12.7.17

Hay que llevar un cuaderno, por Emilio Jurado Naón



Una generación está formada, ente otras cosas, por aquellos que se reúnen en torno a un problema; esto lo dijo Gabriel Cortiñas en Cuaderno del poema.

Hay algo anacrónico en Cuaderno. Uno se pone a pensar, mientras lee las notas, muchas cosas (las notas buscan eso: hacer pensar) y entre esas cosas está la duda acerca de qué es lo anacrónico de Cuaderno: no es el tono, no es la prosa, son algunas palabras que se pone a desmigajar.

Anacrónico NO ES un término peyorativo. Esto hay que aclararlo. Anacrónico señala una dislocación del tiempo, de la época; una incorrespondencia. Una palabra anacrónica no corresponde a su época (viene de OTRA). Entonces, ¿por qué el término anacrónico suena peyorativo? ¿Qué pasó para que nos viéramos en la necesidad de dar explicaciones? Palabras que caen en desuso; palabras que nos obligan a un mal uso, al uso malo. No corresponden.

Antes de seguir tomando notas, vuelvo a leer la dedicatoria que me dejó Gabriel Cortiñas en el ejemplar de Cuaderno del poema. En manuscrita, iza un saludo. Y la data dice “2017”, sé que dice “2017”, no podría ser de otra manera. Pero lo que se lee –lo que la manuscrita hace leer– es, claramente, inopinablemente, trazado con precisión: “2012”. ¿Desde dónde (desde cuándo) me escribe Gabriel Cortiñas? ¿Qué estaba haciendo yo, en 2012?

El anacronismo de Cuaderno está en las palabras, en algunos términos: valor, verdad, estética, propaganda, conservador, revolucionario, Ho Chi Minh, Simulcop, Chernobyl. ¿Cuándo pasa a sonar vieja una palabra? ¿Cuándo empieza a no corresponder con la época?
La palabra política sonó anacrónica en una época y después rejuveneció. En este instante podría estar envejeciendo de vuelta. Lo sabremos en algunos años.
¿Caen? ¿O son arrojadas? Al desuso.

Cuaderno del poema es consciente del tiempo de los términos, así como de las correspondencias e incorrespondencias entre época y lenguaje. Hay una batalla silenciosa entre estas notas breves. Y con esa batalla que susurra de fondo, Cuaderno arrima los términos y condiciones, las palabras que le interesan corresponder o bien discutir.
¿Y si no fueran las palabras, sino la época, la que no está correspondiendo?

No es ingenuo: propone, sí, pero también impone. Impone un alfabeto para pensar el poema y, en el mismo movimiento, se acerca como una propuesta. “Mirá, yo pienso esto, ¿qué te parece?”

Se lee en Cuaderno del poema: “Lo importante al momento de enfrentarse a un poema es que en esa construcción de sentido por parte del lector ocurra eso llamado pensamiento. Y no está mal o 'de más' el verbo obligar, ya que a diferencia de la prosa mercantil perezosa de consumo, el poema obliga a una lectura activa; moviliza los mecanismos que todo sujeto tiene para construir en el campo opuesto de lo unívoco.”

De manera explícita, este proceso se puede leer en Cuaderno cuando se pregunta por la procedencia de las palabras: “¿De dónde viene la palabras tensión?”, “¿De dónde viene la palabra distracción?” Así se arma el acervo: preguntándose. Los términos de Cuaderno son utilizados con una voluntad; son palabras de uso común, pero al ser sometidas a la reflexión no se limitan al lenguaje al uso: se sigue preguntando acerca de las posibilidades de cada término, su potencia. Fronteras, pero en movimiento.

La manera en que Cuaderno ensaya pensamientos sobre el poema abre preguntas a las que volverá más tarde para ensayar respuestas. Se inquiere a sí mismo, pone en tela de juicio enunciados categóricos. Todo esto invita a pensar en modos de la crítica.
Pero lo importante, pienso, lo que destaca a Cuaderno de otros ensayos de y sobre la crítica literaria, es esto último (no es un detalle, es el punto): los enunciados categóricos. Entonces, habría que dar vuelta el pensamiento: el valor de Cuaderno es que asume posiciones fuertes, categóricas, acerca de lo que cree que es y debe ser el poema, lo que es y debe ser la crítica, y luego, después, en ritornello, los pone en duda, se cuestiona, corrige o bien reafirma.

Subtítulo de una nota: La analogía y Cortiñas.
No voy a explayarme acerca de su afición por las analogías, pero sí voy a destacar que un (buen) uso del recurso se ve en las páginas de Cuaderno. La analogía fuerza una relación entre dos elementos para mostrarlos desde otro ángulo: como cuando dice que el poema de entretenimiento suena bonito, o sea, un pez que no es atún y se puede encontrar entre las latas del supermercado.
Uno queda susceptible a las analogías de Cuaderno; en cualquier momento puede aparecer una (un duelo de inteligencias y velocidad entre lector y Cuaderno para ver quién detecta antes la oportunidad de poner en relación dos series de sentido). Así, entre una reflexión teórica de alta densidad y una crítica de los poemas, por ejemplo, de Sergio Raimondi, aparece algún fragmento más “vivencial”, si se quiere, “cotidiano”, “narrativo”, si se me permite, que parece dar aire al lector sesudo.

Se lee: “La primera impresión de La Habana fue el olor al combustible mal quemado de los autos. Ese olor me persiguió todo el día. Después me explicaron que era porque muchos de esos motores, en su origen nafteros, tuvieron que ser convertidos a diésel.”

La nota da para respirar un seg... Pero el lector sesudo no descansa –no puede descansar: Cuaderno lo volvió sesudo y suda. Ya está pensando en una analogía: que Cortiñas, su Cuaderno, quiere convertir el motor del poema de naftero a diésel y hacerlo carburar mal; que la nafta mal quemada persiga al lector sesudo durante todo el día (aunque no esté, por supuesto, en La Habana).

Subtítulo de otra nota: La ventriloquia de Cortiñas.
Hay citas que se dan cita en Cuaderno, con una trampa: una trampa de la escritura para garantizar el juego limpio de la lectura crítica. Se citan textos de otros sin comillas, pero con la aclaración al final del párrafo (“esto lo dijo... tal”). El efecto es de extrañeza, sorpresa, contrariedad. Porque se empieza leyendo una afirmación que uno atribuye a Cortiñas y, de repente, esa afirmación le corresponde a otro. “Si la puso Cortiñas, Cortiñas está de acuerdo”, supone uno. Pero el golpe de extrañeza queda sonando. Como si Cuaderno quisiera poner de manifiesto el peso del preconcepto con el que carga todo lector (malintencionado por definición): frases de Keneth Goldsmith, de Carlos Mugica, de Raúl Zaffaroni. Uno no las hubiera pensado ahí, uno no las hubiera pensado en boca de esos nombres tampoco. Después del volantazo y la sorpresa, la argumentación de Cuaderno vuelve al carril e incorpora, a las disquisiciones sobre el poema, el tono y el enunciado de aquellas voces visitantes.

¿Cuaderno es un ensayo? ¿Una teoría?
Se lee: “La autorreflexión no como un mero decir acerca de lo que se hace sino como un hacer de otra manera eso que habitualmente se hace. Entonces, lo que hace falta es la misma práctica estética. Podríamos llegar a estar en un momento en que escasea la praxis. Lo estético es un proceso vincular, ¿cuál es la ley del movimiento del poema?”

Entonces, entre poner en práctica un poema y poner a andar la reflexión sobre el poema no habría distancia. Pienso que, si bien se puede decir que son pocos los ensayos que se conciben como una escritura poética, son aún menos los poemas que se conciben como un ensayo de la lengua.

Tomar notas sobre literatura es una manera de no dar el valor por sentado. No es obvio que Juan L. Ortiz es un gran poema (digo, poeta), parece decir Cuaderno. Y elabora una breve nota sobre Juanele. No es obvio que hay que leer literatura contemporánea, parece decir Cuaderno. Y elabora una breve nota sobre María Salgado.
El encuentro, en Cuaderno, de poemas canónicos y poemas contemporáneos, poemas de acá y poemas de allá, de España, Chile, El Salvador, obedecen a un doble propósito: señalar valor en esos textos y detectar qué movimientos en ellos habilitan a seguir pensando el poema. Dos propósitos que son el mismo.

Me gusta cómo Cuaderno de repente se pone pragmático: se para, mira y como si dijera ¿pero cuáles son los textos qué hacen esto, aquello? Los que más valen. Y enumera varios títulos de los últimos diez años que pueden ser considerados, según la estética que desarrolla, poemas.
Hay ahí una sinceridad y una necesidad de ser consigo sincero: ¿en qué poemas pienso cuando pienso en el poema? Y la sinceridad se extiende a una generosidad, la de nombrar con nombre propio tanto a los textos como a sus escritores.
No pienso esto como quien dice “hay que ser generoso con los colegas”; pienso más bien en los colegas como lectores (y, a la inversa, todos los lectores como colegas), las personas que nos acercamos a leer lo que hay en Cuaderno y encontramos ahí, no sólo definiciones, dudas, reflexiones y apuestas, sino también un índice de obras contemporáneas, nuevas herramientas con las que seguir trabajando.

¿A quién le habla Gabriel Cortiñas?”, podría preguntarse algún lector exigente. ¿De dónde sale esa pregunta? Una respuesta fácil sería: el Cuaderno del poema habla consigo mismo, son preguntas al interior de la reflexión poética por parte de su escriba (lector y escritor de poemas). Pero, no, hoy el Cuaderno se publica, se hace público. Entonces, a pesar de la conversación íntima que un cuaderno de notas puede aparentar, hay una intención fuerte hacia lo público. Exponer preguntas y convicciones estéticas constituye un gesto jugado sí, pero también (en este caso al menos), ese jugarse se juega para replantear el juego.

La única operación política de un texto es introducir en el tejido textual del tiempo por medio de la literatura aquello que le interesa; esto lo dijo Monique Wittig” en Cuaderno del poema. La operación de Cuaderno, uno malicia, quiere introducir en el tiempo literario eso que le interesa. Y quiere, él mismo, interesar, claro, porque sin quienes se interesen en la discusión de ciertos problemas, sin quienes se prendan a pensar en la disputa, no hay operación que rinda ni hay literatura que siga viva ni hay ni hay política.

Se podría decir que Cuaderno quiere una sociedad distinta y ejecuta una práctica prefigurativa (ese término hermoso) con la idea en la frente. ¿Qué clase de sociedad quiere Cuaderno? ¿Distinta en qué? Dice y hace; se lee: “una sociedad más abierta o propensa a la pregunta (y, por ende, una sociedad que le otorga más espacio a lo nuevo)”.

Hay que llevar un cuaderno para leer Cuaderno del poema



08/07/2017 – La Sede, Villa Crespo.