Un día o dos Rogelio contó con profundo
dolor cómo una paloma gorda y muy gris había muerto. Me mostró una pluma de las
que se había llevado consigo. La describió meticulosamente y, terminando el
relato, rompió en llanto como lo puede hacer un recién nacido. Creo que en ese
momento me reí de él. Era solo una paloma, claro.
Rogelio, estando en Inazuma o a veces
aquí, sufría extraños dolores de pecho. Decía que alguien le clavaba puñales de
moho que le infectaban y adormecían las entrañas. Decía que no podía sentir,
que no podía hacerse liviano y planear. Lloraba, lloraba, lloraba como un
perro, o como un gato. Se le avitrinaban los ojos y las facciones del rostro;
se cristalizaba entero y parecía ser más frágil que un terroncito de azúcar.
Rogelio estaba delgado y comía poco.
Siempre contaba que había sido así toda su vida. Pero yo me acuerdo de los
varenikes con su madre, Irina. Me acuerdo de que comía como un desahuciado y
sonreía mirándola, quizás benevolente o quizás malvado y maldito. Recuerdo que
supo perfumarse y plancharse la camisa, supo ir a cortarse el pelo a la
peluquería y volver a verme, sudando de nervioso, de ansioso. Daba unos
saltitos bastante novatos e inexpertos y giraba por toda la casa, esperando ese
momento. Tocaba las hojas, regaba sus plantas. Lavaba los platos y los volvía a
ensuciar para volverlos a lavar.
Rogelio tenía trabajo; trabajaba de
bibliotecario, como siempre había querido. Hablaba y hablaba. De Ricks, Fochs,
Fuchs, Rocks, Fachs, Fiechs, Riechs, Riems. Quizás de alguno de aquellos
eruditos amateurs que le hacían de faro a Rogelio, un hombre normal.
Ese era su propósito. El propósito que
yo le supe descifrar, así como él descifraba que yo era un tonto torpe al
hablar, comprender o analizar.
Con el tiempo, Rogelio empezó a pensar
en cómo salvarse. En cómo quitarse ese puñal de moho, en cómo aprender a volar.
Yo, inútil, nunca supe qué decirle. Creo que nunca lo entendí. Él, en mis
lares, realmente me hablaba de trenes, de pájaros o de disparos.
Uno de esos días Rogelio saltó desde el
décimo octavo piso de un edificio de departamentos. La secuencia era lineal y
amenazaba en cada segundo que pasaba.
Siempre sonso, no podía verlo pasar.
Frené el transcurso de los segundos y lo encerré en un cubo invisible. Bajé,
desde mi cómodo trono en el que siempre estuve, abriéndome paso entre nubes.
Rogelio me miró asombrado y algo rabioso. Quizás pensaba que yo nunca iba a
aparecer. Y creo que iba a ser así, de no haber presenciado tal vertiginosa
postal.
—Tardaste —dijo, con cara de poco—. En
los altares o en las películas parecés más avispado.
Dolió. A veces me duele sentirme tan
inútil. El cubo lo dejaba tranquilo. Estaba calmado por un rato. Como quien se
ahoga en el mar y manotea buscando un pedazo de tierra, le di el olor y el recuerdo.
Le di el vapor de los varenikes. Le di el aroma a libro nuevo, el aroma a libro
viejo. Lo acaricié con las plumas de la paloma. Coloqué todo bajo sus brazos y
lo dejé ahí, como arropando a un bebé.
Rogelio miró hacia arriba,
insignificante.
—Rogelio, esto sos vos. Todo esto es
tuyo.
—¿Y?
—Es hermoso, de eso se trata.
—Es hermoso para quien lo ve. Es
hermoso para el hombre que se siente fino y vivo. Pero a mí el moho del puñal
ya me agarró. Te lo mostré.
—Soy tonto. Lo sabés.
—No te excuses. Ningún tonto tan tonto
andaría por acá, colgado de estos andamios tan bellos. No sos tan tonto. Sos
eterno, que es más peligroso.
Quedé ciego y disminuido. Me sentí
infame, traidor, tan pequeño como una pulga y tan malvado como un ruin
emperador de la antigua Roma.
Entonces lo vi. Rogelio había hablado
de Fuchs, Fiechs o Riems, de las crines de los caballos, del olor a nafta y del
Señor de los Anillos. Me había besado los pies y las manos y había confiado sus
pensamientos a mi voluntad. Se había obsesionado con las mitologías y con
Napoleón, con los indios o con los bolcheviques. Mil veces lo vi hacerlo, mil
veces lo vi lagrimear. Rogelio nunca había estado hablando de todo eso.
—Creo que entendés que no puedo dejar a
toda esa gente que te pasa por debajo de la espalda, petrificada durante toda
la eternidad.
—Lo entiendo —dijo Rogelio.
Y con lágrimas de no sé qué en los
ojos, falsos ojos que quizás alguien me puso, reanudé el tiempo.