Voy al patio
El
lugar donde termina la casa o el lugar que rodea a la casa. A la mañana, a la
tarde o a la noche, el patio cambia por efecto de la luz. En ese lugar el
afuera se concentra entre las medianeras.
¿Habrá patios que se parecen por las plantas, por las
macetas, por las puertas y ventanas que dan a él? Sí. Pero hay una disposición
de las cosas en ese espacio que contará cosas diferentes.
Tuve un patio que era el “otro patio”. La casa tenía uno más chico y arreglado, pero
ese otro tenía un limonero, un ciruelo, una higuera, un olivo, una covacha al
costado en la que jugábamos a la casita y un palomar. Mi padre amaba las
palomas mensajeras y la madera y dibujar con carbonilla.
Luego tuve otro patio en el sur de Argentina. La
medianera estaba bordeada de álamos que, con el viento y a la noche, parecían
traer voces del más allá, “buenas noches, dormí tranquila” me decía vaya a
saber qué finada o finado que jamás conocí en vida. Durante el día la cosa cambiaba.
Varios corderos comimos allí “asado, con chapa arriba y con chapa abajo”. Una
exquisitez compartida con mis vecinos de apellido Redl que habían llegado de
Puerto Montt. Los alemanes y los criollos juntos son muy divertidos. Parecían
reuniones en Baviera.
Tiempos de viajes con las valijas más o menos listas.
También tuve un patio en Temperley que era compartido
con una vecina. Ella había sido Miss Reina de belleza de no sé cuál concurso.
El título le quedaba grande en ese momento pero insistía y creía que una era
súbdita en el arreglo del patio. Al poco tiempo me fui y olvidable lo que
antojaba bonito. Tiempos en los que hacía entrevistas y vendía avisos notables
y de reunión en reunión.
Aunque Temperley era hermoso visto desde el balcón. Un
lujo ese departamento en el que mi compañero puso mano en detalles decorativos.
No faltaba la sierra, el destornillador, la perforadora y los pinceles, hasta
que un martillazo mal dado, rompió su reloj pulsera. Dijo: ¡Basta! Desde allí
fuimos hacia otro patio con todos los bártulos. Tiempos de derroche menemista y
comprar lo que querías en Easy o Carrefour.
El patio estaba en El Trébol, un lugar magnífico en
Ezeiza. El campo de Golf a pocos metros y más allá se construía la autopista
hacia el Aeropuerto. Era enorme ese patio con una elevación al fondo cubierta
de lavandas, al costado una pileta. En uno de los lados del terreno, Carlos levantó
una casita de estilo nórdico para los dos perros blancos. Tenía un quincho
rústico con piso de ladrillos y techo de paja. Una mesa de algarrobo y bancos
de la misma madera. Los cercos eran de ligustrina. Recuerdo que en ese lugar
recibí un mensaje escueto que decía: “Papá está muy grave, no creo que
sobreviva”.
Entre los patios hubo balcones y terrazas antes de
llegar a los patios finales. Corríamos por pasillos de Facultades. El país
transitaba ficciones que no acabaron bien. Tiempos de viajes con los perros de
la nieve hacia la nieve. Bellos viajes pero regresábamos agotados.
Uno de los últimos patios estaba ubicado en pleno centro
de la ciudad en la que vivo actualmente. Lo incómodo es que a un costado había
un paso para automóviles porque funcionaba como cochera. Fue muy complicado ese
patio con un pedazo de calle tan cerca y era deprimente por horas con el
ajetreo. “Buen día, soy Hugo. ¿Hay lugar disponible?” Esa monserga se repetía y
pasar 7 horas en un trabajo cómodo podía hasta resultar beneficioso. La tranquilidad menguaba en pos
del negocio.
Muchas noches escuché partes de diálogos, sin querer, de
la gente que dejaba el automóvil. Hasta alguna amenaza de un hombre a su mujer
por la que no dormí tranquila. La alarma se disparaba. La de los automóviles y
las de las conversaciones detrás de las ventanas. No fue un patio que disfruté.
Mamá murió inesperadamente. Gozaba de una buena salud.
La mudanza nos llevó a otro. Un patio selvático con un
gallinero al fondo como muestra de que ex dueños recogían huevos frescos y
tenían dedos verdes asombrosos por ese vergel tan variado. Lo bueno fue que el
río estaba cerca, y a la noche, pileta en el patio con un trago de colores. Nunca
estuve tan bronceada y la remera dejaba ver los hombros, los vestidos las
piernas, y las ojotas los pies que no le iban en saga al bronceado del resto.
Tiempos en los que podía competir con Mercedes en el color de la piel y en los
atuendos de colores.
Del patio selvático pasamos a este, en el que vivo hoy. Hubo
que hacer muchas reformas. Trabajamos como artesanos sin serlo. Sacamos
divisoria de rejas para que el espacio resultara más grande, las rejas fueron
soporte para una glorieta, el piso se cubrió de baldosas rojas, las paredes de
color bermellón resaltaban las aberturas blancas y el farol del mismo color.
Las luces cálidas aportaban encanto. Terminamos agotados y esa extenuación fue
definitiva.
No obstante, es un placer estar en el patio. Ha pasado
gente. Escuchamos música en vivo durante los carnavales. Hubo juegos de mesas,
conversaciones y planes de viajes mientras las gramíneas decorativas crecían
como olas con los vientos.
Entre los patios que tuve, ¿cuántos patios me separan de
aquellos? ¿Cuántos patios me separan del tuyo, del patio de él, de los patios
de ellos y los de ellas? Incalculables distancias que se concentran en un punto
imaginario. Senderos de contornos más o menos definidos por los que la vida
transita. Los recuerdos, los olvidos, las omisiones, los imposibles y los
posibles, merecen estar en esos patios así sean plegados y doblados como una
tela sobre la silla. Si después de todo y con justicia, los soliloquios eran
por donde el día decantaba en ese rincón de la casa.
Dilemas
–Entrabas…
–No. Lo que vos dejabas entrar.
Eterno dilema
debajo de las sábanas.
Siempre
Lo único que sabíamos que
éramos sosias de una hermosa casa. Entre conversaciones y mates, al atardecer,
recostados sobre el Yin, nos defendíamos. Con una inyección en la vena y un
orificio oculto de intolerancia despertamos primitivos. El desacato fue
descomunal y apareció el moderador con precisas advertencias. El olor a madera
quemada, restos de cenizas en el aire y el piso cubierto de polvo imposible
andar descalzos. Algo se movía con bronca en el lugar más susceptible de cada
uno. Todos los vidrios de las ventanas filtraron la noche. Siempre se espera
que la concreción de las cosas suceda dentro de años y la realidad nos
sorprendió en un cerrar y abrir de ojos. Después fue lo de tu padre, y el
disparo de nuestras muestras de laboratorio. El mundo como nunca se quedó sin
ojos. Todos quedamos medio tuertos pero te vi en el Café Montaigne “Al
atardecer recostados sobre el Yin nos seguimos defendiendo. No lo olvides Aniuska
porque es verdadero”
Estuve allí
Fue ese abismo
Con rocas ásperas
de volcán
inactivo
Podía arrojar lava
en cualquier momento
En esa isla estábamos advertidos.
Comenzamos a comer todo
de lo poco
para no morir
de hambre
En esa isla imaginaria
estábamos advertidos (también)
que la historia podía
no ser cierta
Quizá fue una de las historias
más verdaderas
Fui musgo o alga
o parecida
¿Tuve miedo?
¿Qué tuve y qué no?
De lo primero
un sueño
durante la noche
con olas encrespadas
sobre arrecife
de templo deformado
Un faro de
Intensa luz
en el océano oscuro
Nada malo podía pasar
en la isla arcaica
a tientas
a punto de rompientes
sin coser cuerpos descompuestos
sin sacros puntos de reverencias
con un poema a medio terminar
hoja de papel
sobre el verde
pegado a la roca
Estuve ahí.