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21.2.20

Balcones porteños, por Laura Salino




Buenos Aires, la ciudad imán. Todo en Buenos Aires me atrae. Las conversaciones ocasionales en la calle, los versos de los que piden, los remiendos, el cableado, la altura de los árboles, la exuberancia verde, los jacarandás, los palos borrachos, los ceibos, los tantos balcones porteños. Luces frías, luces cálidas, cuerpos a lo lejos, los hombres que miran, los hombres que me miran como si existiera: PENSAR Y QUE EXISTAS, leí en un grafitti callejero.

Hoy vi una pareja besándose sin tiempo en un semáforo. Todo era pasión, y se me estrujó el alma. Si es que tal cosa existe.

***

Me reí en el agua.

Desde que hay recuerdo, hay risa en el agua.

Primero me reí en el agua y después me quedé quieta boca arriba. No había pájaros y el cielo estaba gris plomo. Todo mi cuerpo blando y quieto boca arriba hacia la lluvia que viene, avanza. La lluvia está sobre mí, pero no llueve.

La tormenta está ahí, contra mi cuerpo blando y quieto. Me piden que salga, pero no quiero. No salgo del agua. Escucho los truenos en el agua. Floto entre los truenos en el agua. Mi cuerpo blando y quieto flota en el agua acogedora, dentro de la tormenta. Entonces la indómita luz surca el cielo.

Mi cuerpo se inquieta. Y salgo del agua.

Algo todavía ríe. Se ríe.

En el agua blanda y quieta, como mi cuerpo, que ha salido.

***

El chofer que conducía me contó que trabajaba en el ejército hace veinte años. Hizo la carrera militar gracias a la madre, que era muy derecha, dijo.

Los padres fallecieron en un accidente automovilístico hace diez años. Extraña sobre todo a su padre. Trabaja hasta las dos en Campo de Mayo y luego hace unos mangos extra con el auto. Me contó que el padre le dejó tres propiedades en la costa que él no usa porque le hace mal, le trae muchos recuerdos. El padre nunca le habló de la muerte, pero alguna vez le pidió que cuide esas casas porque le había costado mucho conseguirlas. El hombre no quiere esas casas ni las disfruta, pero quedó ahí encerrado en la promesa de cuidar lo que su padre no pudo.

Le dije que una cosa era lo que el padre hubiese querido y otra lo que él quiere. Y algunas otras cosas para aflojar el nudo. Me escuchó. Pensé en Hamlet y en el poder del padre muerto. Pensé en todos los padres muertos y los que morirán, haciéndose más fuertes solo por haber dejado de existir, por pasar a la condición de fantasma, de obsesión, de voz interior. “Mi mamá no está, pero yo la escucho” me decía un amigo hace poco. Pensé en mi lugar de hija y en mi propia ecuación a resolver.

Pagué el viaje y nos despedimos muy amablemente, como dos desconocidos que han tenido una conversación íntima, de esas que muchas veces sólo pueden tenerse con un desconocido.

Pagué el viaje y deseé que ese hombre no tenga que seguir pagando, aunque le sobren propiedades.

***

Recodé muchas veces el fragmento de una novela de Saer donde un tigre se come a un fraile, salvándolo así de la desesperación. Este relato se lo hace un personaje a otro, alguien que quiere acabar con su vida. A un ya desesperado. Deseé no ser como el fraile, no quiero que el tigre me coma.

Pienso en mi regreso.

Pienso en mi regreso.

¿Existen las ciudades capicúa?

8.6.19

Lift, el descenso a la adultez, por Laura Salino



No nos sorprende que Radiohead sepa hacer con las metáforas del mismo modo que Thom Yorke hace con la voz.

El video de Lift comienza en el piso 18, lugar adonde los adultos hemos llegado alguna vez y que debimos atravesar, solos, con nuestras pequeñas bolsitas y los compañeros de viaje ocasionales de cada momento vital.

La puerta del ascensor se abre y entran dos jóvenes con aire despreocupado y adolescente que, al descender, generan y encuentran desorden: la más joven apoya su palma abierta y deja marcados todos los pisos ante la sorpresa molesta de Yorke, que ahora deberá detenerse en cada piso; la otra encuentra una planta en el suelo. Juventud, divino desorden.

A continuación, una anciana con un carro de la compra (lleva más cosas que los otros) deja atrás más macetas en el suelo, entra y mira con desconfianza, aferrada a su carrito. Otro curioso pasajero, a medias entre yuppie y homeless entra y desciende en un piso derruido y caótico.

You've been stuck in a lift
We've been trying to reach you, Thom

La anciana atraviesa la puerta en el piso 13, donde todo está patas arriba, la música se tensa, el escenario vuelve a mutar.

Hombres con trajes y corbatas apretadas, sin pelo, encierran a Thom en el centro del cubículo, ahora la cámara es aérea, toda la escena se ve desde arriba, las calvas lustrosas se mueven y discuten con papeles en las manos.

The smell of air-conditioning
The fish are belly-up
Empty all your pockets
'Cause it's time to come home

La música vuelve a calmarse cuando la tropa de calvos desciende y Yorke queda solo con uno de ellos, que baja directamente en un cuarto de baño cuyo mingitorio lo recibe apenas cruza la puerta.

Nuestro hombre sigue bajando solo y la puerta vuelve a abrirse, esta vez en el interior de un comedor donde una pareja mayor reunida en la mesa, mira y es mirada hacia y desde el ascensor.

La música vuelve a tensarse mientras muestra a nuestro personaje impaciente, la puerta vuelve a abrirse: un anciano camina con bastón por un largo pasillo hacia el ascensor cuya puerta se cierra antes de que pueda alcanzarlo.

Otra vez la vista aérea y un niño juega con un coche de juguete, otro joven bebe el agua de la pecera con los peces dentro, un perro, mujeres en corro que piden ser miradas y una foto para la ocasión, un técnico que desmonta el cielorraso, alguien trapea el suelo.

Yorke se disminuye ante un enorme negro que come y ambos observan el espacio de una mujer que descansa rodeada de libros y discos, el hombre negro y enorme desciende en un contraste de luz.

Nuestro personaje vuelve a quedarse solo.

Estamos ya casi al final del recorrido. Piso 01. La puerta se abre y vemos la duplicación de nuestro personaje tras ella, de espaldas. El mismo atuendo, las mismas bolsas.

Thom va al encuentro de “su otro yo”, digamos. Le toca el hombro. Lo desenmascara: es un calvo. Pero el otro yo de Thom mira a la vez hacia atrás donde nuestro personaje sigue ahí, nunca se movió de su lugar. 

Today is the first day of the rest of your days
So lighten up, squirt.

La puerta se cierra.




Lift, dirigido por Oscar Hudson.

22.11.18

Lunes 22 de octubre, por Laura Salino





Leí no recuerdo dónde “Hay que tener el coraje de aburrirse solo”. El momento de aburrirse, cuando toma el tiempo todo, se parece a una arena movediza. Está lejos la manera de hacerse desear, lejos la tentación, lejos el entusiasmo depravador, lejos la corrupción de la costumbre, lejos el dejarse hablar y que otro oiga. Lejos haber nacido.

Hay que tener el coraje de aburrirse solo y saltar al vacío. Hugo decía que el vacío lo había decepcionado: tal vez esa es la manera de aburrirse solo sin miedo. Hay que perder el miedo a aburrirse solo y afrontar la decepción del vacío. ¿Quién podría ofrecer instrucciones para amueblar el vacío? Ahora pienso en el vacío como una gran boca que todo se lo come. Un enorme agujero negro que es, a su modo, un poema. Un pájaro es pájaro si se atreve a cruzar volando el sueño de una mariposa negra, escribió un tal Ernesto Aguirre. Cómo me hubiese gustado escribir ese poema. O bien ser ese pájaro corajudo.

Ayer supe la noticia de una mujer que cayó de un piso veintisiete por hacerse una selfie. Vivimos una proliferación constante de Narciso en su tragedia. Hay muchos vacíos a los cuales arrojarse. Y en absoluto es lo mismo arrojarse a un vacío que caer en un vacío.

Pienso que no tengo ninguna frase propia, que todo lo que pienso lo he leído, no lo he pensado. Eso también me decepciona. Pienso en Clarice Lispector y su momento de belleza: si alguna vez fui linda fue en aquel amanecer con rosas que caían de mis brazos plenos. Pienso en el conjunto vacío. En la inteligencia de las flores. Pienso cómo habrán sido los últimos momentos de mi abuelo, cuando sabía que se moría y no quería, no aceptaba tener que morirse, probablemente porque toda su vida estuvo un poco temeroso de vivir. Era como los barriletes que remontaba: un vuelo con cuerda, agarrado a la mano que hace tierra. Un hombre bueno. Sabía decir que no. Quise mucho a mi abuelo. Recuerdo nuestro último abrazo, fue eléctrico y largo.

Mañana será la primera vez en mucho tiempo que mi abuela no cumpla años.

Mi padre está a punto de perder una pierna.

Pienso en los autistas y en su interés matemático que excluye cualquier interrogación por las preguntas existenciales. Ninguna fórmula matemática expresa la tristeza (esto sé que se lo leí a Fritz Zörn), el entusiasmo, la muerte, la sexualidad… Pienso en las matemáticas como en un psicofármaco, con otros efectos secundarios. Pienso en la cobardía, en algo que escribí en otro tiempo sobre los cobardes. En un momento de mucho coraje donde no estaba aburrida. Pero está bien aburrirse. Jugar a aburrirse.

Nieves cuenta de su infancia que cada vez que decía Me aburro le respondían No se dice mea burro, se dice pipí caballito. Por cosas como esa vale la pena aburrirse: puede haber ­–no es seguro– la posibilidad de convertir el fastidio en risa.

En el coraje de aburrirme sola, el humor sigue siendo mi mejor salto al vacío.

18.7.18

Secreto, por Laura Salino



lunes 2 de julio

Recuerdo desde siempre una seria inclinación al enigma, al cifrado, al misterio. Junto con ello, cómo no, una crónica avidez de saber que otros llamaban curiosidad. El secreto me era indispensable.

Habitando la península, supe también que el secreto era una parte del cerdo, comestible. Del cerdo se aprovechan hasta sus andares, dice uno de los tantos refranes españoles que a mi amiga Nieves le fue contando su abuela. Este secreto interrumpió mi elección de no consumir carne roja desde hacía unos años. Soy un ser de lenguaje. Puedo ser terrible.

Generalmente, me abstengo.

Mantengo esa vocación por el secreto. Una parte de mi trabajo consiste en eso: guardar secretos. Por eso mismo tal vez, cada tanto me veo abrumada por la intensidad de esa presión y necesito contar lo aprendido, ponerlo en entredicho, sacarlo de dudas, abrazarlo en público, exponerme inútilmente.

Con el tiempo voy aprendiendo que cualquier relación larga es por definición cruel. Incluso con el secreto. No es el tiempo el que destruye las cosas, sino nuestro paso por el tiempo. Nosotros nos encargamos de destruir el tiempo en que vivimos.

El secreto siempre está en saber leer entre líneas, rehuir a las obviedades. Promover una orgía de grietas. Las hay para todos los gustos. Sin embargo, en algunos casos el lugar del secreto no debe conmoverse demasiado, basta con respetar el enigma. Muchas tragedias se engendraron con la traición de un secreto.

Frente a mi casa había otra casa más antigua, con un habitante más viejo. Siempre me pregunté cómo sería esa casa tan anacrónica por dentro, recorría sus rincones, regaba sus plantas. Este buen señor murió repentinamente, o lo sacaron de la casa repentinamente. El caso es que de un día para otro no estuvo más, con esa contundencia que tienen las cosas cuando se van para siempre. Luego hubo gente visitando el lugar, tapiaron las ventanas y pusieron un aviso de demolición. Durante meses y meses, el cartel de demolición fue la única compañía de la casa cerrada.

Estoy escuchando los mazazos ahora. Lo hacen a mano. Un hombre destruye la obra de otro hombre, en otro tiempo. La casa perdió su techo, sus muebles, sus paredes, los esqueletos de las plantas que el hombre cuidó, y los golpes se escuchan ahora contra la fachada. El rostro de la casa se desdibuja frente a mi ventana opaca de polvo demoledor.

No es este un secreto que quisiera guardarme. No quiero que este secreto se me seque dentro como las plantas de la casa vacía que el hombre ya no pudo cuidar.


12.2.18

Enero una laguna, por Laura Salino


Bajo del 93 en Libertador y Esmeralda. Hace un calor pronunciado. Voy demasiado cargada de peso (el arroz bomba que me pidió mi viejo y pasé riéndome por el control del aeropuerto, pesa), los escalones del colectivo son muy altos, no tengo fuerza suficiente en los brazos por lo que empujo con la rodilla la valija. Me lastimo. Ya llevo la primera marca.

Voy rumbo Junín, mi pueblo natal. En el tramo que va desde Av. Libertador a la estación de ómnibus, veo toda la oferta de puestos ambulantes, siempre variada. Paso por la estación de trenes y recuerdo.

Arrastro la valija por las veredas rotas siempre rotas y las rueditas van encallando en las profundidades de los agujeros. El sol pica.

Veo que las rampas mecánicas en las subidas están rotas, no funcionan, así que cargo el peso hacia arriba como antes de que la estación estuviera reformada. Noto cierto deterioro desde la última vez, una gran cantidad de chicles pegados en el suelo.

Empiezo a escuchar nombres conocidos pero extraños: Rápido Argentino, Plusmar, Chevallier, El Rosarino… Hay gente durmiendo en el suelo sucio, un chino muy flaquito se come un pancho con devoción famélica. Una madre le da gaseosa a su niño mientras le aclara: “A Tati no le gustan los nenes con olor a culo”.

Espero. Salimos con cuarenta minutos de demora porque el aire acondicionado no funciona. Habían anunciado mal la plataforma, así que cuando estoy por subirme al micro el chofer me detiene: “Viajás en el de al lado linda, con dos negros feos”. “Muy bien, les daré el saludo a los compañeros”, respondo, y nos reímos.

Subo, busco el asiento diecinueve, abro las cortinitas azul oscuro. Quiero que entre la luz.

Salimos. Pasamos los puestos frente a la villa, luego el Sheraton. Nos detenemos justo frente a unos plátanos enormes atacados por cochinilla algodonosa repugnante. Pobres árboles enfermos de ciudad. Pasamos el Luna Park.

Recuerdo este trayecto perfectamente. Tantos años. Tantas veces.

El sol me adormece, cabeceo y me despierto en Liniers: “Sánguches, milanesas, agua, gaseosa”. Se me hace largo y pesado, como siempre, hasta Carmen de Areco. Luego viene una sucesión de verdes, charquitos, nidos, vacas pastando y algún que otro árbol con cintitas rojas dedicadas al Gauchito Gil. Pienso en la pampa y en los arrieros de otras épocas.

Corto la nostalgia con un concierto de Charly: “esquivas a tu corazón… y destrozas tu cabeza”.

Marcas comerciales de semillas presiden los alambrados de los campos.

Cada tanto suena la alarma del micro porque ha excedido los 90 km/h. Ya estamos en Chacabuco.

Cincuenta kilómetros más y estaré de nuevo en la ciudad donde me nacieron.
Pasamos por una zona fabril, luego veo unos chanchos alimentándose y un chico con el torso desnudo en una Harley que desentona un poco con el paisaje. Pasamos el Golf, el reconocido cartel “Junín 3”, el río Salado, un anuncio venido a menos de lácteos Argenlac y, por fin, llegamos. Una hora después de lo previsto.

Siempre tuve la impresión de llegar tarde a las cosas, como si ya debiera saberlas antes, de otro tiempo o de otra vida o de otra experiencia. Siempre me avergonzó no saber. Mi curiosidad fue mi primera vergüenza.

Vuelvo a los afectos de Junín, a sus lagunas tan reales como los limoneros. Vuelvo a Junín que es un paisaje, un cuerpo, un recuerdo y siempre una sorpresa repetida y sin adjetivos.
Vuelvo a la vida allí, con mi edad de aquí, con mis ojos de ahora, mi olfato de siempre, mi tacto sin terminar de hacer, mi oído trabajado y trabajador. Vuelvo con todo lo que ha cambiado y lo que no ha cambiado en absoluto.


Vuelvo otra. Me voy otra al volver.

8.12.15

Otro viaje a la semilla (que fue árbol), por Laura Salino


Todo está en la infancia, incluso la fascinación que sobrevendrá.
Cesare Pavese

A menudo cuesta toda una vida librarse de ciertos recuerdos, por muy irrelevantes que sean.
Robert Walser



El aeropuerto de Malpensa en Milán oficia de compás de espera hacia Torino. Luego de algunos minutos de espera, el autobús  se arrastra hacia la ciudad en medio de un calor sofocante. Finalmente llega a la estación, donde el gigante –cuerpo y alma– anfitrión espera. Ya estamos en tierra turinesa. Tierra de historia y prehistoria. Nietzsche, Pavese, Calvino; pero también de mis bisabuelos y abuelos.

Nos levantamos tarde. Salimos a la ciudad en medio del calor intenso, húmedo. Paseamos para incluirnos en ella. Entramos en una librería donde hojeamos una lengua que me recuerda a una banda de moebius: no sé si estoy dentro o fuera, o dentro y fuera al mismo tiempo, o ni dentro ni fuera. Me arden los ojos a causa del aire acondicionado, es entonces cuando abandono el lugar. Salgo. Me quedo escuchando a un muchacho que toca fadó en la calle, nostálgica guitarra que combina, en ese momento, bien conmigo. Estoy sentada en un banco, al calor húmedo y agobiante del verano turinés. Sigo, sin embargo, a gusto. Observo algunos edificios del 1700, pienso en las galerías señoriales que acabamos de dejar… ¿Alguna parte de la familia lejana estará, ahora, cruzando miradas conmigo?

Ciudad para vivir (bien, como aclaran los turineses que han viajado y regresado: aquello con lo que mi bisabuelo soñaba). No es difícil vivir bien en Torino: el encanto del Po la atraviesa y, como si fuera poco, el Dora serpea su recorrido. Los puentes conducen hacia la colina verde, verde. La humedad supura entre los adoquines viejos, repta por la colina, se esconde en las sombras de las iglesias. Hay un olor… porteño. Audaz. Grávido de agua. Por la tarde, extraños arreboles circundan los paseos y el paisaje. El calor de vereda tropical incita a abandonar los señoríos. El gigante invita, conduce, nos lleva a sus bares de juventud. Bebemos la música, aspiramos el frescor de la cerveza blanche, comemos y nos alimentamos (todo por el mismo precio) de esos paisajes interiores, de esa alegría del afuera. Al volver al fuego de la vereda, los pasos del gigante dejan una estela hacia un edificio viejo y hermoso. En el patio, un enorme barco se expone para que naveguemos un extraño itinerario. El grande introduce la clave que abre la puerta hacia unas escaleras de mármol con una belleza antigua y resistente. Subimos. Penetramos en un espacio nuevo: alfombras que han leído Las mil y una noches, sillones rojos y verdes, pesadas cortinas de terciopelo rojo (que acaricio, vuelvo a tocar), más puertas que atravieso donde otros verdores íntimos tapizan más sillones. Techos al cielo, madera crujiente de los suelos, cada paso deja un eco que atraviesa el instante y sigue. Nos sigue.

Nos cuesta dejar el lugar. Afuera anochece. Sabemos que el ritual de la luna se cumple. Estamos anocheciendo junto con el día. Ahora el gigante nos orienta hacia la humedad del Po, hacia la inquietante aunque quieta exuberancia del agua. Ahí estamos, buscando mesa en un chiringuito junto al río, podríamos sumergir los pies si quisiéramos. Una glorieta engarza vides con uvas verdes, inmaduras, parecen florecer o hacer florecer nuestras cabezas. La luz de la tarde apenas se filtra entre la fronda exuberante, como el río, como el agua…

Protegidos contra los mosquitos nacidos de lo húmedo, ponemos pies en polvareda, abandonamos el verde, el Campari, la luz, el agua. Subimos más escaleras entre la humedad glauca y las maravillosas vistas a la colina. Caminamos cansados. Súbitamente, un naranja intenso asoma desde lo alto y nos detiene. La luna llena emerge  grandiosa, enorme, una redonda Afrodita amorosa y fulgurante sin la estridencia del paraíso artificial. Recuerdo a Calvino, me inunda un Marcovaldo dividido entre el amarillo maquinal del semáforo y la hipnótica luna llena. Luna sin Gnac.

Partimos, algo embriagados ya por el Campari, la larga estancia entre la luna y la fragancia omnipresente de los jazmines. El aire lleno, como la luna.

Nos debemos el sueño porque al despuntar la aurora, Génova escribe el horizonte.

Génova porta en el paisaje algo del lado oscuro de la luna. Encuentro una decadencia algo íntima, soportales magníficos, arcos de un sueño antiguo ante los cuales me petrifico: ontogénesis y filogénesis; historia y prehistoria. Calle, mugre, vicios, el mar reventado por los edificios y un mito inmutable. El mercado pletórico, cornucopia de placeres. El café, verde primero, fuerte después de tostado; la inoperancia del marketing ahogada por el aroma de las antiguas casas de Torrefazione. Construcciones  coloniales. El recuerdo de mi bisabuelo percutiendo, golpeando como las teclas de un piano desafinado. Amapola y memoria.

Debemos seguir hacia Lavagna. La luna acompaña el viaje en tren mientras el libro que acompaña mi viaje filosofa sobre el vino, sobre los pueblos del vino y los del aguardiente: “al vino le gustan las alturas y las vistas panorámicas”, mi afinidad con el vino es evidente. Arribamos, cansados del día. Entonces los pies, algo hundidos ya en el sueño, arremeten hacia la playa nocturna. Es allí, en esa reunión de luna y mar, donde se condensará uno de los pinceles más bellos del viaje. El mar, cálido, plácido, liso, ultrasalado, compensa toda tribulación. No hay pobres de espíritu en la inmersión acuosa de esta noche.

Me dejo ganar por el agua. Hago la plancha largamente, dejo los ojos perderse en la luna llena, los oídos en el nocturno chapotear del agua, la boca en el ímpetu salino. Recuerdo un pasaje del libro que leo, “me gusta el vino que se ha criado junto al agua. El agua es el elemento ancestral en el que nací y por eso deseo su presencia en todo”. Abrazo la luna y su reflejo como un monje. Quiero quedarme así, plácida, sin miedo, sin frío, pacífica y salada.

Al sueño le sigue el sueño.

Por la mañana, luego de desayunar en el hostal con fondo de cigarras (orquestadas a sol hirviendo), el tren nos lleva hasta Riomaggiore, último pueblo de la seguidilla de Cinque terre. Allí sorprende el color del agua, la exuberancia frutal y vegetal, la lengua viva de la gente, el dialecto de Liguria tan pegado al nuestro, tan fainá y fugazza, las flores insistentes, llenando todo de colores igualmente exuberantes. El baño salado no se hace esperar, veloz y beatífico, antes de partir hacia Vernazza. Este pueblo, ya convertido en parque temático, invita más al abandono que a la estadía, pero nos deja sin embargo el momento para el chapuzón pedregoso antes del pequeño barquito que nos conducirá a Monterosso, pasando por Manarola y Corniglia; entre ropas mojadas, viento y calor. Sal.

Ya descendidos en Monterosso, antes del baño debemos refrescar el interior que nos habita: sentados en una escalera umbría, necesariamente umbría, bebemos cerveza helada y charlamos acerca de cuestiones amorosas: el gigante confiesa haber soñado con una chica heavy metal, con un hombre cavernoso que pueda decir “esta mujer es mía”; personalmente me translitero en un jeque y nombro matándolo el deseo de un masculino harén de treinta. Nos reímos de nuestras insólitas ocurrencias y agradecemos que en la fantasía se nos permitan aberraciones que nos cuiden lo vital de ojos abiertos. Arremetemos hacia la playa.

Me baño largamente hasta que el gigante me avisa que una enorme medusa merodea el baño humano. Ofuscada por la intrusión de la ameba, con las yemas de los dedos ya arrugadas, salgo entre protestas susurradas y reprendo a los turistas que arrojan piedras sobre el pobre el animal de los tentáculos. Paseo a lo largo de la playa revolviendo la arena y las piedras, recojo algunas que me acompañarán largamente como el recuerdo de esos baños. Al regresar, veo el cuerpo muerto de la medusa, hermoso aún, ribeteado de violetas y magentas su transparencia. La imbecilidad humana, sin respetar edades, sigue arrojando piedras como en una remake de María Magdalena.

Extenuados de paisaje, emprendemos el regreso en tren con música y lectura. Luego, el gigante bate sus alas y las deposita cuidadosamente en el automóvil. Una repentina tormenta eléctrica nos ilumina el sendero de cemento. La pioggia lava noi altrove.

En nuestro sábado, no todos los caminos conducen al agua. El hombre vertical hace su apuesta: Porta Palazzo, el mercado de Torino. Nosotros, como criaturas horizontales dispuestas a las líneas, nos dejamos trazar.

Aire, aire libre, aire comprimido, aire viciado, aire encerrado, aire preñado de aromas, sabores, saberes, picardías, aire para ir y venir en la cuerda del regateo que se tensa, salda o corta. El mercado al aire libre se cuece al sol, pasamos rápido por las innúmeras bagatelas, chirimbolos, curiosidades, bazofias, cachivaches, enseres de lo más variopinto. Útiles, inútiles, sorprendentes, antaño, hogaño; todo junto, superpuesto, encimado, en línea, apilado, desparramado, sucio, limpio, novedades que funcionan como antigüedades, antigüedades en desuso, en desorden, en desmedro… Un mundo interminable de bártulos, trastos y trastillos para todos los gustos, para cualquier uso, también para el abuso. Caricatura de cornucopia.

Avanzamos, penetramos en otro recinto, y el aroma que flota allí dentro inunda de alegría al resto de mis sentidos, en pugna por no perder protagonismo. El lugar en el que acabo de quedarme como anclada es el puesto de hierbas aromáticas frescas: podría dedicar muchas horas a esta inquietud botánica, sin embargo la mesa de los pecados capitales me sigue horadando la permanencia (soy un ser débil cuando me tiento pero confío en que el paladar sabrá reconocer las máscaras). Avanzamos entre calabacines con su flor, berenjenas, zanahorias de verdad (irregulares, con algo de tierra, con brotes), ciruelas de varias clases, todas las delicias del verano a disposición.

La contemplación da paso a la cacería. Inefable cacería. Entra en juego el mamífero, la leche de vaca, de cabra, sus ácidos almizclados, curados, envejecidos... No deja de ser la vejez una buena cura contra todos los males. Dejar de ser es también una invitación.

Bien abastecidos, concluimos con una buena cerveza y un buen botín lácteo y frutal. El pan comulgó con Eros: allí en la plaza, junto al monumento, desplegamos nuestros manjares y nos dispusimos a la fiesta. Algunos amigos del disfrute también se sumaban al picnic, luego vinieron pájaros, amigos de las migas a su vez… Plenos de satisfacción, aunque nunca del todo, votamos por el helado. Fuimos dos contra uno, entonces caminamos hacia el fresco para amainar el calor, que insiste en presente continuo.

Insiste también en la tribuna.

Haber cambiado de orilla en algún momento de la vida trastoca muchas verdades y algunos señuelos. Entonces el partido de fútbol vivido a dos filos, selección mediante, nos acerca un poco, ofrece caldo de chistes y complicidades, nos sueña en cantos compartidos y luego nos abandona a la vigilia como a cualquier otra derrota.

Dejar de ser es también una invitación, replico.

El domingo, día familiar, cómo no, entramos en Cavagliá. Por mucho que intente asir un lenguaje que permita contar lo inefable, algo huye y en esa huida sella su permanencia. Sé que ese es el nombre del pueblo desde el cual mis bisabuelos partieron rumbo Génova para llegar al puerto de Buenos Aires y desde allí el periplo de gran parte de mi prehistoria. Apenas entrados en la manzana del centro –donde iglesia y municipalidad completan perspectiva–, encuentro sobre la pared de la segunda una placa dedicada al ciudadano ilustre que llevó el agua corriente al pueblo en 1914, con quien compartimos apellido, encuentro también que la calle principal del pueblo lleva mi apellido y –para extirparme de cuajo cualquier duda– los compañeros de la Società Bocciofila de Cavagliá confirman el calificativo “numerosa” para la famiglia que me dio su apellido. En ese mismo instante una imperiosa necesidad de conocer el cementerio me atraviesa como el rayo de Zeus por lo que apuro el aperitivo, los bocciófilos y todo lo demás; incluyendo como nota cómica el hecho de que los lugareños conversan con el gigante en inglés, como si fuese extranjero, como si la lengua de Dante ofendiese su dialecto. O incluso para inflamarse con un mundo que quisieran poseer pero del que sus posibles cobardías no pagaron el precio en la imaginación. Así, rudos, parcos, un poco brutos, pasando de las cartas a las carreras de autos, al fútbol, la tv o el aparato de turno siempre encendido; un domingo como tantos, en familia. Sin otra poesía que la del jardín cuando lo hay, la de la calle vacía –para salir a jugar–, el silencio del verano a las tres de la tarde. Algún gallinero tímido que no habla de su extinción en todos los patios.

El cementerio está dividido en dos, como nosotros. De un lado los mausoleos antiguos de las familias importantes, del otro, las tumbas sueltas y la necesidad de ampliar los lugares donde yacen todos nuestros restos. Pienso en ese momento que no habrá nadie para recoger los míos. Soy la oveja negra de la familia numerosa.

Estoy completamente zambullida en esas tumbas con mi apellido, son muchas, muchísimas, algunas indican ocupaciones (cura), profesiones (matemático), causas de la muerte (un bombardeo durante la guerra), otras comparten nombre exacto con mi abuelo, que se llama igual pero no está en esa tumba sino en otra del mismo nombre en la orilla opuesta. Pienso en Génova y el arco de una ciudad que fue parte de un sueño antes de la ciudad. Dos dimensiones con un nombre que las toca. Áspero tacto íntimo.

No se vuelve del cementerio sin haber sido tocado. Trocado en algo frágil de algún modo, y por ello mismo fortalecido. Así nos fuimos. Así abandoné aquel lugar tan lejanamente íntimo, donde un apellido empezaba a tejer una herencia de palabras, agujeros y jardines que duraría siglos y que, como todo, en algún momento deja de ser para invitar a otra cosa.

Hacia eso vamos. Un augurio de ballesta caída, de huida hacia otro sol, hacia otra sal, menos cal, más viva. Queda como herencia llevar el agua. Agua conmigo.

Sin embargo estamos yendo hacia los Alpes, hacia los altos saltos de montaña, los verdes boscosos, las frías aguas correntosas, saltimbanquis, lejos, arriba, más arriba entre caminos zigzagueantes, curva y contracurva, como un divertimento de la infancia pero sin relojes, sin esa ruda, cruda, ausencia de palabra con tic tac y segundero y décima y centésima. Aquel Martirio.

Ahora estamos en la ruta como un vuelo de gorrión en alas de gigante, somos a nuestro modo una bella postal surrealista en un mundo deglutido por las clasificaciones y las cuentas, que detesto.

Igual las hago: a qué altura estaremos, qué aromas son esos, la savia de qué árbol deberé quitarme con alcohol después de haber jugado. En el juego olvido y volvemos al fondo. Fondo se llama el pueblo medieval al que arribamos luego de las curvas de ensueño: un puente de piedra atraviesa un arroyo a cuya vera el encanto florece entre adelfas, truchas, pequeñas casas también de piedra, un olor a madera verde y ventanas hinchadas de luz. Bebemos vino tinto en vasito, a gusto del gigante, y comemos quesos montañeses a gusto de todos. Se nos niega una trucha como si en esa esencia medieval toda otra lengua fuese ajena. Mi apellido en el cementerio vuelve a percutirme la memoria.

No queríamos abandonar el ansia (de trucha) y estuvimos buscando sin encontrar más que perros homofónicos que irrumpían desde cualquier parte para impedirnos la entrada. Tuvimos que emprender la retirada y asumir la derrota. Si la trucha dejaba de ser invitaría a otra cosa…

La noche nos apuraba y todo quedó en la buena pizza italiana. El gigante hizo abstinencia, un ayuno para reafirmar su vacío de trucha, su derecho al duelo. Los demás, anclados a lo terrenal, comimos y convidamos.

De ahí en más, todo fue cocina. La última noche antes de volver a Madrid nos citamos en ella, cuore della casa. No dudamos si fue primero el huevo o la harina, hermosa corona a ser amasada, el ripieno a base de ricota y ortiga; los presentes miramos y aprendemos, tocamos y aprendemos, tropezamos y aprendemos, amasamos y amansamos, aprendiendo. Así estamos los absortos en las manos de la italiana, queriendo ser comida de la abuelita, caperucita y lobo y abuela y la del apellido de las tumbas en el mismo lugar y al mismo tiempo.

Algo ahora mullido, blando, flexible, amasado en la cocina como un déjà vu donde se mezclan la masa italiana y el horno francés está presente en esa mesa redonda donde la familia del gigante y la mía que llevo conmigo se encuentran pero desde cuándo, desde dónde, desde qué palabras rascando esa sustancia dura, ardua, cruda, intratable como podría ser cualquier lenguaje, percutiendo tan disímil, tan rítmica como otro tic tac.

27.11.14

Norte de agosto, por Laura Salino



Me levanto a una hora cruel para llegar a tiempo al aeropuerto de Barajas. Llego sin sobresaltos, paso el control de seguridad, esta vez no sueno (sueño, eso sí). Busco un lugar para desayunar. Lo encuentro. Me esfuerzo en estar a gusto entre esa asepsia controlada. El café huele bien y el croissant está calentito. El jugo de naranjas viene en un vaso algo más grande que un dedal pero agradezco el dulce de la fruta.
Acompaño la espera con poesía francesa.
El avión no posee turbinas, sí hélice. Pienso en un micro de larga distancia de La Estrella con alas. Vamos pasando, primero los de first class, business class, master class, embarazadas class, niños insoportables class, y así. Por fin llega el turno de los sin privilegios.
Despegue.
Durante el vuelo reconozco que la tierra que habito me es menos extraña que ese aire en suspenso. Vuelvo a ver la tierra roja de Guadalajara que interrumpe los secarrales veraniegos de Castilla (casi un paisaje lunar, desértico). Bosques quemados en incendios recientes, las tejas oscuras de los pueblos negros agrupando casitas acá y allá. Un pequeño delta de río también pequeño, con dos islas en forma de perfecto corazón.
Las nubes (nunca iguales) comienzan a robar el paisaje. El avión asciende, se eleva por encima de los estratos blancos, atraviesa los celajes y sus escondidas turbulencias. Me inquieto por la salud de las hélices, me olvido. Más arriba, cumulus nimbus (ah, es tan grato encontrarse en las nubes con la lengua del paraíso) como enormes estalagmitas algodonosas me sorprenden con una extraña belleza desde un ángulo inusual. Dónde estoy.
Cincuenta y cinco minutos después de una acuarela inolvidable, se inician las maniobras de aterrizaje. La nave entra al azul marítimo, baja, quedamos a ras del agua: ¿dónde aterrizará esto? Recuerdo dónde estoy, me olvido. Muy cerca del agua, aparece repentinamente una corta pista donde el piloto despliega sus artimañas. El piloto donde está.
Los pasajeros no pueden esperar para encender sus teléfonos móviles, como enfermos adictos a una sustancia vital. Durante el vuelo, me asombra la indicación de “prohibido fumar, incluso cigarrillos electrónicos”. ¿Hay que aclarar esas cosas? ¿Alguien habrá preguntado si se puede hacer una paella? No soy la única que debe olvidar dónde está.
Descendidos ya a las pasiones humanas y en el aeropuerto de San Sebastián (parece una maqueta comparado con la enormidad de Barajas o los estragantes Gatwick o Heathrow londinenses), la humedad vasca se pega a mi rostro. O make me a mask.
Tierra de lluvia y verde. Vegetación que pudo escribir Quiroga. Siento la cara como un pegote, hay un lindo calor. Tenemos, todos los descendidos del avión, que esperar un bus que lleva al centro de San Sebastián, a la Plaza Guipúzcoa: el aeropuerto está en realidad en Hondarribia, a veintidós kilómetros de la ciudad. Opera con dos vuelos diarios, no más. El chofer aparece, no es ese bus. Nos lleva gratuitamente hasta la parada del que debemos tomar. Respiro, junto con la humedad, la cordialidad vasca. Llego a una plaza repleta de flores y con un higrómetro en el centro: 94% de humedad. Yo misma soy agua. Frente a la plaza, por los cuatro lados, hermosos soportales me transbordan a otro tiempo. El viaje sigue.
Quiero ir hacia el mar. Oler la sal. Veo a mi anfitrión, con el pelo recogido, ojotas y traza playera. Abandono el equipaje. El turquesa del agua es imán. Testeo la temperatura: cálida; me hechizo en la calma, la transparencia. Me zambullo.
Sólo el hambre me retira del azul. El sol quema, abandono la arena.
En la Semana Grande, el pueblo se agranda. Me hago el oído al turismo francés. Jambon. Fourchette. Oído gastronómico. Todo suena a banquete.
Encuentro, milagrosamente, una mesita afuera de una taberna, con vistas al rosetón de una pequeña iglesia. Recojo mis pinchos con cantidades soberbias de salmón, y una Grimbergen doble y fría. Como. Bebo. Disfruto.
Una viejita me regala una escena Kieslowski, yendo y viniendo, viviendo. Insiste en reciclar algo.
Un niño me revela de pronto el concepto de maricón como alguien extremadamente apegado a su madre. Madre mía. La gente bulle. Come parada. Bebe parada. Ríen. De rien. Merci.
Quiero conocer mejor la arquitectura del barrio viejo, pero la vista de la bahía, el agua y el verde furioso me imanta otra vez las ganas, el llamado del agua es fuerte.
La marea ha subido considerablemente, la gente se amucha cerca de los murallones, recoge sus bártulos mojados. Todo es risa, abandono, diversión en la orilla clara del agua.
Arriba, la luna sigue su ritual de crecida.
Me agoto con el agua. Vuelvo al barrio viejo. Ceno pinchos nuevamente. Mi anfitrión y yo paseamos. Gente. Mucha gente. Hallamos refugio en un bar tranquilo donde bebemos cerveza. El lugar es precioso y –curiosamente– suena Charly García: Rezo por vos. A veces los dueños de los bares nos escuchan el acento argentino y nos arriman esas complicidades. Y curé mis heridas.
Luego, duermo plácidamente sobre un colchón menos plácido.
Salgo rápido de la cama, voy hacia el desayuno. Junto fuerzas. Me oriento hacia el mar. Nado. Hago la plancha. Mientras floto boca arriba, dejo los ojos abiertos al paisaje. La indómita luz se hizo carne en mí.
Antes de ser abrasada por el rayo cenital, me encuentro a comer con mi anfitrión. Elegimos una ensalada con pulpo, boquerones, anchoas, bonito y guindillas. Dos tortillas bavé individuales, recién hechas. Vemos pasar una brochette de pulpo y langostinos: “la próxima”, decimos mientras seguimos hablando de comida y trabajo, y nos reímos.
No logro recorrer la ciudad, sé que el sol puede mutar en lluvia en cinco minutos (se trata del País Vasco) y deseo la playa por sobre todo lo demás. Hacía años que no me bañaba en un mar así. Me siento una más: playa con éxodo digitado por las horas de comida, que coinciden con el apremio solar. ¡Vacaciones!
Mientras hago la plancha y floto, como sigo con los ojos abiertos al paisaje, observo a una gaviota que vuela cerca, sobre mí. Ha salido de pesca en la marea alta con el agua revuelta por la “insurrección” humana: planea, morosa pero atenta, cae en picado, hunde el cuello, pesca… pero no, se trata de un pequeño manojo de algas que luego deja caer. Y lo dejé todo por esta soledad.
Al tercer día me resucito entre los vivos. Amanece lluvioso. Tengo la fortuna de conocer el Gotxua durante el desayuno, un bollito hecho de dos cremas, delicioso. La lluvia no amaina: ¡por fin veré hermosos edificios en el barrio romántico! Retomo la senda del río, donde el verde se estampa sobre la belleza de la arquitectura, frente a los puentes que comunican ambas márgenes.
Llego al parque. De un lado, las vías del tren y un ascensor que lleva al puente que conduce a su vez al parque Cristina Enea. Belleza repartida en varios pisos de vegetación. No hay enormes árboles pero el forzado ajardinamiento no logra menguar la exuberancia selvática de la humedad.
Me adentro. Oigo que algo se mueve entre los helechos de vivo verde. El misterio se me devela: una pava con su cría sale a salto de mata, camina a mi lado y sube por la escalera de piedra, de donde baja otra de su especie con prole real más amplia. Ha resistido mejor el asedio de las gaviotas que se acercan con hambre de gaviota a llevarse del cuello a los indefensos recién venidos. Los lugareños lo saben y han tomado partido por defender a los pavos reales frente a las voraces gaviotas. Se arman con palos para la natividad del pavo.
Al otro lado de un pequeño cerco de bambú, el macho real se acicala el color del plumaje. Quedo un rato hipnotizada. Paseo. Hago fotos. Me pierdo en la fronda, en el pequeño dibujo que descubro tras la espalda de un hombre sentado en un banco escondido, que traza su paisaje en la arena del papel. Desciendo por otra escalera hasta llegar al hombre sentado. Quiero hablarle pero me abstengo, está ensimismado en su dibujo y el paisaje, que son la misma cosa.
(Estoy verde. Tengo que volverte a ver.) Hice el sacrificio…
Me arranco, con enorme dificultad, del verde. Camino la orilla contraria del río Urumea. Veo la exposición de arte en el palacio Kursaal. Capturan mi atención unas pequeñas esculturas de bailarines en posiciones imposibles, con pátinas igualmente imposibles; parecen agitar los músculos pese al bronce. Imagino al artista en su estudio frente a los modelos, estáticos danzantes, la pose tensando los músculos. Pienso en el agua, también tensa, y en la tensión de los cuerpos de Egon Schiele. Mi cuerpo se ha tensado mirando las esculturas, el tiempo se ha tensado.
Recalo más tarde en un grabador que me recuerda lo mejor de Dalí. Lo imagino con las manos sangrantes, raspando, limpiando con su piel el paisaje en la plancha de acero.
Por la noche, tarde, comemos abundante: guindillas fritas, ensalada con txangurro y bacalao. Luego helado. Gordos, beatíficos, como un cuadro de Rubens.
Al cuarto día, luego del desayuno, enfilo hacia el puerto. Recorro la bahía y el turquesa del agua. A lo lejos, los montes de verde exultante bordan el paisaje. Sube el calor. Sigo bordeando la bahía hasta que puedo bajar a la playa y bañarme. El mar me recibe, más cálido, más abierto aún que el paisaje.
Por la tarde, luego de comer (vieiras, pinchos, un pellizco de rissotto), vamos con mi anfitrión hacia el peine de los vientos que, en efecto, nos despeina. Agujeros en el suelo por donde se filtra su voz. Enormes dientes de hierro sobre la roca hacia el horizonte infinito.
Volvemos al agua. Me baño largamente en un mar algo más encrespado, sin embargo tranquilo.
Finalmente, por la noche, nos animamos a los fuegos artificiales (cuyos ruidos de bomba y pólvora detesto). Me dejo guiar entonces por el juego de luces. Parece que Austria auspicia los de esta noche. No puedo evitar acordarme de Freud. Mi recuerdo queda trunco por media hora de luces con forma de cascada, de arco iris, tirabuzones, espirales tridimensionales, figuras animales (arañas, gatos); no logro deducir la belleza extraña del arsenal. Curiosamente, mucha gente abandona el embobamiento del teléfono para admirar los fuegos.
Antes y después, nos regalamos unas copas de vino y generoso helado. En el paseo nocturno, la lluvia súbita y copiosa nos reúne junto a otros caminantes sorprendidos por el mismo bautismo, bajo las glorietas pequeñas y dispersas en las esquinas de un puente. Escampa. El sueño y la noche se adueñan del cuerpo. Abracé la luz.
Luego de las alegrías de la mañana, volviendo del parque me ciñe el olor de una higuera callejera, me quedo un rato debajo, observo los frutos aún verdes, creciendo como arriba la luna. Mi reducto de mundo en este ahora se parece al paraíso de El Bosco. El dinero, el éxito, el trabajo, la lectura y el amor no producen una embriaguez tan intensa como ese puñado de hierba cortada, entregando su pequeña alma fragante a las manos del aire, leo luego en Bobin. 
No hay playa hoy. El agua me esquiva.
Ascenso al monte Urgull: la locura del naranja sobre la isla, el mismo naranja percutiendo cintilante el agua, las vistas a la amplia bahía en el crepúsculo interminable.
Descenso. La luna aparece y desaparece entre el celaje móvil. El paisaje me acompaña: la espuma del sutil oleaje dibuja sobre el negro del agua, reflejo ahora de la luz ida. Con la noche, vuelven los fuegos de artificio.
Concluye la luz.

6.7.14

Sierra (fragmento), por Laura Salino



-oíd lo roto. lo mortal en libertad. la libertad de lo mortal.
 oíd: la libertad de lo roto. el grito.
Leónidas Lamborghini


Amparo en la locura
que me falta, que me falta
amparo me falta
locura, me amparo
en la locura que me
quemé amparo
en la locura, en la falta
de locura en el amparo que quemé
porque no me falte locura
porque me amparo
en la locura que no
que no me falta en ese quemé
con locura amparo
con amparo-locura
para quemar todo
lo que me amparó
todo
que quemé.

***

Cúbrete de oídos, carne vencida
a salvo de la carne vencida, oído
oídos salvo, oído cúbrete carne
vencida cúbrete, de oídos carne
de oídos vencidos por la carne
que cubre de vencidos el oído
a salvo de lo ido, de lo oído
a salvo de la carne ida
del dolor ido
del dolorido vencerse de la carne
el oído dolorido por darse
darse por vencido de la carne
darse por ido
darse por oído
darse por carne
sin oído, vencido, vencerse ido
por el oído de la carne.
Dolor cúbrete vencido
vencido por oído
dolor carne
ido.

***
La cintura del reloj de arena
en la repisa, pisa el reloj
en la arena en la cintura
en el reloj de la repisa que cae
que la cintura pisa
el reloj pisado por la cintura
sin repisa
sin prisa de reloj
con prisa de cintura
de repisa de domingo de reloj
domingo de cintura
arena de domingo
arena en la cintura del domingo
de reloj
arena en el reloj de domingo
en la repisa de domingo
arena en la cintura
prisa de arena y cintura
en el domingo
reloj pisado por el domingo de arena
prisado por la cintura
domingo arena sin reloj
domingo cintura
de reloj de arena.

***

Sólo la tórrida verdad
de un sol de las dos de la tarde
Antonin Artaud

Recuerdo el paisaje
entonces de un loco entonces
el paisaje de un loco
entonces recuerdo el paisaje de un loco
un loco paisaje un loco recuerdo
qué cuerdo un loco
un repaisaje un recuerdo
qué paisaje entonces
¿qué paisaje recuerdo?
de entonces el loco, de recuerdo
loco de recuerdo
loco de paisaje, de pincel
pincel que recuerdo, loco paisaje
del pincel que recuerdo
en el loco
en el paisaje que recuerda el loco
paisaje que recuerda
el paisaje que me recuerda
que me cuerda los nervios
los nervios del paisaje del loco
los nervios de entonces
la cuerda del recuerdo
la cuerda del paisaje, del loco
la cuerda del pincel
la cerda del paisaje, del pelo del pincel
el pelo del nervio del paisaje
loco como el pincel del que recuerda
loco como el pincel
como la cuerda loca
del pincel.

***

El traje gris perla de un lunes absoluto
el absoluto gris del traje sin perla
sin parla
Traje Gris, un lunes absoluto
sin parla
perla de gris traje, eso traje
eso parla de la perla absoluta
del lunes gris que traje
eso absoluto
sin Gris cuando traje de lunes
parla del absoluto Gris absoluto
eso parla
parla gris
absoluto gris
Celda gris traje
absoluta celda de traje gris
Griselda parla de un lunes sin perla
Griselda un lunes de traje gris
traje a Griselda un lunes de gris
gris absoluto.

***

Trabajo de la inspiración que existe
y encuentra el pasaje
la inspiración trabajo
ex inspiración que insiste
encuentra trabajo en el pasaje
de la inspiración que encuentra
pasaje existe, trabajo ex
de la que existe encuentra
y trabajo de la inspiración
que encuentra
pasaje de vuelta
vuelta al paisaje de la inspiración
ex paisaje de vuelta
encuentra la vuelta al trabajo
el trabajo del pasaje. del ex encuentro
trabajo del encuentro
¿existe encuentro?
Insiste el trabajo
insiste el paisaje
la inspiración insiste en el trabajo
del encuentro de la vuelta
de tuerca
tuerca de la inspiración encuentra
en el trabajo, en el pasaje y
en la vuelta
la vuelta del existe insiste en la vuelta
pasaje para el trabajo del paisaje
insiste
vuelta paisaje la inspiración
existe.

***

Sísifo

Cada vez mientras sea
sea mientras
sea cada vez mientras
mientras tanto cada vez
mientras tanto
tanto
mientas cada vez
mientas cada sea
cada vez seas mienta
que escarmienta tanto
escarpa mientras
el tanto, el mientas
escarpa cada vez mientras sea
escarpa cada mientas
sea mientras escarpas
cada sea escarpas
mientras
escarpas mientras tanto
escarpas mientras seas.
Cada vez.

***

Dí ya lo que pesa en la orilla
el pez boqueando en la silla
la orilla del pez boqueando la muerte
la muerte en la silla, ya
lo que pesa en la muerte del sí
la orilla de un sí que pesa
un sí de pez, boqueando la muerte
un ciprés en la orilla
lo que es pez en el ciprés
lo que es muerte
lo que es pesa
lo que espesa la orilla
dí lo que se espesa en la silla
dí ya la muerte en la silla
la muerte di ya
boqueando
dí ya la muerte pesa
dí ya la muerte del pez
pesa, dí ya
pesadilla.

***

Vestido con tajos laterales llevo y cruzo
la calle del sueño
sueño que cruzo con tajos
en las piernas
cruzo el sueño del brazo con una mujer
que me raspa y me adormece
por la envidia del vestido
ella no ve los tajos o los ve
vestidos con el vestido
cruzo con tajos, con el grito
la voz se me ahora en el sueño
llevo la voz ahorada en los tajos
vestidos los ve la mujer que no ve
y me agarra del brazo
raspa la voz ahorada en el timbre
la puerta abierta y la mujer
que se abalanza por la envidia
del vestido por no ver el tajo
en la pierna que llevo la voz
ahogada del vestido ahorado
de la pierna con el tajo
ahogada en la envidia de la mujer
y el grito con tajos la voz con tajos
cruzo y la mujer me acecha
me acecha el timbre que raspa
pero mi voz no suena
suena la mujer de la envidia
del vestido que raspa mi brazo
me adormece el grito, el tajo
ahora
una luz arriba del timbre
de la escalera que cruzo
del brazo del sueño
el tajo se sube al corazón
al cachetazo del día
de la voz recupero
el sueño, el tajo, la mujer
despierta la voz
recupero
me recupero.

***

Partes de un cuerpo que alguna vez
jugó en tu camastro de aldea
de tu cuerpo partes alguna vez
de tu cama astro
de tu aldea cama
partes
el juego de tu cuerpo
alguna vez partes
se parte tu cuerpo en el juego
alguna vez de aldea
se parte tu cuerpo en la cama
esa vez sin juego
aldea parte camastro juego
vez alguna: juego
partes del juego del astro cama
aldea astro ¿ves alguna?
partes de un cuerpo
jugado, partido
partido del astro que jugó
con el cuerpo alguna vez
partes de la aldea cama
partes
cuerpo astro.

***

El drapeo del lenguaje con la sierra
la del tajo
arduo del sísmico mimo
drapeo arduo lenguaje arduo
duo de lenguaje y sierra
una reja el lenguaje para Ancel
drapeo sierra en la reja
sierra en la reja de lenguaje
lenguaje que si yerra es guerra
mimo del lenguaje, sísmico
duo sísmico de lenguaje y tajo
sísmico tajo y sierra
con el drapeo y la sierra
darle al arduo lenguaje tajo reja
darle al lenguaje
sismo en el mimo (imitativo)
darle sierra, drapeo, darle arduo
sierra para qué tajo
de lenguaje reja
drapeo y sierra
tajo cierra.