7.2.23

Imperio austrohúngaro, por Santiago Armando

  

1 de enero, 2023

 

Pax Djeerlings verdaderos

En la trinitaria gondwania

Hasta la pax del plata oh

El parca del plata

Que te cocina la fugazzeta rápida en el

Hornito elétrico

Y jardincito superpoderoso para

Los superpoderes

 

 

 

Ciudad Gótica (Lamento)

 

a Gustavo Arrabal, in memoriam

 

Me sacaban de mi cabaña

a fin de mes por temporada

Puerto Iguazú, Misiones

y todos en la joda

todo bien de joda

o rascándose los bolas

a dieciséis manos

y con guita pero

Hawks, también, los Jokers

rapiña de plata

en el ojo

y todo hermoso

pero si caés en desgracia

te rajan primero

tus amigos de cuatro décadas

de fugazzetas en Monrmartre

de noches inolvidables,

de largas temporadas

de laburo codo a codo

todos te desconocen

y no te queda nadie

en Ciudad Gótica

tus íntimos de escuchar discos

tus cumpas amantes del arte

también, rapiña, alta

rapiña

y solo te atajan

las putas y los gitanos

de Ciudad Gótica

te llevan al rancho

te dan de comer

no te joden

te dejan reponerte

dormir

tomarte todo el tiempo

te garchan, te la chupan

y te dicen, te dicen las cosas

en la cara

simple y directo

lo que nadie, solo

las putas y los gitanos

de Ciudad Gótica

todo lo demás

profunda miseria,

y vergonzoso anatema.

.pero.

ese sería un final feliz

para Ciudad Gótica

con putas y gitanos,

entonces, tus íntimos de antaño

te ven por la calle

con tus nuevas compañías

de putas, gitanos

y te pasan de soslayo el águila

que te ve tiernito

apunto en desgracia

por las calles

de Ciudad Gótica

para llamar a tus viejos

a que te guarden

en un loquero clandestino

de Galeno

y limpiarte

de Ciudad Gótica.

 

 

parece que quedó una pascualina

de la semana santa pasada

le digo a mamá

delante de la mucama

abriendo la heladera

 

 

para mi funeral mango

para mi sepultura

en campo santo

ramsamsam.mp

no le den bola

al link celeste

solo es mi alias

de mercado pago

 

 

 

"Pecar de ingenuidad"

 

De ingenuidad

pueden pecar

los filósofos

los políticos, etc

largo etc

un infinito hecho de polvo

de viejos zorros cínicos, etc

polvo que hollamos

para consuelo y ¡ETC!

porque

la ingenuidad

no es un pecado

para Dios


 

Larreta

 

Siempre fue un prometedor

sombrillero art decó, pensé

pero no

solo era

un cualunque amarillo

Mario Bros.

 

Larreta es un Walter Esohn,

Y se bebe la guasca

Y se fuma el sorete

 

En realidad yo no escribo

yo sueño, en realidad

Santiago Armando está ahí

durmiendo en su cama

y lo miro y es feo

un piojo con panza

un poco más prolijo

desde que se cortó el pelo y yo

me lo chupo

soy su holograma

que sale del modem de internet

chino, marca Huawei

que le encajó en su cuarto

el peor electricista del mundo

cuando hicieron esta casa

 

 

UBA

 

Materia: Semiología, del ingreso

CBC, año 1996,

el profesor afrancesado decía,

"¡No sé por qué!

¡Ya no se habla de lucha armada!"

un maricón

de pelo blanco con rulos

y pañuelito

y esperé hasta el parcial

para contestarle

que se haga culear

arriba de la tapa del piano,

y me fui

para no volver más, pero

fatigué infructuosamente

los cedros azules.

 

 

 

12 de enero, 2023

 

Hoy venía caminando por mi barrio,

barrio cerrado en Benavidez, Tigre,

y para mi grata sorpresa, lleno

de judíos ortodoxos

que alquilaron, esta temporada,

con sus ropajes campesinos del siglo XIX,

indiferentes al calor como yo.

 

Venía yo caminando calle abajo

hacia los puchos de siempre

del almacén paraguayo

y veo una Jeep Renegade parada

en mitad de la calle,

algo normal en mi barrio,

pero atrás venía, también

un viejo tractor John Deere

con el acoplado cargado

con el personal de mantenimiento de parques

que al saludarme

no vieron a esa mujer parada

en su Jeep Renegade negro

y me di vuelta

para ver justo

como el conductor del tractor verde

trataba de doblar, infructuosamente

para no partir al medio la Renegade, para no

matar a esa mujer

y alcanzó a doblar

por la fugazzeta del color

pero igual

el viejo tractor John Deere

aun doblando

reventó la camionetita al medio y

le bajó todos los vidrios

con un delicioso sonido crocante

y yo

al ver que no había,

gracias a Dios, ningún herido,

proseguí caminando hacia los puchos,

que de nuevo

aumentaron.


 

Me compré:

Dios y la Patria se lo demanden,

archivos secretos

de la Política Argentina

(1930-2019),

de don Tata Yofre;

El Buenos Aires de Oberdán Rocamora,

y

Los Reventados,

de don Jorge Asís, nuevos,

por:

3650 pesos,

(diez dólares) en

mercado libre.

y me fui.

 

 

Ya no estoy

Para estar vigil

Cuarenta horas

Por cuatro de sueño

A mis

46 abriles

Seis menos cinco AM

Y amanece sonando

El último de Megadeth

 

 

21 de enero

 

Vine al mundo

con la

vergüenza de ser pobre

bajo el brazo, me digo

pero, eso

eso lo inventaron los yanquis

y sigo

ése fue

el gran evento

o invento, pero

¿?

de dónde habrá salido eso

el burgués pierde la religión

y la imaginación

¡celoso, de no pedir nada!

es horrible el mundo

como dijo Osvaldo

"campo de concentración.

al que es importante entrar"

cada vez me convenzo más

de que tengo que seguir

mangando

aunque sea como pose, eso

escribir mis poses

y mi oración:

bajo la gloria del Padre

prefiero tener la mano extendida

que el ojete apretado.

 

 

 

Mi miseria, vientito

y se me acaba el puchito y

le pido a Dios un puchito

y se lleva a mi mamá

que me los compra, ojito jito

¿qué sería yo sin puchitos,

cuando se vayan mis padres?

¡eso es muy fácil de ver!

sería un hombre en la calle

mangando puchitos, che

hace mucho que no mango puchitos:

2001 orwelliano

pidiendo puchito

¡me mandaban a laburar todos!

y en Santa Fé y Julián Álvarez

lo vi a Galtieri paseando lento

con espejados

y un gran chambergo

el pucho ayuda, me dijo

a ser pobre

y recuerdo

mi largo poema

de la última semana santa

que Dios me daba maná de fumar

y yo le vi cara de Marx,

ese papá noel también

se fumaba sus buenas pipas,

y en el Borda yo mangaba

con los cara chupada,

moneditas de 0,05

que vendían en el barcito de adentro

ah ese barcito

con los mantelitos chinos

era todo chiquito y chino

donde buscaba el puchito

con mi monedita

de 0,05

 

Yo estaba en la puerta del domo nuevo del subte en plaza constitución

esperando a un tipo

que me trajera una biografía de Nerval, la mejor

baratísima, esas

que solo pueden estar regaladas

porque la gente descarta obras de arte

y yo con la platita justa en el puño apretado esperando

lleno de canas

que cada tanto mostraban que se llevaban un fisura

que de los alrededores cruzaban la nueva plaza macrista

y apareció esa señora

creo que tenía más que esos 400 pesitos, sí,

dos lucas

para ver si encontraba algo en Corrientes

y apareció la Señora, una matrona polaca

medio gitana

gorda, con un vestido muy viejo

con un puñado de billetes de diez entre las manos toscas

y me dijo que estaba juntando para una comida

y yo no supe (le dije no tengo)

que era Cristo mismo mangándome a mi

para que la señora haga su comida para pibitos

para crotitos

para viejitos

no supe que nunca sería perfecto

y solo fui, qué:

otro negador más

 

 

 

Y con los niños

 

Estaba en un bar de Santiago de Chile,

barrio Bella Vista

comiendo unos camarones pil pil

con una Cusqueña

tremendamente a gusto

pero levanté la vista

para ver a los parroquianos

y vi una mujer hermosísima

con un embarazo muy avanzado

con un galán fornido

bebiendo un clericó luminoso

y todo se me atravesó y la puta madre

otra vez, claro, me pasa como a Tarantino

que hace sus películas

cambiando el final por uno feliz

de famosas tragedias

porque yo

no sabía aún

que durante mi concepción

para aplacarse por

una operación de vesícula

de las de antes

mi viejo estaba pegado

con la morfina

y en mi final Tarantini de

peripatético de terraza

ensayo mi pose

de que me paro

me acerco a la mesa de la señora

con mi carnet de discapacitado,

de esquizofrénico, y le digo: Señora

vea, soy discapacitado

por mi padre morfinónamo,

tenga piedad de su bebe

y no beba

a pocas semanas del parto, pero

en realidad, la escena chilena de ellos

el vestido

la figura la panza la luz el galán

y todo

era demasiado bella

 

 

 

Me acuerdo cuando pusieron en la tele

a la gordita colombiana

para hablar de sexo,

la mojigata

Alejandra Rampolla

y me acuerdo de sus clases

de tirar la goma

para la platea

de Telefé y EL 13

abrían mucho la boca

boca bien grande

sin succión

muy equivocada esa forma

¿de dónde sacaron ese modelo,

de una muñeca de goma?

¿de donde salió, por Dios,

ese modelo

de tirar la goma?

del 72% al 85%

de las argentinas que me tocaron

sacando judías y montoneras, todas

me tiraron mal la goma,

las felatrices todas

de la cultura

tiran mal la goma

porque veían el programa

de Alejandra Rampolla

 

 

 

El Caramelito

 

Adriana Brodsky

se casó con el Tata Yofre

cuando asumió Menem

1989, trece años yo

y agarré la guía

y pasaba las páginas

buscando el nombre

de Juan Bautista Yofre

para hablar con mi amada

a lo del Jefe de la SIDE llamaba

a lo del Secretario de Inteligencia

que entonces

estaba casado con Adriana, la única

mi amada

y siempre atendía un tipo y decía

¿Quién es?, y yo

¿Está Adriana?

¡Pero quién es!

decía la voz, y yo

decía:

Soy El Caramelito,

¿puedo hablar con Adriana?

17.1.23

Estar un poco loco, por Javier Fernández Paupy

 

Guillermo Ueno promueve en una cárcel rosarina, desde hace más de dos años y una vez al mes, un taller de fotografía con los internos. Ueno insiste en decir que su participación es periférica –creo que su modestia lo lleva a exagerar– y participa del espacio porque las fundadoras de Foto Crazy, Valeria Galliso y Paula Scaroni, lo invitaron en el 2015. La idea de los talleres surgió de algo que escuchaban mucho decir a los presos sobre sus propios recuerdos: Tengo una foto en la cabeza. En esos talleres de cuatro horas, desde su encierro y con los pocos recursos de un penitenciario, trafican formas de libertad. Foto Crazy piensa y propone pensar, desde un marco no formal, situaciones, conversaciones y relatos alrededor de la experiencia del arte.

 

A principios de 2016, Guillermo Ueno y Federico Hoffmann fantasearon, para recreación y entretenimiento de los presos, ofrecer un concierto. Después, Federico sugirió invitar a su padre, Sergio Denis. Durante más de 25 años, la estrella pop dio recitales a beneficencia en cárceles, cotolengos, leprosarios, lugares donde la sociedad esconde a gente con enfermedades raras. Cuando toqué en Olmos, dice Sergio, fui con gusto, pero les dije a los que organizaban que la próxima vez armen un escenario en el medio del patio, ahí hay cinco cuerpos de edificios, un tanque de agua de miles de litros y capacidad para 5.000 presos. Después cuenta que también tocó en Ezeiza y en la cárcel de máxima seguridad de Rawson.

 

La Unidad de Detención nº 3 del Servicio Penitenciario de la provincia de Santa Fé es una edificación antigua que ocupa una manzana, la que va de Estanislao Zeballos a Richieri a Suipacha a Pellegrini, y tiene la entrada por Zeballos 2951. Cuando la ronda de saludos terminó o parecía terminar, Sergio encaró al subjefe del correccional, alcalde mayor Jesús Fernández Waldemar, y le preguntó cuántos presos hay en la cárcel. 280, divididos en ocho pabellones, dijo el mayor con esa precisión de la que cierta gente parece disfrutar. ¿Y cuántos nos van a ver tocar?, preguntó el cantante. La respuesta, en castrense tono afirmativo, de Waldemar, no pareció gustarle a Denis. Waldemar le explicó que hacen siete recreos diarios para que no se crucen porque hay mucha gresca entre los presos de los distintos pabellones. Los que mandan, los que tallan, son los del pabellón de narcos, y los más odiados son los del pabellón de violaciones; los de robos y homicidios son más silvestres. A Sergio Denis la idea de tocar para un grupo reducido no le gustó. Quería tocar para todos los presos. Pero eso es imposible, explicó Waldemar, los violadores no se mezclan con los narcos. Entonces Denis pidió pasar por los pabellones a saludar y tocar con Federico, aunque sea, compases sueltos de sus canciones con acompañamiento de guitarra. No tengo la certeza de darle la seguridad que necesitan en todos los pabellones, insistió Waldemar. El cantor popular y el alcalde mayor negociaron un rato. Sergio, remera y pantalones chupines bordó, saco blanco de Giesso, zapatos marrones; Waldemar todo de negro y azul. Después de una tanda de agradecimientos, demanda de fotos y autógrafos, en la que no faltó ni el pedido de un celador de grabarle un mensaje de voz para su madre, una persona de barba y anteojos con un grabador apuntándolo, preguntó a Denis: ¿Qué es para usted venir a tocar acá? Para mí es estar en contacto con la gente a través de la música, dijo, sin ninguna diferencia. Hace muchos años que lo hago, después paré un poco. Fui a las cárceles de mayor seguridad, cárceles de mujeres, penales de chicos y humildemente hago lo que puedo hacer con mi música. Si a un ser humano que está en desgracia le llevás música y algo lo mueve en el corazón a mí también me mueve. Después, un pastor adventista de un grupo de rehabilitación que funciona en el penal, se acercó para regalarle una Biblia de tapa dura.

 

Tocaron en el patio con seis árboles viejos y puertas enrejadas que llevan al servicio médico, un gimnasio de pocas máquinas, una capilla y los baños. Durante el concierto, algunos presos tomaban jugo de naranja con hielo. Cantaron con entusiasmo manifiesto la línea que dice: Quiero amarte y estar un poco loco, y los aires de cumbia de la canción que arenga: Todos los domingos, todos los domingos, los envolvió en una situación quizás amena. Hoffmann tocó una canción de su último disco, Los regalos, acompañándose con la guitarra. La parte en que cantó: Y quito una a una las espinas en la noche asesina mientras todos los fantasmas se me acercan y me piden que les de calor, generó, por lo que pude ver, rumores e identifiación entre los presos que repetían la palabra “fantasmas”, viéndose entre sí, entre risas, como si supieran algo del tema que no todos sabemos. Guillermo Ueno filmó el recital. Motor y Carlitos operaron desde uno de los bancos de ladrillos rojos donde estaba escrito con liquid paper: Mamá grasias x ser como sos te amo viejita tu ijo Diego O. Rivera 1/07/2016, Geraldin mi vida y mi rason de seguir t.k.m. Rio Paraná.

 

Después del concierto, Sergio Denis y Federico Hoffmann –Hoffmann, en alemán, significa hombre de pueblo– entraron a cuatro pabellones. Según Denis, los presos devolvieron mucho amor y no hubo nada feo. Se saludaban con las manos. Federico tocó con su guitarra unos acordes y Sergio cantó: Vos sos la aventura… Estaban contentos de haber visitado esos pabellones. Estrecharon la mano de muchos de los que viven en esos espacios con patios de celda compartida. Aguante Central, Sergio, gritó alguien. Muy pocos prefirieron agachar la cabeza. Mucho gusto Federico, dijo otro, con misterioso aplomo de lama. Pero Sergio tenía alguna queja, traés música para darle alegría a los presos y al final tocás para los canas y los asistentes sociales. Digan lo que digan los demás, llevar alegría a una cárcel es un acto revolucionario.

 

*

Foto Crazy es un proyecto de investigación y creación artística que cruza formas como la fotografía, el video, la escritura y la improvisación performática. Surge en 2011, a partir de talleres organizados por sus fundadoras, Valeria Galliso y Paula Scaroni, con internos de la Unidad Penitenciaria nº 11 de Piñero, a 20 kilómetros de Rosario. En Foto Crazy hay una instancia que emparenta al arte con la delincuencia o el escapismo y algo de la malversación (détournement) de la que habló Guy Debord. Según palabras de sus integrantes, surge del deseo de salir de los encierros. También parte del presupuesto de que una verdad estética y una idea original no están necesariamente ligadas al mundo de las convenciones de los artistas formados. Si es cierto que el arte padece un mal porque está en manos de un solo grupo social, Foto Crazy  despliega una variante desde la imaginación y burla ese estado de cosas. Según escribieron los mismos presos en una de sus publicaciones plaqueteras, Foto Crazy es un paseo sin esposas, son las ganas de convertir en otra cosa el último verdugueo, es el momento en el que el dolor de muela para, aunque ahí siguen las caries y el buraco, es una risa desubicada, que contagia, en medio de una película pésima.

 


Tomado de: Jennifer, 13 de enero, 2017.-

7.1.23

La enfermedad de escribir, por Charles Bukowski

 


Charles Bukowski a John Fante:


     (2 de diciembre de 1979)

 

Me gustó oír el final de tu novela por teléfono; como siempre, material de primera. Me levantó la moral saber que sigues escribiendo igual de bien que siempre. Fuiste mi principal fuente de energía y después de tantos años vuelves a serlo.

Estoy atravesando un período de sequía, cosa rara en mí. No digo que todo lo que he escrito sea excepcional, sino que nunca he dejado de hacerlo, salvo últimamente. Bueno, la otra noche escribí varios poemas, pero no es lo mismo. Le he hablado mal a Linda e incluso le di una patada al gato. Detesto comportarme como un divo, pero si no escribo me pongo enfermo, dejo de reír y de escuchar música clásica en la radio y cuando me miro en el espejo veo a un hombre mezquino, de ojos pequeños y rostro amarillento... Demacrado, inútil, como un higo seco. Cuando se deja de escribir, ¿qué nos queda? La rutina. Movimientos mecánicos. Pensamientos huecos. No soporto la monotonía.

Escuchar a Joyce leyendo el final de la novela, escuchar la llama de la pasión y el valor de Fante me ha sacado del letargo. La botella de vino está abierta y la radio encendida y voy a poner papel en la máquina de escribir y, gracias a ti, las palabras llegarán de nuevo. Llegarán gracias a Céline y Dos y Hamsun, pero sobre todo gracias a ti. No sé de dónde has sacado el talento, pero los dioses te dieron de sobra. Para mí has sido, y eres, más importante que cualquier otro hombre vivo o muerto. Tenía que decírtelo. Ahora vuelvo a sonreír un poco. Gracias, Arturo (Bandini).

 

 

A John Fante:

 

     (31 enero de 1979)

  

Gracias por la excelente carta. Recibir una carta tuya me produce un sentimiento de lo más extraño. Han pasado décadas desde que leyera por primera vez Pregúntale al polvo. Martin me envió fotocopias de la novela, he empezado a leerla de nuevo y es tan buena como la recordaba. Es mi novela favorita junto con Crimen y castigo, de Dos,y Viaje..., de Céline. Perdona que no te contestara antes pero ando metido en muchas cosas: un guión, la corrección de un guión ajeno, un relato, y también bebo, apuesto a los caballos y me peleo con mi novia y voy a ver a mi hija, luego me siento mal y luego bien, y todo lo demás. Perdí tu carta, y mira que estaba orgulloso de ella, y anoche la encontré, había estado usando el sobre para anotar sugerencias para la corrección del guión (una adaptación de mi primera novela Cartero). Aquí llueve y te escribo a toda prisa porque quiero ir al banco para cobrar un cheque para ir al hipódromo mañana.

Tus libros me ayudaron, me hicieron sentir que es posible escribir y dejar que las emociones salgan a flote. Nadie lo ha hecho tan bien como tú. Voy a leer el libro poco a poco para saborearlo, y espero escribir un prólogo que esté a la altura. (H.L) Mencken tenía buen ojo, entre otras cosas, y creo que ya era hora que un talento como el tuyo reapareciese, y aunque Black Sparrow no es una editorial neoyorquina tiene prestigio y empuje y es posible que sus libros perduren más y que no solo los lea el gran público, que se traga todo lo que le eche Nueva York.

Me alegra saber de ti, Fante, sin duda alguna eres el número uno. En cuanto acabe el libro, escribiré el prólogo y te lo enviaré para ver qué te parece. Mis mejores deseos para tu mujer e hijo. Hoy llueve y mañana la pista estará embarrada pero pensaré en ti y en la suerte que tengo de poder contar al mundo por qué Pregúntale al polvo es tan buena. Gracias, sí, sí, sí...

 



Tomado de: La enfermedad de escribir, Anagrama, Barcelona, 2021.
Edición y traducción: Abel Debritto
Título de la edición original: On Writing, Eco, Nueva York, 2015.


21.12.22

Temporada de conquistas, por José A. García

  

 

 

Al amanecer del día siguiente supe que algo había cambiado; se sentía como algo similar al rumor lejano de un dolor de cabeza que avanza poco a poco, al principio podemos engañarnos creyendo que no se encuentra allí o que es una molestia diferente, luego comienza a crecer y su presencia se vuelve innegable. Podía hacerme el desentendido, pero sólo estaría engañándome a mí mismo y, al igual que las veces anteriores, terminaría sintiéndome peor.

                Todo había comenzado cuando separé apenas los postigos de una de las ventanas de la cabaña, oteé el aún oscuro amanecer y aspiré la brisa. Entre el aroma de la orina de los caballos en el corral, el de la madera cortada los días anteriores en la leñera, la tierra removida detrás del cobertizo, los últimos rescoldos apagándose en el hogar con la marmita, la fermentación de la levadura para el pan del día y la lluvia cercana, sentí su aroma. Ella regresaba una vez más.

                No tenía tiempo para perder, si me era posible sentir su aroma era porque se encontraba demasiado cerca preparando su ataque mientras yo dormía desprevenido. Como pude, sin siquiera terminar de vestirme, huí de la cabaña para esconderme entre los árboles cercanos donde arrojaba la ceniza sabiendo que podía caminar sobre ella sin hacer el menor ruido. Allí, escondido en medio del sotobosque, la vi llegar.

                Llevaba el vestido blanco casi transparente que, aunque de paño suelto, le marcaba muy bien el cuerpo. Ella lo sabía, yo lo sabía. Completaban su atuendo el cabello enmarañado y el rostro apenas pintado para no distraer con minucias y concentrarse sólo en lo importante. El arco, el carcaj lleno de flechas y la ballesta no me molestaban tanto como los brazaletes de bronce. En verdad venía preparada y lo único que tenía conmigo era mi torso descubierto y una pequeña daga escondida en una de las botas. Con mis propios brazaletes olvidados en la cabaña llevaba todas las de perder. Y no sería la primera vez.

                Se quedó de pie fuera de la cabaña, la puerta abierta le decía que yo ya no estaba allí; buscó las huellas que inevitablemente dejara en la tierra y que no llegara a borrar. Pero esa no era mi primera temporada de conquistas, por lo que cuando llegó a las cenizas no me encontró allí.

                Creí estar conduciéndola hacia el pequeño arroyo cercano, luego supe que era lo que ella pretendía desde el principio, solo dejó que creyera que no era así. Caí en su trampa como un principiante.

                Un poco de barro, cáñamo tensado a la altura de los pies, el golpe de una rama y pierdo el equilibrio cayendo al agua que se lleva las botas y la pequeña daga. Quedo a su merced, lo sé en cuanto logro salir de la corriente y la encuentro de pie en la ribera opuesta. Desde ese lugar me lanza una, dos, tres flechas de advertencia, una que no acepto y echo a correr nuevamente sin dirección entre los matorrales sintiendo como las piedras, las ortigas y cualquier otra cosa que hubiera por allí cortan las plantas de mis pies; su risa, diabólica, sensual, sugerente, también me persigue. No puedo volver a la cabaña que quedó del otro lado, no tengo armas, no tengo los brazaletes de conquista, no tengo más ideas, sólo me queda esperar a que mi resistencia física sea mayor que la suya. Aunque, sabiendo que ni siquiera pude desayunar y la noche anterior apenas sí cené alguna cosa, lo dudo.

                De alguna manera surge d entre los árboles frente a mí, como si conociera los pasos que ni yo mismo sabía que daría, o hubiera corrido en círculos. Esta vez sus flechas no son advertencias, son heridas directas pero leves en mis brazos, en mis piernas. Su puntería es perfecta con la ballesta, lo sé, podría matarme más de una vez si así lo quisiera, pero no es lo que quiere.

                Nos enredamos en un abrazo que poco tiene de tal revolcándonos entre mordiscos, rasguños, sangre que mancha su vestido, cabellos que se meten en mi boca, entre hojas secas, tierra, barro e insectos que huyen de nosotros y, en medio de todo eso, uno de sus brazaletes acaba en mi brazo. Eso pone punto final a la lucha.

                Regreso a la cabaña derrotado. Caminando unos pasos más atrás Ella no deja de sonreír.

                Compartimos el pan, la cama, el día, la noche. Como ella fue quien logró la conquista es quien decido qué y cuánto hacemos, yo sólo puedo cumplir con sus demandas lo mejor que me es posible.

                Al amanecer del día siguiente supe que algo había cambiado; se sentía como algo similar al rumor lejano de un dolor de cabeza que avanza poco a poco. Podría ser eso, o algo diferente, como la ausencia del habitual ardor de sus rasguños en mi espalda, pero esa, aunque mínima, no era la única. Su brazalete continuaba en mi mano, como una señal, una marca. Mirándolo supe que la temporada de conquistas se había terminado para mí, al menos hasta que acabara de engendrar nuestra próxima camada de cachorros.

                Deberé buscar la forma de que la siguiente vez sea ella quien los engendre. Tengo varias lunas por delante para planear mi conquista, algo se me ocurrirá.

20.11.22

¿Qué es o qué no es Los Pincén?, por Nadia Gómez

La historia del indio mestizo trabada con la historia de los antepasados familiares, los Roca y los Shoo, podría ser una novela de aventuras desopilante y sangrienta, un western criollo en clave de parodia, podría ser una tragedia política de ajuste de cuentas con la historiografía oficial-familiar y en ese sentido sí,  progre, higiénica, digamos justa pero

 

Los Pincén (Omnívora, 2022) hace una pirueta alternativa al maniqueísmo  y se entrevera en un entremedio incómodo para implosionar discursos heredados. Quien escribe el libro, personaje, narrador e investigador del texto pertenece a un clan  cuyo abolengo y hazañas militares sabemos, hemos leído, sentaron, torcieron la identidad patria. Carlos Roca, el tío abuelo Bebi, escribe a su hermano Quique una serie de cartas en las que se propone reconstruir la historia familiar. En la portada de su proyecto, una foto de Segundo Roca, padre de Julio Argentino. La aventura mnemotécnica de tío Bebi es el punto de partida, una de las excusas, Dónde está la tumba del cacique legendario, otra excusa que pone en marcha este gran artefacto narrativo-poético que es Los Pincén.

 

Todo el libro se lee como una novela en la que cabe todo, tal como se leía antes del siglo XIX, libertad compositiva, alternancia de narración y digresión (o, si se prefiere, de narración y reflexión) mezcla de géneros.

 

De  un experimento que trasvasa fronteras para enrostrarnos un berenjenal discursivo,: testimonios orales de la familia, lo que escribió Dionisio Shoo Lastra, el pariente por  el lado de los Shoo que publicó El indio del desierto, La lanza rota y Alarido, fuente del tío Bebi en su Los Roca y los Shoo que lo lee y lo recita y lo desvía, las conversaciones con Taretita, la abuela centenaria más los desvíos que el autor  propone en lo que lee de Bebi, y en lo que Bebi no escribió y no podría haber escrito y por eso mismo exige que alguien lo escriba

 

Relato de intereses diversos empezado con un tono, engordado a pedido.

 

Año 2016: Milagro Sala es detenida por instigadora del orden social, el mismo verano que se empieza a escribir Los Pincén.

 

Leemos en página 83: “Yo no quiero contar historias de indios. Yo voy a contar historias de indios. Yo no soy indio, qué te creés. Ese es indio, me dijo. Yo no quiero contar las historias de los sin voz., de los que fueron acallados. Sí me gustaría contar de los que se callaron por propia voluntad, pero como no hablaron, no hablaron porque no quieren, no sé qué podría decir”.

 

Hablar de y no por, modular una voz en una lengua que no le ha sido robada ni suprimida sino que al contrario detenta y ostenta es tomar posición.

¿Por qué escribir sobre ese indio, terror de los fortines al que el coronel Villegas le perdona la vida y Ataliva Roca le concede el derecho a un rancho en tierras pampas ya repartidas? ¿Por qué escribir sobre el periplo vital de ese indio con todo lo que  en ese nombre regurgita de la herida patria se postula como cosa distinta al progresismo en su sentido acomodaticio y servil a las buenas conciencias? Tal vez esa sea la gran pregunta que vertebra el libro, e  instala, quien escribe, en el medio como un carozo de  fruta despeluzado, agrietado y  en confesa descomposición. 

 

Leemos en página 100: “Yo quería hechos y verdad la verdad de los hechos los hechos de verdad. Yo quería a la bisnieta de Pincén (...) Yo quería pedir perdón por mi familia pero sin decir la palabra perdón”.

 

En el Prefacio a Metahistoria, Hayden White identifica estrategias que los historiadores emplean para obtener “efectos explicativos” de los datos del pasado, esas estrategias serían lo que emparenta la labor historiográfica con la literatura, organizar en una estructura narrativa hechos acontecidos supone una configuración que se vale de moldes del lenguaje, tropos, propone White,  y  por eso esa configuración sería de naturaleza poética.

 

Leemos en nota al pie de página 70: “Buscarle la vuelta a la prosa para buscarle la vuelta al tema para buscarle la vuelta al libro de Bebi, que se mostraba ahí, imperturbable, como origen negro del neoroquismo que estábamos sufriendo en el país”.

 

La historia como poética, decía.

 

Un epígrafe del Popoh Vulh, el origan como postulación fabulosa, irremediablemente incorroborable.

 

Boroas, pueblo migrante que llega de Chile hasta tierras pampeanas cuyos caciques supieron tener cautivas españolas , mezclas étnicas, alianzas, sangre. Periplo de migración  y muerte que   se narra con el carácter hipotético de un recuerdo imaginado en vidas pasadas.  Seis veces se arranca con quizá o se obtura una frase con ese adverbio sospechoso. Y cada largo párrafo empieza con un “O no”, una conjunción negada, una unión que levanta sospecha sobre la información. Cito: “El origen detrás del origen detrás del origen del nombre” hay que leerlo al pie de la letra, Valle verde es Carhué, y la historia de ese poblamiento no es vana llega hasta Los Pincén. Una historia en la que los boroganos fueron  también realistas y patriotas, aunque distinto. En cualquier caso, no se trata de “hacer hablar a los indios” aunque sí, aunque no. La deriva terminológica del nombre boroas, borogas, boroganos condensa: exterminios, huidas, asimilaciones, nuevas mudanzas forzadas. La palabra como documento encriptado y aproximado de vida.

 

Y ahí el discurso historiográfico se vuelve música. La sintaxis hace rodeos impensados. Frases que duran más de lo que se llega poder decir con una sola toma de aire y cuya excesiva prolongación atenta contra el sentido que se va armando por decantación inversa, como ocurre con la rumiación,  Los Pincén nos exige una lectura enrevesada, de idas y vueltas acaso un procedimiento que coincide con una escritura que parece pensada frase a frase sin ninguna improvisación cuyos matices s se esculpen con técnica.

 

Sentido, decía que  vamos armando con el ojo en una lectura abductiva, podemos dar por cierto un fondo, aunque lo que se arma desde ese fondo materialmente corroborable empieza a ser un desvío probable, si, una serie de desvíos que nos convencen de que así podrían haber sido las cosas después de todo.

 

Una genealogía india que  sirve para ir abriendo relaciones entre Pincén y los Roca, en este registro particular que abre Jurado Naón en la reescritura, comentario , enmienda a Los Roca y los Shoo de Bebi, ese texto que el nieto lenguaraz le roba o le toma prestado o le plagia  y le oye decir  palabra por palabra  y del que se repetirán con fuerza alucinatoria segmentos en conversaciones seniles y que se van ordenando como una impostura a lo largo del libro como hipótesis y desvíos. Notas al pie de palabras robadas de contexto, contextualizadas, re contextualizadas.

 

Felisa Shoo esposa de Agustín Roca  dormía en su estancia cuando un malón al mando de Vicente Pincén casi se la lleva cautiva. Ese episodio le deja una afección cardíaca, Felisa Shoo, sin embargo, pudo haber sido secuestrada, como otras que sí lo fueron, una biografía hipotética que nos entretuvo insufriblemente con la fuerza centrípeta de una escritura envolvente  y aditiva sin puntos, literalmente, una extensa oración con acontecimientos posibles que se extiende tres páginas y que de alguna manera, tangencial y burlona, exhibirían el miedo, el gran miedo del tío abuelo Roca de quedar del otro lado de la frontera, fuera de casa, allá lejos en la intemperie sin la luz dorada de los candelabros y el tapiz antiguo en los pies y de lo que ese casi cautiva  que retardaría el traqueteado corazón de Felisa hubiera supuesto para la parentela bien. Procedimiento que se replica en el final del libro  pero en el siglo XX, cronología de las acciones probables.

 

Emilio Jurado Naón juega con la memoria familiar y al completar en un registro potencial  las opciones que la escritura del pariente obturada por la propia posición social, las posibilidades que la  historia fáctica no arrojó, las posibilidades que la propia imaginación demencial permiten postular hace estallar el referente, nos enrostra que la historia  es, sobre todo, relato. 

 

“Los Pincén representan tres escalones descendentes de una historia de salvajes.” Escribe , el tío abuelo, Carlos A. Roca, y Emilio Jurado Naón se lo imagina mientras escribe con la ansiedad de subir la escalera pisando aquellos tres escalones, cada escalón una cabeza de indio.

 

No se trata de negar la referencialidad de los hechos para dejar todo en el limbo de la especulación del lenguaje sino subrayar que a la hora de escribir, se sabe, sabemos, los acontecimientos pasan por un tamiz y esa modulación es una manera de entenderlos, de ofrecerlos a los otros. Cito: “Representar es realizar una interpretación e interpretar se vuelve un acto de representación.” (p. 72) También Ricoeur sumó un aporte a la discusión sobre el discurso historiográfico y ahí aparece lo de la manipulación de los documentos, eso del archivo al que se hace hablar.

 

En cualquier caso, de eso se trata Los Pincén, ¿no es cierto? Un artefacto curioso que deliberadamente explora diversas estrategias para mostrar el envés del relato cronológico,, para hacer polvo el documento, para jugar con la enunciación ajena, ideológicamente marcada, desmarcándola con una nueva enunciación. 

 

Leemos en la página inicial: “el odio es debería ser combustible”. Podríamos seguir jugando con las asociaciones paradigmáticas a la que prestan las palabras así combinadas, odio como  deseo que lubrica los intersticios de los discursos pacatos, ideológicamente tramposos y enmascarados tras la pose objetiva y neutral,

 

El odio deseante y explosivo que recorre una escritura  llena de humo radas para hacerse leve, eterna y opaca. 

 

El gesto es revolver el cajón de las medias del tío abuelo disfónico, de las joyitas heredadas, de la opulencia complicada de ese apellido que se abraza como deleitable al mismo tiempo que se reconoce como criminal. Qué voz propia se modula, se posiciona, digamos, en el conjunto de esos puntos de partida, cada nombre elegido supone una forma de reimprimir al referente.

 

Charqui o charque, carne sometida a un largo proceso de deshidratación para ser un comestible duradero, una analogía con la escritura,  desnaturalización de la lengua, extrañamiento..  Una disquisición, digresión, diatriba contra, cito: “Una prosa pobre o devaluada que apareció bajo la hipótesis de la sinceridad y contra la hipocresía”

 

Deleitarse, entonces, con las frases que escribió tío Bebi, fuera de la prosa historicista, es también una posición no hipócrita. Abrazar el cuento del pasado que llega de las mujeres de la familia, como las nanas infantiles entrañables, a la vez que terroríficas, nanas del pasado familiar cantado por estas señoras que podían despreciar a la chusma misteriosa y a sus lanzas dispuestas a penetrar en el patio, en la alcoba opulenta, en la comodidad del hogar amoroso. Abrazar esas nanas para desafectarlas, quitarles el afecto y mostrar qué dice la voz entrañable de los parientes, oficiar como el lenguaraz Vargas, un traidor sonriente, el allegado a los Roca que sabe la lengua pampa, ese problema de tener un secreto en la lengua, una papa caliente entre los dientes, porque decir y no decir es mucho más que pronunciar una frase, es decidir un destino, desviarlo, hacerle justicia o no.

 

El mestizaje, después de todo, por la sangre compartida y derramada, la sangre que supo pisarse después de descabezar salvajes, mestizaje por usurpación material de tierras, de nombres, el mestizaje, ese cruce entre fronteras territoriales, étnicas, lingüísticas  es el gran tema de Los Pincen.

 

En “Consejo y Confidencia”, Mansilla elige un epígrafe que menciona al primer naturalista que hizo avances en la anatomía comparada y dice : “Cuvier ha podido reconstruir todo un mundo de animales fósiles mediante algunos huesos y dientes. Pero con algunas ideas y frases apenas se puede bosquejar imperfectamente un carácter.”   Una charla en la que Mansilla,  discurre, alrededor de cuatro párrafos, acerca de las correspondencias entre la obra y su autor.

 

Para Mansilla memorias, autobiografías, retratos, reportajes serían géneros de interés, confesiones públicas de sus autores aunque no necesariamente un aporte al conocimiento humano.  Las afirmaciones, claro, empiezan a enrarecerse, a salirse de la recta, bifurcar la pregunta inicial o por lo menos de la invitación del título que no termina de resolverse del todo sino que da paso a un ejercicio   un poco egotista en el que el autor nos  da una clase acerca de la necesidad que tuvo de ser sincero, de mostrarse tal cual es y ofrece un semblante medio delirante acerca de sí mismo al punto de afirmar que es un violento, tan violento que podría descender a uno de los escabrosos embudos de Dante aunque con un consuelo: no haber sido hipócrita sobre la tierra. Pese al didactismo y a ese juego indagatorio sobre su persona que rápidamente nos preguntamos hacia dónde va, el ejercicio es bastante entretenido.

 

Algo de ese ejercicio egotista al que no le podemos creer del todo explota en Charque, en lo que tiene de diagnóstico de época, de indagación sobre la propia lengua y la historia familiar. Anatomista de los cadáveres familiares, los huesos del árbol genealógico se van poniendo de pie en una versión fantástica e  incorroborable de la historia de los Roca y los Shoo.

 

Cuvier con algunos dientes y huesos erigió la hipótesis de una civilización animal demencial, inmensa, ¿bastan algunas frases e ideas para reconstruir un carácter? La carne que le falta a los huesos de la parentela nuclear  despunta en  un documento escrito del tío abuelo Bebi compuesto a su vez  de las historias oídas por Papá Marcos, por  todas las disquisiciones que Bebi, Papá Marcos, las tías y los menos famosos de la familia grande van armando en torno a las andanzas de los Roca hasta llegar a un Pincén siglo XX, carne que ahora Emilio, un carroñero profesional, vivisecciona , rellena y coce como un matambre tremendo y sazonado. 

 

No es discreto. No es amable. No es tierno. No se lee rápido. No se lee de un tirón. 

No pide lectores amistosos. ¿Qué relación se tensa entre la cultura, el negocio de lo cultural, la enunciación de una época, las  políticas de la amistad literaria en este libro que coquetea con las contradicciones?

 

Volver en el final sobre el aviso de comienzo del libro  que firma el autor y que hace al montaje atado con alambre de eso que él confiesa haber estirado y que con alambre atado, un alambre que en “Charque” se hace púa nos hace pensar en una deliberada apuesta por la por exhibir un posicionamiento que arde, que va saltando como si el piso se hiciera de lava que no quiere escribir sobre indios porque no es indio porque no hace hablar lo que no es y porque en eso hay una genuina voluntad de no violentar una traducción. 

 

Hay sí un regodeo, obsceno y juguetón en torno a la lengua del enemigo, digamos, la lengua que en el propio seno familiar ha sostenido las historias en torno a la Familia Grande y que es la propia lengua que se ama y se fisura, se puebla de llagas, se hace doler. Este libro en el que Emilio Jurado Naón investiga su lengua, la somete a una vivisección voluntaria, la despelleja, la ve de atrás para desandar un carácter, una voz que no busca en los bordes de la  verdad, que no tiene miedo a recorrer la sombra del relato, incluso ridiculizarse, crecer egóticamente hasta parecer invencible, derrapar. Ese gesto, exhibir en los reveses de la lengua la sombra de la historia con y sin mayúscula conjura, con alambre, el cinismo de la cultura  y de nuestra época.