(Laura Estrin y Javier Fernández Paupy)
IB: [Mario Porro]… era científico, era físico y muy importante, tuvo una beca en Francia. Pero dejó la ciencia por la poesía. Era muy buen músico además. Tocaba cinco instrumentos. Era excelente dibujante. Era un hombre del Renacimiento. Era muy amigo mío y nuestro maestro. Él decía que cualquier cosa que se hace pensando siempre sale mejor. Si vos estás cortando ajo pensando, lo harás siempre mejor. Cualquier cosa. Yo le contaba una vez, hace muchos años, a Laura que tenía un basurero que era un preferido mío, todos los años lo convidaba con una torta, con cosas ricas, dos veces por año, para año nuevo y para Pascua. Él hacía las cosas pensando, a él nunca se le rompían las bolsas, estaba siempre limpio.
JFP: ¿Como que hay un peligro en la vida conciente? ¿Hay como miedo a vivir la vida de manera conciente?
IB: Exacto, es como si uno creyera que la vida pasara mucho más fácil si uno no le prestara mucha atención. ¿Te acordás de Ruben Darío?:
Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
Y más la piedra dura, que esa ya no siente…
Porque no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
Ni mayor pesadumbre que la vida conciente…
Ser, y no saber nada...y ser sin rumbo cierto…
LE: Y bueno… pasa más fácil, pasa más tonta…
IB: No es cierto, no es cierto.
LE: Pero vivimos mal pensando, Irina…
IB: A Indra Devi yo le traduje su autobiografía. Del ruso la traduje al castellano. Resulta que ella llegó a India con su marido diplomático y se sintió tan unida a India que quiso aprender yoga… que era algo masculino. Porque a las mujeres no las aceptaban…
JFP: ¿Qué libros disfrutaste más traducir de castellano?
IB: Disfruté mucho traduciendo una escritora que se llama Ludmila Petrushevskaia. El libro se llama Una niña del Hotel Metropol. Y también, muchísimo, a Dovlatov. Me reía con él.
LE: ¿Y al revés? ¿Qué te fue un suplicio?
IB: Las cosas que me parecían un sufrimiento directamente no las hacía, las dejaba.
JFP: Una ética personal.
IB: Elegía, tuve suerte de elegir. Como decía mi marido, tenía suerte de no tener que vivir de esto. Porque la gente que tiene que vivir de la traducción, esa es la que sufre, la que tiene que traducir cualquier cosa. Ocho horas al día, correr de un lado para el otro.
JFP: ¿Siempre hiciste traducciones literarias?
IB: Siempre. Las traducciones no literarias las hice sólo para gente amiga que por alguna razón me las pedía.
LE: Y de los autores que se conocen más y les dicen clásicos, ¿son para vos agradables de traducir? ¿Tolstoi, Dostoievski, Turgueniev?
IB: …me agradan mucho los clásicos, a mí por ejemplo me gusta muchísimo traducir a Lermontov, muchísimo. Lermontov es un gran poeta. Lamentablemente a Dostovieski y a Tolstoi, a toda esa banda, Nekrasov...
LE: ¿Te gusta Nekrasov?
IB: Sí, me gusta Nekrasov. No todo, pero yo niego aquella idea de que Nekrasov es un proyectista que escribe según un programa, sólo como un comprometido. No es cierto, no es verdad. Pero resulta que ya a esa altura de mi mundo y de la vida, yo les veo la trama, les veo el canavá. Y deja de interesarme. Cuando de pronto tienen algo que se sale de eso, me da un gusto tremendo.
JFP: ¿El canavá?
IB: Canavá es una tela sobre la que se borda. Una tela muy abierta donde vos hacés punto cruz, después sacás esa tela. Cuando yo veo esa tela, pierdo interés. No del todo, desde ya…
LE: Y a lo mejor, esa misma tela es la que les permite después ser clásicos, ¿no? Ser previsibles…
IB: Desde ya, si tomás por ejemplo un Balzac. Balzac es increíble porque su canavá es más complicado que algunos manteles de los más estrafalarios, de los más ricos. Porque él se permite cosas, entonces, desde ya que a mí me da gusto. O, por ejemplo, Rabelais, tiene cosas tan increíbles. Yo descubrí allá en mi biblioteca del Uruguay que tengo un libro de Rabelais con un prólogo de Anatole France, un prólogo de primera, un prólogo que es, de por sí, una obra de arte. Muy buen prólogo.
LE: Es decir que hay clásicos que son clásicos y otros clásicos que no son clásicos.
IB: Sí, qué sé yo…
LE: Y vos cuando decís clásicos, ¿te referís a un canavá formal o a un aspecto, de trama, de contenido, de argumento, del relato?
IB: No, yo hablo de clásicos que entraron en la vida de la gente. Incluso en la vida de gente común. A la gente común, si les hablás de Don Quijote, saben quién era Don Quijote, aunque no lo hayan leído incluso. Eso es un clásico. Cuando se habla de Hamlet sin tener idea qué es lo que representa Hamlet.
LE: El canavá, ¿es formal o de contenido?
IB: El canavá es formal, desde ya. Pero no solamente formal, porque también hay canavá para las ideas. Y si son ideas muy trilladas...
LE: ¿Por ejemplo La sonata a Kreutzer de Tolstói, contra el matrimonio?
IB: No, La sonata a Kreutzer justamente no es trillada. La sonata a Kreutzer es absolutamente fuera de serie. Es muy justa, porque cuando nosotros, en el grupo con Mario, escuchábamos varios días, porque escuchábamos varios días algunas cosas musicales, repitiendo, escuchábamos Sonata a Kreutzer, la sonata produce realmente un éxtasis. Si la escuchás bien tiene una sensualidad tremenda, tremenda. Fuera de todos los tolstóis y todos los matrimonios y todo lo que vos quieras. Hay algo en ella que evidentemente a Beethoven le producía, no sé, quizás hasta un éxtasis amoroso. En serio, escúchenla. Escuchen Sonata a Kreutzer seriamente. Sin ninguna clase de prejuicios ni nada. Esa es una de las cosas más sinceras de Tolstói, más sentidas. ¿Por qué? ¿Vos no pensás así?
LE: Es que es muy moralista. Castigó a su mujer 50 años y…
IB: Esa obra no es moralista, de dónde es moralista... Si ves que tu mujer y un músico tocan de tal manera, coinciden, no puede no haber celos. Eso es mucho peor que un acto sexual porque es un acto espiritual, es una traición. Así que no es cierto que es moralista, ¿por qué moralista? Es común, es una cosa normal. Igor decía, yo puedo tener celos de alguien a quien vos estás adorando, poniéndolo en un pedestal. Es mucho más problemático que a alguien a quien vos querés.
LE: Fulvio (Franchi) pregunta –cuando le dijimos que veníamos, lo invitamos a colarse pero no pudo, y él quería preguntarte qué preferías en traducción– ¿qué géneros?
IB: Prefiero siempre ficción, siempre literatura. Si es, dentro de la literatura, algo de memorias o algo así.
LE: ¿Y entre prosa y poesía tenés alguna preferencia?
IB: Siempre prefiero poesía porque allí es donde, sin modestia lo digo, me siento también cocreadora.
LE: …la traducción de poesía es una escritura de poesía.
IB: Quieras o no quieras, es otro idioma, entonces es otro sonido, otro oído, entonces ahí tenés que hacerlo, bien o mal, o medianamente bien...
JFP: La traducción opera siempre entre dos lenguas…
IB: Mirá, yo entre esas dos lenguas también utilizo otras porque muchas veces me vienen a la mente palabras alemanas o francesas, especialmente alemanas porque estudié alemán así que está metido dentro de mí a pesar de que no tengo práctica. Entonces necesito también diccionarios alemanes y franceses.
JFP: ¿Y esa idea un poco trillada que alguna vez alguien dijo que la poesía es lo que se pierde en una traducción? ¿Qué pensás de eso?
IB: Todo se pierde en la traducción. No es cierto que solamente en poesía. Pero en la poesía yo pienso que se puede hallar algo que coincida con el espíritu de la poesía. Mucho más quizás que con la prosa. Ese algo es invalorable, es algo que cuando aparece, no aparece desde ya muy a menudo pero aparece, con Maldelstam me ha pasado, con La oda al grafito. A pesar de mis problemas, saltaba en una pierna. En serio, son cosas que son muy gratificantes. Y pienso que ese tipo de cosas no pueden no transmitirse, se transmiten. Hay cosas que considero hallazgos.
LE: Y con Mandelstam vos te encontrás.
IB: Con Mandelstam más que con otros.
LE: Porque, por ejemplo, Selma Ancira dice que cuando le dijeron que traduzca Mandelstam, para Acantilado, ella se puso muy contenta, no sé cuál hizo, Viaje Armenia creo, no me acuerdo, y lo terminó pero se dijo nunca más con Mandelstam porque no se encontraba ahí…
IB: Y yo todo lo contrario.
LE: ¿Y qué es lo que te hace encontrarte con Mandelstam?
IB: Me hace encontrar la afinidad con sus ideas.
LE: ¿Por ejemplo?
IB: “Tu imagen”. “Tu imagen penosa y vacilante / no la pude en la niebla percibir,/ ´¡Dios!´, dije al equivocarme, sin pensar que lo voy a decir…” Esta es la primera estrofa de un poema. Me parece preciosa la idea. Tu imagen, es vacilante. Tu imagen no la pude percibir en la niebla, Dios, dije al equivocarme, sin querer... Es así la traducción. En ruso suena así:
Образ Твой мучительный и зыбкий
Я не мог в тумане осязать.
«Господи!» сказал я по ошибке,
Сам того не думая сказать...
Божье имя как большая птица
Вылетело из моей груди...
Впереди седой туман клубится,
И пустая клетка позади.
La segunda estrofa dice: “El nombre de Dios como un ave grande /de mi pecho salió volando./ La canosa niebla se arremolina adelante,/ y atrás quedó la jaula vacía.”
JFP: Entonces, ¿qué aspectos de la obra de un autor te entusiasman en traducirlo? Vos decís las ideas…
IB: Fijate vos, las ideas, la búsqueda de lo absoluto. Porque lo que lo distingue a Mandelstam es eso. Él está siempre, siempre codeándose con el absoluto. Le está hablando, diga lo que diga, mencione al que mencione, él está al lado del absoluto. Entonces, si nos fue dada esa necesidad, por algo será…
LE: ¿El absoluto como totalidad?, ¿cómo?
IB: Somos tan estúpidos al fin y al cabo, tan delirantes, y sin embargo siempre tenemos necesidad de algo que es superior a nosotros, en ese sentido de lo absoluto. ¿Por qué? Sería mucho más fácil, ¿te imaginás?, sin tener ese tipo de cosas, tranquilitos, contentos de la vida, de todo lo que nos da, de lo que nos quita también pero es normal. Bien, pero de dónde esa necesidad de algo que es superior a nosotros, más grande. Y Mandelstam hace eso con toda naturalidad. Quiero decir que para él esto es natural. No se preocupa de ese tipo de cosas, como yo. ¿Por qué somos tan estúpidos de no tener idea de que eso existe? O de tener idea pero no saber cómo llegar. Tenemos idea pero no sabemos cómo llegar. Como dice Teillard de Chardin: “Nuestra evolución sigue, nosotros seguimos evolucionando.” El punto omega, que para mí y para él, pero para ustedes puede no serlo, es Cristo, es el punto adonde podemos llegar evolucionando, o más allá.
LE: Ese lugar que en Mandelstam lo ocupaba el absoluto, en Tsvetáieva, ¿qué lo ocupaba? Si es que se puede hacer algún tipo de parangón ahí. ¿A quién tenía al lado Tsvetáieva?
IB: Tsvetáieva tenía una gran dicotomía. Ella era un ser de luz y de aire y al mismo tiempo tenía un peso muy grande que la atraía a la tierra.
LE: Qué inteligente que sos, Irina.
IB: ¿Por qué?
LE: Porque decís sencillito lo que uno podría estar años tratando de decir…
IB: No tiene nada de inteligente. Mandelstam además, lo más interesante es que él y su mujer eran cristianos, pero no cristianos de forma, profundamente cristianos, eso era interesante.
LE: Porque Mandesltam era judío, se convirtió a la ortodoxia…
IB: Eso aparte, porque pudo haberse codeado con el absoluto siendo musulmán o siendo hebreo o siendo de otra mística…
LE: Justo ahora estoy leyendo lo de Chukovski sobre Ajmátova y Maiacovski…
IB: ¿Lo de Kornei Chukovski o lo de la hija?
LE: …del padre de Lidia Chukóvskaia... Y el tipo dice que Ajmátova pone a Dios en todos lados, que es una poeta monacal, que para ella todo es divino, todo es sublime. Yo estoy totalmente en desacuerdo con ese hombre porque creo que funda esa idea… que después…
IB: Él es muy buen escritor infantil, ¿sabías vos? Pero dice muchas idioteces.
LE: A mí me parece que funda la idea que después va a tener la censura soviética, de que Ajmátova es una monja, porque es él el que lo dice ahí directamente…
IB: Cuidado, él era un hombre honesto. Su hijo no, pero él era un hombre honesto. Él no pensaba en absoluto en perjudicar a Ajmátova, ni de lejos. Pero no era muy inteligente, nada más. Lo que pasa es que Ajmátova producía un efecto también muy contrario. Por un lado, era una mujer muy sobria y, por otro lado, era muy sensual. Esas cosas son difíciles…
LE: Justamente, yo lo traía a colación por el tema religioso. Vos marcás que el absoluto en Mandelstam podría no haber tenido un elemento determinante, religioso, concreto como es el cristianismo. En cambio, lo que él menciona para Ajmátova es totalmente lo inverso, como que los aditamentos de la religión, las características, lo divino, lo milagroso, lo sublime, acompañan todos los versos de Ajmátova sin que Ajmátova apele a Dios. Por eso lo contraponía.
IB: Querés decir que él habla de una religiosidad sin una religión determinada. Esto no es tan erróneo…
LE: Pero me parece que cuando uno dice algo en un momento, por ahí eso tiene efectos no esperados. Cuando dice que Ajmátova tiene un carácter monjil, monacal y después todos los comunistas del ‘20 se le tiran encima porque ella será la monja…
IB: El desarrollo de la locura partidaria, de la locura comunista fue tan idiota y tan vertiginoso y tan inesperado que cuidarse de decir algo muchas veces era prácticamente imposible. Pasternak muchas veces decía estupideces grandísimas y sufría después por eso. Así que, culpar a la gente de esto no se puede.
JFP: ¿Qué autores rusos hay que no hayan sido traducidos y te parece importante que se den a conocer en lengua castellana?
IB: Hay ahora muy buenos autores, muy especiales. Y están traducidos. Hay traducciones del ruso de ellos, el mismo Bitov, el mismo Makanin. Son grandes escritores, gente que ya son prácticamente clásicos. No son esos buenos escritores que todavía necesitan afianzarse. No, Bitov ya es un clásico…
LE: Lo que pasa es que la buena sombra del siglo XIX y la excelente sombra de algunos autores del siglo XX, los tapan. Ahí está la dificultad. Me cuesta compararlos, me cuesta pensar que Bitov es tan bueno como Zamiatin…
IB: Bitov es tan grande como Zamiatin o como Babel. Si se lo lee en serio, es así. Vos no has leído mucho a Bitov. Es un escritor también intelectual, con gancho, no es un narrador simplemente, es un narrador con ideas...
LE: Bueno, eso para mí lo empobrece justamente.
IB: No veo que lo empobrezca, ¿por qué lo empobrece?
LE: … es una vieja idea mía….
IB: No es algo que trata de meter en las cabezas. Es simplemente natural, algo que le sale natural...
JFP: Porque a veces una idea pude ser un como poner el yo en una idea. Una idea puede ser autobiográfica.
IB: Exacto. Cuando hablás de tus cosas. Son esas tus ideas.
LE: ¿La casa Pushkin está traducida?
IB: Sí, y bien traducida. Yo traduje una obra de él muy interesante. Vos debés tenerla y no la leíste.
LE: Seguro que lo leí y no me gustó. (Risas)
IB: Es un relato largo de Bitov,… está en ese grupo de escritores que yo traduje para Adriana Hidalgo, Tolstaia, Makanin, Bitov y Petruchevskaia… El cuento largo de Bitov, leelo una vez más.
JFP: Irina, ¿qué estás traduciendo ahora?
IB: Estoy traduciendo a un escritor muy difícil que utiliza un lenguaje antiguo, Remizov se llama. Es muy bueno, muy bueno, es muy especial. Empecé una parte de él, que se refiere a Blok…
LE: Es alucinante…
IB: Entonces dice, fijate: “Diez años pasaron desde la muerte de Blok. El término de un siglo. Desde 1917, los años siguieron, no a pasos diurnos sino de a décadas. El tiempo rodó vertiginosamente. Torbellino vertiginoso que se llevó a Rusia, ondeó por encima de la costa oceánica, y aquí entre las piedras antiguas se quebró la vida tan difícilmente construida. Y en las vísperas tan alarmantes, una década, este lapso secular fue una prueba histórica y una experiencia.” ¿No es lindo?
LE: Sí, alucinante…
IB: Es precioso. “Y está claro que en el décimo aniversario de la muerte de Blok no podemos mentir. Tan fuerte y alto se oye a través del silbido del torbellino el nombre de Blok. Y yo diré que hablar de Rusia se debe hacer bajo el signo de Blok que es el patrimonio de pocos.” Me parece buenísimo…
LE: Es hermoso…
IB: Tiene su idioma, un registro arcaico de la lengua, no contemporánea a su época. “A través de los años de ‘desierto’, de días de trabajar y quedar callado, se yergue delante mío el rostro de un hombre con tercos, despiadados ojos, hecho piedra en aquella dura convicción que mueve las montañas, él observa sin pestañar todo este espumado, chirriante, corrido y perseguido, sacudido por el remolino, lamentable movimiento de la rebelde vida humana. Y el hombre se rebela cuando ya no se puede vivir así. Y el mismo rostro de aquel hombre con los ojos hundidos en atención auditiva, allí a través de negro negrísimo cielo en el futuro que nos fue destinado, mirar tan por vencido, endurecido, cuando el limpio soplo de las intenciones humanas pronto se separa, un hilo, una corriente hedionda, chorro inmundo, puede no ser el resultado de la insensibilidad humana sino el producto de la conciencia herida cuando chilla insoportable la vida ultrajada y no queda ninguna salida.”
LE: Ese es un retrato dedicado a Blok, entre otros retratos.
IB: Entre otros retratos, exacto.
LE: Siempre me alucinó cómo los autores rusos refieran y retraten a sus contemporáneos de una manera que yo no encuentro en otras literaturas. Porque están hablando con sus contemporáneos, ¿no?
IB: Con sus contemporáneos, con sus iguales. Eso me preocupaba y me molestaba, que los contemporáneos, por ejemplo los argentinos, grandes poetas, buenos poetas, no toman en cuenta a sus iguales.
LE: Y menos mencionarlos explícitamente.
IB: Es una cosas de locos…
LE: Cuando yo conocí la literatura rusa me asombró que Tsvietáieva cruce a Mandesltam y Ajmátova cruce a Tsvietáieva y Tsvietáieva cruce a Pasternak y Shklovski, cruce a todos…
IB: Yo le llevaba poemas de Mario Porro a un reconocido poeta amigo. Y él siempre decía: “Pero esto es genial, ¿quién es?, yo no lo conozco”. Pero, ¿vos pensás que habló de él en algún lugar? No. Traduje algunas cosas de una poeta argentina de renombre, le llevé también varias cosas de Mario. “Ah, Irina, traeme más cosas, es buenísimo ésto” ¿Dijo algo ella? Nada. Nunca. Yo hablo de gente buena, no de hijos de tal madre… Otro escritor, un hombre que le debe casi todo a Mario, yo lo sé porque fui testigo y adoraba a Mario. ¿Habló en algún lugar de Mario?
Un ensayista que era también amigo de Mario, que le sacó varias ideas y después las escribió como propias. De ese sí me gustaría hablar.
JFP: ¿Es cierto que la lengua rusa se presta a las ironías, que es una lengua que está cargada de usos en los que la ironía es común?
IB: Pienso que es tan común como en cualquier otro idioma. Lo que en ruso hay son demasiadas palabras altisonantes. Cuando se habla de amor, de heroísmo, se le da un color demasiado fuerte que a veces produce rechazo, en los jóvenes incluso. Por eso a mí me gusta tanto una obra de Les Luthiers que empieza así: “Cómo te amaba, cómo te quería, cómo te idolatraba, cómo me inclinaba ante ti, cómo te deseaba, qué bien me hacías, cómo te recordaba, cómo me gustabas… Bueno, bastante…” (Risas) Es precioso, es justamente lo que le falta a los rusos, bajar un poco los decibeles.
LE: ¿Y eso se ve también en los autores que veníamos hablando, como Ajmátova?
IB: En Tolstói se ve bastante…
LE: En Tolstói me imagino, ¿pero en el siglo XX?
IB: En Mandelstam no se ve, en Pasternak sí.
LE: Es que Pasternak es más lírico que Mandesltam…
IB: No es cierto, ¿decime qué quiere decir lírico?
LE: En este caso, sentimental, casi meloso.
IB: Lírico no es meloso.
LE: Es un poco aniñado Pasternak.
IB: Pasternak es más directo. Mandelstam tiene miedo de las cosas demasiado graves. Pasternak no le tiene miedo, así que dice: precioso, lindo.
LE: ¿Qué artimañas tuviste que hacer para traducir, por ejemplo Compromisos de Dovlatov, cómo resolviste esas cuestiones?
IB: En Dovlatov, él hila muy fino. Es mucho más fino de lo que incluso uno percibe. Es necesario leerlo varias veces para darse cuenta hasta qué punto está hilando finito. Porque son compromisos los que él relata, no solamente de un lado ni del otro sino de todos lados. De todos, tuyo y mío y del ambiente, de todos. Todos se comprometen y no cumplen. Todos tienen responsabilidad y no la quieren ver, todos tienen dones y no los usan… yo tampoco he cumplido… me fue dado mucho y no le he usado, lo he enterrado. De esto habla también Dovlatov, no sólo de usar mal sino también de no usar del todo eso que uno tiene. Es una obra demasiado grande Compromisos, hay ahí muchas cosas, demasiada problemática para resolver, no es sólo cuestión de un hombre muy talentoso que siempre llega el momento y se hunde, no puede. Aquel episodio en la radio donde él está hablando de un tipo comunista que ha hecho no sé qué logro y en ese momento el perro entra y ladra. ¿Por qué ladra?, dice Dovlatov. Porque el hombre le puso la mano en la cabeza y el perro no estaba acostumbrado a una caricia y ladró. Es muchísimo, tanto del que está hablando, tanto del perro, como del hombre que ha hecho logros.
LE: Es ahí donde yo digo que convergen un montón de procedimientos que son más que la parodia, más que la ironía, es decir son millones de figuras retóricas simultáneas.
IB: … la ironía es una coraza. Dovlatov utiliza ironía solamente para cubrirse porque tiene pudor, por pudor. Dovlatov es demasiado pudoroso. Lo que no tenía Dostovieski, Dostovieski no tenía ni una pizca de pudor. Eso también da un gran efecto. La obra de Dovlatov no tiene en verdad nada de sátira.
LE: Lo que pasa es que yo uso ironía para poder decir algo de esa multiplicidad de sentidos que uno alcanza a sentir pero casi no puede precisar. Por eso hablo de ironía porque está diciendo otra cosa además de la que está diciendo.
IB: Es demasiado lo que siente, son demasiadas cosas y además más que nada es pudor y lástima, piedad.
LE: ¿No es parecido en eso a Turgueniev?
IB: Turgueniev tenía también pudor y una gran piedad. Si querés saber de Turgueniev es quizás más todavía vanidoso porque pertenecía a una clase y a un ambiente de una época… su mayor libro es un canto a la piedad.
LE: Ahí es donde digo que no me llegan los libros de ideas. Y te referís a Relatos de un cazador que es la obra de un retratista. Es una pintura genial.
IB: Son retratos de la gente necesitada. Y el zar Alejandro II tenía proyectos mucho más hondos de reforma, que desde ya no pudo realizar…
LE: En ese sentido, hay autores con ideas y autores sin ideas. Hay autores marcados con el querer decir algo, me parece que Turgueniev no quería decir algo. No pudo no hacerlo que es distinto…
IB: Pero eso, en buenos escritores, siempre es así, no sólo en Turgueniev. No poder callar, no poder no decir. Y es normal.
LE: Pero cuando vos decís que Bitov tenía ideas…
IB: Bitov justamente no podía no decir, en un momento de transición…
LE: Quiero leer La casa Pushkin. Pero cuando yo leí La reservación pushkiniana, me pareció alucinante… ¿Puede haber algo mejor?
IB: Pero es otra cosa. Dovlatov tiene una finalidad, Dovlatov si se toma bien en profundidad es un gran moralista.
LE: ¡Sí, como era moralista Kierkeegard, con ejemplos!
IB: Como era moralista Kierkeegard. Como era moralista también aunque te suene raro Heidegger.
LE: Veníamos bien hasta acá, ahora empezamos a perder amigos. (Risas.)
JFP: ¿Qué autores sentís que te cambiaron, que te tocaron, que se cruzaron en tu vida y no te dejaron igual que antes que los hayas conocido? Como lectora o como traductora. Los que te hayan generado un efecto fuerte.
IB: Tengo que confesar que no hay autor que yo traduzca que no me haya producido efecto. La mayoría de los que elijo me producen grandes efectos. Traduzco Remizov y me produce un efecto alucinante, a veces incluso tengo ganas de llorar o reír, qué sé yo. Lo mismo me pasaba con Dovlatov, con Petruchevskaia.
LE: Pero si decís que Petruchevskaia es lo mismo que Tsvietáieva te mato.
IB: No, perdoname, Petruchevskaia a su manera es tan importante como Tsvietáieva. Petruchevskaia es primero narradora, no es poeta. Eso es una diferencia. A Petruchevskaia no me la toques, porque es un ser con una gran carga de piedad, enorme, mucho más quizás que cualquiera de los escritores contemporáneos, muy grande.
LE: A veces, en castellano, lamentablemente, nosotros no tocamos algunas cosas.
IB: Es normal, no podés leer con la misma intensidad a todos. Leés como podés. Por ejemplo, un libro de Petruchevskaia que se llama Tiempo noche es una obra completamente fuera de serie, me produjo una impresión muy honda, hasta tal punto que yo traducía una vez, después otra vez, dejaba y la volvía a traducir porque es muy grande. Y hasta ahora me queda eso como una deuda pendiente porque es, si querés saber, muy a la par de Dovlatov, esa profunda piedad por la gente que en muchos casos se considera no digna de piedad, de perdón. Es fácil tenerle piedad a la gente digna. En ruso hay un refrán: “Quereme negrita porque blanquita cualquiera me va a querer”.
JFP: Buenísimo, me gusta mucho.
IB: Por eso, Petruchevskaia en ese sentido es única y no me la vas a sacar y te aseguro que para la literatura rusa es tan importante como Tsvietáieva. Tan importante como Tsvietáieva. Tsvietáieva es muy importante como poeta y como innovadora. Pero Petruchevskaia introdujo algo que durante mucho tiempo…. ¿sabés cómo la llamaban? Ah, esa escritora de las cosas negras. La que habla de las cosas negras, que no vale la pena leer.
LE: Podrían haberla comparado con Gorki. (Risas.)
IB: Gorki es un idealista, no es un realista, es un romántico. Petruchevskaia es mucho más real. Tsvietáieva también es romántica, en otro sentido. Petruchevskaia no es romántica, Dovlatov tampoco. Son gente que se da cuenta que todo lo que es malo, lo que es indigno, merece atención, merece piedad. En Remizov traduje un cuento que él introduce en sus Recuerdos, que habla de dos viejos que caminan por el campo, después se separan y a uno de ellos unos bandidos lo matan. El otro llega a casa todo indignado, diciendo “Cómo los odio a esos que han matado a mi amigo, cómo me gustaría matarlos, qué mala gente que es”. Y en eso encuentran en su bolso la cabeza cortada de su amigo, lo juzgan por haberlo matado. Y en el juicio él dice: “Yo no lo maté, lo único que hice es que hablé mal de los asesinos.” El juez dice: bueno, busquen su bolso - y en el bolso no encuentran ninguna cabeza sino un rollo de corteza de abedul –así se llama el cuento, “Corteza de abedul”– y el juez dice: “Tiene castigo por haberle deseado el mal a los asesinos en vez de apiadarse de ellos”. Quiero decirte que esa idea de que los que hicieron tanto mal, son más que dignos de atención y de profunda lástima hasta tal punto que Stalin es digno de una profunda piedad. Y es típico, es típico del espíritu ruso. Del espíritu verdadero, no del putiforme. Putiforme de Putin. (Risas.)
LE: A mí me llegó la piedad de Babel, de hecho el retrato que hace de ese barrio bajo, la Moldavanka, donde mezcla el bien y el mal…
IB: Bueno, pero eso es Odessa. Odessa es una ciudad fuera de serie.
LE: La otra vez estaba leyendo que él dice que Odessa es la ciudad más horrible del mundo y la más bella del mundo.
IB: Acá en Argentina los odesitas que vinieron, los que son de Odessa, son locos, cantan todo el tiempo, hablan en idioma odesita, no te olvides que los odesitas son gente que sabe sacar las plantas de los zapatos mientras estás caminando. (Risas.) Son artistas del robo.
LE: ¿De qué parte era tu familia?
IB: Mi familia materna era de Petersburgo y mi familia paterna era de Nicolaiev, cerca de Kherson, donde mi abuelo y bisabuelo tenían haras y criaban caballos de raza.
JFP: Irina, ¿cómo viviste vos los años en los que te instalabas acá y veías que en la Argentina existía esa tendencia a celebrar un realismo socialista o esa literatura que quizás después se haya catalogado como “de Boedo” que tenía esa cosa partidaria, cómo la sentías vos que conocías la otra cara del socialismo?
IB: En su momento, siendo de ideas socialistas éramos muy antiperonistas, desde ya. Yo iba allá a La Casa del Pueblo, de Palacios, preguntaba, escuchaba a Palacios en Constitución todos los miércoles que Palacios hablaba y yo trabajaba en Buenos Aires. Mi hijo era chiquito y estudiaba en un colegio inglés cerca de Constitución. Yo volvía del trabajo a las 4 y mi hijo salía a las 5, tenía una hora libre y la reservaba para eso, en la plaza Constitución lo escuchaba a Alfredo Palacios. Yo vivía en un barrio reo, Villa Caraza, donde mi hijo aprendió lunfardo. Allí la gente trabajaba en la Fundación Evita y en la Fundación Juan Perón. Desde ya que llamó la atención que robaban a mansalva porque las calles, el pavimento, estaba hecho con azulejos italianos, las venecitas, ellos robaban de esas Fundaciones a mansalva, eso llamaba la atención… Pero que las leyes que estaba pensando seriamente Palacios fueron puestas en práctica por Perón, de eso no hay duda. Nos guste o no nos guste. Así que Eva, con todo lo malo que se hablaba de ella, era una mujer extraordinaria, llena de piedad, a pesar de todos esos vestidos y de todas esas cosas estúpidas, ella estaba llena de piedad, de eso tampoco había duda. En sí, el movimiento, aunque fachistoide al principio, todo lo que vos quieras, ha llevado al país a las leyes laborales de todo el mundo.
JFP: Pero te pregunto por la literatura que hace bandera de esa estética y arrastra cosas negativas.
IB: Para serte sincera no me gustaba ni me interesaba. Un hombre tipo Asís, con sus Flores robadas en los jardines de Quilmes, no está mal escrito, pero no sé para qué. Resulta que lo que yo leía y no sabía para qué estaba escrito, porque puede estar bien escrito, perfectamente. Ahora la gente escribe muy bien, realmente, originalmente, todo lo que vos quieras, Pero, ¿para qué?, ¿hay un para qué? Yo leía a Eduardo Mallea y me gustaba. Yo entendía qué es lo que quería decir, a mí me llegaba, Todo verdor perecerá es una preciosura. Adán Buenosayres, con todas sus fallas, también me gustaba, especialmente por mencionar a Jacobo Fijman, por muchas cosas. Desde ya con muchas ínfulas, pero eso es una enfermedad normal para la literatura barroca. Todo lo barroco en Sudamérica no es nada raro, eso está impregnado de oropeles, pero a través de esos oropeles hay ciertas cosas, pero esos nuevos no tenían muchas cosas. Me gustaba, por ejemplo, Angélica Gorodischer. Ahora, vos Laura dijiste que te extrañaba que yo haya traducido a algunos autores que vos no consideras que sean válidos. ¿O no?
LE: Sí, obvio.
JFP: ¿A cuáles?
IB: No sé. ¿A quién? Te voy a hacer recordar. Traduje por ejemplo a Sara Gallardo. Considero que es talentosísima. Traduje dos cuentos. Traduje por ejemplo a la dramaturga Gambaro. Traduje un cuento de Leopoldo Brizuela. Uno del sur. Traduje a Gabriel Bañez. Para una revista de Petersburgo que se llama Neva, que al director yo lo conozco bien, y cuando estuve allá me ofreció traducir algo mío al ruso o algo de otros escritores. Yo preferí traducir lo de esos escritores que te nombré. Brizuela tiene unas cosas muy buenas, y Bañez más todavía. Recibió el premio Herralde por su último libro, y sin tomarlo en cuenta, se suicidó.
JFP: ¿Te da lo mismo traducir a tu lengua materna que al castellano?
IB: No, no me da lo mismo, en absoluto. En primer lugar porque traducir a mi idioma materno, en lenguaje contemporáneo, especialmente con las palabras que tienen mucho que ver con el sexo es muy difícil. Hay una simple razón. En ruso todos los actos y todas las partes del cuerpo que tienen que ver con el sexo tienen nombres guarangos o científicos. Ese registro término medio que existe en castellano, y en otros idiomas, no existe en ruso. Entonces, o tenés que hablar directamente con un idioma feo o tenés que usar un idioma científico. Y eso es muy difícil. A mí me tocó eso cuando traduje una obra que tuvo un enorme éxito en Rusia, que se llama Luna caliente de Mempo Giardinelli. Lo traduje al ruso, tuvo una primera edición 50.000 ejemplares y una segunda edición de 100.000 ejemplares. Es una obra muy interesante porque la idea es mostrar la época de la dictadura militar. Pero hecho con una fineza, cómo te puedo decir, es la mejor manera de escribir sobre esa época, así como lo hizo Mempo. Además, con un final abierto… esa obra es una joya, si hubiera escrito solamente ese libro ya bastaba. Y tuvo éxito, fue editado por la Editorial de la Gaceta Literaria. Ellos me encargaron un best-seller argentino para traducir al ruso y yo elegí, así, primero por el título, y luego me encantó.
JFP: ¿Te costó aprender castellano?
IB: No, es un idioma que se escribe como se dice, nada de dicho en Manchester y escrito en Liverpool. Además el francés me ayudó. Y además me gusta mucho el idioma castellano.
LE: ¿Cuántos años tenías cuando viniste a la Argentina?
IB: Veinte, y tenía un hijo de un año y medio.
JFP: ¿Qué libros llegaron a tus manos en ese momento?
IB: No leía sino que escuchaba. Lo primero que habíamos comprado, éramos pobres, realmente una pobreza peor que franciscana, habíamos comprado una pequeña radio y la escuchábamos todo el tiempo libre. Nos hemos criado con El Teatro de las Dos Carátulas de Radio Nacional, con los actores que recién empezaban, Alcón, Aleandro, no era radio teatro, era teatro universal, con actores principiantes, pasado por radio. Y después estudiamos. Ambos tuvimos que hacer el secundario. No nos aceptaron nuestras libretas universitarias de Austria así que tuvimos que dar examen de sexto grado y dar 58 exámenes libres del secundario. Éramos tres, Igor, Eugenio Buliguin, ex decano de la Facultad de Derecho y yo.
LE: ¿Qué elementos, después de los años, te parece que el catolicismo que acá es predominante, pudo haberse cruzado más profundamente con el cristianismo ortodoxo que ustedes traían?
IB: No te lo puedo decir porque mucho contacto no tuve. Me acuerdo que en Lanús yo quería ayudar en la parroquia y el cura se interesó mucho, vino a casa de mi amiga María donde nosotros nos encontrábamos. Y cuando supo que éramos ortodoxos se asustó porque éramos herejes. (Risas.) Eso era preconciliar. Antes de Juan XXIII.
LE: ¿Y acá en La Plata hay Iglesia ortodoxa?
IB: No, no, en La Plata no hay. Había en City Bell pero el cura murió. En Buenos Aires hay una en la calle Brasil.
LE: ¿Ustedes iban a la de los revolucionarios o a la de los monárquicos, como se las suele dividir? (Risas)
IB: Ni lo uno ni lo otro. Ni revolucionarios ni monárquicos. Una era soviética y otra era de los refugiados. A la de los refugiados iba gente de todo tipo y a la soviética no. Desde ya que a la soviética no iba. (Risas.) Ahora tampoco soy partidaria de las autoridades de la Iglesia en Rusia, pero por otras razones. Hasta que toda esa gentuza de NKVD, o KGB no muera no va haber tranquilidad. No se toman ninguna clase de medidas contra, pero por lo menos, no tomarlos en cuenta… Con la Iglesia católica no tengo nada que ver, pero tengo una amiga que es monja laica que es un ser absolutamente abierto. Al teólogo que he traducido del ruso al castellano, para un arzobispo amigo, Cecilia lo leyó, se interesó y no sólo que se interesó sino que hizo fotocopias y las repartió entre su gente, así que yo resulté como una misionera. (Risas.)
LE: ¿Qué pensás del cruce vida-obra? ¿Qué pensás que pasó en vos o con vos entre lo que leés y lo que vos hacés? ¿Qué relación hay entre lo que fue tu vida y lo que fueron tus lecturas?
IB: Bueno, soy una rata de biblioteca, así que todo lo que yo leo tiene que ver conmigo y con mi vida, no se separa, no solamente yo sino todos los que me rodean sienten esos embates. Con los que son cercanos quiero compartir lo que me importa, lo que cambia mi vida. Considero que la literatura es una materia infaltable para la vida humana. No es un lujo ni es una profesión, es una parte de la vida, como es caminar, respirar, comer, pensar. A la literatura se refiere todo, no solamente la ficción, o los recuerdos o la poesía. Absolutamente todo. Mario nos hizo leer Física, entender qué son los fractales, y le agradezco muchísimo porque me ha enriquecido, porque lo que he leído de un ser precioso que casi nadie conoce que se llama Mandelbrot, que es el inventor de los fractales, que murió el año pasado, es para mí tan importante como el Padre Nuestro, porque lo leo. Así que el Padre Nuestro lo leo, no por el Padre Nuestro sino porque Cristo lo inventó como pequeña oración, no muy complicada, para la gente común y cuando lo leo lo leo así.
LE: ¿El Padre Nuestro es una oración escrita por Cristo?
IB: Yo creo que sí. Porque es tan simple, tan simple. Porque el padre ese grandote, el padre Dios, no me convence, no me gusta demasiado. Como no me gusta el Dios bíblico porque es cruel y es vengativo. Sin embargo Cristo inventó esa pequeña enumeración chiquitita y eso también es literatura.
JFP: Es muy lindo esto que decís, pero lo cierto es que la gente pasa por esta vida sin conocer el placer de la buena música, del teatro y de la literatura y me parece que las excepciones son los que adoptan a la literatura como una parte de la vida. Sos vos la excepción…
IB: Exacto, pero fijate vos, Valeria que viene a casa desde hace 3 años y yo le insistí para que estudie, lee ahora cosas que le doy, por ejemplo lee a Dickens y se entusiasma. Una chica sin ninguna preparación, del Norte, nada que la incite hacia eso, ahora la incitan sus propias ganas. Es perfectamente posible. Cuando a mí en un colegio primario, no hace mucho, me pidieron que hablara de la poesía. Y yo pensé, qué voy a decir. ¿Y sabés cómo empecé? Dije así: Poesía es algo muy simple y nada complicado y nada fuera de serie, ¿ustedes creen que es algo que está afuera de su vida? No, está adentro de su vida. Mamá cuando les estaba cantando el arroró, les decía una poesía, cuando se les enseñaba a rezar, era una poesía, cuando ustedes jugaban a la mancha o a cualquier otra cosa, decían poesía. Entonces los chicos con entusiasmo comenzaban: ¡Farolera tropezó en la calle se cayó! Eso es poesía. Así que todo, quieras o no quieras, guste o no guste, es literatura. Todo lo que nos rodea, todo lo que nos aprieta, todo lo que nos agrada y desagrada. Es poesía. Nuestra primera dama, también dice literatura, mala literatura, pero la dice. A veces incluso buena literatura, porque la siente.
LE: Irina, y de otros pueblos, eslavos pero no rusos, ¿qué autores leíste o te gustan?
IB: Polacos, checos. Stankievich o el poeta Mizkiewicz.
LE: Es el poeta nacional, después viene Gombrowicz.
IB: El poeta nacional, como Pushkin. Por qué no, Gombrowicz también.
LE: ¿Te gusta?
IB: Leí Ferdydurke. No me parece tan innovador pero es interesante. Además es muy inteligente, eso ya coincide con los valores que tiene Ferdydurke.
LE: ¿Qué tiene de eslavo Ferdydurke, o que vos puedas adscribir a la tradición eslava?
IB: No, no, yo soy contraria a eso de la tradición eslava. La tradición eslava es muy amplia. Además no te olvides que soy rusa, para mí todo eslavo es mal ruso. (Risas.) No, eso en broma.
LE: Me interesaba realmente saber… porque nosotros leemos a Gombrowicz en la tradición argentina.
IB: Me gusta esa gente que viene de Bulgaria, por ejemplo o de Moldavia. Hay gente talentosa.
LE: ¿Y de los serbios?
IB: Tengo que confesarte que no los conozco mucho, y los pocos que leí no me gustan mucho.
LE: ¿Cuál es el autor nacional de Serbia?
IB: Hay un poeta que se considera el poeta nacional. Esa es mi falla, ellos tienen gente importante, pero no tuve suerte de leerlos bien. Y además, un poco me distrajo todo lo demás. Me sentí en un momento muy alejada de la literatura inglesa o norteamericana. Me acuerdo que un amigo mío poeta, Rogelio Basán, me decía que yo tenía una falla por no conocer a los norteamericanos. Tuve que modificarlo con el tiempo. Pero más que nada de joven he leído a los franceses, alemanes, ingleses, italianos clásicos, y modernos, algunos traducidos, otros no, he leído a la mayoría de los rusos y de los argentinos. Estando en Yugoslavia he leído muchísimo, si no hubiera tenido esa posibilidad no hubiera tenido toda la carga de cosas que tengo ahora porque hasta los 16 años yo leí bien, de forma ordenada, después de eso anduve tirada por el mundo. Ahí he leído los clásicos rusos, ahí he aprendido alemán y francés, he leído a los alemanes y a los franceses. Empecé a estudiar sola inglés. No tenía idea de que iba a aprender castellano, ni se me ocurría.
LE: ¿Hiciste la Universidad en Austria?
IB: Sí, pero no terminé.
LE: ¿Qué orientación tenía esa carrera de filología que hiciste?
IB: Era tanta la sed de conocer, que yo en Austria estaba estudiando Medicina, paralelamente anotada en Filosofía y Letras, que se llama Filosofía allá, no Letras, donde estudiaba Psicología y además Literatura Comparada. Estudiaba Literatura Comparada alemana, rusa, inglesa y francesa. Era una cantidad de cosas, como una necesidad de llenarse de conocimientos. Agradezco al destino que me lo haya permitido. También tuve suerte que el ex Decano de la Facultad de Medicina de Innsbruck, Austria, que fue después Decano Honorario, quiso estudiar ruso. Me preguntó cuánto cobraba y le dije que no le iba a cobrar nada si él me permitía usar su biblioteca. A él no le gustó esa idea. (Risas.) Entonces yo le dije que no tenía ninguna otra posibilidad de leer, entonces dijo que está bien, que iba a entregarme un libro por vez. Así yo leí todo Nietszche, le daba clase de ruso a cambio de Nietszche, porque llegué solamente a terminar a Nietszche. (Risas.) Vida loca, yo no sé cómo aguantaba todo eso.
JFP: ¿Encontrabas sosiego en Nietszche, en esa época?
IB: Tenía tanto interés que no te imaginás, para mí era como la mejor torta de crema. (Risas.) Empezaba a leer cada libro con unas ganas y con un interés y con un deleite. Era una época preciosa, además que leía algunas cosas en voz alta, porque las quería compartir con mi marido. Y lo abrumaba a mi marido y él se reía. Me decía: “O leeme algo entero o no me leas, porque leerme frases…” Por eso a Nietszche le tengo mucho cariño, por toda mi juventud.
LE: Es que Nietszche era un desaforado…
IB: Era un desaforado. Era un hombre muy tenso y muy sincero. Pero al mismo tiempo, y yo en ese momento, ya después trabajaba en el laboratorio, y sabía a qué se exponía él. Porque él tenía parálisis progresiva, la sífilis provoca parálisis progresiva... y finalmente la locura.
JFP: Y en cuanto a las editoriales, ¿cómo ves el trabajo editorial y su relación con los autores y los traductores?
IB: Bueno, ya es sabido, pobres editoriales, tienen pros y contras. Quieren ganar dinero y también siempre están en peligro de perder. Si el libro tiene buena venta, ganan, y si tiene mala venta, pierden. No puedo decir que son transfugas, como los están tildando ahora de usureros y qué sé yo. Fijate vos mi caso, traduje un armatoste, un elefante blanco, el Tolstói de Sklovski. Me pagaron religiosamente y bien y no se publica.
JFP: ¿Es común que se paguen y queden cajoneadas algunas obras?
IB: Exacto, y se pierden. Ahora, que los hay los hay. Conozco un caso que me gustaría mencionar. Un muchacho que se llama Enrique Medina, que es un escritor con cierto valor. Pobrecito tenía que esconderse detrás del árbol delante de la editorial De la Flor, porque el editor nunca estaba. Y tenía que pagarle. Entonces se escondía frente a la editorial detrás del árbol tratando de pescar al editor. ¿Te imaginás vos? (Risas.) Es el colmo. Y ese no es de los últimos. Hay otros que son peores. En mi caso hay una que directamente falsificó la cosa diciendo que cobré todo lo que se me debe, cuando no lo cobré. La verdad es que es tan feo y tan maloliente.
LE: Charlamos con Javier hace poco sobre tus Apuntes en los márgenes de la vida…
IB: Eso está escrito a instancias de mi nieto mayor. Así es la cosa, por ejemplo, hablar del padre de mi marido, es muy interesante porque es historia de Rusia. Él fue el primer piloto, así entró en la historia de la aviación rusa, todas esas cosas son interesantes de por sí, no porque nuestros antepasados hayan salvado a Roma como aquellos gansos de la fábula.
LE: Me parece que esas son las ideas que tiene que tener la literatura.
JFP: Es un texto muy fuerte de leer, de mucha intensidad.
IB: Son épocas muy conmovedoras. No es lo que yo escribo, son los hechos de por sí, porque los hechos de Mauthausen o los hechos de nuestros traslados, son conmovedores. Me acuerdo que la gente decía “por qué no lo escribe”. Hay muchísima gente que escribe sobre esto. Sobre lo que ha pasado. Por ejemplo, no he introducido una cosa, por una extraña razón: Cuando nosotros llegamos a ese Mauthausen que vos leíste, lo que hicieron con las mujeres las autoridades militares nazis de ese campo, es que nos llevaron a una barraca, tuvimos que sacarnos toda la ropa y pasar una por una delante de una mesa donde estaban sentados tres tipos, uno de ellos con un palito que usan los militares. Miraban el vello púbico, si tiene o no tiene piojos y teníamos que pasar después y tomar las duchas. Éramos grandes, chicas, niñas, abuelas, ¿te imaginás? Mi amiga de infancia que vive en California que es madrina de mi hijo y es muy allegada a mí, al venir la última vez acá, yo no sé por qué, recordé ese hecho. ¿Sabés qué me contestó?: “¿De dónde sacás vos eso? Yo no me acuerdo”. Ella lo borró, totalmente. Entonces decidí no introducirlo en esos recuerdos.
JFP: Recuperás estampas de personas buenas, que dentro del horror hicieron algo bueno…
IB: Ahí mi abuela tuvo mucho que ver porque organizó a las mujeres, cuando teníamos que salir a esa escena ella dijo: “Señoras, absoluta seriedad, ninguna palabra, ningún gesto, ni de manos, ni de boca, ni de cara, pasar absolutamente frías, sin ningún movimiento, sin decir nada, sin reaccionar de ninguna manera, como autómatas.” Nos enseñó a todas cómo proceder para que ellos no tengan ni una mínima posibilidad de engancharse, porque no sabíamos qué podían hacer. Entonces haciendo eso, ser firmes, y esa manera de conservar la dignidad nos ayudó a todas, tanto a mí de chiquita, como a mi madre y a todas las mujeres que allí estaban, saliendo de ahí sin ningún problema. Y yo creo que a mi amiga le pasó esto, ella no acusó ningún recibo denigrante. Ella se sintió digna. Mi abuela era una persona fuera de serie. Mi abuela era una campesina de Siberia. Mi abuelo tenía dos carreras, tuvo que viajar a Siberia por un asunto jurídico, conoció allí a esa chica campesina que era muy linda, se casó con ella y la trajo a Petersburgo. Tuvieron tres hijos. A un hijo, el mayor, lo mató la Guardia Roja delante de la madre. Cuando, en la segunda guerra mundial, mi abuelo estudiaba alemán conmigo, yo le enseñaba alemán… pero cuando fuimos involuntariamente a Austria, la traductora era mi abuela. Ella se manejaba con la gente. Mi abuelo no sabía nada. (Risas.) Todo lo que le había dado yo no le sirvió. Mi abuela murió lavando el piso a los 92 años. En Austria. Mi abuelo a los 80 años se hizo sacerdote.
LE: Y falta un hijo o una hija…
IB: Tres faltan. El mayor era Gregorio al que mataron, la segunda era mi mamá y los terceros eran mellizos, uno vivió en Chile y otra en Estados Unidos.
LE: ¿Ellos también fueron al campo de concentración?
IB: No, no, ellos estaban en Yugoslavia.
LE: ¿Y no los deportaron al campo? ¿A ustedes desde Belgrado los llevaron al campo?
IB: Sí. La hermana melliza de mi madre se casó con un ingeniero inventor. Siempre pasaban hambre pero un día, de la noche a la mañana, se hizo rico. Vendió un invento de unos hangares de aviones portátiles que eran muy fáciles de armar, así que lo compró el gobierno serbio. Un año después, se lo apropió la ocupación alemana, pero los alemanes le pagaban a él como inventor. Él gastaba el dinero que le pagaban los alemanes en armas contra los alemanes. (Risas.) En serio. Hasta obuses compraba, una cosa increíble. Ese tío era muy bueno, ya murió. Es también un poco la idea de que las cosas que uno ha pasado o sufrido pueden ser útiles para otros.
JFP: El recuerdo no se termina en uno, ¿no? No acaba con uno la propia memoria.
IB: Exacto y no sólo eso, por ejemplo, pequeñas cosas que se saben. Por ejemplo, no se sabía que había civiles que entraban en los campos de concentración y los tenían encerrados igual que a los presos. Éramos semipresos nosotros. Pero no podíamos salir, solamente cuando nos mandaban a algún trabajo específico podíamos hacerlo. Yo tuve una suerte increíble porque nos mandaron a la campiña. El jefe de esta región de Austria, Oberdonau, muy amigo de Hitler, Eigruber, vino a revisar ese campamento a causa de la muerte alevosa de esa mujer médica, mi madre, en condiciones infrahumanas. Corría el año 44, los nazis se sentían ya un poco mal. Y a quienes primero dejó salir fue a nosotros y a la campiña además, no a la fábrica. Eso ya era un privilegio. Pero nunca pensé que iba a ser un privilegio tan grande. Porque nos encontramos en una aldea austríaca, cerca de Braunau –Braunau es la ciudad donde nació Hitler, a propósito–, no sobre la ruta ferroviaria sino fuera, a cien kilómetros de los trenes. Y la gente era preciosa, era tan buena gente... Y no sé si te conté que había trabajadores del Este, nosotros también éramos trabajadores del Este, pero había trabajadores de Rusia, especialmente de Ucrania, había chicas y muchachos, y como siempre entre chicos y muchachos se formaban parejas y tenían que trabajar. Y como yo tenía privilegios tan grandes en la casa donde trabajaba porque me quería mucho la dueña y me ayudaba, mi abuela y yo formamos una guardería para los bebés de esas chicas que tenían que trabajar. Y yo a los 16 años aprendí a bañar y ponerles pañales y también les enseñé, como mi madre era médica de niños, les enseñé cómo sacar leche materna en botellitas para dársela durante el día en su ausencia. Fue una cosa preciosa, y yo me alegro tanto que hayamos hecho eso. Fue una cosa muy buena. Recibían a sus bebés limpios y comidos. Me daba tanto gusto ver las caritas de ellas. Después vino la liberación. A Braunau entraron los americanos, pero las chicas querían ir a casa, a Rusia. Me preguntaban. Yo les decía: “Yo no iría, pero ustedes procedan como les parezca.” Todas fueron a campos de concentración. Encontré una vez a una, ya en el año 48, en el tren de Insbruck a Salzburgo, que se fugó de un campamento en Viena, Viena pertenecía a la ocupación rusa.
LE: Ustedes por casualidad quedaron del lado americano.
IB: Por casualidad, sí. Porque toda la parte del Este, Viena y sus alrededores perteneció a la ocupación rusa. Toda Oberdonau y Salzburgo era de ocupación norteamericana. Todo el Tirol perteneció a los franceses, y el sur de Austria estaba bajo la ocupación inglesa. Los americanos y los ingleses devolvían por la fuerza a los rusos a la Unión Soviética. Prestaban sus uniformes a los soldados soviéticos para robar a los rusos y llevarlos por fuerza. En el año 73 o 74 hubo un juicio por delitos de lesa humanidad en Londres contra los jefes del ejército inglés que procedían de esa manera. Y fueron condenados, los ingleses los condenaron. Sus propios compatriotas. Hay un lugar en Bavaria que se llama Blutweg, camino de sangre. Los prisioneros soviéticos que fueron liberados, entre comillas, y en los camiones los llevaban por fuerza a los campamentos soviéticos, en el camino se cortaban las venas con los dientes, el camino estaba lleno de sangre.
JFP: Evocar todo esto, ¿te revuelve algo?
IB: Me acuerdo cuando visité a los prisioneros rusos cerca del lugar donde yo estaba había un campamento de prisioneros. Stalin no firmó el convenio suizo, así que los rusos no recibían absolutamente ninguna ayuda. Si el campamento era solamente ruso, se morían como moscas de hambre. Si estaban mezclados con ingleses y franceses, los franceses, los ingleses y los americanos compartían con ellos la comida pero si no… Stalin declaró a todos los prisioneros de guerra, traidores a la patria…
LE: Los tipos que habían caído en manos del enemigo eran también enemigos… No quedaban en ningún lado, es una locura. Ustedes mismos fueron prisioneros por rusos cuando Rusia los había expulsado. Es lo mismo.
IB: Fuimos presos como argentinos cuando pegábamos carteles en la embajada soviética, un 7 de noviembre, el día de la revolución. Los carteles eran mapas de los campos de concentración en la URSS. Y una vez la policía argentina nos puso presos. Muchos años después entré por primera vez al interior de la Embajada Rusa en Bs.As., recién después de la Perestroika, porque el embajador me tenía que entregar en 1999, aniversario del nacimiento de Pushkin, el premio Pushkin que me fue adjudicado por la Sociedad Pushkiniana de Moscú, y en mis palabras de agradecimiento mencioné nuestras “pegatinas”, esos carteles con mapas de los campos de concentración soviéticos en las paredes exteriores de la Embajada soviética que hacíamos en los años 60, 70 y 80 del siglo pasado.
Es una anécdota. Resulta que Igor estaba preso pero en otro grupo y en otro departamento policial. Y a mí me tocó estar con dos muchachos rusos que eran primos, uno se llamaba Vasili Griadski y el otro se llamaba Vasili Griadski, porque eran primos y el abuelo se llamaba Vasili y ambos nacieron en el mismo año. Cuando llega el comisario y pregunta primero a mí y después a ellos, cómo se llaman, cuándo nacieron y qué son. Y los dos le contestan lo mismo. Porque todavía no sabían bien explicar que eran primos, entonces dijeron que eran hermanos. Parecía que era una broma. ¡Hermanos, dos Vasili Gradski nacidos el mismo año! ¿Qué son? ¿Gemelos? A duras penas le pude explicar que no eran hermanos sino hijos de dos hermanos. Nos pusieron presos a las tres de la mañana cuando estábamos pegando carteles y a las 9 y 30 nos dejaron salir. Esos dos Vasili Griadski pobrecitos ya están muertos.
23.6.12
El pasado irreal, por Jorge Quiroga
11
¿Qué ve que nosotros
no vemos?
detenida en el pasillo
(está como queriendo decir algo
que ignoramos qué es)
Un rictus en la mirada
se empaca
y tiene un estremecimiento
que hay que calmar.
12
A la orilla
la pequeña Sofía
juega en la arena
barrosa.
El mundo se reduce
a esos hechos
sus dedos vacilan
en el charco turbio
manchando su cuerpo
que se enlaza.
13
El abuelo presiente
hay cosas que se caen
prepara su brasa con lentitud,
(ordena las fotos
ceremoniosamente,
cumple años)
De madrugada regó las plantas
de la quinta
y anduvo entre los zapallos
El viejo se protege la cabeza
al reparo
del árbol.
14
El retrato está guardado
en algún lugar de los cajones,
mezclado con cuadernos
y tarjetas.
en ese momento nos olvidamos
pero en el invierno
pensamos recobrarlo,
nada más que un instante
el imprescindible
para que el tiempo
haga fluir su existencia,
entonces el hilo se deshace
y se entra
en los recuerdos
que ese boleto de colectivo
o la postal desatinada
de una época incierta
condensan en una letra
minúscula.
La incredulidad
de gente extraviada
esos antiguos retratos
de los que se olvidan los rostros,
o las circunstancias que permanecen.
15
El maestro insólito
se asoma a la entrada
de la secretaría.
Por miedo no se anima
a saludar
(tiene una mirada huidiza)
ronda y entonces
rápidamente sale
dicen que
apenas lo supo, sufrió
ya no hay ningún compañero,
solo el ordenanza
aguarda lo que estaba allí.
16
Desaparecen en el desorden
nunca las voy a encontrar,
tropiezan,
disueltas en la nada.
(las cosas que se escabullen
de la mano
se arrojan el vacío
y no se las encuentra,
se apartan de nosotros
en un estante
o en algún sitio
están
es cuestión de postergar
un día mas y ya se
mostrarán
como si se hubieran diluido.
17
Del hombro
como si murmurara
es llevado
entre la muchedumbre
que lo abriga.
18
La luna del espejo
de la cómoda
refleja estrías del toldo
que a esa hora del alba
deja entrar la luz
que se difunde en la pieza
Será una jornada de fin de verano,
un poco calurosa y húmeda,
ya se escuchan los movimientos
y ruidos de la calle.
Ningún preparativo
se advierte en la casa,
los automóviles cruzan
el asfalto
Sobre la biblioteca se destaca
una pila de libros
el cristal del espejo
algo empañado
refleja levemente la claridad.
19
Envuelta en un cuerpo
duro, color café
laminado, la semilla
cabe en un puño
estamos debajo del aromo
que nos da sombra.
Apenas llegamos
vimos flores amarillas
silvestres
en el surco,
y el río se confunde con el pasto,
juntamos semillas
esparcidas por el suelo,
algunas chicas
otras muy bruñidas
y otras que no cayeron
al piso.
El día está nublado,
a veces pensamos
qué tenemos tiempo
para recorrer las barrancas
cortadas a pique
de las que se baja
por escaleritas empinadas
de piedra
y más allá una vegetación
visible.
20
La desolación de la vida
eso es lo que no quiero.
Un golpe
en vano pasó,
aunque el dolor pronto se olvida.
Los restos tienen
una fuerte atracción
sobre el pasado
que cae sobre nosotros
21
La familia solo quedó en hilachas
Los hermanos
no esperan en el ventanal
durante el frío invierno.
del palomar y las cañas
La infancia se elude,
el viaje los separó definitivamente.
y nada se dicen
Uno y los demás mareados
Alimentando
Esa condición simple,
cuando nuestra casa
se cierra en el olvido.
22
Se cortan, y hay voces
que visitamos
despacio.
Existe porque no es
simultáneo,
atrás, aquello que se nos fue,
y sin embargo
está guardado.
23
Un hombre sin futuro,
los ritmos se acumulan
y no poseen el mismo significado
ahora.
Se distraen y lo alertan
confunden las situaciones
sonríen.
(No saben que estaba )
mientras tanto
se dirige lentamente al bar
bullicioso de los peruanos,
casi no puede llegar
se abraza y toca con los dedos
las paredes.
24
En los cajones
hay sitios ignorados
que nadie se atreve a revisar
. instantes ajados
que el tiempo deteriora
Cuando los volvemos frecuentar
es como si una sorpresa
tardase en sobreponerse,
luces que se fugan,
rincones inciertos
es mejor clausurarlos
para que sigan manteniendo el secreto
de historias interrumpidas
Son conmociones ocultas
que no alcanzan su sino
cuerpos velados
que vagan en el cielo
adormecidos y temblando
con el miedo en la boca
tal como si un pedido fuera suficiente.
25
Los pájaros se le acercan
hasta donde ella está sentada
le requieren auxilio.
Entonces los repone.
Ellos la guían por el corredor,
La llevan al río,
piando la conducen
entre las plantas.
Siempre la vuelven a buscar
al filo del tiempo,
en ese instante denso
donde la suerte se hila
y se desprende
casi no puede negarse.
26
El dolor es haber permitido
que la infancia se fuera
en seres ignorados
y repetir idénticas frases, pronunciando
palabras dichosas.
Una mujer las une
expresando lo ya vivido,
lo que sobrevive.
27
En aquel cuarto
ya no cumple
el sosiego.
La pared blanca
detrás suyo
está intacta.
Hay un silencio
o una frecuencia de sonidos
que no saben simular.
rendido en la baranda
del puente
un hombre piensa.
28
Los pájaros beben ilusionados
como si pasara el último minuto
en el piso del Parque España
dejaron una migaja
29
Cuando corre apurada
mojándose
sus movimientos continúan,
se fugan.
30
La imagen no se corresponde
con el que conocí,
su piel está herida
y me mira
con indiferencia,
entrecierra los ojos
y no emite señales,
como si volviese
de un largo sueño.
después se va
y todo se reanuda
31
Se inclina y se balancea
levantando
el cuerpo desnudo
y la pared
del hospital
destaca sus roces
obsesivos,
obteniendo lo que desea
en la cama de sábanas blancas
con agobio,
mansamente.
32
El borde del escalón del andén
se pierde
la mano abrazando
los huesos del costado.
(La terraza de baldosas rojas
en la siesta de la calle Urquiza)
Las ramas y la ventana
el verano,
una salida postergada.
33
Los muebles de la pieza
están arrumbados
y por la luna del ropero
(o el espejo de la cómoda)
pasarán destellos.
El roble ha soportado
noches y días
y una vigilia profunda
de seres
que la lluvia siembra
en la avenida.
No se cambian de lugar
donde se los ha instalado,
como si fueran
el refugio,
el adiós.
Nunca volverán a su sitio
desaparecen en la bruma
de los que partiendo
se olvidan de sí.
34
El hombre que sobrevive
sale
sin percibir detalles innecesarios.
Por lo que se entiende
o ayuda.
Lleva huellas
en su semblante.
Como el negativo de una foto
el rostro se detiene
y queda negro y fijo.
35
Casi no sabe nada
su vida pende de una palabra
que no fue dicha.
Se retuerce
pegado a su indecisión
Por una hendija
la brevedad silenciosa
cruza en la luz encendida.
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17.6.12
Robert Creeley – La propuesta inmoral y otros poemas
La Flor
Creo que cultivo tensiones
como flores
en un bosque al que
nadie va.
Cada herida es perfecta,
se cierra en un diminuto
imperceptible brote,
que causa dolor.
El dolor es como una flor, como aquélla,
como ésta,
como aquélla,
como ésta.
The flower I think I grow tensions / like flowers / in a wood where / nobody goes. // Each wound is perfect, / encloses itself in a tiny / imperceptible blossom, / making pain. // Pain is a flower like that one, / like this one, / like that one, like this one.
Acechando al pájaro
El sol se pone desparejo y la gente
se va a la cama.
La noche tiene un centenar de ojos.
Las nubes bajas, sobre las cabezas.
Cada noche es un poquito más
difícil, un poco más
duro. Es mi mente
un estropicio para mí.
Chasing the bird The sun sets unevenly and the people / go to bed. // The night has a thousand eyes. / The clouds are low, overhead. // Every night it is a little bit / more difficult, a little // harder. My mind / to me a mangle is.
La conspiración
Tú me envías tus poemas,
yo te envío los míos.
Las cosas suelen despertar
incluso en la conversación espontánea.
Déjanos de golpe
proclamar la primavera. Y burlarnos
de los demás,
de todos los demás.
También te enviaré una foto de mí
si me envías una de ti.
The conspiracy You send me your poems, / I'll send you mine. // Things tend to awaken / even through random comunication. // Let us suddenly / proclaim spring. And jeer // at the others, all the others. // I will send a picture too / if you will send one of you.
La propuesta inmoral
Si nunca haces nada por nadie
te estás ahorrando la tragedia de las relaciones humanas -
Si silenciosamente y como en otro tiempo
hay un pasaje a un algo inesperado:
con que lo mires ya es más
de lo que era. Dios sabe
que nada es adecuado nada es
todo lo que hay. Tan inseguro
el egoísta no es
bueno consigo mismo.
The inmoral proposition If you never do anything for anyone else / you are spare the tragedy of human relation- / ships. If quietly and like another time / there is the passage of an unexpected thing: // to look at it is more / than it was. God knows // nothing is competent nothing is / all there is . The unsure //egoist is not / good for himself.
Algo
Me acerco temblando
tan cuidadosamente y siempre
siento la tonta pregunta final
de qué se siente,
y luego, qué hubo de sentirse,
y por quién. Recuerdo
una vez, una habitación alquilada en
la calle 27, la mujer que, literalmente,
amaba por entonces, después de
que hubiéramos hecho el amor sobre una
enorme cama, frente a un lavamanos
con dos grifos, tenía
que mear pero estaba nerviosa,
avergonzada supongo, de que
pudiera ver ese culo que
tan solo un instante atrás se
abría a mí por completo, desnudo, en
la misma cama. En cuclillas, su
cabeza reflejada en el espejo,
su pelo oscuro allí, la
totalidad de su rostro, los hombros,
se sentó de piernas abiertas, abrió
uno de los grifos y meó con timidez. Lo que
el amor aprende de una visión así.
Something I approach with such / a careful tremor, always / I feel the finally foolish // question of how it is, / then, supposed to be felt, / and by whom, I remember // once in a rented room on / 27th street, the woman I loved / then, literally, after we / had made love on the large / bed sitting across from / a basin with two faucets, she // had to pee but was nervous, / embarrassed I suppose I / would watch her who had but // a moment ago been completely / open to me, naked, on / the same bed. Squatting, her // head reflected in the mirror, / the hair dark there, the / full of her face, the shoulders, // sat spread-legged, turned on / one faucet and shyly pissed. What / love might learn from such a sight.
En Famille
Vagué solo como una nube...
al parecer había perdido a la multitud
Había vuelto con, familia - padre, madre, hermana y hermanos -
parte de una sangre común.
Ahora no hay nadie,
sólo mi cara en el espejo, un abrigo en un perchero de un sólo gancho,
una cama que podría hacer con sólo salirme de ella.
¿Adónde se han ido?
*
Qué fue esa vaga determinación
cortar el cultivo del vínculo
en toda su densidad, - su desinteresada compañía -
¿qué le hace a uno sentir tal desesperación?
irse, irse lejos de casa, desaparecer para aquellos
que nos reconocerían con sólo ver nuestras narices o nuestros dedos,
ponerle buena cara a nuestro irreparable desorden,
¿dar por sentado que es parte de nosotros?
*
Mis amigos, las manos en los hombros,
bien agarrados, manteniendo su palabra
de ser para uno y para todos, un centro de seguridad,
no importa si en las buenas o en las malas, a diestra o siniestra -
mantener la fe, seguir contentos, seguir juntos,
seguir en lo mismo, así que sigamos
pese al hecho de una necesaria deriva.
¿Será el hogar el lugar más feliz sobre la tierra?
*
Solo no llegarás lejos.
Está oscuro ahí afuera.
Hay un largo camino que andar.
El perro lo sabe.
Él es quien más nos quiere,
o eso parece, en las noches oscuras del alma.
Aguanta.
Aguanta firme, no estamos perdidos.
*
Pese a las manías tristes,
enamoradamente anclado, un lugar
en un círculo de jóvenes y viejos, una ronda -
El amor es producto de este vínculo.
Un día uno mirará hacia atrás
y pensará en ellos -
adónde se fueron, ya idos ahora -
recuérdalo todo.
*
Vuelto del revés como en un sueño,
la cara desfigurada que quiero para mí,
la gente amada y aún conmigo,
yo puedo ver su dolorosa fe.
A crecer, queridos, ¡luego echar a volar!
Pero cuando se haga de noche, volved a casa.
La luz seguirá en la ventana, el corazón aún leal.
Llámame - yo acudiré.
*
El viento sopla entre los árboles revoltosos
detrás de la ventana, por los campos de abajo.
Emblemas del crecimiento, del joven, del viejo,
de un tamaño monumental o tanta esperanza vulnerable
mientras el eco en la imagen de los árboles
mira con tal reflexivo placer,
tan diversos, tan próximos entre sí. Permanecen allí
esperando oir una música que conocen bien.
*
Me gusta la manera en que los dos me miran,
no sé por qué pero a veces es difícil ser humano.
Los brazos y las piernas empiezan a estorbar,
haciendo de uno una carga aparatosa, embarazosa.
Dime que tu felicidad es simplemente leal.
Dime que puedo aún aprender a ser como tú.
Dime que la verdad es lo que hacemos.
Dime que la clave está en cuidar de los demás.
*
Estamos aquí porque no hay otro lugar al que ir,
en la fe hemos aprendido lo mismo que con lo demás.
Alguien nos lo dijo una vez y lo sabemos desde entonces.
Nadie se queda afuera en un sitio tan modesto.
Nadie llega tarde jamás, nadie demasiado temprano.
Nos acomodamos uno junto al otro, nos hacemos lugar.
Soñamos un cielo al que llegar trepando una escalera.
Miramos las estrellas y nos preguntamos dónde y por qué.
*
¿Te habíamos dicho todo lo que pensarías para saber?
¿De verdad el tiempo de partir es ahora tan veloz?
¿Sucedió algo que no fueras a olvidar?
¿Hay lugar suficiente para todos donde estás?
¿Sabiduría es sólo una palabra vacía?
¿Es la vejez un tiempo que al final se echa de menos?
¿Guarda lo humano en sí su recompensa?
¿Es esto la felicidad?
En famille I wandered lonely as a cloud... / I'd seemingly lost the crowd / I'd come with, family - father, mother, sister and brothers - / fact of a common blood. // Now there was no one, / just my face in the mirror, coat on a single hook, / a bed I could make getting out of. / Where had they gone? // What was that vague determination / cut off the nurturing relation / with all the density, this given company - / what made one feel such desperation // to get away, get far from home, be gone from those / would know us even if they only saw our noses or our toes, / accept with joy our helpless mess, / taking for granted it was part of us? // My friends, hands on each other's shoulders, / holding on, keeping the pledge / to be for one, for all, a securing center, / no matter up or down, or right or left - // to keep the faith, keep happy, keep together, / keep at it, so keep on / despite the fact of necessary drift. / Home might be still the happiest place on earth? // You won't get far by yourself. / It's dark out there. / There's a long way to go. / The dog knows. // It's him loves us most, / or seems to, in dark night of the soul. / Keep a tight hold. / Steady, we're not lost. // Despite the sad vagaries, / anchored in love, placed in the circle, / young and old, a round - / love's fact of this bond. // One day one will look back / and think of them - / where they were, now gone - / remember it all // Turning inside as if in dream, / the twisting face I want to be my own, / the people loved and with me still, / I see their painful faith. // Grow, dears, then fly away! / But when the dark comes, then come home. / Light's in the window, heart stays true. / Call - and I'll come to you. // The wind blows through the shifting trees / outside the window, over the fields below. / Emblems of growth, of older, younger, / of towering size or all the vulnerable hope / / as echoes in the image of these three / look out with such reflective pleasure, / so various and close. They stand there, / waiting to hear a music they will know. // I like the way you both look out at me. / Somehow it's sometimes hard to be a man. / Arms and legs get ofter in the way, / making oneself a bulky, awkward burden. // Tell me your happiness is simply true. / Tell me I can still learn to be like you. / Tell me the truth is what we do. Tell me that care for one another is the clue. // We're here because there's nowhere else to go, / we've come in faith we learned as with all else. / Someone once told us so it is we know. / No one is left outside such simple place. // No one's too late, no one can be too soon. / We confort one another, making room. / We dream of heaven as a climbing stair. / We look at stars and wonder why and where. // have we told you all you'd thought to know? / Is ir really so quickly now the time to go? / Has anything happened you will not forget? / Is where you are enough for all to share? // Is wisdom just an empty word? / Is age a time might finally well have missed? / Must humanness be its own reward? / Is happiness this?
Por Robert Creeley
Selección y traducción: Martín Abadía
Creo que cultivo tensiones
como flores
en un bosque al que
nadie va.
Cada herida es perfecta,
se cierra en un diminuto
imperceptible brote,
que causa dolor.
El dolor es como una flor, como aquélla,
como ésta,
como aquélla,
como ésta.
The flower I think I grow tensions / like flowers / in a wood where / nobody goes. // Each wound is perfect, / encloses itself in a tiny / imperceptible blossom, / making pain. // Pain is a flower like that one, / like this one, / like that one, like this one.
Acechando al pájaro
El sol se pone desparejo y la gente
se va a la cama.
La noche tiene un centenar de ojos.
Las nubes bajas, sobre las cabezas.
Cada noche es un poquito más
difícil, un poco más
duro. Es mi mente
un estropicio para mí.
Chasing the bird The sun sets unevenly and the people / go to bed. // The night has a thousand eyes. / The clouds are low, overhead. // Every night it is a little bit / more difficult, a little // harder. My mind / to me a mangle is.
La conspiración
Tú me envías tus poemas,
yo te envío los míos.
Las cosas suelen despertar
incluso en la conversación espontánea.
Déjanos de golpe
proclamar la primavera. Y burlarnos
de los demás,
de todos los demás.
También te enviaré una foto de mí
si me envías una de ti.
The conspiracy You send me your poems, / I'll send you mine. // Things tend to awaken / even through random comunication. // Let us suddenly / proclaim spring. And jeer // at the others, all the others. // I will send a picture too / if you will send one of you.
La propuesta inmoral
Si nunca haces nada por nadie
te estás ahorrando la tragedia de las relaciones humanas -
Si silenciosamente y como en otro tiempo
hay un pasaje a un algo inesperado:
con que lo mires ya es más
de lo que era. Dios sabe
que nada es adecuado nada es
todo lo que hay. Tan inseguro
el egoísta no es
bueno consigo mismo.
The inmoral proposition If you never do anything for anyone else / you are spare the tragedy of human relation- / ships. If quietly and like another time / there is the passage of an unexpected thing: // to look at it is more / than it was. God knows // nothing is competent nothing is / all there is . The unsure //egoist is not / good for himself.
Algo
Me acerco temblando
tan cuidadosamente y siempre
siento la tonta pregunta final
de qué se siente,
y luego, qué hubo de sentirse,
y por quién. Recuerdo
una vez, una habitación alquilada en
la calle 27, la mujer que, literalmente,
amaba por entonces, después de
que hubiéramos hecho el amor sobre una
enorme cama, frente a un lavamanos
con dos grifos, tenía
que mear pero estaba nerviosa,
avergonzada supongo, de que
pudiera ver ese culo que
tan solo un instante atrás se
abría a mí por completo, desnudo, en
la misma cama. En cuclillas, su
cabeza reflejada en el espejo,
su pelo oscuro allí, la
totalidad de su rostro, los hombros,
se sentó de piernas abiertas, abrió
uno de los grifos y meó con timidez. Lo que
el amor aprende de una visión así.
Something I approach with such / a careful tremor, always / I feel the finally foolish // question of how it is, / then, supposed to be felt, / and by whom, I remember // once in a rented room on / 27th street, the woman I loved / then, literally, after we / had made love on the large / bed sitting across from / a basin with two faucets, she // had to pee but was nervous, / embarrassed I suppose I / would watch her who had but // a moment ago been completely / open to me, naked, on / the same bed. Squatting, her // head reflected in the mirror, / the hair dark there, the / full of her face, the shoulders, // sat spread-legged, turned on / one faucet and shyly pissed. What / love might learn from such a sight.
En Famille
Vagué solo como una nube...
al parecer había perdido a la multitud
Había vuelto con, familia - padre, madre, hermana y hermanos -
parte de una sangre común.
Ahora no hay nadie,
sólo mi cara en el espejo, un abrigo en un perchero de un sólo gancho,
una cama que podría hacer con sólo salirme de ella.
¿Adónde se han ido?
*
Qué fue esa vaga determinación
cortar el cultivo del vínculo
en toda su densidad, - su desinteresada compañía -
¿qué le hace a uno sentir tal desesperación?
irse, irse lejos de casa, desaparecer para aquellos
que nos reconocerían con sólo ver nuestras narices o nuestros dedos,
ponerle buena cara a nuestro irreparable desorden,
¿dar por sentado que es parte de nosotros?
*
Mis amigos, las manos en los hombros,
bien agarrados, manteniendo su palabra
de ser para uno y para todos, un centro de seguridad,
no importa si en las buenas o en las malas, a diestra o siniestra -
mantener la fe, seguir contentos, seguir juntos,
seguir en lo mismo, así que sigamos
pese al hecho de una necesaria deriva.
¿Será el hogar el lugar más feliz sobre la tierra?
*
Solo no llegarás lejos.
Está oscuro ahí afuera.
Hay un largo camino que andar.
El perro lo sabe.
Él es quien más nos quiere,
o eso parece, en las noches oscuras del alma.
Aguanta.
Aguanta firme, no estamos perdidos.
*
Pese a las manías tristes,
enamoradamente anclado, un lugar
en un círculo de jóvenes y viejos, una ronda -
El amor es producto de este vínculo.
Un día uno mirará hacia atrás
y pensará en ellos -
adónde se fueron, ya idos ahora -
recuérdalo todo.
*
Vuelto del revés como en un sueño,
la cara desfigurada que quiero para mí,
la gente amada y aún conmigo,
yo puedo ver su dolorosa fe.
A crecer, queridos, ¡luego echar a volar!
Pero cuando se haga de noche, volved a casa.
La luz seguirá en la ventana, el corazón aún leal.
Llámame - yo acudiré.
*
El viento sopla entre los árboles revoltosos
detrás de la ventana, por los campos de abajo.
Emblemas del crecimiento, del joven, del viejo,
de un tamaño monumental o tanta esperanza vulnerable
mientras el eco en la imagen de los árboles
mira con tal reflexivo placer,
tan diversos, tan próximos entre sí. Permanecen allí
esperando oir una música que conocen bien.
*
Me gusta la manera en que los dos me miran,
no sé por qué pero a veces es difícil ser humano.
Los brazos y las piernas empiezan a estorbar,
haciendo de uno una carga aparatosa, embarazosa.
Dime que tu felicidad es simplemente leal.
Dime que puedo aún aprender a ser como tú.
Dime que la verdad es lo que hacemos.
Dime que la clave está en cuidar de los demás.
*
Estamos aquí porque no hay otro lugar al que ir,
en la fe hemos aprendido lo mismo que con lo demás.
Alguien nos lo dijo una vez y lo sabemos desde entonces.
Nadie se queda afuera en un sitio tan modesto.
Nadie llega tarde jamás, nadie demasiado temprano.
Nos acomodamos uno junto al otro, nos hacemos lugar.
Soñamos un cielo al que llegar trepando una escalera.
Miramos las estrellas y nos preguntamos dónde y por qué.
*
¿Te habíamos dicho todo lo que pensarías para saber?
¿De verdad el tiempo de partir es ahora tan veloz?
¿Sucedió algo que no fueras a olvidar?
¿Hay lugar suficiente para todos donde estás?
¿Sabiduría es sólo una palabra vacía?
¿Es la vejez un tiempo que al final se echa de menos?
¿Guarda lo humano en sí su recompensa?
¿Es esto la felicidad?
En famille I wandered lonely as a cloud... / I'd seemingly lost the crowd / I'd come with, family - father, mother, sister and brothers - / fact of a common blood. // Now there was no one, / just my face in the mirror, coat on a single hook, / a bed I could make getting out of. / Where had they gone? // What was that vague determination / cut off the nurturing relation / with all the density, this given company - / what made one feel such desperation // to get away, get far from home, be gone from those / would know us even if they only saw our noses or our toes, / accept with joy our helpless mess, / taking for granted it was part of us? // My friends, hands on each other's shoulders, / holding on, keeping the pledge / to be for one, for all, a securing center, / no matter up or down, or right or left - // to keep the faith, keep happy, keep together, / keep at it, so keep on / despite the fact of necessary drift. / Home might be still the happiest place on earth? // You won't get far by yourself. / It's dark out there. / There's a long way to go. / The dog knows. // It's him loves us most, / or seems to, in dark night of the soul. / Keep a tight hold. / Steady, we're not lost. // Despite the sad vagaries, / anchored in love, placed in the circle, / young and old, a round - / love's fact of this bond. // One day one will look back / and think of them - / where they were, now gone - / remember it all // Turning inside as if in dream, / the twisting face I want to be my own, / the people loved and with me still, / I see their painful faith. // Grow, dears, then fly away! / But when the dark comes, then come home. / Light's in the window, heart stays true. / Call - and I'll come to you. // The wind blows through the shifting trees / outside the window, over the fields below. / Emblems of growth, of older, younger, / of towering size or all the vulnerable hope / / as echoes in the image of these three / look out with such reflective pleasure, / so various and close. They stand there, / waiting to hear a music they will know. // I like the way you both look out at me. / Somehow it's sometimes hard to be a man. / Arms and legs get ofter in the way, / making oneself a bulky, awkward burden. // Tell me your happiness is simply true. / Tell me I can still learn to be like you. / Tell me the truth is what we do. Tell me that care for one another is the clue. // We're here because there's nowhere else to go, / we've come in faith we learned as with all else. / Someone once told us so it is we know. / No one is left outside such simple place. // No one's too late, no one can be too soon. / We confort one another, making room. / We dream of heaven as a climbing stair. / We look at stars and wonder why and where. // have we told you all you'd thought to know? / Is ir really so quickly now the time to go? / Has anything happened you will not forget? / Is where you are enough for all to share? // Is wisdom just an empty word? / Is age a time might finally well have missed? / Must humanness be its own reward? / Is happiness this?
Por Robert Creeley
Selección y traducción: Martín Abadía
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martín abadía,
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traducciones
9.6.12
La mañana sol de limón (V), por Hugo Savino
Nos separamos sólo porque ellos no quieren saber. Seguí con esos libros prohibidos y me quedé casi solo. Mi vejete de tío silencioso que no se dejó engañar por las remanidas historias de la italianidad la vaca sagrada de la memoria operística los chuchos resecos de las glorias garibaldinas las aventuras industriales a él no le tocó el bien común no pudo digerir esa caca poética del progreso no pudo fue a parar a una pieza en Suarez al fondo. Un hoyo. Desde ahí veía las luces de La Boca. Jubilación de mierda nadie al que decirle algo. Sabía. Y estaba mejor solo. Sus amigos: dormían hablando en los cafés, bonchas del eterno presente de la mentira, y él estaba en la ventana, miraba algo, no sé qué, algo, miraba y se pasaba las palabras por la boca y fue el principio de su soledad loca. Cama vieja, radio antigua, cepillo para el traje. Pasarse las palabras por la boca. Es la condena social. Me dejó esa costumbre. Lo veo mirar por la ventana. O en casa. Irma le arrima un café, Irma con vestido floreado del verano, él rasca la mesa, no habla, un anís para acompañar, yo lo miro y sueño, no me acuerdo pero seguro que sueño, marca de fábrica familiar. El camino que hicimos de Olavarría y Patricios a Avellaneda por esa calle amarillo lavado años cincuenta, llena de negocios, gente por Montes de Oca, y yo sabía que en algún lugar de ese camino estaba mi ensoñación, la perla rarísima, los cuatro acordes de mi solo. Ese fue el camino. Después salí, me metí en lugares que no me correspondían, y me marcaron el camino de salida, astillitas en el alma, me dejaron, me pusieron en mi lugar, ¿por qué? Pero muchos años después. Cuando se me ocurrió progresar y tuve amigos de buenas familias. ¡Las buenas familias! Mala frecuentación para mí. Quise meterme un poco en otro ambiente. Un poco de respetabilidad. Algo así. Me ajustaron las cuentas. Amigos de vidriera. Y no digo como al otro. Excluido el como de esta novela. Un aprendizaje es dejar de progresar. Necesité libros. Los libros de salida. Y decidí dejar de estar loco y seguí leyendo. Dejé mi personalidad de persona cordial, que cae bien, que trata de no hablar de lo que leyó. No es que me puse a hablar de esos libros, casi nunca hablo de lo que leo, salvo con poquísimos amigos curtidos en cielos, amaneceres y colores. Y que no juzgan. No puedo ponerlo blanco sobre negro. No lo puedo resumir bien. No le busco una solución a este embrollo, eso seguro, detesto las soluciones narrativas. Un poco de luz para mí. Busco una frase que me vengue. Que no tenga solución. Que flote.
La palabra moscardón. No sé cómo ponerla. Me gusta. Tiene que traerme una buena frase. La saco de un poema: “Todo prometido, ella se duerme, flor bajo el dardo del moscardón.” Tomo también “el dardo del moscardón”. Palabra y frase. Ese dardo. No se me escapa. Se me pegan los moscardones. O los pego como dice Miriam. Veremos. Ella trabajaba en la instalación de palabras. De ahí fraseaba. Era pobre. Fue rica. Se volvió pobre. ¿Qué pobreza? No sé, no se puede hablar de la pobreza de los otros. Sólo se puede decir: es pobre. Lo aprendí en un libro. Ya sabía que un pobre es invisible. Pero ese libro me enseñó muchas cosas más. No sobre la pobreza únicamente, no, de eso sé mucho. Los hizo hablar y eso es sorprendente. Los detalles de la pobreza. Nadie soporta los detalles. Así es la lectura. Un momento de soledad que se va ampliando. A soledad, obvio. A más soledad. De manotazo a manotazo. Y los que renuncian a la lectura; ¿a qué renunciarán? Es un poco básica mi pregunta. Pero me asombra esa renuncia. ¿En nombre de qué originalidad? Son mis divagaciones, pero daré vueltas y al final no me alejaré de esta novela localizada en un momento del tiempo. Acá no se condena a los perdedores sociales. Y uno tiene que decirse las heridas de la lejanía del tiempo. No están tan lejos. Si uno empuja. Animarse y se toca, la lejanía, como se toca el aire de la noche de verano de 1950. Es como el desorden. Bendito sea. ¿Moscardón de la familia de pesado y copión? Escritores moscardones. Falsos amigos moscardones. Gama de moscardones. Como la gama de los coches Citröen. No puedo ver estas cosas de manera desapegada. Para eso hay que nacer en otro lugar. Las componendas del lugar de nacimiento. Los retoques y maquillajes. Para gente respetable. Hay muchas maneras de ser respetable. Sutiles. Huelo un respetable a una cuadra. Me enervan. Uno de los yeites del respetable es el kitsch de la emoción, llora, llora por todo, por la humanidad, todo a distancia, ausentes, son ausentes, nunca serás tan respetable como ellos, nunca. Sentimentales, desesperadamente. Y los sentimentales te matan. Lo sé y los frecuento. ¿Seré un horrible sentimental? ¿De la cobardía? Le tienen miedo a los pobres, a la pobreza, asco al pobre, asco al fracasado. No caer en la tentación de querer seducir a esta gente. Respetables. Alejarlos. Patearlos. Te piden que les inspires piedad, te la cuelan, te la regalan cuando tienen tiempo, no te dejan contar. Pero quiero resumir: no se puede frecuentar a brutos letrados, es injusto. Irse al culo del mundo no quiere decir irse del momento del nacimiento. Patio de inquilinato es para siempre. Es un infinito si lo quieren más delicado. Se verá en tu cara. En tu lenguaje. No se podrá ocultar. Para qué. No se puede usar como pasaporte. Tampoco. No sirve para nada. Hay que dejar atrás a esas garrapatas que venden delicadeza. No siempre se nace. No quiero meterme ahí. Conozco a muchos no nacidos. Clandestinos. Queridos amigos no nacidos. Andrajos que se obligan a frecuentar el mundo. Leo el artículo de un imbécil que glosa la gran novela americana, no la va escribir nunca. Anuncia que sólo lee americanos. ¿A quién quiere asustar? Y bueno. ¿Por qué no? Debe ser hijo del otro imbécil que anuncia que no le gusta Joyce. Lo anuncia al mundo. A sus discípulos. A sus lectoras. Los autoriza a no leer. Los no nacidos son otra cosa. En principio no hay imbéciles del presente entre ellos. Cómplices de los desposeídos. Pero desposeído es para tesis. Sólo que no nacidos y desposeídos son sospechosos. Pero tengo que volver a los revolcones, las ideas generales son una tentación. Tengo que escribirles a Esteban y a Mariano. Me mandarán una carta rajante. Les confesaré que salí a buscar respetabilidad literaria. Se cagarán un rato de risa. Hay sol. Me achicharro y busco la sombra de los árboles de Paláa y Berutti. Rasco el aire de la memoria, medio tuerto, pero no importa. Te espera el vacío, el viento. Hay que tejer. Palabras: agüita, sombra, tijera de podar, limonero, viejo. Paro. Cosa vieja palabra vieja. Es una lista. Amo las listas de palabras. Me las hago cuando escribo. Atrás del cuaderno. Toco. Ilusión. Manía de lo interminable. ¿Mudanza es derrota o ilusión? Desalojo. Poco prestigio. El que te que pone distancia, el emocional, el lloriqueante, todo eso reunido en su persona de burgués de familia, en su tradición berreta, como todas las tradiciones exhibidas, gente que no dice más ropero o pava, y tiene edad para decirlo, qué poco se puede contar con ellos, tanto rezongo de aullido que se derrama como leche hervida, para un teatro de lo ridículo, y mejor no tomarla en cuenta porque todo termina en lágrimas de cocodrilo o desplante. Tendría que ir cortando esta queja, este lamento de los amigos no amigos, voy a exceso de novela sentimental, me pone en mal lugar, le doy pan a los intérpretes de la psiquis, a las eternas lechuzonas de la vigilancia, tengo que cortar. Casi ninguna amistad se puede anudar.
Con la gente que no te deja leer, que te deja en el umbral de los libros, que se angustia porque uno lee mucho. Es raro. Es como pedirle a un boxeador que no boxee mucho. Condenar o llamar boludo a alguien porque lee es juntarse con las voces mierdosas del sentido común y de la prudencia y el buen juicio, con lo permitido.
¿Qué miedo? El miedo a que nos expulsen. Ese temblor. Pobres víctimas de mi amistad. Me les caí encima. Pero en mi defensa: un poco: le otorgo a muchos de esos desechos del alma que fueron mis amigos el poder de echarme de su amistad. ¿Qué amistad? Nunca me miraron en realidad. Ni me vieron. Tampoco es traición. No estoy en esa dimensión de las coordenadas y la traición. Mucha pretensión. No me vieron. Perdí tiempo.
Vagabundo de tren debajo de los siete puentes: saco de lona, sombrero de ala no muy ancha. Cómo me harta la gran novela paranoica. Los paranoicos. Los celosos. Los canas de los sentimientos. Los tipos que ven mierda en todos lados.
Salimos de Barracas. No sé muy bien adónde voy. No sabíamos. No éramos como Hudson. No teníamos experiencia. Sólo la del pateado. Pero no había drama. Éramos gente de patio. Chirusas o chirusos en camioncito. Bártulos. Paquetes. Vajilla envuelta en papel diario. Gritos. Unos días antes de la mudanza hubo un picnic en el parque de la ancianidad. Roberto tocó el bandoneón. Todos bufamos. Como años después mi amigo plomo novelista que querrá leer sus maravillas de tedio y sabiduría sentado en su saloncito. Bandoneón o lectura de manuscrito, mismo aburrimiento. Todos escapamos para los árboles, Roque Juan se divierte, incentiva el bandoneón, Irma pasa las empanadas, Nélida saca las berenjenas, toda la italianidad se dispone a comer, Roberto mata algún tango. Pero yo no incentivo lectura en voz alta de poemas. Costumbre del esteta, el paralítico de la escritura, unas copas y saca a Juan Ramón Jimenez de la biblioteca ordenadita. Me gustaría seguir ese hilo entre el primo de Irma bandoneonista y el esteta y su amigo esteta. Malos payasos –si lo tengo que decir, sé que es fácil, pero me viene a la mano– de la noche porteña, de la carnecita asada, la empanada, el vino tinto. Pero no, me agota. Es un facilismo, la burla es el supremo facilismo. Me caigo del lado de la burla. El esteta angustiado es un especialista en burla. Detesto la burla. Y el bandoneonista es un pan de dios en el cielo. Él caminó por la ciudad, años, solo, con sus jaquecas histriónicas, empleado, yugador de escritorio, amable, decente, la decencia ordinaria, los estetas de la carnecita y el vino tinto “deben formar parte de la intelligentsia para pensar todas las estupideces que piensan, un hombre común nunca puede ser tan estúpido como esos dos”.
No importa si pregunta por mí. No caigas. Tragate la curiosidad. Es sentimental, los sentimentales llevan la crueldad pegada a la suela de los zapatos. ¿Qué preguntó? Formulismo. Algún dejo de mordida del alma. No averigües. La curiosidad en el bolsillo. Pregunta es señuelo. Esfuerzo por dejar de berrear quejas. No vayas donde no te quieren. No preguntes más. No vayas. No berreo más. Me callo. Hay amistades que son un error.
Miro el cielo de estrellas manoteo el aire de alegría escucho voces medio alucinadas y yo alucino o las voces o el cielo de la noche pero no es la vieja depresión o el pánico. Eso pasó.
Querida prima coneja ¿dónde están los muebles laqueados? ¿A quién se los diste?
Porqué tanto miedo a los libros que hacen escribir. ¿Por qué ese miedo a que no me quieran? ¿Por qué? ¿Por qué no cambio de barrio? Lecturas secretas. Es lo mejor para despejar el alma. ¿Por qué pido permiso? Una lista de los miedos. Como las de los demonios interiores. No soy furibundo como ese sentimental. Pero lo que no soy: fácil. Odio a los furibundos. Y a los sentimentales. También nombrar más los lugares.
Guardo las escenas de los libros que amo: la del perro en ese vagón del tren al sur, que comió un poco de la hamburguesa del vago que viajaba acostado sobre su mochila. O “ese guarda que entra y pregunta de una: ¿quién paga?” ¿Todos, nadie? De una, para sorprender al seco. Siempre estará ese puto guarda. Cambiarán los gobiernos pero un guarda entrará a preguntar quién paga.
Cambio de lecturas. Cambio de alma. Desertar. ¿Cómo cuándo? ¿O al final se trata de ser un estudioso de la literatura? ¿Querés que te lleven al coloquio? Querés eso, ¡quejoso! ¿O querés dejar de ser invisible? ¿El reconocimiento? ¿Cuál? ¿El hegeliano? ¿El de poeta? ¿Algo así? ¿Dejar la invisibilidad? ¿Terminar poeta o novelista o escritor? Hay que estar loco, muy loco o muy apático para abandonar la invisibilidad. ¿Por qué no me junto con los que me quieren? Leo el Vagabundo de las estrellas. Preparo El Valle de la luna. Me escapo de algo, no sé muy bien, pero me escapo, siempre estuve escapando. Y seguiré. Esa herida puta. Y ahora dejo entrar la luz del mediodía. Sol color sopa de calabaza. Divagaciones. Leo ese relato donde él lleva a su hermanita cerca del río y le enseña cómo saltan los peces. Le muestra el reflejo del sol y le promete hacer lo mismo a la tarde, a las siete justo cuando un fragmento de la luz sube hacia el sauce y se escapa por la copa. El verde es intenso, y no hay como la promesa de una ensoñación a la hora del mediodía. Desertar.
¿Prima coneja tenía un sueño personal? ¿Tenía un gran amor al final? Tengo que averiguar. La recuerdo llamándome en ese bar. ¿Con qué soñaba?
Un ejemplo de moscardón: el escritor burlón al que después vi corriendo a los brazos del profesor que bajaba por la escalera. El abúlico burlón. Insaciable de gloria de provincia. Los moscardones llevan la burla pegada a la suela de los zapatos. Toda una vida en esa noria. Conozco alguna que otra carancha burlona.
Mis venganzas, algo así como Mis odios. También puede ser: mis rechazos.
La sensación de ir a ningún lugar. La chifladura de la normalidad ya fue. Ambición de un día. Hay que saber olvidar. Terraplén del Pato al Sur. Tiro un tronco quemado por la barranca, estoy en esa ensoñación. Infancia. No salir de allí. Un hilo de agua que baja de algún lado. ¿Con qué sueño? Ahora está la desesperación. No pongo un mameluco duro de pintura parado en una pieza, no soy pintor, pero nunca me olvidé de esa figura. Los pintores no hacen imágenes hacen cuadros. Ese mameluco ahí parado, duro, solo, duro de pintura es la vida de la desesperación. ¿Miedo a repetirme? No. Tendría que hacerme más preguntas. Una, sí: ¿qué hago entre toda esta gente, si nací del otro lado? Tener el don se paga caro. Socialmente caro. El ser se perdona, el don es un regalo de Dios. ¿Y ese dúo cómico atragantado por la envidia? Uno saca su cine B, el otro su loro teórico. Los dos me envidian el don. Yo amo a los tipos de las tardes de calor, de sol, de humedad, esos tipos en la ventana del café, que vienen de la tarde de los años cincuenta. Esos no van. Se mueven apenas. Cigarrillos. Pocillo. ¿Camina el pasado? Tengo que ir despacio. La desesperación no se ventila, o: sermón. O caranchas te ponen en libertad condicional. Mudanza en camioncito es éxodo. Hay que reforzar la clandestinidad.
Lola. Sí Román, protomártir de mis confesiones, Lola. Sí. Que no vive enclaustrada en la casa. No se deja meter en el placard. Lola hará feliz al que la vea con el oído. Mira fijo porque quiere que la escuchen. Ese, el que la escuche, a ese, le romperá el corazón con esos pantalones rojos, esas botitas rojas, esas piernas largas y chuecas, el holluelo justo donde empieza el escote, y lo matará de celos amorosos y él tocará la luna, su recompensa. Lola está destinada a la felicidad amorosa. Aprenderá a leer y escapará de la vigilancia de brujas, de la retórica del fiolo universitario, de las compañeras de oficina, o de peluquería, abuelas, tías, jefes, de los tipos con la mano atada, piojos monologantes que no le dejaban abrir la boca. En la mañana luminosa de Avellaneda bajará la ropa tendida a la noche, la rescatará del sol. Y ninguna preocupación por el futuro: ¿qué es eso? Murmullos de la cama. Tendrá ese marido irrealista, ese gavión, lo mantendrá, se morirán todos de envidia, ella aprendió en algún lado la palabra a-social. Escrita con ese guión. La anotó en su cuaderno de notas, se la escuchó a alguien y aplicó el instinto de azares y la escribió. ¿De quién aprendió esta piba arrulleta a llevar cuadernos de notas? Una pista dudosa: de la misma Lola: la leyó en un relato de un desconocido, vaya a saber de qué siglo. Ella hará el mate, clásico, fatal, por qué no, y bajará a la luz, y se meterá en el día extendido, la perderemos de vista. Lola con solera, brazos de planchadora de verano, dejará el aura de la vieja ternura mientras dobla en la esquina del baldío. Mientras todos van al revés como ese río verde sublime y la miran ir. La felicidad recíproca a la luz de la media mañana, los que la miran y la mirada chanfle de Lola. ¿Alguien le dijo: Lola, hacé cuaderno de notas?
Pero está la mirada. Lola mira. Y él está ahí. Arrinconado contra la barra. Toma un café. Él mira primero. Primero es su mirada. Lola la devuelve y la deja ahí, en sus ojos, y eso dura lo que dura, y a él le queda como una alegría dolorosa, un recuerdo, instante, se lo lleva para la noche. Hará algo con eso.
A la mañana Lola mira las ramas que apuntan al cielo, esperan el viento, quietecitas, llenas de hojas verdes. Se pone las botas rojas, pasa los cordones, murmura al techo, no se recita nada, no hay nada que temer por ese lado, ¿qué espera de la caja pandora del día?, es secreta, no confiesa nunca, nunca caerá en manos de un poeta.
Lola sigue pasando.
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2.6.12
Mar negro de Ana Arzoumanian: una prueba de origen, por Luis Thonis
Un libro tiene que ser un hacha para el mar congelado dentro de nosotros. La literatura sólo es digna cuando descongela la sangre de quien lee.
Franz Kafka
Mar negro de Ana Arzoumanian, Ceibo ediciones, 2012.
La lectura de Mar Negro de Ana Arzoumanian le quita a uno las ganas de comer y dormir. Se debe al ritmo, a “el mismo tono para amar y destrozar” de la cita de Tsvietáieva que lo encabeza. Después de un aleteo de aves migratorias hay un renacer y la certeza que esta vez Eros ha vencido a Thanatos.
Alguien dijo que este libro no era demasiado argentino. También la estupidez tiene una larga tradición, busca perpetuarse en esencias, no se banca que le muevan el piso. Mar negro es tan argentino como el mate o el fútbol cuyos orígenes como tantas cosas que hoy parecen nativas no son nacionales. Hasta quien inició la narrativa argentina, Esteban Echeverría, fue considerado por algunos académicos como Calixto Oyuela “no haber sido suficientemente americano” por haberse apartado de lo español y castizo. Echeverría se apartó de la tradición colonial apoyándose en el francés para escribir El Matadero, la escena que consideraba inenarrable. En Mar negro hay que pagar cierto precio, salir de los paradigmas habituales de lectura.
Aquí se trata de una guerra y un exterminio reales en tanto la Argentina desde sus orígenes ha estado luchando contra enemigos imaginarios y los sujetos matándose entre sí, incluso se fue a la guerra, a un suicidio para encubrir un exterminio inenarrable.
Al no poder separarse del Origen mediante instituciones –es el único modo de hacerlo– nuestra historia retrocede siempre a lo que Murena llamó el Campamento: un lugar de paso para saquear y enriquecerse que no puede fundar un nombre y abunda en grandes palabras vacías.
Hay una siniestra confusión entre el pasado –histórico– y lo arcaico que está siempre presente: el niño que dice “caca” habla en griego arcaico.
Repudiar lo arcaico es condenarse a la circularidad del tiempo y a un presente que reproduce fetiches del pasado.
Nuestra psicología de masas no puede salir del incesto colectivo y la fusión de los antónimos como, por ejemplo, en la siniestra década del setenta entre los montoneros y las Tres A que respondían al mismo liderazgo. Estos pares se reproducen en otros dobles de dobles, copulan y hablan una lengua común: basta escuchar los cantos de las hinchadas y las expresiones xenófobas para entrar en materia.
La lengua es la institución por excelencia y se oye más demanda de caudillismo que instituciones que suelen confundirse no con limitaciones del Unico sino con los edificios.
Aquí la lengua ha sido extirpada y el crimen convertido en institución: “Si hablaban en armenio les cortaban la lengua. El uso de siete palabras seguida en hayeren era causa de blasfemia. Les clavaban las uñas en las frentes de los niños”.
Es desde una poética que se oye una lengua en sus voces desaparecidas. La narradora de Mar negro, como esas criaturas de Kafka que van por una calle de campo no conoce el reposo. Está entre dos lenguas en las que muere una vez y renace en otra: “Para estar cansada hay que tener historia y no tengo pasado porque se me deshace. Cuentan que los niños nacen sabiendo y que luego baja un ángel y les da un beso del olvido. Así se forma la línea del labio”.
La única referencia que encuentro en la literatura argentina es Onagros y hombre con renos de Antonio de Benedetto donde en el principio no está el verbo sino el exterminio. Es un relato de origen, un génesis que actualiza lo arcaico, siempre impensado, el único modo de que el futuro no sea una reescritura del pasado.
Abundan las crónicas y los materiales sobre el genocidio contra los armenios aunque el Estado turco se empeñe en no reconocerlo. Aquí no se trata sólo de eso: la novela es transhistórica en tanto el exterminio es vivido desde una delgada línea genealógica, la del abuelo, cuyas cuatro hijas fueron asesinadas y que a veces imagina vivas y prostituidas a los turcos. Hace eco en la historia actual.
Los armenios que hoy viven en Turquía, luego del giro de la política de Erdogan que ha visto los réditos de hostilizar de emprenderla contra las minorías de su propio país que vuelven a estar en la mira del Estado turco actual que no es precisamente un modelo a imitar por los países que transitan la primavera árabe. En un santiamén puede transformarse en un invierno regimentado. Armenios y judíos son, pese al éxito económico, experimentados como figuras inquietantes de lo arcaico. (1)
“Mi cuerpo es un cuerpo de batalla”, dice la narradora que se encuentra con ecos con la literatura árabe actual más audaz, con Joumana Haddad que demuele los mitos árabes a lo Edward Said, se enuncia como guerrera, introduce a Sade y otras “corrupciones” occidentales en el Líbano donde Hezbollah practica la limpieza étnica.
El Mar negro no es el pontos euxeinos, el lugar hospitalario de que hablaban los griegos y abría el juego de los ciclos del nostos –retorno– que le permitía a Ulises ejercer sus astucias. El abuelo sueña con una Itaca que ya no existe, tiene una vieja Biblia con fotos sin imágenes donde intenta reconocer a sus hijas que se van transfigurando en la pesadilla interminable en que vive.
Los turcos a ese mar lo llamaron Negro, lo convirtieron en un Sheol apilando los niños en canastos y luego arrojándolos a las aguas. En contraste, las imágenes de la Virgen y el niño recurren en las historias de armenios, ella es Star of the Sea (Hopkins), la enemiga de Astarté que quiere maternizar los sujetos en el Templo. Tampoco la novela se escribe desde la civilización como lo hace Pushkin en plena campaña de 1828 contra los otomanos en su viaje a Arzrum –ve el Arca de Noé resplandeciente el monte Ararat–, entre las tribus bárbaras.
La novela de Arzoumanian pasa por esos lugares, es también un viaje entre hermosos paisajes que gotean sangre pero no hay los gestos de generosidad que se observan hacia los vencidos en Puskhin.
Entramos en el siglo veinte y el genocidio turco es la referencia ineludible que anticipa de las masacres del siglo XXI: una guerra impune contra los civiles indefensos que puede leerse desde Bosnia hasta lo que hace Siria hoy con su población.
Los talibanes hicieron volar los milenarios Budas de Bamiyán que vigilaban la Ruta de Seda: demostraron una impotencia ante lo arcaico. Arzoumanian recuerda a Giacometti, su necesidad de que nos vigilen las estatuas para recordarnos que estamos vivos mientras ellas nos cuentan de la muerte.
Las rutas están sembradas de piedras funerarias, los "khatchkar", caligrafías que hacen con las piedras aerolitos que nunca cayeron del cielo. Si los talibanes asesinan así las viejas piedras, al arte, lo inmemorial al fin de cuentas –no quieren que los miren, pueden disolverlos– qué les espera a las personas.
El Sultán durante el imperio otomano practicaba la tolerancia con armenios y judíos pero carecían de derechos civiles. La Sharia, no reconoce el testimonio de ciudadanos de segunda –dhimmis– contra un musulmán.
El mundo no habla pero los dragones se entienden entre sí. El genocidio contra los armenios se sostuvo en un mito de origen: los Jóvenes turcos evocaban al legendario Turán que luchaba contra los arios del mismo modo que el mito Ario justificó el asesinato de seis millones de judíos.
Fue Churchill el primero que nombró como “holocausto” el genocidio turco.
La narradora no está entre las dos muertes donde Lacan sitúa a Antígona, por la del hermano sin sepultura y muerta en vida por haber violado las leyes de la ciudad. Aquí no hay un Creonte, un tirano visible que al menos reconoce su acto que a su vez lo condena. Aquí no hay Estado ni ley que asuma algo, salvo el querer de algunos que las víctimas resuciten para volver a asesinarlas.
La juventud –los jóvenes turcos que sacan a reos de las cárceles para que lleven a cabo las masacres en los convoyes que simulan deportarlos– es hipnótica y está hechizada por su nuevo estado nación, hay que liquidar a los que allí vivieron durante veinte siglos.
El amor es una prueba de origen. Vivir es dar una versión del origen, no tenerla, querer ahorrarla, supone el refugio en el mito y sus consecuencias aberrantes. El mito opera para que el origen permanezca intacto, fijo. Las religiones tratan de darla apartándose del mito, instruyen al creyente pero el origen resuena fuera de ellas. Cuando se toman los textos a la letra se cae en el discurso del mito. El fóbico odia al que dice amar porque su religión privada se lo prohíbe. No puede desplazarse de su fantasma fijo en el origen, cree en el como un fetiche que va reconstruyendo a través de cada historia en la que triunfa al fracasar.
El amor es un modo de desplazar el origen pero también de reactivarlo de modo que no pese sobre los hombros. Alguien en medio de un encuentro pasional, de la luminosidad de los cuerpos que parecen completarse uno en otro, huye en busca de un origen que teme perder: lo arcaico está presente en el sexo y el arte no se cansa de recordarlo.
El amor es un pathos con el origen, una crisis para la cual no hay solución final. Cada entre dos es único, intraducible. La narradora no está en la situación de Antígona ni de Hamlet –que es informado por la voz del padre y toda una serie de pruebas que se van dando en medio de una locura donde debe vengar al mismo padre que debe “matar” en lo simbólico– por lo tanto debe no sólo desplazar sino reinventar el origen desde esa delgada línea enrojecida por todas las sangres que asume como heredera, argentina y armenia. Crea puentes entre el dolor y el deseo que tienen en común no responder a causas orgánicas y posibilitan encuentros inéditos.
No apunta a drogar el origen como los posmodernos o las feministas que combaten el “imperialismo heterosexual” –al hombre es considerado un signo de lo arcaico– según Judith Butler, tampoco pensar que hay un origen puro de la lengua como Heidegger y los nacional populistas que se encuentran con ellas en asociación nihilista. (2)
La narradora descubre que lo que se cuenta modifica lo contado y su única alternativa es demostrar que el origen es múltiple por retroacción, se abre así la infinitud del sujeto, experiencia que la Sociedad trata de ahorrar, bloquear a los suyos con ruidosas consignas y no pocas veces suicidándose. Para la cultura posmo todo ya ha sido dicho en el Circo, pero para esta literatura todavía no se ha dicho nada.
Por eso luego de ir hasta el fondo del Sheol como una suerte de sacerdotisa de sus muertos, renace en el Ararat como esposa de Armenia y describe entre resplandores de un cielo perforado la transmutación de la tristeza en gozo: “Los príncipes enfundaban sus penes porque pensaban que los ayudaban a resucitar. Una montaña oscura que aumenta su tamaño. Yo, el Ararat, o la brasa de tu sexo”.
Aquí la narración planta una cabeza de playa, un territorio cero –fuera del incesto colectivo que supone el exterminio– donde las imágenes se van atenuando, perdiendo “como un gigantesco rompecabezas” sobre todas las babilonias del pasado y del porvenir.
La novela en ningún momento pierde intensidad en todos los niveles enunciativos. Una mínima concesión la haría perder ese delgado hilo genealógico: “El abuelo vio fotos de colgados, de decapitados. Elige de su museo interior la imagen de cuando se quebró la costura del cielo y los astros empezaron a girar. De cuando la luz se hizo fuego y el fuego dio origen al agua. De cuando todo lo multiplicable le hacía decir, exaltado sea”. El origen es tomado desde el vamos por una multiplicidad retrospectiva, operación que hace que su simultaneidad sea el infinito en acto apelando a recursos pictóricos, fotográficos y cinematográficos ante los cuerpos ausentes.
Se trata de que el duelo no configure ese grito hacia adentro, esa hemorragia de sangre que es su única herencia –del cuadro del Papa Inocencio de Francis Bacon donde, dijo, quiso pintar no el horror sino ese grito que lo devuelve al silencio. Es el grito mismo de lo arcaico, un grito doble –dirigido al Otro, al prójimo o a nadie– que por resonancia nos dice que no es el dolor el que produce el grito sino éste al dolor que como el sexo no tiene un lugar orgánico localizable.
Es así como el dolor se torna deseo y los muertos piden que la narradora viva.
La narradora muere y renace en un grito que es silencio, pasa del yo al vos, como si inventara a otro –que puede estar o no estar– para desplegar juegos eróticos y confesiones y casi en simultaneidad transita al pasado, a una suerte de prehistoria, a ese tiempo arcaico donde sospecha que está la semilla de las guerras del futuro.
Hay que ganar la guerra de lo arcaico en vez de repudiarlo mediante mitos, parece decir la narradora al inscribir en la lengua los nombres armenios. Freud se preguntó si el dolor físico puede producir placer sexual en tanto el deseo funciona fuera de las pautas del cuerpo fisiológico. Las formas de erotismo que despliega la narradora son un conjuro, la contra cara de los múltiples modos de matar, de reducir a la esclavitud y al infantilismo al otro que, irrumpe como fuego en la noche para revivirla con el semen de Moisés.
El genocidio armenio fue sin chimeneas, calculado: liberaron asesinos de las cárceles para no mancharse las manos. Este pragmatismo resulta espeluznante cuando se entra en las escenas descarnadas. Ambos genocidios tienen en común haberse realizado en nombre del Progreso, sobre un fondo de mito y repudiando lo arcaico que siempre estará presente…los exterminios los realizan los que de antemano han perdido la guerra del origen, esto bien lo sabe el pueblo del Libro.
El armenio era para el Joven turco una figura arcaica, del mismo modo que el judío era una presencia que opacaba el futuro milenario que se prometía el Tercer Reich.
A través de la línea genealógica del abuelo –un Ulises sin mar, imagina una Itaca que ya no existe– y sus hijas asesinadas la narradora lleva en sí la carga de un millón y medio de víctimas por inevitable sinonimia con los suyos. y escribe desde el Sheol mismo, esa región donde los muertos solicitan ser escuchados desde las profundidades de lo arcaico.
Extiende un sudario sobre ellos mientras el erotismo se abre en los orificios del cuerpo, ante tanta muerte mayor es la vibración del deseo, el te amo final es el retorno no de lo siniestro sino de lo que nunca ha sido.
El vuelo literario hay que experimentarlo, abre una frontera inédita donde se inscriben los nombres armenios pero al mismo tiempo contamina a otros tan enraizados y burocratizados que son muertes viviendo una vida demasiado humana. Este libro supone una prueba posthumana que se vislumbra en la forma misma del duelo que se lleva a cabo.
Mar negro es una prueba de origen que deberán asumir las culturas que se para no ser indiferentes a la situación de las minorías amenazadas. Para saber de qué se trata y no ser vapuleadas por la voluntad de ignorar y la servidumbre voluntaria que supone.
Leerlo supone atravesar varios infiernos para encontrarse con otro tipo de sujeto, ajeno a clones y clownes posmodernos. Esta prueba de origen es una prueba de fuego que sacude los paradigmas estratificados en una circularidad letal, es una voz exterior donde resuena –to enter heaven, travel hell, decía Joyce– la risa del paraíso del trashumanar de Dante. También el mar, por negro que sea, tiene que alcanzar lo marítimo, decía Marina Tsvietáieva en su libro sobre la pintora Groncharova, para la cual lo divino puede existir sin Dios pero no Dios sin lo divino que permite el retorno de lo que no ha sido.
Este libro bien podría ser un hacha como decía Kafka para que un mar negro se descongele en nosotros.
I) Luis Thonis, Túnez y el modelo turco, Libros peligrosos, diciembre, 2011.
2) Basta leer los diálogos entre Zizec, Judith Butler y Ernesto Laclau para notar el descerebramiento de los sujetos que producen estos ideólogos que sin ninguna versión del origen salvo la regresión a una etapa anterior a la mercancía donde lobos y corderos se amarían fuera del lenguaje. Pasan del posmodernismo light a la vindicación del estanilismo y el fascismo. Butler ataca el entre dos entre hombre y mujer en nombre del “imperialismo heterosexual” en función de un neo matriarcado: la performatividad ha llegado a los cuerpos. En “Iraq: The Borrowed Kettle”, Žižek afirma: “Better the worst Stalinist terror than the most liberal capitalist democracy” (“Mejor el peor terror estalinista que la mejor democracia capitalista liberal”), es decir, hace una apología de Stalin, insultando a más de veinte millones de víctimas y Laclau es admirador del “todo dentro del Estado” de Mussolini y de el jurista nazi Carl Schmitt: propone como “progresista” la concentración de poderes y la reelección indefinida.Estos “antiimperialistas” hablan para un público de consumidores contestatarios, enseñan en universidades extranjeras, proponen la revo pop en pesos pero cobran en dólares o libras esterlinas. Prefieren a un Chávez –al que Carlos Fuentes llamó “flatulento y destructor de las instituciones”– que una modesta democracia. De ahí cierto efecto político, mínimo pero inmenso, del libro de Arzoumanian cualquiera hayan sido las intenciones de la autora.
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27.5.12
La mancha de los adioses, por Isabel Steinberg
El pasado es impredecible.
(Proverbio armenio)
Ayer se le impuso: “chocolatines con pasas de uva”. Iba en el subte, llegaba a la estación Entre Ríos. La frase no podía ser menos ambigua. Momentos antes ella pensaba en la imperiosa necesidad que la llevaba a ponerse los anteojos oscuros justamente en un lugar tan poco encandilante como el subte. Lo que encandila-pensaba- es esa marea de miradas desconcertadas y estúpidas, ese balanceo caliente y fatigoso, esa intemperie de pozo.
Chocolatines con pasas de uva fue lo último que le dio a David, cuando las paladas del sepulturero tiraron los primeros montones de tierra. En mil novecientos setenta y cinco no le era desconocido el olor barnizado de los funerales, el olor de los funerales de los cuerpos jóvenes.
Pero aquel funeral era diferente a todos: esa tarde de abril, en el cementerio de La Tablada convergían, se mezclaban, se embarullaban atrozmente todos los nombres: David, Armando, Ilan-do-Parca, Robi, Revolución, Judío, Sefaradí, Habibi.
La Parca E Kui. Aquella agorera iluminación que dos meses antes había leído sobre el cielo de Petrópolis se imponía como una alucinación verdadera. Aquella alucinación que, inspirada por la musa lisérgica, había escrito en el cielo a la manera de una historieta, se le derretía ahora entre las manos sucias por el chocolatín que tardaba en soltar, bajo el sol de abril, para atrasar la despedida. Una idea la consolaba dulcemente: su sudor, mezclado con el chocolate y la tierra y todo lo que se desprendía, iba a fusionarse con David.
Enterrada en un oscuro bar cerca del cementerio escribió algunas frases y una poesía.
Las frases eran desordenadas: “Yo me imagino David que tu alma bulle. Bulle y se revuelve. Si bullir es agitarse una cosa con movimiento similar al del agua cuando hierve. Bulle y se revuelve para acercárteme, para tocarte el cuerpo que ya no es el tuyo, el cuerpo infladito, hinchado, espantosado. En ese estado sin casa, sin cuerpo, tu alma se esparce y ablanda, se estira y se esfuma, se esperpentiza. En ese entre-dos formas todo se te aparece desmesurado y palpitante. Como en un instante de sentimiento perfumado, aspiras. En el verdeazul de lo intermedio todo cobra una causalidad infantil. ¿Cómo llamar a ese recuerdo de sol atravesado por partículas de polvo? ¿Cómo nombrar?
¿Cómo gritar? Cerca de mí alguien habla del altruismo suicida, de la locura, del dolor. ¿Quién puede querer vivir?- se me ocurre.¿Quién puede querer vivir con el cálido aliento de este muerto en la garganta?¿Quién puede querer vivir con esa boca de sepulcro en el pecho.”
La poesía que escribió ese día de abril de mil novecientos setenta y cinco, a los veinte años, era ésta:
“Finalmente
No busco más lenguajes conocidos.
No encontré los ojos que devuelvan el gastado reflejo.
No los busco.
Creo haberlos visto una vez encerrados en la tierra.
Tengo las llaves del reconocimiento, sólo que a veces olvido dónde las guardo.
No es momento de confiar en la memoria cuando el comienzo
termina desnudo.
Me mata tu tan mortal muerte.”
En mil novecientos setenta y cinco, la madre de David se convirtió a partir de su muerte a la tibia religión de los espíritus. Tres días gimió. Tres días enormes e hipnóticos. Después lo buscó: su viudez de madre joven la hizo frágil, receptiva, y toda su vida cobró sentido. Una nueva curva se insinuó en sus caderas cuarentonas. Sus mejillas se volvieron rozagantes., la sombra de su hijo la fecundó y el tibio delirio fue dado a luz.
Cuando la madre de David empezó esa peregrinación tenaz por brujas, adivinos y telépatas para reencontrar ese calor en la carne, no sabía que la tripita arrancada del vientre de Elvira llevaba las señas de su hijo.
Lo que Elvira no supo, en medio de su peregrinación doliente de cuerpo en cuerpo, de transitoriedad en albergue, fue que esa fibra sangrante recordaba su abrazo con David.
Lo que no fue posible saber, en medio de tanto vértigo: ese embrión era de sexo femenino y podría haberse llamado Soledad. La Soledad de David.
Elvira viaja por la anestesia: el anestesista es bajo, usa anteojos y apenas mira al hablar, como refugiado detrás de una invisible ventanilla de un transitorio albergue, enarbolando la llave que se convierte ahora en el fino escarbadiente resbaladizo y punzante. A ver… ¿Cómo te llamás ? Vas a sentir un pinchacito ahora y después despacito te vas a quedar dormidita… enseguida todo está listo y te vas a tu casa… relajadita… eso. En la pared hay un banderín de una universidad norteamericana, un certificado de un simposio de hipertensión, un programa sobre ginecología y tercera edad, todos pequeños planetitas girando alrededor del diploma mayor que doradamente aurolea las letras góticas del nombre del Doctor. Cuando llegó la puerta estaba abierta y desde afuera pudo escuchar el sonido zumbante de un aerosol: el Doctor perfumaba la salita con aroma de pino salvaje, acompañando los suaves movimientos del brazo con una sonrisa casi traviesa, como la de un escolar sorprendido en un gesto de exagerada prolijidad.
La selva oscura –se le ocurrió– tiene olor a pino salvaje.
-¿Es la primera vez? Hay cosas que nunca cambian… el cuerpo… se pueden decir mil cosas sobre el carácter… pero cuando una mujer está… usted entiende… desde el principio de los tiempos hay cosas que son así. Y yo he visto tantas cosas en estos años… Dicen que los mejores poemas se escribieron en la Grecia Clásica… entonces…
¿Qué es esto del progreso? ¿Somos ahora más sabios?... A ver, querida, ¿es la primera vez?...
Las letras del nombre del Doctor tienen ahora independencia, se conjugan e intercambian escrabelianamente en forma acelerada: guillermo víctor vielén llermo víctor sí lenvié motor, hasta que la anestesia enloquece la sintaxis gótica y guillermín trovo lieve y gui lle ní, y las palabras del anestesista son ondas suaves que arrastran un vielito guille trovito liene.
El Doctor dice algo sobre el espéculo, y debe ser un comentario gracioso, porque el anestesista, que tiene sujetado el brazo de Elvira, le transmite su agitación de carcajada. Ella recuerda el chiste de Jaimito: ”abrite de patas, corazón”, y en la otra punta del mareo, entre sus piernas, imagina la suave caída del animalito rojo, fibroso, lagañoso, flotante animalito arrancado.
Una manchita en la manga del Doctor eso no corresponde a su blanco blanquito delantal cuando la mamita descubría la mancha en el guardapolvo enseguida enseguidita sabía de qué mancha se trataba si chocolatín medio derretido por el calor del bolsillo o mate cocido o mostaza o vaya una a saber qué extraña adivinación iluminaba a la mamita para descubrir las manchas para dictaminar si recurrir al jabón al detergente a la lavandina al limón con agua o al agua solamente o a una preparación especial entre algodones y secantes y era cuestión después de colgarlo al sol para que se blanqueara más y la mamá era tan experta en manchas que hasta los libros de lectura podían salvarse del desastre de la floración manchina sobre la cara de nenia al lado de la estrofa que decía llora llora urutaú en las ramas del yatay ya no existe el paraguay donde nací como tú esa manchita de tinta debía eliminarse bastaba un secante abajo para que no pasara a la otra hoja y borratinta pelikan si era necesario pero en el cuaderno era más difícil las manchas se erizaban carcomían escamoteaban la bravura de la materna borradora y refulgían gloreaban enardecían soslayaban diversificaban hasta orillar el escándalo amenazando avasallar trasponer perforar alcanzar la contratapa donde la marca de llegada era la gloria del cuaderno amarillo bajo el forro azul allí donde podía leerse los buenos niños de hoy serán los grandes argentinos del mañana la mancha enloquecida avanzaba reptando por la ventana del jardín gato a veces amarillo y negro vuelto más amarillo si aprieto bien los ojos párpados ojos adentro vueltitas en la cama para evitar dormir sobre el lado del corazón porque hace mal y el corazón verde trébol de alpi clavadito sobre el guardapolvo esperando en la percha baila y toma la forma de guantecito malo que me aprieta sé que estoy soñando y si pienso con fuerza me despierto estoy tan cerquita de la mancha de la manga del Doctor que casi podría disolverlo con toda la saliva espumosa y blanca para limpiar manga de Doctor que arranca la manchita roja y la manchita roja se retuerce y jadea y toma forma de pecesito y de célula estrellada y de escuerzo y le saca la lengua al Doctor malo y escupe al anestesista que caen fulminados por los efluvios venenosos de la manchita que se enrosca y vuelve adentro mío y se acomoda y me da calorcito y me tranquiliza y ya está y ya pasó y no fue nada…
Y la cara del Doctor asoma entre las ondas de la anestesia y me dice:- Ya está, era chiquito…fue muy simple querida. Ya está.
Vuelve de la anestesia y recuerda: de Olegario V. Andrade, cree que su título era “Palabras de mi madre”.
La habían elegido para recitar el poema durante el festejo del día de la Madre. Llevaba un jumper comprado en Rubi que tenía un gran moño rojo de terciopelo a la altura del pecho. Debía tener ocho o nueve años.
“Ven para aquí, me dijo dulcemente mi madre cierto día. Aún parece que escucho en el ambiente de su voz la celeste melodía…”. Fue al llegar a la parte que dice “¿no sabes que la madre más sencilla sabe leer en el alma de su hijo como tú en la cartilla?” cuando las convulsiones del llanto asomaron de su pecho y al llegar a la garganta se le hicieron irrefrenables. Su madre, como una efigie entre el público de aquel día en Bet-El, se mantuvo inmóvil.
Un brazo firme la arrastró fuera del bochorno, y una voz con marcada pronunciación norteamericana le susurró al oído como llegando de otro mundo: -Aquí estoy…
Muchos años después, supo que ese rabino se llamaba Marshall Meyer,
Ma- Me en el fraseo de los chicos. Mame como se dice mamá en idish.
Elvira relata a su amiga Ana un sueño que tuvo pocos meses después de la muerte de David: en la mañana, dentro del sueño, presencio mi propia muerte. Duplicada, oficio de yacente y de testigo. Como en un trámite silencioso, con solemnidad, desfilan a mi alrededor algunos hombres a los que reconozco, no por sus caras, sino por un detalle particular en cada uno que opera a la manera de contraseña. En uno es la sonrisa del gimnasta, en otro aquel gesto habitual de reclamo, en otro esa palabra dicha lentamente, con puntillosidad.
Cuando se despierta se le impone una frase: “Todos tienen ombligo”.
Cuando el zeide Zuny se estaba muriendo transmitió lo que parecía su última voluntad:
-No quiero que me entierren en Tablada arriba del cajón de Eny.
La baba Eny había muerto hacía un año.
-¿Por qué? –preguntó alguien.
Porque ya la aplasté suficientemente durante la vida– contestó.
En los meses que siguieron a la muerte de David, Elvira extrañaba la cálida hermandad de los cuerpos que la había unido a su amante. Una vez a la semana era visitada en su pequeño escaparate por el joven escritor. Cuando lo evocaba lo veía alto y delgado, afeitándose frente al espejo. Se había acostumbrado a la manera firme, casi autoritaria, en que le hablaba, a sus despedidas siempre presurosas.
Una sola vez Elvira lo había visitado. En el cuarto, la fotografía del Maestro, indicaba el gusto del hombre por la iniciación y el designio.
Cuando él le regaló aquellos libros, Elvira sintió por primera vez desde la muerte de David, algo parecido a la felicidad. Entonces se escondió, al salir por la calle Ecuador, y lo siguió algunas cuadras. Al entrar a El Olmo el hombre advirtió la molesta presencia de su joven amante, y se mostró enojado, casi brutal. Le habló de una cita en la que se encontraría con una verdadera mujer, le reprochó a Elvira su frialdad en el abrazo.
Elvira escapó avergonzada. Fue en aquel día que, para consolarla, su amiga Ana le confesó la fórmula que había inventado para olvidar a los hombres que se volvían pasajeros. El secreto era recordarlos sólo por el aspecto de sus ombligos. Graficaron entonces un alucinante catálogo de arqueologías ventrales, esforzándose por dilucidar la exacta calidad de los detalles.
El ombligo recreaba todo lo que siendo de afuera es para adentro: el revés de una cosa transparente.
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