Mostrando entradas con la etiqueta bret easton ellis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta bret easton ellis. Mostrar todas las entradas

10.5.20

Conversaciones con Alex Olson, por Willibald Feivel Cornfed




Willibald Feivel Cornfed: ¿Cómo te imaginás dentro de treinta años?
Alex Olson:
¡No, Willi, no me imagino! Sería una visión muy cruel.
–¿Si tuvieras que irte a una isla desierta, qué  cuatro cosas llevarías?
–Libros, tomates y usaría los restos del machismo social para llevar conmigo a mi mujer y a mi hija, aduciendo que sin ellas no podría vivir, que moriría de hambre, de soledad, etc.
– ¿Cuántos años faltan para que todo esté definitivamente podrido?
–¿No está todo lo suficientemente podrido ya?
–¿Bob Dylan o Neil Young?
–Neil Young.
–¿Por qué?
–Neil tiene una cosa de looser que me gusta. Como la bendición del looser. El freak, el nerd que lo logró pero no se olvida del Club de los Corazones Solitarios, y sigue yendo a las reuniones todos los jueves. Le pasó de todo en la vida. Dolor físico constante, la espalda que se le venía a pique, hasta tuvo que usar un aparato para sostener la columna. Su hijo con síndrome de down. Todo mientras era famoso y alabado por la crítica. Como si dios escarbara con un dedo y le moviera las plumas. Una especie de condena que nos obliga a la humildad. Algo del destino o la estela del poeta. La forma que Neil encuentra ante las encrucijadas es el amor. Mientras el sueño hippie se derrumba, él le construye a su hijo una pista de tren eléctrico que ocupa toda la habitación, porque sabe que al hijo el traqueteo del tren es capaz de calmarlo.
–Bret Easton Ellis o David Foster Wallace?
–Bret Easton Ellis y David Foster Wallace.
–Gerald Howard escribió un artículo en el que afirmaba saber por qué Bret Easton Ellis odiaba a David Foster Wallace. Ahí decía que Wallace había sido el escritor más fino de su generación pero que su modo de vida ingenuo parecía colapsar con las dificultades implacables de la vida. Mientras que a Ellis lo veía como alguien pícaro, cínico, frágil, salvajemente desilusionado y con una mirada fresca del mundo. Como si los méritos literarios pudieran ser opacados o sopesados por características personales o psicológicas. ¿Por qué nuestra generación presenta a estos autores en disputa? ¿O serían opuestos complementarios?
–Más bien me parece como una operación de la prensa, algo mediático. En la escena literaria eran más bien parias, lobos solitarios que algún fulano del Times, o así, intentaba  encajar en algún movimiento, o escuela, para atenuar su impacto. Amordazarlos de algún modo. También es cierto que en el caso de Ellis coqueteó con el Brat Pack, pero él no tenía nada que ver con eso, tan sólo uso esa imagen para ir a fiestas y tomar gratis en restaurantes finos, de moda. Aunque siendo sinceros, ¿quién podría decir que eso está mal? El caso de Wallace está opacado y de algún modo manoseado y leído a través con el lente de su último acto: su suicidio, como punto final a la escritura y a la vida, que para él parecían ser casi lo mismo. No sé, creo que los dos tenían en común que básicamente los enervaba lo mismo de la cultura postmoderna, los dos son hijos de la cultura MTV y del mismo hastío existencial, quizá las diferencias estén en cómo lo procesaron estéticamente, como si cada uno vomitara en diferentes tachos de basura. Pero "Glamourama" es bastante Wallaceana. Y "El tenis como experiencia religiosa" o "Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer" es bastante Ellisiana. Quizá, en el fondo, como decía Truman Capote para referirse a su relación con Perry Smith, el preso-amigo que dio testamento en su "A sangre fria", son como hermanos que se criaron en la misma casa, solo que uno salió para la puerta delantera y el otro por el fondo. Ahora entre Ellis y Wallace cuál es cuál, eso no sabría decirlo.
–¿Qué admirás de tu madre?
–Su paciencia.
–¿Qué recordás de tu padre?
Le gustaba el tenis y tomar aperitivos italianos, como Gancia o Martini, mientras miraba los partidos. Sobre todo recuerdo los sábados y domingos, porque eran iguales. Y los leves movimientos de cabeza del resto del grupo familiar para seguir el recorrido de la pelota. Recuerdo aún con cierto nerviosismo las finales entre Sampras y Agassi. En casa no volaba ni una mosca. Eran partidos largos, algunos de casi tres horas. También sobreviven en mi oído los silbidos de mi padre, para festejar las jugadas maestras de Sampras. Era un silbido como de avispa encerrada en un tarro. Por casi tres horas.
–¿Un hecho vergonzoso que podrías confesar?
–El pedorreo matinal.
–¿Cómo empezaría tu blues?
–Con un silbido de tren.
–¿Qué cosa definirías como patética?
–El pedorreo matinal.
–¿Una noche que recuerdes para siempre?
–La noche en que vi cómo un grupo de adolescentes atacaron a un negro en un camping. Fue en 1981 en Canadá. Lo hicieron mientras el negro dormía en su carpa. Aparentemente el negro los había estado perturbando a la tarde, con su música de tambores. Es una pesadilla. Una pesadilla que todavía dura.
–¿Estás enamorado?
–De a ratos.
–¿Qué autor no releerías?
–A Dave Eggers. Me parece una mala copia de Foster Wallace, un presuntuoso rebosante de falsedad. Un ladrón de gallinas, que persigue el huevo de oro sin encontrarlo.
–¿Qué te interesa de la obra y de la vida de Stieg Larsson?
–El puente entre una y otra, supongo. En un viaje que hice a Minesota hace unos años, un amigo, dueño de una pequeñísima librería del oeste, me regaló un libro sobre Stieg Larsson escrito por  Kurdo Baksi, quien resultó ser un amigo muy cercano del escritor. Trabajaron juntos en una revista muchos años. El año pasado encontré en una librería perdida de Detroit, otro libro sobre Stieg Larson, escrito por su viuda. Lo que más me sorprendió de todo, fue que ninguno de los dos libros, ni el del amigo, ni el de la viuda, pudo captar algo sobre quién era verdaderamente el escritor sueco. No es fácil penetrar en la soledad de una persona. Quizá ese enigma, que sigue encendido como una lámpara, sea lo que más me interesa de la vida y obra de Stieg Larsson.
–¿Qué frase repetirías hasta el cansancio?
–Tomorrow Never Knows.
–¿Cuál es la canción de los Beatles que más te gusta? ¿Por qué?
– “I Am The Walrus", porque la cantamos con mi hija Lena.
–¿Qué sentiste cuando viste por primera vez el puente de Brooklyn?
–Vértigo.
–¿Qué significó para vos haber conocido a Dan Fante?
–Uf, mucho. Lo entrevisté sobre Fante: un legado de escritura, alcohol, y superviviencia, en el 2012, en Los Ángeles. Quería escribir una nota para Carnage sobre ese libro. Hablamos tres horas. El sol se hundió en las colinas de Hollywood, como un homenaje espontáneo a su familia, y la conversación se fue apagando. No era sencillo comunicarse con él: era muy breve en las respuestas, y no sonreía. Igual quedamos en contacto y nos seguimos escribiendo con intervalos hasta poco antes de su muerte.
–En tu vida profesional conociste todo tipo de redactores de diarios obreros. Hay diarios ejemplares, hay diarios mediocres, hay diarios malos o muy malos y, finalmente, están esos diarios que son únicos. ¿En cuáles preferiste trabajar? ¿Por qué?
–Creo que los diarios ejemplares ya no existen. No sé si existieron alguna vez. Pero sí existen los únicos. Y formar parte de esas publicaciones significa un riesgo grande, pero también un ejercicio de sacrificio, nobleza, vida en comunidad. Hoy es casi impensado algo así, las redacciones cambiaron mucho, el mundo es otro. Pero hay una sensación de pertenencia en formar parte de un equipo con gente que se involucra en algo. El estrés, las exigencias, las amenazas, todas esos factores adversos hacen que en un punto empieces a considerar a tus colegas como parte de tu familia. Y cada artículo cobra otro sentido, otro significado.
–¿Cómo estás viviendo vos y tu familia, en Detroit, estos momentos tan raros en los que parece que se detuvo el mundo?
–Son días raros, Willi, duros de asimilar. Uno mira por la ventana y encuentra desesperación. Intentamos seguir con nuestra vida normal, pero con Lena es un poco más difícil porque nos pregunta todo el tiempo cuando podemos ir a Mc Donald´s o a la plaza. ¿Por qué no pasa más el señor con los globos, papá? ¿O por qué la gente usa esas máscaras en la boca? Tiene cinco.
–Alex. me da la sensación que todo esto es un sacudón a las ficciones científicas y a las narrativas de especulación tecnológica. ¿Qué revela la crisis del COVID-19 sobre la literatura de ciencia ficción?
¿Pensás que van a surgir, después de esta peste, multitud de libros con un imaginario pautado de monstruos virales?
–Creo que, en realidad, el auténtico monstruo viral es el hombre, siempre. Los mejores relatos de ciencia ficción no son otra cosa que crudos retratos humanos. Como si entre la sci-fi y el periodismo hubiese solo una puerta batidora. La ciencia ficción como otra forma de la crónica humana. Vonnegut es un caricaturista bastante realista en el fondo, un costumbrista con cascadas de humor, que revelan un costado pesimista de la vida. Dick es más un periodista desalineado hablando desde un teléfono público mientras afuera llueve. Alguien que intenta comunicar algo con una moneda que ya no sirve. Como si de tan moderno a veces fuera un poco anacrónico. La ciencia ficción es un marco para un cuadro difuso, zigzagueante, móvil. Así como en el policial, Chandler de alguna manera trasciende el género. Estos son autores "con" ciencia ficción y no tanto "de" ciencia ficción. Cheever puede hacer ciencia ficción con sus crónicas de los Wapshot, donde apunta y dispara, para dar en el blanco de la vida en los suburbios. Los escritores que después de esto hagan ciencia ficción por moda, bueno, no creo que haya mucho para decir. Los que vean en el género instrumentos de crónica, de nuevo periodismo, de traficar algo, una experiencia antigua, lejana, quizá en nuevos formatos, me parece un modo más interesante e inteligente de hacerlo. Humanos inteligentes que no son ya tan humanos, un poco más aliens tal vez, un poco más lúcidos también.
–En julio de 1925 aparecía en la revista Science and Invention, "El aislador" (The Isolator), un aparato inventado por Hugo Gernsback, miembro de la Sociedad Estadounidense de Física. Era un casco conectado a una bomba de oxígeno, diseñado para ayudar a los escritores a concentrarse y evitar todo tipo de distracciones. La intención del dispositivo era no solo eliminar el ruido exterior, sino que además tenía una delgada apertura a la altura de los ojos que limitaba la visión a una solo línea del texto. Esto evitaba volver de forma involuntaria a lo que ya se había escrito o enfocarse en otras lecturas. ¿Pensás que estos tiempos de redes sociales nos están llevando a un aislamiento colectivo? ¿Cómo están cambiando nuestras formas de leer? ¿Cambiaron?
En referencia al casco, parece una cosa medio nazi, siniestra. Y, al mismo tiempo, ese físico-astronauta es como un personaje de esas películas en blanco y negro de David Lynch. Mi tendencia paranoica, sumada a mi predilección por la ciencia ficción, me lleva a pensar que esto no es algo espontaneo, ni un movimiento solidario hacia cada uno de nosotros, sino más bien una movida más profunda, premeditada, parte de un plan. Prepararnos no sé si para el invento de Hugo Gernsback, pero quizá todo sea más progresivo, así podemos acostumbrarnos al traje, el peso del tubo de oxígeno, el visor, y a respirar en esa casco medieval. Sin dudas, no puedo evitar sentir que nos están llevando de las narices hacia una forma más fragmentaria, como de partículas . No solo están cambiando nuestras formas de leer, también de ver, de sentir, de vivir. Todo nuestro aparato real e imaginario está cambiando, así como nuestras percepciones de lo real. Hoy nos cuesta mucho más poder terminar un libro. Tener el tiempo necesario para sentarnos y llegar al final. Nos quejamos del tiempo, que parece líquido, se nos escurre. Vivimos enojados, como un malestar de la época, con la sensación de que en algún lugar de la ciudad hay una fiesta a la que no nos invitaron. O, tal vez con la certeza de que perdimos algo profundo, verdadero, y a cambio nos dieron un traje de soldado-espacial para una misión desconocida, inútil. Leer aparece cada vez más como un acto fragmentario, dividido. Y los actos cada vez más escindidos, separados entre sí. Antes la gente, los obreros de clase media baja podían leer "Guerra y paz" de Tolstoi. Eran gente instruida, lectora. Podían encarar esos novelones con facilidad, terminar uno y empezar otro. Hoy, es difícil que un intelectual pueda leer entero "Guerra y Paz". No es una cuestión de clase nada más, sino de modo de vida, de ritmo inducido del mundo. Antes la gente compraba un televisor y eso era casi de por vida, la vida tal cual la conocían no se veía prácticamente amenazada.  Hoy los cambios son ultra rápidos, y no sé con qué grado de conciencia los vamos detectando. O si somos más bien esclavos de algo que quizá sea un leviatán teledirigido.
–Jonathan Lethem ecscribió que “una época está definida no tanto por las ideas que se discuten como por las ideas que se dan por sentadas”. ¿Cuáles serían esas ideas que se dan por sentadas en nuestra época?
–Voy a responder a una cita con otra. En este sentido, Foster Wallace me resulta ejemplar cuando analiza el slogan de Burguer King, que vende hamburguesas con el lema "Tenés que romper las reglas". Wallace dice, y cito de memoria, con todos los problemas del caso, que mucha de la gracia que tiene la posmodernidad, con sus banderas como lo son la ironía, el cinismo, la irreverencia, ahora son parte de todo lo que son resulta repulsivo de la cultura misma. Estamos en el centro de una paradoja, pataleando, confusos, como un nene en mitad de un berrinche, sin llegar a comprender del todo. Y, en ese sentido también, Wallace es ejemplar o beatífico cuando cuenta en una de sus entrevistas que paso un mes en una actitud monástica leyendo a Tolstoi y a Dostoievski. Dice que leer a los dos, y sobre todo a Tolstoi es una experiencia por fuera de la postmodernidad, porque en el autor hay una inocencia despojada de todo cinismo, de toda ironía, y que la lectura del ruso puede iluminarnos sobre nuestra época, nuestras propias miserias, nuestros vicios recurrentes. Como ir al Burguer como un autómata y hablar sin ton ni son de un libro de Thomas Pynchon, creyéndonos en la cresta del progresismo. La montaña es mucho más alta, la pendiente mucho más complicada. En ese sentido, Foster Wallace es un crítico muy fino de la posmodernidad. Pero también lo es Bret Easton Ellis, quien dispara desde adentro, desde su misma clase social, como un asesino con amnesia. En novelas como "Glamourama" o "Suites imperiales", Ellis arremete contra el culto al cuerpo, el infantilismo de los adultos en su prolongada adolescencia, y cómo se filtra el terrorismo en la formas aparentemente más frívolas, en las zonas que algún ingenuo podría definir como "no- ideológicas". Por eso decía que es importante leer tanto a Ellis como Wallace. Los dos son francotiradores apostados en las afueras del mismo edificio, pero desde diferentes ángulos. Y no están ahí por ningún crimen cobarde, simplemente esperan el momento oportuno para fotografiar la salida en limusina del sueño americano después de una noche de reviente. Buscan una foto que hable por sí misma, aún sabiendo que la búsqueda y la broma es infinita.
–¿Un lugar al que siempre volvés?
–Al cementerio.
–¿Tenés alguna ética?
–Todos tenemos una ética. Incluso las hormigas.
–¿BoJack Horseman o Tiger King?

–Clarence y "Last dance".
–¿Qué sentiste cuando te enteraste de la muerte de Mort Drucker?
–Que alguien me ajustaba un poco más la corbata. El paso del tiempo. Que hay un plan siniestro para erradicar la risa de nuestro planeta.
–¿A dónde se está yendo la humanidad?
–Hay que leer las novelas de Philip K. Dick para saberlo.
–¿Cuáles fueron tus primeros pasos en el periodismo? ¿Cómo llegaste a ser director de Carnage? ¿Cuándo empezaste a interesarte por los temas dela violencia racial y de género?
–Empecé a escribir en Ecco una revista que fundé con mi hermano en el secundario. Nos divertíamos mucho. Éramos solo nosotros dos con muchos seudónimos. Llegué a ser director de Carnage en 1996. Me empecé a interesar en temas como la violencia racial desde que era chico, creo. Recuerdo que mi abuelo leía el diario y ponía caras raras cuando leía ciertos artículos. Entonces yo le preguntaba. Mi abuela decía "George, no se te ocurra, es un chico". Pero cuando estábamos solos me empezó a contar cómo trataban a los negros, solo por su color de piel. Cómo la justicia les caía con especial ferocidad, muchas veces sin posibilidad de defenderse.
–¿Qué es lo que no te gustó de tus trabajos anteriores?
–Siempre hay cosas que no te gustan en los trabajos. Quizá, tener que madrugar. Prefiero dormir hasta tarde.
–¿Cuál fue la nota más difícil que tuviste que escribir?
–Sobre los atentados del 11 de septiembre de 2001.
–¿Qué escritor contemporáneo te gustaría entrevistar y por qué?
–A Dean Bakopoulos, por su "Por favor, no regreses de la luna".
–¿Sos de ir al cine? ¿O en la era de las series dejaste ese hábito?
–En circunstancias normales soy de los que siguen yendo al cine. Prefiero ir solo. Es mágico. Como le ha pasado a muchos padres de mi generación, con el nacimiento de mi hija empecé a familiarizarme un poco con Netflix. Vi algunas series que no estaban mal.  Y ahora con la situación del virus estamos condenados al menú de películas a domicilio. Había una película de Jarmusch, en la que un personaje comía unas bandejas frías, de supermercado, ya preparadas, que había bautizado "comida de televisión", porque si la consumías con la pantalla de fondo no te parecía tan fea.
–¿Qué tiene que tener una película para que te guste?
–Está esa frase maravillosa que dice: "Para saber lo que significan las cosas, a veces tenés que saber lo que no son".
–¿Y un documental?
–Me gustan, sí. Como una forma bastarda de hacer cine, de pasar algo por la ventana. Por ejemplo, me gustan los documentales de Herzog. Ahora estoy viendo bastantes documentales de músicos. Hay como un resurgimiento de las biografías, quizá, como forma. Vi un documental de Miles Davis. Pero sucedía lo mismo que con Stieg Larrson, era impenetrable. Como si hubiese opacidad en algunas vidas. Un cartel del correcaminos que dijera: "aquí ya no hay nadie".
–Alguna vez dijiste que la realidad es más compleja que la ficción. ¿Seguís pensándolo?
–Me temo que ya no. ¿Habré cambiado, o me habré vuelto viejo? Creo que la realidad le da letra a la ficción, pero se complementan. Es como eso que dicen sobre la distancia entre el bien y el mal, que cada vez es más corta.
–¿Alguna vez robaste algo? ¿Qué y cuándo?
–Robé unos libros en una feria del libro en Denver. Tenía diez u once años. Recuerdo haber atravesado la puerta automática y que me temblaran las manos. Detrás del primer arbusto abrí mi mochila y chequeé que el botín estuviera ahí. Eran unos libros sobre mitos, creo, que me gustaban en aquella época.
–¿Cuál es tu infusión preferida?
–Té de manzanilla.
–¿Un defecto que reconozcas en vos?
–El sincericidio.
–¿Tardás mucho en atender el teléfono? ¿Y en contestar los mensajes de wsp?
–El teléfono, ¡sí! Apenas lo escucho a veces. Los mensajes depende de quién escriba y cuál sea la urgencia en contestar.
–¿Alguna vez llevaste adelante alguna actividad prolongada con dolores estomacales, gástricos o en los dientes?
–Sí, varias veces. Puede ser insoportable el dolor físico, además de imposible de comunicar. Realizar alguna otra actividad te puede distraer por un tiempo del dolor. Ahora después, claro, las facturas llegan todas juntas, infalibles como los testigos de Jehová.
–¿Qué diferencias encontrás entre ser calculador y ser especulador?
–El especulador es un calculador consumado. Todos somos calculadores algunas veces por día. Toda medición de los efectos de algo supone un cálculo, un análisis.
–¿Y entre el totalitarismo y la democracia parlamentaria?
–Una diferencia tenue, amenazante.
–¿Cuántas muertes definen un genocidio?
–Las que los especuladores calculen.
–¿Qué autores contemporáneos te gustan, Alex?
–Me gustan Shawn Vandor, Jonathan Lethem, Jonathan Franzen, Jay McInerney, Miranda July, Michael Chabon.
–¿En qué cosiste, según vos, y si es que existe algo así que se pueda llamar “sensibilidad femenina”?
–Es un preconcepto atado quizás a una trampa del lenguaje. Esa que atribuye que toda sensibilidad es femenina. No creo que sea así. Eso es fácil de demostrar. En todo caso, sí hay un tipo de sensibilidad que podemos identificar más con las mujeres, que proviene de cierta predilección por el detalle, la delicadeza de las descripciones de ciertos climas, ambientes, personajes. Pero hay escritores con sensibilidad femenina. Y eso me resulta una paradoja encantadora. Además de interesante.
–En una nota que escribiste para Rolling Stone publicada en junio del 2013, propusiste un cruce bastante osado entre The Brian Jonestown Massacre y Devendra Banhart. No te privaste de hablar de drogas, la neo-psicodelia, la música country, Captain Beefheart, Buffalo Springfield, Mulatu Astatke y The Dengue Fever. ¿No habría límites en las relaciones? ¿O pensás que todo se puede vincular con todo? ¿Sería una cuestión de retórica? ¿O solo se trata de relaciones de sentido?
–El sentido a veces es algo que se encuentra, de casualidad y por azar. Cuando estás en una cueva, rodeado de cosas que te hacen feliz, solo ves luces en las salidas, y de algún modo llegas a conectar esos accesos. Pero el modo en el que lo hiciste es totalmente maleable y aleatorio. Pura subjetividad. El modo en que se une el punto A con el punto Z es siempre nuevo. Lo que demuestra que las cosas siempre pueden ser de otro modo. “A Day in the Life”, The Beatles. Con esto no quiero decir que no sea real una explicación, una confesión ni que carezca de verdad. Sino tal vez apunto a que las intuiciones son como excursiones de las que uno no sabe si regresará o como. Y que a veces el sentido es como atar algo con alambre, unas guirnaldas luminosas. Lindas, sí, claro. Pero lo valioso fue conectar dos cosas aparentemente disímiles. Una vez que lo hiciste en tu cabeza es como que la reconstrucción lógica es para que los demás no te retiren el saludo, pero vos de algún modo ya estuviste ahí, como en una escena shakespereana. Keith Richards decía que muchas veces componía borracho y que a la mañana cuando despertaba su grabador lo sorprendía con canciones nuevas. Había dejado grabando toda la noche. El sentido como hilo de Ariadna. Al mismo tiempo tal vez haya el reconocimiento de algo fascista en esta visión, porque son como viajes en un carro minero por una mina que en vez de oro tiene hectáreas y hectáreas de árboles. Uno se encuentra ahí con la fascinación de un niño. Y es libre ahí, quizás. Lo veo más vinculado al poeta, o al oficio de escritor. El periodismo es otra cosa. Y ahí el sentido es el santo grial. Pero bueno, de alguna manera fuimos de A hasta Z. Aún seguimos en la cueva. Solo alcanzamos a ver las luces de una fiesta privada. Tal vez lo que cambie entre las disciplinas sea la forma de traducir esas luces.
–¿Qué cosas te irritan?
–Las personas sin sentido del humor. Los muros, las camionetas 4x4, los perezosos, los timoratos, los que miran por la rendija de la persiana y al escuchar el ruido doloroso del mundo terminan de bajar las persianas. Los célibes, los que viven con el dedo duro, los que odian a los perros. Las personas sin sentido del humor.
–¿Te considerás una persona narcisita?
–Todo escritor es un narciso.
–¿Cuál pensás que es tu defecto principal?
–La honestidad en momentos en que sería preferible callar.
–¿Cuál es tu mayor miedo?
–La muerte de mi hija y la de mis seres más queridos.
–¿Qué cosas te entristecen?
–Darte cuenta de que te equivocaste y lastimaste a alguien que querías.
–¿Rencores?
–Tengo una libreta reservada para mis enemigos públicos, y otra para los más íntimos.
–¿Principal ocupación?
–Mirar películas de cine mudo.
–Recuerdo la nota sobre cine mudo que publicaste en Magonia donde decías que los mejores recuerdos de la vida, los más emocionantes, corresponden a películas. Y toda esa diatriba en contra de Chaplin. Lo acusabas de vanidoso porque siempre hacía el papel de pobrecito. Un protagónico absoluto. También escribiste Splapstick latitudes, un ensayo en el que te centrás en Mack Sennett pero donde también traficás tus ideas sobre la Commedia dell’arte, el vaudeville, The Three Stooges y Harpo Marx. ¿Le queda al mundo algo del espíritu del clown? ¿O del misterio de la  inexpresividad de Buster Keaton solo va a quedar un GIF? ¿Todavía podemos salvarnos con el humor del cine mudo?
– Si le queda al mundo algo del espíritu del clown, no lo sé. Quizá persista algo del espíritu del trovador, el viajero itinerante que va de pueblo en pueblo con su valija. No sé si es cierto, pero al menos me gusta pensar que es así. Chaplin es uno de los grandes. En esa época estaba enojado contra un sector de la crítica y sus alabanzas estériles, como lamiendo el bronce frío del pedestal. Fue más una reacción a una actitud que algo premeditado contra los protagónicos de Chaplin. Tengo sus películas. Y, aunque a veces me resulta que aparece demasiado en los filmes, no se puede negar su genio. Lo que está pasando con el humor es triste. Ahora se ven en todas esas páginas de internet, o por las redes, todos esos grupos de personas que desde sus casas inician videos o retocan fotos para darse un aire irreverente, o hacer un guiño irónico sobre algún tema candente. Son todas posturas que no llegan a nada. Ese humor no solo no es revolucionario, sino todo lo contrario. Es servicial a cierta casta del poder. Es un humor claramente apuntado a reforzar prejuicios. Stieg Larsson se quejaba de que la mayoría de los periodistas de investigación suecos se estaban vendiendo a los grandes multimedias, y a sus intereses. En el humor es lo mismo, cómo hacer humor irreverente cuando tu espectáculo tiene sponsors, o depende de algún monstruo de las comunicaciones. Creo que Los Simpsons quedaron asociados a una forma de humor inteligente. Pero cuanto todos se empezaron a aprender los chistes de memoria y las temporadas empezaron a ser verdaderamente temporadas del infierno, por su repetición al infinito, tipo hamburguesas, bueno, me pregunto hasta qué punto puede ser inteligente eso. Todo el humor físico, los gags, los tiempos del cine mudo está provisto de componentes de improvisación, su fuente es lo espontáneo. El humor siempre es una fuente de vitalidad y juventud absoluta, pero me da la sensación que están intentando domarlo y alejarlo de lo circense. Quizá un desafío sea mantenerse alerta y al margen. Vigilar cuánto nos cobran mientras estamos parados y desconfiar de los payasos que hablan seriamente.



Tomado de: Sélitex, AÑO IV, n°38, mayo 2020
Traducción: N. Christie

6.1.15

Yo sé por qué Bret Easton Ellis odia a David Foster Wallace, por Gerald Howard




Edité a ambos autores cuando estaban empezando y puedo atestiguar que la enemistad entre los dos viene de hace décadas


El mundo literario sabe que Bret Easton Ellis se enfrentó al apogeo de David Foster Wallace el otro día en Twitter, llevado por una ira tartamudeante y serial por su lectura de la recientemente publicada biografía de Wallace de D. T. Max,Toda historia de amor es una historia de fantasmas. Algunos podrían decir que Ellis está siendo excepcionalmente hostil y poco generoso en torno a un trágicamente atormentado escritor quien, habiéndose ahorcado a sí mismo, no está en posición de defenderse. Se lo marqué a Bret conociéndolo y no estoy en posición de ser moralista. Ahora bien, estoy en la posición única de haber publicado ambos fenomenalmente talentosos y opuestos escritores en el momento en el que estaban empezando y creo conocer algunas cosas que están por debajo del resentimiento explosivo de Bret Easton Ellis.

Era un joven editor en PenguinBooks en 1985 cuando recibí las pruebas de imprenta de Menos que cero de Simon and Schuster para considerar una reimpresión. Ya lo había visto a Bret Ellis en un panel de PEN hablando sobre la influencia de los 60’s en la ficción contemporánea y fui gratamente conducido por su impávida y seca elocuencia, todo un refrescante contraste con las decepcionantes devociones izquierdistas que usualmente circulan en esos cónclaves. Amé Menos que cero. Simplemente la amé. Encontré ecos de Didion y Antonioni y Nathanael West y pensé que era un logro perturbador en la California neonihilista y un presagio de algo muy siniestro desarrollándose en la cultura de ese tiempo. Al principio, fuimos por una tirada de tapa blanda, el libro se volvió una sensación y un bestseller en la edición de tapa dura y, eventualmente, pagamos 99.000 dólares por los derechos en un remate, en ese tiempo una suma impactante para una primera novela. Un año después la publicamos en nuestra serie de Ficción Americana Contemporánea y también se volvió un bestseller. Mientras tanto, Bret estaba siendo agrupado por la prensa literaria con JayMcInerney y Tama Janowitzcomo uno más dentro del Brat Pack literario que encontró su tema en los jóvenes y en los desperdicios de las rondas drogadictas de la vida nocturna de ambas costas. Lo que no estaba enteramente mal, pero dejaba de lado las reales diferencias entre esos tres escritores instalando entre ellos una reacción violenta y desagradable.

En 1986, ni bien publicamos la edición de Menos que cero, el manuscrito de la primera novela de David Foster Wallace, La escoba del sistema, apareció en mi escritorio. (Eso es lo que los manuscritos hacen, aparecer en los escritorios, no en las casillas de correos). Y también la amé. Simplemente la amé. Pero por muy diferentes razones, por supuesto. Acá, en lo alto de una corriente de minimalismo norteamericano, y en un contraste distinto al de las novelas sórdidas de Ellis y McInerney y Janowitz, era grande, inteligentemente retomaba las novelas imperiales de los grandes blancos posmodernos, Barth y Coover y Gaddis y DeLillo y especialmente Pynchon, todos escritores con los que me formé como lector. Bueno, ¿qué tenemos acá?, pensé. Entonces registré el libro, hice lo más que pude para editarlo, (podés leer sobre la inutilidad de la empresa en la biografía de Max), y la publicamos como un original de la serie Ficción Contemporánea Norteamericana. Las reseñas fueron más de lo que se podría haber esperado por una primera novela, y muchas de ellas, trazaban una profunda diferencia entre la hiperinteligencia de Wallace y el acercamiento maximalista de la obra de los Brat Packers quienes ya estaban recibiendo un azote crítico. Siendo Bret Ellis uno de esos autores que está pendiente de todo, esas comparaciones ingratas no hubieran escapado su atención. El anschluss llegó con la publicación de su subestimada segunda novela, Las leyes de la atracción, que también reimprimiríamos en Penguin a pesar de una cascada de desaprobaciones.

A finales de 1988 me mudé de Penguin a W W Norton, llevando conmigo el segundo libro de David, la colección de relatos La niña del pelo raro, que Penguin se negó a publicar por razones legales. (Larga historia.) El título de la obra, sobre un grupo de punks de Los Ángeles que descontrolan un concierto de Keith Jarret, me hizo pensar en una obvia y exacta parodia al tono desafectado de Bret Ellis y a su temática y se lo dije. David, siempre tramposo sobre sus influencias (apenas admitía haber leído Pynchon), negaba haber leído alguna vez algo de la obra de Bret, una mentira obvia que dejé pasar. Aunque estoy seguro que a Bret le molestó la noticia cuando se publicó el libro.

Era eso: dos jóvenes escritores de moda (perdón) de casi la misma edad, enormemente diferentes en temperamento y estilo, habitando el mismo multitudinario círculo literario y acompañandosu arrojo mutuo. Sé que David envidiaba la destreza con la que Bret Ellis y su grupo de colegas llevaban los desafíos de su carrera literaria y se castigaba a sí mismo por esa envidia. Ambos pelearon fuerte y exitosamente en sus batallas en contra del alcoholismo y el abuso de sustancias.  (Los vi a los dos en distintas circunstancias tomar muchos tragos en un tiempo asombrosamente corto, oh, oh). Los dos surgieron al publicar novelas que agitaron el avispero cultural. Psicópata Americano, una puesta macabra que amplificó cada cliché de la escoria de la cultura yuppie al grado del gran guiñol, creando una tormenta de fuego cuando la “mentalidad literal” (de los que hay muchos) se equivocaron al recibir la broma. La broma infinita transforma los tormentos personales en un vasto diagnóstico metaficcional de nuestra adornada condición de entorno cultural, y raramente sonaron las primeras notas de una pregunta por una sincera ironía libre que se volvió una regla de estilo en la generación de David y en las que lo sucedieron.

Por el momento, el estilo de Wallace domina y eso es lo que vuelve loco a Bret Easton Ellis. El comienzo del discurso de graduación de David en el  Kenyon College, “Esto es agua” asumió el estatuto de manifiesto y de declaración última. Pero, un hijo de la posguerra con  el alma marcada como yo, no lo compra como una guía para el comportamiento correcto. Se siente incómodamente cerca a esos libros de afirmaciones, sin duda inspirados pero de empresa cuestionable cuando la materia difícil llega. Realmente creo que David fue el escritor más fino de su generación, pero su modo de vida ingenuo pareciera colapsar al primer impacto de las dificultades implacables de la vida. Era necesaria una inyección de Montaigne y Marco Aurelio.

Encuentro a Bret Ellis pícaro, cínico, frágil, salvajemente desilusionado con una mirada curiosamente refrescante del mundo. Es el Loki o el Trickster del mundo literario (o quizás el Lou Reed), clavando palos afilados en nuestros ojos y desafiándonos si pudiéramos entenderlo. Hacele frente a eso. En una cultura que tiene la frase “¡Buen trabajo!” en rotación permanente, él parece decir, una y otra vez: “¿Me estás jodiendo?”. Es incorregible, no es un buen tipo, a él no le importa ser una mejor persona, de ninguna manera está buscando tu aprobación. Bien por él. Algún universitario valiente debería pedirle un discurso de graduación.

De todos modos, me considero ridículamente afortunado de haber estado en los comienzos de estas dos pujantes carreras literarias. Dos historias extrañamente gemelas que aparentemente tienen todavía algunas vueltas pendientes entre sí.




Traducción: Marco Castagna y Javier Fernández Paupy

11.2.08

Bret Easton Ellis - American Stoner

Drogón americano




En 1985, a los 21 años, Bret Easton Ellis publicó su primera novela, Menos que cero. La novela, que trataba sobre adolescentes ricos y decadentes de Beverly Hills, se convirtió en un bestseller nacional, en una película de Hollywood, y fue traducida a 20 idiomas. Ellis continuó con Las leyes de la atracción, publicada en 1987, nuevamente sobre estudiantes ricos y decadentes inscriptos en la famosa Bennington Collage de Vermont. Pero fue Psicópata americano en la década de los 90, novela sobre un millonario de Wall Street que llevaba una vida secreta de fumador de crack y que quemaba los globos oculares de las mujeres, que canonizó a Ellis en la historia de la literatura. El controvertido libro ha sido llevado al cine. Su última obra, Glamorama, es sobre Victor Ward, un supermodelo perseguido por terroristas internacionales. Esta entrevista se realizó en Manhattan, donde vive Ellis.


HIGH TIMES: ¿Cuándo empezaste a escribir lo que llamarías escritura seria?
Bret Easton Ellis: ¿Escritura seria? Diría que fue cuando escribí mi primer libro, en 1978, cuando tenía 14 años. Trataba sobre un chico que tenía que conseguir un trabajo para las vacaciones, en lugar de ir a la escuela de verano, porque sus notas eran muy malas. Yo tenía que ir a la escuela de verano todo el tiempo porque mis notas eran pésimas. En el verano de 1978 tendría que haber ido a la escuela de verano, pero mis hermanas entraron en mi habitación y encontraron un poco de porro. Eran mucho más chicas que yo y dijeron: “Mamá, ¿qué es esto? Papá, ¿qué es esto?”. Mis padres lo vieron y me vinieron a decir: “No vas a ir a la escuela de verano, sos un vago, un maleducado, un malacostumbrado. Vas a conseguir un trabajo y vas a dejar de fumar porro”. Así que me mandaron a lo de mi abuelo, que dirigía algunos hoteles sucios en Nevada. Fui a trabajar como cajero en la cafetería de uno de los hoteles. En realidad no dejé de fumar porro, pero probablemente me haya hecho ser una mejor persona en cierto modo. Esa fue la primera novela que escribí. Se basaba en ese verano.

¿Cómo describirías tu vida después de Menos que cero?
Rara. Trabajé en Menos que cero mientras estudiaba en la Universidad. Mi vida en Los Ángeles, en realidad, no se parecía de ninguna forma a la vida plasmada en la novela. Nací en una bonita familia de clase media. Viví en el Valle de San Fernando, no en Beverly Hills, no me crié en Bel Air. Fui a escuelas privadas, mientras que la mayoría de los chicos que retraté en Menos que cero vivían en casas grandes sobre las colinas, y sus padres trabajaban en la industria del cine. Pero Menos que cero no es una novela autobiográfica –no hay una sola escena en el libro, ni una sola línea de diálogo, ni siquiera un personaje que yo pueda señalar en el libro y decir: “Sí, ese soy yo, esa es mi vida”.
Había escrito tres novelas antes que Menos que cero. Ninguna de ellas fue publicada. Menos que cero trataba verdaderamente acerca de mis sentimientos sobre mi generación y sobre los Estados Unidos en general, los años de Reagan, y qué tipo de persona producía esto y toda esa pasividad. Eso es lo que realmente me interesaba. No me interesaba escribir una novela autobiográfica sobre mi vida en Los Ángeles. Fue una juventud sencilla. Estuvo bien.

Dejaste el calor del Sur de California por el frío de la Bennington College de Vermont. ¿Cómo fue ese cambio para vos?
Fue un gran alivio dejar Los Ángeles y conocer gente de mi edad que estaba leyendo libros y querían ser pintores, artistas o músicos. La mayoría de las personas que conocía del secundario sólo querían meterse automáticamente en la industria del cine. Mi vida realmente cambió en lo que se refiere a conocer gente con la cual sentía algún tipo de conexión. Bennington era realmente fascinante. Fue antes del SIDA, antes del “Just Say No” [sólo diga no]. Eran tiempos ciertamente muy liberales y a la vez muy inocentes al compararlos con la década del 90. Siempre pensé que fue inquietante y decadente, pero en realidad no lo era. Fueron los últimos días libres de preocupación.

Mucha gente compara la escena de Bennington de la década del 80 con Woodstock –gente corriendo desnuda, fumando porro, orgías. ¿Fue real o es una exageración?
No, no es una exageración. Pero tenés que tener en cuenta que la edad para consumir alcohol no se había aumentado –todavía era 18– y no había guardias de seguridad en las fiestas. Las fiestas “vestidos para relajarse” me impactaron la primera vez que fui a una, no podía creer la desnudez y el sexo público. De 1982 a 1985 no creo haber visto un solo preservativo en el campus. Eran otros tiempos.

¿Cómo era el ambiente de la droga?
Siempre fue marihuana en Bennington, pero también había anfetaminas y cocaína, especialmente durante el semestre en que estuve ahí. El campus entero estaba cautivado por un individuo que hacía anfetaminas en uno de los dormitorios. Ese semestre completo todos estaban en esa. Pero casi siempre un grupo sofisticado y no una banda de chicos volviéndose locos. No quiero llamar a nadie un drogadicto inteligente y que suene como un oxímoron. Pero es verdad; es decir, había muchos drogadictos inteligentes en Bennington. En realidad, nunca se les fue de las manos. Nunca interfirió en sus vidas. Nunca tuvieron que hacer rehabilitación ni los echaron del campus. Pienso que la gente estaba un poco asustada para comprender cuán sofisticados eran esas personas.

¿Es verdad que escribiste Menos que cero en ocho semanas bajo los efectos de la metanfetamina cristalizada?
Sí, es verdad.

¿Podés describirlo?
La gente no se da cuenta de que escribí Menos que cero bajo los efectos de la metanfetamina cristalizada, pero el borrador tenía mil páginas, completamente ilegibles, y eran una mierda. Por lo que la metanfetamina cristalizada me hizo escribir una novela de mil páginas con interlineado simple, que en rigor sólo necesitaba doscientas páginas, la longitud con la que fue publicada. Me tomó de dos años y medio a tres años de escritura, en estado sobrio, completar ese libro. Nunca fui un gran consumidor de drogas al escribir. La última vez que las usé fue en Miami hace cinco o seis años, y había estado despierto hasta tarde, con gente, de fiesta. Volví a mi habitación de hotel y escribí durante dos horas y después me fui a dormir; miré lo que había escrito a la mañana siguiente y era horrible. Verdaderamente siempre lo es. Es tan difícil escribir bien, incluso cuando estás concentrado y sobrio, que drogado pareciera un imposible.

Algunas partes de Psicópata americano, en especial ciertas escenas violentas, parecen inducidas por la droga.
El hecho de que lo haya escrito sobrio no necesariamente significa que ese haya sido un período sobrio o libre de drogas. Estaba bastante compartido. Me podía despertar, trabajar en el libro, y pasar una noche realmente agitada. Mi cuerpo podía procesarlo mejor, debido a que escribí ese libro entre mis 23 y 26 años, y podía mantenerme despierto toda la noche y trabajar a la mañana siguiente; en cambio ahora ya no es más una posibilidad real para mí. Pero durante los años que la escribí definitivamente hubo mucho consumo de cocaína.

¿Es por eso que el personaje principal es tan egoísta?
[Risas] La cocaína es una droga muy egoísta, te vuelve paranoico y tiende a alienarte. Pero yo siempre me sorprendo cuando me entero de que alguien termina en rehabilitación, cuando la gente no conoce o no puede establecer sus límites. Es como comer o beber –uno sabe cuando ya comió o bebió suficiente, y tiene una especie de autocontrol para decir: “Bueno, nunca voy a drogarme tanto como para no poder volver a drogarme”.
Hay un punto en el que se puede decir que no y esperar una semana o lo que sea. No me parece tan difícil incorporarlo a la tela de la vida.

¿Qué pensás que provocó la reacción brutal después de la publicación de Psicópata americano? ¿Fue sólo la violencia?
Definitivamente fue la violencia. Eso empezó todo el asunto. Pero la gente tiende a olvidarse que al crítico establishment norteamericano, o a la prensa o a los guardianes de la cultura nunca les gustó mi trabajo. Pareciera que todos creen que a los críticos y a la prensa les encantó Menos que cero cuando se publicó, sin embargo, yo recuerdo otra cosa. Cerca de la mitad de las reseñas eran muy duras y negativas, y presentaban sospechas acerca de dónde había salido este Bret Easton Ellis. Criticaron la chatura del tono, mi prosa minimalista. Y continuó en mi próximo libro, Las leyes de la atracción, que fue despiadadamente basureado. Después vino Psicópata americano, una continuación de esta teoría de estilo de cuatrocientas páginas, en la que hay cinco o seis páginas increíblemente descriptivas. Ahora miro hacia atrás y creo debería haberme dado cuenta. Pero realmente no pensé que la gente iba a notar eso. Creí que la gente vería el humor, la sátira y los demás elementos del libro. De algún modo creí que la violencia distraía mucho a la gente. Quizás si la hubiera suavizado, nada de esto hubiera pasado, el libro no hubiera tenido la reputación que tuvo. No puedo volver el tiempo atrás y hacer algo para cambiarlo, pero hay una parte de mi que piensa que quizás fui demasiado lejos.

Hablemos de Glamorama. ¿Qué hizo que eligieras este tema?
Con frecuencia el tema te elige a vos. No tengo interés en el mundo de la moda. En realidad, no tenía interés en los modelos. Tengo interés en escribir sobre una teoría de la conspiración. Estaba muy interesado en las conspiraciones y quería escribir sobre ese tema. Y lo que despegó de ahí fue la idea de que hubiera terroristas involucrados en esa conspiración. Entonces, ¿quién estaría involucrado en la conspiración? Bueno, vino a mi mente Victor Ward, un personaje de Las leyes de la atracción. Y pensé: ¿qué estaría haciendo ahora?, y luego pensé: estaría viviendo en Nueva York, probablemente saliendo con supermodelos y frecuentando ese escenario nocturno. Fue ahí cuando empezó a tomar forma el tema de la moda. Después se me ocurrió la idea de los terroristas utilizando un mundo donde todo es la superficie y la imagen como una pantalla para cometer sus actos, y todo se articuló.

Con respecto a los personajes de Glamorama, todo tiene que ver con las presiones de verse bien y con ser glamoroso.
Lo que como sociedad y cultura consideramos importante y valioso son generalmente las cosas que no tenemos. Todo tiene que ver con lo inconseguible. De eso se trata la cultura de la moda y de las celebridades. Y creo que de cierta forma eso impone enormes cargas a la gente, los hace desesperarse mucho y creo que, de algún modo, las drogas son una puerta de entrada para sentirse diferente, para sentirse bien. Quizás si nuestra sociedad fuera más utópica e invirtiera nuestras necesidades con algún significado, las cosas serían diferentes. Pero nuestra sociedad está constantemente trabajando en contra de nosotros y de nuestras necesidades como animales físicos. Es eso lo que pensaba con respecto a los personajes que se drogan.

Cuando hablás de drogas, ¿hacés una diferencia entre el porro y las drogas duras?
Debido a que muchas de las personas que conozco, incluso yo, generalmente, fuman porro, en realidad no me doy cuenta. Podés ir a muchos lugares en Manhatan donde se puede encender un porro en un bar y nadie dice nada. Se huele constantemente en las calles. Parece que está la idea de no considerarla una droga dura porque es de consumo muy amplio. Es una parte más de la tela de la cultura. Ya no se iguala a la marihuana con otras drogas. Y no creo que la gente realmente haga la asociación con el uso recreativo del porro que sí hacen con otras drogas, especialmente no ahora que todos hablan del uso medicinal de la marihuana. No entiendo esa estafa. ¿En contra de qué están? Creo que, en pocas palabras, el argumento de la estafa es que todos se van a colocar con porro, todo el tiempo, y causarán problemas sociales.

Bien, hay una teoría sobre la puerta de entrada, que un estudio gubernamental dijo que no es verdad.
No creo en eso tampoco. No sólo es el alcohol la puerta de entrada a las drogas, sino que creo que es la puerta de entrada a las drogas.

¿Dirías que sos un fumador ocasional o diario?
Si está cerca, está cerca. Miralo de esta forma: no tengo dealer. No compro grandes cantidades pero tengo amigos que lo hacen. Si vivís en cualquiera de las grandes ciudades y tenés cierta edad, tenés amigos que fuman porro. Y no es algo de lo que todos obligatoriamente se horroricen. Hay una característica casual que mucha gente necesariamente no nota. No es una característica sobresaliente de sus vidas. Diría que mi hábito es bastante medido, como el de mucha gente de la ciudad relacionada al mundo de las publicaciones. Sin embargo hay todavía un cierto grado de temor acerca de las drogas y de la gente que las consumen, al que considero ridículo.

¿Qué son las drogas duras?
Hace un par de años experimenté con la heroína. La heroína, en mi generación, había sido tan endemoniada que, la primera vez que la vi en una fiesta, me asusté mucho, ni siquiera se la estaban inyectando, sino que la aspiraban. Pero me interesó probarla. Como escritor, siempre sentí que hay que probarlo todo, experimentar todo lo que se pueda. Esa podría ser una simple excusa para no acostarse con nadie y drogarse a gusto, pero una parte de mí todavía cree en eso. Así que lo hice con alguien muy cuidadoso, el clima era ideal. Pero te voy a decir algo: al final la heroína liquida entre el ochenta y el noventa por ciento de sus consumidores. Te come, es algo que no se puede controlar de la misma manera en que se puede controlar la marihuana, las pastillas o los alucinógenos.

¿Qué tenés para decir de los alucinógenos?
Mi experiencia con los alucinógenos es bastante escasa, pero también significativa. La primera vez que tomé ácido fue con mi compañero de cuarto de la universidad. Él era hippie; yo, no. Yo era, vergonzosamente, un idiota de la nueva onda de Los Ángeles. Mi parte de la habitación era por completo del estilo elegante y minimalista del gigoló americano. Él tenía posters de Dead y usaba una bincha en la cabeza. No entiendo por qué nos pusieron juntos. Peleábamos constante y amargadamente. Parecía un episodio de I Love Lucy[1]. Pusimos una cinta a lo largo de la habitación, y ninguno de los dos podía cruzarla. Sus amigos venían y se comportaban como hippies. Ellos tocaban temas de Dead, fumaban porro, mientras que mis amigos escuchaban Duran Duran; era una combinación realmente horrible.
Finalmente una noche dijo que deberíamos hacernos amigos, y yo accedí. “¿Por qué no tomás un poco de ácido conmigo?”, y le contesté: “Me encantaría pero tengo que ir a cenar y a ver una película, así que dámelo y lo tomo”. Se llamaba dragón azul, me dio una dosis y no pasó nada. Le dije: “Soy un tipo grande; dame otra”.
En ese momento, pensaba que el ácido era un mito y, por supuesto, cuarenta y cinco minutos más tarde, seis chicos me sacaron riéndome histéricamente del cine. Después empecé a viajar intensamente. Un mal viaje. Las visiones, los sonidos, creí haber visto al diablo, bla, bla, bla. Recuerdo haberme alejado corriendo de mis amigos que sabían lo que me estaba pasando y me lo querían explicar. Me fui y corrí hasta la habitación de mi mejor amigo. Abrí la puerta de su habitación y salté la cama gritando: “¡AYUDAME AYUDAME –ESTOY DE TRIP!”. No hubo nada más que silencio en la habitación. Entonces, me miró y dijo: “Bret, estos son mi papá y mi mamá; me vinieron a visitar el fin de semana. ¿Podemos hablar de esto más tarde?”.




[1] I love Lucy: Sitcom (comedia serial norteamericana de media hora de duración). Lucy es Lucille Ball, su marido, tanto en la ficción como en la realidad, era cubano.




Bret Easton Ellis entrevistado por Toby Rogers. En High Times, August, 1999, nº 288, New York.


Traducción: Flavia Cogliano Jalabert y Javier Fernández Paupy