El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas.
Ludwig Wittgenstein
Una nube
de langostas sube y baja. Acridinae,
una familia voladora, no encuentra rumbo. Durante días pasa rasante por los
costados, sobrevuela la cabeza de los habitantes y su descarga verde sobre el
suelo, salta como resorte.
La
batalla entre la gente y la familia voladora se libra con manotazos, mallas
metálicas y lanzallamas que las autoridades han dispuesto para el ataque.
Algunos
bíblicos no pueden dejar de pensar en un Éxodo ante el Apocalipsis y que las
cosas suceden por castigo “divino”. Los menos mágicos piensan que ciertas cosas
suceden por falta de cuidado. Todos coinciden en que cerca del horizonte los
lobos aúllan durante la noche y se sienten amedrentados.
A unos y
a otros los iguala el cansancio. Se añaden a este desvelo otros protagonistas
que no vuelan. Vienen de los albañales, de los acueductos, de la mugre. Son las
ratas y las cucarachas. Las ratas despiertan miedo por la transmisión de la
peste y las cucarachas, asco.
El
escenario se complica día a día. Los roedores roban la comida. Las cucarachas
roban el sueño. Y como si a toda esta turbación desordenada por el hambre y la
vigilia forzada le faltara algo, comienzan a volar billetes de dinero por el
aire.
“¡Dale,
agarralos!”
Todo es
griterío y confusión en los empellones de la frenética carrera. A un inválido
lo han derribado de su silla, a una mujer le rasgaron la bombacha, a una nena
le robaron la muñeca, al carnicero el cuchillo, al albañil la cuchara, al
vecino el farol de noche y al de más allá, las vituallas de la fiambrera.
“Hay una
forma tonta o feroz en los cuerpos. Son años de modelar en una carnicería
colgados por poca plata. La conciencia en estado larval y la carne que hace
caso omiso cuando se desprende del gancho”, piensa la cronista.