2.2.26

Manual místico para abrir, por Noe Vera

  

(Sobre Las bandidas abren el tesoro, ¡qué suerte!, Bahía Blanca, Vox/Lux, 2025)

 

De Las bandidas abren el tesoro, ¡qué suerte!, de Lucía Caleta, quiero decir poco, porque todo lo que importa pasa cuando se lo lee. Como cuando en la niñez te leen en voz alta algo que te atrapa y no querés que ese momento se termine nunca. Porque es puro disfrute y al otro día pedís que te lo lean de nuevo, lo amás el doble y entrás en el planeta de los sueños con una sonrisa dibujada.

Empecemos por el título, que transmite una alegría niña. Te dice desde el principio que algo termina ¿o empieza? Muy bien. Hay un tesoro y va a ser abierto por las heroínas. ¡Qué suerte! Desde el primer poema, además, sabremos que nuestras bandidas van calzadas, toman a su paso lo que quieren sin tener que hacer ojitos, son centauras, motomamis, pistean a la par que cuidan la montaña. Esa es su misión. Y una vez que el tesoro les es dado, lo liberan: lo dejan al viento, lo llevan de paseo en sus naves majestuosas.

Liberar el tesoro, vaya consigna política para un día como estos que nos tocan. Todo lo que ellas hacen tiene un sentido trascendental. Las bandidas viven en una casa grande todas juntas y actúan guiadas en pos de un bien que es colectivo, nunca individual. Guardianar la montaña de la contaminación capitalista villana es una tarea que les fue asignada por una voz divina. La del mismo tesoro que además les pide que creen una canción, una que pueda cantarse por todos los “yoes” del mundo. Quienes tengan el poder, en esta poética, van a tener que incluir.

Y ¿quiénes tienen el poder y la suerte en esta historia? Las pandilleras que son mil y están rotas pero juntas y se la juegan. Juntas no temen. Se llevan bien, son guarida, una máquina de hacer justicia o hechizos, que es lo mismo.

En otro poema hay unas lobeznas huérfanas que son alimentadas por humanas, una reversión del mito de Rómulo y Remo, lobitas nutridas por unas poetas nodrizas, quedan piponas. Cuando se despiden, las nodrizas, se pronuncian así: “Para no perder tu / animal / aprender a domar / no está mal / no quererlo todo / disciplinar a la fuerza/ desconocida/ no está mal / no quererlo todo.” Esto les dicen cual oráculo a las bandidas. Y ellas maman de todo ese manantial lácteo verbal. Se fortalecen, toman las palabras de aquellas en quienes creen como hoja de ruta, camino a seguir, plan sagrado. De eso habla este libro.

Hay mucha mística y algunos poemas en primera persona que hurgan en el origen de la fe, una suerte de memorias sobre personajes y momentos que hicieron prender una llamita interna, una manera de escuchar y de ver que tiene que ver primero con creer. Me gusta pensar que estas memorias, estas historias, pertenecen al pasado de algunas bandidas. Como la máquina de los conjuros que es una señora que enseña a una niña a curar. O esas adolescentes que se arman frente al espejo (como todas las adolescentes) y que se miran sosteniendo un arma, posando juntas y viéndose poderosas por primera vez. O como la virgen que se fuma un pucho que es una mancha de humedad que una de las amigas ve abajo de su cama y a la que le trae suerte. Las amigas hacen fila para verla cada día, la ven linda, la ven sonreír, podría ser una de ellas. Y si no la ven, practican, se aprenden oraciones para atraer la aparición. Porque un golpe de suerte así, se parece a renacer y en estos poemas se dice que nacer es espectacular.

Las heroínas de estas historias son renacidas, se aventuran a un mundo que va creándose a su paso, leyendo los mensajes que traen las piedras, los animales, las nubes y por qué no sus corazones que también son sagrados. Me atrevo a decir que Las bandidas… es el segundo libro de una saga que empezó en Una reacción en cadena y un conjunto (Palabras amarillas, 2022) donde asistimos a los efectos de un big bang que instala una especie de mito fundacional para tiempos venideros, un mundo nuevo, en grado cero. Las protagonistas de estos poemas bien podrían ser las habitantes de ese mundo y vienen a desplegar, horizontal, una épica coral creativa y renovadora.

“Si cuento una buena historia, las personas me respetarán más” dice el epílogo de este libro que es un manifiesto de ternura y se llama “Dónde depositás tu fe”. Y yo, quiero que sepa, Lucía Caleta, que la mega mil respeto.

Lo último: este libro dan ganas de leerlo en voz alta a nuestras ídolas en común. Porque, de alguna manera, está escrito con ellas, gracias a ellas, para ellas. Se lo leería a Donna, a Úrsula, a Rosalía, a Terry, a Liliana, a Lucrecia, a Lucía, a Björk, a Pedro, a Tamara. La autora de Las bandidas… se atreve a preguntarse si seremos todas unas hermanas galácticas de otros tiempos y espacios. Puede ser, hay personas de esta lista que ya no viven. Lo que sé es que lo escucharían hoy, en 2025, con un brillo en los ojos, lágrimas chochas y la misma sonrisa en la cara que tuvieron de chicas. Y pedirían más, ¡otra vez! Porque estos poemas, llenos de musiquita y ritmo duro, de rimas graciosas y elegantes, de aventuras y fantasías, nos recuerdan que a cualquier edad leer puede ser un placer y un mimo.