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6.3.26

Dormidx, por Lucía Magalí Aguirre

  

 

Ibas 

en automático

perdido 

en los pasillos 

de tu mente

con un programa 

de violencia contenida

dormido

girando

sin pausa

en

el

algoritmo

Insultabas

altivo

imbuido 

estabas

perdido en el algoritmo

como si no pudieras leer

los avisos 

que los días 

clavaban

en tus pasos

Un brillo pálido 

de símbolos

ansioso

persiguiendo dopamina

buscando 

quién sabe qué

con tu pulgar

buscando

buscando

  ..ndo

con tu pulgar

 un lugar

donde esconderte

en tu estúpido

teléfono 

celular

Último 

reducto

de palpitaciones

dormido

en el algoritmo

Ibas

con ojos ciegos

inyectados

pegados 

a la pantalla

de rayos 

catódicos

inconsciente

el hipocampo

de tu cerebro

olvidaba

recuerdos

querías entender

eso que no 

  y los días

 y las no

ches

confundidos

desde ese brillo

rectangular

macilento

  ¿dónde estabas?

 ¿dónde ?

¿dónde?

Donde 

no estabas

muerto 

no todavía

pero tampoco

entre los vivos

  raquítica

 raquítica

raquítica

experiencia

diaria

ibas

a tal lugar

ibas

a tal otro

escuchabas eso

y tomabas lo otro

en tu cabeza sonaba música

con el pulso

de todo lo que pasaba alrededor

Y no volvía más

La experiencia funcionaba así

Los campos de concentración

del pensamiento

funcionaban así

La vida portátil 

iba con vos

a todas partes

enfrascado

en tu propia 

vibración

perdido 

entre personas

dormido

con ojos abiertos

 hacia la muerte

sin despedidas

¿Te gustaba 

lo superficial?

No mostrabas nada.

Ni el ultra 

Podías ser parte  

sin ser víctima  

Absorto

en la luz macilenta

de la pantalla

dormías

en el algoritmo.

20.2.25

Entre la crónica y el enigma, por Lucía Magalí Aguirre

 

Que te guarden sin los evangelios (Palabras Amarillas, 2024), de Nadia Gómez, lleva implícito ese cartel que incluyen algunas películas en el que leemos: Basado en una historia real. Con elementos de la construcción ficcional, Que te guarden sin los evangelios elabora sucesos reales, hechos además irreversibles y trágicos. Una historia de abuso sexual y asesinato. La leemos en la primera página. Que te guarden sin los evangelios propone una mezcla singular de géneros. Algo inclasificable en su cruza. La autora consigue transformar los materiales crudos y directos en estructuras narrativas con suspenso, desarrollo y enigma. Mezcla géneros. La crónica con el diario íntimo, el testimonio con el diálogo. Escribe la novela de las voces. Un texto que, en clave autobiográfica, es a la vez una novela en la que los términos de ficción y no ficción se tornan irrelevantes por una suerte de equilibrio o tensión según el cual se desarrollan en sus propios términos. Es un libro de no ficción que usa procedimientos novelísticos como la construcción del punto de vista, la inclusión de diálogos o la yuxtaposición de escenas.

La estructura narrativa del libro es también singular. Produce efectos. ¿Cómo pueden convivir mundos tan distintos? Como si dejar solas esas historias tremendas tuviera algo de utilitario entonces la autora se propone hablar con esas historias, hace que su historia de vida dialogue con un crimen y con el tiempo aciago en el que esa tragedia se inscribe. Nadia Gómez narra el horror. Como toda conversación tiene interrupciones. Es una historia que dialoga con otras historias. El relato avanza y se detiene. Alguien encuentra o pretende encontrar en la muerte de una infancia inocente la voz del presente. Indagación, grito, denuncia. Formas de la violencia argentina que entran a través de los medios de comunicación. Que te guarden sin los evangelios supone una larga reflexión sobre la memoria y el crimen. Una digresión novelada sobre la violencia como un síntoma de una época.

Nadia Gómez tiene un ojo avieso para percibir las relaciones de poder que configuran el enjambre de interacciones humanas. Algo en la construcción del punto de vista en esta novela en clave que revela una mirada retorcida para interpretar las estructuras sociales que atraviesan historias de vida trágicas. Se trata de una narradora que reconstruye material de archivo y a la que pareciera interpelar la teoría en torno a los rompecabezas y el collage. Selección y recortes se solapan en las voces de los personajes. La autora por momentos desaparece. Después, vemos la irrupción de su vida en este libro de no ficción. Un movimiento compuesto de volverse invisible, generar conflicto para después volver a aparecer en la escritura. Es una narradora descentrada. Quizás sea ese movimiento de volverse invisible en la observación lo que produce una suerte de reaparición de ese yo con atributos de vida en la narración. Maestría en el manejo de la mirada paranoica. Nadia Gómez sintoniza bien con lo que está mal, con lo perverso, con lo malvado. Sintonizar bien quiere decir que encuentra en lo infame pretextos para contar otra historia. Aparece una y otra vez en su libro esa fascinación por la pérdida de la pureza que es la clave de la autora. Algo incomoda en su lectura, algo perturba y nos expone a una situación peligrosa en la que tenemos que hacernos cargo de lo que nos pasa y sentimos con eso que leemos. Que te guarden sin los evangelios nos exige, de alguna forma, tomar posición.

El antropólogo Philippe Bourgois, en su libro En busca de respeto. Vendiendo crack en Harlem habla de “una pornografía de la violencia”. Hay algo que lo cruza a Que te guarden sin los evangelios con la etnografía, con el trabajo de campo, con el testimonio, con la literatura policial, con la ficción. Hay algo, también, de la pornografía de la violencia en el texto. Algo con el fotorreportaje y con el porno casero. Una tragedia como un síntoma de una época, como un símbolo vivo de una sociedad. Se busca hacer algo más con el relato de esa tragedia. Un texto fúnebre que no opera como el recordatorio de un suceso desgraciado sino como una reflexión sutil sobre nuestra condición. 

En el libro sobresale una dimensión política de la escritura. Pareciera ser que tenemos un acceso casi ilimitado a la información y, a la vez, a compartir indiscriminadamente nuestras opiniones. Pero también es una época donde los secretos se esconden en capas de impunidad para ocultar las verdaderas intenciones del poder. La dimensión de crónica que tiene el libro lo relaciona con el corto plazo; hay que escribir en la urgencia de los hechos, lejos o cerca del teatro de los acontecimientos. Por otro lado, el largo plazo de la literatura; hay que refundir lo evanescente pensando en el futuro. El futuro de la literatura es del largo plazo. Hay posicionamientos políticos en relación a cómo se narra. Que te guarden sin los evangelios no romantiza la violencia. Esa es su política literaria.

Compuesto por una suma de micro escenas. Aparece una tensión constante entre el horror y la belleza del lenguaje. Entre la sofisticación del discurso para el tratamiento de lo cotidiano. Aparece también una oposición entre periodismo y literatura. Su autora toma lo que podría ser una nota perdida en la sección Policiales y escribe un libro. La historia que se narra en Que te guarden sin los evangelios pone en tensión la idea que supone que el propósito de la ley es develar a la opinión pública de los misterios de la ilegalidad en forma de una narración coherente. Nadia Gómez asedia la lógica de la narración en este libro para dar cuenta de los puntos ciegos de la justicia. Así, su escritura no solo reconstruye un crimen, sino también expone las fisuras del relato oficial y las sombras del poder.

16.8.23

Polonio, por Lucía Aguirre

Polonius is a man bred in courts, exercised in business, stored with observation, confident of his knowledge, proud of his eloquence, and declining into dotage. His mode of oratory is truly represented as designed to ridicule the practice of those times, of prefaces that made no introduction, and of method that embarrassed rather than explained. This part of his character is accidental, the rest is natural. Such a man is positive and confident, because he knows that his mind was once strong, and knows not that it is become weak. Such a man excels in general principles, but fails in the particular application. He is knowing in retrospect, and ignorant in foresight. While he depends upon his memory, and can draw from his repositories of knowledge, he utters weighty sentences, and gives useful counsel; but as the mind in its enfeebled state cannot be kept long busy and intent, the old man is subject to sudden dereliction of his faculties, he loses the order of his ideas, and entangles himself in his own thoughts, till he recovers the leading principle, and falls again into his former train. This idea of dotage encroaching upon wisdom, will solve all the phenomena of the character of Polonius.

Samuel Johnson, Preface to Shakespeare 

El consentimiento tardío de Polonio arrancó de la casa de su conciencia a Laertes, su triste hijo y a él, estúpido lord danés, y también a su hija, la pobre Ofelia. Hamlet, después de matarlo, dice que era un miserable y un bobo. ¿Lo mata porque lo confunde con el tío? Puede ser que lo confunda. Pero cuando Polonio le dice a Hamlet, estando Guildenstern y Rosencrantz presentes, su opinión sobre los cómicos, ahí él todavía no sabe que la obra que van a representar va a terminar con su muerte. Y miente con alevosía para seguir la corriente de la conversación. Dice: “Son los mejores cómicos del mundo, tanto en lo trágico como en lo cómico; en lo histórico como en lo pastoral; en lo pastoral-cómico como en lo histórico-pastoral; en lo trágico-histórico como en lo trágico-cómico-histórico-pastoral, escena indivisible o poema ilimitado; para ellos, ni Séneca es demasiado profundo, ni Plauto demasiado pesado. Sea para recitar reglas de arte o de la libre improvisación, son los únicos en el mundo.” Les pregunto: ¿Qué sabría Polonio de Plauto o de Séneca o de reglas para improvisar? Revisar a los personajes secundarios muestra otras perspectivas de las obras. La idea ya está en Toqueville, cuando dice que hay que seguir de cerca a los actores sociales secundarios o de poca embergadura en los sucesos históricos complejos como un buen termómetro para medir la frecuencia de una época. Polonio es el cortesano que adula, el consejero turro que espía lleva y trae rumores. El viejo choto que sermonea a sus hijos sin saber. ¿Cómo es Polonio? Es controlador y metido. Sí, también estricto y egoísta. Porque cuida de su imagen sin respetar las propias opiniones de sus hijos. ¿Busca saber si Hamlet no tiene los patitos en fila o lo que siente por Ofelia, o asume de entrada que está loco? No. No sabe. Polonio siempre se mete en cosas que no le importan. Más sirviente que servicial, aconseja a los reyes, pero el príncipe Hamlet no lo trata como si fuese alguien de confianza. Polonio aconseja a sus hijos porque necesita cuidar su reputación y estabilidad social. Desde esa perspectiva, siendo un Lord Chamberlain, tiene que mantener el abolengo, y para evitar ser difamado y otras consecuencias ligadas al posible peligro de su posición en el reino, aconseja a Ofelia como lo hace. El mensaje que Polonio da a sus hijos es que no confíen en las personas. Como si pensara que se puede evitar que la gente sufra o viva engañada. ¿Quién es Polonio? El que mató Hamlet. ¿Por accidente? Cuál podría ser su epitafio? Sí, un epitafio, para su tumba. Podría decir: “Invaluable consejero, los reyes recordarán tu fidelidad” Otro podría ser: “Acá duerme para siempre Polonio, buen ratón”.

18.7.23

400 fósforos de madera, por Lucía Aguirre

 

 

–¿Qué es lo más bajo que harías por dinero?

–Cualquier persona tiene derecho a sentirse decepcionada por sus ídolos, últimamente estuve muy concentrada en eso, es casi en lo único que pienso.

–¿Estás loca?

–No me acuerdo.

–¿Fumás mucho?

–Si se cumple sería un sueño, un sueño hecho realidad.

–¿Sabés silbar?

–No tengo.

–¿Cómo identificás una rata?

–Estoy acá ahora, acá afuera.

–¿Te resultó nocivo ingerir materia fecal?

–Lo mismo que a cualquiera.

–¿Qué es lo más feo que dijiste a otra persona?

–Cuatro páginas como máximo.

–¿Percibís sagrado al semen?

–No soy racista.

–¿Charles Manson o Jesucristo?

–Mi útero es hermoso.

–¿Estás diciendo estupideces?

–Lo que es justo es justo.

–¿Te gusta el latín?

–Se dice solución.

–¿Cuántos años te gustaría vivir?

–Chicharrón.

–¿Cuántos años tenés?

–Estoy tratando de resolver mis problemas.

–¿Cómo recibiste la noticia de la muerte de tu padre?

–No pregunté.

–¿Defecás a diario?

–Porque perdería la gracia.

–Cuántas horas dormís por día?

–Estaba cansada.

–¿Cuándo mentís?

–Para tener conciencia del margen de maniobra con que cuento.

–¿Qué es lo que más te gusta hacer?

–Como un mantra.

–¿Sos tímida?

–Respeto las normas de tránsito.

–¿Cómo es tu nombre completo?

–A veces me gustaría estar jubilada y no tener que madrugar.

–¿No volviste a tener mascotas?

–Me gusta tomar agua por las mañanas.

–¿Qué querés decir?

–Voy a tener una muerte tranquila.

–¿Con qué miserias ajenas tenés mayor indulgencia?

–Nos volvemos eso en lo que pensamos.

–¿Recordás tus sueños?

–Tengo el cerebro totalmente desarrollado.

–¿Cuál es tu principal defecto?

–La personalidad de mis hijos.

–¿Cuál es tu mayor deseo?

–Como alguien que se dispone a emprender un viaje.

–¿Cuál es tu idea de la felicidad terrestre?

–No soy adicta.

–¿Eso que querrías ser?

–Avanzo mejor en lápiz.

–¿Sos feliz?

–Hay que proponer alternativas en vez de ser amenazante.

–¿De qué hablaban tus padres durante las comidas?

–Ahora no.

–Si fueras un superhéroe, ¿qué súper poder te gustaría tener?

–A nada le tengo menos miedo.

–¿Qué te hace sentir realizada?

–Estar cadavérica.

–¿Qué te divierte?

–No me culpo.

–¿Cómo te ves en relación a los demás?

–Lo acepto.

–¿Cómo te describirías en tres palabras?

–Nunca tengo dinero.

–¿Qué te incomoda?

–El futuro, el misterio, la insatisfacción.

–¿Cómo reaccionás frente a las situaciones de stress?

–Hay una parte de mí que nunca sabe bien dónde está.

–¿Cómo definís al éxito en tu vida?

–Lo devolví sin leer.


5.6.23

Robert Frost: The Witch of Coos

 


La bruja de Coos, Robert Frost

 

 

Pasé la noche refugiado en una granja

detrás de las montañas con una madre y un hijo

dos creyentes de la vieja escuela. No pararon de hablar.


MADRE: La gente cree que una bruja que tiene espíritus familiares

a los que podría llamar para pasar una tarde de invierno,

pero no lo hará, debería ser quemada en la hoguera o algo así.

Llamar a espíritus no es como decir: “Botón, botón,

quién tiene el botón”, me gustaría que lo supieran.


HIJO
: Mamá puede dar vuelta una mesa y patearla

con las dos piernas como si fuera una mula del ejército.


MADRE
: Y cuando lo haya hecho, ¿qué bien habré hecho?

En vez de inclinar una mesa para que la vean,

déjeme decirle lo que me dijo una vez Ralle, el Sioux del Control.

Me dijo que los muertos tienen almas, pero cuando le pregunté

cómo podía ser eso –yo pensaba que los muertos eran almas–,

me sacó del trance. ¿No le hace sospechar eso

que hay algo que los muertos esconden?

Sí, hay algo que los muertos esconden.


HIJO:
¿No querrás contarle qué es lo que tenemos

en el altillo, mamá?


MADRE
: Huesos… un esqueleto.


HIJO
: Pero la cabecera de la cama de mamá está puesta

contra la puerta del altillo; y la puerta está clavada.

No hay peligro. Mamá lo oye de noche

deteniéndose perplejo detrás de la barrera

de la puerta y de la cabecera. Quiere volver

al sótano de donde salió.

MADRE: ¡Nosotros nunca los dejaremos, hijo, nunca!


HIJO
: Dejó su sótano hace cuarenta años

con toda la fuerza de una pila de platos

que sube un piso del sótano  a la cocina

otro de la cocina al dormitorio

otro del dormitorio al altillo

pasó delante de papá y de mamá

y ninguno de los dos lo detuvo.

Papá había subido por las escaleras

mamá estaba abajo.

Como yo era bebé

no sé dónde estaba.


MADRE: Era el único defecto que mi marido me encontraba

me quedaba dormida antes de ir a la cama

sobre todo en invierno cuando la cama

bien podría ser hielo y las sábanas, nieve.

La noche en que los huesos subieron por la escalera del sótano

Toffile se había ido a dormir, yo estaba sola

pero dejó una puerta abierta para enfriar la habitación

como para hacer que me fuera de ahí.

Yo estaba lo suficiente atenta como para preguntarme

de dónde venía el frío cuando escuché a Toffile

arriba en la habitación y pensé

que lo había escuchado en el sótano.

El tablón que habíamos puesto

para andar con los pies secos

cuando en primavera había agua en el sótano

dio contra el piso duro. Y entonces alguien

empezó a subir las escaleras,

dos escalones por cada paso,

como si fuera un hombre con una pierna y su muleta

o un niño pequeño, subiendo. No era Toffile

no podía ser nadie que estuviera ahí.

Las puertas dobles del sótano tenían doble cerrojo

un poco hinchadas y enterradas bajo la nieve.

Las ventanas del sótano estaban cubiertas con aserrín.

Eran los huesos. Lo sabía, y por una buena razón.

Mi primer impulso fue alcanzar el picaporte

y trabar la puerta. Pero los huesos no intentaron

abrir la puerta; se detuvieron, indefensos

en el descanso de la escalera esperando

que las cosas fueran favorables.

Un débil crujir incesante por todas partes.

Nunca hubiese podido hacer lo que hice entonces

si el deseo no hubiese sido tan fuerte en mí

para ver cómo estaban armándose para este paseo.

Tuve una visión de los huesos reunidos

no como un hombre sino como un candelabro.

Así que de repente abrí la puerta de par en par.

Por un momento permaneció balanceándose emocionado

y estuvo a punto de derrumbarse. (Una lengua de fuego

destelló afuera y lamió sus dientes superiores.

El humo empezó a aflorar por los zócalos de sus ojos.)

Entonces vino hacia mí con una mano extendida

así como lo hizo en vida, una vez; pero esta vez 

yo golpeé su mano frágil que cayó al piso

y caí al piso también, para atrás, junto a él.

Los huesos de sus dedos se deslizaron por todas partes.

(¿Dónde es que he visto últimamente huesos como esos?

Dame mi costurero, debe estar ahí.)

Me senté en el piso y grité: “¡Toffile, sube a buscarte!”.

Tenía su oportunidad de la puerta al sótano o el salón.

Prefirió la puerta del salón por su novedad

y salió rápido para ser algo tan lento

aunque en las coyunturas seguía por cualquier lado

así que parecía un rayo o un garabato

por el golpe que le di en la mano.

Escuché hasta que subió casi toda la escalera

desde la sala al único dormitorio terminado

antes de que subiera a hacer cualquier cosa;

entonces corrí y grité: “¡Cerrá la puerta del dormitorio

Toffile, hacelo por mí!”. “¿hay gente?” –preguntó él

“No me hagas levantar, estoy bien calentito en la cama”.

Entonces apoyándome sin fuerzas en la baranda

me forcé a subir la escalera; y en la luz

(la cocina estaba a oscuras)

me di cuenta de que no podía ver nada.

“Toffile, no lo veo. Está con nosotros

en la habitación. Son los huesos”.

“¿Qué huesos?”. “Los huesos del sótano, salidos de su tumba”.

Eso le hizo sacar sus piernas desnudas de la cama

y sentarse al lado mío, abrazándome.

Yo quería apagar la luz y ver si podía verlo

o sino rastrillar el cuarto con nuestros brazos

al nivel de las rodillas, y llevar abajo la pila de cal.

“Ya sé qué quiere hacer: está buscando otra puerta

para tratar de entrar. La inusual nieve tan profunda

lo hizo pensar en su vieja canción

El salvaje chico colonial, la que solía cantar

durante todo el camino. Ahora está buscando

una puerta para salir al aire libre.

Atrapémoslo con la puerta abierta en el altillo”.

Toffile aceptó la idea y, claro que sí,

incluso en el momento en dejarle una salida

los pasos empezaron a subir por la escalera del altillo.

Yo los oía. Toffile parecía que no los oía.

“¡Rápido!” Cerré de un portazo y sostuve con fuerza el picaporte.

“Toffile, traé clavos”. Hice que clavara la puerta cerrada

y contra ella el respaldo de la cama.

Después nos preguntamos si habría algo

arriba en el altillo que pudiéramos necesitar.

Al altillo lo visitábamos menos que al sótano.

Si a los huesos le gusta el altillo, que se queden ahí.

Dejemos que se quede en el altillo. Cuando a veces

bajan por las escaleras en la noche y se quedan perplejos

detrás de la puerta y de la cabecera de la cama

frotando su blanca calavera con dedos de cal

haciendo ruidos como el chirrido seco de un interruptor

eso es por lo cual me senté en la oscuridad…

no se lo conté a nadie desde que murió Toffile.

Que se queden en el altillo porque ahí se fueron.

Le prometí a Toffile ser cruel con ellos

por haberlos ayudado una vez a ser crueles con Toffile.

 

HIJO: Creemos que estaban enterrados en el sótano.

 

MADRE: Sabíamos que tenían su tumba en el sótano.

 

HIJO: Nunca pudimos averiguar de quiénes eran los huesos.

 

MADRE: Sí, también podríamos, hijo.

Decí la verdad, aunque sea por única vez.

Son los huesos de un hombre que tu padre mató por mí.

Quiero decir, de un hombre que mató en vez de a mí.

Lo menos que podría hacer es ayudar a cavar su tumba.

Nos haremos cargo una noche en el sótano.

Mi hijo sabe la historia: pero no le correspondía

a él decir la verdad, suponiendo que el tiempo haya llegado.

Mi hijo parece sorprendido de verme poner fin a una mentira

que mantuvimos todos estos años entre nosotros

y así tenerla preparada para los extraños.

Pero esta noche ya no quiero mentir más

ni me acuerdo de por qué alguna vez me importó hacerlo.

Toffile, si estuviera acá, no creo que tampoco

pudiera decirle por qué le importaba…

No encontró el hueso de un dedo que quería

entre los botones desparramados en su falda.

Verifiqué el nombre a la mañana siguiente: Toffile.

El buzón rural decía Toffile Lajway.




Traducción: Lucía Aguirre

 

 

*

 

The Witch of Coos, (Robert Frost)

 

I staid the night for shelter at a farm/ Behind the mountains, with a mother and son,/ Two old-believers. They did all the talking.// MOTHER. Folks think a witch who has familiar spirits/ She could call up to pass a winter evening,/ But won’t, should be burned at the stake or something./ Summoning spirits isn’t ‘Button, button,/ Who’s got the button,’ I would have them know.// SON. Mother can make a common table rear/ And kick with two legs like an army mule.// MOTHER. And when I’ve done it, what good have I done?/ Rather than tip a table for you, let me/ Tell you what Ralle the Sioux Control once told me./ He said the dead had souls, but when I asked him/ How could that be – I thought the dead were souls,/ He broke my trance. Don’t that make you suspicious/ That there’s something the dead are keeping back?/ Yes, there’s something the dead are keeping back.// SON. You wouldn’t want to tell him what we have/ Up attic, mother?// MOTHER. Bones – a skeleton.// SON. But the headboard of mother’s bed is pushed/ Against the’ attic door: the door is nailed./ It’s harmless. Mother hears it in the night/ Halting perplexed behind the barrier/ Of door and headboard. Where it wants to get/ Is back into the cellar where it came from.// MOTHER. We’ll never let them, will we, son! We’ll never !// SON. It left the cellar forty years ago/ And carried itself like a pile of dishes/ Up one flight from the cellar to the kitchen,/ Another from the kitchen to the bedroom,/ Another from the bedroom to the attic,/ Right past both father and mother, and neither stopped it./ Father had gone upstairs; mother was downstairs./ I was a baby: I don’t know where I was.// MOTHER. The only fault my husband found with me–/ I went to sleep before I went to bed,/ Especially in winter when the bed/ Might just as well be ice and the clothes snow./ The night the bones came up the cellar-stairs/ Toffile had gone to bed alone and left me,/ But left an open door to cool the room off/ So as to sort of turn me out of it./ I was just coming to myself enough/ To wonder where the cold was coming from,/ When I heard Toffile upstairs in the bedroom/ And thought I heard him downstairs in the cellar./ The board we had laid down to walk dry-shod on/ When there was water in the cellar in spring/ Struck the hard cellar bottom. And then someone/ Began the stairs, two footsteps for each step,/ The way a man with one leg and a crutch,/ Or a little child, comes up. It wasn’t Toffile:/ It wasn’t anyone who could be there./ The bulkhead double-doors were double-locked/ And swollen tight and buried under snow./ The cellar windows were banked up with sawdust/ And swollen tight and buried under snow./ It was the bones. I knew them – and good reason./ My first impulse was to get to the knob/ And hold the door. But the bones didn’t try/ The door; they halted helpless on the landing,/ Waiting for things to happen in their favour./ The faintest restless rustling ran all through them./ I never could have done the thing I did/ If the wish hadn’t been too strong in me/ To see how they were mounted for this walk./ I had a vision of them put together/ Not like a man, but like a chandelier./ So suddenly I flung the door wide on him./ A moment he stood balancing with emotion,/ And all but lost himself. (A tongue of fire/ Flashed out and licked along his upper teeth./ Smoke rolled inside the sockets of his eyes.)/ Then he came at me with one hand outstretched,/ The way he did in life once; but this time/ I struck the hand off brittle on the floor,/ And fell back from him on the floor myself./ The finger-pieces slid in all directions./ (Where did I see one of those pieces lately?/ Hand me my button-box- it must be there.)/ I sat up on the floor and shouted, ‘Toffile,/ It’s coming up to you.’ It had its choice/ Of the door to the cellar or the hall./ It took the hall door for the /novelty,/ And set off briskly for so slow a thing,/ Still going every which way in the joints, though, So that it looked like lightning or a scribble,/ From the slap I had just now given its hand./ I listened till it almost climbed the stairs/ From the hall to the only finished bedroom,/ Before I got up to do anything;/ Then ran and shouted, ‘Shut the bedroom door,/ Toffile, for my sake!’ ‘Company?’ he said,/ ‘Don’t make me get up; I’m too warm in bed.’/ So lying forward weakly on the handrail/ I pushed myself upstairs, and in the light/ (The kitchen had been dark) I had to own/ I could see nothing. ‘Toffile, I don’t see it./ It’s with us in the room though. It’s the bones.’/ ‘What bones?’ ‘The cellar bones- out of the grave.’/ That made him throw his bare legs out of bed/ And sit up by me and take hold of me./ I wanted to put out the light and see/ If I could see it, or else mow the room,/ With our arms at the level of our knees,/ And bring the chalk-pile down. ‘I’ll tell you what–/ It’s looking for another door to try./ The uncommonly deep snow has made him think/ Of his old song, The Wild Colonial Boy,/ He always used to sing along the tote-road./ He’s after an open door to get outdoors./ Let’s trap him with an open door up attic.’/ Toffile agreed to that, and sure enough,/ Almost the moment he was given an opening,/ The steps began to climb the attic stairs./ I heard them. Toffile didn’t seem to hear them./ ‘Quick !’ I slammed to the door and held the knob./ ‘Toffile, get nails.’ I made him nail the door shut,/ And push the headboard of the bed against it./ Then we asked was there anything/ Up attic that we’d ever want again./ The attic was less to us than the cellar./ If the bones liked the attic, let them have it./ Let them stay in the attic. When they sometimes/ Come down the stairs at night and stand perplexed/ Behind the door and headboard of the bed,/ Brushing their chalky skull with chalky fingers,/ With sounds like the dry rattling of a shutter,/ That’s what I sit up in the dark to say–/ To no one any more since Toffile died./ Let them stay in the attic since they went there./ I promised Toffile to be cruel to them/ For helping them be cruel once to him.// SON. We think they had a grave down in the cellar.// MOTHER. We know they had a grave down in the cellar.// SON. We never could find out whose bones they were.// MOTHER. Yes, we could too, son. Tell the truth for once./ They were a man’s his father killed for me./ I mean a man he killed instead of me./ The least I could do was to help dig their grave./ We were about it one night in the cellar./ Son knows the story: but ’twas not for him/ To tell the truth, suppose the time had come./ Son looks surprised to see me end a lie/ We’d kept all these years between ourselves/ So as to have it ready for outsiders./ But to-night I don’t care enough to lie–/  I don’t remember why I ever cared./ Toffile, if he were here, I don’t believe/ Could tell you why he ever cared himself…/ She hadn’t found the finger-bone she wanted/ Among the buttons poured out in her lap./ I verified the name next morning: Toffile./ The rural letter-box said Toffile Lajway.

 

 

De: The Poetry of Robert Frost: The Collected Poems, Complete and Unabridged, New York, Holt, Rinehart and Winston, 1939.