(Sobre Tenemos
Química, de Esther Novik de Wolf con puesta en texto de Paula Labeur, Buenos
Aires, MareMiun, 2024)
La experiencia de los estudios de nivel medio, secundario, o como nos guste
llamarlos se asocia en parte a la edad de oro de nuestras vidas y en parte a la
burocracia educativa. A su vez, equivalen a una especie de Edad Media de
nuestros trayectos educativos, pero en esa versión oscurantista de la Edad
Media, época bárbara entre la ultraclásica y refinada Antigüedad y las luces de
la Modernidad racionalista. En la Edad Media y en la Escuela Media hay que
atravesar momentos de pocas luces, síndrome de la baja atención del adolescente
conocido en otras épocas como “edad del pavo”, sopesar los aprendizajes de la
vida que compiten muy ventajosamente a veces con los del aula, y administrar el
estudio de materias de formación general que muchas veces los adultos que
acompañan dicen que “hay que pasarlo” para “después llegar a hacer lo que
verdaderamente te guste”.
Como de verdad la vida va pasando, y la posta de las responsabilidades y de
los placeres ganados a pulmón en otras etapas de la vida nos ponen en otra
óptica, la secundaria termina siendo un rescate emotivo de ese laboratorio de
relaciones humanas al que, a esa edad, seguramente no podríamos haber accedido
de otra forma (excepto quienes tempranamente entraron al mundo del trabajo).
Desandar estos estereotipos del imaginario colectivo es muy difícil, y tal
vez no haga falta para aceptar nuestras realidades personales del presente,
pero quién nos dice que tal vez revisando algo de esa etapa oscura y medieval
no descubramos algo mucho más que lo puramente divertido o lo más pelmazo… Algo
que tiene sentido haber hecho. Con este libro podemos, cualquiera sea nuestra
condición de adultos-as, desviar la mirada interna de nuestro ser alumno-as y
conocer la voz y el relato de una actora social que estuvo en la trinchera,
pero supuestamente del otro lado: nada más y nada menos que la profesora… y¡¡
de Química!!
Si bien leyendo hacia el final de Tenemos Química entendemos por qué
aparece un póslogo que sintetiza lo narrado como “Autorretrato coral de una
profesora”, confirmamos también que lo que habremos leído durante 165 páginas
participa de ese gran género de la Historia (¡¡el único!!!) que a todos nos
pica con curiosidad que es la biografía, sumada a que está contada por su
propia protagonista (después volveremos a lo coral). Esther entra a la Historia
por la Química, y entra por ser profesora y por ser Esther: así funcionan los
géneros biográficos, con un pie en una vida humana, esa vida, pero otro pie abriendo una
ventana a las memorias, género vecino y más expansivo: de paso que conocemos
una vida entendemos algo de la época en la que le tocó transitar, contra qué lo
tocó chocar y desde dónde pudo tomar posición.
Si Pablo Neruda terminó popularizando Confieso
que he vivido ya que así se titulan sus memorias, Esther debería imponer
algún subtítulo como “Informo que he vivido”. El lapso que se abre entre 1960,
año en el que se recibe de profesora de Química en el Instituto Superior del
Profesorado Joaquín V. González y 2007, año de su jubilación de la docencia, ya
impresiona por el arco temporal que traza, pero estas evocaciones no están al
servicio de confesar nada que muestre un lado oculto, sino para dar cuenta de
en qué empleó sostenidamente el tiempo. No hay revelaciones de hechos atroces,
de traiciones, de desamor ni de venganza. Es la acumulación de laburo docente
que tuvo -y tiene- tanto sentido, que acomodó el rumbo propio y el de quienes
se cruzaron con ella, en esas cápsulas de tiempo adolescente que son cada clase
de cada materia, cada día. No hay secretos que necesitaran ser revelados, solo
informar todo lo resuelto, desde el llanto de la recién recibida a la que le
cuesta mantener sus primeros y provisorios cursos hasta la autora de materiales
didácticos y la capacitadora docente.
Narrativa sumaria, sin resuello para la larga disquisición o la lenta
creación de atmósfera. En realidad la atmósfera sale de lo que se hizo y se
dijo, porque esta vida de Esther está llena, repleta, de años y de personas.
Pasan los años como relámpagos. El
placer de leer de corrido tiene el efecto de que imaginemos que se vivió así de
corrido, y como es de esperar está apuntalado desde las artes de la puesta en
texto. Algunas veces, ese relato se interrumpe, y llegan documentos y
testimonios. Entre los primeros, recomiendo detenerse en el recorte de La
Nación del 25 de septiembre de 1960, para descubrir a la joven Esther N. de
Wolf en retrato de sociedad (atención, que su imagen está solo muy alusiva en
la solapa izquierda y hasta ahí llega, así que recomiendo analizar bien el
retrato de prensa). Luego recomiendo divertirse con las autoevaluaciones de
alumnos-as, o las letras de canciones donde los nervios ante la imponente
Esther se transforman en una celebración por tener una profe tan exigente.
Los testimonios también están intercalados con la voz relatora de Esther,
son sus exalumnos.as, ayudantes de laboratorio y colaboradores que fabricaron
su propio relato, resucitaron algunos fantasmas de sus adolescencias o
juventudes escolares. Son Andrés Kreiner, Laura Barnator, Gustavo Noriega, Elsa
Drucaroff, Daniel Kestelman, Sandra Leschiutta, Laura Lande, Susana Adonaylo,
Judith Gociol, Jorge Muntané, Karen Scheps, Magalí Bialer, Florencia
Naftulewicz, Verónica Llinás. Ese estar intercalado es todo un desafío:
enriquecen varios aspectos que Esther venía presentando, pero la voz de Esther
retoma tan campante como quien estuviera ajena a ese montaje, la deja tan
plenamente consciente de lo que hacía o decía, que son ellos los que parecen
estar previstos por ella.
Tomo por caso una de las piedritas de colores que arman la sección
“Caleidoscopio”:
X. Día del estudiante. Me enteré hace poco de que alguien
contó, en el grupo Whatsapp de ex alumnos del Pelle de la promoción 1984, que
yo les había tomado prueba sorpresa un día después del día del estudiante.
Puede ser que la haya tomado, pero es imposible que haya sido sorpresa.
Si en los testimonios transcriptos alumnos-as y colaboradores ponen en
valor intelectual y afectivo a la profe, y la refieren, ella también los
refiere cuando sigue, en la actualidad, patrullando esos recuerdos y poniendo
en claro cuáles eran sus reglas de juego. Negociando (y concediendo) la
exigencia, pero no la traición. Esther
dicha por otros en los testimonios es quien también usa la palabra en su libro
para decir a los otros. Incluyendo además lo mucho que aprendió de todos ellos.
Esas microhistorias, dentro del gran relato biográfico, también un flash, son a veces pequeños relatos que
degustamos como literatura, breves cuentos bien construidos desde juegos
narrativos. “Correo sentimental”, “Caleidoscopio” son algunos de los ejemplos.
Esther hipercapacitada pero nunca jamás pasiva receptora, y menos
repetidora; respetuosa de los criterios científicos, pero echando mano a
soluciones improvisadas para el aquí-y-ahora-del aula con tal o cual alumnado.
La estrategia de las evaluaciones de fin de año con encuestas donde hay que
terminar un comienzo de oración sugestivo es un ejemplo. La lucha para imponer
que la práctica de laboratorio estuviera en manos de los chicos y las chicas,
que tuvieran su momento de teoría, de preguntas y de hipótesis, pero que
llegaran a ese final de camino que implicaba dejar de escuchar y de mirar y
empezar a arremangarse.
Pero además, y fundamentalmente, es la autobiografía profesional de una
profesión poco visibilizada como tal. Esta es la ventana abierta a las
memorias. Enterarse de cómo funcionaban los tanques editoriales nacionales
(Kapelusz, Colihue), a los que se subió y aprendió a manejar. O las vacaciones
tiliingas de ciertas familias durante los 90, que sacaban a los chicos del
estudio por obra de la liquidación de un shopping en Miami. Y es relevante,
para contarles cómo hay que desplegar el libro para sacarle provecho, que la
perspectiva sorprendida de la profe (por ejemplo, cuando le dicen en Kapelusz que
quieren que publique materiales para docentes, ella no lo puede creer, pero
enseguida larga la gran idea de los cuadernillos de trabajos prácticos) cuando
cuenta, pero recordemos también que es contada, sutilmente, por la puesta en
texto de Paula, que monta el énfasis, al dejar desnuda y muy visible la
anécdota, en las capacidades, la praxis y la visión de una profesional de la
educación. Por eso Paula no solo pone en texto, sino que pone en valor a través
de, sin filtrar su voz autorizada de especialista de primera línea en didáctica
de nivel medio, como si nos dijera, escrito en tinta invisible, solo para
cómplices lectores, “miren de lo que era capaz esta profe”, “miren el
conocimiento auténtico que genera el trabajo en el aula, por más capacitaciones
y prescripciones ministeriales que se crucen en el camino”.
“Me hizo saber que se dice
verter y no vertir”, “me hizo saber
que, si ella había sido importante para mí, de alguna manera, la inversa
también era cierta”, “sabe mucho y quiere
que sepamos mucho”, “me hizo
dar cuenta de que podía hacer esas materias que me daban temor”: son otras
tantas formas de hablar de, pero sin usar el verbo “enseñar”. Por si dejamos de
notarle la importancia que tiene y pudiéramos pensarlo usando unas palabras más
firmes, más duras, pero más sinceramente apasionadas, “hacer” y “saber”, está
esta vida de Esther que nunca será más oportuno que corramos a leer, antes de
que no solo volvamos a la Edad Media, sino de que terminemos volcando en algún
tacho paleolítico.