8.11.18

Una forma propia, por Mirta Nicolás



Sobre Genios pobres, de Claudio Iglesias (Mansalva, 2018)


Genios pobres, de Claudio Iglesias, es un libro que enhebra discursos múltiples donde convergen anécdotas, reflexiones críticas, descripciones de un ascetismo elocuente y detalles vitales de alto calibre poético que son, además, una clase sobre escritura.
     Quizás lo más asombroso es que la forma y el contenido están tan conectados que ninguno parece supeditado al nivel del otro. Al leerlo asistimos a ese milagro de entender una vida porque se supo contarla. Porque para contar una vida hay que volver contable la vida. Montado sobre datos biográficos, con una enorme capacidad de fantasía narrativa, con reflexiones sobre cuadros y la vida moderna.
     Genios pobres no es solo un libro sino una puesta en valor de la escritura como artificio de orfebrería. Sobresale por su sintaxis desafiante y por la manera en la que están orquestadas sus ocho estampas. Hay descripciones de cuadros, reconstrucción de tradiciones, evocaciones del escenario urbano y de sus mutaciones.
     Claudio Iglesias arma relatos líricos sobre la vida de artistas y después de leerlos sentimos la necesidad de descubrir esas obras. Autores de grupo, escuelas, utopías, nombres periféricos de la pintura local cuya minusvalía escénica es la clave de su grandeza. Tóxicos, solitarios, incomprendidos, perdedores, visionarios, obsecuentes de una sola pasión: expresar una forma propia.
     Retratos oblicuos. Mildred Burton escritora que, de refilón, atraviesa “la dictadura, la democracia, la nueva figuración, la nueva geometría, la hiperinflación”. Leonor Vassena y sus maestros Spilimbergo y Fontana, de los que entiende otra cosa que sus consejos. Carlos Giambiagi y sus sueños “de colores planos”, su amistad con Horacio Quiroga, sus lecturas de Schowb, sus traducciones y el círculo Malharro. Valentín Thibon de Libian, soñador despierto de cafés y bodegones, conversador infinito, observador en los bares. Manuel Musto cocinero. María Laura Schiavoni, “erudita y despabilada”, lectora voraz, precursora de la divisa “la ingenuidad es inteligencia”. Enrique Policastro, jubilado, dedicado al arte de manera exclusiva y a retratar “la malaria del barrio”.
     Un clima de época sobrevuela los medallones: “los hombres se reúnen, beben, sueñan con fundar una escuela o un club”. Vidas sencillas llenas de matices, complicidades y viajes a Europa. Vidas de artistas pobres, bohemios, melancólicos, enamorados y amigos de la noche. Genios sin espacio para desarrollar sus obras. En algún punto son historias tristes, “como la de todos los pobres” Pero Iglesias lo muestra sin atisbos de tristeza. Porque su libro habla sobre la pasión del amistad.
     A lo largo del libro, también es posible leer un elogio encubierto a Manuel Peralta Ramos así como una diatriba solapada contra Jorge Romero Brest y un ajuste de cuentas a la tirria de sus pareceres advenedizos y al modo en el que sus opiniones fosilizaban consenso de manera transparente en la época.
     Genios pobres hace serie con otro libro del catálogo de Mansalva, uno de los más salvajes y singulares de las editoriales argentinas, que ya llegó sus 200 títulos, Vidas epifánicas (2015), de Gustavo Álvarez Núñez. Son libros que prefiguran la distancia que media entre lo que una persona pudo hacer y la vida que lo hizo posible, sin separar a las obras de los artistas, quizá porque nadie puede poner más talento en sus creaciones del que practicó en su propia vida.