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3.3.26

Días de campo, por Santiago Armando

 

 

Llevar la casa solo me hubiera trastornado, no hubiera atendido al sodero y hubiera tomado agua con arsénico, un jardinero me habría hincado el machete, tampoco hubiera limpiado, hubiera impregnado la casa de mi sudor grasiento. Treinta kilómetros atrás de Pinamar queda Madariaga, cinco kilómetros más adentro pasando la estación Segurola, y unos kilómetros más. Pero salimos de la ruta 2 pasando General Maipú, hay un paso en la R2 al camino de ripio un poquito, después tierra dura o arcillosa, con las cortaderas junto con otros bellos yerbajos para pintar el largo camino de majestad de esas cortaderas, los viejos promontorios de rieles de tren que hicieron los ingleses por encima, a perfecta altura, el enorme puente de acero. Llegamos, comemos, espero la noche, hago el mate, fumo, miro las estrellas. Hubo un asado con trece comensales. Se pasa el día y la noche durmiendo y comiendo. La cocinera del establecimiento hace unos pastelitos de dulce de batata y membrillo únicos, jamás había comido unos pastelitos tan ricos, el milhojas tiene gotitas de azúcar transparente. El aire puro invita a dormir con la ventana abierta en dirección sur, dormir de noche con viento sur es otro don del establecimiento. Hay un sacerdote que da misa todos los días en una capilla, tiene dos filas de asientos en el pasto pero van pocas personas, a la hora de misa estoy profundamente dormido por los fármacos. Se puede hablar de fútbol con límites. La hija de la mujer que nos invitó está con su pareja, un bostero de ley, con nombre y apellido de connotados represores condenados y otros absueltos, que no se hizo milico como el resto de los hombres de su familia, se hizo bostero. Hablamos de recitales, ponen Cerati mientras hacen el asado, no me molesta tanto. Ambos somos bosteros e hinchas de Iron Maiden.

 

Un viejo colchón cosido con aquel relleno algodonado me traga y duermo. Me traje un libro pero ni lo abrí. Todo la tarde en medio del parque que tiene una arboleda más que centenaria, un roble de cientosesenta años con dos bancos de piedra, y las comadronas en el tanque, veo los pájaros cantar en el alambre, un cardenal que le hago notar a papá, que los quiere, escuchar a los pájaros, único canto, a las cuatro ir al tanque australiano cementado, a las siete al hall blanco. Beben Aperol, yo voy con el mate lavado, termo chino y mate de chapa misionera, de Guatambú. El cura se burla de mi presencia, fui con el pelo sucio, zapatos náuticos marrones con jogging chupín gris meado, y el mate lavado bailando. Veo unos reels de Paco de Lucía solo, un nido con cinco gorriones alimentados por sus progenitores en el techito del tanque. Merienda y comida. Escucho Visitantes de madrugada.

 

No estoy acostumbrado a que me sirvan con campana ni me gusta que me despierten para comer con un cencerro. Acá los dueños no hacen más que comer y dormir e ir al tanque, con el molino a la vista, plateado y gris, o gris y plateado, o gris con brillo y sombra, un canto brilla y otro es negro apenas gris. Por lo que dice la amiga de mamá se la pasan peleando con los primos por los gastos, menos el sacerdote que reza en el parque en torno al hall blanco, que me parece que está exento de poner para los gastos, reza alrededor de una fuente con la virgen de la medalla milagrosa, a los caballos los usan para recorrer la propiedad. Estoy en un sector de la estancia llamado Mayordomía desde donde se podía observar sin ser visto a los peones con un triage. Me cansé de comer y cagar día y noche, para colmo las pastillas psiquiátricas me dejan boleado el doble y me despierto a las dos de la tarde y como solo, me dejan la comida en la mesa con un plato arriba. El sacerdote es un bicho que le gusta mandar a las mucamas y cocineras que están debajo del casco principal, las llama con el cencerro en la mesa, dijeron algo así como que congrega a quince feligreses privados. Invitó a un correctísimo capitán del ejército, capitán cordobés soltero de treinta y cuatro años, muy chico de tamaño para Capitán, parecía Shoni Viale con el pelo castaño.

 

Ah, la naturaleza abrumadora es pródiga en horizontes atardeceres pájaros caballos y estrellas, y pastos, el monte del tanque recortado junto a la laguna, montes para el viento norte. Recuerdo una pradera soñada en Daireaux. Ahora hay sequía. No hay más chajás, los suplantan los mismos gavilanes que tenemos acá.

 

Jung usaba la hipnosis, mi hermano se hizo hipnosis y volvió a lo que le dijeron, o lo que se sintió, que en otros tiempos también pudo ser el mismo viejo zorro y canuto, su mujer tiene cuarenta y ocho años y tiene una escuela de baile, baila mucho, pero hay que delegar cuando te quedás sin cartílago en las rodillas, debo decírselo… ayer un fraile dulce y viejo dijo que hay que entregar a Dios nuestro esfuerzo, con nuestros errores, hacerse hipnosis es entrar en ocultismos, hay que usar la vista, cuidarse la vista, para ello está la Epístola de San Judas, San Pablo me parece un mentiroso, San Pablo estuvo en la lapidación de San Esteban mártir, y otra es la escritura del espíritu santo en el Antiguo Testamento, una divinidad no se revela, Jesús es el hijo, que se fue en sangre y quebrado en las juntas, para que se vea que los que van bien alto caen bien bajo, no podía ser Rey de este mundo engendrado del Espíritu Santo y la Virgen, los comidas espirituales no necesitan aparato digestivo, Jesús es mi hermano consolador, mi hermano, mi alma resucita por ti, Jesús… ¿Jesús, andabas rapeando como un colombiano en el Subte, robando panes y pescados? Para un judío esto es ridículo lo sé, no hace falta ser judío para darse cuenta, pero nunca he escuchado a ningún judío llamar hereje a un católico, yo prefiero una idólatra de la literatura con sacramentos que a una cismática gringa tetona de la iglesia universal de dios. Hereje es el que niega el Juez y el Juicio dicen los judíos, con la parca tan manifiesta, parquitas tatuadas en la jeta, en los reels, chorros, mal vivientes, y fumones atávicos, ven mucho a la parca, hasta le ven la cara. Pero María os dará el bife de chorizo de rosas y disolverá los tatuajes de su carne en el aire, y ya no serán del ejército de sanlamuerte, eso me preocupa, los brujos mejicanos lo llamaban el águila, parcas con carruajes prendiéndose un cigarro tranquilamente en la tormenta como en lo de mi hermano, ¿adónde los llevan? Rasputín y Chogyam Trungpa desaparecieron en refucilos de espíritus superiores. Me gustaría que Dios escribiera por mí en el espíritu del teclado, de este mundo que se anima como puede, que tiene a los cinco equipos grandes del fútbol argentino en tal mal estado. Escohotado decía que la marihuana da una introspección superior, no llevé el porro al campo, el sacerdote engolado que llamaba a la servidumbre con un cencerro hablaba de herencias y apellidos, como el otro capellán del Hogar de Ancianos del Colegio Marín que me preguntó en el psiquiátrico cuánto iba a heredar, y como en aquel cuento de Isaac Bashevis que directamente un sacerdote roba una dote a una rica mujer judía, casándola con un mentiroso militar católico, cambiándole el nombre y el apellido.

 

Escribir no es fácil, vivir tampoco, pero puedo escribir un poco: en el campo había un boludo que hacía doma india y una potranca redomona le rompió un metacarpo y le infló la pierna, quedó en muy mal estado y se tuvo que volver.

 

Un cura en el psiquiátrico, de compañero de cuarto que pronto pidió irse a otra habitación por mis ronquidos y pedos, porque tecleo con pedos cuando duermo, era capellán del hogar de ancianos del Marín y requirió la cifra de mi herencia, le contesté sabiendo que nosotros no tenemos plata para entrar al hogar de ancianos del Marín, mi abuela lo sabía bien, no pudo entrar, murió sola con la tele, le hablo al teclado con los dedos, no me molesta darme manija, ir contra todos en el mundo de los príncipes de los culos rotos, se me ocurre... en fin, mucha introspección, ah el campo, nadie pinta las cortaderas y el follaje en esa tierra dura, nunca vi una pintura de unas cortaderas, a la gente le gusta agregar perros, pero las cortaderas están ahí, para recibirnos, para despedirnos, las cortaderas se llevan el polvo de autos, camiones, motos, nadie las cultiva, son muy suaves, con finas y algodonosas fibrillas blancas, las observo y a otras especies de follaje que acompañan, a las palmeras más que centenarias, y una que llega hasta allá arriba pero finita. A los coches de caballos rotos en el piso de tierra de un galpón. No quisiera estar allí con viento norte y sequía, la tierra es pobre, el agua salada, la soja no crece, he vuelto al gótico ganadero después de treinta años.

 

Ahora dicen en los reels que el Glioblastoma, de lo que murió mi hermano, se cura con parches de nicotina, ayer le di más batería al teléfono destrabando no sé qué que vi en un reel. Hasta hablan bien del tabaco, que cura infecciones.

 

oh solo son unos abuelos

un sacerdote con capillita

y un esquizofrénico

que llaman con campanita

a la sirvienta

y hablan de heredades y heráldica

y comen manjares

como trabajadores rectales

en el gótico ganadero.

 

La campana para llamar a la servidumbre en el casco y a la hora del almuerzo y la cena en Mayordomía, el cencerro. Busco en mercado libre “campanita de servidumbre”: 22.850 pesos, de cobre, se la voy a regalar junto con el Siddharta de Herman Hesse, a la querida mujer que nos recibió que me dijo que el Siddaharta sería su libro de cabecera este año, y le diré que aquel cencerro es para comer como vacas. Herman Hesse, leído hace más de treinta años El lobo estepario, a Borges le gustaba El juego de los abalorios, leí un poco de Demian y no le di más bola. Tres días más en el campo y reventaba. Pero llegamos del viaje, hice apagar a Tato Young de la radio y papá se enojó. Tato Young es la manija política y moral a la tarde como pelotudo atómico para engranar a los que vienen en el tráfico trabado de la Panamericana, el orden social del virus, con movimientos lentos, pasan diez camiones de Gendarmería con motos, avanzamos muy de a poco, ponemos Aspen y un saxo gay que mi viejo apaga con un golpe, y nadie dice nada más hasta llegar a casa, no se captan buenas radios, las radios que se captan en los autos de producción masiva son para reproducir pelotudos, por eso dejaron de existir las radios más que para estas mierdas, a Radio La Colifata se le cortó el link desde el 2024. Llego y subo la mochila y la valija, me saco la ropa, me meto en la ducha y me prendo un Malawi Gold en la terraza con la medialuna entre los álamos, fumo tabaco y me dan bobazos que se cortan bajoneando con pan y mucho dulce de leche y queso, me despierto temprano y fumo de nuevo, volvió el gato, mamá lo dejó solo con medio paso de la hoja de la puerta ventana abierta con comida y agua, diez días solo con las capivaras que entran al lote y andan por todos lados, con perros y gatos, anoche lo escuché y bajé, lo saludé, se dejó acariciar, estaba ofendido, con razón, a mi me llevaron obligado: Chinito, te dejaron solo.

 

Esta mañana el gato le clavó las uñas en la pierna a mamá, y a la tarde le jodió la mano con otro pinchazo y hubo de ponerse hielo, me dijo algo así como que ya no es el mismo, después me dijo que ya se le va a pasar. Acá si no fumo no escribo y me embolo, los libros que tengo no me interesan, tengo que recargar el Kindle porque allá murió la batería que había cargado, lo arreglo y me bajo un libro de poemas de Raymond Queneau que todavía no vi, tomar mate, fumar, el viento y la siesta. Nadie me escribe nada.

 

Llegando a Samborombón pregunté a cuantos kilómetros estaba la Bahía, me dijeron que había cangrejales y que atajaba toda la mierda de capital y provincia.

 

Me la soba la Recopa del Retrete pero juegan Flamengo-Lanús, que lleva un gol de ventaja. Faltan diez minutos, escucho River-Banfield, último partido de Gallardo, gana tres a uno. Agarra Coudet. Vitorean al muñeco y silban a los jugadores. Empezó Lanús. Hace mucho tiempo que Cavani tiene Parkinson, ya está.

 

Ganó Lanús 3-2

 

Los bidetes sirios dejaban el ojete con talco antiarrugas, su padre se dedica a la prostitución, un viejo matarife de Wilde, narraré los jabonosos sueños, y fumaré y dormiré, el porro me parece más espirituoso que el vino… el porro y la siesta, así vivimos los artistas bosteros. Una vez en una cueva de cambio atendía un hipopótamo rosado con rulos, ¿querés cien dólares gordito? Y un tumba de la policía de la ciudad, puesto, mirando, el flaco desgraciado, esos te venden más grande y te roban.

 

Abogado del desahuciado

y otras parquitas

laméntate en la luna y come insectos y gatos

tú eres el más corrupto, vete, no incordies a los gatos

San Judas en el mundo de Hieronimus Bosch

marrones de luz en la intimidad

y los detalles del tríptico

una cama una computadora con mesa y silla

una mesita de cama con lámpara

y la luz blanca del monitor de pruebas

de palabras nocturnas

y mirar y dormir muchas siestas

estar echado es la vida del verdadero artista,

lo dijo Paco de Lucía.

 

En Twitter Dupont odiando al Chiqui tapia, “que vos también vas a ser salchicha”, comentario racista, el presidente de la AFA, se dice “amigo del hipopótamo de Pumper Nic”, negro feo y basurero que se hizo de abajo, ¿qué hizo mal, ganó guita, manejó el CEAMSE, lo persiguen por impuestos, de lo que se pasó hablando el Presidente en la campaña, los impuestos son un robo, tampoco debe ser un ángel, con Riestra y Barracas en primera, con el fútbol local tan calamitoso, pero, que mediante la asociación venezolana de fútbol y la CONMEBOL sacaran al gendarme encarcelado en Caracas hace 457 días, y que eligió a Scaloni… y todos los medios lo tratan como si fuera el nuevo máximo hijo de puta, que me tienen podrido todos los días con lo mismo TN Y La Nación, más la manija de Riquelme, desde el año pasado, y ahora vuelve el gendarme secuestrado por el antiguo régimen venezolano, bien por el Chiqui.

10.10.23

There goes: Vida de maniobras, por Santiago Armando

 

Realmente no pude avanzar, pavadas y morisquetas de un tipo que se tomó muy en serio a Beckett y a los modernistas, lo de seguir escribiendo mal, lo de que la literatura no tiene nada que decir, lo de fracasar mejor y no achicarse ante ese fracaso que termina creyéndose que escribir mal es imposible aunque se quiera, sin considerar la calidad de lo que se hace. ¡Pero ah no, cierto!, es todo una jodita, porque el escritor es un eximio parodista, claro, ahora entiendo, es otro libro para entendidos con sus códigos. Sigue con lo del genio, un poco de ingenio tiene, no le voy a negar eso, ese recurso del que no se puede abusar mucho sin caer en el ridículo. Perder la vergüenza es otro recurso complicado, pero tampoco se trataría de "recursos" en este caso. Escribir lo de la madre sin bombacha en el hospital y el comentario que le hace me dio asco, soy un lector visual que en la lectura se me hace la escena de una vieja de ochenta años sin bombachita. Prefiero un gimnasio de gerontes manieristas en chota. Seguí un poco más pero no hay nada ahí que no me de pesadez, y una desilusión dolorosa. Una vieja conclusión de una parte de mi vida. Si me gustara hacer comentarios al margen de los libros lo llenaría de puteadas, pero debo cambiarlo por falta de dinero. Dice a modo de chiste "¡Literatura hago!, con eso, sus temas, hablar en contra de las ideas, pero estar lleno de papelitos con citas y romantizar esos bagullos, como Savino, y los lápices y libretas de escritor fino. Lo de que no hay nada más común que una idea, pero ir sumando la actividad de su cerebro sabiendo que tiene un nombre como escritor y eso se va a terminar publicando, es una idea de chanta que me enferma, porque yo tengo cosas mejores para publicar, pero qué se le va a hacer, nos tapa una masa de libros del orto... Avanzo salteando y sigue con cosas de su casa, su ex, su gato su perra, es la primera persona de un tipo que mandé a la mierda hace un par de años por su soberbia pastoral que pensé que aún podría publicar algo bueno pero no, solo veo a aquel pariente escritor neurótico de película de Woody Allen que dejé de ver. Mejor no terminarlo para no manosearlo mucho porque lo voy a cambiar por la Comedia Biológica de Bettina Bonifatti.

23.3.14

La neutralización preventiva, por Luis Thonis



(Sobre la lectura de Quintín sobre Arno Schmidt de Mariano Dupont)


La trascendencia, la metapolítica y los mercados cautivos

Un nuevo ataque de Quintín a Mariano Dupont: ya no se sabe si se trata de su novela Arno Schmidt, del autor o qué. Quintín “pasa un rato” leyéndolo como si no leyera, no sea que pueda perderse en la lectura. Disfruta de las primeras páginas y luego comienza a amargarse. Hay que imaginarlo abandonando el libro antes de que lo atrape y dando vueltas como turco en la neblina: ¿qué es lo que me está pasando? El título de sus notas lo dice todo: “Intrascendencias”.

Quintín ya tenía esta idea fija sobre Dupont y quiso reconocerla, la novela lo atrapa y ya deja de leer. No dice qué es lo trascendente para él; aparentemente, las novelas que tienen un “mensaje profundo” y que estarían fuera del mercado: “El desprecio de Dupont a quienes desprecian el mercado es una tontería porque el mercado es despreciable aunque eventualmente haga ricos o prestigiosos (el prestigio también es una variable del mercado) a algunos cuya obra merece leerse. La maniobra de Dupont suena a ponerse del lado de los ganadores para no quedar como un mal perdedor.”

No hace mucho achacaba a Dupont escribir para los amigos. Esto en un sinsentido en sí mismo. Se puede escribir a una desconocida y hacer una gran obra, se puede escribirle a Dios y decir sandeces. Quintín desconoce olímpicamente algo elemental: que nadie escribe  para los amigos (o los enemigos) cuando trabaja en los límites del lenguaje, sino para un Lector hipotético.

A veces, como Beckett, tarda años en conseguir un editor que abra un mercado hasta entonces inexistente. Después, como señala el narrador de Arno Schmidt, Beckett es Beckett, diga lo que diga. Quintín abandonó a las pocas páginas y no llegó a ese pasaje. Parece que cree que la literatura es equivalente a un aviso o a una nota periodística. Si un estilo logra constituir ese lugar hipotético que no es de nadie, después –subrayo– surgen los amigos, los lectores, los enemigos que pueden transformarse unos en otros. El gordo Lezama aparece en sueños y recuerda que el mulo sigue su paso hacia el abismo. Pero Quintín siempre es igual a sí mismo, una tautología viviente. Pero ahora resulta que Dupont abandonó a los amigos para entregar su alma al mercado, que no es otra cosa que un conjunto de informaciones sobre los precios y no está afuera: somos nosotros mismos en tanto sujetos de oferta y demanda. Si Dupont hubiera publicado la misma novela en una edición de autor o en una de las cuatrocientas editoriales independientes, no habría habido tantos aspavientos.

Al hacerlo en un sello internacional, escapó sin aviso de los controles de los mercados cautivos y sus perros guardianes. Quintín, como tantos otros, es un idólatra del mercado, y al mismo tiempo, un iconoclasta de sus espejismos. No me propongo defender la novela o proponer mi lectura en este contexto, sino señalar algunos efectos de neutralización preventiva sobre el fondo de las imposturas de la tribu cultural.

Quintín se refiere al mercado como se lo hacía en los setenta: era el lugar del Mal en vez de un conjunto de informaciones. Esto no era tan grave como el Bien que se traían tras su supresión: un campamento militar como es Cuba hoy. ¿No nació la literatura moderna al mismo tiempo que el mercado que fue liberándose de las amarras del feudalismo? En las sociedades sin mercado –Zimbawe, Corea del Norte, Bielorrusia–, la literatura no existe y el precario mercado cubano está vigilado por la Seguridad del Estado.

La Argentina es un mercadito insignificante, necesita como el pan un mercado de capitales y salir de la bomba de tiempo de los “precios justos”, pero esto es chino básico para los que quedaron atrapados en los clichés marxos de los setenta. Para Quintín, la trascendencia no es otra cosa que la ideología argentina –la Quinta– y sus mercados cautivos: aquí sí la economía se encuentra con la literatura.

Los mercados cautivos no sólo refieren a la burguesía prebendaria y parasitaria, cáncer argentino, sino a los mercados cautivos ideológicos literarios que son su complemento fetiche. No tienen la menor exigencia literaria, sólo piden que la obra se ajuste a su bienpensante cautividad. Que sea una prebenda más entre un Estado mafioso y sus intérpretes encubridores.

Si Dupont hubiera querido entrar en la familia, ya lo habría hecho hace rato, escribiendo una nota elogiosa sobre alguno de los escritores reverenciados. “Fogwill, la irreverencia fundadora”, por ejemplo, este trabajo lo hubiera catapultado. Dupont no era un advenedizo, ganó sin palanca el premio Emecé con su novela Aún, y luego publicó en Santiago Arcos la novela Ruidos (que primero rechazó Emecé) y el extenso poema –vía Ascasubi– Pampa Trunca, además de otros libros de poemas en su sello artesanal Ediciones cada tanto. Digamos que venía más que bien, pero a la Familia no le gustan ciertas bromas, y mucho menos los “ruidos”. También escribió la serie de reescrituras de Figuras (que nadie quiso publicar y terminó subiendo a un blog), inventando un género nuevo: el diálogo con la filosofía a través de la parodia y la risa. Por último, tradujo y difundió autores que son ilegibles para el minimiserabilismo reinante. No es una vedette literaria sino un laburante: no miente cuando dice que es un obrero de la sintaxis.

Quintín ni por un momento imagina que Dupont, en vez de incorporarse a la Familia –que bien puede ser representada por los enanos de Ruidos–, quiso hacer rancho aparte donde mete presión la intemperie. No es tan difícil inferir que no desea lo mismo que los estafadores de la masividad. Nada que ver con la metapolítica, que esencializa a la literatura desde una supuesta política. Quintín no advierte que el mejor modo de entrar en el mercado es pagarle un peaje a la Familia, una corporación que, lejos de ser ajeno a él, lo sobredetermina a través del complejo medios-universidad para convertirlo en cautivo. No hacerlo es herejía.

Imagina un “Círculo rojo”, parafraseando a la Reina Batata, sin tener en cuenta el peso de esas palabras. Ve una conspiración simplemente porque hay libros que no reflejan esa ideología (que no es sino idolatría). Esos libros lo intranquilizan. Dupont sería uno de los conspiradores, hay otros sospechosos, ya es un mal perdedor antes de entrar en combate, pero al revés de Simone Weil –otra que no midió el peso de sus palabras al decir  que “la justicia huye del campo de los vencedores”–, se pasa al campo de los ganadores.

Mussolini y Hitler fueron vencidos, ¿la justicia se refugiaría en ellos, según Weil y Quintín?

Hay que decir que en la Argentina los perdedores son los ganadores para la perdición de todos. Mussolini no ha sido vencido del todo, vive en las leyes sindicales y el fascismo ha adoptado la lengua mongo de la izquierda progre y Hitler reaparece mediante los naziislamitas que los diversos Gelman victimizan.

Las crisis argentinas se deben a los perdedores, a los industriales parasitarios que no pueden competir y que son financiados por las megadevaluaciones de un Estado mafioso que expropia simultáneamente a los sectores productivos y a las mayorías sustrayéndoles el salario mediante el impuesto de la inflación. No por eso dejan de ser multimillonarios. Al contrario. Quiebran luego de enviar la mitad de lo que reciben a cuentas del exterior, son licuados con la plata del laburante que se levanta a las seis para trabajar y tiene además que escuchar que Capitanich le diga que el ahorro promueve la avaricia –uno de los máximos insultos que recibió el soberano–, mientras que los vanguardistas oficiales lo llaman tendero y hasta facho.

Esto, por cierto, no puede trasladarse a la literatura, pero en ella los ganadores, los que reciben premios y prebendas, son precisamente los lameculos del Estado.

El ataque preventivo a un libro es un hábito de la ideología argentina a través de sus  comentaristas mediáticos para los cuales pensar es ser hablados previamente por el espectáculo: una inmensa residencia Arno-Averno experimental donde se intenta dar a luz a un zombi definitivo. Sólo cuando Israel se defiende, Tartufo se vuelve humanitario y firma manifiestos (como ayer las vedettes de Fidel Castro); los demás tienen vía libre para asesinar poblaciones enteras.

Ahí está el trasfondo del mercado cautivo de la ideología argentina –una Quinta custodiada por un ejército de perros guardianes– donde nadie habla sino es formateado por el Espectáculo de la metapolítica que sólo tolera enunciados sin riesgo, en diferido y seguros. Por eso, luego de medio siglo, todavía algunos balbucean en reconocer a Cuba como una dictadura y se emocionan con el chavismo.

La llanura de los chistes está en la Quinta de Quintín, y ni bien llega, ya se instala en la residencia Arno Schmidt. Dupont está en otra frontera, no fue uno de los lameculos de los farsantes de este sistema que se presenta como antisistema.

Los escritores de la Arno Schmidt son engranajes de la maquinaria literatura-espectáculo, reciben todas las vivas y están insatisfechos: quieren más y más y más espectáculo, tanto como lo que abdicaron del deseo. Erika es una aliada implícita en la novela: cada vez que aparece hay un cambio climático. A Dupont no le doblaron el brazo para imponerle una temperatura entrópica, qué se le va a hacer, no todo bicho va a parar al asador del incesto colectivo. Como karateka, trata de disuadir la llegada de Tokuro, y como budista, situarse como extranjero a lo irreal mundano. No pertenece a la orden de las señoras comunistas –hombres y mujeres–, que funcionan hace décadas como un sistema de delación en los medios, esperando a un Castro más que a un Moisés o a un Godot.

Basta leer lo que escribió sobre mí Alejandro Rubio para ver que este sistema que viene de los ochenta sigue todavía aceitado: “Luis Thonis, un disidente radical de la cultura de izquierda argentina”. ¿Y si esta cultura fuera fascista, como afirmó prematuramente Pasolini de Fidel Castro? Los máximos impostores fueron dotados de no sé qué superioridad moral, aunque nunca asumieron un solo acto o enunciado como responsables. Disidente es un término que se aplica en las dictaduras como Cuba, donde no hay derecha ni centro y la “izquierda” es una nomenklatura criminal. Disidente radical: no se escuchan hablar.

Rubio la emprendió conmigo preventivamente ni bien salió Milagro infame, novela que pone en escena la guerra misma de los mundos, donde el nihilismo va ganando por robo: no importa el libro, la crítica preventiva funciona como un alerta rojo para denunciar al hereje. Rubio desde los noventa me sigue los pasos, tiene, como dijo alguien, un “romance patológico conmigo”. Quiere la literatura atestada de los zartistas de la cultura puñetera que describe el libro. Cuando aparece un libro no esperado, comienza una campaña en contra, decía Flaubert. Lo mismo pasa con la novela de Dupont: del mismo modo que se me atribuían las ideas de un solo personaje y de un solo texto, algunos confunden la “intrascendencia” –los estereotipos progres y vanguardistas– de algunos personajes con el autor.

Quintín no se cansa de anticiparse preventivamente a la lectura que pudieran hacer Fulano o Mengano. A diferencia de Rubio conmigo, Quintín no odia a Dupont, tiene una relación de odioenamoramiento y no deja de confesarlo. Alerta verde. Pero su ataque preventivo es mala leche: el odio es más profundo que el amor, dijo Freud. No es un estalinista radical como Rubio, ha quedado a medio camino de los traumas argentinos; aturdido por los escribas de la masividad, se refugia en su quinta y vive en el conjuro a la sombra de los neomatriarcados.

Dupont, como Rabelais con los sabelotodos, se ríe de lo que no hay que reírse: he aquí lo que le amarga el placer a Quintín. Su acto político es no hacer metapolítica, escribe para no incluirse en ella.

Si a Quintín la novela le resulta una calamidad, está en su derecho decirlo y punto. Pero ha quedado atrapado en el laberinto de la novela y sus espejismos. Dupont exportó la llanura de los chistes a una zona que podríamos llamar consistente y cuyo símbolo es el témpano, con temperaturas que llegan a sesenta grados bajo cero y que escarchan la misma lengua.

El pampero da besitos en comparación con las guampas de un ventisquero. Aparentemente, ahí resulta más difícil hablar estupideces cargadas de nacionalismo –¡Argentina, Argentina, Argentina!– que al acumularse lentamente producen una catástrofe en la llanura: a largo plazo, un plazo que suele acortarse súbitamente. Me refiero a La causa justa de Osvaldo Lamborghini, el punto narrativo de la inflexión: chistes que no son tales en términos freudianos porque no hay un Tercero que los sancione. La llanura de los chistes no responde a un lugar geográfico, éste es uno de sus espejismos, está aquí y ahora, en el mismo discurso, el de la ideología argentina, que entre chistes que no son chistes, cabalga hacia un imperativo de terror que la sobredetermina.

Dupont trabaja su frontera y no veo que sus sarcasmos  tengan que ver con el infantilismo lúdico de Libertella, que en 2002 actualizó y adaptó a los que escribían en Literal con pasamontañas de piqueteros en tiempos de la megadevaluación de Duhalde que dejó como resto a los ladrones santacruceños que la metapolítica presentó como ex combatientes.

La vanguardia, de tanto aturdirse con Cage o Barinsky, no caza una: sin brazo militar queda reducida a un jardín de infantes. Desesperada porque la letra y el lugar coincidan, no oye ni ve nada. Ni ganadores ni perdedores: ahí se trata de salir de la repetición compulsiva de la ideología argentina y el imperativo de terror que la sustenta.

Mientras la carne argentina está fuera del freezer, del frigorífico ante la política suicida del Estado que perdió millones de cabezas –pronto no habrá asado ni para escupir–, las neuronas de Quintín, atornilladas a la llanura como los chajás a los pajonales, se van congelando en el ártico para que la letra y el lugar finalmente coincidan en un silencio soberano.  

Quintín debe pensar que la literatura se agota en la Familia y el “mercado” está fuera de ella. Supone, negando las posiciones, las lecturas y las traducciones de Dupont, que éste quiere entrar en ella, y más que un investigador como  Sherlock Holmes, se transforma en el mastín de los Baskerville.

La Familia está completa aunque sean un montón de sujetos gagás que tratan a duras penas de levantar fetiches oxidados. Piglia postulando a Guevara como “lector” es una confesión indirecta de que esta cultura agoniza; tal es así que Piglia se emociona con el chavismo y se convierte en un poeta cortesano que suspira por la Reina Batata. No son ajenos al mercado sino gestores de un mercado cautivo que, a través de las décadas, apunta a imbecilizar a los sujetos.

Lo contrario de lo que hace Dupont, que gasta vena satírica contra los buzones y espejitos de colores. Como los fetiches ya no fascinan y se venden cada vez menos porque se están oxidando, la voz de Dupont se nota en demasía y puede ser deseada por nuevos lectores y darle un golpe letal a los precios justos y cuidados de un mercadito. No hay que condenar a Dupont por estar en él como tantos hijos de vecino, hay que elogiarlo por su tentativa involuntaria de abrir uno nuevo, ajeno a la servidumbre voluntaria.

Ahí está el motivo de que algo amargo empañe las amables tertulias e Quintín. Los escritores para él deben ser los que militan en los medios para el rebelócrata o el zartista consumidor.

Su ideal literario son las ex flacas masseristas reconvertidas en gordas cristinistas, pitonisas si las hay de la servidumbre voluntaria. Otra vez: el antisistema que es el sistema. La Gorda –muñeca inflable de la ideología argentina– y su metapolítica, que actualiza sin elaborar temas de hace medio siglo.

Ni noticia de que algo se escribió en la Argentina. No pasó por el Sueño de la Razón de Murena y transforma a Savino en un gurú. ¿Qué hizo usted en la guerra del lenguaje, Don Quintín, salvo aliarse a las neomatriarcas del populismo?

Savino es uno de los pocos que no se ha arrodillado ni orado –para citar a Joyce– en el templo de la santísima simplicidad de la Santa Sordera. Uno de los pocos que pensó y escribió algo: “El comunista le puso la grampa a Marina Tsvetáieva en el sentido de Cézanne y después le puso el gancho en la pared para que se colgara. El burgués ahora se hizo comunista, le pasa ayudas al poeta, subvenciones. Le da una limosna en nombre de la poesía.”

Lo que Hugo Savino escribió en Salto de Mata vale por todo lo que en su vida dijeron los clowns posmodernos. No estamos hablando de la literatura como placer –la literatura y un helado son lo mismo–, sino en torno a lo que se enuncia en los límites del lenguaje. De la integridad de unos pocos sujetos en un contexto donde nadie resiste el menor archivo, de algo que no tiene que ver con la solemnidad ni con la trascendencia sino con una ética abrahámica de la vida que no excluye el humor y se niega a entrar en una Familia de muertos vivientes o participar del suicidio colectivo.

La irrupción de una voz disuelve por un instante la corporación, muestra que en ella las diferencias están digitadas y que, tras un conjuro preventivo, siempre vuelve a fusionarse con fingida pasión. Todo lo que no es Familia colectiva, es decir, incesto, para Quintín es mercancía, y a cada una su etiqueta. Un vaciamiento del sujeto, del lenguaje, de la historia y la política. Alienado a la metapolítica: la búsqueda de la trascendencia va de la mano de la esencialización.

Se nota en el déficit de su humor: comparar a Dupont con Sábato no llega a ser una injuria ni un chiste. Es un mal chiste del que no se ríe nadie, ni en la Antártida ni en Santos Lugares. Ni sabe de lo que se trata, patalea para no enterarse.

Rettung der Vergangenheit es la expresión que utiliza Walter Benjamin para hablar de la salvación del pasado, de sus usos, de la redención por el  recuerdo. Esta tempestad que sopla desde el paraíso, este futuro que irrumpe desde el pasado, no trae necesariamente la promesa de un futuro feliz como creen algunos que se empeñan en ignorar que el estalinismo no está en el pasado, sino en el presente y amenazante en el futuro. Lo mismo sucede con el montaje para una segunda Shoá por el que trabajan laboriosamente las universidades y gran parte de los escritores de los que Dupont no cesa de burlarse.

Quintín necesita un tratamiento acelerado, urgentes lecturas de Meschonnic, de Simon Leys, de Jean-Claude Milner, los tres tomos de Nadezhda Mandelstam, para no volverse Romain Rolland… No, me parece que ya es demasiado tarde: una inmensa serpiente blanca vino desde la Antártida, irrumpió sin permiso en la Quinta, y por lo que se lee, congeló las pocas neuronas que quedaban.

Para leer Arno Schmidt hay que perderse en su encanto narrativo: no hay detalle que el narrador no capte en un contexto separado de lo cotidiano donde prevalecen la literatura y el arte sobre el fondo de una naturaleza loca. Su mejor metáfora no es la rata en el laberinto en que ya algunos se han extraviado, sino el lápiz quebrado en un vaso de agua que hace al montaje de las voces en un contexto donde ya todo está escrito para los becados para escribir. La actitud del narrador no es precisamente la de un creyente. Entra en conflicto con los cultos de los escritores que concurren a la residencia experimental: “¿John Cage? Tengo que decirlo, nunca me tragué su falsa sabiduría, su cerebralismo, sus ‘provocaciones’ vanguardistas. Y su música aleatoria es inescuchable, dejémonos de joder.”

Así ocurre con otros bluff de culto. El narrador es una voz solitaria: el antifetichismo es su política y su arma el oído. Que el personaje se llame como el autor es otro cazabobos: podría llamarse Juan Pérez. Hay que olvidarse de Dupont-Dupont y entregarle los oídos a esa voz que se resiste a hablar la lengua de los clichés y los guiños de culto legitimados, a los que se sustrae con un humor sutil. La novela te lleva de la mano con una abundante paleta de recursos y prodigalidad verbal. Hay escenas desopilantes, como el discurso del director Picot a propósito de la muerte de Cy Adams y otras tantas revelaciones. Hay que olvidar todo lo que previamente se dijo del autor y de la novela y entregarse a la lectura en un mundo de ilusiones y espejismos para captar la longitud de onda. El estilo es la luz que atraviesa las distintas capas de temperatura y se refracta sobre la más cruda realidad, de la cual cultores y estetas no quieren saber nada.

6.5.13

Un soplo de vida, por Mariano Dupont




En Mi ciudad perdida (últimos bodrios), su quinto libro, Milita Molina vuelve a desplegar su feroz potencia de escritura.
Los libros de Milita Molina son aire fresco. Es abrirlos y empezar a respirar. Con cada nuevo libro uno lo comprueba. Enseguida están ahí, en la primera frase, las palabras viboreando. En su vida. En sus sutiles modulaciones. Una frase que se lleva a la otra, que la va llevando.
Al igual que los best-sellers, los libros de Milita Molina se leen de un tirón. Son adictivos. No es que sean, sin embargo, de “fácil” lectura. A no confundir. Nada más en las antípodas de la fácil lectura que los libros de Milita Molina. Tampoco es cuestión de “anécdota”, de argumento. (“Me he preguntado por un instante sobre qué escribir y el hundimiento fue completo”, Los sospechados). El argumento en Molina es algo que se dibuja sobre el pucho, digamos, algo que aparece y desaparece mientras se va tejiendo el “bodrio”.
¿Entonces? Es otra cosa lo que atrae, lo que imanta. ¿Qué? El lenguaje, por supuesto. El lenguaje, que, como en Beckett, va empujando la lectura. Acá, lenguaje argentino. Dictados del “demonio de la torsión”. Silbidos cambacerianos, lamborghinianos. Música, sí. Pero música de “bodrio”. La cacofonía como una vía posible, entonces, como un descubrimiento. Una belleza ripiosa, de “irse al carajo”.
Mezcolanzas. Cruces. Lo alto y lo bajo. Y por detrás, sosteniéndolo todo, irrumpiendo a cada rato, el andamiaje destartalado de la risa. Filosa, “canalla”, la risa. Siempre.
Como Los sospechados y Melodías argentinas, sus libros anteriores, Mi ciudad perdida es un libro sin red, de “una intemperie que lo arrasa todo”. Un libro de “tecleteos”, de una “imaginación moderada”, de “pura holganza”, que hace foco sobre todo en la sintaxis. En la partitura. El vértigo y la destreza de “anotar y ejecutar el pentagrama simultáneamente”. Pura disponibilidad al presente de escritura. Hacerles frente a los soplos del espíritu. Estar ahí, “como el torero frente al toro” (Kerouac por Burroughs). Si no, “¿para qué escribir, para qué vivir?”.
¿Género? ¿Novela? ¿Relatos? ¡Qué importa! “Un borroneo feroz y sin concierto.” “Bodrios o frangollos.” Nostalgia de la literatura: el único género que practica Molina, “esa droga que se paga caro”. Que nos deja solos. ¡Solísimos! De ahí su libertad, su gracia. Hace tiempo ya que Milita Molina tuvo su revelación, su satori; hace tiempo ya que descubrió que “podemos decir lo que se nos cante, ¡si total!”.
Al igual que John Coltrane, que en sus últimos discos guardaba “luto por la tonalidad” (Joachim Berendt), Milita Molina guarda luto por la literatura. Lo dejó bien claro en Melodías argentinas.
“El estudio de la belleza es un duelo en que el artista da gritos de terror antes de caer vencido” (Baudelaire citado por Molina). La escritura como derrota, como fracaso. Pero también como dicha. Como felicidad. La felicidad del naufragio (Bataille). Porque ¿qué importancia tiene la literatura al lado de “la muerte que nos toma la sopa”?

Milita Molina –está claro– no cree en la literatura, en el arte. Más bien todo lo contrario. De ahí que en sus libros, y en Mi ciudad perdida en particular, no haya tonos pasteles. Tampoco “medias tintas” (a los tibios, como se sabe, Dios los vomita). La mirada está puesta, en cambio, “en el pozo del agua removida”. Ese pozo que no es otra cosa que una figura de la vida, y en el que, de a ratos, en los momentos de silencio, se refleja la ciudad perdida, la Santa Fe natal que está allá lejos, en “el vacío del tiempo”, con sus bellos “recuerdos de viejos entusiasmos”.



Publicado inicialmente en la REVISTA Ñ (27.02.2013)