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27.3.21

Rap de la exverdad, por Pablo Ingberg

 


Verás que todo es mentira

que a la verdad la queman en la pira

de fuegos de artificio

víctima anónima del sacrificio

en la eterna religión

de la representación

todo el mundo era un teatro

y a ritmo cambalache en dos por cuatro

fue convirtiéndose en televisión

luz cámara y acción

pura ficción

se maquilla la estrella y la comparsa

de un lado y otro somos parte de la farsa

todo es lo que parece

la línea recta camina haciendo eses

el inocente y el culpable son el mismo

sentado en la silla eléctrica del abismo

mientras la cámara le enfoca la cabeza

que sentencia con ínfulas de jueza

los chorros se encarcelan entre sí

y el chorro multicéfalo festeja en frenesí

todos chorreamos maquillaje

la cara por detrás se toma el raje

Blancanieves es un cuento viejo

la verdad no la sabe ni el espejo

viene de lejos lo enseñaban los sofistas

no importa si es verdad importa si conquista

los espejitos de colores

pintaron siempre seductores

el chorro que da el salto

siempre llega más alto

el calefón baña a la biblia con agua caliente

el mal olor un rato no se siente

la realidad con olor a perfume

es la que más se compra y se consume

todo tiempo pasado fue pasado

mal olor hubo siempre en todos lados

de Dinamarca a Catamarca

se nos cata esa marca

de cagados y garcas

la cámara de gases que nos filma

es el chorro de perfume que te esquilma

perfume de pedo

prediquemos ese credo

 

1.3.21

Poemas inéditos, por Martina Juncadella

 






Hola M.:

después de separarme

disfruto perder el tiempo

soy un tipo que camina mucho

está gordito

disfruta el sexo

se cuida, no se cuida

una piel joven seca

tus piernas

reflejadas en los espejitos callejeros

recorren adoquines ricos, pobres

vuelve sobre tus pasos, tipito

éste es el rastro de tus fluidos.






El bebé que confundo con un animal

llora

7:07 am es de noche es ynbierno

los conquistadores escribían mejor

tal vez mordí demasiado la soga

truxe el animal y destrozó mis dedos

pegó un grito, no hubo lectura

insistí, quise hablar

el idioma conquistador

pero era una soga, se cortó

no hay marcas

ella también buscaba la medalla.






Postrada voy a tener ideas geniales

otro almohadón abajo de las rodillas

la almohadilla caliente los leños ardientes

cero sexo

y las ideas vendrán y no podré disfrutar del cafecito con espuma.






Quizás muero esta noche

sobre la servilleta manchada

de vino alguien lanzó una papa

y rompió mi copa, nada que agregar.

Las poderosas fauces de un monstruo

devoran lo que queda de mí

y como esa papa

cayendo a pedazos.

La gente quiere importarse

creen que valen demasiado en su país

y les pagan dinero, eso quieren.

Yo, una más en la lista

no soy amenazante, soy 1 chica con 1 lápiz

si doy miedo, esos son preconceptos,

quiero volver a ser conquistable.






Ruido de lluvia ruido a conmigo

misma el barrido de las moscas

ammazzatas la duda del próximo

pucho una posible canción

el ritmo copiado me confunde

pero no le permitiré aislarme.

Entrar sí en otros estados más

vergonzosos de puerta golpeada

o sarcófago divertido.

Aplasté la mosca

aplasté el miedo a la lírica.

Muerte y resurrección,

todo lo que admiro me le pego

espero despego tengo tiempo

el juguito de la mosca 

me convierte en todo lo escatológica

que pueda ser.

Pero de la vergüenza al rechazo

hay más de un paso si me dicen

señora

por algo es.

Se transforma el plan cambió ahora

pienso dedicarme a las tres páginas

que no me gustan tanto.

Sin amigas

ni teléfono, sin cómplices

solo mi abuela (que es mi hermana)

y hace lírica y la aprecia.

Hoy no haré nada con la espalda

la dejaré estar. Llegué al lugar,

je suis trés bien,

y me convertí en un firulete que es una belleza.






Me froto y me duermo

inconsciente aún así

vienen cosas inútiles a mi mente

podré...?

hay que esperar

para salir de la confesión

inventaré una puerta grande

bien grande para intentar

en este castillo me consagraré a la gran obra:

vuelcos, torceduras, mordidas…

 

al final

puros neologismos de un aprendizaje medio sordo

música electrónica para no pensar

un depredador adentro

luz de luna, inmejorable vista…

ahí viene titilando en medias

es de noche y está frío y húmedo

el deseo va viene como papa quemada

haré cualquier cosa, o tomaré conciencia

discusiones pendientes pero nadie para hablar.





Espero la lluvia

desperté a las 4:33

busqué, busqué al joven japonés hermafrodita

armario abierto

silencio total

sobre el adoquín algunos autos la imitan

espero una horita, dos más

la tormenta son aviones

las 7 muchos autos más

prendo una vela

fuerte entre mis manos, pido

por mis amigas, por la perra, mis padres, hermanas, abuela

ojalá vuelvas

joven japonés hermafrodita

ocultás tu enfermedad en el armario

por qué me pusiste el pensamiento?

te espero, dejo la vida encendida

si querés rompo la tarea heredada

alargo la mano tiro de tu cinturón

vení, acostate a mi lado.


24.1.21

Un hombre solo en una casa sola, por Jorge Teillier

 


Un hombre solo en una casa sola
No tiene deseos de encender el fuego
No tiene deseos de dormir o estar despierto
Un hombre solo en una casa enferma.

No tiene deseos de encender el fuego
Y no quiere oír más la palabra Futuro
El vaso de vino se ha marchitado como un magnolio
Y a él no le importa estar dormido o despierto.

La escarcha ha empañado las ventanas
Pero a él sólo le importa mirar la apagada chimenea
Sólo le gustaría tener una copa que le contara una vieja historia
A ese hombre solo en una casa sola.

Una historia como las que oía en su casa natal
Historias que no recuerda como no recuerda que aún está vivo
Ve sólo una copa vacía y una magnolia marchita
Un hombre solo en una casa enferma.



Tomado de: El molino y la higuera, 1993

19.3.20

Macadán, por Lucia Berlin




Fresco parece caviar, suena como los cristales triturados, como si alguien masticara hielo.
A mí me gustaba masticar el hielo cuando se terminaba la limonada, meciéndome con mi abuela en el balancín del porche. Desde allí mirábamos a la reata de presos que pavimentaban Upson Street. Un capataz vertía macadán; los convictos lo apisonaban, con un compás pesado y rítmico. Las cadenas y los grilletes entrechocaban; el macadán caía como un rumor de aplausos.
Las tres decíamos la palabra a menudo. Mi madre porque odiaba vivir allí, en la miseria, y al menos ahora tendríamos una calle asfaltada. Mi abuela solo quería que la casa estuviera limpia: así no habría tanto polvo. Polvo rojo de Texas que se colaba con la escoria negruzca de la fundición, formando dunas en el suelo encerado del pasillo, sobre la mesa de caoba.
A mí me gustaba decir «macadán» en voz alta, a solas, porque sonaba como el nombre para un amigo.


Traducción: Eugenia Vázquez Nacarino.
Tomado de: Lucia Berlin, Manual para mujeres de la limpieza, Alfaguara, 2017.-


9.2.20

Hospital Alvear, por Mariana Bustelo




Al despertar
unos internados
preparaban sus bolsitos
como antes de los pic nics y las excursiones:
elegir la ropa y otras cosas
sabiendo que siempre
faltaría algo

La orden: evacuar
cerca del mediodía
al otro lado de la calle el albergue
dejaría de existir a las
15:00 hs.
(hora oficial)
de este lado
algo
desaparecería?

Los árboles eran los que alguna vez
había visto en la colonia montes de oca
cuando el caso giubileo
inundaba las pantallas:
cabeza de colimba rasurada
ni una ramita en los troncos
distrae al vigía la mirada
sobre los internos

Antes de que el cielo se vaciara
recorrió el parque para fijar
los nueve o diez pisos
recortados en el horizonte:
el hospital y el albergue
reflejo de una misma forma
A veces se ilusiona
piensa en la suerte
de los de enfrente

Al otro lado las habitaciones
estaban vacías
si no fuera por un montón
de papeles y bolsas rotas
que nadie iba a sacar

En la parada de colectivo
desde el walkman
la voz del funcionario:
hay que extirpar los focos de peligro
y agregó datos

Tomado de: Mariana Bustelo, Warnes albergue, Ediciones Gog y Magog, 2007.-

7.2.20

Lo que viene después de la muerte, por Ignacio Barsaglini


Después que te morís no hay una luz blanca ni un video ni nada de eso. Lo que hay es un cuerpo cavernoso que tenés que atravesar. No es fácil. De hecho está diseñado para que no lo atravieses y te quedes atascado. El cuerpo tiene la forma de los intestinos mirados desde adentro. El que está ahí sos vos. Tal como te moriste. Lo que quieren es que te desgastes. Que quiebres ahí  y digas basta. No obstante todo esto vos debés seguir. Lo que hace el cuerpo que vas a atravesar es volverte loco. Te va a jugar trampas, te va a dar hambre y como no hay nada para comer te vas a quedar tirado pensando que es el final y que eso termina ahí.

Pero no.

Podés comerte las paredes. Son como chicles. De hecho, es lo que vas a tener que hacer si querés seguir con vida y salir del laberinto. Ahora  bien, si lográs salir (el proceso dura unos 30 ó 40 días) te vas a encontrar en una habitación negra, otra vez vas a pensar que es el final, pero también otra vez no. Después de un par de horas, una cosa que está en medio de la habitación va a empezar a hacer un resplandor azul. Ahí te aparece un mago o un alien. Es lo mismo, no viene al caso. El tipo te muestra una pantalla con 2 opciones. Una de las opciones es volver a la energía universal. No te conviene. Podés parar adentro de un agujero negro o dentro del sol. Tu vida se desintegra. Dicen que seres que sufrieron mucho en vida eligen esa opción. Otros dicen que seres muy bondadosos y caritativos la eligen creyendo encontrar a dios. Es posible que lo encuentren como es posible que no. De todas formas, tu vida terrenal se disuelve y pasás a ser parte de una energía. La otra opción es revivir en el planeta tierra como ser humano que es lo que ya eras. Es la mejor opción ya que podés volver a hacer cosas por vos mismo en este planeta pequeño. Igual la decisión va  en cada uno y cada cual elige lo que quiere hacer.

El propósito de este texto es dar cuenta de lo que no hay que hacer que es quedarse en el cuerpo cavernoso. Ahí la máquina elige por vos y te vas a parar a la energía. Esto me lo dijo alguien que no puede decirte quién es, porque me dijo que no revelara su identidad. Que si quería dar a conocer esta información que les sería importante a las personas la diera a conocer sin problemas pero que no revelara su identidad. Creemos en el secreto y en la divulgación. Así que está todo dicho. Lo importante es no enloquecer en el cuerpo. Prepararse en vida para eso que viene después.


Tomado de: Ignacio Barsaglini, Lo que viene después de la muerte, Tammy Metzler, 2012.-

4.2.20

Fiesta del postrado, por Eduardo Rubinschik




ese hijo que corre por afuera dentro y revuelve humor tal que guiso viejo



No se come ya y boca queda sólo para el habla grito o estornudo y mandibulación



Que coma que se calle que prenda su pulmón a la comida pero que se calle



Señora en delantal entrona autoridad sobre pobre ovillo cuerpo y por añadidura sobre los alelados de familia



Aquí señora delantal vuelve del paseo para airearse mientras efectu o ejecut (amos) nuestra visita de amo amante



no querer verla (a señora delantal) pero precisarla como a luciérnaga en la opaca superficie mortuoria de quizá nunca



Ya nos vamos hasta la próxima es un cuadro así (hacia peor) ¡paciencia!



Cuerpos sobre el del famoso ovillo que orillea lengua y rigidez corpórea compara su pasado con presente y su futuro a nunca



Las etapas queman toda historia la suya nuestra en parte también rellenas delirio y desopilación



Algodong en la noche el grito se aquerencia por sí



Oír que pobre ovillo ya lo es por haber perdido merced a la merced en que su postración y su ceguera ciega felizmente a la maldad


¿Agradecer al delirio que la lengua siga intacta o al revés?



qué sería del no en noche entera de real que se muestre



mejor hacerse en el paralelo donde lo no es sí y la pérdida el mayor grosor de la victoria


Vamos a show de victoria en desolación pero sin lágrima que vierta verdad en compás de espera




Capas de agudísima visión amodorradas hasta el propio narcotismo



Frente a espuria bocanada de pura realidad a padre se lo ve madera seca como aquello que habrá de salvar de algún naufragio en ultratumba



Nada se oye ni se puede hacer contra deterioro melaza secante hecha de un cuerpo que en su presente es nada más que ayer



Hijo toca cuerpo padre como nunca haciendo del toque protección deseada imaginariamente siempre más potente que angurria o decepción

No te veo porque estoy de espaldas dice ovillo como abono de ceguera con signo de comedia negación



3.2.20

Richard Brautigan: Dreams are like [the]




Dreams are like the [the]
wind. They blow by. The
small ones are breezes,
but they go by, too.


Tokyo
May 20 or 26, 1976


De: June 30th, June 30th

28.11.19

El precio del amor es su fin, por Sebastián Schillaci




El médico jefe de terapia intensiva le explica a mi mamá la situación de mi padre internado. Usa un montón de tecnicismos y palabras difíciles. Ella lo escucha con las manos juntas y los dedos entrelazados. Le falta el rosario. El doctor habla unos minutos frente a los ojos de huevo duro de mi mamá que trata de encontrar la idea escondida entre las palabras de que mi papá se va a salvar. Busca, tal vez piensa que el médico no sabe explicar bien el procedimiento que van a hacer ahora para que mi papá no se muera en dos días. Termina de hablar. Hay un silencio. Mi mamá mira a mi tía que le indica telepáticamente lo obvio. Se va a morir y pronto, muy pronto. Yo me siento anestesiado por la noticia. Pasamos cada dos o tres horas a verlo. Entramos y lloramos desconsolados mi mamá y yo durante unos quince minutos. Mi papá ya está enchufado a varias máquinas que lo mantienen vivo. Si es cierto que reencarnamos después de morir, y que nuestra última mente es la primer mente de la siguiente vida, pienso que mi papa va a renacer en una nave espacial o en un locutorio. Nos indican amablemente que salgamos que terminó el rato de llorar. Salimos. Fumamos. Fumamos. Fumamos. Nos avisan cada tanto que viene otro round de lágrimas, y pasamos al locutorio y lloramos y lloramos. Mi mamá me dice que me vaya, se van a quedar ellas. Las chicas. Mi mamá y mi tía. Hermanas. Que me vaya descansar y vuelva mañana. Por supuesto es una posibilidad que muera en esas horas y yo no esté. Acepto. Me voy a casa. Fumo porro. Me duermo. Me llama mi tía. Se murió. Es de noche, son las 11 creo. Me levanto y subo al auto, me doy cuenta que estoy yendo rápido. ¿A dónde voy apurado? Ya se murió. ¿Para qué voy a cien por hora? Me relajo, empiezo a sentirme bien, recuerdo que tengo un tucón en el auto y lo prendo. Llego sintiéndome muy bien. Estoy listo. Entramos mi mamá y yo y hacemos un round de lágrimas más, pero uno muy especial. La habitación está sin una sola de las máquinas y mi papá está sin cables ni tubos ni nada. Recostado prolijamente boca arriba, con las manos pegaditas al cuerpo. Parece como si acabara de terminar una clase de yoga. Todo muy blanco. Me doy cuenta que extraño que haya máquinas. Eran cálidas y ruidosas y acompañaban. Con el cuerpo todavía tibio, le decimos cosas dramáticas. Alguien nos indica, con rudeza, que terminó el momento de llorar. Salimos. Fumamos a morir en la puerta del sanatorio. Ahora hay con nosotros bastantes familiares de esos que uno no ve nunca. Fumamos. Me doy cuenta que tengo que hacer un montón de cosas para la muerte de papá. Lo primero es conseguir el cajón y dónde velarlo, esa será el trabajo de la noche, a la mañana tengo que ir al sanatorio a reconocer el cuerpo y firmar papeles. Por lo general te venden las dos cosas, cajón y servicio, pero yo conseguí mejor precio comprando el cajón en un lugar y velándolo en otro. Me hago una pasada por casa y busco toda la plata que tenía. Esto me va  a fundir. Mi viejo muere mal de guita y yo no estaba precisamente dedicándome a una profesión muy redituable. El lugar que tiene el cajón más barato está en Juan B. Justo y algo. Mis tíos que nunca veo me acompañan. José se parece a mi papá y me da impresión. El otro parece directamente un militar fuera de servicio. Hay un pequeño regateo entre el tipo del local de cajones y yo. Acordamos un precio. El más barato es un robo pero hay que tener cajón, no voy a ponerme a hacerlo ahora. Pago. Mis tíos no me ayudan con un mango. Es obvio que lo necesito. Hablan de cosas como el país y la guita con el de los cajones. Mientras busco la plata y la cuento, estos tres se empiezan a entender y la pasan bien. La casa velatoria la consigo a la vuelta, en Juan B. Justo y Aguirre, creo. Son las 4 a.m. Me tengo que ir a dormir ya porque mañana es todo el baile. Voy a casafumoporromeduermomelevanto. A la mañana temprano llego al sanatorio para reconocer el cuerpo. Me dicen que ya lo están bajando por el ascensor al subsuelo de donde sale el vehículo para la sala velatoria. Bajo rápido. El subsuelo está lleno de objetos desordenados. Es un lugar grande y en el centro está el ascensor. Es muy grande. Bajando la escalera veo que la puerta del ascensor se trabó y dos tipos bien grandotes forcejean tratatando de pasar una camilla con alguien adentro en una bolsa negra. Se dan maña para pasarlo poniendo de costado la camilla. El cuerpo no se cae porque está bien agarrado. Uno de los tipos me ve. Me dice: Pibe, ¿vos tenés que reconocerlo? Y con la camilla con una mitad adentro del ascensor y la otra afuera, atorada y de costado contra la puerta del ascensor que se trabó, abre la bolsa en la punta y veo la cabeza de mi viejo, más blanca y fría que ayer. ¿Y, está bien?, me dice el tipo. Creo que dije: ssss.. El grandote que estaba todavía adentro del ascensor da un empujón final y salen. Me voy a la sala velatoria. Lo velamos. Cuando veo a mi viejo ya colocado en el cajón mas económico en medio de la habitación donde la gente toma café, me doy cuenta porqué me preguntaron a la noche tardísimo si era cristiano. Está vestido como un monaguillo. Con una ropita blanca con transparencias y un moñito con dos lazos blancos y una cruz diminuta adornando su pecho. Le pusieron las manos juntas. Parece que anoche respondí que sí, que era cristiano, y los visten así. Me doy cuenta que hubiese estado bien representar un poco su vida y vestirlo de tenista amateur. Ya es tarde, es un monaguillo. Tomamos café y fumamos unas horas ahí. Luego la caravana a Chacarita. Voy con mi primo en el Volskwagen 1500 de mi abuelo que se va a morir en unos meses. Fumamos las tucas del auto y hablamos alegremente. El día está cristalino, límpido, un poco frío, despejado y soleado. Llegamos a Chacarita. Mientras lo bajamos del auto empiezo a apuntar hacia el lugar donde iba a ser colocado, cuando un cura me agarra y me dice que hay que pasar por la capilla antes. ¿Cómo lo vas a poner bajo tierra así nomás sin la bendición y las palabras correspondientes? Hay un pequeño forcejeo, ni mi mamá ni yo queremos pero estamos cansados y vulnerables. El cura se gana su momento de fama. Entramos a la capilla, nos ponemos alrededor del cajón económico y el cura dice unas palabras vacías. Lloramos. Salimos y nos dirijimos al lugar donde va a quedar el cajón. No es bajo tierra. Es en una parte del cementerio que hay como una especie de gran biblioteca, donde cada libro es una puertita que se abre y guarda un cajón. El de mi papá está muy alto. Usamos una escalera. El momento de cerrar para siempre es emotivo. El cura no nos acompañó hasta acá. Lloramos. Veo que escribieron bien el apellido. Eso me tranquiliza. Pienso que el lugar es ideal para venir a fumar. Finalmente podemos dispersarnos. Había mucha gente cuando puedo observar mejor la situación. Muchos amigos míos. Qué hermosos. Vinieron muchos y son muy hermosos. Nos vamos a lo de mi amigo Juaco. Me despido de mi vieja, pienso que no voy a querer verla mucho en el futuro. Juaco vive a dos cuadras de Chacarita, siempre andábamos ahí tocando y fumando. Es un PH típico. Mientras recorro el pasillo y pienso que terminó todo suena el teléfono. Es Yolanda. Una bruja amiga que me guiaba en ocasiones por aquellos tiempos. Me dice qué pasó Sebastián? Me doy cuenta que ya sabe y pienso que siempre me sorprende esta mujer. Le digo que se murió mi papá. Me explica que ahora mi papá ya no es más mi papá, que me olvide de eso. Que ahora es como una luz. Lloro muchísimo y le agradezco. Me explica unas cosas más y colgamos. Ahora sí va terminando. Recorro lo que queda de pasillo. Adentro ya hay música, huelo porro y escucho risas. El día está hermoso y el sol pega sobre el pasillo y los patios del PH. Me siento en el patio y me pasan varios porros. Pienso que amo a mis amigos y que amo a la gente y que amar más a uno que a otro no tiene sentido. Pienso que mi papá tendría que haber cambiado su vida cuando se enteró que tenía cáncer. Tendría que haber ido hondo en verdad.  No hacer el tratamiento. Pienso en algo que me dijeron, que más gente vive del cáncer de la que muere por él. Pienso que nos estafaron y nos mataron los putos de los políticos y los médicos y la tele. Juaco me dice qué pensás, man? Nada. Dale, qué pensás? Que me voy a casa a dormir, no doy más. No, pará, juguemos unos Konamis. Bueno, dale. Jugamos unos partidos. Pienso que mi amigo es verdadero, y que todos los que son verdaderos pero están heridos suelen ser gordos. Elijo al Barça. No porque quiera usar al mejor equipo sino porque a mi viejo le gustaba. Pierdo un partido y gano el otro. Me parece bien. Además estoy desconcentrado, voy a perder si jugamos uno más. Jugamos uno más. Pierdo. Me voy vieja, gracias. Aguante, pasate estos días. Sí, de una, gracias. Me voy a casa, vivo a unas cuadras de ahí. El día está hermoso. En casa fumo porro y me acuesto. Deben ser las 11 o las 12 del mediodía. Pienso que no le dejé plata a Juaco para que me compre faso cuando pase el Negro. Esto me deprime un poco. Me duermo.


Tomado de: Sebastián Schillaci, Lo que más me gusta de mí es la i, Ascasubi, 2016.-

10.10.19

Mandarina, por Denise Koziura



Pulposa, fresca y dulce. Casi obscena. Su olor lo invade todo. Es uno que prima y lo hace feliz. Contiene el jugo en las comisuras con ayuda de las manos. Caníbal. Y se nutre de la soledad que es su refugio. Besa y sorbe. Se deleita. Cuando acaba corre a limpiarlo todo. Como queriendo borrar el aroma del placer.

9.9.19

Kafka, por Alfredo Novelli


¿A quién llamamos Kafka? ¿Al doctor Kafka? ¿A sus escritos? ¿A la lectura de sus escritos? La última pregunta se aproxima a la respuesta. Pero ¿a qué lectura de sus escritos? A nuestras lecturas. Por esa razón somos nosotros que nos llamamos Kafka.


Tomado de: Alfredo Novelli, Un ejemplar de prueba, Buenos Aires, Mansalva, 2019.

1.9.19

Más cerca, por Mauro Haddad




II

No podría explicarlo,
pero lo miro
y pienso así:
este mar es anterior a la naturaleza.


VI

Cinco chicos saltan desde el puente al agua.
Son felices: hacen lo que temían hacer.


XIII

La arena que había imaginado
es esta.

Escupo sobre ella la sal del mar.


XXI

El silencio de las calles
es igual al sol
o al viento.

Ninguno es en realidad
necesario para mí.


XXIV

Vi a Dios:
abrazaba a una mujer
en una fotografía en México,
en la década de mil novecientos y veinte.

Ella vestía de blanco.


XXV

Media hora limpia para estar sentado
y escribir.

Intento ver:
las líneas de mi mano,
dos personas a lo lejos.

No hay nada por encima de lo que hay.


XXVIII

Recuerdo todo lo que hice hoy:
caminé,
tomé agua,
comí y nadé en el mar.

No fumé,
no hablé con nadie.


XXIX

La luna en el cielo:
ella me usa para conocerse.


XXXI

Barrio de Santa Teresa,
veintidós y treinta horas:
escucho más de lo que hablo.


XXXV

El rumor de la vida profunda.

Lo escucho.


XXXVI

Dilapido mis energías pensando.


XXXVII

Leer en este idioma es lo más parecido a olvidarme de mí.


XXXVIII

La confirmación del estereotipo de una lengua erótica.
El calor de una mujer a la que ayudé sin pérdida de momento.
La sonrisa de un hombre al que no escuché en vano.

Y muchas cosas más
(pequeñas dosis de riesgo imaginado)
muchas cosas menos.


XXXIX

Río de Janeiro era en definitiva
lo que había venido a buscar:

un lugar desconocido
                    más allá del placer
y la ilusión de la libertad absoluta
al caminar por las calles.








1.5.19

Gelatina, por Denise Koziura Trofa



Nunca me gustó la gelatina.
Ahora comprendo que siempre comí gelatina light. Quizás tendría que posar mis palabras en otras bocas y sólo entonces hacerlas salir al campo. Bocas gozosas de azúcar. Yo no puedo. Siempre está el fantasma de la diabetes. Aunque me acosan otros fantasmas. Están los pasados y los peores: los existenciales. A esos les temo a sobremanera, les disparo con pastillas de colores. Confites que me inflaman el vientre, las piernas, los brazos. Y en la huída, mis carnes danzan. Se mueven como un todo amorfo. Como el bollo que aspira a ser pizza y está levando. Mucha levadura también hace mal. Crece la masa hasta que rebalsa el bowl. Se grilla. Explota. Salta el botón. El jean me lastima la piel. Lo abandono. Me hago amiga del jogging y corro con mis brazos que flamean como banderas. Me apuro dejando atrás la angustia que ante el más mínimo traspié me abraza. Me envuelve. Me contiene. Y de buena que es me llena la boca mientras me tiende la mano. Me resigno y le acepto el gesto. Corremos juntas a lo Heidi. Vuela el bollo hasta que cae con fuerza sobre la mesada. Es casi todo grumos. Pero le insisten. Le piden que crezca, que se ponga más lindo, que vaya a la universidad. Él ya sabe que le espera el horno. Se calienta y cambia su estructura. Ya nada es como lo era. Todo está teñido de rojo. La mozzarella se diluye y burbujea. Lúbrica. Esa salsa también combina bien con los fideos. Que son como sogas. Sogas como las que adornaban el cuarto de los tíos de Luján. Sogas de esas gruesas que tienen como pelitos. Pelitos como los que Fabián tenía en el pecho. Llega la pizza y todos la engullen. Yo no porque ahora me recuerda a los pelos y se me revuelve la panza. En el ejercicio de mirarse el ombligo, puede uno, ante la oquedad, toparse con el infinito todo. Apelo a mis confites amargos. Como el postre para pasar el trago. No repito porque los otros ya me miran mal. Seguro que el flan se te aloja en la cadera, porque ya sos todo cadera. Venís a ser un Koinor. Premio al transformismo. Y sus miradas me ensanchan. Y mi cuerpo abarca la habitación toda. Contengo la respiración para no inhalarlos. Para no tragármelos a ellos también. Alguien tiene la lucidez de abrir una ventana. Algunos parten y otros se asoman al balcón. Aprovecho mi soledad para coquetear con el flan que me guiña el ojo. Yo hago que lo ignoro pero me somete. Ante el menor gesto de debilidad me aprieta las manos. Pero mamá oye me quejido y me rescata. Echa fuera el flan mientras me explica por qué no me conviene. La diabetes, me recuerda. Y me acerca un pote con gelatina. 



24.4.19

Para mí la literatura, por Cecilia Pavón





Para mí la Literatura
Es algo distinto de lo que es para vos
Para mí la Literatura es mi cuerpo
para mí la Literatura es mi madre
Mi cuerpo
Mi madre
Y luego cuando el libro
esté cosido
Cuando el libro
cumpla su función mágica.
Y mi madre esté limpiando
la mancha de alquitrán
que cayó en el juego
de jardín
de plástico blanco
y yo tome dos litros
de agua
y las cosas sean más fáciles
y mi cuerpo esté acostumbrado
al Yoga.

Tomado de: Hacemos un librito plateado?, Ascasubi, 2018.-