26.2.26

Crónica, por Cecilia Bainotto

  

El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas.

Ludwig Wittgenstein

 

 

Una nube de langostas sube y baja. Acridinae, una familia voladora, no encuentra rumbo. Durante días pasa rasante por los costados, sobrevuela la cabeza de los habitantes y su descarga verde sobre el suelo, salta como resorte.

La batalla entre la gente y la familia voladora se libra con manotazos, mallas metálicas y lanzallamas que las autoridades han dispuesto para el ataque.

Algunos bíblicos no pueden dejar de pensar en un Éxodo ante el Apocalipsis y que las cosas suceden por castigo “divino”. Los menos mágicos piensan que ciertas cosas suceden por falta de cuidado. Todos coinciden en que cerca del horizonte los lobos aúllan durante la noche y se sienten amedrentados.

A unos y a otros los iguala el cansancio. Se añaden a este desvelo otros protagonistas que no vuelan. Vienen de los albañales, de los acueductos, de la mugre. Son las ratas y las cucarachas. Las ratas despiertan miedo por la transmisión de la peste y las cucarachas, asco.

El escenario se complica día a día. Los roedores roban la comida. Las cucarachas roban el sueño. Y como si a toda esta turbación desordenada por el hambre y la vigilia forzada le faltara algo, comienzan a volar billetes de dinero por el aire.

“¡Dale, agarralos!”

Todo es griterío y confusión en los empellones de la frenética carrera. A un inválido lo han derribado de su silla, a una mujer le rasgaron la bombacha, a una nena le robaron la muñeca, al carnicero el cuchillo, al albañil la cuchara, al vecino el farol de noche y al de más allá, las vituallas de la fiambrera.

“Hay una forma tonta o feroz en los cuerpos. Son años de modelar en una carnicería colgados por poca plata. La conciencia en estado larval y la carne que hace caso omiso cuando se desprende del gancho”, piensa la cronista.

Los rostros se transforman y en muchos de ellos se pueden descubrir los ojos de las ratas, en los de otros las antenas vigilantes de las cucarachas y algunos, quietos como langostas ante el desborde, aceptan el desastre.