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4.1.16

Lo frágil es la cáscara, por Esteban Castromán


PENE


¿Acaso existe algo más perturbador
que el dibujo de un pene sobre un banco de plaza,
junto a la frase:
“Te estaba esperando”?


THE BLACKOUT


Antes del ahora no hay nada.
Antes del antes,
una postal borrosa
que se va desintegrando de a poco.

Intento recomponer el sentido,
aproximarme a una idea vaga
de memoria.
Pero es inútil.

Horas, quizás días,
suicidadas
por el terror de situaciones
que probablemente nunca hayan ocurrido.


UNA TARDE COMO ÉSTA


Doblaron por Avenida Callao
y él atinó a entrar a Zivals
a comprar un disco de jazz.
Pero si entraba sabía que su hija
suspiraría con cierto fastidio.
Para remediarlo, debería llevarla
a comer hamburguesas.

Mauricio prefirió seguir caminando
en dirección al Congreso;
un paseo sin historia
porque con tan solo seis años, ella
desconocía la densidad simbólica del edificio.

Avanzaban tomados de la mano.
Cuando cruzaron Sarmiento ella le preguntó a él,
una vez más,
por qué se había separado de Amanda,
por qué los tres ya no podían ser una familia
como las que tenían sus amiguitas.

Bueno, no todas son así,
dijo él para calmarla y buscar el momento adecuado
para dar un giro en la conversación,
algo que lo salvara del embotellamiento.

Pero ella insistía y opinaba que debía apurarse,
que su madre había conocido a un hombre
que le traía regalos y le compraba globos hermosos,
durante sus largas caminatas,
los sábados por la tarde.

También era sábado y Mauricio sintió
una patada triple X en su orgullo.
Le dijo a su hija que él también podía comprarle
regalos hermosos y globos,
como el nuevo amigo de su mamá,
pero que había cosas más importantes que eso.

Entonces dedicó media cuadra a hablarle
sobre la importancia del amor.

Cruzaron Perón.

Ella le dijo que no entendía y le preguntó
por qué la gente que se quiere tiene que alejarse.
Le dijo que estaba confundida
y que ya no sabía a quién decirle papá.

Él le dijo, levantando la voz,
que ella no debería tener duda alguna
acerca de quién era su padre.

Luego se agachó mirándola a los ojos,
le besó la frente
y la abrazó enérgicamente.

Ella dijo, papá me duele, y él sonrió,
aunque no quería que pensara que sólo debía
respetarlo por una cuestión de contrastes
de fuerza y poder.

Volvió a besarla y su mirada se topó con un kiosco
cerca del cruce con Bartolomé Mitre,
justo enfrente de un puesto de diarios.

Entonces la tomó suavemente de su campera,
le acomodó la bufanda y le preguntó
si quería comer caramelos de goma.

Ella se exaltó de alegría,
lo abrazó
y le dijo papito te quiero mucho.
Yo también, vamos, tomá dos pesos, comprate lo que quieras.

Se acercaron y él aprovechó el tiempo muerto
en la caminata
para echar un vistazo a las revistas.

Ella no se decidió fácilmente,
miró los chocolates,
luego los caramelos masticables
y los Sugus confitados.

Pidió un paquete de Mogul,
un chupetín Pop´s Evolution de manzana
y “lo que me alcance de chicles de frutilla”.

El kiosquero le preguntó dónde estaba su mamá.
Ella le dijo que en su casa, con su otro papá.
El kiosquero le preguntó con quién había venido,
si estaba sola y que no parecía una chica de la calle.

Ella señaló en dirección al puesto de diarios,
y le dijo con mi papá.

Mauricio pagó con diez pesos
y ocultó un ejemplar
de la revista Sexy zoo
dentro de su sobretodo,
sosteniéndola a través del bolsillo
con su mano derecha.
Luego se acercó al kiosco y agarró a su hija
(que cargaba una bolsa de nylon llena de golosinas)
con la mano opuesta.

Entonces le dijo que la tarde
estaba demasiado fría
y que era momento de llevarla a su casa,
con Amanda.

Ella, al principió, lo dudó
pero le pareció divertido
que al fin y al cabo ambos papás se conocieran
de una vez por todas.

Vamos, te llevo a tu casa, dijo él.
Ella no respondió y comenzó a masticar un chicle.

En la esquina de Rivadavia se subieron a un taxi.
Durante el viaje, ninguno de los dos pronunció palabra alguna.
Era un atardecer de sábado,
frío y húmedo,
con probabilidad de precipitaciones.

El conductor encendió un cigarrillo
y subió el volumen de la radio.
Estaban pasando A night like this de The Cure.


PULEX IRRITANS LINEO


 “¿Y después?”
nos preguntamos silenciosamente,
fumando un cigarrillo compartido
sobre una cama que picaba.

Picaba por pulgas
o por algún animal aún no conocido.
Quizás, gusanos caníbales.
Quizás, el germen de mil asesinos seriales en potencia.

Mientras, no hicimos los distraídos.
Y formamos unos cuantos
círculos de humo
en el aire.



SÍNCOPE

Cierta música recorre mi protuberancia occipital.

A veces,
una cresta drum´n´bass aparece durante el día
y se repliega en un surco deep house
al caer la tarde.

Se osifica el hip hop
mientras me baño
y una membrana free jazz articula las partes
cuando espero se haga la hora.

El punk bordea el bulbo raquídeo si alguien llama.
Se vuelve pop si el que llama soy yo.

No estoy seguro si es noise o industrial,
gotik o after algo cuando despierto de resaca.

Sí sé que es folk almorzar con mis padres
un domingo cualquiera
con vino Toro y tango,
por más que en verdad
esté sonando
thrash metal.



P

Pupé era linda, alta, flaca,
y le faltaba un brazo.

Ese detalle no dejaba de perturbarme
pero al mismo tiempo la hacía sensual.

Cuando nos revolcábamos sobre la colchoneta,
ella giraba más rápido.

Y las noches siempre terminaban antes.


PAPÁ


Papa vomita sangre.
Mamá dice que nos durmamos y vuelve al baño.
Cierra la puerta con llave.

Escuchamos arcadas
y palabras amortiguadoras,
a través de las paredes.

Intentamos dormir.
Intentamos pensar en otro cosa.
En que todo seguirá siendo igual.


MARCELINO

Le pegábamos porque era un pelotudo.
Pero, también, Marcelino era el instrumento
que nos permitía discriminar de qué lado de la vida
uno se encontraba.
En los recreos corríamos tras él
para molestarlo.
“Tu mamá es una puta”,
le decíamos todo el tiempo.
Marcelino se escondía, corría y
se hacía amigo de las chicas.
Nosotros le bajábamos los pantalones
delante de ellas.
Mientras lloraba le pegábamos.
Y temíamos ser Marcelino.


EL FUTURO BAJO TIERRA


Suena el teléfono móvil.

Mi cuerpo es un electrón estático
en la masa atómica formada por cuerpos
apiñados que se lubrican entre sí mediante
transpiración y vaho, en un vagón del subterráneo.

Arriba,
el atardecer.

Atiendo.

Es ella.

Llorando, me dice que el mundo está llegando a su fin
y que me ama
y que no me preocupe por nada
y que no sufra.

Tiemblo.

La comunicación se corta
antes de que pueda
responderle que yo
también.

Antes
del
leve
e
irreversible
fade
out
de
la
existencia.


4.6.15

El sátiro de Villa Martelli, por Esteban Castromán



1.
Sí, lo sé, debería comprarme una Mac. Desde mis años de facultad todos, compañeros, profesores y boletines digitales apestando mi casilla de correo electrónico una vez por semana aseguraban que era la mejor opción para llevar a cabo, con precisión, el tipo de trabajo que tengo.
Soy diseñador gráfico free lance. Trabajo desde mi casa. Virginia, mi mujer, es licenciada en relaciones del trabajo. Es empleada en el sector de recursos humanos de una reconocida empresa que fabrica puertas blindadas. Yo aún debo algunos finales para obtener mi título de grado. Supongo que esa deuda se conserva latente en los archivos de los morosos incobrables de la culpa, esperando su momento de ser desempolvada para perseguirme hasta debajo de la cama al bramido de: pagá, colgado.

2.
Disfruto estar en casa, operar mi PC y darle forma visual a packagings de clavos y tornillos o volantes de gimnasios o carteles exteriores de lavaderos de autos o remiserías. Cranear isologotipos para marcas de ropa que recién empiezan o flyers para las fiestas que organiza mi amigo Mauricio.
Estar acá, amparado entre mis cosas, retrasa la velocidad de mi vejez. Al menos eso creo, me digo cada tanto, principalmente cuando los números no cierran y Virginia vuelve a iniciar su gimnasia de sugerencias, primero sutiles, luego explícitas: ¿por qué no te buscás un laburo en alguna empresa y te dejás de joder?
Estar acá, junto a la ventana y ver la porción de tierra con pasto con jazmines con helechos que siempre soñamos, desde que éramos novios, me hace sentir feliz.
También, escuchar la música leve de las mañanas, el concierto noise de motores de colectivos que piden clemencia durante los mediodías, el murmullo impalpable a la hora de la siesta.

3.
Lionel, nuestro bebé de diez meses, duerme en el cuarto de arriba. Hasta que empiece la guardería lo cuido yo. Esa es otra ventaja de trabajar desde casa, para no tener que pedir favores a nadie.
Vivimos en una vivienda sencilla pero bastante grande ubicada en Villa Pueyrredón. Cuando me había ido a vivir solo, caí en un departamento de Villa Crespo. Y mucho antes, desde que nací hasta que tomé la decisión de independizarme, viví en Villa Martelli. Parece una estupidez, pero hay algo ahí, prefijos que me repiten.

4.
Mientras muevo el mouse, y tomo decisiones en la pantalla acerca de colores y formas, me encuentro algo alerta a mi terminal del intercomunicador que me permite escuchar qué sucede en la habitación de Lionel. Por ejemplo ahora duerme, respira lento, a veces chisporroteos de llantos que no se consolidan, la exteriorización de sus pesadillas infantiles.

5.
Aún es media mañana y tomo un sorbo de mi segundo café. Haber pensado en Villa Martelli me permite recrear un episodio que sucedió en el umbral que separa la niñez de la adolescencia.
La postal es la siguiente: Coco, Mauro, Julián y yo agazapados en la vereda de enfrente, tras un montículo de escombros, a una casa que tenía una puerta de madera celeste cuya pintura estaba erosionada por las sucesivas oscilaciones del tiempo y la desidia de su dueño.
Allí vivía Don Carmelo. También conocido, en los radiopasillos del barrio, como “El Sátiro de Villa Martelli”.

6.
Es más sagaz que el Hombre Gato, más peligroso que cualquier loco suelto, más atrevido que el Hombre de la Bolsa, hay que tener mucho cuidado, solía repetir mamá durante las cenas, antes de servir la comida a papá, a mi hermana Candela y a mí. Su mensaje, era evidente, estaba teledirigido, como un proyectil de su propia paranoia, hacia mí. Mi viejo llegaba a casa tarde y no tenía mucho para ofrecer a la perversión de nadie; Candela era muy bebé; yo callejeaba con mis amigos durante las horas de siestas estivales y para ella daba con el perfil de Don Carmelo. Entraba en su target depravado.

7.
La cuestión es que los cuatro permanecíamos ocultos tras desechos de construcciones de casas que estaban siendo reformadas en algún tipo de sentido, con gomeras, piedras, palos con clavos que habíamos fabricado con cierta ingeniería precaria, y piedras. Muchas piedras. Grandes, medianas y pequeñas. Esperando a que la puerta celeste se abriese para darle su merecido, repetíamos susurrando.

8.
Ahora observo por la ventana que nuestro gato, llamado Miguel Mateos ZAS, en el jardín del fondo, intenta atrapar a un pájaro cuya especie desconozco. Es amarillo y bravucón. Es decir, que se acerca y se aleja del gato como si lo desafiara.
De este lado del vidrio, junto a la computadora, ojeo la leyenda escrita en una tipografía cursiva, dorada, sobre el pequeño gabinete de plástico: Premium Baby Call. Sus orificios largos y horizontales, que sugieren la idea de un parlante oculto, escupen los llantos de un bebé. Es cerca del mediodía con lo cual la irrupción del sonido pareciera haberse sumado, como un instrumento más, al coro mecánico de las unidades de los colectivos 169 que pasan por la puerta de mi casa. Pero no. Es Lionel que llora. Debe tener hambre.

9.
Preparo la mamadera con cierta velocidad y grito inútilmente mirando en dirección hacia la escalera: ahí va, Lionel. Sus lloriqueos, transmitidos vía Premium Baby Call, se hacen cada vez más intensos. Cierro la tapa y subo las escalera trotando.

10.
Es extraño. Estoy asomado a su habitación -decorada con una estética de ensueño, paredes como un cielo azul con nubes, algunos arco iris diseminados aleatoriamente, muñequitos en dos dimensiones que yo mismo ilustré dispersos, frases de amor- y veo que Lionel duerme profundamente. Parece que nada ni nadie supo alterarlo en horas, con una seguridad en su dormir que hace inverosímil la posibilidad del llanto emitido por el intercomunicador. Entonces vuelvo sobre mis pasos, en puntas de pie, para no alterar el orden de las cosas, y cierro la puerta con mucho cuidado. Bajo las escaleras.

11.
Mamá nos contó en la mesa, una noche que había cocinado pollo salteado con cebollas y morrones y ajos, que una vez Don Carmelo se quedó esperando a la salida de la escuela que vas vos vestido con un sobretodo sentado sobre la tapia de una casa de enfrente. Vos seguro no te acordás, eras muy chico, pero a las doce y media, cuando empezaron a salir todos, se acercó hasta la esquina esperando al malón de chicos que iban para sus casas. En eso, el muy hijodeputa, se abrió el sobretodo y abajo no tenía nada. ¿Cómo que no entendés? ¿Vos sos tarado? Estoy diciendo que estaba desnudo abajo del sobretodo. Les mostró sus partes a los chicos que salían de la escuela. Claro, los chicos se reían a carcajadas, me contó una vez una madre, y las nenas estaban aterradas por ver esa cosa peluda de este sátiro. ¿Entendés ahora por qué te digo que es peligroso? ¿Y por qué tenés que tener cuidado y nunca, pero nunca, pases por la puerta de su casa?

12.
Confieso que en ese momento no entendía mucho de lo que hablaba mamá. Pero claro, ahí había algo que ofuscaba a todos los adultos, empezando por ella. Esa misma noche, antes de poder dormirme, traté de conjeturar acerca de las razones.
¿El sobretodo? No, no creo, papá tiene uno y nadie se alarma por eso.
¿Qué haya estado sentado en la tapia frente a la escuela? No, no creo, muchos padres y madres solían hacer guardia para interceptar y abrazar a sus hijitos a la salida de la escuela.
¿Qué abajo no tuviera nada? No, no creo, si todos nos conocemos cómo somos cuando estamos desnudos y nos bañamos, y cuando nos cambiamos de ropa.
Y, según decían en la parroquia que todos somos imagen y semejanza de dios, entonces, ¿cuál era el problema?

13.
Todo eso pensaba hasta que mi amigo y compañero de aula Mauro, que era algo más despierto que yo, quizá por tener tres hermanos mayores, me explicó que estaba mal lo que hacía y, ahora puedo recordar con un registro bastante difuso, armó una teoría del mal y de cómo habría que erradicarlo, cualquiera fuera su peso específico, mediante la violencia. Justicia por mano propia; hay que hacer algo; hay que darle su merecido: tres eslóganes que repetía con insistencia. Y como tanto Coco, Julián y yo éramos bastante manipulables le seguimos la corriente.

14.
A nuestro gato le pusimos de nombre Miguel Mateos ZAS porque Virginia es fanática, aún hoy, de ese músico y de su primera banda con la cual sacó cinco discos, uno en vivo y un ep.
Antes de conocerla, nunca le presté demasiada atención a su trabajo.
En Martelli éramos más ricoteros, algo de Sumo, V8 o Pappo´s Blues.
Y como nunca me interesó abrir las posibilidades de mi discografía por fuera del rock con mayúsculas, conocer a Mateos fue algo nuevo en mi vida.
Una de las tantas cosas que cambiaron desde mi convivencia con ella.

15.
Sí, debería comprarme una Mac, definitivamente. Es que a veces me mandan archivos que no puedo abrir, a pesar de tener casi todos los programas de diseño. Claro, algunos no están del todo actualizados. Pero bueno, para las pedorradas que me piden que haga creo que está bien. Si algún día me contrata alguna multinacional para que diseñe cosas más importantes, calculo que podría tomar la decisión de ahorrar y cambiar de máquina. Me gustaría hacer un curso de diseño web o de Flash o HTML5. No sé, algo que me permita trabajar mejor.

16.
Pero es difícil tomar la iniciativa. A veces no tengo ganas de salir de casa ni para comprar leche para Lionel. Lo hago en casos de fuerza mayor, cuando no queda otra. Porque, eso sí, gracias a mi hijo pude descubrir que soy responsable, que puedo hacerme cargo y comprometerme con lo importante de la vida.
Cuando nos juntamos con Coco y Julián hablamos de estas cosas.
Coco tiene dos, se separó, pero los ve los fines de semana. La mujer de Julián está embarazada y me dice que tiene miedo. Es lógico. Pero las experiencias hay que vivirlas para saber de qué se tratan. En cambio Mauro, sigue en la misma: organiza fiestas, sigue en la joda, no quiere parar el carro nunca. Allá él.

17.
Como dije antes, le seguimos la corriente. Y planificamos una embestida precaria pero contundente. Días antes nos habíamos turnado para estudiar sus movimientos cotidianos. Y sabíamos que a las tres y media de la tarde, Don Carmelo frecuentaba salir de su casa con una bolsa de hacer los mandados y caminar hasta Laprida, enfilar en dirección a la plaza, sentarse un rato, alrededor de una hora, cerca del arenero donde estaban las hamacas y los subibajas. Luego solía entrar caminando por la diagonal, dar un paseo aleatorio por las calles de adentro, para desembocar en Laprida hasta la calle que, doblando, lo dirigía a su casa.

18.
Esa tarde de verano hacía demasiado calor. Por un momento, ahora recuerdo, coqueteé por primera vez con la idea de la injusticia: tener que estar muriéndome de calor, agazapado tras los restos de cascotes y fierros que antes constituían el esqueleto de hogares felices, o no, para darle un escarmiento a alguien a quien jamás había visto ni sabía con precisión cuál era su Infracción.

19.
Sin embargo, advertí en mí una fuerza superior que nunca había sentido en mis mañanas y tardes de parroquia, ni en las cenas con mamá, papá y Candela, ni en la dirección de la escuela cuando rompimos el vidrio del salón de actos, ni viendo los programas de televisión que veía. En esa espera con mis tres amigos, enfrente de la vereda donde estaba la puerta de Don Carmelo, tras los escombros, intuía el devenir de una acción novedosa, adrenalina, una vaga posibilidad de que el mundo fuera menos macabro. Entonces le arrebaté a Coco su gomera, agarré unas cuantas piedras pequeñas y medianas, plausibles de lanzar con mi nuevo artefacto y me posicioné como un francotirador, estirando la goma unos cuantos centímetros hacia atrás, apuntando entre los fierros que formaban una V algo irregular, calculando los efectos de la tensión como si hubiera sido entrenado para ello antes de salir al mundo del vientre de mamá, que seguro en ese momento estaría en casa cuidando a Candela, hablándole con una voz finita y atormentadoramente tierna: hola Cande, mirá este muñequito que te trajo papá, ¿te gusta? Vos sos una nena buena, no como tu hermano. Pero él ya va a aprender, hay que darle tiempo, Candelita… ¿no, hermosura…?

20.
Hay un murmullo impalpable. Es la hora de la siesta. Villa Martelli, Don Carmelo, Mauro, Coco y Julián, mamá y Candela, como una maqueta en cuatro dimensiones que en este momento interfieren entre la PC y mi atención, no me permiten terminar el isologotipo que empecé la semana pasada. Se trata de un nuevo bar que están por inaugurar unos amigos de unos conocidos míos en una de las calles más transitadas de Villa Pueyrredón, a pocas cuadras de casa. Vanguardia quieren llamarlo y me encargaron el trabajo de generar la imagen visual. Me cuesta mucho trabajar en el asunto, debido a que me parece bastante ridículo tal nombre para un bar y porque sus dueños fueron bastantes ratas a la hora de arreglar el precio de mis honorarios. ¡Vanguardia las pelotas!

21.
Premium Baby Call logra atravesar, de modo centrípeto, otro anillo de mi desconcentración. Lionel arriba comenzó a llorar, esta vez con mayor ímpetu. Corro hacia la cocina, caliento la mamadera que había preparado hace algunas horas atrás, vuelvo a gritar sin sentido: ahí va, Lionel. Ya la temperatura es la adecuada y mientras subo las escaleras, el intercomunicador estalla en sollozos, no parecen humanos, son demasiado inflamados, me parece oírlos en estéreo. Sigo subiendo.

22.
Es más que extraño. Es el fin del mundo. De mi mundo, al menos. Dejo caer la mamadera sin querer rebota estalla salpica de leche sintética mis piernas mis ojotas el piso de madera de la habitación. Lionel no está en su cuna. Al lado de la cuna, sin embargo, continua estático el Premium Baby Call. En el piso de abajo, junto a mi PC, la otra terminal del intercomunicador, logro escucharla desde acá arriba, sigue disparando aullidos de bebé, los llantos de mi hijo. Pero mi hijo no está donde debería estar.

23.
Pánico. Miseria. Convulsiones. Desamparo. Culpa. Horror. Sinsentido. Muerte.

24.
No lo puedo explicar. No puedo decir absolutamente nada. Busco por toda la habitación, dentro del ropero, detrás de los muebles. Quito las carcasas de los interruptores de luz. En el baño de arriba investigo el inodoro, las rejillas, abro todas las puertas posibles, quito las tapas de los desodorantes. Vuelvo a la habitación de Lionel y saco con desesperación todas las prendas y sábanas de la cajonera que está en el rincón opuesto a su puerta de entrada. Me acerco a la ventana, la abro, miro hacia abajo, hacia arriba, hacia los costados. Y nada. Le quito las pilas AA al intercomunicador, lo arrojo contra el suelo de madera y veo que el pequeño gabinete de plástico se resquebraja. Sin embargo, desde abajo se siguen escuchando los llantos desesperados de Lionel, transmitidos desde no se sabe dónde ni de qué manera a la terminal de Premium Baby Call que reposa sobre mi mesa de trabajo, en la planta inferior, junto a la taza casi vacía, de mi tercer café del día.

25.
Entonces salgo afuera. Dejo la puerta de la casa abierta. Me paro en medio de la calle. A unas dos cuadras puedo ver la contextura de un colectivo de la línea 169 que se aproxima hacia mí. Hago un paneo desesperado en 360 grados mientras grito. Me arrodillo secándome las lágrimas desesperadas y de reojo observo que el 169 ya está a una cuadra.
Un recuerdo me atraviesa como una lanza: esa tarde con los chicos, detrás de los escombros; cuando Don Carmelo apenas se asomó por la puerta celeste de su casa, con la gomera, le acerté un piedrazo bastante irregular, y filoso, bajo su frente, en medio de sus ojos.


Tomado de: 380 voltios, Pánico al pánico, 2011

8.5.14

Clemencia en el Paintball, por Esteban Castromán






Habíamos arreglado para encontrarnos a las cinco de la tarde en la puerta, pero nunca aparecieron. Esperamos más de media hora y finalmente decidimos entrar de todos modos. Nos dijeron que perdimos nuestro turno y que deberíamos pagar de nuevo, aunque como era nuestra primera vez el empleado decidió cobrarnos tan solo el 50 % del abono. Tuvimos suerte porque uno de los equipos de las seis también había fallado y pudimos entrar a jugar con ellos. Sino no hubiese sido posible.

Habíamos arreglado para encontrarnos a las cinco de la tarde en la puerta con los del Departamento de Capacitación de la empresa donde trabajamos. Nosotros somos de Cuentas a Pagar. La idea surgió porque uno de los chicos de la oficina ya había ido y le pareció una experiencia alucinante. Durante meses estuvimos amagando para hacerlo, diseñando los posibles equipos e incluso deliramos proponer a Recursos Humanos la organización de un campeonato interno como actividad recreativa con los empleados de la compañía.

Ya en el vestuario, reemplazamos camisas, pantalones de vestir y zapatos por uniformes militares, coderas, rodilleras, chaleco con un sensor -o algo así- y una pantallita de cristal líquido con números rojos. Los cinco coincidíamos en que los de Capacitación eran unos pelotudos y unos cagones.

Martín dijo que los de Capacitación eran unos pelotudos y unos cagones.
Adrián agregó: sí, tal cual, pero bueno… a divertirse de todos modos.
El Colo gritó desbocado: ¡ahora hay que salir a mataaaar…!
Yo dije: bueno, bueno es tan solo un juego, pero sí, claro, salgamos a ganar.
Claudio no dijo nada, seguía concentrado en los cordones de sus botas.

Me pareció extraño que los otros cinco que serían nuestros adversarios en el campo de juego no estuvieran cambiándose con nosotros. Luego me enteré de que por cuestiones profilácticas en relación con la violencia cada equipo utiliza un vestuario distinto y geográficamente opuesto.

Salimos a un pasillo. Un hombre obeso que vestía una remera de Motörhead nos iba entregando a cada uno fusiles de plástico y máscaras de un material sólido, con una especie de visor a la altura de los ojos. Les recomiendo que se tapen el cuello, sugirió. Al parecer, mis compañeros estaban al tanto de este detalle ya que habían llevado bufandas, cuellos polar y otros elementos por el estilo. Pero yo no, con lo cual activé un sistema mental de alerta para evitar ser interceptado en esa zona sensible.

Los seis salimos afuera del pasillo. En la antesala al bosque (a esa hora bañado por el reflejo anaranjado del atardecer), el hombre obeso que vestía una remera de Motörhead deslizó algunas instrucciones y consejos que no llegué a escuchar. Yo estaba un poco apartado del grupo, aunque no tanto, pero sí desconcentrado y claustrofóbico, debido a la suma de máscara, uniforme y chaleco. Decidí seguir a los demás, imitando -cual mono de laboratorio- sus maniobras. Nos ubicamos detrás de un árbol grande. Mediante un handy, el hombre que vestía una remera de Motörhead intercambió algunas palabras con otro y nos informó que el juego acababa de comenzar.

Entonces Martín ordenó: ustedes dos vayan por la derecha. Ustedes, ábranse camino por el otro lado, avancen formando un semicírculo. Yo le doy derecho por acá, en línea recta.  Les pido a los cuatro que me cubran, ¿estamos de acuerdo?

Asentí al igual que los demás, sin saber muy bien la razón. La cuestión es que de repente El Colo empezó a trotar medio agazapado y lo seguí. Pasamos sobre unos yuyos y nos tiramos cuerpo a tierra detrás de una planta bastante alta y frondosa con flores. A pesar del silencio de voces humanas, podían escucharse el crujir de la gramilla quemada y amarillenta debajo de casi una decena de botas, tronquitos quebrarse, ramas alterar su posición original por el impacto con cuerpos que las mecían.

Luego de flotar unos minutos en esa frecuencia paranoica, algo fuera de lo ordinario parecía estar ocurriendo a pocos metros sobre nuestro lado izquierdo: corridas, susurros, puteadas por lo bajo, imágenes veloces atravesando el campo visual fragmentario, estampidas secas que seguramente fueran las bolitas de pintura impactando sobre uniformes o sensores de los primeros participantes descalificados. Al fin y al cabo de eso se trata, conjeturé.

Sin embargo, el revoloteo entre las ramas se amplificó y ahora había gritos y puteadas teledirigidas y pasos firmes y veloces y golpes y más gritos y el sonido de un disparo mucho más intenso que el de los rifles de plástico y el atardecer le estaba dando paso a la nochecita y un hombre enorme apareció detrás nuestro y nos dimos vuelta aterrados y vimos que su uniforme era negro con el efecto camuflado en azul de distintos tonos y recordé la vulnerabilidad de mi cuello y El Colo empezó a llorar debajo de la máscara y podía escucharlo y ver el interior empañado de su visor plástico salpicado por gotitas pequeñas y el hombre nos apuntó con su rifle que no parecía ser de plástico o quizá era una imitación perfecta y dejé mi arma a un costado y formé una equis con los brazos para protegerme y dije por favor no me haga nada sólo vine acá a jugar y el hombre me respondió con una pregunta ¿te parece que esto es un juego? y asentí y el hombre empezó a oscilar su cabeza de atrás hacia adelante como riendo a carcajadas dentro de un archivo punto zip hasta que se quitó la máscara y pude ver su cara desenfundada y se trataba del hombre obeso con la remera de Motörhead que nos había entregado las armas y los uniformes y El Colo seguía llorando desconsolado y yo expulsé un chorro de pis que quedó sepultado bajo la tela del uniforme y el hombre cargó su arma y le apuntó al cuello descubierto de El Colo que a esa altura ya se había despojado tanto de la máscara como de la bufanda y el hombre disparó y un algo que no era pintura se clavó en la zona de sus amígdalas y los ruidos a nuestra izquierda a la distancia se hicieron más intensos y escuché más gritos y corridas y golpes y entonces me apuntó a mí y dijo ¿sabés porque no te disparo a vos? porque sos una gallina muy putita ¿sabés? y dramatizó un gesto violento como para pegarme un culatazo en el pecho pero se detuvo a pocos centímetros de mi cuerpo y se rió a carcajadas y murmuró estos pelotudos caretones progre… y dio la vuelta sobre su propio eje y caminó riendo en dirección a la zona de los vestuarios hasta que su cuerpo se esfumó entre la vegetación y entonces yo -a diferencia de El Colo que yacía paralizado- pude articular un plan B respecto a la idea de muerte y derrocar la monarquía íntima del vértigo y recobrar cierto equilibrio frágil en mi sistema cardíaco.





Este relato forma parte de Cablerío, publicado en la tercera tanda de Exposición actual de la narrativa rioplatense.