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17.5.23

La ruta de la edición: KUNSTFLUG EDICIONES

 


Seis preguntas a editorsx
Hoy responde Julieta Messer de Kunstflug ediciones



Nuestra editorial se llama Kunstflug ediciones y actualmente nos distribuye Waldhuter libros. El nombre de la editorial es una palabra en alemán que significa “Acrobacia áerea”. Me gustaba la idea de que editar es algo medio acrobático, que tiene que ver con el vértigo y con el concepto artístico de ese vuelo. De hecho, en alemán “Kunst” es arte y “Flug” es vuelo. Pero las palabras combinadas significan “Acrobacia aérea”. Soy yo sola editando y trabajo con un maquetador que se encarga del armado del libro y del diseño de las tapas. Arrancamos hace seis años. Por el momento tenemos siete títulos. Publicamos varios géneros: crónica, teatro, poesía, etc.- No hay un criterio: me interesa un libro y voy y lo publico.


¿Qué estás leyendo?

Leo varias cosas a la vez -siempre-, mientras preparo el último final de mi carrera (Lic. en Artes), tengo a mi lado varios libros diferentes para ir mechando entre el material académico y algo menos árido. En este momento volví a re-leer un libro que me gusta mucho que se llama “¿Cuánta tierra necesita un hombre?” de Tolstoi. También siempre anda por ahí alguna antología de poemas de William Blake que funciona casi a modo de oráculo de mesa de luz. Y siempre revolotea el muy vigente libro de Foster Wallace “La broma infinita”. En el medio sigo estudiando y tengo apuntes tirados por todos lados: Brecht, Pasolini, Ricoeur, cosas académicas. Dentro de poco termina este -bello- martirio.


¿Cuáles son esos autores a los que siempre volvés?

Los rusos, casi todos: todo lo que sé de literatura lo sé de los rusos. Bueno y de Kafka también, la verdad. También me gusta mucho Flaubert, pero no todo, algunos de sus libros. Y poesía leo bastante, me gusta mucho Yves Bonnefoy por ejemplo. No leo mucha literatura contemporánea. Prefiero leer literatura clásica. Igualmente trato de estar al tanto de los contemporáneos, porque además de la editorial, tengo una librería y estoy permanentemente en contacto con libros nuevos. Siempre aparecen algunas joyitas, esas pequeñas revelaciones contemporáneas como por ejemplo Alejandra Kamiya, una escritora excelente que escribe unos cuentos que son realmente muy buenos, con un muy buen nivel.


¿Cómo es el proceso de lectura de un manuscrito?

Es un proceso bastante obsesivo. Leo de 7 a 10 veces el manuscrito. Siempre algo se te pasa cuando empezás en el proceso de corrección, pero en general venimos bien y el máximo de errores una vez impreso el libro puede ser uno o dos. Es difícil cuando estás muy sumergida en un texto, entrar en una cosa estéril y objetiva. Antes de leer completo un manuscrito, igual siempre pedimos un resumen y el primer capítulo, en general se ve enseguida si el libro va a interesar o no. Es algo muy personal, realmente.


¿Qué tiene que tener un libro para que te interese publicarlo?

Tiene que ser original, genuino, en lo posible apolítico. No panfletario. O sea, puede describir a través de la narrativa o crónica un momento histórico, pero sin dejar una marca tendenciosa. Porque ya de por sí el libro es un dispositivo para pensar. Que cada persona cuando lo lea piense lo que quiera, pero no me interesa que el libro tenga una marca fuerte “de bandos”. No soy una editorial que busca hacer marketing con eso. Todo lo contrario: mi editorial pierde plata o la recupera tarde. El libro que edito tiene que ser acerca de un tema en dónde se note que quién escribe es curioso y tiene intereses relacionados con algún género literario. Luego claro la originalidad de cómo escribe. Es decir: forma y contenido. Todo es importante. También tengo que llevarme bien con el autor/a. Que entienda que una editorial pequeña en principio pierde plata o la recupera tarde -como dije antes- Pero que su porcentaje de precio de tapa que acordamos siempre se le va a liquidar en tiempo y forma. No cobro por editar los libros, leo algo, me gusta, lo edito. Me hago cargo de todo. Es un poco un hobby caro, pero con responsabilidad de ir formando un catálogo de calidad, con libros cuidados en todo el proceso de edición.


¿Cuánto intervenís en los textos que publicás?

Hago sugerencias de todo tipo, sin tratar de comprometer a la persona que escribe en que me diga que SÍ a tal o cual cosa. Por ejemplo, tratamos de consensuar el diseño gráfico de la tapa haciéndole llegar varias versiones. En general los escritores tendemos a escribir más y a tener poco poder de síntesis, entonces también puedo sugerir hacer “recortes” en pequeños pasajes que me parecen redundantes. Trato de meterme lo menos posible, pero a veces es interesante una mirada externa, en este caso la mirada de la “Editora”, o sea yo, jaja, para poder tener una persona externa que ve de otra forma el corpus y que a partir de esa mirada nueva, da sus propias opiniones, en general es una negociación permanente.


¿Qué relación buscás entre el arte de tapa y el texto que presenta?

En primera instancia que la tapa tenga un mensaje claro, que no sea para nada críptica, que no tenga demasiada información. Sino que simplemente refleje el contenido del libro de un solo pantallazo. Prefiero lo antiguo que lo moderno. No me interesa una tapa barroca. Prefiero que sea visualmente atractiva sin ser muy ornamentada. Me gusta lo clásico y lo colorido. No me gustan las tapas que melancolizan los interiores, todo se trata de poder buscar una coherencia entre lo que editamos, lo que quieren los autores/as y lo que es más “vendible”. Equilibrio difícil pero no imposible. Es cuestión de tener en cuenta a todos/as y trabajar con mucho ahínco y también con mucha alegría.

10.5.20

Conversaciones con Alex Olson, por Willibald Feivel Cornfed




Willibald Feivel Cornfed: ¿Cómo te imaginás dentro de treinta años?
Alex Olson:
¡No, Willi, no me imagino! Sería una visión muy cruel.
–¿Si tuvieras que irte a una isla desierta, qué  cuatro cosas llevarías?
–Libros, tomates y usaría los restos del machismo social para llevar conmigo a mi mujer y a mi hija, aduciendo que sin ellas no podría vivir, que moriría de hambre, de soledad, etc.
– ¿Cuántos años faltan para que todo esté definitivamente podrido?
–¿No está todo lo suficientemente podrido ya?
–¿Bob Dylan o Neil Young?
–Neil Young.
–¿Por qué?
–Neil tiene una cosa de looser que me gusta. Como la bendición del looser. El freak, el nerd que lo logró pero no se olvida del Club de los Corazones Solitarios, y sigue yendo a las reuniones todos los jueves. Le pasó de todo en la vida. Dolor físico constante, la espalda que se le venía a pique, hasta tuvo que usar un aparato para sostener la columna. Su hijo con síndrome de down. Todo mientras era famoso y alabado por la crítica. Como si dios escarbara con un dedo y le moviera las plumas. Una especie de condena que nos obliga a la humildad. Algo del destino o la estela del poeta. La forma que Neil encuentra ante las encrucijadas es el amor. Mientras el sueño hippie se derrumba, él le construye a su hijo una pista de tren eléctrico que ocupa toda la habitación, porque sabe que al hijo el traqueteo del tren es capaz de calmarlo.
–Bret Easton Ellis o David Foster Wallace?
–Bret Easton Ellis y David Foster Wallace.
–Gerald Howard escribió un artículo en el que afirmaba saber por qué Bret Easton Ellis odiaba a David Foster Wallace. Ahí decía que Wallace había sido el escritor más fino de su generación pero que su modo de vida ingenuo parecía colapsar con las dificultades implacables de la vida. Mientras que a Ellis lo veía como alguien pícaro, cínico, frágil, salvajemente desilusionado y con una mirada fresca del mundo. Como si los méritos literarios pudieran ser opacados o sopesados por características personales o psicológicas. ¿Por qué nuestra generación presenta a estos autores en disputa? ¿O serían opuestos complementarios?
–Más bien me parece como una operación de la prensa, algo mediático. En la escena literaria eran más bien parias, lobos solitarios que algún fulano del Times, o así, intentaba  encajar en algún movimiento, o escuela, para atenuar su impacto. Amordazarlos de algún modo. También es cierto que en el caso de Ellis coqueteó con el Brat Pack, pero él no tenía nada que ver con eso, tan sólo uso esa imagen para ir a fiestas y tomar gratis en restaurantes finos, de moda. Aunque siendo sinceros, ¿quién podría decir que eso está mal? El caso de Wallace está opacado y de algún modo manoseado y leído a través con el lente de su último acto: su suicidio, como punto final a la escritura y a la vida, que para él parecían ser casi lo mismo. No sé, creo que los dos tenían en común que básicamente los enervaba lo mismo de la cultura postmoderna, los dos son hijos de la cultura MTV y del mismo hastío existencial, quizá las diferencias estén en cómo lo procesaron estéticamente, como si cada uno vomitara en diferentes tachos de basura. Pero "Glamourama" es bastante Wallaceana. Y "El tenis como experiencia religiosa" o "Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer" es bastante Ellisiana. Quizá, en el fondo, como decía Truman Capote para referirse a su relación con Perry Smith, el preso-amigo que dio testamento en su "A sangre fria", son como hermanos que se criaron en la misma casa, solo que uno salió para la puerta delantera y el otro por el fondo. Ahora entre Ellis y Wallace cuál es cuál, eso no sabría decirlo.
–¿Qué admirás de tu madre?
–Su paciencia.
–¿Qué recordás de tu padre?
–
Le gustaba el tenis y tomar aperitivos italianos, como Gancia o Martini, mientras miraba los partidos. Sobre todo recuerdo los sábados y domingos, porque eran iguales. Y los leves movimientos de cabeza del resto del grupo familiar para seguir el recorrido de la pelota. Recuerdo aún con cierto nerviosismo las finales entre Sampras y Agassi. En casa no volaba ni una mosca. Eran partidos largos, algunos de casi tres horas. También sobreviven en mi oído los silbidos de mi padre, para festejar las jugadas maestras de Sampras. Era un silbido como de avispa encerrada en un tarro. Por casi tres horas.
–¿Un hecho vergonzoso que podrías confesar?
–El pedorreo matinal.
–¿Cómo empezaría tu blues?
–Con un silbido de tren.
–¿Qué cosa definirías como patética?
–El pedorreo matinal.
–¿Una noche que recuerdes para siempre?
–La noche en que vi cómo un grupo de adolescentes atacaron a un negro en un camping. Fue en 1981 en Canadá. Lo hicieron mientras el negro dormía en su carpa. Aparentemente el negro los había estado perturbando a la tarde, con su música de tambores. Es una pesadilla. Una pesadilla que todavía dura.
–¿Estás enamorado?
–De a ratos.
–¿Qué autor no releerías?
–A Dave Eggers. Me parece una mala copia de Foster Wallace, un presuntuoso rebosante de falsedad. Un ladrón de gallinas, que persigue el huevo de oro sin encontrarlo.
–¿Qué te interesa de la obra y de la vida de Stieg Larsson?
–El puente entre una y otra, supongo. En un viaje que hice a Minesota hace unos años, un amigo, dueño de una pequeñísima librería del oeste, me regaló un libro sobre Stieg Larsson escrito por  Kurdo Baksi, quien resultó ser un amigo muy cercano del escritor. Trabajaron juntos en una revista muchos años. El año pasado encontré en una librería perdida de Detroit, otro libro sobre Stieg Larson, escrito por su viuda. Lo que más me sorprendió de todo, fue que ninguno de los dos libros, ni el del amigo, ni el de la viuda, pudo captar algo sobre quién era verdaderamente el escritor sueco. No es fácil penetrar en la soledad de una persona. Quizá ese enigma, que sigue encendido como una lámpara, sea lo que más me interesa de la vida y obra de Stieg Larsson.
–¿Qué frase repetirías hasta el cansancio?
–Tomorrow Never Knows.
–¿Cuál es la canción de los Beatles que más te gusta? ¿Por qué?
– “I Am The Walrus", porque la cantamos con mi hija Lena.
–¿Qué sentiste cuando viste por primera vez el puente de Brooklyn?
–Vértigo.
–¿Qué significó para vos haber conocido a Dan Fante?
–Uf, mucho. Lo entrevisté sobre Fante: un legado de escritura, alcohol, y superviviencia, en el 2012, en Los Ángeles. Quería escribir una nota para Carnage sobre ese libro. Hablamos tres horas. El sol se hundió en las colinas de Hollywood, como un homenaje espontáneo a su familia, y la conversación se fue apagando. No era sencillo comunicarse con él: era muy breve en las respuestas, y no sonreía. Igual quedamos en contacto y nos seguimos escribiendo con intervalos hasta poco antes de su muerte.
–En tu vida profesional conociste todo tipo de redactores de diarios obreros. Hay diarios ejemplares, hay diarios mediocres, hay diarios malos o muy malos y, finalmente, están esos diarios que son únicos. ¿En cuáles preferiste trabajar? ¿Por qué?
–Creo que los diarios ejemplares ya no existen. No sé si existieron alguna vez. Pero sí existen los únicos. Y formar parte de esas publicaciones significa un riesgo grande, pero también un ejercicio de sacrificio, nobleza, vida en comunidad. Hoy es casi impensado algo así, las redacciones cambiaron mucho, el mundo es otro. Pero hay una sensación de pertenencia en formar parte de un equipo con gente que se involucra en algo. El estrés, las exigencias, las amenazas, todas esos factores adversos hacen que en un punto empieces a considerar a tus colegas como parte de tu familia. Y cada artículo cobra otro sentido, otro significado.
–¿Cómo estás viviendo vos y tu familia, en Detroit, estos momentos tan raros en los que parece que se detuvo el mundo?
–Son días raros, Willi, duros de asimilar. Uno mira por la ventana y encuentra desesperación. Intentamos seguir con nuestra vida normal, pero con Lena es un poco más difícil porque nos pregunta todo el tiempo cuando podemos ir a Mc Donald´s o a la plaza. ¿Por qué no pasa más el señor con los globos, papá? ¿O por qué la gente usa esas máscaras en la boca? Tiene cinco.
–Alex. me da la sensación que todo esto es un sacudón a las ficciones científicas y a las narrativas de especulación tecnológica. ¿Qué revela la crisis del COVID-19 sobre la literatura de ciencia ficción?
¿Pensás que van a surgir, después de esta peste, multitud de libros con un imaginario pautado de monstruos virales?
–Creo que, en realidad, el auténtico monstruo viral es el hombre, siempre. Los mejores relatos de ciencia ficción no son otra cosa que crudos retratos humanos. Como si entre la sci-fi y el periodismo hubiese solo una puerta batidora. La ciencia ficción como otra forma de la crónica humana. Vonnegut es un caricaturista bastante realista en el fondo, un costumbrista con cascadas de humor, que revelan un costado pesimista de la vida. Dick es más un periodista desalineado hablando desde un teléfono público mientras afuera llueve. Alguien que intenta comunicar algo con una moneda que ya no sirve. Como si de tan moderno a veces fuera un poco anacrónico. La ciencia ficción es un marco para un cuadro difuso, zigzagueante, móvil. Así como en el policial, Chandler de alguna manera trasciende el género. Estos son autores "con" ciencia ficción y no tanto "de" ciencia ficción. Cheever puede hacer ciencia ficción con sus crónicas de los Wapshot, donde apunta y dispara, para dar en el blanco de la vida en los suburbios. Los escritores que después de esto hagan ciencia ficción por moda, bueno, no creo que haya mucho para decir. Los que vean en el género instrumentos de crónica, de nuevo periodismo, de traficar algo, una experiencia antigua, lejana, quizá en nuevos formatos, me parece un modo más interesante e inteligente de hacerlo. Humanos inteligentes que no son ya tan humanos, un poco más aliens tal vez, un poco más lúcidos también.
–En julio de 1925 aparecía en la revista Science and Invention, "El aislador" (The Isolator), un aparato inventado por Hugo Gernsback, miembro de la Sociedad Estadounidense de Física. Era un casco conectado a una bomba de oxígeno, diseñado para ayudar a los escritores a concentrarse y evitar todo tipo de distracciones. La intención del dispositivo era no solo eliminar el ruido exterior, sino que además tenía una delgada apertura a la altura de los ojos que limitaba la visión a una solo línea del texto. Esto evitaba volver de forma involuntaria a lo que ya se había escrito o enfocarse en otras lecturas. ¿Pensás que estos tiempos de redes sociales nos están llevando a un aislamiento colectivo? ¿Cómo están cambiando nuestras formas de leer? ¿Cambiaron?
En referencia al casco, parece una cosa medio nazi, siniestra. Y, al mismo tiempo, ese físico-astronauta es como un personaje de esas películas en blanco y negro de David Lynch. Mi tendencia paranoica, sumada a mi predilección por la ciencia ficción, me lleva a pensar que esto no es algo espontaneo, ni un movimiento solidario hacia cada uno de nosotros, sino más bien una movida más profunda, premeditada, parte de un plan. Prepararnos no sé si para el invento de Hugo Gernsback, pero quizá todo sea más progresivo, así podemos acostumbrarnos al traje, el peso del tubo de oxígeno, el visor, y a respirar en esa casco medieval. Sin dudas, no puedo evitar sentir que nos están llevando de las narices hacia una forma más fragmentaria, como de partículas . No solo están cambiando nuestras formas de leer, también de ver, de sentir, de vivir. Todo nuestro aparato real e imaginario está cambiando, así como nuestras percepciones de lo real. Hoy nos cuesta mucho más poder terminar un libro. Tener el tiempo necesario para sentarnos y llegar al final. Nos quejamos del tiempo, que parece líquido, se nos escurre. Vivimos enojados, como un malestar de la época, con la sensación de que en algún lugar de la ciudad hay una fiesta a la que no nos invitaron. O, tal vez con la certeza de que perdimos algo profundo, verdadero, y a cambio nos dieron un traje de soldado-espacial para una misión desconocida, inútil. Leer aparece cada vez más como un acto fragmentario, dividido. Y los actos cada vez más escindidos, separados entre sí. Antes la gente, los obreros de clase media baja podían leer "Guerra y paz" de Tolstoi. Eran gente instruida, lectora. Podían encarar esos novelones con facilidad, terminar uno y empezar otro. Hoy, es difícil que un intelectual pueda leer entero "Guerra y Paz". No es una cuestión de clase nada más, sino de modo de vida, de ritmo inducido del mundo. Antes la gente compraba un televisor y eso era casi de por vida, la vida tal cual la conocían no se veía prácticamente amenazada.  Hoy los cambios son ultra rápidos, y no sé con qué grado de conciencia los vamos detectando. O si somos más bien esclavos de algo que quizá sea un leviatán teledirigido.
–Jonathan Lethem ecscribió que “una época está definida no tanto por las ideas que se discuten como por las ideas que se dan por sentadas”. ¿Cuáles serían esas ideas que se dan por sentadas en nuestra época?
–Voy a responder a una cita con otra. En este sentido, Foster Wallace me resulta ejemplar cuando analiza el slogan de Burguer King, que vende hamburguesas con el lema "Tenés que romper las reglas". Wallace dice, y cito de memoria, con todos los problemas del caso, que mucha de la gracia que tiene la posmodernidad, con sus banderas como lo son la ironía, el cinismo, la irreverencia, ahora son parte de todo lo que son resulta repulsivo de la cultura misma. Estamos en el centro de una paradoja, pataleando, confusos, como un nene en mitad de un berrinche, sin llegar a comprender del todo. Y, en ese sentido también, Wallace es ejemplar o beatífico cuando cuenta en una de sus entrevistas que paso un mes en una actitud monástica leyendo a Tolstoi y a Dostoievski. Dice que leer a los dos, y sobre todo a Tolstoi es una experiencia por fuera de la postmodernidad, porque en el autor hay una inocencia despojada de todo cinismo, de toda ironía, y que la lectura del ruso puede iluminarnos sobre nuestra época, nuestras propias miserias, nuestros vicios recurrentes. Como ir al Burguer como un autómata y hablar sin ton ni son de un libro de Thomas Pynchon, creyéndonos en la cresta del progresismo. La montaña es mucho más alta, la pendiente mucho más complicada. En ese sentido, Foster Wallace es un crítico muy fino de la posmodernidad. Pero también lo es Bret Easton Ellis, quien dispara desde adentro, desde su misma clase social, como un asesino con amnesia. En novelas como "Glamourama" o "Suites imperiales", Ellis arremete contra el culto al cuerpo, el infantilismo de los adultos en su prolongada adolescencia, y cómo se filtra el terrorismo en la formas aparentemente más frívolas, en las zonas que algún ingenuo podría definir como "no- ideológicas". Por eso decía que es importante leer tanto a Ellis como Wallace. Los dos son francotiradores apostados en las afueras del mismo edificio, pero desde diferentes ángulos. Y no están ahí por ningún crimen cobarde, simplemente esperan el momento oportuno para fotografiar la salida en limusina del sueño americano después de una noche de reviente. Buscan una foto que hable por sí misma, aún sabiendo que la búsqueda y la broma es infinita.
–¿Un lugar al que siempre volvés?
–Al cementerio.
–¿Tenés alguna ética?
–Todos tenemos una ética. Incluso las hormigas.
–¿BoJack Horseman o Tiger King?

–Clarence y "Last dance".
–¿Qué sentiste cuando te enteraste de la muerte de Mort Drucker?
–Que alguien me ajustaba un poco más la corbata. El paso del tiempo. Que hay un plan siniestro para erradicar la risa de nuestro planeta.
–¿A dónde se está yendo la humanidad?
–Hay que leer las novelas de Philip K. Dick para saberlo.
–¿Cuáles fueron tus primeros pasos en el periodismo? ¿Cómo llegaste a ser director de Carnage? ¿Cuándo empezaste a interesarte por los temas dela violencia racial y de género?
–Empecé a escribir en Ecco una revista que fundé con mi hermano en el secundario. Nos divertíamos mucho. Éramos solo nosotros dos con muchos seudónimos. Llegué a ser director de Carnage en 1996. Me empecé a interesar en temas como la violencia racial desde que era chico, creo. Recuerdo que mi abuelo leía el diario y ponía caras raras cuando leía ciertos artículos. Entonces yo le preguntaba. Mi abuela decía "George, no se te ocurra, es un chico". Pero cuando estábamos solos me empezó a contar cómo trataban a los negros, solo por su color de piel. Cómo la justicia les caía con especial ferocidad, muchas veces sin posibilidad de defenderse.
–¿Qué es lo que no te gustó de tus trabajos anteriores?
–Siempre hay cosas que no te gustan en los trabajos. Quizá, tener que madrugar. Prefiero dormir hasta tarde.
–¿Cuál fue la nota más difícil que tuviste que escribir?
–Sobre los atentados del 11 de septiembre de 2001.
–¿Qué escritor contemporáneo te gustaría entrevistar y por qué?
–A Dean Bakopoulos, por su "Por favor, no regreses de la luna".
–¿Sos de ir al cine? ¿O en la era de las series dejaste ese hábito?
–En circunstancias normales soy de los que siguen yendo al cine. Prefiero ir solo. Es mágico. Como le ha pasado a muchos padres de mi generación, con el nacimiento de mi hija empecé a familiarizarme un poco con Netflix. Vi algunas series que no estaban mal.  Y ahora con la situación del virus estamos condenados al menú de películas a domicilio. Había una película de Jarmusch, en la que un personaje comía unas bandejas frías, de supermercado, ya preparadas, que había bautizado "comida de televisión", porque si la consumías con la pantalla de fondo no te parecía tan fea.
–¿Qué tiene que tener una película para que te guste?
–Está esa frase maravillosa que dice: "Para saber lo que significan las cosas, a veces tenés que saber lo que no son".
–¿Y un documental?
–Me gustan, sí. Como una forma bastarda de hacer cine, de pasar algo por la ventana. Por ejemplo, me gustan los documentales de Herzog. Ahora estoy viendo bastantes documentales de músicos. Hay como un resurgimiento de las biografías, quizá, como forma. Vi un documental de Miles Davis. Pero sucedía lo mismo que con Stieg Larrson, era impenetrable. Como si hubiese opacidad en algunas vidas. Un cartel del correcaminos que dijera: "aquí ya no hay nadie".
–Alguna vez dijiste que la realidad es más compleja que la ficción. ¿Seguís pensándolo?
–Me temo que ya no. ¿Habré cambiado, o me habré vuelto viejo? Creo que la realidad le da letra a la ficción, pero se complementan. Es como eso que dicen sobre la distancia entre el bien y el mal, que cada vez es más corta.
–¿Alguna vez robaste algo? ¿Qué y cuándo?
–Robé unos libros en una feria del libro en Denver. Tenía diez u once años. Recuerdo haber atravesado la puerta automática y que me temblaran las manos. Detrás del primer arbusto abrí mi mochila y chequeé que el botín estuviera ahí. Eran unos libros sobre mitos, creo, que me gustaban en aquella época.
–¿Cuál es tu infusión preferida?
–Té de manzanilla.
–¿Un defecto que reconozcas en vos?
–El sincericidio.
–¿Tardás mucho en atender el teléfono? ¿Y en contestar los mensajes de wsp?
–El teléfono, ¡sí! Apenas lo escucho a veces. Los mensajes depende de quién escriba y cuál sea la urgencia en contestar.
–¿Alguna vez llevaste adelante alguna actividad prolongada con dolores estomacales, gástricos o en los dientes?
–Sí, varias veces. Puede ser insoportable el dolor físico, además de imposible de comunicar. Realizar alguna otra actividad te puede distraer por un tiempo del dolor. Ahora después, claro, las facturas llegan todas juntas, infalibles como los testigos de Jehová.
–¿Qué diferencias encontrás entre ser calculador y ser especulador?
–El especulador es un calculador consumado. Todos somos calculadores algunas veces por día. Toda medición de los efectos de algo supone un cálculo, un análisis.
–¿Y entre el totalitarismo y la democracia parlamentaria?
–Una diferencia tenue, amenazante.
–¿Cuántas muertes definen un genocidio?
–Las que los especuladores calculen.
–¿Qué autores contemporáneos te gustan, Alex?
–Me gustan Shawn Vandor, Jonathan Lethem, Jonathan Franzen, Jay McInerney, Miranda July, Michael Chabon.
–¿En qué cosiste, según vos, y si es que existe algo así que se pueda llamar “sensibilidad femenina”?
–Es un preconcepto atado quizás a una trampa del lenguaje. Esa que atribuye que toda sensibilidad es femenina. No creo que sea así. Eso es fácil de demostrar. En todo caso, sí hay un tipo de sensibilidad que podemos identificar más con las mujeres, que proviene de cierta predilección por el detalle, la delicadeza de las descripciones de ciertos climas, ambientes, personajes. Pero hay escritores con sensibilidad femenina. Y eso me resulta una paradoja encantadora. Además de interesante.
–En una nota que escribiste para Rolling Stone publicada en junio del 2013, propusiste un cruce bastante osado entre The Brian Jonestown Massacre y Devendra Banhart. No te privaste de hablar de drogas, la neo-psicodelia, la música country, Captain Beefheart, Buffalo Springfield, Mulatu Astatke y The Dengue Fever. ¿No habría límites en las relaciones? ¿O pensás que todo se puede vincular con todo? ¿Sería una cuestión de retórica? ¿O solo se trata de relaciones de sentido?
–El sentido a veces es algo que se encuentra, de casualidad y por azar. Cuando estás en una cueva, rodeado de cosas que te hacen feliz, solo ves luces en las salidas, y de algún modo llegas a conectar esos accesos. Pero el modo en el que lo hiciste es totalmente maleable y aleatorio. Pura subjetividad. El modo en que se une el punto A con el punto Z es siempre nuevo. Lo que demuestra que las cosas siempre pueden ser de otro modo. “A Day in the Life”, The Beatles. Con esto no quiero decir que no sea real una explicación, una confesión ni que carezca de verdad. Sino tal vez apunto a que las intuiciones son como excursiones de las que uno no sabe si regresará o como. Y que a veces el sentido es como atar algo con alambre, unas guirnaldas luminosas. Lindas, sí, claro. Pero lo valioso fue conectar dos cosas aparentemente disímiles. Una vez que lo hiciste en tu cabeza es como que la reconstrucción lógica es para que los demás no te retiren el saludo, pero vos de algún modo ya estuviste ahí, como en una escena shakespereana. Keith Richards decía que muchas veces componía borracho y que a la mañana cuando despertaba su grabador lo sorprendía con canciones nuevas. Había dejado grabando toda la noche. El sentido como hilo de Ariadna. Al mismo tiempo tal vez haya el reconocimiento de algo fascista en esta visión, porque son como viajes en un carro minero por una mina que en vez de oro tiene hectáreas y hectáreas de árboles. Uno se encuentra ahí con la fascinación de un niño. Y es libre ahí, quizás. Lo veo más vinculado al poeta, o al oficio de escritor. El periodismo es otra cosa. Y ahí el sentido es el santo grial. Pero bueno, de alguna manera fuimos de A hasta Z. Aún seguimos en la cueva. Solo alcanzamos a ver las luces de una fiesta privada. Tal vez lo que cambie entre las disciplinas sea la forma de traducir esas luces.
–¿Qué cosas te irritan?
–Las personas sin sentido del humor. Los muros, las camionetas 4x4, los perezosos, los timoratos, los que miran por la rendija de la persiana y al escuchar el ruido doloroso del mundo terminan de bajar las persianas. Los célibes, los que viven con el dedo duro, los que odian a los perros. Las personas sin sentido del humor.
–¿Te considerás una persona narcisita?
–Todo escritor es un narciso.
–¿Cuál pensás que es tu defecto principal?
–La honestidad en momentos en que sería preferible callar.
–¿Cuál es tu mayor miedo?
–La muerte de mi hija y la de mis seres más queridos.
–¿Qué cosas te entristecen?
–Darte cuenta de que te equivocaste y lastimaste a alguien que querías.
–¿Rencores?
–Tengo una libreta reservada para mis enemigos públicos, y otra para los más íntimos.
–¿Principal ocupación?
–Mirar películas de cine mudo.
–Recuerdo la nota sobre cine mudo que publicaste en Magonia donde decías que los mejores recuerdos de la vida, los más emocionantes, corresponden a películas. Y toda esa diatriba en contra de Chaplin. Lo acusabas de vanidoso porque siempre hacía el papel de pobrecito. Un protagónico absoluto. También escribiste Splapstick latitudes, un ensayo en el que te centrás en Mack Sennett pero donde también traficás tus ideas sobre la Commedia dell’arte, el vaudeville, The Three Stooges y Harpo Marx. ¿Le queda al mundo algo del espíritu del clown? ¿O del misterio de la  inexpresividad de Buster Keaton solo va a quedar un GIF? ¿Todavía podemos salvarnos con el humor del cine mudo?
– Si le queda al mundo algo del espíritu del clown, no lo sé. Quizá persista algo del espíritu del trovador, el viajero itinerante que va de pueblo en pueblo con su valija. No sé si es cierto, pero al menos me gusta pensar que es así. Chaplin es uno de los grandes. En esa época estaba enojado contra un sector de la crítica y sus alabanzas estériles, como lamiendo el bronce frío del pedestal. Fue más una reacción a una actitud que algo premeditado contra los protagónicos de Chaplin. Tengo sus películas. Y, aunque a veces me resulta que aparece demasiado en los filmes, no se puede negar su genio. Lo que está pasando con el humor es triste. Ahora se ven en todas esas páginas de internet, o por las redes, todos esos grupos de personas que desde sus casas inician videos o retocan fotos para darse un aire irreverente, o hacer un guiño irónico sobre algún tema candente. Son todas posturas que no llegan a nada. Ese humor no solo no es revolucionario, sino todo lo contrario. Es servicial a cierta casta del poder. Es un humor claramente apuntado a reforzar prejuicios. Stieg Larsson se quejaba de que la mayoría de los periodistas de investigación suecos se estaban vendiendo a los grandes multimedias, y a sus intereses. En el humor es lo mismo, cómo hacer humor irreverente cuando tu espectáculo tiene sponsors, o depende de algún monstruo de las comunicaciones. Creo que Los Simpsons quedaron asociados a una forma de humor inteligente. Pero cuanto todos se empezaron a aprender los chistes de memoria y las temporadas empezaron a ser verdaderamente temporadas del infierno, por su repetición al infinito, tipo hamburguesas, bueno, me pregunto hasta qué punto puede ser inteligente eso. Todo el humor físico, los gags, los tiempos del cine mudo está provisto de componentes de improvisación, su fuente es lo espontáneo. El humor siempre es una fuente de vitalidad y juventud absoluta, pero me da la sensación que están intentando domarlo y alejarlo de lo circense. Quizá un desafío sea mantenerse alerta y al margen. Vigilar cuánto nos cobran mientras estamos parados y desconfiar de los payasos que hablan seriamente.



Tomado de: Sélitex, AÑO IV, n°38, mayo 2020
Traducción: N. Christie

6.1.15

Yo sé por qué Bret Easton Ellis odia a David Foster Wallace, por Gerald Howard




Edité a ambos autores cuando estaban empezando y puedo atestiguar que la enemistad entre los dos viene de hace décadas


El mundo literario sabe que Bret Easton Ellis se enfrentó al apogeo de David Foster Wallace el otro día en Twitter, llevado por una ira tartamudeante y serial por su lectura de la recientemente publicada biografía de Wallace de D. T. Max,Toda historia de amor es una historia de fantasmas. Algunos podrían decir que Ellis está siendo excepcionalmente hostil y poco generoso en torno a un trágicamente atormentado escritor quien, habiéndose ahorcado a sí mismo, no está en posición de defenderse. Se lo marqué a Bret conociéndolo y no estoy en posición de ser moralista. Ahora bien, estoy en la posición única de haber publicado ambos fenomenalmente talentosos y opuestos escritores en el momento en el que estaban empezando y creo conocer algunas cosas que están por debajo del resentimiento explosivo de Bret Easton Ellis.

Era un joven editor en PenguinBooks en 1985 cuando recibí las pruebas de imprenta de Menos que cero de Simon and Schuster para considerar una reimpresión. Ya lo había visto a Bret Ellis en un panel de PEN hablando sobre la influencia de los 60’s en la ficción contemporánea y fui gratamente conducido por su impávida y seca elocuencia, todo un refrescante contraste con las decepcionantes devociones izquierdistas que usualmente circulan en esos cónclaves. Amé Menos que cero. Simplemente la amé. Encontré ecos de Didion y Antonioni y Nathanael West y pensé que era un logro perturbador en la California neonihilista y un presagio de algo muy siniestro desarrollándose en la cultura de ese tiempo. Al principio, fuimos por una tirada de tapa blanda, el libro se volvió una sensación y un bestseller en la edición de tapa dura y, eventualmente, pagamos 99.000 dólares por los derechos en un remate, en ese tiempo una suma impactante para una primera novela. Un año después la publicamos en nuestra serie de Ficción Americana Contemporánea y también se volvió un bestseller. Mientras tanto, Bret estaba siendo agrupado por la prensa literaria con JayMcInerney y Tama Janowitzcomo uno más dentro del Brat Pack literario que encontró su tema en los jóvenes y en los desperdicios de las rondas drogadictas de la vida nocturna de ambas costas. Lo que no estaba enteramente mal, pero dejaba de lado las reales diferencias entre esos tres escritores instalando entre ellos una reacción violenta y desagradable.

En 1986, ni bien publicamos la edición de Menos que cero, el manuscrito de la primera novela de David Foster Wallace, La escoba del sistema, apareció en mi escritorio. (Eso es lo que los manuscritos hacen, aparecer en los escritorios, no en las casillas de correos). Y también la amé. Simplemente la amé. Pero por muy diferentes razones, por supuesto. Acá, en lo alto de una corriente de minimalismo norteamericano, y en un contraste distinto al de las novelas sórdidas de Ellis y McInerney y Janowitz, era grande, inteligentemente retomaba las novelas imperiales de los grandes blancos posmodernos, Barth y Coover y Gaddis y DeLillo y especialmente Pynchon, todos escritores con los que me formé como lector. Bueno, ¿qué tenemos acá?, pensé. Entonces registré el libro, hice lo más que pude para editarlo, (podés leer sobre la inutilidad de la empresa en la biografía de Max), y la publicamos como un original de la serie Ficción Contemporánea Norteamericana. Las reseñas fueron más de lo que se podría haber esperado por una primera novela, y muchas de ellas, trazaban una profunda diferencia entre la hiperinteligencia de Wallace y el acercamiento maximalista de la obra de los Brat Packers quienes ya estaban recibiendo un azote crítico. Siendo Bret Ellis uno de esos autores que está pendiente de todo, esas comparaciones ingratas no hubieran escapado su atención. El anschluss llegó con la publicación de su subestimada segunda novela, Las leyes de la atracción, que también reimprimiríamos en Penguin a pesar de una cascada de desaprobaciones.

A finales de 1988 me mudé de Penguin a W W Norton, llevando conmigo el segundo libro de David, la colección de relatos La niña del pelo raro, que Penguin se negó a publicar por razones legales. (Larga historia.) El título de la obra, sobre un grupo de punks de Los Ángeles que descontrolan un concierto de Keith Jarret, me hizo pensar en una obvia y exacta parodia al tono desafectado de Bret Ellis y a su temática y se lo dije. David, siempre tramposo sobre sus influencias (apenas admitía haber leído Pynchon), negaba haber leído alguna vez algo de la obra de Bret, una mentira obvia que dejé pasar. Aunque estoy seguro que a Bret le molestó la noticia cuando se publicó el libro.

Era eso: dos jóvenes escritores de moda (perdón) de casi la misma edad, enormemente diferentes en temperamento y estilo, habitando el mismo multitudinario círculo literario y acompañandosu arrojo mutuo. Sé que David envidiaba la destreza con la que Bret Ellis y su grupo de colegas llevaban los desafíos de su carrera literaria y se castigaba a sí mismo por esa envidia. Ambos pelearon fuerte y exitosamente en sus batallas en contra del alcoholismo y el abuso de sustancias.  (Los vi a los dos en distintas circunstancias tomar muchos tragos en un tiempo asombrosamente corto, oh, oh). Los dos surgieron al publicar novelas que agitaron el avispero cultural. Psicópata Americano, una puesta macabra que amplificó cada cliché de la escoria de la cultura yuppie al grado del gran guiñol, creando una tormenta de fuego cuando la “mentalidad literal” (de los que hay muchos) se equivocaron al recibir la broma. La broma infinita transforma los tormentos personales en un vasto diagnóstico metaficcional de nuestra adornada condición de entorno cultural, y raramente sonaron las primeras notas de una pregunta por una sincera ironía libre que se volvió una regla de estilo en la generación de David y en las que lo sucedieron.

Por el momento, el estilo de Wallace domina y eso es lo que vuelve loco a Bret Easton Ellis. El comienzo del discurso de graduación de David en el  Kenyon College, “Esto es agua” asumió el estatuto de manifiesto y de declaración última. Pero, un hijo de la posguerra con  el alma marcada como yo, no lo compra como una guía para el comportamiento correcto. Se siente incómodamente cerca a esos libros de afirmaciones, sin duda inspirados pero de empresa cuestionable cuando la materia difícil llega. Realmente creo que David fue el escritor más fino de su generación, pero su modo de vida ingenuo pareciera colapsar al primer impacto de las dificultades implacables de la vida. Era necesaria una inyección de Montaigne y Marco Aurelio.

Encuentro a Bret Ellis pícaro, cínico, frágil, salvajemente desilusionado con una mirada curiosamente refrescante del mundo. Es el Loki o el Trickster del mundo literario (o quizás el Lou Reed), clavando palos afilados en nuestros ojos y desafiándonos si pudiéramos entenderlo. Hacele frente a eso. En una cultura que tiene la frase “¡Buen trabajo!” en rotación permanente, él parece decir, una y otra vez: “¿Me estás jodiendo?”. Es incorregible, no es un buen tipo, a él no le importa ser una mejor persona, de ninguna manera está buscando tu aprobación. Bien por él. Algún universitario valiente debería pedirle un discurso de graduación.

De todos modos, me considero ridículamente afortunado de haber estado en los comienzos de estas dos pujantes carreras literarias. Dos historias extrañamente gemelas que aparentemente tienen todavía algunas vueltas pendientes entre sí.




Traducción: Marco Castagna y Javier Fernández Paupy