17.1.19

Viaje al Noroeste de RA, por Gustavo Calandra






De Damián a Clauro
Mensaje de texto: Luca muerde a Ángela
                                                Negro no viaja
                               Leer?

HABÍAMOS planeado el viaje hacía una semana. En diez días debíamos recorrer dos provincias. En un principio fuimos tres. Sin embargo, la compleja psiquis canina cortocircuitó en dos neuronas a la altura de los celos y el perro del Negro atacó a su vieja, a la del Negro, ¿no?, pues, aunque quisiera, Luca, así se llama el perro, como homenaje al Tano, claro, cantante de Sumo, buena banda, bueno, este Luca, el pichicho, no conoce ni a su vieja ni a Luca Prodan, pero al verse abandonado por su amigo, una fría sensación le recorre el cuero, se para, olfatea una mochila bordó y, con los ojos inyectados en sangre, arremete contra Ángela.

De Clauro a Damián
Mensaje de texto:           Que garrón, pobr
                                               Negro
                Leer?

Así empieza el viaje al noroeste de RA. Parece contener, todo esto, cierto tinte misterioso, ¿no es cierto?, pero nada más alejado que la fantasía, los hechos son reales. En definitiva, nuestros destinos están fijados en San Juan y La Rioja, y uno, solo adoba el relato con algo de aventura.  ¿Por qué RA sin puntos que separen las iniciales del país? Simplemente por un chiste de uno de los tantos personajes que aparecerán aquí. Un chiste que se burla de la longevidad de otro personaje, de Víctor Hugo, que más adelante engullirá kilos de vaca, litros de Viñas Riojanas. Como era el más viejo en su grupo, le decían “contale a los chicos cómo se construyeron las pirámides”. Los chicos somos nosotros, mi hermano Damián y yo; el Negro no viajó. De ahí viene, de un desplazamiento de campo semántico que más que campo es baldío por el desorden lexical con el árbol de Saussure secándose en el centro. Otro chiste: “es tan viejo que conoció al mar muerto cuando todavía estaba enfermo.”
 Volvamos al comienzo. Estamos por salir. Uno se queda. Son 8:10 y el bondi, es un TAC, sale a las 9: 00 de la noche, de Liniers. Paseo la mirada perdida por la casa, busco a mi hermano, me paro, olfateo la mochila bordó..., no, perdón, ése era el perro. Es un lunes 26 de febrero y el anochecer sanguinolento transpira su humedad veraniega. “Otra mala señal”, pienso. Y no es la única: ayer domingo, como todos los domingos, deslizaron el diario por debajo de la puerta. Yo saliendo del baño. Espío los titulares. “Paro docente”, “Ganó Boca”, “Otro micro que vuelca”. Abrir en esa página y ver la foto de un TAC tumbado sobre la ruta fueron dos actos reflejos instantáneos, de los cuáles podría concluirse que muy dentro de mí esperaba ver esa foto. Luego, el desvelo. Lo comento, por la tarde, con alguno de los pibes y me ayuda a desexorcisar la idea a costa de bromas, y uno, hasta me sugiere recortar la foto del diario y pegarla con cinta en la tele de nuestro bondi.
 ¿Dónde quedaron esos dos puntos que hurtamos al título? Susto y sangre: Ángela los encontrará en el hospital y se los llevará en la mano.
 ¿Qué hacer? Poner humor. Hasta es cacofónico pensarlo.
 La joda no prospera. El Negro no arranca. Compremos vino. Medio faso. En ´30 sale el bondi. No da más la murga de los renegados. Pido la bendición por teléfono. Remis, moto y en qué milonga nos metimos, no llegamos ni en pedo, pero... 9:10, Liniers galpón infernal de chapas hirvientes y sin asientos. Presente el diablo. El TAC, con demora desde Retiro.
 Sudor y ansiedad. Locutorio de la terminal de ómnibus. “Hola Negro. ¿Qué hacés? No lo podés creer, ¿no? Que parece una película, sí, pero si realmente tu perro percibió con alguna fibra de la que nosotros carecemos, si él intuyó la muerte, ¿no estaría salvándote la vida?, ¿y si este TAC también vuelca? En ese caso, no te quedaría otra que volverte loco e irte a vivir a Chilecito, en lo alto de una montaña, con tu perro Luca, alejado, hacer crecer tu barba negra y contar miles de veces esta historia a todo aquél que te halle.”

De Damián a Clauro
Mensaje de texto: Micr se bambolea
                                     los pibes duros de miedo
                Leer?

 Y qué te digo si los choferes son dos pibes de 18 a 19 años. Magras siluetas ceñidas en uniforme de la empresa. Camisa blanca empapada y pantalón azul. “El aire no funciona” nos informa una cara cuya geografía presenta todos los accidentes conocidos: volcanes, arroyos, vallecitos.
 Abajo. Asientos 44 y 45. El Negro tenía el 43. Viejo suertudo del 42, vas a poder estirar las patas. Si, vos, dejá de sorber el sorbete, pajita.
 –Disculpen que ocupamos sus lugares; queremos estar todos juntos, ¿no les molesta?
 Familia tipo, dos hijas chicas, que mierda le vamos a decir. Habrá que subir y conformarse con lo que haiga, sí viejo del 42, con lo que haiga. Chau.
 Igualmente, si uno llegara a descorchar un vino, frente a ellos, se armaría gran revuelo. Ni hablar de un monedazo. Y si eso ocurriera, el bus se detendría en un costado de la banquina y seríamos convidados a descender, por medio de patadas hostiles e indignación colectiva (qué raro, el word acepta esta palabra sajona, bus, pero no acepta su propio nombre: word, word, word).
 Estornuda un viejo de bigote blanco, sentado junto a su mujer, ocupada en desenvolver el celofán de un caramelo que, habrá tenido el tino de elegir entre todos: un mediahora.
 Lo hace muy lentamente. L-e-n-t-a-m-e-n-t-e. Parece adivinar el largo viaje que nos espera. No hay aire. No había aire. El micro será zarandeado por el pampero o algún otro viento que frecuente las rutas del centro del país y del cual yo desconozco su nombre y, por ende, su existencia.
 Arriba podemos tomar tranquilo. ¿Este micro va para el valle de la frula?
 Lo único que sé, es que si vuelca, los primeros en palmar somos nosotros, servidores. Palmar de Entre Ríos, las papeleras, no hay mas vento, fray.
 Retrocedemos al jueves pasado. El Negro –no viaja porque su perro y todo eso, aunque aún él no lo sepa– y yo habíamos ido a sacar pasaje.
 Yo: Hola
 Vendedora de pasajes: Hola.
 Yo (simpático como siempre): Tres a Córdoba.
 Ella (distraída): ¿Arriba o abajo?
 Yo (risueño, chistoso): ¿Quiénes mueren primero en un accidente?, (qué chistoso)
 Ella (aún distraída, chequeando un mensajito de texto): Los de arriba.
 Yo (rematando): Entón, dame abajo.
 Todos: Risas. (qué grande que soy, siento que me la gané, tres o cuatro viajes más que haga a Córdoba y..., qué grande)
 Ella (ahora enérgica): Tomá idiota, te olvidás el vuelto.
  Un chiste, simple jueguito, no más de 30 a 45 segundos, viene en auxilio del incremento de esa sensación esquizo-paranoide, de una búsqueda, que al mismo tiempo es huida, de cierta meta, de un objeto que se aleja en su persecución, dando esa seguridad tantálica –y falsa– de eternidad pospuesta.
 El viaje sigue. La ruta, una sola. Se bifurca, vuelve a hacerse una, se extravía o regresa.
 Ojos ciegos bien abiertos. ¿Cuánto hace que miro por la ventanilla? ¿Siempre?
 He aprendido algo: No desenvuelvo un caramelo pero convierto cada acto, antes de ser ejecutado, en una ceremonia secreta, cuyos ritos solo yo conozco, desde bajar la mochila de la baulera, sacar la petaca, abrirla girando su tapita de metal, darle unos besos, después otros, hasta cruzar las piernas y reclinarme, haciendo la plancha en un mar interior de ginebra. Mitología de la ansiedad. Necesidad de colmar, en lo posible, los vacíos y el aburrimiento, a fin de roer unos cuantos minutos más, espaciar los movimientos de la mandíbula y olvidar así la fatiga anticipada del número de horas que faltan para llegar.
TENÍA NADA ENCIMA VACIO: MI VIAJE SERÁ CARO

De mamá a Damián
Mensaje de texto: Aque hora l
                                               llegan?
                Leer?

 Afino el lápiz. Hago cuentas. Cuento lo que hago.
 ¿Qué está fazendo, você? ¿Está faseando? Debe haber algún brasuca. Pero igual hay que esperar para pitar. Esperaresperaresperar. Rosario ahí vamos. ROSARIO. “Dale Damián”, pero no se levanta. Duerme con el cachete adherido a la felpita. “Dale”. Tarde. No hay tiempo. Habrá que esperar tres horas más, hasta llegar a Villa María. Que no es lo mismo que Jesús María, viejo shome del 42. Porque cuando el micro se detenga en Villa María, vos levantarás tu culo precipitadamente del asiento, como impulsado por algún resorte equívoco, hijo de tu ansiedad, te abrigarás con el sweter verde mientras se abre la puerta del micro, descargan tus bultos, luego, casi a saltitos, entrarás al bar de la estación, acomodándote en una mesa junto a la ventana que da a la calle y le preguntarás, excitado, al mozo:
 –Dígame, amigo, ¿a qué hora empieza el festival?
 –¿Qué festival, señor?
 –¿Cómo? ¿Usted dónde vive, en Florianópolis?
 –No, señor, aquí, en Villa María.
 –¿Cómo? ¿Villa María? Eh...
 –¿Le pasa algo?
 –¿Cuánto le debo?
 Luego de ese papelón, una vez que hayas garpado, viejo del 42, vas a correr tras el bondi, que ya no para hasta Córdoba capital, y solo mi hermano te ve y le avisa a los choferes.
  Hacía unos minutos, uno de ellos, de los conductores, el que sufría acné, se había dirigido a nosotros, justo cuando regresábamos de comprar una gaseosa, gualicho para exorcizar la papa en la boca: “¿No tendrían una tuca?”

De mamá a Damián
Mensaje de texto: cuando llegan?
             Leer?

Al fin.  Llegamos. Córdoba capital. Lugar de paso. ¿Cuántas veces he pasado, repasado por aquí? No se. No tengo el dibujo del mapa de Argentina, pero para mí, Córdoba es el centro, desde allí, aunque ahora debería decir desde aquí, desde la dopta, se puede ir para cualquier lugar.
 –No puede ser.
 –Pará un poco.
 –Si es un idiota, yo me voy a quejar cuanto llegue.
 –Cortala.
 El viejo y la vieja de enfrente pelean. Al chofer le gusta Castaneda y toda esa onda mística del vuelo. Ahora, frente a la subida de la terminal, no puede.
 ¿Debe subir en primera? No sé. Tercer intento. Una mujer policía, pito en boca, corta el tránsito de la avenida. Peyote, ayahuasca, paco. Al final lo logra. Aplausos del público. No morimos. No muerte. A-muerte. A-mort. Amor. Amorymuerte.

De mamá a Damián
Mensaje de texto: llegaron? xq no contestan?
                Leer?

 Chilecito suele tener clima seco. Hoy no, está húmedo y llovizna. Son 20:30. De noche y el camping lejos. Nos quedamos en un predio municipal y tolís.
 Armamos la carpa en el medio. Medio oscuro este parque y, por ahora, silencioso. Nos lavamos en una canilla. La fricción del dynamo resplandece con su ojo de vidrio.
 Sobacomanocarasobacomanocaracaracaramanosobaco....
 “Prendemo´ un fueguito y hacemos unas hamburguesas en ese costadito, ¿no?”.
 ¡Qué grande la parrilla de papá!, te salva en estas situaciones.
 Que grande yo que la traje. No mentira, en realidad la lleva Damián.
 Seguro ustedes no lo entienden porque viven acá, pero nosotros, mi hermano y yo, hace casi un día que viajamos, y transpiramos la camiseta en el micro (yo jugué pegado a la raya ), lo único que queremos y necesitamos es esto: lavarnos en cuero, exhibiendo tatuajes y aros, mear los árboles, fumar un fasito, hacer un fueguito, comer unos patys, tomar unos vinos, erutar, uno que otro dope, gritar, reírnos, molestar a la gente que pasa, no se qué es lo que los sorprende. Uno viene con la mejor de las intenciones, ¿no es cierto?, y se encuentra con miradas escrutadoras que parecen no compartir los hábitos tan bonitos que nos han legado.
 Será mejor que nos vayamos a dormir y nos despertemos, temprano, por la mañana, tomemos una combi a Santa Florentina, un lugar apartado de Chilecito y, ahí, levantemos nuestro pequeño iglú.

De Damián a Dany
 Mensaje de texto: Acá tamos en el asado
                                     + largo de la historia
                               Leer?

 Sí, en algún momento de la tarde nos invitan a comer unos chori, un sanguchito de nerca. Y al vesre porque está cerca. Porque en Chilecito, también, hay locos que les falta una tuerca. Porque estamos en Santa Florentina.
 Mediodía. Caminata. Curioso río amarillo. Un hilo vivo entre las rocas. Sedimentos arcillosos.
 Alrededor de las 15, antes de emprender nuestra marcha exploratoria por las afueras del pueblo, nos disponemos a tomar unos mates. Llegan un Renault 12 y una moto. Bajan hombres y cajas de vino. El silencio es herido por el cuartetazo. Guarden un poco de batería, muchachos, yo sé lo que les digo. De madrugada, cuando esté lloviendo, cuando el viejito Norberto haya cortado la luz del camping, cuando todas las bebidas ya han sido bebidas, cuando tengan que empujar, duros y ebrios, el auto, en la subidita, ahí, ahí te quiero ver.
 Hubo partidos de truco en una cantidad imposible de calcular. Los reyes, confundidos perdían sus coronas: los caballos vomitaban y la sota, extraviada, no reconocía su sexo y le guiñaba el ancho de basto al comodín. Hubo música, asado, alcohol. Hubo una escapada en moto. Sus nombres no los recuerdo. A nosotros nos invitaron a su mesa, ya tarde en la noche. Risas. Confraternidad interprovincial. Ellos, asesores del hermano de M…m.

De mamá a Damián
Mensaje de texto: que tal el tiempo
                                     ahí, acamanecio lluvia
                Leer?

 Acá no. El día pinta despejado. A la madrugada sí nos sorprendió una tormenta aunque, previsores, nosotros, ya estábamos dentro del iglú.
 De Chilecito hay que ir a Pagansillo. Solo desde allí se va a Talampaya, una de las curiosidades del viaje, un paisaje rocoso que, por azar, descubriera en la tapa de un cuaderno de ésos que usan algunos universitarios y guardan en el morral, junto al tabaco para armar, la armónica y una tapita de cerveza tomada en un recital gratuito en Plaza de Mayo y a favor de los derechos humanos.
 ¿Hay que subir qué? Hay que subir la Cuesta de Miranda. ¿Y eso que será? Tenía registrado el nombre, de haberlo leído en el mapa. La Cuesta de Miranda. Y cuesta. Porque el colectivo es un 1.11.14 destartalado, negro despintado. Y se le hace cuesta arriba al chofer, subir ese camino de cornisa. ¿Cuánto vale la vida? ¿La vida cuesta? Todos los días, esta gente hace semejante camino de ripio que semejante a una serpiente se enrosca en la montaña, desafiando al precipicio.
 Entre todo eso, un pueblo de albinos, que no recuerdo su nombre. La historia pasaba por un español albino. Al pan pan, albino vino. Este vino y se garchó a todas las minas que vivían ahí. No paraba de garchar. Esta licencia lexical, porque garchar queda feo, ¿no?, la tomo, solo porque me gusta tomar, si bien podría pensar en un lector, pero la verdad, la verdá, me chupa un huevo, un guevo, un buevo. Que vengan a este micro de mierda, que se pongan a escribir acá arriba. La cosa es que este gallego hijo de puta estaba meta garche. Le daba matraca a la cuñada, a la vecina, a la hija del dueño del bar donde se emborrachaba para después garchar, a la amiga de la hija. Bueno, hasta acá llegamos. El bondi retoma una ruta horizontal, normal. Podría decirse que la turbulencia interior amaina.

De Clauro a Damián
Mensaje de texto: y esta bueno fagancillo?
                Leer?
*aclaración: nuestro amigo está en Buenos Aires y por te. entendió cualquiera
De Damián a Clauro
Mensaje de texto: no nohay nada es el desierto
                Leer?

 Y en el desierto
                                                                                                                             paramos
un día.
 Es jueves, 6 AM y no hay radio. Hace frío, hace viento, es de noche y no parece quedar nadie vivo. A la ruta. Hay que esperar una trafic que te lleva y que te cobra. Talampaya es un flash. Visite Talampaya y si va de pepa, mejor. Secretaría de turismo de la provincia del garca con patillas. Vale la pena venir. También vale matar a todos los garcas que perjudican al pueblo.
Primero es necesario conocerlos y luego...
 Durante estos días existen conflictos, en Talampaya, ¿no es cierto?, entre una empresa privatizadora y los guías de la zona que trabajan haciendo excursiones. Sería bueno chequear dentro de un tiempo quién ganó esa pulseada. Obvio, ¿no? Imagino la callosa mano del guía, mano experimentada, escaladora, roja y de piedra como los farallones, contra la mano fofa del empresario blanca pocos pelos pecas y uñas comidas de ansiedades neuróticas. ¿Quién obtiene la victoria? Volver a Talampaya. Está bueno, nada más.

De mamá a Damián
Mensaje de texto: están comiendo bien?

 Sí, sánguches de mila y vino, en un pueblito camino al Valle de la Luna. ¿Cómo llegamos? No se, la pepa, bicicleta. Tomamos el Facundo. Llegamos a Los Baldecitos.
 Noto que con los años el cinturón del abdomen se ensancha si como como como. Si no como ni duermo puedo vivir en otra región –cerebral. La relación con el cuerpo es todo un tema. Si fumo fumo. Si no tomo, cuento los días, marco la pared con las garras que me crecen, como carne cruda. De la manera en que lo haría un recluso, cuento los días de libertad y anhelo esa prisión siniestra y egoísta. Egoína.
 La vida. La naturaleza. El amor. Los amigos. Sustantivos abstracto o colectivos. Parada chofer. Bajamos en Los Baldecitos.
 Pasaremos la noche. Nos llevarán unas chicas que trabajan en el museo de Ichigualasto. Apréndanse bien este nombre porque no lo repito. Pero cuando asomó, por esa ruta solitaria, un minibús, naciendo del crepúsculo, en paralelo a la luna, casi llena, un cuarto que de tan creciente ya nadie entraba, cuando el vehículo avanzó con lentitud hacia nosotros, se detuvo y del lado del acompañante, suavemente se bajó un vidrio polarizado… TODO PODÍA CAMBIAR TODO

 La visita al Valle de la Luna te deja con las ganas.
 Y yo prendido a las ganas de unos ojos en la luna de Valencia.