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1.10.13

Cuaderno de hoja lisa, por Hugo Savino






                                                                                                             Para Régine Blaig

Nos quedamos con los apuntes, con los cuadernos de notas tal cual o muchas veces camufladas adentro de novelas, o entre las páginas de inconcebibles diarios íntimos, o en epistolarios castigados por la infaltable supra-conciencia biográfica. – Néstor Sánchez, Márgenes.

Néstor Sánchez  re-trabajó sus deudas, asumió sus rupturas, sospechó de la ruptura, intuyó rápido que se venía la época de todos, en la ruptura,  supo que es inevitable una poética del rechazo, una idea del valor:

“-¿Qué quiere decir valor? Convengamos que el valor en sí, el culterano, lo dan los profesores y periodistas de todas las edades. Yo hablo como un tipo apasionado por lo que hace y por lo tanto arbitrario. Cuando uno quiere algo, conocer y convencerme a través de la escritura, cuando lo quiere todo el tiempo, no pide ni da cuartel; y tampoco lo merece.”

Las notas de Ojo de rapiña acompañaron la escritura de sus novelas, son  de su trabajo, de sus libros. Néstor Sánchez fue envolviendo el vacío, con sus novelas y con sus apuntes. Con sus entrevistas. Una continuidad. Rescato las dos palabras: notas y apuntes. Contra la idea de ensayo. No escribió ensayos. Ojo de rapiña era un proyecto de libro –Gabriel Rodríguez a Claudio Sánchez: “Tenés razón, hablaba de un proyecto “Ojo de rapiña”.”

Supo que lo precario no lo abandonaría  nunca, que se trataba de enriquecerlo. Escribía en el momento en que la sacrosanta ficción empezaba su reinado. El realismo llegaba. O se redefinía, para decirlo ampuloso a risa. Una escolaridad de la literatura ya se había instalado, una profesionalización ocupa todo el terreno. La maldición escolar. Todos empezaban a escribir la misma novela: “Lo cierto es que en este tipo de  novelas bastante parecidas entre sí y por lo general llamadas “realistas”, lo más fácil de comprobar es que el lenguaje, esa aventura artísticamente descomunal y bastante desacreditada, ha sido enajenada para otros fines”. En la guerra del lenguaje apareció la decisión de acabar con lo artístico descomunal. Liquidarlo. Ponerle la tapa. Había que impedir que Jarry, o podemos decir Macedonio Fernández, se repitieran. Un ejército de profesionales de la estética y de la enseñanza (la demencia universitaria dijo Samuel Beckett) se consagró a eso. Una guerra que todavía dura.

Entre libros permitidos y libros no permitidos.  Empezó de manera oficial la guerra contra el poema. Sánchez escribió toda su obra en el inicio de esta guerra. La vio venir. No se la ocultó. El imperativo de esos profesionales era decir algo, tener personajes claros, definidos, había que transmitir, había que saber lo que se iba a decir:

“El oro por ninguna parte, para desaliento de los acreedores de confianza: nada que transmitirle a nadie, ni convicciones para representar, ni la menor idea de lo que irá a decirse porque es demasiado incierto lo que querría decirse y sobre todo porque seguirá en pie eso de que no estamos en condiciones de merecerlo.”. Lo refractario Sánchez se escribía al costado del éxito social, del fracaso social. Dos cosas sin interés. Salvo que uno sea profesional. Sánchez ni siquiera fue profesional de nada. No quería que la Sociedad lo engrampara. Sólo eso. Pero, junto a su manera de escribir, su mayor pecado. Apostó al desconcierto acumulado, no retrocedió. Un escritor librado “a su propio juego”, “haciendo todo lo posible por expresar aquello que no conozco”. Refractario a la mercadería transmisión: maestro transmite, alelado ingurgita, y después pía la lección sin cambiar una coma: “Una: hacerse divulgador por escrito, o titular de cátedra amenazada por el sentimiento inmediato del porvenir y por el tedio que implica toda convención hombre-que-supuestamente-sabe frente a hombre-que-supuestamente-escucha-o-lee.”. En fin, se entiende que la obra de Sánchez mueva el piso, que se la vigile como una amenaza al empleo, pero los dueños de la transmisión pueden no leerla, finalmente pueden darse esa libertad y salir un poco de la angustia de controlar todo. Dan ganas de decirles que su trabajo está más seguro que nunca. Tranquilizarlos. Pueden no leer a Néstor Sánchez: “no pide ni da cuartel; y tampoco lo merece”.

La  poética (del cambio) de Sánchez apuesta a la aparición de azares, encuentros, recovecos, cuchitriles tangueros, un paso de baile, una voz, a la pasión sostenida. Pavese y su Oficio de poeta no son una receta de oficio perdido, para Sánchez es una posibilidad de transformación, una anti-pedagogía. Una posibilidad contra el escritor que “desciende-al-pueblo”, contra esa falacia de creer que se le habla a una multitud. Enamorados de la multitud abstenerse de leer a Néstor Sánchez. Irritados y ofendidos, también. Gadda ayuda: “Todos estamos irritados, u ofendidos por algo… Pero la polémica franca, la diatriba, el grito, la injuria son preferibles a los términos seudo-narrativos de una pretendida objetividad… Puedo equivocarme…” Sánchez, como Gadda, hace bailar las preguntas en la oreja.

Carlo Emilio Gadda y Néstor Sánchez: una propuesta de deseducarse: “¿Es el lector que se educa en la reverencia hacia un ritmo?”.  De despojo: “Y lo cierto es que dentro de esta pobreza entrará también despojarse del prejuicio de vanguardia: zonas oscuras. Onírico, fronteras de la razón, automatismo: cualquiera sueña, está semiloco, asocia de la mañana a la noche, convive a su modo con ideas inconfesables. El ‘todo nos está permitido’ es siempre gestual, urgencia para volverse el cuco de las tías como si esas tías – o estos ‘burgueses’ – representaran la medida de algo, de algo que nos concierne.” Escrito en 1971. No perder de vista las fechas. Soltó amarras. Rechazo de todos los lugares comunes de mayo del 68, de las vanguardias, de la crítica triunfante. Sólo en un rincón. No servir. Imperdonable. Son frases que hacen mal, ofenden. Deseducan. Pueden caer en manos de lectores. Sánchez no es bueno para la clientela de los maestros. Verificación recontra empírica de ambición a tiempo propio, hace mal.

Ojo de rapiña no es un libro de aplicación, no da lecciones de estética, no habla sobre la belleza. Es verdad que no se preocupa del lector de “la convención narrativa”. Que desalienta “a los acreedores de confianza: nada que transmitirle a nadie”. Es un libro no permitido. Acelera el “impulso de ‘omisión’ voluntaria”. Manotea en lo desconocido. Temblores de poemas. Tienta al desacato: “ausencia de valores inculcados donde sentirnos y reconocernos pobres sin que intervenga el menor tipo de esfuerzo para ocultar esta pobreza. Mejor todavía: fomentando la verosimilitud ilimitada de su presencia.” Ir llegando a la voz propia: “Escritura que se escribe a sí misma, libro convertido en la historia un tanto secreta de una voz sin transcurso organizado de una cultura.” Botella al mar para lectores extremos, asociales. Secretos. Pero, la verticalidad de la poesía no soporta un poema escrito. No digo nada nuevo, pero lo machaco. Por gusto. De machacar. De tocarle con “un pelo de tío, caca de paloma, una uña de Quevedo” la nariz a la gallareta organizadora de literatura, sea hombre o mujer, aunque sé que gana ella, socialmente hablando, la gallareta, tocarle la nariz con citas de Néstor Sánchez.




Néstor Sánchez: Ojo de rapiña. La Comarca Libros, 2013.
http://www.nestorsanchezescritor.com/

1.7.13

La mañana sol de limón (VIII), por Hugo Savino






Todavía no llegué a mi éxodo. El nudo de este libro. Pero ya empiezo. Infinitamente. En este invierno impreciso de medias de lana y bufanda.  Paso por la catedral de la plaza Alsina, de la misa salen las mujeres, y las miro con el terror de un ateo, y  las viejas que piaban misa de once, y  los viejos que trataban de saltar por el horizonte del tiempo que le corresponde a Dios, y las chicas de tapadito rojo, verde, o azul, que sueñan con despegar del barrio. El cielo azul les corre la marca de tiza, por ahora. Sueños de grillos mañaneros perfumes barriales de las pibas que saldrán de la cajita de buriles, quemarán de amor al gavilán de la esquina, lo mandarán al infierno para que se cocine entre notas de piano, pobre sombra será, hundido en la caída. Ni será recordado en el reclinatorio de la misa dominguera. Hará la valija de cartón. Y ellas, crujientes como un hojaldre, prolijas, seguirán a la procesión por Avenida Mitre en el día de Pascuas de 1952, ¡Oh! Y la historia hoja al viento de la generación de dormidos dará la vuelta a la plaza y todos volverán a la iglesia Catedral, cura a la sacristía,  fieles a casa. Lola ni está en los planes de la maternidad remasticada.  El sol se refracta en las ventanas y los ojos miran el cielo del mediodía.

Por alguna esquina de las doce del mediodía pasa un carro perdido mercado de abasto de Avellaneda, va para la eternidad de la no foto, del no registro, camino a la nada, ruidos de jaulones vacíos atados con cinchas, eco perdido de cascos en adoquines de esa misma mañana de Pascuas de 1952.

Las mujeres le rompen el corazón todo el tiempo, hoy está desesperado y puede escribir esto: Lola nunca estará en su madrugada, no habrá martingala posible, siempre se estará alejando, Lola, siempre aplazará las ganas, se impuso ese límite que no atravesará. Pero ella estará en todos lados.

¿Y si mi rencor viene de una lejanía oscura, lobreguísima, chueca, transmitido como un veneno napolitano? No sé.  El veneno es el miedo al desprecio.

Escribo en los tiempos de condena al escritor sofisticado. Leer escribir es el sueño del manco de la escritura, no puede, ni lee ni escribe, y lo resuelve en odio, tira los libros ahí, a un costado. Sueña con sacárselos de encima. Los apila, los acumula, los odia. La pereza. Como la pereza de las mujeres que no trabajan, a las cinco de la tarde toman té y sueñan con amagos mínimos una confesión, en el bar inmaculado, esa pereza que no suelta, esa misma que te manca, que te encajona en el apronte. ¿Puro apronte, entonces?


O el otro, ese proyecto de maldito que hace reseñas y pone cosas del tipo: “su mundo narrativo no tiene verosímil”. Hay que escuchar a un hijo de puta que vuelve todos los días a tomar la sopa en casa de mamá decir esas cosas en el suplemento del sábado. Ratoncito de la entrevista a maldito. Estará en algún círculo del infierno. Está en las filas de los que dicen qué quién es mejor escritor que aquél que éste. Sólo puede hacer eso una vez a la semana. Pero en algún extremo alguien se sacude esa nube pasajera,  y avanza, entrecierra los ojos y escribe frases, trata de releerse y avanzar sólo porque le gusta la frase, escribir una frase cualquiera, una aureola de frase para caminar en el mediodía, por ejemplo, nada de acción, de mundo narrativo, nada de eso, una frase, ahí, hilada a otra, alejar la melancolía, desviarla, metido en la memoria, sacarse de encima esa condena de la expresión, del cómo expresarlo, la memoria enroscada en la puntuación, no lo leerá nadie, no es para que alguien lo lea, ni sencillez ni expresión son mis problemas.   

Es la pregunta de todos: ¿qué lee, qué escribe? ¿Memorias?  

Amarillo, mañana de amarillo limón, mañana.

Lola se perdió en la mañana. Todos se pierden en la noche. Pero Lola en la mañana.  Entra en la ensoñación del día, camina por la calle Alsina y huele los tilos, cruza Avenida Mitre, llega a Sarmiento, acá es anónima. Solitaria, efimerísima.

O Lola se levanta de la siesta. Levi´s de tela, botineta de gamuza roja sin tachas. Odia las tachas, odia los acordes metálicos.  O pantalón de blanco, remera rayada, viene algo tostada, ¿dónde tomó sol? Desteñimos cuando aparece.  

Yo también soy esa especie de cafisho fracasado que vuelve a casa, cuando casi tuve el éxito en mis manos, y se perdió, puta madre, se perdió, y vuelvo a casa, a vivir a costa de quién, sigo escribiendo, sí, pero no puedo comportarme como un autor. Para eso hace falta mucha solemnidad, escuchar el propio eco, toda la convicción, la solemnidad de encontrarse sublime, el ridículo de ser poeta.

Llegó de dónde: algo perdido, sin origen, no estaba sucio, todo lo contrario, sólo algún pullover olía poca tintorería, se fue quedando, se quedó en el paisaje ¿tuvo nombre? Caminaba despacio, casi flotando, lo mirábamos pasar y sabíamos que no era el padre de Lola. Fue lo primero que supimos. Alivio. Y ya no averiguamos nada más. Vino con su misterio y ahí se quedó. Un día apareció en el patio de Negro Jorge. Le di la mano. Nos presentamos. Me contaba bobe meises encantadas. Así me dijo: yo cuento bobe meises.

¿Seré capaz de sobrevolar la virtudes del vacío? ¿Aceptarlas es la palabra precisa?

Esto es un escolaso. Así que no lo recomiendo. Se lo pueden saltear. Tienen historias más redondas, más edificantes, más narradas, más enchufadas a moderno, jarroncitos Biedermeier de la futura literatura argentina, aprobados y garantizados como copias fieles para poner en la vitrina. Entrevistas trabajadas horas y horas destinadas a la nada.   

Contra viento y marea la regla de la separación absoluta. Hay que obstinarse en la idea fija de la soledad, no ceder al chantaje del amor o la amistad, o la integración o la responsabilidad social, predicada por los que se cagan en la escritura. Mancos de toda manquedad. Que te comen el tiempo.

¿Se puede contar por qué uno llega a la mierda? ¿Qué se puede contar? Sólo gritos, sonidos. Pero se puede contar. O mejor: no se puede contar, y se puede escribir. ¿Cito algunas novelas?   

Estoy aquí escribiendo este libro – que como corresponde ya tiene sus detractores – la rutina– y todavía mi éxodo no empezó, pero más o menos hice la lista de nombres de los que saldrán de Barracas, no de los que se quedan, a los que perderé en alguna niebla, nos vamos con lo que cabe en ese camioncito no rastrojero – éxodo de desalojo en este marzo con grandezas de referencias esfumadísimas – y si rascan – justas – y en el camino soñaré  con esos livings de los ricos de la avenida Montes de Oca que tantas veces veré en los intentos retorno que fracasaron siempre –¿dónde estoy sentado? ¿en la cabina entre Roque Juan y el chofer? ¿quién era ese chofer en la magia futura de esa mañana futura evocada de 1950 en este marzo invierno soleado?   

Camino de pedrones por Olavarría. Apisonado. Salida limpísima, organizada por los oficiales de justicia, los abogados de la fábrica, la policía, las miradas de los vecinos, la alegría de vernos caídos, corderos de Yitro en camioncitos rumbo a Puente Barracas, a patio inquilinato, de patio de inquilinato a patio de inquilinato, a la inexorable Avellaneda. Aguantadero final. Punto de anclaje. Nada que contar salvo estos detalles.

Y estos son los nombres del desalojo: Irma, Roque Juan, Martha, Lucio.

Los italianos: Carlo, la Tana, Emilio, Beppina. 

Los chaqueños: Don Nicolás, Rosa Amanda, Rulo, Teresa, Óscar.

Los polacos: Pepe, Marysia, Bougaslaw, Mariucha, la Vieja. 

Estábamos todos, no sé de dónde salíamos, de ninguna costilla, ahí, cada uno con sus bártulos, no sé, éramos como gente infinitamente infinitamente perdida para siempre.

Hubo un nacimiento a las tres de la mañana, las parteras daban vueltas, las comadronas Sofía y Púa en el patio,  ayudaron a Irma, todos esperaban ansiosos.  Lluvia. Repartidos en el patio del inquilinato. Debajo del alero, o en la cocina. Mate y café más que obvio.  Mucho silencio, nadie rasca las baldosas, hablan en susurro. ¿Quién saca al orejudo: Sofía o Púa? Qué ínfimo este nacimiento rascabuche, olor a café, tipos de traje de preferencia grises, mujeres de vestido floreado inicio de primavera, licores, todas las almas juntas del inquilinato, a la espera de la mañana, y no había que esconder tres lunas al crío, nadie lo amenazaba, de la cama a la cuna, encajes, blancura, no había que pintarrajearla de barro, nada de eso, tampoco lo pescaron de algún rio, llegó así, ese día de octubre a las tres de la mañana. Todo en el patio sin glicina Barracas, el mismo inamovible patio, mate o café en la mano, toques caló en la conversación, en algún momento del tiempo se nace ¿no? las mujeres se ponen una pañoleta liviana, la lamparita atada al único árbol Mingo traje cruzado puso el bufoso envuelto en un pañuelo  en el macetón del rincón del patio lo mira de reojo la cancel ni suena a esa hora ya están todos adentro todos a patio nadie llora las calabresas duermen los sombreros están en la sala en la banqueta larga nadie baraja los cambalaches del futuro acá la ilusión fue limada nadie la cuelga en el perchero basta con abotonarse o desabotonarse el saco cruzado un poco de café unas palabras es el capricho del tiempo en el repatio barracas de ese nacimiento en la discreción ellas no tejen hablan bajito en otro rincón zumbido de mujeres en el murmullo todavía no había que juntar a nadie para cruzar el puente rumbo a Avellaneda cada una hablaba hacia la otra María iba y venía las comadronas le hablaban sólo a ella tradición de nacimientos todavía no partimos falta sí falta pero ya nos iremos patadas en el culo del desalojo no era tierra de santidad ya lo sé  fallaron todos los enviados hubo que ponerse los zapatos despoetizar juntar las cosas en ese sol joyceano de las 10 de la mañana hacia un lugar del mediodía nueva casa tal vez algún perro pero ir hacia hablar hacia todos moqueando sus tristezas con chancleteo a insolencia a misantropía o a franela de vecindad pero todavía hay nacimiento los hijos los trajes de buena confección de la plata zurda. O la ropa barata del trabajo, del yugo gil. 

Desalojo de un paraíso de chapas a un paraíso de cemento cartón chapa. Cocina de chapa cartón en el patio. Pared en el medio para separar a los italianos de los polacos y chaqueños.    

Dieron por terminado el tiempo del escritor sofisticado.

Amarillo, mañana del amarillo limón, una mañana.

Nunca será. Sé que nunca te dejarás tentar. Esto, se trata de esto Lola. La tentación. Que si no la dejas venir se va como humo negro, por el aire, amarga, resentida de escape de fugas de lo que no podrá ser.

Lola mira con pasado de melodrama todos los  abandonos. Yo arrimo mi melodrama de hijo de familia pobre que no llegó a hacerse aceptar y me pongo a leer al monje Zapallo amargo: ¿la suelto a Lola? ¿pongo la mano sobre los maestros? sí, pongo la mano, los transformo, y me siguen, patalean los devotos los cuida-concha de la regla sin la transformación, y   anoto: “En lo que me concierne, existo por mí mismo y para mí mismo” y descubro que todos los viejos maestros a los que leo me siguen, es casi una continuidad de la lectura, una posibilidad que no estaba. Lola me sigue, no sabe, pero me sigue.    

Aquí en la mañana sol suave en la vereda de la Catedral miro la puerta eterna que protege el retablo.

Final de la tarde en Barracas Marigny, Dante se fue. Lola está ensoñada en la mesa de la ventana, yo sigo en la terraza. La luz profunda de sol suave de las 7 de la tarde, la verja color verde inglés de la casa de departamentos década del cuarenta por la que entra una mujer. El 102 sigue parando a mitad de cuadra. Lola anota en su libreta. ¿Qué? ¿Se decidió a registrar los sueños? No me acerco, no me acercaré. Un tarado vendrá a decir cómo escribir esta novela. Hablará de mundos narrativos, de personajes no logrados. La monserga clásica.

¿Tristes alegrías que resuenan en el chancleteo? Por supuesto. ¿Qué otras? Quedarse ahí, quieto, corralón Negro Jorge, marroco, conversación o  silencio, depende de los días, ahora trajes Carlo Emilio Gadda: “Escriba usted que la ropa que yo llevaba era ropa triste, nunca elegante. También esto me atormentaba.” ¿Se entiende mancos de la pluma? No se olviden de comprar el Alma que Canta, por si no entienden.       

Lola anotó en su libreta esta cita de Jack Dulouz: “siempre odié que se acabara la mañana.”

No quedar atrapado en lorerías de mujeres.

Nos mudamos al sur del Paraíso. Estaba lejísimo de ser currado a centavos la palabra de traducción. ¡Oh la confianza en el futuro de la cultura! Changuitas de traducción francesas.

El enlace de las secuencias.

Desalojo mañanero – el sol se despide de la luna raquítica, que acunó el insomnio de Roque Juan esa noche de 1950, y ahora esa luz sol de limón le pone algo retorcido a esa lona verde comprada en la toldería de Angelita. 

Claude Riehl sobre Arno Schmidt: escribir “ ‘literatura pura’ como quien dice ‘matemáticas puras’ distintas a ‘matemáticas aplicadas’ ”

¿Qué recitarse para resistir al cotorreo de la malicia? Por ejemplo, Arno Schmidt.

Lola: en la carnicería. La mira desde los zapatos crema al hoyuelo – Lola despierta esa mirada – Lola rara y encendida en los pliegues de ese hoyuelo – pausa del carnicero y sigue a los ojos, ojos adorados de Lola. ¡No te caigas adentro! Lola compra huevos, carne, un pollo, se va. Todos quieren perderse en los ojos de Lola, llevar en el alma su mirada. Esfumado de ojos Lola.

¿Habrá llegado a esa línea, la habrá pasado, habrá llegado a ese punto de no retorno, a ése en el que Lola tal vez lo espere? En la pared de ladrillos de Paláa y Alsina, a cien metros del callejón, Lola camina con una revista en el bolsillo.

El paisaje se desalojaba con nosotros, las nubes habían desaparecido, el sol verde limón nos miraba inmutable, el viento de febrero nos hablaba al oído. Se disponía a viajar a Avellaneda con nosotros. Dos pasos, después de todo.

A bolsillo seco –¿cantilena?– estás al pie de la pared de todos los psicologismos, de la familia, de los amigos, de los enemigos, el antilirismo encarnado viene a buscarte, todas las escuelas se proponen para colgarte, la más tenaz, la más laboriosa, industriosa, policíaca, la expertísima en linchamientos sutiles, es la del inconsciente, te cocina a la cacerola, conejo sangüino a fuego lento, es la que mejor liquida a las naturalezas débiles, esas que se quedan varadas en el medio del rio, cáscara de nuez, soñadores del sueño despierto, esquife en la pesadilla, pero a veces el viento toma impulso, te sopla al oído, viene en tu ayuda, tropieza un poco y te embarca en la visión, infinitos de soplo, lejos, lo más lejos posible, bendita soledad.

La generación te tira del saco, te trae al redil, te quiere domesticar, no te deja andar solo.  “Los deslizamientos de terrenos llevan generaciones, yo trato de acelerar el movimiento.”  Me embarco. Acelero.

Perro hambriento, algo infame, algo pulgoso, algo lengua afuera. Algo chucho asustado. Y un día llegué ahí y descubrí el maldito cambio, la respetabilidad les mordía el culo: no había un solo escritor, sólo tipos con estudios literarios, tipos serios, con opciones políticas clarísimas: había un olor a extorsión.

3.11.12

La mañana sol de limón (VI), por Hugo Savino





Harán todo para que no escribas estas notas. La nota, la impresión rápida es lo censurado.

Mejorar el garabato, sólo eso. No tener miedo de la repetición. Ese miedo esconde pereza, miedo a seguir. Muchos toques porteños. Es importante saber elegir las compañías mientras uno escribe una novela.

No acompaña, está ahí como conciencia crítica, por favor, detestables las conciencias críticas.

La fuerza en la palabra composición.

Todavía me zumba en los oídos el piojo que habló y habló. Piojo a jugo de zanahoria.

Traducciones para llegar a poner unos pesos en el bolsillo, mostrar una cara social. Mis feroces amigos de la generación no perdonan el fracaso social. No me olvido que casi todos escriben para un público. Chamuyan para un público. Llenan sus bolsillos con chamuyo de manual. Y menos perdonan mis borradores dopados. O acelerados. ¡Mierda! a la palabra generación. ¿Qué hace ese yuta en nuestra mesa? ¿Por qué pierdo tiempo con ese mitómano filosófico? Taimado. O turrito. A ese tipo sólo le interesa alguien del otro lado de la mesa. ¿Qué hago perdiendo el tiempo con mi generación? ¿Con estos maestros ciruelas? Tipos correctos. Que leen libros por la mitad. A mí me interesa la resaca, la soledad, el silencio, los amigos discretos, el secreto.

Hay que ir a más soledad, hacia lo desconocido. Inspirarse de los que exploraron esa caricatura que es el mundo real de una generación. Esos tipos que metieron el lenguaje debajo de la alfombra. Los relatos argentinos de Eduardo Wilde.


Los claros de luna. Poner muchos claros de luna.

Desertar de qué, de dónde. Es difícil saberlo. Es un impulso. Pero desertar. Y lo primero que se me ocurre es: ¿por qué discuto con ese ignorante acerca de un escritor al que nunca leyó? Usa la palabra desacato. ¿Qué sabe del desacato? Desertar de las ideas generales, en  principio. ¿Me asusta ir a un vivir invisiblemente? Conozco a algunas personas así. Invisibles amigos. Amigos secretos que no presento. Hay que merecer amigos impresentables. Nos vemos  cada tanto. Vivir de manera invisible es una posibilidad.

Tener presente que esto es trabajo: componer. No perder de vista ese verbo.

Espero saber qué debo.

Quiero que la mañana se coma el día.

Reducir a nada la vida social. Apenas un gesto. Cara social. Siempre todo bien. Apenas un gesto para calmar los celos.

También: desertar de la gente que no tiene pudor, que nos meten en sus historias de bombachitas. Caranchos de la amistad.

Escribir en cada libro mis memorias. Dioses de la Memoria: por orden de aparición: Cardenal de Retz,  Duque de Saint-Simon, el general Lucio V. Mansilla, Carlo Emilio Gadda, Jack Kerouac.

No ceder a los que piden narración. Que la escriban ellos. Que la lean ellos. No escuchar a nadie en materia de literatura.

Trenes de carga. Vagabundos viajeros. Linyera porteño.

Sí: carajo de carajo de carajo: que esto se vuelva imposible. Oscuro. Sonido. Desconocido como el desconocido de esa esquina de acá que me saluda: ¿hablaremos alguna vez?

No me decido a comprar una gorra inglesa: me miro al espejo. Me sobresale la nariz.

Hay cosas que no deben filtrarse, hay frases que no pueden caer en manos de cualquiera.


Lola, después de tomar sorbitos de té: ¿amor? un clavo saca otro clavo. Y lo miró ojos acabo de dejarte. Solo se escucha el perro de Amanda.

Libreta de notas en el bolsillo. Anoto los gestos de Lola, los esbozo, los agarro en el aire, me los llevo a un aguantadero secreto, los miro, los escucho hablar. Lola escucha la visión, yo transpongo, ella se reacomoda en la silla, ni se baja la pollera, no se toma el trabajo, qué miren para otro lado o no. Tengo que escribir cinco libros a la vez. Y veré las ensoñaciones. El perro de Amanda ladra en el traspatio.

No frecuentar a las “hormiguitas de la palabra”.

Evitar los nombres y alusiones a ex-amigos. ¿Por qué? Nombres: es obvio. Pero: alusiones, ¿por qué no? No: evitarlo. ¿O no?

Autoestima: baja. ¿La literatura como oficio? Oficio galgueante. En tres años apenas si gané para pagar la luz. No mostrar mucho el fracaso social. Insisto. Envenenar el concepto de amistad. No existe. Es un sentimiento insípido. Las grandes sentimentales y su maldad.

No haré más: leer lo que no me interesa, escuchar música con la etiqueta: moderna, escuchar monsergas políticas, no tomaré mucho vino, detesto el culto al vino, descartaré la carne poco hecha, no comeré riñoncitos, me dan asco, como la polenta, no leeré diarios. No escucharé más: a los que participan en polémicas, no  hocicaré frente a escritores de renombre, me cago en el concepto escritor de renombre, no curtiré con escritores que me hacen el numerito de la pobreza, de la vida interior, no perderé un minuto con los que predican “el kitsch soviético de la pobreza” como dice Lorenzo García Vega, no refrendaré la mitomanía, no comeré con filósofos baratos que no saben quién es el Cardenal de Retz, más rápido, no me sentaré a tomar ni un café con un filósofo.

Siempre detesté la escuela. Desde el primer día. No era para mí, para bien de la escuela, que nunca me reclamó.

Desolación: ¿cómo poner esa palabra en una frase? ¿Cómo no dar risa?

¿Dosis de desconexión? Máxima. ¿Mundo exterior?: para mí: imposible.

Única ciudad.

Acepto la queja de la investigadora: acá no pasa nada, y la queja de la profesora: me repito. Agrego: la ubicación es indeterminada, apenas personas que se cruzan. Todo sale de la nada. Acepto: acá no pasa nada.

Baño en tacho en la piecita del fondo. Una vez a la semana. Tal vez ese rasgo conventillo hace que mis casas abandonadas se llenen de polvo. Acepto.

La mirada de Lola: hace lo que quiere con sus ojos, mata o resucita o te hace nacer y te mata o te abre el infinito o te descarta.

Desalojo del año 46. Ahí veo toco psicologista en puerta. Es la tentación. Mejor es éxodo. Lista de nombres, infinitamente infinitamente. La dirección es salida difícil, complicada, repeticiones, letanía, mucha letanía, medio éxodo, medio encantamiento, ningún avance, morderse la cola. O acaso ¿no es nuestra historia de mudanzas?: salidas complicadas, juicio incluido, desalojo, a los tumbos. El toco sentimental está ahí, al alcance de la mano: niño que nace unos meses antes de la partida,  a las 3 de la mañana, llueve, la familia y los vecinos están en el patio, debajo de la galería. Tal vez hubo truenos. Primavera. Llega sin pan, la familia no pedirá mudanza, salen empujados por un de oficial justicia de la fábrica Alpargatas, argentina. Nace en tierra de desalojo. Está todo listo para novelón de premio. ¿Qué otra cosa haría falta? No tengo a mano ningún novelista de trama. Pero esta mudanza no durará tres días, por la Avenida Montes de Oca, cruzando el puente, por Avda. Belgrano, por Lavalle a la derecha, por Paláa a la izquierda, y paramos en la mitad de cuadra. También otro día, el camioncito, con lo que quedaba en la calle Olavarría, tomará Patricios hasta California y saldrá a Montes de Oca. Un solo día de los tres.

Malestar: imposible de aplacar. Consuelo, menos. Y el último y tardío aprendizaje: escribir sin esperanza. Limar el resentimiento de la soledad, las púas del resentimiento de la marca en el orillo, “hasta el resentimiento”, siempre el mismo ritornello: obvio y sí, y variado. Esto no tiene nada que ver con la claridad, con las ramas de lo claro y no pienso pasarlo en claro. Ya no pienso pasar nada en claro. El carancherío quiere claridad, realismo y su yuta: la proporción, para qué, si no lee. No me voy a ir de la escena, no estuve nunca, así que no me tengo que ir. No se puede anudar ninguna amistad.

Sólo me gustaría sentarme y contar todo el dolor que tengo y que alguien escuche y no diga nada. Que no me diga que me va bien, que conozco alguna ciudad, que escribo como pocos –eso lo sé, de memoria, no, necesito alguien que escuche un poco, sin consejos, sin comprensión, odio la comprensión. Repetición, amo la repetición en todas sus variantes. Leo una novela y reviento de angustia. La angustia: dónde ponerla. Y me vuelvo supersticioso, inmóvil, me quedo ahí, atado al terror. Ataques de terror mudos. No digo nada. No se lo cuento a nadie. No puedo. No puedo contarle nada a nadie. Necesito estar con gente sobria, aguda, rápida, voy al bar y me junto con la banda. Vistean y no me dicen nada. Un café. Es todo. Sigue la ronda de la conversación. No hablo mucho. No sumo. Pero me alivia. – En la otra punta, Raúl escucha. Sabe algo, sacó la cabeza de la concha de la literatura y arrancó. Jerry dice que Raúl escribe caravanas de conversaciones en argentino sonoro, masas de sonido en expansión.  Registro sonoro volado. Por eso me tendió el cable, no pregunta nada, me llama y me ayuda. Cero comprensión. Un día fuimos a ver una ópera de Mussorgsky, era mi cumpleaños y Raúl sacó dos entradas, Boris Godunov, y pizza en Guerrín y empezó nuestra amistad. El único escritor callado que no pide permiso. Nunca habla de lo que escribe. Es un escritor demasiado bueno. No necesita recargar con paráfrasis tediosas lo que hace, no escucha el eco pelotudo de  las glosas, no anda con letanías de escritor quejoso. No necesita autoelogiarse. Todo lo pone ahí. El que quiera escuchar que escuche. Salón del fondo. Y sala de billar. A perderse. Horas ahí.


Camina contra el reflejo de luz de la mañana. Hijo de un llegado a la Boca, a los tres años, en el culo del tiempo, visiones de recorrido, y las ensoñaciones de la vida, ¿cuándo empezaron? ¿a qué edad? no hay respuestas, pero el reflejo encandila fuerte a eso de las once y entra en la luz de la ensoñación, o sea, en su ruina, obstinada y personal, social, porque nunca creyó que haya un horizonte insuperable de escritura, nunca lo creyó, siempre hay una voz, en algún lado, es verdad que uno dice ruina y alguna idiota escuchará algo filosófico, porque tiene el oído congelado en lo que le enseñaron, porque nunca pudo ir más allá, tratará de herir con su mala leche, y sólo puede dejar la marca de su odio, de mano atada, su mano de envidia que no tiene sonido, pero ya no importa, todo  eso, ahora él, ya a la mierda filósofo, poeta, escritor, ensoñado, camina hacia la mañana del olvido de todos los odios, hacia la soledad, unas papas en la olla, zapallo, apio, a esperar, notas en la libreta, copia frases de Ruth Klüger, asocial, que salvó su alma de los fanáticos – aprendo a blindarme leyéndola.

De padre de la ensoñación a hijo de la ensoñación a familia de la ensoñación. Pero estuvieron los años de miseria. ¿O pobreza? ¿Lo poético y la pobreza? ¿Permitido, no permitido? Eran cazadores de fragmentos de la eternidad, Irma aprendía a hablar escuchando a Ignacio Corsini, lo voy pensando mientras me voy a encontrar con la banda en el Santa Lucia, un bar de Florida. Planeo de paranoia, todo el miedo de la paranoia imposible de contar, la paranoia es mi alimento, cómica.

La ensoñación no es imitable. Machaca contra lo social. No hay escuelas de la ensoñación, como puede haber escuelas de otras cosas, escuelas filosóficas, cosas así, autoayuda disfrazada de sabiduría. Ensueño la caminata por Salta y Caseros en futuro de la perdición. Pierdo lo que pierdo. Y pierdo mucho en la ensoñación. Que no tiene que ver con la poesía, la poesía no es ensoñación, es una actividad para gente con los pies sobre la tierra, hijos de rentistas que son más o menos parásitos y les encontraron un lugar social: poetas. Ahora hay muchos hijos poeta. No sigamos. Hay gente que se enoja. Pero es un lugar social.

Aníbal escribe poemas incontables: sobre nada, nanookes reventados que van de un libro a otro, sin género, gente que trata de orientarse en la selva del lenguaje, tipos que están por nacer, que miran por los huecos, que murmuran insultos. Su novela: James Fenimore Cooper: secuencias desatadas en un paisaje de nieve.

La novela es una larga carta a un amigo (¿quién lo dijo?).

Mandelstam era un vagabundo. No lineal.

Los estigmas del nacimiento: el más doloroso: tampoco tuve juventud. El reputísimo trabajo a los dieciséis años. Todo se cagó ahí para siempre. Línea divisoria.

No necesito comprensión: o plata o nada. Sigan su camino.

Lo blando de los hermanos de clase, la mierda solidaridad de la clase. Dos categorías: los que trabajan a los 16 años y los que van al colegio. Nunca se encontrarán. O al final fatalísimo desencuentro.

No explicar nada: ¿me quedan amigos que fueron a trabajar, que encallaron  a taller o en la sedería? 
El único hilo, pero retorcido: laberinto, conventillo de chimentos, escándalo en la familia, es la mudanza.

Mantenerse en: plata o nada: seré pobre pero leí a Proust, y hay que ser muy pelotudo lector para después de siete tomos seguir creyendo en la amistad. O en sus derivas confesionales.

Paranoia, sí, se come todo, pero ahí está. Pide todo y más. Pero ahí está. Boletos a perdedor, en tandas o de un saque,  por derecha fondo sepia pizzería de La Boca, pasado perdido. ¿Y si todo empezó el 9 de mayo de 1906?

Madre de Roque Juan, madre italiana: ¿qué pensaba camino a Buenos Aires? Barco Minas. María Zimariello. 33 años, pelo en rodete. Vio la luz de la mañana entrando al puerto, la luz de la mañana de siempre, inmutable luz de la mañana de 1906 tornasolada como hoy o como cuando Gaboto bostezó en Barracas prisma de la esperanza acogotada en la esquina.

Poner la calle en movimiento, darle todo la sonoridad, la sonoridad de las vibraciones. María caminaba en el culo del tiempo. Alguno la miraba, como si fuera de Longone. Iba con alguna amiga, en murmullo de sueños, palabras rengas, entrecortadas, distraídas. Las miran caminar, pasa un carro, las llena de polvo, se agarran los sombreros, se sacuden los vestidos, siguen por la no Longone como chicas de Carlo Emilio Gadda. No es verano y no muestran los brazos.

Los nombres: cinco en tapete verde rascado. Trastienda de tabaquería. Escena a tiempo ido. Quilmes. Es el fondo del tiempo. Roque Juan viernes a la noche de todo el año. En ese cuartito más o menos preparado. Mesa ratona al costado – para whisky y vasos. Entra pibe Silva – y no pasa de largo. Se sienta atrás de Roque Juan. Y atrás de todos la cortina dorada que separa el cuartito de la tabaquería. Todo visto de frente. Jugador de la izquierda, un tipo desconocido, capote de carrero azul anegrado. Atrás de él, hombro izquierdo contra la pared, el padre de pibe Silva, traje gris a rayas,  cruzado de brazos, cigarrillo en la boca. Espera. Jugador de la izquierda, Américo, sombrero y sobretodo azul cruzado. Al lado de la cortina un cuadrito con foto del padre del padre pibe Silva. Más a la izquierda, repisa con jarrón vacío. Acá nada es transitorio. Acá se mata el tiempo para siempre: se juega, señores. Estos cinco están fondeados en el amarillo provincia de Buenos Aires. A un día del domingo. Pero la eternidad está acá. Todos nos vinimos a vivir aquí. A esta pieza del fondo. El pibe Silva está destinado a quiebre. Madre inglesa y padre con tabaquería entregada al tapete. Ruina. Sequía. Mira a estos tipos de día viernes. El futuro se le anuncia empleado de saco gris fábrica de Suárez y Herrera. Acá nadie ilumina a nadie. Es el juego a secas. Estamos de espalda. Al mundo. Para ninguno de estos tipos el dinero es un anzuelo de la infancia. No hubo infancia. Y menos un anhelo. Y menos un objetivo. Todo en las cartas. Llegarán se irán, se desarmará la mesa tapete verde, quedará ahí, quedaré inaudible, se irán la partida terminada, los bolsillos secos, uno solo saldrá alegre contenido, pudor en el gesto. No había promesas, no hubo promesas cumplidas. Un poco de desilusión. Apenas.

Victorino, saco gris de invierno, pantalón azul, sobretodo negro colgado en la percha está solo en Barracas. Es viernes, pero no fue a Quilmes. En la tartamudez del invierno julio.

Acá nadie saca la cabeza a flote. Nadie va más allá de lo que puede. Acá nadie puede mucho. Estos no fueron más allá de esa línea del rebusque a changa.

Veremos si acá se mantiene la esperanza, si alguien sale adelante. ¿Rechazos? Veremos. Hay y no hay.

Lugar es una palabra. Nada más.

La luz fría de junio está colgada de esos carteles en la Avda. Mitre, en el presente de este pasado ellos vienen de una casa de inquilinato de madera y van a otra casa de inquilinato de cemento, ¿un progreso?, la de ahora, luces modernas que tapan todo el pasado, los desalojan para siempre, sólo queda acá, y no sé. Pero el que te hostiga te vigila, remaldito ideólogo, quiere que lo escuchen. Salimos vigilados y no nos dieron nada, fuimos allá, cruzando el puente sala grande dividida por un tabique, cocina de chapa afuera, cocina de kerosén. ¿Queríamos irnos? No nos dejaron partir, nos echaron. No fue un camino de tres días. Todo el bagayo en camioncito y en un día. Nadie nos esperaba. Fue la primera vez que nadie esperaba nada. Nadie se acorazó, no daba ni para eso. Nos desparramamos. Rengos de pata y brazo. Ese día no vimos la cosa de cada día en su día. ¿Nos bañamos? ¿O estábamos algo olorosos? Paquetes entre la mañana y el cielo envueltos en papel de diario bultos de lona atados con sogas de los camiones de Barracas, prestadas, la lona y la soga. Mañana soleada de febrero.  ¿Quién dijo?: había que salir de allí. ¿Mateo? De debajo de esas chapas.  Estaban todos cansados, sordos de cansancio. ¿Cuántas familias? Veníamos de casas distintas. Todos en desalojo raquítico. Teníamos los labios sellados. Matasello orden de desalojo. Atrás no quedaba nada. Rescoldo. La pava quedó en el fogón.  El único olvido. Y no fueron tres días en el desierto. Fue camino de un día.

Nadie nos ayudó.  No quedó registrado.

¿Dónde leí: no miran las palabras mentirosas? Con esos dos no tendré sobreentendido.

¿Lola vuelve a su ciudad?  Dijo: no lo descarto.

Mejor hacer tomas, no en el sentido cine, no, en la vía jazz, aunque suene remanido, o repetitivo, como dice mi falso amigo: qué carajo me importa si es repetitivo. Los policías confunden repetición con lugar común, no pueden escribir y se ponen a limar las repeticiones, algo les mató el oído, se les ensordeció adentro, y viven de mañas teóricas.

¿Qué realidad? ¿La tuya? ¿O la mía?

En el comienzo, el remiendo: durante cinco meses cadete compañía de seguros –nombre griego–, llevaba correspondencia a los hoteles de la zona. Tipos de provincia o extranjeros en trajes impecables, que iban a los bares de Carlos Pellegrini o de Paraguay y Florida, a esos restaurantes cajetillas de Reconquista o Charcas. Cadete de oficina, último orejón del tarro. Por esas calles, horas haciendo trámites.

Los estigmas del nacimiento: ¿origen?, no, no me parece, por ahí no, los estigmas son las heridas, las puñaladas dostoievskianas de los jefes y compañeros, el salario de mierda. El único origen: a los 16 a la oficina, el origen es humo, chamuyo. Acá se trata de patio, de inquilinos, cuchara, sopa, culo en la silla. Trabajo. Lo siento. Plata, falta de plata. Trapo rejilla. En fin: se trata de filtrar el tiempo. Las heridas están en el bolsillo, como las citas, todo en el desierto. Pero en el desierto de Henri Meschonnic.

A rastrojero, años después – ¿color? – ¿El que estuvo por hundirse en Santa Teresita?

Desalojo – alquileres – inquilinos – zarpazos – Troilo: asesinado en homenajes, evocaciones. Asesinato repetido. Los rentistas del homenaje.

No olvidar: el relato borra el recitativo.

Tenía un título del que estaba enamorado – lo demolieron con saña. Veremos cómo me las arreglo con la saña. Por ahora me puede.

Carnaval de 1950: estoy parado en Paláa y Berutti, otra vez, unos meses después de la llegada, de atravesar el desierto, no el de los tres días. Un día de la mañana a la caída de la tarde. Todo en esas horas o se hace humo la mínima cacerola.

Lola saca libros de la biblioteca de la calle Berutti. Saca La mujer  de treinta años. Lola tiene treinta y dos. Lánguida treintañera algo atorranta que se come a los tipos.

¿Lola también?

Se va por la calle barranca abajo mira la marquesina de la esquina de reojo estrenan película de un seductor camina chueca y simple no la tendré la miraré será mi cleves infinita todavía no acepto la pérdida y hago mal en el arco del tiempo sigo entre los bagayos viajando a Avellaneda por Barracas saco la cabeza me escondo me destroza el alma ¿qué me pertenece? ni la pobreza  le invierto la pregunta a Lebris y Lola no se cansa de soñar.

Calles de Barracas. Nombres y recorridos. Puente a Constitución y a la Boca.

Amo a los escritores argentinos que supieron poner la palabra pava, que la inventaron. Un recitativo con pava, ropero y mate es lo maestro consumado. Es como poner taconeo o traqueteo. Saber hilarlo en una frase.

Me pierdo en paranoias. Me pierdo. Me pierdo. Quiero conocer a esos tipos que están ahí, sentados, en la vereda, con el pasado en el bolsillo, horas ahí, en la mesa del café, tengo que volver al café. Olvidarme de los tarados del reconocimiento.

Nacimiento: pieza de Olavarría. ¿Lo conté? No importa.

¿Qué pensaba Irma en 1945?

Nada funciona – nada, pero ella estaba parada ahí, a la luz del día – ¿qué hora precisa? – luz del día de 1945, a la espera de un nacimiento.

A la mierda los que dicen cómo se debe hacer el hacer. Hay que incrustar repeticiones.

La alegría está en lo miserable impúdico de un inquilinato, también está, te hace salto de mata y te ponés a reír, te olvidás del papel de pobre al que te condena,  y te la cobran.

La desilusión. Maldita. Qué es: los que te olvidan, no el odio, el olvido, cuando no llega ni el grito de un canario, mi voz a balbuceo por el bosque de las visiones, correrse de esa luz, muy visible.

Tarde tarde me enteré: que no podía ganar – es imperdonable ese error en la  cadena del tiempo, te deja frágil a punto cruel. Nadie te dice nunca: estás solo. Y estás solo. Puedo ganar o puedo perder: pero qué: tocos de reprobación en nombre de la poesía o de alguna añoranza sepia. Y nos vamos renegados de alguna profesión a la pieza del fondo: el misterio de los misterios siempre fue la pieza del fondo, ensoñación a la ventana del depósito de las bolsas de arroz apiladas, salto y ya del otro lado, lugar seco, entran los retazos de sol, camino por los pasillos de las pilas bolsa de arroz en esta mañana matizada mañana de la claridad viento del este dónde te metiste, no hay ningún maestro no lo hubo lejos de la zarpa le doy todas las vueltas posibles ya que hablamos de soledad y los desamores tal como los esperaba esperan a la vuelta de la esquina.

La gente efimerísima de mi infancia. Condenados de la soledad. En el pozo más pozo. Reventados de un pisotón, novela de arrinconados, de réprobos.

Ventanas, escenas de recuerdos, incrustaciones. Por la ventana del traspatio se va el depósito de las bolsas arroz o café – y ahí, a la espera.

La suspicacia.

Y la aflicción. Y la soledad. Y la sopa 10 de la noche. Y el diario La Razón. Y la oscuridad del patio. Y la estufa gas en el living. Y todos apretados. Y el café de la noche. Y antes, esos sándwiches de queso fundido con qué fiambre. Y algo de conversación. Y se hacían las doce. Y un día todo eso siguió sin Roque Juan. Putísima madre a la noche del tiempo a nadie. Y todo siguió rengo, tartamudo y desesperado.

El drama de esos años: la futilidad, la pérdida de tiempo en la amistad como sentimiento, eso es una futilidad – sí, pero ¿cómo escribirla? Todo a desplome.

Luces de la mañana de Octubre.

El putísimo trabajo. Boca de sapo predicante de laboriosidad. Putísima poesía sobre la clase trabajadora.

Horas de lectura: dos a la mañana – dos a la tarde. En el medio: yugo. Estudiar inglés.

Indiferencia es reaseguro.

Retrocedo hasta el momento en que percibí por primera vez a un poeta argentino – y fue la suma del sonido, no, sólo de su sonido, no, fue la liberación del sonido: vibraciones como diría Sunny Murray, y empecé a escuchar.

Es ida, es vuelta, es atravesar el riachuelo, es del lado de Avellaneda, del puente al club de Remo. Escribir fragmentos de vibraciones de sonidos chispas de taconeo Lola entrando en mi casa.

Ahí estábamos todos nosotros – metidos en el infinito – puntos perdidos en la luz de la mañana.

¿Qué ficción? Yo no escribo ficciones. ¿Es sordo ese tipo?

No me concentro en las comidas de conversación. ¿Falta de plata? No, eso es crónico. No me banco a los amigos con plata y situación. No me los banco. Hablan de cosas que no puedo comprar.


Como dice uno de mis santos predilectos: sólo libros contados a los amigos, los que se leen los que se escriben: ¿hay otros libros pregunta ese sordo? El mismo de las ficciones. No creo.

Mi costado Barracas ropa regalada, ¿qué origen? Había una lucarna en la casa de la calle España, empecemos por ahí y después vemos qué queda.

1.9.11

La mañana sol de limón (III), por Hugo Savino






Rasco, apenas rasco lo archisabido, no rasco en el silencio de las cosas, no, si no dicen nada, y aparecen sorpresas, es como la mirada perdida en la higuera de Sarandí. O el paseo por los Siete Puentes. O Mimi la Rusa mirando ropa. Elige collar de fantasía, caro. Camisa de saldo. O el regusto del café. O el pico de una botella. Uno mira. Y ya no estoy sordo. No. O no me dejo ensordecer. Es como una verdad definitiva: nada como triunfar en la vida. Todo te será aceptado. Escribir bien y todo te será perdonado. No, no es tan así. Triunfar en la vida y todo te será aceptado, eso sí. Pero hay que elegir. Triunfar en la vida o escribir cada vez peor. Pido trabajo a pesitos la hora. Changas que no me pagan. Changas de la cultura, pero no me las pagan. Escucho consejos mientras miro por la ventana. La cultura te invita a un micro-cine de butacas afelpadas. No. No voy. Me pongo el traje color crema regalo Lalo ― me queda grande de hombros ― y me voy a Monte Grande. ¿A qué? Voy. A monedas, voy a buscar monedas. Libros en la bolsa: dos biografías de músicos de jazz. Es lo único que me interesa ahora. Memorias. Tipos que tengan “las notas y el swing.” Estoy harto de la gente que corrige palabras y no entiende nada del fraseo. Mucho policía oliendo trabajo ajeno. Es una vieja queja. La mía. Como hubo un viejo restaurante una vez, donde se comía pan negro con salchichón y mostaza, la mesa terminaba llena de migas y el mantel con manchas de cerveza. Mis visiones. Estaba bajando el puente Pueyrredón del lado de Barracas. Parada del colectivo 12 a cincuenta metros. Me falta la pintura argentina. Esos cuadros sublimes que me cuentan los recuerdos. Eso me falta. Evocaciones de narices rojas. Para mí eso es la historia. No esos relatos sentimentales con hazañas de vida de santos. Me voy por Alsina y Paláa y entro en el café hecho a rústico. Nuevísimo de madera oscura con mesas de campo. Sandwich de pollo y tomate. Miro por la ventana a los viejos fantasmones. La moza tiene ojos azules, limpia la mesa, formulismo, me sonríe. Viene de ayer. Piba de blusa negra, jean, zapatillas naranjas. Le pido. El mostrador reluce plata. La mesa está limpia. Es todo nuevo. Los vasos cuelgan boca abajo arriba del mostrador y se reflejan en el espejo. El mostrador de madera recubierto de níquel plateado. Dos empleados de oficina en mangas de camisa leen el diario en la misma mesa, ya comieron. Es un otoño medio primavera. No estoy muy abrigado. Estoy en plena evocación. Quiero parar y no puedo. La moza habla con los ojos azules. ¿Estudia? Piba de ahí nomás, ahora se puso el delantal. Trabaja, ya trabaja. Esa es la marca maldita. Para siempre. Una raya de tiza que divide el mundo. No es fácil verla. Lleva un tiempo. Están las ilusiones. Terreno prohibido para almas bellas. Evoco el presente de los saltos. Ahora hay dos que miran mis movimientos. Se agregó la moza del mostrador. ¿El libro que pongo sobre la mesa? Sí, miran eso. Y me esperan. Dejan que me acomode. May también miraba así. Pero ella nunca trabajó. No importa. Salía del café y corrió para saludarme. Me abrazó y le brillaban los ojos. Estábamos cerca del mar. Un febrero. Y ya no está con nosotros. Pintaba la arena de las playas. Iba de una a otra. Y pintaba. ¿Qué buscaba? O laqueaba muebles. Se hizo una casa para poner sus cosas. No quiero pensar en la desdicha. No quiero. La puta madre a la desdicha. Pero me acuerdo que se casó en una carpa en el jardín de Lomas de Zamora. Jardín de una noche. Mis visiones. O mis ensoñaciones. Soy un fanático de la ensoñación. Me llegan con los vientos de las estaciones. Miro por la ventana el colegio de ladrillos rojos, ¿industrial? ¿normal?, colegios, te deforman para la vida. Te meten en la fila del yugo. La horrenda responsabilidad, palabra, hay un tipo que come una hamburguesa, ido, a-responsable, desertor de algún lado. Está en la mesa de la ventana. No habla. Yo no hablo. Los empleados no hablan, siguen en su diario. Las mozas no hablan. Una pone unas revistas en la mesa rinconera. Vuelve a mirarme. Espera. Pido. Música muy bajita. Me gusta lo que pasan. Algo melódico. Canciones pegajosas del mediodía. Para mí. Uno de mis libros: memorias. Músico solitario. Tiene el don. Maldito don si uno lo piensa bien. Siempre ando con tipos que hablan poco. Y que tienen algún don. Abro, leo: tengo tiempo. Estamos todos bien. Acá. Me gusta cuando dice que escoraba a la derecha. Pienso que yo ya no escoro en política. Me importa un carajo. Sigue y dice que primero aprendés los palotes: escalas y después un tono. Un poquito de escuela. No mucho. Sí, pero para seguir hay que hacer que se convierta en forma de vida. Y ahí: son pocos. Quedan pocos. La piba viene, quiere saber si me gustó el sandwich. Sí. Lo comí. En realidad si escoro, escoro a solitario, no lo puedo evitar. Mira el libro. Quiere preguntar. Pero yo a ella: ¿le gusta leer? Dice: sí. Era claro. Le muestro la tapa: Art Pepper. Entra una solterona de guantes blanco, pollera azul, elegante de Maricastaña, sigue un engominado, con traje. Otro empleado. Todos juntos y cada uno por su lado. El engominado se sienta solo. Ella se sienta sola. El otro se sienta solo. Se va llenando. Mejor. No me gustan los restaurantes con poca gente. Anoto una frase, la modifico un poco: mejor no integrarse si uno tiene que pasar por cosas así. Un gordo te lleva de las narices porque está aburrido en la casa. Te invita. Te cargosea. Acá: el sol entra por la ventana y se pone a brillar a la una del mediodía. Y todos de buen humor. Casi levantamos la cabeza al mismo tiempo, los Gavilanes de España tocando Granada, Salta y Avenida de Mayo. Me viene así, como una cosa del recuerdo. Único acto social en este café. Nos mirábamos de chucho a chucho. Vuelvo a las Memorias de Art Pepper. Por la calle pasa un lánguido de los viejos tiempos. No me ve. No lo veo. El novelista de temas se fue quedando sordo. El de la novela familiar corta la ligustrina, y el pasto del jardín, y se deja llamar maestro en las capitales europeas, escribe novelas con estancieros malos y fatalmente explotadores. El tema volvió de la mano de las pibas gallaretas. Nos dan clase, se burlan de lo que escribimos, “correveidiles del carajo”. Te acusan de construir volteretas líricas. Transmiten los rumores de veneno a veneno de dime a diretes. Pibas profesoras. Hago un movimiento mínimo. Una frase que parece una reliquia de Héctor Pacheco. La anoto. Siempre anoto. Es verdad: la lectura arruina a las personas. Se abre la puerta de nuevo para la grandota inclemente con una valija de rueditas ¿qué trae ahí? saluda a todos saludo me saluda sonríe se sienta saca las carpetas se pone a escribir ¿abogada de los tribunales? copa de vino blanco hay que creerlo. Es Avellaneda. Un poco de realismo mientras todos siguen mirando el despliegue. Se mete en las carpetas y escribe. Entra el tipo de camisa blanca, bajo, saco azul, jean también, agenda en la mano, la saluda mientras le agarra la mano, se inclina, simula beso, pero no, ella se entrega. Y le sonríe. Ganó. Ocupa otra mesa, abre la agenda. Se concentra. Café y coñac. Visiones de la confidencia: ella, esta Magnolia del misterio metida en sus papeles me evoca la figura del drama de ayer: Andá nomás le dijo esa otra hace unos días. Me lo contó ayer. Clavado en baldosa. Se quedó con la pena. El perfume que se le fue para siempre. Resbalón del amor. Brisa del dolor. La ilusión asesinada. Comimos en Barracas, a la bajada del puente, noche de verano y en patio hablamos de perros obispos lo sagrado lo divino del neón en los fast-food de las valijas de cuero del viento del “humus de la ignorancia” de los bichos colorados de los trajes cruzados de los tipos engominados de las rubias con bucles renacentistas de las mujeres que salen a las cinco de la oficina y el viento las despeina locas de infidelidad de la edición de las obras completas de Carlos Mastronardi larga conversación de mesa a sobremesa. La ventana de la panadería está en diagonal. Una treintona a cuarenta chueca como Lola de América compra pan y todos la miran enamorados. Se acabó la desdicha, la tragedia, el salmo, la poesía, todo se lo lleva ella hasta que dobla la esquina – ¿ se fue adónde fue por qué la cuadra es tan corta? ausencia de ella y listo hasta mañana para los que vuelvan aquí al amor de ráfaga de la ensoñación de la pausa

cita: “el relato, es todo lo que parece saber lo literario.”

voz: No se comparte. Se cuida en discreción. Se entrega a los amigos que la cuidan, que no la regalan en traiciones de saloncito, en dobleces de teléfono. Voz con voces de voces propias. Voz de uno y que cambia y que escucho. Y me envuelvo en las voces que amo. Y escucho voces distintas. Y en los nombres. Odio la voz de los furiosos, de los jetones desaforados, esa voz estridente de los que maltratan, toda esa gente que vio a los padres mandar. Sumisos de padres que mandan. Esos padres horribles. Me leo en voz alta, escribo con el oído, padre que te educa el oído qué bendición se le perdona todo se le perdona todo el fracaso padres del turf padres benditos

la calle: se pone como un paisaje: se ilumina divina calle soleada del mediodía no te la saca nadie la rememoración de las visiones como las pasiones secretas las lecturas de la mañana o la que cosía toda la tarde mientras miraba el tiempo lo miraba pasar

cita: “Y todo el pueblo ellos ven las voces”

no leer: el que no lee está protegido mirará con desprecio a ese arruinado de la lectura manco social lo acabo de leer en un cuento el que lee escucha ruidos hace cuaderno de notas se cree Saint-Simon vive dramas sensuales el que no lee mira el mundo de las burbujas vive en la campana doméstica se deja contar fábulas edificantes contra el que lee ese pobre adicto de la anti-ilusión la arrogancia de la no lectura

Una noche de verano zaguán puerta cancel pico de botella jardín calle larga atardecer tardes de siesta acordeón perro reo silbar Tonio que se murió May que se murió otra vez la puta madre porque esos son los nombres también desaparecidos de la noche amiga de todas las noches el hilo de cristal

La piba de las zapatillas naranjas trae el pan del rostro falta un candelabro y hacemos viernes lo trae en una canastita de mimbre desoye alguna orden toda la bondad le pasa por la cara una cebolla asada en un rincón del plato resuena al sandwich de pollo con papas y tomate crudo una servilleta de papel un vaso agua una taza descascarada para el café

Por suerte tengo mis dos libros acá me acompañan en la visión Lola dejó toda su ausencia en los pocos metros de la vitrina de la panadería a la esquina porque eso hizo premeditadamente regusto de la ausencia a regusto de café ahora nos comemos la vitrina con los ojos esto ya lo viví en un cuento de Carlo Emilio Gadda

Mona Lisa uñas

Se terminaron los restaurantes a dos centavos tiempo remoto las comidas sórdidas lentejón con papas banana de postre las pensiones poligriyas acá se terminaron las corrieron abajo de la alfombra ¿los pobres? pateados a su noche intimísima