Mostrando entradas con la etiqueta ezequiel martínez estrada. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ezequiel martínez estrada. Mostrar todas las entradas

25.7.16

Conversación entre Osvaldo Lamborghini y Luis Thonis


Encuentro con Osvaldo Lamborghini, cazador nocturno de la vanguardia local (*)


La obra de Osvaldo Lamborghini puede parecer breve si partimos de la convención que remite lo legible de un texto a su cantidad de páginas. No obstante, El Fiord  (1969), Sebregondi Retrocede (1973) o su reciente libro Poemas (1981), ediciones Tierra Baldía, hablan de esa otra cantidad, la de sus insistencias, fundadoras de una nueva literatura argentina.
Es posible hablar ya de lo lamborginesco para designar una contramitología tramada en y sobre los escombros rítmicos de las líneas menores de nuestra cultura.
En sus varias inflexiones dichos libros pueden aparecer como vanguardia, es decir, como algo previamente informulado –Lamborghini en varios tramos de la conversación define su vanguardia– respecto de las leyes, los patrones, los verosímiles que impone el mercado. Pero basta habitar una página de Sebregondi para entrever que este cazador nocturno no retrocede sin abrir un juego donde coexisten diversas hechuras lingüísticas en un trabajo inusual con el lenguaje.
La dificultad de clasificar el ya mítico Fiord, o seguir linealmente las andanzas del marqués de Sebregondi –¿poemas?, ¿novelas?, ¿falsas novelas que fracasan en ese lugar donde no hay victoria ni derrota y sólo queda la dicha y el riesgo de escribir?– se acentúa al extremo en Poemas.
Su reciente publicación, entre otras cosas, nos acercó a la ciudad de Pringles. Dialogamos en la casa del poeta Arturo Carrera, una casa ostensiblemente pompeyana, con dos espejos necesarios para prefigurar cierto infinito –del mismo modo que dos voces bastan para fundar la apariencia de un diálogo interminable– donde una niña pintada desde antiguo por Renoir, o una muchacha salida sin premura de un Veermer, fueron otras tantas leyes de hospitalidad a los restos de tango, lunfardo, gauchesco, a las eufonías de la palabra. Por momentos, era sospechable que el Niño Diablo de Hudson acudiera, luego de amansar otra vez el cimarrón, pero convirtiéndose en el quicio y por una magia menor, en un personaje de Gombrowicz al cual está tan próximo Sebregondi.


L.T.


Luis Thonis: La aparición de Poemas introduce una variante respecto a El Fiord o Sebregondi Retrocede, obras por sí diferentes. ¿Se trataría menos de una diferencia entre prosa y poesía, que de la continuidad de una obra indefinible genéricamente?

Osvaldo Lamborghini: Hay menos la ilusión de equivalencia con un posible –imposible– “pase al acto” en Poemas –en fin– que en El Fiord y Sebregondi Retrocede. De todos modos la Narración de la Historia –título de un cuento de Correas pero mías son las mayúsculas– no está excluida de este libro “último”. La Narración de la Historia es un arte en la Argentina: una cuestión capital y, al mismo tiempo, o por lo mismo, federalizable: contra el despotismo de Una sola Aduana, contra el despotismo de Una “organización nacional”.

LT: Las referencias al gauchesco, el tango, el lunfardo, las glosolalias hacen a una poética –en Poemas– que recorre diversos tópicos de nuestra literatura, la reescriben. ¿Se va engendrando otro lenguaje, de señas inciertas, por ejemplo, “Soré y Resoré, divinidades clancas de la llanura”? ¿Piensa que una nueva escritura sólo puede nacer de una “vieja lengua”, de su tesoro verbal?

OL: Inscribir lo ya escrito, inscribir. El parche glosolálico –batirlo– es un triunfo momentáneo, breve, de cierto exceso de sentido: el paqué de Girondo de En la masmédula resucita a millones de hablantes frescos como lechugas, y decapita, afortunadamente, la tartamudez engolada de los catedráticos. Son demasiadas las lenguas que se añudan en la Argentina. Y el aquí me pongo a cantar, la potencia doble de poder decirlo, es un buen ejemplo de glosolalia feliz.

L.T.: ¿El Fiord y Sebregondi Retrocede carecen de antecedentes directos en la literatura argentina? O si los tienen, ¿no es más legible lo que en ellos se pierde que la deuda cultural en que se apoyan?

O.L.: Lo que en ellos se pierde es una generación de lectores aldeanos descerebrados por la ecriture, nada más.

L.T.: Opongo la “pérdida” que refiere a las posiciones del sujeto en el lenguaje a la idea positivista –cualquiera sea la ideología en que se ampare– de recuperación porque ésta ha dado lugar a un historicismo lineal, binario, escolar, que excluye de sí el cuerpo, el deseo, el goce, pensando el no sentido como sinsentido –sólo hay historia del Sentido. En cuanto a las rupturas, recordemos que en “Muerte y transfiguración del Martín Fierro”, Martínez Estrada ya establecía todo un sistema de analogías formales entre algunas partes separables del Poema –las escenas de la Pelea y la Payada– y los procedimientos de montaje, ex corpus, del cine de Eiseinstein; explicaba también que su lectura es otra a través de Kafka. Si usted reivindica esa tradición, en sus textos habría montaje…

O.L.: Pienso –pero yo nunca sé si pienso o “escribo”– que toda literatura es montaje, incluida la puramente “facial”, como ocurre ahora con los punks, que se dibujan cicatrices en la cara. Montan, sobre sus propios cuerpos, el relato no vivido de aquella historia: la pesadilla de papá y mamá. Claramente, esto no responde a su pregunta: se trata, más bien, de una maniobra de “diversión”: montaje, por supuesto… Martínez Estrada, Eiseinstein, José Hernández… es montar demasiado: creo que así se nos van a cansar pronto los caballos. Estoy jugando con las palabras, y lo único que puedo responder, “¡ex corpus!” en cuanto a “mi” libro y su relación con el montaje, es el “mi” entre comillas.

L.T.: ¿Y?

O.L.: Y que escucho, mezclo, repito, y tacho y cambio de lugar, y cito. Exageradamente tal vez. Macedonio leía “a oscuras”, y así entonces se produjo ese perfecto acontecimiento de moviola: el film quebrado plantea el espacio y el tiempo (la metáfora) simultánea de Shopenhauer, Quevedo, Del Campo, y William James.

L.T.: Usted también tiene varios caballos.

O.L.: Más el set “bajo” del Ropero, la Pava, el Mate, la Pensión.

L.T.: En sus libros hay una ausencia de “conciencia moral” o de “visión del mundo”. ¿Esa ausencia inscribe al autor como un fragmento más entre otros? ¿Cuántos Lamborghini han escrito y cómo se deslizan en las letras de Poemas?

O.L.: La mía es una literatura familiar: el deseo (y también las ganas) de prolongar indefinidamente la sobremesa. Pero la historia no lo permitió: presencias entrañables, ineludibles distanciamientos. Hay otro Lamborghini, Leónidas: los dos, más tantos otros que no tienen la suerte/desgracia de portar el Lamborghini, estamos precisamente allí, en ese fragmento que pretende, sí, conservar un museo de vanguardia, algún chiste de Macedonio. Porque el Museo, siempre irrisorio en estas latitudes, es preferible al universo concentracionario de los comentaristas sabios: “en el lento divagar del cabaret…”

L.T.: Respecto de los narradores, ¿qué pueden tener que ver entre sí, por ejemplo, la voz monótona que organiza el espacio clausurado de El Fiord con el atonalismo, esa voz que llega a disgregarse en relatos como “La Mañana” aparecido en la revista Escandalar?

O.L.: El Fiord es un final. Mi primer libro, pero que está pensado como el título. Pero claro: ¿quién se entiende? Me gusta El Fiord como intento de frontera, de “últimas poblaciones”. Lo que usted llama voz monótona cumple aquí otra función: ¿se habrá acabado lo que se daba? Si después los narradores se multiplican, el hecho se debe menos a un efecto “barroco” de polifonía que a una escisión cada vez mayor del Narrador, no de Osvaldo Lamborghini. Como si dijéramos, empezar eternamente para llegar a los mismos resultados.

L.T.: Y esa escisión, esa “esquicia” del narrador hará que la mirada caiga hacia algo no representable, haciendo imposible la lectura transparente. Sin embargo, en cuanto a la mirada que no quiere caer, a la crítica que se desprende de ella, fundada en el mito del Escribir Bien, las cosas no están de todo claras; por una lamentable paradoja, en la literatura suele considerarse como ajeno lo que podría leerse a la vista: ¿a qué se debe ese efecto de extrañeza que produjo y sigue produciendo Poemas?

O.L.: Es cierto lo que usted señala: esa “baja” paradoja que hace aparecer a mis escritos como “extraños”, cuando la verdad es que ellos se limitan a cortar y plegar diferentes propuestas de la literatura argentina: sólo que sin respetar sus supuestas intenciones, ni su aparente linealidad. Ascasubi, Le Pera, Hernández, Cayol, Del Campo, Gardel, conviven –violentamente, ¿hay otra manera?– en mis textos.
Contrario ejemplo es el caso de nuestro actual (y lamentable) teatro realista, en el (lamentable) estilo de El gran deschave. Pero punto final aquí: es casi de mala fe ponerse a deschavar (aquí), tanta, pero tanta mala fe.


(*)  Este diálogo –con la introducción respectiva– apareció por primera vez en el diario Convicción– 4/3/1981. Era el diario de los militares y a muchos les resulta insólito. Pero no lo es tanto si se tiene en cuenta que la línea política la escribían periodistas como Alejandro Horowitz y en la parte cultural tenía cierta independencia. Estábamos en la casa de Arturo Carrera y a Osvaldo se le ocurrió el reportaje, aparecido por la generosidad de Ernesto Shoo, que se tomaba sus riesgos en ciertas cosas que publicaba. En realidad, fue un corte en una conversación ininterrrumpida en la que no todo era acuerdo. El reportaje causó indignación a algunos dentro del diario por la forma de expresarse de Lamborghini –hay que tener en cuenta el contexto militarizado de ese momento– y afuera también hubo una cuota de mala fe, ya que no había nada que sonara oficial. Al contrario. Antes había escrito sobre Néstor Perlongher, también publicado en la editorial de Rodolfo Fogwil… finalmente los militares vinieron a preguntar quién era yo: lo que decía sonaba raro. Jorge Dorio, después me contó que el director le dijo: a ese tipo pueden llevárselo, escribe en griego… parece que eso desalentó a los defensores de la patria.

7.4.11

Lecturas cruzadas de Adán Buenosayres y Macunaíma, por Gustavo Calandra






¡Volved a ese Santo Engendro vuestro, maldito por la Naturaleza, que no ha dejado un solo momento de nacer y que sin embargo, continua Nonato! ¡Marchad, marchad para que él no os deje Vivir ni Reventar y os mantenga siempre entre el Ser y la Nada!

Witold Gombrowicsz, Trasatlántico.


Dos novelas. Adán Buenosayres y Macunaíma. Dos héroes. Dos itinerarios diferentes: uno barrial y otro nacional. Será la búsqueda –en el pasado– de un espacio no corrompido por la inmigración y la modernidad. Hoy podríamos hablar del imperialismo y de los gérmenes de podredumbre que tenemos que descubrir y extirpar de nuestras tierras y cerebros. La lucha nacional y la liberación de los pueblos. El pasado debe utilizarse para abrir el futuro, asegurar la esperanza y darle densidad.

¿Es hacia la ciudad, dónde habría que mirar para forjar una cultura americana? San Pablo es la ciudad elegida por Mario de Andrade. Hasta entonces, el afán artístico buscaba contornear la figura del nacionalismo y no había resultado. Seguir tendencias universales no era suficiente para quien se dice “brasileiro abrasileirado”. La contemplación y el adorno no matan el hambre: “essa fome da Pátria, porca parida que devora os próprios filhos”. (Jornal do Comercio, 24/05/1925. Reeditado en Neroaldo Pontes de Azevedo, Modernismo e Regionalismo -Os Anos 20 em Pernambuco.)

Antes de llegar, Macunaíma dejará su conciencia en la isla de Marapatá. Reproduzco una nota de Gilda de Mello e Souza, en la edición en español: "Se cuenta que en la época de extracción del caucho en Amazonia, los exploradores que se internaban en la espesura, antes de irse, dejaban su conciencia en la isla de Marapatá, ya que liberándose de ella se sentían más cómodos para enriquecerse." (Mario de Andrade, Macunaíma, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1979.)

La escolta de la papagayada imperial da media vuelta y enfila hacia el mato. Un paisaje industrial y mujeres blancas, “filhinhas da mandioca”. El héroe, párrafos atrás, había mudado el color de su piel, en agua encantada que lava su prietura. Deseo y jugueteo. Cuando regrese a su tierra, Macunaíma, va a anhelar la “joda” paulista, la “sacanagem feliz”. Penetra el espacio promiscuo de la multitud y la masa sin nombre. Abundan –y saturan– los objetos, los rostros, las imágenes. “Máquinas”. Todo son máquinas. Ya no es el cacao la moneda tradicional. Tanto “arame conto contecos milréis borós tostao duzentorréis”, tanto “selos, bicos-de-coruja massuni bolada calcáreo gimbra siridó bicha e pataracos”, produce flojera. “Ter de trabucar, ele, herói”. Estrechez de sensibilidad y a-u-t-o-m-a-t-i-z-a-c-i-ó-n. Se perturba la inteligencia. Es en éste mismo capítulo del arribo a la morrocotuda ciudad de San Pablo, donde se produce la primera muerte del héroe.

Prostitutas de lenguas extranjeras chismean. ¡Qué cháchara! Entre la chusma, un estudiante da un discurso antiestatal. ¡Bien, Che! Hay trifulcas y los inmigrantes austríacos búlgaros polacos se visten chanchos con el uniforme del orden, sin ser muy respetados. Los chiflan. Para Macunaíma, un arma de fuego y experiencias alcohólicas. Otra de chicha.

Allí, comenta luego, por carta, a las Icamiabas, las costumbres y modas son importadas desde Europa. El virus de la imitación innecesaria. Que “puito” de acá, que “puito” de allá. Compre esta excelente bicoca. Cuidado con amancebarse con una lusitana, perderá el favor de una diosa. Dos lenguas: el brasilero hablado y el portugués escrito diagnostican la falta de libertad e identidad. La voz del autor: “No dia em que nós formos bem filhos da nossa terra, a humanidade se enriquecerá de mais uma expressao que me parece bem gostosa: o brasileiro”.

De la mano de Leopoldo Marechal, pasamos a “la Reina del Plata”. “A Buenos Aires se lo interpreta con los ojos porque ha sido construido para ser visto. Y de ahí el poder de fascinación que ejerce: mirando la ciudad se inhibe la facultad del raciocinio y uno niega o afirma en estado hipnótico”. (E. Martínez Estrada, “Las ciudades diversas”, La cabeza de Goliath.)

Adán Buenosayres despierta en Buenos Aires, “la ciudad-nación”, (E. Martínez Estrada, “Argirópolis”, Radiografía de la pampa), según el pensador arriba citado. Las coplas y los versitos se disuelven entre los gritos de esa “mazorca de hombres” que se disputan la posesión del día y de la tierra. Pluralidad de idiomas en escalas tanas, rusas, gallegas, turcas. Serpenteados por el Riachuelo, la muerte en el matadero y el sur fabril de chimeneas con cielo gris. Por el puerto, la invasión extranjera. Nótese la metáfora que utiliza el narrador: una figura que remite al ámbito rural para hablar de la ciudad. La mazorca de hombres como fruto de la ciudad, por un lado; y la más-horca como cuerpo policial de la época rosista que, si seguimos esa línea de asociación, nos recuerda varios pasajes de Amalia donde las calles de la ciudad eran asediadas por los asesinos del Restaurador.

Buenos Aires muere de vulgaridad. Si vivís ahí, podés ser víctima de lo mediocre y su contaminación. Tiembla el protagonista ante “el frío de una realidad sin vuelo”. Elevación gallinácea. Dicho por Samuel Tesler: “La perra que se come a sus cachorros para crecer.”

Adán es el expulsado del Paraíso. Ha muerto. Murió el poeta-creador en el prólogo. Adán, el desarraigado de la perfección, dirá Cortázar. Atrás, vestigios de sueños, queda la infancia de una vida rural, patria idílica del comienzo. El proyecto intelectual es de una doble recuperación: la tradición criolla, acorralada por la ciudad, que sobrevive en el campo y las tradiciones de los antepasados europeos.

Cuando el astrólogo Schultze reproche al lanchero de Cacodelphia, un gallego colectivero, haber olvidado aquella dignidad que tenía en su aldea, en Galicia, haber trocado sus valores por un mimetismo grosero, no nos sorprenderemos: “podabas tu viña, matabas tu chancho, cantabas los villancicos de tu madre y profesabas la sabiduría de tus abuelos”. ¿Y después? Metamorfosis en un compadrito de melena y pañuelo al cuello. La “bravura criolla” viene evolucionando desde Martín Fierro al malevo.

Más adelante, los héroes encuentran a un abogado, hijo de un zapatero. Típica historia de tango (“Giuseppe, el zapatero”, cantado por Carlitos Gardel), el hijo oculta al padre, reniega de su linaje, aún cuando su progenitor se ha deslomado por costear sus estudios y, ya doctor, se entrega al lujo burgués. “Y olvidaron su tabla de valores por aquel fácil estilo de vida que les enseñaba el país. Y la obra de corrupción iniciada en los padres fue concluida en los hijos: los hijos aprendieron a reírse de sus padres emigrados, y a ignorar o esconder su genealogía. Son los argentinos de ahora, sin arraigo en nada”.

No sólo este ritmo de vida infernal, “un urbanismo traicionero que amenazaba con envolver en sus redes lo más puro de la tradición argentina”, confunde, sino desdibuja el ser nacional. Los colores del estandarte mixturan sus pigmentos. ¡Oíd poetas, el profundo reclamo!... “La tristeza del barro que pide un alma”.

La solución rapsoda. “Allí fuera, los hombres vivían bajo la tiranía de las cosas. Su conducta era determinada en todos sus detalles por los mandatos de lo material, por el dinero, por las herramientas de sus profesiones y por las leyes nada juiciosas de la costumbre y la convención. Pero dentro de la librería me sentía a salvo de las asechanzas de la materia, aislado de los peligros de la actualidad; allí, en donde un viejo barbudo, superviviente de otros tiempos, tocaba con furia la música romántica.” Aldous Huxley, “La librería”, Limbo.

Y, por supuesto, en el oficio de juglar existe una necesidad apremiante: hacerse entender en todo momento. Histórica ha sido “la urgencia de renovar el repertorio heredado, haciendo que el habla de los vulgares usos cotidianos entrase más y más en la prosa recreativa.” Una elección que más bien es una corazonada. “Los juglares, no por decisión unipersonal sino colectiva, en esfuerzo difuso e instintivo (…), echaron llaves al arte de los clérigos, continuador de una tradición latina docta , extremamente empobrecida, y dejándose conducir del gusto vulgar al que inexcusablemente debían atender, crearon una nueva tradición popular en la lengua románica de los nuevos pueblos medievales.” (Ramón Menéndez Pidal, “Los juglares y los orígenes de la literatura española”, en: Francisco Rico y Alan Deyermond, Historia y crítica de la Literatura Española). Esto me lleva a reflexionar sobre las instancias de recepción de ambas novelas y la incomprensión de varios intelectuales contemporáneos. Libros inclasificables, inacabados, fragmentados.

No puedo no pensar en los textos antropófagos de Oswald de Andrade. Manifiestos que convocan una lengua “sin arcaísmos” ni “erudición”, y que se nutren de millones de errores y faltas del habla. Y no sorprende que, cuando enumere elementos estéticos modernistas a utilizar, junto a la libertad de creación, destaque la valorización del inconsciente, de lo cotidiano y de lo mecánico. Porque “en lo cotidiano, que llega hasta lo vulgar, están lo popular y lo revolucionario. En el inconsciente se esconden lo primitivo, lo nativo, lo geográfico y lo telúrico”. (Oswald de Andrade, Escritos antropófagos.) Recordemos la filiación modernista de Mario de Andrade y su recorrido inicial que, poco a poco, fue desviando su norte.

Nacionalismo combativo. Un arte de acción. “Brincamos com a arte”. Gilda de Mello e Souza en “O tupí e o alaúde”, analiza el plano de la composición de Macunaíma en analogía con el proceso creador de la música popular brasilera. Basado en juegos infantiles donde se unen los cantos de modo espontáneo, la improvisación del cantor alcanza una pieza híbrida. En cada repetición se mudan uno o más elementos sin dejar de ser reconocible la fisonomía de su constitución. Mediante la combinatoria –que incluye fallas mnemónicas repuestas con variaciones inconscientes– se enmascara, transforma, deforma y adapta texto y melodía. Aplicada en la escritura corrobora la subversión del material lingüístico en la novela. Y, también, utilización de artificios y frases hechas desprovistas de su sentido fijado- estereotipado por la lengua. Recordemos que Macunaíma colecciona garabatos –cuando niño soñaba con malas palabras– así como el gigante piedras preciosas. Esas palabras “feas” son consideradas cosas materiales que funcionan como instrumento de lucha. (Eneida María de Souza, “A pedra mágica do discursos”, en: Mario de Andrade, Macunaíma, Edición crítica, Telé Porto Ancona Lopez, coordinadora, Fondo de Cultura Económica.)

Un pre-realismo, forma salvaje de contracultura, se acerca a la narrativa oral indígena o arcaica popular, Alfredo Bosi, “Situaçao de Macunaíma”. El resultado será un embrollo cronológico y geográfico, con persecuciones al mejor estilo de los dibujos animados. Desde Itamaracá a Guajará Mirim pasando por Paraná, atrás viene el cachorro Xaréu. La vieja Ceiuci te persigue de Mendoza a la Guayana Francesa, sin parar. ¡Borren las fronteras políticas que dividen a Latinoamérica!

Dijeron los martinfierristas en manifiesto girondezco (Martín Fierro. Nº 4, del 15 de mayo de 1924): “nos hallamos en presencia de una NUEVA sensibilidad y de una NUEVA comprensión”. La primera definición de estos jóvenes fue reaccionar contra una situación cultural que juzgaban rutinaria y caduca. Rasgos centrales de la revista eran el desenfado y la irreverencia con que consideraban la crítica artística, el tono festivo del que aparecía rodeada la actividad literaria, la virulencia de las polémicas, la búsqueda de un criollismo que conjugara la tradición nacional con estéticas europeas.

Así el “lector agreste” debería estar orgulloso, él es un “porteño leal”. Lealtad que conserva y legitima la tradición. El campo, como espacio aún no contaminado por la inmigración y la modernidad, es el reservorio de un pasado nacional ligado a la tierra, asentado en el linaje o en las posesiones y saberes de los antepasados. Porque “cuando lo presente ya nada nos insinúa y lo futuro no tiene color delante de nuestros ojos, ¡bueno es dirigirlos a lo pasado, sí, allá, donde tan fácil es reconstruir las bellas y sepultadas islas del júbilo!”. El ámbito rural, donde las cosas vuelven, tal vez, a tener un valor primordial, brotadas “recién de las manos de su Creador”.

Es la confianza en un ascenso por la belleza. Beber de las fuentes de la tradición y enaltecer el alma. La dignidad en lo simple, en lo noble del trabajo. Es la nobleza original del poema del domador de caballos, sabio en la medida de su fidelidad, “como templar una guitarra”. Civilización y barbarie. La famosa “i” de Sarmiento que une los polos. El dilema de la generación del 37 casi un siglo después.

Marechal no puede rastrear las huellas patricias que –aunque un poco fabuladas– rescata Borges de sus antepasados. Su tono se hace cargo de ese cambalache que hereda la cultura de Buenos Aires y lo resuelve uniendo extremos opuestos, yuxtaponiendo, superponiendo. En el fango sagrado crece la mortífera hoja de cicuta para que mastiquen los Sócrates del arrabal. Criollismo y lunfardo, Homero y catolicismo.

Y la pregunta por el argentino auténtico... un enigma nacionalista. Si ya no es ni país, esto es una factoría… “¡Inglaterra es el enemigo!”, sentenció el petiso Bernini. “El argentino, por naturaleza, fue y debe ser un hombre sobrio, como lo era y es todavía nuestro paisano, como lo fueron y son los inmigrantes que nos han dado el ser a la mayoría de nosotros. Pero, ¿qué ha sucedido? Que el extranjero nos ha embarcado en una mística de la sensualidad y el vivir alegre, inventándonos mil necesidades que no teníamos, para vendernos, ¡claro está! Los cachivaches de su industria y rescatar el oro con que nos paga nuestra materia prima.

Macunaíma reivindica la necesidad de asumir una particularidad latinoamericana, desenvolviendo el propio potencial cuestionado por la civilización europea: “Paciência, manos! Nao! Nao vou a Europa nao. Sou americano e meu lugar é na América. A civilizaçao européia de-certo esculhamba a inteireza do nosso catáter” (c. XII). No bien se alejaron de San Pablo, Macunaíma, ante la imposibilidad de encontrar la suya, dejada en la isla de Marapatá, “pegó una consciencia dum hispano-americano”, demostrando ser un héroe no absolutamente brasilero. Y reafirma que los brasileros comparten parámetros con el resto de América. El mismo sol nos dora a todos.

Esta mirada –integradora– hacia la región es imposible hallarla en Adán Buenosayres. Pienso en una biografía ideal del poeta de Villa Crespo: niñez y experiencias de la vida rural, un lazo prolongado con la tierra y la tradición, el nudo de un linaje heroico, conocimientos perspicaces y contagiosos como la risa del abuelo Sebastián. Desaparecen el mundo barrial y hogareño, y podría agregar matero decentito infeliz. No se oculta esa necesidad de recuperar las raíces europeas.

Existe un armazón católico que estructura la novela y que no permite un acercamiento más consciente hacia otras culturas de Argentina, especialmente, las desarrolladas por los pueblos originarios (aunque aparezca una conexión con la tierra como fuente de vida). Menos aún hacia otras partes de América Latina. Cuando se hable de los indígenas, Echeverría y Mansilla respaldarán la erudición. Asistimos al recurrente tópico literario del indio, el malón, la cautiva, los ranqueles. Shultz nombra, antes del encuentro fortuito y etílico –“yapay”– con el cacique Paleocurá, a Incas y Aztecas, presuntas raíces nuestras pero remite el origen a la Atlántida, al Critias, a Platón. Toma la palabra el narrador: “nuestros aborígenes descendían de aquéllos focos norteños, o mejor aún, de grandes contingentes que por desertar a la servidumbre o la guerra se habían desplazado hacia el Sur y habían descendido luego a la barbarie; (…) Schultz hubo soltado ésa y otras especies que volvían a convertirnos en la resaca del mundo;” (la cursiva es mía.)

Un pliegue hacia adentro que excluye posibilidades de integración. De cabeza, al útero de la patria. Es tiempo del “neocriollo”. Poética y metafísica. Un hurto al cuerpo latinoamericano. La selva amazónica está en el corazón de Brasil. Hasta allí rastreamos altivos pechos de la resistencia, pateando muros, pisando fronteras. El “hérue” va por “debaixo do salto da Felicidade”, luego toma “a estrada dos Prazeres” para arribar a “capao de Meu Bem que fica nos cerros de Venezuela” , donde Ci comanda asaltos matreros.

Cuenta Gilberto Freyre que, con el indígena, en la formación de la familia brasileña, se produjo una hibridez armoniosa. (Gilberto Freyre, “El indígena en la formación de la familia brasileña” Casa Grande e Senzala.) Cambió el esquema uniforme del modelo católico europeo. Habrá sido la Tía Ciata con una de sus macumbas. El vetusto arquetipo acusó la influencia de la magia y la mística, el totemismo y el fetichismo, los tabús. (Y los modernistas brasileros pretenden transformar el tabú en tótem.) “¡Va-mo sa-ra-va!” La “Casa Grande” amplió el horizonte brasilero, fue heterogénea la colonización y la familia gozó de plasticidad social. Uno aprende a caminar la selva y la jerga de las aves. (Y los modernistas brasileros se engullen al enemigo sacro.) No así es considerada la “casa grande” de las pampas por Martínez Estrada. Una casa de las afueras. Casa mala, sin ruido, pensamientos reprimidos, casa tabú. Silencio. Porque el campo puede ser también un espacio hostil, de telúricas maldiciones, de sequías rabiosas, y hay que salir a cuerear cadáveres con tío Francisco. Y así también curte su ser, el estoico resero.

Apertura de un lado y cierre de otro: los procesos históricos son diferentes. En Argentina, sabemos del exterminio aborigen en el sur. “Campaña del desierto” le dijeron, como si no hubiese habido habitantes, comunidades, vida. Aunque un mismo punto de fuga hacia la pureza natural o la naturaleza pura y la denuncia o la certeza de una ciudad que aniquila, que oblitera la autonomía espiritual. En cuanto a la instrucción, “los nacionalismos criollos de las Américas fueron, durante muchas décadas, débiles, eficientemente descentralizados y bastante modestos en sus ambiciones educativas.” (B. Anderson) Un llamado, una nueva voz. Por el lado de Macunaíma, la voz indígena, censurada, suprimida, inaudible en su forma originaria, apropiada y mal transmitida por los conquistadores. Esa mudez del vencido, sobrevive en un lorito.

Macunaíma no consiguió armonizar las dos culturas: Uraricoera, de donde provenía y el progreso, donde llegó ocasionalmente. Cuando regresó fue tarde, el rancho se había hecho tapera. Ni selva ni ciudad, concluye, ambas causan tristeza. Desterrado en su tierra, solo resta un exilio cósmico. El epílogo enmarca la historia y le da carácter de apólogo. El poeta traductor decanta la lengua para redescubrir el canto. Ese himno errante que podría entonar el pueblo brasileño en su búsqueda por una identidad tan plural y tan indeterminada. La gesta de un héroe antinormativo que apunta a un mundo futuro, eventualmente más abierto. Y un eco que se propaga: AMÉRICA LATINA UNIDOS O DOMINADOS.