Antes quería ver los
detalles de algunas flores, en especial la Lila Atigrada, quería saber sobre sus vidas, sus ciclos, las imaginaba a lo largo del suelo de los árboles, quería describirlas como lo hizo Linneo, pero donde vivía no
había clima para las lilas, solo en algún jardín de
alguna vecina, no en estado natural. Solo árboles de
pimiento. Crecen con poco, no tienen partes muertas, ni
hormigas, solo el verde necesario para sobrevivir en el piedemonte del Fachinal. Mirando árboles de
pimiento encontré una estatua de caliza, de tamaño natural, una
curiosidad barroca, tan rara como una lila
atigrada en este lugar. La estatua de una Santa, en medio de un grupo de árboles de Pimiento, un banquito para
sentarse a rezar. La Santa rodeada de lirios sería un cuadro perfecto del
cristianismo plebeyo.
Leyendo sobre hagiografía
encontré la Vida de Santa Rosa de Lima,
de Leopoldo Marechal, la santa se relacionaba
con delantales blancos de maestras, Los nombres de la Rosa,
el prodigio de la imagen: la Santa tenía
un nombre de origen árabe, Jam-Alá que significa hermosa, no tenía datos hagiográficos de ella, registré los
efectos de la luz, en distintos momentos del día, desde
diferentes posiciones de observación: de frente cuando el sol le pega en todas partes, justo al mediodía, los
efectos duran poco, el manto azul. Rojo en la
cara, en las manos, en la punta de los dedos de los pies, sobresalían debajo de la túnica blanca, que recibe los
cambios de color que le envía el ambiente, de ahí se
distribuye al cuerpo, cambia en leves detalles, la figuración gravita como escombros que uno despeja, porque no son la
realidad de la estatua, el aire caliente hace
humosa la percepción, móviles los contornos, la luz lanza una escala encantada a través de los árboles, se abre un
ángulo para una dulce plenitud el campo visual,
su reflejo en la Santa rompe la retina, a la manera de los arquitectos primitivos y maestros vidrieros del
Gótico, se sustituye la opacidad por
irisaciones, sobrenaturales apariciones multicolores, los destellos se dibujan como si nuestra Santa fuera un
vitral. La intensa luz cambia, se hace más fuerte, pero de otra
manera, ya no cubre todo, recalienta la tierra,
hace mucho calor esa fracción de tiempo que es la hora de la siesta, hace verde marrón la parte baja del
manto, a la altura de los hombros tampoco se nota lo que
era azul a la hora anterior, toques amarillos de poca consistencia,
la luz de esa hora produce un contorno en la Santa
de color amarillo pus, que también se desprende de los alrededores, rojos en medio de los toques
amarillos, que después se hará desnudo, enorme,
por un efecto percutor de los bermellones y los cromos, hasta los brillos ácidos del anti natural
anaranjado aparecían en diversos matices de la
luz, para después pasar a ser parte del rojo en el amarillo, en otro ángulo, uno de 90 grados a la
izquierda de la Santa el azul mantiene un pequeño espacio
de equilibrio en la punta de la capelina, con molduras de
índigo que irán bajando de a poco, el cinto en
medio del cuerpo es un tocado de vuelo angelical. A la tarde el azul se estabiliza, se hace mayoría en
contraste con los anaranjados, siempre vivos en los caprichos
de la luz, sus tonos en las piedras prefiguran
los reflejos en la Santa en otra hora del día. Ahora la estatua de la Santa no está, hay una Iglesia
Evangélica Pentecostal, al pasar tropiezo con una de las piedras, todo
alrededor se desvanece, la entera realidad del Lugar
a esa hora, quedo aturdido por oleadas de éxtasis, saturado de esa
misma felicidad la monotonía se torna luminosidad cegadora, y
de repente la Santa surge de los días olvidados, su esencia radiante no se registra en la vulgaridad de un
recuerdo cotidiano, en esta reduplicación de
un equilibrio precario, se invade sucesivamente por los pimientos, por la marea alta del sol de la
mañana, inundan como en un acuario, y en
último lugar por el Fachinal, sus partes, y la escritura acre y distinguida, a
la que doy forma y dicción hasta convertirse en este texto, donde alucino que aún tengo por delante lo
que ya dejé atrás. Describo tres de estas estaciones, ordenadas
de mayor a menor Brutalidad:
un paseo por el Parque
San Martín en el que toda figura femenina era una Yamila, y los que iban a comprar porro ahora empalideciendo
y desintegrándose, con una simetría inversa en sus
nebulosas; la segunda una conversación
escuchada que no revela nada del origen de la estatua, pero si el
sufrimiento de los que le rezan, y finalmente unas fotos de
la Santa sacadas con mi Zénit Soviética en el año 2001, esta
Yamila resucitada perturba el sepulcro real, el cementerio descuidado de mi corazón, y el color de la
luz del sol filtrándose en el recuerdo, o el
color en el cinturón de la propia Yamila,
bañada de la época merovingia, en el amaranto y la luminosidad
de su nombre, la primera vez que la vi, ninfa entre jazmines y
alhelíes de color cobre.
El registro subsiste bajo la forma misma de la predilección y la ternura, la
Santa, hace un instante tan lejana y ajena a mi corazón, es
ahora no solo una obsesión, sino parte de mí mismo,
algo que llevo adentro. Es la memoria involuntaria de la magdalena de Proust, lo que me trae ese azul,
verdes, grises, la Santa es igual a los ríos que asumen el
color del cielo, dependiendo de la hora, el ángulo de
observación, vuelve la mano sin dedos de la Santa, la
izquierda, esa parte que no estaba, deja la
suavidad del gusano de seda al tacto, los colores de la Santa se van ´por los dedos que le faltan, su presencia
huye por ahí, de su columna erecta, más allá del ovalo que
la contenía, la huida deja un bordado de satén de un
solo color, coagula en el registro, se abrazan en una lucha, los
boxeadores que pintaba George Bellows en NY. La memoria involuntaria traza un mapa en el cuerpo de la Santa dentro
del mapa del Lugar, las líneas topográficas
alumbran la impresión del tiempo que pasa en todas direcciones, una ronda entorno al ovalo, también deja un
efecto en los testigos que vi rezarles a la
Santa:
dos pibitos inquietos, se habían robado una platita,
agradecen que ella los cuidara, le dejan cigarrillos, y 50 pesos en el 2002;
una piba que soplaba poxiran, lloró mucho ante la Santa, 2002; una pareja reza
por el alma de su hija, 2003;pibes sin remera, llenos de tatuajes del penal,
uno muy flaco de cara delicada, otro un poco más viejo, sin visera, al tercero,
la cubata le llegaba debajo de los hombros, el cuarto, una rareza en el Fachi,
un albino, con el pelo casi blanco, los ojos azules, en medio del caos de los
morochones, 2004; otro que le decían Caballito, porque su padre tenía una
carretela con caballo, le dejó un rosario de plástico,2005; estudiantes de
Trabajo Social, de Sociología sorprendidos por la estatua en medio de la villa,
2006; el Chochán un niño de 12 años, se bajaba de su caballito, parea besar los
pies de la Santa, en el 2006; con los continuos besos los dedos de los pies se
fueron gastando, esa pérdida no era instantánea, no la ven los ojos, como el
Hércules de Agrigento, del que Cicerón decía: “la boca y el mentón están un
poco más gastados, no solo tienen la costumbre
de venerarlo, sino también de darle besos”, la negra Bárbara le agradecía por
haberla ayudado a conseguir el plan Mi Casa, para ponerle techo a su casa,
2009;
Santa Yamila, una Lucrecia del Vaticano,
convertida en Carmelita, para lo viviente que no existe más, un ritmo testigo
del pasado, la ecuación proustiana no es sencilla, toca como gigantes
sumergidos en los años, épocas vividas por ellos, tan distantes, y entre las
cuales tantos días han venido a situarse en el tiempo, no lo podemos recuperar
pensándolo, como en el poema 26 de
Baudelaire:
“Aromas y promesas/ y besos infinitos/
renacerán de un pozo
prohibido a nuestras sondas”,
la memoria involuntaria da referencia, no
descubrimiento, es explosiva e inmediata su total deflagración del recuerdo,
elige la hora y el Lugar en que habrá de suceder el milagro, encuadra a la
Santa, sus arcadas, y el horizonte entero en el arco de su mano sana, en el
doble intercambio el sol emanaba un dorado muy bello, se reorganizaron en las
bolitas rojas de los árboles del pimiento, la tierra en las hojas incidía con
un marrón, suave en los reflejos naranja en la cabeza Santa, era un singular atletismo
ese de los reflejos, en las tardes la luz se armonizaba un solo amarillo, del centro
del color, se escapa en pedazos la estatua en un esfuerzo inmóvil, deja algo de
ella en las hojas de los pimientos, la imagen se disuelve como un poco de grasa
en el agua hirviente, no tiene cara es una cabeza, puede ser la cara de
cualquiera, una santidad distinta, sus colores salen, ascienden como si
describiera huesos que salen de la carne, el objeto más alto para la piedad, la
carne sufriente, el recuerdo de la cabeza deshace la cara, veía pequeños trazos
de tierra a su alrededor, la Santa tiene las sensaciones del Fachinal. El
Fachinal está en el piedemonte, es rosa seco en un centro azul, un charco verde
subsiste para derramarse en la parte de la Santa que da la oeste, es una
verdura púrpura, más colores lisos cayendo en la luz blanca. Me dejo llevar, no
sin deleite, por lo que registré, escribo de nuevo lo que leía en los
Simulacros de Lucrecio, los matices cambian por la mezcla con otros en el aire,
en la gama de tonos, se oponen entre sí, hasta llegar al centro del matiz, el
tono vivo se repite en el tono roto, el blanco del azul, en los verdes, los
violetas, rojos, rosas, fluyen por la mente, por el musculo, no hay una
geometría estable del color en este lugar ni en la estatua, un liso violeta
entre contornos rojos, la decoración para iluminaciones encantadoras, de lo que estaba y de lo que queda.