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1.12.21

La máquina pluvial del peronismo, por Guillermo Saavedra

  

(A propósito de La resistencia ordena de Facundo Ruiz, Ascasubi, 2021)

 

Escribir, entendido como acto creativo, implica poner en relación cosas que, hasta el momento de la escritura, no estaban vinculadas entre sí. Supone propiciar la feliz vecindad de palabras oriundas de diversos barrios semánticos y el convivio provechoso de hechos aparentemente inconciliables. Hacer consonar, en suma, modos de lo real y de lo imaginario que, antes del gesto inaugural de la escritura, contribuían por separado al runrún del mundo ignorándose unos a otros.

 

Escribir, creativa, intencionadamente, es proponer una sintaxis nueva, una forma inédita de articulación que obligue a respirar de otra manera, a cambiar el paso, a ejercer la voluntad de decir como una natación a ciegas.

 

Escribir, como auténtico acto de poesía, consiste siempre –antes y después de Lautréamont– en el necesario arte de zurcir el paraguas a la mesa de disección; o, para ser fieles a la tradición cultural en la que se inscribe este nuevo libro de Facundo Ruiz, en el drástico e imprescindible oficio de atar la Biblia al discepoliano calefón.

 

Quien escribe, en definitiva, busca saltar la zanja que se abre entre el mundo y las palabras que, al nombrarlo, firman su acta de defunción. Y, al mismo tiempo, intenta mitigar fugazmente la herida del yo, siempre extraviado entre la tiendita del horror de la Historia y el húmedo desván de su propia miseria.

 

Escribir poesía es, para acercarnos aún más al objeto de estas palabras, hacer llover, desde el cielo de la página a su suelo siempre arenoso, las coreografías inestables de aquellas suturas, cuya intención solo se va revelando a medida que se rebelan contra el sentido común.

 

La resistencia ordena pone a trabajar juntas dos realidades históricas reconocibles, aparentemente disímiles e incluso divorciadas pero que, en virtud del feliz concubinato que les impone el autor, van poniendo de manifiesto sus íntimas, solapadas equivalencias. Me refiero a la épica colectiva de la llamada Resistencia peronista y a la empresa solitaria de Juan Baigorri Velar, un hombre que tuvo períodos breves pero ciertos de celebridad gracias a una misteriosa máquina de su invención que era, según él, capaz de hacer llover en zonas agobiadas por la sequía.

 

Atento a las múltiples resonancias de las palabras y al modo sesgado que tienen las cosas para ser y estar en el mundo sembrando incertidumbre, Facundo Ruiz investigó ambas realidades: la gesta popular del peronismo proscripto y perseguido, fusilado y difamado, y la aventura singular del hombre que creyó haber inventado una máquina detectora de minerales valiosos y terminó proclamando con orgullo la invención de un artefacto capaz de la improbable alquimia que convoca las agujas del cielo, en el decir de Juanele Ortiz o, para nombrarlo como González Tuñón, que hace sonar  todos los violines de la lluvia.

 

Hijo de las vanguardias pero ajeno a su optimismo utópico, heredero de las astucias e ironías de la gauchesca y también de las aventuras musicales de la lírica modernista, poeta concreto por necesidad pluvial y no por un disecado exhibicionismo tipográfico, ecléctico pero nunca posmoderno, Facundo Ruiz ha elaborado un objeto que es al mismo tiempo oral y escrito. Un dispositivo que pide ser leído con la vista y recitado de viva voz, haciéndolo actuar simultáneamente en el cuerpo que lo declama y en el que lo asimila, como un suero, a través de la lectura silenciosa, convirtiendo así, a su receptor, en una especie de San Agustín en el preciso e improbable momento de descubrir el pasaje de un tipo a otro de lectura.

 

Con astillas de la historia clandestina, aquella de los militantes peronistas obligados por los agentes de la revolución fusiladora a la escansión sottovoce de la gran lírica del movimiento popular; y, con esquirlas de la biografía de un inventor bígamo, mitómano y escurridizo que afirmaba haber contribuido, parafraseando a Cooke, al chaparrón maldito del clima burgués, Ruiz construyó esta aventura lírica atonal, que pide ser leída, más que de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo, como quien ve llover; o, mejor dicho, como un japonés leyendo una lengua que aprende a llover.

 

“¿Llover?” Más bien “yover”. Yover, yover, yover, yovía… Yo ver que yo veía, se dice a sí misma la voz cantante de este texto, como el Tarzán interpretado por César Llanos en aquellas tardes de Radio Splendid de los años 50, auspiciadas por un popular cacao en polvo. Y es que de las percepciones del yo se trata, también, en este libro. De lo que se intuye o se sospecha entrecerrando los ojos para hacer foco en esos deslices de la lengua oral y escrita en los que las homofonías, los retruécanos, los calambures, los caligramas, los esbozos de guion cinematográfico y hasta los caudalosos versos en patrióticos decasílabos, infrecuentes tridecasílabos o solemnes hexadecasílabos son estaciones o andenes donde la palabra poética recrea una historia, la de la militancia reprimida y el inventor réprobo volanteando su verdad, proclamando sus consignas y sus fórmulas para subvertir el orden seco, mortuorio, de un gorilismo hipócrita a través de una metafórica de doble valencia: el peronismo como una máquina capaz de hacer llover el amor y la igualdad en el desierto roquista; Juan Baigorri Velar como un Perón que logra poner en ridículo la meteorología oligárquica.

 

Obra en progreso del progreso de una obra, la del peronismo entendido como aluvión pluvial, ya que no zoológico, y la del inventor filoperonista con su máquina de llover a cántaros, La resistencia ordena es un canto y es al mismo tiempo la partitura de ese canto: el de la lengua siempre mestiza, siempre resistente al orden que intenta ordeñarla, como si fuera una vaca en el latifundio ubérrimo de Lugones, cuando en verdad es una chúcara inquietud sembrada, vuelta nube y, finalmente, inevitable, irrefrenable, innumerable y resistente lluvia.

16.11.16

La literatura de Constitución, por Jorge Quiroga


Roberto Arlt que efectúa en uno de sus Aguafuertes la apología del vagabundeo por la ciudad de Buenos Aires, de ese deambular sin rumbo fijo por sus calles, ese paseo en los rostros de sus transeúntes desprevenidos, seguramente habrá andado por nuestro barrio y esa flotación baudeleriana lo habrá llevado a recorrer con detenimiento la clave de la ciudad hostil. La conclusión a la que arriba Roberto Arlt es que hay que encontrar “todo ese universo encerrado en las calles de su ciudad”. Las caminatas literarias por el barrio de Constitución configuraron y lo siguen haciendo, uno de los paseos más perdurables que se reflejan en muchas páginas de la literatura argentina, como si su atmósfera fuera tan particular, que motivó el empeño de los escritores que merodearon por sus calles, y hubieran encontrado allí, una especie de imán, que movilizara el sentido de una ficción múltiple e irradiante.

El poeta Raúl González Tuñón que trabajó muchos años como periodista de Artes Plásticas en Clarín, un diario de la zona, siempre venía caminando desde lejos, pasaba invariablemente por Constitución, atraído por el encanto de los barrios del sur. Su figura vacilante aparecía por estas veredas imprevistamente y recordaba con nostalgia sus vivencias infantiles, que se trasladaron a sus poemas intensos y evocativos. Inclusive Raúl que había nacido y criado en Once, vivió unos años en Constitución y algunos años después publicó en la revista “Claridad” un poema recordando su estación. Estuvo cerca de la magia de los pitazos de los trenes y de sus alrededores. “Era una plaza llena de misterios en sus recovecos, allí inventamos un juego que tenía que ver con la búsqueda de un tesoro”

El poeta, alguna vez de niño, en su escuela pensó “¿Qué está haciendo Castelli en su estatua de plaza Constitución?” “Raúl lo imaginaba saludando a los viajeros con su sombrero de bronce” (Por un capricho municipal ha desaparecido la estatua, y los vecinos esperamos su reposición). La poesía de Raúl González Tuñón, fue variando con el tiempo, su anclaje inicial, apenas llegado a la pubertad, en la época que habita en Constitución, e ingresa a estudiar al Colegio Nacional de la calle Bolívar, es su principio de poeta vagabundo, que improvisaba sus primeros versos e iniciaba, con su hermano Enrique, el errar por la ciudad tentáculo, que le otorgaba su entrada al corazón de la grande urbe. Después advienen sus primeros libros, que indagan la significación de los márgenes ciudadanos, del entramado de los bordes, y de los sitios de extramuros, con una visión renovada, entre lo pintoresco, sus restos, y su negación. Después vienen los viajes, la ensoñación, su blindaje político y su poesía se hace fundamentalmente cosmopolita, cantará a lugares y situaciones del mundo, como un recienvenido. Pero siempre guardará Raúl, ese impulso de retorno, de vuelta hacia los tiempos pasados, que se acentúa en sus poemas, como una evocación constante hacia los barrios amados, que serán su razón de ser, y justamente ese sentido oculto de las calles de la ciudad, lo conduce al gesto de añorar.

La poesía de Raúl González Tuñón está como encerrada en una cajita de música: “En, otoño, las calles/en el barrio, se tiñen/ de una especial atmósfera/ de un silencio con alas/casi un aroma de estío/ apenas olvidadas sus calles como sueños/ pero despiertan lúcidas// Soñar es estar vivo”. Tuñón es el poeta de la ciudad, de los recuerdos, como tesoros para hallar. En el vagabundeo deja entrever la melancolía ande los sueños, que corresponden a la gran urbe, pero también los destellos de un costado popular del mundo (París, Oviedo, la guerra civil española). En la figura emblemática de Juancito caminador, que recorre todas las callejas para que la canción sea el resultado en el que la vida y la palabra lleguen a su origen. Ese caminar despacioso, a su volver del trabajo, con el andar de un porteño empedernido, se conserva en la memoria de la ciudad. Parecido y semejante andante, reconocemos en la poesía y la vida de otro poeta de Buenos Aires: Nicolás Olivari. Su historia es la de un hombre, que comienza pensando a la literatura, como un espacio de confrontación, que expresa inmediatas y perentorias infidelidades, verdades al desnudo, con la más absoluta y apasionada persistencia.

Hay un Olivari central, que con su provocación desmedida, ahonda con su musa coja, los intersticios de lo real, es el Olivari de casi todos sus libros de poemas, en los cuales se identifica también con el vagabundeo de otros poetas que le precedieron, como Françoise Villon, o Corbière, quienes entregan su lucidez para descifrar el universo entero. Y hay un último Olivari, el que transitaba por la calle Estados Unidos, para concurrir a ocupar su sillón en La Academia Porteña del lunfardo, en pleno barrio de Constitución, punto al que arribaba todos los atardeceres, a recordar las viejas cosas, que se le iban escapando de su ciudad, poco a poco. Es el Olivari de su último libro, “Mi Buenos Aires querido “, donde en acuarelas/ aguafuertes, con docilidad, traza un panorama, de aquello que se va perdiendo: los fósiles del pasado muerto, que duermen en el fondo, del traqueteo diario, los oficios bajos, como la reunión de obreros de la construcción, en el asadito, el dandy anciano, el viejecito de la esquina, que no vemos nunca más, los venidos a menos, los que almuerzan soledades, las palmeras que se arrancan de los antiguos jardines, un marinero y su tatuaje, pintando al aire libre, los que hablan solos, el lecherito de la comarca, que le recuerda su infancia, la intensa lluvia y los pormenores que deja, el conductor de limpieza, el señor que siempre trasnocha, el hombre que tiene una idea, y el que usa (como Nicolás Olivari ) una camisa rara. En suma una sabiduría de la calle, que únicamente se adquiere, con la atenta observación, y la mirada nostálgica.

Volvamos a la propuesta de Roberto Arlt, de establecer una estética que parta de ese conocimiento irremplazable, de caminar la ciudad, de andar por sus calles, descubriendo el sentido de la rara metrópoli: “¿Te das cuenta que lindo que es vagar, mirar las fachadas de las casas, los atorrantes que cavilan en los portales, las muchachas de las tiendas que arreglan vidrieras, los patrones almaceneros que, detrás de la caja, vigilan a sus dependientes ¿Te das cuenta…” Hoy hablaríamos de los dueños de los supermercados chinos. Pero el origen y la significación de la ciudad, se mantiene inalterable, al igual que ese noble impulso arltiano de vagar por sus calles, procurando un secreto que no es tal. En todo caso dice Arlt, hay una naturaleza contemplativa, un dejarse llevar, por la inmovilidad y la curiosa mirada, que se encuentra en la literatura y su viaje. Recordemos que Arlt en su novela Los siete locos va y viene en tren hacia el conurbano sur, partiendo del viejo edificio del ferrocarril. Empezando por el capítulo “Los sueños del inventor” donde decide  que Remo Erdosain: “Sin vacilar, llamó un automóvil y le indicó al chofer que le llevara hasta las estación Constitución y allí sacó boleto para Temperley”. Y también Arlt, le dice a un lector ocasional, que le cuestiona el lenguaje que él usa, como si fuera un idioma callejero: “Yo soy un hombre de la calle de barrio, como usted y como tantos otros“

“Yo he andado mucho por las calles de Buenos Aires y las quiero mucho”, justamente lo que el novelista quería, como lo plantea su amigo y compañero generacional, Carlos Mastronardi, es expresar su destierro, y él inaugura “un temerario estilo que no sabe de convenciones ni de formas hechas, donde se mezclan la realidad y lo alucinatorio, la pureza y la irrealidad de las personas comunes” que desbordan los cauces prefijados porque es el intento de convertir en literatura ese lenguaje plebeyo, de la calle. Es el retratista de formas coinciden totalmente con la naturaleza agria de esas mismas calles. Constitución es el lugar en que trabajan, transitan o se instalan, varios personajes de la literatura  argentina, como Rosalinda la protagonista de “Historia de arrabal” de Manuel Gálvez, o en la década del 60,Toribio, el traicionero papel central de la novela corta Alias gardelito, que es ultimado en el puente de la calle Ituzaingó (que hoy compartimos con el barrio de Barracas) donde uno puede asomarse a observar por abajo, el paso de los trenes. Lo que fascinaba a Ernesto Sábato, a Graciela Cabal, María Abate, y sobre todo a Jorge Luis Borges, que llegaba al puente, invariablemente, después de largo caminar en los atardeceres suburbanos. Ese puente tan mostrado, en innumerables películas argentinas, lleno de magia y de misterio. La lejana, y llena de hollín, estación, que se divisa entre los hierros cuadriculados del parapeto del puente, parece el espacio de una gris escenografía. Algún personaje de Leonidas Barletta en la novela “La ciudad de un hombre” va a vivir a un escondido hotel de Constitución, quizás uno de aquellos que años después habitó el malogrado Osvaldo Lamborghini en su incesante peregrinaje.

Eduardo Mallea, en “La bahía del silencio”, también describe la plaza Constitución, narrando el esplendor alegre de un parque de juegos, el sitio donde en 1940 o 1950, tantos ancianos y niños, disfrutaban de la sombra de sus árboles añosos, plantados allí por el paisajista Carlos Thais. Juan Carlos Ghiano, en una obra teatral y Bernardo Vervisky en alguna narración ambientan sus trabajos literarios en Constitución. Germán García habla de una diminuta pieza de pensión, en sus recuerdos, del Buenos Aires de mediados del 60, ubicada al lado de la desaparecida Confitería “Los dos leones”, y en su novela Nanina, que cuenta sus primeros pasos errabundos de un joven que se inicia en la gran ciudad, deambula por sus calles. En la ficción, son muchos los hombres y mujeres, que erran en el espacio de la estación o por la plaza. Miles de personas, deambulan por los andenes esperando el traslado, espacios que cantó el poeta Baldomero Fernández Moreno:

         Punta de los andenes, boquerones sombríos,
         Faroles diminutos, encarnados y verdes
         Filo de los rieles, palma de los desvíos
         Tren coronados de humo, que silban y te pierdes

En una boletería de esa misma estación, con destino a Temperley, la quinta del Astrólogo, Remo Erdosain, saca su boleto de tren, para reunirse con los conspiradores en la Novela “Los siete locos” de Roberto Arlt. En Raucho, de Ricardo Guiraldes, el personaje arriba y se aleja de ella. Si seguimos pasaremos por Gerli, Lanús, Banfield, Lomas, Temperley, es decir, el itinerario de los pueblos del sur. Esa estación y la plaza son sitios, que todo porteño, literato o no, tiene en la mente y en la imaginación, como si el habitante de esta ciudad, los considerara parte de un imaginario del cual es muy difícil escapar.

Dice Javier Fernández en “Carlos Correas un autoretrato en la ciudad”: “Escenarios como excusa de una biografía, donde la imagen y remembranzas de ciertos espacios, se vuelven motor del relato y medida de fuerza narrativa. Resonancias con la sensibilidad urbana desde algunos modos de registrar la vida y un conjunto de calles, barrios, zonas, puntos de encuentro, escondrijos, espacios, distritos o escenografías urbanas, desplazamientos. Son memorias de lugares, instancias donde se cruza una cartografía y la vida personal, la vida alterada. Las ambiciones por la aventura y el conocimiento de un querer citadino, o de cómo conocer ciudades, o personas”. Deambular incesante, caminata de pasos perdidos, hundido como Arlt, en su ser errabundo y doliente. En “La narración de la historia”, el relato donde Correas comienza el itinerario del propio despliegue de lo narrativo, aquello que quiere contar es la condición, de poder  decir, retazos de un relato, mientras la historia, se va haciendo en el viaje, por los barrios inverosímiles contados en negativo, con un aire extraño, donde la ciudad se precipita sobre su cuerpo. “En vez de viajar hasta Lanús. Ernesto decidió ir a Constitución caminando por la calle Montes de Oca, cruzó el puente  sobre el Riachuelo y pasó junto a los depósitos y las fábricas, era un pasaje sombrío”  y dice más adelante que “entró en el hall de la estación Constitución por la puerta de la calle Hornos, caminó un poco, entre la cantidad de hombres que llenaban el lugar vio dos o tres rostros que le resultaban atractivos”. Allí entre la multitud, se producirá el encuentro con el que todo comenzará y ese escándalo, ese encuentro furtivo, entre dos seres aparentemente discordantes, impulsará ese relato, y la historia de ese relato: “Salieron y caminaron por la calle Brasil hasta la entrada del balneario municipal.” La caminata es el motor que organiza la historia y la estación es como un imán que los hace retornar una y otra vez. “Volvían a Constitución. Allí tomarían un ómnibus,” y el viaje urde la historia entre tipos furtivos. El errar no tiene rumbo fijo: es un cuento triste e ingenuamente homosexual, que no tiene consecuencias y su modernidad consiste en narrar incidentes promiscuos, de ciertos ambientes, que solo habían tenido registro escondido, sin encontrar su lugar en la literatura argentina. Volver a la “normalidad, a sí mismo, es hallar un lugar ilusorio, que en la vida real, Carlos Correas no pudo retomar, y esa fascinación lo acompañará hasta el fin de su existencia. Pero lo importante es que Correas en la narración de la historia, se expone, y ese caminar la ciudad, hasta que los paseos formen parte de su visión del mundo, de la literatura y del rumbo de todos los días, también esas ideas, serán su razón de ser, y esa inadecuación, el resultado, en última instancia, de su escepticismo, que está desde el comienzo míticoen la narración oculta, de un destino que no vuelve a ser.

En cambio, para la geografía urdida por Jorge Luis Borges, en algún momento, el Sur es una señal, y en la imaginería que se encarna o se desliza en su escritura, ese punto cardinal, encierra un significado, que se guarda para solamente indicar un nombre y un sentido. Relata Borges: “A la realidad le gusta las simetrías y los leves anacronismos, Dhalman había ido al sanatorio en un coche de plaza, y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución”. El sur comienza y es la oportunidad (el relato pertenece a otro tiempo, a otra ciudad del 40/50’) para entrar en el mundo distinto, de las edificaciones antiguas, que aún persisten en algunos rincones, las ventanas de rejas, el zaguán y su abrigo, acaso un último patio. El gato en la calle Brasil, luego de transponer el hall central, que se conserva y mantiene como de otro tiempo, cerca de donde vivía Hipólito  Irigoyen, se deja acariciar, como un recuerdo, durmiendo un sueño interminable, todo esto memora Dahlman mientras espera la llegada del tren. Después se sucedieron las quintas y los suburbios, como una serie de imágenes, que lo retrotraían al tiempo pasado, a algún instinto que ni el mismo conocía del todo , como si estuviera viajando hacia un origen que se le escapaba, también de algún modo esa obsesión configuraba su destino.

La soledad envolvía ese pasaje, imprevistamente para atrás, y el desenlace no puede ser otro, que trasladarse en la ensoñación, a la realidad de la llanura. Por otro lado el conocido cuento “El Aleph” comienza con la reiterada cadencia borgeana, aludiendo a un inveterado fraseo y recuerdo: “La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la plaza Constitución habían renovado no sé que aviso de cigarrillos rubios”. Es en la calle Garay, una calle cualquiera de la ciudad, donde está la casa que era de Beatriz, habitada por el previsible Carlos Argentino Daneri, su primo” adonde Borges, llega, con sus pasos perdidos, en ese barrio que caminó una y otra vez, en sus hacia el sur. Allí en un sótano de la calle Garay está el Aleph, esa pequeña esfera, que asume el vasto e infinito universo, que quizás la muerte de Beatriz haya agrietado “donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, visto de todos los ángulos todas las luminarias, todas las  lámparas, todos los veneros de luz”. Siempre detestó esa manía, de escribir versos banales, del primo hermano parodiado y reducido a lo ridículo, representado “en los hombres de letras”. Solo Beatriz, perdida para siempre, justifica ese mundo que es el tiempo que innecesaria y sentimentalmente, una sola vez, debe negarse, bifurcar lo inverosímil del relato. “Cada cosa (la luna del espejo, digamos) eran infinitas cosas, porque yo claramente las veía desde todos los puntos del universo” dice Borges. Ahí él observa una infinidad de elementos como mil facetas, como en una ensoñación diurna como una interminable sucesión de imágenes, que se refractan entre sí. La tierra, y las alucinaciones, el Aleph y una multiplicidad inconcebible, todo de un mismo modo desplegado y reducido a un hipotético vacío. Dice el cuentista: “En las calles, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron familiares todas las caras”, donde el temor inevitablemente lleva al olvido, se transforma lo real en mero ejercicio de una memoria.

Por lo que ese Aleph, el de la calle Garay, puede ser falso, inapropiado, porque el olvido se transforma en algo poroso, que anula todas las posibles alternativas, y esto quizás pueda significar, que Borges nunca estuvo allí, y que su permanencia, también puede indicar que todo fue soñado, como andar por un barrio inexistente. En un poema de Borges, se habla del puente de la calle Ituzaingó y Caracas. El puente suburbano, desde donde el escritor divisaba la cercana estación, mientras pasaban humeantes vagones y trenes, que lo atravesaban por debajo, dejando su estela, y su rumor, (Mateo xxv, 30). “El primer puente de Constitución a mis pies/ fragor de trenes que tejían los laberintos de hierro/ Humo y silencio escalaban la noche”. Borges frecuentaba muchas veces, ese barrio un poco apartado, y muy próximo al centro, y localiza algunas ficciones, como si ese escenario fuera propicio , para sus divagaciones, y sus salidas/entradas, lo condujeran a una realidad y misterio que lo convoca. Ese vagabundeo, esas largas caminatas, sin rumbo fijo por la ciudad, ese autorreportaje literario, es además una apropiación consentida, un lento divagar por el Sur, como si allí estuviese guardado un significado, que nuestra literatura busca desentrañar.





20.1.15

Oliverio, el más allá literario, por Jorge Quiroga




En 1957 Oliverio Girondo  publicó un libro de poemas absolutamente extremo, en términos de propuesta de lenguaje poético, por su calidad y rigor, libro que aún no ha sido suficientemente medido en la historia de nuestra poesía y en los efectos que provoca y provocará pensándolo como investigación y proyecto.
Girondo es un poeta de neto corte experimental, lo que quiere  decir que trabajó, en última instancia, con materiales que le sugerían el diálogo interior, con un fondo o una masa de lenguaje, a la que llegaba a través de una búsqueda signada por la incertidumbre.
En la Masmédula es el resultado provisorio de esa interrogación, que trasciende la expresión habitual y corriente, para encarar el desmembramiento de los vocablos y su recomposición, hasta llegar a la médula  de lo hablado, pensado, escrito, y sentido, en un verdadero estado de conmoción.
La obra poética de Oliverio Girondo accede a ese desenlace de su producción, primero determinada  por  la  Vanguardia  histórica del 20/30 , y luego envuelta en las consecuencias de la neovanguardia de mediados del Siglo XX  que hace su eclosión en la década del 60, y que se extiende hasta la virulencia estética del 70.
En este sentido, es precursora de lo que vendrá, en términos de investigación que indaga, con sus propios recursos, una situación, en  su  caso de existencia, límite y de intensa crisis espiritual.
Por esos años, Rodolfo Walsh arma un juego aparentemente diferente en confluencia con la hiperpolitización de la época, y descubre con Operación masacre un nuevo territorio textual, que conlleva la transformación de acuerdo con la experiencia misma de la escritura.
Esta va modificándose, en la medida que se modifica, al propio escritor, colocándose al borde de su particular búsqueda.
¿En qué se parecen, y en que se separan estas dos obras fundamentales de la literatura argentina?
En las dos, se configura un imaginario que se sumerge en las densidades de la experiencia que se va viviendo. En el libro de Oliverio es la presencia insistente de la orfandad, y de la muerte acaso cercana, en el de Walsh la mirada acuciante de los otros, el peligro y la incógnita  misma de la imagen de esos fusilados.
Los dos encierran una  pasión  por el lenguaje, el uso extremo de procedimientos de escritura, que niegan la acostumbrada ficción, en procura de aventuras inéditas.
El libro de Girondo es impensable en relación a lo escrito hasta allí, inclusive por Oliverio, por las características de una lengua imprevista, pero de ninguna manera frívola ni arbitraria. Formada por palabras inventadas, residuos y yuxtaposiciones, nuevas maneras de fusión que tiende a una significación entrevista, que quiere ser un grito de estremecimiento. Es indudablemente producto de una circunstancia límite más acá y más allá de lo literario.


El libro de Walsh  inaugura un nuevo género, difícilmente  clasificable. Ya  que el autor escribe como trasponiendo el umbral de lo previsible. Tiene que ver con la ética y por lo tanto excede el marco de lo meramente verosímil, para rozar y ahondar la verdad, transformada en circunstancia política.
Un texto y otro utilizan elementos puestos en circulación y de alguna manera irrepetibles. Para la poesía argentina, el modo particular del último Girondo, encontrará aciertos y desmesuras que  parecen ser adecuados a la extrema estética de su escritura.
Operación  masacre inicia una literatura  hiperpolitizada, que lo vinculará estrechamente y de forma indeleble, con las preocupaciones y la sensibilidad de un tiempo histórico.
El libro de poemas de Girondo aparece también en un momento especial de nuestra historia social y política, la primera entrega es de1954, luego en 1956, y otra edición ampliada en 1963, es decir en los finales  del  gobierno de Perón, después  en  el llamado período postperonista, que tanta importancia tuvo en la configuración  de  un contexto de crisis.
Por lo que se puede afirmar que surge en una coyuntura cultural, que estaba de alguna manera condicionada por el estado estético del retorno de la vanguardia que aquí estaba construyendo su  actitud de descubrimiento del lenguaje con su propia lógica que irrumpía a través de una lengua muy particular.
La voluntad artística con que se escriben estos poemas consiste en entablar un diálogo interior, interpelación que trata de buscar un idioma singular que va traduciendo vivencias llenas de quiebras y aristas.
Es un libro desafiante, un modo de intervenir con un soliloquio en el campo cultural de la época, que era pequeño, quizás provinciano, aislado, como  correspondiendo a un país periférico, pero también cruzado con líneas artísticas de avanzada en la plástica, en la literatura. En el teatro, y que explicarán las expresiones posteriores del Instituto Di Tella.
Claro que como sabemos estas tendrán  unas especial relación con la suma politización del 60, producto de las encrucijadas sociopolíticas.
El  cosmopoliticismo de Buenos Aires es un ingrediente que determina estas realizaciones de la vanguardia, que en el caso de Girondo se presentan en su obra, como receptoras de una circunstancia límite, la angustia y la desesperación llegan juntos de una indagación extrema Algunos poemas son vertidos casi evitando la lectura, porque ella solo será posible si se aceptan los procedimientos de esa poética girondiana que se muestra interesada en fijar sobre todo sus inquietantes significaciones.
Girondo escribiendo  un libro como este, que publica muchos años después de la  moderada propuesta del Martinfierrismo, del cual el poeta fue propulsor y protagonista, cuando la mayoría de los escritores que procedían de esta corriente, ya había  entrado en otros caminos estéticos, al  insistir en la frescura de su búsqueda, plena de actitud de ruptura, reivindica así ese pasado y el ejercicio de una escritura poética que lo obligaba  a ser riguroso.
Trabajó entonces incansablemente, rodeado de libros  y diccionarios en el silencio de su escritorio, eligiendo palabra por palabra, sentido por sentido, uniendo y deshaciendo, operando y manipulando el lenguaje.
Su vanguardia consistía en un gesto desmesurado que se explica por su voluntad de culminar su obra, en un momento crucial de su vida.
El libro no era resultante, inevitable de la poesía que se venía escribiendo, por lo tanto se constituye como algo no aguardado y que indirectamente expresaba estados de conciencia, que se fragmentaban en sentidos y significaciones inéditas.
Producto de preguntas vitales de carácter individual, encerraba una posición aristocrática, pero que clamaba por una comunicación renovada. Incluía por un lado, un estremecimiento existencial, una evidente verdad, puesta en  estado de ebullición. Se centraba en la obtención de climas que ya dejaban de ser frívolos y que iban presagiando un destino inexorable.
De alguna forma podía leerse como un trance trágico, una especie de exorcismo y que mediante una detallada elección de vocablos, y el movimiento creador de nuevas palabras, iba en procura de la expresión exacta y el desprendimiento.
Dice Daniel Freidenberg: “Desde Veinte poemas  para ser leídos en un tranvía (1922) a  En  la masmédula ( 1956 ) Oliverio Girondo llevó a cabo una de las mayores aventuras de la lengua castellana. El juego  con la imagen brillante  y la irreverencia  en un principio, un desolado rastreo en la incertidumbre más tarde y finalmente la reelaboración  bullente y desquiciada de las posibilidades de la lengua son los principales rasgos de una obra que, a más de un cuarto de siglo  de la muerte de su autor, vuelve a nacer ante los ojos de quien quiera leerlo” (1)
La aventura, en este sentido la palabra mencionada es muy significativa tratándose de una época que localizó lo heroico de la aventura humana como riesgo y mirada hacia los otros, como acto cargado de significado activo, Girondo, auscultándose de todos modos, realizando una entrega personal.
El mecanismo esencial empleado primero es la negación, la mezcla, el autosondeo  hacia lo incierto de la vida y la muerte, como dos polos fascinantes y aterradores. Indagando en  el ser, con la marca y la alimentación de la nada, asimilando imágenes contradictorias y graves.
El movimiento tiende a la dispersión y al ensamblado de partículas que cobran nuevas direcciones, mitologías intransferibles volcadas en un  lenguaje cifrado pero que es transparente y que con claridad dice su intención. Esto significa explorar hacia dentro y desdoblarse para ser otro. Encontrar quiebras, grietas, erosiones que muestran lo indefenso del ser, su condición de búsqueda.
El tiempo se despedaza en tropos, las palabras se unen, formando secuencias y líneas interminables. Es el darse sin límites, como si la escritura poética consistiese en estar alerta a un llamado incierto que nos conmociona, rodando entre estertores de la muerte.

Se sigue un más allá del lenguaje, entonces las ausencias no son tales, en la intensidad del olvido.
La inmovilidad ante esas formas que no cambian, el exilio más urgente, dejan extender el pensamiento hasta el vacío más inminente, amenaza el buceo en el mismo yo, el lenguaje interno, cercano al grito y a la angustia, lindando con el llanto, fuera del tiempo, en un espacio flotante.
La atmósfera y  la poesía se encuentran  relacionados con la pesadilla y un espacio existencial  de intemperie vinculado, con una sensación de profundo miedo. Son anotaciones de un viaje interno que astilla a las imágenes.

  
Hay un registro minucioso de situaciones de vértigo, que se trasladan al poema extraviando su  turbio angustiante bagaje. El tiempo se difunde en los huecos, porque lo que se desea es capturar el íntimo secreto de las cosas, hechos y  planos de la orfandad extrema.
Es un destino errante en el cual todo está distorsionado y tenso y tiene que ver con la entrega total. Se vaga por un mundo erosionado desgastado, desprovisto. Evidentemente, en el marco de una crisis existencial, cuando rige la nada, el destiempo, el yo minimizado, ante la inmensidad de lo incierto.
Alguien vive todavía en un déficit de asombro y se encuentra dispuesto a trasponer los umbrales del sueño o la pesadilla. Girondo se enfrenta en su último libro con un universo contradictorio, horrendo y hostil a veces, dulce otras, del que sólo podrá salir con la intensidad del fondo de una cerrada noche, utilizando capas de insomnio.
Siendo fiel a su búsqueda peligrosa, escribe una poesía hundida en interrogaciones y hallazgos de lenguaje, que lo hacen renacer y reencontrarse en la ausencia.
Testigo de su propio naufragio de vida, este viaje hacia la nada atisbando el más allá, es uno de los documentos más inquietantes de la poesía argentina contemporánea.
La época no explica esa aventura poética, pero nos ayuda a intentar interpretarla, el desgarramiento y la ruptura eran partes esenciales del sentimiento de esos años, por un lado, de alguna manera eso tiene que ver con la crisis y el cuestionamiento individual, cercano a la muerte, la extrema politización es otro signo, trágico en sus efectos y quizás necesario, de un clima de encerrona, de encrucijada y de avance popular. Los vientos de la Historia, empujaban, según la famosa frase de Walsh, así como la lógica de la ruptura que propiciaba la neovanguardia de mediados del Siglo XX, estaba preanunciada, o por lo menos hacía posible el desborde del legado último de la poesía de Oliverio Girondo.
Acercar estas realidades. no solamente significa  constatar una coincidencia de época, el mismo Paco Urondo, resaltaba en un libro de esos años (2), que Girondo había sido el poeta del 22, más consecuente con una estética que tiene sus raíces en el Martinfierrismo, y que supo ser fiel a la ruptura como estética, sin hacer concesiones, y  con una fulgurante coherencia.
También  en ese tiempo una revista, Zona de la poesía, se encargó de exaltar la figura de Oliverio Girondo, dedicándole un número y  exhibiendo su fotografía como homenaje en la tapa. Es decir que debemos enmarcar esta obra de Oliverio, como un encuentro de ciertas  preocupaciones, que sobre todo están en el clima de esos poemas. Ellos son atravesados y tienen cruces con otros textos con los cuales en algo dialogan, y se acercan en puntos, convergencias y divergencias, que conforman un haz de posibilidades inscriptas en un determinado lapso de tiempo y una literatura.
Transcurridos años de la muerte de Oliverio Girondo es pertinente tratar de reflexionar como su poesía se constituye en un punto de referencia inevitable, si queremos pensar el sentido de  una obra experimental que nos sigue convocando, y que se seguirá releyendo una y otra vez.
Oliverio Girondo es un poeta que de alguna manera arriesga bastante en este su último libro porque él tenía ya un prestigio que provenía  de su trayectoria intransigente, pero con estos poemas se colocaba en una posición radical que lo alejaba bastante de lo que fueron sus compañeros generacionales y  planteaba una escritura poética sumamente extrema.

Habría que pensar este  trabajo poético de Girondo, contextuándolo, a pesar que la escritura de En la masmédula se resiste, porque su intento es el resultado de una crisis existencial que se transfiere a una intensa búsqueda de lenguaje.

Claro que la pasional circunstancia que vivía la llamada generación del 60,  debe incluir al 70, formando una unidad porque allí está el núcleo de una transformación de las expresiones artísticas que debe ligar y  cruzar estos órdenes, que en apariencia están polarizados pero que necesita encontrar vínculos, porque al mismo tiempo que se cuestiona una política, se comienza a gestar una propuesta integral.
Es por eso que los poetas y narradores más conscientes de esa  época, se dan cuenta y  pensaron  a su obra, que es de indagación y de literatura, cuya característica es dejar que la realidad tenga lugar en ella, y además sean permeables  a la investigación y a la problematización estética. 
Rodolfo Walsh es un ejemplo, siempre se mostró atento a las manifestaciones renovadoras de nuestro Arte, Francisco Urondo como vimos pensaba Girondo constituyendo un precursor y un antecedente que formaba parte de una verdadera tradición rupturista que había que recuperar (junto con Macedonio Fernández, Raúl González  Tuñón, Juan L. Ortiz, Roberto Arlt, Nicolás Olivari, los Discépolo, etc.), la  poesía de Juan Gelman está traspasada en muchos poemas de elementos  residuales productos de la neovanguardia, hasta inclusive un poeta como Luis Luchi aparentemente reacio a toda, tesitura escribe algunos textos que únicamente pueden ser  leídos en esa óptica.
La figura del escritor anti-oficial era dominante, y convocaba a la escritura, Girondo  fue tomado como el ejemplo que invitaba con su conducta, a  continuar el camino de su intransigencia, su carácter transgresor lo colocaba en una situación privilegiada. Pero lo que hay que remarcar es que la trayectoria de Oliverio Girondo excede el marco de la mera Literatura para convertirse  en una figura muy emparentada con una sensibilidad poética de cambio. El que lee sus poemas, comprende en esta actualidad  que no necesita continuadores de su poesía, sino más bien comprender su actitud de cambio, de cuestionamiento  y de incesante crítica, una especie de más allá literario, que en realidad es la asunción de una ética.


(1) Daniel Freidenberg: en “Imágenes en vuelo” ( Poemas Inéditos ) Ed. Losada – Nobel Fotografías Eduardo Longoni. Bs. As. / Oviedo 2004

(2) Francisco Urondo: “Cuarenta años de poesía argentina” (1920- 1960) Editorial Galerna, Buenos Aires 1964.



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EN LA MASMÉDULA - Oiverio Girondo


El pentotal a qué


Lo no moroso al toque

el consonar a qué la sexta nota
los hubieron posesos
los sofocos del bis a bis acoplo de sorbentes subósculos
los erosismos dérmicos
los espiribuceos
el ir a qué con meta
los refrotes fortuitos del gravitar a qué con cuanta larva
      en tedio languilate en los cubos del miasma
los tantos otros otros
la sed a qué
las equis
las instancias del vértigo
el gusto a qué desnudo
los tententedio tercos del infierneo en familia
las idóneas exnúbiles
el darse a dar a qué
el re la mi sin fin
los complejos velados
el decomiso aseto
los tejidos tejidos en el diario presidio de la sangre
los necropiensos con ancestros de polvo
el “to be” a qué
o el “not to be ” a qué
la suma lenta merma
la recontra
los avernitos íntimos
el ascopez paqué
cualquier a qué cualquiera
el pluriaqué
a qué
el pentotal a qué
a qué                          
                       a qué
                                           a qué
                                                                      y sin embargo


La mezcla


No sólo

el fofo fondo
los ebrios lechos légamos telúricos entre fanales senos
y sus líquenes
no sólo el solicroo
las prefugas
lo impar ido
el ahonde
el tacto incauto solo
los acordes abismos de los órganos sacros del orgasmo
el gusto al riesgo en brote
al rito negro al alba con su esperezo lleno de gorriones
ni tampoco el regosto
los suspiritos sólo
ni el fortuito dial sino
o los autosondeos en pleno plexo trópico
ni las exellas menos ni el endédalo
sino la viva mezcla
la total mezcla plena
la pura impura mezcla que me merma los machimbres el
        almamasa tensa las tercas hembras tuercas
la mezcla
la mezcla con que adhrerí mis puentes


Arindandantemente


Sigo
solo
me sigo
y en otro absorto otro beodo lodo baldío
por neuroyertos rumbos horas opio desfondes
me persigo
junto a tan tantas otras bellas concas corolas erolocas
entre fugaces muertes sin memoria
y a tantos otros grasos ceros costrudos que me opan
mientras sigo y me sigo
y me recontrasigo
de un extremo a otro estero
arindandantemente
sin estar ya conmigo ni ser un otro otro

 

 

Destino


Y para acá o allá

y desde aquí otra vez
y vuelta a ir de vuelta y sin aliento
y del principio o término del precipicio íntimo
hasta el extremo o medio o resurrecto resto de éste o
      aquello o de lo opuesto
y rueda que te roe hasta el encuentro
y aquí tampoco está
y desde arriba abajo y desde abajoarriba ávido asqueado
por vivir entre huesos
o del perpetuo estéril desencuentro
a lo demás
de más
o al recomienzo espeso de cerdos contratiempos y destiempos
cuando no al burdo sino de algún complejo herniado en
       pleno vuelo
cálido o helado
y vuelta y vuelta
a tanta terca tuerca
para entregarse entero o de tres cuartos
harto ya de mitades
y decuartos
al entrevero exausto de los lechos deshechos
a darse noche y día sin descanso contra todos los nervios del
    misterio
del más allá
de acá
mientras se rota quedo ante el fugaz aspecto sempiterno
       de lo apasrente a lo supuesto
y vuelta y vuelta hundido hasta el pescuezo
con todos los sentidos sin sentido
en el sofocatedio
con uñas y con piensos y pellejo
y porque sí nomás