4.1.26

Un trayecto urbano, por Javier Fernández Paupy

 

Bajo del 152 en la puerta del salón Pueyrredón. La cara pintada de Santiago Maldonado. El puente y el cielo. La avenida atravesada por colectivos y autos, motos, camiones. Un minuto en la pared de una pizzería en Santa Fe, esquina Godoy Cruz. Veo pasar colectivos de líneas 39, 55, 60, 59, 161, 68, 108, 139, 67, 194, 12, 29. Es un afluente de colectivos, ruido de motores, frenos, chirridos metálicos. El espacio está saturado de olores mecánicos, de personas en tránsito continuo.

Santa Fe y Juan B. Justo. Estación Palermo. Línea San Martín. Próximo tren 13 minutos destino PILAR. Un croto entra en los baños. Un guardia de seguridad apostado en la puerta del baño. “LIBROS A PRECIOS MUY BARATOS”. El vendedor pelado con barba blanca, absorto en una fotocopia, con un resaltador en la mano. Este hombre que ahora veo concentrado leyendo Alexis de Toqueville y que después, en una conversación que ahora no viene al caso, compararía el estilo del aristócrata francés con el de Karl Popper; prosa racional y organizada, mirada analítica sobre la sociedad, estilo demostrativo, casi didáctico.

Camino el andén. 11:10 de la mañana llega el tren. Desde la estación Palermo, en donde estoy, son seis estaciones por delante antes de Caseros. Por la ventanilla veo una perspectiva de carteles. Anuncian espacio disponible para publicitar y ofrecen un número de teléfono. El cielo cubierto de nubes. Hay asientos libres en el vagón.

Conversan en el asiento de al lado. Risas. El lento rumor de sus conversaciones. Más de ocho personas absortas en sus auriculares. Cuatro con anteojos de sol. El tren llega a la estación Villa Crespo. Movimiento. Una madre con su bebé, qué frágil y, a la vez, poderosa parece con su hijito a cuestas.

Entre los demás pasajeros que van y vienen por los pasillos del tren, dos caras de aburrimiento, aisladas en las pantallas de sus celulares. Personas solas. Cinco guardias del tren vestidos con pantalones y chombas negras, en un asiento doble, enfrentados, uno de pie. Risas y anécdotas, viendo el paisaje por la ventanilla.

Una chica ofrece: “¡Chipas 2 x 1.000 las chipas!”. “¡Buen día, chipas!”. Desde la ventanilla, tanques de agua, terrazas recubiertas con membrana, techos de chapa. El tren pasa por un cementerio, entre las estaciones Villa Crespo y La Paternal.

“Buen día, permiso. Son dos resaltadores, dos lapiceras y un liquid paper. Son cinco artículos FILBOX por 1.000 pesos”. La vendedora camina por los pasillos. “Por mil pesos nada más”, repite, tambaleándose por el pasillo. Veo pintadas en los bordes del andén. Construcciones precarias a la vera del tren. Pintadas en los túneles de La Paternal.

Una vendedora de colitas de pelo avisa posibilidades de pago: “¡Transferencia, Mercadoooooo!”. Lleva un carrito plegable con gomitas de pelo. Un señor con una visera dada vuelta, orejas salidas, parece de más de 70 años, ofrece estampitas asiento por asiento.

11:22 AM suena la sirena y se abren las puertas del tren. Después suena un silbato y otra vez la bocina eléctrica. Estación Villa del Parque. Pizarra eléctrica del otro extremo del vagón. “Usted está en estación Retiro. Combinación con las líneas C y E del subterráneo. Estación terminal. Todos los pasajeros deben descender de la formación”. Después aparece la leyenda en inglés. “All passengers must get off the train”.

Pasa una vendedora que dice: “Para proteger la pantalla de tu celular. Vidrios templados”. Lleva una caja y muestra los protectores. Después recorre el pasillo otro vendedor: “Alfajores con dulce de leche bañados con chocolate”. Ofrece, cuando llegamos a la estación Sáenz Peña: “Riquísimos alfajores… Todos con fecha de vencimiento…”.

El tren deja la estación. A las 11:32 AM llega a Santos Lugares, justo cuando un vendedor deja entre los asientos una bolsa con bandas elásticas para el pelo. Enseguida un vendedor de chocolate dice: “Vale 1.000 pesos nada más” y agrega: “Una delicia de chocolate”.

11:30 el tren llega a la estación Caseros. 11:32 AM camino por el andén. Lo recuerdo. Lo había olvidado. Hasta la salida, donde marco la tarjeta SUBE, así como la hice en la entrada, me desplazo con naturalidad. El viaje cuesta $720.

Camino por el espacio que rodea la estación. Delante del kiosco de diarios y revistas intervenido y pintado con el estilo del fileteado porteño. “Para vos canilla”, dice sobre un fondo negro, en una especie de escudo sobre una superficie verde. “Sos el estribillo de un tango que arranca… allá entre las teclas de una redacción”.

Atravieso la Plaza de la Unidad Nacional. Cercado por rejas negras, dos banderas y un cartel que dice: “CASEROS MONUMENTO AL CENTENARIO DE SU FUNDACIÓN 1892 – 23 DE FEBRERO DE 1992”. En esta plazoleta se encuentra el archivo histórico de la municipalidad de Tres de Febrero.

Tomo la calle Juan Bautista Alberdi, desde el 4.888. Las calles transitadas. Instituto Abate José Rey. Tienda de artículos para el hogar Easy, a la izquierda. El paredón de la Planta Industrial Caseros, Klaukol. “CON LOS JUBILADOS NO”, dice en letras blancas y celestes en el muro que separa la calle de la fábrica. La fábrica Silka. La fábrica de ginebra Llave. Otra pintada que dice “CON LOS JUBILADOS NO” y lleva como firma la leyenda PJ BETTY NUÑEZ.

Después, retomo el camino, siempre por la calle Juan Bautista Alberdi.

12:22 estoy en la estación Caseros para volver a Palermo. “Vení, abuela”, dice un niño con guardapolvo escolar. Hay muchas personas en el andén. En los cortes de pelo, en el estilo de los tatuajes, en el tono de sus voces, alguien podría establecer matices y diferencias entre las personas con las que comparto el andén y las que había en la estación Palermo.

Todos los asientos ocupados. Treinta personas de pie alrededor. Un hombre lee; una chica teje sentada al lado de una señora que mira alelada la pantalla de su celular. Una mujer con un bebé upa parece más indefensa, a la vez más libre y desprovista de mochilas, bolsos y atavíos que los demás pasajeros. Miradas cansadas de adultos con gorra. Agotamiento en sus miradas y en la postura de sus cuerpos, espaldas encorvadas.

Celulares, auriculares, anteojos negros. Desde la ventanilla se ven formaciones de trenes abandonados en las paralelas. El tramo entre la estación Caseros y Santos Lugares dura 7 minutos. Una persona, reducida en su butaca, duerme con la boca abierta.

Al lado mío veo a tres personas estupefactas frente a las pantallas de sus celulares. Una serie o una película a la derecha; un chat a la izquierda. Paisaje agreste desde la ventanilla. Imágenes en movimiento. Pequeños desplazamientos en el pasillo.

Estación Sáenz Peña. 12:33 AM. Dos minutos después el tren llega a la estación Devoto. “Jesús, una iglesia para todos”. Zinguería. Villa del Parque. Un vendedor ambulante discapacitado hace un esfuerzo por dejar una banda elástica en el respaldo de cada butaca. Camina con dificultad.

Una nena que no parece tener más de cinco años sostiene con sus dos manos un teléfono celular y lo mira, abismada. La Paternal. Cielo gris. Seis personas pasmadas delante de sus pantallas. La persona que dormía con la boca abierta sigue durmiendo pero ahora con la boca cerrada. Una chica reconcentrada se mira reflejada en la pantalla con la cámara invertida.

Villa Crespo. El estadio de Atlanta. Caras expectantes, caras cansadas, hartazgo del viaje. Camino por el tren en movimiento. A medida que me acerco al vagón furgón, el clima cambia. La música cambia. “Amigo, ¿tenés mujer?”, me dice un niño tocándome el brazo y mostrándome un volante que ofrece servicios sexuales.

12:53 llegamos a la estación Palermo.