13.9.26

Inazuma, por Bautista Pillegi

 

 

Un día o dos Rogelio contó con profundo dolor cómo una paloma gorda y muy gris había muerto. Me mostró una pluma de las que se había llevado consigo. La describió meticulosamente y, terminando el relato, rompió en llanto como lo puede hacer un recién nacido. Creo que en ese momento me reí de él. Era solo una paloma, claro.

Rogelio, estando en Inazuma o a veces aquí, sufría extraños dolores de pecho. Decía que alguien le clavaba puñales de moho que le infectaban y adormecían las entrañas. Decía que no podía sentir, que no podía hacerse liviano y planear. Lloraba, lloraba, lloraba como un perro, o como un gato. Se le avitrinaban los ojos y las facciones del rostro; se cristalizaba entero y parecía ser más frágil que un terroncito de azúcar.

Rogelio estaba delgado y comía poco. Siempre contaba que había sido así toda su vida. Pero yo me acuerdo de los varenikes con su madre, Irina. Me acuerdo de que comía como un desahuciado y sonreía mirándola, quizás benevolente o quizás malvado y maldito. Recuerdo que supo perfumarse y plancharse la camisa, supo ir a cortarse el pelo a la peluquería y volver a verme, sudando de nervioso, de ansioso. Daba unos saltitos bastante novatos e inexpertos y giraba por toda la casa, esperando ese momento. Tocaba las hojas, regaba sus plantas. Lavaba los platos y los volvía a ensuciar para volverlos a lavar.

Rogelio tenía trabajo; trabajaba de bibliotecario, como siempre había querido. Hablaba y hablaba. De Ricks, Fochs, Fuchs, Rocks, Fachs, Fiechs, Riechs, Riems. Quizás de alguno de aquellos eruditos amateurs que le hacían de faro a Rogelio, un hombre normal.

Ese era su propósito. El propósito que yo le supe descifrar, así como él descifraba que yo era un tonto torpe al hablar, comprender o analizar.

Con el tiempo, Rogelio empezó a pensar en cómo salvarse. En cómo quitarse ese puñal de moho, en cómo aprender a volar. Yo, inútil, nunca supe qué decirle. Creo que nunca lo entendí. Él, en mis lares, realmente me hablaba de trenes, de pájaros o de disparos.

Uno de esos días Rogelio saltó desde el décimo octavo piso de un edificio de departamentos. La secuencia era lineal y amenazaba en cada segundo que pasaba.

Siempre sonso, no podía verlo pasar. Frené el transcurso de los segundos y lo encerré en un cubo invisible. Bajé, desde mi cómodo trono en el que siempre estuve, abriéndome paso entre nubes. Rogelio me miró asombrado y algo rabioso. Quizás pensaba que yo nunca iba a aparecer. Y creo que iba a ser así, de no haber presenciado tal vertiginosa postal.

—Tardaste —dijo, con cara de poco—. En los altares o en las películas parecés más avispado.

Dolió. A veces me duele sentirme tan inútil. El cubo lo dejaba tranquilo. Estaba calmado por un rato. Como quien se ahoga en el mar y manotea buscando un pedazo de tierra, le di el olor y el recuerdo. Le di el vapor de los varenikes. Le di el aroma a libro nuevo, el aroma a libro viejo. Lo acaricié con las plumas de la paloma. Coloqué todo bajo sus brazos y lo dejé ahí, como arropando a un bebé.

Rogelio miró hacia arriba, insignificante.

—Rogelio, esto sos vos. Todo esto es tuyo.

—¿Y?

—Es hermoso, de eso se trata.

—Es hermoso para quien lo ve. Es hermoso para el hombre que se siente fino y vivo. Pero a mí el moho del puñal ya me agarró. Te lo mostré.

—Soy tonto. Lo sabés.

—No te excuses. Ningún tonto tan tonto andaría por acá, colgado de estos andamios tan bellos. No sos tan tonto. Sos eterno, que es más peligroso.

Quedé ciego y disminuido. Me sentí infame, traidor, tan pequeño como una pulga y tan malvado como un ruin emperador de la antigua Roma.

Entonces lo vi. Rogelio había hablado de Fuchs, Fiechs o Riems, de las crines de los caballos, del olor a nafta y del Señor de los Anillos. Me había besado los pies y las manos y había confiado sus pensamientos a mi voluntad. Se había obsesionado con las mitologías y con Napoleón, con los indios o con los bolcheviques. Mil veces lo vi hacerlo, mil veces lo vi lagrimear. Rogelio nunca había estado hablando de todo eso.

—Creo que entendés que no puedo dejar a toda esa gente que te pasa por debajo de la espalda, petrificada durante toda la eternidad.

—Lo entiendo —dijo Rogelio.

Y con lágrimas de no sé qué en los ojos, falsos ojos que quizás alguien me puso, reanudé el tiempo.