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22.10.12

Carlos Correas: una literatura destructiva, por Jorge Quiroga


La cualidad de lo arltiano


Hablando de Silvio Astier, Carlos Correas plantea que es “precisamente toda nuestra injustificabilidad, puesta en él , nuestra angustia de la cual huimos, nuestra abyección, que nos avergüenza, nuestra contingencia, nuestra muerte absurda”, la supresión bajo la forma de la imposibilidad de ser hombre, y el martirio que después será doloroso, rige esta lógica de tensiones, tribulaciones diría Correas, que marcan el destino testimonial, con  el que todo suicidio irrumpe en el mundo de los vivos para decir, estos son los límites de la imposibilidad y a ellos se rinde, cada uno que enumera los vínculos con la muerte.

Se ha quebrado la relación con “el otro del otro”, aquello que se deposita en lo ajeno del ser, extraño para sí mismo,  logrando así que  se vuelva imprescindible ese paso en la angustia de lo que soy para todos , lo que hago presente en un gesto por el que me veo inerme, contemplando casi en una ensoñación  que soy ajeno, y en ese instante mi decisión es lo único que puedo mostrar, con  la supresión de la realidad, donde me encuentro, en el último gesto imposible.

Una forma de morir  es la elegida, dice Correas, está señalando lo necesario, absurdo y relevante, que estoy enunciando en su contundencia: un pensamiento de la angustia y del dolor de mi circunstancia, que está allí para los que la quieran ver, envuelta en la trascendencia del suicidio. Ahora podemos preguntarnos de quién se habla cuando se interpela a la muerte, y hasta  qué punto el juego de identidades se retrotae a una reflexión que va en proceso de confundirse con la propia historia, y es sabido que escribir de Arlt, o de Silvio, Erdosain, Balder, etc., presupone un movimiento de búsqueda acerca de cierta cualidad de la escritura o de la literatura, que se refiere internamente a situaciones por lo menos tensionantes, alarmantes, porque comprometen todo el sentido del ser en cuestión , en el momento de unas crisis de existencia, que está instalada en el lugar donde reside la negación y el testimonio.
“Erdosain construye  verbalmente su sufrimiento para sí y para el Cronista Comentador, y el estilo de Arlt no se priva de hablar dolientemente del dolor y de “dolorizar” al lector o, por lo menos, de no suscitarle goce a través del contenido particular de las palabras”. Esa estrategia del sufrimiento construye un éxtasis que únicamente puede medirse con  un exceso, una humillación redoblada, el intento de ser otro, con lo que se busca padecer. El interés por Arlt tratando de comprender como se organiza ese lenguaje,  que ve como plebeyo, formando una constelación de sentidos. Acaso “una pasión de entrega al otro o de agresión defensiva: mágico a su manera, contagia el apasionamiento o provoca estupor o consternación”, es decir que el intento lleva agresividad para corroer el sentido común, e investir de cierto misterio, y de situaciones límites de las cosas.

Erdosain es santo, porque vive su dolor en su propia palabra, que quiere diseminar  para que los otros comprendan el camino que los separa y los distingue, para Erdosain: “Esa santidad si existe llega a la locura”, dice este santo maltrecho. Es sabido también que para llegar a esa condición, es necesario someterse a humillaciones, y que estas deben ser tan evidentes hasta llegar a negar al mundo, o simplemente para que se vea  allí, que el que está sufriendo y vive su destino  no sólo es mártir, Erdosain no llega a la locura porque se detiene antes, allí se  traiciona como tocando fondo en su humillación, evitando  de este modo  el  poema de muerte, pero no se siente poderoso, decide escindirse de los  otros.

Ese gesto solitario, ensimismado,  sin embargo rompe imaginariamente con  la dependencia en la que vive, por lo que dice ser otro, primero en las caja negra de la masturbación, que lo lleva a la irrealidad, pero siempre está allí desgarrado, la angustia es solo un modo de decir el mundo es doloroso, por lo tanto comprende, imagina. Correas en la  procura de percibir lo “arltiano”, quiere sorprender esto  en su manifestación más directa, en la peculiaridad de su aparición,  en su irrupción, sin esperar modificación alguna, en una soledad comparable a su aislamiento.

Tomar para permanecer separado, ajeno,  sobretodo de sí,  aunque parezca escaparse de la vileza del mundo, es un gesto que lo que hace es escindirme internamente, resquebrajar mi historia en la que aún no soy del todo. Entonces esa vida, canalla, de los otros, es preciso mostrarla como una constatación: ella  se da de una determinada forma para mí y para los demás, es el momento en el que el personaje arltiano se da cuenta que él es un sujeto que debe soportar el mundo tal como es.


La otra literatura de Carlos Correas

La angustia “que es una especie de miedo incomunicado”, y la literatura como “aniquilación de la realidad dada “, son desde el principio las ideas convocantes con las que Carlos Correas construyó una poética narrativa corrosiva. El lenguaje plebeyo se asocia a la polémica, porque en verdad se trata de un uso destructivo, residual, de cierta atmósfera que se percibe en lo real, y que hay que expresar en su extranjería. Desde “La narración de la historia”, lo aparente es reproducir la experiencia vivida pero para rodearla, recortándola, en el impulso de apartarla de la conciencia, como si todo fuera muy lejano, negando casi su sentido.

Sobre todo es la obtención de un clima espeso, irreal,  que se cuela en las tensiones del lenguaje donde lo vicioso es minúsculo, atravesado, y está en la misma respiración narrativa, como si se tratara de una voz que llega tarde, desde el fondo mismo de una  mínima historia agobiante, perturbadora, porque de lo que se habla es de la imaginería  y de los restos que ella provoca. Son “pequeñas memorias” autobiográficas de índole fraudulenta, son historias escritas bajo el signo de la desesperación, espectrales, oscuras y siniestras, ferozmente insalvables.

¿Dónde ubicar esta escritura enigmática y tan personal. Sin fórmulas corteses de tolerancia, como si el desafío formara parte de una estrategia de seducción y de rechazo. El deambular ocioso, los encuentros y amistades mitológicas son simples operaciones desubicadas, en la indigencia de un mundo vacilante, rancio,  con gotas de aceite grasiento, reciclado,  crudos hechos del pasado,  bajo el tamiz de una escritura sinuosa. Anotaciones, reportajes clandestinos, una furiosa necesidad de narrar, escribiendo una literatura empeñada en mostrar los últimos recursos, demoliendo la realidad, siendo de alto voltaje expresivo y desacostumbrado. Como venciendo el miedo, al no poder ahuyentar los “problemas morales”.

¿La cualidad de lo arltiano es una condición o un límite? Carlos Correas escribe su obra narrativa vinculado contradictoriamente a esa doble tensión que por ser autobiográfica , aunque lo quiera ser en forma velada, ingenuamente tergiversada, es existencial, por lo tanto utilizará el procedimiento de la confesión como recurso, para contar su extenuación más vacilante. Su concepción de la literatura, a veces es explícita o con una oscilación entre lo pleno y lo destructivo, en un movimiento que es agónico y definitorio. “Aniquilación de la realidad” dice, se trata de un proceso en el que se  amula aquello que abrume la existencia, con una lengua “flamígera” y desfalleciente. Aún cuando habla de otros (Arlt, Kafka, Massotta, etc.), en verdad, está hablando de sí mismo, de lo que el llama sus miserias, son “operaciones” que realiza para reducirse. La “pura disolvencia y la destructividad” lo acosan. Quisiera “construir un mundo” y en esas comuniones que son alegría y éxtasis, y belleza autónoma, es vencer y dar un sentido a su vida.

Esa epifanía parece estarle negada,  porque como en la cualidad arltiana es respuesta y asunción “dentro del sistema de la miseria”. Tempranamente en “La narración de la historia” (1959)  aparece como un elemento ficcionalizado la referencia a Erdosain, y a su lucha promiscua con  su propia historia, que caracteriza su flujo existencial y de escritura. Porque todo se da casi alo mismo tiempo, como algo persecutorio y obsesivo. “Pues si yo soy los otros, confesarme es declararme y declararme y declarar los hombres en mí” Esto lo lleva por vías indirectas, porque lo hace por un retórico pseudónimo, llegando al lugar inhóspito del “hombre del subsuelo”, al universo dostoievskiano de los hombres escondidos que profetizan, entre otras cosas su propio itinerario y su infortunio. Por eso mismo eso lo, conduce a la cualidad arltiana, que está erosionada en la confesión, porque aquel que entra a ese territorio ya comenzó a destruirse y a desmoronarse.

Lo primero es esta pregunta constante sobre la aniquilación de la realidad, esa aventura que se va cuestionando en forma introspectiva. La literatura es un remedo de plenitud, de entrada en “la alegría de vivir arltiana”, y al mismo tiempo es devastación, la realidad destrozada, todas estas instancias son múltiples y no llegan a satisfacer. Si la literatura construye un mundo imaginario, también puede destruirlo. Este vaivén continuo, patentiza una situación irrisoria. Se trata entonces de fragmentos autobiográficos, que se van desprendiendo. Si en  Arlt la masturbación despliega la invención, y las equivalencias se dan entre este movimiento, el robo, la escritura literaria, y  el placer deleitoso de masturbarse (el mundo de la Belleza al que se accede por medio de los placeres que lo vuelven irreal).
No es por casualidad que Correas, insista varias veces, inclusive sobredimensionando el vínculo, con la pequeña perversidad, que se logra en el instante en el que algunos seres se unen  y se aíslan, como posibilidad  de un acercamiento. He aquí un revolver, este revolver: juguemos con él : se tratará de empuñarlo, soasarlo, apuntar a talo o cual objeto transformado en blanco, gatillarlo , contemplarlo en nuestra mano, sentir su brillo duro, su frío mecanismo inexorable; es un juguete para nosotros, puesto que nos entretenemos con él y experimentamos cierta plenitud de fuerzas, pero si cargado , un juguete rabioso: hay que cuidarse  estar alerta, saber:  manejarlo; en cualquier momento puede perder una bala y matar matarnos. La escritura ficcional  de los relatos de Carlos Correas, y también su libro de ensayos “Arlt literato”, convocan a cierto límite suspendido de la muerte, en sus variadas intromisiones: el juego rabioso con ella, el asesinato o el suicidio. La supresión de la realidad, cortando el delgado hilo que nos une a los otros, con un revólver (con  el que puedo ser a través del crimen, o con  un sombrero que se presta a un adolescente, o con el que me siento como un gangster de Chicago que juega y se mira en el espejo, por el cual soy real e imaginariamente, como el mundo de los hampones. Que se ven en los films, que repiten imágenes fascinantes, que me sacan un segundo de la muerte y la vida siniestra, como sabemos lo más familiar.

Si El juguete rabioso se iba a llamar La vida puerca, identificando la existencia  con abyección y miseria, Correas incorpora este sentido como arma cuya pertenencia ofrece cierta plenitud y confianza. Convierte en objeto a la rabia, como Arlt lo hizo con el asesinato de la bizca, la amenaza a Barsut, o el suicidio de Erdosain, ya agotadas las furias de ser un delincuente, su odio de ser un humillado más. El arma transmite un poder y una forma distinta, porque es meramente irreal, y además casi procaz, irreverente, cruzada y envuelta por hechos morales, cuyo significado último ignoramos. La vida de algunos personajes arltianos es imposible, Silvio Astier (suicidio frustrado), Erdosain inexorable suicida,  la sirvienta de “Trescientos millones, se suicida para imaginar. Estas permanencias persiguen a Correas, aún cuando no las nombra, lo cierto es que se va  las ahuyenta, como si simplemente se tratara de constataciones. En verdad su literatura está poblada de pobres diablos desterrados la principal existencia arrancada de cuajo de la realidad. Correas  es quien se confiesa, la suya es una alegoría autobiográfica ,  donde los dobles se apretujan, Correas, Massotta, Arlt, etc., todos los aislados, que son conducidos al fracaso de la sexualidad vista como excrecencia, como destino de deambular por la ciudad.

Ese mundo clandestino de las maricas, que se oculta en los extramuros  suburbanos del sur de Buenos Aires, sitios sepultados, donde se dan todas esas aventuras,  secretamente escondidas. “Las maricas eran sus nombres, y sus nombres cualidad  ocurrencias, revelaciones, sobre sí mismas, ficciones, seres mitológicos, remedos, destinos funestos o brillantes, títulos de nobleza”. La ciudad del 50 en esta literatura se encuentra retratada como un lugar desierto, con hombres acosados, en una búsqueda incesante y angustiosa, impregna la vida de los seres en vilo, iguales y distintos. Porque el doble Correas/ Correa, entraña una figura que se confunde e invierte,  se fusiona, en el trayecto que los lleva a ellos mismos. ¿Un problema moral? ¿La vida es algo más que esa constatación violenta y conmovedora? Entre las caminatas y las  derivas por la ciudad, como una frontera que siempre se desplaza, el encierro o la detención que provoca claustrofobia, con  mareos alcohólicos, y el otro encierro que significan los viajes y estadías en pequeños pueblos de provincia, la vida de Correas paulatinamente se destruye a la manera de la torsión arltiana, que es esa pregunta constante sobre las condiciones de la existencia.
Intencionalmente, la literatura de Correas, es un libro de viajes  por una ciudad desaparecida, donde se descubre algo nuevo, pero fuera del tiempo real, el finge o se engaña, de que esas circunstancias  son actuales, cuando no son nada más que el signo  de su anacronismo, el  empecinamiento de una personalidad perdida disuelta en la vida, y severamente dañada en su ser. “Arlt en sus libros se inventa y nos inventa a nosotros “, dice Correas, esta interacción, este doble vínculo, es inexorable si queremos entrar en su mundo, lo que es lo mismo que decir que debemos hacerlo nuestro-“ Arlt: todos nosotros”: esta frase implica un movimiento donde la lectura se hace identificación, que borra los límites entre dos sujetos. Porque Correas puede decir Erdosain soy yo. Erdosain/Correas es un espejismo, que parece volverse muy real, como esos indicios indelebles de las imágenes oníricas, que traen horror y espanto. Correas procura en esa dirección, tratando de encontrar a su ser, a su propio sentido, repartiendo y concentrándose en  pedazos, quizás por eso escribe nouvelles, un paso intermedio entre la novela y el cuento.

Si pensar es además dolorizar, y uno siente repugnancia de su propia presencia, a Correas no le queda otra, que entender  mezclando “repulsión y embeleso “, las violentas conmociones que les suscita Arlt. Los dos extremos, los dos polos de la belleza, o de una rabiosa concepción de la literatura. Lo que elimina y destruye con su carga de negatividad, se contrapone a la búsqueda de plenitud y el deleite posible, dos caras de una misma situación. En términos arltianos, las humillaciones de la existencia, donde los seres de “la conciencia extraviada” no tienen otro recurso que la autodestrucción. La literatura crea mundos, en los que están depositados, los sueños e invenciones, pero más que nada significa que ese mundo se revela dentro de uno, para que la modificación se cumpla sin riesgos .Pero como también ella trae peligros, es necesario transitar un camino muy abrupto. Para Correas entonces escribir es indagarse,  y mostrar las señales de esa reflexión. Lo que añade es una ficcionalización  de sus  afanes, a sus textos narrativos, los convierte en relatos situados, en diferentes tiempos y espacios.

A su manera, es un humanista, que se horroriza con la vida y el país que le tocó, y no soporta en su pestilencia, por eso llega a decir, lo que otros no se deciden a hacerlo, acaso con la impunidad de su destiempo, que él cree terminal, y que en verdad es coherente con su actitud estética desesperada. En algún momento, pudo contraer, la enfermedad de la sinceridad, pero estaba demasiado al margen de los hechos de las vida, porque siempre estuvo, fuera de juego. Lo que logró  percibir, es que la inhumanidad, rige los rasgos de lo feroz de la gente, y comprobó que él mismo era parte. Silvio Astier traiciona para alcanzar “la alegría de vivir”, Erdosain “no deja de sentirse transido de la presencia fantasmal”, en el mismo sentido, Correas lo sabe, pero también entiende, que la muerte carcome las existencias, con las cuales, tiene puntos de contacto y de distancia. Son personificaciones de índole literaria, donde se encuentra la clave de una poética, tanto atribulada como aterrorizada. La obra de Correas, se concentra en ciertas secuencias, en gestos,  es singular la necesidad que tiene, de datarlos, como si  en ese acto de poner fecha a la experiencia, se pudiera leer algunos hitos, de nuestra historia reciente y de los débiles y vulnerables pasos que hemos dado.

Atracción por la bajeza, por lo canallesco y repulsivo, por un lastimoso erotismo, cargando las tintas sobre el ambiente desolador. Cambiar la máscara, debido al otro que me fascina y el  rechazo asqueado de uno mismo, resaltando los rasgos violentos y grotescos, puede ser una estrategia miserable. La descripción de los hombres solos, que habitan tugurios baratos y mórbidos, cines siniestros y promiscuos, delatan su inadecuación a la realidad. Hombres vacíos y obscenos: “La miseria, la más exacerbada   y a la vez más resistente al curso del tiempo, ha acosado mis sueños, mucho más que la riqueza de los barrios y suburbios residenciales”. Como si el eje norte/sur de la ciudad, más que una cosa comprobada, fuera la extensión de una duda. La angustia,  se experimenta a cada momento, la geografía amenazante de miseria, (lo que sería la causa más visible), está en el paisaje del sur, allí situado, como si fuera un imán. El dilema moral: “¿Qué hacer en un mundo, podrido hasta en los huesos? ¿Cómo vivir en él? Construye el motivo principal de la búsqueda a ciegas, que es la escritura de Correas, entre las encrucijadas que trata de sortear, para iniciarse como literato. La asfixia en un pequeño pueblo, la náusea persistente, el agobio y el aburrimiento, una condición que sólo trae dejadez, dice que la vida corriente ahoga. Tener familia es embeberse de nostalgia y abandono, apelmaza las imágenes vacías de contenido, los discursos falsamente argentinistas, todo cabe en ese cofre del ostracismo de un profesor de provincia. Allí se puede correr por una calle oscura sin rumbo fijo, perder pié y estar cerca de la locura, vomitar hastío y debilidad. Los padres están viejos y enfermos, en esa casa aislada, el calor hace volver la rutina.

Luego “El último recurso” es un relato ambientado, en la Facultad de Filosofía y Letras, con fechas precisas: “Jueves 24 de mayo de 1973”, esas horas tan significativas del advenimiento del camporismo, profesores jóvenes que plantean líneas de acción, cambio de modelos, la configuración de “un nuevo tipo de hombre”, la parejita diseña militancias, en ese momento, en que el poder político-estudiantil, parecía estar cerca de profundas transformaciones. Una ola de ironía,  y escepticismo se le cruza al profesor-protagonista Chaneton, que observa todo desde su íntima  soledad, preocupado por sus asuntos urgentes, que tienen que ver con cuestiones de un individuo en blanco. A quien parece rondar el fracaso, y la huída crucial de sí mismo, que habla de un sujeto atontado, del subsuelo. Hay un lado “académico”  de su vida, el “ser alguien”, respetable, con la frivolidad que a veces lo rodea, lo que podríamos llamar el rango de señorito, (que quizás es una maniobra para envilecerse), lo que no deja de ser sumamente irrisorio. Un hombre que sigue sus exploraciones, esos pequeños viajes de sabiduría urbana, que son en realidad la práctica del vagabundeo. No es casual que aparezca en algún momento, la foto de Arlt, con ese rostro plebeyo y acosado, emblemático de toda una forma de ser, muy atractivo y romántico pero sin ninguna actualidad. El día anterior a la asunción del gobierno popular de  Cámpora, Chaneton/Correas seguirá siendo un paria, un descentrado,  que desea una adolescente. (Entre memorias homosexuales y amoríos con mujeres pendularía su vida de desterrado.) Profesor universitario sin sustento, “Pero en qué clase de hombre me estoy convirtiendo”, piensa apesadumbrado, rozando un abismo. Ya lo tenemos como un señor maduro, que desatiende las inevitables intrigas políticas, chicos y chicas peronistas, justamente tienen tratos con él “un liberal de izquierda” desarraigado. La “chatura del momento” (o de siempre) es un alerta, se trata del tiempo de los ideólogos latinoamericanos, comisarios del pueblo. Hora por hora, minuto por minuto ese singular y largo día es invocado, en la languidez del tiempo  que se escapa, las  amigas tiradas en el suelo, atosigadas de problemas y tranquilizantes, borracheras, drogadicciones menores, se suman y se extravían. Un hombre en solitario, en lenta extinción, “no puede ser nuevo”, nada tiene que ver con  ese advenimiento, en él que no cree, o que le es indiferente, únicamente embebido en su sin sentido, aunque se reconoce parte del proceso, lateralmente, con su circunstancia de sujeto inadaptado, a los vientos de la historia.

“La operación Massotta” es después, un libro tan original como lapidario, una biografía que casi no es tal, restringida, dueña de toda una posibilidad y desgano. Con el conocimiento de Sebreli acabó la soledad, dice Correas, y de Oscar dirá, esto que parece sencillo pero es muy hondo: “Con su muerte morirá la sobrevida o el sentimiento  de aquella sonrisa socarrona  que me venía de costado en una noche porteña”, sonrisa que era una mueca triste, un rictus en ese rostro, que parecía arrastrar su pasado (agregamos nosotros). Desde “el sadismo de pacotilla”,  de los años juveniles, hasta la imagen alucinada de un Oscar vencido, transcurre todo un trayecto, que debe hipotetizar. Correas enuncia una frase contundente, de impacto, de cross: “La degradación subversiva del peronismo y el terror militar han contribuido a ese retardo provinciano en nuestra intelectualidad y al correspondiente y ávido progreso en la corrupción”. El tiempo los fue separando aunque Correas no se percate, y tenga con Oscar una relación tan estrecha, como si considerara, que allí se deposita, el sentido mismo de su vida. Y que en la cadena de arltianos, (recordemos la síntesis de experiencia vinculada con la angustia existencial, de la Conferencia de Massotta: “Roberto Arlt, yo mismo” para medir esa distancia), hay una continuidad. Lo cierto que la biografía, que es autobiografía, avanza en ese curioso texto,  como si ese amigo “que murió mal”, provocara la escritura de otro que la expresa y que también morirá  mal. El “cagador” candoroso Massotta, abre el prólogo-prólogo, invalidado, desastrado, como ese trío de juventud ya terminado (Sebreli, Oscar, Correas) llenos desde el inicio de miserias , de orígenes vulgares, sin prosapia, y con una procedencia de inmigrantes rencorosos, que por eso debían hundirse en el horror argentino, grotesco e implacable que a ninguno iba a perdonar, carcomiendo todo.

La violencia y la contraviolencia, tiñeron la caída de Perón, comenzará un nuevo ciclo, donde el acercamiento nunca llegó, por los caminos de acceso, y por diversas causas ninguno de los tres llegó a ser militante. Correas dice que la desesperación activa (en política y en el sexo no los abandonó), esos seres, sin tradición alguna que contar, continúan deambulando. Carlos  vivía en la calle, reivindicando  el mito, que junto con Oscar repetía, de hallarse más cómodo, e interesado, si frecuentaba chorros y putas, antes que intelectuales , él agregaría: y  maricas. Sólo Arlt y Borges, estaban en sus preferencias de literatura argentina, ajenos a las retóricas, causas nacionales. Pensaban una literatura de la subversión, que infunda felicidad en sus lectores, pero con una manera de verla, que   fuera consciente de las humillaciones, en suma que contuviera los horrores de la existencia social, una literatura que en esa época destruiría lo que ellos mismos son : al pertenecer a la burguesía. Querían ser escritores, intelectuales totales. Uno terminó mantenido por el “lumpenaje artístico” intelectual de la bohemia del 70 (Oscar), otro, Carlos hundido en su soledad., apartado de todo, aunque creyera que era “académicamente oficial” y por eso “era alguien”, se había recibido. Oscar era el outsider para su raro criterio. Los fuera de lugar,  en verdad  eran los dos amigos, ya extrañados y ausentes de la vida. Los dos sordos, se complementan y repelen, son tipos sin órbita, desarmados. Muchachos barriales y exóticos. Para uno la glorificación de Lacan es un límite, el ser así, triunfante y autónomo como Oscar una desmesura. El resultado de la operación, es esa última imagen borrosa, trajeado en el fondo de un coche policial, donde los dos necesitan no reconocerse. Aunque Carlos Correas píense que el tiempo no pasó, añore esas circunstancias míticas, de los años de la juventud.

Uno de los libros de Correas publicado póstumamente reúne en el final, relatos de la época primera, (“Revólver” y “La narración de la historia”.) El revólver otra vez, el que puede cortar la vida del otro, la vieja hembra y sus hedores, está tirada en la cama, ya entonces, no aguanta más, el mundo como comedia, como simulacro,- Tal como pensamos y sabemos, un tema netamente arltiano que lo acosa. La vieja madre lo asquea y lo apiada. Es necesario en ese destino siniestro, que el revólver sirva para matar  al sobrino, un cuerpo joven. El plan es preciso y frágil, la bala matará, pero el final ambiguo lo despedaza.
Por otra parte, “La narración de la historia”, es el cuento mítico que Correas  escribe como iniciación en la Revista “Centro”, de la Facultad de Filosofía y Letras, y cuya censura y  posterior represión, lo sumó en una exclusión solitaria, que de alguna forma lo persiguió siempre. La pequeña historia de Ernesto, y el morochito de Constitución, es un viaje y un  encuentro bajo un cielo desfondado, atravesando arrabales  que se suceden en color sepia, una mínima historia de despedidas, dónde el protagonista se siente transportado y cambiado hasta renovar las costumbres de su aparente clase. Todo termina cuando Ernesto vuelve a su vida y al estado común. Lo importante, aquello que Correas quiere contar, es el hecho de cómo el mundo “en situación de calle”, y en muchos otros escritos esto es palpable, es “otro”, casi un “enemigo”, que siempre atrae, y del que es preciso ausentarse, a riesgo de perder.

En otro relato, el doctor Manty, es un personaje desmesurado, con la misma edad, la misma vejez, con que prepara médicos jóvenes, se alcoholiza y sabe de la tortura y de los atroces suplicios de otrora, un viejo donjuán empedernido, un deshecho degradado que aparece constantemente en nuestra literatura (en una novela de Luis Gusman, en los cuentos de Andrés Rivera) con insistencia y despojo.
Otra zaga, la pareja indisoluble y simbiótica, de la Madre y el hijo, es otra secuencia y motivo en la  narrativa de Correas. La madre muriente, excremencial, vomita continuamente, resume y se nutre con la vida del hijo, tiene un cáncer terminal. La manipulación del cuerpo muerto, su higienización y la detención de sus flujos, forman un ritual sagrado, que se cuenta con esmero y detalle. Como las prácticas rutinarias anteriores: ver programas de televisión, concurrir a los recitales de la vieja cantante, visitar los vejetes amigos, que son de su círculo, compulsar el aburrimiento de trabajar en un banco. En resumen, la soledad entre dos, y la decrepitud, de quien ya conoce una muerte incuestionable. En verdad, las sordideces del envejecimiento, constituyen las verdaderas obsesiones  de Correas, un auto cuestionamiento interior  que conduce a desmembrar su existencia  en pequeños nudos que se repiten. El diálogo entre el viejo pícaro y el hijo, se mueve en instancias e interrogaciones tan desafiantes, que patentizan un conflicto de intereses, que remedan cobardías provocativas, en  un espectro de desequilibrios. Picardías  alegóricas, cuando el hijo es visto como apache, y reaparece el famoso sombrero, resto de la vestimenta del 30/ 50.La muerte de la madre, alevosamente  se presenta en esas transacciones. Todo termina en el disparo fogonazo que anuncia el fin, definitivo.

Por último, “Un trabajo en San Roque”, es el periplo de un profesor universitario ya vencido (otro sosías)  y en ruinas, en busca del  sustento que da el trabajo.  Nuevamente un lejano pueblo del interior, dominado  por un psicópata  dueño de todo lo que vuela allí. El profesor desquiciado por el aburrimiento, ya parece un ex hombre de estos tiempos. Gretel la Secretaria, y de múltiples tareas, es una más, de esos personajes femeninos aplastados. Rearte, el periodista cultural- dueño, es un oso, los alumnos son inexpresivos y enigmáticos Rearte comisario retirado, y ahora docente- periodista, rumia su visión estrafalaria  e irónica del país y de la quebradura nacional. Hay en el relato, borrachos de diverso tipo, empezando por el relator de la historia. El mandamás está enamorado de Mora, la novia del hijo Tomy, pero esto no es cierto del todo. Condenados al clandestinaje y lo trucho, ese pueblo es una metaforización de hasta donde el país ha llegado .Las genealogías se confunden, y los parentescos se cruzan. Son tipos aislados, atados a su suerte, que quisieran ver muertos al jefe, Chaneton resurge, pero es un suicida que se confiesa. Todo se cumple en la retórica de la “causa nacional”. Rearte rearma discursos periodísticos, y también filosóficos, para justificar la desidia. El profesor relator encuentra un cuerpo caído, es el de Juana Dominga, y aparece un automóvil que avanza unos metros, y se la llevan de mala gana, al Hospital Municipal. En los enredos amorosos, “el Jefe”, debe entregarse, quiere la cárcel, y el profesor desea volver a Buenos Aires: “Allí el hastío es mejor de sobrellevar”. Esta fábula se encierra sobre sí misma, el grotesco con el que Correas busca separarse, paradojalmente lo involucra, casi lo arrastra. La construcción de esas imágenes, que seguramente rechaza, lo invalidan para seguir pensando. La literatura se va convirtiendo en un camino sin salida.

Las geografías, por las que ha andado su imaginación, siempre fueron territorios frágiles, el sur porteño, una vaga zona que lindaba con su angustia, un espacio inventado para forjar su propio dominio, que sin embargo terminaba siendo el triunfo de Carreras, un hombre con los pies en la tierra y embebido de violencia cruda. Los otros espacios ocupados por su imaginario, son a veces recintos clausurados y apremiantes, que causan rutina, asfixia, y náuseas, o sino remotos pueblos del interior, con su lógica o de exilio interior, o de delirio decadente. El camino de Carlos Correas, es una continua ausencia de lugares de pertenencia, por lo que siempre está como suspendido y a la deriva, no se reconoce en ninguna de las figuras que evoca,  su anacronismo es residual, poco a poco se va separando de todo, como si nada le perteneciese enteramente. Ni la ciudad, ni la intelectualidad, ni el pensamiento, lo salvan de ese derrumbe .Se siente extraño y con miedo, ante el destino que lo aísla, y desde el inicio no comprende su sitio. De ninguna manera es la falta de un proyecto de vida, porque Correas apuesta desde el vamos a la literatura, que es su principal razón de ser. (O de no ser). Para él “Pues si yo soy lo que son los otros, confesarme es declararme, y declarar a los hombres en mí” Como el hombre del subsuelo se instala en la confesión, aunque sabe que no podrá verse.  La literatura, es de algún modo esa  exposición, y ello lo excede.

La “literatura destructiva” aniquila la realidad, en el fondo deja en la nada, todo ese movimiento  que busca acercar a la narración lo confesado. En este circuito no hay ninguna posibilidad  de entrega. Refiriéndose a la literatura de Kafka, y al intento de totalización que implica, el ejercicio de lo literario en el escritor dice Correas que “esta totalización había de ser perseguida y conquistada con un trabajo que es a la vez de destrucción y construcción”. Ese movimiento contradictorio pero fértil, aunque se base en el desierto de la imposibilidad y del fracaso. De nuevo con Kafka, hay una corriente, y una confluencia de intereses y preocupaciones, es decir de concepción acerca de la literatura, en ese péndulo que la reconstituye en su peculariedad. Su libro Kafka y su padre, al tratar de descubrir la esencia y la cualidad de la escritura de Kafka, y sus vínculos existenciales con la realidad, siempre habla de otra cosa, que lo conmociona.

La narrativa de Correas, tiene al país como principal motivo de atención, desde su soledad el escritor deambula por terrenos resbaladizos que lo comprenden, que son el apoyo de su peregrinaje. Hay una procura por el sentido, que está presente, en sus inconvenientes para integrarse con la ciudad que le es hostil. A cualquier lado que lleve su cuerpo siempre cansado. Correas es un apesadumbrado y arrastra su pasividad en todos los rincones donde habita. La realidad lo abruma y lo acosa, parece estar de más en cada situación, escribe destruyéndose. Lo dice expresamente en el prólogo: “hablar de Kafka hablando de Argentina, y de hablar de la Argentina hablando de Kafka “¿Pero en qué momento esto se cumple? Porque lo que se desarrolla en el libro es algo así como una fenomenología y una agonizante.

Descripción de la literatura kafkiana. Por lo que se puede deducir o presumir, también se provee de elementos de reflexión, para pensar la propia literatura, vista como actividad imaginativa  y perentoria. Esa lucha de Kafka de y contra de su intransferible  condición de existencia, sería desde el inicio el no ser, el sentirse extenuado, en una situación que lo sobrepasa. El fracaso literario, y el de vida, están en el fondo de todo este mundo de contradicciones y hallazgos. La literatura es invención, en el sentido que crea rumbos imaginarios, que se someten a una lógica de opuestos. La negatividad de ese impulso .por el que se destruye, y se arma un vínculo de “continuo sostenimiento de la invención “, y donde la literatura es plenitud postergada. “En la esencia de la literatura está la soledad del escritor”, y únicamente se trata de peculiares soledades en curso, en las cuales el que escribe se encierra en sí mismo. Este movimiento de clausura es evidente en las construcciones vacilantes de la obra de Correas. Hay demasiadas equivalencias y correspondencias, entre el estado kakfiano y la corrosión que sufre Correas, por lo tanto la identificación no es un momento de frivolidad o de esnobismo, sino la comprobación de una semejanza de destierros. La fascinación ante el gigantesco padre, y una inevitable estrategia de integración, en Correas acaso, será la constatación de un padre ausente y la búsqueda constante de substitutos concretos, que en Correas provoca una confesión, y una parodia en la figura del doble. La madre deteriorada y pestilente, ocupa ese siniestro lugar, de lo existencial  terrorífico. Las imágenes se reemplazan, pero cunde una situación donde la repulsión se concentra en el cuerpo cadavérico  y corrompido materno.

Una literatura, sobre todo atenta al horror del mundo, que incuestionablemente lo conducirá a “encrucijadas morales”, que le harán preguntarse por el sino de esa inseguridad que  lo pospone. El melodrama de Correas, consistirá en su falta de ubicación, frente a cada circunstancia. El éxtasis, que es el instante pleno, (de la alegría del mundo y del vivir), lo encontrará con un razonamiento divergente, que lo dejará cada vez más silencioso y anacrónico. La zona borrosa, donde colocar la producción narrativa de Correas, será la de un exilado  de su particular causa, y de su inerme inadecuación. El cariz totalizador que vimos, lo entiende Correas, como el cometido de toda escritura literaria. Dice: “esta totalización había de ser perseguida y conseguida con un trabajo que es a la vez de construcción y de destrucción”. En esa dirección, la alternancia es rigurosamente necesaria, ,y es dudosa, y puede hacer acceder al escritor a la impotencia, y al hombre al fracaso y  la imposibilidad. El círculo no se establece del todo, prevalece cierta ambigüedad, en la que los sujetos desaparecen. Correas ensaya una escritura aparentemente “realista”, cuando lo narrativo lo abruma, no consigue ningún límite o frontera. Más bien se somete a esa lógica de la realidad. En ese mundo de los horrores diarios.

Lo “puro, verdadero e inmutable”, se parece mucho en Correas a lo simulado, los personajes de su literatura, son casi todos desdoblamientos, de su permanente ensoñación, viven con intensidad lo que les pasa, y no hallan en ningún punto, la auténtica esencia, de aquello que se manifiesta en los hechos.  Chaneton  joven, no comprende si busca a alguien, en su interminable caminata por el sur de Buenos Aires, el profesor recluido en su matrimonio pueblerino, no conoce quien es él en verdad, el maduro profesor de la época “del asalto al cielo” no puede ser “nuevo”, ni que hablar del vencido profesor del final. que ya se ha casi rendido. Es decir que Chaneton/Correas, y todos sus dobles atraviesan los horizontes, que le anuncian de diversas formas que su trayectoria viene invalidada de entrada, y que nadie puede trastocar esa situación incontenible. Si “ser un todo por sí mismo”, significa que el escritor debe recluirse en sí, y que la realidad nada  más  que una circunstancia totalmente lateral a esos desfasajes. La reclusión y la soledad de Correas, son hechos inevitables, y que están operando, para pasar de cierta pasividad, que es la condición  de existencia, que es totalmente  atendible. “Las búsquedas  morales “, se renuevan en las nuevas causas, que van apareciendo, pero el sujeto Kafka/Correas/ Arlt,  siempre es aquel que es “desterrado” ,y que sabe que su exilio interior, es el verdadero sentido, que se desplaza, en otras oportunidades que brinda la vida, manteniéndose distante, a esos problemas, como si no le pertenecieran. Hay una necesidad y un deseo, de no ser indiferente a los sucesos, que van cambiando, cumpliendo una lógica actual, que no coincide, con el anacronismo del personaje central autobiográfico  construido.
El mundo de Correas, en parte, fue el mundo de la calle,  de un cierto margen  clandestino, soterrado, y del encierro después en imaginarios pueblos de provincia,  que corroen  a aquellos que lo habitan, como transición y como ocaso. El  último significado de esto, acaba en San Roque, donde la alegoría del destierro, y del sin sentido ya se ha consumado.  Asistimos al derrumbe de todas las ilusiones, luego de la devastación que dejó la dictadura. Son tiempos difíciles, de los cuales se podría decir, que se quiebran, y se reproducen en vidas anónimas, que niegan el pasado. En los cuentos y novelas de Andrés Rivera, Luis Guzmán, Ricardo Piglia ,Carlos Correas, entre otros, se trata la narrativa de ese tiempo histórico, definitivamente signado, por una furia, que se corresponde con la perplejidad, que encontramos, en ese clima de incerteza ante lo emprendido, representado por seres como el Doctor Manty, o Rearte,(ambiguamente los culpables civiles.) El éxtasis, el fuera de sí, que despliega la literatura, no restaña esas heridas incrustadas en los cuerpos, en el horror de una insanía desmesurada, “la belleza absoluta” y su autonomía  relativiza sus efectos, cuando todo es resto de experiencia demolida. Concuerda esta caída de lo social,  esa agonía preanunciada en la matanza, con el sin salida de la existencia lastimada  de los personajes de la narrativa de Correas.

¿Qué hay que contar, en esa situación de almas, que sólo soportan el mundo de los hombres? La literatura no redime, no justifica esas alternativas, más bien demanda  nuevos silencios, y cualidades que únicamente da el asombro. Abrumados por la propia angustia, los seres y el no ser, que atraviesan la literatura de Correas, se vinculan con otros condenados a arrastrar su indeciso pasado, por entre los escombros, de una maligna indiferencia social. A la cualidad arltiana, de la poética de Correas, se suma entonces ese virtual hechizo kafkiano, que se infiltra en la sociedad argentina, haciendo permeable y poroso, el sufrimiento. Es un mundo desintegrado, en fragmentos, que a veces semeja una mueca, otras una verdadera farsa, el mundo y la realidad no es posible, ni puede darse. La literatura: “ese sabor perfecto de alegría y potencia” no es más que un mero espejismo, que nos aísla, mucho más en nuestro núcleo, y que ni siquiera provoca hilaridad. No nos une con nada, porque lo real, ha sido absolutamente diezmado,  por los hombres. ¿Entonces en que puede creer Correas, si ya blanqueó sus certezas? Entiende, eso sí, que ser arltiano es lastimoso, pero es lo único, a lo que accede. Acosado  como  está, por un sentimiento, que lo despoja de todo. Esta desposesión, lo entrega, sin fuerzas, al dominio de lo que no consigue refrenar, (ese tipo anticuado, se quedó en una época detenida) Respira apesadumbramente, sin ubicación ni sirve de testimonio. Y su literatura se deshace lentamente, lo destructivo de su impulso se vuelve sobre sí.

Dice hablando de lo siniestro en Kafka: “la repulsión, sacudimiento profundo de la consciencia en presencia de un determinado otro, goza las cualidad de evidencia y adecuación.” Esta aparente ortodoxia  existencialista: “El infierno son los otros”, le sirve para medirse en la repulsión que  causa a su misma y malherida persona, exageradamente sufriente,( por omisión de causas), pero con persistencia de equívocos vitales. El suicidio será su último y secreto pasaje, a otro mundo de pureza absoluta. Esta oscilación constante, este espacio de contrastes, envuelve toda su existencia, en un torbellino de aciertos y torpezas, y en el final lo desampara, lo deja a la deriva. Involucra a ese no ser entero, (el estado kafkiano/arltiano) forma “conciencias perturbadas”, dificulta la salida vital, frente a toda esa miseria moral enclavada en la realidad.

El camino está tapado por esas cristalizaciones que encallan el alma de Correas. Se encuentra en la negatividad, y no sabe como salir de ella, su desesperación es evidente, en las páginas de su narrativa postrera. Los altos y bajos de la cualidad arltiana, esa mirada atravesada por las circunstancias de un mundo desquiciado lo aterran. Quizás no pudo hacer más, sobretodo para sí mismo,  y después para los demás su espíritu no bastó.

Indudablemente,  Carlos Correas es el heredero auténtico, de las conciencias en crisis en el límite de la desagregación, que la  narrativa arltiana inaugura y consolida para la literatura argentina, inclusive en la versión grotesca, sentimental y plebeya de estilo, que se actualiza en la escritura de esta soledad.



Publicado inicialmente en: Decirlo todo: escritura y negatividad en Carlos Correas, José Fraguas y Eduardo Muslip (compiladores), Los Polvorines, Universidad Nacional de General Sarmiento, 2011.

22.4.11

Reportaje a Carlos Correas

por Jorge Quiroga





Usted tuvo un comienzo aproximadamente escandaloso en la literatura. ¿Podría dar detalles?
Con mi cuento La narración de la historia aparecido en la revista Centro en diciembre de 1959 hubo más de un escándalo. Era un cuento con tópico y hechos homosexuales. Primero un escándalo doméstico, por ejemplo que Germán Rozenmacher, en la época compañero de estudios, me dijera que él y un grupo de amigos encontraban aceptable mi cuento, excepto el que dos tipos se besaran en la boca. Me quedé en blanco. Pero la réplica debió haber sido que no eran simplemente dos tipos, sino una marica besando a un chongo o a la recíproca. Segundo, el escándalo judicial, el proceso, la condena por “publicaciones obscenas”, el secuestro y prohibición de Centro. En el juzgado, el fiscal, Dr. Guillermo de la Riestra le pidió al juez que me preguntara qué juicio me merecía a mí la masturbación, “el acto más abominable que podía cometer un hombre”. En el despacho del juez estábamos entre varones solos; también estaba el abogado defensor, función de la que muy generosamente se había hecho cargo Ismael Viñas. El juez, sabiamente, declinó formularme esa pregunta. El cuento que me valió asimismo el editorial Confusión y extravío del diario La Nación del 17/5/1969, que decía que mi cuento, no por estar escrito podía considerarse dentro de la literatura, ya que caía más bien en el campo de lo patológico. Me alcanzaba uno de los tantos ecos de la altísima moralidad y del sano poder de policía doctrinaria desde los que habla La Nación. Yo quedé debidamente, ya que no excesivamente, reprimido.

¿Podríamos hablar de su procedencia generacional, de sus experiencias, de su participación en la revista Contorno, de su encuentro con David Viñas, con Oscar Masotta?
A la revista Contorno llegué por intermedio de Juan José Sebreli. Mi participación escrita fue muy escasa: un cuento con tópico también homosexual y una crítica a El juez de H. A. Murena, y mi participación programática fue nula o del todo periférica. Contorno fue para mí una experiencia íntima; he aquí la experiencia: el hallazgo de nuevas relaciones humanas. Con Sebreli éramos compinches tunantes de tiempo atrás. Y David Viñas, con su, en mi caso, entrega masiva, adherente, me brindó, creo que el primero de mi vida, respeto, en una época en que yo no me sentía respetable y en que tal vez no lo era. He aquí otra experiencia, una de mí mismo: yo era indiscriminadamente ignorante, rabioso, callejero, y aspiraba, sin mucha buena suerte, a la desolación, a la promiscuidad, al clandestinaje, a la fortísima desenvoltura de la perversidad. Era naturalmente patético, lo que me ponía más rabioso todavía. Y con Oscar Masotta descubrí la pura amistad. No nos preocupábamos tanto del contenido de nuestra obra futura, sino del éxito literario y de nuestra futura manera de ser. Sebreli, Masotta y yo formábamos un grupo aparte. Éramos tres primitivos indefinidos, vivíamos en círculos viciosos, y con la ambición de ser firmemente agraviantes y depredadores. Teníamos 22 años. Oscar Masotta decía: “Si no podemos producir obras que sean ‘hitos fundamentales’, entonces como última salida para ser famosos escribimos una novela pornográfica y sanseacabó”. Y también: “Debemos fijarnos un plazo. Este será nuestro proyecto cultural: a los cuarenta años ya tenemos que haber llegado a ser inteligentísimos, bellísimos, cancherísimos y crudelísimos”. Yo agregaba: “Y putísimos”, Oscar reía.

¿Qué influencia pudo haber tenido Sartre en su formación literaria y en su generación?
Pienso que Sartre se convirtió en ejemplar para nosotros porque por su intermedio nos uníamos o escapábamos a la angustia de la soledad. Personalmente descubrí a Sartre en 1951. Yo tenía 20 años y venía de Émile Zola. Leí La náusea. Fue una revelación fulminante. Estuve tres noches sin dormir. Tenía un motor marchando en la cabeza. No debe ser sencillo dejar atrás esta rotunda y dichosa violación. Me pasé de Medicina a Filosofía y Letras. Pero esa unión ocurrió porque en Sartre encontrábamos los más eficaces medios para luchar contra los enemigos literarios internos de la época. Así, la idea del arte como fundación humana del mundo, contra los majaderos surrealistas; la idea de la escritura como imaginería corrosiva de lo real, contra los comunistas, faltos de la malignidad necesaria para el valor estético. Y Sartre era también nuestra arma en común para vencernos entre nosotros, los contornistas, la unión en el combate para decidir quién resultaría el único que sería nuevo y daría la pauta. Pero era obvio que los contornistas no estudiábamos L’être el le néant. El estudio de la filosofía requiere soledad, y nosotros, por nuestra edad y, quizás, nacionalidad argentina, necesitábamos agruparnos, militar en conjunto, vanguardizarnos, buscarnos cada uno en cada otro, y esto porque cada uno no conocía todavía sus posibilidades ni sus límites. Así, Masotta, Sebreli y yo éramos, en esa época (de 1953 a 1956), un conjunto esencialmente fraudulento. Para escribir robábamos, recortábamos y copiábamos. Textos franceses aún no traducidos al castellano; y, además de Sartre, Merleau-Ponty y Hegel. Claro que a la vez obligadamente debíamos tomarnos en broma a nosotros mismos. Y esto no podía durar. Los caminos fueron diferentes. En Sebreli la fraudulencia no desapareció; al contrario se le ha metido en los huesos y se parasitan mutuamente, pero a la vez esa fraudulencia en él empezó a tomarse en serio a sí misma y por esto Sebreli ha desembocado en la mentira abyecta y en la fatuidad. En Masotta la imposibilidad intelectual de seguir a la par de Sartre, sobre todo después de la aparición de la Critique de la raison dialectique, fue un determinante de su locura. Luego de la terapia Oscar trasbordó de la fraudulencia y el pastiche a la “honestidad básica” y a la “legitimidad”, de Sartre a Lacan, y encontró y blandió un inencontrable de aire: “el pensamiento contemporáneo”. La soledad amarga en que lo encontró la muerte en el extranjero y su desilusión final frente a la tontería imperante en el mundo, precisamente luego de haber estado en Buenos Aires entre estructuralistas, semiólogos, freudianos y lacanianos, esto es, la en ese momento “gente más inteligentísima y cancherísima” con la que Oscar siempre soñaba alternar en su veintena, le habrán revelado que los “inteligentísimos y cancherísimos” son siempre otros y que aquellos ya eran y son corrupción o nadería. Todavía no puede leer sin congoja, sin fastidio, su queja en 1970 por la “falta de maestros” en la Argentina y esos blandos, pueriles, enrarecidos, humildes hasta el desfallecimiento, lastimeros “como nos enseña Lacan”, “viene a enseñarnos Lacan”, “nos dice Lacan”. Una compungida santurronería de acción de gracias: “ ‘Nosotros’ y ‘Lacan’: no estamos solos; hay un alguien, Lacan, que se dirige a nosotros, que nos vuelve ‘nosotros’ ”. Pero en verdad siempre estuvimos solos. Para nadie dijo y enseñó Lacan. Tras la decepción inmunda de los “inteligentísimos y cancherísimos”, la soledad sorda y callada, retornó para Masotta y fue a la muerte.

¿Puede hablar acerca de su silencio literario desde su cuento penado hasta la aparición de su novela Los reportajes de Félix Chaneton?

Mi silencio literario a partir del cuento y de su proceso obedece seguramente a diversas razones. De las que mejor percibo puedo indicar primero el miedo que me sobrevino luego de mi propia sorpresa por la relación de los demás, no de todos, claro, sino de quienes llamaríamos “autoridades” o “poderes”. Yo era “asqueante”, el “extremo de la degradación” y desde mí parecían emanar la “perturbación tendenciosa y contumaz”, la “disolución de las instituciones republicanas”, etc. En una segunda razón podemos incluir cómodamente todas las formas de la impotencia literaria: el no saber qué decir o cómo decirlo, la repugnancia por mí mismo como escritor, el sentirme alternativamente por encima o por debajo de mis propios escritos, etc. Y una tercera razón, quizá la más poderosa, es que yo también, como Masotta, busqué abandonar la fraudulencia y pasar a la “seriedad”. Intimidado, traté de merituarme para lograr alguna institucionalidad y licitud. Me enclaustré para estudiar filosofía y terminar la carrera, pues yo debía recibirme y ser profesor. Este debía ser el lado oficial de mi vida, por el que me haría perdonar aquella “aberración”, aunque yo, astutamente, me reservaría un lado “destructivo”, no por la bobería de helarle la sangre a burgués alguno, sino para sacar de este último lado una máxima fuerza literaria. Me recibí e inicié mi carrera docente en la misma Facultad de Filosofía y Letras junto con mi mujer y compañera Marta Brarda. Y esto era también estadísticamente normal e incluso decoroso. Hasta que en setiembre de 1974 fui dejado cesante por razones políticas. Entonces volví a hacer literatura, con, entre otras, dos obras largas: una novela autobiográfica y un ensayo filosófico sobre Roberto Arlt.

¿Cuál es el lugar específico que ocupa Roberto Arlt en sus preocupaciones?

Sigo buscando un modo de hurgar en o construir el sentido de su cultura –no diré “escritura” ni “literatura”– de la violencia y la prepotencia. Desde y por Arlt sabemos que hasta ahora no hay cultura argentina posible si no comienza ejerciéndose en el elemento de la violencia opresiva y la prepotencia. Y que toda respuesta a esa situación deberá fundar y practicar la cultura a través de la contraviolencia y la contraprepotencia. Contra los cultos que necesariamente nos violentan y los violentos que necesariamente nos cultivan, no seremos cultos de otro modo ni haremos otra cultura si no violentamos y prepotenciamos a nuestra vez. El dolorismo cósmico y el buen truco de tomar sobre sí los crímenes del hombre son el rezago que la violencia en forma de miseria tomó en Arlt y lo convirtieron en un hombre imposible y simultáneamente real, un hombre con quien no podríamos convivir un instante; y no solo un hombre imposible, sino el que debía cargar conscientemente (envenenadamente) con su imposibilidad. Puesto que mi novela Los reportajes de Félix Chaneton sería una muestra cualquiera de “cultura argentina”, debí acudir a Arlt, a quien nos divulgó que el secreto de la cultura yace en la violencia. Partiendo de Arlt busqué a Arlt mediante mi novela. Pero no se erige en Maestro a Arlt. Se aprende de él, sí, pero, además de esta receptividad, sólo se puede intentar ser Arlt, y aguantarse en el asco y frente a la muerte. Y para ser Arlt empecé por ser yo y a la vez otro que yo, otro yo que es un personaje de mi novela y a quien llamé Carrera. Porque Carrera soy yo; incluso dejé, en una ilusión de ser estudiado (atendido) por futuros descifradores, el muy fácil recíproco eco Carrera-Correas. Aunque igualmente Carrera es el yo peor que ya no podré ser, así como Chaneton –señorito que debía ser inicialmente repulsivo para terminar siendo no amado por vos, oyente o lector, sino aquel a quien habrías de acudir en tu momento de la desazón y la angustia– es el yo mejor que pude inventarme.

¿En su novela está nítidamente expresada una actitud ante la literatura. ¿En qué consistiría esa actitud y qué significa una literatura destructiva, como a través del prólogo se anuncia?
Por lo pronto le diré que mi novela, en cuanto la vi publicada, me dejó y me siguió dejando una impresión de anacronismo en todos los aspectos que se me ocurran. Y aunque no me detengo en mis impresiones, razono que ese anacronismo respondería a una demora o laboriosa o remolona meditación filosófica. Si el ateísmo es “una empresa cruel y de largo aliento”, según Sartre, no menos cruel y larga es la de volverse materialista; creo que recién me he iniciado en ella. Una actitud materialista antes la literatura pone en primer lugar la literatura como lucha violenta: contra las costras y podredumbres del idealismo inculcado en uno mismo y en los demás. Es justo la literatura destructiva: el escritor que busca hacer cultura, y no meramente defenderla o pillarla o enmendarla, sabe que no ha hecho buena literatura si su libro no alcanza a destruirlo en su más fina e intensa adaptación al mundo establecido. Sólo si pasa esa prueba, el escritor podrá aspirar a una destrucción análoga en el lector, y podrá alegremente pontificar con plena seguridad y derecho. Muy buenas revulsiones, disolvencias, provocaciones pertinentes, carcomas, terrores, agresiones correspondidas ya con el silencio, ya con la burla, ferocidades, virulencias e interrogantes sobre modos de degradación o de aniquilación atroz pueden hallarse en Arlt. Este hombre no abomina de su época menos que de sí mismo, ni su época no fue menos ruinmente guerrera y genocida que la nuestra ni nosotros somos más mugrientamente bárbaros. Sólo que una cultura no se hace si no se hace enemigos. Esto, que lo saben ya nuestros enemigos, es lección necesaria para devenir los enemigos que debemos ser. Los procedimientos de opresión y humillación no son “alternativas propuestas”: son realidades sociales prácticas que constituyen la sociedad argentina misma y que se ejercen de hecho desde y por la institución de la (digamos la palabras tan vieja y tan presente como el objeto designado por ella) burguesía como clase dominante que se sabe y se corrobora “ama de la historia”. Y nuestra época, aderezada por la última “dictadura militar”, es también de un retrasado estado de descomposición intelectual, que, deberá admitirse, es de inmediato político. Por ello estamos obligados a concluir que la política militar ha triunfado –internamente– y que este triunfo es el “espíritu oficial” y el gobierno presente. En efecto, nuestros militares han conseguido hacer creer a sus enemigos y adversarios naturales, ex intelectuales críticos de la sociedad pero ahora oficialistas, que han estado locos o han delirado y hacerlos confesar que el castigo que han recibido era merecido; o bien que la izquierda incurre paupérrimamente en “maximalismo”, término intelectual rastrero para lo que nuestros brutales militares y editorialistas asnales llaman, más dignamente “extremismo”. Son los efectos del adormecimientos de este depresivo período de seudopaz en la también pseudopostguerra. El actual partido gobernante, sus candidatos vencedores y los provisoriamente postergados, los intelectuales “autorresponsabilizados” que los apoyan o se resignan a ellos, su fraseología… son a lo sumo aplastantes. Son ya del todo ubicuos. Son la miseria de la cultura. Exitosamente se hacen o se dejan encontrar y depositan por doquiera viscosidad y pesadez: combinan la profundidad del hedor de quién está demasiado fatigado y demasiado lastimado para ser peligroso y una impávida apariencia de necedad, verdaderos huevos duros de quince minutos de cocción, de miradas vacías, de obras menores, quizás monstruosos, pero de solo interés local. Jamás en la historia de los argentinos, debe de haber marcado tanta fuerza de presencia el enmerdamiento que ha sobrevenido. También aquí nos asiste Roberto Arlt y su muestrario de basuras y basurales de nuestra sociedad. El basurero Roberto Arlt se encarnó asimismo en una basura modelo para hacernos comprender a una soledad a través de sus desechos específicos. Claro que habrá que rechazar siempre todo “miserabilismo”, la “mera mortalidad o infortunio”. Arlt no es en absoluto un escritor miserabilista.

Su libro sobre Arlt, ¿qué significaría respecto de la crítica que se escribió sobre este escritor?

Hay un vasto Arlt inédito y, por tanto, no hay un Arlt completo. Mi trabajo filosófico sobre Arlt pretende sistematizar parte de su obra. Sostengo que no hay Arlt si no es todo Arlt. Pero aún no hay un todo Arlt. Sólo formalmente mi libro se asemeja al de Larra en cuanto a que estudio a Arlt en sus novelas, cuentos, teatro, las Aguafuertes, y también en sus colaboraciones en la revista humorística Don Goyo, en algunas de sus crónicas últimas en El Mundo y en varios de sus cuentos de El Hogar y no recogidos en libros. Pero me aparto, sin interés, de las bonachonas intenciones de Larra y su estilo dominical subsecuente a la lectura u ojeada del suplemento infantil los diarios. Diana Guerrero y Masotta consideraron a Arlt sólo en algunos aspectos de la narrativa. Es incompartible la tesis de la primera sobre el discurso ideológico pequeñoburgués subyacente en la obra de Arlt, simplemente porque Guerrero no investigó la obra de Arlt, por lo que la tesis carece de prueba. Detrás del libro de Masotta está el Saint Genet de Sartre, además de la “prosa de tonos” de Merleau-Ponty. Es un ensayo expresivo, pero algo embrollado y sobremanera exiguo y apenas difunde lo que Masotta alcanzó a entender de una salteada y conjetural lectura de sólo una tercera parte del Saint Genet, lo cual me consta pues yo le presté el libro en francés. (Era, sí, un retoño de la fraudulencia, aunque ahora pienso si no quedará como uno de los productos más válidos para los lectores.) Entonces, mi libro sobre Arlt pretende significar, a paso forzado, una reflexión materialista totalitaria (es decir, aquí, filosófica) sobre la parte de la obra de Arlt. Estimo que avanzo sobre el conjunto de la crítica precedente, y, del todo separadamente, construyo a un nuevo Arlt por el que somos Astier, Erdosain o Balder. Este “ser” he tratado de mostrar en mi ensayo. Somos aquel traidor; ese ladrón, masturbador, fraudulento, asesino, suicida y terrorista onírico; este ingeniero burgués repugnado de sí mismo y que busca huir de la condición burguesa mediante la chochera erótica y la sumisión perruna a las mujeres; o bien nos alcanza la sagrada esterilidad del “escritor fracasado”, o también somos alguna de “las fieras”, que es el mito más bello y potente creado por Arlt.

¿Qué nuevos trabajos está preparando?

Preparo una serie de cuatro breves nouvelles, en la que me preocupa mucho la forma. Y para esto debo distorsionarme aunque sin desinteresarme por mí mismo ni por mi trabajo. El lector, por supuesto, es nuestro patrón; todo se hace para él, o, mejor, por él es posible que haya algo así como un todo. Pero quizás, y esto es ya el trabajo conjunto de la distorsión y el interés, más que buscar nuevas formas, habría que inventar e imponer otro sentido de “forma”, o destruir y deslegitimar cualesquiera temas acerca de la “forma” o el que la forma sea el contenido de nuestras reflexiones. O “forma” debería adquirir un sentido más hondo, pero que finalmente no sería sino el sentido de la existencia. Lo obvio es que es decisivo preguntarse ¿cómo escribir?, pero no más obvio ni más inevitable que preguntarse ¿cómo ser? o ¿cómo vivir? Pero el añadido fatal es ¿cómo escribir para ser leído y buscado y perseguido por el lector? Por lo demás espero urdir situaciones o episodios literarios que estén a la altura de la actoral inhumanidad argentina. Me bastaría con un lector o con los lectores que se persuadieran que es innecesario seguir argentinizando la inhumanidad. Y además estoy escribiendo un ensayo polémico contra un fantasmón escritor argentino especializado en suministrar el más influyente doctrinarismo al servicio de la guerra antisubversiva. Por ahora no conviene nombrarlo. Y también trabajo en mi tratado de filosofía. No seré libre hasta que no lo termine.




Este reportaje fue realizado en 1985 y publicado en la revista El juguete rabioso, año 1, nº 1, noviembre 1990.