12.1.26

Desde el otro lado del aula, por Laura Cilento

  

(Sobre Tenemos Química, de Esther Novik de Wolf con puesta en texto de Paula Labeur, Buenos Aires, MareMiun, 2024)

 

La experiencia de los estudios de nivel medio, secundario, o como nos guste llamarlos se asocia en parte a la edad de oro de nuestras vidas y en parte a la burocracia educativa. A su vez, equivalen a una especie de Edad Media de nuestros trayectos educativos, pero en esa versión oscurantista de la Edad Media, época bárbara entre la ultraclásica y refinada Antigüedad y las luces de la Modernidad racionalista. En la Edad Media y en la Escuela Media hay que atravesar momentos de pocas luces, síndrome de la baja atención del adolescente conocido en otras épocas como “edad del pavo”, sopesar los aprendizajes de la vida que compiten muy ventajosamente a veces con los del aula, y administrar el estudio de materias de formación general que muchas veces los adultos que acompañan dicen que “hay que pasarlo” para “después llegar a hacer lo que verdaderamente te guste”.

Como de verdad la vida va pasando, y la posta de las responsabilidades y de los placeres ganados a pulmón en otras etapas de la vida nos ponen en otra óptica, la secundaria termina siendo un rescate emotivo de ese laboratorio de relaciones humanas al que, a esa edad, seguramente no podríamos haber accedido de otra forma (excepto quienes tempranamente entraron al mundo del trabajo).

Desandar estos estereotipos del imaginario colectivo es muy difícil, y tal vez no haga falta para aceptar nuestras realidades personales del presente, pero quién nos dice que tal vez revisando algo de esa etapa oscura y medieval no descubramos algo mucho más que lo puramente divertido o lo más pelmazo… Algo que tiene sentido haber hecho. Con este libro podemos, cualquiera sea nuestra condición de adultos-as, desviar la mirada interna de nuestro ser alumno-as y conocer la voz y el relato de una actora social que estuvo en la trinchera, pero supuestamente del otro lado: nada más y nada menos que la profesora… y¡¡ de Química!!

Si bien leyendo hacia el final de Tenemos Química entendemos por qué aparece un póslogo que sintetiza lo narrado como “Autorretrato coral de una profesora”, confirmamos también que lo que habremos leído durante 165 páginas participa de ese gran género de la Historia (¡¡el único!!!) que a todos nos pica con curiosidad que es la biografía, sumada a que está contada por su propia protagonista (después volveremos a lo coral). Esther entra a la Historia por la Química, y entra por ser profesora y por ser Esther: así funcionan los géneros biográficos, con un pie en una vida humana, esa vida, pero otro pie abriendo una ventana a las memorias, género vecino y más expansivo: de paso que conocemos una vida entendemos algo de la época en la que le tocó transitar, contra qué lo tocó chocar y desde dónde pudo tomar posición.

Si Pablo Neruda terminó popularizando Confieso que he vivido ya que así se titulan sus memorias, Esther debería imponer algún subtítulo como “Informo que he vivido”. El lapso que se abre entre 1960, año en el que se recibe de profesora de Química en el Instituto Superior del Profesorado Joaquín V. González y 2007, año de su jubilación de la docencia, ya impresiona por el arco temporal que traza, pero estas evocaciones no están al servicio de confesar nada que muestre un lado oculto, sino para dar cuenta de en qué empleó sostenidamente el tiempo. No hay revelaciones de hechos atroces, de traiciones, de desamor ni de venganza. Es la acumulación de laburo docente que tuvo -y tiene- tanto sentido, que acomodó el rumbo propio y el de quienes se cruzaron con ella, en esas cápsulas de tiempo adolescente que son cada clase de cada materia, cada día. No hay secretos que necesitaran ser revelados, solo informar todo lo resuelto, desde el llanto de la recién recibida a la que le cuesta mantener sus primeros y provisorios cursos hasta la autora de materiales didácticos y la capacitadora docente.

Narrativa sumaria, sin resuello para la larga disquisición o la lenta creación de atmósfera. En realidad la atmósfera sale de lo que se hizo y se dijo, porque esta vida de Esther está llena, repleta, de años y de personas. Pasan los años como relámpagos.  El placer de leer de corrido tiene el efecto de que imaginemos que se vivió así de corrido, y como es de esperar está apuntalado desde las artes de la puesta en texto. Algunas veces, ese relato se interrumpe, y llegan documentos y testimonios. Entre los primeros, recomiendo detenerse en el recorte de La Nación del 25 de septiembre de 1960, para descubrir a la joven Esther N. de Wolf en retrato de sociedad (atención, que su imagen está solo muy alusiva en la solapa izquierda y hasta ahí llega, así que recomiendo analizar bien el retrato de prensa). Luego recomiendo divertirse con las autoevaluaciones de alumnos-as, o las letras de canciones donde los nervios ante la imponente Esther se transforman en una celebración por tener una profe tan exigente.

Los testimonios también están intercalados con la voz relatora de Esther, son sus exalumnos.as, ayudantes de laboratorio y colaboradores que fabricaron su propio relato, resucitaron algunos fantasmas de sus adolescencias o juventudes escolares. Son Andrés Kreiner, Laura Barnator, Gustavo Noriega, Elsa Drucaroff, Daniel Kestelman, Sandra Leschiutta, Laura Lande, Susana Adonaylo, Judith Gociol, Jorge Muntané, Karen Scheps, Magalí Bialer, Florencia Naftulewicz, Verónica Llinás. Ese estar intercalado es todo un desafío: enriquecen varios aspectos que Esther venía presentando, pero la voz de Esther retoma tan campante como quien estuviera ajena a ese montaje, la deja tan plenamente consciente de lo que hacía o decía, que son ellos los que parecen estar previstos por ella.

Tomo por caso una de las piedritas de colores que arman la sección “Caleidoscopio”:

X. Día del estudiante. Me enteré hace poco de que alguien contó, en el grupo Whatsapp de ex alumnos del Pelle de la promoción 1984, que yo les había tomado prueba sorpresa un día después del día del estudiante. Puede ser que la haya tomado, pero es imposible que haya sido sorpresa.

Si en los testimonios transcriptos alumnos-as y colaboradores ponen en valor intelectual y afectivo a la profe, y la refieren, ella también los refiere cuando sigue, en la actualidad, patrullando esos recuerdos y poniendo en claro cuáles eran sus reglas de juego. Negociando (y concediendo) la exigencia, pero no la traición.  Esther dicha por otros en los testimonios es quien también usa la palabra en su libro para decir a los otros. Incluyendo además lo mucho que aprendió de todos ellos. Esas microhistorias, dentro del gran relato biográfico, también un flash, son a veces pequeños relatos que degustamos como literatura, breves cuentos bien construidos desde juegos narrativos. “Correo sentimental”, “Caleidoscopio” son algunos de los ejemplos.

Esther hipercapacitada pero nunca jamás pasiva receptora, y menos repetidora; respetuosa de los criterios científicos, pero echando mano a soluciones improvisadas para el aquí-y-ahora-del aula con tal o cual alumnado. La estrategia de las evaluaciones de fin de año con encuestas donde hay que terminar un comienzo de oración sugestivo es un ejemplo. La lucha para imponer que la práctica de laboratorio estuviera en manos de los chicos y las chicas, que tuvieran su momento de teoría, de preguntas y de hipótesis, pero que llegaran a ese final de camino que implicaba dejar de escuchar y de mirar y empezar a arremangarse.

Pero además, y fundamentalmente, es la autobiografía profesional de una profesión poco visibilizada como tal. Esta es la ventana abierta a las memorias. Enterarse de cómo funcionaban los tanques editoriales nacionales (Kapelusz, Colihue), a los que se subió y aprendió a manejar. O las vacaciones tiliingas de ciertas familias durante los 90, que sacaban a los chicos del estudio por obra de la liquidación de un shopping en Miami. Y es relevante, para contarles cómo hay que desplegar el libro para sacarle provecho, que la perspectiva sorprendida de la profe (por ejemplo, cuando le dicen en Kapelusz que quieren que publique materiales para docentes, ella no lo puede creer, pero enseguida larga la gran idea de los cuadernillos de trabajos prácticos) cuando cuenta, pero recordemos también que es contada, sutilmente, por la puesta en texto de Paula, que monta el énfasis, al dejar desnuda y muy visible la anécdota, en las capacidades, la praxis y la visión de una profesional de la educación. Por eso Paula no solo pone en texto, sino que pone en valor a través de, sin filtrar su voz autorizada de especialista de primera línea en didáctica de nivel medio, como si nos dijera, escrito en tinta invisible, solo para cómplices lectores, “miren de lo que era capaz esta profe”, “miren el conocimiento auténtico que genera el trabajo en el aula, por más capacitaciones y prescripciones ministeriales que se crucen en el camino”.

Me hizo saber que se dice verter y no vertir”, “me hizo saber que, si ella había sido importante para mí, de alguna manera, la inversa también era cierta”, “sabe mucho y quiere que sepamos mucho”, “me hizo dar cuenta de que podía hacer esas materias que me daban temor”: son otras tantas formas de hablar de, pero sin usar el verbo “enseñar”. Por si dejamos de notarle la importancia que tiene y pudiéramos pensarlo usando unas palabras más firmes, más duras, pero más sinceramente apasionadas, “hacer” y “saber”, está esta vida de Esther que nunca será más oportuno que corramos a leer, antes de que no solo volvamos a la Edad Media, sino de que terminemos volcando en algún tacho paleolítico.


4.1.26

Un trayecto urbano, por Javier Fernández Paupy

 

Bajo del 152 en la puerta del salón Pueyrredón. La cara pintada de Santiago Maldonado. El puente y el cielo. La avenida atravesada por colectivos y autos, motos, camiones. Un minuto en la pared de una pizzería en Santa Fe, esquina Godoy Cruz. Veo pasar colectivos de líneas 39, 55, 60, 59, 161, 68, 108, 139, 67, 194, 12, 29. Es un afluente de colectivos, ruido de motores, frenos, chirridos metálicos. El espacio está saturado de olores mecánicos, de personas en tránsito continuo.

Santa Fe y Juan B. Justo. Estación Palermo. Línea San Martín. Próximo tren 13 minutos destino PILAR. Un croto entra en los baños. Un guardia de seguridad apostado en la puerta del baño. “LIBROS A PRECIOS MUY BARATOS”. El vendedor pelado con barba blanca, absorto en una fotocopia, con un resaltador en la mano. Este hombre que ahora veo concentrado leyendo Alexis de Toqueville y que después, en una conversación que ahora no viene al caso, compararía el estilo del aristócrata francés con el de Karl Popper; prosa racional y organizada, mirada analítica sobre la sociedad, estilo demostrativo, casi didáctico.

Camino el andén. 11:10 de la mañana llega el tren. Desde la estación Palermo, en donde estoy, son seis estaciones por delante antes de Caseros. Por la ventanilla veo una perspectiva de carteles. Anuncian espacio disponible para publicitar y ofrecen un número de teléfono. El cielo cubierto de nubes. Hay asientos libres en el vagón.

Conversan en el asiento de al lado. Risas. El lento rumor de sus conversaciones. Más de ocho personas absortas en sus auriculares. Cuatro con anteojos de sol. El tren llega a la estación Villa Crespo. Movimiento. Una madre con su bebé, qué frágil y, a la vez, poderosa parece con su hijito a cuestas.

Entre los demás pasajeros que van y vienen por los pasillos del tren, dos caras de aburrimiento, aisladas en las pantallas de sus celulares. Personas solas. Cinco guardias del tren vestidos con pantalones y chombas negras, en un asiento doble, enfrentados, uno de pie. Risas y anécdotas, viendo el paisaje por la ventanilla.

Una chica ofrece: “¡Chipas 2 x 1.000 las chipas!”. “¡Buen día, chipas!”. Desde la ventanilla, tanques de agua, terrazas recubiertas con membrana, techos de chapa. El tren pasa por un cementerio, entre las estaciones Villa Crespo y La Paternal.

“Buen día, permiso. Son dos resaltadores, dos lapiceras y un liquid paper. Son cinco artículos FILBOX por 1.000 pesos”. La vendedora camina por los pasillos. “Por mil pesos nada más”, repite, tambaleándose por el pasillo. Veo pintadas en los bordes del andén. Construcciones precarias a la vera del tren. Pintadas en los túneles de La Paternal.

Una vendedora de colitas de pelo avisa posibilidades de pago: “¡Transferencia, Mercadoooooo!”. Lleva un carrito plegable con gomitas de pelo. Un señor con una visera dada vuelta, orejas salidas, parece de más de 70 años, ofrece estampitas asiento por asiento.

11:22 AM suena la sirena y se abren las puertas del tren. Después suena un silbato y otra vez la bocina eléctrica. Estación Villa del Parque. Pizarra eléctrica del otro extremo del vagón. “Usted está en estación Retiro. Combinación con las líneas C y E del subterráneo. Estación terminal. Todos los pasajeros deben descender de la formación”. Después aparece la leyenda en inglés. “All passengers must get off the train”.

Pasa una vendedora que dice: “Para proteger la pantalla de tu celular. Vidrios templados”. Lleva una caja y muestra los protectores. Después recorre el pasillo otro vendedor: “Alfajores con dulce de leche bañados con chocolate”. Ofrece, cuando llegamos a la estación Sáenz Peña: “Riquísimos alfajores… Todos con fecha de vencimiento…”.

El tren deja la estación. A las 11:32 AM llega a Santos Lugares, justo cuando un vendedor deja entre los asientos una bolsa con bandas elásticas para el pelo. Enseguida un vendedor de chocolate dice: “Vale 1.000 pesos nada más” y agrega: “Una delicia de chocolate”.

11:30 el tren llega a la estación Caseros. 11:32 AM camino por el andén. Lo recuerdo. Lo había olvidado. Hasta la salida, donde marco la tarjeta SUBE, así como la hice en la entrada, me desplazo con naturalidad. El viaje cuesta $720.

Camino por el espacio que rodea la estación. Delante del kiosco de diarios y revistas intervenido y pintado con el estilo del fileteado porteño. “Para vos canilla”, dice sobre un fondo negro, en una especie de escudo sobre una superficie verde. “Sos el estribillo de un tango que arranca… allá entre las teclas de una redacción”.

Atravieso la Plaza de la Unidad Nacional. Cercado por rejas negras, dos banderas y un cartel que dice: “CASEROS MONUMENTO AL CENTENARIO DE SU FUNDACIÓN 1892 – 23 DE FEBRERO DE 1992”. En esta plazoleta se encuentra el archivo histórico de la municipalidad de Tres de Febrero.

Tomo la calle Juan Bautista Alberdi, desde el 4.888. Las calles transitadas. Instituto Abate José Rey. Tienda de artículos para el hogar Easy, a la izquierda. El paredón de la Planta Industrial Caseros, Klaukol. “CON LOS JUBILADOS NO”, dice en letras blancas y celestes en el muro que separa la calle de la fábrica. La fábrica Silka. La fábrica de ginebra Llave. Otra pintada que dice “CON LOS JUBILADOS NO” y lleva como firma la leyenda PJ BETTY NUÑEZ.

Después, retomo el camino, siempre por la calle Juan Bautista Alberdi.

12:22 estoy en la estación Caseros para volver a Palermo. “Vení, abuela”, dice un niño con guardapolvo escolar. Hay muchas personas en el andén. En los cortes de pelo, en el estilo de los tatuajes, en el tono de sus voces, alguien podría establecer matices y diferencias entre las personas con las que comparto el andén y las que había en la estación Palermo.

Todos los asientos ocupados. Treinta personas de pie alrededor. Un hombre lee; una chica teje sentada al lado de una señora que mira alelada la pantalla de su celular. Una mujer con un bebé upa parece más indefensa, a la vez más libre y desprovista de mochilas, bolsos y atavíos que los demás pasajeros. Miradas cansadas de adultos con gorra. Agotamiento en sus miradas y en la postura de sus cuerpos, espaldas encorvadas.

Celulares, auriculares, anteojos negros. Desde la ventanilla se ven formaciones de trenes abandonados en las paralelas. El tramo entre la estación Caseros y Santos Lugares dura 7 minutos. Una persona, reducida en su butaca, duerme con la boca abierta.

Al lado mío veo a tres personas estupefactas frente a las pantallas de sus celulares. Una serie o una película a la derecha; un chat a la izquierda. Paisaje agreste desde la ventanilla. Imágenes en movimiento. Pequeños desplazamientos en el pasillo.

Estación Sáenz Peña. 12:33 AM. Dos minutos después el tren llega a la estación Devoto. “Jesús, una iglesia para todos”. Zinguería. Villa del Parque. Un vendedor ambulante discapacitado hace un esfuerzo por dejar una banda elástica en el respaldo de cada butaca. Camina con dificultad.

Una nena que no parece tener más de cinco años sostiene con sus dos manos un teléfono celular y lo mira, abismada. La Paternal. Cielo gris. Seis personas pasmadas delante de sus pantallas. La persona que dormía con la boca abierta sigue durmiendo pero ahora con la boca cerrada. Una chica reconcentrada se mira reflejada en la pantalla con la cámara invertida.

Villa Crespo. El estadio de Atlanta. Caras expectantes, caras cansadas, hartazgo del viaje. Camino por el tren en movimiento. A medida que me acerco al vagón furgón, el clima cambia. La música cambia. “Amigo, ¿tenés mujer?”, me dice un niño tocándome el brazo y mostrándome un volante que ofrece servicios sexuales.

12:53 llegamos a la estación Palermo.

26.12.25

La lámpara azul, por Santiago Armando

 

En las formas tan sensuales e inocentes de Dulce-Persona se miraba el resplandor de Buenos Aires, suprema ciudad merodeada por las sombras de campos sin límites, viviendo a oscuras de su destino, como el trasatlántico, iluminado, en la vasta oscuridad del mar, en cuyo seno se avanza; en ambos se vive sin noción de rumbo, por tanto con entero sentido del presente; en cambio cuando se vive históricamente no hay más parte adonde ir la Pasión, hay esa marcha de la humanidad, que es el énfasis de la Historia; un presente de pasión, habido una vez, hace ociosa la marcha, el porvenir; la viciosa noción de marcha está solo en el escribir histórico, no en el corazón de nadie.

Macedonio Fernández, Museo de la Novela de la Eterna

 

 

 

25/11/2025

La luz de la siesta es blanda sobre las hojas que cubren la casa del vecino.

Soñé que estaba en el campo con Lorenzo García Vega y un primo de mamá que murió hace unos meses, en un galpón, en Santiago del Estero, estaba lleno de arañas pollito y culebras y una iba y venía por la telaraña como un avispón y me mordió, sentí la picadura y me desperté muy boleado por las pastas que pegan a la hora de la siesta.

Espero que el teclado me lleve a la luz como las espadas normandas en el cuento de Panero Donde un hombre muere, la águilas se reúnen.

Me acuerdo que en la clínica Avril, en el año 2008, estaba internada la hija de Carolina Herrera y había un tipo forrado que se la quería levantar y la mina estaba re loca y violenta y yo despacito me la fui chamuyando hasta que me dio un beso y me dijo que nos vayamos a vivir juntos. A los dos días se la llevaron a la Clínica Las Heras que era una de las peores y nunca supe más nada de ella, todavía la busco en las redes pero ni el menor rastro de sus pinturas.

Ayer el Twitter se llenó de posteos de billonarios y gente que decía que se había ganado la megalotería y que era hora de repartir, le pregunté al @grok si esos posteos eran estafas y me dijo que sí, entonces se me llenó de likes y seguidores, todas putas y transexuales, yo veía videos de ski y de surf y seguía a Maslatón y a un tipo que hace bolas de hashish y que importa del Líbano y de Afganistán.

El pobre solo tiene el consuelo de un poco de tabaco y café.

Las cotorras de nuevo, se suma un pájaro y pía espantado, no es una zona para dejar huevos en el nido, hay aguiluchos y gavilanes que meten el pico y se comen los polluelos en salpicón. Me queda un solo cigarro. Me lo termino despacio.

Estuve internado con un Lubavitch y le pregunté si estaba permitido masturbarse y me dijo que no, que Dios una vez había matado a uno de la Biblia por acabar afuera de la mujer, por lo que la masturbación es una ofensa a Dios. Pablo Szabo está en la clínica psiquiátrica O’Gorman encerrado de por vida por su Fe, su propia madre lo ha despojado de sus bienes, menos esa colección de libritos del Rebe, y lo ha hecho declarar loco por ser un ortodoxo estudioso proveniente una familia de judíos ateos. La psiquiatría es la cárcel.

Me tiré a la pileta y salí, se escucha el suave rumor del viento y una motoneta en el Acceso que se retuerce. Hablo con Alejandra que estudia en la UNA porque si no, no pinta. Alejandra me habla de la crítica de Rodrigo Cañete a la novela de Pablo Maurette El contrabando ejemplar. Dupont estaba con eso el otro día en Twitter ¿De dónde sale esa gente? Está lleno de Sorias la cultura, siempre con las moviditas. En la universidad te hacen laburar, van jubilados, discapacitados, artistas jóvenes, y se tragan eso. Desgraciado es el artista que no reza.

Quiero llevar a mi sobrina al MALBA, al Fortabat y al Bellas Artes. Al de Arte Moderno nunca fui, no me interesa el arte moderno. Me gusta Philip Guston por su humor y Belkis Ayón por su oscuridad, nada más. Me gustan las bodas de Chagall.

Reels de la fiesta de egresados de mi sobrino. Quisiera decirle que cuidado con los festejos, con manejar en pedo, que cuidado con los rosarinos que asolan las playas buscando porteños a quienes golpear. Que lea si va a estudiar periodismo, para no ser otro analfa de los medios como el Pelado Trebucq, que los periodistas deportivos tienen trajes lindos pero ganan muy poco, que los trajes son de canje, de vestuario, que una casa con auto importado en un barrio cerrado no es nada, que lo que importa es trabajar y orar.

26/11/2025

Soñé que estaba en la vía conversando con J. Benegas Lynch, al lado de la vía. Habían tirado un montón de ropa vieja que se reservaba para los pobres, había otras gentes amigas, hijos de amigos de mis viejos, estábamos en una mesa y me mandan a una mesita justo al lado de la pila de ropa vieja, casi sobre los rieles. Hablábamos de nuestra capacidad de vendernos, de la transformación mía en Cataratas donde me hice vendedor y me liberé hablando, encarando gente para vender, que me transformé en cantor que no hubiera sido posible de otra manera que vendiendo el paseo a los saltos del Río Iguazú en el Parque Nacional.

Ayer me desperté con el scratch de una bandeja de dj repetida ocho veces como en el tema Vavoom de Prince.

Ora et Labora, le dije a Alejandra que debía rezar, que eso la iba a ayudar con su pintura, que si no hay rezo todo es inútil, pero me dijo que no es religiosa.

El mundo cambió un montón desde el año 2016, año en que murieron Luis Thonis, Maurice Dantec, Laiseca y Prince. Los libros con historias de la dictadura antes se vendían, los del holocausto y los de países comunistas de historiadores serios no, me los leí todos, me leí todos los libros de Frank Dikötter sobre China, el de Victor Klemperer, los de Raul Hilberg, lo de Varlam Shalamov, todos fueron una tortura. Ahora quiero releer a Néstor Sánchez, porque nada se compara a Néstor Sánchez en el verano porteño, bajo techo de chapa, aire acondicionado y ventilador cruzados.

Varios sueños en la siesta. Soñe que estaba tocando mi vieja trompeta y se me deshizo como plastilina, estaba con Daniel Kreiman, que me llevó a su laburo en una oficina donde todos tenían sus instrumentos. Antes había soñado que estaba en China y era el fin del mundo y toda la comida estaba envenenada y cuidábamos a un bebe con otros agentes. El sueño terminó con un flaco con aparatos de ortodoncia transparentes enormes con luces de colores que se reía abriendo la boca exageradamente grande.

Mamá se maneja a los gritos con todos nosotros y no se da cuenta. Siempre está suspirando en la cocina y en los pasillos pesadamente y repitiendo ay dios.

Mamá me grita por la escalera que baje a tomar las pastillas y papá me manda un whatsapp reclamándome que baje, que hoy tampoco tomé las de la tarde. Vivir con los padres a los cuarenta y nueve años es una cagada demasiado deprimente si no se fuma porro, no es natural para un hombre adulto, además con la rodilla y el hombro rotos, es tristísimo. No sé cuánto voy a poder aguantar.

No puedo prender el aire acondicionado por la boleta y este techo de chapa recalienta todo el cuarto a la noche y es inhabitable, me puse el ventilador y el enchufe con el líquido para los mosquitos.

27/11

Omar está con presión alta por las últimas noticias de Venezuela, trato de calmarlo. Me quedé sin puchos, vinieron a buscar la bici.

30/11

Se acaba este viejo año de mierda.

1/12

Ayer me tomé las pastillas de la tarde y la noche juntas y me dormí rápido. Me desperté de madrugada con sueños y ahora de nuevo con uno en que Verónica vivía con su familia en el edificio Estrugamou. Me tiene bloqueado en todas las redes. Me abortó un hijo porque estábamos mal y yo me había quedado sin trabajo y ella quería seguir estudiando y pasar a otra cosa. Después vino mi primera internación a los veinticuatro años.

2/12

Soñé con mi laburo, que me echaban otra vez, y con una tablet con caracteres chinos que quería sacar pasándole el brazo.

Ayer estaba en un chat y hablé con una abogada del CEAMSE que me dijo que no tiraban desperdicios en el Reconquista y que me fletó cuando le dije que fumaba. Después hablé con otra hasta tardísimo que se fue cuando le pedí el Whatsapp. El CEAMSE pone guita en Radio La Red, sale Gentilli diciendo que si pudimos ser campeones del mundo, podemos ser campeones del planeta, aludiendo a un mundo limpio, el imbécil de mierda.

Matías me dijo que no hay un mango en la calle, que está muy pinchado todo, que tuvo que cerrar el local en Flores y que él está haciendo el reparto. Anda calzado, ya se ha tiroteado con unos que le quisieron robar un camión.

Ayer le dieron unas inyecciones en los ojos a mamá.

Ahora preguntan los periodistas si Boca gusta, el único Boca que gustaba era el del Coco Basile. No quiero ir a la presentación del libro en joggings pero si estoy muy incómodo me los pondré, qué papelón. Lo malo de ser gordo es que no podés ni atarte los cordones, no podés limpiarte el culo si tenés el brazo corto y dependés de un bidet, tampoco podés coger, con la rodilla y el hombro cagados menos.

El jueves de paso voy a comprar un Loto. Jugar al Loto me alivia por unos días, me hace imaginar que gano y me pongo a ver departamentos en Recoleta. Nunca voy a ser un propietario, eso lo supe siempre.

Parece que mamá está mejor, se sacó los anteojos negros por los normales y está mirando el teléfono. Espero que me quede plata para comprar algo de porro, aunque sean cinco gramos de frutilla.

4/12

Estados Unidos y Venezuela invadían Argentina en distintos sueños. Estados Unidos atacaba nuestra casa, que era otra, en un barrio cerrado. Y Venezuela en San Isidro, del que pude escapar con la ayuda de un pariente que tenía auto.

Sueño que estoy acostado y tapado con Verónica, siento su cuerpo, su olor, su respiración. Estamos tapados en el sillón del cuarto de mis viejos y nos empezamos a reir y mi viejo nos tira un zapato y salimos. Le diría que no sé si podría bancarme ser su amante mientras esté con su marido y su hijo, y la voy acompañando a la Junction universitaria. Pero me digo que mi orgullo es una pelotudez. La verdad es que no le guardo rencor por haberme abortado un hijo. Aunque me haya trastornado seriamente. Veo novedades de ella en Facebook, una foto en un diario armenio con Ana Arzoumanian, sigue con pelo corto y vestida de ensalada. Antes era una piba de jeans, All Stars y remera, ahora es una señora, profesora universitaria, y estaba muy muy buena hace veinticinco años.

5/12

Estas noches son hermosas para tomar cerveza y fumar porro, hay luna llena, fumar porro con luna llena es especial.

6/12

Anoche me duché como cuatro veces y al final me dormí con todo abierto y soñé que cruzaba la Kosher Haze con la Blueberry y me pegaba re bien, soñando que estaba fumado todo era felicidad y no me molestaba la luz y el canto de cada pájaro me alegraba el corazón de manera distinta.

7/12

Boca perdió con Racing. El director técnico ¡Lo sacó a Zeballos por Velasco! A Velasco lo pagaron diez palos verdes viniendo de una doble fractura de ligamentos cruzados, que se sabe que eso te arruina la carrera. Y Milton Gimenez es una bolsa de papas en la cancha.

8/12

Día de la Virgen. Rezo y escribo, todos los días. Escucho un pòco la Radio Alison Mosshart en Spotify. Voy a ver que puso en su blog Juan Abreu:

Domingo, 7 de diciembre de 2025

El suelo del jardín se ha llenado de olivas negras que nuestro acebuche ha parido este año a montones. Las urracas vienen y van en ocasiones las devoran en el lugar y otras se las llevan supongo que a sus nidos. También acuden al reclamo de las gordas olivas palomas torcaces, gorriones, petirrojos, herrerillos, mirlos, carboneros, verderones, estorninos, pinzones y aulcaudones. Y estoy a la espera de la curruca cabecinegra este año todavía no la he visto. Hay seis tipos de currucas si mal no recuerdo pero la que viene al acebuche es la cabecinegra.

Eso es un escritor. Saber los nombres de los pájaros.

Ducatenzeiler exagera con los números de sus vistas. Otro estafador intelectual de Independiente como el Ruso Verea, aunque algo de verdad tiene. A veces está muy acelerado y no lo aguanto, a veces está muy bien. Se da vuelta solo y termina en la clínica, pero la hermana le firma la salida. Ah, ¡si tuviera un pariente que me firme la salida del psiquiátrico!

9/11

Puse Love Bites de Def Leppard para pensar en Verónica y me cagué el día. Sigo con la Radio Alison Mosshart en Spotify, cambian los temas, algunos son nuevos. En el Instagram hay una foto de ella con la sobrina eligiendo un árbol de navidad con el buso de Def Leppard que me hizo buscar Love Bites. Muy poca energía. Llamo al bicicletero después de diez días y me dice que el arreglo cuesta noventa lucas y que va a estar para el jueves o viernes.

10/12

Soñé otra vez con Verónica, estaba casada con un paraguayo, sueño largo no me acuerdo nada o no entendí nada, todos estudiaban o trabajaban en algo y yo era un espectador o un rezagado. Nada de ella para conmigo mas que aceptar mi presencia, me daba más con la hermana.

Ayer escuché The Blue Mask de Lou Reed después de como treinta años. Lo pongo de nuevo, Women, Underneath The Bottle, The Gun, Waves of Fear, Heavenly Arms, están casi todos buenos los temas, los pongo bien alto para tapar los ruidos de mantenimiento.

Nubes con forma de caracteres chinos.

Los de Instagram me tienen fichado y no me dejan publicar nada.

11/12

Sueño que Mirta Busnelli tiene una fábrica de hijos por televisión y tiene uno con el gordo Porcel que es un chimpancé depilado con la cara de Tato Bores.

Sueño que Lilita Carrió va a un bar y veo un procedimiento de milicos para matarla y que a la vez es una manera de hacerme salir de casa de papá. Paseo por los distintos órganos burocráticos de unas SS argentinas, pero me aburro y me voy.

18/12

Me mareo cuando salgo de la cama o me agacho, todo me da vueltas. Este será el último cartón de puchos y la última tanda de porro. El cuerpo me está avisando claramente que mi salud es precaria. Debe ser el Valcote con la Pregabalina, o la presión.

19/12

14/8 me dio la presión en la farmacia.

20/12

Ayer casi me muero de presión alta con mareos y entonces hice la cama, me acosté, crucé las manos sobre el pecho, cerré los ojos y puse una sonrisa de satisfacción. Hoy me desperté en perfecto estado.

Llueve. Me entregan los de Mercado Libre You Like it Darker, el último volúmen de cuentos de Stephen King, regalo navideño para mi sobrina mayor.

En la siesta soñé que estaba en el estacionamiento de una cancha precaria poniéndole un cartel al Chiqui Tapia que decía GORDO VASO DE AGUA, pero que se activaba con la traba de la entrada a dicho estacionamiento como cuando se escribe un nombre de alguien en las redes sociales y queda marcado en azul, pero la traba no cerraba del todo bien y no se iba a ver, entonces me desperté.

Hace muchos años tuve una novia que se calentaba con Bocanada, el disco de Gustavo Cerati. Era una mujer muy rica de Recoleta, alcohólica y drogadicta que me trataba mal. Una vez salía mi vuelo para Iguazú y no me dejaba ir, entonces me hinchó las bolas y le metí un gancho en la pera que la dejó desmayada y pude huir.

21/12

Saqué el Valcote y la Pregabalina y los mareos se fueron.

23/12. 

Llegaron los gramitos de Frutilla y Chocobud.

24/12

Las mujeres con sus tetas

en la bici con empedrado

y el pelado baterista

que se le cae el pelo blanco

por batir redoblante con platos

y se deja largas las

chapas del costado, como plumas

en glam a los setenta y ocho años,

Carlos Bianchi

 

Chivo, la ducha no me lava

sudo arena de obra

soy una arena pastosa

con carretilla de chinchulines

orando en la blancura

del cáñamo en los géneros

de las champetas doradas de Mirtha

 

La criptografía Lao

en los géneros del cáñamo

y champetas de Mirtha.

Siempre fui modisto

de mujeres extraterrestres.

 

dormir con el orto apuntando

a la fuente de aire acondicionado

para filmar las champetas frigoríficas

que caen en las sábanas

 

hyeronimus bosch

tirando la goma con sombrero

en los pasillos del subte

de Tribunales, acomete

como subida de ascensor

al de mi nuevo amante artificial

y me reí de sus zapatos

no puedo tener una puta barata para echarme un polvo,

porque no tolero las mujeres

sino como tóxicos

y las manzanas de caballo son de ustedes

22.12.25

La ciudad de los vivos en el Cementerio de El Cairo, por Cecilia Bainotto

  

Siesta de otoño

Durante la siesta veía las filas de hormigas y hasta las imaginaba con vestidos a lunares como en los cuentos. Hoy las veo depredadoras que se comen las hojas en pocas horas. Y hasta identificás a las más rápidas, a las que pasan por encima de las otras, a las más rezagadas, a las que se desvían de la fila para curiosear y luego regresan.

Necesitás un arsenal de productos para expulsarlas o exterminarlas. No me romantices con su laboriosidad y persistencia. A muchas las conozco.

Con el paso de los años las siestas son más acogedoras sin hormigas laboriosas, siestas con el arrebujo del sol, descalza bajo una manta, mirando caer las hojas por el ciclo de las estaciones. Es la entrada al sueño de una siesta de otoño.

 

 

Un sueño infinito

Anoche tuve un sueño inquietante y hermoso. Soñé que caía en el vacío y abajo no había tierra, no había fondos verdes, ni rumores de agua. Ningún vestigio de vida animada. No recuerdo tampoco desde donde fue el impulso para que la derivación de una vigilia se revelara en un paisaje del firmamento solo visto en fotos.

Flotaba en un medio del color de la esfera celeste y algo como una tromba me elevó a miles de metros. Un decir, porque el cielo no tiene nuestra obsesión, nuestra medida. Una boca succionó mi cuerpo que flotaba y perdí toda referencia del planeta que habito. Tuve ante mis “ojos cerrados” la representación del universo. Era un día esplendoroso en plena noche.

Trato de hilar. Pudo haber sido un pozo de aire, tal vez un motor silencioso que no se sustentaba por la agitación de un sueño anterior y que no recuerdo, una falla física mientras dormía; apnea o baja presión.

No es fácil contar un sueño que transcurre en un espacio casi infinito.

 

 

El cartel

Sara tenía un “berretín”. Ella lo contaba con actitud entre graciosa y molesta y las anécdotas nos hacían desternillar de la risa menos a quien fuera objeto de tal obsesión.

Vivía en una casa grande en la calle Venezuela de la que ocupaba una parte, y en la otra parte, vivía un matrimonio con hijos.

El ala que habitaba Sara incluía dos cuartos inmensos de techos altos y pisos de madera, una pequeña cocina y un baño que parecía otro cuarto. En uno de los cuartos grandes Sara estaba todo el día menos cuando dormía. Estaba dividido por dos biombos anchos que creaban dos espacios; el comedor diario y el taller donde pintaba.

Un lugar con caballetes, bastidores, pinturas y siempre un lienzo extendido con el trazo de una obra. Una ingresaba a ese lugar con respeto y con el espíritu abierto a los estímulos de colores que el genio de Sara hacia vibrar en figuras geométricas. Cultora del arte abstracto vendía en la Feria de San Telmo los fines de semana o por encargo.

El comedor diario era otra cosa. Una mesa con varias sillas y dos sillones medio raídos y paredes tapizadas por cuadros propios y de otros y un gato que miraba por la ventana al que llamaba Paul (por Klee).

Era una casa de puertas abiertas a los amigos menos a una de sus ex parejas. En la exclusión estaba el “berretín” de Sara que restringía el ingreso a toda persona que fuera del signo astrológico de su antiguo compañero. Incluso el derecho de admisión se extendía a eventuales compradores de sus obras.

Así de tajante era Sara. Nada hacía suponer tal dureza dadas las maneras graciosas que despuntaban en una nariz respingada en equilibrio con su mirada amable.

No obstante, el hecho de que una persona hubiera realizado la involuntaria acción de nacer bajo ese signo, se presentara en su casa y volver de inmediato a la puerta de entrada que ostentaba el cartel de bienvenida en diferentes idiomas, era raro.

Sara no estaba tan loca. Primero el saludo al que llegaba a su casa y luego la pregunta sobre el signo del Zodiaco. Si era del signo despreciado por ella, un gesto que apuntaba a la puerta con cartel, cancelaba el acceso a su casa.

Los amigos tratábamos de aligerar la aversión, con explicación de conjunciones, ascendentes, decanatos, influencia del medio o cargas genéticas, pero en eso era absolutamente tirana. Algo sabíamos de las causas a grandes rasgos y el mirar sin hacer foco no era egoísmo. Tan solo un acto de no escarbar demasiado pues ella solo quería mostrar la “punta del iceberg” o la lógica de “a buen entendedor pocas palabras”.

Sin embargo, esa “tara” no suprimía otros aspectos generosos de su vida como la de celebrar la venta de sus cuadros con buena comida. Cobrar una deuda también era motivo de festejo al igual que nuestras recompensas.

Con una amiga de andanzas emprendimos un largo viaje. Sara nos entregó direcciones de amigos que tenía en el exterior, más algunas recomendaciones escritas. El WhatsApp era impensable y el Poste Restante la forma de comunicación con el destiempo del caso.

Nunca más volvimos a verla. Al regresar después de un año fuimos a lo de Sara. En la puerta de entrada no estaba el cartel y al preguntar por ella alguien nos hizo una señal hacia arriba con la mano.

En la casa no había escalera al techo por lo que la certeza sin el cartel fue inmediata. Sentí que la falta de ese detalle se llenó de golpe con un inequívoco significado, el de no haber sido un formal saludo de bienvenida.

Lo que no aclaro es el signo que Sara aborrecía por la memoria de ella y por si acaso, un eventual lector pudiera sentirse molesto.

 

 

Conversaciones inapropiadas

Hace unos meses, ante un hecho luctuoso, tuve una conversación con el administrador de una empresa funeraria. El cepo de la muerte a veces filtra cosas ridículas o con una lógica novedosa que mueve la estantería de libros conocidos. De hecho, los velorios están poblados de anécdotas para el humor negro o de salón y mejor que no llegue una persona ebria porque la puesta de la ceremonia se transforma en parodia.

La cuestión fue que le dije a aquel hombre enjuto de riguroso negro, que cuando se contrata el servicio de cremación es ocioso utilizar un ataúd pues a las horas será incinerado y son carísimos. Los cajones que otorga la obra social PAMI son destinados para la sepultura del cuerpo, pero no para la cremación. Le dije, además, que el uso de bolsas con cierres, como las que hemos visto tristemente durante la pandemia, podrían ser adecuadas para el menester.

El empleado con cara acorde a la situación, movía apenas la boca bordeada por unos bigotes finos. Contestó con una pregunta apelando a un proceso de cocción, y subió el calor a mi cara. Creo, me puse roja para no ponerme verde después.

“¿Señora, ¿cómo lleva usted un pollo para asar? Debe utilizar una fuente o una parrilla. Lo mismo hace si lo lleva a la mesa”. El “Todo bicho que camina va a parar al asador” se cumplía, y más explicativo, porque incluía los enseres de cocina. Conclusión, estaba prohibida la cremación del cuerpo sin ataúd.

El argumento no absurdo –en lo culinario– sumaba al absurdo de la existencia cuando un hecho como la muerte puede derivar en esa comparación. Algo de mala fe también en tanto su función de empleado. ¿Pero tenía otra alternativa el pobre empleado a la de expresar las normas impuestas que lo configuran para la representación del rol?

Cumplía con el trabajo desde el minuto uno que ingresó a la antesala de los anfitriones del final. O vaya a saber si a esa hora no tenía hambre y veía pollos asados en todo lo que lo rodeaba.

Anochecía, y de regreso, con el peso de trámites tristes y engorrosos, miré mi reloj pulsera. Las agujas oscuras marcaban las ocho y veinte de la noche y resaltaban sobre la caja blanca como ángulo obtuso. Eran como bigotes del reloj. Me pareció un emoticón de la cara del empleado de la funeraria.

 

 

El mar es llanura

“Cuando invertís la llanura, el cielo es verde esmeralda y lo llano se convierte en un mar azul o gris, quieto o tempestuoso” dice Iván al señalar un cruce de caminos rurales de  la pampa.

 

 

¿Cómo es esto?

Un límite difuso divide al narrador del escritor o viceversa.

Como si narrar fuera la acción de un vitalista cazando patos a lo Ernest Hemingway y el otro un solitario escriba que se calza trajes de mago, detective, inmigrante, amante…

Escribir una experiencia de primera mano o escribir porque el proceso inconsciente no es elusivo.

Néstor Sánchez un ejemplo del primer oficio. Jorge Luis Borges un ejemplo del segundo. No obstante, ambos abrevan de la vastedad del lenguaje –aun cuando la puntillosidad gramatical sea diferente– para construir un texto literario.

Lo precedente es definición aproximada y no tiene otro objetivo que ponerle márgenes a un sentido, a un significado y hacer inteligible el meollo. Todo tipo de meollos. También necesaria para empezar a organizarnos y conversar. Aunque algunos dicen que conversando se entiende menos la gente.

Bueno, podemos aventurarnos y escribir. Aunque nada garantiza el entendimiento. Escribir es un acto de libertad y más si te olvidás del exterior que rodeará a ese puñado de páginas entre dos tapas: la publicación, los lectores, la aceptación o no del libro, los ingresos, bla, bla, bla. Ese modo “free lance” es comparable al dibujo de un niño que con lápices empieza a cubrir la hoja: una línea, un árbol, un camino, un molino, un barrilete, mamá y papá, los hermanos… Una es consciente que surgen cantinelas, las del propio escritor y las de sus cercanos y desconocidos. La cantinela primera es la del propio exilio. Tal vez las horas de dedicación, el mate, el café, la inspiración, la idea, el trabajo, el aislamiento que se busca, causen cierta extrañeza.

Ser un extraño frente a una construcción desconocida, recién hecha. Un texto. Algo que no estaba ahí y como un nacimiento cambia las cosas. Y si el fastidio va por mal atajo, con “Narcisos a cuesta”, el escritor se convierte baremo que mide la validación de su obra. Sí, claro, tampoco se puede soslayar tal práctica, pero de ahí a que duerma con un ojo abierto para la constatación permanente es motivo de autorreproche.

El hecho de escribir textos construye una persona extraña para sí misma y para los amigos que lo descubren diferente “¿Es verdad lo que contás? Nunca supe que una víbora te picó en la selva misionera”. Cantinela ajena.

El escritor retoma la suya en una actitud de Perogrullo invertido, sin dar mucha explicación sobre lo que el eventual lector toma como verdadero. Más allá de que el del oficio tenga una espinita pues los inquisidores sobrevuelan lo que escribe. O ni siquiera lo leen: solo movidos por una curiosidad a ver si el dilecto amigo los ha recordado en alguna línea.

No importa todo esto querido escritor, escritor autor, narrador, poeta, ensayista, biógrafo, no importa. Hay un lugar durante el día, con ojos cansados, pies hinchados, manos con cosquilleos que es una trinchera que defiende la libertad de poder escribir algo aunque para eso a veces te convierta en  excavador de tu propia mierda.