26.1.26

El río, por Cecilia Bainotto

Pocos saben cuál es el río de mi pueblo/ y hacia dónde va/ y de dónde viene/ y por eso, porque es de menos gente/ es más libre y más ancho el río de mi pueblo…

Alberto Caeiro

 

Meses atrás le mostraba fotos a una amiga. Eran fotos del río que pasa por mi ciudad. El río de día y el río de noche. Un camino de agua sinuoso o recto que fluye entre los árboles y un tronco en primer plano parece viajar con él. Mi amiga de inmediato me recuerda “El Tajo”, un poema que Fernando Pessoa firma con su heterónimo Alberto Caeiro, y me dice: “Leelo, lo ha escrito para vos”.

Así era. El sentimiento del poeta se parecía al mío y es cuando una cosa es parte de tu historia y jamás se va de la cabeza. Un torbellino de emociones alborotó con los versos, gajos que se desprenden del tronco del poema, millones de gajos por lecturas semejantes.

Es tan extensa la sombra de ese árbol como el cielo al que llegan los ojos. El poema del que cada cual se adueña con derecho porque es su río. El que cada uno reconoce como un personaje amable, a veces torrentoso, bordeado de moreras, sauces, cortaderas y pastizales. El río que te trae las vivencias o las reaviva cuando ves a dos chicas que navegan con piragua y los cabellos largos y mojados, pegados sobre las espaladas.

Emilio, el padre de Mirta, diciendo desde la orilla: “Ustedes sigan que yo espero en el balneario. Cuídense, estén atentas”. Teníamos más o menos 14 años. Muy menores para la época. Nos sentíamos acompañando a Tom Sawyer en sus aventuras. La travesía incluía tramos donde las copas de los árboles son frondosas y el río se angosta. Allí el silencio es más profundo con el paisaje de frente y donde solo caben el sonido que hacen las palas de los remos y el de los pájaros.

Después llegar al balneario, dejar la piragua, y que los ingentes chorros de agua que largaban las bocas abiertas de las compuertas, golpearan los cuerpos acalorados. Era la segunda parte de la aventura, pero más ruidosa. Había otros bañistas y algunos parecían salmones saltarines que se sumergían y emergían de los chorros. “Mirá cómo lo hago”, “Dale, tirate ahora” ¿Imprudencias? Y sí… pero los jóvenes no nos hacíamos caso y menos a los mayores con advertencias. La sirena lastimera de los bomberos, cada verano, era la vocera de que algo había sucedido y el pueblo se vestía de luto. Pero eso pasaba y la atracción seguía latente.

Con el tiempo las cosas se transforman y lo que rodea al rio no escapa a esa perogrullada.

La ribera se pobló de zonas parquizadas y juegos para niños. Los clubes con sus piletas, canchas de tenis, paseos, bares y el puente de arcadas de hierro contorneadas por luces púrpuras, azules y verdes, son imágenes de lo nuevo que no borran el sentimiento que genera nuestro personaje acuoso.

De hecho y con derecho a ese espacio, por más pileta que tengas en tu casa, el rio nos sigue congregando. Más contemplativos o más activos. Caminado, ejercitando el cuerpo, durante las noches del verano es remanso y el fuego controlado en fogones tiene algo de tribal con acordes de guitarra y leve sonido de agua. Es placentero sentir la armonía de los dos elementos.

Esto es solo una parte del río de mi pueblo. El que tiene un nombre aborigen “Ctalamochita” y otro nombre, “Río Tercero” para los mapas. El que baja de las montañas, el que llega a la llanura y al unirse al rio Carcarañá pierde identidad, se hace uno, y el  caudal alimenta al del Paraná y éste a su vez desemboca en el Río de la Plata.

“Todos los ríos van al mar” como dice la Biblia en el Eclesiastés 1:7. Tan vasto el mar y tan extraño para los que nacen a orillas de un hilo de agua.

Tal vez ese sentimiento de ajenidad con respecto al mar se haya olvidado por lo turístico. Tal vez el desgaste que deviene de lo naturalizado nos arrebate el asombro del imparable viaje que hace nuestro río.

Inmutable en su aspecto pero nunca el mismo.

Por la apariencia de inmutabilidad una le pregunta: ¿Dónde está Mirta? ¿Qué fue de Hugo y de Laura? ¿Marta vive en Brasil? ¿Marcelo es periodista? ¿Y el Chico de ojos verdes? ¿Las mateadas y las charlas? ¿La preparación de las previas a marzo? ¿El paseo con los perros y el olor a la quema de hojas cuando llegaba el otoño?

Por lo segundo en su inherente devenir una se reserva las preguntas ante el cambio de las cosas.

 

 

Mudanza real vs mudanza virtual

En las mudanzas siempre se extravían cosas y otras directamente se rompen por impericias del mudancero o de una misma. Por más refuerzos de las cajas, por más cinta de embalaje y precaución.

Quien se ha mudado de casa varias veces, por razones que no vienen a cuento, sabe de esta cuestión. Como también que, en los últimos minutos, pues el camión está en la puerta con estridentes bocinazos, hay corridas porque todavía quedan en un rincón un toallón, la plantita del balcón, el cuenco de la mascota y algún otro elemento que se oculta rápido para no ponerte colorada.

A todos los prolegómenos y en proporción de tiempo y relación vecinal, una avisa a algunas personas que deja el lugar para siempre con los saludos formales y si lo amerita, pasa la nueva dirección.

Y algo de mudanza hay cuando una cambia de cuenta en Facebook. Es otra dirección y las acciones son réplicas de esos cambios que suceden en la realidad: avisar a los amigos virtuales el nuevo perfil, recoger algunos contenidos, en fin...

También algo se pierde en estos cambios, como amigos virtuales que una ya no ha podido ubicar o ellos no te encuentran a vos.

Por suerte he rescatado a algunos. 

Se pierden fotos, textos compartidos y sobre todo un tono que no volverá a repetirse. 

Hay bastante semejanza entre una y otra mudanza solo que la de la realidad   te cuesta dos ojos de la cara y la otra, en apariencia, no te cuesta nada.

Es un click, un enter, un send y listo.

12.1.26

Desde el otro lado del aula, por Laura Cilento

  

(Sobre Tenemos Química, de Esther Novik de Wolf con puesta en texto de Paula Labeur, Buenos Aires, MareMiun, 2024)

 

La experiencia de los estudios de nivel medio, secundario, o como nos guste llamarlos se asocia en parte a la edad de oro de nuestras vidas y en parte a la burocracia educativa. A su vez, equivalen a una especie de Edad Media de nuestros trayectos educativos, pero en esa versión oscurantista de la Edad Media, época bárbara entre la ultraclásica y refinada Antigüedad y las luces de la Modernidad racionalista. En la Edad Media y en la Escuela Media hay que atravesar momentos de pocas luces, síndrome de la baja atención del adolescente conocido en otras épocas como “edad del pavo”, sopesar los aprendizajes de la vida que compiten muy ventajosamente a veces con los del aula, y administrar el estudio de materias de formación general que muchas veces los adultos que acompañan dicen que “hay que pasarlo” para “después llegar a hacer lo que verdaderamente te guste”.

Como de verdad la vida va pasando, y la posta de las responsabilidades y de los placeres ganados a pulmón en otras etapas de la vida nos ponen en otra óptica, la secundaria termina siendo un rescate emotivo de ese laboratorio de relaciones humanas al que, a esa edad, seguramente no podríamos haber accedido de otra forma (excepto quienes tempranamente entraron al mundo del trabajo).

Desandar estos estereotipos del imaginario colectivo es muy difícil, y tal vez no haga falta para aceptar nuestras realidades personales del presente, pero quién nos dice que tal vez revisando algo de esa etapa oscura y medieval no descubramos algo mucho más que lo puramente divertido o lo más pelmazo… Algo que tiene sentido haber hecho. Con este libro podemos, cualquiera sea nuestra condición de adultos-as, desviar la mirada interna de nuestro ser alumno-as y conocer la voz y el relato de una actora social que estuvo en la trinchera, pero supuestamente del otro lado: nada más y nada menos que la profesora… y¡¡ de Química!!

Si bien leyendo hacia el final de Tenemos Química entendemos por qué aparece un póslogo que sintetiza lo narrado como “Autorretrato coral de una profesora”, confirmamos también que lo que habremos leído durante 165 páginas participa de ese gran género de la Historia (¡¡el único!!!) que a todos nos pica con curiosidad que es la biografía, sumada a que está contada por su propia protagonista (después volveremos a lo coral). Esther entra a la Historia por la Química, y entra por ser profesora y por ser Esther: así funcionan los géneros biográficos, con un pie en una vida humana, esa vida, pero otro pie abriendo una ventana a las memorias, género vecino y más expansivo: de paso que conocemos una vida entendemos algo de la época en la que le tocó transitar, contra qué lo tocó chocar y desde dónde pudo tomar posición.

Si Pablo Neruda terminó popularizando Confieso que he vivido ya que así se titulan sus memorias, Esther debería imponer algún subtítulo como “Informo que he vivido”. El lapso que se abre entre 1960, año en el que se recibe de profesora de Química en el Instituto Superior del Profesorado Joaquín V. González y 2007, año de su jubilación de la docencia, ya impresiona por el arco temporal que traza, pero estas evocaciones no están al servicio de confesar nada que muestre un lado oculto, sino para dar cuenta de en qué empleó sostenidamente el tiempo. No hay revelaciones de hechos atroces, de traiciones, de desamor ni de venganza. Es la acumulación de laburo docente que tuvo -y tiene- tanto sentido, que acomodó el rumbo propio y el de quienes se cruzaron con ella, en esas cápsulas de tiempo adolescente que son cada clase de cada materia, cada día. No hay secretos que necesitaran ser revelados, solo informar todo lo resuelto, desde el llanto de la recién recibida a la que le cuesta mantener sus primeros y provisorios cursos hasta la autora de materiales didácticos y la capacitadora docente.

Narrativa sumaria, sin resuello para la larga disquisición o la lenta creación de atmósfera. En realidad la atmósfera sale de lo que se hizo y se dijo, porque esta vida de Esther está llena, repleta, de años y de personas. Pasan los años como relámpagos.  El placer de leer de corrido tiene el efecto de que imaginemos que se vivió así de corrido, y como es de esperar está apuntalado desde las artes de la puesta en texto. Algunas veces, ese relato se interrumpe, y llegan documentos y testimonios. Entre los primeros, recomiendo detenerse en el recorte de La Nación del 25 de septiembre de 1960, para descubrir a la joven Esther N. de Wolf en retrato de sociedad (atención, que su imagen está solo muy alusiva en la solapa izquierda y hasta ahí llega, así que recomiendo analizar bien el retrato de prensa). Luego recomiendo divertirse con las autoevaluaciones de alumnos-as, o las letras de canciones donde los nervios ante la imponente Esther se transforman en una celebración por tener una profe tan exigente.

Los testimonios también están intercalados con la voz relatora de Esther, son sus exalumnos.as, ayudantes de laboratorio y colaboradores que fabricaron su propio relato, resucitaron algunos fantasmas de sus adolescencias o juventudes escolares. Son Andrés Kreiner, Laura Barnator, Gustavo Noriega, Elsa Drucaroff, Daniel Kestelman, Sandra Leschiutta, Laura Lande, Susana Adonaylo, Judith Gociol, Jorge Muntané, Karen Scheps, Magalí Bialer, Florencia Naftulewicz, Verónica Llinás. Ese estar intercalado es todo un desafío: enriquecen varios aspectos que Esther venía presentando, pero la voz de Esther retoma tan campante como quien estuviera ajena a ese montaje, la deja tan plenamente consciente de lo que hacía o decía, que son ellos los que parecen estar previstos por ella.

Tomo por caso una de las piedritas de colores que arman la sección “Caleidoscopio”:

X. Día del estudiante. Me enteré hace poco de que alguien contó, en el grupo Whatsapp de ex alumnos del Pelle de la promoción 1984, que yo les había tomado prueba sorpresa un día después del día del estudiante. Puede ser que la haya tomado, pero es imposible que haya sido sorpresa.

Si en los testimonios transcriptos alumnos-as y colaboradores ponen en valor intelectual y afectivo a la profe, y la refieren, ella también los refiere cuando sigue, en la actualidad, patrullando esos recuerdos y poniendo en claro cuáles eran sus reglas de juego. Negociando (y concediendo) la exigencia, pero no la traición.  Esther dicha por otros en los testimonios es quien también usa la palabra en su libro para decir a los otros. Incluyendo además lo mucho que aprendió de todos ellos. Esas microhistorias, dentro del gran relato biográfico, también un flash, son a veces pequeños relatos que degustamos como literatura, breves cuentos bien construidos desde juegos narrativos. “Correo sentimental”, “Caleidoscopio” son algunos de los ejemplos.

Esther hipercapacitada pero nunca jamás pasiva receptora, y menos repetidora; respetuosa de los criterios científicos, pero echando mano a soluciones improvisadas para el aquí-y-ahora-del aula con tal o cual alumnado. La estrategia de las evaluaciones de fin de año con encuestas donde hay que terminar un comienzo de oración sugestivo es un ejemplo. La lucha para imponer que la práctica de laboratorio estuviera en manos de los chicos y las chicas, que tuvieran su momento de teoría, de preguntas y de hipótesis, pero que llegaran a ese final de camino que implicaba dejar de escuchar y de mirar y empezar a arremangarse.

Pero además, y fundamentalmente, es la autobiografía profesional de una profesión poco visibilizada como tal. Esta es la ventana abierta a las memorias. Enterarse de cómo funcionaban los tanques editoriales nacionales (Kapelusz, Colihue), a los que se subió y aprendió a manejar. O las vacaciones tiliingas de ciertas familias durante los 90, que sacaban a los chicos del estudio por obra de la liquidación de un shopping en Miami. Y es relevante, para contarles cómo hay que desplegar el libro para sacarle provecho, que la perspectiva sorprendida de la profe (por ejemplo, cuando le dicen en Kapelusz que quieren que publique materiales para docentes, ella no lo puede creer, pero enseguida larga la gran idea de los cuadernillos de trabajos prácticos) cuando cuenta, pero recordemos también que es contada, sutilmente, por la puesta en texto de Paula, que monta el énfasis, al dejar desnuda y muy visible la anécdota, en las capacidades, la praxis y la visión de una profesional de la educación. Por eso Paula no solo pone en texto, sino que pone en valor a través de, sin filtrar su voz autorizada de especialista de primera línea en didáctica de nivel medio, como si nos dijera, escrito en tinta invisible, solo para cómplices lectores, “miren de lo que era capaz esta profe”, “miren el conocimiento auténtico que genera el trabajo en el aula, por más capacitaciones y prescripciones ministeriales que se crucen en el camino”.

Me hizo saber que se dice verter y no vertir”, “me hizo saber que, si ella había sido importante para mí, de alguna manera, la inversa también era cierta”, “sabe mucho y quiere que sepamos mucho”, “me hizo dar cuenta de que podía hacer esas materias que me daban temor”: son otras tantas formas de hablar de, pero sin usar el verbo “enseñar”. Por si dejamos de notarle la importancia que tiene y pudiéramos pensarlo usando unas palabras más firmes, más duras, pero más sinceramente apasionadas, “hacer” y “saber”, está esta vida de Esther que nunca será más oportuno que corramos a leer, antes de que no solo volvamos a la Edad Media, sino de que terminemos volcando en algún tacho paleolítico.


4.1.26

Un trayecto urbano, por Javier Fernández Paupy

 

Bajo del 152 en la puerta del salón Pueyrredón. La cara pintada de Santiago Maldonado. El puente y el cielo. La avenida atravesada por colectivos y autos, motos, camiones. Un minuto en la pared de una pizzería en Santa Fe, esquina Godoy Cruz. Veo pasar colectivos de líneas 39, 55, 60, 59, 161, 68, 108, 139, 67, 194, 12, 29. Es un afluente de colectivos, ruido de motores, frenos, chirridos metálicos. El espacio está saturado de olores mecánicos, de personas en tránsito continuo.

Santa Fe y Juan B. Justo. Estación Palermo. Línea San Martín. Próximo tren 13 minutos destino PILAR. Un croto entra en los baños. Un guardia de seguridad apostado en la puerta del baño. “LIBROS A PRECIOS MUY BARATOS”. El vendedor pelado con barba blanca, absorto en una fotocopia, con un resaltador en la mano. Este hombre que ahora veo concentrado leyendo Alexis de Toqueville y que después, en una conversación que ahora no viene al caso, compararía el estilo del aristócrata francés con el de Karl Popper; prosa racional y organizada, mirada analítica sobre la sociedad, estilo demostrativo, casi didáctico.

Camino el andén. 11:10 de la mañana llega el tren. Desde la estación Palermo, en donde estoy, son seis estaciones por delante antes de Caseros. Por la ventanilla veo una perspectiva de carteles. Anuncian espacio disponible para publicitar y ofrecen un número de teléfono. El cielo cubierto de nubes. Hay asientos libres en el vagón.

Conversan en el asiento de al lado. Risas. El lento rumor de sus conversaciones. Más de ocho personas absortas en sus auriculares. Cuatro con anteojos de sol. El tren llega a la estación Villa Crespo. Movimiento. Una madre con su bebé, qué frágil y, a la vez, poderosa parece con su hijito a cuestas.

Entre los demás pasajeros que van y vienen por los pasillos del tren, dos caras de aburrimiento, aisladas en las pantallas de sus celulares. Personas solas. Cinco guardias del tren vestidos con pantalones y chombas negras, en un asiento doble, enfrentados, uno de pie. Risas y anécdotas, viendo el paisaje por la ventanilla.

Una chica ofrece: “¡Chipas 2 x 1.000 las chipas!”. “¡Buen día, chipas!”. Desde la ventanilla, tanques de agua, terrazas recubiertas con membrana, techos de chapa. El tren pasa por un cementerio, entre las estaciones Villa Crespo y La Paternal.

“Buen día, permiso. Son dos resaltadores, dos lapiceras y un liquid paper. Son cinco artículos FILBOX por 1.000 pesos”. La vendedora camina por los pasillos. “Por mil pesos nada más”, repite, tambaleándose por el pasillo. Veo pintadas en los bordes del andén. Construcciones precarias a la vera del tren. Pintadas en los túneles de La Paternal.

Una vendedora de colitas de pelo avisa posibilidades de pago: “¡Transferencia, Mercadoooooo!”. Lleva un carrito plegable con gomitas de pelo. Un señor con una visera dada vuelta, orejas salidas, parece de más de 70 años, ofrece estampitas asiento por asiento.

11:22 AM suena la sirena y se abren las puertas del tren. Después suena un silbato y otra vez la bocina eléctrica. Estación Villa del Parque. Pizarra eléctrica del otro extremo del vagón. “Usted está en estación Retiro. Combinación con las líneas C y E del subterráneo. Estación terminal. Todos los pasajeros deben descender de la formación”. Después aparece la leyenda en inglés. “All passengers must get off the train”.

Pasa una vendedora que dice: “Para proteger la pantalla de tu celular. Vidrios templados”. Lleva una caja y muestra los protectores. Después recorre el pasillo otro vendedor: “Alfajores con dulce de leche bañados con chocolate”. Ofrece, cuando llegamos a la estación Sáenz Peña: “Riquísimos alfajores… Todos con fecha de vencimiento…”.

El tren deja la estación. A las 11:32 AM llega a Santos Lugares, justo cuando un vendedor deja entre los asientos una bolsa con bandas elásticas para el pelo. Enseguida un vendedor de chocolate dice: “Vale 1.000 pesos nada más” y agrega: “Una delicia de chocolate”.

11:30 el tren llega a la estación Caseros. 11:32 AM camino por el andén. Lo recuerdo. Lo había olvidado. Hasta la salida, donde marco la tarjeta SUBE, así como la hice en la entrada, me desplazo con naturalidad. El viaje cuesta $720.

Camino por el espacio que rodea la estación. Delante del kiosco de diarios y revistas intervenido y pintado con el estilo del fileteado porteño. “Para vos canilla”, dice sobre un fondo negro, en una especie de escudo sobre una superficie verde. “Sos el estribillo de un tango que arranca… allá entre las teclas de una redacción”.

Atravieso la Plaza de la Unidad Nacional. Cercado por rejas negras, dos banderas y un cartel que dice: “CASEROS MONUMENTO AL CENTENARIO DE SU FUNDACIÓN 1892 – 23 DE FEBRERO DE 1992”. En esta plazoleta se encuentra el archivo histórico de la municipalidad de Tres de Febrero.

Tomo la calle Juan Bautista Alberdi, desde el 4.888. Las calles transitadas. Instituto Abate José Rey. Tienda de artículos para el hogar Easy, a la izquierda. El paredón de la Planta Industrial Caseros, Klaukol. “CON LOS JUBILADOS NO”, dice en letras blancas y celestes en el muro que separa la calle de la fábrica. La fábrica Silka. La fábrica de ginebra Llave. Otra pintada que dice “CON LOS JUBILADOS NO” y lleva como firma la leyenda PJ BETTY NUÑEZ.

Después, retomo el camino, siempre por la calle Juan Bautista Alberdi.

12:22 estoy en la estación Caseros para volver a Palermo. “Vení, abuela”, dice un niño con guardapolvo escolar. Hay muchas personas en el andén. En los cortes de pelo, en el estilo de los tatuajes, en el tono de sus voces, alguien podría establecer matices y diferencias entre las personas con las que comparto el andén y las que había en la estación Palermo.

Todos los asientos ocupados. Treinta personas de pie alrededor. Un hombre lee; una chica teje sentada al lado de una señora que mira alelada la pantalla de su celular. Una mujer con un bebé upa parece más indefensa, a la vez más libre y desprovista de mochilas, bolsos y atavíos que los demás pasajeros. Miradas cansadas de adultos con gorra. Agotamiento en sus miradas y en la postura de sus cuerpos, espaldas encorvadas.

Celulares, auriculares, anteojos negros. Desde la ventanilla se ven formaciones de trenes abandonados en las paralelas. El tramo entre la estación Caseros y Santos Lugares dura 7 minutos. Una persona, reducida en su butaca, duerme con la boca abierta.

Al lado mío veo a tres personas estupefactas frente a las pantallas de sus celulares. Una serie o una película a la derecha; un chat a la izquierda. Paisaje agreste desde la ventanilla. Imágenes en movimiento. Pequeños desplazamientos en el pasillo.

Estación Sáenz Peña. 12:33 AM. Dos minutos después el tren llega a la estación Devoto. “Jesús, una iglesia para todos”. Zinguería. Villa del Parque. Un vendedor ambulante discapacitado hace un esfuerzo por dejar una banda elástica en el respaldo de cada butaca. Camina con dificultad.

Una nena que no parece tener más de cinco años sostiene con sus dos manos un teléfono celular y lo mira, abismada. La Paternal. Cielo gris. Seis personas pasmadas delante de sus pantallas. La persona que dormía con la boca abierta sigue durmiendo pero ahora con la boca cerrada. Una chica reconcentrada se mira reflejada en la pantalla con la cámara invertida.

Villa Crespo. El estadio de Atlanta. Caras expectantes, caras cansadas, hartazgo del viaje. Camino por el tren en movimiento. A medida que me acerco al vagón furgón, el clima cambia. La música cambia. “Amigo, ¿tenés mujer?”, me dice un niño tocándome el brazo y mostrándome un volante que ofrece servicios sexuales.

12:53 llegamos a la estación Palermo.