27.5.12

La mancha de los adioses, por Isabel Steinberg



El pasado es impredecible.
(Proverbio armenio)


Ayer se le impuso: “chocolatines con pasas de uva”. Iba en el subte, llegaba a la estación Entre Ríos. La frase no podía ser menos ambigua. Momentos antes ella pensaba en la imperiosa necesidad que la llevaba a ponerse los anteojos oscuros justamente en un lugar tan poco encandilante como el subte. Lo que encandila-pensaba- es esa marea de miradas desconcertadas y estúpidas, ese balanceo caliente y fatigoso, esa intemperie de pozo.
Chocolatines con pasas de uva fue lo último que le dio a David, cuando las paladas del sepulturero tiraron los primeros montones de tierra. En mil novecientos setenta y cinco no le era desconocido el olor barnizado de los funerales, el olor de los funerales de los cuerpos jóvenes.
Pero aquel funeral era diferente a todos: esa tarde de abril, en el cementerio de La Tablada convergían, se mezclaban, se embarullaban atrozmente todos los nombres: David, Armando, Ilan-do-Parca, Robi, Revolución, Judío, Sefaradí, Habibi.
La Parca E Kui. Aquella agorera iluminación que dos meses antes había leído sobre el cielo de Petrópolis se imponía como una alucinación verdadera. Aquella alucinación que, inspirada por la musa lisérgica, había escrito en el cielo a la manera de una historieta, se le derretía ahora entre las manos sucias por el chocolatín que tardaba en soltar, bajo el sol de abril, para atrasar la despedida. Una idea la consolaba dulcemente: su sudor, mezclado con el chocolate y la tierra y todo lo que se desprendía, iba a fusionarse con David.
Enterrada en un oscuro bar cerca del cementerio escribió algunas frases y una poesía.
Las frases eran desordenadas: “Yo me imagino David que tu alma bulle. Bulle y se revuelve. Si bullir es agitarse una cosa con movimiento similar al del agua cuando hierve. Bulle y se revuelve para acercárteme, para tocarte el cuerpo que ya no es el tuyo, el cuerpo infladito, hinchado, espantosado. En ese estado sin casa, sin cuerpo, tu alma se esparce y ablanda, se estira y se esfuma, se esperpentiza. En ese entre-dos formas todo se te aparece desmesurado y palpitante. Como en un instante de sentimiento perfumado, aspiras. En el verdeazul de lo intermedio todo cobra una causalidad infantil. ¿Cómo llamar a ese recuerdo de sol atravesado por partículas de polvo? ¿Cómo nombrar?
¿Cómo gritar? Cerca de mí alguien habla del altruismo suicida, de la locura, del dolor. ¿Quién puede querer vivir?- se me ocurre.¿Quién puede querer vivir con el cálido aliento de este muerto en la garganta?¿Quién puede querer vivir con esa boca de sepulcro en el pecho.”

La poesía que escribió ese día de abril de mil novecientos setenta y cinco, a los veinte años, era ésta:
Finalmente
No busco más lenguajes conocidos.
No encontré los ojos que devuelvan el gastado reflejo.
No los busco.
Creo haberlos visto una vez encerrados en la tierra.
Tengo las llaves del reconocimiento, sólo que a veces olvido dónde las guardo.
No es momento de confiar en la memoria cuando el comienzo
termina desnudo.
Me mata tu tan mortal muerte.


En mil novecientos setenta y cinco, la madre de David se convirtió a partir de su muerte a la tibia religión de los espíritus. Tres días gimió. Tres días enormes e hipnóticos. Después lo buscó: su viudez de madre joven la hizo frágil, receptiva, y toda su vida cobró sentido. Una nueva curva se insinuó en sus caderas cuarentonas. Sus mejillas se volvieron rozagantes., la sombra de su hijo la fecundó y el tibio delirio fue dado a luz.

Cuando la madre de David empezó esa peregrinación tenaz por brujas, adivinos y telépatas para reencontrar ese calor en la carne, no sabía que la tripita arrancada del vientre de Elvira llevaba las señas de su hijo.
Lo que Elvira no supo, en medio de su peregrinación doliente de cuerpo en cuerpo, de transitoriedad en albergue, fue que esa fibra sangrante recordaba su abrazo con David.
Lo que no fue posible saber, en medio de tanto vértigo: ese embrión era de sexo femenino y podría haberse llamado Soledad. La Soledad de David.

Elvira viaja por la anestesia: el anestesista es bajo, usa anteojos y apenas mira al hablar, como refugiado detrás de una invisible ventanilla de un transitorio albergue, enarbolando la llave que se convierte ahora en el fino escarbadiente resbaladizo y punzante. A ver… ¿Cómo te llamás ? Vas a sentir un pinchacito ahora y después despacito te vas a quedar dormidita… enseguida todo está listo y te vas a tu casa… relajadita… eso. En la pared hay un banderín de una universidad norteamericana, un certificado de un simposio de hipertensión, un programa sobre ginecología y tercera edad, todos pequeños planetitas girando alrededor del diploma mayor que doradamente aurolea las letras góticas del nombre del Doctor. Cuando llegó la puerta estaba abierta y desde afuera pudo escuchar el sonido zumbante de un aerosol: el Doctor perfumaba la salita con aroma de pino salvaje, acompañando los suaves movimientos del brazo con una sonrisa casi traviesa, como la de un escolar sorprendido en un gesto de exagerada prolijidad.
La selva oscura –se le ocurrió– tiene olor a pino salvaje.
-¿Es la primera vez? Hay cosas que nunca cambian… el cuerpo… se pueden decir mil cosas sobre el carácter… pero cuando una mujer está… usted entiende… desde el principio de los tiempos hay cosas que son así. Y yo he visto tantas cosas en estos años… Dicen que los mejores poemas se escribieron en la Grecia Clásica… entonces…
¿Qué es esto del progreso? ¿Somos ahora más sabios?... A ver, querida, ¿es la primera vez?...
Las letras del nombre del Doctor tienen ahora independencia, se conjugan e intercambian escrabelianamente en forma acelerada: guillermo víctor vielén llermo víctor sí lenvié motor, hasta que la anestesia enloquece la sintaxis gótica y guillermín trovo lieve y gui lle ní, y las palabras del anestesista son ondas suaves que arrastran un vielito guille trovito liene.
El Doctor dice algo sobre el espéculo, y debe ser un comentario gracioso, porque el anestesista, que tiene sujetado el brazo de Elvira, le transmite su agitación de carcajada. Ella recuerda el chiste de Jaimito: ”abrite de patas, corazón”, y en la otra punta del mareo, entre sus piernas, imagina la suave caída del animalito rojo, fibroso, lagañoso, flotante animalito arrancado.
Una manchita en la manga del Doctor eso no corresponde a su blanco blanquito delantal cuando la mamita descubría la mancha en el guardapolvo enseguida enseguidita sabía de qué mancha se trataba si chocolatín medio derretido por el calor del bolsillo o mate cocido o mostaza o vaya una a saber qué extraña adivinación iluminaba a la mamita para descubrir las manchas para dictaminar si recurrir al jabón al detergente a la lavandina al limón con agua o al agua solamente o a una preparación especial entre algodones y secantes y era cuestión después de colgarlo al sol para que se blanqueara más y la mamá era tan experta en manchas que hasta los libros de lectura podían salvarse del desastre de la floración manchina sobre la cara de nenia al lado de la estrofa que decía llora llora urutaú en las ramas del yatay ya no existe el paraguay donde nací como tú esa manchita de tinta debía eliminarse bastaba un secante abajo para que no pasara a la otra hoja y borratinta pelikan si era necesario pero en el cuaderno era más difícil las manchas se erizaban carcomían escamoteaban la bravura de la materna borradora y refulgían gloreaban enardecían soslayaban diversificaban hasta orillar el escándalo amenazando avasallar trasponer perforar alcanzar la contratapa donde la marca de llegada era la gloria del cuaderno amarillo bajo el forro azul allí donde podía leerse los buenos niños de hoy serán los grandes argentinos del mañana la mancha enloquecida avanzaba reptando por la ventana del jardín gato a veces amarillo y negro vuelto más amarillo si aprieto bien los ojos párpados ojos adentro vueltitas en la cama para evitar dormir sobre el lado del corazón porque hace mal y el corazón verde trébol de alpi clavadito sobre el guardapolvo esperando en la percha baila y toma la forma de guantecito malo que me aprieta sé que estoy soñando y si pienso con fuerza me despierto estoy tan cerquita de la mancha de la manga del Doctor que casi podría disolverlo con toda la saliva espumosa y blanca para limpiar manga de Doctor que arranca la manchita roja y la manchita roja se retuerce y jadea y toma forma de pecesito y de célula estrellada y de escuerzo y le saca la lengua al Doctor malo y escupe al anestesista que caen fulminados por los efluvios venenosos de la manchita que se enrosca y vuelve adentro mío y se acomoda y me da calorcito y me tranquiliza y ya está y ya pasó y no fue nada…
Y la cara del Doctor asoma entre las ondas de la anestesia y me dice:- Ya está, era chiquito…fue muy simple querida. Ya está.


Vuelve de la anestesia y recuerda: de Olegario V. Andrade, cree que su título era “Palabras de mi madre”.
La habían elegido para recitar el poema durante el festejo del día de la Madre. Llevaba un jumper comprado en Rubi que tenía un gran moño rojo de terciopelo a la altura del pecho. Debía tener ocho o nueve años.
“Ven para aquí, me dijo dulcemente mi madre cierto día. Aún parece que escucho en el ambiente de su voz la celeste melodía…”. Fue al llegar a la parte que dice “¿no sabes que la madre más sencilla sabe leer en el alma de su hijo como tú en la cartilla?” cuando las convulsiones del llanto asomaron de su pecho y al llegar a la garganta se le hicieron irrefrenables. Su madre, como una efigie entre el público de aquel día en Bet-El, se mantuvo inmóvil.
Un brazo firme la arrastró fuera del bochorno, y una voz con marcada pronunciación norteamericana le susurró al oído como llegando de otro mundo: -Aquí estoy…
Muchos años después, supo que ese rabino se llamaba Marshall Meyer,
Ma- Me en el fraseo de los chicos. Mame como se dice mamá en idish.

Elvira relata a su amiga Ana un sueño que tuvo pocos meses después de la muerte de David: en la mañana, dentro del sueño, presencio mi propia muerte. Duplicada, oficio de yacente y de testigo. Como en un trámite silencioso, con solemnidad, desfilan a mi alrededor algunos hombres a los que reconozco, no por sus caras, sino por un detalle particular en cada uno que opera a la manera de contraseña. En uno es la sonrisa del gimnasta, en otro aquel gesto habitual de reclamo, en otro esa palabra dicha lentamente, con puntillosidad.
Cuando se despierta se le impone una frase: “Todos tienen ombligo”.

Cuando el zeide Zuny se estaba muriendo transmitió lo que parecía su última voluntad:
-No quiero que me entierren en Tablada arriba del cajón de Eny.
La baba Eny había muerto hacía un año.
-¿Por qué? –preguntó alguien.
Porque ya la aplasté suficientemente durante la vida– contestó.

En los meses que siguieron a la muerte de David, Elvira extrañaba la cálida hermandad de los cuerpos que la había unido a su amante. Una vez a la semana era visitada en su pequeño escaparate por el joven escritor. Cuando lo evocaba lo veía alto y delgado, afeitándose frente al espejo. Se había acostumbrado a la manera firme, casi autoritaria, en que le hablaba, a sus despedidas siempre presurosas.
Una sola vez Elvira lo había visitado. En el cuarto, la fotografía del Maestro, indicaba el gusto del hombre por la iniciación y el designio.
Cuando él le regaló aquellos libros, Elvira sintió por primera vez desde la muerte de David, algo parecido a la felicidad. Entonces se escondió, al salir por la calle Ecuador, y lo siguió algunas cuadras. Al entrar a El Olmo el hombre advirtió la molesta presencia de su joven amante, y se mostró enojado, casi brutal. Le habló de una cita en la que se encontraría con una verdadera mujer, le reprochó a Elvira su frialdad en el abrazo.
Elvira escapó avergonzada. Fue en aquel día que, para consolarla, su amiga Ana le confesó la fórmula que había inventado para olvidar a los hombres que se volvían pasajeros. El secreto era recordarlos sólo por el aspecto de sus ombligos. Graficaron entonces un alucinante catálogo de arqueologías ventrales, esforzándose por dilucidar la exacta calidad de los detalles.
El ombligo recreaba todo lo que siendo de afuera es para adentro: el revés de una cosa transparente.

19.5.12

El tren de Convoy, por Hugo Savino




Todos quieren IRSE
Jack Kerouac


Convoy no pertenece. Es lo primero que sentí al leer esta novela. No es que no tenga influencias. Debe tenerlas. Creo que no interesa mucho. Las influencias se las dejamos a los que leen esencias. A los policías de la literatura. Convoy no pertenece. No tiene marcas generacionales explícitas. Buscadas. Guiños a la familia literaria. Ni siquiera está escrita contra la generación. Sólo que: no es una novela que pueda integrar una comunidad activa. No permite un nosotros. En ese sentido me parece que no es de una generación. Tampoco podemos decir que es una novela de joven generación. Porque Esteban Bertola tiene un oído absoluto, y oído absoluto da a visión propia e irreductible a consensos de lectura, oído absoluto reclama lectores extremos. Esteban Bertola tiene oído absoluto y no lo pone al servicio de causas literarias. O generacionales. Mucho menos sociales. Ninguna causa. La generación pide integración, franeleo, una misma visión. Un nosotros contra vaya a saber qué otro nosotros. Una federación de lunáticos. Y Esteban Bertola tiene un sistema nervioso de fraseo. Por eso digo que Convoy no pertenece. Es una novela asocial. No obedece a las leyes de los manuales actuales de la novela. Esa vuelta al relato clarito, psicológico, familiar, en el que te cuento los avatares de mi época, de mi drama novela familiar. Convoy no ovejea en la regresión literaria del relato eficaz o del poema telefónico. Ya en manuscrito tuvo sus censores. Una señal de su futuro. De que algún lector distinto la espera.


La belleza con la que nos gratifican los viajes ferroviarios provienen a veces de las magníficas sorpresas de lo real.
William T. Vollmann


La Bitácora de esta novela puede ser una partida en la lectura, una posibilidad de visiones. “Sale el convoy, es casi Semana Santa y un poco de Tucumán (destino) se mete en Retiro.” Tren con destino. Sentimientos, azares, paisaje, la noche del tren, amaneceres de tren. Esteban Bertola mezcla las posibilidades, entra en callejones sin salida, desactiva las respuestas, nos deja con la lectura, no hay garantías, no fabrica red de lectura, cruza, combina, deseduca al lector, orfebre emotivo: “Bitácora. La hora que no sé la invento. Una y veinte. Evidencia de que algo me funciona a mi pesar y en silencio, tiempo que se aprende por biología, el otro no, [...] Evidencia también de estas líneas cruzadas, desparramadas y juntas, se entremezclan como en la vida se mezcla todo. Sin ton ni son. La marcha no es distinta. Los rieles siempre serán los rieles, ni más allá ni más acá. Pero. Sin embargo. No obstante hay matices: sobre rieles, sobre ruedas, encarrilado, desvío, entronque, descarrilado. En este momento aparece la primera anotación del diario.”

Cambiavía. Invento el día.”

Novela de apuntes y bitácora. La Bitácora como guía. Como mapa. Y afirmación del que firma la trama de la tela: “Ocuparme de poner y sacar palabras – de callar y no callar sin saber cómo. Lo que se pone y se saca”. Antes, una advertencia que el viajero se hace a sí mismo, como quien le pide ayuda a San Ignacio de Loyola o a Jack Kerouac: “El paso que es la luz, dijo el poeta, no lo pierdas, percantón de lirio.” El oído para no perder esa luz. El oído escucha también la luz. El resto es “chamuyo”. Esteban Bertola pone el cuerpo en el oído. “Porque hay que seguir”, pausa de percantón, duda de percantón, pero enseguida aparece un ruego interior: “Pero me tengo que ir”, que es también un nada que hacer, un escapar de querer saberlo todo y de hacerlo todo, entonces este viaje camina entre irse o quedarse y seguir escuchando. Una trinidad. Novela de trinidades. De ruegos interiores. Y hay un misterio tren que insiste. Convoy tira a preguntas sin respuestas. ¿Radicarse o seguir? Y lo que nunca cede en esta novela es el oído. Se fisura el aire, se raja la tela, todo merece ser escuchado, inventariado: “En La Banda todo es distinto porque del sol cuelga una risa. El aire está intervenido por miles de partículas de tierra caliente que vienen y van o flotan la plancha aérea. Hacer que algunas cosas hagan la diferencia.”, y sí, justamente Esteban Bertola escribe los resquicios de los matices, la entretela, los sonidos que flotan: “¿Cuánto puede callar un gallo?”, respondo desde la novela: todo el tiempo que dura la comedia imposible de “los dos enfundados [que] llevan más de dieciocho horas inmutables, y cuánto de eso, contenido, se expresará en fuerza cuando las cinchas de la funda deshagan el silencio o no.” Callejón de salida a la única vía posible que propone Esteban Bertola: leer Convoy en la emoción del lenguaje, camino de un destino de incompetencia. Creo que Convoy se pregunta todo el tiempo sobre la incompetencia en el abanico más amplio posible. No hay respuestas o en todo caso, cada uno la encontrará en su oído. Como dijo Hugh Kenner: “El camino hacia la incapacidad ideal es largo e intrincado.”, el de la “exploración de la incompetencia” también. En este tren van todos al garete, el destino es apenas el pretexto de un viaje. Atrás quedan los Pajarracos. Que arrancan con un “me tengo que ir.”

Hay en Convoy una dimensión alucinada en forma de crónica cascada, como una quien dice taza cascada: “Y una crónica a medias de lo que en el instante podía juntarse del espacio o de ese rejunte de cosas que hacen la vida de cada uno, que el traqueteo,como a los bolsos, acomoda.”

El traqueteo se despliega en voces que sólo se escuchan en este libro, se vuelven audibles sólo acá, no hay que ir a buscar a otro lado, por eso creo que leer influencias –como hace la vieja mala leche– es una vía muerta: “El libro es un detalle importante como todo detalle, viajo y de paso llevo el libro a Peralta.” Libro de detalles. Exploración del detalle en sus infinitas “incompetencias”. Apuesta a una música argentina, porque novelas hay a montones, pero acá lo que importa es el argentino de Bertola, su manera de hacerlo sonar: “La vida es la que rima.” Se trata de eso, de rimar la vida: de llevar hacia arriba, de poner en movimiento. Atravesar paisaje. Noche. Tardes. Mañanas. Atravesar paranoia, también. Esteban Bertola es un artífice de la paranoia, la redobla: “Los borregos inyectaron la intermitencia paranoica que no hace más que recordar la acechanza ininterrumpida y los empiezo a ver como precoces conocedores del mecanismo.” Novela de acechanzas, de tipos que se mueven por “el deshilachado de los pasillos”. Novela de notas furtivas, escritas en un rincón, mientras el teatro está dormido: “El teatro bajó”. Aceleración y desaceleración, teatro y conventillo de pasillo, humo, murmullos, intrigas, habladores solitarios. Convoy es un inventario de viaje, de voces, de voces en viaje, rosario de una “legión de nombres”, arrumacos. Uno lee Convoy con las palabras firmadas en la trama de la tela Esteban Bertola. Convoy: un cruce infinito de la voz masticada, gritada, susurrada y conventilleada, voces diurnas y nocturnas. Y también la luz que filtra una voz. Bertola le pone matices infinitos. Son resplandores que sólo aparecen cuando se lee. Curiosamente hizo una novela para leer, ahí donde casi todos escriben novelas para contar. Convoy no es peliculera. No es una novela de imágenes, es una novela de pintura. Toque Bertola. Toque en toda su gama y variedades. Vagones que traquetean. Sí. Pero: destino de humo. Embarcados. Composición de frases. Las palabras metidas en las frases. Arrumaco o traqueteo no son palabras de nadie, están ahí, Bertola las pesca y las despliega, las envía con su toque y ya cantan de otra manera, cantan en la frase.

En la tela de la lengua, Esteban Bertola organiza su fraseo. Las palabras están, pero hay que organizarlas, como decía el Santo. Y Bertola las organiza en traqueteo de frases. Las firma en la trama de mismísima tela: “Se hace de noche y salgo a deambular por el pozo de sombras, garúa, por supuesto, camino lento hasta que las púas en las rodillas me tararean el descangaye, me meto acá y allá.” Ninguna pequeña campaña de malicia podrá desanimar su lectura, podrá con ese descangaye. Convoy ya está apartada, de los lugares comunes del bosque de la lengua.

Y está lo político, no la política. Lo político en Convoy es un revulsivo. Convoy elude las trampas de lo mimético, no es novela de maestro ciruela, o predicador de lecciones, no fija consignas, ninguno de los personajes se comporta como “si tuviera decisión, como si la política le dictara sus palabras” (Milner), hay que escapar de lo social y la novela misma escapa de lo social, no es testimonio, es cuerpo en el lenguaje, acá nadie discute política, ese es el revulsivo, novela del fragmento como quien dice “política del fragmento”, foco en el detalle y en la voz, rechazo de las ideas generales, no es novela lírica, es voz en la emoción.

Bertola escribe en “El gallo del ojo [que] lo persigue con su quietud que todo lo abarca”, una prueba de que el infierno existe acá, en Convoy, por lo menos. Esteban Bertola conoce el secreto de los ruidos en viaje. Los escribe. Con el lenguaje que tiene a mano. Su novela tiene la claridad de su voz. Y con esa misma claridad introduce el infierno: pasa por el infierno: en una Bitácora, esta frase: “Quién dijo que el infierno no existe.” Habría que rastrear la palabra infierno en este libro, pero uno corre el riesgo de acercarse mucho. Creo que hay que dejar abiertos los callejones sin salida.


Esteban Bertola, Convoy, Editores Argentinos hnos, 2012.

12.5.12

Bancos gastados, por Javier Fernández





Julio, 2011.
Prefiero el turno tarde. La pedagogía para oprimidos y perezosos. En la escuela de Olivos hay varios repetidores. Son tres pibas de 13 años, dos pibes de 14, tres de 15, una chica y un chico de 16. En la escuela de Munro Oeste, no hay casi repetidores, son diecisiete pibes de entre 12 y 13 años.

Miércoles.
Un pibe de 13 años.
–¿Qué le dice un elefante a un hombre desnudo?
–No lo sé– contesto.
–¿Con esa trompita respirás?
Nos reímos.

11 de julio.
En la escuela de Olivos un pibe duerme profundamente durante las dos horas que dura la clase. Otro dibuja y juega con su teléfono celular. Los dos tienen 15 años. El resto de los estudiantes hace de a poco sus cosas.

Miércoles.
Una chica de 13 años me pregunta, cuando dicto la quinta pregunta de una guía de lectura sobre un cuento de Roberto Arlt –¿Qué relación hay entre el título del cuento “La pista de los dientes de oro” y su contenido?–, ¿por qué las preguntas que se hacen en la escuela sobre los cuentos son todas iguales? Su pregunta devuelve algo cierto. Otras preguntas que propongo sobre el cuento, sobre todo las de producción escrita, creo, son más originales.

Lunes 8.
–Bueno, ahora vamos a leer. ¿Cómo hacemos para leer?
–Con los ojos y con la boca.

Agosto.
Un diario del aula que cuente las historias de vida de cada chico. Me acuerdo mi propio caso. Cuando iba a la escuela me aburría muy seguido. Sentía que no me tomaba la vida tan en serio como el resto de mis compañeros. Me gustaba enredarme en juegos de palabras y adivinanzas.

Jueves.
Actividades durante la clase, de todo tipo, para que las personas expresen sus emociones sin miedo al rechazo. Palabras para todos. Para combatir todas esas áreas en las que la agresividad se expresa por sí sola.

Septiembre.
Escuela de Munro. Un chico está negado y no quiere escribir. ¿Qué importancia puede tener eso en su vida? Me dice la directora que el pibe vive solo con su madre y en la casa no le prestan mucha atención. Otro casi no escribe. Me dice la directora que ese tiene un hermano preso, drogadicto. ¿Por qué tendrían que querer escribir? Y ese otro, bajito, no leyó nunca en voz alta. Pero se porta bien. Viene uno y me dice que trabaja en un taller de herrería, que sabe soldar y cosas de esas. Para practicar textos expositivos pido que escriban instrucciones inútiles: ¿Cómo perder el tiempo?, ¿cómo dar lástima?, ¿cómo morderse el codo?, ¿cómo comer fideos sin cubiertos? La actividad no va mal.

Escuela de Olivos. Muchos estudiantes se quedan libres. Es normativa provincial que los chicos que se quedan libres sigan yendo a clases. 16 años, ya repitió dos o tres veces, está en el curso al lado de una piba de 12 años, parece no molestarle.

14 de septiembre.
Merlina tiene dibujada una esvástica en la mano.
Agustín hace semanas que no quiere hacer nada. Me dice que está cansado, que para mí es fácil porque yo ya sé los temas que doy, pero que él se aburre. Hacemos un dictado y es el único que no escribe nada. Más tarde, le saco una hoja en la que leo escrito con su temblorosa letra de imprenta: serra la cola Javier.

29 de septiembre.
En la escuela de Munro lo primero que digo al entrar es que en una clase de Lengua deberían estudiarse trabalenguas. Me hubiera gustado decir también que en clase de Lengua habría que recitar, escribir y memorizar chistes, o ejercitar la palabra mediante la escritura de anagramas y palíndromas. Pero esto último no lo digo. Pregunto si alguien sabe de qué cosas puede morir uno a causa de su lengua. Varios saben que si uno se traga la lengua es posible morir. Entonces hablo de la epilepsia y de las formas en que se puede evitar la muerte de un epiléptico agarrándole la lengua para que no se la trague. Algunos ya lo sabían. Leandro, Gabriel y Agustín están muy contentos con una especie de juego que consiste en hacer girar un banco en 180 grados sobre uno de los ejes de sus patas. Hacen bailar al banco. En algún momento se oye el ruido de un metal rompiéndose y parece que uno de los niños rompió el banco. Salen a explicárselo a la preceptora. Dicto fragmentos de Lata peinada, de Zelarayán. Me da la sensación que a los chicos les gusta. Sobre todo la parte que dice: “Al papagayo aquel se le trababa la lengua de decir macanas, pero las últimas señas del finado no eran macanas, ni tampoco las del trompeado aquel con cuatro muelas sueltas y mil palabras flotándole en la boca sin poder salir.” Mañana hay paro en repudio a la agresión contra el director de una escuela de Pergamino, al que un estudiante y su madre lastimaron. Al parecer, la madre con un palo, y su hijo, con un cuchillo “tipo Tramontina”.

Octubre.
Si algo entiendo o aprendo de mi tarea como maldito maestro de escuela es que hay que ejercitar la tolerancia y la paciencia. Tengo que matar al autoritario que llevo adentro. Borrarme de la cabeza esa idea que sugiere que hay que enseñar a respetar a la autoridad. Tengo que transmitir un fervor, una inteligencia, un interés, una habilidad. El respeto se gana, no se impone. No tengo que ejercer ninguna autoridad.

19 de octubre.
Los chicos escriben descripciones para después, con esa información, redactar adivinanzas. Merlina cuenta una: Tiene alas pero no vuela, tiene ojos pero no ve. ¿Qué es? Un caballo muerto con un plumero en el culo. Catriel tiene otro: Tiene tres patas, no escucha y no ve. ¿Quién es? Tu abuelo. En una de mis tizas, en una de color rojo, Leandro talló: Leito de Munro. Las ventanas del aula de la escuela de Munro que dan a la calle tienen rejas y hacen que esto parezca una jaula.

20 de octubre.
Nunca voy a olvidar que esta es una profesión horrible. Ingrata. Desgastante. Una lucha perdida. Estar al frente de un aula es una responsabilidad canallesca. Imposible y moral. Es necesaria una ética imposible para no ser un ruin vil necio incapaz.

21 de octubre.
Toda identidad puede ser contada, como un relato. La escuela pública es un lugar en el que se pierde la identidad. Se pasa de la racionalidad al insulto. Es una institución en la que los discursos estigmatizantes y peyorativos circulan. Es imposible negar la cuota de violencia verbal que circula en un aula escolar. Discursos que circulan por ahí. Creo importante poder hablar de eso. El maestro tiene la larga tarea por delante de convertirse en un contador de cuentos. Es necesario memorizar argumentos. La literatura es pródiga en relatos. El objetivo más agazapado de la escuela es callar a sus estudiantes, silenciarlos, volverlos inertes y manipulables. Ese objetivo es repudiable.

26 de octubre.
Cansado de este trabajo que resulta tan desgastante para mis nervios. No quiero mandar ni decir qué está bien ni qué está mal. Hacer que los chicos y las chicas escriban. Es mi única ilusión dentro de esta desilusión tan grande que es dar clases. Robarme los textos que consigo que los estudiantes escriban. Un consuelo. Hacer un taller de escritura sin que se den cuenta, entrar por la ventana, hacerlos escribir.

29 de octubre.
Cuánto guarangaje se necesita soportar para seguir adelante en este noble y ultrajado oficio de maldito maestro de escuela. Profesor de Lengua y Literatura, condenado de 30 años, a los gritos y con los dedos secos de tiza.

Noviembre.
Escuela nº 17 de Munro. Hoy jueves los estudiantes están nerviosos y hartos de estar acá enjaulados. La directora los dejó sin recreo. Cuando entro a la sala de profesores, la psicopedagoga está haciendo una pesquisa caligráfica. Compara las letras de dos estudiantes con la de un cartel que dice: EL QUE LEE ES PUTO. Parece que le pegaron el cartel a un estudiante en la espalda y le pidieron al profesor de Biología que lo lea. La sanción, dejarlos sin recreo, corre también para el profesor que tiene que soportarlos enardecidos. En este caso, yo. Confieso ante la psicopedagoga y la directora que días atrás propuse una actividad de escritura en torno a un diccionario de insultos e improperios que se llama Puto el que lee. Me miran con desconfianza. ¿Qué clase de actividad de escritura puede salir de ahí?

No tengo que olvidarme que este trabajo es un asco y que tengo que renunciar antes de volverme una persona horrible.

Los chicos están inquietos, juegan a romperse las biromes entre ellos. Muchos no pueden soltar ni por un segundo su teléfono celular. Clases como las de hoy son las que me hacen ver que este trabajo es un asco.

Escuela de Olivos. Reparten las computadoras. A mí también me dan una, firmo un papel que dice COMODATO. Y en el aula ya casi todos están con sus computadoras, se filman a sí mismos cantando canciones de Leo Mateolli. Pero no a todos les dan la computadora, a los que repiten o se quedaron libres no se las dan.

A las pocas semanas veo a una chica que está jugando con su netbook regalada, la Conectar Igualdad, juega al Mario Bros. En eso su Mario es mordido por un honguito. La chica se revira y le pega al teclado una piña. No le digo nada. Es su computadora. Si no la quiere cuidar, no seré yo el que le diga lo que tiene que hacer.

Al salir de la escuela voy por un colectivo de la línea 152 y me encuentro con un pibe que había sido estudiante en un curso que di en el 2009. El pibe me caía muy bien, lo recuerdo perfectamente, era un poco inadaptado, en la clase –Escuela Media Nº 6 de Vicente López– sus compañeros lo trataban de raro. El pibe sabía alemán y siempre llevaba un diccionario en la mochila. Cuando terminaba el horario de clases se iba a charlar con los conductores de colectivos que pasaban por la avenida Maipú. Me decía que era amigo de muchos de ellos y que conocía casi todos los ramales que pasan por la avenida. Se subía a uno, conversaba con el chofer, iba hasta el final del recorrido y después volvía. Me decía que le gustaba ese mundo. Cuando salgo de la escuela de Olivos para tomarme el 152 lo encuentro, no recuerdo su nombre, con la campera de la línea 152, conversando con un compañero de trabajo, también uniformado de chofer. Y es una alegría verlo. ¡Eh!, le digo, ¿qué hacés?, finalmente entraste a trabajar con los colectivos, qué bueno. Y el pibe me reconoce y se le dibuja una sonrisa en el acto y me pregunta qué estoy haciendo y si sigo dando clases y yo le digo que sigo dando clases pero que cada vez me gusta menos como trabajo y que preferiría estar por ahí, solo en los bares, embarrando papeles. Nos reímos y me subo al 152 y de alguna manera verlo al pibe me alegra el resto de la tarde.

Abro el portafolio de mis días de maldito maestro de escuela y no olvido que no me gusta trabajar de sicario de la libertad o barómetro de nadie.

El último día de clases del 2011 en la escuela de Munro ya no hay ganas de hacer nada, cuando propongo un cadáver exquisito. No conocen el método. Lo explico y hacemos uno.

Se violan las reglas del juego
Si te enamorás dos veces el segundo amor es verdadero
Me costará olvidarlos
Mano de chorizo
Brazo de chorizo
Un día me encontré con vos
Chorizo
Finales sin fin


Me parece que los versos sobre el chorizo giran en torno a Mayra, una piba que tiene un problema de malformación en el brazo derecho y a falta de mano y dedos tiene un muñón. No digo nada. Pero no leo el cadáver exquisito en voz alta. Y con eso despido a la escuela nº 17 de Munro, sucia, indiferente escuela de mis días de maldito maestro.

5.5.12

Humano, por Martín Evelson



No preguntes al carnicero
por los ojos de la vaca
Joaquín Giannuzzi


Las manos del viejo vacilan frente al fuego azul, circular. Más allá de la ventana, el alba comienza a prosperar sobre la oscuridad dominante. En la cocina, el atolón que ruge bajo la base de la pava colorea tímidamente los objetos cercanos: los bordes de la pava enturbiándose, la calabaza llena de yerba mate por cuya boca emerge, diagonal, una bombilla plateada; las manos del viejo entrelazadas en un diálogo mudo. Más allá de estos objetos, la oscuridad es total.
El viejo permanece pensativo frente a la ventana que aún no arroja claridad al interior de la cocina del rancho. No ha podido dormir. Pareciera que escruta la ventana, pero en realidad la mira sin ver: deposita sus ojos en el marco indiferenciado y allí los deja: son sus manos las que, crispadas, deliberan. El silbido de la pava arranca al viejo de su abandono:
—¡La puta que lo parió, se hirvió el agua! —dice, y sus manos se destejen para acudir, veloces, hacia la pava, como si el reflejo repentino y tardío pudiera deshacer el acto y el hervor del agua fuera reversible o ilusorio.

La luz de la mañana ya se ha instalado, glauca, en el campo que rodea al rancho cuando el viejo termina de chupar el último mate. Abandona los utensilios y toma, de la bolsa de tela celeste que pende anudada a los barrotes de la ventana, una barra de pan, gomosa, del día anterior. Abandona la penumbra que seguirá persistiendo en el interior del rancho hasta los contornos del mediodía y sale con paso cansino, la barra de pan trazando arcos sincronizados y complementarios a su marcha en el aire lechoso de la mañana fría.
El viejo corta con su cuerpo el camino de tierra que, desde la tranquera y a la vera de la ruta provincial, se interna hasta la puerta del rancho. Lo deja atrás con un par de zancadas y prosigue hasta que el pasto crecido, en cuyos extremos curvados el rocío matinal grisifica el verde lanceolado, escamotea a su vista la punta redonda de sus botas gastadas. Allí se detiene y profiere el llamado. Junto con el nombre y los sonidos familiares que instalan en el presente la liturgia tantas veces repetida en el pasado, una nube de vapor gris se eleva, deshaciéndose en el aire blanco que con su luz sucia instala la mañana en el campo mojado.
Al reiterar el llamado, comienzan a percibirse, por detrás de la loma que comba el terreno de pastos plateados, los sonidos claros del cencerro aproximándose. El viejo no llega a emitir una nueva invitación: la vaca acerca su mansa presencia a la del hombre, que alza hacia el animal una mano ahuecada. En ella, el animal hunde su hocico y reconoce el aroma familiar, corrobora esa presencia que se ha instalado en su cerebro desde que ha recibido, en el aire de la mañana fría, los sonidos del llamado conocido. El viejo alisa la mano, acaricia la cabeza que se sacude lenta, buscando insistentemente en la mano el hueco en el que se concentra el aroma conocido. El viejo ahueca nuevamente su palma y deja que el animal haga, al tiempo que emite los sonidos conocidos entre los cuales el nombre. Luego, alza la barra de pan que sostiene con la otra mano y, mientras va cortando pedazos gomosos, los ofrece al animal que los recibe gustoso.

Terminada la comida, el viejo se ha quedado junto al animal, acariciándole el flanco, palmeándole el lomo, su mirada nuevamente extraviada en la lejanía uniforme. En eso están cuando desde el camino de tierra, que más allá de la tranquera es ruta provincial y más acá es sendero que comunica su rancho con eso otro llamado país, comienzan a llegar, progresivos, los sonidos metálicos y de tintineos variados mezclados a los del motor. El viejo alza la cabeza en el momento en que aparece en su campo visual la camioneta destartalada que se detiene junto a la tranquera.
Durante el tiempo en que el viejo se ha aproximado a la tranquera, la ha abierto para que el vehículo ingrese, lento ―la cabina bamboleándose a medida que avanza por el suelo irregular mientras emite sonidos de muelles, correas, neumáticos gastados y tintineo de cristales―, y, por último, ha avanzado hasta detenerse junto al vehículo quieto del que han descendido dos hombres descoloridos con los que ahora conversa, el animal ha permanecido en el mismo lugar, tascando el pasto combado en cuyos extremos lanceolados el rocío aún permanece, gris, la cola bamboleándose y sacudiéndose contra sus cuartos traseros, más por la costumbre que por la necesidad de espantar insectos cuya presencia es aún inexistente debido al frío que la luz glauca y sucia que se filtra por entre las nubes plomizas no ha conseguido debilitar.
Luego de una breve conversación atravesada por monosílabos, los tres hombres —el viejo un paso por delante, los dos hombres descoloridos un paso por detrás— inician su caminata hacia el animal.
Al llegar a su lado, el viejo vuelve a palmear a la vaca que vuelve a buscar el hueco de sus manos con el hocico. Las manos del viejo, ahora, rechazan.
—Esta es —dice mientras se aparta un paso para que los otros la vean mejor. Entonces uno de los hombres saca de uno de sus bolsillos un puñado de billetes arrugados que entrega al viejo en el mismo gesto con que lo hace a un lado. El viejo guarda los billetes sin mirarlos: sus ojos permanecen fijos en el animal, súbitamente crispado frente a esas manos nuevas que lo manipulan con rudeza, vacías de cualquier rastro de aroma identificable, amistoso, familiar. Frente a los corcoveos del animal, las manos de los hombres tironean con fuerza creciente, imponiendo el nuevo rumbo que el animal se niega a aceptar.
El viejo observa sus ojos: las órbitas engrandecidas por el terror que le despierta ese nuevo, intrusivo, ajeno, olor que trata al animal con rudeza; brutal. Se acerca entonces y ofrece su palma ahuecada aún una vez al hocico que se deja conducir por el camino desparejo hacia la camioneta desvencijada.
Uno de los hombres abre las puertas traseras del vehículo y el viejo abandona nuevamente su mano, que cae flácida a un costado de su cuerpo. La vaca recomienza el corcoveo, separada de la mano familiar que la alimentó con comida y caricias a lo largo de una sucesión de días que para ella no es otra cosa que su vida y que ahora, inexplicablemente, la rechaza con un gesto brusco que la devuelve a esas otras manos que tironean, apartan, alejan, y que, en los comienzos de la rampa que la eleva hacia el vehículo, propinan un rebencazo rotundo que pone fin a las dudas de los presentes.
Los dos hombres cierran las puertas traseras de la camioneta y miran al viejo mirar el suelo desparejo. En lugar de la mano que no le estrechan, uno dice: —Terco animal. Bruto como todos.
El viejo emprende la caminata hacia el rancho mientras los hombres suben a la parte delantera del vehículo. Con paso cansino, el viejo entra en el rancho, se abandona en una de las sillas de paja que circundan la mesa, extrae de su bolsillo los billetes arrugados —que no son tantos— y los arroja sobre la madera. Permanece en la penumbra apenas horadada por la luz sucia que sin mucha decisión se filtra por la ventana lateral del rancho. Las manos del viejo reposan sobre la madera de la mesa, a un lado de los billetes sucios y estrujados, más descoloridos aún que los hombres que se los han arrimado y colocado, sin palabras ni preámbulos, por sobre sus dudas sofocadas.
Las manos del viejo, nuevamente entrelazadas, vacilan.
Inmerso en la penumbra que, sin embargo no lo protege de los mugidos angustiosos del animal que llegan desde el frente del rancho, el viejo pierde entereza. Pierde su mirada en la pared difusa del cuarto. Pierde.
El sonido de los mugidos queda sepultado por el ruido del motor que comienza, junto al de muelles, correas, metales y cristales tintineantes, a alejarse.
Atada a los barrotes de la ventana ve pender la bolsa de tela celeste. De ella emergen las puntas de dos barras de pan del día anterior, gomosas; repentinamente para nadie.
Los dedos de las manos del viejo se hallan entrelazados hasta la altura de los pulgares que giran en círculo, uno sobre otro, acelerados. Súbitamente se detienen. Las manos se destejen, manotean el puñado de billetes en cuyas arrugas lo descolorido, y salen junto al viejo que, de un salto, se arranca de la silla.
En la mañana blanca y fría sobre la cual ahora una fina lluvia se impone, el motor ya ha iniciado la distancia que el viejo intenta reducir con pasos alocados sobre el maltrecho camino de tierra. Arrepentido, apura más aún el desorden de sus pasos, agitando la mano en la cual el color apagado de los papeles arrugados, envejecidos por el manoseo sucesivo, reclaman deshacer el pacto. Por sobre su respiración agitada, un último mugido proveniente de la camioneta resuena en el encierro: la certeza del viejo adivina, ahora, los ojos heridos por la traición imposible de prever.
En su afanosa y tardía carrera, el viejo tropieza y cae de bruces. Se incorpora, justo para que sus ojos vidriosos alcancen a ver la camioneta tomando la curva cerrada. Su mirada se aferra con afán al lateral del vehículo —como si el reflejo repentino y tardío pudiera deshacer el acto— hasta que vehículo, sonidos, hombres y animal desaparecen de su campo visual en el camino de tierra que más allá de la tranquera es ya ruta provincial.

El viejo permanece inmóvil en el suelo que se ha empezado a encharcar por los efectos de la lluvia que, sobre su cabeza, arrecia. A su lado, el viento que baja desde el monte esparce la postrera compañía de papeles descoloridos.

1.5.12

VIENTO AGRIO (Fragmento 2), por Luis Thonis





El indio fue siempre un problema irresoluble para los cristianos desde los tiempos de la Colonia. Y la presencia del hombre blanco una maldición para los aborígenes. Estos dos mundos, al principio incompatibles, llegaron en ciertos períodos a coexistir. Leí sobre ellos en los cronistas de Indias y los Archivos de la Nación. Reaparece, cada vez más indómito, a través de las generaciones. Desde su llegada, el caballar se multiplicó vertiginosamente en la llanura de Buenos Aires.
Antes de iniciado el siglo dieciocho, el padre Falkner cuenta que él y los cuatro indios que lo acompañaban apenas pudieron salvarse de ser arrollados por miles de baguales que pasaron sin interrupción ante él durante tres horas. El sur de Mendoza y la región que media entre Santiago del Estero y los valles andinos fueron exploradas por primera vez por orden de Pedro de Valdivia, conquistador de Arauco, a mediados de mil quinientos.
Se quería fundar un puerto sobre la zona patagónica, pero fue imposible porque hubo ataques de los araucanos que se sentían invadidos. Se creía que el río Diamante se encontraba con el Negro y se buscaba el paso a través de canoas. Los expedicionarios desembocaron en plena pampa. Ahí la leyenda se mezcla con la historia. Se fundó un poblado que al parecer fue el que dio lugar a la Ciudad de los Césares cuyas ruinas perdidas luego serán objeto de una fantasía que irá creciendo con el tiempo. Se decía que tal era la riqueza que sus habitantes tenían en sus casas asientos de oro, sus templos estaban hechos de plata maciza y las ollas, cuchillos y rejas de arado de este mismo metal. Próximo a esta ciudad, se situaba la región misteriosa de Nahuel Huapí –voz araucana que significa Isla del Tigre– a la que llegó el padre Mascardi, célebre misionero cuyas obras de fe antes del siglo dieciocho llevó a los Puelches, enseñándoles a no emborracharse y a rezar.
Los intentos de evangelización fracasaron y algunos misioneros fueron recibidos, escuchados para ser luego muertos por chicha, una bebida preparada con veneno. Otros como los padres Manuel de Hoyo y José Elguea murieron a bola perdida y a flecha. Se buscaba el camino que pudiera pasar de una a otra falda de los Andes, camino que indios y misioneros llamaban de Bariloche.
El proceso colonizador, con la ocupación española en Chile, propició el cruce de araucanos y tehuelches de Neuquén a la Pampa hacia 1720. Eran cazadores de un tipo superior y fueron abandonando la del avestruz y del guanaco. En las nuevas tierras no podían practicar la agricultura y concibieron un sistema económico basado en el pillaje mediante arreos y rastrilladas. Caballos y vacas eran transportados a Chile a cambio de libras esterlinas, armas, alcohol y tabaco. Eso prosperó. En su última etapa eran una verdadera confederación con sus caciques. La Pampa india llegó a tener 20.000 almas que en su mayor parte conducían capitanejos que comandaba Cafulcurá desde su reducto de Salinas Grandes.
Antes de su ocaso, los pampas llevaban una vida parasitaria que dependía del robo a los estancieros bonaerenses. En las mejores épocas los malones tomaron hasta 300.000 cabezas de las estancias que luego trasladaban por el “Camino de los Chilenos” que atravesaba la Pampa central hasta el río Colorado hasta los pasos cordilleranos neuquinos. En la pampa tampoco estuvieron ausentes delirios como la de un francés lunático que hacia 1860 se hizo proclamar Aurelio I, rey de la Araucania, tal vez imitando a Maximiliano I que fue emperador de México. Los indios venían desde Tandil, Sierra de la Ventana, en noches de luna elegida para tomar el botín y realizar una primera etapa de amanse. El padre Falkner dice que sus correrías se extendían hacia los montes de Tuyú, con los tigres guarecidos en las proximidades del mar, en busca del pescado en lagunas de la zona. Los efectos crudos del malón me afectaban por las casas saqueadas o entregadas a las llamas y el luto que llevaban sus víctimas. Nunca olvidé el rostro del colono inglés que salió a ver sus ovejas durante la niebla de noviembre y fue cobardemente atacado. Ese incidente figura en el parte del nuevo comandante que apresó a Camuñil, el más amistoso de los jefes indios.
Cuando vino su enviado a buscar las raciones mensuales, arrestó a los indios y les cortó una oreja a los caballos: era el modo de convertirlos en caballos patrios.
Él sospechaba que eran los indios de ese cacique aliado quienes robaban ganado y caballos, vulnerando los tratados. Después de esos hechos, fue a sorprender al cacique a su guarida, donde reconoció los elementos robados y lo capturó con su familia.
Los indios no pudieron soportar ese trato con su jefe en sus narices y atacaron. Esta vez no estaban lejos y cayeron cuarenta, según el parte, bajo el fuego de los fusiles.
Algunos afirman que fueron más y que los soldados violaron a sus mujeres ante la indiferencia de su jefe. Casi todos decían que fue un grave error del gobierno canjear a Camuñil por cristianos cautivos. Era espantoso el destino que esperaba a los capturados. Los indios gustaban de las jóvenes mujeres blancas. Algunas preferían el martirio y la muerte a entregarse a alguien que les repugnaba. Las raptadas chiñoras bonitas, así las llamaban, eran codiciados objetos sexuales y a través de ellas adquirían ciertos hábitos de la civilización. Algunos jefes que las tomaron como esposas dormían en camas, despertando los celos de las indias que veces las asesinaban. Pero las cautivas no lograron suavizar sus costumbres guerreras. Los malones dejaban a los pueblos convertidos en pavesas, asesinando mujeres, niños y viejos como lo testimonian con abundancia los poetas gauchos.
La poesía de Hilario Ascasubi está hecha de esos incidentes, particularmente el Santos Vega, inmensa obra llena de tropiezos de métrica pero insustituible en su género. Me sabía de memoria estos versos de realismo más crudo: “Pero al invadir la indiada/ se siente, porque a la fija/ del campo la sabandija/ juye adelante asustada/ y envueltos en la manguiada / vienen perros cimarrones/ zorros, avestruces, liones/ gamas, liebres y venaos/ y cruzan atribulados/ por entre las poblaciones.
Había que estar atentos para rechazarlos, cuando tomaban la iniciativa eran implacables: “Pero, cuando vencedores /salen ellos de la empresa/ los pueblos hechos pavesa/ dejan entre otros horrores/ y no entienden de clamores/ porque ciegos atropellan/ y así forzan y degüellan/ niños, ancianos y mozos;/ pues como tigres rabiosos/ en ferocidá descuellan.
El placer de la lectura acompañó toda mi vida. Tuve la suerte de aprender por oficios de mi madre inglés y francés de niño. Seleccionaba mis autores de cabecera. Siempre frecuenté los versos de Ascasubi. Mi padre lo trató: también fue soldado del general Lamadrid y conoció al general Alvarez de Arenales. Lo consideraba un ser único, un criollo excéntrico. Fui coleccionando las anécdotas que me contó y la lectura de sus obras se mezclaron en mi admiración que con el tiempo se fue contaminado de objeciones políticas: no porque fuera partidario de Mitre en un país polarizado sino porque su fidelidad a veces me parecía ceguera. Tal vez cierto tacto, percepción o hábito político heredado de mi padre y moldeado por mi madre me hacían ver las cosas más allá de mi nariz: no siempre el porvenir era un cielo abierto, había muchos espejismos que no era posible allanar con eufemismos o incluso los mejores versos.
Lo que puedo llamar mis ideas las guardaba para mí porque advertí que eran un lance desagradable para mis amigos. No tenía tiempo ni recursos retóricos o demagógicos para exponerlas y cada vez que lo intenté me trataron de loco para no calificarme de desleal. A otros mis objeciones les sonaban a caprichos y melindres.
En Pavón, que consolidaría la hegemonía de Buenos Aires sobre las provincias reteniendo la Aduana, hice mi primer bautismo de fuego junto a tropas extranjeras reclutadas por el poeta gaucho. Ese combate me concernía como algo de personal: era la posibilidad de vengar a mi padre, anhelaba llegar a vérmelas mano a mano con Urquiza y degollarlo echándole la cabeza para atrás para descabezarlo sin dolor y limpiamente. Lo digo porque hay algunos degollaban con el cuchillo mellado, comenzaban y paraban, disfrutando en demasía del pellejo del prójimo. Mi padre me contó una vez que un rey inglés hizo traer un especialista de España, creo, para que decapitara su mujer sin que sufriera.
Yo hacía mis primeras armas y odiaba a Urquiza cuando en tiempos de Caseros los diarios porteños lo llamaban el Libertador, poniéndolo a la altura de San Martín: era algo personal. Después de la saboteada jura en San Nicolás comenzaron su trabajo de demolición donde fue considerado peor que el mismo Rosas. Lo amaban antes a pesar de que había asesinado a mi padre en India Muerta. Lo odiaban ahora porque la Aduana era nuestra, tenía que ser nuestra, por qué compartirla con la inculta confederación, no teníamos la culpa, decían algunos, que Dios nos haya bendecido con el puerto. Sentí una rara sensación, como si me hubieran despojado de algo que yo vivía clandestinamente cuando su estrella brillaba en el firmamento porteño. Nunca olvidé, como la amnésica Buenos Aires, que había sido uno de los hombres más fuertes y crueles de la tiranía depuesta, el vencedor de Pago Largo, Vences, Laguna Larga, además de India Muerta. Ahora esto se añadía a su hora más gloriosa. Rosas había huido como rata y el entrerriano aparecía con un dios. Me resultaba atroz que se vivara su nombre, de modo que el giro súbito de los hechos confirmó mi juicio pero con una inmensa decepción política.
Mi padre había sido enviado por Lavalle a una misión en Montevideo, que estuvo sitiado nueve años por las tropas de Rosas Se encontró con un ejército pobre y diezmado, mal vestido, sin armamento pero vio a los orientales decididos a vender cara su vida: a formar muchachos, que al que le toque macho este día se haga delgao y a lo hecho pecho: sacrificarse por la Patria, que la vida no es para negocio, los alentaba el general Fructuoso Rivera. Mi padre era un unitario fervoroso, creía en sus ideales sin vacilar. Mi madre lo presentaba como un hombre temerario, de excesivo arrojo y valor. La batalla de Arroyo Grande en 1842, había destrozado lo mejor del ejército colorado y lo obligó a retirarse a Montevideo.
Rivera decidió romper el sitio y mi padre se sumó para combatir a Oribe y Urquiza porque era hacerlo contra Rosas. Las tropas se pusieron en movimiento para combatir en el arroyo de India Muerta en marzo de 1845, cuando yo tenía dos años. Las condiciones materiales de las fuerzas de Rivera eran todavía peores que en la batalla anterior. Por más que el arrojo y el entusiasmo caracterizaran a los orientales fue imposible vencer las divisiones entrerrianas, la mayor fuerza existente en el país.
La derrota fue tan total que la batalla duró apenas más de una hora, dejando el saldo de más de mil muertos y unos quinientos heridos en el ejército colorado. Urquiza no sólo hizo degollar a los prisioneros –y hay que imaginar las escenas de hacerlo con cientos– sino que escribió en un papel la frase que hizo colgar en un mangrullo y que le ganó negra fama: "El que entierre uno de estos será degollado.
Maldito seas, guachito reyezuelo de gualeguaichito, violador de doncellas, me repetía. Lo imaginaba como un pelele al servicio de un amo supremo y disfrutando de su servidumbre en medio de una inmensa fortuna y multiplicando la paternidad irresponsable en América. Igualmente no podía considerarlo un monstruo. Un mundo donde todos son caníbales semeja una civilización.
Disfrutaba a rabiar de los panfletos de Ascasubi que, después de celebrarlo hasta la fatiga, lo ponía por el suelo desde sus diferencias con Mitre: luego del levantamiento del 11 de septiembre en Buenos Aires que desconoció el Acuerdo de San Nicolás –la constitución votada en 1853 por las provincias que nacionalizaba la Aduana y el comercio exterior– de Libertador pasó a ser el representante de la “República de Gualeguaicito” para Don Hilario que me enseñó a burlarme de mí, un Hamlet de las pampas, esperando el momento de degollar al degollador.
No dejaríamos que nos gobierne un chino, un japonés o un provinciano, era la consigna en boca de Carlos Tejedor que nunca salió de la ciudad portuaria. Buenos Aires, forzando la lectura del texto, incluso leyéndolo al revés, pensaba que en el Acuerdo de San Nicolás investía a Urquiza con las facultades extraordinarias que se había combatido en Rosas, algunas de las cuales Buenos Aires utilizó luego de Pavón para imponer la constitución de 1860, hecha a su medida.
Nuestra historia desde Mayo consiste en gran parte en el pasaje de dichas facultades de un caudillo a otro y que habían sido expresamente prohibidas por la constitución que al ser vulnerada en este aspecto es un papelito extraviado en una nube de arena.
Lejos de festejarse a viva voz la libertad, Buenos Aires, luego de Caseros sufrió una escalada de terror. No obstante la mediación que intentó Mansilla padre con ayuda de funcionarios extranjeros, Urquiza entró con sus tropas a la ciudad sin tomar precauciones, como si fuera su casa, olvidando que en él residía su protección. Buenos Aires en esos días se volvió una tierra de nadie donde los soldados del ejército aliado y los federales rosistas dispersos parecieron ponerse de acuerdo para saquear los negocios y casas de familia, tomado por botín todo lo que encontraban a mano, matando y violando mujeres entre risotadas.
Mi tío con sus ojos legañosos que se acentuaban cuando se refería a estos temas fue uno de los que se defendió a balazos. Eran hábitos que venían de la reciente época de violencia descarnada que parecía renovarse ahora sin ninguna contención. La prometida paz tras la caída del tirano se revelaba ilusoria. Cuando las tropas no satisfechas con la sed de saqueo quisieron pasar a mayores y apuntaban a las casas más suntuosas, Urquiza dijo basta y envió cuatro batallones que fusilaron a los vándalos que encontraban al paso. Fue un mal augurio. Buenos Aires nunca había pasado por un espectáculo tan terrorífico que la historia ha depositado en el olvido porque no honra a ninguno de los bandos en pugna.
Tampoco se vio nada semejante a la entrada triunfal del ejército aliado por la calle del Perú, hoy Florida, el 20 de febrero que iba desde Palermo hasta el Retiro. Apareció Urquiza ante azoteas y ventanas adornadas con banderas de diversas naciones. Se tomó como una ofensa gratuita que montara el estupendo caballo de Rosas, con poncho, sombrero de copa alta y distintivo punzó a la cabeza de la infantería y la artillería de las mejores legiones que había en el país. A menudo en la política el lobo se disfraza de oveja para que el pueblo se deje comer pero Urquiza apareció disfrazado de lobo cuando había decidido dejar de serlo.
Después del saqueo sufrido, la ciudad contemplaba atónita algo jamás visto: el desfile de las tropas aliadas, donde había legiones garibaldinas y banderas extranjeras. Los ingleses fueron a rendir sus armas en la plaza desde entonces llamada de la Victoria. Algunas víctimas de Vences le gritaban asesino y me sumé a ellas. Alguien resoplaba de satisfacción bajo su bigote pero por el rabillo del ojo miraba aquí y allá esperando una respuesta a preguntas que nunca me había hecho.
Era Miguel, de ilustre apellido, estudiante de derecho, poeta del montón y militante alsinista, que dejaba todo a medio camino siendo un niño mimado del Club del Progreso que con voz de barítono cantaba las arias que se representaban en el Colón, acompañado en piano por la más bonita de sus primas.
Era amado por las mujeres: estoy hecho para vivir intensamente noche y día, me decía al invitarme a fiestas. En esa intensidad vislumbré el spleen que luego reconocí en mi estadía en Francia, propio de los que se aburren de tenerlo todo. A la primera que fui conocí a la que seis meses después sería mi mujer, fue un flechazo inmediato: no naciste para dandy, se burlaba Miguelito. “Las amo a todas, cada una es un mundo”, aseguraba con brío. Convinimos que las mujeres, la poesía y la guerra tenían algo en común: piden todo, son despóticas cada una a su manera. Ahí terminaba su éxito social. Si las tropas de Urquiza se volvieran otra vez rosistas y lo mataran a machetazos, aparte de muchas lágrimas femeninas, el hecho pasaría tan desapercibido en Buenos Aires como el montonero, un pobre diablo que tuvo que fusilar años después luego del tratado de La Banderita donde trashumaban como paileros con trabucos desvencijados.
El Chacho depuso las armas pero su protegido Felipe Varela había hecho su proclama contra la guerra del Paraguay y alienando tropas contra el Gobierno Nacional, la cosa seguía como guerra de policía en los llanos riojanos. Le enviaron a este hombre al que debía fusilar por traidor a la patria y al que se acusaba de un crimen.
Trató de eludir el tema cuando el hombre dijo que riojanos y catamarqueños querían la paz con el Paraguay porque el autor de la constitución, el famoso poeta Olegario Andrade y entre otros su propio jefe, Alsina, se oponían sin reservas a esta guerra. Era más idiota que injusto fusilar a este paisano que ni sabía qué era el ferrocarril y del que no conocía el nombre. Mi amigo se maldijo por estar en ese lugar, luego de haber pasado dos años en el Paraguay, viendo montañas de muertos acumularse bajo los esteros. Le quedaba el supuesto crimen que había cometido. Para colmo, tenía noticias que el legendario Santos Guayama, el hombre que murió nueve veces, que pasó de ser un bandolero que robaba para los pobres a convertirse en uno de los lugartenientes del Chacho, viendo que toda resistencia era inútil había liberado a los presos porteños, esperando tranquilamente el final. Se alivió de que el hombre no supiera nada de derecho, ni entendiera los párrafos de la proclama de Varela en 1866 sobre la absorción de las rentas por la Aduana que contradecía la constitución: no deja de ser curioso que la última montonera se alzara en nombre del programa de Alberdi, algo que los historiadores de uno y otro bando pasan por alto. Sería su último grito. El hombre asintió cuando Miguel le contó pestes de la jactancia de los brasileros y sus tácticas absurdas a la que debíamos miles de muertos. Usted no sabe –Miguel lo miraba a los ojos– lo que fue Curupaytí, lo que es ver a hombres de medio cuerpo, impactados por los obuses, arrastrarse entre los abatíes y sin que uno no pueda hacer nada. Murieron casi todos los nuestros. Era el momento propicio para que Miguel le espetara la filípica que tenía preparada: que el país estaba en guerra y era un traidor a la patria a la que clavaba un puñal por la espalda. No dijo nada. Los dos hicieron un largo silencio, inmóviles y graves como si las víctimas pidieran una tregua para que el viento barriera las lágrimas propias, ajenas y de nadie. El gobernador de La Rioja ahora era porteño, había introducido retretes y faroles, pero reclutaba gente a boleadora limpia para cumplir la cuota de la leva que exigía el Gobierno Nacional para defender a la patria contra “el bárbaro tirano López que nos declaró la guerra”. Pelear entre nosotros está bien, es lo de siempre, pensaban los paisanos, que se resistían a ser enganchados para una guerra que no entendían. El pueblo estaba iluminado pero desierto, abandonado por los hombres que escapaban a los montes alimentándose de charqui y patay. Se convenció de su inocencia en cuanto al crimen que se le achacaba y se asombró que con tono infantil le preguntara si era cierto lo que se decía de esa mole de hierro trepidante que surcaba sendas de metal y que echaba humo y fuego. Es el progreso, empieza otro mundo, que no es el suyo ni el del Chacho, le dijo, pero tampoco el mío, el de Urquiza ni siquiera el de Mitre, los que vienen ahora sólo quieren enriquecerse. Tampoco sabía qué eran esos hilos de aceros que transmitían mensajes que ellos tardaban semanas y hasta meses en conocer. ¿Y eso será para bien del país, señor? –el condenado quería irse de sus pagos con una última esperanza aunque estuviera en manos del enemigo. Sí, le respondió mi amigo, esforzándose para resultarle contundente, para las próximas generaciones, y experimentó el sabor de la inutilidad del odio donde la sangre llamaba a la sangre. Y tuvo que ponerlo contra la greda, oyendo la descarga que apagaba un mundo viejo como un candil, sabiendo que no olvidaría esa mirada que lo atormentaría en sueños como un moscardón implacable a través de un hilo de agua que hilaba entre las toscas.
Estoy hasta el moño de esta guerra que no es guerra –me diría al terminar su relato, con la piel ampollada y los pómulos escocidos. Ya no escribía poesía, había perdido su encanto juvenil, una segunda piel había dejado atrás su noches de clubman y no me atreví a contarle la mía como si se tratara de una falta de tacto y fuera un intruso en mi propia historia, la de alguien que salvó apenas el pellejo en Cepeda y no supo cómo venció en Pavón, y en el desierto, cuando un limo pegajoso descendía de la opacidad láctea del invierno, parecía no haber peleado ninguna.