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21.3.26

Jorge Quiroga: homenaje en Constitución

 

 

Jorge Quiroga (1943-2025), escribió en Literal, El ojo Mocho, entre otras revistas. Se exilió durante la última dictadura en Brasil donde trató a Perlongher. Estudió Ciencias de la Educación en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Amigo de Horacio González, Germán García, Ricardo Zelarayán y Roberto Raschella.

 

Jorge Quiroga: ¡Alta chismografía se ha dicho!, por Laura Estrin

(Porque si le dicen literatura a cualquier cosa –como escribe Christian Ferrer, puedo llamar chismografía a mi memoria).

 

Les voy a contar una historia, para dejarla escrita, para que no me la cuenten otros, para que no me tomen la sopa –como escribió Néstor Sánchez–, para que no me metan la mano en el bolsillo –como escribió Savino– y porque las historias se bancan bien, mejor que otros discursos menos amables, y prometo que voy llegar a Jorge Quiroga.

En el año 1991 un grupo de amigos despide en Chacarita a otro, a un tipo singularísimo, que escribía genial y que cuando lo leí no me permitieron editarlo… Ese  grupo de amigos, imagino que en subte por Corrientes, se fue a tomar un café: nacía el encuentro de El Estaño, el encuentro de Café Premiere.

Raschella, Savino, Miriam Kulesz y pocos más empezaron a juntarse los sábados apenas pasado el mediodía en la Avda. Corrientes, primero al lado de Librería Fausto. Hacia el 95- 96, Milita Molina me invita a ir. Fuimos casi 25 años sin interrupción y lo fuimos abandonando cuando Savino se fue a Madrid.

No era un café literario, eso creen los que no escriben (y no escriben todos, escriben algunos entre todos –como dice Tsvietáieva). Por ese café, a veces, aparecía algún periodista o un intrigante perdido, o llegaba algún schollar norteamericano, boludos contentos, conspicuos talleristas o escribientes que hasta propusieron poner una vela en nuestra mesa porque “sentían” que les faltaba algo con que entender la cosa.

Una vez, es un gran ejemplo, convencí a Hebe Uhart de ir, un sábado llegamos, casi todos tomábamos café, Noemí Ulla, imperial, pedía té, si mal no recuerdo, y había uno que pedía y teorizaba lo qué era una lágrima. Hebe miraba con distancia mal sentada: el mal-estar sentada, el verdadero malestar en la cultura –diría Nicolás Rosa. Sigo contándoles y les recuerdo que en ese tiempo la cerveza no tenía la fama de estos años, y Hebe pidió cerveza mientras miraba inquieta y preguntaba con un poco de desazón de qué iba la juntada. No pudo seguir viniendo, quizá porque como entendió Milita, el café era una mecánica, como si dijéramos un funcionamiento –eso podría acercarnos Meschonnic.

Al Estaño y luego a Premiere, cuando aquel cerró por reformas, venían algunos hermanos y algunas hermanas (sí, la cosa siempre es religiosa), pero sobre todo amigos de amigos, también venía un genio amable, simpatiquísimo, yo lo tenía por marinero pintor que en esos años escribió una novela que me encantó: El amor de los amigos, no sé por dónde andará ahora Carlos Moreira.  A ese café venía, también, siempre sentadito y sonriente, siempre amistoso, sin ningún aspaviento, Jorge Quiroga: lo veo en una punta de la mesa, algo de costado, diciendo asintiendo, siempre con su típico “¡¡¡¿¿¿ehhhh!!!!???”, su inclusivo question tag.

Por ese entonces, mientras Hugo Savino me había conseguido el teléfono, Jorge Quiroga me empezó a acompañar en la dificilísima empresa de aguantar a Zelarayán, porque, un poco, él y yo lo trajimos a Premiere. Así, Ricardo llegaba hacia el mediodía, antes que nosotros, a veces con Margarita, y almorzaba con una copa de vino. Ricardo Zelarayán quedaba de ese modo sentado al lado pero en otra mesa, luego empezaba a perorar parándose para sentarse al borde de nuestro encuentro, donde a veces éramos varios y otras solo 3 o 4. Zelarayán se enojaba, se encabritaba pero trataba de participar sobrellevando mal su sordera, nos pasaba papeles con poemas, recortes de suplementos literarios que lo mencionaban y hasta carpetas con traducciones inéditas.

Al café El estaño, al café Premiere, además, venía un muchacho apocado, muy de otro planeta, Gabriel Arévalo, y un hombre muy de este, es decir, de la Universidad (de la facu –como decía burlón Zelarayán), era el verborrágico pero buen Zoppi, los queríamos a ambos. Eran tipos singulares, Gabriel era el palenque –como diría mi abuelo–, por esos años, de Milita, Zoppi había sido librero de Fausto. Y también venía otro librero de Fausto, alambicado sonetista y sabedor de ingentes locuras del saber, Aquiles el de “La Paragráfica”, todos ellos armaban la mesa. Alguna vez la alegraron también Juan Lagomarsino, el autor del Miserere y algunitos más. En ese singular zoológico el único que casi siempre se reía era Jorge Quiroga, no siempre participaba o si lo hacía, discutía algo chiquito, como agregando azúcar al mate.

Repito que no hablábamos de “Tema Literatura” (como si dijéramos el escolar “Tema Mis Vacaciones”), hablábamos de los días de la vida “o de qué otra cosa” –como nos gritó a Milita y a mí, golpeando la mesa, Raschella, una tarde en que fuimos quedando solos los tres. Hablábamos de los días de la vida misma mientras hacíamos literatura en casa. Hacíamos literatura en casa, cada uno solito-su-alma –como escribió Savino y copió Milita– pero así, ahí, en el café, armamos una amistad llena de complicidades, con ingentes variedades de entre nos y cantinelas que había que aguantar. Creo que llevábamos lo mejor de nosotros al café, eso que pocos aguantan. Pienso que lo que llevábamos era tiempo, lo único que hay que dar a los amigos.

Ahí, además, estaba, estaba siempre, el gran secuaz de Milita, Milton Rodríguez, y el señor (como lo llamaba la misma Milita) Alejandro Sosa Díaz (o el “señor Marcelo”, recuerdo que le decía, seguro aludiendo a algo que no conozco… ¿una película? no sé). Creo que allí empezaron los poemas-diario de Milton, el genio ensayístico y poético, uruguayo, de Sosa Díaz queda para otro costal. Y de Quilmes llegaba hacia la tarde Liliana Guaragno, siempre tratando de entender lo que ya había pasado.

Muy pronto, en todo tiempo, Jorge Quiroga, que armaba una revista tras otra, convidó a Bella Andahazi, buen poeta que también andaba en el café, a Hugo y a mí, a editarnos en su BCZ Editores (que en la presentación del Olivari de Jorge, en diciembre último, ¡descubrí! que era una editorial que no le pertenecía sino que era de un amigo suyo, de Daniel Botino –y es Marta Rosendo la que me recuerda su nombre). Primero, en realidad, Jorge había propuesto una página para editarnos juntos a los cuatro –de eso quedó una foto no digital, es decir, vieja, en la que tengo un saquito bordó y el pelo mojado. Pero esa página que pensó para nosotros pronto derivó en la publicación de Cuadernos del siervo de Andahazi, de Las otras historias del propio Jorge y de Álbum, mi primera serie de poemas, que yo había llamado Album pobre amazona y Claudia Schvartz, con oreja, cortó sin más. Era 1999. Hugo Savino, como siempre, se corrió. 

Luego vinieron mil presentaciones en el Descartes, Germán García quería mucho a su compañero de exilio brasilero Quiroga y se prestaba a cuanta propuesta Jorge hacía. Y vinieron además ciclos de locuras que el otro amigo de exilio brasilero, Horacio González, con buen ánimo permitirá mil veces en la Biblioteca Nacional. Entonces Jorge, con su perenne alegría joven, inventaba una serie que llamamos “Desterrados” y ahí leíamos sobre Correas y, años después, con Bernardo Carey y el mismo Jorge, entregamos a la BN los manuscritos de Los jóvenes de Carlos Correas.

Jorge Quiroga era capaz de armar, imaginar y llevar a cabo, moviendo montañas, casi todo, por eso pudimos hacer el Zelarayán y además pudo hacer el Literal y ¡cuánto más! Tantas veces fuimos a la BN, como la vez que súper contentos vimos juntos la hermosa muestra de dibujos y pinturas de Ricardo (Zelarayán) Horacio Pilar.

Otra escena que quiero contarles es cuando Jorge me dijo que con Martín Carmona hacían una película imposible, documental –digamos, de la calle Corrientes, con eje en Néstor Sánchez y con la estampa y la voz de Zelarayán, entre pocos más, y yo, sin más dato ¡¡¡¡se la propuse a Nicolás Rosa para que la pasáramos en las clases de Teoría Literaria en Puán!!!! Y fue un miércoles o un viernes inolvidable, tarde a la noche, en un aula cualquiera, en la que tuve que mediar entre dos monstruos amigos, que en este caso no componen oxímoron.

Pero sigamos, Jorge también hizo, entre otras, la hoja pasquín, preciosa, “La bicicleta”, con nuestros poemas que podía mezclar con los de algún grande de Boedo. A Jorge solo había que prestarle atención, él la reclamaba bastante, y allá nos llevaba, o allá íbamos, con Noemí Ulla y Liliana Guaragno que también andaban o se dejaban llevar en esas locas lides. Conté en la presentación del Olivari cuando Jorge le dijo a Lily que yo era apolítica para que no siga rezongándole cuando él la martirizaba, porque Liliana creía que solo con ella hablaba mil horas de peronismo de allá y sindicalismo de acá. Entonces, también, además, encima, íbamos a FM “La tribu” donde por décadas Quiroga hizo su programa “Litertango”, con Fernando Coringrato y Ana Paruolo que en muchas cosas lo secundaba. Y, así, las siestas del Domingo se poblaban de risas contenidas porque las hueveras de las paredes de la radio no podían obligarnos a hacer imposible silencio cuando Jorge tiraba al aire, por ejemplo, para enojarme, chanzas contra Savino, y Milton o Aquiles se hacían pasar por oyentes comunes de San Cristóbal o Balvanera y respondían el cedazo dejando mensajes al programa.

Jorge siempre se reía y en su risa tenía lugar la ironía y la inteligencia que ponía en todo; hablábamos de los hermanos Lamborghini, él había tratado sobre todo a Osvaldo pero bancaba más y mejor la literatura de Leónidas. Aunque con Zelarayán a ninguno de los tres la parodia nos iba… Fueron 30 años armando ese enjambre de escritura y de amistad porque Jorge acompañaba a sus amigos, mucho más, les daba cauce y lugar a sus escritos, inventando revistas, encuentros y editoriales para hacernos lugar.

Luego vino el desarme y el desierto volvió a abrirse, volvió un poco del descampado que hay siempre pero que el amor de los amigos tapa en parte. Hugo ya en Madrid, Roberto añoso, Szpunberg, García y González idos pero Jorge seguía traqueteando propuestas y apuestas. A las perdidas, con Riquelme, Milton, Cesario y el traqueteante Jorge nos encontrábamos en El Británico y siempre sus proyectos de libros y sus poemas aparecían. Por esos últimos años estaba muy contento con la reunión de sus poemas en El que recuerda, como de los tratos y encuentros que seguía armando sin parar.

Hacia 2011, en mi libro de poemas Ánimas (inédito) escribí de Jorge Quiroga:

Un hombre

 

Jorge Quiroga sonríe

 quiere hablar

pregunta y acentúa la e

                            la alarga.

  Espera

hizo lugar.

  Pinta

 no le importan los puños

                   los lleva abiertos.

 

Huésped bueno de cielos infelices

                 –vieja cita de una rusa desconocida.

 

Jorge siempre está ahí

 recordando

 mientras repite bajito.

Insiste

 

 cuando escucha

 queda un poco en el aire.

Vuelve a sonreír

Jorge trata

          ordena

          sabe

          salva.

Desamparo claro elegido.

Jorge mira bien

 sin particular fuerza.

Y dice.

 Escribe o piensa

  se demora en las letras.

Camina a trancos

  y descubro que es bárbaro tirano

       pero me regala sus pinturas

                   y una vez dijo:

                                            San Libertella –como nadie.

 

(En 2003 Jorge me pintó un retrato de Héctor con un aura que dice San Libertella. Pero ya me había empezado a regalar sus pinturas cuando presentamos Álbum con Zelarayán en el Descartes. Las pinturas de Jorge llenan mi casa, incluso Javier me regaló un Kafka de Jorge y cada vez que lo visitaba me regalaba o me hacía elegir algún retrato de escritores que hacía).

También escribí para Jorge este otro poema en Ánimas:

               Recuerdos que se pierden

 

Como vuelven las palabras


como monedas, como en la fábula


pero hoy gané un cielo


con todo su aparato


con toda una corte de milagros


con risa


recuerdos

 

cierta rara paz y no querer.

 

Jorge Quiroga (y cito en una de sus mejores frases):

El poema,

se sabe,

indica una distancia,

y una buena defensa.

 

Y uno último dice:

En Santa Fé

-dice Milita mirando mi terraza,

la mata de cretona era enorme.

Jorge me contó que

“pobre como una araña”

era un dicho del campo

y que había que seguir

~a veces~

el anhelo del río.

 

                                                       Laura Estrin, 14 de marzo de 2026

 

*

 

 

Jorge Quiroga, una coherencia perfecta, por Javier Fernández Paupy

 

La misteriosa frase que abre el primer libro publicado por Jorge Quiroga funciona como clave de lectura de toda su obra: “El que recuerda difícilmente aparece y cambia un lugar por otro.” Jorge Quiroga hace del recuerdo un procedimiento. Su escritura se organiza alrededor de lo que falta. La memoria aparece como una forma de convocar lo ausente. En El que recuerda. Poesía completa [1969-2016], (Instituto Lucchelli Bonadeo, 2017), que reúne su obra poética, esa operación se vuelve visible desde el título.

Cuaderno nocturno (El juguete rabioso, 1991) instala un clima espectral. La ciudad, el cuerpo y el tiempo se superponen. No hay relato, hay estados. La prosa poética de Jorge Quiroga arma escenas mínimas, detenidas en el tiempo o sin tiempo: “El tiempo sobrevive, cansa en el horror de la infancia.” La ciudad no es un escenario externo sino un espacio mental. Un lugar donde la memoria vuelve sobre sí misma: “Mientras tanto la ciudad creció como obedeciendo a su desaparición”. En ese registro aparecen definiciones casi aforísticas: “La muerte es sólo un instante construido.” El pasado no se recupera como historia sino como aparición o fragmento, como visión o relámpago: “Hay que dejar que la memoria devuelva el instante.” Hay abstracciones en Cuaderno nocturno. Silencio, tiempo, memoria, luz, vigilia, destrucción, claridad. Quiroga las trata como si tuvieran peso material. “Un cuerpo es la respuesta de su respiración.” El poeta condensa percepción y pensamiento: “la memoria se asfixia”, “el silencio se deforma”, “el tiempo juega en una lentitud.” Frases breves. Secas. Climas. El tiempo no avanza como narración: “Ahora puede detenerse el tiempo.” La luz que atraviesa los poemas de Cuaderno nocturno es urbana, artificial, fría. Los espacios son cerrados, habitación, cuarto, ventana, pieza. Incluso la ciudad aparece como si fuera un interior amplificado. En su primer libro predomina la indeterminación y la negación: “no se cierra nadie”, “no pueden vivir ni pueden dejar de vivir”, “no es la soledad…” El tono es grave. Filosófico sin tesis. Sensorial sin el chantaje de la sensualidad. En los poemas de Quiroga la memoria no organiza un pasado. La memoria en su obra produce atmósferas.

Los poemas de Las otras historias (BCZ editores, 1996) mezclan misceláneas urbanas con una sensibilidad por el fragmento.

 

Caen

sobre la noche que entra

luces brillantes y viejos

destellos de paisajes desenterrados.

 

La calle se pierde inevitablemente.

 

Su tono es sobrio, también crepuscular. La noche y la calle, la desaparición, lo evanescente, lo que no está, la desorientación que produce el hueco de una ausencia o una falta que titila en la memoria. Jorge Quiroga lleva al extremo una insistencia. La identidad en disolución, la ciudad fantasmática, la persistencia de la infancia, el lenguaje abstracto vuelto materia. No relata nunca acontecimientos “significativos” sino estados de conciencia. Escenas mínimas, como fotos detenidas en el tiempo, recuerdos discontinuos que aparecen y se van. Una economía de imágenes abstractas vuelven una y otra vez. Jorge Quiroga insiste en darle forma al tiempo, al silencio, al cuerpo, a la memoria. Hace suyos unos pocos motivos. Las calles, las casas, la noche, la infancia, lo ausente. Una atmósfera opaca y reflexiva.

En La casa abandona (BCZ editores, 2000) las escenas escuetas aparecen puestas en duda. Hay marcas de incertidumbre. Preguntas: “¿quién la protegerá…?”, “¿pero quién dice que tienen razón…?”, “¿quién puede hablar sino nosotros?”, “¿qué le pasa a un hombre…?”. El sujeto aparece desplazado, expuesto a fuerzas que no controla, en un límite de conocimiento. Otra vez la ciudad, el tiempo, la memoria, la muerte. Otra vez el espacio es urbano y hay una presencia marcada por los espacios interiores. Habitaciones, hospitales, calles, estaciones, cafés, parques. Son superficies donde se manifiestan pérdidas, desapariciones, decisiones irreversibles. Muchas escenas de La casa abandona sugieren situaciones extremas. Caídas, suicidio, enfermedad, abandono. Pero ninguna de estas circunstancias es tratada con una dramatización explícita. No son pretextos de narración. Algunos poemas presentan figuras que ya no se reconocen: “No consigue recomponer su imagen en el espejo” dice el quinto poemas del libro. La pérdida de un lugar en la ciudad o vidas que se viven recluidas en la memoria. Jorge Quiroga en sus poemas no explica, describe. Hay gestos, cosas, como un inventario desapegado de percepciones. Los poemas de Jorge Quiroga ponen en duda la capacidad del lenguaje para entender lo vivido. Las preguntas en La casa abandona funcionan como un procedimiento que abre el texto hacia lo incierto y mantiene suspendida cualquier interpretación definitiva.

En El puente suburbano (La bicicleta, 2010) aparecen fragmentos de una única experiencia de la memoria, donde los escenarios, los lugares y las voces aparecen desordenados. Restos de una historia que no se termina de recomponer. El poeta vagabundea entre recuerdos de paisajes urbanos y de amigos y de mujeres y de niños y de desconocidos, y cada fragmento funciona como una instantánea emocional. Nunca un relato completo en la poética de Jorge Quiroga. Son imágenes como destellos de percepción. La lluvia, los puentes, las casas, las fotos, el río, la noche. Jorge Quiroga arma atmósferas donde el pasado aparece siempre parcialmente velado. Otra vez la ciudad, las cartas, el recuerdo. Esas insistencias refuerzan la idea de que la memoria es fragmentaria y está hecha de restos. El que recuerda evoca retazos, nunca el relato completo. No hay relato. Hay esquirlas líricas de un discurso, chispazos de memoria que el lenguaje recupera del abismo del olvido.

Los poemas de El pasado irreal (Palabras amarillas, 2015) presentan escenas breves y fragmentarias que recorren, con tono contemplativo, paisajes rurales, ciudades, interiores domésticos, recuerdos familiares. Cada poema aparece como un cuadro donde aparecen objetos cotidianos, una ventana, un cajón, una calle, una foto, y personajes aislados, niños, ancianos, vecinos, personas solitarias. Calles, estaciones, barrios de Buenos Aires, se mezclan con momentos íntimos y familiares, generando un efecto en el que la experiencia individual parece ligada a espacios y objetos que conservan un registro del pasado. Son imágenes elementales que buscan captar gestos mínimos, silencios, estados anímicos. El poema 5 del libro dice:

El pasado nos asombra

con su carga medida,

aparece en el centro de la oscuridad

es preciso ausentarlo,

pero no se rinde, nos violenta

y no nos permite dormir.

En el insomnio ciertos rostros

se adueñan del espacio

desmoronando cada latido,

entonces en el borde de la cama

un hombre casi sin aliento recuerda

ata su respiración al vacío

con la persiana semicerrada

mirando la zanja de tierra

el descubrimiento se detiene,

las sombras se retiran,

y lentamente se recupera

sin siquiera molestar a nadie

sin volver a pensar.

 

Es una escena concentrada, mínima, en el teatro de la mente. El poema escenifica el momento en que el recuerdo irrumpe en la conciencia. El pasado aparece primero como una fuerza abstracta porque “violenta”, “no (...) permite dormir” pero después se vuelve materia concreta. Una persona en el borde de la cama, con la persiana semicerrada, respira con dificultad. Esa progresión que va de lo conceptual a lo material atraviesa la obra de Jorge Quiroga. El pasado deja de ser una idea y pasa a sentirse en el cuerpo, en la respiración. El recuerdo se personifica, la vida se vuelve una niebla que solo pesa en la gravitación de la memoria.

Los poemas de La memoria infiel (2017) muestran acciones que podrían resultar imperceptibles en la conciencia. Caminar, esperar, mirar por una ventana, atravesar una calle o recordar algo que se desvanece. Habitaciones, barrancas, ríos, rutas o playas aparecen envueltos en una atmósfera brumosa. La ciudad misma se vuelve un espacio de extrañamiento y vacío: “La ciudad está lejos, apura ese instante, es nada más que una permanencia en los cuartos vacíos”. Los personajes de La memoria infiel atraviesan esos espacios como figuras desorientadas, sumergidas en un estado intermedio entre la memoria y el olvido, “cubiertos por una niebla, que los invita a pensar”. Quiroga insiste en imágenes que dan cuenta de un derrumbe. Polvo, ceniza, lluvia, viento, sombras. El libro trasunta un cansancio existencial, como si la experiencia quedara reducida a lugares de abandono y recuerdos inestables, tanto que “los nombres se borran y los recuerdos son inhallables”.

A diferencia de los títulos anteriores, que muestran escenas aisladas dominadas por la irrupción del pasado y una atmósfera opresiva, los poemas de La voz de Marta (2017) se organizan alrededor de la recurrencia de una voz que articula memoria, intimidad y vida cotidiana. Los poemas se despliegan como fragmentos breves que registran escenas de la vida diaria, viajes, paseos por la ciudad o recuerdos compartidos. La experiencia ya no aparece marcada por la violencia del recuerdo sino por una persistencia afectiva que atraviesa el tiempo. La repetición de la voz de Marta funciona como un eje en el poemario. Es presencia o llamado que permite ordenar evocaciones dispersas, “se difunde tu voz / por todos los rincones” y convertir la casa, los amigos, los animales o los lugares visitados en una memoria compartida. Esa voz convoca además recuerdos comunes, como cuando los sujetos del poema “pensemos casi juntos / en un país en el que estuvimos”, y vuelve posible una experiencia del tiempo sostenida por la convivencia. En ese marco, la intimidad doméstica se presenta como un espacio de resguardo, “el cuarto es nuestro refugio”, donde la memoria se vuelve habitable. En lugar de la tensión que predominaba en los libros anteriores, en esta serie aparece un tono más contemplativo, donde el paso del tiempo, la rutina y las pérdidas se integran en una reflexión más serena. La voz misma parece garantizar esa continuidad afectiva, porque “la voz es lo único que no tiene ausencia”.

Los poemas de Escenas del barrio (2017), el último de los libros que compila El que recuerda, prolongan los rasgos centrales de sus libros anteriores. Una escritura fragmentaria. La memoria es la protagonista central del poema. Escenas breves donde predominan los espacios cotidianos del barrio, la estación, el terraplén, el río, las casas. Como en sus libros anteriores, es una escritura sensorial y atmosférica, en sus poemas se respira la siesta, el viento, la lluvia, la luz del atardecer, sonidos lejanos. Una poética de la reminiscencia y de la pérdida, donde las escenas reaparecen como destellos incompletos. Los amigos que ya no están, los juegos, las estaciones, las casas y los gestos familiares se presentan como fragmentos de un mundo desaparecido que persiste únicamente en la memoria y en la contemplación reflexiva del presente.

Leída en su conjunto, la obra poética de Jorge Quiroga muestra una coherencia perfecta. En sus libros, que están fuera del tiempo, el poeta vuelve una y otra vez sobre los mismos motivos y hace con esos temas, también en sentido musical, una línea reconocible y rigurosa. Si las voces que aparecen en sus poemas configuraran algún tipo de identidad, se trata de una identidad negativa, que se disuelve y desaparece. Su escritura no narra historias sino que fija atmósferas donde la memoria aparece como una forma de conocimiento incierto, metafísico, iniciático, hecho de fragmentos y de apariciones. En esa obstinación a unas pocas imágenes fundamentales reside la genialidad de su obra.

18.12.25

Inventar a Nicolás Olivari, por Javier Fernández Paupy

 

Hablar con Jorge Quiroga siempre fue, para mí, hablar de literatura. Libros y autores ocupaban el centro de nuestras conversaciones. Aunque era un lector incansable y minucioso, nunca lo pensé como un intelectual indefenso detrás de un escritorio, sino como alguien atravesado por la acción. Las agitaciones de la vida social lo interpelaban. No es casual que en la solapa biográfica de El que recuerda, libro que reúne su obra poética, destaque su intensa vida gremial y política y su participación en la fundación de CTERA en 1973. Organizar lecturas y ciclos, armar revistas y promover debates eran, para él, formas de saberse parte de una trama colectiva.

Más de una vez Jorge me contó lo que hoy reconozco como un relato de iniciación. De chico escribió un poema y se lo mostró a su maestra. Ella lo leyó y le dijo: “Está muy bien. Seguí escribiendo”. Ese matiz —ni elogio desbordado ni comentario neutro— le permitió imaginarse escritor, quizá también docente. En esa escena cifraba un permiso inicial, un gesto que lo empujó a persistir. Es posible que la calle Corrientes de los años sesenta, con su clima de bohemia y efervescencia intelectual, haya terminado de modelar su sensibilidad. A ese episodio sumaba otro: la noche en que, a los 22 años, leyó Operación masacre de un tirón y sintió que allí comenzaba su militancia.

Su entusiasmo por ciertos autores era inconfundible. Hablaba de Arlt, Macedonio Fernández, Rodolfo Walsh o los hermanos Tuñón con el conocimiento que viene de una insistencia lenta y placentera. Decía que Borges impostaba siempre una dimensión erudita; en cambio, Arlt, para él, era el único capaz de decirlo todo. Hablaba con precisión sobre los poetas del tango: consideraba a Homero Expósito y a Discépolo poetas políticos; de Julián Centeya decía que, de no haber sido un errante y un glosador de tangos, hoy se lo compararía con Beckett. Con el mismo fervor evocaba a Gardel y a la dupla Troilo–Fiorentino.

Las anécdotas se multiplicaban cuando hablaba de Carlos Correas, sus borracheras, sus cuarenta pares de zapatos, el bolso con el ensayo sobre Arlt que ninguna editorial aceptaba, Oscar Masotta en sus últimos años, a ginebra y sin comer, o Néstor Perlongher en Brasil. Jorge Quiroga me parecía un reservorio inagotable de historias de la literatura.

Hablaba de sus proyectos y yo sentía que habría necesitado varias vidas para concretarlos. Entre ellos, la idea de cambiar el Día del Escritor para que, en lugar de conmemorar el nacimiento de Lugones, se recordara el de Roberto Arlt. Alguna vez me contó que escribía un Diario de la vejez. Sabía que escribía un texto sobre Jesualdo Sosa. Ojalá algún día podamos leerlos.

En nuestras charlas no eludía las disputas literarias.

–Cuando un tipo no es conocido, se vuelve un miserable para los demás –me dijo una vez.

No se consideraba central en el asunto Osvaldo Lamborghini, pero tampoco ahorraba críticas. Al preguntarle qué hacía en los años sesenta, respondió con ironía: 

–En medio de un delirio revolucionario y argentino yo era antipopulista. Trataba de burlarme de esa gesta heroica. En contra de la alusión estricta. Sin confesión. 

Esa desconfianza hacia los discursos heroicos y las identidades fijas fue constante en su manera de pensar la literatura.

Su voz, grave, gruesa, rasposa y jovial, tenía algo del tono misterioso de sus poemas.

Había en Jorge una nostalgia dulce, una inclinación por lo fugitivo, por los oficios desaparecidos, por lo que está en al borde de extinción: el carrero, el tranviero, el mayoral, el último tranvía. También un tesoro de la lengua, que resguardaba con palabras como “bufoso” o “asonada”, y voces del lunfardo usadas con naturalidad, como “percanta”, “piringundín”, “compadrito”. No eran exotismos: les devolvía la fuerza del lenguaje vivo. Unos versos de Las otras historias condensan esa sensibilidad: 

Donde hubo una casa hay una puerta desvencijada 
que oculta narraciones huidizas. 

Esa atención a lo que se pierde atraviesa también la Biografía imaginaria de Nicolás Olivari.

Jorge Quiroga escribió alguna vez, sobre la obra de Ricardo Zelarayán, que su literatura “evoca la fragilidad del recuerdo, que no es un pensamiento fijo sino una ensoñación diferida”. En su propia escritura esa idea se vuelve método: historias interrumpidas, fragmentos de una memoria mayor.

En esta Biografía imaginaria de Nicolás Olivari convergen el tango, la literatura argentina, la bohemia y la figura del poeta como destino. A lo largo de su vida escribió estampas dedicadas a distintos autores, y en cada perfil buscó una mezcla de cercanía afectiva y reflexión.

Su obra está atravesada por la idea del recuerdo inexacto. En su libro La memoria infiel, dice: «En un cuaderno anotó todos los detalles de esos días, ahora no puede encontrar en los papeles ningún rastro que le permita decir, que ellos existieron, los nombres se borran y los recuerdos son inhallables».

Una voz hecha de historias, de dudas, de interrupciones y de brillos oblicuos. Esta Biografía imaginaria lleva al límite esa tensión entre memoria, olvido e invención. «¿Cómo reconstituir la biografía de alguien? Si uno no recuerda su propia vida.» Como en un juego de espejos, lo fáctico se confunde con lo conjetural y el recuerdo aparece como una forma de ficción. Quizás porque, como escribió, «lo único verdaderamente cierto es lo que uno cree recordar».

«Inventar, imaginar una biografía, conceptos dispersos e improbables, es lo que nos queda, la ciudad está cambiando a pasos que de tan imperceptibles ni se ven.» propone Jorge Quiroga. Esta Biografía imaginaria no solo prolonga ese mundo, sino que nos permite seguir escuchando su voz.

 

12.12.25

Una semblanza de Jorge Quiroga, por Laura Estrin

 

Replicando una frase de la hija de Tsvietáieva que escribió:

“A Ehrenburg lo apreciábamos, a Pasternak lo queríamos” digo

“A Raschella lo apreciamos, a Quiroga lo queríamos”

 

  

Quiero escribir una semblanza de Jorge tal como son sus retratos pintados, con colores, con trazos distintos, como el que aparece en la tapa de esta Biografía imaginaria de Nicolás Olivari. Tal vez menos kafkiano porque Jorge se reía, siempre se reía, y tenía una risa que invitaba a acordar, insistía en acordar porque terminaba todas sus frases en un “¿¿¿¿eehhh????”


 

Jorge Quiroga quería a sus viejos, a Horacio González, a Germán García, a Alberto Szpunberg, a Alberto Cedrón y a muchos otros, los leyó, los escuchó, conversó con ellos, había ido al exilio con ellos y nos contaba anécdotas, los bajaba a tierra del canon que podía atraparlos. También tenía su cantilena y me hacía rechinar cuando insistía con alguien, nos divertíamos, nunca se achicaba, era un conocedor de hombres. Una vez la cansó a Liliana Guaragno, supongo que en años de trifulcas electorales, y ella enojada le dijo: “A Laura Estrin no la atormentás así” a lo que airoso le respondió: “Laura Estrin es apolítica”.

Jorge era generoso y armaba, no se cansaba de armar cosas que nos incluían: lecturas en el Descartes, hojas murales con nuestros poemas, revistas de un solo número con críticas apenas filtradas (para orejas sordas, como escribió Zelarayán). Él nos llevaba a la radio y pasábamos la tarde en La tribu, en su Litertango, como una pandilla de chicos haciendo bromas y escuchando esa música, haciendo críticas por elevación a algunos amigos y ellos nos respondían con divertidos mensajes de oyentes  de “Balvanera, Once o Flores” retrucando nuestras afirmaciones literarias.

Jorge armó libros y plaquetas en su BCZ editores, ahí fue mi primer editor, ahí sacó Cuadernos del ciervo de Bela Andahazi y creo que como buen Samizdat sacó dos suyos, eran los finales del 90. Quiroga es poeta aunque, si me escuchara, él daría vueltas sobre esta afirmación.

Jorge pensaba siempre en algo para hacer con todos nuestros escritos. Dije que nos cansaba con sus proyectos. Hicimos ciclos de poetas en la Biblioteca Nacional, hizo ediciones allí como el Zelarayán y el Literal. Una historia del sindicalismo estaba armando, creo, dejó listo este Olivari. Hay poemas que ya reuniremos.

La música le salía sola, era poeta, repito. Y el barrio, Constitución, se le veía en todas las hilachas. Jorge era pintón y le gustaba mostrar, siempre riendo, ese camisaco, aquella campera, todo lo que sabía y tenía lo ponía con ganas en la conversación. Bancaba y me ayudaba a bancar al sordo y díscolo Zelarayán cuando se empacaba y gritaba. Lo íbamos a ver juntos a La ópera, después comenzamos a encontrarlo en bares peruanos de Once. Lo vimos juntos por última vez.

¿Cómo hacer la biografía de alguien? Eso responde sin problemas Jorge Quiroga al hacerla, tal como me contó una vez Libertella que le dijo J. L. Ortíz, Jorge inventó un Olivari pero no lo tergiversó. Soñó pero no experimentó, frase a frase fue componiéndola como los tejos de su conversación de voz áspera y murmurante, inaudible a veces, como la que teníamos en Premier o, en los últimos años, en El británico o en su casa mientras las gatas y la perra nos distraían, con ese tino deshilvanado escribió este Olivari. Vida que es un fracaso con música como entendió a la suya Isaak Bábel, como la de esos tangos que dice acá que compuso el mismo Olivari.


Jorge en este libro escribe algo de su pasado, o mejor, su linaje, una arista de Boedo, gris y marrón pero pícara. La escribe desde una esquina del tiempo en que la niebla rusa no barre ni transfigura todo de tragedia como en Castelnuovo. De esta manera lírica y a la vez fuerte –como diría Raschella– queda poco, queda poco de eso en la literatura que se vende hoy. Cierto es que todavía algunos leen Arlt y otros cantan Discépolo pero Jorge insiste de otro modo con ellos, les arma un mundo poético en un libro. Jorge escribe: “Olivari, como él mismo dice, nació con el siglo. Lo que estamos contando habrá sucedido cuando él rondaba los 10 y con certeza tiene que haber vivido y presenciado fenómenos como el surgimiento de la electricidad, la construcción acelerada de Buenos Aires”. A estos lugares Jorge los saca de su propio paisaje, el que tiene su poesía: el de El puente suburbano, el de El pasado irreal, el de Cuaderno nocturno, el de Las otras historias y La casa abandonada. Título que Raschella al editar su poesía reunida dobló –así pensamos con Jorge mismo– en La casa encontrada.

 Si Hugo Savino en su obra planta un sur desharrapado pero contundente, una Avellaneda y más allá en notas en guerra, Quiroga hace otro sur, más porteño, más dulce pero también ido, también lírico y perdido. Ambos meten saberes, músicas y destino en sus leyendas –como llama Savino con Kerouac a su manera de escritura. Quiroga dice: “
Macedonio le dijo a Nicolás (Olivari), que estaba tratando de que una metáfora, que huía, le diera la solución al razonamiento que tiene en la mente…

Digo que Quiroga arrastra todo Boedo y su poesía urbana en este Olivari, libro que enredo a la memoria de Fijman que inventó Andrés Allegroni, Crónica de sombras, que creí verdadera cuando Raschella me la acercó y la edité. Son obras que tienden como dice de Fijman acá Jorge: “Ellos habían progresado, lo que ocurre es que gente como Nicolás pensaban esto, como un triunfo y un fiasco a la vez”. Fracaso del triunfo, Jorge puede escribirlo así: “Claro que es preciso coraje, no creo que la literatura se escriba para consolar a nadie, es mejor despertar, conmover, ser de alguna manera infiel y traicionar si es necesario”. “Bodrios perdularios” los llamaría Nicolás Rosa.

Jorge seguro se reía mientras escribía esta historia, debió hacerlo bastante, ya no tenía barra de muchos amigos pero podía escribirlos y tomarlos del brazo como Olivari aquí tiende el brazo a Corsini y a Gardel. Olivari se confiesa en esta novela: “Siempre tuve la manía de ser irreverente, por eso mis principales adhesiones, reflexionaba, se dirigen a poetas vagabundos y ladrones, de alguna maneras son lo que no soy y cuando me colocan en un lugar edificante reacciono como un juguete rabioso. Con Stanchina comenzamos nuestra carrera literaria casi con un fraude, claro que no engañamos a nadie, pero de algún modo se comprobó que soy un tránsfuga, cambio constantemente, si me dicen realista hago de romántico y nunca quedo quieto. Tránsfuga es el tipo que muda de partido, y yo no quiero pertenecer a ninguno, cruzo de vereda cuando atacan, y los tipos que se proclaman de izquierda y viven como burgueses no merecen la más mínima atención, murmuran que parezco un sujeto estrafalario, porque no respondo a un molde, los confundo, o ellos se dejan burlar, extraviados en el mundo de los seres piadosos”. Jorge sabía del bien para el mal y del mal horrible, creo que no se engañaba y por supuesto puso en Olivari, parte de sí mismo, vio que a Olivari lo ignoraron, lo ningunearon, no le dieron cabida por ser un recienvenido o un distinto solo en las letras pero del resentimiento Quiroga no tenía un pelo. Escribe citando a Stanquina aquí: “ ‘Más que vanidad había rebeldía y amargura en nuestra trampa’  dice años después Lorenzo en una evocación de la broma literaria”. Hablan de los versos de Clara Beter, que confundieron a algunos con los de una prostituta verdadera pero el mito no acompaña nunca la perspectiva de Jorge Quiroga. Y tal como Olivari pasa de Boedo a Florida según el relato, Quiroga hace chanzas y chistes sobre su participación en Literal o cuenta como fiasco algunos cruces con Osvaldo Lamborghini, Perlongher, otros tiempos de la guerra literaria. Aquí, él dice de Olivari que “su espíritu no se deja encasillar porque es en esencia rebelde, heterodoxo y desafiante. Así se convierte en tránsfuga. Quiere decir esto que cambia de partido, pero en realidad elige la compañía de los que lo entienden, Arlt por ejemplo siempre fue un elemento a fin, compartían una visión que sin excluir lo social sostenida por una mordaz  mirada, crítica y ácida sobre las cosas del mundo. Olivari quería escribir literatura en esas hendijas”. Jorge se parece a su Olivari, Jorge escribió en las hendijas que dejaron otros más grandilocuentes, más aceitados para el mito y se distancia de ellos, por eso hace lista -como dice Hugo Savino- y anota que Olivari “Recuerda los viejos tiempos que con el inseparable Lorenzo Stanchina, secuaz de fechorías, publica un libro sobre Manuel Gálvez, que cultivaba una narrativa realista y amaba el alma rusa, ese pudo haber sido otro desentendimiento con sus colegas boedistas, lo cierto es que la pelea posee motivaciones ideológicas y artísticas,  por eso se cambió de bando. (y continúa) El vital Oliverio Girondo,  el mordaz y angélico Nalé Roxlo, el extravagante Jacobo Fijman, y todos los camaradas que conoció, vivían pasionalmente jugando el ejercicio de ser vanguardia”. Lejos de eso está la obra de Jorge Quiroga, reunida en el libro que bien llamó El que recuerda.        

Si entonces, Jorge se escribe en este Olivari, y diría, se pinta en Olivari ya que igual que este “pintaba sobre cartones que recogía de los lugares que acostumbraba a visitar” (como Quiroga pone acá), Olivari también es el paisaje de la escritura de Quiroga, así escribe: “Lo que pasa es que mi juventud transcurrió entre esa gente, entonces para mí ellos no son nada más que una postal. No van a poder ahogar su influjo…”

 

Por todo esto leer a Jorge Quiroga es haber leído ese mundo que con él se sigue leyendo, mundo continuo que se abre y despanzurra entre Dostoievski y Arlt, recuerdo que cuando en una de nuestras charlas le dije que el ruso de enormes tesis no me gustaba me miró y con cara de sorpresa por entender algo clarísimo dijo: “obvio, obvio, es literatura de hombres”.

  

Jorge pone en este libro las cosas que lo unen a amigos y lecturas, una banda que no olvida y apunta: “Como dice Macedonio, o Ricardo, es cuestión de escribir una literatura de crisis, que nos presente, o por lo menos que nos haga  sentir menos solos”. Barra de locos razonantes -la pudo llamar Nicolás, esos que aúnan cierta mordacidad, algo varonil palpable como en algunos tangos pero sobre todo un aire enrarecido por la vida –y estoy citando algunas palabras de este Olivari. Mundo que se pierde si no fuera por estas literaturas de arrabal y autores con demonios rabiosos pero que recuerdan el amor de los amigos, como César Tiempo, el moishe -como dice Quiroga en este Olivari