Pocos saben cuál es el río de mi pueblo/ y hacia dónde va/ y de dónde viene/ y por eso, porque es de menos gente/ es más libre y más ancho el río de mi pueblo…
Alberto Caeiro
Meses atrás le mostraba
fotos a una amiga. Eran fotos del río que pasa por mi ciudad. El río de día y
el río de noche. Un camino de agua sinuoso o recto que fluye entre los árboles
y un tronco en primer plano parece viajar con él. Mi amiga de inmediato me recuerda
“El Tajo”, un poema que Fernando Pessoa firma con su heterónimo Alberto Caeiro,
y me dice: “Leelo, lo ha escrito para vos”.
Así era. El sentimiento
del poeta se parecía al mío y es cuando una cosa es parte de tu historia y
jamás se va de la cabeza. Un torbellino de emociones alborotó con los versos,
gajos que se desprenden del tronco del poema, millones de gajos por lecturas
semejantes.
Es
tan extensa la sombra de ese árbol como el cielo al que llegan los ojos. El
poema del que cada cual se adueña con derecho porque es su río. El que cada uno
reconoce como un personaje amable, a veces torrentoso, bordeado de moreras,
sauces, cortaderas y pastizales. El río que te trae las vivencias o las reaviva
cuando ves a dos chicas que navegan con piragua y los cabellos largos y
mojados, pegados sobre las espaladas.
Emilio, el padre de
Mirta, diciendo desde la orilla: “Ustedes sigan que yo espero en el balneario.
Cuídense, estén atentas”. Teníamos más o menos 14 años. Muy menores para la
época. Nos sentíamos acompañando a Tom Sawyer en sus aventuras. La travesía
incluía tramos donde las copas de los árboles son frondosas y el río se
angosta. Allí el silencio es más profundo con el paisaje de frente y donde solo
caben el sonido que hacen las palas de los remos y el de los pájaros.
Después llegar al
balneario, dejar la piragua, y que los ingentes chorros de agua que largaban
las bocas abiertas de las compuertas, golpearan los cuerpos acalorados. Era la
segunda parte de la aventura, pero más ruidosa. Había otros bañistas y algunos
parecían salmones saltarines que se sumergían y emergían de los chorros. “Mirá
cómo lo hago”, “Dale, tirate ahora” ¿Imprudencias? Y sí… pero los jóvenes no
nos hacíamos caso y menos a los mayores con advertencias. La sirena lastimera
de los bomberos, cada verano, era la vocera de que algo había sucedido y el
pueblo se vestía de luto. Pero eso pasaba y la atracción seguía latente.
Con el tiempo las cosas
se transforman y lo que rodea al rio no escapa a esa perogrullada.
La ribera se pobló de zonas
parquizadas y juegos para niños. Los clubes con sus piletas, canchas de tenis,
paseos, bares y el puente de arcadas de hierro contorneadas por luces púrpuras,
azules y verdes, son imágenes de lo nuevo que no borran el sentimiento que
genera nuestro personaje acuoso.
De hecho y con derecho a
ese espacio, por más pileta que tengas en tu casa, el rio nos sigue
congregando. Más contemplativos o más activos. Caminado, ejercitando el cuerpo,
durante las noches del verano es remanso y el fuego controlado en fogones tiene
algo de tribal con acordes de guitarra y leve sonido de agua. Es placentero
sentir la armonía de los dos elementos.
Esto es solo una parte
del río de mi pueblo. El que tiene un nombre aborigen “Ctalamochita” y otro
nombre, “Río Tercero” para los mapas. El que baja de las montañas, el que llega
a la llanura y al unirse al rio Carcarañá pierde identidad, se hace uno, y
el caudal alimenta al del Paraná y éste
a su vez desemboca en el Río de la Plata.
“Todos los ríos van al
mar” como dice la Biblia en el Eclesiastés 1:7. Tan vasto el mar y tan extraño
para los que nacen a orillas de un hilo de agua.
Tal vez ese sentimiento
de ajenidad con respecto al mar se haya olvidado por lo turístico. Tal vez el
desgaste que deviene de lo naturalizado nos arrebate el asombro del imparable
viaje que hace nuestro río.
Inmutable en su aspecto
pero nunca el mismo.
Por la apariencia de
inmutabilidad una le pregunta: ¿Dónde está Mirta? ¿Qué fue de Hugo y de Laura?
¿Marta vive en Brasil? ¿Marcelo es periodista? ¿Y el Chico de ojos verdes? ¿Las
mateadas y las charlas? ¿La preparación de las previas a marzo? ¿El paseo con
los perros y el olor a la quema de hojas cuando llegaba el otoño?
Por lo segundo en su
inherente devenir una se reserva las preguntas ante el cambio de las cosas.
Mudanza real vs mudanza virtual
En las mudanzas siempre se extravían cosas y otras directamente se rompen por impericias del mudancero o de una misma. Por más refuerzos de las cajas, por más cinta de embalaje y precaución.
Quien se ha mudado de
casa varias veces, por razones que no vienen a cuento, sabe de esta cuestión.
Como también que, en los últimos minutos, pues el camión está en la puerta
con estridentes bocinazos, hay corridas porque todavía quedan en un rincón
un toallón, la plantita del balcón, el cuenco de la mascota y algún otro
elemento que se oculta rápido para no ponerte colorada.
A
todos los prolegómenos y en proporción de tiempo y relación vecinal, una avisa
a algunas personas que deja el lugar para siempre con los saludos formales y si
lo amerita, pasa la nueva dirección.
Y algo de mudanza hay
cuando una cambia de cuenta en Facebook. Es otra dirección y las acciones son
réplicas de esos cambios que suceden en la realidad: avisar a los amigos
virtuales el nuevo perfil, recoger algunos contenidos, en fin...
También algo se
pierde en estos cambios, como amigos virtuales que una ya no ha
podido ubicar o ellos no te encuentran a vos.
Por suerte he rescatado a
algunos.
Se pierden fotos, textos
compartidos y sobre todo un tono que no volverá a repetirse.
Hay bastante semejanza
entre una y otra mudanza solo que la de la realidad te cuesta dos ojos
de la cara y la otra, en apariencia, no te cuesta nada.