pasen, pasen. Pero hablaba de operar. Hay que operar, decía. Eterna Cadencia… Malba… Ostende… Frankfurt… ¡Hasta llegar a Barcelona! ¡A Barcelooooona! ¡Al paraíso! ¡Al éxtasis! ¡A Dios! ¡Ahhhh! ¡Al fin!… Así que ahí están en Barcelona, llegaron, algunos llegaron. Arroban a los gallegos, que creen estar frente a los Raymond Roussel del nuevo milenio. Son clones de Ronald McDonald, pero no lo saben. Dicen cosas como: “Joyce dejó de interesarme” o “La literatura debería ser un contragolpe como los de André Agassi”. ¿Y Savino a todo esto? Pone la oreja, ya lo dije. Está en el lugar preciso en el momento preciso. Está ahí. Dio un paso al costado. No está operando. Savino no opera. ¿Y entonces? ¡Entonces a operarlo! Operación Savino. El diagnóstico ya está: ilegible (no se puede soportar). ¿Matarlo? No, no, por favor, eso es demasiado. Pero sí podríamos extirparle el rencor, el resentimiento, el tono de compadrito, ¿qué les parece? Adecentarlo, embellecerlo, acicalarlo, manicurarlo. ¡Vaciarlo! Eso: vaciarlo. Se proponen vaciar a Savino, quieren un poco de paz, continuar el sueño eterno. Le dan turno. En vano. Porque Savino no va a ir, me lo dijo el otro día, no piensa ir, que se vayan a cagar. Está ocupado con el poema, con sus cositas. Escribe para un lector que no existe.