30.3.08

La posibilidad de una isla, por Javier Fernández




Así, el mulato Cipriano, calavera y dicharachero, que con sólo sus gestos y palabras evocadoras arrastra a los empleados al deslumbramiento de las apariencias, a la súbita y terrible revelación de que la nada de la imagen hermosa vale más, en la existencia de cada uno, que el ser positivo de “lo real” al que han amarrado sus vidas.
Carlos Correas (Arlt literato)


La versión teatral que hace el Grupo Ojcuro de la burlería en un acto de Roberto Arlt, La isla desierta, merece nuestro elogio. Parte del elenco son actores no videntes que trabajan con la técnica del Teatro Ciego, cuyo arte consiste en la ausencia total de luz durante el espectáculo y en la celebración de esa hermosa nada que albergan las imágenes que sólo necesitan palabras que las invoquen. Durante el transcurso de la obra se produce la anulación total del sentido de la vista que fomenta el desarrollo de otras vertientes perceptivas como lo son las olfativas, las auditivas, soporte principal en el que se apoya la obra, y las táctiles, que aunque en menor medida resultan tan elocuentes como las demás. En medio de una sociedad en la que el predominio de lo visual adquiere síntomas de epidemia, esta puesta en escena se erige sobre la franca negación de ese signo de los tiempos, saluda al “extrañamiento” de los formalistas rusos y a su anhelo de transformar las anquilosadas percepciones mediante una forma renovada de “ver” y pensar las cosas.

La pieza que dirige José Menchaca y se presenta en la Ciudad Cultural Konex desde hace algunos años, asombra no sólo por su revolucionario y literalmente “nunca visto” método de trabajo, sino también por la atinada interpretación del brevísimo texto que el cronista del diario El Mundo escribiera en 1937. El drama de Arlt, fiel a su estilo, propone un dilema moral. Por allí desfilan oficinistas ruines y corrompidos envueltos en una maraña de vicisitudes burocráticas, olor a café, traidores que se redimen al confesarse, una orquesta conformada por máquinas de escribir, jefes y esclavos. En el cuarto oscuro en el que transcurre la pieza, se pone en duda esa idea que recordara Jean Cocteau en El testamento de Orfeo: “la expresión se hace por medio de gestos”. Aquí se vuelven obsoletos la escenografía, el vestuario, el maquillaje y los demás elementos tradicionales de la utilería teatral. No así los recursos canónicos del radioteatro y de las representaciones de siluetas, títeres, marionetas y sombras móviles, que desde la fosa de los antiguos teatros producían todo tipo artificios sonoros en tiempo real: ruidos de copas que chocan entre sí, la campana de un reloj despertador, la brisa del viento, el sonido de las olas estallando desde el océano en la orilla. Una oficina con grandes ventanales por los que se ven pasar buques y transatlánticos perturba la atención de un grupo de oficinistas de vida rutinaria. Ese malestar actúa en favor del autoconocimiento que los personajes van adquiriendo de sus propias vidas. Presagios sonoros y olfativos de una tormenta en medio del mar, una playa en Madagascar, el aroma hediondo de las calles de Shangai, la reescritura y expansión del texto arltiano no desentona, porque todo suma a la hora de plasmar los vaticinios de Arlt que denuncian una sociedad alienada y uniforme en donde las personas se vuelven meros engranajes lúgubres, tristes y aburridos. Esta crítica lúcida y lúdica al abyecto mundo burocrático, encuentra en el viaje, y en los relatos cosmopolitas de Cipriano, la posibilidad, ya no de una isla desierta, sino de recobrar el valor que la monotonía ha robado a la vida misma.
. . .
Finalmente lo objetivo. Los espectadores son guiados a sus butacas por los mismos actores. Entran a un espacio sin luz de donde surgen, como salidas de una caja de Pandora, las mil maravillas de la representación. Así como las esculturas ferroviarias de Carlos Regazzoni “objetivamente”, si es que esa palabra significa todavía algo, se mojan los días de lluvia, la versión que hace de La isla desierta el Grupo Ojcuro, bajo la tutela de Menchaca, es la única adaptación escénica que puede prescindir de la visión para constituirse como espectáculo.

16.3.08

El baile de los ahorcados, por Juan Dos


Voy a cambiar de especialidad –digo. Judy mira lo que he hecho. Jackson Pollock liberó la línea, recuérdalo, me dijo alguien ayer en clase de pintura contemporánea. ¿Cómo podría liberar de nada a esta mierda?,
me pregunto. Me quedo delante de un lienzo sin terminar. Pienso que haría
mejor gastando el dinero en drogas que en material de pintura. –Voy a
cambiar de especialidad, ¿me oyes?
Bret Easton Ellis. (Las leyes de la atracción)



En los 50’s, a raíz del meteórico paso de Marty McFly por Hill Valley alguien inventa el skate, pero como la industria norteamericana jamás descansa y su infatigable producción de ocios renueva permanentemente el mercado de la dicha estableciendo otras modas, otros pasatiempos, para el año 65 la popularidad del ingenioso artefacto decae y cinco años más tarde comprar una patineta es imposible. 1970. El lado sur de Santa Mónica depone su tradicional brillo convirtiéndose en el barrio pobre de la playa. Dogtown. La célebre feria de Ocean Park desmantela teleféricos, tiendas y variedades. El público migra, disuelta la clase media consumidora de “paseos” los hijos del lumpenaje toman el control del negro agujero residual abierto en el paisaje. Surfers marginales adoptan un muelle encajonado llamado Cove. Bohemios, yonquis y pandilleros completan el cuadro. Las maderas y los escombros del antiguo recreo flotan entre aceradas tablas de curiosos y vivos colores, los pilotes abandonados en hilera transforman la actividad en algo peligroso. Allí, diez adolescentes postergados, surfean hasta media mañana y acabadas las olas extienden la práctica hasta el cemento. Recurso tan inmediato como instintivo el equipo Zephir aplica en el asfalto los conocimientos instrumentalizados sobre el agua. Estructuras urbanas diseñadas con fines ciudadanos se refuncionalizan instigadas por el insólito avatar de la joven expresión estética. Imprevista, secreta, reducida, combina elementos incompatibles y quizá por primera vez un movimiento cultural nace directamente de niños desclasados cuya profunda intuición los induce a la excelencia del amateur, a tomar la técnica de Bertleman de flexionar y tocar la ola, para luego ellos apoyar la mano contra el piso y así estirar el cuerpo desde la tabla. El exclusivo número de integrantes inculcó la devoción del estilo. La competencia diaria por verse cada vez mejor y mejor los consagró expertos amantes de la forma. Entonces una sequía providencial abate la tierra californiana. Cientos de piletas permanecen vacías y en reiteradas sesiones ilegales la facción insubordinada conduce la disciplina a otro nivel. Lo inmediato era pasar por encima de los focos (bajo el borde) y apoyar una sola rueda suspendiendo el resto del skate fuera de la pileta. El cielo es el límite. Nasworthy reemplaza las ruedas de arcilla por las de uretano, el artefacto recupera cierta fama y para 1975 los chicos participan del torneo Nacional Del Mar. La concurrencia (no los organizadores) los juzga con franco desprecio. Pelo largo, pantalones rotos, aspecto desgreñado. Jay Adams, el menor de la tribu, trece años, solitario y displicente, rompe filas. Ingresa a la pista de free style, un área pequeña de 12 x 12, plana, de madera contrachapada y capa de uretano. Hay que verlo, el documental de Peralta recupera las imágenes filmadas por Stecyk. Todos la rompen y todos, al promediar la tarde, son comprados por la industria. Y, o bien acaban patrocinando marcas corporativas o bien fundan las suyas propias accediendo al pérfido “sueño” americano. Todos menos Jay. Jay Adams posee un talento diferente. Tony Alba y Stacy Peralta son buenísimos, Alba en particular hace gala de una agresividad aplastante. No obstante Adams busca otra cosa, es otra cosa. Ni presumido a lo Alba ni calculador a lo Peralta no le interesa perfeccionarse ni ser adorado, ensayar veinte piruetas iguales lo aburre, el prestigio y los dólares no consumen su deseo. Gasta bromas pesadas, enciende morisquetas de arlequín y arroja las pelucas de los pasajeros por la ventanilla del transporte público. Todos se profesionalizan menos él. Entrevistado para este documental en la prisión de Haway (drogas) alegará, perplejo, que sus viejos camaradas comenzaron a respetar horarios y tomarse en serio algo que él consideraba tan sólo una prestancia. Un regalo de manos bondadosas y desconocidas. Uno imagina el inevitable y gradual desamparo. La práctica por la práctica en sí, antes autosuficiente, ahora institucionalizada disocia la pasión exploradora de una habilidad o de un talento (extravagantes) mediante la rutina divisoria del trabajo regulado. El placer invisible de la actividad se repliega al goce material de la plaza capitalista. Hoteles suntuosos, giras internacionales, mujeres extra fáciles y perniciosas sustancias complacientes, sus amigos, mayores que Jay, en cuestión de semanas adquieren el repulsivo mohín de las estrellas de rock. Con Jacobo Fijman, Vincent Van Gogh, Antonin Artaud y The motorcycle boy ocurre de modo parecido. A diferencia de sus colegas, éstos desplazan el foco hacia otro lugar. Indagadores constantes del borde, no persiguen ni el valor constituido del dinero ni la coartada consagratoria del aplauso, sino el deslizar la expansión de una eficacia. No saben detenerse: los encarcelan o los matan. Fijman cautivo en el Hospicio de las Mercedes, Artaud en Rodez, Van Gogh en Saint-Rémy, Adams en Haway. Representan otra clase de creación. Invisten la realeza en el exilio, príncipes alejados de su estirpe por el salvaje viento que pasa, los ojos fijos, vidriosos, sujetos al extremo más duro del barco. Un paquete aparte. Nadar junto a cocodrilos hambrientos, cazar tiburones blancos con el cuchillo entre los dientes. Explorar y moverse fuera de la norma, investigar los túneles, las almenas, los escondrijos y los pasajes del campo de batalla. Cuando Adams daba desprolijo era porque iba sin premeditación, sin plan, trastabilleaba y a partir del error y de la inestabilidad descubría figuras únicas, efímeras y desprovistas de alarde, deslumbrantes. Hablemos de crear figuras porque sí, de una inspiración brutal, casi primitiva, que persiga la belleza de la forma sólo para tocarla y no atesorarla acaso por no pertenecerle. Ignoramos cómo funciona la carrera tras el alma de la forma y/o de las palabras. Germán Céspedes, poeta desesperado de Adrogué, supo correr tras ellas y alucinado tras la música de sus cuerpos eternos inventó un complejo mecanismo de curvas, subidas y bajadas, una mini montaña rusa verbal donde las frases, igual a canales o conductos de cobre, sostuvieran el recorrido frenético del léxico aumentando la velocidad reverberante de sus múltiples sentidos por medio del ensamble sintáctico y del contraste fonético. Alguien junta digamos entre 500 y 1000 palabras, bien agarradas y calculando el margen en no más de dos hojas, allí dentro realiza, como si fueran las paredes combadas y verticales de una pileta vacía operaciones muy, muy veloces. Suprime, añade, altera, mueve, transpola, reformula, acondiciona. Infatigablemente. Entonces cada tanto la entrevé, entrevé la forma necesaria y la palabra justa, correcta, cuando es verdadera y última y no otra y ofrece un espectáculo singular, espontáneo e irrepetible.