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20.10.24

Escribir para entender, por Matías Raia

 

Presentación de Que te guarden sin los evangelios, de Nadia Gómez (Palabras amarillas, 2024)

Las primeras escenas de este libro son terribles y cinematográficas. Un nene sigue las huellas de una bicicleta, va buscando a alguien junto a unas mujeres; él entra primero a la casa y se queda petrificado, y se caga encima, y la música “dijeron que… estaba al tope para encubrir los gritos”. ¿Qué vio el nene? ¿Por qué lo sacaron luego a rastras porque “eso no se podía ver”? ¿Cómo se describe lo indescriptible o lo que preferiríamos no ver? En la escena siguiente la narración lo pone rápidamente en palabras, “La nena apareció ahorcada en un baño en suite” pero el foco no es, todavía, el crimen sino el espacio, la mansión en medio de la villa, el lugar del crimen y la turbamulta que llega a buscar al culpable. “Querían hacer justicia por mano propia”. La gente, los vecinos (luego sabremos que no son solo la gente, los vecinos, sino también los villeros) entran a la casa donde fue encontrada la nena y rompen, destrozan, roban. Dice la voz que narra el relato que descargaban “no solo el enojo y la impotencia por la suerte de esa nena sino además por su propia suerte”. Hacia el final de esta segunda escena, la violación y muerte de la nena se transmuta en la queja de la dueña de la casa y la reivindicación de la propiedad privada: “Yo me pregunto, nos pregunto, por ejemplo, la vida tiene un valor, pero la propiedad privada no la tiene. Una que pagó el lote, que paga los impuestos es una infeliz”. Y ahí, en esa transmutación, en ese deslizamiento, aparece la pregunta: ¿no estábamos por leer una novela sobre la violación y el asesinato de una nena? Y ahí comienza a entrar el ruido, el barullo.

 

Los hechos, los hechos, los hechos. Sí. Pero sobre todo las voces, las voces, las voces. ¿Cómo se narra el horror? ¿Cómo se narra el horror condensado en un acto? ¿Qué palabras tiene la literatura, la crónica, la poesía para descender a la oscuridad? En estas páginas, Nadia se abisma en un caso de pedofilia y asesinato que ocurrió en la localidad de Junín en el año 2018. Se fascina Nadia, se obsesiona, se interroga: “Fue en ese momento cuando formulé abiertamente la pregunta: ¿Cómo es la cabeza de alguien que viola a una criatura?”. A lo Truman Capote, viaja con su pareja y su hijo a Junín, entrevista a testigos y a personas vinculadas al caso (por ejemplo, a la dueña de la casa, Angélica de Quadrelli; al fiscal de la causa), mira el juicio en vivo y en directo, escudriña en la cara del acusado, Juan Carlos Vicalba. Todo eso si lo tomamos al pie de la letra; si leemos Que te guarden sin los evangelios como un texto periodístico, como una crónica realista. Pero no o no solo eso.

 

El relato que teje Nadia nos lleva hacia otras zonas menos estables, tan inestables como la psiquis de un pedófilo, los límites de una propiedad, la convivencia social, el entorno familiar, la justicia. Tan inestables como la mente y las imágenes y las palabras. En este libro, la reconstrucción del caso y sus alrededores entra en un terreno muy ambiguo donde la realidad y la ficción se confunden porque con el correr de las líneas no sabemos si los hechos perdieron el quicio y se volvieron delirio o si la fantasía se volvió cruda y real.

 

No por nada aparecerán los sueños, que no son informativos ni casuales. “El sueño no fue informativo ni casual. Piñón Fijo se abre el traje de payaso y viola a mi hija. Después se pierde entre la multitud pero sin la peluca roja, ni maquillaje, tiene cara de comisario, tiene cara de boxeador, tiene cara de padre de familia, tiene cara de conserje, tiene cara de diputado, tiene cara de guardavida. ¿Dónde estás, hijo de una camada de yeguas? Gritamos y gritamos pero es uno más entre todos los otros que caminan entre negocios. ¿Es ese que cruza hasta la panadería? ¿Es ese que descubrieron en Tolhuin? ¿Ese que trajo el chofer de la gobernación? ¿Es este de la foto tropical? Ahora estamos en un recital y la gente bebe y canta canciones de Charly. Todo es festejo. En un rincón nos viene a hablar un guante de látex y con una regla escolar mide los centímetros de la dilatación. El guante promete que hará que a la niña le nazcan colmillos en la vulva pero no llegamos a ver cómo hace eso ni si le llegan a nacer”. ¿Quién sueña? ¿Quién elige sus sueños? ¿Qué dicen los sueños sobre la realidad? ¿Aclaran o enturbian, se hacen eco o crean?

 

No por nada, también, las voces que se anunciaban al inicio estallan y abren la narración a la violencia de la palabra, como eco de la violencia de los hechos: “Si las madres dejaran de meter machos extraños en la cama, o pusieran más atención a los hijos que a los machos también se podrían prevenir las violaciones a las criaturas, pero últimamente a las minas les importa más un pene que un hijo, y así pasan las cosas por las putitas de las madres” y “¿Qué puede mover a un hombre a violentar a una criatura que no tiene apariencia sexualizada? En el caso de los violadores, dicen, que el goce está en la posesión y la negativa del otro. Con una criatura siempre es abuso, aunque ella tuviera comportamientos sexualizados… Suponete que la nenita se hiciera la linda y moviera el culo… de todas maneras, hay abuso porque es menor y porque tiene que ver con la capacidad del sujeto” y también “DON ALGUIEN dice: Te conozco mascarita. Andate a dormir que tu pobre cerebro está desorientado. Perpetua y trabajos forzados. Que se queme con una pala al rayo del sol. (…) DON ALGUIEN dice: Sí a la guerra, sí a armarse, sí a no pedirle piedad a un gorrita que venga a manosearte a tu familia. Ama, ama, a matar negro”.

 

El cut up barullero que registra Nadia alrededor de crimen de la nena produce una crisis entre lo real y lo ficcional: la violencia de los hechos se multiplica en la violencia de las palabras que intentan decir, interpretar, sentenciar. Cómo se nombra, con qué palabras se nombra. “Ahí donde hay un vacío y la lengua se traba en lo impensable”. El ruido es infernal y el suelo del sentido se desplaza: ¿dónde estamos parados cuando leemos la ristra de maldiciones, puteadas, conspiraciones y emociones que se generan entre los comentarios del juicio a Vicalba? ¿Qué podríamos concluir sobre la mente de un pedófilo y violador en este coro de voces inestable como un tanque vacío de gasolina? ¿Quién tiró el fósforo primero?

 

Nadia escribe para entender.

 

En ese sentido, Que te guarden sin los evangelios es un libro corajudo. Meterse con un caso de pedofilia; intentar pensar cómo piensa el violador de una niña; enchastrarse en las imágenes horribles y la pornografía más baja, en el discurso social y el barullo de las voces es un aceptar la fascinación y mirar el sol negro de frente (aunque no se pueda apagarlo).

 

En las últimas semanas, con otros lectores y lectoras nos acercamos a leer (porque decir “releer” sería impreciso y mentiroso, se trata de una novela que aún aguarda una lectura) Los reportajes de Félix Chaneton, de Carlos Correas, publicada en 1984. La primera nouvelle, titulada “Rodolfo Carrera: un problema moral”, explicita ese problema en un par de preguntas que acuciaban al personaje de Carrera: “¿Qué hacer en un mundo podrido hasta los huesos? ¿Cómo vivir en él?”. Que te guarden sin los evangelios de Nadia Gómez pudo haber sido escrito bajo las mismas preguntas, “¿Qué hacer en un mundo podrido hasta los huesos? ¿Cómo vivir en él?”. Al cerrar sus páginas, como lector, uno queda parado frente a ese problema moral (probablemente irresoluble, seguramente inevitable) y sin embargo, aceptar las preguntas y narrarlas, reconocer que existen, que están ahí acuciantes, no me parece poca cosa.

 

 

 

8.3.23

El verdadero problema de la droga, por Carlos Correas

 


He visto dos o tres goles soberbios de Maradona. Belleza y precisión conmovedoras. Me evoca a otro también sobrenatural futbolista: Adolfo Pedernera, a quien, a mis diez años, tuve la dicha de ver jugar. Tengo en mí, definitivamente, la imagen inverosímil de un hombre que apenas se movía en la cancha y que sin embargo estaba siempre al lado de la pelota. Se lo comenté a mi padre, que me había llevado a la cancha, y mi padre me dijo: «Ese jugador se llama Pedernera y lo que vos me comentás se llama tener colocación». Ahí, de Pedernera y de mi padre aprendí algo que es una parte de mi vida. Digo, entonces, que Maradona y Pedernera se corresponden en tanto futbolistas. Son casos para los que el lenguaje general y/o popular usa la voz «maestro». En cuanto al lumpencito que nació y se crió en Villa Fiorito y ahora jaranea en Punta del Este y tira dicharachos o balines en lugares de parranda, vistosidad y haraganeo, es normal. Eva Perón es análoga. Gardel, otro maestro, es también análogo. Nuestra sociedad, en su forma actual, los engendra. Todos somos responsables por ellos, tanto más que por nosotros mismos. Yo, profesor universitario de la UBA y de la UNR, los saludo. En lo referente a la droga que tomó o toma Maradona, lo respeto y allá él. Yo, durante décadas, fui adicto a la anfetamina. A base de esta experiencia me autorizo en enunciar que el verdadero problema no es la droga, sino la falta de droga. A saber, el verdadero problema para el adicto, que además es el único problema.


En revista Página/30, N°69 (Buenos Aires, abril de 1996)

Tomado de: Todas las noches escribo algo, Buenos Aires, Mansalva, 2021.

22.2.22

Un proyecto de vida, por Lucía Aguirre


Desde hace 20 años, Francisco Garamona viene elaborando una de las obras más sutiles y complejas de la poesía argentina. Apartado de modas y de gestos epocales, sus libros ya se cuentan por decenas, además de sus discos, películas y otros proyectos. Aprovechamos esta entrevista para hablar un poco de su mundo tan inquieto.

 

 

Vos que sos un hombre interesado en distintas disciplinas, ¿encontrás diferencias entre las artes?

La diferencia en el arte sería la del impulso, ya que no es el mismo que se utiliza para construir un pequeño poema o edificar una novela. Hay una araña que trepa por el árbol del lenguaje, que de lejos es invisible pero de cerca da miedo. La mano que hace una escultura es la misma que cava el foso en donde después será emplazada. Como dijo Rimbaud hace más de 150 años, “este es un siglo de manos”. A mí siempre me interesó expresarme de las formas más diversas. Cuando era niño soñaba ser un actor trágico que interpretase su muerte una y otra vez en la televisión, y ahora solo quiero vivir, porque la vida te va llevando, como un río que te arrastra y te deposita en una de sus orillas. La poesía, la música, la pintura, el cine, el teatro, la edición, ¿qué son sino pequeñas actividades del espíritu y participaciones en la vida?

 

A diferencia de El gusanito, mucho gusto, en el que recreaste composiciones de Jorge De la Vega y la orquestación despliega una sonoridad más relacionada con la música de los sesenta, o Los sentimientos, quizás tu disco más roquero, Hemisferio aparte da cuenta de un sonido más cercano al jazz. Canciones de una gran delicadeza en las que suenan trompetas, violines y guitarras eléctricas, además del piano y del contrabajo ¿Cómo concebiste el concepto de este nuevo disco?

Este disco salió sobre todo del deseo de hacer música y llenar el espacio de sonidos. La sonoridad del disco surge de un concepto que hicimos con Ulises Conti y Juan Ravioli, con la intención de darle más naturalidad a la música acústica, y hacer un disco de cámara con violas, violines, contrabajo, pianos. Un disco esencialmente acústico donde brillara la atmósfera de la canción. Alejarme un poco del rock e ir más hacia la música popular e incluso romántica. Canciones que son como fotografías de pequeños instantes. Es muy interesante ver como una canción va creciendo a medida que se le agregan capas de instrumentos, a partir de la colaboración de otras personas, con las que juntos encontramos su forma final. Contó con la participación de grandes músicos y músicas. Entre ellos Melingo, Juan Ravioli, Ulises Conti, Javier Maldonado, Noe Murier, Eugenia Brusa. También participó mi hija Clarisa. Quisimos hacer un disco coral, cantado por muchas personas, con muchas voces en cada canción y creo que lo logramos. Está editado por el sello Metamúsica y también se puede escuchar en garamona.bandcamp.com

 

¿Qué le pedís a una canción?

Que sea como un manto que cae sobre la vida, un momento, y la llena de intensidad, de frescura y de pasión. Además de tener una intención y un deseo de algo transferible, que pasa de mano en mano y continúa. Que la música refleja un momento espiritual y que a la vez sea un vehículo de liberación de la emoción.

 

Este año en tu editorial Mansalva, editaste algunos títulos que son parte esencial del canon de la literatura argentina. Libros como Todas las noches escribo algo, que compila los textos ensayísticos de Carlos Correas que estaban dispersos, o las conversaciones reunidas de Rodolfo Walsh, por ejemplo. ¿Cómo conviven los clásicos de la literatura nacional con la literatura emergente latinoamericana?

En Mansalva siempre quisimos tener un pie en la tradición y otro en el presente. Es así como confluyen Rodolfo Walsh con Mariela Gouric; Carlos Correas con Diego Meret; César Aira con I Acevedo. A la literatura de cerca se la puede ver como todos objetos en sí mismos pero al alejar un poco el lente nos damos cuenta de que es una fuente inacabable donde las partes sueltas conforman un todo. Esa es un poco, para mí, la tarea del editor. Traer al presente voces del pasado y del presente y hacer que esas voces estén más vigentes todavía. A veces me encuentro con personas que me dicen: Gracias por todos los libros que nos hiciste leer. Eso me sorprende. Sin darme cuenta con Mansalva colocamos muchos libros en los estantes infinitos de la literatura argentina. Me alegra encontrarme con esas manifestaciones de cariño que me hacen muy feliz.

 

Tu obra parece la de una persona incansable. Si no me equivoco, sos el poeta que más libros publicó en la Argentina. Más de 45 libros publicados, 7 discos, 3 documentales realizados. Tus últimos dos libro de poemas, Para siempre, editado por Iván Rosado, y Tener un amor, editado por Arroyo ediciones, dan cuenta de las variaciones y las constantes de tu obra. ¿Tenés algún plan en relación a tu obra?

A veces me sorprendo viendo la cantidad de libros que publiqué. Aunque cuando empecé a hacerlo era difícil porque no abundaban las editoriales independientes. Pero tuve suerte. Mis primeros libros fueron acogidos muy generosamente por Daniel Durand en ediciones del Diego que fue una editorial muy importante de la década de los noventa y los primeros dos mil. Creo que escribí para vivir mis sueños y para alejar mis pesadillas, que a veces son la misma cosa, ¿no? Aunque ahora, a veces, me pregunto el porqué de tanta escritura y proliferación y no sé qué responderme.

 

¿Tenés algún proyecto de escritura?

Ahora estoy terminando mi primera novela y en vez de escribirla, nos juntamos con mi editor, Javier Fernández Paupy, y se la dicto. Cierro los ojos y la acción bajo mis párpados comienza. A veces es graciosa y a veces es tristísima. Yo que soy un hombre de la poesía, a veces me sorprendo de todo lo que hay que hacer para construir un lienzo narrativo.

 

En la película Tertulia N° 250, de Mariano Galperín, se muestra la escena literaria que rodea a la editorial Mansalva y cómo tu librería La Internacional argentina, la editorial y lxs autores y artistas allegados conforman un salón literario contemporáneo. ¿Cómo cambió con la pandemia ese modo de relacionarse?

Es un registro de época y también una fiesta, un documental sobre literatura. Tiene muchas facetas. Pero lo más importante es que es muy divertida. Es una película que habla de la amistad, los sentimientos y la aventura. Participan muchos amigos y amigas. Esa película es casi un registro de otra época, con otros modos de intercambios humanos. Es un testimonio de cómo era la vida antes de todo lo que nos pasó.

 

¿Seguís pensando que la poesía tiene que ser trangénero?

Sí, sigo pensando lo mismo. Porque para hablar de las cosas hay que convertirse un poco en las mismas cosas. Hace poco, Marta Delfino, en un artículo crítico, escribió que mi poesía era neo gótica. Me sorprendió.

 

¿Cómo te encontrás con esa definición de poesía neogótica?

Encuentro que se puede ser neogótico en el corazón aún usando camisas hawaianas.

 

¿El arte tiene secretos?

Sí, muchos. Pero no voy a ser yo quien los devele. Me gusta que la obra de arte se oculte y se reste un poco del mundo para darnos la ilusión, al llegar a ella, de que somos sus descubridores.

 

Tomado de: Infobae Cultura/ 24 de Noviembre de 2021


12.8.21

Literatura del escándalo, por Javier Fernández Paupy

 

Todas las noches escribo algo (Mansalva, 2021), libro póstumo de Carlos Correas, se lee como una autobiografía o, por lo menos, da cuenta minuciosa de la vida de un autor inigualable. En este tomo están los elementos para descifrar su obra con más perspectiva. La época en la que vivió, sus lecturas, su derrotero en el universo revisteril de su tiempo, la aventura y el conocimiento de un querer citadino, su soledad, su sexualidad, su afición al diario como un registro y trabajo sobre sí mismo, la práctica de la autobiografía novelada, su amistad con Masotta, sus lecturas de Sartre, Arlt y Borges, sus traducciones de Kafka, Kant, Kierkegaard. Es un contrapunto único para entender la obra de Correas. Compilado por Jorge Quiroga y Federico Barea, el libro está divido en seis apartados. Asistimos a una disección temática de la obra de Carlos Correas.

La literatura de Correas apunta en contra del aburguesamiento. «La literatura agoniza por exceso de críticos» anotaba a sus veintidós años, cuando reseñaba una novela de Valentín Fernando para la revista de Héctor Murena, Las ciento y una. En esa nota que hoy se lee como un manifiesto, el joven Correas proponía su programa de escritura en contra de una literatura anodina: «
Nuestra tarea de escritores debe abarcar la totalidad sintéticamente. Nuestras obras deben asustar, crear dolores de cabeza, preocupar, ponerlo todo en cuestión. Es, por supuesto, una literatura del escándalo. Una literatura de suicidas para suicidas. Podríamos decir, que la nuestra tiene que ser una literatura homeopática, es decir, que cure los males con los males mismos. Y debemos hacerla con todo rigor, inflexiblemente, sin pedir ni dar tregua ya que no tenemos otra manera de amar a nuestro público y este es nuestra única esperanza».

En este libro vemos la transformación de la mirada de un autor. Desde esos textos tempranos y belicosos, al aplomo minucioso y mordaz con el que desacredita malas traducciones, hace exégesis de distintas versiones de traducciones de Marx, elogia casos aislados como la traducción incompleta de El idiota de la familia que hizo Patricio Canto.
Correas se burla de traductores a los que define de “garruleros y botarates”. Con gracejo destruye la impericia de las malas traducciones y de los divulgadores de mala estofa. Así, anota: «La traducción de Manuel Lamana, en 1963, de la Critique de la raison dialectique (edición francesa de 1960), para Editorial Losada, es execrable y sólo puede llevar al lector a la idiotez». También dice con desacato: «De Ruggiero sufre de pereza mental y confusionismo y ramplonería y se desliza al inevitable parasitismo que brota “como hongos” en todo movimiento filosófico que cobra influjo espiritual». Agresión, ironía, burla, sentido profundo, talento.

Para mí, Correas es el heredero absoluto de Roberto Arlt. Carlos Correas es un escritor del futuro. Y las generaciones venideras lo van a seguir descubriendo. Van a encontrar la fuerza y la precisión de su escritura para dar cuenta y reponer las condiciones materiales de una época y su mirada singular de la vida. En una entrevista con Jorge Quiroga, Correas dice sobre Arlt:
«Desde y por Arlt sabemos que hasta ahora no hay cultura argentina posible si no comienza ejerciéndose en el elemento de la violencia opresiva y la prepotencia. Y que toda respuesta a esa situación deberá fundar y practicar la cultura a través de la contraviolencia y la contraprepotencia. Contra los cultos que necesariamente nos violentan y los violentos que necesariamente nos cultivan, no seremos cultos de otro modo ni haremos otra cultura si no violentamos y prepotenciamos a nuestra vez». Correas entiende que «Arlt, (…) nos divulgó que el secreto de la cultura yace en la violencia». La tragicidad de su obra y de su vida aparecen en sus personajes pero también se desliza en sus comentarios críticos. La presencia de la muerte como un reconocimiento ineludible. La posibilidad del suicidio como una voluntad soberana.

Correas, lector de Kafka, analiza la obra del checo desde categorías singulares: detalle, amor, deseo, clarividencia, alienación, soledad, prostitución, el mundo. Correas afirma que «habría que vivir 300 años para leer todo lo que hay que leer». Y en esa entrevista publicada hace más de veinte años en El ojo mocho muestra sus intereses como lector y sus relecturas. Casi nada de “novedades” y la insistencia de unos pocos autores.
Se podría pensar que el característico y minucioso detallismo de Correas que sugiere con la descripción material la atmósfera moral muestra en sus crónicas de la televisión argentina la decadencia de nuestra civilización. Mariano Grondona, Mario Pergollini son los títeres de turno para mostrar la idiotez de nuestro Gran Guiñol espectacular y sin vida de la decadencia local. Me parece que el lenguaje claro y limpio de Correas, su registro variado y preciso, su tono reconocible, ese es su estilo y lo llevó a todas partes. Hay algo que me parece absolutamente extraordinario en Correas y es su capacidad de decirlo todo en un lenguaje llano no exento de profundidad. Haber dejado por escrito, en clave autobiográfica, lo que cualquier otra persona que aspira a la decencia burguesa se cuidaría en ocultar.

Es un lugar común pero no por eso menos cierto decir que hay editoriales que publican libros para un público que existe, mientras que  hay otras que arriesgan capital económico y también simbólico para un lector que quizás todavía no existe. Habría que decir que los textos que estaban dispersos de Carlos Correas, ahora reunidos en un libro editado por Mansalva, me lleva a pensar en esos lectores y esas lectoras que todavía no existen. Como en su momento fue un hallazgo de la editorial la publicación de Los jóvenes (2012). Estaba faltando este libro que ahora existe con el título de Todas las noches escribo algo. A la vez ya existía pero no en forma de libro sino como una suma de textos dispersos que un grupo reducido de lectores apasionados ya conocía. Es un libro fundamental para nuestro presente y también para las futuras generaciones.

8.11.20

Kafka y su padre, por Carlos Correas



Valga para el caso la siguiente anécdota. Una tarde, no hace mucho, yo caminaba junto a un paredón del cementerio de la Recoleta. Delante de mí, a unos metros, iba una pareja, un matrimonio, probablemente. La mujer llevaba de la mano a una niñita de unos cuatro o cinco años, quizás su hija; estaba absorbida en la conversación con el hombre y desatendía a la pequeña; ésta, de pronto, se inclinó y, sin dejar de trotar a la par de su madre, agarró una ramita de un montón próximo al cordón (los árboles habían sido recién podados). Los tres seguían su marcha, y la pequeña empuñaba la ramita y la azotaba como si empuñara el aire. La madre todavía no lo había advertido, hasta que repentinamente la vio. Medio se detuvo, se cernió sobre la chica y exclamó con voz aguda: “¿De dónde sacaste ese palo?” El acento se empinaba aún más en el “dón…”, en el “…cas…” y en el “pa…”, y el tono era de estupor escandalizado, desconcierto, extrañeza. Una madre demasiado nerviosa, tensa, se dirá. De acuerdo. Pero me interesa el contenido de esa frase. Además de la transformación de la ramita en palo, y a pesar de toda la trivialidad que se tienda a ver en el episodio, hay ahí la significación de lo que se podría llamar una pedagogía para la monstruosidad. ¿Se ha comprendido? Así –aunque no solamente así– se crían monstruos, a saber, hijos minados por la conciencia imbuida de ser anómalos, o ajenos, o raros, o malsanos. En consecuencia, hijos en quienes la humanidad resulta mutilada. No “Dejá ese palo”, o “Con ese palo te podés lastimar”, etc., sino “¿De dónde sacaste ese palo?”, es decir: “¿Qué es eso? ¿Qué llevo yo a mi lado? ¿Qué extraño ser es éste que saca palos de la nada? ¿Qué clase de demonios lo poseen que le ponen palos en la mano para dañar y hacer el mal y…?



Fragmento tomado de: Carlos Correas, Kafka y su padre (Leviatán, 1983)


16.1.17

La vida de Kafka no puede considerarse “kafkiana”, por Carlos Correas


Carlos Correas prefiere apropiarse de su breve biografía a través de las cartas a sus novias y amigos. En ellas se evidencian categorías pasionales: el amor, el detalle, la soledad, la lucha, el deseo, la prostitución, la clarividencia y la enajenación.

Les voy a presentar una serie de categorías para nuestra apropiación de Kafka. Con esto también se constituirá un intento de mostrarles a ustedes mi itinerario en la frecuentación de Kafka.

La primera categoría es el amor, y el deseo adosado a él. De inmediato una pregunta: ¿Qué hombre más amable en la historia de la literatura que Franz Kafka? Yo amo a Kafka, y este amor hacia él no ocurre sólo a partir de sus obras, sino más bien de su biografía. El pilar biográfico acerca de Kafka es la biografía de Max Brod, su amigo personal, su albacea, el que prefirió rescatar los manuscritos de Kafka antes de la invasión nazi a Checoslovaquia en vez de rescatar sus propios manuscritos. Max Brod es un factotum insoslayable en toda biografía acerca de Kafka. Su amigo personal, amigo también de la familia, es una fuente insoslayable, pero insuficiente. Por lo menos en la primera edición de su biografía tuvo que omitir detalles por consideración a los familiares sobrevivientes de Kafka. La primera edición de su biografía en alemán es de 1937. Kafka ya había muerto, pero aún vivían sus hermanas, los cuñados y los sobrinos, que luego morirían asesinados por los nazis en los campos de concentración. Ya antes habían muerto los padres de Kafka pero, como dije, aun vivían sus tres hermanas. Brod suprimió muchos pasajes bastante iracundos del propio Kafka acerca de su familia. En biografías más recientes este obstáculo ya no existe. Les recomiendo las biografías de Klaus Wagenbach, La juventud de Franz Kafka y Franz Kafka. Últimamente han surgido varios estudios acerca de Kafka, que también tocan el aspecto biográfico; entre ellos, un estudio muy inspirado de Elías Canetti, algunas páginas muy sutiles de Walter Benjamin y un libro de Pietro Citati, del cual hay una traducción inglesa que sigue un género tradicional, de aparición reciente, llamado psicobiografía.

¿A qué se debe esta profusión, incluso excesiva, de estudios sobre Kafka? A la edición correlativamente reciente de un texto inédito de Kafka, las Cartas a Felice, y otra correspondencia de la época del noviazgo: un título característicamente alemán, por lo gravoso. Se trata de las cartas a Felice Bauer, la joven berlinesa con la cual Kafka estuvo de novio durante cinco años; con la cual se comprometió dos veces, y con la cual dos veces rompió el compromiso.  

Estas cartas fueron publicadas en castellano en 1978. Recuerden ustedes las categorías de amor y deseo. La biografía de Brod me hizo amar a Kafka por los detalles de su vida. Ya lo conocíamos por sus obras: las primeras traducciones de Kafka al castellano son de la década del ‘30. Por lo menos La metamorfosis, que aparentemente figura como traducción de Borges, es de 1938. El propio Borges, en reportajes, ha dicho que esa traducción no le pertenece, pero la Editorial Losada la sigue editando como traducción de Borges. Hay detalles en la traducción misma que indican que no es el estilo de Borges. Incluso Borges ha dicho que no le hubiera puesto La metamorfosis; éste es un mal recuerdo de Ovidio, sino que le hubiera puesto La transformación.

Max Brod nos daba los detalles de la vida de Kafka; de la vida de oficina, de la relación con los padres, de la conversión de Kafka al vegetarianismo. Con una amiga, Kafka concurre al acuario de Berlín, se detienen frente a una piscina iluminada, con peces. Y para gran horror de la dama que lo acompaña, Kafka les dice a los peces: “Ahora os puedo mirar tranquilo, ya no los comeré más”. La dama le cuenta esta anécdota a Max Brod, y éste la registra en su biografía.

El detalle de Kafka, el amor y el deseo dirigidos hacia el detalle. Amamos y deseamos los detalles. El detalle es otra categoría.

Las cartas a Felice son aproximadamente 500, enviadas durante esos cinco años de noviazgo. Las cartas de Felice a Kafka se han perdido. Probablemente Kafka las tiró, o las quemó, o Max Brod no se preocupó por rescatarlas. Quinientas cartas a través de cinco años de noviazgo. Al comienzo de la relación, las cartas de Kafka son muy frecuentes; tanto, que llegan hasta tres por día. Cartas que llegan, el algunos casos, hasta las 30 páginas. ¿Qué demanda Kafka en ellas?: demanda detalles. Le dice a Felice: “Quiero saciarme en los detalles”, y le pide a ella que le escriba por lo menos una carta por día y que le dé detalles. Kafka está en Praga y Felice en Berlín.

¿Qué detalles? Kafka trabaja en una compañía de seguros contra accidentes de trabajo. Felice trabaja también, en la oficina de una empresa de la cual llegará después a dirigente. Será una gran y exitosa empresaria. Detalles de la vida familiar de Felice, sobre todo acerca de la comida de Felice, acerca de su salud, de los compañeros de trabajo, de los amigos, sobre todo de los amigos intelectuales de Berlín, acerca de los que Kafka confiesa que está celoso de antemano. Detalles acerca de qué está haciendo Felice, en el momento en que recibe sus cartas. Qué estaba haciendo, cómo recibe las cartas, cómo estaba vestida, si es que estaba vestida; cómo abre el sobre, cómo extrae el papel de adentro del sobre, cuántas veces la lee, dónde se ubica para leer la carta, qué hace después con la carta, cuándo decide contestarla, cómo está vestida cuando la contesta, cuánto le lleva escribir la carta, etcétera. Felice no le contesta ni con la frecuencia ni con los pormenores, con la minuciosidad que le pide Kafka. La relación en la correspondencia continúa, y llega a un punto en que Kafka entra en dependencia de sus propias exigencias, y le pide a Felice que, o se corte la correspondencia, o se interrumpa por un tiempo.

Curioso procedimiento de Kafka. Ustedes dirán: “Es Kafka”. Pero se trata justamente de reflexionar sobre ello. Le manda una carta a Felice donde comienza diciéndole: “Felice, te lo advierto. Te lo dije ya el otro día: ésta es una de esas cartas que debes dejar de leer a la tercera o cuarta frase. Ya, Felice, rompe esta carta! Ahora, rómpela!”

Curioso tratamiento del género epistolar, porque, o bien nuestro silencio es la respuesta cuando nos mandan una carta, o bien no tomamos la iniciativa de mandar una carta. Pero comenzar una carta intimándole al destinatario a que la rompa y no la siga leyendo es singular. ¿Cómo interpretar esto? La carta se ha conservado, lo que significa que Felice no la rompió, y seguramente si nosotros recibimos una carta con ese encabezamiento, seguiremos leyéndola, al menos para saber por qué tenemos que romperla.

Si obedecemos al mandato, la rompemos, qué contestamos: he roto la carta, no puedo contestarte más porque ignoro el resto del contenido. Felice la siguió leyendo. Curioso tratamiento del género epistolar. Por otra parte, ¿creería Kafka en serio que Felice rompería la carta? No será tal vez que él le expresaba de alguna manera que quería romper la correspondencia, y por lo tanto romper una relación? Un año después de iniciada la correspondencia, Kafka le propone matrimonio a Felice en una carta muy turbulenta, en la cual, como si fuera un libro de debe y haber, pone las ganancias y las pérdidas. Le dice: “Contigo yo perdería mi soledad”. Amor, deseo, detalle, soledad, ésta es otra categoría para la apropiación de Kafka. “... soledad que la mayoría de las veces es horrible. Y en cambio, te ganaría a tí, que eres el ser que más quiero en la vida. Pero tú, ¿qué perderías?: perderías tu vida en Berlín, tus amigos, que te son tan queridos, perderían tu vida placentera, perderían la posibilidad de casarte con un hombre sano y tener hijos sanos. ¿Y qué ganarías? Me ganarías a mí. ¿Y yo qué soy?: un hombre infantil, débil, enfermizo, taciturno, insociable, triste, rígido, y desprovisto de esperanzas”. El matrimonio no se  consumó.

Las cartas prosiguen, ya con un tono más quejumbroso, e incluso Kafka le dice que esas cartas le quitan tiempo. En un viaje que hace Max Brod a Berlín, se entrevista con Felice, quien le dice: “No sé por qué, pero el caso es que Franz me escribe bastante, pero sin embargo, sus cartas no logran tener sentido. No sé de qué se trata”.

Si leemos en el Diario de Kafka, con respecto a la literatura podemos hallar frases tales como “El deseo de representar mi fantástica vida interior ha desplazado todo lo demás. Ninguna otra cosa podría conformarme” (...) “El mundo prodigioso que tengo en la cabeza. Pero, ¿cómo liberarlo y liberarme sin destrozarme? Y sin embargo, preferiría mil veces destrozarme antes que retenerme”.

Las veces en que Felice y Kafka se han encontrado no han sido muy felices para Kafka, ni siquiera por semejanza fonética. Felice le reprocha constantemente, por ejemplo, que Kafka lleve su reloj pulsera adelantado una hora y media durante tres meses. Felice se lo pone en hora. Felice le reprocha que tenga las uñas afiladas y largas, le pide que se las corte, que se las lime, que se las limpie. Felice le reprocha errores en la dicción del alemán, pues Kafka era bilingüe, checo y alemán; Felice era berlinesa. Felice le reprocha el color de las corbatas, la falta de elegancia; en fin, podemos decir que Felice representa la moral del cuidado de sí, y Kafka la del descuido de sí. Felice le pide a Kafka mesura, y un límite. Kafka le responde que cualquier límite y mesura en literatura serían suicidas, él no los puede aceptar, y se debate en lucha entre la literatura y el casamiento.

Lucha es otra categoría que agregamos al amor, al deseo, al detalle, a la soledad. Kafka le ha escrito a Felice: “Creo que nadie en el mundo ha luchado jamás por una mujer como yo he luchado por ti. Desde el comienzo, siempre cada vez, y quizá para siempre”. Si tomamos el Diario, también leeremos de Kafka: “En épocas de paz no adelantas nada; en épocas de guerra, avanzas desangrándote”. Kafka eligió la época de guerra, y así avanzó.

En el Diario, refiriéndose a Felice, cuando la conoce en la casa de Max Brod, el mismo día en que la conoce, en agosto de 1912, escribe en el Diario acerca de ella: “Un rostro vacío que exhibe abiertamente su vaciedad”. Repite esta frase con variantes en el Diario en sus cinco años de noviazgo. No es una frase aplicable a un rostro amado. Pero es una excelente muestra del estilo kafkiano. Un rostro lleno de nada, pero por eso mismo capaz de llenarse con todo el amor de Kafka.  Y como ocurre casi siempre, la consistencia, la integralidad, la vida propia de Dulcinea del Toboso se cumplen en las alucinaciones y en los fantasmas de Don Quijote. El nombre real será Aldonza Lorenzo, la misma que le dice a Max Brod, después de cinco años de noviazgo y de 500 cartas: “No sé de qué se trata”. Y se trata de Kafka.

Un poco más atemperada será la relación de Kafka con Milena, la joven checa, de la cual también se han conservado las Cartas a Milena, y no las cartas de Milena a Kafka, que se han perdido, o se han roto. En estas cartas encontramos a un Kafka más calmado, más transido. Con Felice se muestra muy celoso; con Milena, no. O sí, pero no tan celoso. Precisamente en un momento de la correspondencia con Milena, ella le dice que él está celoso y que eso la mortifica, que él lo hace a propósito para mortificarla. Kafka le responde que él no está celoso, en base a la siguiente argumentación: El mundo, Milena, es tan diminuto, y tú y yo somos tan gigantescos, que no hay nadie más. Entonces, de quién podría estar celoso?” Pero más adelante, Kafka se muestra celoso. Él mismo se lo dice: “¡Pobre Milena!, éste es el que no era celoso. Ya ves, me vas conociendo”.

Soledad era una de nuestras categorías. En una carta a Brod, Kafka le dice: “Ayer, de pura soledad, me llevé a una prostituta a un hotel. Era demasiado vieja para seguir siendo melancólica. Y sólo le apenaba que los hombres no fueran tan cariñosos con las prostitutas como lo son con sus amantes. Y no la consolé porque ella tampoco me consoló”. Soledad, y búsqueda de las prostitutas. Las prostitutas no solamente eran buscadas por Kafka y Brod cuando se iban de viaje, a París, a Suiza, al norte de Italia o a Weimar, cuando fueron a visitar la casa de Goethe; también en Praga, y en las calles frecuentadas por las prostitutas. Kafka en ocasiones se llevaba a una prostituta a un hotel, y en ocasiones simplemente la contemplaba. Creo que la prostitución habrá de ser también otra categoría para nuestra concepción de Kafka.

En cuanto a la prostitución en relación a la soledad, se ha observado justamente que la relación con figuras femeninas que aparecen en las obras que Kafka llamaba historias, está hecha como si las mujeres fueran prostitutas, y que tienen una función respecto del héroe. En El proceso, Leni, enfermera, enfermerita del abogado al que debe consultar Josef K., es una suerte de prostituta. Y sobre todo en El castillo, Frieda, la mesonera. Son mujeres toscas, arrabaleras, embrutecidas y compulsivas, y, con expresión de Kafka, “que siempre están pensando en los pequeños horrores del momento”, y de las que emana, en la descripción de Kafka, “un olor amargo y excitante, como de pimienta.”

Frieda, desde luego, es Milena. Todos ustedes conocen la importancia de los nombres propios en Kafka. Hay que descifrarlos. Milena y Frieda. Frieda es Milena; tienen la misma cantidad de vocales, la misma cantidad de consonantes, y el orden de las vocales en estos dos nombres es el mismo. Esto fue corroborado por Brod y por Wagenbach.

Además, el nombre Frieda evoca paz y quietud; se relaciona con el alemán Friede: paz y quietud. Y Kafka ya le ha dicho a Milena que ella es fuente de paz y quietud para él.

Estas relaciones con mujeres presentadas como prostitutas, constituyen por lo común para el héroe un obstáculo. Parecen ofrecer ayuda, pero finalmente constituyen un estorbo, una dificultad, un motivo de angustia, de desdicha y de frustración para las metas que por el momento se propone el protagonista. Leni es la enfermerita del abogado, y por acostarse con Leni, Josef K. pierde la oportunidad de entrevistarse con el abogado que podría ayudarlo en su proceso. Frieda es la amante del poderoso señor Klamm. El nombre en alemán es “rígido”, “estrecho”, y evoca deliberadamente al marido de Milena. Cuando Kafka y Milena se conocen, él tenía 38 años y ella 24. Milena residía en Viena. La correspondencia es entre Merano, una colonia naturista -a Kafka ya se le ha diagnosticado la tuberculosis- y Viene, donde reside Milena. El marido de Milena se llamaba Ernst, palabra que en alemán significa “seriedad”, “gravedad”. Así que se emparenta con el nombre del señor Klamm, del cual Frieda era servidora. La relación de K en El castillo con Frieda se realiza en un estado de inconciencia, o de semi-conciencia: ruedan por el suelo, en donde permanecen horas abrazados. Es una especie de seducción en lugares extraños. Es precisamente una relación con prostitutas. Una de las ayudas que busca Josef K en El proceso se la puede brindar un sacerdote. Josef K se entrevista con el sacerdote, quien le cuenta la famosa leyenda “Ante la Ley”, que Kafka retomará en Un médico rural. Hay variantes en ese capítulo de El proceso de la leyenda “Ante la Ley”, y finalmente, el sacerdote lo despide sin proporcionarle la ayuda que Josef K espera, y el sacerdote le dice: “La justicia nada quiere de tí. Te toma cuando vienes, y te deja cuando te vas”. La justicia es una especie de prostituta.

La leyenda “Ante la Ley” es la del campesino que pretende entrar en la ley, o sea legalizarse, reglamentarse. El campesino pretende entrar en la ley. Diríamos que ésa es la meta a la que aspiran todos los protagonistas de las historias de Kafka. Pero hay metas? Sí, según Kafka hay metas. Según la frase de Kafka en el Diario: “Hay metas; lo que no hay son caminos. Llamamos caminos a nuestras vacilaciones”.

En 1911, Kafka tiene una entrevista con el entonces itinerante teósofo y antropósofo Rudolph Steiner, que está en Praga dando una de sus ocasionales conferencias. Kafka se entrevista con Steiner y le habla contándole sus propias experiencias. Kafka le dice que tiene momentos en que experimenta una gran clarividencia, en los que se siente que no sólo llega a los extremos de sí mismo, sino también a los extremos de la humanidad. Clarividencia será otra categoría que agregaremos a nuestra comprensión, a nuestra apropiación de Kafka. Aquí enlazo clarividencia con su opuesto, enajenación. Amor, deseo, detalle; y el amor y el deseo dirigidos en el detalle. Deseamos los detalles, amamos los detalles; saciar, colmar nuestro deseo en los detalles. Y lucha, soledad, prostitución, clarividencia y enajenación.

Milena ha correspondido a esto, a esta clarividencia de Kafka. Se dice que Milena es la mujer que mejor llegó a conocerlo; se dice que Felice no lo entendió en absoluto. De todas maneras, algo debe haber entendido Felice. Luego de la separación definitiva con Kafka, Felice, en 1917, al cabo de un año se casa, tiene hijos, es una exitosa esposa, una exitosa madre, y una exitosa empresaria. Culmina su carrera de empresaria justamente vendiendo las 500 cartas que conservó, a un editor neoyorquino por una corpulenta cantidad de dólares en 1958. Diez años tardaron los dos redactores, cuidadores, como se dice en alemán, los preparadores alemanes, en ordenar el material. Muchas cartas no tenían fecha. Diez años tardaron en preparar para la imprenta esa edición de las cartas a Felice, y recién en 1968 salen las ediciones inglesa y alemana, y en 1978, sale la traducción castellana.

Milena, la mujer que mejor llegó a comprenderlo. También podemos leer en el Diario la siguiente frase: “Si tuviera alguien que me comprendiera, si tuviera una mujer que me comprendiera, eso sería tenerlo todo; tener a Dios”.

Amor y deseo por los detalles. Los detalles son lo circunstancial, lo patético. Son el contenido también. Para quien desee tener una muestra clara del interjuego entre el deseo y los detalles, puede releer el cuentecillo “Una confusión cotidiana”, de una fuerza humorística irresistible. Milena en una carta a Brod le dice: “Todos nosotros tenemos, al menos en apariencia, un refugio en y con el cual protegernos. Sea una mentira, sea el pesimismo, sea el optimismo, sea una convicción, o cualquier otra cosa. Pero él (Kafka), no tiene refugio alguno. Vive en el mayor desamparo. Es tan incapaz de mentir como de  emborracharse. Su ascetismo no tiene nada de heroico, lo que lo hace más grande y elevado. Todo heroísmo es cobardía y mentira. No es un hombre que usa su ascetismo como un medio para un fin. No, es un hombre al que su terrible clarividencia, su pureza y su rechazo de toda impostura lo llevan al ascetismo”.

Kafka le dice a Brod, hablando de Milena: “Es un fuego vivo, como jamás he visto, pero a la vez, delicadísima, graciosa, y todo lo arroja en el sacrificio; o mejor dicho, todo lo ha adquirido por medio del sacrificio”.

Clarividencia y enajenación. Leemos en el Diario de Kafka: “ Nada me falta. Sólo me falto a mí mismo”. ¿Qué falta será ésta? ¿La falta de ser tal vez? ¿Esta faltancia de sí mismo será quizás lo que podemos llamar, lo que yo propuse, como pareja de opuestos de clarividencia-enajenación?

Volvamos a la lucha, así introducimos otra categoría: el mundo. Con respecto a la lucha, habíamos dicho que nadie jamás había luchado por una mujer, como Kafka por Felice; que en épocas de guerra avanzada desangrándose y en épocas de paz no adelanta nada. En una reflexión de sus Reflexiones sobre pecado, sufrimiento, esperanza y el camino verdadero, leemos: “En la lucha entre tú y el mundo, apoya al mundo”. También a Felice, en una carta le dice: “Mi obligación sería salir fuera de mí mismo, unirme a tí, y combatir contra mí.” Si en la lucha entre tú y el mundo, hay que apoyar al mundo, entonces hay que luchar contra mí mismo. Hagámoslo un poco más complejo, que creo que lo merece. Es luchar a la vez por y contra el mundo. Kafka realiza esta lucha a través del lenguaje. Una de las últimas amistades de Kafka es un joven llamado Gustav Janouch, quien en 1920 tiene 18 años y visita a Kafka en la oficina. Años después publica un libro de recuerdos titulado Conversaciones con Franz Kafka. En una de esas conversaciones, Kafka le dice: “El lenguaje es nuestra eterna bienamada”; yo, Correas, agrego: no “nuestra eterna bienamante”. Y agrego también que el lenguaje es nuestra eterna biendeseada, aporte mío que probablemente Kafka..., en fin, no sé qué haría Kafka. Y si tomamos el deseo por los detalles, acá tendremos entonces un vínculo que nos permite ver desde otra perspectiva, algo que siempre se ha observado sobre Kafka; la extraordinaria capacidad de Kafka para verter el detalle; su observación y actualización del detalle a través de la palabra. El lenguaje es nuestra eterna bienamada, biendeseada; pero no nuestra eterna amante, ni deseante. Es un amor no correspondido. Y un deseo que se enrosca, más bien en crispación, sobre sí mismo.

Acerca del amor, Kafka ha dicho que es el constante deseo de morir y a la vez el constante deseo de seguir resistiendo. Como si el amor fuese constituido por estos dos deseos: el constante deseo de morir, pero que por sí solo no puede bastar para constituir el amor, sino que es el deseo constante de morir y a la vez el deseo constante de seguir resistiendo. Esos dos deseos, íntimamente vinculados, constituyen el amor. Detengámonos en la categoría del amor; después volveremos a clarividencia y enajenación. Dice Kafka en el Diario: “El gesto de rechazo que por siempre ha suscitado no es el que se expresa diciendo ‘No te amo’, sino el que se expresa diciendo ‘No puedes amarme por más que quieras. Solamente puedes amar el amor que sientes por mí, pero el amor que sientes por mí no te ama’”. El rechazo que inspira Kafka, según él, no es el que se expresa diciendo “No te amo”, sino que es como si le hubieran dicho “No puedes amarme porque solamente puedes amar el amor que sientes por mí, pero amor no te ama”. Ese amor, entiendo yo, es el del lenguaje. Es el amor que construye, el amor-verdad por Felice, que construye o inventa. Y el lenguaje es nuestra eterna bienamada, pero nuestra eterna bienamada no nos ama. Así es el lenguaje. Es amor. Pero, ¿qué más fuerte y qué más débil, y qué más sospechoso que el amor?

¿Qué otra función puede tener el lenguaje en esa actualización que hace Kafka del detalle y del gesto? Y en todos los casos sin perder el asombro que provoca la extrañeza del estilo kafkiano.

En la lucha entre tú y el mundo, hay que apoyar al mundo para que más allá de las apariencias logremos desentrañar al mundo en lo que el mundo es, como tal. En una famosa declaración de noviembre de 1917 dice Kafka: “Todavía puedo encontrar una satisfacción momentánea en obras como Un médico rural”. Es un libro dedicado al padre, del que aún no hablamos. El padre que, como de costumbre completa sus veladas de trabajo jugando a las cartas con la madre, cuando su hijo le entrega el libro le dice: “Dejálo en la mesita de luz”. Seguimos con la declaración de Kafka: “Todavía puedo encontrar una satisfacción momentánea en obras como Un médico rural, pero felicidad, sólo podría encontrarla si escribiendo, logro elevar el mundo hasta lo puro, lo verdadero, lo inmutable”. Elevar el mundo a través de la escritura hacia lo puro, lo verdadero, lo inmutable, es la meta. No hay caminos “lo que llamamos caminos son nuestras vacilaciones”. El mundo tiene máscaras y hay que elevarlo a través de la literatura a lo puro, lo verdadero, lo inmutable. Uno de sus aforismo sobre el pecado, el sufrimiento, la esperanza y el camino verdadero, dice: “No es necesario que salgas de tu casa, quédate en tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera simplemente. Ni siquiera esperes, quédate totalmente quieto y solo. Entonces el mundo te ofrecerá desenmascararse ante ti. No puede evitarlo: extasiado, se retorcerá en tu presencia”. Mundo tiene que ser otra categoría que agregaremos a nuestra lista. “El mundo te ofrecerá desenmascararse ante ti”: ésta es la tarea del intelectual, del escritor. Así lo podemos interpretar en una tentativa.

Clarividencia y enajenación. Algunas narraciones de Kafka, o algunos momentos de las narraciones de Kafka, ocurren en un día domingo. Por ejemplo a Josef K, en El proceso, se lo cita a una audiencia en un tribunal, se le indica el lugar, pero no el día ni la hora. Así es como Josef K decide presentarse por su cuenta, y elige un domingo. El tribunal no es el palacio de justicia; es una casa de inquilinato que está situada en las afueras de la ciudad, y donde la presumible sala de audiencias tiene un techo tan bajo que los que van para estar en ella, llevan un almohadón para no golpearse la cabeza contra el techo. Esta es una estructura onírica. Ocurre en un día domingo. La condena, que termina con el suicidio del protagonista, ocurre en un día domingo. El domingo es un día de pausa, de recogimiento, ideal para volverse sobre uno mismo. Pero como está comprimido entre días de trabajo, se hace patente, por lo menos para el domingo de Kafka, el desorden de la vida interior y el desorden de la vida de aquel a quien el tiempo no le pertenece: enajenación. Digo, a quien no le pertenece el tiempo, y no el ser o la vida, etc., porque estamos hablando de domingo, de días, de períodos de tiempo. Hay una pesadilla del domingo. Algunos de nosotros la conocemos: vivimos ese instante de respiro como si fuera una pesadilla. Otra pesadilla relacionada con la del domingo es la del despertar. Tenemos clarividencia y enajenación, y el domingo y el despertar. Recuerden conmigo el comienzo de La metamorfosis: “Al despertar, Gregorio Samsa, una mañana, tras un sueño inquieto, se encontró en su cama, convertido en un monstruoso insecto”. La prosa es muy clara. Jamás encontraremos una palabra rebuscada o extravagante en Kafka, en absoluto; ni un sólo neologismo. Kafka trabaja en alemán con palabras vulgares, simples; la estructura, la sintaxis es cristalina. Algo nos inquieta, desde luego: despertarse convertido en un monstruoso insecto, pero más profundamente, la inquietud del despertar: “Al despertar, Gregorio Samsa...”. La frase sigue, y ese despertar quedó ahí. El despertar: ¿qué ocurre en ese tránsito entre el sueño y la vigilia?; como si la realidad del sueño, la realidad onírica se fuera disolviendo al mismo tiempo que la realidad material o física se va constituyendo, pero está todavía en fragmentos, que se superponen, se transponen unos a otros. Son los momentos en que todo es posible, incluso la metamorfosis. El encontrarse convertidos en un monstruoso insecto. ¿Qué ocurrirá si damos otra vuelta de tuerca y hablamos del despertar de un domingo? Entonces tendremos una pesadilla por partida doble. Los despertares del domingo; momento de horror, que puede desembocar en el suicidio, como en La condena.

Hemos compartido frases de Kafka, compartamos ahora un cuento breve: “El buitre”; la traducción esta vez sí, es de Borges.

“Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado las botas y las medias, y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo. Volaba en círculos inquietos alrededor, y luego proseguía la obra. Pasó un señor, nos miró un rato, y me preguntó por qué toleraba yo al buitre. 
–Estoy indefenso –le dije–vino y comenzó a picotearme. Yo quise espantarlo, y hasta pensé en torcerle el pescuezo. Pero estos animales son muy fuertes, y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies, que ahora están casi hechos pedazos.
–No se deje atormentar –dijo el señor–, un tiro y se acabó el buitre.
–¿Le parece? –Pregunté–, quiere encargarse usted del asunto?
–Encantado –dijo el señor–; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, puede usted esperar media hora más?
–No sé –le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí–: Por favor, pruebe de todos modos.
–Bueno –dijo el señor–, voy a apurarme.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora ví que lo había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y, como un atleta que arroja la jabalina, encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba”. 


Tomado de : LA CAJA N nº5, septiembre/octubre, 1993.
El texto es una desgrabación de la conferencia que el autor dió en el Colegio Argentino de Filosofía (CAF).



16.11.16

La literatura de Constitución, por Jorge Quiroga


Roberto Arlt que efectúa en uno de sus Aguafuertes la apología del vagabundeo por la ciudad de Buenos Aires, de ese deambular sin rumbo fijo por sus calles, ese paseo en los rostros de sus transeúntes desprevenidos, seguramente habrá andado por nuestro barrio y esa flotación baudeleriana lo habrá llevado a recorrer con detenimiento la clave de la ciudad hostil. La conclusión a la que arriba Roberto Arlt es que hay que encontrar “todo ese universo encerrado en las calles de su ciudad”. Las caminatas literarias por el barrio de Constitución configuraron y lo siguen haciendo, uno de los paseos más perdurables que se reflejan en muchas páginas de la literatura argentina, como si su atmósfera fuera tan particular, que motivó el empeño de los escritores que merodearon por sus calles, y hubieran encontrado allí, una especie de imán, que movilizara el sentido de una ficción múltiple e irradiante.

El poeta Raúl González Tuñón que trabajó muchos años como periodista de Artes Plásticas en Clarín, un diario de la zona, siempre venía caminando desde lejos, pasaba invariablemente por Constitución, atraído por el encanto de los barrios del sur. Su figura vacilante aparecía por estas veredas imprevistamente y recordaba con nostalgia sus vivencias infantiles, que se trasladaron a sus poemas intensos y evocativos. Inclusive Raúl que había nacido y criado en Once, vivió unos años en Constitución y algunos años después publicó en la revista “Claridad” un poema recordando su estación. Estuvo cerca de la magia de los pitazos de los trenes y de sus alrededores. “Era una plaza llena de misterios en sus recovecos, allí inventamos un juego que tenía que ver con la búsqueda de un tesoro”

El poeta, alguna vez de niño, en su escuela pensó “¿Qué está haciendo Castelli en su estatua de plaza Constitución?” “Raúl lo imaginaba saludando a los viajeros con su sombrero de bronce” (Por un capricho municipal ha desaparecido la estatua, y los vecinos esperamos su reposición). La poesía de Raúl González Tuñón, fue variando con el tiempo, su anclaje inicial, apenas llegado a la pubertad, en la época que habita en Constitución, e ingresa a estudiar al Colegio Nacional de la calle Bolívar, es su principio de poeta vagabundo, que improvisaba sus primeros versos e iniciaba, con su hermano Enrique, el errar por la ciudad tentáculo, que le otorgaba su entrada al corazón de la grande urbe. Después advienen sus primeros libros, que indagan la significación de los márgenes ciudadanos, del entramado de los bordes, y de los sitios de extramuros, con una visión renovada, entre lo pintoresco, sus restos, y su negación. Después vienen los viajes, la ensoñación, su blindaje político y su poesía se hace fundamentalmente cosmopolita, cantará a lugares y situaciones del mundo, como un recienvenido. Pero siempre guardará Raúl, ese impulso de retorno, de vuelta hacia los tiempos pasados, que se acentúa en sus poemas, como una evocación constante hacia los barrios amados, que serán su razón de ser, y justamente ese sentido oculto de las calles de la ciudad, lo conduce al gesto de añorar.

La poesía de Raúl González Tuñón está como encerrada en una cajita de música: “En, otoño, las calles/en el barrio, se tiñen/ de una especial atmósfera/ de un silencio con alas/casi un aroma de estío/ apenas olvidadas sus calles como sueños/ pero despiertan lúcidas// Soñar es estar vivo”. Tuñón es el poeta de la ciudad, de los recuerdos, como tesoros para hallar. En el vagabundeo deja entrever la melancolía ande los sueños, que corresponden a la gran urbe, pero también los destellos de un costado popular del mundo (París, Oviedo, la guerra civil española). En la figura emblemática de Juancito caminador, que recorre todas las callejas para que la canción sea el resultado en el que la vida y la palabra lleguen a su origen. Ese caminar despacioso, a su volver del trabajo, con el andar de un porteño empedernido, se conserva en la memoria de la ciudad. Parecido y semejante andante, reconocemos en la poesía y la vida de otro poeta de Buenos Aires: Nicolás Olivari. Su historia es la de un hombre, que comienza pensando a la literatura, como un espacio de confrontación, que expresa inmediatas y perentorias infidelidades, verdades al desnudo, con la más absoluta y apasionada persistencia.

Hay un Olivari central, que con su provocación desmedida, ahonda con su musa coja, los intersticios de lo real, es el Olivari de casi todos sus libros de poemas, en los cuales se identifica también con el vagabundeo de otros poetas que le precedieron, como Françoise Villon, o Corbière, quienes entregan su lucidez para descifrar el universo entero. Y hay un último Olivari, el que transitaba por la calle Estados Unidos, para concurrir a ocupar su sillón en La Academia Porteña del lunfardo, en pleno barrio de Constitución, punto al que arribaba todos los atardeceres, a recordar las viejas cosas, que se le iban escapando de su ciudad, poco a poco. Es el Olivari de su último libro, “Mi Buenos Aires querido “, donde en acuarelas/ aguafuertes, con docilidad, traza un panorama, de aquello que se va perdiendo: los fósiles del pasado muerto, que duermen en el fondo, del traqueteo diario, los oficios bajos, como la reunión de obreros de la construcción, en el asadito, el dandy anciano, el viejecito de la esquina, que no vemos nunca más, los venidos a menos, los que almuerzan soledades, las palmeras que se arrancan de los antiguos jardines, un marinero y su tatuaje, pintando al aire libre, los que hablan solos, el lecherito de la comarca, que le recuerda su infancia, la intensa lluvia y los pormenores que deja, el conductor de limpieza, el señor que siempre trasnocha, el hombre que tiene una idea, y el que usa (como Nicolás Olivari ) una camisa rara. En suma una sabiduría de la calle, que únicamente se adquiere, con la atenta observación, y la mirada nostálgica.

Volvamos a la propuesta de Roberto Arlt, de establecer una estética que parta de ese conocimiento irremplazable, de caminar la ciudad, de andar por sus calles, descubriendo el sentido de la rara metrópoli: “¿Te das cuenta que lindo que es vagar, mirar las fachadas de las casas, los atorrantes que cavilan en los portales, las muchachas de las tiendas que arreglan vidrieras, los patrones almaceneros que, detrás de la caja, vigilan a sus dependientes ¿Te das cuenta…” Hoy hablaríamos de los dueños de los supermercados chinos. Pero el origen y la significación de la ciudad, se mantiene inalterable, al igual que ese noble impulso arltiano de vagar por sus calles, procurando un secreto que no es tal. En todo caso dice Arlt, hay una naturaleza contemplativa, un dejarse llevar, por la inmovilidad y la curiosa mirada, que se encuentra en la literatura y su viaje. Recordemos que Arlt en su novela Los siete locos va y viene en tren hacia el conurbano sur, partiendo del viejo edificio del ferrocarril. Empezando por el capítulo “Los sueños del inventor” donde decide  que Remo Erdosain: “Sin vacilar, llamó un automóvil y le indicó al chofer que le llevara hasta las estación Constitución y allí sacó boleto para Temperley”. Y también Arlt, le dice a un lector ocasional, que le cuestiona el lenguaje que él usa, como si fuera un idioma callejero: “Yo soy un hombre de la calle de barrio, como usted y como tantos otros“

“Yo he andado mucho por las calles de Buenos Aires y las quiero mucho”, justamente lo que el novelista quería, como lo plantea su amigo y compañero generacional, Carlos Mastronardi, es expresar su destierro, y él inaugura “un temerario estilo que no sabe de convenciones ni de formas hechas, donde se mezclan la realidad y lo alucinatorio, la pureza y la irrealidad de las personas comunes” que desbordan los cauces prefijados porque es el intento de convertir en literatura ese lenguaje plebeyo, de la calle. Es el retratista de formas coinciden totalmente con la naturaleza agria de esas mismas calles. Constitución es el lugar en que trabajan, transitan o se instalan, varios personajes de la literatura  argentina, como Rosalinda la protagonista de “Historia de arrabal” de Manuel Gálvez, o en la década del 60,Toribio, el traicionero papel central de la novela corta Alias gardelito, que es ultimado en el puente de la calle Ituzaingó (que hoy compartimos con el barrio de Barracas) donde uno puede asomarse a observar por abajo, el paso de los trenes. Lo que fascinaba a Ernesto Sábato, a Graciela Cabal, María Abate, y sobre todo a Jorge Luis Borges, que llegaba al puente, invariablemente, después de largo caminar en los atardeceres suburbanos. Ese puente tan mostrado, en innumerables películas argentinas, lleno de magia y de misterio. La lejana, y llena de hollín, estación, que se divisa entre los hierros cuadriculados del parapeto del puente, parece el espacio de una gris escenografía. Algún personaje de Leonidas Barletta en la novela “La ciudad de un hombre” va a vivir a un escondido hotel de Constitución, quizás uno de aquellos que años después habitó el malogrado Osvaldo Lamborghini en su incesante peregrinaje.

Eduardo Mallea, en “La bahía del silencio”, también describe la plaza Constitución, narrando el esplendor alegre de un parque de juegos, el sitio donde en 1940 o 1950, tantos ancianos y niños, disfrutaban de la sombra de sus árboles añosos, plantados allí por el paisajista Carlos Thais. Juan Carlos Ghiano, en una obra teatral y Bernardo Vervisky en alguna narración ambientan sus trabajos literarios en Constitución. Germán García habla de una diminuta pieza de pensión, en sus recuerdos, del Buenos Aires de mediados del 60, ubicada al lado de la desaparecida Confitería “Los dos leones”, y en su novela Nanina, que cuenta sus primeros pasos errabundos de un joven que se inicia en la gran ciudad, deambula por sus calles. En la ficción, son muchos los hombres y mujeres, que erran en el espacio de la estación o por la plaza. Miles de personas, deambulan por los andenes esperando el traslado, espacios que cantó el poeta Baldomero Fernández Moreno:

         Punta de los andenes, boquerones sombríos,
         Faroles diminutos, encarnados y verdes
         Filo de los rieles, palma de los desvíos
         Tren coronados de humo, que silban y te pierdes

En una boletería de esa misma estación, con destino a Temperley, la quinta del Astrólogo, Remo Erdosain, saca su boleto de tren, para reunirse con los conspiradores en la Novela “Los siete locos” de Roberto Arlt. En Raucho, de Ricardo Guiraldes, el personaje arriba y se aleja de ella. Si seguimos pasaremos por Gerli, Lanús, Banfield, Lomas, Temperley, es decir, el itinerario de los pueblos del sur. Esa estación y la plaza son sitios, que todo porteño, literato o no, tiene en la mente y en la imaginación, como si el habitante de esta ciudad, los considerara parte de un imaginario del cual es muy difícil escapar.

Dice Javier Fernández en “Carlos Correas un autoretrato en la ciudad”: “Escenarios como excusa de una biografía, donde la imagen y remembranzas de ciertos espacios, se vuelven motor del relato y medida de fuerza narrativa. Resonancias con la sensibilidad urbana desde algunos modos de registrar la vida y un conjunto de calles, barrios, zonas, puntos de encuentro, escondrijos, espacios, distritos o escenografías urbanas, desplazamientos. Son memorias de lugares, instancias donde se cruza una cartografía y la vida personal, la vida alterada. Las ambiciones por la aventura y el conocimiento de un querer citadino, o de cómo conocer ciudades, o personas”. Deambular incesante, caminata de pasos perdidos, hundido como Arlt, en su ser errabundo y doliente. En “La narración de la historia”, el relato donde Correas comienza el itinerario del propio despliegue de lo narrativo, aquello que quiere contar es la condición, de poder  decir, retazos de un relato, mientras la historia, se va haciendo en el viaje, por los barrios inverosímiles contados en negativo, con un aire extraño, donde la ciudad se precipita sobre su cuerpo. “En vez de viajar hasta Lanús. Ernesto decidió ir a Constitución caminando por la calle Montes de Oca, cruzó el puente  sobre el Riachuelo y pasó junto a los depósitos y las fábricas, era un pasaje sombrío”  y dice más adelante que “entró en el hall de la estación Constitución por la puerta de la calle Hornos, caminó un poco, entre la cantidad de hombres que llenaban el lugar vio dos o tres rostros que le resultaban atractivos”. Allí entre la multitud, se producirá el encuentro con el que todo comenzará y ese escándalo, ese encuentro furtivo, entre dos seres aparentemente discordantes, impulsará ese relato, y la historia de ese relato: “Salieron y caminaron por la calle Brasil hasta la entrada del balneario municipal.” La caminata es el motor que organiza la historia y la estación es como un imán que los hace retornar una y otra vez. “Volvían a Constitución. Allí tomarían un ómnibus,” y el viaje urde la historia entre tipos furtivos. El errar no tiene rumbo fijo: es un cuento triste e ingenuamente homosexual, que no tiene consecuencias y su modernidad consiste en narrar incidentes promiscuos, de ciertos ambientes, que solo habían tenido registro escondido, sin encontrar su lugar en la literatura argentina. Volver a la “normalidad, a sí mismo, es hallar un lugar ilusorio, que en la vida real, Carlos Correas no pudo retomar, y esa fascinación lo acompañará hasta el fin de su existencia. Pero lo importante es que Correas en la narración de la historia, se expone, y ese caminar la ciudad, hasta que los paseos formen parte de su visión del mundo, de la literatura y del rumbo de todos los días, también esas ideas, serán su razón de ser, y esa inadecuación, el resultado, en última instancia, de su escepticismo, que está desde el comienzo míticoen la narración oculta, de un destino que no vuelve a ser.

En cambio, para la geografía urdida por Jorge Luis Borges, en algún momento, el Sur es una señal, y en la imaginería que se encarna o se desliza en su escritura, ese punto cardinal, encierra un significado, que se guarda para solamente indicar un nombre y un sentido. Relata Borges: “A la realidad le gusta las simetrías y los leves anacronismos, Dhalman había ido al sanatorio en un coche de plaza, y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución”. El sur comienza y es la oportunidad (el relato pertenece a otro tiempo, a otra ciudad del 40/50’) para entrar en el mundo distinto, de las edificaciones antiguas, que aún persisten en algunos rincones, las ventanas de rejas, el zaguán y su abrigo, acaso un último patio. El gato en la calle Brasil, luego de transponer el hall central, que se conserva y mantiene como de otro tiempo, cerca de donde vivía Hipólito  Irigoyen, se deja acariciar, como un recuerdo, durmiendo un sueño interminable, todo esto memora Dahlman mientras espera la llegada del tren. Después se sucedieron las quintas y los suburbios, como una serie de imágenes, que lo retrotraían al tiempo pasado, a algún instinto que ni el mismo conocía del todo , como si estuviera viajando hacia un origen que se le escapaba, también de algún modo esa obsesión configuraba su destino.

La soledad envolvía ese pasaje, imprevistamente para atrás, y el desenlace no puede ser otro, que trasladarse en la ensoñación, a la realidad de la llanura. Por otro lado el conocido cuento “El Aleph” comienza con la reiterada cadencia borgeana, aludiendo a un inveterado fraseo y recuerdo: “La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la plaza Constitución habían renovado no sé que aviso de cigarrillos rubios”. Es en la calle Garay, una calle cualquiera de la ciudad, donde está la casa que era de Beatriz, habitada por el previsible Carlos Argentino Daneri, su primo” adonde Borges, llega, con sus pasos perdidos, en ese barrio que caminó una y otra vez, en sus hacia el sur. Allí en un sótano de la calle Garay está el Aleph, esa pequeña esfera, que asume el vasto e infinito universo, que quizás la muerte de Beatriz haya agrietado “donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, visto de todos los ángulos todas las luminarias, todas las  lámparas, todos los veneros de luz”. Siempre detestó esa manía, de escribir versos banales, del primo hermano parodiado y reducido a lo ridículo, representado “en los hombres de letras”. Solo Beatriz, perdida para siempre, justifica ese mundo que es el tiempo que innecesaria y sentimentalmente, una sola vez, debe negarse, bifurcar lo inverosímil del relato. “Cada cosa (la luna del espejo, digamos) eran infinitas cosas, porque yo claramente las veía desde todos los puntos del universo” dice Borges. Ahí él observa una infinidad de elementos como mil facetas, como en una ensoñación diurna como una interminable sucesión de imágenes, que se refractan entre sí. La tierra, y las alucinaciones, el Aleph y una multiplicidad inconcebible, todo de un mismo modo desplegado y reducido a un hipotético vacío. Dice el cuentista: “En las calles, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron familiares todas las caras”, donde el temor inevitablemente lleva al olvido, se transforma lo real en mero ejercicio de una memoria.

Por lo que ese Aleph, el de la calle Garay, puede ser falso, inapropiado, porque el olvido se transforma en algo poroso, que anula todas las posibles alternativas, y esto quizás pueda significar, que Borges nunca estuvo allí, y que su permanencia, también puede indicar que todo fue soñado, como andar por un barrio inexistente. En un poema de Borges, se habla del puente de la calle Ituzaingó y Caracas. El puente suburbano, desde donde el escritor divisaba la cercana estación, mientras pasaban humeantes vagones y trenes, que lo atravesaban por debajo, dejando su estela, y su rumor, (Mateo xxv, 30). “El primer puente de Constitución a mis pies/ fragor de trenes que tejían los laberintos de hierro/ Humo y silencio escalaban la noche”. Borges frecuentaba muchas veces, ese barrio un poco apartado, y muy próximo al centro, y localiza algunas ficciones, como si ese escenario fuera propicio , para sus divagaciones, y sus salidas/entradas, lo condujeran a una realidad y misterio que lo convoca. Ese vagabundeo, esas largas caminatas, sin rumbo fijo por la ciudad, ese autorreportaje literario, es además una apropiación consentida, un lento divagar por el Sur, como si allí estuviese guardado un significado, que nuestra literatura busca desentrañar.