1.7.10

Chaplin - prelude

preludio




ANTES QUE se inaugurara el puente de Westminster, la calle Kennington no era más que un camino tan estrecho que sólo lo podían transitar caballos pero no carros. Después de 1750, se construyó un camino directo que unía al puente con Brighton. En consecuencia, la calle Kennington, donde transcurrió la mayor parte de mi infancia, ostentaba hermosas casas de valor arquitectónico, con balcones de hierro forjado, desde donde sus habitantes, alguna vez, vieron pasar a Jorge IV rumbo a Brighton.

Hacia mediados del siglo XIX, la mayor parte de las casas se deterioraron y se conviertieron en pensiones y habitaciones de alquiler. Sin embargo, todavía quedaban algunas intactas en las que vivían médicos, prósperos comerciantes y estrellas del teatro de variedades. Todos los domingos por la mañana, frente a alguna casa de la calle Kennington, había un coche tirado por elegantes caballos, preparado para llevar a un actor de vodevil a quince kilómetros de distancia, hasta Norwood o Merton. Después, en el camino de vuelta, se detenía en la puerta de distintas tabernas de la calle Kennington: The White Horse, The Horns y The Tankard.

Como un chico de doce años, yo solía pararme en frente de The Tankard y mirar a esos ilustres señores que bajaban de sus carruajes y entraban a la sala del bar, en donde la élite del vodevil se encontraba, como era la costumbre de los domingos, a tomar un último trago antes de volver a sus casas para almorzar. Qué glamurosos eran, vestidos con sus trajes a cuadros y bombines grises, brillando sus anillos de diamantes y los alfileres de sus corbatas. Los domingos, a las dos de la tarde, la cantina cerraba sus puertas y sus ocupantes se reunían afuera para perder el tiempo un rato más antes de decirse entre ellos adiós; yo los miraba larga y fijamente fascinado y divertido, porque algunos caminaban con un aire arrogante y ridículo.

Cuando el último si iba por su camino, era como si el sol se escondiera detrás de una nube. Y yo volvía a la hilera de casas abandonadas y en ruinas que aparecía a ambos lados de la calle Kennington, hasta llegar al número 3 de la calle Pownall Terrace, y subía las desvencijadas escaleras que llevaban a nuestra pequeña buhardilla. La casa era deprimente y el aire estaba contaminado con restos rancios de agua sucia y ropas viejas. Ese domingo en particular, mamá estaba sentada mirando fijamente a través de la ventana. Se dio vuelta para mirarme y me sonrió débilmente. La habitación era asfixiante, apenas un poco más de trece metros cuadrados, pero parecía más chica y el techo inclinado parecía más bajo. La mesa apoyada sobre una de las paredes, estaba llena de platos sucios y tazas de té; y en el rincón, ceñido contra la pared más baja, había una vieja cama de hierro que mamá había pintado de blanco. Entre la cama y la ventana había un pequeño hogar y a los pies de la cama, un viejo sillón que se abría y se convertía en cama, donde dormía mi hermano Sydney. Pero ahora Sydney se había ido a navegar.

La habitación estaba más deprimente ese domingo porque mamá, por alguna razón, había descuidado arreglarla. Ella usualmente la mantenía limpia, era una mujer inteligente, alegre y aún joven, todavía no había cumplido treinta y siete años, y era capaz de hacer que esa miserable buhardilla resplandeciera de radiante comodidad. Sobre todo, en una mañana de domingo invernal, cuando ella me hubiera podido llevar el desayuno a la cama y yo hubiera despertado en una pequeña y prolija habitación, iluminada por un fuego débil y mirar la tetera humeante sobre la hornalla y un bacalao o un arenque ahumado cerca de la rejilla de la chimenea, puesto ahí para que se mantuviera caliente, mientras ella preparaba las tostadas. La presencia alegre de mamá, lo acogedor de la habitación, el suave repiqueteo del agua hirviendo dentro de nuestra tetera de barro mientras yo leía mi historieta semanal, eran los placeres de una serena mañana de domingo.

Pero ese domingo ella se sentó desganadamente, a mirar por la ventana. En los últimos tres días ella ha estado sentada en la ventana, extrañamente inmóvil y preocupada. Yo sabía que estaba preocupada. Sydney estaba en el mar y hacía dos meses que no sabíamos nada de él, y la máquina de coser alquilada con la que ella luchaba para mantenernos, se la habían llevado porque no había cumplido el plazo para pagar las cuotas (un procedimiento que no era inusual). Y mi propia contribución de cinco chelines semanales, que ganaba dando clases de baile, había terminado repentinamente.

Era apenas consciente de la crisis, porque vivíamos en una continua crisis; y, siendo sólo un chico, rechazaba todas las preocupaciones con una gentil tendencia al olvido. Como siempre, volvía corriendo a casa, con mamá, después de la escuela, para hacer los mandados, vaciaba los desperdicios de la calle y llevaba un balde con agua fresca, después, iba apurado hacia lo de los Mc Carthy, en donde pasaba la tarde – cualquier cosa para escapar de nuestra deprimente buhardilla.

Los Mc Carthy eran antiguos amigos de mamá que había conocido en sus días de vodevil. Ellos vivían en un confortable departamento en la mejor parte de la calle Kennington, y en comparación con nosotros, llevaban una vida muy holgada. Los Mc Carthy tenían un hijo, Wally, con quien yo jugaba hasta el anochecer, y siempre estaba invitado a tomar el té. Por prolongar esto tuve muchas comidas ahí. De vez en cuando, la señora Mc Carthy me preguntaba por mamá, que por qué no la veía desde hacía tanto tiempo. Y yo inventaba alguna excusa, porque desde que mamá encontró la adversidad rara vez veía a alguno de sus amigos del teatro.

Por supuesto, había veces en las que me quedaba en casa, y mamá hacía té y pan frito empapado en un jugo de carne que yo saboreaba, y por una hora ella me leía, porque era una excelente lectora, y yo descubría el placer de la compañía de mamá y me daba cuenta que disfrutaba más quedándome en casa que yendo a lo de los Mc Carthy.

Y ahora, cuando entré a la habitación, ella se dio vuelta y me miró con un aire de reproche. Quedé estupefacto por su apariencia; estaba flaca y demacrada y sus ojos parecían los de alguien atormentado. Una inefable tristeza me sobrevino, estaba en un dilema entre la urgencia de quedarme en casa y hacerle compañía y el deseo de escapar de toda esa miseria. Ella me miró apáticamente:
– ¿Por qué no vas a la casa de los Mc Carthy?– me dijo.
Yo estaba al borde de las lágrimas.
– Porque quiero quedarme con vos.
Se dio vuelta y fijó su mirada perdida en la ventana.
– Andá a la casa de los Mc Carthy y quedate a cenar ahí. Acá no hay nada para vos.
Sentí el reproche en su tono de voz, pero no le di importancia.
– Voy a ir, si eso es lo que querés– dije débilmente.
Ella sonrió consternada y me acarició la cabeza.
– Sí, sí, andá.

Y aunque le supliqué que me dejara quedar, ella insistió en que me fuera. Entonces me fui con una sensación de culpa, dejándola sentada, sola, en esa miserable buhardilla, sin saber que en los próximos días un terrible destino la esperaba.




Charles Chaplin. My Autobiography, (1964)


Traducción: Mirta Nicolás